Aquella familia estaba compuesta por marido, mujer y un hijo adolescente de trece años. Nada más verlos llegar para establecerse en la localidad, residiendo como vecinos en la casa de al lado, un presentimiento turbio le hizo intuir de manera drástica y sin sutilizas que algo raro pasaba con ellos.
Él era escritor de nulo éxito, pero tenía un gran conocimiento de la personalidad de la gente.
El cabeza de tan peculiar nueva familia era Patrick Reck. Un tiarrón de casi dos metros, pero de espalda encorvada y con una ligera cojera en la pierna derecha, motivo por el cual se servía de un bastón de marfil, y eso que no tendría ni los cuarenta.
La mujer se llamaba Fravilia. Era supuestamente descendiente de italianos. Al contrario que su esposo, ella medía metro sesenta, pesaba sus buenos ciento veinte kilos y su rostro tenía un cierto parecido con el semblante sombrío y nocturno de una lechuza, donde las enormes lentes se asemejaban a los ojos del ave en cuestión.
Con respecto al hijo único de la familia Reck…
Su nombre de pila era Leopoldus. Su estatura era de lo más ordinaria entre los chavales del pueblo, con la salvedad de su anatomía esquelética y casi cadavérica. Su tez era blanquecina, los ojos hundidos en sus cuencas, las cejas pobladas y prominentes, la nariz mordida en su aleta izquierda y los labios visiblemente amoratados. El resto del tono de la piel era descolorido. Al poco de residir la familia Reck en el pueblo, los críos le pusieron el mote de “Pesadilla”. Aunque semejante burla duró poco porque el muchacho sabía emplear un tipo de arte marcial de lo más exótico, dejando a más de uno con los huesos magullados y la cara hinchada. A raíz de emplear esta autodefensa personal, los padres de los niños del pueblo les prohibieron a estos acercarse a Leopoldus nada más salir de clase, y mucho menos arrimarse a su casa.
Decididamente, los Reck eran una familia atípica, nada deseables como vecinos.
Él lo supo cuando desapareció su perro fox terrier, “Malas Pulgas”. Al volver del trabajo no lo encontró por el jardín ni por las dependencias de su hogar. Eran las dos de la tarde, y media hora después, le llegó un fuerte olor a barbacoa procedente de la parte trasera de la casa de sus horribles vecinos. Se asomó a la valla, y los encontró degustando carne cortada en dados, ensartados en banderillas de madera. Sus mandíbulas se movían en consonancia con el hambre que tenían, masticando como si llevasen todo el día en ayunas.
Fue entonces cuando reparó en la cabeza de “Malas Pulgas”. Estaba decapitada, situada en un charco de sangre, no muy lejos del festín culinario de los Reck.
Aquella pérfida familia se había apropiado de su perro y se lo estaban asando a la barbacoa.
Su corazón le dio un vuelco. Se sentía al borde de un desmayo. Como pudo, se alejó de la valla de separación de ambas viviendas y se introdujo en su casa por el saloncito, dejándose caer sobre el sofá. Hizo lo posible por controlar el ritmo de su respiración. Discurridos cinco minutos, ligeramente recuperado de la conmoción de saber que su perro fox terrier había sido vilmente asesinado por la malnacida familia Reck, estuvo por llamar a la policía local, con intención de interponer una denuncia. Pero su amor propio le hizo de dirigirse al cuarto donde guardaba sus armas. Recogió la primera que le quedaba más a mano, una escopeta de repetición de calibre 12.
Cegado por la ira, encaminó sus pasos hacia la parte trasera donde su propio jardín y el de los Reck quedaban separados por la valla de madera rústica. Al asomarse sobre ella, ganando altura sobre una silla, vislumbró a los tres miembros que en ese instante estaban tomando un granizado de limón como postre. Patrick le sonrió con desdén, antes de perder toda la dentadura y parte de la nariz de un certero disparo, falleciendo de inmediato. Fravilia se quedó estupefacta por su reacción desproporcionada. Esos segundos de indecisión le costaron dos disparos en el estómago, haciéndola sufrir muchísimo antes de morir delante de su hijo Leopoldus, quien permanecía arrodillado a su lado, llorando como una magdalena.
Aquel niño era el mal encarnado. De los tres componentes, seguramente era el más nocivo y perverso.
Recargó su arma, presto a culminar su venganza…
No le dio tiempo a apretar el gatillo.
Leopoldus se alzó sobre la valla, situándose a su lado con la agilidad de una ardilla. Estaba agachado. Encogido como un muelle tenso. Acercó su rostro a la corva derecha del vecino y le mordió con tal virulencia, que el dolor le hizo de dejar caer la escopeta sobre la hierba.
– ¡Hijo de Satanás! – aulló, desesperado.
Entonces…
Las voces de Patrick y Fravilia llegaron muy cercanas.
Miró un segundo al frente, y se los encontró al otro lado de la valla. Patrick con la boca destrozada. Fravilia con las manos cubriéndose el regazo ensangrentado. Ambos rieron de manera endemoniada.
– Primero fue tu condenado perro.
“Esta noche serás tú a quién devoremos…
Marido y mujer brincaron por encima de la valla, y sumándose al hijo, llenaron el cuerpo del escritor con docenas de brutales dentelladas, que le costaron la vida, y con ello, ocupar sitio en la parrilla de la barbacoa nocturna de la familia Reck.
horror
Especial Navidad: Espíritus Inmundos (La posesión de Kevin).
Kevin Stacey era feliz. Tenía una esposa estupenda y dos hijos maravillosos. Eran la típica familia de clase media americana. Vivían en una barriada donde había de todo, gente obrera, marginada y familias que casi siempre pasaban apuros a finales de mes, que ya era toda una hazaña tal como estaba el país, con el paro en lo alto de la cumbre gracias a los dos mandatos del peor presidente de toda la historia. Kevin y su familia estaban entre los que pasaban apuros para llegar a final de mes, pero aún así su satisfacción era plena. Vivían en un piso de la quinta planta de un edificio de alquiler que pertenecía a un supervisor de origen alemán que tenía en propiedad otras tres edificaciones más a lo largo del barrio. El alquiler era asumible por los dos sueldos que entraban en el hogar. Kevin era vigilante armado de un banco, y su mujer Kelly trabajaba a tiempo parcial de cajera en un supermercado local. Los niños estudiaban en una escuela pública, y de vez en cuando sendos padres contrataban los servicios de una canguro para pasar los dos un rato junto a solas en el cine o en un restaurante que fuera asumible para su economía de gastos mensuales. Y una vez al año, pues Kevin no podía permitirse unas vacaciones normales, disfrutaban de una semana de asueto en visitas a parques nacionales o de acampada en tienda de campaña con los vecinos del segundo, un matrimonio sin hijos y con el cual guardaban una gran amistad.
Así era Kevin.
Así era su familia.
Un año, en plenas navidades, con la ciudad cubierta de nieve, Kevin regresaba del largo turno diurno a casa. Habían sido doce horas, de ocho a ocho de la tarde. Estaba cansado, con ganas de pillar una buena ducha, vestirse algo cómodo, cenar con los suyos, tumbarse sobre el sofá y ver algo en la televisión antes de irse a la cama, que mañana tendría que volver a la custodia del banco. Realmente, el espíritu de la navidad estaba muy arraigado en la familia, aunque Kevin y Kelly no fuesen especialmente ni muy devotos ni practicantes de la religión católica a la que por tradición pertenecían. La asumían con la alegría de ver lo bien que se lo pasaban Ted y Nataly, quienes a sus cinco y ocho años respectivos, vivían la llegada de Santa Claus con la típica ilusión que se tenía a esas edades.
Esa tarde en que volvía a casa hacía bastante frío, sobre los dos bajo cero, pero lo llamativo para Kevin fue la sensación de que hacía mucho más dentro de su propio piso. Al abrir la puerta notó un cambio drástico de temperatura y conforme avanzaba por el recibidor, el frío era más acusado. Tocó el radiador más cercano para ver si acaso había vuelto a fallar el sistema de calefacción central del edificio, pero este estaba funcionando correctamente, notando la calidez bajo la palma de la mano. Era extraño. Aventuró que a lo mejor Kelly había abierto las ventanas para airear algo el piso antes de que él llegara, pero no encontró ninguna de las hojas de las ventanas subidas. Y lo más llamativo. No encontró a nadie de su familia.
Registró todo el piso. Las dependencias estaban en un estado de normalidad, y la mesa del comedor estaba preparada para empezar la cena. Entró en la cocina y vio la comida sobre el mostrador recién hecha y dispuesta para llevarla a la mesa.
Pero ni Kelly
– ¡Kelly! – la llamó
ni Ted
– ¡Teddy!
ni Nataly
– ¡Nataly!
Ninguno de los tres salió a la llamada de sus nombres, pues todos estaban ausentes.
Kevin empezó a ponerse nervioso. Su trabajo consistía en mantener en la medida de lo posible la compostura bajo presiones extremas al ser el máximo responsable de la seguridad en el banco donde trabajaba. A veces cuando llegaba la crisis como él la llamaba, había que respirar de manera profunda y contar hasta cien antes de perder los nervios y liarse a tiros con el atracador que amenazaba a la cajera con una navaja automática. Claro que en este caso no se trataba del jodido dinero del banco, o de la vida de una extraña que simplemente se limitaba a saludarle y despedirse de él cuando entraba y salía de su turno de trabajo en el banco. Se trataba de su mujer y de sus dos hijos.
Era su propia sangre la que estaba en juego.
Tenía que averiguar lo antes posible qué demonios les había pasado. No encontró signos de resistencia. Todo estaba en orden. No faltaba nada. No había sangre por ningún lado.
Se dejó caer de rodillas, desesperado, y juntó ambas manos. Quiso rezar una plegaria:
– dios mío, por favor no me hagas esto…
Estuvo sesenta segundos sin reaccionar, hasta que decidió que lo mejor era ya llamar a la policía. Fue hacia la mesita del corredor principal donde estaba ubicado el teléfono inalámbrico insertado en su cargador. Antes de llegar vio como la mesa se tambaleó un poco y el teléfono salió volando de su cargador para impactar sobre su cabeza contra la pared hasta quedar del todo inservible para su uso. Kevin miró en derredor suya. No vio nada. Estaba solo, pero algo había cogido el teléfono y se lo había lanzado a la cabeza. Entonces escuchó una serie de sonidos procedente de la cocina. Fue corriendo. Al quedarse en el quicio pudo ver que toda la comida con la vajilla y la cubertería estaban tiradas y diseminadas sobre el suelo. La luz del techo chispeó un par de veces y se apagó. La sensación de frío era ya terrible. El aliento cobraba formas arbitrarias conforme respiraba cada vez más aceleradamente. Salió de nuevo al pasillo principal y desde la entrada al salón vio avanzar una figura oscura. Estaba situada a gatas y parecía una sombra en un antinatural relieve. Se le fue acercando gateando a trancas y barrancas. Un gruñido hosco surgía de su garganta.
– Kevin – le siseó la criatura.
Kevin lo veía llegar con el espanto de quien ve un hecho de difícil explicación. Eso no podía estar sucediendo. No en su propia casa.
La sombra se le acercó por completo y alzó su rostro.
Kevin sintió una fuerte convulsión antes de perder el conocimiento y caer al suelo.
– Papá…
– ¡Kevin! ¿Estás bien, cariño?
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Estaba rodeado por su familia. El piso estaba nuevamente como debería haber estado desde que entrase hacía media hora por su puerta de entrada.
Se puso en pie con la ayuda de Kelly.
– Papá, papá, te has caído y te has hecho daño- se interesó Nataly.
Kevin no dijo ni palabra.
Pasado el susto, se fueron a cenar. Fue una cena muy atípica, donde Kevin no quiso ni hablar media palabra con su familia. Kelly estaba preocupada. Su marido estaba teniendo un comportamiento inusual. Los niños estaban tristes porque su propio padre no les hacía caso, y su madre prefirió llevarlos al cuarto de juegos para que no siguieran viendo el semblante serio y taciturno de Kevin.
Cuando Kelly regresó del cuarto vio como Kevin se disponía a salir de casa.
– ¿Qué haces? ¿Se puede saber qué te ocurre?
Kevin ni se molestó en mirarla. Abrió la puerta y salió. Kelly se situó en el quicio y lo vio dirigirse hacia el ascensor. Estaba indignada.
– ¿A dónde crees que te vas? Contesta. Has fastidiado el día de los niños y piensas que te puedes ir así de rositas, sin dar ni siquiera una sola explicación.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Kevin avanzó dos pasos hacia su interior. Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el ascensor inició su descenso, Kelly cerró la puerta del piso de un fuerte portazo.
El callejón no tenía salida por el fondo. Estaba situado detrás de un restaurante ruso de poca monta y estaba decorado con los contenedores de la basura y algún que otro mueble viejo y abandonado. La nieve lo recubría todo. Solía estar frecuentado por gente sin techo que se refugiaba entre cartones para dormir a la fresca, pero en esos días invernales tan inclementes preferían el subsuelo del metro. Entre dos de los contenedores de basura estaba Kevin. Agazapado, sentado casi sobre sus talones, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Estaba tiritando. Lo notaba. Pero no podía ejercer dominio sobre su cuerpo. Permanecía controlado por otra entidad. La entidad estaba refugiada en su mente. Y le estaba enloqueciendo con sus blasfemias. Sus risas malignas. Le hablaba por dentro en lenguas extrañas que Kevin no entendía, haciéndole de adoptar las posturas que él quisiera. Si lo deseaba, le hacía de arañarse su propia cara. O de comerse los mocos. O de hacerse sus necesidades encima.
Kevin no entendía la razón de que aquella entidad hubiera reclamado su cuerpo. Ni comprendía cómo había surgido en el corazón puro de su hogar. Nunca habían tenido interés en temas ocultos, ni habían practicado ningún tipo de juego peligroso como el de la ouija. Pero allí estaba. Dentro de su interior. Haciéndole ya la vida imposible. Deseando que morir fuese una solución a sus males. Pues su familia no merecía soportar su sufrimiento incurable.
Tras cinco horas atrapado y constreñido en esa postura, lo que anidaba ahora en su interior le hizo de alzarse. Eran las tres de la madrugada. Enormes copos con la turgencia del algodón caían sobre sus cabellos y los hombros. Fue avanzando en un caminar desigual hacia la otra calle. No se veía a nadie. El frío era intenso. Tenía las manos congeladas. Los pies ya ni los sentía.
Las voces…
Continuó andando un buen trecho por las calles del barrio. En un momento determinado llamó la atención de un agente de policía que estaba resguardado dentro de su coche patrulla.
– ¡Oiga, señor! ¿Está usted bien?- se interesó el policía.
Al ver que no le hacía caso, puso en marcha el vehículo hasta situarse al lado de Kevin. Asomó la cabeza por la ventanilla y lo contempló tal cual era. Se asombró de que aquel hombre no estuviera al borde de la hipotermia. Su estado revestía una gran gravedad. Tenía el rostro surcado de múltiples arañazos y los nudillos de las manos agrietados y sangrantes al igual que las uñas rotas y melladas de haberlas restregado contra los ladrillos del callejón sin salida.
– Cristo. Te has auto lesionado tú mismo, ¿verdad? ¿Qué te has metido, hijo?
Kevin escuchaba la voz del policía.
Pero por encima de aquella voz sobresalían las voces que le atormentaban en las últimas horas.
Las voces que le habían destruido una vida idílica.
Las voces que le había separado de su familia.
Esas puñeteras voces.
– ¡Callaos de una puta vez! – gritó Kevin en voz alta, llevándose las manos a los oídos.
Y entonces
– Relájate, chico. Levanta las manos. No hagas nada raro. Si te comportas, te llevaré a que te vea alguien para que te examine – le estaba diciendo el policía.
Entonces la cosa que le dominaba le hizo de revolverse hacia el agente, buscándole el cuello con las manos semicongeladas,
– Qué haces…
haciéndole de apretar y apretar hasta que…
un tiro del arma del policía le dio de lleno en la cabeza y le hizo caer desplomado de espaldas sobre el colchón de nieve.
Kevin miraba hacia el firmamento.
Parecía que estaba formando ángeles en la nieve con los brazos extendidos
– Maldito hijo de puta. ¡Qué coño te has metido, que casi me matas…!
Ahora descansaba libre de toda presencia enfermiza en su interior
lo único que lamentaba era que ya nunca más iba a volver a ver a Kelly, Ted y Nataly.
FREAK (un fenómeno de circo).
Pasen y vean, señores…
Verán que el “show” merece la pena.
La desaparición de Robert Smith.
Robert Smith es un nombre ordinario. Los hay a miles en el país. Enchufas la radio, y en cualquier emisora hay un Robert Smith, o bien de comentarista de partidos de voleibol, o bien en forma de oyente insoportable narrando su lucha contra la pérdida de peso en una anatomía gordinflona de ciento cincuenta kilos. Enciendes la tele, y si ves un partido de la NBA, verás a un Robert Smith machacando una canasta en doble giro y con los ojos cerrados, o si cambias de canal, allí tendrás a Robert Smith pronosticando la nevada del milenio en Buffallo, estado de New York, y si decides darle de nuevo al mando a distancia, en el canal 125 está la comedia de situación de un actor llamado Robert Smith intentando desplumar un pavo en la noche de navidad sin conseguirlo, claro está. Y están los Robert Smith en la situación de vecino de la tercera planta, del Robert Smith carnicero en el supermercado nada más cruzar al otro lado de la calle, el Robert Smith taxista que te llevará de vuelta al trabajo y el Robert Smith vagabundo que extiende su sucia palma de la mano para pedirte un dólar para la cerveza del desayuno. En fin, que lo dicho, Robert Smith a tutiplén… Pero seguro que no hay ninguno que se supiese por Youtube que quedara succionado por el conducto de ventilación y permaneciera atrapado ahí dentro de por vida. ¿A que no?
Este Robert Smith es un tío con el que yo nunca había tenido trato alguno hasta el preciso instante de conocerle en las oficinas del edifico Independence, que es donde yo trabajo de lunes a sábado. No les doy mis datos, simplemente confórmense con saber que soy el vigilante nocturno del inmueble. Veinte plantas de altura. Catorce horas de turno interminable para acumular las suficientes horas para sumar 1500 dólares a fin de mes. Mi trabajo es sencillo. Controlar desde una pequeña zona habilitada para la seguridad cada uno de los accesos exteriores e interiores del edificio con una veintena de monitores en blanco y negro, además de una ronda por todas las plantas desde el último piso al sótano cada hora y media. Nada, que no se requiere estudios superiores para realizar este trabajo. Aparte de no dormirse, sólo se precisa algo de concentración y de interés por hacer las cosas como es debido. Volviendo al asunto que nos interesa, en una de esas noches recibí la visita ya anunciada por una nota de mi compañero del turno de día, donde se informaba de que un técnico de la empresa encargada del mantenimiento del aire acondicionado iba a pasar la noche revisando los conductos de ventilación de las oficinas de la decimocuarta planta. El individuo en cuestión era, ustedes ya lo han adivinado, Robert Smith. Este Robert Smith era de estatura media, delgaducha y bastante normalita. Ni guapo ni feo. Y era genuinamente norteamericano, que hoy en día lo más normal es encontrarte con un tío de Manchuria hablándote en ruso. La única conversación que tuvimos fue extremadamente larga y amena. Vamos, que casi duró dos minutos.
– Buenas noches, caballero. ¿El motivo de su visita?
– Soy el técnico de Calor Nunca en Verano, y vengo a inspeccionar la instalación de las oficinas de la planta catorce que ha debido de petar.
– En efecto, señor. Aquí tengo una nota que me avisa de su llegada. ¿Me dice su nombre, por favor?
– Robert Smith.
– Bien. Ya está usted introducido en la base de datos del ordenador. Aquí tiene la acreditación. Le doy la tarjeta verde número trece. Debe de llevarla siempre en lugar visible.
– Aunque no haya nadie más por aquí que nosotros dos en toda la jodida noche…
– Así es, señor. Y recuerde que antes de irse, debe entregarla aquí en seguridad.
– Hombre, no me voy a llevar esta tontería a casa.
– Que pase buena noche, señor.
– Ya. Si le llama a husmear en las secciones del aire acondicionado algo divertido, para usted el trabajo.
Y así acabó nuestra efímera amistad.
Robert Smith se dirigió a uno de los ascensores, entró y desapareció de mi presencia para… siempre.
Al menos por el momento.
Hay veces que uno le da vueltas a la cabeza sobre un tema en cuestión. Esto es muy susceptible de suceder en un tipo de trabajo tan rutinario como el mío, donde el sonido de las alas de una mosca en pleno vuelo parece una novedad súper interesante, y más si lo hace al lado de un micrófono encendido del sistema de la megafonía central del edificio.
En esas ocasiones suelo divagar acerca de la naturaleza predecible del ser humano. A fin de cuentas, la mayoría de nosotros presumimos de un ego propio al mismo nivel que si fuéramos emperadores romanos, cuando una simple gripe nos tumba a las primeras de cambio y nos da la sensación que entonces no valemos ni para prepararnos un caldo de pollo. Y no digamos los accidentes tontos, del todo fortuitos, que nos dejan con algún que otro hueso roto, eso en el mejor de los casos, que en el peor la palmamos y ya nadie se acuerda de nuestra fama elevada al cubo, ja ja.
Me imagino que Robert Smith hubiera estado de acuerdo conmigo en todo esto. Más a partir del instante en que contemplé por el monitor doce como se encaramaba en la escalera plegable para retirar una de las rejillas del conducto de ventilación de una de las oficinas del piso catorce. Se le veía muy hábil con el uso del destornillador. Tanto, que sin querer, consiguió desequilibrar la escalera, quedándose medio introducido en el hueco, con las piernas colgando de mala manera.
Pensé, este tío es más gilipollas, que si cambia de oficio y se mete a la política, se nos forra.
Cuando patalearon las piernas, y tiró la escalera, le pegué un buen puñetazo a la mesa. Demonios. Me obligaba a tener que subir a echarle una mano. Encima en el intermedio de una ronda recién vencida y la nueva por llegar.
Aparté mi sabroso emparedado de pavo con lechuga (estaba a régimen) y me desplacé hasta el ascensor. Cuando llegué al piso catorce, miré la hora en el reloj y asumí que el pobre desgraciado ya llevaba casi cinco minutos colgando como un pelele por la abertura del conducto de la ventilación. Si encima tenía claustrofobia, a lo mejor me lo encontraba en pleno ataque de histeria.
Corrí a buen paso para acortar el calvario del operario de la empresa de mantenimiento de la instalación del aire acondicionado. Con las prisas, me equivoqué de oficinas. En la segunda intentona, esta vez acertada del todo, nada más adentrarme pude ver la escalera tirada sobre la moqueta del suelo y el hueco vacío del conducto. El muy ladino había conseguido introducirse de alguna manera por la abertura, y debía de estar dentro del tramo del conducto de ventilación.
Me situé justo debajo, apartando la rejilla caída sobre el suelo con mi pie derecho.
– ¿Señor Smith? ¿Está bien? ¿Acaso necesita ayuda para salir de ahí adentro? – le pregunté.
Su contestación me llegó metalizada y alejada de aquella entrada, como si hubiera ido avanzando y estuviera en otro nivel de la instalación.
– Ayuda… – dijo.
“Dios… Necesito que me saque de aquí…
El tono fue decayendo, hasta quedarse en un murmullo casi inaudible.
– Esto, usted es el técnico. Ya me dirá en qué forma puedo serle de ayuda – le hablé en voz alta, haciendo bocina con mis manos para que así pudiera oírme.
En esta ocasión no me llegó su respuesta. Simplemente pude percibir un movimiento lejano sobre el metal del conducto. Seguido de un aviso en la central de alarmas. Al notar su cambio de posición en el interior, se había disparado una alarma volumétrica dada la sensibilidad de la misma. Tuve que dejarle para bajar deprisa y corriendo a las dependencias de seguridad para anular el falso aviso, evitando que viniera la policía en vano. Aunque bien pensado, como aquél inútil no consiguiera salir del interior del sistema de ventilación, no me quedaría otro remedio que recurrir a sus servicios. Y seguramente a los bomberos.
El panel de las alarmas está ubicado en la pared izquierda. Al teclear el código de anulación, me quedé mirando de frente al conjunto de monitores. Me llamó poderosamente la atención como en un bufete de abogados de la décima planta la rejilla del aire acondicionado caía de sopetón sobre una de los escritorios.
Naturalmente deduje que era Robert Smith, tratando de salir por ahí. Lo maldije mentalmente, y de nuevo me encaminé al ascensor con la intención de llegar al piso décimo.
Tardé poco más de cuatro minutos en adentrarme en las dependencias de Morrison&Duwards Lawyers. El impacto de la rejilla contra la madera de caoba de la mesa había dejado una marca que iba a requerir explicaciones en cuanto se abriera el edificio a las siete de la mañana. Aunque en ese momento, era lo de menos. Alcé el rostro hacia la abertura y pude ver la cara sucia y apurada del técnico.
– ¡Hombre! No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido descender cuatro plantas por un recorrido angosto y estrecho en menos de diez minutos – le dije, sonriente.
El hombre no expresaba felicidad alguna.
Es más, sus ojos estaban casi fuera de las órbitas, con el ceño fruncido y los dientes apretados.
– No. No he sido yo… Hay algo… Que me está estirando… Oh, no…- Su rostro tenso fue sustituido por un gesto de dolor infinito. – Ah… Las piernas… Los brazos… El cuello… Me los está tensando… Como si fueran de plastilina… El dolor… Es inenarrable… Ayúdeme… Ayúdeme a acabar con este sufrimiento.
Entonces fue cuando saltó la alarma por segunda vez.
Miré a Robert Smith con cierta inquietud.
– Aguarde un poco. Tengo que bajar a silenciar el aviso de emergencia. Vuelvo enseguida y le ayudo a salir del conducto del aire – le dije, y me fui corriendo a toda pastilla.
Estaba tan nervioso, que bajé por las escaleras. El sonido de la alarma era estridente, con las luces de emergencia destellando en cada rellano. Cuando llegué abajo, introduje el código de desactivación por segunda vez. Las pantallas de los monitores estaban situadas al frente, y con consternación pude ver tres rejillas de ventilación tiradas por los suelos. Correspondían a las plantas decimonovena, undécima y quinta.
Lo más dantesco fue observar como por cada uno de los diferentes huecos de la ventilación asomaban de manera independiente una pierna, dos brazos y la cabeza de Robert Smith… En ese instante desde la quinta, donde asomaba parcialmente el rostro desencajado del técnico, su lengua se sacudió como una culebra, prorrumpiendo en un espeluznante berrido que pudo escucharse desde mi puesto de control.
Permanecí un buen rato sentado en mi puesto, sin capacidad de reacción. Contemplando fijamente los monitores, en un estado de shock. Pude ver cómo los miembros dejaron de moverse espasmódicamente pasados unos diez minutos, para luego ser recogidos hacia el interior de cada conducto.
Con manos temblorosas, llamé a urgencias, solicitando ayuda porque un técnico de mantenimiento acababa de tener un terrible accidente, quedando engullido por un tramo del sistema de ventilación central del edificio.
La policía llegó en menos de cinco minutos. Los bomberos en siete. Y todo cuanto puedo decir, es que pusieron todo su empeño en localizar el cuerpo de Robert Smith, guiándose por las grabaciones de las cintas de seguridad.
Tras dos días de intensa inspección, manteniendo el edificio acordonado y cerrado tanto al público como a los propios arrendatarios de las oficinas, se dio a Robert Smith por desaparecido en extrañas circunstancias.
Obvio es decir que solicité un cambio de aires.
No me interesaba seguir mirando por los monitores las cámaras de vigilancia donde por última vez vi al señor Smith asomarse de manera simultánea desde distintas plantas del edificio.
Mi destino es hallarte en el infierno.
Jugando con la arena.
Donovan se sintió externamente frío. Se desperezó, estirándose sobre una superficie dura, pétrea y gélida. No veía más que oscuridad y tuvo que quitarse las gafas de sol.
La llamada inadecuada.
El teléfono sonaba todos los días. Nunca contestaba. Hasta aquella tarde…
(¡Ring! – ¡Ring!)
Descuelga.
Percibe al otro lado del hilo telefónico una musiquilla ridícula y repetitiva. Seguidamente se escuchan diversas voces propias de varias personas atendiendo a una serie de clientes al unísono. Es entonces cuando una voz femenina se pone en contacto con él.
– Hola. Muy buenas tardes.
Silencio.
– ¿Es usted el señor Lionel Rednack Perkins?
Un jadeo profundo como única contestación.
– ¿Perdone? ¿Está usted ahí? ¿Estoy hablando con el señor Lionel Rednack Perkins?
Carraspea para tragarse la propia flema que invade su garganta.
Llegado el caso, contesta con voz cavernosa.
– ¿Qué quiere?
– Me imagino que usted es el señor Lionel.
– ¿Para qué quiere saberlo?
– Si usted no es el señor Lionel Rednack Perkins, me interesaría que me lo dijera o si acaso está en la casa, fuera usted tan amable de solicitarle que se pusiese un momento al teléfono.
Sorbido de mocos.
– El señor Lionel no está disponible en este instante. Está del todo… ausente.
– ¿Y cuándo podría hablar con él?
– Dígame el motivo de su llamada.
– Soy Verónica Campbell, del área comercial de la compañía telefónica One Line. Es para hacerle una pequeña encuesta sobre su conexión a internet.
Silencio momentáneo.
– ¿Sigue usted ahí, señor?
La voz.
De una niña muy pequeña.
– Mami. ¿Por qué ya no eres tan puta? Con lo bien que te lo pasabas con los hombres sucios cuando no estaba papá. ¿Por qué lo hacías?
– ¿Cómo?
Incredulidad reflejada en el tono de la mujer.
La voz de niña se tornó en la de un hombre iracundo.
– ¡Cerdaaaa! ¡Ramera! Yo matándome con el camión en la carretera, y tú tirándote a todo el vecindario sin que yo lo supiera. Amanda no es mi hija. Lo engendraste de alguno de los chulos que te tiraste. ¡Guarra! Tuviste suerte que decidiera pegarme un tiro en la cabeza. Otro se hubiera llevado a ti y a la niña por delante antes de suicidarse…
– No. No puede ser. Jonathan…
Todo era verdad. La voz cambiante le estaba echando en cara su vida licenciosa. Su marido se quitó la vida. Y Amanda terminó hundida emocionalmente, recluida en un reformatorio desde los catorce años, para años después morir por una sobredosis de heroína a los veintitrés.
– ¿Quién eres? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo lo haces? ¡Dímelo! ¡Por amor de Dios, dímelo, maldito!
Ella estaba fuera de sí. Su voz fue solapada por la de sus compañeros en la centralita del departamento comercial de la compañía telefónica One Line, visiblemente preocupados por su súbito ataque de histeria.
Entonces…
Silencio.
La voz no dijo nada más.
Colgó el teléfono.
Y conforme regresaba a su habitación helada y oscura, pensó dentro de su mente ocupada por las voces del mal:
“Estás muerta, Verónica. Acabada como persona viva. Esta misma tarde. Yo lo ordeno. Es mi principal deseo. Así ya no me molestarás más con tus llamadas.”
En los días sucesivos, el teléfono permaneció mudo…
Especial Relato de Halloween: "El error de Bertelok".
Bertelok era un demonio menor de la discordia. Su principal objetivo era sembrar el caos y la incertidumbre en el género de los seres mortales. Amén de recolectar almas para el fuego eterno. Su diferencia con el resto de los miembros del inframundo pecaminoso era una habilidad que le permitía adoptar una figura normal con apariencia humana, sin necesidad de tener que poseer un cuerpo verdadero.
"Sigo llamando a la puerta, y tú no me abres…"
Se percibió el golpeteo de los nudillos contra la puerta de madera. Ese hecho le extrañó mucho. El timbre de la casa funcionaba perfectamente. Estaba solo, así que tuvo que acudir él mismo a la entrada.
Bee Marshall Jones, jugador de baloncesto…
1.
Bee Marshall Jones era el clásico jugador de baloncesto universitario americano, con grandes facultades físicas y técnicas. Afroamericano de 1,95 m de altura, organizador del equipo desde el puesto de base, tenía 21 años. Cursaba los pocos meses que le quedaban por graduarse en la Universidad de Perrish Town. El Campus era de cierto buen nivel, para tratarse de una ciudad media, pero en deportes, y concretamente en la sección de baloncesto masculino, jamás pasaban de la fase previa universitaria. Contra equipos de la región se defendían, pero a la hora de medirse los cuartos frente a los pesos pesados del estado de Nueva York, tenían todas las de perder, y encima por muchos puntos de diferencia, pese a la agresividad de su defensa y el empeño que ponían cada uno de los componentes del mismo. Quien más destacaba sobre el resto era Bee Marshall Jones. Tenía unas largas piernas, un equilibrio central extraordinario, un salto decente, un dribbling llamativo y una velocidad perfecta en el contraataque. Sus máximas carencias era su floja defensa (para ejercer de base, apenas robaba balones al rival), no abundaba en el reparto de asistencias, su tiro de cerca era satisfactorio, pero más allá de la línea de tres puntos perdía mucha efectividad y su excesivo ego personal lastraba muchas veces al conjunto, obligando a su entrenador a cambiarle con relativa frecuencia cuando no tenía uno de sus días más inspirados.
Bee Marshall siempre soñaba con cotas mayores. Que algún ojeador de la NBA anduviera siguiendo a Perrish Town en la fase regional regular para pasar detalles cara a una futura prueba con novatos y jugadores veteranos en el declinar de su carrera en las ligas de verano, pues era realista en la imposibilidad de siquiera figurar en los puestos más bajos del draft de la NBA.
Para su desilusión, la temporada universitaria tocó a su fin con la eliminación en la primera eliminatoria estatal, y con ello, toda previsión de ser examinado por algún cazatalentos, no de la NBA, ni de la Liga Comercial, sino ni siquiera de ligas europeas de peso como la ACB española o la Lega italiana.
Finalizada la temporada de baloncesto de manera tan prematura, le quedaban un par de meses para la graduación. Sus notas no eran todo lo destacadas que deberían ser para procurarle una alternativa profesional distinta a la carrera deportiva. También influía su vida familiar completamente desestructurada, con un padre temperamental y dado a la bebida, irritado por su trabajo de vigilante nocturno y desencantado por la mediocre vida de baloncestista de su hijo, mientras su madre se sentía más realizada con la futura carrera periodística de su única hermana mayor, Ambrosia.
El muchacho llevaba un tiempo moderando su frustración uniéndose a grupos de amigos poco recomendables, cuyo modo de diversión significaba simplemente beber, drogarse y salir con chicas de cascos muy ligeros.
Bee Marshall se fue convirtiendo en un joven muy conflictivo, rayando en la delincuencia. Cada vez se veía más agresivo.
Hasta aquella tarde noche que dos de sus colegas le dieron un revólver y se dispusieron a robar en una tienda nocturna.
Era un Seven Eleven. El atraco fue un puro desastre desde el mismo momento en que atravesaron las puertas automáticas del establecimiento. Sus dos amigos estaban hasta arriba de droga, y él fuera de sí por la mezcla de cocaína con el ron consumido en la esquina de la licorería Delios.
El caso fue que el dependiente, un maldito blanco racista veinteañero, con gafas de listillo y pelo pajizo se negó a darles la cantidad de dinero disponible en el cajetín de la caja registradora. El estallido de dos detonaciones, la nube de pólvora consiguiente surgiendo del cañón del revólver sostenido por Bee Marshall y el posterior cadáver reposando detrás del mostrador marcó el destino del baloncestista universitario.
Cinco segundos dan para cambiarle a uno la vida. Antes de apretar el gatillo, era un hombre libre y con derechos; después de hacerlo y de apagar una vida como quien apaga una vela de cumpleaños de un único soplido, su futuro estaba ya marcado para siempre, con antecedentes penales, un montón de años detrás de las rejas de una cárcel de máxima seguridad y con nulas perspectivas de reinserción social cuando saliera siendo una persona ya mayor y sumido en la desmoralización, tratando de buscar un trabajo de perfil bajo para sobrevivir a duras penas.
Después de esos cinco segundos, breves y fugaces, apreció igualmente la traición de sus presuntos compañeros de fechorías. Lo dejaron abandonado en su consternación, solo dentro de la tienda, mortificado por la presencia del cuerpo inerte del dependiente del Seven Eleven.
La mezcla del alcohol ingerido con el consumo de la droga, el punto álgido alcanzado por el exceso de adrenalina, más el estupor, la mente embotada, la vista nublada y una extraña sensación de estúpido sopor (¿cómo le podía estar entrando el sueño en ese instante, cuando acababa de cepillarse a un tío por la vía rápida?), le fue venciendo.
Sus músculos de toda su anatomía se fueron relajando poco a poco, propiciando que el arma abandonara sus dedos de la mano derecha y cayera pesadamente contra el linóleo medio levantado del suelo de la tienda.
“Marshall”
Alguien le llamaba. Quiso averiguar la procedencia de aquella llamada desconocida, pero las brumas le rodeaban, y cuando quiso dar un paso al frente, perdió el equilibrio, rindiéndose al extraño cansancio que le fue sumiendo en un letargo de duración indeterminada…
2.
“Marshall”
Era una voz imponente.
“Despierta”
Bee Marshall Jones fue separando poco a poco los párpados, hasta lograr enfocar la vista. Se encontró a si mismo tumbado de costado sobre un suelo polvoriento.
“Álzate como Lázaro, quieres”
El tono estaba siendo ya amenazante. Se parecía ligeramente al que empleaba su padre cuando discutía con él antes de irse a la cama. Pero la voz de su padre estaba tomada por el peso del alcohol. La presente era limpia y diáfana. Como si fuera un instructor implacable de un campo de adiestramiento del ejército americano.
Bee Marshall se apoyó sobre las palmas de las manos, apreciando el polvillo. Era gris oscuro y muy liviano. No tardó en darse de cuenta que era ceniza.
(la ceniza de miles de muertos)
– Joder. ¿Qué es esto? – gruñó, sobresaltado.
Se incorporó de pie de un respingo. Extrañamente, se notó completamente sobrio y sin los efectos secundarios de la droga suministrada por sus dos maravillosos y cobardes amigos.
Así no le fue difícil comprobar que se encontraba frente a una canasta de baloncesto. El aro carecía de red. Y bajo el mismo, en perpendicular al tablero, había un balón. La superficie de la cancha era ceniza (de muertos), y correspondía a un único lado. No había segunda canasta. Como si fuera un solar de una calle. Pero en derredor del terreno deportivo no había ninguna estructura edificada. Sólo le circunvalaba la más negra oscuridad, siendo el único lugar iluminado, la propia cancha. Bee Marshall quiso identificar al menos los soportes de los focos, pero no encontró soportes ni focos. La iluminación pendía de un techo invisible e infinito, con el núcleo ardiente y crepitante como si en realidad fuesen antorchas de un tamaño destacable.
“Marshall”
El joven trató de localizar la procedencia de la voz, pero parecía llegar de todas partes.
– ¿Quién me llama?
“Mejor que no lo sepas de momento”
– Joder. Déjate de malos rollos. Quiero salir de este condenado recinto deportivo.
“Acuérdate de algo, muchacho”
– ¿De qué quieres que me acuerde?
“Del mocoso que acabas de matar con dos tiros a bocajarro”
“No venía a cuento hacerlo, pero lo hiciste”
Bee Marshall Jones estuvo a punto de lloriquear. Aquello era peor que una pesadilla. Era la locura de un tío hecho una mierda por culpa de la maldita droga. Y lo más deprimente es que quien parecía llevar la camisa de fuerza, era él. Pero no la llevaba, ni estaba dentro de una celda acolchada, si no de pie frente a una canasta roñosa y de estructura destartalada.
– No-no-no. Déjalo estar ya, tío. Seas quien seas, indícame la salida de este sitio.
“Veo que aún no asumes la situación en la cual te hayas”
– ¿De qué situación me hablas?
“Pobrecito Marshall. Eres un pésimo jugador de baloncesto. Y un estúpido delincuente. Matas a un desgraciado sin venir a cuento, y ni siquiera robáis finalmente el local. Mira que eres inútil. Razón tiene tu padre en casi repudiarte. Aunque sin duda lo hará cuando se te condene a treinta o cuarenta años sin derecho a la libertad condicional.”
Bee Marshall giró varias veces sobre sí mismo. Cada frase de aquella voz atronadora procedía de un rincón diferente. Y siempre desde la negrura de la nada.
– ¡Cállate, miserable cobarde! ¡Muéstrate, si tienes cojones!
“Bueno, Marshall. Ya vale de perder el tiempo. Te dejaré verme un momento”
Desde debajo de la canasta surgió una figura monumental y temible de tres metros de altura, de una brutal envergadura, inmerso en llamas flamígeras que contorneaban irregularmente su silueta. Las cavidades de sus ojos estaban vacías, sumidas en sangre, y de sus deformes mandíbulas colgaban babas de sangre coagulada.
“Mírame, Marshall. Soy tú ídolo de toda la vida. Soy Legión”
Bee Marshall observó aquella maléfica presencia con rostro de incredulidad.
La criatura infernal avanzó en grandes zancadas, y sin darle tiempo a retroceder, sujetó al joven con sendas garras alrededor del cuello. Le hizo de mantener la mirada contra el vacío insondable de sus cuencas. Aquellas garras quemaban la piel de su garganta.
“Cumplirás una premisa, antes de abandonar este lugar. Y eso si es que eres capaz de hacerlo.”
La bestia relajó la presión ejercida sobre el cuello de Bee Marshall.
“Coge ese balón. Tienes que machacar el aro tres veces. Si lo haces, eludirás este lugar para siempre. Si en cambio, fallas, estarás entrenando tiros libres conmigo el resto de tu existencia.”
– ¡NOO! – gritó Bee Marshall, aterrado por hallarse frente a frente ante el mismo demonio, y por el dolor de las quemaduras del cuello.
Al terminar de gritar, la presencia de la entidad maléfica había desaparecido, al menos físicamente, pues su voz no iba a cesar de estar presente.
“Venga, valiente jugador de baloncesto. ¿Qué son tres machaques para un deportista de tu nivel?”
– Serás cabrón – murmuró Bee Marshall, enrabietado.
Fue en pos del balón.
En cuanto lo vio, la inquietud retornó a su ser. Era un balón de kilo y medio de peso, embardunado de alquitrán caliente. De hecho, los vapores emanaban de su superficie.
La duda enfureció a Legión.
“Coge la jodida pelota, si no quieres que te abra en canal, y luego haga lo propio con tu padre borracho y la mamarracha de tu madre. A tu hermana me la reservo para más tarde…”
Bee Marshall estaba decidido a darle en las narices. No le quedaba otra alternativa.
Se dobló para agarrar el balón.
Quemaba en sus manos mala cosa, y lo tuvo que dejar caer repentinamente.
“¡Qué debilucho eres! Te agradezco que hayas matado a ese incompetente dependiente, porque así conseguiré no sólo tú alma, si no las de toda tu familia”
– Cabrón – musitó Bee Marshall.
Mordiéndose el labio inferior para tratar de contener el dolor de las quemaduras, recogió el balón y lo más rápido que pudo, buscó el aro sin botarlo. Lo importante era bajarla para abajo, y lo hizo con suficiencia.
“¡Bien, Marshall! Dos más como ese, y considérate libre”
Bee Marshall se miró las manos. Estaban las palmas casi despellejadas. La piel se había adherido a la superficie alquitranada del balón. Instintivamente sopló con fuerza para reducir el dolor de las terribles quemaduras.
Buscó el balón y con evidentes muestras de queja, recorrió dos metros de distancia antes de enfilar el aro e introducirlo con cierta contundencia, haciendo zarandearse el tablero de lado a lado durante un par de segundos.
“¡Guaaa, Marshall! Me sorprendes. Te consideraba un perdedor. No un tío con suerte. Aunque ya se sabe, la buena racha termina por romperse.”
Las manos de Marshall ya eran un puro amasijo de carne sanguinolenta. Las yemas estaban descarnadas, sin las uñas y la punta del hueso de las falanges a la vista. Con desesperación se dispuso a sujetar el balón para ejecutar el último mate…
“¡Punto final, Marshall! Hasta tanto no llega mi benevolencia”
El balón abrasaba más que nunca, y se le cayó al suelo con la compañía de sus dos manos.
Marshall aulló fuera de sí, conforme se desangraba por las muñecas…
3.
La vida suele dar muchas vueltas. La de Bee Marshall Jones fue iniciar una carrera delictiva corta y nada fructífera. En el instante que se disponía a apuntar al dependiente, este extrajo desde detrás del mostrador una escopeta recortada, y sin miramientos, disparó a la zona de su estómago. Los compañeros de Bee Marshall lo dejaron a su suerte, mientras el dependiente llamaba a la policía.
Cuando la patrulla llegó diez minutos más tarde, Bee Marshall Jones había fallecido, víctima de sus errores…
Cuando los cometía como jugador de baloncesto, se podían corregir en la siguiente jugada.
En la vida real, eso era más complicado.










