Gracias por el interés, Ahora Ya Radio!

Hola, queridas lectoras, y también lectores.
Me es grato comunicaros el gran interés que ha puesto la emisora de Ahora Ya Radio en emitir relatos de nuestro rinconcito. Que conste que son ellos los que han movido todo el tema. Ya sólo por eso, aunque al final se decidiera que no reuniesen la calidad necesaria para ser radiadas (el pesimismo anida en mi desde que me atropelló un hipopótamo medio chiflado del circo Glorius), el agradecimiento es enorme por mi parte.
Ahora el quid de la cuestión es que tengo que narrarlos, je je. Veremos lo dicho, a ver si todo sale bien y no hay lanzamientos de hortalizas pútridas en cuanto alguien me vea por la calle y me reconozca por la voz…

Pues lo dicho, a sintonizar Ahora Ya Radio. Ojalá que sea una colaboración de lo más fructífera.
http://www.ahorayaradio.com/

Cosas de críos

Cronología de los hechos:

Arboleda de robles conocida por “La Ratonera”, situada a milla y media de la población rural de Palo Largo (California – 3755 habitantes).
Los menores de edad, Jade Thomas, de 11 años, Pedro Ramírez, de 12 y Elsa Hamings, de 9, estaban disfrutando de un rato de ocio en el citado robledal. Hacia las 11:22 horas de la mañana, mientras jugaban al escondite, Jade Thomas alertó a sus compañeros de un hallazgo.
Oculto entre matorrales, encontraron una cabeza de un hombre joven en relativo buen estado aún a pesar de faltarle el resto del cuerpo.
Consternados en un principio por el significado del horrendo descubrimiento, los chiquillos, liderados por Pedro Ramírez, decidieron quedarse con la cabeza cercenada. Fueron a casa de Elsa Hamings por bolsas de plástico de basura, y con premura, para las doce y media decidieron guardar tan particular trofeo en un lugar seguro, conocido por ellos tres.
Se juramentaron por no decirle a nadie nada sobre el asunto.
Pedro había convencido a Jade y Elsa que podían presumir de ser piratas, y que esa cabeza, pasadas unas semanas, sería su calavera de la suerte.
Cosas de niños.

Cronología de los hechos:
Dentro de dos noches tocaba luna llena. Era la fecha indicada para la ofrenda.
Con cierta anticipación, desmembró el cuerpo de aquel joven de veinte pocos años, y cargándolo sobre la espalda dentro de un saco, se alejó de aquella arboleda, presto para conservar los restos dentro de la cámara frigorífica de la bajera de su casa hasta tanto llegara tan significativa fecha.
Al llegar a casa, fue cuando se dio de cuenta que había perdido la cabeza de aquel sacrificio humano. Se puso sumamente nervioso. Mordisqueó con fiereza sus propios nudillos hasta dejarlos despellejados y sangrantes. Cuando el dolor le hizo de entrar en razón, decidió retornar hasta el lugar de los hechos, donde la víctima fue abatida por la enorme fuerza de sus manos.
Al llegar a la arboleda, vio de lejos a dos niñas y un mocoso saliendo de la linde hacia la pradera, acarreando algo dentro de una bolsa de basura negra.
Cuando apreció el ligero reguero de sangre que iban dejando por la fina hierba, supo que la cabeza era el extraño bulto inmerso en el interior del plástico.
Se chupó los nudillos con fruición. Decidió seguir a los tres menores con la mayor discreción posible.

Cronología de los hechos:
El matrimonio Ramírez llegó a casa antes de anochecer. Estacionaron el coche en el garaje particular. Al instante, Lucinda Ramírez se fijó en el detalle de la ventana frontal de la cocina. Estaba destrozada, con las cortinas oscilando en un vaivén arbitrario por la corriente que discurría por el hueco del marco.
Arturo Ramírez accedió visiblemente alterado al interior por la entrada principal. Recorrieron las dependencias, encontrándose con los cuerpos de tres niños. Se hallaban diseminados por el linóleo del suelo de la cocina. Reconocieron a su propio hijo entre los restos.
Lucinda gritó aterrada. Perdió el conocimiento por la fuerte impresión.
Arturo Ramírez se arrojó de rodillas ante su Pedrito.
Entonces se fijó en el oscuro rincón cercano al horno.  Sentado sobre una silla, un extraño permanecía observándole en silencio.
Separó los labios, enfurecido por la presencia del asesino de los niños.
Se alzó, recorriendo el firme resbaladizo del suelo empapado de la fresca sangre emergida del interior de Pedrito, Elsa y Jade.
El intruso se incorporó a su vez, y con acertada precisión hincó un cuchillo de carnicero en el pecho de Arturo, matándole en el acto.
Rodeó el cadáver del hombre, acercándose hacia la figura desvanecida de la mujer. Se agachó, tiró de su cabeza por los largos cabellos y le abrió la garganta con una precisión definitivamente mortal.
Arrojó el cuchillo sin preocuparse por las huellas en él dejadas.
Recogió la bolsa de basura situada encima de la mesa y se alejó de la casa empleando amplias zancadas.

Cronología de los hechos:
La túnica de seda negra le llegaba hasta los tobillos. Sobre la cabeza llevaba subida la capucha.
Con paso resuelto, se dirigió hacia el pequeño altar dispuesto en el ático de su hogar.
Estaba satisfecho.
El cuerpo desmembrado de la ofrenda estaba esparcido en trozos sobre el mantel purpúreo.
En un sitio destacado, la cabeza recuperada.
Rodeándola, algunas partes adicionales de la familia Ramírez y de los chiquillos.
Cerró los ojos y relajó la respiración, entrando en trance, musitando una letanía pecaminosa…


“Come little children” (with lyrics)

Genoveva Ducrati Tisdale, la Asesina de Pésimos Actores de Teatro

               Genoveva Ducrati Tisdale, nacida en la discreta localidad de Broken Fields, en el estado de Nueva York, en el año 1868. La fecha en concreto es una incógnita. Sus padres la dejaron abandonada a la puerta de la mansión de la ilustre estirpe de los Morrisbeg, quienes a su vez ordenaron a una de las criadas que llevara a la recién nacida ante la entrada principal del hospicio de la citada población neoyorquina. Se tiene constancia que la criatura pasó gran parte de la infancia entre las paredes de la institución caritativa, sobreviviendo a las epidemias de la época como las paperas, la viruela y la gripe, enfermedades en gran medida causantes de la elevada mortandad infantil de aquella segunda mitad del siglo XIX.

                En los archivos de los registros de seguimiento de los huérfanos de padre y madre, se refleja que Genoveva abandonó la institución a los quince años, siendo adoptada por un tal Jerónico Todorakis Cucliotis, y por su amante, Dora Condoraikis Constatinnaina, dos emigrantes griegos que se hicieron pasar por un joven matrimonio sin hijos, cuando realmente eran los promotores de un ínfimo circo ambulante. La adolescente fue reclutada de manera tan hábil para que formara parte del trío Celestino, los payasos que alegraban poca cosa el intermedio de las actuaciones de la programación circense. Los tres payasos ataban a Genoveva a un poste con cadenas, convenientemente amordazada para acallar sus indisimuladas protestas y practicaban la puntería con ella, lanzándole con muy buen tino desde la distancia tartas rellenas de arándano y de nata. Puede afirmarse que Genoveva acabaría odiando por este motivo toda actuación de cara al entretenimiento del respetable, deseando a su vez poder descargar toda su furia vengativa e incontenible en contra de quienes ejerciesen tal oficio.
                Aún formando parte activa del circo “Peloponeso Agonicus”, Genoveva empezó a asistir en sus escasas tardes libres a los teatros locales donde tenían lugar la representación de obras insignificantes y  soporíferas, cuyo elenco de actores y actrices solía estar integrado por gente tan mala para la actuación en público, que en realidad su único fin parecía más constar como cierta válvula de escape para los asistentes al teatro, concitando las burlas, la mofa, el escarnio, los abucheos y el arrojo final de todo tipo de objetos, verduras y frutas en estado pútrido y de lo más pringoso que estuviera al alcance de la mano, constituyéndose en el motivo principal por el que se acudía al recinto en sí.
                La joven Genoveva Ducrati, aprovechándose del anonimato que representaba para ella estar en medio de una multitud, en vez de lanzar al escenario una coliflor de lo más blanda, un tomate licuoso o unos huevos malolientes, atinaba su puntería hacia cualquier protagonista de la obra con un ladrillo, un adoquín o con tornillos impulsados por un tirachinas, generando lesiones diversas para el deleite del resto de la gente congregada en el patio de butacas del teatro. Cabe hacer el inciso que los directores de las compañías de teatro de tan escaso nivel obligaban a la permanencia de sus actores y actrices en el escenario para contentar el malestar del público, llegando a apuntarles con un arma con tal de evitar su huída entre bambalinas.
                En estos primeros escarceos dentro del vandalismo público, Genoveva se maravillaba de su impunidad al formar parte de la masa de descontentos espectadores, quienes  expresaban su disconformidad en contra del elenco artístico más allá de meros abucheos, recurriendo a la violencia más extrema. En una de sus asistencias como espectadora a uno de tales eventos, fue cuando decidió dar un paso por encima del propio gamberrismo. Aprovechándose de la siguiente bronca, tenía decidido acabar con la vida de uno de los intérpretes.
                Por el año 1886, Genoveva Ducrati abandonó el circo, y se dispuso a recorrer las localidades que ella bien conocía de sus anteriores giras con el “Peloponeso Agonicus”. Sin duda, quería ejercer sus tropelías en los teatros que por ella habían sido más frecuentados.  Sin oficio conocido, y dada su afición por la bebida de absenta, debía de conseguir ciertos emolumentos manteniendo relaciones esporádicas con algunos caballeros de vida alegre, asiduos también a los eventos culturales de la zona. La citada Genoveva era verdaderamente atractiva, luciendo a veces pelucas rubias decoradas con largas trenzas y lacitos de colores.
                El 15 de abril del citado año, en el teatro “Red Flames”, de Blue Coast, durante la actuación de la obra cómica, “Un amor fragmentado en mil trozos por la ira de los celos de mi hermana, la tuerta”, en el acto tercero se desencadenó el reproche espontáneo de los espectadores. Los comediantes se tropezaban entre ellos en el escenario, se quedaban a veces con la mente en blanco, improvisando líneas que no tenían ningún sentido con el diálogo que se tenía en ese momento, los gags eran horribles. Un verdadero desastre de compañía. La lluvia de lechugas, coliflores, tomates, patatas, huevos, excrementos de perro, no tardó en dejar a los actores principales hecho una pena. De repente, un tal Joshua Tarret, de 29 años, recibió una cuchillada en pleno tórax. Seguidamente, otro cuchillo se clavó en el cuello de su compañero de reparto, Negus Twain, de 33 años , atravesándolo de lado a lado. Ambos fallecieron en el acto entre espasmos de dolor sobre la tarima, sin que cesaran de caerles encima verdura en mal estado y fruta madura.
                27 de mayo, en plenas fiestas del honorable pueblo de Apricot Season, se representaba un número del género musical. En este caso, la compañía era de cierto nivel dentro del gremio, pero debido a la abundante ingesta de alcohol de los espectadores, no dejaron de interrumpir la actuación con gritos, quejas altisonantes, insultos variados, y el lanzamiento masivo de objetos y verdura. En medio de semejante barullo, la actriz principal, Salomé Nebie, de 45 años, fue alcanzada por un machete entre ceja y ceja, partiéndole el hueso de la frente y dividiéndole parte del cerebro. Desde ese día permanecería ingresada en una clínica de reposo hasta su muerte natural, a los 67 años.
                Una semana más tarde, el 2 de junio de 1886, en el Salón de Actuaciones Variadas, de Lime Town, la compañía de teatro “Raibonda”, llevaba a cabo la representación de su obra original y genuina, titulada “Un remanso de paz entre familias enfrentadas”. El reparto era muy numeroso, facilitando la puntería de los espectadores cuando mostraban su desagrado por la nula calidad de los actuantes. En medio de la escandalera, la actriz Rosemary Troop, de 19 años, fue alcanzada por una lanza que le atravesó el corazón, causando su muerte al instante. El niño Trickie Ballon, de doce años, quien estaba haciendo sus primeros pinitos como actor infantil, recibió la certera puntería de dos cuchillos en ambos ojos, dejándole ciego de por vida. Y por último, un agente de la policía local que vestía de paisano por estar fuera de servicio, tuvo la genuina ocurrencia de subirse al escenario para intentar de imponer un cierto orden, siendo alcanzado en plena barriga por un tridente de aventar la paja. El infausto policía era James Snort, de 55 años. Murió en pocos minutos, sin poder dejar testamento a su esposa y diecisiete hijos.
                Algunos testigos se fijaron en las prisas con que una joven mujer se alejaba del lugar, dejando detrás una daga en el asiento que había ocupado instantes antes en la tercera fila más próxima a las tablas del escenario.
                Con la muerte de un agente de la ley, se inició una investigación exhaustiva, relacionando los hechos acontecidos en los tres teatros de las tres localidades afectadas con una única persona agresora. Era una mujer, de entre veinte y treinta años, estatura media, lucía vestidos llamativos y usaba pelucas rubias adornadas con lazos y tirabuzones de colores más oscuros.
                Como el área de actuación de la asesina comprendía localidades muy cercanas entre sí, siempre con actuaciones artísticas en los teatros de las mismas, se determinó que su siguiente aparición podría tener lugar en el pueblo de Ever Heaven. Iba a celebrarse una obra de carácter religioso en la propia iglesia de San Pedro El Inflexible.
                Genoveva era desconocedora del despliegue policial. Cuatro agentes de paisano se situaron entre el público, ocupando los bancos de la nave central. En la zona del altar, utilizado como escenario eventual, estaban los actores interpretando la obra evangélica “Ojo por Ojo, Diente por Diente”. La iglesia estaba llena de gente, y Genoveva se buscó sitio en la antepenúltima fila de bancos, confiando en su buena puntería y así tener la salida más cercana de cara a su huída.
                La obra era de lo más deplorable. Las actuaciones eran bochornosas. Aún así, el público asistente guardaba silencio absoluto, manteniendo cierto interés en la trama de la obra. Genoveva se reía por dentro, incapaz de comprender la nula reacción del respetable hacia semejante desastre, así que empezó a dar palmadas, pateando el suelo y gritando, esperando ser imitada por el resto.
                Los policías infiltrados recelaron del comportamiento anómalo de la joven, y sin esperar a más, la rodearon y la sacaron de la iglesia. Una vez fuera, fue registrada, encontrandose en su posesión un hacha de mango corto, siete bolas de petanca de acero reforzado y una cajita de chinchetas de destacable tamaño. La vestimenta y la peluca que llevaba Genoveva coincidía con la descripción que se tenía de la persona que aprovechaba los tumultos y pataleos de los espectadores que se daban en los teatros para asesinar discretamente a algunos de los artistas, así que fue detenida y llevada a la comisaría de Lime Town, la capital del condado y lugar donde se cometió la muerte de una actriz horrenda, la de un intrépido policía y se dejó ciego a un joven actor infantil de lo más prometedor.
                Genoveva Ducrati Tisdale no tardó ni medio interrogatorio en confesarse autora de los hechos que se le imputaban.
                “Han hecho bien en descubrirme. Tenía  grandes planes. Uno de ellos era introducir un mini cañón rodante disimulado bajo la falda de mi vestido, para lanzar de un único disparo cuchillos, navajas, cristales rotos, cadenas, etc, en forma de munición múltiple. Con tanto proyectil, podría acabar con todo el reparto en un santiamén.” – remarcó a uno de los detectives que la interrogaron sin inmutarse lo más mínimo.
                Genoveva Ducrati Tisdale fue juzgada el 13 de diciembre de 1886 en el Tribunal de Justicia de Lime Town por el juez Robert Ferraro de 95 años. Fue sentenciada a morir en la horca el 16 de diciembre a las once de la noche. 
        Estaba a punto de cumplir los 19 años de edad.