¡Halloween en Escritos! "La leyenda falsa del Irlandés Golfo".

(Tarari- tarará, música de fondo para los créditos iniciales antes de la representación).

Robert, “El Maléfico”: Estimados lectores. Iniciamos la velada con una versión muy libre y poco fiel del supuesto origen de la famosa calabaza de Halloween, conocida como “Jack O´Lantern”. En este caso la procedencia de nuestro personaje también es irlandesa. Se llama Mick Sanders. Tiene una edad avanzada…
Dominique: ¡Protesto! ¡No soy tan viejo!
Robert, “El Maléfico” (narrador): Está bien. Omitamos su edad. El citado Mick es un holgazán de mucho cuidado. No trabaja. Vive a expensas de su hermana, pues sus padres hace unos cuantos años que estiraron la pata. En pleno período de crisis, la familia Sanders ha de tirar con unos cincuenta euros mensuales, procedente de la mendicidad de Sandy, la hermana del bribón de Mick, quien espera en la entrada de los supermercados a que los clientes le suelten alguna que otra moneda. El problema viene cuando Mick, que bebe más de la cuenta, vacía la hucha para gastarse los escasos euros en cerveza irlandesa más falsa que Judas, de procedencia chipriota. Poco le importa lo escuálida que está Sandy, ni lo debilucha por la dieta diaria de sopa de nabo con tropezones de pan birlado en el parque a las palomas. ¡Menuda vergüenza!
Dominique (“El Irlandés Golfo “): Bueno, hermana. ¡Hics…! Lo he pasado superdivertido en la taberna. Hasta he invitado a una ronda a los muchachos, ¡hics…! Eso representará que tendremos que estar un par de días sin poder probar ni medio bocado. Mira la parte positiva, ¡hics…! Al menos conservaremos la figura, je, je. Ahora me voy a echar una merecida siesta, para que se me pasen en parte los efectos del alcohol…¡hics…!
Robert, “El Maléfico” (narrador): El comportamiento bochornoso de Mick no tardó en llegar a oídos de un terrible diablillo. Este ser horrible quería ascender en el escalafón infernal, y para ello debía de recolectar unas cuantas almas perdidas. Así que no dudó ni un instante en recordarle a Mick que su destino era pasarlas canutas en un sitio donde nunca se apagaba la calefacción.

Sobrinete Gurmesindo (“Diablillo): ¿Será posible lo que contemplan mis ojos, además de mi cornamenta? ¡No solo no pegas ni golpe, si no que encima malgastas los escasos ahorros conseguidos por tu querida hermana en mala cerveza de importación, para luego sin reparos, dormir la mona en esta hamaca! Querido Micky, te has hecho acreedor de dejar ya este mundo, facundo, para condenarte eternamente en el Infierno.
Dominique (“El Irlandés Golfo): (despertándose de la siesta) ¡Oh! ¡Hiccs…! ¿Qué tenemos aquí? Un mocosillo que ha tomado demasiado sol en la playa, ja ja. Estás rojo como un cangrejo, ¡Hiccss…!
Sobrinete Gurmesindo (“Diablillo”): (visiblemente enojado) ¡A ver si te enteras que soy un diablo, y que vengo a llevarte conmigo al Infierno, leñe!
Dominique (“El Irlandés Golfo”): (dándose por fin cuenta de la situación) ¡Oh, no! ¡Qué horror! ¡Hicsss…! Por lo menos me permitirás un último deseo antes de abandonar este mundo de vivos.
Sobrinete Gurmesindo (“Diablillo”): Vale. Con tal de llevarte conmigo… (Pensativo) Pero pidas lo que pidas, nada te librará de tu merecido castigo. Así que desembucha de una vez lo que quieres.
Dominique (“El Irlandés Golfo”): ¡Una verdadera cerveza de origen irlandés! ¡Es más, quiero que tú te conviertas en la botella de cerveza! Eso garantizará que es de buena calidad, ¡hiccss…!
(En este preciso momento se escucha una protesta entre los asistentes a la representación. Es Pechuga de Pollo Mutante, que se ha disfrazado para la ocasión de Abraham Lincoln:)
 

Pechuga de Pollo Mutante (Abraham Lincoln): ¡Una cosa es que hagais una versión libre del origen de la calabaza, pero de ahí a este desmadre…! Se supone que el protagonista pide una última ronda, a costa del demonio. Y al no tener dinero, le convence para que se convierta en una moneda, nunca en una cerveza, caramba. De ese modo evita ir al infierno al meter al demonio en forma de moneda en el bolsillo, donde un crucifijo le impide salir de ahí. A cambio de salir, el demonio le concede otro plazo de un año antes de llevárselo consigo. Finalmente, el tío engaña otra vez al demonio, consiguiendo esta vez diez años de vida extra, pero aún así la palma antes de consumirlos. Cuando sube al Cielo, no lo quieren ver ni en pintura, y el diablo, como hizo el acuerdo de los diez años, tampoco lo puede admitir en el infierno, así que le da lumbre para que pueda guiarse por los caminos habidos entre el bien y el mal. En principio fue un nabo hueco, hasta que se adoptó la calabaza iluminada con la vela.
Robert, “El Maléfico” (narrador): Pechuga, ¿ya te has quedado a gusto?
Pechuga de Pollo Mutante: Más o menos. Es que si no lo suelto, se me produciría un corte de digestión ante semejante obra tan cutre.
Robert, “El Maléfico” (narrador): Pues retomemos el momento en que el vivales de Mick le pide al diablillo…

Dominique (“El Irlandés Golfo”): ¡Transfórmate en una cerveza irlandesa!
Sobrinete Gurmesindo (“Diablillo”): ¡HECHO!
Dominique (“El Irlandés Golfo”): Pues nada, chaval, ¡hiccsss…! Has picado como un novato. ¡Hala, ahí te mando para que te reciclen!

Robert, “El Maléfico” (narrador): Y así fue como finalmente el pelanas de Mick se nos libró de visitar el infierno antes de tiempo.

FIN


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Cuestión de paciencia.(Question of patience).

Allan tenía muy poca paciencia. Esta era una cualidad que debía mantener a toda costa. Cuando firmó el pacto con el demonio menor Suaniztttgagga, su nueva vida y forma adoptada se debía a la templanza contenida en su interior. Si no era capaz de cumplir manteniéndose firme y sereno, simplemente iba a volver a ser lo que fue en un principio.
Allan Arkins Beldere. Un preso fugado de la prisión estatal de Arkansas por triple asesinato de una familia en el día de Acción de Gracias. Lo que él cenó ese día, no fue pavo precisamente…
La sangre excita. Su sabor. Su dulzura. Concede fuerzas extremas. Con ella se suma uno en el mayor de los éxtasis.
También con ella se firma el contrato de una futura unión espiritual con el infierno.
Pero antes hay que morir.
Allan Arkins había escogido una nueva identidad de lo más propicia. Con ella esperaba vivir muchas décadas antes de ceder por la inercia de la vejez y sus enfermedades.
Estaba sentado en su pupitre. Atento a las lecciones que le estaba impartiendo la guapa profesora de historia. La chica era un cielo. Alta. Esbelta. De larga melena rubia. Ojos verdes. Tenía un busto bien definido. Siempre lucía falda. Una prenda recatada pero que dejaba ver lo bien torneadas que tenía las piernas. La tal señorita Mascarino no se paraba mucho rato sentada tras su mesa, dando paseos con asiduidad por delante de la pizarra con el libro abierto sobre la palma de la mano derecha.
Lo que menos le gustaba de la mujer era su tendencia a preguntar a los alumnos cada dos por  tres por temas del párrafo que había leído en voz alta. Allan siempre había tenido la mollera demasiada dura. En su anterior etapa no había superado la escuela secundaria, y en esta nueva, tenía intención de graduarse en la básica para luego huir de su falsa nueva familia para dedicarse a los negocios ilegales que tenía en mente llevar a cabo para enriquecerse por la vía rápida y así vivir con desenfreno y lujuria. Controlaría su apetito por la carne humana. Si cedía al sabor exquisito de la misma, acabaría detenido y tirando por la borda la segunda oportunidad que le había brindado el demonio Suaniztttgagga. Con el agravante que ya tenía el alma condenada de manera irremediable.
Se sacudió la cabeza. Notó algo en el pescuezo. Se dio la vuelta, y vio a Lucas Devalaro que le había lanzado un grano de arroz utilizando el cilindro vacío del bolígrafo como cerbatana. Su agresor le sonrió con cierta mofa, mientras sus compañeros se contenían la risa cubriéndose las bocas con las palmas de las manos.
Allan se volvió para fijarse en las evoluciones sugestivas de la señorita  Mascarino.
Dios, era su segundo día en el colegio. Allan había poseído el cuerpo de Josh Britons. Literalmente, con la colaboración del demonio, habían echado su espíritu del cuerpo, quedándose Allan con la fisonomía del crío. Sus padres no habían notado nada anómalo en el proceso del intercambio. La esencia del Josh verdadero fue absorbida por los orificios nasales del demonio, que en una fuerte inspiración, se hizo con su alma para conducirlo al infierno.
El trato en si se sellaba con el alma de la víctima cuyo cuerpo era usurpado por Allan, y por el alma del propio Allan cuando este muriese.
Ahora Allan volvía a tener una familia, una casa, una infancia.
Aun así su mente seguía siendo adulta. Tenía pensado utilizar a los Britons como eventual tapadera. Cuando tuviera catorce o quince, se marcharía para formar una banda de delincuentes juveniles. De esa forma se ganaría la vida. Queriendo llamar la atención de algún mafioso que estuviera interesado en contratarle sus servicios. Obtendría dinero rápido. Sexo sin pausa. Todo tipo de droga al instante. Su personalidad sería distinta a la primera que tuvo, en que fue un tío solitario que no sabía ni donde caerse muerto, con la cabeza hecha un lío y con extrañas desviaciones sociales como la práctica del canibalismo con sus víctimas.
Hasta que llegara a la adolescencia, tendría que resignarse con actuar como un niño de nueve años.
Se fijó nuevamente en las hermosas piernas de la maestra. Dios, esa mente de pervertido cuarentón le estaba sacando de quicio.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por otro impacto de un grano de arroz en su nuca. Seguido de otro en la oreja derecha.
Se volvió a tiempo de ver al cerdo de Lucas cachondeándose con sus amiguitos.
Allan tenía los dedos de las manos apretados, con las uñas hincándose en la piel de las palmas.
Los miró, furioso.
Esto los hizo reírse de él con más ganas.
Joder. Estaba ya muy alterado. Encima, por la información que había recabado acerca de la verdadera personalidad de Josh Britons, este había sido un mocoso sin sangre, asustadizo y tímido. Vamos, que los abusones del colegio no acudían luego al cine porque bastante diversión conseguían a costa del tonto del pueblo.
Allan los fulminó con la mirada.
– Mira. El cavernícola parece algo enfadado, ja  ja – susurró Lucas a sus colegas en voz baja para que no les oyera la maestra.
Allan apretó los dientes. Estaba sudando por el entrecejo.
Paciencia, le recomendó Suaniztttgagga. Si quebrantaba esa norma, todo el experimento se iría al carajo.
Una mano suave y delicada se posó en su hombro derecho. Allan se dio la vuelta y se vio de frente con la profesora. Dios. Tenía unos labios carnosos de lo más incitantes. Su rostro era de lo más atrayente. La miraba ensimismado. Y lo que es peor, con un órgano infantil creciendo en su entrepierna, excitado por la cercanía de la mujer.
– Josh. No estás atendiendo a la lección – le reprochó con cierta tirantez la señorita Mascarino.
– Yo… Me están molestando. Esos chicos de atrás – se defendió con su odiosa voz infantil.
– No le eches la culpa al resto de tus compañeros de tu falta de concentración, Josh. Quedas castigado con tener que presentarme mañana un resumen de lo dado hoy en clase. A ser posible que ocupe dos hojas. Y con un par de dibujos relativo al tema escrito.
La maestra se alejó mirándole de mala gana.
Allan agarró el lapicero que tenía a mano y lo partió por la mitad.
Esa mujer también pensaba que Josh Britons, el anterior Josh Britons, era un chaval de mente corta. Un tonto del culo que acabaría repitiendo curso.
Allan se puso frenético. Quiso contar hasta veinte para tranquilizarse.
Con lo buena que estaba la muy zorra y le estaba tratando como a una basura…
Si tuviera la presencia física ya de adulto, le enseñaría lo bueno que era pasar una noche en vela enfrascados en plena lujuria salvaje.
Entonces recibió otro impacto de arroz en la parte trasera de la cabeza. Se volvió ya casi fuera de sí. El siguiente grano le dio en el ojo derecho.
Lucas cacareó, exultante ante el acierto.
La señorita Mascarino estaba recogiendo sus cosas a punto de salir de la clase.
Allan no pudo contenerse más.
Aporreó la mesa con fuerza y soltó un grito demencial que dejó a toda la clase helada. Sus compañeros y la maestra se quedaron paralizados en sus sillas.
La tela fue desgarrándose. La ropa de Josh fue arrancada por unas poderosas manos, quedando el crío desnudo. Pero ya no era un niño. Era una persona adulta de cuarenta y tanto años, con la mirada de un loco.
– Por vuestra culpa, soy Allan de nuevo.
Sin pensárselo, fue partiendo los cuellos de los pequeños mientras la maestra lloraba horrorizada, intentando impedírselo. Allan la apartaba de un empellón con el codo y continuó hasta finalizar su masacre.
Empapado de sudor, transpirando como si estuviera en una sauna, se volvió hacia la maestra.
– no no no… quienquiera que seas… noo –gemía la señorita Mascarino.
Allan estaba ya perdido. Su pacto con el demonio era un fracaso. Así que antes de tener que afrontar las consecuencias, decidió hacerlo acompañado de la profesora.
Cuando llegó el bedel por expresa petición del resto de los maestros porque estaban extrañados de que la señorita Mascarino estaba tardando más de la cuenta en aparecer por la cafetería durante el receso de un cuarto de hora entre clase y clase, encontró los cuerpos de quince ángeles durmiendo para el resto de la eternidad y a la señorita Mascarino terminando de ser violada por un hombre enloquecido que estaba desnudo y con la mente fuera de este mundo.
En cuanto Allan vio la llegada del bedel, dio por culminada su diversión con la mujer, le partió el cuello, y echándose sobre el empleado, buscó su yugular con fuerza, pues sus instintos caníbales habían retornado con inusitada fuerza…
Fue succionando la sangre del hombre con ansiedad. Llevaba unos segundos cebándose en el cuerpo del empleado, cuando la figura de Suaniztttgagga surgió en el quicio.
Los  rasgos del demonio permanecieron inmutables, aún a pesar de ver todo el desastre ocasionado por Allan en menos de quince minutos de pérdida de control. Suaniztttgagga aspiró hondamente cada alma de los difuntos habidos en la clase.
– Vámonos. Ya ha llegado tu hora – le dijo con voz neutra.
– No he podido contenerme. Esos malditos niños. Me atosigaban con sus bromas pesadas. Y la maestra se me insinuaba con su físico. Ha sido mala idea reencarnarme en el cuerpo de un mocoso.
– Tuviste tu opción. Ahora asume las consecuencias de tus actos.
Suaniztttgagga le ayudó a incorporarse de pie.
– Ahora toca recorrer el camino hacia tu propio sufrimiento, Allan Arkins. Y no es nada comparable con el que les has infligido tú a estas infaustas criaturas.
Las siluetas de ambos se fueron difuminando conforme se alejaban por uno de los pasillos, hasta desaparecer para siempre.