El cliente inquieto

             

 Cleo Martin ejercía su fatigoso trabajo como camarero con buen empeño y con una paciencia superior a la recomendable. Debido a ello, su listón para la irritación lo tenía tan alto que ni midiendo la altura de Shaquille O´neal llegaría a poder rozarlo con la punta de los dedos ni aún estando de puntillas encima de un tomo de la enciclopedia americana.

                Una buena mañana llegó un hombre de edad mediana, delgado, con bigote de otra época pasada más propio de los años treinta del siglo XX. Se sentó en la terraza aún a pesar de que estuviera nublado y con riesgo de lluvia. Cleo Martin salió dispuesto en atenderle al instante. Eran las nueve de la mañana y aquel era el primer cliente en el orden de solicitar la atención del camarero de la cafetería. Cleo se situó a su lado ofreciendo la mejor de las sonrisas.
                – Buenos días, caballero.
                Aquel hombre permaneció mirando lo que ocurría en alguna parte al otro lado de la calle. Se rascó la coronilla y soltó una risita.
                – Ji, ji. Qué bien. Nos atiende este negrito. Debe de pertenecer a una tribu africana de lo más belicosa.
                Cleo se quedó mudo por el sarcasmo lleno de racismo.
                – ¿Decía? – dijo para intentar salir de su asombro.
                El hombre se volvió, con el mentón apoyado sobre la palma de una mano. Miró de arriba abajo al camarero con enorme curiosidad. Enseñó los dientes.
                – Diantres. Qué tenemos aquí. Un empleado de hostelería, ja, ja.
                Cleo sonrió forzadamente, olvidando la grosería inicial del cliente.
                – Tengo que indicarle, señor, que si le sirvo en la terraza, se le añadirá a la cuenta un dólar y medio por servicio en la misma. Es por si prefiere entrar en el local, donde dicho servicio especial no existe.
                El hombre se atusó el bigotillo.
                – Qué lástima que no sea atendido por una buena chica de lo más agradable – comentó, adoptando su rostro un visible desprecio por el género varonil del camarero.
                – Ya lo siento, caballero, pero en esta cafetería todo el personal es masculino.
                – No seréis misóginos, machistas o mariquitas, ja. A lo mejor sois las tres cosas a la vez.
                – En absoluto, señor.
                – Vale, vale. Olvidémoslo – siguió el hombre del bigote con voz chillona. – Traiga algo para despejar mi mente endemoniada, ja. Que sea lo más dulce posible.
                – ¿Le apetece un chocolate con leche cremosa?
                – Si. Y bien recubierto con nata montada. ¡Y si tienen una cereza, mucho mejor! Para colocarla sobre la nata, eh, no para que te la comas, que por cierto, te sobran unos cuantos michelines, ja.
                – Muy bien, señor.
                Cuando Cleo se daba la vuelta, le llegó la voz del cliente. Este empleó un tono lastimoso y de urgencia, que le llegó en un susurro al oído.
                – Por favor. Necesito su ayuda. Llevo sufriendo mucho durante semanas. No me deja en paz. Sabe que detesto los dulces. Es más, soy diabético.
                Cleo se volvió, encontrándose con el semblante arrogante del hombre del bigote.
                – ¡Venga, muchacho! – le urgió. – ¡Tráeme el puñetero chocolate! ¡Tengo ganas de reventar de satisfacción saboreándolo y acumulando a la vez un montón de calorías de sopetón!
                Golpeó con el puño derecho sobre la mesita de la terraza.
                Cleo entró en el local y fue preparando el chocolate con leche cremosa.
                Conforme lo hacía, se le acercó el dueño de la cafetería. Le señaló al cliente de la terraza.
                – Es un tío bastante raro, ¿no?
                – Bueno. Me parece que está medio majareta. Cambia las voces y hace como si tuviera más de una personalidad a la vez.
                – Si te da problemas, me avisas y llamo a la policía.
                – Espero que no. Creo que es una persona más de las muchas chifladas que andan libres por las calles de la ciudad. Se tomará el chocolate y se irá sin más.
                – Vale, pero te reitero que si te crea problemas, me lo hagas saber, Cleo.
                – Como no, jefe.
                A través del escaparate podían observar cómo el extraño cliente estaba ahora de pie, pateando el suelo con fuerza. De vez en cuando giraba el cuello hacia el interior de la cafetería, buscando con una mirada desesperada alguien que le hiciera caso.
                – Está para que lo encierren, Cleo.
                – Bueno, a ver si se calma con el chocolate.
                – Aparte de tranquilizarse, habrá que esperar que también pueda asumir el pago del mismo.
                Cleo se encogió de hombros ante su jefe y se dirigió hacia la terraza con el chocolate.
                – Aquí tiene su chocolate. Espero que lo disfrute – le dijo conforme lo depositaba sobre la mesita.
                El hombre del bigote estaba nuevamente sentado. Miró la taza de chocolate decorada con la nata y la cereza coronándola. Torció el gesto espantosamente, se puso de pie, tirando la silla sobre las losetas de la acera donde estaba emplazada la terraza y se golpeó el pecho con furia. Miró al camarero con los ojos fuera de sí.
                – ¡Idiota! ¡No puedo tomarme esto! ¡Soy diabético, le digo!
                – Oiga. Usted pidió el chocolate. No se ponga a malas, o llamamos a la policía.
                El hombre se detuvo en su histeria. Miró la taza ahora con rostro desolado. Luego hizo lo propio  con Cleo.
                Sorpresivamente para este último, el hombre se posó sobre sus rodillas, adoptando gesto suplicante.
                – Le ruego que me ayude. ¡La necesito! Estoy dominado por algo desde hace tres semanas. Controla mi cuerpo y mi mente. Asume diversas personalidades. No sé qué hacer para volver a la normalidad.
                Cleo estaba a punto de marcharse hacia el interior de la cafetería, ciertamente preocupado por el estado mental del cliente.
                – Bueno, caballero. Tómese el chocolate. Es gratis. Cuenta de la casa. Y luego márchese, por favor.
                – ¡NO ME GUSTA EL CHOCOLATE, NEGRO DE LOS COJONES! ¡TÓMATELO TÚ! – le gritó el hombre del bigote, erguido del todo, con un rostro agresivo y de locura.
                Cleo se marchó corriendo al interior de la cafetería, mientras el cliente perturbado arrojaba la taza del chocolate contra el cristal del escaparate.
                – Ya estoy llamando a la policía – le advirtió su jefe nada más verle entrar. – ¡Cierra la puerta! Y pon el cerrojo por si acaso. Los clientes que quieran salir, serán acompañados por la puerta de emergencia. Mientras ese loco esté ahí fuera, es preferible que nadie corra ningún riesgo saliendo por ahí.
                Cleo retrocedió para asegurar la entrada al local. Entonces, desde el cristal de la puerta comprobó con evidente asombro que el hombre del bigote, que era físicamente muy endeble, había conseguido de alguna manera hacerse con la tapa de alcantarilla que había cerca de la terraza y estaba cogiendo impulso para lanzarla contra el escaparate.
                Cerró la puerta, indicando de inmediato a los pocos clientes sentados cerca del escaparate frontal que abandonaran su sitio para protegerse del impacto.
                La tapa de alcantarilla alcanzó de lleno la luna del escaparate, destrozándola por el centro dejando puntas afiladas y cortantes de lo más peligroso partiendo desde el marco hacia el interior. Desde la terraza el hombre enloquecido saltaba y brincaba, gritando sin cesar.
                – ¡Eres un debilucho, Lewis! ¡UN PUÑETERO LLORICA DIABÉTICO! ¡YA NO ME SIRVES NI COMO MERO PASATIEMPO! – decía, echando espumarajos por la boca.
                Su vista se trasladó por el interior de la cafetería. Parecía fijarse de nuevo en Cleo. Fueron unos breves instantes.
                Repentinamente, miró hacia el suelo, y dando tres zancadas, se arrojó de cabeza por la abertura de la alcantarilla.
                Los clientes y los empleados de la cafetería vivieron esa escena aterrorizados.
                – ¡Ese hombre se ha matado! ¡Se ha quitado la vida!
                Justo en ese momento llegó una unidad de la policía. Los curiosos, además de la clientela del local y los empleados se apiñaban cerca de la alcantarilla. Uno de los agentes les rogaba que se mantuvieran dos metros apartados del escenario del incidente.
                El otro policía estaba atisbando con una linterna hacia el fondo de la entrada a la alcantarilla. Señaló negativamente con la cabeza.
                – Ahí lo veo. Está con la cabeza reventada. Más tieso que el cemento. Hay que llamar al forense, además de la ambulancia.
                Cleo, al igual que el resto de la gente interesada en el triste suceso, pudo escuchar por parte de uno de los agentes que el hombre estaba muerto.
                – Por favor. Les ruego que se dispersen. El hombre se ha suicidado. Ya nada se puede hacer por él. Así que vuelvan a sus ocupaciones.
                El dueño de la cafetería se puso a examinar el destrozo de la luna del escaparate. Cuando entraba Cleo, le pidió que trajera un martillo para destrozar las puntas que eran un peligro notorio.
                Cleo no se movió de donde estaba. Simplemente se estaba sacando un moco de la nariz. Algo inhabitual en las buenas maneras del camarero.
                – ¿No me has oído, Cleo? Necesito un martillo para quitar los restos de cristal del marco, mientras encargo una luna nueva.
                Su empleado se le quedó mirando con cierta fijeza. Sonrió sin gracia.
                – Oye, blanquito, ¿por qué no retiras los trozos que te quedan con los dientes? – le dijo con una voz ajena a la personalidad de Cleo, chillona y fuera de sí.

La prueba del afecto

A continuación reedito uno de los relatos más exitosos en Escritos de Pesadilla durante su primera edición en el blog. 

Una persona enferma y cruel…

– ¡Noo! ¿Qué pretende hacerme?
La angustia de sus víctimas…
El sufrimiento.
El dolor.
La tortura.
La lucha por la supervivencia.
– Tengo que desfigurarte por completo. Hacerte irreconocible. De esta manera serás sometido a la prueba final del afecto. Si la superas, vivirás y retornarás con tus seres queridos.
“Si sale fallida, yo mismo te quitaré la vida, porque una vez seas rechazado, no aportarías nada a la humanidad nuestra tan perfeccionista.
Semanas y meses de seguimiento de cada futura víctima. Siempre la persona elegida era el novio o el marido. A ser posible sin hijos.
En el instante más propicio, llegaba el secuestro.
Su confinamiento durante semanas en su calabozo secreto.
– ¡Por amor de Dios! ¡Libéreme de esta penitencia!

Se consideraba un genio en transformar el aspecto físico externo de las personas. No era ningún cirujano plástico. Pero bien pensado, los médicos nazis no tenían bases científicas sólidas en sus crueles experimentos con seres humanos durante el holocausto de la segunda guerra mundial.

Su mentalidad era fría y certera. Empleaba con precisión el escalpelo y demás instrumentos quirúrgicos para sajar y deteriorar la piel de sus víctimas. También se servía de ácidos, de agua y aceite hirviendo.
Su presión psicológica sobre sus particulares cobayas era extrema. Les ponía a veces música altisonante las veinticuatro horas del día. La comida que les proporcionaba era escasa y magra, con el fin de ocasionar una pérdida de peso, falta de nutrientes, vitaminas, minerales y proteínas esenciales que ocasionaban la caída incipiente del cabello y las uñas.
Los ruegos de cada hombre torturado eran continuos. Sus gritos y aullidos eran tan tremendos conforme les infligía el castigo corporal que le hacían de tener que operar con tapones para los oídos.
El tiempo se eternizaba. Siempre permanecía atento a cuanto se emitiese por los noticiarios de la televisión y la radio, se informara en la prensa escrita y por las webs oficiales periodísticas de internet.
A veces se precisaba el reconocimiento público de la ausencia o desaparición de alguna de las víctimas. Otras veces se obviaba por causas desconocidas.
Lo que ignoraban los familiares de las personas desaparecidas era que, aparte de ejercer los cambios externos en la anatomía de estas, continuaba un seguimiento casi a diario de las novias y esposas.
Conseguida la información precisa, se la transmitía al prometido, amante o marido.
– Te sigue echando de menos. Está claro que será difícil que te olvide.
– Maldito… Pagarás por esto… Por todo lo que me estás haciendo…
– Te queda poco tiempo ya para afrontar la prueba. Deberías de estar ansioso por la cercanía de esa fecha, donde se demostrará que Eloísa te seguirá queriendo aún a pesar de tu aspecto.
Cerraba la puerta de acero a cal y canto.
La prueba del afecto.
La proporción entre el éxito y el fracaso de la misma se inclinaba manifiestamente por lo segundo.
Donald. Reginald. Samuel. Ethan.
Todos fueron incapaces de superarla.
¿Acaso lo lograría Eddie Williams?
Su joven esposa lo adoraba. Suspiraba por él.
Ahora esta estaba sumida en una profunda depresión desde que Eddie desapareciera hacía casi dos meses. La policía dio por archivado el caso, haciéndole ver que su marido se había marchado por iniciativa propia, motivado por las deudas de su empresa de hosting de páginas webs.
Conocedor de que Eloísa permanecía encerrada en su propia casa, dejándose marchitar por la inmensa pena que la afligía, no tuvo la menor duda de que ese sería el escenario ideal para llevar a cabo la prueba del afecto.
Con el táser inmovilizó a Eddie. Cuando este despertó, estaba sentado al lado de su captor, quien conducía el furgón.
– Vamos camino a casa, Eddie. Vas a ver a Eloísa. Y estoy seguro que aún a pesar de todo, ella te reconocerá  fácilmente.
– Eso espero…- dijo en un hilo de voz ronco Eddie.
Sumiso. A merced suya.
A eso conduce el deterioro de la mente tras un continuado daño físico y psicológico.


Eloísa estaba sumida por el efecto adormecedor del prozac entre las sábanas de su cama.
Percibió el sonido del timbre de la puerta. En un principio no le prestó gran atención. Ante la persistencia, se incorporó, recorriendo el camino hasta la entrada con paso cansino.
Quiso mirar por la mirilla, pero la persona que llamaba estaba situada fuera del alcance de la lente  de aumento.
En ese instante de inseguridad ante qué hacer, si abrir o no, una voz maltrecha y grave la llamó por su nombre de pila.
– Eloísa. Soy yo. Eddie. Por fin he regresado.
¡Eddie! Era su marido. ¡Estaba vivo!
Pero ese tono de voz no se correspondía con el de su marido.
Sin quitar la cadena, abrió la puerta hasta el límite permitido.
– Eddie. Si eres tú, muéstrate, y te abriré al instante. No sabes cuánto te he echado de menos.
Eloísa estaba anhelante. Impaciente por quitar la cadena. De abrir la puerta del todo para arrojarse en los brazos amorosos de su Eddie…
Sus expectativas de esperanza cumplida se desvanecieron al asomarse en el hueco de la puerta con el quicio un rostro esquelético y horrendo, surcado de profundas cicatrices. Llevaba puesta la capucha de una sucia sudadera deportiva para ocultar su calvicie extrema.
– Mi Eloísa. Déjame pasar. Estoy extenuado y necesito cuidados médicos urgentemente.
– ¡Tú no eres Eddie!
Aquella boca que le hablaba tenía los labios resecos y partidos, carecía de dentadura y supuraba por las encías sangrantes grumos de tono escarlata.
Era irreconocible. Su marido pesaba ochenta y cinco kilos. La criatura demencial presente en el quicio no llegaría ni a los cincuenta.
Eloísa estaba desquiciada por la presencia. Cerró la puerta de golpe y se apresuró a correr hacia el teléfono para alertar a la policía de la amenaza de un desconocido que la estaba acosando.
– Eloísa. Soy yo. No me hagas esto…
La voz de Eddie era llorosa.
Una mano se aferró a su hombro derecho.
Eddie se volvió para encontrarse con su captor.
– No has superado la prueba del afecto, Eddie. Ella no te ha reconocido.
Eddie no tenía fuerzas para resistirse. Lo acompañó hasta la furgoneta, desapareciendo de la vida de su mujer para siempre.


Un nuevo fracaso.
Tanto esfuerzo dedicado en la transformación de la víctima para nada.
La chispa del amor que debía de haber quedado entre marido y mujer no prendió al no reconocer Eloísa al monstruoso ser que la visitó como la identidad verdadera de Eddie Williams.
Eddie estaba colocado de rodillas sobre bolsas de plásticos esparcidos por el suelo de su celda.
De pie, detrás de él, estaba su creador.
Este mantenía la boca del cañón de la pistola apretada contra su nuca.
– Siento que no hayas superado la prueba, Eddie.
No le contestó. Ni rogó ya por su vida.
Todo era llanto entre gimoteos de pura desilusión.
Aquel disparo certero iba a rematar su terrible e infame calvario.
El dedo índice apretó el gatillo.
Un fogonazo y el estallido de la bala.
Seguido de un cerebro destrozado.
Un cuerpo que se derrumba, inerte.
Más tarde recogió el cadáver y limpió la estancia.
Llegada la noche se deshizo del quinto ejemplar que tampoco había superado la prueba del afecto.

El soldado del Mal.

Estaba sólo. Nadie podría interferir en su destino alejado de todo rito natural y lógico entre los mortales más racionales.
Encerrado en su apartamento por espacio de semana y media.
Sin apenas alimentarse
(aunque no le hacía falta)
Abandonado de todo aseo
(no tenía sentido purificarse)
Sin comunicarse con sus familiares y conjunto de conocidos
(ya no los necesitaba)
Manteniéndose apartado de las noticias diarias acontecidas en su ciudad, en su región, en su país, en su continente, en el resto del mundo…
(todo aquello era terrenal, superficial y de escasa relevancia para su mente plagada de múltiples pensamientos perversos)
Escuchaba voces interiores.
Percibía visiones abyectas.
Las dimensiones del cuarto en donde se hallaba recluido se distorsionaban en cualquier momento del día.
Todo en si era una letanía de odio, dolor, rabia, sufrimiento, y si, a veces se conseguía el éxtasis…
Hasta que llegó su hora.
La de servir a su señor.

Era un martes. Las ocho y media de la mañana. La ciudad estaba pletórica de vida. Personas ejerciendo sus quehaceres laborales. Jóvenes prestos en acudir a sus lugares de estudios. Las fuerzas públicas llevando el control y la seguridad en las principales calles. Nada hacía suponer que podía hacerse añicos la rutina diaria en una de sus avenidas más céntricas. Esta estaba concurrida de tráfico y de transeúntes caminando por las aceras y atravesando los pasos de cebra. En un principio, nadie se fijó en aquel extraño joven, vestido con ropa andrajosa y con evidente muestras de escasa higiene personal. En una ciudad de semejante tamaño, era del todo natural que hubiera gente extravagante pululando por ahí, siendo rechazada y evitada como una piedra situada en el camino de una comunidad de hormigas.
Ni siquiera cuando alzó su rostro al cielo y prorrumpió en gritos, la gente más cercana le dedicó la más mínima atención.
Hasta que mostró dos enormes cuchillos de cocina. Su mirada estaba del todo extraviada.
– ¡Somos muchos! – vociferó. – ¡Muchos en uno! ¡Y unidos, creamos la destrucción!
– ¡Cuidado! ¡Está loco! – se escuchó a un hombre vestido de ejecutivo.
Lo vieron avanzar en tumbos entre el gentío. Las personas se apartaban a su paso, verdaderamente preocupadas de que aquel individuo pudiera hacer algún tipo de agresión física con los cuchillos.
Pero este hizo caso omiso de quienes le rodeaban. Anduvo hasta el bordillo de la acera, observando por segundos ensimismado el tráfico que circulaba a gran velocidad y sin interrupción por ese tramo de avenida.
– ¡Yo soy uno de innumerables soldados! ¡Vengo a cumplir con la misión que se me ha encomendado!!
Enardecido por el tono demencial de su propia voz, y ante el horror de los presentes, llevó un cuchillo ante su ojo derecho y se lo clavó en el globo ocular hasta reventarlo.
– ¡Dios mío! – gritó una mujer, cerca de desmayarse nada más verlo.
El joven no experimentó dolor ninguno
(pues ellos también controlaban su sistema nervioso)
Con frenesí, volvió a autolesionarse, hincándose el segundo cuchillo en el otro ojo, y sin inmutarse, dio varios pasos al frente…
Los numerosos testigos no podían dar crédito a lo que estaban viendo. Aquel demente se situó en medio del tráfico, con los brazos alzados y hablando en voz alta en medio de los bocinazos de los vehículos que trataban de eludir atropellarlo.
– ¡Soy un soldado del mal! – chilló, desgañitándose.
Estaba ciego.
Pero intuía el autobús urbano que se precipitaba hacia su presencia. Estaba repleto de viajeros. El rostro del conductor reflejaba su impotencia. Quiso realizar una maniobra brusca para no darle de lleno, y en su giro, invadió dos carriles contrarios, donde un enorme camión de mudanzas venía en la dirección opuesta. El choque fue tremendo, y aquel soldado del mal apreció el éxito de su misión al escuchar los lamentos y los lloros de las personas agonizando antes de que los dos vehículos estallaran en llamas, consumiéndolos sin que se pudiera hacer nada por rescatarlos del amasijo de hierros.
Seguidamente de este hecho, un coche no pudo evitar llevárselo a él mismo por delante, cercenando su propia vida.
Aunque en verdad que hacía muchos días que ya no dominaba su cuerpo.
Y todo desde que su mente fuese infestada por un nido de víboras, cuyas lenguas siseaban sin cesar dentro de sí mismo, hasta poseerlo al completo, convirtiéndole en una punta de lanza del ejército de los caídos…

Rascayú, cuando mueras qué harás tu.

No hay solución en el horizonte.

Hola estimados lectores y seguidores de Escritos de Pesadilla. Los más antiguos habréis observado que llevo casi año y medio sin publicar un relato nuevo. Digamos que estoy bajísimo y no tengo ganas ni ilusión de nada. Mientras, estoy subiendo los relatos publicados revisados de nuevo porque todos son imperfectos y se pueden mejorar, eso sin duda. Eso en espera de  la vuelta de la inspiración más malsana…
Este relato que vuelvo a situar en el blog lo publiqué justo hace tres años. Cuando España ya estaba dando tumbos con la crisis. No es de miedo. Discurrido ese tiempo, seguimos igual o peor. Da igual la ideología y sus siglas, todos los políticos apestan a corrupción. Permitidme este grito: ¡DAIS ASCAZO, CABRONES Y CABRONAS!. Y los directivos de los bancos, los sindicalistas vendidos, la patronal de las empresas. Sin olvidarnos de ciertos componentes de la familia real, escrito esto con minúsculas, que no se merecen las mayúsculas. También a nivel mundial. Todo lo que suene a política es una mierda. Así de claro. Algo creado para dominar a las masas que a pies juntillas creen cualquier bobada de un tío que desprende algo de ¿carisma? Bof. Lo peor es que siempre ha sido así a lo largo de la historia, da igual la época romana, de los egipcios, etc… Una minoria arriba corrupta, una parte acomodada enmedio y debajo los millones de personas indefensas. Como en la Edad Media europea, un señor feudal apretándole las clavijas a sus vasallos. En fin, si se han saltado esta introducción mejor. La he escrito para desahogo personal.

Relato: No hay solución en el horizonte.

La situación es difícil. Nos afecta a muchos. Se puede decir que a millones de personas. Y por fin implica a los habitantes pertenecientes del Primer Mundo, ya que por desgracia, la necesidad jamás desaparece ni hay visos de que tal hecho acontezca en el Tercer Mundo.
Los economistas, los políticos, los periodistas, los sindicalistas, los trabajadores y un largo etcétera lo han bautizado como crisis mundial. Yo lo catalogo como un cuento, el de la hormiga y la cigarra. Hemos sido la cigarra. Se ha vivido en época de vacas opulentas, y ahora nos toca apechugar con las esqueléticas. Encima pagando las consecuencias de un orondísimo grupito selecto de personalidades corruptas que han robado a manos llenas, tanto en el sector de la política, como de la banca y las empresas.
Soy supuestamente Eduardo R. Tengo 45 años. Aparentemente llevo diez años trabajando como portero de una fábrica. 700 euros de salario mensual. 14 pagas. No estoy casado, por tanto sin cargas familiares, pero ocupo una habitación en un piso de alquiler, donde vivimos tres personas y pagamos cada uno 300 euros. No puedo permitirme ningún plan de pensiones. Los gastos se me van en el pago de las letras del coche de tercera mano que tengo, en la alimentación y pequeños imprevistos que siempre suceden.

Eso hasta hace poco. La fábrica ha decidido prescindir del servicio de portería, por tanto me voy a la calle, con un paro de poco más de 400 euros, una edad inadecuada para encontrar trabajo en un país de casi seis millones de desempleados, donde en su momento un sobrevalorado presidente de gobierno nos tiene a los ciudadanos con la soga al cuello, mientras él y su círculo cerrado se lo montan bien entre sonrisas y carcajadas. Y con la oposición ofreciendo una alternativa igual de demoledora en el horizonte del negro futuro que se nos avecina.
Yo no lo tengo. No tengo perspectiva.
Me miro en un espejo y veo un reflejo devastador.
Lo que hay en su superficie me escudriña sin reparos.
Aquella cosa soy yo.
– No te queda nada – me dice.
– Es cierto.
– La única alternativa que te queda es alcanzar el final del túnel, amigo – continúa.
No puedo ni mirarle a los ojos.
¿Qué he conseguido en toda esta vida? ¿Qué pretendo conquistar ahora?
La respuesta a la primera pregunta es nada.
Poca cosa surge como contestación a la segunda.
Abandono el piso compartido sin despedirme de los compañeros. Recorro los escalones de la escalera en sentido descendente sintiendo un ardor interno que me induce a salir a la calle.
En la misma respiro profundamente y exhalo.
Entonces miro al cielo…
… y me desvanezco.

Nada más volver con los míos, me preguntaron infinidad de cuestiones acerca de los años transcurridos entre los mortales.
Yo me sentía carente de emociones.
Simplemente les hice saber cosas acerca de la desazón de un ser ínfimo, pisoteado contundentemente por las penurias ocasionadas por la misma sociedad a la que él pertenecía.
– Entonces todo sigue igual. Pasan los siglos, y nunca aprenden.
Es la voz de uno de mis hermanos.
– Así es. Prefiero no volver a pasar por esa experiencia.
Nos miramos sin apartarnos la vista el uno del otro.
Ya no nos dijimos nada más.
Previsiblemente, aquella sería una de las últimas investigaciones a pie de campo ocupando la personalidad de uno de aquellos seres tan imperfectos…

El hombre adinerado y el empleado codicioso. (Revisión de una triste realidad humana).

Aquel hombre era un personaje no muy conocido, pero poseedor de una cierta fortuna que guardaba en la caja fuerte de su vivienda. Su propio hogar estaba aislado, una casa señorial perdida entre los lotes de árboles que componían la foresta de la zona, en el norte del estado de Massachusetts.
Igualmente, su nuevo ayudante, quien se ocuparía del mantenimiento del lugar, así como de las labores de jardinería, era una persona anónima con grandes ambiciones monetarias. Antes de contestar al anuncio donde se solicitaba el puesto de trabajo, había estado siguiendo la vida y milagros del hombre afortunado en varios cientos de miles de dólares. De hecho, no tardó en encargarse de su anterior ayudante…, quedando así la plaza vacante.
Una vez obtenido el visto bueno por parte del hombre de cierta alta calidad de vida, estuvo trabajando durante casi un mes, controlando sus pasos por la casa, hasta cerciorarse que efectivamente, aquel acaparador acumulaba su dinero en una parte secreta, sin recurrir al depósito del efectivo en un banco cualquiera.
Confirmado el hecho del excesivo dinero disponible al alcance de sus manos, una tarde decidió entrar en acción.
Trajo en su furgoneta una caja de metro y medio cuadrado, de cristal blindado. Dentro estaba la sorpresa para su jefe.
Cuando este recobró la conciencia tras media hora después de haber sido golpeado por la porra eléctrica que había empuñado su empleado en su contra, se halló desnudo, introducido dentro de aquella caja ubicada en el sótano de su propia casa.
Acompañado estaba por cientos de pulgas que no tardaron en comérselo casi vivo.
En cuanto vio al traidor poniéndose de cuclillas a la altura de su rostro enrojecido, respondió aporreando el cristal de manera estéril, pues era irrompible.
– ¡Sáqueme de aquí! ¡Me están devorando! ¡El picor es insoportable!
– No lo dudo. Son pulgas de perros. Un hermano mío trabaja en la perrera municipal, sabe.
Aquellos infernales insectos eran una auténtica molestia para el hombre adinerado, con toda su anatomía expuesta a las picaduras. En pocos minutos, la saliva de las incontables pulgas le produjeron erupciones en la piel, con ciertas zonas del cuerpo ya visiblemente inflamadas, acentuándose por el efecto de sus propias uñas al rascarse.
– ¡La sensación de los picores me está matando! ¡Es usted un miserable sádico!
– Esto tiene un punto final cuando me diga dónde guarda el dinero.
– ¿Es eso lo que quiere saber, bastardo?
– Nada más y nada menos. Sé que no ingresa más que cantidades ínfimas en la cuenta del banco. Para los gastos y poco más. La parte más importante la mantiene oculta en alguna zona secreta de la casa.
Su jefe se removía dentro de su jaula acristalada, incapaz de permanecer quieto. Las pulgas eran insaciables, haciéndole ya casi enloquecer por la tortura de sus continuas picaduras.
– Lo guardo todo en la caja fuerte, maldito infame.
– ¿Dónde está ubicada?
– En mi despacho. Debajo del escritorio. Se desliza la mesa hacia la izquierda, y queda a la vista. ¡Ya es suficiente! ¡Estos picores del demonio!
– La combinación. Me falta eso para satisfacer mi propia codicia, ja ja.
El hombre se la dio sin detenerse en el roce de su piel con las uñas, tratando en vano de aliviar la desazón del picor que le embargaba desde las cejas a los dedos de los pies.
Su empleado abandonó el sótano, dejándolo en compañía de las pulgas…, sin intención de liberarle, pues en cuanto obtuviera el dinero, se marcharía con viento fresco.
Se dirigió al despacho. Con premura y cierto nerviosismo por estar tan cerca de hacerse medianamente rico, deslizó la mesa, quedando la puerta de la caja fuerte a la vista, con el cuerpo del compartimento de seguridad empotrado en el mismo suelo. Agachado, utilizó la combinación dada por su circunstancial jefe. La puerta cedió, y cuando ya estaba esbozando una amplia sonrisa de oreja a oreja, dispuesto a apropiarse de la cantidad respetable de billetes acumulados en el interior de la caja fuerte, de los aspersores antiincendios dispuestos en el techo de la estancia surgió una lluvia fina y continua que le fue empapando en segundos, con la diferencia que el liquido era ácido en vez de agua, tardando nada en disolverle primero el tejido de la ropa para luego carcomerle la piel hasta alcanzar la plena dureza de los huesos … De haberlo sabido, antes de haber abierto la caja, hubiera pulsado un botón oculto bajo la mesa del escritorio que desactivaba la puesta en marcha del funcionamiento de la mortal trampa.
El ayudante del hombre acaudalado murió en menos de un minuto en medio de un sufrimiento terrible y agonizante, hasta de él no quedar más que un montón de restos visibles y repulsivos de masa sanguinolenta esparcidos por el suelo, cercanos a la caja fuerte abierta.
A la vez que el hombre rico tardó día y medio en hacerlo por las infecciones de las infinitas picaduras de las pulgas que terminaron hinchando su cuerpo hasta hacerle casi quedar encajado, estrujado dentro de la diminuta jaula de cristal.

La sacudida del alma. (Relato largo)

   Capítulo 1.

            LA DIVINA LOCURA
                12 de noviembre de 1975.
                La iglesia del Santo Sepulcro albergaba, como todos los domingos, a los fanáticos fieles en busca del descanso espiritual necesario en el séptimo día en que el Señor Todopoderoso guardó una más que merecida fiesta. En Marrow se oficiaba una única misa dominical dado el nivel de población del asentamiento, al cual se la llamaba con una inmerecida pomposidad de Misa Mayor de la Salvación Semanal. Los componentes del coro de la iglesia, compuesto en su integridad por los niños más revoltosos de la escuela mixta de Saint Vincent  “El Oteador”, quien había sido un santo de buena estatura, y en su juventud de marinero un fracasado emulador de Rodrigo de Triana (no descubrió ninguna isla desconocida, si no los mareos que le proporcionaban los bandazos del navío en alta mar, y eso en calma chicha), elevaban sus cánticos acompañados por los sones discordantes y terribles que emergían del órgano electrónico gentilmente cedido por el insigne señor Roberts, dueño de la tienda “Stradivarius”, a la devota congregación.
                El padre Bamond era quien celebraba ese día la sagrada liturgia. Con el padre Torrado, eran los dos oficiantes que tenían que atender a las parroquias de la zona, cinco pueblos de menos de quinientos habitantes cada uno de ellos. Tenía sus buenos setenta años, medía un metro cincuenta y pesaba más de cien kilos, signo inequívoco de su vida mesurada y sin derroches. Qué más daba si le encantaba la bollería industrial y los chuletones de la tasca de Limb. Como era habitual en él, su elocuencia le perdía en el apartado del sermón, de una duración jamás inferior a la media hora, un hábito demasiado engorroso para los fieles más jovenzuelos, cuyo principal afán era de que se terminara la misa para acudir a la cancha de baloncesto del colegio donde Saint Vincent cosecharía su derrota dominical ante el rival de turno. Dada la longitud de la verborrea del párroco, los chicos se veían abocados a tener que conformarse con la segunda parte del partido.
                En un momento del glorioso sermón, el sacerdote carraspeó y alzó su mirada por encima de las lentes de las gafas: la iglesia no estaba llena del todo pues aún se hallaban algunos bancos vacíos. Sin venir a cuento, lanzó unos cuantos parabienes a la fertilidad múltiple y a la inutilidad del uso del preservativo y la ingesta de píldoras del día después.
                Fue en ese instante cuando pudo percibirse la apertura de la puerta de acceso al templo. Una cantidad numerosa de cabezas medio adormiladas por el discurso del padre Bamond fueron giradas para observar quién había cometido la osadía de la tardanza. Se trataba de un anciano de una edad próxima a la del propio párroco, con la cabeza pelada por la alopecia congénita o por el paso del tiempo, váyase a saber, de estatura ordinaria y espalda encorvada. El recién llegado les miraba a todos ellos muy fijamente.
                El padre Bamond tosió a posta para que todos prestaran atención a su tierna homilía, cuando el visitante empezó a prorrumpir en una sarta de gritos:
                – ¡MANSOS! ¡OVEJAS SIN CENCERRO! Eso es lo que sois todos.
                “¡Dejad de escuchar a ese embaucador de una vez!
El padre Bamond aproximó su gentil vocecilla al micrófono para recriminar la atención del anciano:
– El ciudadano americano tiene derecho a la libertad de expresión, pero en este caso, señor, si lo hace usted en lo alto de un monte, se lo agradeceríamos toda la comunidad cristiana de Marrow, créame.
El hombre de edad avanzada hizo caso omiso a su sugerencia. Lo señaló con un dedo índice retorcido, y escupiendo saliva, enfatizó con voz cavernosa:
– ¡CERDO! Eso es lo que eres. Un cerdo y con mucho tocino. Te aseguro que tu destino final es el matadero. Y entonces, todos comeremos de tu carne… La carne del infiel.
Nada más escucharse estos denuestos, los presentes empezaron a abuchearle con fiereza, obligando al padre Bamond a pedir muestra de respeto hacia la vivienda del Señor:
– ¡Saquen a ese vejestorio chiflado de este sagrado lugar!
– ¡No sigas envenenado las mentes de esta estúpida gente! Y para que lo sepas, si alguien tiene poderes, ese soy yo.
“Puedes considerarme el sucesor de Dios.
– ¡Blasfemo! ¡A patadas! ¡Que no permanezca ni un segundo más aquí dentro!
Nada más oír la orden del cura, cinco hombres fornidos sujetaron al anciano y lo obligaron a salir de la iglesia aún a pesar de que ofreciera una tenaz y digna resistencia para la debilidad física que en principio aparentaba.
Capítulo 2.
COSAS DE CHICOS
El bar de Carnago Limb concitaba la presencia etílica de la juventud dada la propia edad temprana del dueño (23 años).
En una mesa alejada de las principales ventanas que daban al exterior, estaban reunidos Jackels, Carnago Limb, Willo y Townsed, degustando jarra tras jarra de cerveza de tres cuartos de litro. El tema de la conversación era la escandalera montada por aquel viejo loco que interrumpió la solemne homilía del párroco.
– ¡Jolines, tío! Si os hubierais fijado en el semblante que puso mi padre nada más escucharle. Estaba de una mala leche. Nada más llegar a casa, tuvo que irse al baño a hacer de vientre, del mal cuerpo que se le quedó – Townsed se bebió toda la cerveza que le quedaba en la jarra de un largo trago.
– A esta gentuza procedente de las ciudades hay que machacarla bajo las ruedas de un tractor, joder. Sólo estorban, y perturban el perfecto equilibrio de paz y armonía que tenemos en Marrow.
– ¡Simplemente son albóndigas hechas con carne podrida! Eso es lo que son los putos forasteros – Carnago Limb  ya se encontraba medianamente borracho antes de que se abriese el bar a la clientela.
– Lo malo es que encima el tipejo ande suelto aún por el pueblo.
– Es que ni tendría que andar atado como el Houdinni ese de los cojones – Willo, al decir esto, eructó con exceso. – ¿De dónde demontre habrá salido?
– ¡Del infierno, ja-ja! El mismo Satanás lo habrá soltado para amargar nuestra idílica existencia – enfatizó Jackels sin perder de vista el trasero duro y apretado en sus ajustados pantalones vaqueros desteñidos de la camarera Lucy conforme esta iba de aquí para allá atendiendo las mesas.
Carnago Limb se rascó la punta de la nariz salpicada de puntos negros y se puso en pie tambaleante. Los cuatro ya estaban para dormir la mona.
– ¿Qué haces? – preguntó Willo, mirándole desde su silla.
– He pensado algo. ¿Y si le hacemos una buena cabronada a ese vejestorio?
– ¡Vete a saber por dónde andará ahora! – suspiró Townsed.
– Pues yo le veo bien cerca… – Carnago Limb les señaló hacia la barra.
Sin que se hubiesen dado de cuenta, el anciano había entrado y tomado asiento en uno de los siete taburetes de la barra del bar.
                Capítulo 3.
                CUATRO CONTRA UNO
               
                – Quiero un vaso de agua del grifo – el anciano les echó una mirada fría a los cuatro jóvenes de arriba abajo como quien quiere la cosa.
                – Mejor que se nos largue – Carnago Limb se le acercó tanto que casi se tocaban nariz con nariz. – Se lo digo por su propio bien. Este es un local decente.
                – Por eso mismo no me voy. Las camareras agradecen que mis pupilas se dilaten mirándolas, je. – Extrajo dos billetes arrugados de diez dólares del fondo del bolsillo derecho del pantalón. – No soy ningún vagabundo. El agua es para aclararme la garganta. Luego me pondré a tono con dos whiskies. Tengo el dinero suficiente para más tarde costearme una noche con una de las chicas del pueblo, je. Y encima ganará experiencia conmigo, pues soy un perro muy viejo. No como vosotros. Que aún estáis en la pubertad y os tenéis que conformar encerrándoos en el váter para haceros pajas, ja.
                – ¡Serás puñetero!
                – Puedes vociferar lo que quieras, que no me infundes ningún temor. Porque además tengo un ángel caído que me protege.
                – ¿Quién?
                – Digamos que tiene cuernos, rabo y un tridente, ja. Y que del lugar de donde procede, hace mucho calor durante todo el año.
                – No digas más majaderías – Jackels soltó una imprecación. – ¿De qué manicomio estatal se ha fugado?
                – Cuando mi socio venga a reclamar lo suyo, no os quedará tiempo para risotadas pueblerinas, ja. Lo más seguro es que ni viváis para contarlo – introdujo de nuevo el dinero en el bolsillo. – ¿Una de las niñas me servirá el vaso de agua de una vez? A ser posible, la de la coleta rubia. En la cama tiene que hacer virguerías, je.
                Carnago Limb hizo formar a sus tres compañeros en un círculo, les comentó tres frases en voz baja, recibiendo respuestas afirmativas. Disolvieron la reunión y se volvió de cara al hombre mayor.
                – Claro que te vamos a servir… – Escogió un cuchillo del fregadero. – ¡Agarradlo fuerte y conducidle a la bodega…!
                Capítulo 4.
                EL CALLEJÓN
                13 de noviembre de 1975.
                Hora: 00:30 a.m.
                Una furgoneta destartalada, con carrocería roñosa y sin parachoques  delantero frenó de golpe en el callejón sin salida ubicado en la parte trasera del restaurante tailandés “Nicola Di Bari”. Dos individuos se escudaron en las penumbras del lugar para salvaguardar su identidad. Bajaron del vehículo y abrieron las puertas posteriores del mismo. Extrajeron un pesado y enorme saco de patatas. El más alto de los dos soltó un par de frases malsonantes, para acto seguido pedir perdón al cielo por su pecado verbal. Entre ambos llevaron el saco hasta el contenedor de basura. Se sirvieron de un frigorífico moribundo tumbado en el suelo al lado para encaramarse y con un esfuerzo titánico consiguieron empujar el saco lo necesario para que quedara bien introducido en el interior del contenedor. Se restregaron las manos sudorosas en los muslos de los pantalones.
                – Mira que rajarse esos dos traidores – dijo el individuo de menor estatura.
                – Son unos niños de teta. Rompen un jarrón y luego se limitan a lloriquear – el más alto volvió a blasfemar.
                Repentinamente, se dirigió con rapidez hacia la parte trasera de la furgoneta. En unos instantes retornó con una bolsa de plástico con cierre hermético. La lanzó hacia el fondo del contenedor.
                Suspiró aliviado, mirando a su compañero:
                – ¡Joder! Casi me olvido de los putos ojos.
                Seguidamente se metieron en la furgoneta de novena mano y abandonaron el callejón solitario, sin molestarse en que el tubo de escape petardease mala cosa.
                Capítulo 5.
                EL PANFLETO LOCAL
                Marrow era un pueblo demasiado insignificante y monótono como para siquiera hacer emerger las cejas de la cabeza en la sección de sucesos del periódico American Incidents, pero el 14 de noviembre de 1975 rompería con esa dinámica tan sosa.
                (Recorte del American Incidents)

                HORRIBLE ASESINATO COMETIDO EN MARROW 
(ESTADO DE NUEVA YORK).

                                        Marrow (Condado de Lewis, Estado de Nueva York), 13. De nuestro enviado especial Ederguguis Lanakis.
                Hoy (ayer para el lector), a las 9 de la mañana, el equipo de recogida de basura del municipio de Marrow, a la hora diaria marcada en su mapa de rutas, se dirigía hacia el callejón sin salida conocido localmente como el del “Enano Saltarín”, ubicado en la parte trasera del restaurante tailandés “Nicola di Bari” para vaciar el contenedor de detritus allí situado. Al desencajarlo del elevador del camión, pudieron distinguir entre la basura un llamativo saco de patatas. Por curiosidad, decidieron abrirla, más que nada para averiguar si acaso había algún tubérculo aprovechable para algún guiso casero, y para su horror y devastación mental, descubrieron que alojaba los restos de un cuerpo humano, evidentemente ya sin vida.  Tras diversos mareos producidos por la fuerte impresión, pudieron dar aviso al cuartel de la policía local del terrible hecho. No tardó en acudir la dotación pertinente (en realidad, en el pueblo disponen de dos defensores del cumplimiento de la ley, con un único coche patrulla).
                Tras una concienzuda investigación antes de proceder al levantamiento del cadáver, se celebró una breve rueda de prensa en los límites de acceso al callejón del “Enano Saltarín”. En ella, el comisario Riners nos trasladó el siguiente parte a los medios de comunicación allí presentes:

                                        “El día 13 de noviembre de 1975 se ha descubierto el supuesto homicidio de una persona de unos 60 a 70 años de edad, sexo varón, sin documentación personal que lo identifique y completamente desnudo. Según el médico forense, la posible causa de su muerte sean las tres profundas incisiones por arma blanca en la garganta. Es de destacar, aparte de este hecho y la desnudez de la víctima, de la extracción de los ojos, con las cuencas vacías. En el transcurso de la mañana, tras cinco horas examinando la zona, a las 14:45 horas el agente Perkins pudo localizar entre la basura una bolsa de plástico con cierre hermético, conteniendo los dos ojos de la víctima.”

                UN MES DESPUÉS.
                Marrow retornó a su vida de eterna tranquilidad y rutina sin fin. El asesinato dio cierta notoriedad a la localidad, pero pasados los hervores de la sopa, ya nadie se acordaba del sabor de la misma. Además ya se acercaban las fechas entrañables de las próximas navidades, y se empezaban a ver las primeras ornamentaciones en las tiendas, edificios  públicos, casas particulares y calles. La nieve se alió con las bajas temperaturas, cubriendo Marrow y sus cercanías hasta dejarla casi incomunicada con el resto del mundo…
                Capítulo 6.
                GEMELOS
                A fecha 15 de diciembre (que era miércoles) Carnago Limb estaba charlando sin parar como una cinta magnetofónica rallada con Jackels, quien prácticamente era ya su único amigo, puesto que ambos mantuvieron una fuerte discusión con Townsed y Willo el día posterior al asesinato acontecido en el callejón del “Enano Saltarín”, cuando dos hombres entraron empujando la puerta de acceso con tal ímpetu que estuvo a punto de desencajarse por el gozne superior de la escuadra que la mantenía en sintonía con el quicio. Las características externas de sus facciones más su posterior acento remarcarían su procedencia extranjera. Se presuponía que eran hermanos, y más concretamente, gemelos, dada su similitud a dos gotas de agua. Medirían el metro setenta y cinco, ojos verdes y ataviados con sendos trajes de chaqueta de color marrón claro y abrigados, en este caso uno con un chubasquero azul marino deportivo y el otro con una gabardina verde oscura, siendo esto lo único que diferenciaba el uno del otro. Sin ni siquiera emplear una mera indicación verbal entre ellos, decidieron tomar asiento en dos sillas en la mesa más cercana a la puerta que conducía a la cocina del bar-restaurante. El de la gabardina miró en derredor del local. Sus ojos se fijaron finalmente en Carnago Limb y Jackels.
                – ¿Quién de los dos es el dueño de este pestilente antro? – preguntó con voz estridente y áspera.
                Carnago Limb se estiró como la pértiga del saltador al acometer el impulso al otro lado del listón, dirigiéndose hacia detrás de la barra. Cogió un vaso sucio y lo depositó en el fondo del fregadero, que estaba atascado con agua espumosa turbia. Estaba indignado por la mezquina denominación dada por el foráneo al negocio que le servía para vivir decentemente sin tener que recurrir a la ayuda económica de sus padres.
                – Hombre. Dos tíos tan inteligentes como ustedes habrán observado mi reacción ante el adjetivo dado a mi querido bar-restaurante. Así que por decirlo, yo soy el jodido dueño del mismo, ¿entendido? – impulsó un escupitajo justo en el centro de un cenicero situado sobre el mostrador. – Ya que se ponen así, también dirán lo que quieren, eh.
                – No vamos a pedir ninguna consumición.
                “Mejor dicho, en vez de pedir, venimos a dar. Digamos que tenemos un pequeño presente para usted, señor Limb – el forastero del chubasquero señaló con un dedo hacia una cajita de joyería de pequeño tamaño que había sido depositada encima de la mesa.
                Carnago se quedó mudo por unos segundos. En un principio desconfiaba de lo que pudiera contener aquella caja.
                – Ja. Así que eso es para mí. Vaya, debo de ser muy importante para alguien – dijo soltando una carcajada nerviosa. Buscó con la mirada el respaldo de Jackels. Este le devolvió una sonrisa de tonto, como diciendo, “coño, eres mala hierba pero debe de haberla aún mayor para que te den un regalito”.
                – En efecto. Esto le corresponde en propiedad a partir de ahora, señor Limb – el de la gabardina verde suspiró, sin poder ocultar su desagrado al tener que relacionarse aunque fuera por unos escasos minutos con un personaje de esa calaña como lo era Carnago Limb.
                Carnago se apoyó sobre el mostrador, mirando ya con deleite el premio al “Mérito Desconocido”.
                – ¿Se puede saber de parte de quién viene esa cosa? – preguntó, guiñando el ojo derecho.
                El gemelo del chubasquero azul marino entrecerró los ojos, deseando matarle simplemente con la mirada.
                – Procede de parte de alguien que presumiblemente le conoce a usted demasiado bien – tras decir esto, le hizo una señal descarada a su hermano con la cabeza. – Le dejamos, señor Limb. Espero que disfrute del regalo.
                Carnago Limb salió de detrás de la barra del bar corriendo a trancas y barrancas eludiendo mesas y sillas para acercarse hacia los dos misteriosos visitantes antes de que se  fueran dejándole con la palabra en la boca. Su amigo Jackels los miraba a los tres como si formaran parte de un episodio de Barrio Sésamo.
                (Veo a Epi y Blas, y ahora se suma el monstruo de las galletas, ji ji)
                – ¡Oigan! – les llamó Carnago. – ¡Antes de que se vayan!
                “Ustedes dos no son de la zona, ¿verdad?
                – Esa es una curiosidad estúpida, señor Limb. Es preferible que no tomemos su estulticia en cuenta de cara al futuro. Es lo más recomendable, tanto para usted y sus amigos, si es que se hace merecedor de tenerlos, como para nosotros – dijo el hermano gemelo del chubasquero.
                Al finalizar de decir esta brusquedad, los dos salieron por la puerta al exterior, donde unos copos de considerable grosor empezaban a caer preconizando una buena nevada nocturna.
                Capítulo 7.
                EL ANILLO
                – ¡Por las lágrimas del pecador! Si parece oro puro – Carnago Limb sujetaba entre dos dedos un anillo. El estuche estaba sobre la mesa, con la tapa abierta.
                – Tiene una especie de inscripción tallada por la parte interior – Jackels le señalaba tres signos numéricos que había en esa parte del anillo. – Son números de la suerte, eh, Carnago.
                Carnago Limb miró bien el anillo por esa parte y corroboró lo que le decía Jackels. La joya tenía inscritos tres seises en cursiva, uno seguido del otro.
                – Menudos admiradores secretos que tienes, carajo. Y tú sin decir ni media palabra.
                – Te juro por la salud de mi madre que no tengo ni repajolera idea de quién me lo ha podido regalar.
                Jackels oprimió con fuerza su hombro derecho.
                – Por cierto, no tendrás el valor de ponértelo en el dedo correspondiente, ¿verdad?
                – ¿A qué viene esa pregunta?
                – Hombre, Carnago. Un hombre con un anillo resultón en el dedo y que no esté casado… Todos los tíos del pueblo si te ven lucirlo comprenderán tu escaso éxito con las tías, joder.
                – Tú y tus mamarrachadas. Si los de la ciudad llevan hasta algo parecido a un taparrabos, así que no me vengas con opiniones más propias de un mocoso de tres años – dicho esto, intentó ajustarse el anillo en el dedo corazón de la mano derecha, pero le fue imposible hacerlo debido al diámetro estrecho de la joya.
                – Ja-ja. Si resulta que no te entra de lo gordo que tienes el dedo – se mofó Jackels con verdaderas ganas.
                – Un segundo. Ya verás – el anillo lo acomodó en el meñique. – Mira que bien me queda.  Parezco un ricachón de esos que aparecen en las películas de la tele.
                – Yo diría que con él vas a demostrar que careces de cierta hombría, ja-ja – aseveró Jackels, agachándose a tiempo para esquivar el cenicero que le lanzaba Carnago a la cabeza.
                 
                Capítulo 8.
                EL INCENDIO
                La biblioteca municipal de Marrow (pronunciado como Morrow por los lugareños), era cualquier cosa, menos un sitio decente. Inaugurada en el año 1955 como edificio de una única planta destinado como albergue para los más desamparados y pobres de toda la vecindad, quince meses después, a raíz del embargo practicado por parte del ayuntamiento, quedó destinado como lugar de lectura, donde los más analfabetos que huían de toda asistencia física a las clases de la escuela, se pasaban las mañanas jugando al escondite en los archivos del sótano aprovechando la cortedad de vista y la sordera extrema del bibliotecario. En el día de su reconversión de albergue a biblioteca, la vecindad de Marrow y sus alrededores trajeron toda clase de libros, revistas y periódicos apolillados por el paso del tiempo con que dotar las estanterías de cierto empaque cultural. En septiembre de 1956 se abrió oficialmente cara al público y desde entonces continúan los mismos libros, idénticas revistas y similares periódicos, al igual que el mismo número de personas que la visitan diariamente (descontando a los mocosos que practicaban el escondite, podría cifrarse en dos o tres afanosos lectores como mucho).
                Por ello el incendio que acaeció el 16 de diciembre en la biblioteca municipal, más que entristecer a los residentes, les hizo de alegrarse por poder deshacerse de edificio tan inútil y molesto, pues estéticamente tampoco es que fuera gran cosa.
                El señor Andrew Gordon fue quien dio aviso a los bomberos del condado a los 45 minutos de darse cuenta de las imponentes llamaradas que surgían por los ventanales de la estructura de hormigón armado. Ese día en cuestión, el señor Gordon iba de regreso a casa sobre las ocho de la noche tras haber adquirido con la suficiente antelación debida el regalo de navidad para su odiosa suegra en la tienda de empeños, cuando al pasar por delante de la fachada de la biblioteca pudo percibir el humo, las llamas y las altas temperaturas en torno al perímetro del edificio, llegando a la feliz conclusión que lo que allí estaba ocurriendo era un incendio de proporciones épicas.
                Conforme más tarde los bomberos se afanaban en tratar de sofocar el fuego, el comisario Riners preguntó al señor Gordon si algo le había llamado la atención, o si había visto a alguien abandonando las cercanías de la biblioteca en el momento que estaba sucediendo la tragedia.
                – Solo puedo asegurarle que vi en las inmediaciones, ocultándose detrás del anuncio con forma de rosquilla de anís gigante,  a una cosa tremenda de dos metros de altura y peludo de arriba abajo como si llevara un abrigo de pieles o un disfraz de yeti – fue la contestación del señor Gordon.
                Capítulo 9.
                MANCHAS
                – Vaya, Limb. ¿Sabes que tienes mala cara? – el comisario Riners apagó la colilla de su cigarrillo en el cenicero más cercano situado sobre la barra del bar.
                – De mi careto me ocupo yo. Sé que no soy muy guapo, pero tampoco tan feo, joder.
                “Pero vayamos al grano. Lo de siempre, ¿no, comisario?
                – Eso es, muchacho. Pero a ver si esta mañana los huevos están mejor pasados por agua, ¿eh?
                Carnago Limb se alejó del comisario y entró en la cocina. Sacó dos huevos del frigorífico, llenó un cazo con agua del grifo y lo puso a hervir sobre el hornillo central. Introdujo los dos huevos, acompañado de una flema que se le escapó al separar los labios.
                – Carajo, estoy un poco flojo hoy, si – se reconoció a sí mismo.
                – ¡A ver si te das prisa, Carnago! ¡Llevo media hora esperando a mi tortilla francesa! – le urgió una voz disgustada procedente de la barra.
                – ¡Vete a procrear con una marmota, cagaprisas! – respondió Carnago Limb, fuera de sí.
                – ¡Ya no me volverás a ver por este tugurio, Carnago! – replicó el cliente, abandonando el local.
                Carnago terminó de dar vuelta y vuelta a un filete de buey, dejándolo poco hecho antes de situarlo en el plato de servir. Agregó salsa de tabasco y mostaza y llamó a Jackels.
                – Toma, lleva esto al comisario.
                Jackels se quedó un instante sorprendido, decidiendo guardar silencio al ver que la sartén con aceite hirviendo estaba al alcance de la mano de Carnago.
                Entre tanto, Carnago sacó una botella de leche del frigorífico y le quitó el tapón. Acercó un vaso de plástico desechable y se sirvió. Llevaba una temporada que no bebía leche sola y lo primero que sintió fue un cierto desagrado en el sabor que fue transformándose en repugnancia. Arrojó el vaso contra el suelo mientras vomitaba apoyado sobre el fregadero.
                Cuando se le pasaron los espasmos de las arcadas, agarró la botella y la estampó contra la pared.
                En ese instante hizo aparición el comisario Riners. Al entrar, su rostro indignado fue transformándose en uno dotado de perplejidad al observar el desaguisado que Carnago acababa de organizar en la cocina.
                – ¡Por Dios! – Riners se acercó al fregadero. Nada más ver el contenido repulsivo del vómito, se apartó de allí, concentrándose en Carnago. – Oye, Limb, tú estás enfermo. Se te nota a diez millas de distancia.
                Carnago se incorporó desde la silla. Estaba a punto de blasfemar, pero se contuvo. Era conocedor que Riners multaba a la gente por maldecir en contra de la religión oficial de Marrow.
                – Primero le dices una sandez a Jones, con lo orgulloso que está de ser el hombre con mayor descendencia del pueblo, y después me sirves un condenado filete de buey de diez años con salsa de tabasco y mostaza, cuando simplemente te pedí dos huevos pasados por agua.
                – La carne está sabrosa, aún a pesar de la edad. El congelador que tengo es de cuatro estrellas… – se limitó a decir Carnago Limb.
                – Pero el caso es que yo no lo quiero. Recuerda que estoy a régimen, muchacho.
                Carnago esbozó una mal disimulada sonrisa al oír esto último. El comisario medía 1,75 y pesaba 115 kilos.
                Riners cabeceó la cabeza al percibir la sorna reflejada en el rostro enfermizo del dueño del bar-restaurante. Al verle hacer un gesto repentino con la mano, se la señaló con énfasis.
                – ¿Qué es eso que tienes en tu mano derecha? – preguntó sin tapujos.
                – Se refiere al anillo, ¿no? Es de oro macizo y lo heredé de un pariente lejano, je, je.
                – No, Limb. Me refiero a esa mancha que tienes en la piel.
                Carnago Limb se examinó la mano dichosa. Efectivamente, tenía una mancha blanquecina que abarcaba la zona situada entre el dedo índice y el corazón. Y disponía de una más grande en la misma palma de la mano.
                – ¡Cristo! Ahora me fijo en ello – se tocó las manchas.
                La que estaba emplazada en la palma se desprendió como si fuera una tira de esparadrapo, acompañada de una porción de su propio tejido de la piel…
                Capítulo 10.
                SECRETO PROFESIONAL
                Fecha: 18 de diciembre de 1975
                Hora: 07:15 a.m.
                El comisario Riners aguardaba con cierta impaciencia la salida del doctor Moonsefe de la habitación número dos ubicada en el ala de aislamiento de la casa hospital de Marrow.  Después de pasar toda la madrugada en vela, Riners estaba deseando intercambiar opiniones con el médico para así irse por fin a la cama. Sobre las siete y pico de la mañana, la puerta que comunicaba con la sala de aislamiento fue abierta, saliendo a través de ella el doctor acompañado de una  esbelta enfermera quien lo abandonó a requerimiento de Moonsefe. El policía prácticamente se abalanzó como si fuera un defensa de fútbol americano para un perfecto placaje sobre el cuerpo debilucho de Moonsefe.
                – Bien, doctor. Estoy cansado. No me tengo ya en pie. Así que seré directo. ¿Qué es lo que tiene Carnago Limb? – el comisario sacó tabaco para mascar.
                – Verá,  agente, es demasiado pronto para aventurar cualquier hipótesis de la clase de enfermedad que aflige al señor Limb. Quedan por realizarle diversos análisis.
                – No será algo contagioso, ¿eh?
                – ¿Por qué piensa eso?
                – Hombre. Seamos francos. A una persona que se le caiga la piel a cachos así como así, no sé. A mí me da que lo que tenga tiene que ser una infección de lo más peligrosa.
                – No tiene de qué preocuparse, comisario. Ahora váyase a casa a recuperarse de la noche en vela, que todo está bajo control – el doctor llamó a una segunda enfermera jovenzuela rubia de uniforme ceñidísimo y cuerpo escultural de quitarse el hipo. – Jenny, acompaña al comisario Riners hasta la salida.
                “Nos tenemos que despedir por ahora, comisario. Estoy terriblemente ocupado.
                – Le comprendo, doctor – Riners desvió la mirada lujuriosa hacia las espectaculares piernas torneadas de la enfermera. Se tuvo que sacudir la cabeza con la mano para abandonar su ilusión irrealizable y la sonrió de oreja a oreja, mostrando los tres dientes que le quedaban en el maxilar superior: – Bien Jenny, obedece al médico y acompáñame hasta la salida, pero a ritmo muy lento, que cuanto más tardemos en llegar hasta ella, mejor.
                Jenny se rió de la ocurrencia, agarrando del brazo al comisario.
                El doctor Moonsefe los vio perderse por el pasillo. Retornó la vista hacia su cuaderno de notas. En la hoja superior en el campo del nombre del paciente venía reflejado el de Carnago Limb. En el apartado destinado al estado y la evolución de su dolencia, una vez hecha la descripción de sus síntomas, se llegaba a una clara conclusión. El diagnóstico era la Nueva Lepra Norteamericana.
                Capítulo 11.
                NAVIDADES MALDITAS
                Carnago Limb falleció el 23 de diciembre. El cuerpo médico de Marrow intentó ocultar las causas de su muerte, pero el modo tan fulminante en que obró la enfermedad acabando con su irrisoria existencia, hacía un imposible mantener el origen en una incógnita aún por resolver.
                A las pocas horas de la incineración del cadáver, el doctor Moonsefe decidió aclarar la clase de enfermedad desarrollada en el cuerpo de Limb en la sala de reuniones del colegio Saint Vicent “El Oteador” para calmar el nerviosismo ya imperante en el resto de la población.
                Ante una sala completamente abarrotada, y que se hizo pequeña, ocasionando cierta tensión y malos modos entre los ahí reunidos para encontrar siquiera un metro libre donde poder estar situado de pie, el médico cogió el micrófono con las dos manos.
                – A ver. Probando. Uno, dos, tres, probando – fue lo primero que dijo.
                – Pues no pruebe usted tanto, que ganará peso y se nos pondrá gordo – dijo una voz chillona, entre las carcajadas del resto.
                Moonsefe alzó una ceja y fue a lo suyo.
                – Bien. Buenas tardes a todos los habitantes de Marrow aquí concitados. El motivo por el cual nos hallamos aquí, en esta sala, no es otro que para esclarecer la súbita y terrible muerte del señor Carnago Limb Colombo.
                – Coño. No sabía que fuera pariente del detective de la tele – le dijo por lo bajo el comisario Riners.
                El doctor consiguió acallarle con una mirada severa.
                – Continúo. Voy a serles a todos ustedes  franco, explícito pero conciso a la vez. El señor Carnago Limb presentaba el siguiente cuadro de síntomas – Moonsefe extrajo una libreta del bolsillo de su americana. – Aparición de innumerables manchas de tono blanquecino con pérdida de sensibilidad en las zonas afectadas, dañando a los tejidos de piel y a los nervios, originando trastornos de movilidad en las extremidades tanto superiores como inferiores, con laceraciones en el rostro y pérdida capilar en los lugares correspondientes al cabello y al vello corporal. En la fase más severa de la enfermedad, llegaron las deformaciones y las posteriores mutilaciones, hasta que su sistema inmunológico colapsó al disponer simplemente del tronco y la cabeza tras las amputaciones necesarias practicadas en principio para impedirle la formación de la gangrena.
                La sala quedó en completo silencio por espacio de unos segundos, tratando de digerir el final horripilante que tuvo el infausto Carnago. Un hombre de unos cincuenta años, empapado de sudor por la falta de ventilación en la sala y el exceso de asistentes, alzó una mano.
                – Diga, Jacobo Orson –le dio permiso el comisario Riners.
                – En nombre de los tontos de culo del pueblo, le pido al muy respetable doctor que se nos deje de rodeos y nos diga de una puñetera vez de lo que murió el cabronazo de Carnago.
                Moonsefe se aflojó el nudo de la corbata antes de afrontar el acto más delicado de la reunión vecinal.
                – Bien. Señoras, señores. La enfermedad que ha sufrido el señor Carnago Limb Colombo es una variante independiente de la afección más conocida común y corrientemente  como la lepra. Este tipo de lepra se diferencia de la lepra ordinaria en su rapidez al extenderse por el cuerpo humano, anulando sus defensas y causando la muerte en escasos días.
                La comunidad de Marrow se inclinó por conversar en murmullos, atónitos y aterrorizados ante la noticia que les acababa de facilitar el doctor Moonsefe. El comisario Riners se aproximó al micrófono para intentar establecer orden en la sala.
                – Por favor. Un poco de mesura.
                – ¡Y una leche! ¡Si se me infecta un brazo y luego se me cae, voy a brincar de alegría, no te jode!
                – Pero es imposible – exclamó el ex bibliotecario, señor Twiiks. – Esa enfermedad está erradicada en los países más desarrollados.
                El doctor negó con la cabeza.
                – Verá, señor Turner. Ciertamente la lepra sigue existiendo en el hemisferio Sur, pero aún hay ciertos focos en las zonas más deprimidas de países avanzados, como Portugal y España, donde aún existen leproserías.
                – Pero estamos hablando de los Estados Unidos, tío – le dijo Townsed.
                – También tenemos algunos rincones donde hay enfermedades ya controladas, pero que brotan esporádicamente. Es por ello que esta lepra en cuestión al ser tan diferente al resto, es conocida como la nueva lepra norteamericana.
                – ¿Y desde cuándo se tiene conocimiento de esta variedad tan letal? ¿Acaso también es contagiosa? Porque tengo entendido que en la lepra más normal no lo es dada la inmunidad del 95 por ciento de la población mundial, salvo en casos excepcionales – continuó el señor Twiiks.
                – La nueva lepra norteamericana es única, señores y señoras. Ha surgido en nuestra localidad, y es más contagiosa que una simple gripe invernal. Así que recomiendo que las personas que hayan mantenido un contacto estrecho con el fallecido sean confinadas en el hospital y sometidas a un período de cuarentena – urgió el doctor Moonsefe.
                En ese instante se escuchó un grito enloquecedor. Se trataba de Jackels quien pataleaba entre convulsiones en el suelo. Levantó la cabeza y todos los asistentes pudieron observar que la piel de las mejillas se le caía a jirones conforme se rascaba el rostro con las uñas de las manos.
                Capítulo 12.
                EL PRECIO DE LA MUERTE
                24 de diciembre de 1975
                Habitación 5 de la casa hospital de Marrow.
                Ala de aislamiento.
                Código Rojo de Infecciones Contagiosas.
                La hermosa e insinuante enfermera Jenny abrió la puerta de la habitación acompañada de una persona. Parecía de su entera confianza porque entraron entrelazados por un abrazo y una especie de roce entre las mascarillas que recubrían sus rostros al no poder besarse directamente en esa zona del hospital. La enfermera dejó las carantoñas por un breve impasse y saludó al paciente tendido en la cama.
                – Mire, señor Jackels. Tiene la visita de un compañero.
                Jackels estaba completamente vendado y medio sedado por haber sido sometido recientemente a atención quirúrgica en las piernas a partir de las rodillas y en los brazos desde sendos codos, evitando de momento el avance de la cruel y novedosa enfermedad. Su rostro estaba en carne viva, protegido bajo una espesa capa de crema regeneradora y cicatrizante, incluida sobre los párpados, dificultándole la visión y poder comprobar así quién era el visitante.
                Reuniendo fuerzas de flaqueza, pudo articular dos simples palabras:
                – ¿Quién… es?
                La enfermera Jenny sonrió bajo la mascarilla. Toda su belleza, y los rasgos más anodinos del acompañante resguardados bajo la ropa protectora contra enfermedades infecciosas y contagiosas de primer nivel.
                – Es mi novio, tonto. Te acordarás de él. Willo. Es Willo.
                – Hola, Jackels – Willo se acercó hasta el borde de la cama para que el enfermo le viese bien. – Tantos días sin verte el pelo, amigo. ¡Jo…! Verte sin patas y pezuñas es como ver a una mosca con las alas arrancadas. Estás de lo más espantoso.
                – Lo peor de todo es que es transmisible de persona a persona. Como no nos marchemos de aquí en segundos… – mencionó Jenny altamente preocupada.
                – Ese doctor es un idiota de los pies a la cabeza. Cuando una cosa ya no sirve, se tira a la basura, ¿a que sí, amigo? Pero la comunidad tiene una suerte descarada de que yo esté aquí en estos momentos contigo.
                Jackels pudo entrever a duras penas como Willo extraía de debajo de la bata un cuchillo de enormes dimensiones, con el filo destellando a la luz de la lámpara de la cabecera de la cama.
                – ¿Te acuerdas, verdad? Pues ya sabes lo que te espera, amigo de los cojones – Willo no se lo pensó ni medio segundo, y se lo clavó siete veces en la tráquea para asegurarse bien que Jackels no saldría con vida de esa brutal agresión.
                La sangre fluía a borbotones, impregnando las sábanas de la cama de sangre. Jenny apartó la vista del horrible espectáculo.
                – Demontre. Lo hecho, hecho está.
                “Vayámonos de aquí. Tengo ganas de quitarme esta ridícula ropa y de tener un revolcón contigo en el pajar… – dijo Willo entre risitas.
                Entonces sucedió lo impredecible. Algo enorme y desconocido surgió desde debajo del lecho donde se hallaba el cuerpo mutilado y muerto de Jackels. La entidad misteriosa tenía dos metros de altura y estaba completamente recubierta de un espeso pelo largo. Su rostro carecía de ojos y orejas. Se guiaba por el olfato de su destacable nariz en forma de berenjena. Y su boca… Era de grandes proporciones, con unas mandíbulas repletas de dientes afilados color nácar.
                Willo no pudo impedir que el ser espantoso le aferrase con sus garras por el cuello. Jenny estaba quieta en el sitio, sin poder siquiera huir, paralizada por el terror, siendo simple observadora del trance en que aquella criatura arrancaba la cabeza de Willo y la lanzaba por la ventana. El cuerpo decapitado de Willo cayó inánime sobre el suelo, manando sangre por la hemorragia del cuello.
                El ser apuntó con uno de sus dedos hacia la enfermera.
                – Este no se merecía disfrutar de mi bendición, pero tú ya estás marcada para el goce del dolor y la mutilación – se comunicó la bestia con una voz inhumana y gutural. – Observa tus manos.
                Jenny obedeció instintivamente. Se las descubrió, quitándose los guantes de látex y pudo apreciar el estado en que las tenía. La piel se resquebrajaba como barro seco y se le caía a porciones si esta era rozada.
                La chica gritó presa de la histeria y del asco.
                Cuando lo hizo, el ser ya no estaba en la habitación.
                Capítulo 13.
                LA EPIDEMIA
               
                A pesar de los ímprobos esfuerzos y cuidados de los servicios médicos, la Nueva Lepra Norteamericana se fue extendiendo rápidamente por todo el pueblo. Los cuerpos de Jackels, Willo y Jenny fueron incinerados al día siguiente de ser asesinados vilmente por un loco maníaco, según la hipótesis barajada por el comisario Riners.
                En unas fechas tan entrañables y familiares como el de las navidades, justo el día 25 de diciembre el Departamento de Salud Pública del condado de Lewis declaró el área de Marrow y sus alrededores como Zona Catastrófica. De parte de altas esferas de Washington, se ordenó rodear el pueblo de una protección logística militar que impidiera el avance del foco de la enfermedad más allá del perímetro del mismo, manteniéndolo completamente incomunicado hasta que la epidemia de la Nueva Lepra Norteamericana desapareciese por completo con la muerte de todos sus habitantes.
                Se mantiene un absoluto secreto cara al conocimiento público de la tragedia. Nadie de los Estados Unidos, ni por supuesto del resto del mundo, era conocedor de los demoledores efectos de la infección y lo que esta ocasionaba a los residentes de Marrow, motivando semejante despliegue de seguridad.
                Bueno, sí que había un selecto grupo de personas que conocía el motivo de la aparición súbita e imprevista de la epidemia.
                Porque al fin de cuentas, formaba parte de su experimento personal.
                Capítulo 14.
                EL DIÁLOGO
                29 de diciembre de 1975
                07:05 p.m.
                Lugar: Bar-restaurante Limb
                El doctor Moonsefe apareció por el bar con las dos manos rigurosamente vendadas. Escrutó con su mirada cansina el interior del local, hasta localizar al comisario Riners. Este estaba sentado en uno de los taburetes, hablando consigo mismo, viéndose reflejado en el espejo decorativo situado detrás de la barra del bar.
                – ¿De qué te ha servido ser un tío legal? Otros han sido unos cochinos miserables toda su vida, pero no han acabado de esta forma, joder…
                El comisario tenía una mano vendada. En realidad no había nadie en todo el pueblo que estuviese inmune a los efectos devastadores de la Nueva Lepra Norteamericana.
                Riners intuyó la presencia del médico por el propio espejo. Se dio la vuelta en el asiento para encararlo de frente.
                – Hola, doctor – dijo con desgana. – Tome asiento conmigo y compartamos un combinado, ja.
                El doctor Moonsefe se dirigió hacia el policía y se dejó caer de golpe sobre el taburete.  Ambos eran los únicos clientes presentes en el bar.
                – Lamento reconocerlo, pero esto es el fin de todos nosotros – acertó a decir Moonsefe.
                – No diga eso – Riners le dio una palmada en la espalda. – Debemos de sentirnos afortunados por el cordón de seguridad que rodea al pueblo. Los de la guardia nacional deben de estar disfrutando con el espectáculo que les estamos ofreciendo visto a través de sus prismáticos de visión nocturna, ja.
                – Su humor es admirable para alguien que está a punto de morir en menos de cuarenta y ocho o setenta y dos horas a lo sumo – continuó el doctor con su pesimismo.
                – Je, y eso que los profesionales de la medicina sois los últimos en perder la esperanza.
                Moonsefe apoyó los codos sobre el mostrador, dejando hundir la cabeza entre las manos.
                – Todos los infectados están encerrados en sus respectivas casas. No hay nadie en todo este maldito lugar que resulte indemne a los efectos mortales de la enfermedad.
                – ¡Venga! No se ponga tremendista – Riners suspiró. Una mancha blancuzca se extendía por su entrecejo.
                – Esto es un castigo divino. Algo hemos hecho mal para merecerlo – Moonsefe alzó su rostro y miró fijamente al comisario. – La lepra no se propaga con tanta rapidez.
                – Está hablando de la lepra ordinaria.
                – ¡Aunque la Nueva Lepra Norteamericana sea extraordinaria, no se comprende que tenga tanta virulencia, por Dios! En apenas doce días ha acabado con el setenta por ciento de la población de Marrow. La cuarentena no ha podido aplicarse porque incluso gente que no ha estado en contacto con Carnago Limb, ha contagiado a terceras personas, y todo ha sucedido con una rapidez de transmisión inesperada. Y la gente que estuvo con Carnago, falleció en menos de treinta y seis horas.
                – Menos usted y yo. Los dos hemos estado bien cerquita del bastardo de Limb.
                – Si. Efectivamente. Es raro. Los dos somos los que menos afectados estamos. Sólo puede explicarse que nuestro sistema inmunológico es más resistente que la media de la mayoría. Algo ciertamente desconcertante.
                – Ya  sabe, doctor, mala hierba nunca muere ni aunque será merecedor de ello.
                – Estúpido dicho  – tras decir esto, el silencio se instauró por varios segundos hasta que retomó la conversación. – ¿Qué hay del supuesto asesino múltiple del hospital?
                Riners esbozó una sonrisa bobalicona, hastiado ya de todo lo que atañese al pueblo.
                – No me creerá, pero no se trata de ningún criminal.
                – ¿De qué se trata entonces? En este caso, quitando con Jenny, la Nueva Lepra Norteamericana no fue la causante de las muertes.
                – Yo lo atribuiría al ataque de una fiera. Alguna clase de animal salvaje.  A Willo le fue arrancada la cabeza de cuajo por mediación de unas garras bestiales. Es lo que viene reflejado en el informe del forense. Bueno, lo que este pudo analizar, antes de morir por los efectos de la lepra.
                – ¿Y con respecto a Jackels? Ese tenía claramente una serie de incisiones enormes en la garganta.
                – Se lo atribuiría a Willo. Los dos se odiaban desde hacía un tiempo.  En cambio con la enfermera, como bien dices, murió de la lepra.
                – Si. Pobre Jenny.
                “Era mi amante, ¿sabe? A pesar de su juventud y de la diferencia de edad que nos separaba. La forma en que la atacó fue impresionante. En medio día la enfermedad la condujo a la antesala de la muerte – Moonsefe cerró los ojos llorosos de golpe para volver a entreabrirlos hasta poder escrutar por las rendijas formadas entre párpado y párpado. – Esto no es normal, comisario. Esto es una puñetera pesadilla infernal.
                – Y por lo visto se trata de una pesadilla donde no hay previsto un final feliz por el guionista de los cojones – Riners puso la puntilla final a la charla,  se levantó y se dirigió hacia los servicios de hombres.
                Conforme se acercaba, una entidad de dos metros de altura y recubierta de un espeso pelaje permanecía escondida cercana al quicio de la puerta.
                Su dentadura brutal esbozó una sonrisa inhumana.
                Capítulo 15.
                LAS MANOS CREATIVAS DE UN FALSO DIOS
                31 de diciembre de 1975
                Lugar: Marrow
                Las calles de Marrow permanecen vacías. Un perro sarnoso deja sus excrementos cerca de una farola. La gente que malvive al azote de la Nueva Lepra Norteamericana permanece recluida en sus respectivas viviendas.
                Las unidades de la Guardia Nacional observaban a todas horas, tanto de día como de noche de todo cuanto acontecía en el pueblo maldito. Se había instalado una valla electrificada circunvalando por completo el perímetro, imposibilitando la fuga de cualquier infectado.
                Eran las once de la noche. Faltaba una hora para un año nuevo y un futuro más definido.
                A la luz de un anuncio de neón del bar de Limb, si alguien hubiese pasado por allí en ese momento, habría observado con horror el desplazamiento de una sombra gigantesca y desproporcionada pasando raudo y veloz con dirección hacia la iglesia del Santo Sepulcro.
                En el ambiente se podía presagiar la venida de algo maligno. Ya faltaba poco para la ejecución del episodio final de la obra teatral pergeñada por la mente más malvada que pudiera conocerse en persona. Por órdenes de esta entidad, las campanas del templo sagrado empezaron a tañer.
                Una.
                Dos.
                Tres veces seguidas.
                Diez segundos de respetuoso silencio para retomar el orden de llamada desde lo más alto del campanario.
                Cuando ya se llevaba tocando varios minutos, las puertas de algunas casas se abrieron. Los enfermos que podían, salían al exterior con la piel cayéndoseles a tiras como si fuese la primera piel de una serpiente cediendo a la segunda más nueva en su muda. Poco a poco, los escasos supervivientes infectados tomaron dirección hacia la iglesia empleando en sus andares un paso bamboleante e inseguro.
                Al cabo de un cuarto de hora, un grupo de treinta seres, meras sombras de lo que antaño fueron seres humanos sanos, se había congregado en torno a las enormes y robustas puertas de la iglesia del Santo Sepulcro. Estas fueron abiertas de par en par en plena quietud. Los reunidos se miraban los unos a los otros.
                Una voz recia y potente les llegó desde el interior del templo.
                – Pasad, pasad, infelices.
                La gente actuó como si estuviera hipnotizada, entrando con paso lento, con alguno de los más dolientes arrastrando los pies.
                La escasa treintena tomó asiento en los bancos dispersos por la nave central del templo. Desde el presbiterio, superando dos escalones, les estaba aguardando una persona alta, de edad mediana ataviada con una bata blanca de científico. En apariencia, estaba completamente sana, sin padecer los efectos de la lepra. Recorrió las cercanías del altar, apoyándose finalmente el peso del cuerpo con las manos sobre la superficie del mismo, confrontando con la mirada a los asistentes atraídos al lugar por el toque repetitivo de campana.
                – Permitan que me presente – inició su peculiar sermón con voz glacial y monótona.- Soy el promotor del mal que les afecta a todos ustedes.
                – ¿Cómo? – musitó una mujer encorvada sobre su regazo, cerca del desplome al no poder mantener erguida la espalda por las escasas fuerzas que le quedaban.
                – Voy a resumir lo sucedido en pocas palabras. Deseo fervientemente que dejen de sufrir y alcancen el descanso eterno que se merecen.
                “Han sido ustedes, su localidad en concreto, utilizada como un experimento biológico de cara al futuro uso de un tipo de arma de destrucción masiva lo más barata y sencilla de crear, sin que tuviera que implicar el costo de vidas más allá que las referentes al enemigo.
                “Hace varios meses, en mi laboratorio privado de microbiología y genética, se pudo crear una variante de la bacteria Mycobacterium leprae, causante del mal conocido vulgarmente por lepra. Se potenció su factor agresivo y su necesaria transmisibilidad entre sujetos vivos. Fue un completo éxito entre animales y algún voluntario que se prestó al experimento sin conocer que se le administraba la Nueva Lepra Norteamericana, tal como la bautizó vuestro querido doctor, el señor Moonsefe.  Pero por desgracia, quedaba verificar su completa utilidad en el campo de batalla. Se seleccionó un área alejada de cualquier región extensamente poblada, saliendo elegida su localidad. Tenía el número necesario de especímenes. 500 personas nada dispuestas a sufrir las consecuencias de este tipo de lepra, y por ello, sin conocimiento de lo que se les avecinaba, pues sabiéndolo, jamás iban a dar el consentimiento para ejercer de conejillo de indias del experimento “Muerte Verdadera”.
                “El inicio del contagio tuvo lugar con un verdadero voluntario. A cambio de algo de dinero y un par de botellas de vino barato, uno de mis ayudantes le hizo contraer la enfermedad sin que él lo supiera, y lo acercó a vuestro pueblo. Era un vagabundo senil. Su pérdida, su muerte, no iba a ser sentida por nadie.
                “De hecho, antes de que sintiera los primeros síntomas de la dolencia, fue asesinado por unos jóvenes de Marrow. No supuso ningún contratiempo, debido a que los responsables de su muerte fueron contagiados de inmediato al estar mucho tiempo en contacto con su cuerpo. Incluso facilitaron ese contagio con los propios fluidos sanguíneos de la víctima. Por ello se recompensó al cabecilla del grupo con un pequeño presente. Era una forma de representar mi agradecimiento desde el anonimato.
                – Yo no lo sabía… Si lo hubiera sabido, no hubiera colaborado en el asesinato – Townsed se alzó como pudo vestido con harapos y vendas. La cavidad del ojo derecho supuraba un pus negruzco, con la mejilla del mismo lado mostrando un enorme bulto que le deformaba el rostro.
                – Siéntate, muchacho, y descansa.
                “El resto ya es sabido. Una vez iniciada la primera transmisión de la Nueva Lepra Norteamericana, Marrow estaba destinada a desaparecer del mapa. Porque los medicamentos utilizados en las lepras convencionales son ineficaces para controlar esta versión.
                “Ahora queda ofertar al mejor postor los resultados de mis investigaciones. Que no por defecto tiene que ser el ejército estadounidense el que se beneficie…
                Quien se incorporó de pie en esta ocasión fue el comisario Riners. Le faltaba el brazo izquierdo, el cual fue necesaria su amputación hacía día y medio.
                – ¡Maldito hijo de perra! ¡Es usted el mismísimo demonio! ¡Y encima se presenta aquí para contarlo! ¡Y para contagiarse también!
                Riners se echó a reír, enloquecido por la fiebre.
                Aquel hombre con bata de científico sonrió mostrando su despreocupación.
                – Soy inmune a la enfermedad, querido comisario. De no serlo, no estaría aquí con su rebaño de muertos vivientes.
                “Por cierto, tengo que presentarles a mis ayudantes. También son inmunes a la Nueva Lepra Norteamericana. Y mucho antes, participaron de manera voluntaria en otro tipo de experimentos genéticos bajo mis órdenes.
                “Dos son muy sutiles en sus labores, mientras el tercero es algo más brusco. Además es dado a cierto uso de la violencia, cosa que a veces le desapruebo en privado.
                A un requerimiento de un gesto de la mano, de entre las sombras del altar aparecieron dos hombres vestidos de negro. Por las facciones de sus rostros barbilampiños, pudieran pasar por hermanos gemelos.
                A ambos les siguió una criatura de dos metros de alto y recubierta de un espeso pelaje desde la cabeza a los pies.
                Los tres personajes abominables se unieron al científico detrás del altar, y desde esa posición contemplaron con satisfacción a los últimos habitantes del pueblo de Marrow en los estertores de la muerte.
FIN
              

Malos vecinos

Aquella familia estaba compuesta por marido, mujer y un hijo adolescente de trece años. Nada más verlos llegar para establecerse en la localidad, residiendo como vecinos en la casa de al lado, un presentimiento turbio le hizo intuir de manera drástica y sin sutilizas que algo raro pasaba con ellos.
Él era escritor de nulo éxito, pero tenía un gran conocimiento de la personalidad de la gente.
El cabeza de tan peculiar nueva familia era Patrick Reck. Un tiarrón de casi dos metros, pero de espalda encorvada y con una ligera cojera en la pierna derecha, motivo por el cual se servía de un bastón de marfil, y eso que no tendría ni los cuarenta.
La mujer se llamaba Fravilia. Era supuestamente descendiente de italianos. Al contrario que su esposo, ella medía metro sesenta, pesaba sus buenos ciento veinte kilos y su rostro tenía un cierto parecido con el semblante sombrío y nocturno de una lechuza, donde las enormes lentes se asemejaban a los ojos del ave en cuestión.
Con respecto al hijo único de la familia Reck…
Su nombre de pila era Leopoldus. Su estatura era de lo más ordinaria entre los chavales del pueblo, con la salvedad de su anatomía esquelética y casi cadavérica. Su tez era blanquecina, los ojos hundidos en sus cuencas, las cejas pobladas y prominentes, la nariz mordida en su aleta izquierda y los labios visiblemente amoratados. El resto del tono de la piel era descolorido. Al poco de residir la familia Reck en el pueblo, los críos le pusieron el mote de “Pesadilla”. Aunque semejante burla duró poco porque el muchacho sabía emplear un tipo de arte marcial de lo más exótico, dejando a más de uno con los huesos magullados y la cara hinchada. A raíz de emplear esta autodefensa personal, los padres de los niños del pueblo les prohibieron a estos acercarse a Leopoldus nada más salir de clase, y mucho menos arrimarse a su casa.
Decididamente, los Reck eran una familia atípica, nada deseables como vecinos.
Él lo supo cuando desapareció su perro fox terrier, “Malas Pulgas”. Al volver del trabajo no lo encontró por el jardín ni por las dependencias de su hogar. Eran las dos de la tarde, y media hora después, le llegó un fuerte olor a barbacoa procedente de la parte trasera de la casa de sus horribles vecinos. Se asomó a la valla, y los encontró degustando carne cortada en dados, ensartados en banderillas de madera. Sus mandíbulas se movían en consonancia con el hambre que tenían, masticando como si llevasen todo el día en ayunas.
Fue entonces cuando reparó en la cabeza de “Malas Pulgas”. Estaba decapitada, situada en un charco de sangre, no muy lejos del festín culinario de los Reck.
Aquella pérfida familia se había apropiado de su perro y se lo estaban asando a la barbacoa.
Su corazón le dio un vuelco. Se sentía al borde de un desmayo. Como pudo, se alejó de la valla de separación de ambas viviendas y se introdujo en su casa por el saloncito, dejándose caer sobre el sofá. Hizo lo posible por controlar el ritmo de su respiración. Discurridos cinco minutos, ligeramente recuperado de la conmoción de saber que su perro fox terrier había sido vilmente asesinado por la malnacida familia Reck, estuvo por llamar a la policía local, con intención de interponer una denuncia. Pero su amor propio le hizo de dirigirse al cuarto donde guardaba sus armas. Recogió la primera que le quedaba más a mano, una escopeta de repetición de calibre 12.
Cegado por la ira, encaminó sus pasos hacia la parte trasera donde su propio jardín y el de los Reck quedaban separados por la valla de madera rústica. Al asomarse sobre ella, ganando altura sobre una silla, vislumbró a los tres miembros que en ese instante estaban tomando un granizado de limón como postre. Patrick le sonrió con desdén, antes de perder toda la dentadura y parte de la nariz de un certero disparo, falleciendo de inmediato. Fravilia se quedó estupefacta por su reacción desproporcionada. Esos segundos de indecisión le costaron dos disparos en el estómago, haciéndola sufrir muchísimo antes de morir delante de su hijo Leopoldus, quien permanecía arrodillado a su lado, llorando como una magdalena.
Aquel niño era el mal encarnado. De los tres componentes, seguramente era el más nocivo y perverso.
Recargó su arma, presto a culminar su venganza…
No le dio tiempo a apretar el gatillo.
Leopoldus se alzó sobre la valla, situándose a su lado con la agilidad de una ardilla. Estaba agachado. Encogido como un muelle tenso. Acercó su rostro a la corva derecha del vecino y le mordió con tal virulencia, que el dolor le hizo de dejar caer la escopeta sobre la hierba.
– ¡Hijo de Satanás! – aulló, desesperado.
Entonces…
Las voces de Patrick y Fravilia llegaron muy cercanas.
Miró un segundo al frente, y se los encontró al otro lado de la valla. Patrick con la boca destrozada. Fravilia con las manos cubriéndose el regazo ensangrentado. Ambos rieron de manera endemoniada.
– Primero fue tu condenado perro.
“Esta noche serás tú a quién devoremos…
Marido y mujer brincaron por encima de la valla, y sumándose al hijo, llenaron el cuerpo del escritor con docenas de brutales dentelladas, que le costaron la vida, y con ello, ocupar sitio en la parrilla de la barbacoa nocturna de la familia Reck.

Especial Navidad: Espíritus Inmundos (La posesión de Kevin).

Kevin Stacey era feliz. Tenía una esposa estupenda y dos hijos maravillosos. Eran la típica familia de clase media americana. Vivían en una barriada donde había de todo, gente obrera, marginada y familias que casi siempre pasaban apuros a finales de mes, que ya era toda una hazaña tal como estaba el país, con el paro en lo alto de la cumbre gracias a los dos mandatos del peor presidente de toda la historia. Kevin y su familia estaban entre los que pasaban apuros para llegar a final de mes, pero aún así su satisfacción era plena. Vivían en un piso de la quinta planta de un edificio de alquiler que pertenecía a un supervisor de origen alemán que tenía en propiedad otras tres edificaciones más a lo largo del barrio. El alquiler era asumible por los dos sueldos que entraban en el hogar. Kevin era vigilante armado de un banco, y su mujer Kelly trabajaba a tiempo parcial de cajera en un supermercado local. Los niños estudiaban en una escuela pública, y de vez en cuando sendos padres contrataban los servicios de una canguro para pasar los dos un rato junto a solas en el cine o en un restaurante que fuera asumible para su economía de gastos mensuales. Y una vez al año, pues Kevin no podía permitirse unas vacaciones normales, disfrutaban de una semana de asueto en visitas a parques nacionales o de acampada en tienda de campaña con los vecinos del segundo, un matrimonio sin hijos y con el cual guardaban una gran amistad.
Así era Kevin. 
Así era su familia.


Un año, en plenas navidades, con la ciudad cubierta de nieve, Kevin regresaba del largo turno diurno a casa. Habían sido doce horas, de ocho a ocho de la tarde. Estaba cansado, con ganas de pillar una buena ducha, vestirse algo cómodo, cenar con los suyos, tumbarse sobre el sofá y ver algo en la televisión antes de irse a la cama, que mañana tendría que volver a la custodia del banco. Realmente, el espíritu de la navidad estaba muy arraigado en la familia, aunque Kevin y Kelly no fuesen especialmente ni muy devotos ni practicantes de la religión católica a la que por tradición pertenecían. La asumían con la alegría de ver lo bien que se lo pasaban Ted y Nataly, quienes a sus cinco y ocho años respectivos, vivían la llegada de Santa Claus con la típica ilusión que se tenía a esas edades. 
Esa tarde en que volvía a casa hacía bastante frío, sobre los dos bajo cero, pero lo llamativo para Kevin fue la sensación de que hacía mucho más dentro de su propio piso. Al abrir la puerta notó un cambio drástico de temperatura y conforme avanzaba por el recibidor, el frío era más acusado. Tocó el radiador más cercano para ver si acaso había vuelto a fallar el sistema de calefacción central del edificio, pero este estaba funcionando correctamente, notando la calidez bajo la palma de la mano. Era extraño. Aventuró que a lo mejor Kelly había abierto las ventanas para airear algo el piso antes de que él llegara, pero no encontró ninguna de las hojas de las ventanas subidas. Y lo más llamativo. No encontró a nadie de su familia.
Registró todo el piso. Las dependencias estaban en un estado de normalidad, y la mesa del comedor estaba preparada para empezar la cena. Entró en la cocina y vio la comida sobre el mostrador recién hecha y dispuesta para llevarla a la mesa. 
Pero ni Kelly
– ¡Kelly! – la llamó
ni Ted
– ¡Teddy!
ni Nataly
– ¡Nataly!
Ninguno de los tres salió a la llamada de sus nombres, pues todos estaban ausentes.
Kevin empezó a ponerse nervioso. Su trabajo consistía en mantener en la medida de lo posible la compostura bajo presiones extremas al ser el máximo responsable de la seguridad en el banco donde trabajaba. A veces cuando llegaba la crisis como él la llamaba, había que respirar de manera profunda y contar hasta cien antes de perder los nervios y liarse a tiros con el atracador que amenazaba a la cajera con una navaja automática. Claro que en este caso no se trataba del jodido dinero del banco, o de la vida de una extraña que simplemente se limitaba a saludarle y despedirse de él cuando entraba y salía de su turno de trabajo en el banco. Se trataba de su mujer y de sus dos hijos.
Era su propia sangre la que estaba en juego.
Tenía que averiguar lo antes posible qué demonios les había pasado. No encontró signos de resistencia. Todo estaba en orden. No faltaba nada. No había sangre por ningún lado. 
Se dejó caer de rodillas, desesperado, y juntó ambas manos. Quiso rezar una plegaria:
– dios mío, por favor no me hagas esto…
Estuvo sesenta segundos sin reaccionar, hasta que decidió que lo mejor era ya llamar a la policía. Fue hacia la mesita del corredor principal donde estaba ubicado el teléfono inalámbrico insertado en su cargador. Antes de llegar vio como la mesa se tambaleó un poco y el teléfono salió volando de su cargador para impactar sobre su cabeza contra la pared hasta quedar del todo inservible para su uso. Kevin miró en derredor suya. No vio nada. Estaba solo, pero algo había cogido el teléfono y se lo había lanzado a la cabeza. Entonces escuchó una serie de sonidos procedente de la cocina. Fue corriendo. Al quedarse en el quicio pudo ver que toda la comida con la vajilla y la cubertería estaban tiradas y diseminadas sobre el suelo. La luz del techo chispeó un par de veces y se apagó. La sensación de frío era ya terrible. El aliento cobraba formas arbitrarias conforme respiraba cada vez más aceleradamente. Salió de nuevo al pasillo principal y desde la entrada al salón vio avanzar una figura oscura. Estaba situada a gatas y parecía una sombra en un antinatural relieve. Se le fue acercando gateando a trancas y barrancas. Un gruñido hosco surgía de su garganta.
– Kevin – le siseó la criatura.
Kevin lo veía llegar con el espanto de quien ve un hecho de difícil explicación. Eso no podía estar sucediendo. No en su propia casa.
La sombra se le acercó por completo y alzó su rostro.
Kevin sintió una fuerte convulsión antes de perder el conocimiento y caer al suelo.


– Papá…
– ¡Kevin! ¿Estás bien, cariño?
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Estaba rodeado por su familia. El piso estaba nuevamente como debería haber estado desde que entrase hacía media hora por su puerta de entrada.
Se puso en pie con la ayuda de Kelly.
– Papá, papá, te has caído y te has hecho daño- se interesó Nataly.
Kevin no dijo ni palabra.
Pasado el susto, se fueron a cenar. Fue una cena muy atípica, donde Kevin no quiso ni hablar media palabra con su familia. Kelly estaba preocupada. Su marido estaba teniendo un comportamiento inusual. Los niños estaban tristes porque su propio padre no les hacía caso, y su madre prefirió llevarlos al cuarto de juegos para que no siguieran viendo el semblante serio y taciturno de Kevin.
Cuando Kelly regresó del cuarto vio como Kevin se disponía a salir de casa.
– ¿Qué haces? ¿Se puede saber qué te ocurre?
Kevin ni se molestó en mirarla. Abrió la puerta y salió. Kelly se situó en el quicio y lo vio dirigirse hacia el ascensor. Estaba indignada.
– ¿A dónde crees que te vas? Contesta. Has fastidiado el día de los niños y piensas que te puedes ir así de rositas, sin dar ni siquiera una sola explicación.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Kevin avanzó dos pasos hacia su interior. Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el ascensor inició su descenso, Kelly cerró la puerta del piso de un fuerte portazo.


El callejón no tenía salida por el fondo. Estaba situado detrás de un restaurante ruso de poca monta y estaba decorado con los contenedores de la basura y algún que otro mueble viejo y abandonado. La nieve lo recubría todo. Solía estar frecuentado por gente sin techo que se refugiaba entre cartones para dormir a la fresca, pero en esos días invernales tan inclementes preferían el subsuelo del metro. Entre dos de los contenedores de basura estaba Kevin. Agazapado, sentado casi sobre sus talones, con los brazos cruzados sobre el pecho. 
Estaba tiritando. Lo notaba. Pero no podía ejercer dominio sobre su cuerpo. Permanecía controlado por otra entidad. La entidad estaba refugiada en su mente. Y le estaba enloqueciendo con sus blasfemias. Sus risas malignas. Le hablaba por dentro en lenguas extrañas que Kevin no entendía, haciéndole de adoptar las posturas que él quisiera. Si lo deseaba, le hacía de arañarse su propia cara. O de comerse los mocos. O de hacerse sus necesidades encima.
Kevin no entendía la razón de que aquella entidad hubiera reclamado su cuerpo. Ni comprendía cómo había surgido en el corazón puro de su hogar. Nunca habían tenido interés en temas ocultos, ni habían practicado ningún tipo de juego peligroso como el de la ouija. Pero allí estaba. Dentro de su interior. Haciéndole ya la vida imposible. Deseando que morir fuese una solución a sus males. Pues su familia no merecía soportar su sufrimiento incurable.
Tras cinco horas atrapado y constreñido en esa postura, lo que anidaba ahora en su interior le hizo de alzarse. Eran las tres de la madrugada. Enormes copos con la turgencia del algodón caían sobre sus cabellos y los hombros. Fue avanzando en un caminar desigual hacia la otra calle. No se veía a nadie. El frío era intenso. Tenía las manos congeladas. Los pies ya ni los sentía.

Las voces…

Continuó andando un buen trecho por las calles del barrio. En un momento determinado llamó la atención de un agente de policía que estaba resguardado dentro de su coche patrulla.
– ¡Oiga, señor! ¿Está usted bien?- se interesó el policía.
Al ver que no le hacía caso, puso en marcha el vehículo hasta situarse al lado de Kevin. Asomó la cabeza por la ventanilla y lo contempló tal cual era. Se asombró de que aquel hombre no estuviera al borde de la hipotermia. Su estado revestía una gran gravedad. Tenía el rostro surcado de múltiples arañazos y los nudillos de las manos agrietados y sangrantes al igual que las uñas rotas y melladas de haberlas restregado contra los ladrillos del callejón sin salida.
– Cristo. Te has auto lesionado tú mismo, ¿verdad? ¿Qué te has metido, hijo?
Kevin escuchaba la voz del policía.
Pero por encima de aquella voz sobresalían las voces que le atormentaban en las últimas horas.
Las voces que le habían destruido una vida idílica.
Las voces que le había separado de su familia.
Esas puñeteras voces.
– ¡Callaos de una puta vez! – gritó Kevin en voz alta, llevándose las manos a los oídos.
Y entonces
– Relájate, chico. Levanta las manos. No hagas nada raro. Si te comportas, te llevaré a que te vea alguien para que te examine – le estaba diciendo el policía.
Entonces la cosa que le dominaba le hizo de revolverse hacia el agente, buscándole el cuello con las manos semicongeladas,
– Qué haces…
haciéndole de apretar y apretar hasta que…
un tiro del arma del policía le dio de lleno en la cabeza y le hizo caer desplomado de espaldas sobre el colchón de nieve.
Kevin miraba hacia el firmamento.
Parecía que estaba formando ángeles en la nieve con los brazos extendidos
– Maldito hijo de puta. ¡Qué coño te has metido, que casi me matas…!
Ahora descansaba libre de toda presencia enfermiza en su interior

lo único que lamentaba era que ya nunca más iba a volver a ver a Kelly, Ted y Nataly.

FREAK (un fenómeno de circo).

FREAK
(un fenómeno de circo)

Escena primera
La feria es de cuarta categoría. Bueno. Eso es lo que pensaba yo. Me encontraba en un estado lamentable, la ciudad estaba en fiestas y andaba vagando de aquí por allá como un transportista extranjero sin GPS. Este año los señores del ayuntamiento habían recortado gastos en el presupuesto de actividades, y se habían conformado con concederle la licencia a un empresario de un país del este de Europa. Se encargaba de aportar su circo propio, amén de unas cuantas atracciones de feria. Yo siempre había detestado el circo. Más que nada por el olor que desprendían las bestias. Nunca he sido un fervor seguidor de las piruetas simpaticonas de los animales adiestrados a golpe de látigo y zanahoria. Soy así de raro. En cambio las casetas de los fenómenos y las atracciones de espejos y de terror sí que concitaban mi atención. Me divertía atrapado entre laberintos de espejos donde se reflejaba mi perversa personalidad en varios clones sonrientes. Y atravesar montado en una vagoneta por los vericuetos aterradores del castillo fantasma del doctor Dolor era ya el no va más para mi sentido gusto del morbo.
Así que medio alcoholizado, me fui recorriendo las barracas y para mi disgusto, no hallé más que atracciones propias para niños menores de diez años. No había ninguna creada para el deleite de los adultos. Un timo. Una estafa. Mi humor se puso denso y destemplado. Me apetecía agarrar al dueño de toda esa colección de baratijas y emprenderla a patadas contra el paquete de su ingle hasta dejarle caer desvanecido en un ovillo. Si hubiera dispuesto de una tea, toda esa patética feria hubiera ardido por los cuatro costados, clientela incluida. La bebida… Estaba dejándome influenciar por sus efectos nocivos. Sería mejor abandonar el recinto. La gente chillaba y se reía, y mi dolor de cabeza iba en aumento. Estaba a punto de irme, cuando alguien me asió por el codo de mi brazo derecho.
– No se marchará así, señor. No al menos sin ver una atracción – me dijo un ridículo gordinflas vestido de maestro de ceremonias. Hasta llevaba el sombrero de copa sobre la azotea del cráneo.
– Menuda diversión tiene aquí, amigo. Un circo aberrante y cuatro tonterías para los mocosos más tontos del barrio – le dije con acritud. Hipé en frente de su orondo y grasiento rostro. El tío estaba sudando dentro de su aparatoso traje como un cerdo bien cebado.
Se me quedó mirando con cara de no comprender nada.
– Usted trae toda esta porquería desde Mesopotamia – le critiqué con desdén.
– Albania, señor.
– Eso queda en Europa.
– Así es, señor. Y me es justo decirle que nuestra caravana tiene una reputación de alto nivel en buena parte del continente.
– Pero aquí estamos en América, amigo. Y qué quiere que le diga. Su circo y el resto de su feria me parece pura bazofia.
– Ajá. Discrepo de su opinión, pero en América hay democracia.
– Eso mismo.
– Y como hay democracia, tiene cabida tanto su opinión como mi maravilloso espectáculo.
Me estaba hartando de tanta cháchara con ese payaso. Me libré de su apretón y continué dando tumbos con la bebida dominando mis impulsos. Joder, ese albanés no me conocía bien. Si supiera lo cabrón que llego a ser, ni se hubiera dignado en dirigirme la palabra. Con lo fácil que resultaba atarle en la silla del sótano de mi casa y sacarle los dientes uno a uno con unas tenazas. Le salvaba que me encontraba borracho perdido. Si no otra patética víctima anónima que iba a sumarse a mi depravado juego solitario del torturador y su presa. Ya no sé ni cuántos cuerpos llevo sepultados bajo el piso del sótano. Deben de ser ya una docena. No está mal para llevar simplemente un año y medio con mi diversión infernal.
Continué andando en eses, cuando percibí que alguien correteaba detrás de mi estela. Me volví y el inmenso dueño de la barraca me alcanzó casi con la lengua fuera. Estaba opulento. Mucha carne para ser diseccionada con el filo de un buen bisturí de cirujano. Tardó unos segundos en recuperarse del esfuerzo de la carrera.
– Es una pena que decida marcharse, señor.
– Déjeme ir a mi bola, amigo. Si no lo hace, lo más probable es que lo lamente luego – le corté poniendo mi característica mirada que helaba la sangre en todo aquel que se pusiera pesado conmigo.
El hombre se quedó quieto por un momento. Luego fue sonriendo.
– Usted es perfecto- dijo encantado con mi pose.
– ¿A qué se refiere?
– Digo que usted es perfecto para mi espectáculo.
Dicho y hecho extrajo un arma de esas que al disparar descargan una serie de corrientes eléctricas para inmovilizar a los presos en ciertas cárceles del estado. El caso es que me apuntó de maravilla y consiguió que perdiera el conocimiento entre fuertes espasmos de dolor.



El circo y el resto de su negocio es albanés. Desconozco en qué parte de Europa queda ese condenado país. Sólo se que en lo que a mí me atañe, su dueño es un sujeto muy peligroso para la sociedad en que vivimos. Más o menos cómo lo soy yo.
Desperté mucho más adelante sin derecho a replicar ninguna de sus órdenes. Para algo me había sido arrancada la lengua. Además de las orejas y el posterior ensañamiento con mi nariz. Mediante el efectivo uso de la morfina, y unos ásperos conocimientos de cirugía plástica, el dueño del espectáculo modificó mi rostro tornándolo irreconocible incluso para mí mismo. Me convirtió en un fenómeno de circo. Un ser aberrante y deforme, que sufría las pesadas bromas de tres payasos sádicos e inclementes. Vivía encerrado en un carromato insignificante, con barrotes en las ventanas y con la puerta cerrada bajo llave y un grueso candado oxidado. Este era mi nuevo destino. Las pocas veces que conciliaba el sueño, era para tener horribles pesadillas en las cuales los espíritus de mis víctimas del sótano acudían a mi encuentro para regocijarse de mi situación actual.
Mi abuelo paterno solía decirme a veces las vueltas que daba la vida.
En eso tenía toda la razón.
De carcelero he pasado a prisionero.
De torturador a la persona torturada.
De depredador a presa.
La última diferencia entre mis víctimas y yo es que ellas ya estaban muertas mientras yo me mantengo aún vivo.
Me levanto para aferrarme a los barrotes de mi prisión rodante.
¿En qué me he convertido?
Antes, por mi condición de asesino en serie sin remordimientos de ningún tipo, pudiera ser merecedor de la pena capital. ¡Pero y ahora! No me queda más consuelo que esperar mi oportunidad. No mi ocasión de escape. Si no la simple posibilidad de tener a mi alcance el cuello de triple papada del dueño de la compañía para rebanárselo de oreja a oreja con un afilado cuchillo. Hasta que ese momento llegue, he de conformarme con mis penurias de Monstruo de La Cabeza Lisa.
La entrada sólo cuesta doce dólares.
Pasen y vean, señores…
Verán que el “show” merece la pena.


FREAK
(un fenómeno de circo)


Escena segunda


No tengo más el don de la palabra. Tan solo puedo soltar gruñidos abyectos por la falta de mi lengua. Mi rostro es una pura máscara de horror chinesca. Sin orejas. Sin nariz. Con la cabeza afeitada. Al principio me maquillaban como si fuera un payaso esquizofrénico surgido de una pesadilla de gin tonic con barbitúricos. Con el tiempo ya me fui acostumbrando a hacérmelo yo solito delante del espejo de mi camerino. Mi camerino estaba dentro mismo de mi prisión rodante. Mi espejo era un pequeño trozo roto perteneciente a uno mayor que seguro que le habría traído no siete, sino un millón de años de mala suerte al dueño del mismo. Ojala que ese dueño fuese Basilio. Así se llama el gran maestro de ceremonias de la TROPA CELESTE. Y así se hace llamar su circo majestuoso y las atracciones que lleva a cuestas por buena parte de Europa y del continente americano. Las atracciones eran insufriblemente infantiles. ¿Para qué iban a resultar interesantes para los adultos, si la verdadera atracción era el propio circo? Un circo maquiavélico, donde los protagonistas eran seres deformes y caricaturescos saltando de trapecio en trapecio, fustigando a leones famélicos y carentes de toda cola, lanzando cuchillos afilados a la bella Marta, lo único agradable de ver en toda la “trouppe”, y rematando faena, el número de los payasos poseídos por Satanás persiguiendo sin parar al Monstruo de la Cabeza Lisa con el fin de masacrarle a porrazos con auténticos bates de béisbol.
Por cierto, yo soy el Monstruo de la Cabeza Lisa.
Basilio no me conoce bien. Cuando me atacó con el táser en mi ciudad natal con el objeto de convertirme en lo que ahora soy y en servirse de mis atractivos cara a la galería, jamás pudo sospechar que nos habíamos unido dos seres de lo más despreciables. Yo era por aquel entonces un asesino en serie sádico y cruel. Me encantaba mantener a mis víctimas inmovilizadas en una silla en el sótano de mi casa por horas interminables, inflingiéndoles todo tipo de torturas con objetos afilados, hasta que llegado el momento me aburría y decidía acelerar el proceso. Luego quedaba echar mano de la pala. De hecho en apenas un año y pico disponía de un bonito cementerio bajo el suelo del sótano. Allí reposan los restos de una tal Anna. La osamenta de un tío cretino que vino a venderme un seguro del hogar a todo riesgo. La bicicleta de la repartidora de prensa matutina del barrio con su dueña, evidentemente. En fin. Eso era yo. Un despiadado, frío y calculador asesino. Hasta que a un estúpido dueño de una compañía ambulante albanesa se le ocurrió la brillante idea de secuestrarme para formar parte de su insufrible elenco de fenómenos de circo.  Sin contar con mi asentimiento. Como me había dejado mudo, indocumentado y alejado de mi entorno familiar, si es que acaso yo lo tuviera, porque mis padres me detestaban y vivían al otro extremo del país, el bueno de don Basilio se había pensado que con el paso del tiempo ya no iba a tenérsela jurada. Que iba a terminar por adaptarme a su peculiar tropa de aberraciones andantes y parlantes. Craso error.
Llevaba un año colaborando de manera desinteresada en el dichoso numerito de los payasos satánicos, y poco a poco el maestro de ceremonias fue bajando de manera peligrosa la guardia. Se ve que tenía alguna clase de remordimiento respecto a lo que me había hecho, y como veía que El Monstruo de la Cabeza Lisa estaba ejecutando su labor diaria con todas las ganas del mundo que podía hacerlo una persona raptada y mutilada a las órdenes de su brutal captor, decidió que era hora que yo dejara de vivir y de trasladarme en el interior de la prisión andante. Me encontró acomodo en la caravana de un tipejo que tenía aspecto de reptil y que ejercía el número del hombre bala. Jamás quise interesarme si el tal Basilio le había rebautizado bajo una lluvia de ácido para conferirle a la piel ese aspecto tan granulado, así que estuvimos conviviendo ambos en buena paz y armonía, porque del mismo modo a mi nuevo compañero de habitación le importaba un pepino el modo en que yo me había quedado sin habla, sin nariz y sin orejas.
Con el paso del tiempo, me fui convirtiendo en uno más de la compañía y podía ya merodear a mis anchas por toda la zona de acampada. Para mi sorpresa, una mañana don Basilio me concedió permiso para ir de excursión a la ciudad donde nos correspondía estar por esas fechas de la gira de verano.
Mi mejor amiga era la encantadora y majestuosa Marta. La muchachita que se afanaba en todas las funciones del circo a eludir los lanzamientos de cuchillos por parte de Sanabrio, el Duende de la Doble Chepa. Mediante mi escritura sobre el reverso de un programa de fiestas de la localidad pude invitarla a que fuera mi adorable acompañante. Y Marta, cuyo corazón es de oro, aceptó de muy buen grado.
Más tarde, cuando volvimos ya de la excursión, me dirigí acompañado de mi colega de cuarto, el hombre con aspecto de reptil, hacia la caravana que hacía de oficinas del dueño albanés. Don Basilio abrió la puerta con desgana. Raramente aceptaba visitas de sus empleados en su despacho.
– Vaya. Don Feo y don Escamoso. ¿Qué se os ofrece por aquí? – nos trató de inicio con desdén.
Evidentemente yo no podía articular ni media palabra. Pero eso no importaba. Reptil estaba bien aleccionado sobre lo que tenía que decirle al puerco seboso de don Basilio.
– Cierre el pico, y quédese sentado en su silla – le ordenó Reptil.
– ¿Cómo? – Basilio hizo la intención de incorporarse, pero mi compañero le convenció de lo contrario con la exhibición de un machete.
– Está bien, muchacho. No te exaltes. Tengamos la fiesta en paz. Si queréis algo de dinero suelto para tomaros una coca cola, id a la taquilla y que os de Adela unos cambios. Decidle que vais de mi parte.- continuó diciendo para tratar de convencernos de no cometer una tontería.
El maestro de ceremonias esbozó una sonrisa nerviosa. No se esperaba que me fuera a acercar yo con una preciosa cuerda de nylon. Para cuando quiso resistirse, ya estaba con el lazo colocado entre su barriga y el respaldo del sillón. Lo demás fue dar vueltas a su alrededor hasta inmovilizarle por completo.
Su rostro se tornó iracundo. Estaba claro que esa situación no le agradaba lo más mínimo.
– ¿Qué hacéis, pareja de desgraciados? ¡Soltadme os digo! ¿O es que acaso queréis que os arregle un poco más vuestra fachada de aspirante a actor secundario de una producción barata de terror?
Pataleó sentado y tironeó de la cuerda, pero los nudos que le había aplicado eran de los más eficaces contra todo tipo de escapismo. Hasta Houdini las hubiera pasado canutas con mi técnica de creación de nudos marineros.
Le puse un buen trapo en la boca, y así estuvo bien calladito. Con un gesto le indiqué a Reptil que se ocupara de vigilarlo mientras yo me dirigía al ordenador de sobremesa. Estaba encendido. Busqué la página Web del banco donde don Basilio tenía depositado todos sus bienes financieros. Esta información bendita se la debía a Marta, que por algo pasó alguna que otra velada lujuriosa con nuestro amigo el mantecas. Estaba todo introducido, menos la contraseña particular. Miré al empresario albanés. Reptil adivinó mis intenciones y se encargó de quitarle la mordaza.
– ¡Cabrones! En cuanto me suelte os voy a despellejar vivo en una tinaja de aceite hirviendo – bramó, con el rostro rojo de furia.
Reptil se encargó de tranquilizarle con el apoyo del filo del machete bajo su triple papada.
– Dinos la contraseña de acceso a tu cuenta – siseó Reptil.
– Me cago en tu madre…
– Será la última vez que te lo pida – le amenazó Reptil, apretando el filo contra los pliegues de grasa de su garganta.
El maestro de ceremonias de TROPA CELESTE nos confío la contraseña en un susurro desesperado. Me encargué de teclearlo en el campo de la pequeña ventana de acceso a su cuenta.
Una vez conseguido esto, todo lo demás fue coser y cantar.


Abandonamos la caravana un cuarto de hora después. Estuve divirtiéndome todo ese rato con la proliferación de grasa del empresario. Con un simple punzón de zapatero se consiguen un montón de perforaciones en un cuerpo humano antes de condenarlo a la muerte más sádica posible. Seguía llevándolo en mis genes. Demonios, me había mantenido casi dos años sin haber asesinado a nadie. Fue una especie de liberación mental. Un viejo anhelo recuperado de nuevo.
Los dos dejamos el complejo circense para dirigirnos a la ciudad. Quedamos citados con Marta en un local de comida rápida. Mi amigo Reptil estaba muy desconfiado. Pensaba que la chica nos la iba a jugar en el último momento. Le aseguré por gestos que ella era la persona en la que más creía de toda mi vida. Llegó con media hora de retraso. Acarreaba consigo un maletín de piel. Estaba muy sonriente. Dios. La chica te podía derretir con su simple sonrisa. Nada más sentarse, nos enseñó el contenido del maletín. Dentro del mismo había un montón de fajos de billetes de cincuenta euros. Una cantidad total de seiscientos mil euros. La recaudación de la mitad de la gira recorrida por media Europa. Lloré emocionado.
Esa mañana que fui acompañado de Marta a la ciudad, fuimos a un banco y abrimos una cuenta a nombre de ella. A esa cuenta fue donde yo transferí buena parte de los ahorros del dueño del circo y del resto de atracciones de la feria.
Los tres juntos nos fundimos en un único y noble abrazo.
El camarero nos miraba de refilón.
Su expresión lo decía todo.
Cómo diablos podía tamaña belleza estar relacionada con dos fenómenos de circo como el Reptil y yo.
Ay amigo, eso mejor te lo explicaría yo con pelos y señales en un oscuro sótano acompañado de cuerdas y cuchillas de afeitar…