Recorriendo senderos. (Walking paths).

                        Debido a una ligera bronconeumonía y al desesperante mal tiempo imperante en las tres últimas semanas, Jim Perkins no había podido mantener su ritmo de poder practicar dos o tres sesiones semanales de footing a un buen ritmo. El hecho de no poder correr con más asiduidad era por incompatibilidad con el horario del trabajo, pues trabajaba cara al público en un centro comercial. Si le correspondía turno mañanero, llegaba ciertamente a casa con pocas ganas de salir por la tarde, siendo ya horario de invierno, y a partir de las cinco ya oscurecía. Si entraba de tarde, tenía que madrugar para encajar la hora de ejercicio físico antes de comer y de partir hacia el trabajo. Añoraba los tiempos en que pudo correr libremente los siete días de la semana, y con ello la preparación ideal para participar en carreras de fondo como lo eran las medias maratones.

                Jim disponía del lunes como día libre. Hacía una temperatura muy baja, pero el cielo estaba despejado de nubes, así que cerca de las ocho y media de la mañana se enfundó las mallas, una camiseta, la sudadera más un impermeable quita vientos y se calzó las zapatillas de correr. Abandonó su triste apartamento de soltero empedernido y afrontó la calle iluminada aún por la luz artificial del alumbrado público. Su barrio estaba en los alrededores de la ciudad, cercano a una alineación montañosa de novecientos metros de altitud en la cumbre. Las primeras estribaciones del monte distaban simplemente de dos kilómetros desde su casa. Bien podía afrontarse la subida por la carretera, de siete kilómetros, o por sendas empinadas que servían de breves atajos. Muchas veces Jim acudía a trote ligero hasta la falda del monte, ascendía caminando a buen ritmo por los senderos y luego bajaba corriendo con ganas hasta retornar al piso donde se daba una agradable ducha. Las veces cuando estaba bien entrenado, subía y bajaba por la carretera, lo que representaba un esfuerzo excesivo para cuando no se hallaba bien preparado físicamente. Este era su caso ahora, así que mejor olvidarse de semejante atrevimiento.
                Apenas tardó poco más de nueve minutos en alcanzar el inicio de un sendero que serpenteaba por un pequeño saliente para luego perderse entre los árboles apiñados del monte. Se apreciaba cierta claridad por el inicio del amanecer.  Estaba satisfecho. Para llevar tanto tiempo sin haber practicado footing, había tenido buenas sensaciones en el trecho de los dos kilómetros. Aún así fue consecuente y determinó seguir adelante con su planificación deportiva. Inició el ascenso del monte por el sendero en cuestión caminando a un ritmo elevado. Respiraba bien. No se sentía cansado. Apartaba la maleza con las manos por hábito, pues las mallas le impedían recibir el roce que propiciaban las marcas de los arañazos proporcionados por los pinchos de las plantas silvestres en las piernas cuando acudía con pantalón corto de atletismo. El comienzo del camino era de tierra apisonada por la continuidad del paso de la gente, para enseguida combinar su superficie terrosa con guijarros, piedras, hojarasca acumulada, las agujas además de las piñas caídas de las copas de los pinos. A ambos lados había terrazas dedicadas al cultivo del cereal, que pronto fueron superadas por las zonas ya agrestes y empinadas de la ladera del monte. El estrecho avance superó unos escalones creados con madera rústica por una asociación de montañeros para facilitar el acceso a los excursionistas, ensamblando de seguido con una dura rampa entre los troncos del pinar. Jim transpiraba con el torso bien protegido por la ropa térmica deportiva. Debía de hacer como mucho diez grados. El esfuerzo físico y haber elegido las prendas apropiadas no le hacían sentir nada de frío. Además tenía suerte de que no soplaba viento. Eso solía ser lo más molesto cuando se afrontaba la parte final de la cumbre, y el motivo por el cual había que bajar corriendo sin mediar un mínimo descanso pues entonces sí que podía enfriarse si dejaba de sudar.
                Cada vez estaba más animado, sorprendido de lo bien que se encontraba para haber llevado veintiún días sin haber hecho nada de deporte. Dejó atrás la rampa, saliendo a un pequeño claro. Ahí tenía varios senderos para poder elegir. Escogió uno seguro y directo que le llevaría al tramo de la carretera del monte. Llevaba quince minutos de ascensión cuando salió al arcén de la carretera. Al otro lado, pegado a la continuación de la ladera, se encontraba un mojón de piedra que indicaba que era el kilómetro tres correspondiente al inicio de la carretera desde la base del monte. Jim se aseguró bien de que ningún vehículo circulaba en ambas direcciones, cruzó por el medio del asfalto y se encaminó hacia la continuación del sendero.  Esta segunda parte de la ascensión era más exigente. El suelo era ya del todo pedregoso. Al transitar con calzado deportivo, que no era lo más apropiado para ejercitar senderismo, se veía obligado a mirar por donde pisaba, más que nada para evitar un paso mal dado que pudiera repercutir en un esguince de tobillo. Contando con este referido hándicap, su ritmo de subida nunca fue decayendo.  En un momento determinado, la senda viraba bruscamente de dirección hacia el oeste. En esa parte, la densidad del bosque era ciertamente asfixiante para quien no conociera el lugar. Jim continuó adelantando por el atajo, hasta que finalmente entrevió una silueta que parecía estar ascendiendo igualmente por ese recorrido.
                Le llamó la atención que aquella persona estaba subiendo vestido con un traje. Conforme se le iba acercando por su mejor zancada, verificó que, aunque simplemente era la espalda la parte que se le mostraba, se trataba de un hombre ataviado con una americana negra, pantalones con raya azul marino y zapatos negros. Al poco le llegaba la respiración entrecortada del individuo. El hombre llevaba colgado sobre el hombro derecho algo de lo más siniestro: una soga recogida en varias dobleces.
                Algo le hizo a Jim aminorar la marcha. Permitió que el otro caminante continuara un poco destacado sobre él mismo. Su respiración era terrible. Daba la impresión que estaba casi sin aire. Se tropezó con una piedra, echando mano sobre la corteza del tronco más cercano para no perder el equilibrio. Se le vio agachar la mirada hacia delante, y sin más reemprendió el camino. De vez en cuando escupía sobre las piedras. Cuando Jim recorría el tramo por donde había pasado el hombre, apreció las flemas macilentas rojizas adheridas a los pedruscos del suelo. Eran ciertamente repulsivas. Decidió decrecer el ritmo de sus pisadas porque por algún motivo aquella persona que iba por delante de él le desconcertaba.
                En un momento determinado, cuando ya la marcha de Jim estaba siendo ralentizada por el paso incierto del hombre que le precedía, este miró a izquierda y derecha. Se fijó en algo que le llamó la atención. Fue cuando decidió abandonar la senda para internarse entre los árboles, pisando la hojarasca crujiente, sin ni siquiera fijarse que llevaba un tiempo seguido por Jim.
                El deportista estuvo a punto de reanudar la subida casi a la carrera, pero su curiosidad le llevó a observar por último el trayecto que emprendía aquel desconocido vestido de calle y con una cuerda al hombro.
                No tardó en comprender lo que aquella persona pretendía. Al poco de haberse internado por los árboles, se había detenido ante un pino en concreto. Cerca del árbol había una piedra enorme como si fuera un banco natural. El hombre estaba subido encima de la piedra, con la soga cogida entre las manos. Se estaba esforzando en hacerla pasar por encima de una determinada rama, la más cercana pero elevada a dos metros y medio del suelo. Tras dos intentos lo consiguió, con un lazo situado al otro lado de la rama.
                Jim se horrorizó sobremanera. Aquella persona estaba a punto de ahorcarse. Hizo retroceder sus pasos y se abrió camino a través de la vegetación agreste y de los troncos que se interponían entre aquel individuo y él mismo.
                – ¡No lo haga! ¡Ni se le ocurra hacerlo, hombre! – gritó en dirección al suicida.
                Cuando estaba cerca del hombre, este se le quedó mirando con fijeza.
                Jim se detuvo de inmediato. Las cuencas de aquel sujeto ofrecían unas pupilas dilatadas inmersas en la negrura de lo que antes había sido el blanco de los ojos. Los orificios nasales carecían de la carnosidad de la nariz, y de ellas rezumaban unos fluidos grumosos que recorrían las encías ennegrecidas, donde  los dientes pútridos se mostraban al descubierto por la ausencia de labios en la boca enfurecida. Un brutal aullido surgió de su garganta. Alzó su brazo derecho, señalándole con un esquelético dedo índice.
        Jim echó a correr, dirigiéndose hacia el sendero, para retomar la subida empleando todas la fuerzas que le quedaban.
                Su corazón palpitaba aceleradamente. Por unos instantes pensó que se libraría de verle más. Fue cuando notó su aliento en la nuca. Giró la cabeza ligeramente, para ver desesperado cómo lo tenía detrás, corriendo con los zapatos de calle como si fueran unas excelentes Adidas de doscientos dólares.
                – ¡No! ¡No! ¡Dios mío!- gritó Jim.
                Imprimió toda la velocidad que pudo a sus piernas, pero nunca logró separarse de su perseguidor. La respiración de aquella cosa era profunda y ruidosa. Notó como sus flemas se depositaban sobre la nuca desnuda de su cuello. Jim estaba perdido. Sus manos lo sujetaron por la cabeza y aprovechando la velocidad que ambos llevaban, lo dirigieron hacia un árbol cercano. Jim salió desequilibrado del sendero, impactando de lleno contra la dura corteza, perdiendo el sentido de la realidad, cayendo de medio lado sobre la hojarasca.

                
                Jim se despertó echado al pie del árbol del cual de una de sus ramas pendía la soga con el lazo. Sobresaltado, se apretó de espaldas contra la corteza del tronco del pino. Su visión estaba nublada por la pérdida del conocimiento por el golpe. Entre velos de neblina pudo comprobar que estaba solo. Eso le relajó ligeramente, hasta que se fijó en las piernas y en los pies. Llevaba puestos los zapatos del calle y el pantalón de aquella cosa espantosa que lo atacó. Se fijó en los brazos, cuyas mangas correspondían con la americana del traje.
                – ¿Qué significa esto? – dijo, arrastrando las palabras y hablando con notoria dificultad.
                Algo húmedo pendía sobre su barbilla. Jim se llevó la mano hasta ella…
                Aquella no podía ser su mano. La tenía en carne viva, con unos dedos espantosamente delgados. Las yemas sangrantes quedaron impregnadas de una mucosidad repugnante.
                Se incorporó de pie, tropezándose con una raíz que sobresalía entre las hojas muertas. Se llevó las manos al rostro. Lo que palpó le hizo de gritar al borde de la locura. Aquel cuerpo no era el suyo. Era el de la enfermiza criatura que le había inducido a la huída.
                – ¡Nooo! ¡No puede ser verdad! – vociferó, fuera de sí.
                Las flemas surgían de sus orificios nasales, inundando su boca descarnada, viéndose obligado a escupirlas de inmediato sobre la enorme piedra situada al pie del árbol.
                Su vista deteriorada hizo que mirara la soga con desesperación.
                No era justo. Su cuerpo perfecto ya no le pertenecía.
                Por desgracia, el que ocupaba ahora tampoco le servía.
                Jim se subió sobre la piedra, llorando desconsoladamente. Alcanzó el lazo con ambas manos y se lo pasó por el cuello, apretando el nudo hasta dificultar su respiración…


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Malas notas escolares. (Poor school grades).

Mark estaba preocupado. Le acababan de entregar las notas del colegio del segundo trimestre donde los ceros proliferaban al igual que los exquisitos donuts en el expositor de una tienda de dulces. Le acompañaba su amigo del alma Tony. Este era un año mayor y tenía una constitución física bastante avanzada para tener once años. Ambos eran considerados los raros de la clase. Mark por su personalidad acomplejada, y Tony por su aspecto y sus rarezas. Decía cosas extrañas. Frases que muchas veces no tenían ningún sentido. Se reía repentinamente en medio de la clase. Cambiaba la entonación de su voz, confesando a Mark que tenía cuatro personas distintas en su interior. Su tez era muy pálida y se le caía el pelo con extrema facilidad. Comentaba que sus padres eran enterradores. Que vivía con ellos en la propia funeraria. Buf, esas cosas le daban algo de yuyu a Mark, pero aún así agradecía su amistad porque pasaba muy buenos momentos con él jugando, matando ratones y algún que otro gato callejero, destripándolos y luego quemando los restos en un bidón vacío de pintura.

Tony estaba observando los nervios de su amigo. Sabía que su padre era una mala bestia que cada dos por tres le golpeaba con las manos y con el cinturón. La última vez que llevó las notas, que fueron algo mejor que las presentes, Mark regresó a clase con un ojo tumefacto y con dos chichones en la cabeza que permanecían medio disimulados por su abundante mata de pelo ondulado.
– Si te ven los suspensos, compañero, el bastardo de tu padre te mata – le dijo sin tapujos.
Mark llevaba la cartilla de las notas entre dedos temblorosos. Ya estaba cerca de llegar a su casa.
– Ahora no está. Llegará del trabajo en unos minutos.
– Menos mal que tu madre está muerta. Unos golpes que te ahorras – dijo Tony con una fría insensibilidad.
Mark no se indignó por ese comentario. Sólo estaba pendiente de la tremenda paliza física que iba a darle su padre.
– Ahora sólo está la abuela. Pero ella vive en otro mundo. Ni siquiera querrá ver mis notas – musitó, mirando a su amigo tan extraño.
Recorrieron el tramo de acera que les quedaba llegar hasta la casa de Mark. Este introdujo la llave en la cerradura y animó a su amigo a acceder al interior.
– Hazme compañía hasta que venga papá. En cuanto entre, te vas. Así no te hará nada – solicitó a Tony, conforme avanzaban por el vestíbulo.
– Tu viejo no me asusta ni media. Si quiero, puedo matarlo, ja, ja.
Tony puso los ojos en blancos, con la mandíbula inferior floja, regurgitando la saliva en la cavidad bucal, emitiendo un ruido asqueroso. Pero el color de la saliva era rojizo como la sangre…
– ¡Para ya de hacer eso! Sabes que no me gusta que lo hagas. Bastante tengo con la que se me avecina. Y ni se te ocurra querer matar a mi padre.
Tony ofreció su cara más normal, riendo por lo bajo.
Continuaron andando por la casa hasta que oyeron la voz cascada y agriada de una mujer. Procedía del piso superior.
– Es mi abuela. Se debe de acabar de levantar de la cama.
Se aproximaron al pie de la escalera de madera. Desde arriba estaban llegando los pasos de la mujer. Al poco su silueta encorvada y delicada, embutida en un camisón gris oscuro los miraba por el hueco de la escalera.
¡Niñosssss! ¿Eres tú, Mark, verdadddd? ¿Y el otro? ¡El otro es pura maldad! Ja, ja. Menudos amigossss, tienes, hijito.
– Ahora se marcha, abuela.
– Mi hijo tiene que estar aquí. Lo necesitooo yaaaa.
– Si, abuela. Papá vendrá en unos minutos para cambiarte el pañal.
Tony sonreía a la anciana con malicia. Sin advertirle nada a Mark, fue subiendo los escalones con presteza, hasta situarse arriba, al lado de la abuela.
– ¡Niñoooo! ¡Mark! ¡Qué se vaya! ¡Es pura maldad tu amiguitoooo!
Mark estaba petrificado por el terror. No pudo ni decir media palabra. Su amigo Tony se situó detrás de su abuela y sin más, la empujó escaleras abajo. Cuando llegó al suelo, estaba muerta.
– ¡Tony! ¿Qué le has hecho a la abuela? – gritó, aterrado.
Cuando miró hacia arriba, ya no estaba su amigo en el piso superior. Había desaparecido.
La puerta de la entrada fue abierta de golpe. Los pasos fuertes y robustos de su padre se desplazaron por el vestíbulo, acercándose más y más.
Unos pocos segundos más tarde…
– ¡Madre! ¡Mark! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible esto?
Mark se giró con decisión.
Le mostró la cartilla de las notas. Su padre se las tiró al suelo de un golpe con la mano.
– ¡Ahora no, Mark! ¡Ahora tus notas me importan un carajo! ¡Hay que llamar a Urgencias! ¡No puede ser posible que la abuela esté muerta! ¡Demonios de escaleras! Tendría que haberle instalado una silla elevadora.
Su padre se agachó frente a la mujer fallecida.
– ¡No! ¡Mamá! ¡Perdona a tu hijo por no haber previsto este tipo de accidente!
Mark recogió la cartilla de notas. Se marchó de allí para al poco volver con un teléfono inalámbrico.
Su padre se volvió, con el rostro bañado en lágrimas. Se lo recogió. Llamó al número de Urgencias, para después atraer a su hijo y consolarse con él.
– Siento mucho que hayas tenido que presenciar esto, Mark.
Mientras Mark era estrujado entre los brazos de su fornido padre, alzó la mirada nuevamente hacia el piso superior. Desde allí le sonreía Tony de nuevo, feliz de haber impedido que su amigo recibiera una paliza de parte de su padre por las bajas notas escolares.


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La ira de los demonios. (The wrath of the demons).

                    
             – Su estirpe siempre ha sido muy creyente y supersticiosa. Ambas cosas favorecen nuestra intervención.
                – ¡Es hora de poseer un cuerpo! ¡De corromperlo! ¡Dañarlo! ¡Abusar de él! ¡Alojarnos en su carcasa, para desprenderlo del alma!
                – ¡Así es! La muchacha es débil de espíritu. NO podrá impedir que nos hagamos con el control de su mente.
                – ¡Tenemos que hacerlo! ¡Es nuestra lucha contra quien nos ha condenado a padecer el fuego eterno! ¡Destruyendo uno de entre los suyos, es una más que merecida venganza! ¡Y si conseguimos arrastrar su alma con nosotros, un premio extraordinario!
                – Somos cinco elegidos para residir en el cuerpo de la mortal. ¡Empecemos ya! ¡Y recordad que cuanto más dure su tormento, el dolor que surja de ello será nuestro máximo disfrute! ¡No nos precipitemos con la magnitud de las primeras manifestaciones!
                – ¡Tienes razón! ¡No queremos meses! ¡Si puede durar años, ese será el período de tiempo en que estaremos alejados de nuestro destino infinito!
                – ¡Es una lástima! ¡Con lo divertido que tiene que ser cuando quiera acogerse a la ayuda externa para promover nuestra salida de su cuerpo!
                – Os aseguro que jamás será recuperada. Si consiguen expulsarnos, también su vida lo será para siempre.

                – ¡Maldito mortal! Soy Halías.
                – Alzadill.
                – Bermadel.
                – Hazaziel.
                – Normadén.
                – Somos cinco pero podemos concitar a mil más para llevarnos a esta perra descarriada. Así que deja de molestarnos y vete por dónde has venido.
                – Eso no hará falta, condenada chiflada – susurró la voz humana.
                Aproximó el filo de la navaja a la nuez, profundizando en la carne del cuello hasta hacerle un corte lo suficiente grave como para permitir que la chica muriese desangrada en escasos segundos. Los insonoros alaridos de los demonios fueron espantosos en el limbo de su inframundo de pesadilla. Estaban enfurecidos por la muerte de Esther. Aquel extraño que se había colado por la ventana abierta para robar en la casa les había arrebatado lo que más ansiaban, la posesión del cuerpo y de la mente de la joven. Apenas habían empezado a disfrutar con ella. Ni siquiera sus propios padres habían recaído aún en la posibilidad de que la actitud distante y huraña de Esther podía albergar algo más grave que una  simple rebeldía propia de la adolescencia.
                Una semana.
                Eso es lo que llevaban dentro del núcleo existencial de la muchacha.
                Hasta la irrupción de ese hombre encapuchado.
                Este miró con seriedad a la joven. Era una pena haberla asesinado, pero si no se callaba, podría despertar a los demás residentes de la casa, y lo que él necesitaba era poder registrar el lugar en el mayor de los silencios.
                Media hora después abandonaba la casa por la misma ventana por la que había accedido a su interior.
                Conforme salía a través del hueco del marco, pudo apreciar un rostro sereno en la chica, todo lo contrario al semblante histérico y desquiciado que le mostró cuando fue despertada por haberse tropezado él con la esquina de la cómoda más cercana a la puerta del dormitorio. De no ser por la almohada, la manta y el camisón ensangrentados, se diría que estaba profundamente dormida.
                Fue descendiendo por la fachada apoyado en la tubería bajante del canalón hasta llegar al suelo.
                Conforme se alejaba, escuchó un ruido sonoro sobre su cabeza. Instintivamente miró hacia arriba. Procedía de lo alto de un árbol. En una de sus ramas adivinó los ojos brillantes de un gato enorme. Parecía estar castrado, de lo gordo que estaba.
                El gato maulló largamente.
                Lo sonrió.
                – Vaya. Eres el único testigo de lo que acabo de hacer en esa casa – le dijo.
                El pelaje del gato era de color ceniciento. Encorvó el lomo. Ladeó su cabeza para concentrarse en el hombre.
                Iba a volver a maullar.
                Lo hizo.
                Los inquilinos temporales abandonaron el cuerpo del animal y se alojaron en el del ladrón.
                Este se sintió raro al instante. Se sintió ligeramente indispuesto. Empezó a tiritar como si estuviera pasando mucho frío. Pero la temperatura era del todo veraniega. Se pasó una mano por el rostro y se arrancó el pasamontañas, arrojándolo sobre el suelo.
                Sin comprenderlo, no podía avanzar. Estaba paralizado de cintura hacia abajo. Erguido de pie como un poste. Quiso hablar en voz alta consigo mismo, pero no pudo.
                “¡No queremos tu cuerpo, hijo de puta!” – le llegó una voz siniestra dentro de su mente.
                “Nos has jodido la diversión con la muñequita. Ahora nos toca joderte a ti, bastardo “– le habló una segunda voz interna.
                Repentinamente sus piernas se pusieron en marcha, y sin desearlo, se hallaba corriendo locamente por la calle.
                Estaba aterrorizado. Algo estaba controlando su cuerpo. Y no podía impedir que tal cosa sucediese.
               “Soy Halías.”
                  “Alzadill.”
                  “ Bermadel.”
                  “Hazaziel.”
                  “ Normadén.”
                  “Tú nos arrebataste la vida de la mocosa. Ahora nos corresponde a nosotros hacerlo con la tuya tan inútil y patéticamente miserable que tienes.”
                Su cuerpo fue dirigido cada vez  con más intensidad, forzando la resistencia del corazón. Pasados unos minutos de carrera, sintió un fuerte dolor en el pecho, siendo la antesala de un paro cardíaco, que desembocó en su postración en medio de la calzada.
                Un hilillo de saliva espesa surgía de la comisura de sus labios, mientras sus ojos abiertos miraban hacia el infinito. En su rostro no se adivinaba la misma serenidad y paz que mostraba el de Esther, porque mientras para la muchacha la marcha de los cinco demonios representó su liberación espiritual, para él significaba el comienzo de su larga condena en la tierra donde aquellos moraban eternamente…

Jugando con la arena. (Playing with the sand).

                Donovan se sintió externamente frío. Se desperezó, estirándose sobre una superficie dura, pétrea y gélida. No veía más que oscuridad y tuvo que quitarse las gafas de sol.

                Entonces…
                – ¿Dónde estamos?
                La pregunta surgió cerca de su lado. Era la voz de Mirtha. Estaba incorporada ya de pie, abrazándose a sí misma para tratar de entrar en calor. Desde la pared más próxima a ambos, una tea encendida iluminaba irregularmente parte del recinto.
                Donovan estaba asombrado. No le salían las palabras.
                Miró a su mujer. Esta reflejaba en sus ojos al borde del llanto el terror en el estado más puro.
                – ¿Y Leticia? ¿Dónde está nuestra pequeña? – inquirió  ella con estridencia, irritada al ver que su marido aún no reaccionaba ante la situación tan irreal en que se hallaban.
                Donovan iba a tratar de responder, cuando un aullido infernal e inhumano les llegó procedente de la oscuridad más alejada.

                Leticia estaba feliz jugando con la arena fina de la pequeña playa. Disponía de un cubo de plástico verde fosforito y su pala roja de juguete. Con un poco de agua recogida en el fondo del cubo humedecía un montoncito de arena para así crear la solidez necesaria para formar una casa.
                Leticia estaba algo alejada de donde estaban descansando sus padres, los dos tumbados al sol protegidos por un enorme parasol. Era temporada baja, el lugar de por sí era poco conocido y turístico y la playa estaba casi solitaria, motivo por el cual la familia había decidido ir a pasar la mañana ahí por el día tan cálido que había salido. También al tratarse de una fecha entre semana, era presumible poder disfrutar de un magnífico día de asueto de sol y playa con la tranquilidad de verse rodeados de muy poca gente que molestase. Para una excepción en que su padre tenía una jornada libre en el trabajo de la oficina, había que aprovecharlo a lo grande.
                Los padres de la niña estaban profundamente adormecidos sobre sus toallas de variopintos colores de tonos alegres y desenfadados. Leticia estaba tan atareada en la construcción de su casita de arena, que no se dio de cuenta de la llegada del niño. Se volvió al ver que la sombra proyectada por la silueta del niño recién llegado le tapaba su pequeña obra de arte.
                – ¿Qué haces? Apártate, quieres – le dijo, enfurruñada.
                El niño estaba en los huesos.  Parecía bastante enfermizo. Sus ojos eran muy saltones. Su tez estaba reseca y con zonas enrojecidas por la irritación en reacción al estar expuesto de manera directa al sol. Sobre su frente llevaba una cicatriz muy profunda y vestía ropa usada mal remendada.
                – ¿Puedes dejarme un poco de agua para construir con la arena algo interesante? – preguntó el niño de aspecto tan raro.
                – Vale. No me importa. Podemos jugar juntos – le contestó Leticia, sintiendo curiosidad por lo que pudiera formar con la arena.
                Le pasó el cubo. El niño se sentó a su lado. Amontonó arena y lo empapó hasta quedar satisfecho con la consistencia dada. Formó un pequeño hoyuelo con las manos en el suelo y extrajo de uno de los bolsillos de sus pantalones cortos deshilachados algo envuelto en papel de aluminio. Se lo mostró a la niña sin emocionarse.
                – Mira – dijo en un susurro.
                Fue abriendo el aluminio por los bordes hasta dejar a la vista una tableta de plastilina negra.
                – ¡Es plastilina! – dijo Leticia, fascinada.
                El niño la sonrió con desgana. Dividió la tableta en tres porciones. Una correspondía a dos terceras partes de la plastilina, mientras las otras dos porciones fueron partidas por la mitad exacta de la tercera parte restante. Los dedos de sus manos formaron una bola con la porción más grande. Luego la fue estilizando hasta que adquirió la forma de una cosa con seis patas y una cabeza deforme muy aplastada. Se la enseñó a Leticia.
                – Mira. Un monstruo – comentó con una sonrisa extraña.
                Depositó la figura del monstruo en el hoyo excavado en la arena.
                Sin detenerse, sus dedos dieron cierta forma a las otras dos porciones, hasta simular dos siluetas humanas. Igualmente se las mostró a Leticia.
                – Mira. Tus padres.
                Leticia estaba como hipnotizada. Cuando observó que  juntaba las dos figuras con la del monstruo en el fondo del hoyo, quiso protestar, pero el niño se llevó un dedo índice a los labios para indicarle que estuviera callada hasta el final.
                Se puso a tapar las tres figuras con la arena mojada y estuvo unos pocos minutos moldeando algo parecido a un montículo.
                Nuevamente reclamó la atención de Leticia.
                – Esa es una casa muy rara – se le anticipó la niña.
                – No es una casa. Es el lugar donde están encerrados tus padres.
                El niño entornó los ojos, mostrándole las encías sangrantes de la parte superior de su dentadura.
                – Ahora mira esto.
                Juntó ambas manos sobre la estructura de arena y apretó con fuerza hasta chafarla.
                Entre los resquicios de sus dedos surgió un líquido viscoso oscuro, procedente de la arena que presionaba.
                Contempló a Leticia con satisfacción.
                Soltó una carcajada amplia al advertir lo asustada que estaba.
                Finalmente le dijo:
                – Mira. Tus padres están ahora muertos.
                Leticia se marchó llorando, dejando atrás su cubo y su pala de juguete para jugar con la arena. Aquel niño malo la había asustado tanto, consiguiendo que se mojara la ropa interior. Se dirigió hacia la zona donde descansaban sus padres, llamándoles a gritos entre gimoteos.
                Pero al llegar al lado del enorme parasol simplemente encontró las toallas de playa empapadas de sangre.


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Cuestión de paciencia.(Question of patience).

Allan tenía muy poca paciencia. Esta era una cualidad que debía mantener a toda costa. Cuando firmó el pacto con el demonio menor Suaniztttgagga, su nueva vida y forma adoptada se debía a la templanza contenida en su interior. Si no era capaz de cumplir manteniéndose firme y sereno, simplemente iba a volver a ser lo que fue en un principio.
Allan Arkins Beldere. Un preso fugado de la prisión estatal de Arkansas por triple asesinato de una familia en el día de Acción de Gracias. Lo que él cenó ese día, no fue pavo precisamente…
La sangre excita. Su sabor. Su dulzura. Concede fuerzas extremas. Con ella se suma uno en el mayor de los éxtasis.
También con ella se firma el contrato de una futura unión espiritual con el infierno.
Pero antes hay que morir.
Allan Arkins había escogido una nueva identidad de lo más propicia. Con ella esperaba vivir muchas décadas antes de ceder por la inercia de la vejez y sus enfermedades.
Estaba sentado en su pupitre. Atento a las lecciones que le estaba impartiendo la guapa profesora de historia. La chica era un cielo. Alta. Esbelta. De larga melena rubia. Ojos verdes. Tenía un busto bien definido. Siempre lucía falda. Una prenda recatada pero que dejaba ver lo bien torneadas que tenía las piernas. La tal señorita Mascarino no se paraba mucho rato sentada tras su mesa, dando paseos con asiduidad por delante de la pizarra con el libro abierto sobre la palma de la mano derecha.
Lo que menos le gustaba de la mujer era su tendencia a preguntar a los alumnos cada dos por  tres por temas del párrafo que había leído en voz alta. Allan siempre había tenido la mollera demasiada dura. En su anterior etapa no había superado la escuela secundaria, y en esta nueva, tenía intención de graduarse en la básica para luego huir de su falsa nueva familia para dedicarse a los negocios ilegales que tenía en mente llevar a cabo para enriquecerse por la vía rápida y así vivir con desenfreno y lujuria. Controlaría su apetito por la carne humana. Si cedía al sabor exquisito de la misma, acabaría detenido y tirando por la borda la segunda oportunidad que le había brindado el demonio Suaniztttgagga. Con el agravante que ya tenía el alma condenada de manera irremediable.
Se sacudió la cabeza. Notó algo en el pescuezo. Se dio la vuelta, y vio a Lucas Devalaro que le había lanzado un grano de arroz utilizando el cilindro vacío del bolígrafo como cerbatana. Su agresor le sonrió con cierta mofa, mientras sus compañeros se contenían la risa cubriéndose las bocas con las palmas de las manos.
Allan se volvió para fijarse en las evoluciones sugestivas de la señorita  Mascarino.
Dios, era su segundo día en el colegio. Allan había poseído el cuerpo de Josh Britons. Literalmente, con la colaboración del demonio, habían echado su espíritu del cuerpo, quedándose Allan con la fisonomía del crío. Sus padres no habían notado nada anómalo en el proceso del intercambio. La esencia del Josh verdadero fue absorbida por los orificios nasales del demonio, que en una fuerte inspiración, se hizo con su alma para conducirlo al infierno.
El trato en si se sellaba con el alma de la víctima cuyo cuerpo era usurpado por Allan, y por el alma del propio Allan cuando este muriese.
Ahora Allan volvía a tener una familia, una casa, una infancia.
Aun así su mente seguía siendo adulta. Tenía pensado utilizar a los Britons como eventual tapadera. Cuando tuviera catorce o quince, se marcharía para formar una banda de delincuentes juveniles. De esa forma se ganaría la vida. Queriendo llamar la atención de algún mafioso que estuviera interesado en contratarle sus servicios. Obtendría dinero rápido. Sexo sin pausa. Todo tipo de droga al instante. Su personalidad sería distinta a la primera que tuvo, en que fue un tío solitario que no sabía ni donde caerse muerto, con la cabeza hecha un lío y con extrañas desviaciones sociales como la práctica del canibalismo con sus víctimas.
Hasta que llegara a la adolescencia, tendría que resignarse con actuar como un niño de nueve años.
Se fijó nuevamente en las hermosas piernas de la maestra. Dios, esa mente de pervertido cuarentón le estaba sacando de quicio.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por otro impacto de un grano de arroz en su nuca. Seguido de otro en la oreja derecha.
Se volvió a tiempo de ver al cerdo de Lucas cachondeándose con sus amiguitos.
Allan tenía los dedos de las manos apretados, con las uñas hincándose en la piel de las palmas.
Los miró, furioso.
Esto los hizo reírse de él con más ganas.
Joder. Estaba ya muy alterado. Encima, por la información que había recabado acerca de la verdadera personalidad de Josh Britons, este había sido un mocoso sin sangre, asustadizo y tímido. Vamos, que los abusones del colegio no acudían luego al cine porque bastante diversión conseguían a costa del tonto del pueblo.
Allan los fulminó con la mirada.
– Mira. El cavernícola parece algo enfadado, ja  ja – susurró Lucas a sus colegas en voz baja para que no les oyera la maestra.
Allan apretó los dientes. Estaba sudando por el entrecejo.
Paciencia, le recomendó Suaniztttgagga. Si quebrantaba esa norma, todo el experimento se iría al carajo.
Una mano suave y delicada se posó en su hombro derecho. Allan se dio la vuelta y se vio de frente con la profesora. Dios. Tenía unos labios carnosos de lo más incitantes. Su rostro era de lo más atrayente. La miraba ensimismado. Y lo que es peor, con un órgano infantil creciendo en su entrepierna, excitado por la cercanía de la mujer.
– Josh. No estás atendiendo a la lección – le reprochó con cierta tirantez la señorita Mascarino.
– Yo… Me están molestando. Esos chicos de atrás – se defendió con su odiosa voz infantil.
– No le eches la culpa al resto de tus compañeros de tu falta de concentración, Josh. Quedas castigado con tener que presentarme mañana un resumen de lo dado hoy en clase. A ser posible que ocupe dos hojas. Y con un par de dibujos relativo al tema escrito.
La maestra se alejó mirándole de mala gana.
Allan agarró el lapicero que tenía a mano y lo partió por la mitad.
Esa mujer también pensaba que Josh Britons, el anterior Josh Britons, era un chaval de mente corta. Un tonto del culo que acabaría repitiendo curso.
Allan se puso frenético. Quiso contar hasta veinte para tranquilizarse.
Con lo buena que estaba la muy zorra y le estaba tratando como a una basura…
Si tuviera la presencia física ya de adulto, le enseñaría lo bueno que era pasar una noche en vela enfrascados en plena lujuria salvaje.
Entonces recibió otro impacto de arroz en la parte trasera de la cabeza. Se volvió ya casi fuera de sí. El siguiente grano le dio en el ojo derecho.
Lucas cacareó, exultante ante el acierto.
La señorita Mascarino estaba recogiendo sus cosas a punto de salir de la clase.
Allan no pudo contenerse más.
Aporreó la mesa con fuerza y soltó un grito demencial que dejó a toda la clase helada. Sus compañeros y la maestra se quedaron paralizados en sus sillas.
La tela fue desgarrándose. La ropa de Josh fue arrancada por unas poderosas manos, quedando el crío desnudo. Pero ya no era un niño. Era una persona adulta de cuarenta y tanto años, con la mirada de un loco.
– Por vuestra culpa, soy Allan de nuevo.
Sin pensárselo, fue partiendo los cuellos de los pequeños mientras la maestra lloraba horrorizada, intentando impedírselo. Allan la apartaba de un empellón con el codo y continuó hasta finalizar su masacre.
Empapado de sudor, transpirando como si estuviera en una sauna, se volvió hacia la maestra.
– no no no… quienquiera que seas… noo –gemía la señorita Mascarino.
Allan estaba ya perdido. Su pacto con el demonio era un fracaso. Así que antes de tener que afrontar las consecuencias, decidió hacerlo acompañado de la profesora.
Cuando llegó el bedel por expresa petición del resto de los maestros porque estaban extrañados de que la señorita Mascarino estaba tardando más de la cuenta en aparecer por la cafetería durante el receso de un cuarto de hora entre clase y clase, encontró los cuerpos de quince ángeles durmiendo para el resto de la eternidad y a la señorita Mascarino terminando de ser violada por un hombre enloquecido que estaba desnudo y con la mente fuera de este mundo.
En cuanto Allan vio la llegada del bedel, dio por culminada su diversión con la mujer, le partió el cuello, y echándose sobre el empleado, buscó su yugular con fuerza, pues sus instintos caníbales habían retornado con inusitada fuerza…
Fue succionando la sangre del hombre con ansiedad. Llevaba unos segundos cebándose en el cuerpo del empleado, cuando la figura de Suaniztttgagga surgió en el quicio.
Los  rasgos del demonio permanecieron inmutables, aún a pesar de ver todo el desastre ocasionado por Allan en menos de quince minutos de pérdida de control. Suaniztttgagga aspiró hondamente cada alma de los difuntos habidos en la clase.
– Vámonos. Ya ha llegado tu hora – le dijo con voz neutra.
– No he podido contenerme. Esos malditos niños. Me atosigaban con sus bromas pesadas. Y la maestra se me insinuaba con su físico. Ha sido mala idea reencarnarme en el cuerpo de un mocoso.
– Tuviste tu opción. Ahora asume las consecuencias de tus actos.
Suaniztttgagga le ayudó a incorporarse de pie.
– Ahora toca recorrer el camino hacia tu propio sufrimiento, Allan Arkins. Y no es nada comparable con el que les has infligido tú a estas infaustas criaturas.
Las siluetas de ambos se fueron difuminando conforme se alejaban por uno de los pasillos, hasta desaparecer para siempre.

Te odio tanto que deseo tu muerte. (I hate you so much I want your death).

Este relato va dedicado a la administradora del blog Solo de Interés. Es lo menos que Escritos puede hacer por su vídeo colgado en youtube con motivo del Día del Blog. 



– Tu odio tiene que ser irremediable sobre la persona que deseas que practique la maldición.
– Así es.
– Está bien. Mi conciencia está tranquila. Espero que me hayas traído algo personal del sujeto al que deseas la mayor de las desgracias posibles.
– Si. Fue muy fácil conseguir un mechón de cabello.
– Es una muestra muy abundante de pelos.
– Tiene alopecia. Se le acumula en la ropa. No crea que lo até con cuerdas y le pelé la cabeza.
– De acuerdo. Empezaré con el rito condenatorio del desgraciado en cuestión.
– No emplee ese adjetivo. Este es un cabrón de los grandes.
– Tus dos mil dólares silencian mi opinión más sincera.
– Más te vale, bruja de los demonios.

Un conjuro condenatorio.
Seguido del deseo de la muerte de un compañero de trabajo.
La hechicera enterró los cabellos en la tierra maldita de los suicidas.
No habría modo de eludir la mayor de las desgracias prematuras.
Tenía simplemente treinta y dos años.
Casado.
Con dos hijas pequeñas.
Aún así deseé su muerte.
Por envidia.
A los pocos días cayó enfermo.
Un mal que los médicos  no supieron diagnosticar a tiempo.
Su enfermedad fue incurable.
Sufrió durante  meses.
Murió en la intimidad.
Mientras, yo conseguí su puesto.
Fui ascendido y agradecí a la bruja sus dotes con quinientos dólares adicionales.


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La caseta del árbol. (Tree house).

– ¡Corre, Nathan! ¡Corre todo lo rápido que puedas!

Fueron las palabras angustiosas y desesperadas de su madre.
Como pudo, alcanzó el jardín trasero. Sus cortas piernas se desplazaban con titubeos. Estaba nervioso. Asustado. Lloroso.
Demonios. Era un crío de ocho años.
Afuera el sol daba de lleno. Hacía mucho calor. Era de día. Empezó a sentir un fuerte escozor en el revés de las manos y en la cara.
A mitad de camino del árbol donde tenía situada entre las ramas la caseta construida el año pasado con la ayuda de su padre, escuchó el grito de su madre.
Fue espeluznante.
Recordó la orden que le dio. Tenía que correr. Trepar a la caseta del árbol. Con suerte ahí podría permanecer escondido. Y lo mejor, protegido por la oscuridad.
Alcanzó la escala de cuerda y fue subiendo.
Los ojos le picaban. Las lágrimas eran ácidas. Las sentía al deslizarse por sus mejillas. Tuvo que entrecerrar los párpados para continuar escalando el árbol.
Cuando llegó arriba, se refugió dentro de la casa, recogiendo la escala.
Nada más ubicarse al amparo de las sombras, sintió cierto alivio en la piel. Aunque sollozaba con ganas. Tenía mucho miedo. Por lo que pudo pasarle a su madre. Notó cierta humedad en los pantalones. Se había hecho pis.
Trataba de permanecer acurrucado en un rincón. El más sombrío.
Al poco llegaron ellos.
Estaban en el jardín.
Dos hombres malvados.
Los que habían entrado en la casa. Habían forzado una ventana de la cocina. Lo hicieron sigilosamente, más que nada para evitar que el vecindario supiese de su llegada. Por lo demás eran sabedores de que Nathan y su madre estaban durmiendo profundamente.
– ¡Niño! ¡Baja del árbol! – le dijo uno de los dos hombres malos.
Estaban ambos situados al pie del árbol.
– Sabemos que estás ahí arriba.
– ¡Venga! Baja con nosotros. ¿No querrás que subamos hasta la caseta para bajarte a rastras?
Nathan se mordía los puños de las manos para no meter ruido. Estaba transpirando copiosamente por el brutal efecto del calor. No podría aguantar mucho rato dentro de la caseta. Aquella oscuridad era artificial. Por los intersticios de los listones de la madera se filtraba parte de la luz solar.
– ¡Niño tonto! Desciende del puto árbol de una vez.
– Eso. Mejor que vengas con nosotros. Tu madre te está esperando.
Las voces eran enfermizas. Malsonantes.
Se apartó un poco de las sombras para verlos de refilón desde el hueco de la trampilla del suelo.
Eran dos hombres vestidos con indumentaria militar. Llevaban cascos, chalecos y botas pesadas.
Uno de ellos se fijó en su cabecita asomando por el hueco, y sin mayor dilación le mostró la cabeza de su madre. La sujetaba por los cabellos.
El hombre malo sonrió con ganas.
– Desciende del árbol, hijito. Y ven a saludar a la cabeza de tu mamá…
Nathan cerró la trampilla, retirándose entre las sombras del rincón donde no accedían los rayos del sol.
El hombre  que sostenía la cabeza de su madre profirió su malestar con insultos.
Nathan notó un fuerte impacto contra la parte inferior de la caseta, cerca de la trampilla.
Le habían lanzado la cabeza de su madre…
– Es cuestión de tiempo… – trataba de calmar a su impulsivo compañero. – Aunque esté cobijado de la luz, el propio calor lo va a freír dentro de la caseta.
– El muy cabrón no se va a bajar del puto árbol.
– Por eso mismo te digo que hagamos guardia con el visor térmico. En cuanto nos confirme que ha muerto, nos marchamos sin tener que ingeniárnoslas para trepar hasta la copa del árbol.
– Puede que tengas razón. Ya nos hemos cargado a su madre. Y la brigada 12 ha hecho lo propio con el padre.
– Está confirmado. Eso es lo bueno de hacer un correcto seguimiento antes de cazarlos. Ese tío tenía la costumbre no de dormir en su casa, si no dentro del panteón familiar. La brigada 12 ha presentado al guarda del cementerio la autorización judicial para penetrar en el recinto a las siete horas. Este les ha entregado la llave de la verja de acceso al interior del panteón y han utilizado directamente el procedimiento del fuego directo.
– Como se disfruta achicharrándolos con los lanzallamas… Aunque yo personalmente prefiero el machete a la antigua usanza.
– Ya entiendo tu sobrenombre de Greg “El Jíbaro”.
– Eso es. No reduzco cabezas. Simplemente se las separo del cuerpo de los chupasangres…
Miró con rostro desafiante a la cabeza femenina tirada al lado de una raíz que sobresalía del suelo. Juntó ambas manos sobre la boca para hacer bocina, dirigiéndose al niño pequeño de la caseta en el árbol:
– ¿Qué tal chaval? Me imagino que te estás asando como un pollo. Tú estate tranquilo, que aquí permaneceremos los dos para impedir que te escapes.
“Cuando nos marchemos, de ti sólo quedarán cenizas…
– No seas cruel con el mocoso. Bastante estará sufriendo ya.
– A mi no me digas. Yo no tengo la culpa que sea un jodido vampiro.

La prueba del afecto. (Proof of affection).

Hace tiempo que no hago la entrada previa de uno de mis relatos. En este caso me permito unas breves líneas para explicarles a mis queridos lectores que puede que esta historia sea un poco durilla de leer. Avisados quedan. Y como siempre, en Escritos de Pesadilla nunca se prodigan los finales felices.
Que disfruten de la lectura…

Una persona enferma y cruel…
– ¡Noo! ¿Qué pretende hacerme?
La angustia de sus víctimas…
El sufrimiento.
El dolor.
La tortura.
La lucha por la supervivencia.
– Tengo que desfigurarte por completo. Hacerte irreconocible. De esta manera serás sometido a la prueba final del afecto. Si la superas, vivirás y retornarás con tus seres queridos.
“Si sale fallida, yo mismo te quitaré la vida, porque una vez seas rechazado, no aportarías nada a la humanidad nuestra tan perfeccionista.
Semanas y meses de seguimiento de cada futura víctima. Siempre la persona elegida era el novio o el marido. A ser posible sin hijos.
En el instante más propicio, llegaba el secuestro.
Su confinamiento durante semanas en su calabozo secreto.
– ¡Por amor de Dios! ¡Libéreme de esta penitencia!




Se consideraba un genio en transformar el aspecto físico externo de las personas. No era ningún cirujano plástico. Pero bien pensado, los médicos nazis no tenían bases científicas sólidas en sus crueles experimentos con seres humanos durante el holocausto de la segunda guerra mundial.
Su mentalidad era fría y certera. Empleaba con precisión el escalpelo y demás instrumentos quirúrgicos para sajar y deteriorar la piel de sus víctimas. También se servía de ácidos, de agua y aceite hirviendo.
Su presión psicológica sobre sus particulares cobayas era extrema. Les ponía a veces música altisonante las veinticuatro horas del día. La comida que les proporcionaba era escasa y magra, con el fin de ocasionar una pérdida de peso, falta de nutrientes, vitaminas, minerales y proteínas esenciales que ocasionaban la caída incipiente del cabello y las uñas.
Los ruegos de cada hombre torturado eran continuos. Sus gritos y aullidos eran tan tremendos conforme les infligía el castigo corporal que le hacían de tener que operar con tapones para los oídos.
El tiempo se eternizaba. Siempre permanecía atento a cuanto se emitiese por los noticiarios de la televisión y la radio, se informara en la prensa escrita y por las webs oficiales periodísticas de internet.
A veces se precisaba el reconocimiento público de la ausencia o desaparición de alguna de las víctimas. Otras veces se obviaba por causas desconocidas.
Lo que ignoraban los familiares de las personas desaparecidas era que, aparte de ejercer los cambios externos en la anatomía de estas, continuaba un seguimiento casi a diario de las novias y esposas.
Conseguida la información precisa, se la transmitía al marido o novio.
– Te sigue echando de menos. Está claro que será difícil que te olvide.
– Maldito… Pagarás por esto… Por todo lo que me estás haciendo…
– Te queda poco tiempo ya para afrontar la prueba. Deberías de estar ansioso por la cercanía de esa fecha, donde se demostrará que Eloísa te seguirá queriendo aún a pesar de tu aspecto.
Cerraba la puerta de acero a cal y canto.
La prueba del afecto.
La proporción entre el éxito y el fracaso de la misma se inclinaba manifiestamente por lo segundo.
Donald. Reginald. Samuel. Ethan.
Todos fueron incapaces de superarla.
¿Acaso lo lograría Eddie Williams?
Su joven esposa lo adoraba. Suspiraba por él.
Ahora estaba sumida en una profunda depresión desde que Eddie desapareciera hacía casi dos meses. La policía dio por archivado el caso, haciéndole ver que su marido se había marchado por iniciativa propia, motivado por las deudas de su empresa de hosting de páginas webs.
Conocedor de que Eloísa permanecía encerrada en su propia casa, dejándose marchitar por la inmensa pena que la afligía, no tuvo la menor duda de que ese sería el escenario ideal para llevar a cabo la prueba del afecto.
Con el táser inmovilizó a Eddie. Cuando este despertó, estaba sentado al lado de su captor, quien conducía el furgón.
– Vamos camino a casa, Eddie. Vas a ver a Eloísa. Y estoy seguro que aún a pesar de todo, ella te reconocerá  fácilmente.
– Eso espero…- dijo en un hilo de voz ronco Eddie.
Sumiso. A merced suya.
A eso conduce el deterioro de la mente tras un continuado daño físico y psicológico.



Eloísa estaba sumida por el efecto adormecedor del prozac entre las sábanas de su cama.
Percibió el sonido del timbre de la puerta. En un principio no le prestó gran atención. Ante la persistencia, se incorporó, recorriendo el camino hasta la entrada con paso cansino.
Quiso mirar por la mirilla, pero la persona que llamaba estaba situada fuera del alcance de la lente  de aumento.
En ese instante de inseguridad ante qué hacer, si abrir o no, una voz maltrecha y grave la llamó por su nombre de pila.
– Eloísa. Soy yo. Eddie. Por fin he regresado.
¡Eddie! Era su marido. ¡Estaba vivo!
Pero ese tono de voz no se correspondía con el de su marido.
Sin quitar la cadena, abrió la puerta hasta el límite permitido.
– Eddie. Si eres tú, muéstrate, y te abriré al instante. No sabes cuánto te he echado de menos.
Eloísa estaba anhelante. Impaciente por quitar la cadena. De abrir la puerta del todo para arrojarse en los brazos amorosos de su Eddie…
Sus expectativas de esperanza cumplida se desvanecieron al asomarse en el hueco de la puerta con el quicio un rostro esquelético y horrendo, surcado de profundas cicatrices. Llevaba puesta la capucha de una sucia sudadera deportiva para ocultar su calvicie extrema.
– Mi Eloísa. Déjame pasar. Estoy extenuado y necesito cuidados médicos urgentemente.
¡Tú no eres Eddie!
Aquella boca que le hablaba tenía los labios resecos y partidos, carecía de dentadura y supuraba por las encías sangrantes grumos de tono escarlata.
Era irreconocible. Su marido pesaba ochenta y cinco kilos. La criatura demencial presente en el quicio no llegaría ni a los cuarenta.
Eloísa estaba desquiciada por la presencia. Cerró la puerta de golpe y se apresuró a correr hacia el teléfono para alertar a la policía de la amenaza de un desconocido que la estaba acosando.
– Eloísa. Soy yo. No me hagas esto…
La voz de Eddie era llorosa.
Una mano se aferró a su hombro derecho.
Eddie se volvió para encontrarse con su captor.
– No has superado la prueba del afecto, Eddie. Ella no te ha reconocido.
Eddie no tenía fuerzas para resistirse. Lo acompañó hasta la furgoneta, desapareciendo de la vida de su mujer para siempre.



Un nuevo fracaso.
Tanto esfuerzo dedicado en la transformación de la víctima para nada.
La chispa del amor que debía de haber quedado entre marido y mujer no prendió al no reconocer Eloísa al monstruoso ser que la visitó como la identidad verdadera de Eddie Williams.
Eddie estaba colocado de rodillas sobre bolsas de plásticos esparcidos por el suelo de su celda.
De pie, detrás de él, estaba su creador.
Este mantenía la boca del cañón de la pistola apretada contra su nuca.
– Siento que no hayas superado la prueba, Eddie.
No le contestó. Ni rogó ya por su vida.
Todo era llanto entre gimoteos de pura desilusión.
Aquel disparo certero iba a rematar su terrible e infame calvario.
El dedo índice apretó el gatillo.
Un fogonazo y el estallido de la bala.
Seguido de un cerebro destrozado.
Un cuerpo que se derrumba, inerte.
Más tarde recogió el cadáver y limpió la estancia.
Llegada la noche se deshizo del quinto ejemplar que tampoco había superado la prueba del afecto.


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La tribu Zoloqui.(Zoloqui tribe).

Tras varias penalidades, nuestros captores nos llevaron a su asentamiento. Como era previsible, se encontraba en un lugar inexplorado de la selva. Fuimos recibidos entre chillidos ensordecedores, así como zarandeados por los habitantes del lugar. Los niños nos pellizcaban y nos lanzaban piedras. Imposible esquivarlas todas. Las mujeres, completamente desnudas al igual que los varones y los menores, nos escupían al rostro y nos cubrían las extremidades y las mejillas con arañazos. Mientras, los ancianos nos contemplaban con cierta parsimonia.
Quise comunicarme con mis colegas, pero nos era imposible. Al poco de ser nuestra expedición atacada, con nuestros porteadores muertos a machetazos, fuimos reducidos y condenados a perder el habla. A Murray y a Donaldson les fueron arrancadas las lenguas. Yo tuve más suerte. Me hicieron de beber agua hirviendo, hasta hinchármela y después me la quemaron con brasas al rojo vivo…
Estábamos debilitados por la larga caminata, inmovilizados por lianas a modo de ataduras. Era época de lluvias. La ropa que nos cubría estaba empapada y desgarrada por la brutalidad de la maleza. Murray estaba muy enfermo. El último tramo que nos condujo al poblado y que duró tres arduos días de peregrinación infernal, los guerreros Zoloqui armaron una especie de camilla precaria para acarrearlo dada su extrema fragilidad física. Donaldson y yo cubrimos la semana y media de traslado desde nuestro campamento hasta la aldea Zoloqui a duras penas.
Ahora estamos recluidos los tres en una zanja estrecha cavada en el suelo. Permanecemos postrados de espaldas, maniatados y atados por los tobillos. Sobre nuestras cabezas hay colocada una tabla mantenida bajo el peso de enormes piedras cuya finalidad era impedir que fuera movida si acaso tuviéramos las suficientes fuerzas como para intentar hacerlo una vez liberados milagrosamente de las ligaduras que nos aprietan las carnes contra los huesos de las muñecas y los tobillos. La oscuridad es absoluta. El aire se vuelve viciado al instante.
Intuimos nuestro final.
Estamos a merced de ellos.
Sabemos que son caníbales.
Y que no conocen el sentido de la clemencia con los prisioneros que capturan…
Ocurrió de noche. Lo supe enseguida porque una vez retirada la tabla que nos mantenía recluidos contra nuestra voluntad en la arcaica celda hendida en la propia tierra del suelo la densidad de la oscuridad seguía siendo infinita. Unos guerreros me sujetaron por los brazos maniatados a mi espalda y con total brutalidad me obligaron a salir de mi encierro. Cuando mis ojos se habituaron a las sombras reales que no eran otros que mis captores, pude comprobar que mis compañeros de penurias continuaban encerrados bajo el peso de las piedras que mantenían la tabla en su sitio nuevamente. Estuve por jurar que Donaldson hizo esfuerzos ímprobos por gritar, pero los milagros dejaron de existir en el momento que fuimos cercados por los Zoloqui.
Fui conducido arrastrado sobre los pies, pues las piernas me colgaban, insensibles por la humedad continuada de mis ropas y la postura forzada mantenida por muchas horas en el fondo de la zanja.
Se me cerraban los párpados por los síntomas claros de la deshidratación y de la enfermedad de la selva. Si no perdía del todo el conocimiento era por los ramalazos de intenso dolor que mi lengua achicharrada e hinchada enviaban a mi cerebro.
Tras un breve recorrido, fui introducido en una de las chozas. Vi un lecho cercano, y sorprendido, dejaron que mi cuerpo descansara sobre él. Sentí que cortaban las lianas de las ataduras y una mujer anciana situada de cuclillas ante mi rostro me acercó un cuenco con un contenido repulsivo. Me hizo de beberlo y pocos instantes después pude dormir con cierta naturalidad tras diez días de espantos inenarrables para una conciencia sana.
Cuando desperté, me encontraba inexplicablemente mejor de ánimo y de salud. Tiempo después, supe que había estado más de cinco días de reposo, hasta que la fiebre de la selva remitió por completo. Permanecí unos cuantos días encerrado en mi nueva celda, esta evidentemente mucho más cómoda que la anterior. Se me alimentó dos veces al día con un caldo de aspecto desagradable y graso.  Se me retiraron los andrajos resultantes de mi traje de explorador, dejándome totalmente desnudo. Con el paso de las jornadas, vi que los nativos de la tribu Zoloqui dejaron de mostrarse hostiles hacia mi persona. Extrañamente, la mujer mayor que parecía ser la curandera, me demostró un cariño de lo más perturbador…
Estar tanto tiempo prisionero me hizo recapacitar acerca de la situación en la que me encontraba. No tenía sentido intentar huir de la aldea Zoloqui, pues estaba situada en un lugar remoto y desconocido de la inmensa selva. Me perdería irremisiblemente,  y moriría devorado por las bestias con instinto depredador del lugar.
Extrañamente, dejé de pensar incluso en la suerte de mis propios amigos de expedición. Seguramente que habían fallecido días atrás producto de las fiebres y la infección surgida por no haber sido cauterizadas las heridas de las lenguas al ser arrancadas de cuajo por las raras tenazas empleadas por los guerreros semanas atrás.
Los Zoloqui me enseñaron su lenguaje corporal. Se expresaban por signos. Ninguno empleaba vocablos de ninguna clase, a excepción de unos extraños gritos y chillidos cuando estaban enfadados o disgustados.
Cuando estuve suficientemente sano y robusto, me pintaron el cuerpo con tatuajes de guerra. Querían que formara parte de la tribu. Era un hecho extraordinario. Inusual. Impropio de su cultura cerrada y violenta.
Pronto todo quedó aclarado. La curandera consideró que yo era su compañero apropiado. Se encaprichó de mi persona nada más vernos llegar.
No pude negarme.
La ceremonia ritual de unión zoloqui tuvo lugar en plena fase de luna llena.
El altar estaba formado por las calaveras de los enemigos apresados y devorados.
Se me heló la sangre en las venas al apreciar que las cabezas en estado pútrido de Donaldson y Murray coronaban el montículo.
Uno de los guerreros me hizo saber que permanecían en ese estado como un tributo hacia mi persona. El resto de sus cuerpos fue devorado por la tribu.
Yo también formé parte del festín sin saberlo, pues cuando me estaba recuperando en la choza, lo que me sirvieron era la grasa de mis colegas en forma de un caldo espeso y nutritivo.
Quise olvidar esa fase triste de mi vida, para centrarme en mi futuro como consorte de la influyente curandera y a la vez como uno más de los guerreros terribles e implacables de la tribu antropófaga de los Zoloqui.


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