La desaparición de Robert Smith.

Robert Smith es un nombre ordinario. Los hay a miles en el país. Enchufas la radio, y en cualquier emisora hay un Robert Smith, o bien de comentarista de partidos de voleibol, o bien en forma de oyente insoportable narrando su lucha contra la pérdida de peso en una anatomía gordinflona de ciento cincuenta kilos. Enciendes la tele, y si ves un partido de la NBA, verás a un Robert Smith machacando una canasta en doble giro y con los ojos cerrados, o si cambias de canal, allí tendrás a Robert Smith pronosticando la nevada del milenio en Buffallo, estado de New York, y si decides darle de nuevo al mando a distancia, en el canal 125 está la comedia de situación de un actor llamado Robert Smith intentando desplumar un pavo en la noche de navidad sin conseguirlo, claro está. Y están los Robert Smith en la situación de vecino de la tercera planta, del Robert Smith carnicero en el supermercado nada más cruzar al otro lado de la calle, el Robert Smith taxista que te llevará de vuelta al trabajo y el Robert Smith vagabundo que extiende su sucia palma de la mano para pedirte un dólar para la cerveza del desayuno. En fin, que lo dicho, Robert Smith a tutiplén… Pero seguro que no hay ninguno que se supiese por Youtube que quedara succionado por el conducto de ventilación y permaneciera atrapado ahí dentro de por vida. ¿A que no?

Este Robert Smith es un tío con el que yo nunca había tenido trato alguno hasta el preciso instante de conocerle en las oficinas del edifico Independence, que es donde yo trabajo de lunes a sábado. No les doy mis datos, simplemente confórmense con saber que soy el vigilante nocturno del inmueble. Veinte plantas de altura. Catorce horas de turno interminable para acumular las suficientes horas para sumar 1500 dólares a fin de mes. Mi trabajo es sencillo. Controlar desde una pequeña zona habilitada para la seguridad cada uno de los accesos exteriores e interiores del edificio con una veintena de monitores en blanco y negro, además de una ronda por todas las plantas desde el último piso al sótano cada hora y media. Nada, que no se requiere estudios superiores para realizar este trabajo. Aparte de no dormirse, sólo se precisa algo de concentración y de interés por hacer las cosas como es debido. Volviendo al asunto que nos interesa, en una de esas noches recibí la visita ya anunciada por una nota de mi compañero del turno de día, donde se informaba de que un técnico de la empresa encargada del mantenimiento del aire acondicionado iba a pasar la noche revisando los conductos de ventilación de las oficinas de la decimocuarta planta. El individuo en cuestión era, ustedes ya lo han adivinado, Robert Smith. Este Robert Smith era de estatura media, delgaducha y bastante normalita. Ni guapo ni feo. Y era genuinamente norteamericano, que hoy en día lo más normal es encontrarte con un tío de Manchuria hablándote en ruso. La única conversación que tuvimos fue extremadamente larga y amena. Vamos, que casi duró dos minutos.
– Buenas noches, caballero. ¿El motivo de su visita?
– Soy el técnico de Calor Nunca en Verano, y vengo a inspeccionar la instalación de las oficinas de la planta catorce que ha debido de petar.
– En efecto, señor. Aquí tengo una nota que me avisa de su llegada. ¿Me dice su nombre, por favor?
– Robert Smith.
– Bien. Ya está usted introducido en la base de datos del ordenador. Aquí tiene la acreditación. Le doy la tarjeta verde número trece. Debe de llevarla siempre en lugar visible.
– Aunque no haya nadie más por aquí que nosotros dos en toda la jodida noche…
– Así es, señor. Y recuerde que antes de irse, debe entregarla aquí en seguridad.
– Hombre, no me voy a llevar esta tontería a casa.
– Que pase buena noche, señor.
– Ya. Si le llama a husmear en las secciones del aire acondicionado algo divertido, para usted el trabajo.
Y así acabó nuestra efímera amistad.
Robert Smith se dirigió a uno de los ascensores, entró y desapareció de mi presencia para… siempre.
Al menos por el momento.



Hay veces que uno le da vueltas a la cabeza sobre un tema en cuestión. Esto es muy susceptible de suceder en un tipo de trabajo tan rutinario como el mío, donde el sonido de las alas de una mosca en pleno vuelo parece una novedad súper interesante, y más si lo hace al lado de un micrófono encendido del sistema de la megafonía central del edificio.
En esas ocasiones suelo divagar acerca de la naturaleza predecible del ser humano. A fin de cuentas, la mayoría de nosotros presumimos de un ego propio al mismo nivel que si fuéramos emperadores romanos, cuando una simple gripe nos tumba a las primeras de cambio y nos da la sensación que entonces no valemos ni para prepararnos un caldo de pollo. Y no digamos los accidentes tontos, del todo fortuitos, que nos dejan con algún que otro hueso roto, eso en el mejor de los casos, que en el peor la palmamos y ya nadie se acuerda de nuestra fama elevada al cubo, ja ja.
Me imagino que Robert Smith hubiera estado de acuerdo conmigo en todo esto. Más a partir del instante en que contemplé por el monitor doce como se encaramaba en la escalera plegable para retirar una de las rejillas del conducto de ventilación de una de las oficinas del piso catorce. Se le veía muy hábil con el uso del destornillador. Tanto, que sin querer, consiguió desequilibrar la escalera, quedándose medio introducido en el hueco, con las piernas colgando de mala manera.
Pensé, este tío es más gilipollas, que si cambia de oficio y se mete a la política, se nos forra.
Cuando patalearon las piernas, y tiró la escalera, le pegué un buen puñetazo a la mesa. Demonios. Me obligaba a tener que subir a echarle una mano. Encima en el intermedio de una ronda recién vencida y la nueva por llegar.
Aparté mi sabroso emparedado de pavo con lechuga (estaba a régimen) y me desplacé hasta el ascensor. Cuando llegué al piso catorce, miré la hora en el reloj y asumí que el pobre desgraciado ya llevaba casi cinco minutos colgando como un pelele por la abertura del conducto de la ventilación. Si encima tenía claustrofobia, a lo mejor me lo encontraba en pleno ataque de histeria.
Corrí a buen paso para acortar el calvario del operario de la empresa de mantenimiento de la instalación del aire acondicionado. Con las prisas, me equivoqué de oficinas. En la segunda intentona, esta vez acertada del todo, nada más adentrarme pude ver la escalera tirada sobre la moqueta del suelo y el hueco vacío del conducto. El muy ladino había conseguido introducirse de alguna manera por la abertura, y debía de estar dentro del tramo del conducto de ventilación.
Me situé justo debajo, apartando la rejilla caída sobre el suelo con mi pie derecho.
– ¿Señor Smith? ¿Está bien? ¿Acaso necesita ayuda para salir de ahí adentro? – le pregunté.
Su contestación me llegó metalizada y alejada de aquella entrada, como si hubiera ido avanzando y estuviera en otro nivel de la instalación.
– Ayuda… – dijo.
“Dios… Necesito que me saque de aquí…
El tono fue decayendo, hasta quedarse en un murmullo casi inaudible.
– Esto, usted es el técnico. Ya me dirá en qué forma puedo serle de ayuda – le hablé en voz alta, haciendo bocina con mis manos para que así pudiera oírme.
En esta ocasión no me llegó su respuesta. Simplemente pude percibir un movimiento lejano sobre el metal del conducto. Seguido de un aviso en la central de alarmas. Al notar su cambio de posición en el interior, se había disparado una alarma volumétrica dada la sensibilidad de la misma. Tuve que dejarle para bajar deprisa y corriendo a las dependencias de seguridad para anular el falso aviso, evitando que viniera la policía en vano. Aunque bien pensado, como aquél inútil no consiguiera salir del interior del sistema de ventilación, no me quedaría otro remedio que recurrir a sus servicios. Y seguramente a los bomberos.
El panel de las alarmas está ubicado en la pared izquierda. Al teclear el código de anulación, me quedé mirando de frente al conjunto de monitores. Me llamó poderosamente la atención como en un bufete de abogados de la décima planta la rejilla del aire acondicionado caía de sopetón sobre una de los escritorios.
Naturalmente deduje que era Robert Smith, tratando de salir por ahí. Lo maldije mentalmente, y de nuevo me encaminé al ascensor con la intención de llegar al piso décimo.
Tardé poco más de cuatro minutos en adentrarme en las dependencias de Morrison&Duwards Lawyers. El impacto de la rejilla contra la madera de caoba de la mesa había dejado una marca que iba a requerir explicaciones en cuanto se abriera el edificio a las siete de la mañana. Aunque en ese momento, era lo de menos. Alcé el rostro hacia la abertura y pude ver la cara sucia y apurada del técnico.
– ¡Hombre! No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido descender cuatro plantas por un recorrido angosto y estrecho en menos de diez minutos – le dije, sonriente.
El hombre no expresaba felicidad alguna.
Es más, sus ojos estaban casi fuera de las órbitas, con el ceño fruncido y los dientes apretados.
– No. No he sido yo… Hay algo… Que me está estirando… Oh, no…- Su rostro tenso fue sustituido por un gesto de dolor infinito. – Ah… Las piernas… Los brazos… El cuello… Me los está tensando… Como si fueran de plastilina… El dolor… Es inenarrable… Ayúdeme… Ayúdeme a acabar con este sufrimiento.
Entonces fue cuando saltó la alarma por segunda vez.
Miré a Robert Smith con cierta inquietud.
– Aguarde un poco. Tengo que bajar a silenciar el aviso de emergencia. Vuelvo enseguida y le ayudo a salir del conducto del aire – le dije, y me fui corriendo a toda pastilla.
Estaba tan nervioso, que bajé por las escaleras. El sonido de la alarma era estridente, con las luces de emergencia destellando en cada rellano. Cuando llegué abajo, introduje el código de desactivación por segunda vez. Las pantallas de los monitores estaban situadas al frente, y con consternación pude ver tres rejillas de ventilación tiradas por los suelos. Correspondían a las plantas decimonovena, undécima y quinta.
Lo más dantesco fue observar como por cada uno de los diferentes huecos de la ventilación asomaban de manera independiente una pierna, dos brazos y la cabeza de Robert Smith… En ese instante desde la quinta, donde asomaba parcialmente el rostro desencajado del técnico, su lengua se sacudió como una culebra, prorrumpiendo en un espeluznante berrido que pudo escucharse desde mi puesto de control.


Permanecí un buen rato sentado en mi puesto, sin capacidad de reacción. Contemplando fijamente los monitores, en un estado de shock. Pude ver cómo los miembros dejaron de moverse espasmódicamente pasados unos diez minutos, para luego ser recogidos hacia el interior de cada conducto.
Con manos temblorosas, llamé a urgencias, solicitando ayuda porque un técnico de mantenimiento acababa de tener un terrible accidente, quedando engullido por un tramo del sistema de ventilación central del edificio.
La policía llegó en menos de cinco minutos. Los bomberos en siete. Y todo cuanto puedo decir, es que pusieron todo su empeño en localizar el cuerpo de Robert Smith, guiándose por las grabaciones de las cintas de seguridad.
Tras dos días de intensa inspección, manteniendo el edificio acordonado y cerrado tanto al público como a los propios arrendatarios de las oficinas, se dio a Robert Smith por desaparecido en extrañas circunstancias. 
Obvio es decir que solicité un cambio de aires.
No me interesaba seguir mirando por los monitores las cámaras de vigilancia donde por última vez vi al señor Smith asomarse de manera simultánea desde distintas plantas del edificio.

Mi destino es hallarte en el infierno.

– Estás aquí por justicia. Es lo que te mereces.

– ¡Déjame! ¡No me hables más, bastardo!
– ¡Ja! ¡Ja! ¡Sigue así, sin medir tus palabras!
– No pienso hacerte ni puñetero caso. He de buscar una forma de salir de este sitio.
Pero no había salida.
La oscuridad medraba entre pasillos metálicos interminables, donde resonaban con estridencia los pasos. Su vista se adaptaba en cierta manera a las penumbras. Como si fuera una especie de animal depredador de vida nocturna.
Quiso mirar la hora que era, pero no encontró el reloj de pulsera en su muñeca izquierda. Es más, descubrió que estaba desnudo, representando las características externas inherentes a toda bestia asesina sin el menor de los sentimientos.
Golpeó una pared con los puños, enfurecido por estar encerrado en ese laberinto infernal sin un camino que condujera al exterior.
– ¡Continua así! ¡Exactamente representas lo que eres! ¡Tu incoherencia es una virtud en esta dimensión donde ahora te hallas!
– ¡Cierra tu puta boca!
– ¡Hablaré las veces que quiera! ¡Y me regocijaré mil veces con tu caída al pozo del dolor infinito!
Reanudó su caminar por los corredores. Su mente estaba desconcertada por la tensión. Condujo instintivamente los dedos sobre la frente, llevándose la sorpresa de toparse con la tersura repulsiva de su cerebro, asomando a través de un enorme orificio horadado en el hueso frontal del cráneo. Apartó los dedos de aquel contacto inesperado, con su respiración incrementándose por la agitación.
– ¿Qué significa esto? ¡Joder! ¿Qué me ha pasado?
– Ya te cuesta asumir que estás muerto…
Lidia.
Ángela.
Su hermosa y maravillosa mujer.
Su preciosa hijita.
Lidia tenía 36 años.
Ángela, 6.
El destino se comporta mucha veces de forma caprichosa, asentando de manera indiscriminada e injusta el dolor más profundo en el seno de una bendita familia formada por el amor y la consideración hacia el resto de las personas.
No estaba preparado para verse en una confrontación caprichosa y circunstancial con una miserable alimaña inadaptada, cuyo axioma era valerse de la violencia criminal para la consecución de sus sucios propósitos.
Carter lo supo cuando entraron en la sucursal bancaria. Un joven alto, desgarbado, vestido con vaqueros desgastados y con la personalidad oculta bajo un pasamontañas de lana negra los incluyó como rehenes en su asalto. Estaba fuera de sí. Consumido por el síndrome de abstinencia. Precisaba de un buen puñado de dinero para adquirir su dosis de droga. Salivaba. Pestañeaba sin cesar. Ordenaba de forma brusca a la familia recién llegada, a la cajera y al director. De alguna manera, este último pudo pulsar el botón de alerta a la policía. En escasos cinco minutos, el banco fue rodeado por tres coches. Todo transcurrió demasiado rápido para el ladrón. Al revés que para Carter, que vivió lo acontecido, escena a escena, a cámara lenta.
Aquel desgraciado perdió los nervios. Sin esperar a nada, se hizo con Lidia y Ángela, y con ambas se dirigió a la entrada. Exigió a los agentes que le dejaran irse en un coche. Si no cedían a sus deseos, empezaría a matar a los rehenes uno a uno.
Carter apreció que lo decía en serio. Estaba desquiciado. Enloquecido. Era un ser que no valoraba una vida ajena.
Sin venir a cuento, se escuchó un disparo. Acababa de ejecutar a su mujer delante de Ángela, demostrando a la policía que iba en serio.
Lidia cayó fulminada, exangüe sobre el suelo de la entrada, formándose un charco con su sangre. Carter gritó, desesperado. Corrió hacia ellos. Conforme se aproximaba, percibió los disparos procedentes de la policía. Aquel bastardo se agachó. Ángela logró desasirse de la mano izquierda del criminal, echando a correr hacia los brazos de su padre. Carter estuvo pendiente de la llegada de su hija. El estallido de una descarga se propagó por el interior del banco. Cuando Ángela quedó recogida contra el pecho de su padre, lo hizo debilitada, empapándole la pechera de la chaqueta con su sangre infantil.
En ese instante, Carter vio como su mundo perfecto se desmoronó con la facilidad de un castillo de arena.
Fueron apenas ochenta segundos de ingrata demencia.
El tiempo que llevó desde la muerte de su mujer, pasando por la de su hija, para culminar con la del propio asesino a manos de la policía.
Días de luto.
La ceremonia respetuosa del funeral.
El entierro prematuro de sus dos seres queridos.
Un dolor profundo. Una incomprensión infinita.
Los días de duelo fueron sustituidos por su adaptación a un mundo irreal.
Lidia. Ángela.
Ángela. Lidia.
Su existencia lastrada repentinamente por el deseo sanguinario brutal de un miserable inadaptado.
Estuvo dándole vueltas a lo inútil de su existencia.
Su tristeza fue sustituida por un ansia de venganza. De pura furia.
Tras días de cierta indecisión, buscó la dirección de la familia del asesino de su mujer e hija.
Se armó de una escopeta de repetición y se dirigió en la mitad de una tarde, dispuesto a impartir su propia justicia.

– ¡La diversión está muy cercana!
– ¡Cállate! ¡No soporto oírte!
– ¡Ja! ¡Vete acostumbrándote!
Sus pies estaban en carne viva. Llevaba no horas, si no innumerables días dirigiéndose por aquellos pasillos entrelazados que conducían a ninguna parte en particular. Su estómago estaba revuelto. No de hambre. Si no de los ardores del odio más nefando. Constantemente se tocaba la horrenda herida infligida a su frente.
Entonces…
Una figura surgió repentinamente al doblar la esquina de un camino. Entre sombras, su perfil era neutro. Cuando se movió y se le acercó, pudo ver que estaba igual de desnudo como lo estaba él. Lo primero que le llamó la atención del recién llegado fue la enorme llaga que supuraba sangre viscosa procedente de su estómago.
– ¡Joder! ¡Estás peor que yo! – le dijo, enfurruñado por el encuentro. – Ni que te hubieran pegado un buen tiro en las tripas.
Cuando el extraño alzó el rostro pálido y contraído por la ira, lo reconoció al instante.
Era el padre de aquella niña. (Ángela)
El marido de aquella mujer. (Lidia)
Aquel  hombre llamado Carter se contuvo como pudo por unos segundos.
Finalmente separó los labios para simplemente musitarle:
– Por fin te encuentro. Tuve que matar a tus padres y a tu hermana para obtener la condenación eterna.
Tomó impulso como un atleta al iniciar una carrera de cincuenta metros lisos, y sin más, se abalanzó sobre el autor de la muerte sin sentido de Lidia y Ángela.
Se entabló una pelea antológica. Una lucha que se repetiría constantemente entre aquellos dos contendientes.
A su vez, una carcajada estridente se expandía por las paredes de los pasillos metalizados del laberinto en forma de eco, evidenciando el soberano del mal eterno lo satisfecho que estaba por haberlos reunido a ambos en aquella prisión del inframundo.

Jugando con la arena.

                  Donovan se sintió externamente frío. Se desperezó, estirándose sobre una superficie dura, pétrea y gélida. No veía más que oscuridad y tuvo que quitarse las gafas de sol.

                Entonces…
                – ¿Dónde estamos?
                La pregunta surgió cerca de su lado. Era la voz de Mirtha. Estaba incorporada ya de pie, abrazándose a sí misma para tratar de entrar en calor. Desde la pared más próxima a ambos, una tea encendida iluminaba irregularmente parte del recinto.
                Donovan estaba asombrado. No le salían las palabras.
                Miró a su mujer. Esta reflejaba en sus ojos al borde del llanto el terror en el estado más puro.
                – ¿Y Leticia? ¿Dónde está nuestra pequeña? – inquirió  ella con estridencia, irritada al ver que su marido aún no reaccionaba ante la situación tan irreal en que se hallaban.
                Donovan iba a tratar de responder, cuando un aullido infernal e inhumano les llegó procedente de la oscuridad más alejada.


                Leticia estaba feliz jugando con la arena fina de la pequeña playa. Disponía de un cubo de plástico verde fosforito y su pala roja de juguete. Con un poco de agua recogida en el fondo del cubo humedecía un montoncito de arena para así crear la solidez necesaria para formar una casa.
                Leticia estaba algo alejada de donde estaban descansando sus padres, los dos tumbados al sol protegidos por un enorme parasol. Era temporada baja, el lugar de por sí era poco conocido y turístico y la playa estaba casi solitaria, motivo por el cual la familia había decidido ir a pasar la mañana ahí por el día tan cálido que había salido. También al tratarse de una fecha entre semana, era presumible poder disfrutar de un magnífico día de asueto de sol y playa con la tranquilidad de verse rodeados de muy poca gente que molestase. Para una excepción en que su padre tenía una jornada libre en el trabajo de la oficina, había que aprovecharlo a lo grande.
                Los padres de la niña estaban profundamente adormecidos sobre sus toallas de variopintos colores de tonos alegres y desenfadados. Leticia estaba tan atareada en la construcción de su casita de arena, que no se dio de cuenta de la llegada del niño. Se volvió al ver que la sombra proyectada por la silueta del niño recién llegado le tapaba su pequeña obra de arte.
                – ¿Qué haces? Apártate, quieres – le dijo, enfurruñada.
                El niño estaba en los huesos.  Parecía bastante enfermizo. Sus ojos eran muy saltones. Su tez estaba reseca y con zonas enrojecidas por la irritación en reacción al estar expuesto de manera directa al sol. Sobre su frente llevaba una cicatriz muy profunda y vestía ropa usada mal remendada.
                – ¿Puedes dejarme un poco de agua para construir con la arena algo interesante? – preguntó el niño de aspecto tan raro.
                – Vale. No me importa. Podemos jugar juntos – le contestó Leticia, sintiendo curiosidad por lo que pudiera formar con la arena.
                Le pasó el cubo. El niño se sentó a su lado. Amontonó arena y lo empapó hasta quedar satisfecho con la consistencia dada. Formó un pequeño hoyuelo con las manos en el suelo y extrajo de uno de los bolsillos de sus pantalones cortos deshilachados algo envuelto en papel de aluminio. Se lo mostró a la niña sin emocionarse.
                – Mira – dijo en un susurro.
                Fue abriendo el aluminio por los bordes hasta dejar a la vista una tableta de plastilina negra.
                – ¡Es plastilina! – dijo Leticia, fascinada.
                El niño la sonrió con desgana. Dividió la tableta en tres porciones. Una correspondía a dos terceras partes de la plastilina, mientras las otras dos porciones fueron partidas por la mitad exacta de la tercera parte restante. Los dedos de sus manos formaron una bola con la porción más grande. Luego la fue estilizando hasta que adquirió la forma de una cosa con seis patas y una cabeza deforme muy aplastada. Se la enseñó a Leticia.
                – Mira. Un monstruo – comentó con una sonrisa extraña.
                Depositó la figura del monstruo en el hoyo excavado en la arena.
                Sin detenerse, sus dedos dieron cierta forma a las otras dos porciones, hasta simular dos siluetas humanas. Igualmente se las mostró a Leticia.
                – Mira. Tus padres.
                Leticia estaba como hipnotizada. Cuando observó que  juntaba las dos figuras con la del monstruo en el fondo del hoyo, quiso protestar, pero el niño se llevó un dedo índice a los labios para indicarle que estuviera callada hasta el final.
                Se puso a tapar las tres figuras con la arena mojada y estuvo unos pocos minutos moldeando algo parecido a un montículo.
                Nuevamente reclamó la atención de Leticia.
                – Esa es una casa muy rara – se le anticipó la niña.
                – No es una casa. Es el lugar donde están encerrados tus padres.
                El niño entornó los ojos, mostrándole las encías sangrantes de la parte superior de su dentadura.
                – Ahora mira esto.
                Juntó ambas manos sobre la estructura de arena y apretó con fuerza hasta chafarla.
                Entre los resquicios de sus dedos surgió un líquido viscoso oscuro, procedente de la arena que presionaba.
                Contempló a Leticia con satisfacción.
                Soltó una carcajada amplia al advertir lo asustada que estaba.
                Finalmente le dijo:
                – Mira. Tus padres están ahora muertos.


                Leticia se marchó llorando, dejando atrás su cubo y su pala de juguete para jugar con la arena. Aquel niño malo la había asustado tanto, consiguiendo que se mojara la ropa interior. Se dirigió hacia la zona donde descansaban sus padres, llamándoles a gritos entre gimoteos.
                Pero al llegar al lado del enorme parasol simplemente encontró las toallas de playa empapadas de sangre.


La llamada inadecuada.

El teléfono sonaba todos los días. Nunca contestaba. Hasta aquella tarde…
(¡Ring! – ¡Ring!)
Descuelga.
Percibe al otro lado del hilo telefónico una musiquilla ridícula y repetitiva. Seguidamente se escuchan diversas voces propias de varias personas atendiendo a una serie de clientes al unísono. Es entonces cuando una voz femenina se pone en contacto con él.
– Hola. Muy buenas tardes.
Silencio.
– ¿Es usted el señor Lionel Rednack Perkins?
Un jadeo profundo como única contestación.
– ¿Perdone? ¿Está usted ahí? ¿Estoy hablando con el señor Lionel Rednack Perkins?
Carraspea para tragarse la propia flema que invade su garganta.
Llegado el caso, contesta con voz cavernosa.
– ¿Qué quiere?
– Me imagino que usted es el señor Lionel.
– ¿Para qué quiere saberlo?
– Si usted no es el señor Lionel Rednack Perkins, me interesaría que me lo dijera o si acaso está en la casa, fuera usted tan amable de solicitarle que se pusiese un momento al teléfono.
Sorbido de mocos.
– El señor Lionel no está disponible en este instante. Está del todo… ausente.
– ¿Y cuándo podría hablar con él?
– Dígame el motivo de su llamada.
– Soy Verónica Campbell, del área comercial de la compañía telefónica One Line. Es para hacerle una pequeña encuesta sobre su conexión a internet.
Silencio momentáneo.
– ¿Sigue usted ahí, señor?
La voz.
De una niña muy pequeña.

– Mami. ¿Por qué ya no eres tan puta? Con lo bien que te lo pasabas con los hombres sucios cuando no estaba papá. ¿Por qué lo hacías?
– ¿Cómo?
Incredulidad reflejada en el tono de la mujer.
La voz de niña se tornó en la de un hombre iracundo.
– ¡Cerdaaaa! ¡Ramera! Yo matándome con el camión en la carretera, y tú tirándote a todo el vecindario sin que yo lo supiera. Amanda no es mi hija. Lo engendraste de alguno de los chulos que te tiraste. ¡Guarra! Tuviste suerte que decidiera pegarme un tiro en la cabeza. Otro se hubiera llevado a ti y a la niña por delante antes de suicidarse…
– No. No puede ser. Jonathan…
Todo era verdad. La voz cambiante le estaba echando en cara su vida licenciosa. Su marido se quitó la vida. Y Amanda terminó hundida emocionalmente, recluida en un reformatorio desde los catorce años, para años después morir por una sobredosis de heroína a los veintitrés.
– ¿Quién eres? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo lo haces? ¡Dímelo! ¡Por amor de Dios, dímelo, maldito!
Ella estaba fuera de sí. Su voz fue solapada por la de sus compañeros en la centralita del departamento comercial de la compañía telefónica One Line, visiblemente preocupados por su súbito ataque de histeria.
Entonces…
Silencio.
La voz no dijo nada más.
Colgó el teléfono.
Y conforme regresaba a su habitación helada y oscura, pensó dentro de su mente ocupada por las voces del mal:
“Estás muerta, Verónica. Acabada como persona viva. Esta misma tarde. Yo lo ordeno. Es mi principal deseo. Así ya no me molestarás más con tus llamadas.”
En los días sucesivos, el teléfono permaneció mudo…

El mensajero de la Muerte. (Relato revisado).

I


Era un día desapacible, lluvioso y bastante frío. Mes de enero del nuevo año en curso.
Tim Blueberry estaba al lado del semáforo de peatones, esperando a que el dispositivo de señales del lado contrario de la calle se pusiera verde para así poder cruzar el paso de cebra. Había escaso tráfico a eso de las siete de la mañana, aunque al ser un barrio de los suburbios de la urbe no era de las zonas más transitadas a lo largo del día. Tim tenía desplegado el paraguas. Era un modelo plegable de bolsillo, de los que suelen regalarse en los supermercados de vez en cuando con la publicidad de la marca en la lona impermeabilizable de la misma. Faltaban quince segundos escasos para el cambio de luz, cuando un extraño se situó a su lado. Era bastante alto, delgado y vestía un largo impermeable azul marino que le llegaba hasta las pantorrillas. Sobre la cabeza un sombrero a juego para la lluvia. Sus facciones eran chupadas. Extrañamente, llevaba puestas unas gafas de sol estilo a las que utilizara en vida John Lennon, de lentes pequeñas y circulares.
La luz se puso verde.
Era hora de cruzar la calle.
Tim – le dijo al oído el hombre espigado, encogiéndose lo necesario para que le oyese.
Tim se quedó rígido.
El segundero debajo de la luz indicaba quince segundos restantes para recorrer el tramo que había de una acera a la otra.
Pero Tim ni se movió.
Volvió la cabeza, observando que el hombre se había estirado de nuevo.
– ¿Nos conocemos de algo? – preguntó intrigado.
El hombre estaba quieto. Parecía ni estar respirando.
– No – le contestó con voz monocorde.
Sin emoción.
– Entonces… – quiso continuar Tim, algo incómodo porque alguien que le era desconocido supiera su nombre de pila.
– Señor, vengo a decirle que su mujer y su hija están ya muertas.
En cuanto terminó de decir la frase, el extraño se marchó de su lado.
Tim tardó en reaccionar.
Hasta…
– ¿Qué dice? ¿Cómo puede decirme eso? Imposible. No. NO. Si acabo de dejar de verlas hace media hora. Desayunando…
Empezó a seguir al hombre del impermeable. Este se iba distanciando a largas zancadas. Andaba deprisa. Tim redobló sus intentos por alcanzarle, cuando la melodía de Dean Martin cantando la canción “Sway” procedió desde un bolsillo de su abrigo. Era el tono de llamada de su teléfono móvil. Se tuvo que detener en su caminata para atenderlo. En la pantalla vio el nombre de Kathy Moore. Era la vecina del piso de al lado.
Descolgó, aturdido por esa llamada.
– Dime, Kathy. Iba camino al trabajo.
– Timothy.
– Si.
– No sé cómo decírtelo.
– ¿El qué?
– Mary… Su depresión. Está aquí la policía. Por favor, ven rápido. Ha matado a Anita y luego se ha suicidado.



II


Patrick Lens estaba al borde de un ataque de nervios. El negocio particular que mantenía con su amigo y socio Robert Dumars estaba cerca de la suspensión de pagos. Se dedicaban a la producción de videojuegos de acción para ordenadores personales. En un principio, los primeros juegos tuvieron una gran aceptación. Llevados por el optimismo, contrataron a más programadores y resto de personal para la creación de los siguientes productos. En este caso, los números empezaron a no ser tan rentables. Tras tres sonoros fracasos de ventas, estaban ya a punto de cerrar la empresa. La última esperanza era el videojuego que estaban creando en ese momento. Pero necesitaban la inyección económica de un nuevo socio. Si no lo conseguían, todo se iría al garete. Robert había hipotecado su patrimonio personal, mientras Patrick había pedido un préstamo a un usurero, desesperado por intentar mantener el equipo de producción operativo unas semanas más.
Esas semanas ya estaban pasadas.
Su futuro ya era negro como el betún.
Estaba frente al escritorio de su despacho, esperando la llegada de su socio, cuando Virginia le anunció la llegada de una visita.
– ¿De quién se trata? No tengo a nadie citado en la agenda para esta hora – le contestó por el interfono.
La realidad es que llevaba sin tener una cita concertada en su agenda en el último mes y medio.
– No quiere darme su identidad. Simplemente dice que tiene que hablar contigo.
Patrick no estaba por recibir visitas inesperadas. Se terminó de morder una uña antes de dar el visto bueno.
– Déjale pasar. Puede que sea un mecenas de última hora que nos rescate de la hecatombe – dijo con risa nerviosa.
Cinco segundos después la puerta de su despacho fue abierta.
Patrick ni se movió de la silla. Estaba conforme con su ruina. ¿Qué le quedaba? ¿El suicidio?
El visitante era alto y delgado. Vestía un traje oscuro y llevaba unas ridículas gafas de sol de lentes redondas sobre el puente de la nariz.
– Dígame caballero. No se a qué viene, pero en fin, ya que está aquí, o bien me cuenta un chiste o me cita una esquela de la sección de necrológicas del diario. Lo mismo da, dada nuestra situación empresarial – se burló Patrick. Se colocó los pies encima de la mesa, y sin reparos le ofreció al recién llegado una mueca de desdén en los labios.
El hombre se mantuvo erguido, sin moverse un ápice de su sitio.
Tenía los dedos de las manos entrelazados sobre el vientre.
– Patrick. Tengo que comunicarle que sus padres están muertos.
Patrick se quedó de piedra. Se le borró la sonrisa falsa del rostro.
Bajó los pies.
Estaba al borde de la indignación.
– Maldito hijo de puta. A burlarse de su propia familia. Mis padres están perfectamente.
– Vengo también a decirle que Robert Dumars está muerto.
– ¿Qué es esto? Espera. Alguno de los empleados me está gastando una broma. Dada nuestra situación, querrá vengarse de esta manera. Pues me parece una auténtica memez. A reírse de sus muertos. Le despediré anticipadamente, ja.
Se incorporó de pie. Estaba exaltado. Estaba a punto de ir a por el hombre alto. Tenía ganas de echarlo a patadas. Finalmente apretó el interfono.
– ¿Sí, Patrick? – contestó Virginia.
– Hazme el favor de llevarte a este señor de aquí antes de que le de un buen puñetazo y le reviente sus estúpidas gafas.
El hombre de las lentes oscuras se mantuvo impertérrito, fijo en su lugar.
– La mujer de Robert Dumars también está muerta – concluyó.
Fue entonces cuando se dio la media vuelta, y antes de que acudiera la ayudante, abandonó el despacho.
– Maldito chiflado – masculló Patrick.
Virginia asomó medio cuerpo por el quicio de la puerta, preocupada.
– ¿Sucede algo malo, Pat?
Este se dejó caer en su silla.
La miró, desquiciado.
Todo estaba perdido. Su negocio, su vida.
– Será un puñetero jugador. Conoce nuestros nombres. Los ha debido sacar de Internet o de los créditos finales de los juegos.
Media hora más tarde vino lo peor.
Recibió la visita de un inspector de policía.
Su socio Robert Dumars había acudido armado al domicilio de Patrick, y al no encontrarle ahí, optó por acabar con la vida de sus padres. Acto seguido Dumars fue a su propia casa, asesinó a su mujer y terminó quitándose la vida de un tiro en la boca.
Definitivamente, todo estaba acabado.
A los pocos días, Patrick se quitó la vida arrojándose a la vía del tren.



III


El párroco estaba a punto de dirigirse al confesionario. Eran las once menos cinco de la mañana. La hora de atender los gestos de arrepentimiento de los feligreses más creyentes de la iglesia de Santa Eugenia.
En las décadas más recientes, el curso del tiempo estaba llevándose a la mayoría de los parroquianos. Eran todos mayores, y la juventud no se sentía atraída por ir a la iglesia. Así que no le era extraño encontrarse poca gente rezando de rodillas en los bancos, esperando el turno para ir a confesarse los pecados livianos que agobiaban sus conciencias.
Justo cuando iba camino del confesionario, vio a un hombre de edad indefinida. Estaba de pie, como si estuviera aguardando su llegada. Vestía un traje de luto, con unas diminutas gafas de sol que ocultaban su mirada. El padre Stephen pensaba que no tendría más de cincuenta años. Al pasar a su lado, lo saludó con una inclinación de cabeza y una media sonrisa.
Entonces…
– Padre Stéfano.
El párroco se quedó quieto. Nadie le llamaba por su nombre en italiano.
– Dígame.
– Tengo que decirle algo.
– Ahora mismo empieza el horario de confesión. En cuanto llegue su turno, podrá decirme todo cuanto le aflige, hijo mío.
Quiso continuar andando hacia el confesionario, pero aquel hombre espigado y delgado alargó su brazo derecho y posó la mano sobre su hombro izquierdo, impidiéndole marchar.
– Hijo mío, tengo que iniciar el oficio de la confesión a mis feligreses.
El rostro del hombre permanecía inmutable.
Simplemente sus labios quedaron separados por unos segundos ínfimos para decir:
– Padre. Hoy usted muere.
Aflojó la presión de los dedos sobre el hombro del sacerdote.
El tiempo que este se quedó pensativo fue el necesario para que aquella persona abandonara la iglesia por una de las entradas laterales.
El padre Stephen se quedó bastante azorado. Tenía sesenta años. Su salud era buena.
Evidentemente, aquel hombre debía de estar trastornado para haberle dicho eso.
Reanudó su marcha hacia el confesionario.

El resto del día todo transcurrió con absoluta normalidad. Se confesaron siete feligreses. Ofició dos misas y por la tarde el rosario.
Fue justo al cierre del templo, las siete de la tarde, cuando vio una figura que le llamó la atención. Era un chico joven. Estaba sentado medio encogido en uno de los últimos bancos. Conforme se acercaba a él, vio que tenía muy mal aspecto. Ropa descuidada y sucia. Tendría como mucho veinte años. Los ojos vidriosos y el rostro enjuto y enfermizo. El joven le miraba con desconfianza conforme se le aproximaba al banco en el cual estaba sentado.
Al verlo de cerca, el padre Stephen supo que era un drogadicto.
– Hijo mío. Es hora de que salgas. Voy a cerrar las puertas del templo – se dirigió a él con voz suave y cariñosa.
El joven lo miró fijamente. De repente se alzó y exhibió una jeringuilla usada.
– Déme todo el dinero que le hayan dado hoy – le amenazó, usando la jeringuilla como si fuera un arma blanca.
– No puedo, hijo mío. Lo poco que se me entrega, son donativos para la Iglesia. Tienes que entenderlo – suplicó el padre Stephen.
Pero el joven dominado por la falta de dosis en su salud enfermiza perdió todo control sobre sí mismo.
Se echó encima del cuerpo del sacerdote. Empuñó la jeringuilla contra su cuello, quebrándose la aguja bajo la piel. El padre Stephen cayó al suelo de espaldas. El joven lo acompañó en su caída a causa del impulso. Rota la jeringuilla, extrajo un punzón del bolsillo de los pantalones. Desenfrenado, en el suelo le hincó varias veces la punta de la herramienta en el rostro. Alcanzó sus ojos, sus oídos, su garganta…
– No, hijo mío… Qué me haces…- imploró el padre Stéfano.
Poco a poco fue perdiendo fuerzas.
Su vista se nubló por las incisiones. El dolor lo acompañó. La sangre le fue llenado su propia garganta, atragantándole, sin que pudiera decir más.
El joven agresor persistió en su violencia, enloquecido, sin saber que el sacerdote acababa ya de morir, y por tanto, ya no era necesario continuar cebándose en su cadáver.
Cuando se hubo calmado, y sin haber rebuscado dinero alguno, abandonó la iglesia por una de las salidas laterales.




IV


Era una habitación miserable de una pensión de mala muerte. Disponía de lo mínimamente necesario para que un ser humano pudiera vivir ahí.
Una llave giró en la cerradura. El huésped tuvo que insistir tres veces hasta que por fin pudo tener acceso a su hogar.
Cerró la puerta con suavidad y colocó el pestillo del cerrojo.
Seguidamente se dirigió hacia su lecho.
Se tumbó sin quitarse la ropa que llevaba puesta, un traje oscuro.
No había encendido ninguna luz.
No le hacía falta.
Sus dedos sujetaron las gafas diminutas de lentes oscuras. Se las apartó de los ojos y las depositó encima de la mesita de noche.
Tenía los párpados pesados.
Estaba debilitado por el esfuerzo derrochado a lo largo del día.
Se llevó los puños a los ojos y se los restregó con fuerza.
Al fin pudo dejar traslucir sus emociones.
Empezó a llorar con fuerza.
Como un niño pequeño.
Él, que era alto.
Metro ochenta medía.
Él, que llevaba tantos años echados a la espalda.
Acababa de cumplir los 47.
Nunca se acostumbraría a su dolor.
Continuó frotándose los ojos.
En la oscuridad, surgieron destellos.
Como luces parpadeantes de un árbol de navidad.
Quiso apretar los dientes para no gimotear más.
Pero le fue imposible.
Y así estuvo llorando en soledad, maldiciendo una vez más su don como mensajero de la muerte de los demás.

Especial Relato de Halloween: "El error de Bertelok".

Bertelok era un demonio menor de la discordia. Su principal objetivo era sembrar el caos y la incertidumbre en el género de los seres mortales. Amén de recolectar almas para el fuego eterno. Su diferencia con el resto de los miembros del inframundo pecaminoso era una habilidad que le permitía adoptar una figura normal con apariencia humana, sin necesidad de tener que poseer un cuerpo verdadero.

Bertelok vestía ropajes llamativos, similares a los de un trovador, e incluso con la ayuda de ciertos silbidos conseguía atraer la atención de quienes le contemplaban. Pero aún a pesar de ser un demonio, estaba fuera de su hábitat natural, y debía de comportarse con cierta cautela para no ser descubierto. Pues si alguien adivinaba su lugar de procedencia, perdería su disfraz y debería de regresar con presteza a la seguridad de las mazmorras inferiores, donde las calderas de ácidos contenidos bullentes eran removidos constantemente para ser aplicados sobre los cuerpos de los condenados. Una vez allí, sería castigado con tareas humillantes por el fracaso de la misión, habida cuenta que se le permitía la salida condicionada con la recolección de un número indeterminado de almas que contribuyeran al incremento de la población habida en el averno.
Bertelok, llevado esta vez por su extrema cautela, recurrió a la forma más sencilla de cosechar almas cándidas. Decidió visitar una aldea pequeña e inhóspita, de unos cien habitantes, ubicada en las cercanías de un terreno de difícil acceso por hallarse enclavado en la ladera empinada y escarpada de una colina rodeada por vegetación agreste muy tupida. Le costó sortear las plantas silvestres y los matorrales por su condición humana. Cuando alcanzó la entrada al insignificante poblado encontró cuanto ansiaba. Los hombres estaban ausentes por sus tareas y únicamente estaban las mujeres con los niños pequeños y los ancianos que apenas podían caminar erguidos por el supremo peso de los años.
Bertelok se acercó a una señora y le hizo una ridícula reverencia. Acto seguido la miró a los ojos, y sin musitar ni media sílaba, la convino a que le siguiese. Ella obedeció con docilidad, eso sí, andando muy despacio y arrastrando los pies. Así fue visitando cada choza y cada rincón de sitio tan miserable. Su capacidad de hechizar a la población femenina de la localidad hizo que congregase a treinta y siete mujeres en edad de aún poder mantener descendencia en lo que pudiera considerarse la plaza principal del pueblo.
Bertelok las miraba medio satisfecho. Su lengua se deslizó por los labios con cierta lujuria, aunque no le estaba permitido mantener relaciones con la especie humana. Para ello, antes tendría que ascender en el rango del inframundo. Aunque cuando esto sucediese, sin duda escogería algo más decente.
Las mujeres permanecían quietas de pie, con la vista perdida como si estuvieran con los pensamientos congelados. Los brazos colgando a los costados. Las piernas estaban algo descoordinadas. Sus teces pálidas, como si evitasen el contacto del sol diurno. Algunas mantenían las mandíbulas desencajadas, mostrando una dentadura imperfecta.
Era su instante de gloria personal. Bertelok pronunció una única frase en un idioma desconocido para las aldeanas. Una recia neblina fue rodeándolas y cuando a los pocos segundos quedó dispersada, todas habían desaparecido camino al infierno.

Transcurrieron algunas horas. Los hombres del lugar fueron llegando poco a poco, con la ropa destrozada y colgándoles en harapos y la piel hinchada y recubierta de arañazos profundos. Se incorporaron a la vida propia de la aldea sin en ningún momento extrañarse de no hallar a ninguna de las mujeres. Tan sólo estaban las personas más ancianas y los niños en la localidad. Caminaban sin rumbo fijo, tropezándose los unos con los otros. A veces perdían algún miembro. Otras veces gruñían y se enzarzaban en alguna pelea que conseguiría empeorar su pésimo estado externo. Pasaban horas y horas. No descansaban en todo el día y continuaban durante la noche desangelada. Vagando de un lado para otro. Abandonando el pueblo, recorriendo las cercanías, sin poder ir más allá de las lindes por la espesura de la vegetación que les rodeaba, manteniéndoles apartados de la civilización.
En el pasado cercano fueron gente normal y sana, hasta que por causa de una extraña enfermedad o contagio, habían dejado de ser seres vivos, para limitarse a los movimientos inconexos de los muertos vivientes.
Pues ese había sido el grave error de Bertelok, y que sin duda le supondría una reprimenda de lo más severa, ya que aquellas mujeres que se había llevado consigo estaban desprovistas de toda vida, y sus almas hacía muchos días que emigraron a un lugar más acogedor que el averno.


La caja del Alma.

Era una atracción de lo más singular. Situada encima de un mostrador rectangular, había una especie de caja de madera artesanal sin barnizar. Estaba supuestamente hueca por dentro y tenía una tapa en la parte frontal ofrecida al público con forma circular y un tirador.

El dueño de la barraca anunciaba a viva voz lo divertido del número de la “Caja Del Alma”.
Consistía en que el cliente, tras el pago de la entrada, se situase frente a la caja, se agachase de tal manera que su cabeza pudiese ser introducida al completo dentro de la caja por el orificio circular hasta el tope de su propio cuello.
Una vez en esa postura ligeramente incómoda, disponía de dos o tres minutos donde se le iban a reflejar imágenes del alma. El feriante les hacía ver que lo que se obtenía con la caja era un resultado que se acercaba bastante al mito de la muerte, cuando la persona tiene la sensación de caminar hacia una lejana luz ubicada al final de un túnel oscuro, y mientras lo recorre, se le reproducen en imágenes todos los aspectos de la vida discurrida hasta entonces, como si fuera una película.
Con esta premisa, el feriante conseguía un cierto flujo de clientes interesados por revivir de algún modo escenas del pasado.
Tan sólo estaba permitido acceder a la caja personas adultas. No era un espectáculo para los jóvenes impresionables y los niños.
Por el hueco de la caja entraban decenas de cabezas de varones y mujeres. Las reacciones que experimentaban al retirarlas minutos después eran muy variadas. Había personas con el rostro risueño. Otras sin embargo, estaban afectadas por el dolor de haber recordado fases tristes del pasado. Las más, emocionadas por cuanto les había sido ofrecido en el interior del enigmático objeto.
Pasaron dos días de exponer la “Caja del Alma” en la feria del pueblo.
Todo iba transcurriendo con normalidad, hasta la tarde en que acudió un caballero ataviado con un traje gris y con gorra de golf. A pesar de su vestuario, su rostro vulgar y sus enormes manos curtidas daban a entender que era un obrero. Su edad era intermedia. Difícil de precisar si tendría cuarenta o cincuenta. La tez esta adherida al hueso del cráneo, por la extrema delgadez del rostro. En cuanto llegó, lo primero que hizo fue adelantarse al resto en la cola de espera. Hubo quejas, y por medio de la sensatez esgrimida por el feriante, se le convenció para que esperara su vez.
Eso sucedería media hora más tarde.
El dueño de la atracción le animó a subirse al escenario.
El hombre trajeado lo hizo con cierto ímpetu. Su vista no se apartaba de la tapa de la “Caja del Alma”.
– Amigo mío, en cuanto suelte unos chelines, podrá visitar fragmentos de su pasado en la intimidad de la caja. Podrá llorar, reír, emocionarse con lo que vea. Pero antes, el dinerito, por favor.
Aquel hombre bufó. Giró su rostro y contempló al feriante con evidente disgusto. Rebuscó en los bolsillos la cantidad que le reclamaba. Cuando reunió las monedas suficientes, se las tendió con prisa, volviendo a observar la caja con apremio.
– Ja, ja. Caballero. Todo correcto. Ya puede usted disfrutar del espectáculo que este portentoso y extraordinario objeto ofrece a todos quienes escudriñan en su interior.
El cliente huraño abrió la tapa y se acomodó la cabeza dentro de la caja, con las manos apoyadas sobre el borde del mostrador.
El público contemplaba el comportamiento del hombre con cierta diversión.
Durante un minuto, el hombre estuvo quieto, inmóvil, sin ni siquiera oírsele ninguna exclamación al maravillarse de todo cuanto la caja le estuviese ofreciendo.
Hasta que un grito profundo y estremecedor surgió de su garganta. Sus manos se convirtieron en sendos puños, golpeando con furia el tablero del mostrador. Hizo el ademán de incorporarse con la caja encajada sobre sus hombros.
El feriante se mostró muy preocupado y se acercó con la intención de calmarle.
El hombre de la caja notó la cercanía del feriante, y se llevó la mano izquierda bajo la chaqueta, haciéndose con un cuchillo de buen tamaño.
La gente exclamó, petrificada por la actitud del hombre del traje gris.
– ¡No más muertes! ¡No quiero matar más! ¡No quiero hacerlo de nuevo! – vociferó el hombre, sosteniendo el cuchillo.
El feriante se apartó a tiempo, temiendo por su propia vida.
Las intenciones del hombre trajeado no eran las de acabar con otra vida.
Acercó el filo del cuchillo a su garganta y profundizó hasta establecer un corte mortal que propiciaría su propia muerte.
Con las escasas fuerzas que le quedaban conforme se desangraba, extrajo la cabeza del interior de la “Caja del Alma”, cayendo de espaldas sobre las tablas de madera del escenario.
El feriante se apresuró a situarse a su lado, contemplando sus estertores de muerte.
El hombre moribundo, consiguió enfocar su visión en la figura de quien intentaba atenderle.
Sus labios descoloridos se separaron lo suficiente para susurrarle al oído:
Los rostros… que he visto… me odian… es lógico… porque fui yo quien les quitó la vida… Durante cinco años… en varios pueblos diferentes… habrán sido unos quince… mujeres, niños, ancianos…  Todos seres desprotegidos… Con los que disfrutaba… causándoles mucho dolor… antes de llevarles a la muerte…
– ¡Dios Santo! Eres entonces el “Monstruo de Essex”.
Aquella bestia sanguinaria expiró sobre el escenario de la atracción de “La Caja del Alma”.
El feriante se irguió, indignado, y alertó a los presentes de la identidad del cadáver.
– ¡Este bastardo es el Asesino de Essex! ¡Acaba de confesarlo antes de morir! ¡La Caja ha conseguido que sintiera remordimientos por sus horrendos crímenes! ¡Razón por la que se ha quitado la vida!
– ¡Bastardo!
– ¡Hijo de perra!
– ¡Malnacido!
– ¡Hay que hacer su cuerpo pedazos!
La muchedumbre asaltó la barraca, y entre todos, se llevaron el cuerpo del asesino con la intención de colgarlo de la rama de un árbol cercano y de prenderle fuego, para que su alma infame no se escapara en su merecido recorrido hasta el infierno.

El feriante estaba exultante de alegría. Aquello iba a proporcionarle fama y mucha publicidad a su espectáculo. Y todo ello conllevaría una suma de ingresos de lo más respetable. Quién lo iba a decir que con la fabricación artesanal de una simple caja, con unos efectos de luces y espejos en su interior, se pudiera desenmascarar a un asesino tan temido y renombrado.


El destino de los perdedores (sin rostro, no hay lágrimas).

A veces el azar puede llegar a jugarnos malas pasadas. Más cuando tentamos la suerte jugando grandes cantidades de dinero en apuestas, pensando que un golpe de fortuna va a hacernos millonarios, concediéndonos la oportunidad de vivir una vida de lujo y desenfreno. Craso error. Lo peor llega cuando encima las cantidades que apostamos son fruto de un préstamo solicitado a un miembro del crimen organizado. Si no se gana, se pierde el dinero, y lo que es más probable, la vida.
Pero pasen y vean el siguiente capítulo de mi teleserie favorita. Acomódense en las butacas de huesos, y sirvánse ustedes mismos. Ahí están las palomitas y las cervezas.
Servilletas no tengo, así que tendrán que secarse las babas con las manos, ja ja.
Aquí tengo el mando a distancia. El programa empieza
ahora.

Eran tres. Cada uno vivía en zonas distintas de la ciudad. Conseguir reagruparlos le llevaría toda la mañana y gran parte de sus esfuerzos en el empeño. Afortunadamente conocía el momento apropiado para abordar a cada individuo. Fueron meses de seguimiento en la sombra, conociendo los hábitos de cada cual.
Su debilidad física lo compensaría con el inestimable uso de una porra eléctrica.
Así los fue asaltando uno a uno, para finalmente conducirlos al punto de reunión en un lugar bastante alejado y solitario, lo suficientemente distante del núcleo urbano donde los tres residían.

El despertar fue duro para los tres. Estaban encerrados en una cámara frigorífica a siete grados bajo cero y bajando. 
Dos de ellos se conocían perfectamente. El tercero era un absoluto desconocido para ambos.
– Soy Regis Sinclair – dijo el extraño. Era un hombre negro de edad mediana y complexión delgada. Tenía amplias entradas que se percibían a pesar de su corte de pelo al uno.
Tony De Matteo y Robert Salgado se miraron consternados.
– ¿Qué coño pintamos en este lugar? Hace un frío del carajo – se quejó Tony De Matteo, golpeándose los antebrazos con las manos.
– Parece una cámara frigorífica de un camión de transporte de congelados – le puso al corriente Robert Salgado.
Regis trataba igualmente de entrar en calor.
– Ustedes dos se conocen. ¿Quiénes son?
Tony le devolvió una mirada displicente, dando unos saltos para entrar en calor.
– Lo de menos es saber nuestra identidad.
“Lo importante es determinar el motivo por el que estamos aquí metidos. Si no salimos pronto, esta cámara será nuestro panteón – aseveró Tony.
Robert se acercó a la puerta del camión. Como era de esperar, la única posibilidad de poder abrirla era desde la parte externa.
– Joder. Esto no tiene ningún sentido – masculló, golpeando la puerta con un puño.
Entonces Regis se fijó en una cosa. Al fondo de la cámara, supuestamente cercana a la cabina del camión, había una serie de objetos. Se acercó. No tardó en mostrar su perplejidad.
– Eh, ustedes dos. Aquí hay una serie de armas blancas diseminadas por el suelo.
– Cómo.
Robert y Tony se pusieron a su lado.
Había un par de machetes con el filo mellado, tres navajas, cuatro cuchillos de carnicero y un hacha de doble filo.
– ¿Qué diantres significa todo esto? – las palabras de la pregunta flotaron en el ambiente en forma de volutas gélidas conforme Regis hablaba.
Para su propia sorpresa descubrieron que la cabina tenía una ventanilla metálica que se comunicaba con el interior de la cámara. Esta se abrió de repente y de igual modo volvió a cerrarse.
– El cabrón está sentado en la cabina. ¡El muy miserable nos está vigilando! – alborotó Robert, enojado. Se arrimó a la ventanilla y empezó a golpearla con sendas manos. – ¡Eh, miserable! ¡Sácanos de aquí! ¿Qué buscas? ¿Que nos quedemos congelados?
– Obviamente esas parecen sus intenciones – dijo Regis, riéndose nerviosamente.
– Cállate de una puta vez o te corto el gaznate de una cuchillada – le espetó Tony, empujándolo contra la pared lateral izquierda.
Eso no tenía ningún sentido.
Que un tío desconocido los secuestrara y los mantuviera encerrados en condiciones extremas dentro de una cámara frigorífica era cosa de locos. Y de película. Ni que estuvieran protagonizando una nueva secuela de la exitosa saga “Saw”…

Su vida dependía de una última apuesta. Eso era indudable. Había arriesgado hasta el último penique que le quedaba del préstamo solicitado al hijo de puta de Tony De Matteo. Este era un mafiosillo del tres al cuarto, pero era conocido por su sádica forma de cobrar las deudas. Con la ayuda de sus secuaces, cortaba miembros a los desgraciados que no podían pagarle los préstamos con los debidos elevados intereses, o los dejaba sin vista extrayéndoles los ojos con garfios, o simplemente les metía una bala por el culo, dejándoles morir desangrados en una agonía lenta y eterna. Así era el villano de Tony De Matteo. Más motivo para tener que jugárselo todo a una carta en el hipódromo.
Conocía a un corredor de apuestas que le debía un favor algo lejano. Se llamaba Regis. Al principio este hizo como que no le recordaba de nada. Casi se lo tuvo que pedir de rodillas.
– Me lo debes, Regis. En Irak te salvé el culo por la matanza de Qadawi. Si no hubiera sido por mi informe, nos podrían haber presentado ante un Consejo de Guerra.
– De acuerdo. Pero como se entere mi jefe, estoy perdido.
– Sólo necesito una apuesta segura. El ganador de una carrera amañada. Venga. Así quedaremos en paz.
– Joder.
Regis cogió un bolígrafo y remarcó el nombre de un caballo en el programa de carreras.
– Little Red Daddy en la cuarta. De diez participantes, es el último en los pronósticos y con diferencia. De quince carreras, sólo ha acabado dos veces entre el quinto y el séptimo puesto. Pero hoy va a dar el triple salto mortal y sin red. Te lo aseguro. Te vas a volver de oro con esta apuesta – le dijo Regis convencido.
– Que Dios te oiga, amigo – contestó con un fulgor de emoción en las comisuras de los ojos.
Cuan importante era que aquel caballo ganara para seguir de una sola pieza.

Habían pasado cinco minutos desde que se abriera y cerrara la ventanilla. Los tres hombres estaban poco a poco perdiendo el control. La sensación térmica de la cámara cada vez era más baja. No podían permanecer quietos en el sitio. Estaban al borde de la hipotermia. Quince minutos, o a lo sumo media hora más, y podrían considerarse historia. Serían tres estatuas congeladas.
– ¡Maldita sea! ¡Sácanos de aquí, condenado desgraciado! – Tony De Matteo estaba aterido de frío. Miraba a los cuchillos y al resto de las armas blancas tiradas por el suelo – Joder, Robert. Tienes que sacarme de aquí. No PUEDO morir en este puto lugar y de esta estúpida manera.
Robert Salgado permanecía callado, sacudiéndose con las manos el cuerpo para intentar remitir en parte la sensación de frío.
Mientras, Regis cogió una navaja. En el momento que la estaba inspeccionando, la ventanilla se abrió por segunda vez de manera imprevista. Alguien se acercó a la rejilla.
– Ustedes tres van a formar parte de una competición deportiva. Con la salvedad que no se admiten apuestas…- dijo una voz ronca.

Todo salió mal. El maldito caballo se partió la pata tomando el interior de la curva y hubo de ser sacrificado en directo ante el horror del público.
Abandonó el recinto confuso y aterrado. Estaba sin blanca y a merced de la nula benevolencia de Tony De Matteo. La única alternativa que le quedaba era ir a casa, hacer las maletas y largarse cagando leches de la ciudad. Lo primordial era conservar la vida. Más tarde, si conseguía darle esquinazo al gángster, se preocuparía de intentar rehacer su vida en un nuevo destino y con una falsa identidad.
Sin ni siquiera alcanzar las cercanías de su casa, los hombres de Tony De Matteo se le acercaron en un Mustang gris.
– Venga, entra. El jefe te quiere ver – fue la frase lapidaria que le dijo el que acompañaba al conductor, apuntándole con el cañón de su pistola.
No le quedó más remedio que subirse al Mustang y elevar sus oraciones al Cielo.
La llevaba clara.

– Los tres disponen de la misma oportunidad. Uno de ustedes será el único vencedor. En otras palabras. Dos morirán y uno vivirá para contarlo. Pero tienen que darse prisa. Estoy bajando poco a poco la temperatura de la cámara. Si el espíritu de la supervivencia no les hace reaccionar en aproximadamente diez o quince minutos, los tres morirán.
– ¡Canalla! ¿Por qué no reúnes el valor de formar parte del grupo? Así sería mucho más interesante. Cuatro en vez de tres – increpó Tony De Matteo a la persona resguardada en el anonimato detrás de la diminuta rejilla.
– Está perdiendo unos segundos preciosos malgastando saliva.
“Les he dejado un bonito arsenal para que luchen entre si.
“En cuanto quede uno solo en pie, se le abrirá la puerta para que pueda salir por la misma.
“Ahora me despido. De ustedes depende morir congelados o luchar por la supervivencia.
La ventanilla fue cerrada por última vez.
– Cabronazo. ¡Si te tuviera aquí mismo, te ahogaba bajo la presión de los dedos de mis propias manos! – graznó Tony.
Sin pensárselo, se agachó para recoger un machete del suelo.
– Espera. ¿Qué haces? ¿No irás a seguirle la corriente a ese chalado? – preguntó Robert, alarmado.
Regis miraba a sus dos compañeros de penurias con rostro expectante.
Tony recogió el hacha y se lo tendió a Robert Salgado.
– De momento hay que empezar con uno. Y esta claro que el eslabón más débil de los tres es ese petimetre de ahí – le dijo, señalando a Regis Sinclair.
– Dos contra uno – susurró Robert.
– Exacto – enfatizó Tony.
Los dos fueron en pos de Regis, acorralándole en un rincón.
– ¡No! ¡Por amor de Dios! ¡No lo hagan! ¡No le sigan el juego a ese perturbado! – imploró Regis.
Sus ruegos fueron desatendidos, con las paredes cubriéndose con las salpicaduras de su sangre conforme Robert y Tony se ensañaban con su cuerpo…

Tonny De Matteo se presentó en la bajera de un almacén que tenía en un polígono industrial en las afueras de la ciudad. Nada más entrar, vio a aquella asquerosa rata que le debía treinta mil libras esterlinas. Ahora era una figura patética. Desnudo, colgado cabeza abajo de una cuerda atada alrededor de sus tobillos, con las manos maniatadas a la espalda y convenientemente amordazado.
Nada más notar la presencia de Tony, el botarate se puso a intentar moverse, buscándole con la mirada. Quería suplicar por su vida, pero la mordaza impedía que los vocablos emitidos por su garganta resultaran intelegibles del todo.
Tony se mantuvo un instante interminable mirándole con desprecio. Estaba vestido con un cierto estilo elegante, al revés que sus hombres, quienes lucían un atuendo llamativo consistente en un mono amarillo confeccionado para resistir agresiones de sustancias químicas, de alto cuello con capucha, cierre de cremallera frontal con elástico en los puños y los tobillos, además de pantallas faciales, guantes de PVC y botas de seguridad.
– Ponle las gafas – ordenó a uno de sus matones.
Este obedeció de inmediato, colocándole unas gafas de natación sobre los ojos.
– Sabes, rata de cloaca. Porque eso es lo que eres realmente. Un gusano que merece ser pisoteado.
“No. No temas. No voy a ordenar que te manden al otro barrio. Simplemente voy a aplicar el mismo rasero con respecto al dinero que me debes. Está claro que ya puedo olvidarme de recuperarlo.
Es un chiste tonto, y encima tú te ríes en mis propias narices. ¿Pero quién te crees que es Tony De Matteo? ¿Que me voy a sumar al regocijo general? ¿Acaso te piensas que me voy a echar unas risotadas por ver tus payasadas? ¿Por comprobar cómo la cagas una y otra vez?
“Nada. Eres una piltrafa. Una boñiga de vaca. Y como eres una mierda, nos queda transformarte en eso. En una PUTA MIERDA.
Tony pidió a uno de sus hombres que le acercara una silla. Quería contemplar la tortura que iban a inflingir a ese pobre diablo. Sería una lección para toda la vida. Y quedaría marcado para siempre.
– Podéis empezar con la diversión. ¿Cuántas dosis de ácido habéis conseguido?
– Cuatro, jefe.
– Bien. Estupendo. Iniciad aplicándoselo por la cara, respetándole los ojos.
” Quiero que no pierda la vista. Que todas las mañanas pueda contemplarse en el espejo el puto monstruo aberrante en que quedó convertido por deber dinero al Gran Tony.

El cuerpo sin vida de Regis Sinclair se encontraba tendido en el suelo. Tenía una mano despedazada por intentar defenderse de los ataques de machete y del hacha. La otra mano se hallaba distante un metro de su muñón. Su cabeza estaba abierta y destrozada como si fuera una sandia madura precipitada desde la ventana de un primer piso a la acera. La realidad es que no pudo ofrecer mucha resistencia. Tony De Matteo y Robert Salgado se pusieron de acuerdo en la forma de avasallarlo, como si se hubieran entrenado para matarlo de esa manera.
Ahora el quid de la cuestión radicaba en que eliminado Regis, sobraba uno de ellos dos.
En cuanto hubo expirado este, los dos se apartaron, dejando un espacio entre ellos, y se pusieron a vigilarse en silencio. La sensación de frío se iba incrementando minuto a minuto. Les temblaban los labios y las manos. No les quedaba mucho tiempo para poner un eficaz remedio a ese encierro irracional.
Tony fue el primero en intentar dar por zanjado el asunto. Tenía el machete. Robert Salgado el hacha. Eso fue un craso error por su parte el habérselo tendido. Ahora estaba en clara desventaja. Tendría que maniobrar con rapidez para sorprenderle e impedirle que contraatacara con la fuerza del hacha. Robert vio venir su ataque, y se defendió con el mango de su arma.
– Joder – bramó Tony al ver repelido su ataque.
Robert recondujo el impulso en la inercia de Tony sobre su cuerpo para emplear una defensa evasiva golpeándole en el rostro con la base del mango del hacha.
– Joder
Tony De Matteo se trastabilló, quedándose un instante ligeramente aturdido por el golpe.
Cuando pudo enfocar su visión en su rival, notó un impacto seco y preciso en su cráneo, seguidamente de un fuerte chorro de sangre oscura y pedazos de su cerebro escurriéndose por sus mejillas. El machete se le escapó de entre los dedos de la mano, y con mirada extraviada, fue perdiendo el equilibrio hasta caer desplomado justo al lado del resto de las armas tiradas por el suelo.

Daba la casualidad que esa tarde Robert Salgado no estaba de servicio. Así que cuando recibió un mensaje sms de Tony De Matteo, decidió acudir por su cuenta y riesgo.
Al entrar en el almacén, pudo ver la obra de arte creada por aquel sádico criminal.
– ¡Jesús! ¿Esa cosa que está colgando cabeza abajo es de origen humano? – dijo empleando su sarcasmo habitual.
– Ya sabes. Lo de siempre. Me debía una cantidad respetable de pasta – dijo Tony, incorporándose de la silla para saludarle con un gesto de la mano derecha.
Robert Salgado iba a sonreír de manera forzada, cuando reparó en que el cuerpo se agitaba ligeramente.
– El tipo está vivo.
– Ese es un hecho incuestionable. No era mi intención matarlo.
– Pero… Joder, Tony. Está hecho un cristo. Tiene que estar sufriendo como un cerdo.
– Eso le sucede por querer contarme un chiste de dudoso gusto.
– ¿Cómo dices?
– Nada. Cosas mías. Ya sabes. Te dejo a cargo de todo. El tema del hospital. La discreción. Que ningún detalle llegue a oídos de tus superiores.
Tony le tendió un fajo de billetes.
– Esto… Será complicado aducir una excusa convincente ante los médicos que tengan que tratarlo. Te costará mucho más que todo esto que me ofreces, Tony.
“Sinceramente, te convendría más acabar con su patética vida.
Tony mostró la hilera superior de su dentadura en una sonrisa del todo detestable e inhumana.
– Es mi capricho, polizonte. Matar es quitarle el sufrimiento en segundos. En cambio, dejarle con vida, es castigarle para el resto de su existencia.
“Cuando tengas todo esto solucionado, el doble de lo que te he dado para que sobornes a los médicos durante su tratamiento clínico irá a parar directamente al fondo de tu cartera.
– Eso suena mucho mejor.
– Nos entendemos de maravilla. Eso es lo bueno de tener a un inspector de policía en nómina – se rió Tony De Matteo de manera escandalosa.
Ordenó a sus hombres que bajaran el cuerpo cubierto de terribles heridas lacerantes, para acto seguido hacer mutis por el foro por la puerta del almacén.

Escasos segundos discurrieron desde el instante en que Robert Salgado hubo acabado con la vida de Tony De Matteo hasta que la puerta del camión refrigerado quedase definitivamente abierta, ofreciéndole la posibilidad de abandonar el insoportable frío acumulado en el interior de la cámara.
Tales eran sus ganas de salir de allí, que no se hizo con ninguna de las armas tiradas por el suelo.
Cuando salió de la parte trasera del camión, se encontró con la oscuridad de la noche, sin ninguna iluminación artificial que pudiera revelarle el lugar donde se hallaba. Tan solo los pilotos traseros del camión y sus faros irradiaban un ligero aura superficial en el pavimento más cercano. Pestañeó varias veces, tratando de adaptar con premura su visión a las penumbras, tiritando de frío por el largo rato encerrado en el camión frigorífico.
Justo en el instante que pensaba alejarse de la zona, del lado contrario del vehículo de transporte surgió una figura encapuchada sosteniendo una escopeta entre las manos enguantadas. Sin mediar palabra, el desconocido apuntó al vientre de Robert Salgado y le disparó, acertándole de lleno. Producto de la potencia del impacto del disparo, Robert salió ligeramente despedido de espaldas contra la parte trasera del camión. El policía se dio de cuenta que en ese instante todo estaba perdido. En un acto reflejo se llevó las manos al regazo. Las vísceras estaban al descubierto. Sus fuerzas empezaban a abandonarle. Se le pasó la tiritona.
– Tramposo. Jodido… tramposo… – fueron sus últimas palabras antes de fallecer.
La figura de la capucha cargó con su cadáver y lo introdujo en el camión refrigerado, cerrando la puerta a cal y canto. Luego se subió a la cabina.
Dejó la escopeta en el suelo por un momento y se recostó la espalda contra el respaldo del asiento. Necesitaba descansar unos segundos. Respiró profundamente, contemplándose en el espejo retrovisor a través de los orificios practicados en la tela que le cubría el rostro.
En cuanto estuvo relajado, se quitó la capucha, dejando su faz a la vista.
La herencia de una vida interminable se mostraba ante su propia repulsión.
Todo era un sin sentido.
Su rostro era una aberración.
Al igual que el resto de su cuerpo horriblemente mutilado.
No tenía sentido postergar más su propio sufrimiento.
Los tres bastardos que le habían arruinado la vida, su sentido de existencia entre el resto de los seres humanos, habían recibido su merecido.
Por lo tanto, era hora de aplicarse su propia medicina, llevándose el cañón de la escopeta a la boca y apretando el gatillo.
Cosa que hizo a continuación.

Sucedió en un instante

 1.        

                     Los gritos eran agónicos. Eternos. Incesantes. El dolor estaba implantado dentro de la persona que lo sufría. Ellos dos lo oían cuando descendían por los escalones que conducían al sótano. Al otro lado de la puerta, asegurada esta por seis cadenas y seis candados, se percibían los golpes de un cuerpo contra las paredes, las columnas de sustentación y la propia entrada de acero. El suelo trepidaba como si mediase un movimiento sísmico que hubiera conseguido hacer temblar con fuerza objetos y muebles si el local dispusiera verdaderamente de ellos. Ambos se miraron. Igualmente observaron a la joven que les acompañaba en contra de su voluntad. Estaba maniatada, con unos grilletes en los tobillos y amordazada. Su frente estaba perlada de gotas finas de sudor. No hacía calor, pero la tensión del momento estaba facilitando que su cuerpo transpirara. Mientras uno de ellos la sujetaba, el otro iba introduciendo las llaves en los diferentes candados. Cuando retiró el último, abrió la puerta con cierta precaución. El interior estaba a oscuras. Una ráfaga de olor de lo más hediondo le hizo de aguantar la respiración, protegiéndose con un pañuelo sobre los orificios nasales. Buscó el interruptor ubicado al otro lado del quicio de la puerta y encendió la luz.
                Con el sótano iluminado, obligaron a que la muchacha se adentrase, cerrándole la puerta a sus espaldas, colocando las cadenas y asegurando que no pudiera salir con los recios candados.
                Se fueron retirando, ascendiendo los escalones, mientras una voz potente, procedente desde el otro lado de la puerta,  mascullaba en latín:

                “Corrupta sum, ille status immortali.”
                (“Corrupto soy, y esa es mi condición eterna.”)

2.
        Sucedió en un instante. Su liberación fue la causante de tanto dolor y de infinitas muertes.

               
3.
        Claro García pertenecía a la unidad de asalto. Con él iban cinco compañeros más. Todos a las órdenes del teniente Tax Edwards. En esta ocasión, su misión consistía en acometer un registro de una casa en la pequeña localidad del estado de Nueva York, llamada Shutton Place. La hora elegida fue las once de la noche, cuando la mayoría del vecindario ya estaba casi durmiendo.
                Equipados con visión nocturna, blindaje defensivo y rifles de asalto con silenciadores, se posicionaron en la entrada lateral izquierda de la casa. El compañero Rick Delio situó una mini cámara por debajo de la puerta para comprobar que la cocina estaba desocupada.
                – Acceso libre – dijo por el transmisor ubicado cerca de sus labios, transmitiendo la situación al resto del equipo y a los dos componentes de la Unidad Móvil, estacionada a una manzana de distancia.
                – Recordad que hay que asegurar a los objetivos. Si no peligra su situación, la fuerza letal está permitida – les llegó la orden del teniente Edwards.
                Claro García asumió el reto de abrir la puerta. Estaba cerrada bajo llave. Insertó una ganzúa que les  facilitó el acceso al interior. Apenas se creó ruido que pudiera relevar su entrada en la casa. Los seis fueron avanzando por la cocina, con la visión nocturna conectada y apuntando con sus armas de tal manera que todos quedaban bien cubiertos por si hubiera una irrupción violenta por parte de cualquiera de los ocupantes de la vivienda.
                – Los individuos en cuestión son dos – se encargó de refrescarles la memoria el teniente.
                La cocina quedó despejada, así que continuaron por el pasillo de la planta baja que comunicaba con el salón y con el supuesto dormitorio de uno de los sospechosos.
                Los haces de luz acoplados a los rifles iluminaban en tonos grises los lugares y rincones a donde apuntaban. Fueron a la sala de estar. Comprobaron que allí no había nadie, excepto la suciedad manifiesta y el desorden de los muebles. En ese instante, el teniente les indicó que había que desdoblarse.
                – García y Delio, equipo Alfa, conmigo al piso superior de la casa. El resto, equipo Delta, que registre ese dormitorio y la parte trasera del jardín. Tiene que haber una entrada al subsuelo por cojones.
                El equipo Alfa encontró el tramo de escaleras que llevaba a la parte superior de la vieja casa, inmueble que se presuponía abandonada por buena parte de los habitantes del pueblo.
                – Equipo Alfa. Unidad Móvil. Aquí Equipo Delta. Procedemos a entrar en el cuarto – le llegó a Claro García por el auricular insertado en su oído izquierdo.
                Este seguía la espalda del teniente, ascendiendo por las escaleras, con su retaguardia cubierta por Rick Delio. No encontraron a nadie en el rellano. El suelo era de madera, crujiendo tenuemente aún a pesar del sigilo de sus pasos. En ese instante escucharon una ráfaga de disparos amortiguados por los silenciadores acoplados a las armas.
                – Equipo Alfa. Unidad Móvil. Aquí Equipo Delta. Enemigo abatido. Portaba un machete. Habitación despejada – les informó Ernest  Dropp, del equipo Delta.
                – Equipo Alfa para Equipo Delta y Unidad Móvil.  Procedemos a explorar las dependencias superiores. Que el  equipo Delta examine el jardín trasero. Tiene que haber un acceso a algo similar a un sótano.
                – Recibido Equipo Alfa. Nos dirigimos al exterior hacia la parte trasera de la casa.
                El teniente Edwards verificó que había dos puertas que supuestamente tenían que corresponder con dos dormitorios. Rick Delio husmeó con la mini cámara por debajo de las rendijas de ambas con el suelo.
                – Derecha, vacía.
                “Izquierda, se ve una persona tendida en la cama.
                Se posicionaron frente a la puerta, irrumpiendo al unísono, cegando con las luces de las linternas de los rifles al hombre que estaba durmiendo en la cama.
                – ¿Qué coño significa esto? – farfulló, alterado.
                A una indicación del teniente, Claro García obligó al sujeto a tumbarse sobre su vientre, maniatándolo con una lid de plástico por detrás de la espalda.
                – ¡No apriete tanto! ¡Que duele, joder! – masculló el hombre.
                – ¿Dónde las tenéis?  A las chicas. – le preguntó el teniente Edwards, dándole la vuelta.
                – No pienso decirles ni pío.
                La culata del teniente le golpeó sin miramientos la nariz, partiéndole el tabique nasal, consiguiendo que fluyera un hilo de sangre hacia su mentón.
                – ¡Cabrón! ¡Esto no quedará así! – vociferó, quejándose de dolor por el golpe.
                – Hable, basura. Su compañero está muerto. Y tú lo estarás pronto si no confiesas dónde mantenéis encerradas a las pobres víctimas de vuestros desmanes – insistió el teniente.
                – ¡Y una leche! ¡Además de nada sirve tratar de salvarlas, porque hace tiempo que sus almas están perdidas!
                Edwards dirigió el cañón del rifle hacia la pierna derecha del individuo, disparándole una ráfaga sobre la rodilla, dejándosela en carne viva, despellejada y destrozada.
                – ¡Ahhhh! ¡Cabronessss! ¡Aaaaa!
                En ese instante se estableció comunicación del Equipo Delta con el Equipo Alfa y la Unidad Móvil.
                – Aquí Equipo Delta. Nos ha costado, pero lo hemos encontrado. La trampilla estaba camuflada con hierba artificial, para que pareciera  que formaba parte del jardín.
                – Equipo Delta. Aquí Equipo Alfa. Nos reagrupamos con vosotros en breve.
                El rifle del teniente Edwards apuntó hacia el rostro de quien permanecía maniatado encima de la cama. Ordenó a sus hombres que desconectaran brevemente la conexión con la Unidad Móvil.
                – ¡No! ¡Por Amor de Dios! ¡NO ENTREN AHÍ! ¡Puede ser su perdición! – suplicó aquel individuo con los ojos desmesuradamente abiertos.
                La ráfaga de disparos acabó con su vida en un santiamén. Edwards se fijó en un abrecartas colocado sobre la mesilla de noche. La recogió y se la colocó entre los dedos de la mano derecha del cadáver.
                – Equipo Alfa a Equipo Delta y Unidad Móvil. Enemigo caído. Portaba un arma blanca – informó, restableciendo la conexión con el resto por radio.
                El Agente Claro García y su compañero Rick Delio asumieron el comportamiento de su superior sin remordimientos.
                Salieron de la estancia, descendieron las escaleras y se aproximaron a la parte trasera de la casa, donde les esperaba el Equipo Delta. Entre la hierba, había un hueco con unos escalones de madera podrida que descendían hacia una especie de sótano.
                – ¿A qué esperan? – les indicó el teniente Edwards, ya impaciente por encontrar a los rehenes. – Atención, Unidad Móvil, procedemos a bajar por unos escalones que previsiblemente conducen al sótano de la casa.
                – Recibido, Equipo Delta. Aquí Unidad Móvil.  Tanto Equipo Delta, como Equipo Alfa están autorizados para el registro de esa zona – llegó la voz de Antoine Carr desde el furgón de la Unidad Móvil.
                Ernest Dropp hizo de avanzadilla.
                – Maldición. Equipo Alfa. Equipo Delta. La puerta de acceso está asegurada con varias cadenas y candados. Necesitaremos las tenazas para romperlas.
                – Entendido. Ahora te llega el refuerzo de Monroe con el equipo.
                Al poco llegó ante la puerta el agente Monroe cargando una pesada mochila. De ella extrajo una tenaza de roturas. Con cierta insistencia, consiguió soltar las cadenas y romper los candados en menos de un cuarto de hora.
                Después instaló una carga pequeña de C4 para terminar con la resistencia de la puerta de acero. Salió al exterior, y a una distancia prudencial, hizo detonar el explosivo.
                Descendió con el agente Rick Delio.
                – Acceso franco. Repito. Acceso franco – transmitió Delio al resto del equipo de asalto.
                – ¡Joder! ¡Qué olor más insoportable! – dijo Monroe.
                El resto fue bajando de uno en uno por los escalones. Abajo se encontraron con el sótano iluminado tenuemente por una bombilla que colgaba desnuda justo en el centro del recinto. Todos los miembros de la unidad de asalto estaban preparados mentalmente para las situaciones más adversas y terribles. En este caso, muchos no pudieron contenerse, vomitando en los rincones de la estancia. El sótano disponía de paredes desnudas, encaladas. No existía ningún mobiliario. El suelo era de hormigón. Sobre el mismo, diversos pentagramas perfilados con trazo irregular en tinta roja. Diseminados por el suelo, los cuerpos en avanzado estado de descomposición de siete, ocho, nueve o diez jóvenes. Era difícil cuantificarlos, porque algunos estaban tan deteriorados y despedazados, que se precisaría de la investigación forense.
                La mayoría de los cuerpos estaban inmovilizados por cadenas, grilletes, correas de cuero y esposas. Se hallaban desvestidos, con múltiples laceraciones sobre la piel. Los ojos estaban vueltos del revés, y las lenguas sobresalían desde las mandíbulas como si hubieran sido estiradas con violencia hacia afuera hasta casi arrancarlas del interior de la cavidad bucal.
                – Unidad Móvil. Aquí Equipo Delta y Equipo Alfa. Hemos dado con el hallazgo de numerosos cuerpos mutilados en apariencia de únicamente condición femenina – informó el teniente Edwards, haciendo a su vez un gran esfuerzo por controlar su propia repugnancia ante la carnicería cometida por los dos psicópatas  merecidamente abatidos durante su incursión por la casa.
                – Unidad Móvil a Equipo Delta y Equipo Alfa. Por favor, informen del estado de las personas retenidas en el sótano.
                – Equipo Delta y Equipo Alfa a Unidad Móvil. No se encuentra ninguna superviviente entre los cuerpos hallados. Repito. No hay ninguna persona viva.
                Justo en ese momento, uno de los cadáveres se incorporó con presteza.
                – ¡La Virgen! ¡Esa tía está viva! – chilló el agente Rodríguez.
                La joven estaba en los puros huesos. Su mandíbula chasqueó con fuerza, mientras sus ojos se removían en las acuosas cuencas, ofreciéndoles una visión horrorosa.
                Empezó a levitar un palmo sobre el suelo, girando sobre sí misma para fijarse en los seis miembros de la brigada de asalto.
                De su garganta emergió una voz cavernosa y profundamente masculina, recitando en latín:

                “Exitus cavendum”
                (Asegurad la salida)
                “Dies unus effugit terror”
                (El espanto escapará un día)
                “passus mortem sementem multis locis”
                (Sembrando muerte y dolor en muchos rincones.)

                Nada más haber pronunciado estas palabras, cayó rendida al suelo, desprovista nuevamente de toda vitalidad, pues ahora la entidad que la había impulsado con movimientos de marioneta, anidaba en el cuerpo y la mente de los seis componentes del Equipo Alfa y del Equipo Delta.

4.
                Antoine Carr estaba  sumamente alterado por la pérdida de conexión con el Equipo Alfa y el Equipo Delta.
                – ¡Esto no tiene ningún sentido! ¡Nunca ha sucedido algo parecido en los diez años que llevo en la unidad de Asalto! – se quejó, enfurecido.
                – Todo está en orden. La emisora funciona perfectamente. Es como si ellos mismos se hubieran desconectado de la frecuencia – dijo su compañero, Martínez.
                En ese instante se abrió la puerta del lateral del furgón. Se encontraron frente a frente con Claro García.
                – ¡Joder! ¡Ya era hora! ¿Por qué coño habéis cerrado la conexión con la Unidad Móvil? Ya sabéis que eso puede costarnos un expediente de cojones – le advirtió Antoine Carr, molesto por aquella irregularidad.
                Claro García tenía los ojos en blanco. Su boca salivaba en exceso, con un hilillo corriéndole desde la comisura derecha de los labios hacia la barbilla. Dirigió su rifle hacia Antoine Carr y Martínez, alcanzándoles con una ráfaga de treinta impactos de bala. Los cuerpos cayeron acribillados sobre el respaldo de las sillas, para seguidamente hacerlo sobre la moqueta del suelo del interior del furgón de la Unidad Móvil.
                Las portezuelas de la parte trasera fueron abiertas, subiéndose al furgón Rick Delio y el teniente Edwards. Ambos hicieron acopio del resto del arsenal disponible en el vehículo, pasándoselo al resto de los componentes de la unidad de asalto.
                En completo silencio, sin dirigirse siquiera la palabra, fueron asaltando casa a casa de la pequeña localidad de Shutton Place, invadiendo las propiedades privadas, acabando con los habitantes de cada una de ellas. Sus mentes estaban coordinadas por las órdenes de una voz poderosa y posesiva que controlaba sus cuerpos y su raciocinio.
                Una voz perteneciente a un espíritu demoníaco que en su debido momento, fue convocado por dos personas arrogantes e insensatas que pretendían anhelar algún tipo de poder que les hiciera sobresalir entre el resto de la humanidad, y todo cuanto consiguieron fue acaparar la cobardía más simple de unos seres aterrorizados y sumisos, que para calmar la cólera de aquella entidad encerrada en el sótano de su casa, le fueron proporcionando personas para el control interno de las mismas por parte del propio demonio en cuestión.
                Ahora esta entidad poderosa estaba libre, controlando a seis guerreros sanguinarios, sembrando la aniquilación y el caos por cada lugar que pasaban.
                Todo esto sucedió tristemente de madrugada, hasta que la noche dio paso al día. La Oscuridad Húmeda y Pútrida era relevada por el brillo profundo de la sangre de los mortales, desparramada por paredes y suelos de decenas de hogares, incitando a la Bestia, que pudo por fin rugir.                
                De su tremenda boca, surgió un regocijo impuro:

                Aurora
                Campus erat  sanguinolenta
                Sanguinem  innocentem
                Sanguine  expetendum
                Mortem representantes
                (Al amanecer
                La tierra quedó teñida de sangre
                Sangre inocente
                Sangre deseable
                Que representaba la muerte)