Diario de un imposible (Writing an impossible feat in my diary)

22 de septiembre de 2007

Memoria mía. Qué frágil te conviertes con el paso del tiempo, sumando multitud de recuerdos en el olvido.
Cuerpo mío. Qué inútil me resultas en la vejez, necesitando el apoyo del bastón o de la silla de ruedas para continuar recorriendo los lugares más comunes de la vida.
Salud mía. Qué quebradiza se torna con los órganos envejecidos y asumiendo la precariedad de las enfermedades.
¿Pretendemos tener una vida larga con un sufrimiento final necesario antes de abordar el recodo final del sendero que ha de conducirnos al cementerio?
Yo no lo deseo así.
Me presento. Soy David Hammer. Tengo cuarenta años. Dispongo de un trabajo estable. Estoy soltero y sin compromiso. Mi estado es bueno en general. No tengo sobrepeso, el nivel del colesterol nunca ha sido alarmantemente alto, hago ejercicio con cierta frecuencia, bebo lo justo y fumo dos o tres cigarrillos diarios.
Nunca he tenido alguna dolencia más allá de una simple gripe y tampoco he sufrido ninguna lesión física.
Un tipo sano, de edad mediana, que vive a su aire. Eso soy yo. Algo solitario y sin muchas pretensiones. Tampoco es que sea muy dado a integrarme en grupos sociales, y el apetito sexual lo controlo, sin que se convierta en una obsesión que me haga buscar ligues pasajeros en los bares de solteros o en las discotecas.
Lo que me intranquiliza es el paso de los años. Ahora cuarenta. Dentro de poco, sin darte cuenta de ello, llegarán los cincuenta. Y luego los sesenta, la jubilación y la fosa de la tumba del cementerio de la ciudad…
Deprimente.
Calidad de vida. No deseo morir tempranamente producto de ningún infortunio, pero tampoco llegar a viejo con un centenar de achaques.
Daría cualquier cosa por vivir cien años en buenas condiciones. Firmaría un pacto con el mismo diablo por llegar hasta esa edad con mi salud y mi estado físico actual.
Morir a los cien años con el organismo de un hombre de edad mediana. Suena bien.
Aún estoy esperando a un vendedor a domicilio que me ofrezca esa panacea.
15 de junio de 2008


Pasan los meses desde la última anotación reflejada en mi diario.
Sigo igual de optimista en lo que afecta a mi vejez. Las edades tardías del anciano. Je.
Demonios. Ha quedado claro en un chat que he tenido en un cibercafé con un interlocutor con el nick de SinReservas que todos mis pensamientos trascienden la lógica elemental del nacimiento, el crecimiento, la fase adulta, la madurez y la muerte del ser humano.
Estuve divagando con él sobre este asunto por espacio de la media hora que había pagado por anticipado para el alquiler del ordenador público.
Al final llegamos a la conclusión que antes de llegar al dolor ineludible, existen medidas paliativas. Si hay una reserva mínimas de fuerzas, el suicidio es la mejor de las maneras de atajar las inclemencias de la ancianidad.
Aunque no me veo arrojándome desde el pretil del puente de un río. En eso soy un cobarde.
Por tanto, no me quedaba más que asimilar el dolor, los síntomas amargos de las enfermedades cuando llegase a viejo. La terrible fase terminal.
“No seas tan poco positivo, tío. Puedes morir de viejo en la cama sin enterarte.”
Esta fue la aportación final de SinReservas a mi billetera necesitada de dólares.
Menudo alivio. En fin, mejor que termine con esta parrafada de una vez por todas.
23 de diciembre de 2008
¡Ten miserias, y el infortunio te las magnifica por mil!
Me ha costado un mes decidirme a escribir algo en mi bitácora.
El 22 de noviembre pasé la revisión médica anual con la mutua médica de la empresa en la que estoy trabajando. La doctora que me atendió reparó en un bulto surgido en mi axila derecha. Me sugirió que fuera a una revisión más exhaustiva. Como tengo algunos ahorros, fui a una clínica privada, y ahí se me detectó un cáncer.
Joder. Lo tengo extendido por el pulmón y parte del hígado. Me dan menos de seis meses de vida.
El caso es que no siento ningún tipo de malestar. Sigo haciendo ejercicio físico sin cansarme.
El dolor.
Quisieron convencerme para las sesiones de quimioterapia. Podría prolongar mis expectativas de vida en algunos meses más. Pero el sufrimiento iba a ser obvio.
¡No!
¡Dije NOOOO!
 ¡No quiero padecer ningún tipo de dolor!
Jesús. Ayer dejé el trabajo.
Me quedan unos pocos meses para disfrutar de los placeres de este mundo.
El final de mi existencia será horroroso.
¡No quiero llegar a conocerlo!
Mañana…
Si.
Mañana tengo decidido ir a una armería y comprarme una pistola.
Afortunadamente no tengo antecedentes policiales…

7 de enero de 2009.
Han pasado las navidades, y aquí sigo, vivito y coleando. Tengo la pistola guardada en uno de los cajones de la cómoda de mi dormitorio.
Joder, no tengo huevos para dispararme a la tapa de los sesos.
¡Pero no me queda otra!
Hace tres días hice ejercicio por espacio de hora y media en la bicicleta estática, y acabé reventado. Necesité dos días para recuperarme del esfuerzo. Me siento cansado. En exceso.
¡Nooo!
¡Maldita sea mi suerte! Con cuarenta  y un años.
A nadie le importa si voy a sufrir como un perro antes de morir. Tan sólo en la fase terminal se me administraría morfina.
¡No hay derecho, hombre! ¡Puta vida la mía! ¡Ojalá nunca hubiera nacido…!
Nunca, nunca, nunca…

10 de enero de 2009.
He querido realizar algo de footing, y me he tenido que detener al cuarto de hora, jadeando como un perro.
Luego me he pasado colgado en internet toda la tarde. Llevo así desde que dejé el empleo decentemente remunerado que tenía.
En una página web encontré algo sobre poderes sobrenaturales de un brujo haitiano. En uno de sus artículos asegura que está capacitado para reconvertir el dolor en placer, la enfermedad en curación. La vejez en un período de juventud longevo sin aflicciones e incomodidades propia de esa edad.
Ja, un brujo del demonio. Me reí a gusto. Aún así, le dejé un comentario con la dirección electrónica.
El resto de la noche me la pasé bajándome episodios de la serie Perdidos. Nunca la había visto, y ahora tendría la oportunidad de pegarme un atracón con ella…

11 de enero de 2009.
Se llama Jacques Dernier. Me devolvió la contestación a mi comentario a las pocas horas. En ella mostraba su pesar por mi estado de salud. A la vez se mostraba muy interesado en conocerme en persona. Afirmaba que conocía un método para atajar mis dolencias. De matar el cáncer. No mencionaba ninguna cantidad a cambio de esa primera toma de contacto.
Sin reparos le di la dirección donde yo residía. No me importaba derrochar mis ahorros en las vanas expectativas de curación que pudiera ofrecerme aquel curandero haitiano. Me quedaba menos de medio año de vida. No he hecho testamento, y si no gasto el dinero, lo que me sobre se lo quedará el estado, je.
Por lo demás estoy algo debilitado. Sin ganas de abandonar mi piso. De salir al exterior.
Como con desgana y veo películas y series bajadas por el ordenador de internet…
¡Ven brujo! ¡Sálvame! ¡Y si no consígueme un bebedizo que acorte este desdichado final que me aguarda!

13 de enero de 2009.
La cita con Jacques Dernier fue en una cafetería cercana. El hombre era sumamente joven. No tendría ni treinta años y estaba fino como un junco. Nada más verle llegar y situarse ante mi mesa, esbocé una sonrisa, pensando que el haitiano comía alpiste por su extrema delgadez.
Al sentarse frente a mí, me tomó la mano derecha entre los dedos esqueléticos y con los ojos cerrados, susurró unas pocas palabras en lo que debía ser creole. Abrió sus ojos saltones y se me quedó mirando con cierta afabilidad.
“Vayamos a su casa. Usted está enfermo por un mauvais oeil. Un mal de ojo que le ha echado alguien.”
“No lo entiendo. No tengo conocimiento de nadie que me odie” – le dije, consternado.
“No siempre puede ser echado por alguien que odie a otra persona. También puede formar parte del ritual de una curación. Una persona enferma que le haya pasado a usted su enfermedad. Pero no continuemos hablando aquí en público. Su cáncer se expande por los órganos vitales día a día, y tengo que atajarlo ahora, antes de que sea demasiado tarde e irreversible.”
Así ha sido cómo Jacques Dernier accedió al interior de mi vivienda.
Portaba con él una mochila usada y repleta de objetos singulares, figuritas religiosas y frascos de contenido indefinido.
“Échese sobre el sofá. Las manos sobre el estómago, el cuerpo relajado, los párpados cerrados”, me dijo con voz suave pero que reflejaba una gran seguridad ante lo que fuera a practicar en ese momento para evitar los efectos del dichoso mal de ojo.
“Estamos hablando de una especie de conjuro”, le interrumpí, abriendo el ojo derecho.
“Cierre el ojo de nuevo y no vuelva a hablar hasta que yo se lo diga.”
Cerré los ojos.
Jacques Dernier empezó a recitar un sinfín de palabras en su jerga haitiana, hasta sumirme en un sueño ligero.
Fui despertado por él. Abrí los ojos y comprobé horrorizado que el brujo estaba cubierto de sangre desde la cabeza a los pies. Estaba temblando.
“¡La ducha! ¡Deprisa! ¡Dígame dónde queda la ducha!”, me urgió con los ojos abiertos y casi en blanco.
Me incorporé de un salto, y con el corazón en un puño, lo conduje al cuarto de baño. Nada más entrar, Jacques Dernier descorrió la mampara de la ducha y se situó bajo la pera.
“¡Haga correr el agua! ¡Yo no puedo!”, gritó desesperado aquel hombre.
Hice girar ambas manijas. El agua surgió con fuerza y Jacques Dernier se sacudió bajo la cortina líquida, limpiándose toda su figura de la sangre que le recubría. Estuvo cinco minutos duchándose con la ropa puesta. Cuando terminó le tendí dos toallas. Abandonó la estancia tiritando.
“Le haré un café caliente”, le ofrecí.
“Si, por favor.”
El hombre aferró la taza y se bebió su contenido humeante sin el añadido del azúcar nada más traérselo desde la cocina.Sobre la mesita del salón ya no estaba el sobre que contenía diez mil dólares, el precio convenido por la sesión de hechicería.
Su tez oscura ahora estaba muy pálida. Su rostro estaba exhausto por el esfuerzo.
Miré la hora actual en el reloj de pared de la sala y me quedé sorprendido al comprobar que habían pasado cinco horas desde que me quedé adormilado en el sofá bajo la letanía susurrante del hechicero haitiano.
Jacques percibió el asombro reflejado en mi rostro.
“Señor Hammer. Tenía usted tres presencias malignas arraigadas en su cuerpo.”
“No le comprendo.”
“Tres personas enfermas le han utilizado como cuerpo receptor de sus males para así curarse ellas mismas. Nunca me había pasado con ninguna persona maldita. El ritual ha tenido que repetirse con cada mauvais oeil echada contra usted. Casi he sucumbido por el agotamiento de tal esfuerzo, pero he conseguido sacarle todas las impurezas. Ahora debo marcharme. Por favor, no vuelva a contactar conmigo. No quiero saber más de usted.”
Jacques Dernier se levantó con las ropas empapadas.
“¡Pero no puede salir así a la calle! Se va a congelar.”
El brujo asió su mochila y antes de abrir la puerta principal del vestíbulo, giró su rostro. Había envejecido prematuramente diez o quince años…
“Tengo que salir, señor Hammer. No tengo mucho tiempo para encontrar tres personas a las que echarles sus tres males de ojo…”
Con paso presuroso se dirigió hacia las escaleras.
Jamás volví a saber de Jacques Dernier desde esa fecha. Y su página web dejó de actualizarse desde el día mismo día de la visita.

21 de enero de 2009.
Por fin me han entregado los resultados de la revisión médica. El doctor que sigue las evoluciones de mi enfermedad se ha quedado impresionado por mi recuperación. Los tumores y los nódulos han desaparecido. Estoy sano. Ya no tengo cáncer metastásico. Soy un tío saludable de cuarenta y un años. Voy a recuperar mi trabajo. Puedo correr y andar en bicicleta de nuevo.
Por fin puedo escribir en este diario lo feliz que me encuentro.
Mientras, dejaré de pensar en lo que pueda aguardarme en la vejez.


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Soy el pie que pisotea, la mano que empuña un arma, la boca que escupe…

Él era todo lo contrario a un rayo de esperanza. Más bien era la mano que mantenía la cabeza de una persona que se estaba ahogando bajo el nivel del agua. O el tacón del zapato que pisaba los dedos de la mano de un suicida arrepentido que pendía del borde de la cornisa de la décima planta de un edificio.
Se llamaba Ryan. Peter. Marcus. Leopold.
Su identidad variaba según el momento. Su sexo era masculino. Lo único definido en definitiva.
Podía ser alto, bajo, gordo, delgado, rubio, moreno, albino, dotado de buena visión o ciego, muy hablador o mudo…
Lo que le caracterizaba era estar en el momento adecuado de un suceso inevitable pero a veces de final imprevisible si no interviniese él. Jamás elucubraba sobre las consecuencias de sus actos. Simplemente él era así. Si algo se salía del guión de la desesperación, se encargaba de remediarlo, dotándolo de un punto final de lo más apropiado.

Trabajar cara al público era duro. Siempre con la sonrisa permanente, atento y servicial aunque uno estuviese con un dolor de tripas del carajo.
Evander Allison tenía cincuenta y dos años. Su vida personal era un desastre. Cora, su mujer, tenía un cáncer terminal y su hijo único acababa de ser ingresado por sexta vez en una institución mental. Las deudas se acumulaban sin cesar. Aquel empleo era una tabla de salvación carcomida por el hambre insaciable de las termitas. El salario era bajo, de lo más miserable. Tenía que meter jornadas de diez horas diarias para acumular un cómputo mensual de 250. Con las horas extras llegaba entonces a los 1000 dólares… Porque encima las horas extras estaban igualmente mal pagadas. Si no las metía, no llegaba ni a 700 dólares. Una auténtica vergüenza en el corazón arrogante del gran sueño americano. Sus escasas amistades y conocidos aún le decían que debía de estar dichoso de tener un trabajo estable y más con su edad madura. No, si encima tendría que estar bailando el charlestón encima del lomo de un rinoceronte salvaje…
Evander no lucía un buen tipo ni siquiera con el añadido del traje negro de su uniforme de empleado de información del centro comercial de Westcover. Sus excesivos kilos de más y el que no se empeñara en mantener la chaqueta, la camisa y los pantalones planchados, sino más bien arrugados, le habían garantizado durante los meses que llevaba trabajando múltiples reproches por parte de sus jefes, hasta últimamente amenazarle con el despido si no se adecentaba lo suficiente. Sus ojeras eran profundas y llamativas. Estaba triste. Era lo lógico. Su Cora estaba en la planta de paliativos del hospital, afrontando sus últimas semanas entre los vivos. En cuanto terminaba su turno, sin haber cenado, se marchaba dispuesto a pasar la noche en vela cuidando a su querida mujer.
Sus manos temblaban incluso apoyadas sobre el mostrador mientras atendía a los clientes que le acosaban con multitud de preguntas y quejas. Estaban en plena campaña de verano, el aire acondicionado apenas se notaba, y la ropa del uniforme le pesaba. Sudaba por el cuello. Bebía agua a hurtadillas de un pequeño botellín oculto bajo el mostrador. Si le veía uno de los jefes del centro comercial, la bronca iba a ser épica. Había que llevar la imagen intachable de la empresa hasta el límite. Ante la cola de espera de los clientes no se podía dar a entender que el empleado estuviese agobiado y al borde de un ataque de nervios.
Un robot. Así es cómo debía de ser cada miembro de la plantilla del Westcover Mall.
Pero Evander estaba cada día con la moral más por los suelos. No le veía sentido a la vida. Iba a perder a Cora. Su hijo ya no existía como tal.
Estaba algo distraído cuando un hombre perfectamente vestido con un traje gris como si fuera un ejecutivo de Wall Street le enseñó los dientes perfectos desde el principio.
– Vengo a poner una reclamación contra el centro – dijo con voz neutra. Sus ojos ocultos bajo unas gafas de sol Ray Ban.
El cliente tendría de treinta a cuarenta años. El pelo corto. Los músculos de la cara tensos como si fuera un sargento a punto de cantarle las cuarenta a un recluta.
Evander sonrió con cierta desidia. La misma cantinela de todos los días. Que si los carros de la compra están situados demasiado lejos. Los lavabos sucios. No se encuentra la caja de pasta italiana deseada en el estante de la sección de alimentación seca. En la zona de juguetes no se ve ni un solo dependiente. El precio de un pasapurés no se corresponde con el que la cajera ha marcado en el ticket de compra. En los probadores de mujeres hay un hombre molestando y se precisa que acuda la seguridad del centro.
Evander tragó saliva.
– Usted dirá, caballero.
Aquel hombre apretó los dientes. Eran las nueve de la mañana. El centro comercial acababa de abrir las puertas y era el único cliente frente al mostrador de información.
– Sáqueme una hoja de reclamación. No tengo mucho tiempo. Quiero escribir mi queja y marcharme de este recinto.
– Antes de presentarle la hoja de reclamación, si puedo servirle de alguna ayuda para no precipitarnos con la queja.
– Usted deme el puñetero impreso. No va a convencerme para que no ponga la reclamación.
La actitud del cliente era muy arrogante. Evander le tendió una hoja de reclamaciones.
– No puedo escribir nada si antes no se me entrega también un bolígrafo. No pensará que voy a gastar la tinta de uno de los míos.
Evander correspondió con la petición del hombre.
Este, nada más tener ambas cosas, se inclinó sobre el mostrador y empezó a rellenar la hoja de reclamaciones.
Conforme lo hacía, fue susurrando cosas hacia Evander.
– Escúcheme, amigo. Tiene usted un trabajo de mierda.
“Aunque bien pensado, no se merece otra cosa. Dada su edad avanzada… Porque el futuro es de la gente joven.
Evander trató de apartarse del mostrador para evitar escuchar las frases dirigidas hacia él por el cliente. Este seguía escribiendo sin parar. Y al mismo tiempo continuaba hablándole con voz seca.
– Gente joven y de edad media. Así es como está el mundo organizado. Sí señor. Los peores puestos de trabajo y de más baja remuneración para la gente cincuentona, sin estudios universitarios y con una vida familiar caótica.
“Como la suya, amigo. Tener que aguantar aquí infinidad de quejas, la mayoría sin fundamento, vestido con ese traje de enterrador, con un horario terrible y con un salario risible.
Evander estaba de acuerdo con la apreciación del cliente, pero no con su tono de burla.
– Cada uno sale adelante como buenamente se puede – le dijo finalmente.
El cliente continuaba escribiendo en la hoja de reclamaciones sin dirigirle la mirada.
– Eso es, amigo. Está el caso de su hijo. Se lo pasa pipa con las lobotomías, eh. El que tenga la vista extraviada para toda la vida, parlotee incoherencias, con treinta años, y que lleve un pañal gigante, cuidado por el personal del manicomio, es conmovedor. Tiene que sentirse orgulloso del bastardo de único descendiente que tiene, amigo.
Evander se quedó de piedra. Se apoyó sobre el mostrador, a punto de zarandear al cliente. En breves segundos, su tensión arterial subió de tal manera, que si fuera tomada por una enfermera, esta se vería apremiada a llamar al médico para que le administrara un calmante.
Su ceño fruncido.
– Cabrón. Miserable. Usted me conoce de algo.
– Estoy rellenando la reclamación amigo. Es acerca de su comportamiento inadecuado. Sabe. Esto conllevará su despido fulminante. Lo demás vendrá seguido, porque espero que se lo tome en serio al conocer la muerte de su mujer. ¿Ve? El teléfono está sonando. Es del hospital. Con algunos días de antelación. Es una pena. Porque esperabas que ella aún viviera un par de semanas más, ¿verdad?
Evander estaba a punto de sujetarlo por las solapas y emprenderla a golpes con los puños sobre su rostro de ejecutivo altivo.
Justo cuando esto iba a suceder, una de sus compañeras le pasó el auricular del teléfono.
– Evander. Es del hospital.
Conforme atendía la llamada, el cliente entregó la hoja de reclamación a la compañera de Evander.
– Mis quejas van dirigidas hacia este hombre. Según mi opinión personal, no debería de trabajar aquí, cara al público. Sus formas dejan mucho que desear.
Antes de volverse para emprender la marcha, vio a Evander caer de rodillas, con el auricular entre las manos y recogidas sobre su regazo, llorando con desesperación.
– Mi Cora. No. Por Dios. No.

En esta ocasión se hizo pasar por Edward. Un hombre bien parecido, vestido para la ocasión como si fuera un tipo importante. En pocos minutos, encendió la mecha que hizo explotar la bomba. La mujer del tal Evander había fallecido. El hijo de este estaba perdido para siempre. La queja de la reclamación iba a hacerle perder el empleo.
Todo perfecto. En cuanto Evander abandonara el despacho donde se le comunicaba el despido, iría a casa. Ahí tenía guardado un revólver en el cajón de la mesita de noche.
Las veces que había fantaseado con volarse la tapa de los sesos…
Ahora, gracias a su intervención, Evander iba a despedirse de este mundo.
Recordemos que él era el causante del desaliento. La mano que impulsaba la paleta que aplastaba la mosca contra la pared.
Podía llamarse Edward. Robert. Regis. John.
Lo mismo daba.

“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.
Friedrich Nietzsche (1794-1832) Poeta y dramaturgo alemán.


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1000 escalones hacia el cielo. (1000 steps to heaven).

El sonido de un disparo, seguido de un fogonazo y el olor característico de la pólvora.
En qué pocos segundos la plenitud de una vida queda relegada al latido inconstante y débil que precede a la línea horizontal de la muerte testificada por el monitor del equipo de cardiología ubicado en la habitación de planta de una UVI de un hospital cualquiera.
Él no había estado preparado para una muerte tan prematura. Joder, si solamente tenía cuarenta años. Le quedaban unas cuantas décadas por disfrutar. Estaba soltero. Era mujeriego. Algo bebedor. Hijo único. Sus padres ni se preocupaban de su existencia, y él los repudiaba en secreto porque nunca le habían querido ni desde que el espermatozoide afortunado diera con el óvulo reproductor, fecundándolo de cara a su postrer nacimiento, del todo indeseado para ambos vista la indiferencia que habían demostrado por su crianza y posterior educación para la edad adulta. Así fue como siempre frecuentó compañías inadecuadas, bordeando la frontera cercana a la delincuencia, hasta cruzarla del todo.
A los veintitrés años había empezado a trabajar para un mafioso de origen ucraniano. Sus negocios principales eran el tráfico de armas, las drogas y la prostitución. Le enseñaron medidas de defensa personal, además de aprender a disparar con una puntería endemoniadamente certera armas trucadas reconvertidas en automáticas. A los veinticinco años se ganó completamente la confianza de Mykhaylo Kirichuk, y este lo consideró como uno de sus sicarios. A los veintisiete le encomendó que solventara todos los imprevistos que pudieran surgir en la organización. Se fue encargando de soplones, traidores, gente que debía dinero al no poder afrontar los altos intereses de los préstamos concedidos por Mykhaylo Kirichuk…
Era indudable que poco a poco, su gatillo fácil le reconfortaba. No le importaba ir solucionando los problemas finiquitando vidas ajenas a la suya. Es más, hasta se fue volviendo un sádico. Disfrutaba cuando encerraba a un pobre desgraciado en un cuarto de un edificio abandonado de las afueras de la ciudad. Manteniéndolo colgado cabeza abajo, atado por los tobillos por cadenas, miraba al desgraciado de turno y le susurraba:
“Reza fuerte, hijo. Y pide que Dios te libere de aquí a tres minutos. Porque cuando pasen ciento ochenta segundos, abriré la puerta, y como no te hayas fugado con la ayuda divina, seré yo quien entregue en bandeja tu alma a los ángeles caídos…”
Así fue creciendo en importancia dentro de la estructura criminal de la banda de Kirichuk. Para los cuarenta años, tenía un capital ahorrado importante, una buena casa dentro de una extensa propiedad en las afueras de la ciudad, tres coches de alta cilindrada, prostitutas de lujo que satisfacer su lujuria semanal…
Repentinamente, todo se fue al carajo cuando iba a ejecutar a un niñato que en su momento les estafó con una mala partida de cocaína. Sabía donde vivía. Acudió con algo de excesiva confianza. Cuando echó abajo la puerta de su miserable cuchitril donde se alojaba con el impulso de dos patadas, fue recibido por un certero balazo que atravesó su parietal por el costado derecho, atravesando su cerebro y con orificio de salida por el lado contrario, condenándole a una muerte fulminante. Aquella alimaña había recibido un chivatazo por parte de alguien, y cuando percibió la primera patada que se le dio a la puerta, se resguardó a un lado de la jamba. El resto es obvio. En cuanto atravesó el quicio, aquel cobarde le disparó con suma facilidad a la vez que le mandaba un recordatorio ingrato hacia la supuesta vida callejera de su madre.
Desde ese momento todo le resultó extraño.
Vio la oscuridad más pesada e ignota que jamás antes había percibido en su vida. Más allá de los rincones perdidos de su memoria antes de la conciencia al nacer.
Igualmente apreciaba una ligereza en los sentidos. Se sentía liviano, como si no pesara ni un mísero gramo.
Un hombre relleno de helio.  El hombre-globo del circo Popov. Eso era él ahora mismo. Aunque no flotaba, pues sentía los pies bien apoyados en el suelo. Debía ser que tenía un pequeño pinchazo por donde se escapaba el aire…
Quiso echarse a reír. Pero algo le decía que en el lugar que se encontraba raramente se prodigaban las risas.
Con este presentimiento, la negrura dejó paso a la luz.
(Empieza la función, muchacho)
Se encontró sumido bajo una intensa luz amarillenta que parecía proceder de un enorme proyector desde alguna parte ubicada encima de su cabeza. Y aquella luz remarcó el comienzo de una escalera. Se componía de escalones diminutos, de medio metro de ancho y sin barandilla que sirviera de apoyo. La escalera se perdía en las alturas…
– Mil escalones…
Aquella voz afilada y felina llegó procedente de alguna zona en concreto. Pero no pudo orientarse con ella debidamente. Parecía referirse al número de escalones que compondrían la escalera. Mecánicamente se acercó al inicio de la misma.
– Sube. Mil escalones y obtendrás tu recompensa…
Ahora parecía una voz femenina. Similar a la de su madre.
Quiso pensar en los motivos que tendría para que aquella persona desconocida y oculta en el anonimato de las sombras deseara que él ascendiera por la mencionada escalera de final interminable.
Pero su mente ya no regía sobre el control de los músculos de sus extremidades inferiores, y situó el pie derecho sobre el primer escalón. Avanzó sobre el segundo. A este le siguió el tercero. Y el cuarto…
Como si aquello fuera un juego infantil, se propuso llegar hasta el final. Estuvo contando los escalones que iba rebasando uno a uno, para así verificar si realmente aquella singular escalera se componía de mil peldaños…
75. 80. 90.
125. 164. 193.
Estaba subiendo a buen ritmo. Su respiración no se aceleraba. No tenía ningún problema, aún a pesar de tener un abundante sobrepeso ganado en los últimos años.
278. 341. 465.
515. 598. 647.
Se estaba acercando al objetivo que le marcaba la voz femenina. En ningún momento tuvo la tentación de detenerse en alguno de los escalones para mirar hacia atrás, afrontando su fóbico miedo a las alturas. Ni recapacitó en el tremendo riesgo que implicaba subir por una estructura tan estrecha y empinada sin la seguridad de poder aferrarse a un pasamano.
763. 813. 891.
907. 962. 997.
Ahí estaba. Cercano a los tres últimos escalones. La altura debía de ser tremenda, pero su vista estaba concentrada en sus pies, mientras su cabeza sumaba el número que debía concretarse en un millar.
– Mil escalones que te llevarán al lugar que te mereces, Simon Lorne.
La voz mencionó su nombre.
Se emocionó por ello. Enseguida supo que aquella escalera le conducía a un premio supremo.
El Cielo. A fin de cuentas el camino hacia donde se le conducía era del todo vertical. Y se sentía etéreo como un ángel.
Con anhelo, recorrió el corto trecho que le quedaba para llegar a lo alto de las escaleras.
998. 999.
1000.
En cuanto afianzó sus pies en el último escalón, una risa burlona resopló en su cara con desprecio. Le cubrió su rostro con escupitajos repulsivos conforme le decía:
– ¡Mira que eres presuntuoso, Simon Lorne! ¡Con todo el mal que has hecho a lo largo de tu vida, aún pensando en alcanzar la paz eterna entre los seres más justos y nobles de la historia del hombre!
“¡Pues va a ser que no! El haber subido una escalera tal alta y larga es para que así llegues al infierno de cabeza.
Inmediatamente, los escalones se recogieron, formando una rampa lisa e inclinada.
Sin tiempo de poder reaccionar, recibió un fuerte empujón en el pecho, y gritando de espanto, fue descendiendo por  el tobogán que iba a condenarle a formar parte del ejército de renegados de Satanás.


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Balada del Paladín Sanguinario (Ballad of the Bloody Paladin)

Espada empañada de sangre.
Muéstrame el camino hacia la destrucción.
Vivir es sinónimo del sufrimiento,
más mi instinto primigenio me pide sobrevivir
al amparo del dolor de los demás.
Pertrechado en mi armadura desgastada
marcho a pie con pisadas pesadas y pausadas,
pues hace tiempo que mi cabalgadura ha muerto,
inclinada ante el peso de mí destino.
Recorro senderos de locura,
entrelazados hasta formar nudos donde
la cordura queda atascada.
Mi aliento gélido surge de mis labios agrietados,
atraviesan las hendiduras de mi yelmo
y se desvanecen en la quietud de la noche.
El frío del invierno demuestra lo liviana que es la protección que uso,
al igual que el calor del verano persiste en la inconveniencia de su uso.
Es mi marcha.
La marcha del dolor que inflijo a la normalidad que rodea a las personas.
Pues una vez que desenvaino la espada,
sesgando vidas sin reparar en la importancia de las mismas,
el sosiego es sustituido por el espanto,
gritos,
aullidos,
lloros,
súplicas,
gemidos.
Todo ello antesala del silencio.
Cuando todo queda transformado en la nada,
guardo mi arma
y con cada lámina que conforma mi armadura recubierta de fresca sangre,
abandono las tierras de los caídos ante mi ira irreprimible,
marchando al encuentro de nuevas almas
que contente a mi señora,
la  Dama de la Muerte.


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Es la hora de mi paseo (Is time to take a walk)

Es la hora de mi paseo. Me llamo Verónica. Pero también podría ser Manuel. O Alejandra. O Francisco. O Laura. O Javier…
Qué risa me dan mis cortos pasitos de viejecita. Dicen que tengo ochenta y cuatro años. Pero yo opino que no tendré más de treinta. Es mi nueva ilusión. De ser joven de nuevo.
Estoy viviendo en una residencia para ancianos en Pamplona. Se llama la Casa de Misericordia. Aquí estamos bien atendidos por las monjitas, los doctores, los celadores, el hombre de la portería…
Visitas recibo ya pocas. Se me mueren antes que yo. Es lógico. Yo vivo mucho. Demasiado para el gusto de alguno. Que se chinchen.
Bueno, con la ayuda del bastón ya voy recorriendo el parque cercano. Es la Vuelta del Castillo. Es un sitio muy bonito. Encima me dicen que estamos en los sanfermines. Por eso veo tanta gente vestida de pamplonica, claro. Y también tanto extranjero. Y son muy jóvenes, los muy bandidos. Beben mucho y caen dormidos en cualquier parte. Eso me interesa. La juventud de las personas.
Bueno, primero voy a sentarme un ratito en un banco, a la sombra de un árbol. ¿Ya les he dicho que me llamo Arantxa, verdad? Tengo setenta y siete años, y estoy ya un poco delicada de salud…
Me concentro en los paseantes. La zona cercana a los baluartes de la Ciudadela está acotada por los fuegos artificiales de la noche, para que la gente no esté tan cerca y evitar quemarse con los restos de algún cohete pirotécnico que caiga por la zona. Pero aún falta un buen rato para verlos. El espectáculo empieza siempre a las once de la noche. Tengo buena memoria. Como que me llamo Patricio. Tengo ochenta y tres años y cataratas en mi ojo derecho.
Voy a levantarme. Me cuesta un poco. Ya no estoy para muchos trotes. ¡Hay que ver qué calor hace hoy! Treinta y tres grados. Me cuesta respirar. Voy mirando tratando de recordar el camino que he recorrido para llegar hasta el banco. Pero no me interesa desandar lo andado, jolines. Aún es temprano. Sólo son las seis de la tarde. Con dificultad, me subo a la hierba y me dirijo hacia el puentecito que conduce a la ciudadela por la Puerta del Socorro. Menuda historia tiene el puente. Hubo gente fusilada en la Guerra Civil bajo sus ojos. Me llamo Guillermo, y me acuerdo de esa época. A un chico lo salvé yo. Yo por aquel entonces también era mayor, y Francisco era un chiquito de veinte años…
Bueno, bueno… Hay bastante movimiento de personas por la ciudadela. Yo ya estoy cansado y me dirijo a un banco, cuando un joven se me acerca. ¿Qué querrá?
Me ofrece ayuda. Se interesa por mi salud. Claro, me ve en muy mal estado. La edad, el calor, los achaques que tengo…
Le pido amablemente que me lleve a una parte algo alejada del bullicio, donde haya sombra y podamos charlar un poco…
Aquel cuerpo ya no me era útil.
Estaba muy enfermo. Los tumores se expandían por los órganos vitales, especialmente en los pulmones, la tráquea y el hígado, donde los nódulos cancerígenos se hacían implacables en el deterioro de los mismos. Su osamenta estaba tornándose frágil. De hecho, cada vez estaba más fatigado. Sin muchas fuerzas.
Su respiración era atroz.
Simplemente su fin estaba muy próximo.
Tuve que aprovecharme del descuido de la cuidadora para marcharme de la habitación y de la residencia de ancianos. Con las fuerzas que me quedaban, busqué un joven en la Ciudadela.
Se llamaba Asier. Tenía veintidós años.
Fue perfecto.
Cuando intercambiamos cuerpos, me alejé de él, dejándole sentado en un banco a la sombra de un árbol. Tenía lágrimas en los ojos e imploraba que no me fuera.
Lo hice.
Debía sumarme a la fiesta. Estrenar mi nueva personalidad en el regocijo de los sanfermines.
Ya no me llamaba Alejandro. Ni tenía noventa años.
En realidad no tengo un nombre  en concreto.
Y mi edad es infinita.


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El impulso (The push)

Espero que disfruten con la lectura del siguiente relato. Ya saben, no está permitido acceder al recinto con diversos vegetales en avanzado estado de descomposición, como lechugas, tomates, etc… 

                No lo pudo soportar más. Los dos hijos que tuvo con Alina nacieron malditos. Imperfectos. Tuvieran los años que tuvieran, siempre iban a parecer niños de cinco años. No servían de ninguna ayuda para sacar la hacienda adelante. Él, Patriard, quien antes de tener progenie presumía en las tabernas del valle de su sana y contundente virilidad, ahora esquivaba los lugares públicos porque se sabía que era objeto de continuas murmuraciones, burlas y conmiseración por parte de sus antiguos amigos, vecinos y resto de habitantes de la zona. Se volvió una persona muy huraña, distante de toda relación pecaminosa con su mujer, centrado en la dura labor de la mera subsistencia, con dos hijos que eran una rémora para la débil y modesta economía familiar.
                Su carácter era cada vez más agrio, seco, rudo. Ignoraba a Rudolf y a Thomas. No los consideraba dignos de su atención. Era Alina quien se ocupaba de cuidarlos, de lavarlos y de alimentarlos, pues por ellos mismos no podían realizar ni las labores más básicas en la vida cotidiana de un ser humano normal.
                Pasaron unos años. Los niños se transformaron en jóvenes de quince y dieciséis años, pero la situación no había variado con el tiempo. Continuaban siendo criaturas inútiles.
                Patriard estaba harto de esa situación. Y su rabia se transformó en una furia incontrolable cuando supo que Alina estaba encinta de nuevo. ¡Era imposible! No mantenía relaciones carnales con ella desde que tuvo a Thomas. Su ardor lascivo lo consumía con las prostitutas de las aldeas cercanas, pero nunca jamás había vuelto a acariciar siquiera la piel de su esposa. Eso significaba que Alina le había sido infiel, que había mantenido un contacto íntimo con otro hombre. Y que el ser que iba a engendrar, pertenecía al miserable que había mancillado su apellido.
                Alina quiso serenarle. Le quiso convencer que aceptara las consecuencias de su adulterio.
                – ¿Cómo decís, ramera? ¡Que reconozca a un bastardo portando los apellidos de mi linaje!
                ” ¡NUNCA JAMÁS! ¡NUNCA! – gritó enardecido Patriard ante esa pretensión por parte de su mujer.
                – Pero, Patriard. Puede que el niño sea sano. Y por fin tengamos a alguien que cuide de sus hermanos, y a nosotros cuando seamos viejos y débiles.
                – ¡Estás insinuando que la responsabilidad es mía por haberte dado unas criaturas viles e insulsas! ¡Que con otro hombre, vas a obtener lo que siempre quisiste, un hijo sano!
                “¡Puta! ¡Malnacida! ¡No te necesito a ti, ni a lo que portas en el vientre, y mucho menos a los dos idiotas que tenemos por descendencia!
                Patriard no lo pudo soportar más, y decidió que lo mejor era acabar con aquella situación. Para ello utilizó con firmeza el hacha de leñador. No le costó mucho matar a Alina, aún a pesar de tener que escuchar sus ruegos, lloros y gritos de angustia. Más sencillo fue acabar con Rudolf y Thomas. Eran tan simples, que ni siquiera huyeron cuando fue en pos de ellos decidido a destrozarlos con el filo del hacha.
                Tras aquel acto de violencia desatada, Patriard abandonó su hogar para siempre, acarreando simplemente los complementos que utilizaba para la caza, vagando por los bosques y montes de los valles, medrando como si fuera un ser salvaje, alimentándose simplemente con lo que la madre naturaleza tuviera a bien propiciarle…




                Discurrieron semanas. Luego meses. Patriard se había convertido en un nómada, alejado de cualquier contacto humano, muchas veces por expreso deseo propio, y el resto por la soledad del entorno en que se movía. Eran parajes inhóspitos y nada frecuentados por las gentes poco aventureras.
                Aún así, un día descubrió un campamento, donde había personas afilando las herramientas. Cuchillos, hachas, machetes… Vestían harapos y estaban desaseados. Aunque el aspecto que debía de mostrar Patriard tras meses vagando por las montañas no debía de ser mejor al ofrecido por aquellos extraños.
                Tras pensárselo un instante, decidió presentarse ante ellos, pues sus utensilios de caza estaban con los filos romos, y pretendía pedirles que le dejaran amolarlos en una de aquellas piedras de afilar que estaban utilizando con tanto ahínco.
                – Hola. Soy Patriard. Soy un cazador y me he fijado que estáis afilando vuestras herramientas. Yo tengo las mías necesitadas de mejorar su corte, y me preguntaba si no os importaría que pudiera afilarlas en una de vuestras piedras – se presentó saliendo de entre la maleza.
                Eran cinco hombres. Todos se le quedaron mirando en silencio. Finalmente uno de ellos, el de mayor edad, le hizo una señal concediéndole el permiso.
                Patriard eligió la piedra que no estaban utilizando aquellas personas y se dispuso a mejorar el filo de su cuchillo.
                El sonido de la fricción de la hoja contra la piedra era lo único que se percibía. Tanto él como los cinco hombres estaban callados, contemplándose sin disimulo.
                Estuvo así un rato, hasta que terminó.
                – Bueno, ya está. Os agradezco el gesto y me marcho. Que tengáis buena caza.
                Los singulares cazadores le rodearon, impidiéndole que avanzara más pasos.
                – Si quieren alguna moneda, lamentablemente tengo que decirles que no tengo ni un cuarto de plata.
                El mayor se le enfrentó de cara. Posó su mano derecha sobre su hombro y le sonrió con franqueza.
                – En tal caso, tu aportación nos vendría bien. Quédate con nosotros una temporada. Te aseguro que se nos da bien abatir piezas. Luego ahumamos la carne y la vendemos en los mercados. Así sacarás un dinero que seguro que te conviene para salir de la pobreza.
                – Yo no soy pobre. Ni rico.
                ” Me encanta la naturaleza. Nunca me molesta nadie.
                – Bueno. Si no te apetece socializarte, por lo menos, en compensación por haberte dejado afilar el cuchillo, te pido que te sumes a la cacería de esta tarde. Siempre viene bien dos manos más que empuñen un arma, ja-ja.
                Patriard estuvo de acuerdo. Hacía tiempo que no cazaba en grupo, y sería revivir tiempos pasados más felices, mucho antes de haber tenido hijos.
                Fue invitado a un pequeño ágape para acumular energía que iba a emplearse durante la batida. Fueron trozos de carne ahumada y una pinta de vino de alta graduación.
                Animados por el alcohol, cogieron todo lo necesario, y el grupo se dispersó por el bosque en parejas. Patriard iba acompañado del cazador de edad avanzada.
                Estuvieron toda la tarde explorando la zona sin mucho éxito, hasta que dieron con la entrada a una pequeña cueva. Parecía una ermita. Y dentro se veía a un religioso rezando con devoción ante una reliquia.
                – Ya tenemos lo que queríamos… – le susurró el cazador a Patriard al oído.
                Este se quedó consternado por la frase.
                – Decías que estabais de caza. No saqueando a personas indefensas.
                Los ojos malsanos del cazador le miraron con cierta diversión.
                – Lo que no te hemos explicado, es el tipo de presa que buscamos.
                Nada más decirle esto, salió de su escondrijo y se dirigió hacia la ermita. El religioso intuyó su presencia por el ruido de las ramas al partirse bajo sus pisadas, pero antes de que pudiera incorporarse, ya le había soltado un buen tajo con el hacha en el hombro derecho. Con la sangre manando a chorros de la herida, y con la víctima gimiendo de dolor, el cazador buscó con la mirada a Patriard.
                – ¡Venga! ¡Échame una mano! Ahora tienes el cuchillo afilado.
                Patriard sintió que se le aflojaban las piernas. El efecto del alcohol ingerido y el grado de nerviosismo que experimentaba le impedían cualquier movimiento.
                Entonces el rostro del religioso se volvió. Buscó descaradamente a Patriard con la mirada.
                – Cabrón. Aún te resistes a morir – farfulló el cazador, impaciente.
                El religioso alargó una mano y se hizo con el hacha incrustada en su carne por el mango. En un movimiento brusco, dirigió el filo contra la garganta de su agresor, y con precisión, lo decapitó allí mismo. El cuerpo del cazador aguantó de pie un par de segundos, hasta perder el equilibrio y caer pesadamente sobre el suelo de piedra de la ermita.
                Patriard estaba atónito. La sangre ya no manaba del hombro malherido del religioso. Con espanto, lo vio incorporarse de pie, y sin saber cómo, se esfumó de su vista, apareciendo al instante enfrente suya, a escasos centímetros de su rostro aterrado.
                – Te llevaba mucho tiempo buscando, Patriard.
                – ¡Por Dios! ¿Quién eres?
                – Acuérdate de tu familia, Patriard. Reconozco que me alegré del final que les distes. Lo que me disgustó fue que luego no tuvieras el valor de quitarte a ti mismo la vida, y que te dedicaras a huir de tu destino.
                – ¿Cómo sabes lo de mi mujer y mis hijos? No había ningún testigo… Estaba a solas con ellos cuando…
                – ¿Lo ves, Patriard? Siempre titubeando. Si no hubiera sido por la de veces que estuve en el interior de tu cabeza induciendo a que cometieras el exterminio de tus seres, en este caso, poco queridos, nunca hubieras estallado en un arrebato de cólera. La locura no se hubiera asentado en tu mente. Y recuerda, gran y miserable pusilánime, que tu esposa fue promiscua a tus espaldas, y que tus hijos fueron sendas aberraciones. Así que eran merecedores de morir. Pero no, tú los estuviste soportando durante demasiados años.
                – No.
                – ¿Cuándo empezaste a sentir el ansia de matarlos? Yo te responderé. En los últimos meses. Antes ni se te había pasado por la cabeza tal ocurrencia.
                Era verdad. Patriard había soportado con resignación la terrible tragedia de su vida, como era haber tenido dos hijos por él no queridos por su apariencia y su simpleza mental. Fueron unos meses antes de que acometiera la matanza, cuando se inició aquel hervor que iba aumentando, hasta hacerle tener que soportar una rabia, una furia del todo incontrolable.
                Entonces llegó la fecha en que todo su odio hacia Alina, Rudolf y Thomas se manifestó, desencadenando un instante de violencia brutal, colmándole de satisfacción con cada golpe que les infligió con el hacha. Fueron unos minutos de dicha, escasos en sí, pues una vez disipada el ímpetu de su ira, el arrepentimiento de sus actos le hizo de abandonar su casa con el rostro en llanto…
                Aquella cosa embutida en los ropajes de un religioso escrutaba a Patriard con sus cuencas oscuras, negras como la pez. Su aliento era similar a las hojas caídas y pútridas por la humedad del bosque.
                – Reconócelo, Patriard. Precisabas de un impulso. La desgracia de tu familia, tu propia caída, la he orquestado yo.
                “Ahora sé valiente por primera vez en tu vida, afronta este último paso y acompáñame. Te prometo que al lugar que te llevo, no hallarás a los miembros de la que fuera tu infortunada familia.
                En cuanto mencionó estas últimas palabras, su figura se desvaneció con la nitidez del vapor del agua hirviendo frente a una corriente de aire. Patriard no tardó en escuchar las voces de los compañeros del cazador muerto, y para cuando quiso darse de cuenta, los tuvo a los cuatro arremetiendo contra su figura, con los cuchillos, los machetes y las hachas destellando sus filos recién afilados, iracundos todos ellos porque pensaban que había sido él el autor del crimen.
                Sus posiblidades de huída fueron nulas y tampoco iba a disponer de la más minima opción de poder defenderse. Pasados unos pocos segundos, entre la tupida maleza, los restos de su cuerpo se mostraban diseminados empapados en los charcos de su propia sangre, cumpliéndose el deseo de la aparición surgida con forma de religioso. Aunque esto último era una burla, porque de donde procedía aquel ser, la maldad pululaba a su antojo.


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Secuencias (Sequences)

Secuencias
La vida entera pasaba ante sus ojos con la similitud de secuencias cortas del tráiler de una película de cine.
Su padre vociferándole antes de darle la paliza de su vida por haber roto un cristal de un balonazo cuando tenía siete años.
Las malas notas continúas en el instituto.
Las borracheras nocturnas de su juventud.
Una gamberrada hecha a un conocido que le dejó tullido de por vida.
La tarde que conoció a Anita del Valle en el graderío del campo de fútbol.
Su boda.
El nacimiento de su único hijo.
El aborto natural del segundo.
La depresión de su mujer.
Los reproches de sus suegros.
El hastío hacia su trabajo de reportero de un diario de tirada local.
Su adicción a la bebida.
Las broncas hogareñas delante del pequeño Andrés.
Su falta de profesionalidad en su empleo.
La pérdida consiguiente de este.
Su incorporación al mundo del desempleo.
La solicitud del divorcio por parte de Anita.
El embargo del Mercedes por impagos.
El ahogo de la hipoteca del piso que amenazaba con dejarle en la calle.
Toda esta concatenación de imágenes desoladoras fue sucediendo segundos antes de que pudiese apreciar la última escena.
El impacto de su cuerpo contra el suelo tras haber ejecutado una caída libre desde la azotea del edificio de quince plantas.


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La parte oscura de la inmortalidad (The dark side of immortality)

– ¡Eres grotesco! ¡De lo más risible! ¡Mírate en el espejo! Das lástima.
” MISERABLE.
– Di lo que quieras. El pacto me protege. Para toda la eternidad…, o casi.
– En eso tienes toda la razón. Quien cuida de ti es prácticamente intocable para mis deseos de muerte. Y tú eres uno de sus siervos. Perseguías la longevidad, y la has obtenido. Con ello me has eludido por un cierto tiempo, pero obtengo a cambio tus propios servicios.
– Bien sabes que si hago tal cosa, es por necesidad. Cuando esto acontece, entonces tú te aproximas como un buitre carroñero para propiciarte tu festín. ¡Cuánto detesto que te beneficies de ello, pero no puedo impedir que hagas tal cosa!
– ¡Ja! Si lo hicieras, te convertirías en polvo al instante. Y formarías parte de la NADA.

*****

Era su sino engañar al ser humano para continuar existiendo, si bien no lozano y juvenil en la prolongación milagrosa de su interminable vida, si orgulloso y vanidoso ante el continuo pasar de los días, semanas, meses, años y décadas sin que su deteriorado aspecto exterior tuviera que por ello reflejar lo saludable de los órganos vitales encajados en las entrañas de su caja torácica.
Atrás en el pasado quedaba el extraño pacto que firmó con maese Villegas en una taberna donde se reunía la hez de los seres más innobles de la ciudad. En una mesa arrinconada, alejada del bullicio y de los curiosos por verse rodeada por un cortinaje de tela espesa que impedía la transparencia de todo cuanto allí acontecía, ambos cimentaron una amistad basada en el interés mutuo.
– Sois una persona de buena posición social y económica, estimado don Carlos. Debo poneros en aviso del riesgo que corremos ambos si cualquiera llegase a conocer de las circunstancias que estamos pactando ahora aquí mismo – le dijo Villegas, con el rostro recubierto por finas venillas que pareciera delatar su afición por la bebida.
– Deseo poner en peligro mi propia dignidad, si con ello consigo la recompensa que me aseguráis poder obtener a cambio de una firma.
– Entonces subiros la manga. Es preciso utilizar vuestra propia sangre como la tinta con que ha de redactarse el contrato.
En ese instante, Villegas se mostró como tal era. Un parásito infernal que precisaba de un ayudante para seguir existiendo. Y a cambio de los logros de don Carlos, le haría partícipe de su secreto mejor guardado, el de la prolongación de la vida propia…

*****

Aquel hombre tenía treinta años. Su vitalidad era necesaria para los dos.
Estaba acorralado en los bajos del sótano, donde bajo engaños fue conducido por el dueño de la casa que había solicitado sus servicios como criado. Opuso una tenaz resistencia antes de ser inmovilizado a la pared por grilletes. Desde ahí contempló a sus dos horrendos captores, quienes se habían transformado en unos seres inimaginables de maldad infinita.
– ¡Liberadme! ¡No me hagáis daño! – suplicó con voz trémula y al borde del llanto.
Don Carlos se aproximó hasta situarse frente a él. Contempló irritado como aquel hombre despreciaba con asco su físico apergaminado. Arrimó los dedos de una mano a su mentón y lo forzó a mirarle a los ojos. Sus labios resecos chasquearon para hablarle:
– ¿Acaso te afliges al verme? No pienses que el asco que te dé mi físico me afecta sobremanera. Lo interesante es que tu propia energía, tu juventud, impregnará la duración de mi vida hasta una nueva fecha, en donde necesitaré otro espécimen como tú para perpetuar la longevidad de mi alma hasta…, cuando Dios quiera.
Si es que acaso Dios existe se mofó Villegas desde un rincón donde había retrasado sus pasos para ocultar su espantosa figura entre las penumbras.
Don Carlos situó las palmas de las manos sobre la frente sudorosa e inquieta del hombre inmovilizado.
– ¡No! ¡No lo hagáis!
En instantes, el semblante del hombre fue envejeciendo, al igual que todo su cuerpo, transmitiendo su vigor y fuerza a Don Carlos, a la vez que esa pérdida suponía el deterioro para el organismo de la víctima.
De los treinta, pasó a aparentar los cincuenta.
Segundos después ya se había convertido en un anciano debilitado, cercano a los noventa años.
Sus ojos cegados por las cataratas se removían en las cuencas, con el labio inferior de la boca temblando, dejando mostrar su boca desdentada.
– Hijos de perra… ¿Qué me habéis hecho?
Don Carlos se apartó de aquella ruina humana. Aunque en su aspecto externo no se apreciase ningún tipo de rejuvenecimiento, se sentía más liviano al haber ingerido la esencia de la vida. Se la había usurpado al joven, y no tenía ningún remordimiento por haberlo hecho. Lo llevaba haciendo tantas veces. Tantos años.
Miró a Villegas, oculto entre sombras.
– Ya tengo lo mío. Ahora puedes hacer con él lo que te plazca – dirigió su voz hacia él.
– Te tengo dicho que no los hagas envejecer tanto. A esa edad que me los dejas, la carne está dura y cuesta digerirla…
Villegas emergió de su escondite y con voracidad se fue cebando en el cuerpo del ahora anciano. Sus mandíbulas se abrían y cerraban con un frenesí salvaje, devorando las zonas más blandas del hombre, quien hubo de soportar parte del trance estando aún vivo…
Y cuando murió, un tercer visitante se sumó a tan macabro festejo.
– Veo que en esta ocasión habéis terminado más deprisa de lo habitual – dijo el recién llegado.
Villegas escupió sobre el suelo antes de ausentarse de manera precipitada.
– ¡No quiero verte! Nos citamos en otra ocasión, don Carlos – dijo en un graznido.
-Sois patéticos. Tú y tu amigo. Podéis vivir mil años, que no dejaréis de ser otra cosa – dijo el visitante.
Se puso a observar los restos de lo que había sido un ser vivo sano hasta hacía cosa de menos de media hora. Las yemas de los dedos recorrieron con el tacto ciertas partes del cadáver.
– Deja de recriminarnos nuestra condición. Vivimos y no morimos. De eso se trata. Y como siempre, sin que te tengas que esforzar nada, obtienes también lo que siempre andas buscando por cada rincón de la tierra.
– Por algo soy la Muerte, don Carlos.
Se incorporó de pie. Ataviado de negro. Su rostro blanquecino, carente de emociones.
– No dudes que terminarás acompañándome un día. Y otro tanto el insolente de Villegas.
“ Pero hasta que ese instante llegue, he de reconocer que agradezco vuestros hábitos que os permiten manteneros activos.
“ Mi trabajo es muy cansino, y conseguir anticipar el fin de la vida de algunos, me supone un gran alivio, para qué negarlo.


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El rival (The opponent)

1.

“Lemon” Harley paseaba cansinamente por los suburbios de la ciudad. Eran las once y media de la noche del mes de noviembre. El frío era molesto. La humedad del ambiente, desagradable. La tristeza de la urbe, desalentadora. Y el motivo de su presencia por las calles abandonadas de transeúntes, su razón de ser.

“Lemon” era un hombre de cuarenta y cinco años. Su estatura era normal y no tenía sobrepeso. En su juventud se había cuidado, haciendo ejercicio y no dándole a la botella. Ahora fumaba en exceso. Casi tres paquetes diarios. Tosía a todas horas y escupía flemas viscosas y enfermizas como si fuera un tubo de escape de un coche de tercera mano.

Su apodo era debido a su carácter huraño y seco. No se relacionaba con nadie fuera del trabajo. Jamás tuvo novia, ni le había apetecido soñar con compartir su vida con otra persona. Vivía solo en un apartamento de una única habitación, con baño y cocina que hacía las veces de comedor. Cuarenta metros cuadrados de estancia rancia y envejecida por los casi cien años de existencia del inmueble. El casero era un polaco que le cobraba un alquiler de cuatrocientos dólares mensuales. Casi la mitad de los ingresos de su raquítico sueldo de taquillero del metro.

Aquella noche había tenido turno de dos a diez de la noche. Tras salir del mismo, había cenado en un restaurante chino. Repitió tres veces el aguardiente en modo de detalle final que ofrecía el camarero a los comensales al concluir la cena, antes de emprender el largo camino andando a casa. Tardaba casi tres cuartos de hora, y llegaría cerca de la medianoche. Le daba igual, no había quien le estuviera esperando…


2.

De una manera coloquial, la inmortalidad de Louis Armstrong fluía compartiendo voz y trompeta, canalizando su versión del tango El Choclo por el radiocasete del furgón. “Kiss of Fire”. Era su tema preferido antes de abordar al siguiente candidato. Le hacía extremar las precauciones pero al mismo tiempo le imbuía de un valor audaz a la hora de abordar las calles solitarias en busca de lo que se necesitaba.

El combate tendría lugar a las tres de la madrugada. No le quedaba mucho tiempo. En un principio, se decantaba por las callejuelas, los ojos de los puentes, las entradas a las estaciones del metro, los habitáculos interiores de los cajeros automáticos donde se refugiaban los vagabundos, pero tampoco dejaba pasar la ocasión si se le presentaba en forma de una figura que se le ocurriera salir a pasear por los rincones más recónditos, alejada de toda presencia testimonial que impidiera la facilidad de su captura…

Los acordes de aquella endemoniada trompeta… Dios… Estaba en trance.

De repente, vio una silueta encaminándose por la acera de la calle por donde transitaba su furgón. Era un varón de edad mediana. Aparentemente ebrio. Dirigió en un escorzo el vehículo hacia el bordillo, conduciendo con la mano izquierda, mientras la derecha recogía del asiento del lado el táser de impulsos eléctricos…

*****

A “Lemon”, la irrupción del furgón le pareció una escena cinematográfica de una película de Freddy Krueger, entre brumas y la caída de la lluvia fina. Se tuvo que apartar un metro del borde de la acera, creyendo que iba a ser atropellado, aferrándose con fuerza a la farola.
– ¡Gilipollas! ¿Está tonto o qué? – imprecó al conductor.
Quien estuviera dentro se trasladó con rapidez de un asiento delantero al otro, bajando la ventanilla.
“Lemon” Harley vio una mano apuntándole con una extraña arma.
– Qué…
Sintió una punzada de tremendo dolor al ser electrocutado por los impulsos del proyectil engarzado en su cuerpo, transmitiendo la descarga que le hizo desplomarse de manera súbita sobre el suelo…

3.

Una habitación de paredes compuestas por planchas metalizadas, de diez metros cuadrados. Desnuda de elementos decorativos. Adornada en cada esquina superior por cámaras de circuito cerrado. También había otra cenital, en el centro del techo. Y hacia la mitad de la pared del fondo, un reloj digital de grandes dimensiones, cuyo color de fondo era negro y los números blancos.

“Lemon” Harley fue conducido al interior de la estancia en contra de su voluntad, forzado por dos hombres vestidos de negro y con capuchas que simplemente mostraban los ojos y los labios a través de los orificios de las mismas.
– Entre sin resistirse – le dijo uno de ellos, que fue quien le había disparado con el táser.
– ¿Qué quieren? ¡Déjenme en paz! – replicó, visiblemente enfadado.
– Guarda tu mala leche para el combate – le avisó el otro hombre embozado.
– ¿Cómo?
“Lemon” fue encerrado en la habitación, abandonado a su suerte…

*****

– ¿Te costó mucho dar con la pieza?
– Bueno, estuve dudando entre un pobre desgraciado o por algo mejor. Este se me presentó y ya está.
” Coño. Espero que esta vez paguen más que la última vez.
– Ya sabes. Depende del tiempo que tarde en morir…

4.

Era un combate transmitido en directo a una serie de personas que estaban dispuestos a realizar importantes apuestas por el resultado final del mismo. Seres enfermizos y pudientes, que se divertían de esa manera, recibiendo las imágenes en sus ordenadores, teléfonos móviles, consolas con conexión a la red…

Las reglas eran simples.
Un exterminador.
Un contrincante.
Un cronómetro.
Determinar el tiempo exacto que duraría el combate.
Y todo ello porque el triunfador era claro.

5.

“Lemon” Harley vio la puerta abrirse. Lo pilló de espaldas a ella mientras contemplaba una de las cámaras ubicadas en las esquinas del fondo. Al volverse vio al guerrero.
Una bestia de casi metro noventa, cien kilos de peso, con musculatura creada a base de anabolizantes. Llevaba un chaleco de cuero gris oscuro tachonado con púas de acero, protección en los codos y rodillas y un casco de fútbol americano en la cabeza.
En sus manos portaba un garrote con clavos.
“Lemon” empezó a verlo todo con claridad. No iba a salir con vida de aquel lugar…

*****

El cronómetro se puso en marcha…
El combate fue desigual, como cabía esperarse.
Los dígitos se detuvieron en una cifra:
03:15:75
En esta ocasión no hubo acertantes por unas escasas centésimas.

*****

Cuando entraron para llevarse el cuerpo, su compañero le preguntó por la melodía que estaba tarareando entre dientes.
– Es un tango, tío. “Kiss of Fire”. No veas cómo lo interpretaba Louis Armstrong…


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Y la tierra le pertenecía…

¡Bogus Bogus! Estamos en plena madrugada, y aún estoy aguardando la cena. Se me está agriando el humor con la demora.
– Demonios. La culpa la tiene su sobrino Gurmesindo. En un descuido, ha cogido el Ñu relleno de lombrices y se lo ha regalado al vendedor de enciclopedias que estaba dándole la tabarra en el salón a la abuela de Dominique.
Bueno, después de todo ha sido una buena acción la de mi sobrino.
– El problema es que tendrá que esperar usted seis horas más hasta que la abuela esté tierna… Es lo que tenía más a mano para la sustitución del mencionado Ñu.
Sin comentarios. No me queda otra alternativa que centrarme en la revisión de mi nuevo relato.

La tierra le pertenecía. Una vez perdida toda la vitalidad, su ingreso en ella le supuso un renacimiento. Un útero firme y compacto. Una cuna donde regocijarse con la eternidad, contemplando la naturalidad impetuosa del día y la imperturbable soledad de la noche desde su pensamiento alejado de todo razonamiento lógico.
Su imparcialidad murió con su vida.
Su odio se acentuó hasta límites inabarcables desde un punto de vista del todo comprensible para cualquier miembro de la raza humana.
Ansiaba instaurar un régimen de terror que pudiera sacar de sus casillas a sus antiguos semejantes.
A partir de ahora, trataría de incrementar su propio legado maldito, dejando a todos los herederos del mismo desamparado y absorto en una vorágine de locura sangrienta que haría rebosar los albañales hasta desbordar los desagües de las alcantarillas de una calle cualquiera.


Claudia salió muy tempranamente como todas las mañanas en su labor de repartidora de prensa matutina. Pedaleaba con ganas en su bicicleta de montaña que le fue regalada en las pasadas navidades por sus abuelos maternos. La fricción con el aire hacía que sus largos cabellos castaños rubios se agitasen sobre sus hombros conforme avanzaba zarandeando de lado a lado la bicicleta, lanzando los periódicos en las entradas de las casas particulares del vecindario del pueblo.
Quedaban dos suscriptores a quien entregar la prensa, cuyas casas estaban algo distanciadas del resto por una pequeña arboleda atravesada por un sendero sin asfaltar, cuando una ráfaga de viento golpeó su rostro infantil. En un instante recibió con desagrado por las fosas nasales de su naricita achatada un olor sumamente desagradable.
Le recordaba a la sensación que recibía cuando visitaba la residencia de ancianos donde estaba ingresada su abuela Magie.

(el olor de la vejez, de la pérdida del control de los esfínteres, de la necesidad de su padre de tener que llamar al celador para que avisara a una de las enfermeras para el cambio del pañal)

Instintivamente, Claudia frenó en seco, apoyando el pie derecho en el suelo de tierra del camino.
Su pelo enmarañado reposó sobre su espalda.
El viento declinó su fuerza hasta detenerse del todo.
El hedor que le llegó al instante se tornó inaguantable. No tardó en sentirse mareada, con verdaderas ganas de vomitar el desayuno que se había preparado personalmente esa misma mañana antes de partir con su tarea del reparto de la prensa.
Un sonido singular la alertó.

(la tierra crujiendo)

Claudia se fijó angustiada en las grietas que se iban formando en el suelo bajo sus pies.
Cuando quiso darse de cuenta, la tierra firme y compacta se relajó, quedando desmenuzada, hasta transformarse en una zanja profunda, que fue requiriendo que la parte superior se deslizase hacía el fondo de la misma. La niña quiso huir pedaleando, pero en escasos segundos fue absorbida por la profundidad del hoyo, bicicleta incluida, siendo inmediatamente cubierta por una densa capa de tierra, que no tardó en volverse compacta, haciendo retornar el aspecto normal a ese tramo del sendero ubicado entre los árboles.

La rabia que le invadía fue correspondida por la posesión del cuerpo de la infausta muchacha. Con deleite fue absorbiendo sus fluidos vitales, diluidos por las enzimas de su complejo sistema digestivo.
No sentía ningún tipo de remordimiento por su corta edad.
En realidad le era indiferente.
Él ya no era humano.
Y la tierra donde antaño fue enterrado, era ahora su posesión más preciada.


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