El hermano

Días melancólicos, relatos de tal guisa…

La bruma densa y húmeda se arremolinaba entre las lápidas verticales, cubriendo las que estaban entre la alta hierba descuidada del cementerio del pueblo.
En una de estas el sonido repetitivo sesgado de las paladas sacando tierra de una tumba en concreto y acumulándola en las cercanías llevaba produciéndose en la última media hora. Su esfuerzo era ímprobo pero necesario. Cuando dio con la tapa del ataúd, se detuvo, aliviado. Pasó la manga sucia de la camisa por la frente, enjugándose el sudor que perlaba la misma. Su respiración era acelerada por la impaciencia. Dejó la pala y buscó con la linterna el mazo y el punzón depositados cerca de la cruz de mármol negro de la tumba. Estuvo muy impreciso en la separación de la tapa, tardando cinco minutos en abrir el ataúd. Cuando lo hizo, arrojó las herramientas y rebuscó en el interior enfocando el cadáver embalsamado con el haz de la linterna. El funeral y su posterior entierro tuvieron lugar ese mismo día al mediodía, por tanto, el finado estaba bastante fresco y bien conservado mediante la eficiente labor profesional de los empleados de la funeraria.
Estuvo contemplando el rostro relajado y sereno del hombre de temprana edad. Lucía su traje de las grandes ocasiones.
Una lágrima surgió de la comisura del ojo izquierdo.
Respiró hondo y pausado. Tenía que relajarse.

Investigó la mano derecha del hombre fallecido, encontrando la alianza de oro. Con sumo cuidado, intentó extraerlo, pero el dedo estaba entumecido e hinchado. Ya lo tenía previsto, así que buscó en el maletín el escalpelo de cirujano y procedió con la incisión, lo suficientemente profunda, como para conseguir separar la falange y de esta manera, obtener el anillo…
En cuanto estuvo en sus manos, recogió los instrumentos utilizados en la profanación de la tumba y se marchó sin preocuparse en dejar la tumba violada y con la figura del difunto al descubierto.

Laura estaba desvelada. Los últimos días habían sido muy duros para ella. La pérdida inesperada de su joven marido mientras participaba en una carrera de campo a través era el mayor de los mazazos para su único año de unión. Verlo llegar tambaleando a la meta, cayendo sobre las rodillas, con el rostro congestionado, víctima de una muerte súbita, sin que las asistencias médicas pudieran conseguir reanimarlo con el desfibrilador, constituían los fotogramas de una especie de cortometraje infernal, que ella hubiera deseado nunca haber contemplado.
Anthony tenía 24 años. Toda una vida por delante. Al igual que ella, estaba en los inicios de su carrera profesional tras haberse licenciado en la universidad. El destino, sin haber consultado con Laura, la había dejado de lado, con 23 años. Una soberana injusticia. Si pudiera, Laura le metería una bala entre ceja y ceja a quien regía el futuro de los mortales.
En estos días de desasosiego, se había sentido protegida por sus familiares y amistades. Si no hubiera sido por su compañía en los momentos difíciles de los trámites y los ritos fúnebres, su espíritu habría desfallecido por la impotencia y el dolor.
Ahora a Laura le quedaba el terrible trance del duelo.
Las fotos de Anthony. El olor corporal de Anthony en las ropas que conservaba en los armarios. Su aún reciente cercanía en cada rincón de la casa compartida entre ambos en los últimos meses…
Por eso estaba desvelada. Y aún a pesar de las pastillas, era conocedora que tardaría en dormir en las semanas venideras. Porque siempre que cerraba los párpados, ahí veía a Anthony sonriéndole antes del inicio de la carrera que iba a costarle la vida.
Laura se sentía incómoda en su lecho. Miró la hora que marcaba el despertador.
Las 3:30 A.M.
Vencida por el insomnio, se incorporó, se puso una bata de seda color crema, se calzó las zapatillas y abandonó el dormitorio, dirigiéndose a la cocina. Cuál fue su sobresalto al verla iluminada. En cuanto alcanzó la jamba de la puerta, vio a la persona que más deseaba ver.
– ¡Anthony! ¡Eres tú! ¡No es posible!
Sentado frente al mostrador que delimitaba el comedor con la cocina propiamente dicho, estaba la figura gallarda de su joven esposo. Estaba vestido con un traje elegante, de los que solía usar cuando acudía al trabajo.
– Hola, Laura. Esa bata tan entallada te sienta estupendamente bien – le dijo su marido.
Laura le miraba embelesada. Las dos pastillas que había tomado para los nervios y facilitar su sueño no había causado el efecto necesario, pero aún así tenía la cabeza algo pesada. Como si estuviera flotando entre nubes, viviendo una ensoñación. Pero aquello era real. Anthony vivía. Estaba con ella, acompañándola en la cocina. Y estaba tan radiante. Tan natural.
– Ven aquí. Tengo que abrazarte y darte un merecido beso – le dijo Anthony, poniéndose erguido cuan alto era.
Laura no lo dudó ni un instante. Se acercó deprisa y se dejó rodear por los hombros por las manos cálidas de su esposo. Los labios se buscaron y se besaron con pasión. Estuvieron así un rato, hasta que se separaron. Ella lo cogió de la mano derecha, donde brillaba el oro de la alianza.
– Vayamos a la cama. Quiero permanecer contigo toda la noche.
– Lo que tú digas, Laura. Esta noche soy tu prisionero.
Conforme lo decía, su deseo era mayor por formar parte de la vida de la viuda de su hermano gemelo…
Eran dos gotas. Dos briznas de la misma hierba. Dos monedas recién acuñadas.
De eso se serviría.
Pues un dolor profundo era tan fácil de confundir…


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La balada del asesino inútil

Cuando a veces una tarea no está bien rematada, sucede algo parecido a lo que viene a continuación…

– Déme un refresco – susurré con debilidad.
– Usted no está para beber nada. Se muere, sabe. Confórmese con eso – me contestó con inmensa frialdad el hombre de la guerrera verde oscura.
Yo ya lo veía todo borroso. Sin matices que me aclararan su ubicación.
– No… No me moriré – le dije en un hilo de voz casi inaudible para mí mismo.
Noté sus pisadas al lado de mi cuerpo caído.
– ¿Cómo dice, amigo? No le entiendo nada.
“Hable más alto. Esfuércese, anda.
No podía ya ni alzar la cabeza. Todo mi cuerpo reposaba en horizontal sobre el frío suelo del desierto de Sonora. Notaba la superficie granulosa debajo de la tela desgarrada de mi camisa de seda negra. La humedad de mi propia sangre la dejaba empapada. Al menos no había charco. La arena se encargaba de absorber el líquido que emanaba de mis duras heridas infligidas por la katana japonesa.
Era noche cerrada y a aquel idiota no se le ocurrió otra cosa que querer matarme con la típica arma de samurai.
Escupí grumos de sangre sobre mi lado derecho. Se me cerraban los párpados.
– Bueno. Está claro que lo suyo es ya historia. Esta madrugada alimentará a los putos coyotes – se mofó ese asesino de pacotilla.
Se me oscureció la vista y con ello la vida que yo conocía quedó apagada para siempre.

No se cuánto tiempo habría pasado desde que fallecí a manos del sicario del tipo al que le debía una cantidad respetable de dinero. Aún era de noche. Casi no se veía nada. Por no haber, no había ni luna llena y el firmamento estaba abarcado por infinidad de nubes. Al menos no soplaba el aire nocturno del desierto. Aunque la verdad, si yo ya era un cadáver ambulante, no debía de preocuparme por las bajas temperaturas del momento. Sólo me indignaban los desgarrones de mi vestimenta. Era de las caras, y ese inútil se había cebado en ella con nula precisión. Claro, si a un cerdo le atraviesas varias veces sin ton ni son con un cuchillo, acabará desangrándose en la matanza.
Lo lógico hubiera sido que con aquella arma tan mortífera me hubiera matado de una simple tajada, rebanándome el cuello. Mejor. De haberlo hecho, yo no sería ahora una especie de muerto viviente. En un futuro terminaría oliendo a descomposición dentro de mi cuerpo corrupto, pero dado mi reciente fallecimiento continuaba tan fresco que una verdura expuesta en el puesto del tendero de un supermercado. Caminaba muy fluido, con paso normal, hasta con alguna que otra apreciable zancada. Mi instinto me llevó al abandono del desierto al dar con la carretera estatal. No muy lejos de ella debía de estar el área de descanso donde el asesino a sueldo me invitó a un último trago antes de reclamar mi presencia en un área abandonado de Sonora…
Con suerte, dada la estulticia del tío, esperaba verle de nuevo en el mismo sitio. Tenía unas ganas enormes de devolverle el favor con una caña mejicana a mi costa.

Estaba algo más lejos de lo que recordaba. Claro, recorrer el trayecto en coche con las manos maniatadas y con el tipejo conduciendo como un loco, a la vez que observaba la katana ubicada sobre el asiento del copiloto te daba la sensación de que el tiempo volaba. Ahora estaba desandando el recorrido a pie, y aunque ya no perdía más sangre porque ya la hube perdido toda y mis heridas no me dolían, esa cantidad de kilómetros había que patearlos como si fuera un vulgar recluta en su primer día de entrenamiento en uno de los campamentos militares del tío Sam.
La realidad es que el sol empezó a despuntar cuando alcancé el tugurio de un tal Tío Celestino, que ese era el nombre que rezaba en el cartel que daba nombre al local. El Ford Focus negro metalizado estaba aparcado en la zona de estacionamiento. Era el segundo vehículo. El otro seguramente que pertenecía al dueño del sitio.
Allí estaba el tonto del culo. Bebiéndose unas rondas en mi memoria.
Cuando me acerqué a la ventanilla de su vehículo, comprobé que la tenía bajada por el lado del acompañante. Sobre el asiento estaba la katana. El seguro estaba levantado. Abrí la puerta y me hice con el poderoso brazo ejecutor del samurai Kito. Sonreí de buenas. Hasta solté una carcajada seca. Aquel puñetero asesino era más chapucero de lo que me había imaginado.

– ¡Jesús, María y José! Un muerto que anda. Estamos perdidos – gritó asustado perdido el dueño de la taberna del Tio Celestino.
– Oye. Que he bebido mucho más que tú en toda la noche. Así que no me vengas con chorradas – le reprochó el asesino a sueldo sin girarse sobre el taburete sobre el cual estaba sentado en una postura algo decadente por el exceso ya de Triple Equis.
– No más dese usted la vuelta, cabrón. La madre que te chingó, menuda espada que lleva entre las manos.
– ¿Espada dices? No jodas.
Cuando se volvió, el filo de la katana hizo que su cabeza descansara a medio metro de su tronco sobre el mostrador de la barra del bar.
– Tengo un buen estilo – rezongué asombrado.
El dueño del local me miraba paralizado.
Pasé la lengua por la hoja para saborear la sangre.
Sabía a gloria.
– No me haga nada, por favor. No más me marcho – suplicó el barman.
Le miré sonriente.
– Amigo. ¿Acaso has visto que un testigo en este trance pueda quedar libre para luego testificar ante las autoridades locales?
– Yo no le conozco a usted de nada. De nada. Además ese borracho está bien de esa manera. Lo más seguro es que no hubiera podido pagarme todas las rondas que se ha bebido.
– Ya… Bueno. El caso es que yo soy un tío especial.
– Usted está muerto, la puta. Por eso déjeme marchar.
Contemplé la cabeza exhibida en la barra del bar. Quedaba la mar de decorativo. Miré al chicano. Transpiraba demasiado para mi gusto.
– Sabe qué, compadre.
– Que me deja ir con viento fresco, puto gringo. Yo me marcho y tú luego te pudres con este otro…
Empuñé con orgullo la katana.
– Me temo que no va a ser posible. Le he sacado gusto al tema este de cortar cabezas.
“Y yo me pudriré, pero seguiré marchando como buen zombie. Pero a ti, al faltarte la cabeza, lo más que más harás será servir de alimento a las cucarachas…
Segundos después le di a la cabeza como quien golpeaba con fuerza una pelota de béisbol con la confianza de lograr un homerun.

Más tarde seguí mi caminata por el desierto de Sonora…
A lo mejor había suerte y me encontraba con alguna que otra víctima de otro asesino incompetente que pudiera acompañarme en mi nuevo estado. Además, el sol adelantaría mi putrefacción. Así no desentonaría como muerto viviente.
Una vez que uno asume un rol, tiene que procurar ser lo más convincente posible.
Si no, se es un completo inútil.


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La propuesta

Iniciamos una semana nueva desde Escritos con un relato ligeramente perturbador. El protagonista es un amigo del colegio de mi sobrino Gurmesindo, quien por cierto está aquí al lado. ¡Niño! ¡Ven! Que deseo que hagas la introducción del nuevo texto pergeñado por quien estornuda y tose cuando se acatarra.
– ¡Oye, viejo! ¡Préstame tu mechero! ¡Y tabaco de liar! Que llevo una hora sin fumar, y ya tengo el mono.
Será posible, Gurmesindo. ¿Acaso en este fin de semana pasada tus padres no te han dado una suculenta asignación semanal?
– ¿Dices que cincuenta céntimos dan para mucho? ¡Qué te den! Y a tu cuento, también. Que narre el relato el loro disecado de Dominique.
¡BLAAAAAM!
Vaya portazo. Y qué modales. Sus padres lo están malcríando.
No me queda más remedio que aclararme la voz con zumo de papaya si acaso deseo dar a conocer el relato…

Anatoly nunca se lo mencionaba a sus padres. Ni a sus propios amigos. Era un hecho que le intrigaba de la manera más profunda. Ocurría entre las dos y las tres de la madrugada. No todas las noches. Ni siquiera cada semana. Por ello siempre ponía el despertador de su teléfono móvil a las dos menos diez, abandonaba la comodidad del sueño y el abrigo que le proporcionaba la manta de su cama para aproximarse a la ventana de su dormitorio y tiraba de la correa de la persiana, alzándola lo suficiente como para poder atisbar el exterior de la calle sin que fuera descubierto desde fuera. En infinidad de ocasiones no sucedía nada. La calle completamente nevada por la temporada invernal rusa mostraba un estado desolador de soledad ahí mismo como en las cercanías del lugar.
En cambio, cuando debía suceder, las pisadas dejadas por el errante nocturno conducían hasta el contenedor ubicado frente al edificio vetusto de siete plantas donde vivía Anatoly.
Aquel hombre surgía de la nada, escondido en el anonimato de sus ropajes invernales, caminando siempre dificultosamente sobre la nieve, acarreando un saco pesado sobre el hombro derecho. Se percibía el hálito de su respiración por los dieciséis grados bajo cero. Al acercarse al contenedor de la basura, depositaba el saco sobre el suelo, alzaba la tapa y recogiendo la carga de nuevo, con esfuerzo ímprobo lo lanzaba al interior, bajando la tapa y marchándose lentamente del lugar.
Anatoly estaba fascinado por la aparición errática del callejero nocturno. En lo que llevaba de mes y medio controlando sus andanzas, había surgido más de diez veces desde la nada, siempre en la misma franja horaria entre las dos y las tres de la madrugada.
Y en cada visita, el mismo tipo de carga era depositado en la basura…

El frío era extremo. Sus extremidades inferiores luchaban fatigosamente por realizar el recorrido que culminaría ante el contenedor de la basura. El contenido del saco pesaba un quintal, y tenía el hombro casi muerto por el peso del mismo. A pesar de la costumbre y del hábito, los nervios nunca le abandonaban. Hasta que no se deshiciera del saco, no se iba a sentir del todo tranquilo.
Dobló la esquina, enfilando la calle que le interesaba. Había cientos de contenedores de basura, pero aquel le transmitía buenas sensaciones. También era cierto que quedaba lejos de donde vivía. Así nunca se le podría relacionar con lo que hubiera en las entrañas de los sacos que eran depositados cuando le llegaba el ansia de gritar, de pegar, de acuchillar, de matar…
Tardó en fijarse en la presencia de un niño. Estaba abrigado como él hasta las mismas cejas, y parecía aguardar su llegada, pues estaba al lado del contenedor.
No supo qué hacer. Siempre había eludido la presencia de testigos. Tendría que marcharse y buscar otro contenedor. Aunque bien pensado, que aquel mocoso estuviera ahí a las tres de la mañana era tan inusual como su propio hábito de recorrer kilómetro y medio con los sacos al hombro en pleno invierno.
Se quedó un rato inmóvil, sin decidirse por si seguir adelante, arrojando el saco a la basura y luego marcharse, obviando la cercanía del niño, o dar un rodeo hacia la calle más cercana.
Entonces el niño se movió. Con cierto desasosiego, el hombre del saco inició el cambio de trayecto, pero no tardó en tenerlo enfrente.
Tendría once años. Doce a lo sumo.
Fue una escena extraña y tensa. Se estuvieron mirando fijamente a los ojos, sin decirse nada.
Finalmente el crío tomó la iniciativa.
– Se lo que llevas en el saco que cargas.
A pesar de lo minucioso que él era, al permanecer el contenido tanto tiempo quieto en el mismo sitio, una zona del saco más oscurecida y donde la tela estaba húmeda, rezumó un líquido rojizo que se asentó sobre la nieve.
Gotas escarlatas de sangre.
El hombre llevaba una espesa barba de varios días. Sobre la frente las marcas de unos arañazos recientes. Aquella noche había sido más costoso recrearse en su pasatiempo favorito.
Observó al niño, sin poder ocultar en parte su perplejidad.
– Veo que debes de estar al corriente de lo que porto – le dijo.
– Más o menos.
– Entonces no te importará si antes tiro esto a la basura, y luego continuamos hablando.
– No. Eso sí, ni se te ocurra jugármela. Vivo en ese edificio de ahí. Desde hace un mes y pico he estado vigilando la calle a esta hora para ver si venías con tu saco. Y siempre que lo has hecho, te he grabado con la webcam del ordenador.
– Chico listo. Y americanizado. Has debido de ver muchas películas yanquis – el hombre sonrió forzado por las circunstancias.– Ahora, con tu permiso.
– Vale, vale.
Se acercó al contenedor, y con cierta dificultad, consiguió lanzar el saco, introduciéndolo en su interior. Bajó la tapa y miró al chico de soslayo.
– ¿Y ahora qué, pequeño?
Anatoly señaló con el dedo hacia la planta donde estaba el piso donde vivía.
– Mi madre también sabe todas las cosas asquerosas que me hace mi padre. Por ello necesito que vengas conmigo. Tendrás a cambio una botella de vodka, mi silencio y te ayudaré en lo que pueda con la carga de los dos sacos…


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El luto de toda una ciudad

Aquí está la sala repleta de lectores expectantes ante el próximo relato. Mientras Harry y Dominique van repartiendo las fotocopias del mismo para cada asistente, salgo al jardín trasero para acariciar los hocicos de mis adorables mascotas…
Enseguida vuelvo. No se extrañen que me haya puesto la armadura de un noble caballero medieval. Es que los animalitos son un poco impulsivos en la demostración de su cariño hacia un servidor…


Kid Number One era el súper héroe de Ciudad Brillante. El lustre del nombre de la localidad no quitaba para que aun así existiera una tasa de delincuencia lo suficientemente llamativa como para sobrepasar en ocasiones la pericia de la policía local. Era en estas situaciones cuando surgía la figura anónima de Kid Number One. Vistiendo un llamativo disfraz consistente en chaleco antibalas negro de kevlar, mallas a juego con protección en las rodillas y las espinilleras, amén de una máscara de nylon azul marino con los contornos del rostro de un niño, aunque los ojos, la nariz y los dientes que surgían tras los orificios faciales intuían la presencia de una persona completamente adulta resguardada detrás del anonimato de la figura reseñada. Kid Number One no se vanagloriaba de poseer súper poderes que inmovilizaban al más ruin de los infractores de la ley con un simple chasquido de dedos. Disponía de una estupenda preparación física, con conocimiento de ciertas artes marciales y de defensa personal, y se servía de un simple taser de impulsos eléctricos, un bote de gas pimienta y unas simples esposas para la detención del criminal de turno. Por tanto, aun conociendo la ciudadanía y las fuerzas públicas del origen sencillo y natural de su súper héroe, Ciudad Brillante estaba completamente orgullosa de estar bajo el amparo de su peculiar protección.
Diez años llevaban recibiendo su ayuda desinteresada, incrementándose la seguridad en la ciudad, hasta poco a poco, convertir todos sus problemas en un sencillo crucigrama de fácil resolución final.
Fue entonces cuando llegó la extraña figura del Adiestrador de Jaurías.
Su presencia se hizo de notar en las madrugadas, como debía ser en todo villano, aunque por desgracia, este no iba a ser de opereta. Los primeros en padecer sus tropelías fueron los propios miembros de la policía. Una patrulla nocturna se fijó en la silueta de un hombre de dos metros de estatura, de cierta corpulencia, ataviado con un impermeable verde oscuro, pantalones de camuflaje a juego y sus botas de monte. Iba apoyado en un enorme y basto bastón de madera tallado por sus propias manos. Pero lo que más intrigó a los agentes es que los perros callejeros iban tras sus pasos. Sin bajarse del vehículo, llamaron su atención por el micrófono del altavoz.
El extraño los miró fijamente…
Desde el interior del parabrisas, los dos policías comprobaron consternados que aquel hombre no disponía de ningún rasgo que sobresaliera sobre la faz de su rostro. Disponía de los orificios nasales, pero no de nariz, de los oídos, pero carecía de orejas, su dentadura se mostraba amarillenta en toda su plenitud, sin necesidad de esbozar sonrisa alguna por la falta de la carnosidad de los labios… Y sus ojos, unos enormes ojos saltones se removían locamente en las cuencas.

Con un ademán ordenó a quince perros rabiosos y enloquecidos a abalanzarse sobre las puertas del coche patrulla. Los agentes quisieron abandonar la escena, pero el Adiestrador ya estaba situado enfrente del morro del vehículo, y con la base del palo se fue ensañando con el vidrio del parabrisas, hasta cuartearlo y hacerlo trizas, facilitando el acceso de los animales al interior. Los ladridos y gruñidos de los perros silenciaron la muerte dolorosa y cruel de ambos policías…
Aquella noche, el Adiestrador de Jaurías asesinó a otros dos agentes de policías más.
No se tardó nada en ordenar un dispositivo de seguridad en las siguientes horas. El comisario Leonard Fax esperó anhelante a que Kid Number One se enterara de ambos sucesos luctuosos en la prensa matinal, y a través de las emisoras de radio y televisión locales.

“Precisamos de toda colaboración posible para esclarecer esta atroz matanza de agentes defensores de la ley de nuestra noble ciudad.” – urgió el comisario en la culminación de la rueda de prensa.

Tuvieron conocimiento del autor de las muertes de los cuatro agentes por las mini cámaras de vídeo instaladas en ambos vehículos policiales. Y lo que vieron, les heló la sangre en las mismas venas. Aquel individuo había actuado como un ser desprovisto de todo aprecio hacia la vida humana. Cuando se le veía destrozando los cristales delanteros de los coches, su terrible rostro deforme irradiaba un odio infinito hacia las personas que estaba dispuesto a asesinar.

Pero lo que más les aterró fue la obediencia fiel de los espeluznantes perros callejeros de Ciudad Brillante. Aquella persona ejercía tal influencia demoníaca sobre los canes, que la única manera de intentar contrarrestarla era con la colaboración de las brigadas de asalto convenientemente equipadas…, aparte de Kid Number One. Su héroe. Un ciudadano bienintencionado, valiente y sumamente idolatrado por los más de trescientos mil habitantes de Ciudad Brillante. Estaban seguros que con su altruista colaboración, la irrupción criminal del Adiestrador de Jaurías tendría un punto y final en las siguientes veinticuatro horas.
Kid Number One se enfundó su indumentaria de atrevido súper héroe. Estaba indignado por el atroz acto cometido por aquel villano surgido de la nada. Mientras las brigadas especiales peinaban la ciudad palmo a palmo, Kid Number One fue a su aire como todo héroe de cómic que se preciara, aunque en este caso él fuera de carne y hueso. Estuvo investigando en la red subterránea del alcantarillado, en el basurero municipal, los polígonos industriales donde hubiera naves abandonadas, el cementerio y en los suburbios de Ciudad Brillante, pero sin ningún resultado positivo. Así fue pasando el día, hasta que llegó la siguiente noche…

El Adiestrador de Jaurías observaba el despliegue de los pelotones de asalto desde las alturas de los edificios. Hilillos de baba fluían desde los intersticios de los dientes, hasta caerle por la barbilla. Desde la seguridad de su atalaya, y con el mando del bastón, fue ordenando a una infinidad en número de feroces perros a que atacaran a las fuerzas de élite con saña y violencia inusitada. Los agentes se vieron desbordados. Había más de cuarenta, cincuenta, sesenta perros salvajes, asilvestrados, dispuestos a morder sin mediar provocación alguna. Un batiburrillo de gritos angustiosos, ráfagas de disparos y ladridos infernales alcanzaba a ser escuchado por los oídos del Adiestrador. No hacía falta que nadie le dijera que aparte de un significativo número de sus animales siendo abatidos a tiros, también se producían bajas mortales entre los miembros de las fuerzas de asalto. Y esa mezcla de sangre le producía una alegría insana. Instintivamente, alzó sendos brazos y se puso a recorrer las azoteas, saltando, brincando y corriendo como un poseso.
Sus planes estaban saliendo a las mil maravillas. Era motivo para estar más que eufórico…

Kid Number One captó finalmente la figura del Adiestrador de Jaurías a través de sus binoculares de visión nocturna. Empleando el correspondiente sigilo, lo fue siguiendo en su dantesco recorrido por las azoteas de las edificaciones. La persecución duró un cuarto de hora, hasta que el Adiestrador se detuvo en un barrio de la zona norte de Ciudad Brillante.
Estaba dispuesto a reanudar una nueva matanza, enarbolando el bastón, presto a dirigir la siguiente oleada de perros asilvestrados contra otro pelotón de incautos agentes, cuando reparó en la presencia de Kid Number One. Se volvió mínimamente, el escaso movimiento que le permitió el súper héroe al propinarle una patada en la corva de la pierna izquierda. Al Adiestrador se le escapó el bastón al suelo, y a duras penas mantuvo la verticalidad. Se quedó mirando a su oponente.
– Kid Number One – graznó con voz cavernosa, encarándole abiertamente.
– Ese soy yo. Vengo a poner fin a tus salvajadas, hijo de perra.
El Adiestrador soltó una carcajada amplia y desagradable.
– ¡Los perros! ¡Son mis lacayos! ¡Mis soldados! ¡Por algo me llamo el Adiestrador! Pero no soy perverso. Mi visita a tu ciudad tiene un único propósito.
– No me digas, retorcida alimaña.
– Tu fama te precede fuera de los límites de Ciudad Brillante. Te consideras una especie de héroe. Yo vengo a demostrarte cuán equivocados están tus seguidores y tú mismo. Eres de carne y hueso. Por tanto, alguien a quien poder abatir. Al revés que yo. Estás ante un maldito villano que nunca morirá a manos de un puñetero mortal.
– Eso veremos.
Kid Number One le propinó una segunda patada, en este caso en la rodilla derecha. El Adiestrador retuvo la respiración. Retrocedió un paso y recogió el bastón. Acto seguido extendió el brazo que lo portaba, golpeando a Kid Number One en la boca del estómago. El chaleco antibalas minimizó el impacto. Kid realizó una voltereta, cayendo de pie al lado derecho del Adiestrador. Le aplicó el taser empleando el máximo voltaje. El Adiestrador apretó los dientes, retorciéndose de dolor, pero sin perder el conocimiento. Kid le aplicó una segunda descarga.
– Ja, ja, cabrón. Héroe de risa. Si eso es todo lo que sabes hacer… – musitó el Adiestrador, echando espumarajos por la boca.
Se revolvió, plantándose cara a Kid Number One. Sus ojos saltones inyectados en sangre miraron fijamente a los de Kid. Separó los dientes y le lanzó un escupitajo, cegándolo. Kid quiso aclararse la vista, pero ya para entonces estaba siendo su cuerpo empujado y desplazado de espaldas, precipitándose desde las alturas de un edificio de veinte plantas… Se sentía liviano, desesperado en su impotencia por no poder aferrarse a ningún saliente. Las ventanas de cada planta desfilaban con demasiada velocidad ante su visión semiborrosa. Kid recordó en ese instante, que a pesar de ser considerado un súper héroe entre los suyos, en realidad era un simple humano que podía encontrar la muerte en el momento menos esperado. Y ese momento ya había llegado para él…

El Adiestrador de Jaurías estaba dichoso. Podía contemplar el cadáver de Kid Number One estrellado contra el suelo del interior de un callejón sin salida. Al poco su cuerpo inánime fue rodeado por perros callejeros de diversas razas y tamaños exageradamente enormes. A una orden del Adiestrador, abrieron sus mandíbulas y se dispusieron a devorar los restos mortales del infortunado súper héroe.
En el corto reinado de terror del Adiestrador de Jaurías, murieron cuatro policías locales, quince agentes de fuerzas especiales y el querido Kid Number One.
El infame personaje abandonó Ciudad Brillante acompañado por sus secuaces de cuatro patas, dispuestos a visitar la próxima localidad que albergase a alguien que se autoproclamase súper héroe. Pues su fin era ponerlos a prueba.
Y si eran humanos…, aniquilarlos para siempre.

Premio Mordiscazo Sangriento, de Escritos, para algunos colegas guay

¡Tachin-tachán! En respuesta a la multitud de premios recibidos en los dos meses pasados, Escritos de Pesadilla quiere corresponder, empezando a premiar a webs y blogs de nivel number one a nivel mundial. En este caso, los trofeos han sido diseñados por el nene, así que son originales cien por cien.
Nos estrenamos con el Premio Mordiscazo Sangriento.

Considero que entre lectores y blogs, los TRECE compañeros/as que reseño a continuación se lo tienen bien merecido.

Una vez recibido, la única condición que debe cumplir el premiado es comentar la escena de terror, tanto en película o leído en novela, que más ha podido impactarles, hasta hacerles atragantarse con las palomitas de maíz o trasegando cerveza, ja ja.

Mi felicitación para los galardonados.

Premiados:
X-pressions
Esculture
Historias de nuestra historia
Ven y tómate un café con cafeína
La escribiente mariposa
El mirador de la Red
La portería de Nela
Sal o Pimienta
Holocausto en Español
Crítica de cine y literatura: Charles Anthony
Serendipity. Viajes y lugares del mundo.
El coleccionista de momentos
Compartiendo Virtuales

Premio Kawai para Escritos

Bueno, bueno. Una nueva mención honorífica por parte de dos compañeros megachachis. En este caso, de parte de Thundergirl y Esculture.
Ya veis que la rosquilla está diciendo cómeme cómeme.
– ¡Eh! ¡Comida dulce! ¡ÑAM! ¡GRONFA! ¡ÑAM-ÑAM!
Vaya, se la acaba de zampar Bogus Bogus en un visto y no visto. Será glotón mi cocinero.

Ante todo, agradecer a estos dos estupendos compañeros por el premio. ¡Os mereceis una estancia de una semana con todos los gastos pagados en el saloncito de torturas medievales!

El silencio del pintor

Las hebras del pincel trazaban sus deseos sobre el lienzo, creando una composición artística a su gusto íntimo y personal. Su sonrisa era amplia y placentera. Se sentía feliz y emocionado cada vez que bosquejaba una nueva obra, que a su término formaría parte de su colección particular. Él era el autor, y a la vez el dueño de los cuadros. Jamás serían expuestos en público, y por tanto, jamás saldrían a la venta…

Doris estaba aterida de frío. Se sorbía los mocos con fuerza, secándose la nariz con la manga del vestido. Hacia un rato que había dejado de llorar, pero estaba a punto de reanudar el llanto. Su hermano Richard estaba preocupado por ella. Doris tenía simplemente seis años. El al menos acababa de cumplir los once, y se consideraba un chico valiente. Razón suficiente para tornarse en paladín de la niña.
– No dejes de sujetar mi mano – le indicó.
– No. No lo haré. No quiero quedarme atrás y perderme para siempre – gimoteó Doris.


– Eso nunca pasará. Llegaremos al final del camino. Ahí está nuestra casa. Nuestros padres.
Richard estaba inquieto a pesar de intentar ser convincente con esa afirmación.
Llevaban horas recorriendo a pie un camino estrecho, con principio y final interminable. A ambos flancos del sendero, no había nada excepto la oscuridad más intensa. Si alzaban la vista, no se veía el firmamento, y no por hallarse precisamente inmersos en la noche.
El tiempo era en si indeterminado.
Simplemente recorrían un camino que serpenteaba sin sentido. A Doris le parecía estar formando parte de una pizarra oscura, con un trazo marcado por la tiza, simbolizando la ruta que no conducía a ningún lado.
– Richard. Estoy ya muy cansada. Me duelen los piececitos.
– Ya lo se. Intenta aguantar un poco más. Estoy seguro que esta senda tiene que terminar de una vez.
– Echo de menos a mamá y a papá. Quiero estar con ellos y que me abracen.
– Te aseguro que en cinco minutos estaremos con papá y mamá. Y nos darán de merendar unos bollos con chocolate caliente…

Una pincelada y un deseo…
“Inmersos en la larga marcha, el niño y la niñita que tan molestos me resultan cuando juegan en el piso inferior, al permanecer ya distantes, consiguen que me concentre en silencio…
Me da igual el posible sufrimiento de sus padres. Pues antepongo mi puro egoísmo.
Ya lo siento, niños… Seguid caminando, llevando vuestro ruido a otra parte para siempre.”

El pintor se alejó un par de metros para contemplar su obra más reciente.
Un fondo negro con un único camino que era recorrido por dos figuras sin entrar en mucho detalle. Simplemente una era más alta que la otra, y caminaban cogidas de la mano…

La secta

Con el siguiente relato, llegamos a la tesitura de: ¿y si hubiera un mundo alternativo? ¿Si en vez de que las aves volaran, reptaran? ¿Que el hombre se alimentara por el olfato y no por la boca? ¿Que lo negro fuera blanco? ¿Y lo malo…, bueno?

– Esa es la casa.
– Bien. Llevo el táser. Inmovilizaremos al centinela de la puerta. Luego entraremos en dos grupos. Uno será el de la búsqueda, mientras el otro será el de apoyo en la retaguardia. Esperamos una fuerte resistencia por los miembros de la secta.
– Entremos sin contemplaciones.
– Tan sólo se recurrirá a la fuerza por necesidad. Lo primordial es rescatar al chico.
“ Colocaros los visores de visión nocturna.

Eran las dos de la madrugada. La casa era de dos plantas con tejado de teja de pizarra. Había un porche que lo rodeaba por la parte frontal, y un jardín descuidado en la parte trasera. Las inmediaciones de la vivienda estaban rodeadas por una cerca de madera con la pintura reseca y levantada. Al parecer aquella gente creía estar pasando desapercibida, viviendo sin levantar sospechas de ningún tipo en el vecindario.
Sin embargo, desde hace unas semanas se detectó su realidad como secta destructiva. Entre sus miembros, un menor de dieciséis años captado hace mes y medio. Sus padres denunciaron su ausencia, y tras las oportunas pesquisas, se averiguó su paradero, integrado en aquella sociedad enfermiza, que idolatraba a un dios falso.

La misión de la brigada de asalto era rescatar al muchacho y devolverlo a sus verdaderos mentores. Una vez a salvo, discurriría la operación de disolución de la ilegal sociedad religiosa.

Se sometió al guarda de la entrada con una electrocución controlada, dejándolo inconsciente. Con sumo cuidado, forzaron la puerta y se adentraron en el vestíbulo. El interior estaba a oscuras. Los miembros de la secta estaban durmiendo. Con el apoyo de la visión nocturna, cada rincón de la casa quedaba al descubierto en tonos grises claros. Cada uno de los agentes tenía memorizada la disposición de las estancias de la casa. En los seguimientos de los últimos días, se supo que el muchacho dormía en una habitación de la segunda planta, presumiblemente compartiendo estancia con dos o tres miembros más en literas.
Con una indicación de quien dirigía la operación de asalto, encararon un pasillo que culminaba ante el inicio de unas escaleras de madera. Iniciaron la subida en el mayor silencio posible, tratando de evitar que los escalones crujieran bajo el paso de las suelas de sus botas.
Justo en lo alto del último tramo, donde se iniciaba el acceso a la segunda planta de la casa, surgió un hombre descamisado, delgado, con colgantes y varios crucifijos sobre el pecho velludo. Portaba una escopeta. El halo pálido de la luz de la luna se filtraba lo suficiente por los intersticios de los tablones claveteados contra una ventana cercana como para que pudiera entrever la presencia de los visitantes no deseados.
-¡Bestias mal nacidas! – masculló, airado y con tono amenazante.
Antes de que pudiera apuntarlos con el cañón de su arma desvencijada, tres de los miembros del operativo de asalto lo derribaron con el uso de sus subfusiles. Apenas se percibieron los disparos al tener acoplados los silenciadores. Continuaron en su avance, dejando atrás el cuerpo caído. El segundo grupo permaneció en el rellano cubriendo las espaldas al primero.
– Segunda habitación a las tres en punto. Fuerza letal permitida – susurró por el micrófono el responsable del grupo.
En cuanto dieron con la puerta, la derribaron con un mini ariete y se adentraron en la misma.
– ¡Edward! ¡Edward Garrison! –llamaron al chico.
Había dos literas de dos camas cada una. Una estaba ocupada por un joven y la otra por dos. Los tres fueron despertados por el estrépito y cegados por la iluminación de las linternas de las armas.
Uno de los soldados reconoció al chico.
– ¡Este es!
Era el único ocupante de la litera derecha.
– ¿Qué es esto? ¿Qué hacéis? ¡No! ¡Dejadme! ¡No quiero ir con vosotros! – gritó, ofreciendo resistencia al ser sacado de la cama.
Le aplicaron el táser. En cuanto perdió el sentido, lo sacaron a rastras de la habitación. Al mismo tiempo, sus dos compañeros eran silenciados de manera definitiva con disparos certeros.
Al alcanzar el grupo de retaguardia, las luces de la casa fueron encendidas por los integrantes adultos de la secta. Se vieron obligados a quitarse la visión nocturna para no quedar cegados por la intensidad lumínica de las fuentes de luz del techo.
– ¡Abajo! ¡Abajo! ¡Abajo! – gritaba el superior al cargo de la brigada de asalto.
Discurrieron escaleras abajo, con el chico protegido en el centro.
Desde arriba surgieron hombres descamisados portando cruces.
– ¡Ese muchacho es nuestro! ¡Lo estáis condenando, malditos!
Cada uno de ellos fue abatido a tiros.
En la planta baja, frente al inicio de la escalera había ocho o diez personas adultas. Entre ellas tres mujeres en camisón. Los hombres vestidos con pijamas. Portaban estacas, bates de béisbol y cuchillos.
– ¡Dejad al chico! ¡Es hijo de la comunidad!
“¡CRISTO LO QUIERE ENTRE NOSOTROS, Y NO ENTRE ALIMAÑAS! – gritaron con voces descompuestas por la furia y la indignación.
– ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! – fue la orden dada por el sargento Peabody.
Hubo una descarga corta pero intensa. A la finalización de la misma, en el suelo de la primera planta yacían los cuerpos sin vida de los integrantes de la secta.
Pasaron por encima de los cadáveres y abandonaron el escenario, poniendo al joven Edward Garrison a buen recaudo.

– Sargento Peabody. Mi felicitación por el feliz desenlace en el rescate del chico Garrison.
– Gracias, señor.
– Su familia está sumamente agradecida por ello.
– En eso consiste nuestra labor, señor. No se ha hecho ni más ni menos, si no lo justo.
– Ahora queda la dura labor de reconducir la conducta del muchacho.
– Bueno. Afortunadamente no ha estado mucho tiempo integrado en la secta. Se recuperará sin problemas.
– Así espero, sargento. Reconocerá de nuevo a su verdadero amo y protector. Abjurará de Cristo. Y rendirá pleitesía al Creador de la Oscuridad Eterna.
– Así espero, señor.
– No más lucir crucifijos. Ni rezar oraciones piadosas. Ni esconderse en las cloacas como las ratas. Aunque esa es su realidad actual. Los cristianos han vuelto a sus orígenes, cuando tenían que ocultarse en las catacumbas. Con la diferencia que ahora sus refugios están siendo descubiertos, con los inquilinos exterminados. Estamos en 2255, sargento. El goce del dolor está implementado en la creencia general de los que poblamos ahora el planeta.
– Adoramos el sufrimiento y los placeres prohibidos. Sin duda, nuestra historia de la humanidad difiere de la habida hasta hace más de dos siglos.
– Eso es. Ahora predomina la Cruz Invertida.
“Y la adoración extrema a Satán…
“Por ello la misión que realizan unidades similares a la suya es de tan vital importancia. El día que no haya ni un solo adepto en las sectas cristianas, será el triunfo absoluto de Lucifer. Hasta entonces, hay que seguir atentos y sumidos en la prudencia. Pues un cordero, si le es cortada una pata, aún puede luchar por intentar incorporarse sobre las tres que le quedan. Y hemos de reconocer que nuestro contrincante ya resucitó en una ocasión de entre los muertos…

La webcam de Peter

Bueno, con mucho retraso, tengo que agradecer a las compañeras y compañeros que han tenido a bien considerar mi rinconcito como merecedor de más premios blogueriles.
Para ellos va dedicado este relato tremebundo.
– Si no se peina usted bien, ni se ducha desde las pasadas navidades, los invitados huirán en desbandada antes de querer escuchar el puñetero relato dedicado.
Este Dominique. En fin, para tu desilusión, acabo de bañarme a fondo esta misma medianoche, y me he echado dos litros de colonia cabeza abajo antes de secarme, así que vete a otra parte del castillo. Que seguro que tienes un montón de tareas indispensables que ejecutar.
– Qué borde de jefe tenemos, bof.

A continuación cito los premios y las personas que me los han otorgado.

PREMIO PRINCESA.

“Ven y tómate un café con cafeína”, de la asustadiza compi, Cafeína
“Lo nuestro es puro teatro”, del compañero Rodrigo.

PREMIO “VALE LA PENA”.

“La escribiente mariposa”, de la compañera de fatigas literaria, Andri Alba.
“Sal o Pimienta”, de la amiga bloguera, Meg.
“El Mirador de la Red”, del compañero Oskar.

A todos ellos mi agradecimiento. Espero que se deleiten con el relato que viene de seguido, je je.

Natalia llevaba un cuarto de hora conectada al Messenger, cuando surgió en la parte inferior de la derecha de la barra de tareas el recuadro de conexión de la cuenta de Peter.

Tardó diez segundos en desaparecer de la pantalla. Lo agradeció. Estaba harta de las impertinencias de su amigo. Sobre todo desde que ella rechazase su petición de salir juntos como novios. De eso hacía ya quince días.
Peter era un chico algo extraño. En ella le fascinaba su estilo gótico y el espíritu pesimista que emanaba de su personalidad. Lo conoció a principios del nuevo curso en el Instituto. Quedaban en los descansos para reunirse en la cafetería. Y alguna vez habían acudido juntos a algún concierto de grupos góticos locales. Jamás lo había invitado a su propia casa, e igualmente tal propuesta nunca había surgido de Peter con respecto a la suya. Aunque tuvieron una temporada que chateaban por el Messenger. Hasta que le llegó la propuesta del chico que solicitaba una relación más seria que la casual y más allá de la mera amistad. Desde el rechazo de Natalia, no habían vuelto a comunicarse por el ordenador. Últimamente Peter no se conectaba desde la ruptura de su amistad, facilitando con ello el descuido de Natalia al dejar de borrarle en su lista de contactos.

Hasta la tarde de hoy. A Natalia le molestó sobremanera que Peter estuviera conectado. Y más al parecer que este deseaba establecer contacto directo con ella. En la barra de tareas estaba el icono del contacto de Peter resaltando, confirmando que estaba en directo y solicitando el permiso para chatear. Natalia pinchó con el curso en el recuadro, abriendo la ventana del Messenger, dispuesta a decirle a Peter que ya no tenía ningún sentido continuar hablando, que no quería saber más de él y de sus vicisitudes personales.

En la pantalla ya estaba escrito lo siguiente:

Peter dijo (22:15):
Natalia. Esto es el final. Te lo comunico para que lo sepas, y no tengas remordimientos. Esta situación no llega por tu culpa. Es algo intrínseco mío. Afortunadamente, conozco la solución para remediar esta circunstancia. Lo único que te pido es que conectes la webcam. Tengo que mostrarte algo antes de abandonarte.

Natalia leyó el mensaje consternada. La petición de acceso a su cámara web surgió en una nueva ventana.
Se dispuso a contestar.

Natalia dijo (22:17):
Peter. Pasamos una temporada juntos como simples colegas. Ese período ya queda atrás. Ahora seamos adultos. Búscate nuevas amistades. Eres más abierto de lo que pareces, y no dudo que conseguirás abrirte camino hasta un nuevo grupo de personas afines a tus gustos personales.

El muchacho no tardó en replicar.

Peter dijo (22:19):
Natalia. Solo te estoy pidiendo que conectes tu webcam. Tengo que mostrarte algo, antes de decirte adiós. Considéralo una última solicitud como amigo tuyo que era hasta hace dos semanas.

Natalia suspiró, dispuesta a verle por última vez.

Natalia dijo (22:20):
De acuerdo. Pero luego te desconectas para siempre.
Peter dijo (22:21):
Así será.

Ambas pantallas de las dos webcams surgieron en el lado izquierdo de la ventana del Messenger. En la parte superior, la webcam de Peter. En la inferior, la de Natalia.
La de Natalia estaba bien iluminada, apreciándose su imagen con suma claridad.
En la de Peter, la fisionomía del chico surgía entre penumbras. Hizo acercar su silla a la mesa del escritorio, para que saliera mejor reflejado por el zoom de la lente. Cuando se reubicó contra el respaldo de la silla, se quedó mirando hacia Natalia, sonriendo con desgana.
Natalia permaneció absorta frente a la imagen del chico. Estaba intrigada por la especie de despedida que iba a tributarle.
Vio sus brazos arremangados hasta los codos. Peter buscó algo sobre la mesa. Era un cúter. Se lo enseñó.
Tecleó algo en la pantalla.

Peter dijo (22:25):
Es muy poderoso. Hasta ahora he podido contenerme. Pero estoy ya tan debilitado por dentro que tengo que arrebatarlo de mi cuerpo.

Natalia contempló horrorizada cómo Peter se llevaba el filo del cúter hacia el antebrazo derecho, y apretando los dientes, empezó a dibujar una cruz sobre la piel.
La chica se puso a teclear, frenética.

Natalia dijo (22:27):
¡No sigas! Te VAS A HACER MUCHO DAÑO.

Peter contempló la pantalla de su monitor con el rostro medio oculto por las sombras de su habitación. Trasladó el cúter a la mano contraria y se puso a autolesionarse el antebrazo izquierdo, trazando dos o tres cruces, hasta hacer relucir la sangre por los cortes.
Natalia estaba terriblemente desconcertada por el inadmisible comportamiento de Peter.
Este hizo surgir el rostro frente a la webcam. Apretó el cúter contra las mejillas y luego sobre la frente, marcándolas con nuevas cruces.
En ese instante, Natalia se fijó que eran cruces invertidas.
El chico dejó la herramienta sobre el escritorio y pulsó las teclas del teclado, con la sangre corriéndole por la cara y las extremidades superiores.
Natalia miró su propia pantalla, sobresaltada por la actuación del joven.

Peter dijo (22:30):
La bestia ha morado en mí demasiado tiempo. No entiendo cómo he sido capaz de controlarlo sin que incidiera en mí de cara al exterior. Pero llevo muchos meses escuchando sus voces. En ellas se me insiste que soy su capricho personal. Que van a arruinar mi existencia. Que se van a divertir con mis padecimientos. Que empezarán poco a poco. Soy joven y físicamente muy resistente. No les corre prisa. Ellos que llevan milenios malditos, bien pueden esperar meses o años antes de condenarme al castigo eterno.

El rostro contorsionado de Peter se acercó por completo a la lente de la cámara. Natalia observó cómo aproximaba las manos hacia el objetivo.
Segundos después se cortó el envío de imágenes. Se había perdido la señal.
La chica abandonó su habitación gritando. Se dirigió con prontitud hacia la estancia donde estaban sus padres, implorándoles que llamaran a la policía. Tenían que acudir a casa de Peter antes de que este culminara su locura.
Mientras Natalia estaba siendo consolada por su madre, con su padre al teléfono, tratando de convencer a la policía de la necesidad de que mandaran una patrulla a la dirección donde residía Peter, en la habitación de su propia hija resurgió la imagen de Peter en la pantalla del ordenador. No estaba en la webcam del muchacho. Su rostro contrito y enloquecido estaba pegado frente a la cámara de Natalia, como si estuviera ocupando su sitio en la estancia de la muchacha. Sonreía de una manera demencial, con la punta de la lengua asomando entre los dientes.

En el chat del Messenger surgieron unas palabras:

Peter dijo (22:37):
Hazlo, perra. Mándamelos. Estoy preparado para recibirlos. Y cuando lleguen, morirán.
Y te juro que serán los primeros de una larga lista, antes de que logren sacarnos del cuerpo del muchacho…

Hechizado

Interesante este relato que paso a narrar con voz firme y decidida…
– ¡Goool del Barcelona!
Será posible. Este Dominique. Su pasión futbolística es uno de sus principales defectos. Si no fuera por lo barato que me resultan sus servicios, hace tiempo que hubiera cambiado de mayordomo.
– ¡Chínchate, Dominique! ¡Acaba de empatar el Real Madrid! ¡Golazo del Cristiano Ronaldo!
Harry. Otro que tal baila. Menuda pareja. A ver si dejan concentrarme en la lectura de este escrito.
– ¡Viva el cuerpo depilado de un orangután! El árbitro se ha tragado un penalti como el castillo de nuestro infame amo, y un espectador le ha lanzado un cochinillo a la cabeza, dándole de lleno.
Bogus Bogus. Su deleite por la gastronomía abarca los sitios más insospechados donde pudiera haber comida disponible con la cual llenar nuestros insaciables estómagos.
Voy a coger carrerilla para leer el cuento de un tirón, que si no va a ser imposible mientras se esté disputando el partido del año, brrr….

Era un cuerpo bello. Perfecto. ¿Sería un ángel? Su tez y la piel de las extremidades eran demasiadas pálidas para albergar vida. ¿Entonces algún tipo de presentación fantasmal?
Su silueta era perturbadora. Sensual. Con insinuantes curvas remarcadas bajo un camisón de seda gris. Estaba descalza. Sus cabellos eran largos y ensortijados, sueltos, cayendo en sendas cascadas sobre los hombros. Era joven. Entre veinte y veinticinco años.
Permanecía callada pero siempre atenta a su presencia. Era como si lo conociera de siempre.
Él la miraba hechizado. Su inquietud le aconsejaba marchar de la vera de la muchacha. Alejarse de la proyección de la sombra de la figura, plasmada sobre la tierra del camino por la tenue luz lunar que se filtraba por las ramas vacías de hojas de la arboleda.
El silencio era absoluto. No se percibía ningún sonido de animales de hábitos nocturnos, ni de objetos que interactuaran con la ligera brisa que hacía agitarse levemente los pliegues de la tela que cubría el cuerpo maravilloso de la presencia femenina.
El tiempo discurría minuto a minuto sin que él reparase en ello.
Su mirada estaba obsesionada por ella.
Entonces…
Ofreció su espalda y echó a caminar, alejándose de él.
Instintivamente, la siguió paso a paso. Se internaron por la vegetación. Superando matorrales cuasi invisibles por las penumbras. Tropezando con los pequeños hoyos ocultos. Golpeando alguna piedra con la puntera del calzado.
Estuvieron caminando por un período indefinido. Hasta abandonar el pequeño bosque y enfrentar el borde de un pequeño precipicio.
Abajo, en el fondo del mismo corría un riachuelo casi marchito de contenido líquido.
La iluminación lechosa de la luna le permitió ver algo situado a unos treinta metros más abajo. Era un cuerpo. Masculino, para más señas.
Estaba postrado de espaldas, ofreciéndole la visión perfecta de la ropa que vestía y de los propios rasgos inermes del rostro.
Se trataba de él mismo. Carente de toda vida. Una figura que no era ni ángel ni fantasma de ninguna clase.
Se volvió hacia la joven muda.
Para su pesar, aquella entidad había mutado su fisonomía.
Ahora era un simple contorno oscuro, con las cuencas ocupadas por dos brasas ardientes. Sonreía mostrando sus colmillos. Y sin darle tiempo a salir de su trance, alargó las extremidades superiores hacia su pecho, dándole un fuerte empujón, precipitándole hacia el abismo donde se encontraba su futuro inmediato.
Una vida.
Una muerte.
Un único suicidio urdido por una mente enferma y devastada por las tragedias personales.
El silencio abandonó las cercanías del bosque. Los animales volvieron a sus rutinas, el ulular del viento se propagó a través de las ramas y la figura multiforme abandonó el lugar, satisfecho de haber propiciado un punto y aparte en la senda de la vida.