El cliente inquieto

             

 Cleo Martin ejercía su fatigoso trabajo como camarero con buen empeño y con una paciencia superior a la recomendable. Debido a ello, su listón para la irritación lo tenía tan alto que ni midiendo la altura de Shaquille O´neal llegaría a poder rozarlo con la punta de los dedos ni aún estando de puntillas encima de un tomo de la enciclopedia americana.

                Una buena mañana llegó un hombre de edad mediana, delgado, con bigote de otra época pasada más propio de los años treinta del siglo XX. Se sentó en la terraza aún a pesar de que estuviera nublado y con riesgo de lluvia. Cleo Martin salió dispuesto en atenderle al instante. Eran las nueve de la mañana y aquel era el primer cliente en el orden de solicitar la atención del camarero de la cafetería. Cleo se situó a su lado ofreciendo la mejor de las sonrisas.
                – Buenos días, caballero.
                Aquel hombre permaneció mirando lo que ocurría en alguna parte al otro lado de la calle. Se rascó la coronilla y soltó una risita.
                – Ji, ji. Qué bien. Nos atiende este negrito. Debe de pertenecer a una tribu africana de lo más belicosa.
                Cleo se quedó mudo por el sarcasmo lleno de racismo.
                – ¿Decía? – dijo para intentar salir de su asombro.
                El hombre se volvió, con el mentón apoyado sobre la palma de una mano. Miró de arriba abajo al camarero con enorme curiosidad. Enseñó los dientes.
                – Diantres. Qué tenemos aquí. Un empleado de hostelería, ja, ja.
                Cleo sonrió forzadamente, olvidando la grosería inicial del cliente.
                – Tengo que indicarle, señor, que si le sirvo en la terraza, se le añadirá a la cuenta un dólar y medio por servicio en la misma. Es por si prefiere entrar en el local, donde dicho servicio especial no existe.
                El hombre se atusó el bigotillo.
                – Qué lástima que no sea atendido por una buena chica de lo más agradable – comentó, adoptando su rostro un visible desprecio por el género varonil del camarero.
                – Ya lo siento, caballero, pero en esta cafetería todo el personal es masculino.
                – No seréis misóginos, machistas o mariquitas, ja. A lo mejor sois las tres cosas a la vez.
                – En absoluto, señor.
                – Vale, vale. Olvidémoslo – siguió el hombre del bigote con voz chillona. – Traiga algo para despejar mi mente endemoniada, ja. Que sea lo más dulce posible.
                – ¿Le apetece un chocolate con leche cremosa?
                – Si. Y bien recubierto con nata montada. ¡Y si tienen una cereza, mucho mejor! Para colocarla sobre la nata, eh, no para que te la comas, que por cierto, te sobran unos cuantos michelines, ja.
                – Muy bien, señor.
                Cuando Cleo se daba la vuelta, le llegó la voz del cliente. Este empleó un tono lastimoso y de urgencia, que le llegó en un susurro al oído.
                – Por favor. Necesito su ayuda. Llevo sufriendo mucho durante semanas. No me deja en paz. Sabe que detesto los dulces. Es más, soy diabético.
                Cleo se volvió, encontrándose con el semblante arrogante del hombre del bigote.
                – ¡Venga, muchacho! – le urgió. – ¡Tráeme el puñetero chocolate! ¡Tengo ganas de reventar de satisfacción saboreándolo y acumulando a la vez un montón de calorías de sopetón!
                Golpeó con el puño derecho sobre la mesita de la terraza.
                Cleo entró en el local y fue preparando el chocolate con leche cremosa.
                Conforme lo hacía, se le acercó el dueño de la cafetería. Le señaló al cliente de la terraza.
                – Es un tío bastante raro, ¿no?
                – Bueno. Me parece que está medio majareta. Cambia las voces y hace como si tuviera más de una personalidad a la vez.
                – Si te da problemas, me avisas y llamo a la policía.
                – Espero que no. Creo que es una persona más de las muchas chifladas que andan libres por las calles de la ciudad. Se tomará el chocolate y se irá sin más.
                – Vale, pero te reitero que si te crea problemas, me lo hagas saber, Cleo.
                – Como no, jefe.
                A través del escaparate podían observar cómo el extraño cliente estaba ahora de pie, pateando el suelo con fuerza. De vez en cuando giraba el cuello hacia el interior de la cafetería, buscando con una mirada desesperada alguien que le hiciera caso.
                – Está para que lo encierren, Cleo.
                – Bueno, a ver si se calma con el chocolate.
                – Aparte de tranquilizarse, habrá que esperar que también pueda asumir el pago del mismo.
                Cleo se encogió de hombros ante su jefe y se dirigió hacia la terraza con el chocolate.
                – Aquí tiene su chocolate. Espero que lo disfrute – le dijo conforme lo depositaba sobre la mesita.
                El hombre del bigote estaba nuevamente sentado. Miró la taza de chocolate decorada con la nata y la cereza coronándola. Torció el gesto espantosamente, se puso de pie, tirando la silla sobre las losetas de la acera donde estaba emplazada la terraza y se golpeó el pecho con furia. Miró al camarero con los ojos fuera de sí.
                – ¡Idiota! ¡No puedo tomarme esto! ¡Soy diabético, le digo!
                – Oiga. Usted pidió el chocolate. No se ponga a malas, o llamamos a la policía.
                El hombre se detuvo en su histeria. Miró la taza ahora con rostro desolado. Luego hizo lo propio  con Cleo.
                Sorpresivamente para este último, el hombre se posó sobre sus rodillas, adoptando gesto suplicante.
                – Le ruego que me ayude. ¡La necesito! Estoy dominado por algo desde hace tres semanas. Controla mi cuerpo y mi mente. Asume diversas personalidades. No sé qué hacer para volver a la normalidad.
                Cleo estaba a punto de marcharse hacia el interior de la cafetería, ciertamente preocupado por el estado mental del cliente.
                – Bueno, caballero. Tómese el chocolate. Es gratis. Cuenta de la casa. Y luego márchese, por favor.
                – ¡NO ME GUSTA EL CHOCOLATE, NEGRO DE LOS COJONES! ¡TÓMATELO TÚ! – le gritó el hombre del bigote, erguido del todo, con un rostro agresivo y de locura.
                Cleo se marchó corriendo al interior de la cafetería, mientras el cliente perturbado arrojaba la taza del chocolate contra el cristal del escaparate.
                – Ya estoy llamando a la policía – le advirtió su jefe nada más verle entrar. – ¡Cierra la puerta! Y pon el cerrojo por si acaso. Los clientes que quieran salir, serán acompañados por la puerta de emergencia. Mientras ese loco esté ahí fuera, es preferible que nadie corra ningún riesgo saliendo por ahí.
                Cleo retrocedió para asegurar la entrada al local. Entonces, desde el cristal de la puerta comprobó con evidente asombro que el hombre del bigote, que era físicamente muy endeble, había conseguido de alguna manera hacerse con la tapa de alcantarilla que había cerca de la terraza y estaba cogiendo impulso para lanzarla contra el escaparate.
                Cerró la puerta, indicando de inmediato a los pocos clientes sentados cerca del escaparate frontal que abandonaran su sitio para protegerse del impacto.
                La tapa de alcantarilla alcanzó de lleno la luna del escaparate, destrozándola por el centro dejando puntas afiladas y cortantes de lo más peligroso partiendo desde el marco hacia el interior. Desde la terraza el hombre enloquecido saltaba y brincaba, gritando sin cesar.
                – ¡Eres un debilucho, Lewis! ¡UN PUÑETERO LLORICA DIABÉTICO! ¡YA NO ME SIRVES NI COMO MERO PASATIEMPO! – decía, echando espumarajos por la boca.
                Su vista se trasladó por el interior de la cafetería. Parecía fijarse de nuevo en Cleo. Fueron unos breves instantes.
                Repentinamente, miró hacia el suelo, y dando tres zancadas, se arrojó de cabeza por la abertura de la alcantarilla.
                Los clientes y los empleados de la cafetería vivieron esa escena aterrorizados.
                – ¡Ese hombre se ha matado! ¡Se ha quitado la vida!
                Justo en ese momento llegó una unidad de la policía. Los curiosos, además de la clientela del local y los empleados se apiñaban cerca de la alcantarilla. Uno de los agentes les rogaba que se mantuvieran dos metros apartados del escenario del incidente.
                El otro policía estaba atisbando con una linterna hacia el fondo de la entrada a la alcantarilla. Señaló negativamente con la cabeza.
                – Ahí lo veo. Está con la cabeza reventada. Más tieso que el cemento. Hay que llamar al forense, además de la ambulancia.
                Cleo, al igual que el resto de la gente interesada en el triste suceso, pudo escuchar por parte de uno de los agentes que el hombre estaba muerto.
                – Por favor. Les ruego que se dispersen. El hombre se ha suicidado. Ya nada se puede hacer por él. Así que vuelvan a sus ocupaciones.
                El dueño de la cafetería se puso a examinar el destrozo de la luna del escaparate. Cuando entraba Cleo, le pidió que trajera un martillo para destrozar las puntas que eran un peligro notorio.
                Cleo no se movió de donde estaba. Simplemente se estaba sacando un moco de la nariz. Algo inhabitual en las buenas maneras del camarero.
                – ¿No me has oído, Cleo? Necesito un martillo para quitar los restos de cristal del marco, mientras encargo una luna nueva.
                Su empleado se le quedó mirando con cierta fijeza. Sonrió sin gracia.
                – Oye, blanquito, ¿por qué no retiras los trozos que te quedan con los dientes? – le dijo con una voz ajena a la personalidad de Cleo, chillona y fuera de sí.

Malos vecinos

Aquella familia estaba compuesta por marido, mujer y un hijo adolescente de trece años. Nada más verlos llegar para establecerse en la localidad, residiendo como vecinos en la casa de al lado, un presentimiento turbio le hizo intuir de manera drástica y sin sutilizas que algo raro pasaba con ellos.
Él era escritor de nulo éxito, pero tenía un gran conocimiento de la personalidad de la gente.
El cabeza de tan peculiar nueva familia era Patrick Reck. Un tiarrón de casi dos metros, pero de espalda encorvada y con una ligera cojera en la pierna derecha, motivo por el cual se servía de un bastón de marfil, y eso que no tendría ni los cuarenta.
La mujer se llamaba Fravilia. Era supuestamente descendiente de italianos. Al contrario que su esposo, ella medía metro sesenta, pesaba sus buenos ciento veinte kilos y su rostro tenía un cierto parecido con el semblante sombrío y nocturno de una lechuza, donde las enormes lentes se asemejaban a los ojos del ave en cuestión.
Con respecto al hijo único de la familia Reck…
Su nombre de pila era Leopoldus. Su estatura era de lo más ordinaria entre los chavales del pueblo, con la salvedad de su anatomía esquelética y casi cadavérica. Su tez era blanquecina, los ojos hundidos en sus cuencas, las cejas pobladas y prominentes, la nariz mordida en su aleta izquierda y los labios visiblemente amoratados. El resto del tono de la piel era descolorido. Al poco de residir la familia Reck en el pueblo, los críos le pusieron el mote de “Pesadilla”. Aunque semejante burla duró poco porque el muchacho sabía emplear un tipo de arte marcial de lo más exótico, dejando a más de uno con los huesos magullados y la cara hinchada. A raíz de emplear esta autodefensa personal, los padres de los niños del pueblo les prohibieron a estos acercarse a Leopoldus nada más salir de clase, y mucho menos arrimarse a su casa.
Decididamente, los Reck eran una familia atípica, nada deseables como vecinos.
Él lo supo cuando desapareció su perro fox terrier, “Malas Pulgas”. Al volver del trabajo no lo encontró por el jardín ni por las dependencias de su hogar. Eran las dos de la tarde, y media hora después, le llegó un fuerte olor a barbacoa procedente de la parte trasera de la casa de sus horribles vecinos. Se asomó a la valla, y los encontró degustando carne cortada en dados, ensartados en banderillas de madera. Sus mandíbulas se movían en consonancia con el hambre que tenían, masticando como si llevasen todo el día en ayunas.
Fue entonces cuando reparó en la cabeza de “Malas Pulgas”. Estaba decapitada, situada en un charco de sangre, no muy lejos del festín culinario de los Reck.
Aquella pérfida familia se había apropiado de su perro y se lo estaban asando a la barbacoa.
Su corazón le dio un vuelco. Se sentía al borde de un desmayo. Como pudo, se alejó de la valla de separación de ambas viviendas y se introdujo en su casa por el saloncito, dejándose caer sobre el sofá. Hizo lo posible por controlar el ritmo de su respiración. Discurridos cinco minutos, ligeramente recuperado de la conmoción de saber que su perro fox terrier había sido vilmente asesinado por la malnacida familia Reck, estuvo por llamar a la policía local, con intención de interponer una denuncia. Pero su amor propio le hizo de dirigirse al cuarto donde guardaba sus armas. Recogió la primera que le quedaba más a mano, una escopeta de repetición de calibre 12.
Cegado por la ira, encaminó sus pasos hacia la parte trasera donde su propio jardín y el de los Reck quedaban separados por la valla de madera rústica. Al asomarse sobre ella, ganando altura sobre una silla, vislumbró a los tres miembros que en ese instante estaban tomando un granizado de limón como postre. Patrick le sonrió con desdén, antes de perder toda la dentadura y parte de la nariz de un certero disparo, falleciendo de inmediato. Fravilia se quedó estupefacta por su reacción desproporcionada. Esos segundos de indecisión le costaron dos disparos en el estómago, haciéndola sufrir muchísimo antes de morir delante de su hijo Leopoldus, quien permanecía arrodillado a su lado, llorando como una magdalena.
Aquel niño era el mal encarnado. De los tres componentes, seguramente era el más nocivo y perverso.
Recargó su arma, presto a culminar su venganza…
No le dio tiempo a apretar el gatillo.
Leopoldus se alzó sobre la valla, situándose a su lado con la agilidad de una ardilla. Estaba agachado. Encogido como un muelle tenso. Acercó su rostro a la corva derecha del vecino y le mordió con tal virulencia, que el dolor le hizo de dejar caer la escopeta sobre la hierba.
– ¡Hijo de Satanás! – aulló, desesperado.
Entonces…
Las voces de Patrick y Fravilia llegaron muy cercanas.
Miró un segundo al frente, y se los encontró al otro lado de la valla. Patrick con la boca destrozada. Fravilia con las manos cubriéndose el regazo ensangrentado. Ambos rieron de manera endemoniada.
– Primero fue tu condenado perro.
“Esta noche serás tú a quién devoremos…
Marido y mujer brincaron por encima de la valla, y sumándose al hijo, llenaron el cuerpo del escritor con docenas de brutales dentelladas, que le costaron la vida, y con ello, ocupar sitio en la parrilla de la barbacoa nocturna de la familia Reck.

El mensajero de la Muerte. (Relato revisado).

I


Era un día desapacible, lluvioso y bastante frío. Mes de enero del nuevo año en curso.
Tim Blueberry estaba al lado del semáforo de peatones, esperando a que el dispositivo de señales del lado contrario de la calle se pusiera verde para así poder cruzar el paso de cebra. Había escaso tráfico a eso de las siete de la mañana, aunque al ser un barrio de los suburbios de la urbe no era de las zonas más transitadas a lo largo del día. Tim tenía desplegado el paraguas. Era un modelo plegable de bolsillo, de los que suelen regalarse en los supermercados de vez en cuando con la publicidad de la marca en la lona impermeabilizable de la misma. Faltaban quince segundos escasos para el cambio de luz, cuando un extraño se situó a su lado. Era bastante alto, delgado y vestía un largo impermeable azul marino que le llegaba hasta las pantorrillas. Sobre la cabeza un sombrero a juego para la lluvia. Sus facciones eran chupadas. Extrañamente, llevaba puestas unas gafas de sol estilo a las que utilizara en vida John Lennon, de lentes pequeñas y circulares.
La luz se puso verde.
Era hora de cruzar la calle.
Tim – le dijo al oído el hombre espigado, encogiéndose lo necesario para que le oyese.
Tim se quedó rígido.
El segundero debajo de la luz indicaba quince segundos restantes para recorrer el tramo que había de una acera a la otra.
Pero Tim ni se movió.
Volvió la cabeza, observando que el hombre se había estirado de nuevo.
– ¿Nos conocemos de algo? – preguntó intrigado.
El hombre estaba quieto. Parecía ni estar respirando.
– No – le contestó con voz monocorde.
Sin emoción.
– Entonces… – quiso continuar Tim, algo incómodo porque alguien que le era desconocido supiera su nombre de pila.
– Señor, vengo a decirle que su mujer y su hija están ya muertas.
En cuanto terminó de decir la frase, el extraño se marchó de su lado.
Tim tardó en reaccionar.
Hasta…
– ¿Qué dice? ¿Cómo puede decirme eso? Imposible. No. NO. Si acabo de dejar de verlas hace media hora. Desayunando…
Empezó a seguir al hombre del impermeable. Este se iba distanciando a largas zancadas. Andaba deprisa. Tim redobló sus intentos por alcanzarle, cuando la melodía de Dean Martin cantando la canción “Sway” procedió desde un bolsillo de su abrigo. Era el tono de llamada de su teléfono móvil. Se tuvo que detener en su caminata para atenderlo. En la pantalla vio el nombre de Kathy Moore. Era la vecina del piso de al lado.
Descolgó, aturdido por esa llamada.
– Dime, Kathy. Iba camino al trabajo.
– Timothy.
– Si.
– No sé cómo decírtelo.
– ¿El qué?
– Mary… Su depresión. Está aquí la policía. Por favor, ven rápido. Ha matado a Anita y luego se ha suicidado.



II


Patrick Lens estaba al borde de un ataque de nervios. El negocio particular que mantenía con su amigo y socio Robert Dumars estaba cerca de la suspensión de pagos. Se dedicaban a la producción de videojuegos de acción para ordenadores personales. En un principio, los primeros juegos tuvieron una gran aceptación. Llevados por el optimismo, contrataron a más programadores y resto de personal para la creación de los siguientes productos. En este caso, los números empezaron a no ser tan rentables. Tras tres sonoros fracasos de ventas, estaban ya a punto de cerrar la empresa. La última esperanza era el videojuego que estaban creando en ese momento. Pero necesitaban la inyección económica de un nuevo socio. Si no lo conseguían, todo se iría al garete. Robert había hipotecado su patrimonio personal, mientras Patrick había pedido un préstamo a un usurero, desesperado por intentar mantener el equipo de producción operativo unas semanas más.
Esas semanas ya estaban pasadas.
Su futuro ya era negro como el betún.
Estaba frente al escritorio de su despacho, esperando la llegada de su socio, cuando Virginia le anunció la llegada de una visita.
– ¿De quién se trata? No tengo a nadie citado en la agenda para esta hora – le contestó por el interfono.
La realidad es que llevaba sin tener una cita concertada en su agenda en el último mes y medio.
– No quiere darme su identidad. Simplemente dice que tiene que hablar contigo.
Patrick no estaba por recibir visitas inesperadas. Se terminó de morder una uña antes de dar el visto bueno.
– Déjale pasar. Puede que sea un mecenas de última hora que nos rescate de la hecatombe – dijo con risa nerviosa.
Cinco segundos después la puerta de su despacho fue abierta.
Patrick ni se movió de la silla. Estaba conforme con su ruina. ¿Qué le quedaba? ¿El suicidio?
El visitante era alto y delgado. Vestía un traje oscuro y llevaba unas ridículas gafas de sol de lentes redondas sobre el puente de la nariz.
– Dígame caballero. No se a qué viene, pero en fin, ya que está aquí, o bien me cuenta un chiste o me cita una esquela de la sección de necrológicas del diario. Lo mismo da, dada nuestra situación empresarial – se burló Patrick. Se colocó los pies encima de la mesa, y sin reparos le ofreció al recién llegado una mueca de desdén en los labios.
El hombre se mantuvo erguido, sin moverse un ápice de su sitio.
Tenía los dedos de las manos entrelazados sobre el vientre.
– Patrick. Tengo que comunicarle que sus padres están muertos.
Patrick se quedó de piedra. Se le borró la sonrisa falsa del rostro.
Bajó los pies.
Estaba al borde de la indignación.
– Maldito hijo de puta. A burlarse de su propia familia. Mis padres están perfectamente.
– Vengo también a decirle que Robert Dumars está muerto.
– ¿Qué es esto? Espera. Alguno de los empleados me está gastando una broma. Dada nuestra situación, querrá vengarse de esta manera. Pues me parece una auténtica memez. A reírse de sus muertos. Le despediré anticipadamente, ja.
Se incorporó de pie. Estaba exaltado. Estaba a punto de ir a por el hombre alto. Tenía ganas de echarlo a patadas. Finalmente apretó el interfono.
– ¿Sí, Patrick? – contestó Virginia.
– Hazme el favor de llevarte a este señor de aquí antes de que le de un buen puñetazo y le reviente sus estúpidas gafas.
El hombre de las lentes oscuras se mantuvo impertérrito, fijo en su lugar.
– La mujer de Robert Dumars también está muerta – concluyó.
Fue entonces cuando se dio la media vuelta, y antes de que acudiera la ayudante, abandonó el despacho.
– Maldito chiflado – masculló Patrick.
Virginia asomó medio cuerpo por el quicio de la puerta, preocupada.
– ¿Sucede algo malo, Pat?
Este se dejó caer en su silla.
La miró, desquiciado.
Todo estaba perdido. Su negocio, su vida.
– Será un puñetero jugador. Conoce nuestros nombres. Los ha debido sacar de Internet o de los créditos finales de los juegos.
Media hora más tarde vino lo peor.
Recibió la visita de un inspector de policía.
Su socio Robert Dumars había acudido armado al domicilio de Patrick, y al no encontrarle ahí, optó por acabar con la vida de sus padres. Acto seguido Dumars fue a su propia casa, asesinó a su mujer y terminó quitándose la vida de un tiro en la boca.
Definitivamente, todo estaba acabado.
A los pocos días, Patrick se quitó la vida arrojándose a la vía del tren.



III


El párroco estaba a punto de dirigirse al confesionario. Eran las once menos cinco de la mañana. La hora de atender los gestos de arrepentimiento de los feligreses más creyentes de la iglesia de Santa Eugenia.
En las décadas más recientes, el curso del tiempo estaba llevándose a la mayoría de los parroquianos. Eran todos mayores, y la juventud no se sentía atraída por ir a la iglesia. Así que no le era extraño encontrarse poca gente rezando de rodillas en los bancos, esperando el turno para ir a confesarse los pecados livianos que agobiaban sus conciencias.
Justo cuando iba camino del confesionario, vio a un hombre de edad indefinida. Estaba de pie, como si estuviera aguardando su llegada. Vestía un traje de luto, con unas diminutas gafas de sol que ocultaban su mirada. El padre Stephen pensaba que no tendría más de cincuenta años. Al pasar a su lado, lo saludó con una inclinación de cabeza y una media sonrisa.
Entonces…
– Padre Stéfano.
El párroco se quedó quieto. Nadie le llamaba por su nombre en italiano.
– Dígame.
– Tengo que decirle algo.
– Ahora mismo empieza el horario de confesión. En cuanto llegue su turno, podrá decirme todo cuanto le aflige, hijo mío.
Quiso continuar andando hacia el confesionario, pero aquel hombre espigado y delgado alargó su brazo derecho y posó la mano sobre su hombro izquierdo, impidiéndole marchar.
– Hijo mío, tengo que iniciar el oficio de la confesión a mis feligreses.
El rostro del hombre permanecía inmutable.
Simplemente sus labios quedaron separados por unos segundos ínfimos para decir:
– Padre. Hoy usted muere.
Aflojó la presión de los dedos sobre el hombro del sacerdote.
El tiempo que este se quedó pensativo fue el necesario para que aquella persona abandonara la iglesia por una de las entradas laterales.
El padre Stephen se quedó bastante azorado. Tenía sesenta años. Su salud era buena.
Evidentemente, aquel hombre debía de estar trastornado para haberle dicho eso.
Reanudó su marcha hacia el confesionario.

El resto del día todo transcurrió con absoluta normalidad. Se confesaron siete feligreses. Ofició dos misas y por la tarde el rosario.
Fue justo al cierre del templo, las siete de la tarde, cuando vio una figura que le llamó la atención. Era un chico joven. Estaba sentado medio encogido en uno de los últimos bancos. Conforme se acercaba a él, vio que tenía muy mal aspecto. Ropa descuidada y sucia. Tendría como mucho veinte años. Los ojos vidriosos y el rostro enjuto y enfermizo. El joven le miraba con desconfianza conforme se le aproximaba al banco en el cual estaba sentado.
Al verlo de cerca, el padre Stephen supo que era un drogadicto.
– Hijo mío. Es hora de que salgas. Voy a cerrar las puertas del templo – se dirigió a él con voz suave y cariñosa.
El joven lo miró fijamente. De repente se alzó y exhibió una jeringuilla usada.
– Déme todo el dinero que le hayan dado hoy – le amenazó, usando la jeringuilla como si fuera un arma blanca.
– No puedo, hijo mío. Lo poco que se me entrega, son donativos para la Iglesia. Tienes que entenderlo – suplicó el padre Stephen.
Pero el joven dominado por la falta de dosis en su salud enfermiza perdió todo control sobre sí mismo.
Se echó encima del cuerpo del sacerdote. Empuñó la jeringuilla contra su cuello, quebrándose la aguja bajo la piel. El padre Stephen cayó al suelo de espaldas. El joven lo acompañó en su caída a causa del impulso. Rota la jeringuilla, extrajo un punzón del bolsillo de los pantalones. Desenfrenado, en el suelo le hincó varias veces la punta de la herramienta en el rostro. Alcanzó sus ojos, sus oídos, su garganta…
– No, hijo mío… Qué me haces…- imploró el padre Stéfano.
Poco a poco fue perdiendo fuerzas.
Su vista se nubló por las incisiones. El dolor lo acompañó. La sangre le fue llenado su propia garganta, atragantándole, sin que pudiera decir más.
El joven agresor persistió en su violencia, enloquecido, sin saber que el sacerdote acababa ya de morir, y por tanto, ya no era necesario continuar cebándose en su cadáver.
Cuando se hubo calmado, y sin haber rebuscado dinero alguno, abandonó la iglesia por una de las salidas laterales.




IV


Era una habitación miserable de una pensión de mala muerte. Disponía de lo mínimamente necesario para que un ser humano pudiera vivir ahí.
Una llave giró en la cerradura. El huésped tuvo que insistir tres veces hasta que por fin pudo tener acceso a su hogar.
Cerró la puerta con suavidad y colocó el pestillo del cerrojo.
Seguidamente se dirigió hacia su lecho.
Se tumbó sin quitarse la ropa que llevaba puesta, un traje oscuro.
No había encendido ninguna luz.
No le hacía falta.
Sus dedos sujetaron las gafas diminutas de lentes oscuras. Se las apartó de los ojos y las depositó encima de la mesita de noche.
Tenía los párpados pesados.
Estaba debilitado por el esfuerzo derrochado a lo largo del día.
Se llevó los puños a los ojos y se los restregó con fuerza.
Al fin pudo dejar traslucir sus emociones.
Empezó a llorar con fuerza.
Como un niño pequeño.
Él, que era alto.
Metro ochenta medía.
Él, que llevaba tantos años echados a la espalda.
Acababa de cumplir los 47.
Nunca se acostumbraría a su dolor.
Continuó frotándose los ojos.
En la oscuridad, surgieron destellos.
Como luces parpadeantes de un árbol de navidad.
Quiso apretar los dientes para no gimotear más.
Pero le fue imposible.
Y así estuvo llorando en soledad, maldiciendo una vez más su don como mensajero de la muerte de los demás.

Feliz Navidad, nena. (Merry Christmas, baby).

Dulce Navidad, nena.
No te agradezco la felicitación. Es una noche desagradable. Fría y húmeda. ¿Dónde está la nieve? ¡Sólo lluvia! ¡Eso condiciona el paisaje! ¡No es nada romántico, sabes! Mires donde mires por la ventana, todo está mojado.
Y brillante…
No digas eso. Suena lascivo.
– Voy a encender el árbol.
– Mejor chasquea el mechero y le das fuego. Así entraríamos en calor.
– Eres muy negativa, nena.
¡No hay calefacción! ¡Hace un frío tremendo! 
– Bueno. Dos bajo cero.
¡Lo dicho! ¡Claro, como dejaste de pagar las facturas, cortaron la corriente! ¿Nunca pensaste en que a finales de año, llegaría el jodido invierno?
Ese vocabulario… Ya sabes que detesto los vocablos malsonantes.
¡No haber dejado de trabajar! ¡Así pagarías el agua, la luz y el gas!
– Ya sabes porqué lo dejé. No podía concentrarme lejos de ti.
– No me digas. Pues ya son unos cuantos meses que estoy a tu lado. ¡Demonios!
Nena, controla tu mal genio.
– Si, claro. Porque si no lo hago, me arrancarás el otro pie, ¿verdad? ¡Diantres! ¡Nunca me aflojas las cadenas! ¡Y siempre me tienes en la silla de ruedas, o tumbada encima de la cama!
– Eres muy exigente, nena.
¡Ya, ya! ¡Y tú un retorcido demente! ¡Si lo llego a saber, nunca se me hubiera ocurrido visitarte a principios de año para venderte una puñetera batería de cocina!
– Es que estabas arrebatadora con ese traje negro con falda. Ahora si te comportas, te traeré un poco de sopa.
¡Sopa fría, no te fastidia! ¡Y de postre, pan duro con algo de mantequilla! ¡Menudas navidades! ¡Ojalá nunca te hubiera conocido! ¡Al menos estaría entera! ¡Porque sin un pie menos ya me dirás lo encantadora que estoy ahora!
– No tienes que lamentar tu estado físico, nena. Ya sabes que eres lo máximo para mí. Además, jamás nos separaremos.
¡Hasta que te aburras de mí, me hagas daño, me mates y te busques a otra, maldito cafre mentiroso!
– Nena, porque estamos en estas fechas. Si no te arrancaba ahora mismo un par de dedos como merecido castigo por tu boca sucia.
¡Que te den!
– En fin. Te prepararé un tranquilizante. Cuando estés relajada, te acercaré al árbol, y juntos cantaremos alegres y emotivos villancicos.

Crónicas desde Bordelandia (localidad fronteriza con Escritos de Pesadilla).

Bordelandia. La ciudad donde sus habitantes jamás tienen un día bueno, una sonrisa equivale a un dolor de barriga permanente, y un halago hace surgir un grano en el culo del tamaño de una sandía de veinte kilos…

“Opinando acerca del TERROR.”

¿Zombis descafeínados? ¿De dónde sacarán estos dos semejante opinión?
Que yo sepa, los zombis de Escritos de Pesadilla son de primer nivel. Para muestra, un botón: 

Schindniska. (Microrrelato de terror).

Moralidad discutida. El camino me marcaba hacia un desvío equivocado.
Schindniska.
Población de quinientas almas.
Noche avanzada. Mi corazón congelado precisaba palpitar nuevamente.
Amplias zancadas. El aliento marcado en el gélido ambiente propio del invierno.
La nieve endurecida del suelo cruje bajo las pisadas de mis botas impecablemente bruñidas.
Mi visión vislumbra ventanas cerradas a cal y canto. Puertas solidificadas para evitar toda intrusión nocturna por medio de sólidas cerraduras, cadenas, candados y trancas.
Chimeneas encendidas, para dificultar la incursión por su acceso exterior por los tejados.
Schindniska.
Se me teme.
Se me odia.
Se me evita.
En cambio…
Yo necesito acercarme a cualquiera de ellos.
Profanar sus hogares, para imponerme sobre sus cuerpos mortales.
Mis cuencas vacías y sangrantes se vuelven hacia el cielo ennegrecido.
Alzo mis brazos y los extiendo en toda su amplitud.
Inspiro profundamente antes de exhalar mi aliento.
Seguido de un chillido interminablemente agudo.
Schindniska.
Se me impide la entrada.
Yo os impido la salida.
Conforme me marcho, me alejo de la población, diezmada por la muerte instantánea.
Quinientas almas  que han dejado de respirar por imposibilitar la simple presencia de mi ser en uno de sus míseros hogares en busca de la sangre que me sirva de alimento esencial.

"Especial Halloween 2011": Comedor Social Para Ciudadanos Excepcionalmente Hambrientos.

“Si esperas un pollo, te darán un hueso en un tazón con agua caliente, a lo que considerarán sopa. Luego firmarás en el registro de asistencia, para que te den como postre un chicle. Así al salir del comedor social, la gente de bien te verá masticando y pensarán que esa noche podrán dormir tranquilo, pues con sus donaciones e impuestos, tu estómago no protestará en el resto del día, debido a tan espléndida comilona.”
Sir Crogan Heavy Belly (1851- 1912), fundador de los comedores sociales del norte de Londres, donde cientos de mendigos y ancianos acudían hambrientos, para luego salir farfullando imprecaciones celestiales de nulo agradecimiento.


¡Y no digamos lo necesarios que son en 
plena epidemia Zombi!

El compañero de calabozo.

Hoy toca un relato de ciencia ficción. Un género que no toco mucho, pues lo mío es el terror, pero de vez en cuando la neurona me patina, je je. Se lo dedico a todos mis seguidores y lectores. También a quienes están apoyando Escritos de Pesadilla en el Premio Bitácoras. Esta semana, que es la cuarta clasificación parcial, donde por primera vez figuran los cien primeros dentro de cada categoría, Escritos está ubicado en el puesto 30 dentro de Humor y en el 44 de Mejor Blog Cultural. Para ser la segunda participación, no está pero que nada mal. Un millón de gracias a todos y a todas.

“Soy Igor Sokoski, brigada raso de infantería aeroespacial de la Confederación Terrestre, que engloba a los principales países armamentísticos del planeta Tierra. Estoy relatando el estado lamentable de total falta de libertad de movimientos en que me encuentro dentro de los calabozos de una nave de carga de los Zenitas. Para ello estoy recurriendo a un mini rollo de papel higiénico personal que logré retener en mi entrepierna, consiguiendo con ello resaltar la zona erógena de mis atributos físicos por el ajustado tejido de vinilo prensado de la parte inferior de mi uniforme de soldado. No puedo entrar en muchas consideraciones. Utilizo la punta de un palillo dentífrico de silicona impregnada con mi propia sangre de las encías como tinta. Evidentemente, quien pueda leer esta agónica bitácora, ya es conocedor de la eterna lucha interestelar contra los belicosos habitantes del planeta Zenita, ubicado en una galaxia conocida por Criquelene, al que se accede por el uso de un portal dimensional o agujero de gusano. Nosotros aún no poseemos naves tan avanzadas como para irrumpir en Criquelene, pero por el contrario, los zenitas sí que pueden acceder de manera lenta pero paulatina a la Vía Láctea. Y desde hace quince años están intentando apoderarse de nuestra tierra patria. Es ya lo único que nos queda, tras haber ido perdiendo las colonias avanzadas de Marte, Júpiter y del planetoide artificial de Efesos.

Yo pertenecía a la división vigésimo novena de la Confederación. Disponíamos de una nave nodriza de tamaño medio, con quince cazas espaciales denominadas “Agresores” por su contundencia y acierto en las ofensivas individualizadas contra objetivos enemigos. Aparte, dos vehículos de transporte de tropas a nivel de superficie, pudiéndose movilizar casi dos mil unidades entre ambos. Yo viajaba en el segundo vehículo, integrado en el pelotón “Águila Cabezona”, bajo el mando del Teniente Irosaki Nakata.
Las maniobras defensivas tuvieron lugar en Fobos, uno de los dos satélites de Marte. Ahí teníamos dos asentamientos científicos de enorme importancia. Si caían en manos enemigas, la inteligencia rival iba a descubrir los últimos avances tecnológicos militares de la Confederación Terrestre. Así que allí fuimos, dispuestos a detener el avance ofensivo de los zenitas.
Por desgracia, el teniente Irosaki era un soplapollas y un lameculos, que consiguió el mando de la división por enchufe. La operación fue un completo desastre. La primera base aguantó día y medio, mientras la segunda claudicó a las pocas horas de haber caído su hermana. Los zenitas eran mortíferos en sus maneras de no hacer prisioneros, aunque en esta ocasión tuve la desgracia de haberles caído en gracia como mero animal de laboratorio, mierda.
Los terrícolas somos una raza sumamente inteligente. Los zenitas, aún contando con su poderío militar, eran inferiores en raciocinio. De haber sido medio listos, habrían conquistado nuestras colonias y el planeta Tierra en una semana. Pero como ya he dicho, llevábamos tres lustros plantándoles cara. Como aborrecen reconocer nuestra superior sabiduría mental, sustituyen su frustración aniquilando a la población civil, sin ánimo de esclavizarnos. Todo lo contrario que hacen con seres menos avanzados y en ocasión carentes de todo atisbo de estado civilizado procedentes de otros planetas de galaxias cercanas a la nuestra, a quienes transportan en naves de carga similares a la que en yo me encuentro ahora.
Comparto una celda miserable con tres grogaks aulladores, que nunca callan y te dejan sordo, aún tapándote los oídos con las manos, y en último extremo, con los calcetines sudorosos. Son pequeños, y cualquiera podría acallarlos a patadas, pero sus colmillos son respetables en tamaño y de lo más puntiagudos, rezumando una saliva contagiosa en contacto con cualquier tipo de herida abierta, prodigando amputaciones de miembros superiores e inferiores en un tiempo récord de trece segundos.
Para molestia, dos truilikis con cuerpo de gusano peludo hediondo. Reptan por el suelo, segregando un moco pringoso altamente maloliente y neurotóxico por inhalación pasiva si no fuera por mi ausencia de olfato desde mi caída de pequeño en un charco de lodo radiactivo de plutonio derretido procedente de los desagües de una fábrica de embutidos porcinos mutantes.
Quedaba citar a un frelak. Un animalejo acorazado de tres patas, aunque se mueve con el uso de las extremidades laterales, sirviéndose del central como punto de apoyo cuando permanece erguido de pie, quieto, contemplando a su presa favorita, una especie de ameba gigante de cincuenta kilos compuesta en un ochenta y cinco por ciento de grasa purulenta amarillenta de lo más repulsivo.
Afortunadamente, la celda estaba compartimentada por haces de luz láser dorados, impidiendo todo contacto entre los integrantes de las diferentes especies.
En el lado contrario, había una segunda celda, donde pude fijarme en su único prisionero. Era de una raza desconocida. Pudiera pasar por un humanoide. Sus rasgos faciales eran suaves, sin ningún tipo de arrugas que lo envejecieran. Carecía de nariz y de oídos. Su boca era diminuta y delicada. De complexión delgada, su estatura rondaba los dos metros y medio. Estaba embutido en un traje de anillas, donde había una serie de orificios. Aquella criatura permanecía agachada sobre el frío y nada higiénico suelo de nuestra prisión. En un momento de contemplación mutua, nos miramos a los ojos, ambos absortos en una curiosidad compartida.
Justo en ese instante, se abrió la compuerta de acceso a la sala de los presos…”

Dejé de escribir nada más ver adentrarse en los calabozos a un carcelero zenita. Como era su modo de comunicación externo habitual, farfullaba y escupía salivazos en todas direcciones. Su estatura era similar a la humana, aunque su rostro perlado de enormes protuberancias negras como granos cediendo por la presión de un pus oscuro y seboso, le confería un aspecto del todo aterrador. En seguida quedó demostrada su animadversión hacia la raza humana. Sin fijarse en ninguna de las otras especies de índole inferior en cuanto a creatividad y sapiencia con respecto a la nuestra, ensanchó sus gruesos labios grises, bizqueando en un frenesí de quien jamás espere conquistar a una hembra de buen ver.
“Preslika” – gritó hasta hacer resonar su voz gutural por las cuatro paredes de la cárcel de la nave de carga que nos transportaba hasta su planeta de origen.
No supe el significado de esa palabra, hasta que el muy bruto exhibió un espectacular palo extensible de madera de nurpila. Se dirigió en dos pasos hacia nuestra celda, obviando la otra donde estaba confinado el ser con forma humanoide.
“¡Preslika” – repitió una y otra vez, atizándome con el palo en la cabeza, las piernas y los brazos.
Recibí como ocho o nueve impactos certeros, que me dejaron maltrecho y medio mareado.
El muy miserable escupió una flema que alcanzó mi ojo derecho, cegándomelo, y acto seguido, fue atizando a los grogaks, los truilikis y al frelak, con la diferencia que les propinó a cada uno un único golpe, y de lo más suave en comparativa con cualquiera de los que recibí yo.
– ¡Maldita segregación racial la tuya! ¿Por qué a mí diez y al resto uno? ¿Y qué hay con el tipo de la otra celda? ¡Esto es pura discriminación! – me quejé con razón.
El guardia me ofreció la espalda por un breve rato. Cuando se volvió, blandía un látigo de veinte colas con púas, clavos oxidados y hojas de ortiga.
“¡Falulla!” – bramó, alterado.
Hice lo posible por alejarme de su presencia, pero el látigo era extremadamente largo, y me alcanzó una docena de veces, desgarrándome la ropa, convirtiendo la piel de mi anatomía depilada y curtida en media decena de batallas en un lienzo de cicatrices profundas y sangrantes.
Caí rendido en la esquina más lejana de la celda, lamiéndome las heridas con amargura.
“¡Falulla!” – exclamó aquella bestia más veces, otorgando a los compañeros de celda un efímero y simple roce con la punta del látigo de castigo.
Evidentemente, ninguno de ellos se quejó un ápice.
El prisionero solitario de la celda opuesta a la nuestra se libró por segunda vez de la inquina del carcelero.
Me incorporé como pude de pie. La ropa se me caía a jirones, y tenía que mantenerla sobre mi cuerpo con las manos para no quedar en cueros vivos. Observé al zenita con un odio indisimulado.
– ¡Esto es injusto! ¡Estás propasándote con mi castigo! ¡El resto, que son unos burros en inteligencia, los tratas como si fueran prisioneros de primera clase, y yo, una pura escoria!
El carcelero estuvo sin derrochar saliva un minuto largo, como tratando de evaluar la situación.
Entonces se acercó a un botón ubicado en la pared desnuda que remataba el estrecho pasillo situado entre las dos celdas. Me guiñó un ojo y lo pulsó con fuerza.
Percibí un sonido sobre mi cabeza. Desde unos aspersores roñosos surgió una lluvia de plomo líquido hirviendo.
“¡Kondokiki!” – se despachó con desdén el carcelero mientras me veía saltar de un lado a otro, desnudo cual bebé, sin poder evitar quemarme con el chorro de plomo líquido.
De nuevo en una esquina, completamente en dolorido y humillado por el desprecio que aquel zenita sentía hacia cualquier representante de la raza terrestre, pude contemplar como los otros prisioneros de mi celda fueron rociados simplemente con agua sucia fría, pero agua inofensiva a fin de cuentas.
– ¡No! ¡Basta ya! – grité, suplicante.  De soslayo pude asegurarme que el inquilino de la otra celda continuaba asentado sobre el suelo, sin haber sido agraviado por la ira del sádico carcelero.
El guardia zenita desparramó el contenido salivoso de su enorme boca por las cercanías de la celda. Alzó su vista para salir por la compuerta de acceso.
Mi alivio duró un par de minutos escasos.
“¡Tuguricuqui!” – regresó vociferante con un enorme hierro al rojo vivo.
Con él buscó mis magras carnes, marcándome en diversas zonas.
Cuando terminó, miró a mis compañeros de penurias. Le fue ofreciendo a cada uno de ellos un cuenco de leche agria de pomoka del altiplano marciano de Usuris.
En ese instante perdí el conocimiento…
Cuando recuperé la conciencia, mi vista estaba a la altura del suelo, donde apreciaba las punteras de las botas color malva del prisionero de la celda contigua a la nuestra.
¡Humano! – dijo con voz siseante.
Me ayudó a incorporarme sentado. Para mi gran sorpresa, las franjas láser de contención dentro de las celdas estaban apagadas. Los grogaks, los truilikis y el frelak habían huido a través de la compuerta abierta de la cárcel.
¡Humano! – insistió aquel ser con forma de humanoide.
Con la visión borrosa, pude entrever la figura tendida sobre el suelo del carcelero zenita. Estaba muerto, con el cuello roto y en medio de un charco de sangre verduzca  y consistente, propia de su raza.
Miré a mi salvador con alborozo. De alguna manera, se había hecho con el mando de control de los emisores láser, eliminando al guardia sin miramientos de ningún tipo.
– ¡Bravo! ¡Te lo has cargado! ¡Ese cabrón está más tieso que una roca lunar! ¡Y estamos libres! – dije, con la voz rota por la emoción.
Aquel ser de raza para mí desconocida, no apartaba su mirada de mi figura deslucida y deteriorada por el castigo físico infligido por el odio acérrimo que nos profesan los zenitas.
– Por favor. Ayúdame a ponerme de pie. Estoy muy debilitado. Me duele cada centímetro del cuerpo.
Humano – repitió el humanoide, conmovido por mi estado actual.
Me rodeó con sus largos brazos, sujetándome contra su pecho…
De cada orificio de su extraño traje, surgieron unos finos puñales acanalados, que se hundieron en las venas de mi cuerpo, sorbiendo la vitalidad de mi ser en forma de sangre, hasta vaciarme, condenándome al final de mi existencia como ser viviente del planeta tierra.

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Postales de una nueva vida. (Relato Gráfico.)

Nuevo relato gráfico de terror. Gestado tras el 8-0 del F.C. Barcelona frente a los desvergonzados que han salido al campo con una falta de profesionalidad manifiesta, mancillando nuevamente la historia del Club Atlético Osasuna. Por cierto, hasta los muertos vivientes corren más y tienen más agresividad física que estos privilegiados deportistas navarricos en plena crisis nacional.

“Postales de una nueva vida.”

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