El extravío de Rufo Ventosino

Capítulo 1. EL RESPALDO FAMILIAR.

…la inconsistencia de su tierna razón se enrevesó al igual que el hilacho de un zurcido desmañado en los cuatro orificios de uno de los botones de su abrigo de invierno. A pesar de que apreciase el apoyo incondicional afectivo y moral que su madre le dispensaba, tomándole con firmeza de la mano derecha mientras recorrían uno de los pasillos correspondientes a la sección docente de la escuela primaria, el muchacho estaba capacitado sensorialmente para entrever a CAMALEÓN en todas partes y en las posturas más inverosímiles posibles:
– encaramado en lo alto de las taquillas
– saciando su sed insaciable de la boca del grifillo de un dispensador de agua
– apoyado de espaldas contra una de las paredes en plan matón, mascando chicle y formando infinidad de globitos sanguinolentos, que relucían al ámbito de la luz racial de los tubos fluorescentes del techo
– y ante todo, custodiando cada una de las entradas a los váteres…
– ¡Mamá…! ¡Carajo! CAMALEÓN puede entrar aquí también – se volvió hacia su madre, con el rostro estremecido de miedo como si se estuvieran adentrando en una cámara de los horrores.
Ella lo miró con el cariño comprensivo de las mamás, y tirando de su mano blandengue para que prosiguiera caminando por el corredor, lo condujo ante la puerta del aula 3ºA. Antes de animarle a entrar, quiso tranquilizarle con unas palabras de aliento:
– Tranquilito, campeón del Pokemon. Basta con que lo domines con la cabeza. Igualito que lo haces de bien en casa. No es más que un producto de tu propia imaginación. Dile claramente que no vive aquí, que este colegio en concreto no entra dentro de sus dominios, y se desvanecerá.
– Pero es muy insistente, mamá… Y aquí le estoy viendo… “diferente”. Parece más fuerte.
Da miedo de verdad.
Y mientras decía esto a su madre, CAMALEÓN se encargaba de corroborarlo todo con una inclinación malévola del ala de su sombrerajo de fieltro, sonriendo con cumplida animadversión…

Capítulo 2. LA RÉPLICA EXACTA.

Rufo se medio enderezó sobre su pupitre de madera de enebro sin barnizar, alzando la palma derecha, atrayendo de ese modo la discreta atención de la señora Morales. La profesora de matemáticas se detuvo de lleno en el dictado monocorde del enunciado de un problema que afectaba a un número indeterminado de kilogramos de manzanas reinetas. Se retrepó por encima de su escritorio, en un símil de comportamiento animal a cómo lo haría un quelonio de agua dulce que se retrepase orgullosamente a lo largo y ancho de la raíz exterior de un sauce llorón para tostarse al sol. Lo miró con desdén, sumamente descontenta por la inoportuna interrupción.
– Ya me dirás, Ventosino de la Garriga.
Rufo se sentía morir de vergüenza propia, con los compañeros de clase observándole de sonrientes como un corrillo de nutrias curiosonas. Se ruborizó, resguardando las manos en los fondillos de los bolsillos de los pantalones.
– Al parecer, las necesidades fisiológicas imperan, ¿verdad, Ventosino de la Garriga?
– Sí, “seño”.
– Pues a qué espera. Vaya a los aseos de una santa vez.
– Sí, “seño”.

Rufo estuvo vagando por los pasillos abandonados cercanos a su clase, buscando frenéticamente los servicios de los chicos. Salía de un recodo ciego y se adentraba en otro corredor interminable.
Las puertas de cristal esmerilado de las clases de sexto y séptimo grado.
Una puerta de madera descolorida por aquí, que no conducía a ninguna parte que le fuese esencial.
Otra de doble hoja, destinada al vestuario deportivo.
Al final de un tramo transversal a las escaleras que conducían a la planta superior se alineaban tres puertas seguidas, una al lado de la otra, como si fuesen los guardianes celosos e inexpresivos del palacio de Buckingham, pertenecientes al comedor y su respectiva cocina. Pero la puerta correspondiente al dichoso retrete de marras se mostraba la mar de esquiva. Y sin duda que había un único culpable. Y de pensar en
ÉL,
se le heló la hemoglobina en las venas.
“Respira hondo, chaval. CAMALEÓN no existe. NO PUEDE EXISTIR.”
“Y un cuerno de toro.”
“Está bien. Digamos que existe. En tal caso tienes que plantarle cara. Bastar de mojar la
cama. Este colegio sólo te acepta a ti. Para nada quiere tener a un fantasmita de
pacotilla entre sus alumnos.”
“Vaaale… Lo que tú digas.”
– Fantasma. No te tengo miedo. No me asustas nada – se dijo en voz alta, hasta gallear un poco.
Sus pasos firmes resonaron por los aledaños de la enfermería.
“Cerca de aquí tiene que haber un cuarto de baño. Esta zona no te pertenece CAMALEÓN.
Aquí no hay NIÑOS.”
(excepto yo, claro)
Estando en el ecuador de otro pasillo alternativo, escuchó la terrible risa recia y prominente materializándose en el mundo de los vivos. No muy lejos de donde se encontraba, quedó proyectada la sombra alargada y distorsionada de la entidad diabólica, que supuestamente existía simplemente en las entrañas de su mente infantil.
– Te estás meando encima, ¿eh, Ventosino? – siseó una voz del todo pérfida, disimulada entre las macetas ornamentales de dos palmeras en miniatura. – Y nadie va a acudir en tu ayuda…
“Nadie. Pero que absolutamente nadieeee…
“Y por lo tanto, tu linda vejiga de mocosete va a reventar con la sonoridad de uno de mis globitos de chicle. Alargaré la garra de uno de mis dedos engurruñados, y te la PINCHARÉ. Y hará ¡plof!
– ¡NO!
Se volvió pero no encontró a nadie. Los jadeos acelerados de Rufo ocuparon el lugar dejado por la respiración cadavérica de la vil criatura.
– Existo, Rufinete, vaya si existooo…
– ¡Ni hablar! No eres una cosa que se puede tocar y oler- se rebeló Rufo.- Así que no te temo nada.
Se olvidó de la voz maliciosa y continuó con la búsqueda de un cuarto de baño que habría de aliviarle de lo lindo.

Media hora más tarde, la “seño” Morales dio por concluída su emblemática clase de matemáticas. Anotó la ausencia descarada del alumno Rufo Ventosino de la Garriga en la hoja color sepia del parte de incidencias del día, y saliendo de forma precipitada del aula, se refugió en la sala de profesores, contigua al despacho del Director.
Precisamente encontró al Director Fernández Hinojosa tomándose un café cortado, a la vez que leía con sumo interés la primera plana de la gacetilla escolar editado por la propia institución académica, sentado encima del borde de una de las mesas metálicas del profesorado. La maestra lo abordó sin disimular su malhumor.
– Esto que acaba de ocurrirme es inaceptable, señor Fernández.
– ¿Qué sucede, profesora Morales? – se interesó, dejando la gacetilla a un lado.
– Un alumno. Ha aprovechado la supuesta necesidad de ir al baño para evitar la clase, estableciendo de esta manera un agravio comparativo con respecto a sus compañeros.
– No me diga que ha decidido evadirse de nuestra “disciplina”, para entrar en otra más rígida y de orden castrense como lo es la “mili”. Menudo muchachillo más precoz.
– Venga señor Director, que ya se me entiende.
– Con que el diablillo ha hecho novillos, ¿eh?
– Vaya si se ha apuntado a la tendencia de la vagancia, el muy granuja.
El Director Fernández adoptó una postura vertical, erguido como una lámpara de art decó.
– A ver, dígame cómo se hace llamar ese pillastre.
– Ventosino. Rufo Ventosino de la Garriga. No si ya de nombre le viene el dislate – la “seño” Morales se lo soltó todo con la premura delatora del confidente de un policía de métodos pocos ortodoxos.
El señor Fernández se acercó a un archivador y extrajo el cajón correspondiente al curso 3ªA.
Hojeó entre sus fichas.
– Ventosino. Ventosino de la Garriga… Ah, aquí le tenemos.
Extrajo la ficha del referido alumno, trasladándose con ella hacia la única mesa funcional de la sala que disponía de un supletorio con conexión externa.
– Voy a comunicar la jugarreta del mocete a sus progenitores ahora mismo. Aunque lo más probable es que expresen su desconocimiento del asunto en cuestión.
Marcó el número doméstico de la familia Ventosino.
– Si no se hallan en casa, habrá que posponerlo, para insistir más tarde. ¿Se ocuparía usted de ello? Luego estaré sumamente ocupado con la delegación canadiense integrada en el proceso de intercambio académico de alumnos con el colegio “Francoise Lafayette”, de Ontario, y que en este caso compete a la muchachada de sexto grado.
– Sí, sí. Cómo no.
El Director se mantuvo tieso en su porte, esperando que alguien descolgara el receptor al otro lado del hilo telefónico. El tono de espera se hacía tan dilatado en el tiempo, que estuvo en un tris de colgar. Entonces…
– Esto… Perdone. ¿Es usted la madre de Rufo Ventosino de la Garriga, verdad?
Miró con complicidad a la profesora Morales.
– Verá, señora Ventosino, lamento llamarla para ponerle en el triste conocimiento de la falta de asistencia de su hijo a la clase de matemáticas.
– De hecho ASISTIÓ – se inmiscuyó la maestra. – Dígales que asistió, pero que a mitad de clase emprendió las de Villadiego.
El Director le hizo señas con la mano libre, advirtiéndola que ya había reparado en el detalle.
– Su hijo Rufo aprovechó el permiso concedido por la profesora para ir al excusado, y desde ese mismo instante no se tiene una referencia clara de su paradero.
Por el micrófono del auricular le llegó un suspiro enternecedor.
“…”
– Sí, señora. Según nos atengamos a la declaración creíble de la profesora Morales, Rufo expresó de viva voz su necesidad perentoria de ir a los lavabos.
Una sucesión de suspiros y susurros aclaratorios.
“…”
– Ah, no. Terrible.
La maestra no tardó demasiado en percatarse en el impacto emocional que estaban causando las justificaciones maternales del comportamiento del niño rebelde en la personalidad de su superior, que hasta dicha fecha del calendario habíase mostrado como un dechado de serenidad imperturbable.
Los bisbeos de la madre de Rufo continuaban buscando amparo y consideración en el sentido auditivo del Director.
“…”
Los ojos de Fernández se encendieron como ascuas vivas en la fogata de una acampada.
– ¿Y me asegura al completo que lo… “domina”? Ya. Comprendo. Sí.
” No, no hay ningún problema. Afortunadamente no hemos requerido la destreza de la policía local. Comprendo la situación. Y más en concreto, la asumiremos de aquí en adelante. Baste que le diga por añadidura que lo haré constar en su expediente. De acuerdo, señora Ventosino… Lamento haberla alarmado sin ningún motivo fundado.
” Adiós, señora. Que Dios vele por sus intereses, tanto de usted, como del chico.
El señor Fernández colgó el receptor en la horquilla. Se quedó mirando veladamente la ficha de Rufo Ventosino.
– ¿y bien…? – se interesó la maestra, irritada por haber quedado relegada al ostracismo.
El venerable hombre parecía estar asistiendo a una sesión subliminal de hipnosis terapéutica hasta que reparó en la presencia de la docente.
– Dígame.
– Estoy dispuesta a olvidarme del salario de media jornada de clases lectivas a cambio de conocer el paradero del niñato.
– El señor Rufo Ventosino está virtualmente… “extraviado”.
– ¿Cómo dice usted?
Iba a desentrañar el misterio en ese mismo momento, cuando irrumpió la profesora de educación física, la señorita Berta Henares. Entró completamente excitada:
– ¡Señor Director! Hay un chiquillo…
” Hay un niño realizando sus necesidades en el cuartucho destinado al mantenimiento de las instalaciones deportivas.
– RUFO VENTOSINO…Ahí te quiero ver – musitó en la nada, antes de volverse de cara hacia la profesora Morales. – Ahí lo tiene, mi estimada profesora. No ha hecho novillos de ninguna clase. Simplemente ha estado gran parte de la mañana buscando los urinarios, y al no encontrarlos, como era de suponer en su situación, ha evacuado sus… “cosillas” en el primer cuarto asequible que ha encontrado.
La profesora no podía salir de su particular e intransferible asombro, en tanto la señorita Henares se sentía ajena a la conversación. La primera retornaría a la carga:
– Pero… Entonces ese mocoso está corto de entendederas. Si el cuarto de baño más cercano está justo enfrente de su propia clase.
El Director frunció el ceño, agitando la ficha del alumno.
– NO ESTÁ MAL – se obstinó con mal talante. – Tan sólo tiene miedo a no poder LOCALIZARLO.
” Acuérdese de los fantasmas de su propia infancia. Sí, sí, anímese a retroceder unos años en su vida, en este caso cuarenta o cincuenta. Los tenebrosos vericuetos de la fecunda imaginación infantil acostumbran a jugar malas pasadas. Infunden… MIEDO. Y esa impronta angustiosa le hace en este caso al alumno Rufo Ventosino revivir una pesadilla diurna, real y constante en la duración: nunca dará con la existencia de los servicios de caballeros porque una entidad invisible a los ojos de los demás se lo impide, empleando para ello todo tipo de artimañas ignominiosas.
Fernández estaba defendiendo con tanto ardor y empeño al alumno Ventosino, que la ficha del chaval sostenida con exacta precisión entre los dedos de las manos estuvo a punto de fragmentarse por la mitad en un sesgo sonoro de papel desgarrado. La “seño” Morales posó una mano caritativa y comprensiva sobre el antebrazo del Director, contemplando de lleno como el rostro del hombre quedaba ahora bañado de un sudor frío, casi febril.
– Esa insensatez se lo ha dicho su madre, que estará locuela – asumió la mujer, desilusionada.
– En efecto.
– ¿Y aprueba tamaño comportamiento?
El Director señaló con la diestra hacia la puerta que comunicaba directamente con su despacho privado. Estaba medio entornada hacia adentro. Se acercó y la abrió del todo. Miró hacia su mesa de baquelita. Debajo de la mesa se escondía entre las sombras algo de naturaleza metálica, de cuya parte superior sobresalía un agarradero manual en forma de estribo ahuecado.
– ¿Atisban a ver ese orinal de allí? – se ofuscó al revelar la horma de sus pesares con las dos mujeres flanqueando el quicio de la entrada. – Lo llevo haciendo de este modo tan indecoroso desde el cuarenta y uno. Mi ancestral “amigo invisible” prosigue empeñado en gestarme la misma y ordinaria broma de siempre, orquestando toda clase de trucos ópticos, consiguiendo ponerme en más de una ocasión en un bochornoso y humillante brete cuando circulo por los lugares públicos.
” Por eso me identifico plenamente con los padecimientos emocionales de Rufo Ventosino.
Cuando desplazó la vista inestable y vidriosa hacia la fisonomía de las dos mujeres, observó a PESADETE balanceándose en vilo cual chimpancé de la lámpara de diseño vanguardista que pendía del techo ubicado justo en medio del espacio establecido entre el buró y la puerta de acceso. El diablillo impertinente semientornó los párpados violáceos, riendo por lo bajini, exhalando la fetidez de su respiración por las fosas nasales.
– “Miguelete” Fernández… MIGUELETE FERNÁNDEZ…- se regodeaba PESADETE en un sonsonete desesperante.
Antes de que el Director pudiese cerrar los ojos para no verle más por el momento, la sonrisa desquiciada enfatizada en la brillantez demencial de su dentadura insanamente anormal, en donde cada pieza dentaria asemejábase a una media luna de filo inferior cortante, le marcaría profundamente en su ser mancillado y doblegado por el marchito pasar de los años como el hierro al rojo vivo que marcaba el destino fatídico de un ternero criado para el mero deleite del consumo humano.

Calipso actualizada

Se hallaba Federico enfrascado en la ardua y nada gratificante labor de marcado del hierro familiar en las exiguas caderas de las vaquillas y becerros cuando surgió el imprevisto de la estremecedora petición de ayuda por parte de la hermana, aún en fechas de cumplir la mayoría de edad. La chiquilla se abalanzó de pecho sobre la cerca, oprimiendo la madera rústica y maltratada del listón superior con tanto exceso, que más de una de sus uñas quedó mellada.
Esa mañana, de infausta remembranza para ellos dos, nació con el atributo canicular del sofocante estío. Apenas cabía respirar con suficiencia si acaso se realizaba un esfuerzo físico de lo más generoso, tal como era haberse recorrido una media milla larga de distancia desde la casona colonial donde residían con su padre hasta el recinto acotado donde se guardaba el ganado. El camino recorrido era pedegroso, más propio de transitarlo montado a caballo o en carreta, que a pie y a ritmo de caminata lo más apremiante posible, razón por la cual la azarosa presencia física de Fidelita estuviese rociadita del sudor por la trotina, con las vestiduras camperas destempladas y moteadas de círculos de acuosa transpiración axilar y pectoral.
Federico se contuvo de perfil, sin erguirse del todo, sosteniendo el hierro de la divisa de los Marañones Gaztañaga en oblicua alzada. El ternerillo, inmovilizado a los pies del heredero del clan familiar por el uso de dos recias maromas que contenían su ímpetu bravo por las fuerzas temperamentales de dos mozos de campo, se dejó domeñar por un intervalo de segundo antes de revolcarse sobre el costado derecho en el momento mismo que habló Fidelita:
– ¡FEDERICO…! ¡Ay, Federico! Nuestro padre… ¡Ay, padrecito nuestro!
Su hermano arrojó el hierro candente sobre el firme terroso del redil de separación, acercándosele raudo y solícito. La faceta latente de la preocupación guardó clandestino refugio en las facciones grises de su rostro flaco y por desgracia, nada apuesto, curtido ya por los años que conforman la integridad de los cuarenta. Al poco de colocarse frente a Fidelita hizo posar la mano diestra sobre uno de los hombros de la pobre desconsolada.
– ¿Qué acontece, hermana? ¿Qué le ha pasado a nuestro progenitor?
– Ay, Federico… Ya conoces lo mal que tiene la osamenta. Tan debilitada la tiene, que cualquier pieza por minúscula que sea que se presente en el trayecto de su caminar, le hace correr el gran riesgo de descalabrarse de por vida.
– Si, claro que lo sé, Fidelita. Por eso le instamos a que utilice la silla de ruedas bajo la celosa vigilancia de la enfermera contratada a tal efecto.
– Pues no sabes, Federico, que la incapaz de la enfermera estaba ausente porque se había encariñado con uno de los lacayos de la guardia de la hacienda, y estando ella muy ocupada en una de las estancias del piso superior, al padrecito le apeteció aliviarse, y sin poder aguantarse de ganas por más tiempo, se nos puso erguido y presto como si aún fuese el muchacho sano y fortachón de su añorada juventud, y al arrimarse de medio solapillo por el corredor que conduce al cuarto de aseo, perdió pie y medio por un pliegue mal dispuesto de la alfombra, y sin mayor afán que propiciar el duelo general de la familia, cayó sin reservas posibles contra el canto de una mesita rinconera, la volteó y se desnucó contra el auricular del teléfono, que está compuesto de un material romo, nítido y contundente. Me es harto imposible poder precisar en tiempo el rato que llevaba postrado en esa postura moribunda, ya que para cuando me lo encontré, un charco de sangre, oscura, oscura, circundaba la parte posterior de su grueso cuello. De lo demás, no más rememoro su efigie lánguida, con los ojos sellados pestaña con pestaña y con el micrófono del receptor del teléfono emitiendo un constante e impertinente “pri-pri-pri”.
Una vez relatada la triste muerte de su padre con la relación de los hechos tal como sucedieron, Fidelita clavó la energía agotada y lastrada de los luceros en la inmensidad del estrato celestial, en cuyo horizonte el astro solar evidenciaba la soledad matinal alejado del más mínimo trazo nuboso que pudiese ocultar su disco esplendente de la mera observación mundana; y sumiéndose en el ojo central de un remolino de sentimientos afectivos, la joven padeció un desmayo de pura lógica emocional, reposando su ser sobre la permanente rudeza del suelo.
– ¡Fidelita! – exclamó Federico, sorteando el tramo de vallado de un poderoso brinco atlético, alcanzando el lado opuesto con la intención de prestarle a su hermana los primeros auxilios. Pudo apreciar aliviado que la mencionada respiraba con aparente normalidad. Conforme empezaba a reponerse del vahído, Federico colocó su camisa de franela en forma de almohadilla debajo de su cabeza, y llamando a los vaquerizos más cercanos, les ordenó con predecible vehemencia que cuidaran de ella conforme él acudía a la hacienda, dispuesto a comprobar el óbito de su padre en primerísima persona.

*****

Encontró al principal valedor y promotor de la familia en la disposición anímica que Fidelita le hubo expuesto entre profusión de gimoteos y lagrimones. El cuerpo se hallaba discretamente tendido de espaldas contra el tapete de vivos colores propios del folklore mejicano, con la base de la nuca rematada contra el asidero del receptor del teléfono. El círculo irregular del charco de su sangre se tornaba grumoso y espeso y tendía a ir adquiriendo una traza oblonga similar a la masa de las tortitas de maíz al echarla sobre la sartén.
– Padre – murmuró desolado. Se arrodilló ante el rostro exangüe del patriarca que impulsó una de las ganaderías cárnicas más respetadas desde la paradójica sima de la nada. El rotar del pulso arterial se le disparó hasta alcanzar el límite que antecede a la furia descontrolada. Se puso firme, furioso y desatado como una tormenta de verano, y recorriendo la planta baja de la vivienda se dedicó a buscar a la autora de la muerte anticipada de don Pedro Marañones Gaztañaga por la impericia de su negligencia.
– ¡Enfermera! ¡ENFERMERA! – voceó entre las paredes maestras con tal relieve y apremiante pujanza, que su llamada a filas retumbó con la sonoridad de un alarido de guerra irrefrenable que diera inicio a la conquista de la empalizada enemiga.
– ¡Enfermera! – continuó, enardecido ante cada negativa recibida.
Una vez que se hubo cerciorado de la no presencia de la enfermera en la planta baja, asumió el pie de la imponente escalera principal de madera de nogal que culminaba en las dependencias superiores.
Su petición de carácter infinito, acorralando a la persona que buscaba sin cesar:
– ¡ENFERMERA…!
Recorrió el descansillo antes de acometer el vasto rellano de las habitaciones de uso privado.
Estuvo predispuesto a gritar una nueva demanda cuando la puerta de tallado artesanal, correspondiente a uno de los aposentos del ala oriental – precisamente se trataba del suyo propio – quedó mínimamente entreabierta. Apenas percibió el halo de un dedo femenino, apartándose a destiempo del largo derecho del marco, con la perspectiva de la habitación expuesta al exterior a través de la franja rebosante de oscuridad. Las persianas se mantenían aún echadas, costumbre inalterable de una de las muchachas de la servidumbre cuando le correspondía rehacer la cama balda quinada.
– ¡Enfermera! -rugió Federico, irrumpiendo en su dormitorio encendiendo las luces procedentes del centro del techo artesonado, agrupadas y diseñadas en forma de una costosísima lámpara araña de dátiles cristalinos colgando a modo de ornamento de cada uno de sus brazos.
Se le cortó la respiración al encontrar a la enfermera desvestida encima de su lecho, envuelta por las cortinas de tul gasificadas que evitaban la intrusión de los mosquitos. Por vez primera reparó en la indudable belleza de la mujer, de fino talle, consentidos y tersos senos, largas piernas torneadas y tersa piel del tono de la canela. El uniforme blanco que informaba de su supuesta dedicación plena hacia el bienestar de los enfermos permanecía doblado contra el recto y alto respaldo de una rancia silla de imitación isabelina, con los zuecos al pie de la misma. La figura estimable de la asistenta se mecía entre el cortinaje de tul, desvelando la placidez sensual de su semblante cada vez y ocasión que la corriente de aire mecía la tela. Tenía las cejas y los cabellos barnizados por el tinte, éstos últimos recogidos en una extensa trenza de complicada elaboración. La tez le respetaba su entrada en la sutil elegancia de la treintena. El iris de sus ojos reflejaba el rastro de un fino pincel de tinte castaño miel. Los pómulos salientes en armonía consensuada con la curvatura del delicado mentón. Y realzando este singular empacho visual y carnal, los labios carnosos, henchidos de la tonalidad nutritiva del melocotón.
– Ven conmigo, Federico… – se insinuó la mujer, serpenteando los brazos y balanceando la cintura con sensualidad manifiesta asentada encima de las rodillas.
Federico bosquejó en un único segundo una retahíla de fantasías lindante lo pecaminoso, estando a un milímetro de dejarse llevar por los arrullos libidinosos emergentes de la afrodisíaca anatomía de la mujer, pero la memoria ilustre y presente de su padre lo mantuvo sobrio y ecuánime.
– Federico…- musitó nuevamente la enfermera, arrimándose al lado más proclive al contacto directo con el principal heredero de la fortuna de don Pedro. La cortinilla de tul quedó descorrida, exhibiéndose y dejándose llevar cual atrayente sirena marina.
– ¡NO! – se negó en escucharla.
“¿Cómo piensas que voy a tener la intención de acostarme contigo, cuando tu irresponsable dejadez ha ocasionado la muerte de mi padre?
– Yo no lo maté, Federico…
– ¡Pero cómo os negáis en decir la verdad! Mi hermana me ha informado de la forma en que le dejasteis a solas para mantener relaciones íntimas con uno de mis guardas…
Federico estaba en ardua lucha contra sus deseos más irracionales. La mujer era demasiado hermosa. Estaba seguro que NUNCA ANTES lo había sido. Él era un hombre de soltería celebérrima en el rancho pero de instintos bajos. Las juergas que se corría en los lupanares eran de sobra conocidas en toda la región, y si aquella mujer hubiera sido realmente bella desde un inicio, él, Federico Marañones, el más macho de todos, no habría tardado ni un minuto en cortejarla desde el principio hasta convertirla en una más de sus muchas amantes.
La figura libidinosa continuaba pródiga en sus cadenciosos movimientos y requiebros de serpiente encantada.
– Ven conmigo, Alfredo…- susurró la damisela, situándose a su lado.
– Yo NO soy Alfredo.
“Alfredo Laborda es mi lacayo – matizó Federico, estremecido por la revelación. Dio unos cuantos pasos hacia atrás y agachándose con presteza sobre el suelo entarimado, se puso a atisbar debajo de la cama. Debido a la oscuridad imperante en buena parte de su interior, sólo lograría entrever las plantas de los pies descalzos del infortunado subalterno carente de toda vitalidad en la misma dimensión que lo estaba su padre.
– No te vayas de aquí, Federico… No te alejes de mí… Sólo deseo que seamos uña y carne. Marido y mujer. Ahora heredarás la hacienda y las tierras de tu anciano padre. Me tendrás siempre a tu lado aunque no te prometo la continuidad de tu linaje, pues la esencia de mi raza no es proclive al mestizaje entre distintas especies, al menos con gente del talante de don Pedro y vos…
– No menciones más el honorable nombre de mi padre, bruja infame…
– No te queda otra que sucumbir a mi hechizo inofensivo… No eres más que un simple mortal de carne, huesos y sesera.
– No me digas. ¿Y Vos, qué sois?
– Yo soy Eterna. Todas nosotras lo somos, ya que convivimos en la noche de los tiempos.
Y sin entrar en mayores consideraciones, la hechicera se abalanzó sobre Federico, abrazándolo con la firmeza de una fiera hambrienta que jamás soltará a su presa hasta haberse alimentado de su carne

*****

Fidelita estaba regresando a la hacienda “La Más Querida”, cuando vio de lejos la figura de su hermano llevando del brazo a la inútil de la enfermera ante una de las calesas dispuestas ante el porche de la entrada de la casa. La joven apresuró sus pasos, pero para cuando llegó frente al frontispicio del hogar de los Marañones, Federico ya se encontraba de pie sobre el pescante, ahíto de frenesí por hostigar a los trotones con el ímpetu del látigo y el estímulo de las riendas.
– ¿A dónde vas hermano con esa desdichada?
“Antes hemos de disponer los preparativos del velatorio de nuestro padrecito -tuvo tiempo de interpelarle antes de que emprendiera camino lejos de la finca.
– No te preocupes, Fidelita.
“Nos vamos a la ciudad para iniciar los trámites del funeral y su posterior entierro. Y dado que nos piílla de paso, aprovecharemos la visita al padre Dimas para confirmar mi unión con Silvana en santo matrimonio – respondió su hermano en tono monocorde sin volverse de medio lado para mirarla a la cara en el momento del adelanto. La calesa avanzó a buen paso por la vereda que partía de la hacienda con la rejuvenecida prometida en la parte trasera esbozando una tenue sonrisa que simbolizaba externamente su irremediable triunfo.
– ¡Dale fuerte a los animales, Federico!
“Sabido es que no deseo permitir que tu amado padre permanezca expuesto más de lo debido ante los rigores de la descomposición. Hete tú que embalsamado quedará de mil maravillas – comentó a su obediente siervo, la llave maestra que iba a concederle el manejo firme de “La Más Querida”, permaneciendo en franco silencio durante el resto de la travesía.

La excesiva atención del sr. Stern dispensada a la tv

El sonido altisonante emergente del “Black Trinitron” invadía los sesenta metros cuadrados de los que constaba el sólido y asentado apartamento arrendado por los Sterns.
Randolph Stern, un hombre de aptitudes solemnemente deportivas, aún a pesar de la acumulación perenne de carnes superfluas replegadas gustosamente en torno del dilatado vientre, hallábase hundido en el mullido butacón de piel de saco sintético con una escudilla plateada atiborrada de pepitas chocolateadas “M&M´s” sobre el regazo notorio además de dos respetables botellones de tres cuartos de litro de cerveza translúcida “Lite” jalonando las zapatillas afelpadas albergadoras de sus pies enormes y deformes por el uso inadecuado y continuado de calzado deportivo de treinta dólares.
El señor Stern estaba ataviado de forma del todo informal permaneciendo en paños menores, con una camiseta sonrosada de algodón y de poliéster en una proporción textil del 67 y del 33 por ciento respectivamente, calzoncillos estilo “bóxer” (plenamente famosos desde que Mike Tyson cometiera ese desliz con la Miss América Negra), y calcetines de lana de reciente vigencia en la liga menor de béisbol de la zona Norte de Manhattan, en su caso correspondientes al equipo local de los Drifters de Newport, equipo regido bajo su dirección técnica a mediados de los años setenta.
Ensimismado bajo la influencia hipnótica de la pantalla parpadeante de su aparato de televisión, el señor Stern no estaba para otra cosa que para asistir desde la distancia del hogar al devenir victorioso de los “Yankees”. El equipo neoyorquino estaba venciendo y convenciendo en la cuarta entrada por el global de cinco carreras a una a los “Braves” de Atlanta.
– Seguid así, hijitos…- les respaldaba con su recia voz, sorbiendo una gélida cascada de cerveza directamente del gollete.
Las voces de los comentaristas del evento deportivo elevados a la quinta potencia.

“- HOY LOS HIJOS DEPORTIVOS DE TED TURNER PARECEN ESTAR DE LUTO RIGUROSO. LES FALLAN LAS FUERZAS A LA HORA DE IMPRIMIR A LA PELOTA LA DIRECCIÓN ADECUADA.”


“- EN EFECTO, TOM. SE LES NOTA AGARROTADOS. ES LO QUE YO DENOMINO COMO “EL CANSANCIO DE LOS BÍCEPS”; ES UNA SENSACIÓN DESAGRADABLE, QUE TE HACE SENTIRTE IMPOTENTE, COMO SI TE HUBIERAS PASADO LA MAÑANA ENTERA CARGANDO Y DESCARGANDO EL MOBILIARIO DE UNA FLOTA ENTERA DE CAMIONES DE MUDANZA. NO ESTAN MENTALMENTE EN EL PARTIDO, Y AUNQUE AÚN RESTEN LAS ENTRADAS SUFICIENTES COMO PARA INTENTAR ARREGLAR ESTE TERRIBLE DESAGUISADO, NO SE ATISBA LA REACCIÓN QUE TODO EQUIPO DE TENDENCIA GANADORA HA DE TENER PARA PODER SACAR UN ENCUENTRO DE TAL ENVERGADURA HACIA DELANTE, EN BENEFICIO DE SUS INTERESES.”

Enfrascado como estaba el señor Stern, no percibía el trajinar de su esposa en la cocina.
– Randolph… Te tengo dicho que no apagues los cigarros en la taza del café. Tendrías que extremar de una vez tus dichosos modales en la mesa – le llegó la voz ajetreada de la señora Stern.
El señor Stern se arrascó las zonas nobles, retorciendo ligeramente el pescuezo en dirección a la jamba de la cocina.
– ¿Qué has dicho, Marge? No te he entendido ni papa.
– Los cigarros. Que no los apagues en la taza del café.
El partido iba in crescendo en interés. El señor Stern aumentó ligeramente más el volumen del televisor.

“- LA CURVA ADQUIRIDA POR LA PELOTA LE HA INSINUADO A ROBERTO LARRAÍNZAR QUE QUEDARÍA A MEDIA ALTURA, PERO COMO SE APRECIA EN LA REPETICIÓN A CÁMARA ULTRA LENTA, LA PELOTA LE HA LLEGADO CASI MUERTA, FLOTANTE, Y PARA CUANDO SE HABÍA SITUADO DE FORMA ADECUADA PARA EFECTUAR EL GOLPE, YA HABÍA BATEADO A DESTIEMPO…”


“- ESTÁS EN LO CIERTO, TOM. BOBBY LARRAÍNZAR HA ESTADO MUY CÁNDIDO EN LOS TRES LANZAMIENTOS. AQUÍ SE HA VISTO LA EXCESIVA JUVENTUD DEL BATEADOR. HA PECADO DE PARDILLO. Y LO MALO ES QUE SI NO SE CENTRA Y CONTROLA SUS NERVIOS, LE PRECONIZO UN FUTURO NADA HALAGÜEÑO EN LAS LIGAS MAYORES. Y SERÍA UNA LÁSTIMA QUE UN JUGADOR DE TANTA PROYECCIÓN QUEDASE EN NADA.”


– ¿Me oyes, Randolph?
– Sí, Marge…
“Ya apagaré los malditos cigarros puros en otra parte…
– ¡Randolph! NI SE TE OCURRA.
– Marge, estoy viendo el partido…
– Los ceniceros fueron concebidos para una determinada misión, y por si se te ha olvidado, ésta consiste en sofocar los insidiosos cigarros que te fumas a la hora de cenar. Y todavía ni has sido capaz de estrenar ni uno de los tres que te compré en la tienda de Tania Berkinson.
– Marge. Disculpa, pero es que estoy viviendo el partido de béisbol MÁS IMPORTANTE de la temporada regular… No te puedo escuchar. El sonido ambiental del estadio es tan endemoniadamente fuerte, atronador, SALVAJE.
Hizo subir el volumen del aparato una porrada de decibelios más.

“- ¡FANTÁSTICO! EL “HIT” DE RIVAS ACABA DE MANDAR LA PELOTA AL ESPACIO EXTERIOR. A PARTIR DE ESTA FECHA SE PUEDE AFIRMAR QUE LA TIERRA DISPONE DE UN SEGUNDO SATÉLITE: EL SATÉLITE “FREDDY RIVAS”.”

– ¡AH-JA-AH! – bramó el buen hombre, desbordante de adrenalina vikinga.
– No hay quien te haga cambiar ninguno de tus malos hábitos, Randolph Stern – farfulló la señora Stern, desabrida.
El partido continuó, y Marge terminó de fregar la vajilla apilada dentro de un barreño metálico.
Entonces se reprodujo el sonido frenético del timbre de la puerta.
El señor Stern fue incapaz de oírlo, pero sí en cambio la señora Stern.
– Ya abro yo. Ya abro yo… COMO SIEMPRE – masculló con voz agria la mujer, dirigiéndose por el recibidor hacia la puerta principal.
El señor Stern vibró con un “home-run” de los “Yankees”, haciendo estremecerse el piso de tarima flotante del suelo al rebullirse descontroladamente entre los brazos desgastados del butacón.
Las ondas expansivas del seísmo artificial hicieron de vibrar al resto del mobiliario de la sala.
– Vales tu peso en oro de ley, Ricky Álvarez… Vaya si lo vales.
La señora Stern gruñó al oír el estrépito procedente de la sala (muy pronto la propia naturaleza delegará las funciones de la Falla de San Andrés en mi propio marido), y sin mayor dilación, abrió la puerta, olvidándose de haber mirado previamente por la mirilla de seguridad.
Por el hueco dejado por la puerta media abierta – apenas una ranura de treinta centímetros – se deslizó hacia el interior del apartamento una ráfaga de aire cortante y acto seguido una cabeza encapuchada se interpuso entre el quicio y la hoja de la puerta,
Los ojos ovalados con un iris azul púrpura se situaron a la altura de los ojos de la señora Stern, y el aliento fétido del fumador compulsivo del hombre la envolvió como si fuese una nube de humo.
La boca recortada en la lana del pasamontañas negro mostró la fila superior de la dentadura, y sorbiendo las encías, la punta de la lengua color salmón.
Nada más apreciar esa cabeza camuflada de negro, quiso gritar.
– Silencio, vieja puta…- graznó el asaltante.
La figura enorme y robusta se coló impunemente por la ranura reseñada.
La señora Stern estaba muda por la impresión.
Tensando una cuerda adherente de nylon, se echó encima de la frágil señora; se la hizo ceñir alrededor del cuello, aplastándola con su cuerpo contra la pared, cerrando la puerta de una patada.
– Muere, puerca… MUERE.
Anudó la cuerda por detrás de la nuca de la mujer mayor y apretó de lo lindo.
Concentrado en su quehacer.
Decidido en sustraer la débil vitalidad de ese rostro comprimido por la desazón y el ahogo.
La vista de la señora Stern se perdía en el techo.
Sus brazos cayeron a ambos lados de sus costados.
El encapuchado apretó de firme, rayando en el sadismo.
El hálito de la mujer se resecó en el aire.
Escuchó un crujido óseo, y dejó de estrangularla con la cuerda.
La señora Stern se desplomó quedamente sobre el suelo como un enorme fardo de avena depositado sobre un lecho de paja, con el rostro amoratado y sin vida.
El encapuchado la miró, impasible, ligeramente más apaciguado una vez eliminado uno de los estorbos de la vivienda.
Entonces le llegó la voz ronca de un hombre.
Un compendio de vocablos medio difuminados al vadear el riachuelo de los sonidos altisonantes que balbuceaba un televisor de importación tailandesa:
– Marge, tráeme otra bolsita de “M&M´s”.
“Que se me han acabado los “suministros”.

El señor Stern advirtió la llegada silenciosa de Marge con la bolsita de chocolatinas. Extendió de manera amorosa la mano derecha, sin apartar la vista de la pantalla.
La bolsita de “M&M´s” le fue entregada y la estrujó entre los dedos. La rasgó a continuación, y sin más preámbulos, vertió su contenido en la escudilla.
– Gracias, Marge. Ya puedes retirarte y seguir con lo tuyo.
– ¿Qué tal van tus existencias de cervezas? – se interesó Marge con voz relamida.
El sonido ambiental del estadio era estruendoso a más no poder.
– ¿Las cervezas? Muy bien. Aún me queda una botella.
– ¿Qué tal van los “Yankees”?
– Pero si nunca te ha gustado el béisbol…
Para cuando el señor Stern había reparado en la siseante voz masculina, la cuerda ya estaba enrollada de la forma más conveniente alrededor de su enorme papada.
El enmascarado apretó con ganas de devorar vidas ajenas.
agggg
El señor Stern se quiso incorporar, y de hecho pataleó al principio. La escudilla con las chocolatinas derrapó desde su regazo al suelo, y las dos botellas de cerveza se desparramaron sobre la alfombra oriental, con la botella llena vertiendo todo su contenido.
– Estese tranquilito, amigo…- le susurró el enmascarado al oído.
La resistencia pertinaz del señor Stern fue decreciendo muy a su pesar, así como su rostro opulento fue adquiriendo unos tonos oscuros similares al azul de la visera de los “Yankees”.
– Quedan dos entradas, y los “Yankees” ya vencen por doce carreras a tres – le informó el intruso al señor Stern.
“Es virtualmente imposible que pierdan el partido.
“Imposible, le digo…
“Es tan improbable que pierdan, como que usted siga con expectativas de vida de aquí en adelante. Y si en lo deportivo soy un mero aficionado, en lo segundo puedo afirmarle (sin miedo a equivocarme), que soy un experto en la materia.


“¿Me oye, señor?
“me oye…
“señor…

La elección correcta

Era un pequeño polígono industrial que llevaba cerrado desde hacía diez años. En un período de crisis económico a nivel nacional, la mayoría de las empresas decidieron cerrar, y las pocas que resultaban rentables, por el abandono y la lejanía del lugar, decidieron trasladarse a otros núcleos industriales de mayor relieve. Así que cuando el enigmático señor Torre me citó a la una de la madrugada en las inmediaciones de la entrada de una de las naves más pequeñas y peor conservadas del polígono, una extraña sensación de desconfianza me fue acompañando durante todo el trayecto en taxi hasta la llegada definitiva a aquel lugar alejado y abandonado. Nada más pagar al chófer de origen iraní y bajarme del vehículo, vi la alargada limusina del señor Torre. La iluminación del polígono era inexistente, con todas las feas farolas evidentemente apagadas por el nulo uso del conjunto de naves y fábricas allí aún cimentadas hasta la fecha futura de su derribo, y con la simpleza del halo de los focos del taxi y el propio de la luna llena pude apreciar el brillo de su carrocería negra. Todos los cristales de las ventanillas eran ahumados, donde quien estuviera dentro podría observarme sin pudor a la vez que impedía que yo hiciera lo propio llevado por la curiosidad.
La cita fue concertada hace dos días. Me encontraba casi sin blanca, con la cuenta del banco al descubierto y a punto de no poder pagar el alquiler del mes del piso miserable donde pasaba mi vida enganchado a un procesador de textos intentando crear la obra maestra de la novela negra que iba a hacerme rotundamente famoso y rico. De alguna manera, angustiado por no poder concentrarme siquiera en el prólogo del texto, me dio por navegar sin ton ni son por agencias de colocación en búsqueda de alguna oferta de trabajo que me pudiera sacar del apuro hasta fin de mes. Descubrí en el buscador un enlace un poco llamativo que ofrecía ganar mil dólares por una noche de trabajo. No ofrecía otra dirección de contacto que una dirección de correo electrónico a nombre de Laeleccióncorrecta@us.com. Al verme con el agua al cuello no dudé ni un segundo en mandar un emilio solicitando el puesto de trabajo. A la media hora el sonido característico de aviso de recibo de un mensaje en mi cuenta de correo me revelaba que acababa de recibir la pertinente respuesta. Dejé lo que estaba haciendo en el procesador de textos y pinché en el mensaje. Decía de manera breve lo siguiente:

De: Laeleccióncorrecta@us.com
Asunto: oferta aceptada
Texto: Estimado señor Leman, me es grato confirmarle como el aspirante más apropiado para el tipo de trabajo que debe realizarse bajo la supervisión de mi empresa. Queda usted citado esta madrugada a la una en el polígono Rojo 1, calle 101, nave A-15.

Atentamente,
Señor Munch, asistente del señor Torre,
propietario de la empresa Laeleccióncorrecta.

Tras un breve impasse de espera, una de las ventanillas traseras de la limusina bajó hasta casi la mitad y un hombre de edad media, rostro anodino y con gafas de sol Ray-Ban me hizo la indicación de que me acercara mi cara a la suya.
– Me imagino que estamos tratando con el señor Leman – indagó con voz monocorde y sin mover en absoluto la cabeza tras la abertura de la mitad del cristal.
. Si. Soy Leman.
– Bien, señor Leman. Ya conoce usted las condiciones principales. Esto va a ser un contrato verbal. Usted procura trabajar por nosotros durante esta madrugada en curso, y al término de la misma recibirá un talón de mil dólares girado a su nombre.
– Perfecto. Me parece bien.
– ¿Sólo le parece? Me encargo de avisarle que esa es la oferta que tenemos para usted. No trate de intentar conseguir cualquier incremento en la misma. Si no está convencido del todo, le llamaríamos otro taxi y recurriríamos al siguiente candidato de la lista.
– No. Mil dólares me parece una cantidad excelente para una noche de trabajo.
– Entonces diríjase a la entrada de la nave. Toque tres veces con los nudillos y mi asistente se ocupará de atenderle y de indicarle la labor encomendada esta noche a la empresa que dirijo. Por cierto, soy el señor Torre.
– Encantado – dije con ganas de estrecharle la mano, pero el hombre de la limusina subió la ventanilla.
– No merece la pena, señor Leman. Le aseguro que nunca más volverá usted a verme.
Dio la orden al conductor del imponente vehículo para encender el motor y alejarse del polígono industrial, dejándome en solitario ante la nave A-15.
Me acerqué a la puerta de entrada y toqueteé suavemente con los nudillos. Pasaron unos segundos. Estuve a punto de insistir de nuevo cuando la puerta quedó entornada hacia adentro. Vi la iluminación llenando el hueco del quicio. Desde dentro me llegó otra voz igual de monótona que la del dueño de la empresa que había contratado mis servicios:
– Pase, señor Leman. Le explico lo que tiene que hacer y me marcho ya, que tengo otro asunto pendiente que atender en otra parte y me urge abandonar este lugar cuanto antes.
Introduje mi cuerpo por el hueco de la puerta. Si desde fuera, y aún a pesar de la oscuridad de la noche la nave parecía pequeña, el interior le confería un aspecto todavía más insignificante. Había una serie de focos dispuestos en cada esquina de la pared con el techo, iluminando el centro del local donde no había nada. Toda la nave estaba vacía. No había restos de maquinaria. Sólo el suelo homogéneo de cemento pulido. Calculé que allí no habría ni cien metros cuadrados. Ni se me ocurrió qué clase de empresa habría utilizado esa nave en el pasado. Salvo que hubiese sido un pequeño taller perteneciente a algún tipo de negocio familiar.
– Señor Leman, no se me distraiga por favor – me rogó el asistente personal del señor Torre.
– Nada. Es que sólo me preguntaba…
– No se le ha contratado para que formule usted preguntas – me cortó el hombre. – Soy Munch. No le digo mi nombre de pila porque no procede. Su labor es muy sencilla. Se le va a proveer de una simple linterna. La pila que lleva puesta está calculada para que le dure a usted una hora. ¿Ve usted esos cuatro focos? – preguntó señalando cada una de las cuatro esquinas. – Al no haber corriente general por razones obvias, están conectadas a un generador que tendrá un límite de dos horas de autonomía. Eso nos da tres horas de luz artificial sumada la hora de la linterna. Ahora es la una y cuarto. En cuanto yo salga de este local, quedará usted encerrado bajo llave. Cuando amanezca, sobre las siete de la mañana, volveré a por usted. Le entregaré el talón de mil dólares y cada uno se marchará por su lado. Eso es todo, señor Leman. Tenga usted la linterna. Le recomiendo que sepa utilizarla bien.
En todo este rato de su explicación plana, aquel hombre de estatura media, edad media, ataviado con un traje gris hecho a la medida y con la vista resguardada tras las lentes oscuras de sus gafas de sol de alto coste, no hice más que permanecer atento a la cantidad de luz existente en la nave. Y de fijarme en la linterna que sostenía entre las manos. Pensé para mí mismo, qué tontada es ésta. Me encierran unas cuantas horas de noche y cuando se haga de día soy mil dólares menos pobre.
Cuando el señor Munch me tendió la linterna, le sujeté por la manga de la chaqueta.
– Aquí no hay ningún tipo de gato encerrado – le dije, suspicaz.
– Usted permanece la noche en vilo, y recibe lo que se merece. Recuerde que tuvo la libre elección de rechazar en el último momento la firma verbal del contrato. No pensará romper lo acordado, ¿verdad? – me dijo siempre con el mismo tono de voz. Dios, parecía un robot diseñado a principios de los años setenta.
Me quedé con la linterna. Necesitaba los mil dólares. Ese dinero me iba a venir de perlas.
– Yo nunca falto a mi palabra – le contesté haciéndome el ofendido.
– Entonces nos veremos de nuevo dentro de unas pocas horas, señor Leman.
Fue lo último que me dijo antes de encaminarse hacia la puerta de la nave. Salió, cerró la puerta bajo llave y se fue de este lugar a dios sabe dónde.
Yo me quedé iluminado por los cuatro focos. Pulsé el interruptor de la linterna para ver si funcionaba y lo apagué al instante. Caminé por el recinto. Mis pasos resonaban con fuerza sobre el cemento.
– ¡Hola! – dije en voz alta, esta reverberó por las paredes formando un eco que me quitó las ganas de repetir dicha experiencia de nuevo.
No había ninguna silla, caja u otro tipo de objeto sobre el cual reposar mis posaderas. Decidí hacerlo en el centro de la nave sobre el frío suelo. Permanecería así mientras me durase la luz de los focos. Así tendría el cuerpo más descansado para cuando sólo me quedara la luz de la linterna. Entonces me arrimaría a una de las paredes y vigilaría la nave situado de pie hasta que la dichosa puerta volviera a abrirse de nuevo.
Por no tener, no tenía ni reloj de pulsera ni mucho menos teléfono móvil, así que no podría guiarme por las horas que restaban hasta la llegada del amanecer. El edificio tampoco disponía de ventanas y los dos lucernarios del techo estaban tapiados por dos láminas de uralita.
Cuando llevaba un rato sentado me empezó a molestar el dichoso trasero. El suelo estaba verdaderamente frío, así que no me quedó más remedio que quedarme de pie. La luz que irradiaban los focos era una luz directa que te cegaba, así que en vez de permanecer en el centro de la nave, fui alternando un recorrido por las esquinas.
El tiempo fue pasando de manera inexorable y a la vez lenta.
Llevaba dos horas encerrado en el lugar. Lo supe cuando un foco tras otro quedó apagado hasta sumirme en las tinieblas. Este momento me pilló situado en la pared del fondo. En un principio decidí no utilizar la linterna. Sería demasiado pronto. Lo ideal iba a ser encenderla a fogonazos cada equis tiempo. Más que nada para vencer mi inquietud hacia la oscuridad imperante en la nave.
Estaba recostado de pie sobre la pared, cuando percibí un sonido extraño. Procedía del centro de la nave. Parecía como si algo en concreto estuviera arrastrándose por el suelo. Cada vez el sonido era más audible. No se trataba de mi imaginación. Me puse muy nervioso y decidí encender la linterna, enfocándola hacia la zona de donde surgía el ruido.
El haz de la linterna iluminó algo parecido a una enorme babosa. Su blanda piel relucía con la intensidad de unos zapatos recién sacados el brillo por una gamuza y tenía un tamaño bastante considerable. Por lo menos media un metro de largo. Y reptaba hacia donde estaba yo… hasta que se detuvo. Enfocado por la luz, el ser repulsivo permanecía quieto. Pude ver un orificio con afilados dientes. Era su boca. Aparte disponía de dos protuberancias que pudieran pasar por unos ojos primitivos aún en fase de evolución. Parecía que la luz le molestaba sobremanera, y empezó a recular hacia la pared frontal de la estructura abandonada. Fui enfocando su retirada, cuando otro sonido similar surgió procedente del techo. Desvié la dirección del haz hacia el lugar de procedencia del segundo sonido. Era un segundo espécimen de menor tamaño que el primero. Estaba dirigiéndose hacia donde me encontraba yo con la boca abierta y medio jadeando por el esfuerzo de tener que desplazarse por el techo. Al ser enfocado pude apreciar como su silueta se contraía levemente y para evitar la luz de la linterna se dejó caer literalmente del techo para caer en un sonoro “plof” sobre el suelo de cemento a dos metros y medio escasos de donde estaba yo situado. Con horror la volví a iluminar, consiguiendo que retrocediera con suma lentitud hacia donde estaba su compañera. Las dos criaturas parecían estar disgustadas. Sus cuerpos se retorcían y se alzaban como si fuera elefantes marinos exhibiéndose con sus colmillos antes las hembras en pleno período de celo. Las bocas abiertas del todo. Se iban acercando la una a la otra hasta que finalmente llegaron a tocarse. Mis manos temblaban compulsivamente. Un sudor frío me recorría toda la espalda desde los omoplatos hasta la rabadilla. Miré hacia la puerta. Estaba sellada a cal y canto. Y encima se interponían las dos babosas gigantes en mi camino hacia ella. Entonces una de las dos empezó a emitir una especie de chillido estridente que me dejó más horrorizado todavía. El motivo de la demencial queja es que estaba siendo absorbida literalmente por la otra babosa que era de mayor tamaño que ella. Fusionándose un cuerpo con el otro. Y como resultado de esa fusión al cabo de los segundos surgió una única criatura de casi dos metros de longitud. Me desplacé por la pared del fondo tocando la misma con la mano que tenía libre. Un sonido surgido a mi lado me hizo detenerme de súbito. Dirigí el chorro de luz hacia allí y vi otro ejemplar a medio metro de mi pierna izquierda. Este medía sobre el metro de largo y sus ojos ciegos me miraban con deseos de poder sondear mi posición definitiva antes del inicio de lanzar su ataque. De nuevo la luz me salvó de su acoso, haciéndolo retrasarse unos metros hasta sumirse en las penumbras.
– Esto es una puta pesadilla – grité, desesperado.
Estuve manteniendo las dos criaturas a raya iluminándolas a rachas. Hasta que la linterna quedó apagada para siempre al gastarse las pilas. Una hora de duración tenían. Y me imagino que ese fue el tiempo exacto de duración de las mismas.
Sentí a las dos criaturas acercándose a rastras. Sus bocas chasqueaban como si tuvieran una lengua que se relamiera contra la fila de dientes. Tenían que ser las cuatro o las cuatro y media de la madrugada. Me quedaban casi tres horas hasta que viniera Munch a mi rescate. Siempre y cuando cumpliera su palabra…
Tuve que guiarme por el sonido que emitían las criaturas. Palpaba con las manos las paredes.
Estuve así un buen rato.
¿Cuánto sería?
¿Una hora tal vez?
Hasta que tropecé con una de ellas. La maldita se me había cruzado en el camino sin que yo me percatara de ello. Y caí encima de ella. Su asqueroso cuerpo era blando como la gelatina. Y al querer apoyarme sobre las manos para incorporarme de pie, descubrí que me sería imposible hacerlo, porque el cuerpo de la criatura comenzó a fusionarse con el mío. Esta vez fui yo quien empezó a chillar de dolor. Era inimaginable. Quise despegarme, pero con cada esfuerzo conseguía que mi unión con ella fuera cada vez más firme. Y mi cabeza me empezó a doler de manera terrible. Aquello que me absorbía quemaba mis sentidos. Grité pero ni siquiera me escuché a mí mismo…

*****

– Buenos días, señor – se escuchó una voz cansina por el altavoz del teléfono móvil.
– Dígame el resultado de la prueba de esta noche, señor Munch.
– Lamentablemente nuestro empleado no logró utilizar con sapiencia la hora que le duraba la linterna.
– Eso me entristece mucho, señor Munch.
– Si, señor.
– Ese detalle rompe el lema de la empresa.
– Estoy de acuerdo, señor.
– Tendremos que elevar el nivel de exigencia en la próxima selección de personal.
– Así lo creo yo también, señor.
– Adiós, señor Munch.
– Que pase usted buena mañana, señor.

Una música demasiado alta


Eran pasadas las once de la noche. Cris Bolton acababa de llegar del fin de su turno como conductor de la línea 19 del metro. Estaba cansado y con ganas de meterse en la cama. Se preparó una frugal y tardía cena con un sándwich de crema de cacahuete, un batido de vainilla y una porción de tarta de arándanos. Justo cuando terminó de cenar, se dispuso a lavar los escasos platos antes de ponerse el pijama. En ese instante notó las pisadas de alguien que subía el tramo de escaleras de la quinta planta donde él residía. Curioso como era por naturaleza, se acercó a la mirilla de la puerta de entrada para averiguar quién podía estar recorriendo las escaleras a esas horas de la noche. No tardó en ver pasar deprisa por delante del cristal la figura de un melenudo de unos treinta años, flaco y desarreglado con muchas pintas de ser un drogadicto dispuesto a comprar su dosis diaria. Terminó de recorrer el rellano para seguir subiendo por el siguiente tramo de escaleras.
Cris chasqueó la punta de la lengua contra los dientes superiores. Era indudable que iba a visitar al vecino que vivía encima de su vivienda. Era un camello de poca monta, por desgracia muy conocido en el barrio.
Así fue. El visitante tocó el timbre de arriba. Se percibieron los pasos del vecino de Cris desplazándose hacia la puerta.
Cris se dirigió a su dormitorio. El cansancio le estaba venciendo. Se puso el pijama de colores chillones y se introdujo en la cama, apagando la luz de la lamparita de la mesilla. Cinco segundos de silencio y oscuridad total precedieron al escándalo que instantes después surgió justo encima del techo de su habitación. Su vecino empezó a vociferar. Se escucharon muebles desplazándose. Pisadas de aquí por allí.
– Joder. No voy a dormir nada – se dijo desesperado.
Entonces su vecino se calló para dejar paso a una canción de rap con el volumen al máximo.
– ¡Será cabrón! – estalló en su indignación Cris.
Se salió de la cama, encendió la luz, se calzó las zapatillas y abrigándose con la bata se dispuso a hacerle una visita a esos dos miserables del piso de arriba. Ascendió los escalones con premura hasta situarse ante la puerta del piso del vecino. Se fijó que esta estaba entreabierta. A través del hueco establecido entre la hoja y el quicio, llegaba la ráfaga de música elevada a la quinta potencia. Se adentró en la propiedad del vendedor de crack sin haber pedido permiso. El sonido era tan alto, que los nervios estaban destrozados por esta situación de escasa consideración hacia el resto de los inquilinos del inmueble. Justo al final del pasillo principal estaba la sala. Antes de llegar, vio al melenudo surgir de su interior. Portaba una pistola con un silenciador acoplado en el cañón. En ese instante apagó el estruendo de la música. Se le quedó mirando de manera molesta por la intromisión. Cris pudo ver parte del cadáver del vecino tendido en el suelo a través de la separación de las piernas del criminal.
– Es usted demasiado curioso, amigo- le dijo el peludo.
– Ha… Ha matado a ese hombre – balbuceó Cris.
– Hay que ver lo inteligente que me está resultando. ¿Para qué cree que he puesto su equipo musical a tope? Para que no se oyera como me lo cargaba.
“Por cierto, me están entrando ganas de hacer lo propio con usted.
“No quiero tener testigos, ¿sabe?
Cris vio el brazo extendido del asesino apuntándole directamente al entrecejo.
Un segundo después estaba por fin durmiendo el sueño de los justos.