ESPECIAL HALLOWEEN: "Mil escalones hacia el cielo…"

El sonido de un disparo, seguido de un fogonazo y el olor característico de la pólvora.

En qué pocos segundos la plenitud de una vida queda relegada al latido inconstante y débil que precede a la línea horizontal de la muerte testificada por el monitor del equipo de cardiología ubicado en la habitación de planta de una UVI de un hospital cualquiera.
Él no había estado preparado para una muerte tan prematura. Joder, si solamente tenía cuarenta años. Le quedaban unas cuantas décadas por disfrutar. Estaba soltero. Era mujeriego. Algo bebedor. Hijo único. Sus padres ni se preocupaban de su existencia, y él los repudiaba en secreto porque nunca le habían querido ni desde que el espermatozoide afortunado diera con el óvulo reproductor, fecundándolo de cara a su postrer nacimiento, del todo indeseado para ambos vista la indiferencia que habían demostrado por su crianza y posterior educación para la edad adulta. Así fue como siempre frecuentó compañías inadecuadas, bordeando la frontera cercana a la delincuencia, hasta cruzarla del todo.
A los veintitrés años había empezado a trabajar para un mafioso de origen ucraniano. Sus negocios principales eran el tráfico de armas, las drogas y la prostitución. Le enseñaron medidas de defensa personal, además de aprender a disparar con una puntería endemoniadamente certera armas trucadas reconvertidas en automáticas. A los veinticinco años se ganó completamente la confianza de Mykhaylo Kirichuk, y este lo consideró como uno de sus sicarios. A los veintisiete le encomendó que solventara todos los imprevistos que pudieran surgir en la organización. Se fue encargando de soplones, traidores, gente que debía dinero al no poder afrontar los altos intereses de los préstamos concedidos por Mykhaylo Kirichuk…
Era indudable que poco a poco, su gatillo fácil le reconfortaba. No le importaba ir solucionando los problemas finiquitando vidas ajenas a la suya. Es más, hasta se fue volviendo un sádico. Disfrutaba cuando encerraba a un pobre desgraciado en un cuarto de un edificio abandonado de las afueras de la ciudad. Manteniéndolo colgado cabeza abajo, atado por los tobillos por cadenas, miraba al desgraciado de turno y le susurraba:
“Reza fuerte, hijo. Y pide que Dios te libere de aquí a tres minutos. Porque cuando pasen ciento ochenta segundos, abriré la puerta, y como no te hayas fugado con la ayuda divina, seré yo quien entregue en bandeja tu alma a los ángeles caídos…”
Así fue creciendo en importancia dentro de la estructura criminal de la banda de Kirichuk. Para los cuarenta años, tenía un capital ahorrado importante, una buena casa dentro de una extensa propiedad en las afueras de la ciudad, tres coches de alta cilindrada, prostitutas de lujo que satisfacer su lujuria semanal…
Repentinamente, todo se fue al carajo cuando iba a ejecutar a un niñato que en su momento les estafó con una mala partida de cocaína. Sabía donde vivía. Acudió con algo de excesiva confianza. Cuando echó abajo la puerta de su miserable cuchitril donde se alojaba con el impulso de dos patadas, fue recibido por un certero balazo que atravesó su parietal por el sector derecho, atravesando su cerebro y con orificio de salida por el lado contrario, condenándole a una muerte fulminante. Aquella alimaña había recibido un chivatazo por parte de alguien, y cuando percibió la primera patada que se le dio a la puerta, se resguardó a un lado de la jamba. El resto es obvio. En cuanto atravesó el quicio, aquel cobarde le disparó con suma facilidad a la vez que le mandaba un recordatorio ingrato hacia la supuesta vida callejera de su madre.
Desde ese momento todo le resultó extraño.
Vio la oscuridad más pesada e ignota que jamás antes había percibido en su vida. Más allá de los rincones perdidos de su memoria antes de la conciencia al nacer.
Igualmente apreciaba una ligereza en los sentidos. Se sentía liviano, como si no pesara ni un mísero gramo.
Un hombre relleno de helio.  El hombre-globo del circo Popov. Eso era él ahora mismo. Aunque no flotaba, pues sentía los pies bien apoyados en el suelo. Debía ser que tenía un pequeño pinchazo por donde se escapaba el aire…
Quiso echarse a reír. Pero algo le decía que en el lugar que se encontraba raramente se prodigaban las risas.
Con este presentimiento, la negrura dejó paso a la luz.
(Empieza la función, muchacho)
Se encontró sumido bajo una intensa luz amarillenta que parecía proceder de un enorme proyector desde alguna parte ubicada encima de su cabeza. Y aquella luz remarcó el comienzo de una escalera. Se componía de escalones diminutos, de medio metro de ancho y sin barandilla que sirviera de apoyo. La escalera se perdía en las alturas…
– Mil escalones…
Aquella voz afilada y felina llegó procedente de alguna zona en concreto. Pero no pudo orientarse con ella debidamente. Parecía referirse al número de escalones que compondrían la escalera. Mecánicamente se acercó al inicio de la misma.
– Sube. Mil escalones y obtendrás tu recompensa…
Ahora parecía una voz femenina. Similar a la de su madre.
Quiso pensar en los motivos que tendría para que aquella persona desconocida y oculta en el anonimato de las sombras deseara que él ascendiera por la mencionada escalera de final interminable.
Pero su mente ya no regía sobre el control de los músculos de sus extremidades inferiores, y situó el pie derecho sobre el primer escalón. Avanzó sobre el segundo. A este le siguió el tercero. Y el cuarto…
Como si aquello fuera un juego infantil, se propuso llegar hasta el final. Estuvo contando los escalones que iba rebasando uno a uno, para así verificar si realmente aquella singular escalera se componía de mil peldaños…
75. 80. 90.
125. 164. 193.
Estaba subiendo a buen ritmo. Su respiración no se aceleraba. No tenía ningún problema, aún a pesar de tener un abundante sobrepeso ganado en los últimos años.
278. 341. 465.
515. 598. 647.
Se estaba acercando al objetivo que le marcaba la voz femenina. En ningún momento tuvo la tentación de detenerse en alguno de los escalones para mirar hacia atrás, afrontando su fóbico miedo a las alturas. Ni recapacitó en el tremendo riesgo que implicaba subir por una estructura tan estrecha y empinada sin la seguridad de poder aferrarse a un pasamano.
763. 813. 891.
907. 962. 997.
Ahí estaba. Cercano a los tres últimos escalones. La altura debía de ser tremenda, pero su vista estaba concentrada en sus pies, mientras su cabeza sumaba el número que debía concretarse en un millar.
– Mil escalones que te llevarán al lugar que te mereces, Simon Lorne.
La voz mencionó su nombre.
Se emocionó por ello. Enseguida supo que aquella escalera le conducía a un premio supremo.
El Cielo. A fin de cuentas el camino hacia donde se le conducía era del todo vertical. Y se sentía etéreo como un ángel.
Con anhelo, recorrió el corto trecho que le quedaba para llegar a lo alto de las escaleras.
998. 999.
1000.
En cuanto afianzó sus pies en el último escalón, una risa burlona resopló en su cara con desprecio. Le cubrió su rostro con escupitajos repulsivos conforme le decía:
– ¡Mira que eres presuntuoso, Simon Lorne! ¡Con todo el mal que has hecho a lo largo de tu vida, aún pensando en alcanzar la paz eterna entre los seres más justos y nobles de la historia del hombre!
“¡Pues va a ser que no! El haber subido una escalera tal alta y larga es para que así llegues al infierno de cabeza.
Inmediatamente, los escalones se recogieron, formando una rampa lisa e inclinada.
Sin tiempo de poder reaccionar, recibió un fuerte empujón en el pecho, y gritando de espanto, fue descendiendo por  el tobogán que iba a condenarle a formar parte del ejército de renegados de Satanás.

ESPECIAL HALLOWEEN: "Le foie spéciale"

                 

                  – Ya sabes, hijo. Estamos en una ciudad nueva. Tenemos que tener mucho tacto con la elección.

                  – Sí, papá.

                – Mañana empiezas en el colegio. Tómate tu tiempo. Fíjate en los compañeros, aunque no sean de tu mismo curso.
                – Claro, papá.
                – También entérate de la familia del chico. Que tenga pocos componentes, tampoco sean del lugar y sean pocos conocidos por el vecindario. Si son solitarios, mejor que mejor.
                – Enterado, papá.
                – Como mucho, que consigamos hacer los preparativos en menos de medio año.
                “El señor Rudsinki es un sibarita, y puede contenerse con los manjares exóticos, pero no puede pasar un año entero sin su ración de “le foie spéciale”.
                – Sí, papá.


                – Randolph, corre. Esta es la casa abandonada del que te hablé.
                – Jolines. Tiene muy mala pinta. Está para caerse si sopla una ventolera medio fuerte.
                – Ven. Vamos a rodearla por este lado. Detrás está el acceso exterior que conduce al sótano.
                “¿Ves? Este portón al nivel del suelo da a la parte inferior de la casa.
                – ¿Cómo es que está sin candado? Así puede entrar cualquiera. Puede haber drogadictos ahí abajo.
                – No hay nadie. Lo he comprobado las dos veces que he bajado. Para estar descuidado durante tanto tiempo, no está tan mal. Por eso te lo enseño. Será nuestro refugio donde nadie nos molestará.
                – Suena guay.
                – Habrá que limpiarlo un poco. Tiene polvo y telarañas, pero luego será un sitio de lo más chulo.
                – Ya tengo ganas de verlo.
                – Pues hala, ya te abro la puerta y bajas. Toma la linterna. Luego te acompaño.
                – Más te vale. Que no pienso explorarlo yo solito.
                “¡Ostras…! Es un sótano muy grande. Tiene un montón de cosas raras. Hay unas cadenas colgando de una viga. Y eso parece un cepo medieval…
                “Pero no me cierres las puertas de la entrada, que la linterna no ilumina mucho.
                “¿Me oyes? ¡Venga! ¡Abre las malditas puertas! ¿Qué estás haciendo ahí fuera? ¿Y ese ruido?
                – Te estoy colocando el candado que echabas en falta, Randolph.
                “Es para que no te escapes. Luego vendrá mi padre a verte…



                – Me parece muy mal que te niegues a comer las hamburguesas y las patatas fritas que te traigo, Randolph.
                – ¡No tengo hambre! ¡Quiero que me sueltes! ¡Estar con mis padres!
                – Eso que me pides es totalmente inviable, Randolph. Eres mi pieza más codiciada. Tienes que alimentarte para satisfacer mi ego. Por eso te he traído tanta comida.
                – ¡Veinticinco hamburguesas y dos platos llenos de patatas fritas! ¡Eso no me lo como ni en un mes!
                – Bueno. Hay una forma de convencerte.
                “Hijo, alcánzame el látigo. La piel del chico no me interesa.
                – ¡Nooo!
                – Tienes dos elecciones, Randolph. Comer como un cerdo hasta reventar, o que te despelleje la espalda. Tú mismo.



                – Sigue, muchacho. Así. Muy bien. Ya pesas sesenta kilos. En cuanto llegues a los ochenta, habrás cumplido con las expectativas depositadas en ti.
                – No… Me duele la barriga… Tengo dolor de cabeza…
                – Continúa masticando. Y no vomites, porque si lo haces, te inmovilizaré en el cepo y te arrancaré cada uña de los dedos de los pies. Te aseguro que es una tortura lo suficientemente dolorosa, como para seguir engullendo comida basura como si en ello te fuese la vida…



                – Hijo mío. Es el día. Randolph ya ha llegado al peso ideal. Su hígado debe de haber crecido lo esperado.
                – Sí, papá.
                – Ahora queda el tema menos grato de todos. El de su sacrificio.
                – A mí me continúa desagradando este tema, papá.
                – Es cierto. Pero tienes que empezar a aprender cómo hacerlo. Recuerda que dentro de unos años, tú serás mi sucesor.
                – Espero que eso ocurra muy tarde, papá.
                – Yo también lo deseo, hijo.
                “Ahora vayamos a ver a Randolph. Lo sujetaremos bien. De esta manera te enseñaré nuevamente la técnica del que hago uso para que el estrangulamiento sea eficaz del todo.



                – Lástima que todo lo demás tenga que ser desechado, papá.
                – Si. Es una pena. Pero recuerda que estamos preparando “le foie spéciale” para nuestro cliente.
                “Observa qué hígado más hermoso. La espera ha merecido la pena.
                – Sí, papá.
                – Ahora te voy a enseñar la preparación del manjar. Esta es la fase más divertida de todas. Presta atención, hijo.
                – Estoy atento, papá. Ya sabes que siempre te obedezco en todo lo que me digas.
                – Estoy orgulloso de ti. Si tu madre estuviera ahora presente, creo que aprobaría la versión que estamos haciendo de su receta original. ¡Ay, Marietta! ¡Cuánto se te echa de menos!
                – Pero mamá hacía la receta con gente mayor.
                – Así, es, hijo. Más que todos vagabundos. Por eso un día uno de ellos se las apañó para soltarse de las ataduras y matar a tu madre con el hacha.
                “Desde entonces tuve bien claro que la receta debía proseguirse en su elaboración con niños. Son fáciles de manejar, y encima el hígado es más delicioso y tierno que el de una persona adulta.
                “Pero todo esto nos está distrayendo de lo principal.
                ““Le foie spéciale” nos está esperando, niño. Con su elaboración, una buena suma de dinero que recibiremos de nuestro ilustre comensal.
                “Así que manos a la obra. Cíñete bien el delantal y colócate el gorro, hijo, que así nunca parecerás un cocinero como dios manda.
                – Vale, papá.

ESPECIAL HALLOWEEN : "La Cosa del armario"

– ¡Déjalo sólo! Ya no podemos vivir con él.
– Es nuestro hijo. Es todo lo que tenemos, por Dios.
– Ya no. Esa cosa ya no forma parte de nuestra sangre.
– Le echaré de menos, Edmond.
– Estás casi tan enferma que él. Pero debemos marcharnos para siempre. Alejarnos de su lado. Cuando todo se descubra… Será su fin. Dios lo quiera. Por eso debemos irnos muy lejos. Nos va en ello nuestra propia libertad y la vida. Porque sus hechos traerán consecuencias. Y se nos marcará por ello. Somos sus padres. Lo hemos estado encubriendo. La sociedad nos odiará en la misma medida. No nos queda otra alternativa.

Todo comenzó una madrugada. Estaba espabilado. No sabía el motivo de su falta de sueño. Miraba fijamente los contornos de los objetos y de los muebles que quedaban ligeramente remarcados por la débil luz de la calle que se filtraba entre los intersticios de las láminas de la persiana veneciana de la única ventana de su dormitorio. Estaba nervioso. Se mordisqueaba las uñas sin parar. Al fondo, frente a los pies de la cama estaba el armario empotrado. La puerta corrediza estaba ligeramente entreabierta, dejando un resquicio de diez centímetros.
Entornó los párpados, apreciando cómo el hueco tendía poco a poco a extenderse, hasta que fueron surgiendo las prendas colgadas de las perchas.
Se subió la manta hasta el mentón, casi predispuesto a dejarse ocultar del todo por ella.
Frotó uno de los pies contra el tobillo del otro.
Entonces, repentinamente, la puerta del armario se cerró, haciéndole de resguardarse bajo la manta, deseando que amaneciese cuanto antes.

A la mañana siguiente se lo contó a sus padres. En el mismo desayuno.
– Hay algo en el armario ropero.
– No digas tonterías.
– Yo… Vi su aliento, como si hiciera frío ahí dentro.
– Es tu propia imaginación. ¡No te da vergüenza! ¡A estas edades!
– No pude pegar ojo.
– Déjalo, quieres. Tu madre y yo no estamos para escuchar estupideces a estas alturas de la vida.

Se sucedieron las noches, y la puerta del armario era abierta y cerrada de manera continua por el ente que en su interior se guarecía por motivos insondables.
Poco a poco fue venciendo sus temores iniciales. Se atrevió a salir de la cama, para acercarse al hueco. A través de él emergía la respiración del ser. Este, al apreciar la cercanía, no tardó en manifestarse.
– Douglas…
– ¿Qué eres? ¿Qué quieres?
– Soy tu amigo. No me temas.
– Si dices ser mi amigo, tendrías que darme menos miedo.
– Yo soy así. No pidas lo imposible, Douglas.
– Tienes muy mal aliento. ¿Por qué te ocultas entre la ropa del armario?
– Es preferible que no me veas. Mi voz es lo que menos temor inspira a los demás.
– Entonces quédate ahí escondido.
– Eso hago, Douglas. Pero necesito tu ayuda.
– ¿Qué me pides? No creo que pueda servirte de mucho.
– Estoy desfallecido. Sin fuerzas. Llevo un tiempo sin alimentarme.
– ¿Quieres que te traiga comida?
– Así es.
– Es muy tarde. Mi madre está durmiendo. No puedo despertarla para que te cocine algo.
– Me sirve cualquier tipo de sobras. Tú busca, que seguro que encontrarás algo para saciar mi apetito inmenso…
Bajó a la cocina y abrió la puerta del frigorífico. Había un plato recubierto con papel de aluminio. Regresó a su dormitorio, frente al hueco practicado en la puerta del armario ropero.
– No hay gran cosa. Simples albóndigas. Están frías. Si quieres, te las caliento un poco.
– No hace falte que lo hagas, Douglas.
El ente del armario alargó una zarpa monstruosa perlada de granos purulentos y recorrida por venas abultadas, recogió el plato y se dispuso al instante a ingerir las albóndigas.
Fue la primera cena que le facilitó. Luego seguirían muchas más.

Transcurrieron varias noches, de las cuales, casi siempre se hallaba en vela, tratando de cumplir con los deseos del ser que habitaba en su armario de la ropa.
En una de ellas, aquella cosa le dijo:
– Douglas. Ya estoy recuperando la energía perdida.
– Me alegro.
– A partir de ahora, necesito que me traigas cosas más sustanciales. Más nutritivas para mi organismo.
– No te entiendo.
– Necesito comida fresca. Y sin hacer. Carne cruda.
– No tenemos eso en el frigorífico. Tal vez cuando vayamos a la carnicería, pueda convencer a mis padres para que compren algún filete de buen tamaño.
– No, Douglas. Yo preciso ya algo más que un simple filete. La ternera entera es lo que quiero.

Al día siguiente, encontró un perro callejero. Lo estuvo siguiendo prudentemente, hasta tenerlo acorralado en un callejón sin salida. Utilizó la carabina de aire comprimido para lastimarlo. En cuanto lo tuvo medio tendido entre dos cubos de la basura, lamiéndose las heridas, lo remató con un ladrillo en la cabeza…

Aquella madrugada, la puerta del armario estaba abierta medio metro. El animal fue devorado en menos de media hora, quedando de él las vísceras y los huesos. Los ojos oblicuos ocultos entre las penumbras estaban irritados por la clase de cena que le había traído. Alargó la garra, cogiéndole firmemente por el cuello.
Notó la fetidez de su aliento.
– Esto no lo repitas. Es pura carroña. Lo que yo necesito es carne de primera categoría. Si para la siguiente noche no me consigues algo mucho más selecto, puede que te considere a ti como mi cena.
La voz gangosa era amenazante de veras. No bromeaba.
– Ahora llévate estos restos. No los quiero en mi estancia.
Diciendo esto, le arrojó las entrañas y los demás restos del animal.

Tenía mucha prisa, por eso le molestó que su padre le llamara la atención cuando iba a salir a la calle.
– ¡Eh! ¿A qué viene tanta prisa? ¿Y a dónde crees que vas? Puede que tengas deberes que hacer en la casa. Tu madre está fatigada por el turno de noche de esta semana y…
– Imposible. Voy a casa de los Tennant. Esta tarde estoy de canguro de su hijo Ricky.
– Vale. Si eso implica que vas a traer algo de dinero para la maltrecha economía familiar, te felicito.
– Casi lo hago gratis. Es algo que me urge.
– No te entiendo.
– Da igual que lo entiendas o no. El caso es que tengo que estar ahí ahora mismo.
– ¿Qué pinta esa bolsa de deportes que llevas?
– Dentro tengo bastantes juguetes míos para entretener al crío.

Los vocablos del ente brotaban de sus labios entremezclados con los fluidos y los mordiscos que infería a una de las extremidades del pequeño niño que él le había traído esa noche.
– Exquisito. Además está tan tierno. Rico. Ricoooo…
– Deseo que sea la suficiente carne como para que te repongas del todo y te marches de una vez de mi vida.
La criatura dejó de comer por un breve momento. Las ascuas infernales le consumieron con su penetrante mirada. Emitió una carcajada demencial.
– Ya te haré saber cuando esté completamente recuperado, en plena plenitud física. Hasta entonces, tendrás que contentarme todas las noches que sigan a la actual con carne tan sublime.
“Porque, acuérdate, puedo acabar contigo en un santiamén. Merendarte en tres bocados…

En las siguientes noches, desaparecieron más niños. El pánico se adueñó de los habitantes de la zona. Se establecieron patrullas diarias y de noche para intentar dar con el secuestrador. Se impedía que los más pequeños jugaran en las calles. Solo podían hacerlo en el colegio y en sus casas, siempre acompañados por personas mayores de confianza, aparte de los padres y los propios familiares.
Así que tuvo que cambiar de planes.
Decidió seleccionar a gente adulta. La carne sería más dura, pero igual de nutritiva.

Una madrugada, su padre fue desvelado a gritos por su propia esposa. Lo zarandeó en la cama, con fuerza, instándole a que la acompañara al dormitorio de su hijo. Estaba histérica. Fuera de sí.
– ¡Demonios de mujer! ¿A qué viene esta pérdida de papeles?
– ¡Nuestro hijo! ¡NUESTRO HIJO, DIOS MÍO!
– ¿Qué le pasa al muy infeliz?
Ella no pudo contestarle, pues se desmayó en sus brazos. La tuvo que acomodar sobre el lecho. Alterado, fue en pos de su hijo. Al acercarse al dormitorio, encontró la puerta cerrada. Quiso abrirla, pero estaba asegurada por dentro. Sus pies descalzos notaron la viscosidad de un líquido rojizo que se esparcía por el suelo del pasillo, partiendo de la entrada por la cocina, hasta derivar hacia el quicio del cuarto de su hijo.
Escuchaba unos sonidos muy extraños al otro lado. Con el añadido de una voz que parecía pertenecer a otra persona.
– ¿Qué significa todo esto? Hijo. Abre la condenada puerta. No sé lo que has hecho, pero no es nada bueno.
Ante la negativa, se apartó un poco y cogiendo impulso, arremetió contra la puerta con el hombro derecho. Esta cedió con cierta facilidad, y ante su terrible incomprensión, vio a su hijo sentado al lado del armario. Estaba desnudo, bañado en sangre, rodeado de los restos de una persona mayor troceada. Soportaba entre las manos una porción de pierna que comprendía el pie hasta la parte anterior a la rodilla, y con afán de caníbal, abría y cerraba las mandíbulas, arrancando porciones de la pantorrilla, masticando con deleite.
En cuanto vio irrumpir a su padre, se detuvo un segundo, observándole con los ojos desorbitados, propios de una persona trastornada. No le dijo nada. Al poco continuó devorando el cadáver fresco.
Su padre vomitó al ver la cabeza del hombre plantado encima de la cama de su hijo.
Inmediatamente abandonó la estancia, yendo a por su mujer.
Hizo lo posible por hacerla recuperar la conciencia. La llevó a la ducha, y con agua fría consiguió que volviese en sí. Ella se le quedó mirando acongojada. Rompió a llorar sobre su hombro.
– Nuestro hijo. Ha perdido la cabeza.
– El muy miserable. Tenemos que marcharnos, Mónica. He visto las calaveras asomando desde el interior del armario de la ropa. Eran pequeñas.
– ¡Los niños desaparecidos de la comarca!
– Vamos. Sécate y vístete. Cojamos lo más imprescindible. Tenemos que escapar de su locura.
– ¿Cómo ha podido ser? Con lo que le queremos.
Su esposo se enfureció con ella. La abofeteó con fuerza en la mejilla derecha para hacerle volver a la realidad.
– Somos responsables en parte de esta horrible tragedia, Mónica. Durante 38 años. Nuestro hijo ha estado toda su vida matando animales. Destripándolos. Lo sabes muy bien. La de veces que hemos tenido que enterrar los restos en el jardín, y de limpiar a fondo las dependencias de la casa. Pero ahora ha cruzado el umbral. Ahora es un psicópata. Un criminal. Ha asesinado a niños. Y a una persona mayor. Cuando todo esto se descubra, nuestra estirpe será maldita.
“Por eso sólo nos queda huir.
“Olvidar que hemos tenido alguna vez un hijo…

Tus ojos en mi mano

La senda es larga y muy cansina. 
Persigo la vida verdadera de los demás.
Busco su felicidad para tornarla en tristeza.
Posteriormente, este estado de melancolía quedaría transformada en la más pura desesperación.
Guío mis pasos entre la bruma de mis pensamientos funestos.
Cuerdas, cadenas y dolor.
Mordazas, cinta aislante.
Herramientas punzantes y cortantes.
Gritos.
Súplicas agonizantes.
Corto, cerceno.
Extraigo. 
Restos enterrados en un camposanto anónimo.
Carne fresca convertida en corrupta.
Huesos con los huesos propios del lugar.
Observo la luna.
El halo de su fulgor enfermizo.
De vuelta, selecciono los órganos visuales 
(sensitivos y sensibles)
de aquel ser apartados sobre la mesa de operaciones.
Cierro los párpados, pongo la mente en blanco, concentrado en los recuerdos ajenos a mi mente.
Al poco, empiezo a visualizar las primeras imágenes.
El rostro de una mujer joven y bella se me ofrece como una dádiva de lo más excepcional.
Con el discurrir en la investigación de unos pocos minutos, consigo averiguar el emplazamiento de su morada.
Son las dos de la madrugada.
Sólo tardo hora y media en desplazarme hasta su casa.
Se que vive sola.
Hago sonar el timbre de la puerta.
Pasa minuto y medio. 
Insisto.
Las luces se encienden en la pequeña casa de planta baja.
Alguien se sitúa al otro lado de la puerta. 
Pregunta qué quiero.
Le digo que he llegado hasta ahí por intermediación de su novio.
La puerta se abre hasta ofrecer parte del rostro aún medio adormecido de la joven. Una cadena impide mi acceso al interior.
Da igual. El resquicio es lo suficientemente amplio como para rociarle la cara con el spray somnífero.
Mientras pierde la conciencia, introduzco la mano y retiro desde dentro la cadena, consiguiendo acceso libre al interior de la casa.
Sonrío.
Separo los párpados, vislumbrando el cuerpo caído de la muchacha con mi propia vista.
Río con ganas.
Entre los dedos de mi mano derecha porto los ojos de su novio.
Los estrujo con fruición, consiguiendo rezumar su contenido por la manga de mi camisa.
Una vez que me habían orientado hasta donde vivía su prometida, ya no me servían para nada más.
Miro a la chica. 
Sus ojos eran grandes y bellos.
Estaba seguro que una vez extraídos de sus cuencas, me mostrarían imágenes de lo más interesantes…

El sonajero

Desmond Twitt era un empresario sin el menor de los escrúpulos. Ávido de crear ganancias, hacía y deshacía sus empresas en un abrir y cerrar de ojos. Poco le importaba si una de sus fábricas de componentes de vehículos le generaba beneficios aún a pesar de la crisis. Si surgía una oportunidad de trasladarla a un estado del tercer mundo, donde los obreros serían sometidos a extensos y agobiantes horarios sin descansos semanales, con un sueldo básico correspondiente a unos cincuenta dólares mensuales, no lo dudaba. Cerraba la fábrica y la creaba en el extranjero. Cuando heredó el pequeño imperio industrial de su padre Edeltore Twitt, tenía quince fábricas dispersas por los Estados Unidos. Ahora quedaban seis, mientras en el exterior tenía implantadas trece. La producción de automóviles, cuyos fabricantes principales eran abastecidos por los componentes de sus fábricas, habían reducido los pedidos por la menor venta en el período de la crisis financiera mundial, pero gracias a su intuición de ir trasladando Twitt´s Components por el continente africano y parte del asiático, estaba manteniendo una buena cifra de ingresos por ventas.

Aún así, Desmond Twitt no estaba conforme. Sus intenciones era la de cerrar a corto plazo las seis fábricas locales para reubicarlas entre Indonesia, Taiwán y algún país africano que tuviera gobernantes de lo más corruptos, donde casi ni habría que pagar a los empleados. Simplemente con darles su ración diaria y un catre, la producción en cadena no se detendría en las veinticuatro horas.
Su decisión de cerrar la fábrica de Nogales, en Arizona, fue tomada en la reunión quincenal del 12 de Agosto. Ya se había conseguido la aprobación por parte del ministro de industria albanés para su instalación en un polígono industrial de Tirana.
Las obras tardarían cuatro meses, al estar la nave ya edificada a medias por una anterior empresa que se había echado en el último momento para atrás.
En el mes de Noviembre, Desmond Twitt se trasladó en varias ocasiones a la fábrica de Nogales. Su intención era comunicar a los obreros el cierre de la fábrica para Diciembre, en plenas navidades. Quienes lo desearan, podrían continuar su labor en Tirana.
La ciudad de Nogales está ubicada lindando con la mexicana del estado de Sonora, llamada también Nogales. Al estar en la línea fronteriza, no era de extrañar que la mayoría de los obreros fuesen de origen mexicano.
Finalmente, el 23 de Diciembre, en el preludio del inicio de la Navidad, con todos los empleados congregados en la nave industrial, Desmond Twitt les hizo saber el cese de la producción de piezas y componentes del sector del automóvil en esa fábrica.
Las quejas fueron visibles. El desencanto, notorio. Desmond cedió la palabra al director de la planta de Nogales para que les informara de la manera en que iban a ser indemnizados en acorde a la antigüedad, además de la posibilidad de seguir trabajando para el grupo Twitt´s Components en Albania para quien se animase a ello.
Desmond Twitt se retiró al despacho del director, mientras este recibía el continuo abucheo por parte de los empleados, quienes le interrumpían constantemente sin apenas dejarle hablar.


Luis Reinaldo Renés ya era muy mayor para soportar sorpresas desagradables. De hecho, nunca había tenido una pizca de buen humor. De energía brusca, nunca aceptaba que alguien le jodiera la vida. En este caso, cuando aún le quedaban cinco años para jubilarse, el dueño de la fábrica les comunicaba el cierre en víspera de navidades.
“hijo de perra”.
Luis Reinaldo se dirigió a los vestuarios. A sus espaldas seguían las muestras de desaprobación de sus compañeros mientras el director trataba de calmarlos con argumentos vacíos de contenido y promesas de traslado a un país situado en dios sabía dónde, con un salario diez veces menor al que cobraban ahora, que de por sí tampoco era una cifra que te invitaba a bailar llevado por la alegría. Se trasladó por las taquillas hasta presentarse ante la suya. La número 117. Introdujo la llave en la cerradura y la abrió. Con decisión, rebuscó entre sus pertenencias, hasta encontrar lo que buscaba.


Desmond Twitt estaba sentado detrás de la mesa del director, observando la gráfica de pedidos para la primera quincena de Enero en la pantalla del ordenador portátil, cuando percibió por el rabillo del ojo izquierdo como la puerta del despacho era abierta. Pensando que se trataba de Fitzgimonds, se enderezó contra el respaldo de cuero negro de la silla.
Ante él estaba uno de los empleados de la fábrica. Lo sabía por el mono negro que llevaba por uniforme. De otra forma, la máscara enfurecida que le cubría el rostro y algo que portaba en la mano le hubiera hecho creer que se trataba de un chalado fugado de algún centro médico de salud mental.
– ¿Quién demonios es usted? ¿Y cómo se atreve a entrar sin permiso en este despacho?
– Señor Twitt. Oiga cómo suena el sonajero – le contestó el empleado enmascarado.
Desmond Twitt se fijó que la careta era un tipo de ornamento ritual indígena. Unos ojos enormes saltones, con una boca torcida que indicaba que estaba iracundo. Parecía hecha de piel  curtida de alguna clase de animal.
Entonces escuchó un sonido muy peculiar. Provenía de un extraño objeto que aquel sujeto sostenía entre los dedos de su mano derecha.
– Fíjese cómo suena el sonajero – repitió con voz maliciosa el empleado cuya identidad permanecía oculta detrás de la horrenda máscara.
– ¡Qué diablos! ¡Deje usted de hacer el tonto y márchese a trabajar! Que aún le quedan algunas horas de productividad antes de quedar desvinculado de la empresa.
El empleado agitó el objeto. El sonido era repetitivo. Constante.
– Mire cómo suena el sonajero.
Parecía estar hecho de arcilla. Con algo en su interior, como pepitas o pequeñas piedras que producían el ruido al ser agitado con brusquedad.
Desmond Twitt estaba harto. Se incorporó de pie desde detrás de la mesa del escritorio, dispuesto a sacarlo a empujones del despacho a aquel payaso si acaso fuese necesario.
Fue alzarse, y no poder moverse. Se quedó petrificado. Se esforzó por salir de su inmovilidad, pero no pudo.
– ¡Socorro! ¡Me he quedado paralítico! – chilló, fuera de sí.
No sentía su propio cuerpo. Pero tampoco perdía la estabilidad. Continuaba erguido. Paralizado en esa posición.
El sonajero continuaba sonando, con el empleado repitiendo una y otra vez las mismas palabras:
– Escuche cómo suena el sonajero.
Desmond Twitt notó un escozor procedente de los ojos. Sin poder hacer nada, empezó a lagrimear de manera intensa. Igualmente un picor surgía del interior de los oídos y de las fosas nasales. Cuando se dio cuenta, gritó aterrado. Estaba sangrando por los ojos, los oídos y la nariz. Al poco su grito quedó medio ahogado por la sangre que emergía de su boca hacia el exterior.
El ordenador portátil y luego la mesa quedó cubierta por la sangre que surgía de los orificios faciales de Desmond Twitt.
El empleado continuaba con su letanía.
– Oiga cómo suena el sonajero.
La sangre ya llegaba a empapar la alfombra del suelo del despacho. Desmond ya no podía articular ninguna palabra. Sólo barbotaba sonidos ininteligibles al estar manando constantemente sangre procedente de su garganta hacia el exterior. Sintió la ropa interior húmeda y pegajosa. También estaba desangrándose por el recto.
El sonajero era sacudido por la mano diestra del empleado con más vigor, sin decaer en la insistencia, hasta que finalmente, Desmond Twitt perdió por fin su verticalidad, desplomándose sobre la alfombra, rodeado de su propia sangre. Una sangre que representaba toda la que podía circular dentro del organismo de una persona, pues había sido expulsada hasta la última gota.
Luis Reinaldo dejó de agitar el sonajero. Se quitó la máscara, y con rostro serio, abandonó la estancia.
Su venganza había sido consumada.
Si él perdía su puesto de trabajo, qué menos que el causante directo del cierre de la fábrica, Desmond Twitt, a la sazón propietario de la misma, perdiera su vida miserable.

El cliente inquieto

             

 Cleo Martin ejercía su fatigoso trabajo como camarero con buen empeño y con una paciencia superior a la recomendable. Debido a ello, su listón para la irritación lo tenía tan alto que ni midiendo la altura de Shaquille O´neal llegaría a poder rozarlo con la punta de los dedos ni aún estando de puntillas encima de un tomo de la enciclopedia americana.

                Una buena mañana llegó un hombre de edad mediana, delgado, con bigote de otra época pasada más propio de los años treinta del siglo XX. Se sentó en la terraza aún a pesar de que estuviera nublado y con riesgo de lluvia. Cleo Martin salió dispuesto en atenderle al instante. Eran las nueve de la mañana y aquel era el primer cliente en el orden de solicitar la atención del camarero de la cafetería. Cleo se situó a su lado ofreciendo la mejor de las sonrisas.
                – Buenos días, caballero.
                Aquel hombre permaneció mirando lo que ocurría en alguna parte al otro lado de la calle. Se rascó la coronilla y soltó una risita.
                – Ji, ji. Qué bien. Nos atiende este negrito. Debe de pertenecer a una tribu africana de lo más belicosa.
                Cleo se quedó mudo por el sarcasmo lleno de racismo.
                – ¿Decía? – dijo para intentar salir de su asombro.
                El hombre se volvió, con el mentón apoyado sobre la palma de una mano. Miró de arriba abajo al camarero con enorme curiosidad. Enseñó los dientes.
                – Diantres. Qué tenemos aquí. Un empleado de hostelería, ja, ja.
                Cleo sonrió forzadamente, olvidando la grosería inicial del cliente.
                – Tengo que indicarle, señor, que si le sirvo en la terraza, se le añadirá a la cuenta un dólar y medio por servicio en la misma. Es por si prefiere entrar en el local, donde dicho servicio especial no existe.
                El hombre se atusó el bigotillo.
                – Qué lástima que no sea atendido por una buena chica de lo más agradable – comentó, adoptando su rostro un visible desprecio por el género varonil del camarero.
                – Ya lo siento, caballero, pero en esta cafetería todo el personal es masculino.
                – No seréis misóginos, machistas o mariquitas, ja. A lo mejor sois las tres cosas a la vez.
                – En absoluto, señor.
                – Vale, vale. Olvidémoslo – siguió el hombre del bigote con voz chillona. – Traiga algo para despejar mi mente endemoniada, ja. Que sea lo más dulce posible.
                – ¿Le apetece un chocolate con leche cremosa?
                – Si. Y bien recubierto con nata montada. ¡Y si tienen una cereza, mucho mejor! Para colocarla sobre la nata, eh, no para que te la comas, que por cierto, te sobran unos cuantos michelines, ja.
                – Muy bien, señor.
                Cuando Cleo se daba la vuelta, le llegó la voz del cliente. Este empleó un tono lastimoso y de urgencia, que le llegó en un susurro al oído.
                – Por favor. Necesito su ayuda. Llevo sufriendo mucho durante semanas. No me deja en paz. Sabe que detesto los dulces. Es más, soy diabético.
                Cleo se volvió, encontrándose con el semblante arrogante del hombre del bigote.
                – ¡Venga, muchacho! – le urgió. – ¡Tráeme el puñetero chocolate! ¡Tengo ganas de reventar de satisfacción saboreándolo y acumulando a la vez un montón de calorías de sopetón!
                Golpeó con el puño derecho sobre la mesita de la terraza.
                Cleo entró en el local y fue preparando el chocolate con leche cremosa.
                Conforme lo hacía, se le acercó el dueño de la cafetería. Le señaló al cliente de la terraza.
                – Es un tío bastante raro, ¿no?
                – Bueno. Me parece que está medio majareta. Cambia las voces y hace como si tuviera más de una personalidad a la vez.
                – Si te da problemas, me avisas y llamo a la policía.
                – Espero que no. Creo que es una persona más de las muchas chifladas que andan libres por las calles de la ciudad. Se tomará el chocolate y se irá sin más.
                – Vale, pero te reitero que si te crea problemas, me lo hagas saber, Cleo.
                – Como no, jefe.
                A través del escaparate podían observar cómo el extraño cliente estaba ahora de pie, pateando el suelo con fuerza. De vez en cuando giraba el cuello hacia el interior de la cafetería, buscando con una mirada desesperada alguien que le hiciera caso.
                – Está para que lo encierren, Cleo.
                – Bueno, a ver si se calma con el chocolate.
                – Aparte de tranquilizarse, habrá que esperar que también pueda asumir el pago del mismo.
                Cleo se encogió de hombros ante su jefe y se dirigió hacia la terraza con el chocolate.
                – Aquí tiene su chocolate. Espero que lo disfrute – le dijo conforme lo depositaba sobre la mesita.
                El hombre del bigote estaba nuevamente sentado. Miró la taza de chocolate decorada con la nata y la cereza coronándola. Torció el gesto espantosamente, se puso de pie, tirando la silla sobre las losetas de la acera donde estaba emplazada la terraza y se golpeó el pecho con furia. Miró al camarero con los ojos fuera de sí.
                – ¡Idiota! ¡No puedo tomarme esto! ¡Soy diabético, le digo!
                – Oiga. Usted pidió el chocolate. No se ponga a malas, o llamamos a la policía.
                El hombre se detuvo en su histeria. Miró la taza ahora con rostro desolado. Luego hizo lo propio  con Cleo.
                Sorpresivamente para este último, el hombre se posó sobre sus rodillas, adoptando gesto suplicante.
                – Le ruego que me ayude. ¡La necesito! Estoy dominado por algo desde hace tres semanas. Controla mi cuerpo y mi mente. Asume diversas personalidades. No sé qué hacer para volver a la normalidad.
                Cleo estaba a punto de marcharse hacia el interior de la cafetería, ciertamente preocupado por el estado mental del cliente.
                – Bueno, caballero. Tómese el chocolate. Es gratis. Cuenta de la casa. Y luego márchese, por favor.
                – ¡NO ME GUSTA EL CHOCOLATE, NEGRO DE LOS COJONES! ¡TÓMATELO TÚ! – le gritó el hombre del bigote, erguido del todo, con un rostro agresivo y de locura.
                Cleo se marchó corriendo al interior de la cafetería, mientras el cliente perturbado arrojaba la taza del chocolate contra el cristal del escaparate.
                – Ya estoy llamando a la policía – le advirtió su jefe nada más verle entrar. – ¡Cierra la puerta! Y pon el cerrojo por si acaso. Los clientes que quieran salir, serán acompañados por la puerta de emergencia. Mientras ese loco esté ahí fuera, es preferible que nadie corra ningún riesgo saliendo por ahí.
                Cleo retrocedió para asegurar la entrada al local. Entonces, desde el cristal de la puerta comprobó con evidente asombro que el hombre del bigote, que era físicamente muy endeble, había conseguido de alguna manera hacerse con la tapa de alcantarilla que había cerca de la terraza y estaba cogiendo impulso para lanzarla contra el escaparate.
                Cerró la puerta, indicando de inmediato a los pocos clientes sentados cerca del escaparate frontal que abandonaran su sitio para protegerse del impacto.
                La tapa de alcantarilla alcanzó de lleno la luna del escaparate, destrozándola por el centro dejando puntas afiladas y cortantes de lo más peligroso partiendo desde el marco hacia el interior. Desde la terraza el hombre enloquecido saltaba y brincaba, gritando sin cesar.
                – ¡Eres un debilucho, Lewis! ¡UN PUÑETERO LLORICA DIABÉTICO! ¡YA NO ME SIRVES NI COMO MERO PASATIEMPO! – decía, echando espumarajos por la boca.
                Su vista se trasladó por el interior de la cafetería. Parecía fijarse de nuevo en Cleo. Fueron unos breves instantes.
                Repentinamente, miró hacia el suelo, y dando tres zancadas, se arrojó de cabeza por la abertura de la alcantarilla.
                Los clientes y los empleados de la cafetería vivieron esa escena aterrorizados.
                – ¡Ese hombre se ha matado! ¡Se ha quitado la vida!
                Justo en ese momento llegó una unidad de la policía. Los curiosos, además de la clientela del local y los empleados se apiñaban cerca de la alcantarilla. Uno de los agentes les rogaba que se mantuvieran dos metros apartados del escenario del incidente.
                El otro policía estaba atisbando con una linterna hacia el fondo de la entrada a la alcantarilla. Señaló negativamente con la cabeza.
                – Ahí lo veo. Está con la cabeza reventada. Más tieso que el cemento. Hay que llamar al forense, además de la ambulancia.
                Cleo, al igual que el resto de la gente interesada en el triste suceso, pudo escuchar por parte de uno de los agentes que el hombre estaba muerto.
                – Por favor. Les ruego que se dispersen. El hombre se ha suicidado. Ya nada se puede hacer por él. Así que vuelvan a sus ocupaciones.
                El dueño de la cafetería se puso a examinar el destrozo de la luna del escaparate. Cuando entraba Cleo, le pidió que trajera un martillo para destrozar las puntas que eran un peligro notorio.
                Cleo no se movió de donde estaba. Simplemente se estaba sacando un moco de la nariz. Algo inhabitual en las buenas maneras del camarero.
                – ¿No me has oído, Cleo? Necesito un martillo para quitar los restos de cristal del marco, mientras encargo una luna nueva.
                Su empleado se le quedó mirando con cierta fijeza. Sonrió sin gracia.
                – Oye, blanquito, ¿por qué no retiras los trozos que te quedan con los dientes? – le dijo con una voz ajena a la personalidad de Cleo, chillona y fuera de sí.

El soldado del Mal.

Estaba sólo. Nadie podría interferir en su destino alejado de todo rito natural y lógico entre los mortales más racionales.
Encerrado en su apartamento por espacio de semana y media.
Sin apenas alimentarse
(aunque no le hacía falta)
Abandonado de todo aseo
(no tenía sentido purificarse)
Sin comunicarse con sus familiares y conjunto de conocidos
(ya no los necesitaba)
Manteniéndose apartado de las noticias diarias acontecidas en su ciudad, en su región, en su país, en su continente, en el resto del mundo…
(todo aquello era terrenal, superficial y de escasa relevancia para su mente plagada de múltiples pensamientos perversos)
Escuchaba voces interiores.
Percibía visiones abyectas.
Las dimensiones del cuarto en donde se hallaba recluido se distorsionaban en cualquier momento del día.
Todo en si era una letanía de odio, dolor, rabia, sufrimiento, y si, a veces se conseguía el éxtasis…
Hasta que llegó su hora.
La de servir a su señor.

Era un martes. Las ocho y media de la mañana. La ciudad estaba pletórica de vida. Personas ejerciendo sus quehaceres laborales. Jóvenes prestos en acudir a sus lugares de estudios. Las fuerzas públicas llevando el control y la seguridad en las principales calles. Nada hacía suponer que podía hacerse añicos la rutina diaria en una de sus avenidas más céntricas. Esta estaba concurrida de tráfico y de transeúntes caminando por las aceras y atravesando los pasos de cebra. En un principio, nadie se fijó en aquel extraño joven, vestido con ropa andrajosa y con evidente muestras de escasa higiene personal. En una ciudad de semejante tamaño, era del todo natural que hubiera gente extravagante pululando por ahí, siendo rechazada y evitada como una piedra situada en el camino de una comunidad de hormigas.
Ni siquiera cuando alzó su rostro al cielo y prorrumpió en gritos, la gente más cercana le dedicó la más mínima atención.
Hasta que mostró dos enormes cuchillos de cocina. Su mirada estaba del todo extraviada.
– ¡Somos muchos! – vociferó. – ¡Muchos en uno! ¡Y unidos, creamos la destrucción!
– ¡Cuidado! ¡Está loco! – se escuchó a un hombre vestido de ejecutivo.
Lo vieron avanzar en tumbos entre el gentío. Las personas se apartaban a su paso, verdaderamente preocupadas de que aquel individuo pudiera hacer algún tipo de agresión física con los cuchillos.
Pero este hizo caso omiso de quienes le rodeaban. Anduvo hasta el bordillo de la acera, observando por segundos ensimismado el tráfico que circulaba a gran velocidad y sin interrupción por ese tramo de avenida.
– ¡Yo soy uno de innumerables soldados! ¡Vengo a cumplir con la misión que se me ha encomendado!!
Enardecido por el tono demencial de su propia voz, y ante el horror de los presentes, llevó un cuchillo ante su ojo derecho y se lo clavó en el globo ocular hasta reventarlo.
– ¡Dios mío! – gritó una mujer, cerca de desmayarse nada más verlo.
El joven no experimentó dolor ninguno
(pues ellos también controlaban su sistema nervioso)
Con frenesí, volvió a autolesionarse, hincándose el segundo cuchillo en el otro ojo, y sin inmutarse, dio varios pasos al frente…
Los numerosos testigos no podían dar crédito a lo que estaban viendo. Aquel demente se situó en medio del tráfico, con los brazos alzados y hablando en voz alta en medio de los bocinazos de los vehículos que trataban de eludir atropellarlo.
– ¡Soy un soldado del mal! – chilló, desgañitándose.
Estaba ciego.
Pero intuía el autobús urbano que se precipitaba hacia su presencia. Estaba repleto de viajeros. El rostro del conductor reflejaba su impotencia. Quiso realizar una maniobra brusca para no darle de lleno, y en su giro, invadió dos carriles contrarios, donde un enorme camión de mudanzas venía en la dirección opuesta. El choque fue tremendo, y aquel soldado del mal apreció el éxito de su misión al escuchar los lamentos y los lloros de las personas agonizando antes de que los dos vehículos estallaran en llamas, consumiéndolos sin que se pudiera hacer nada por rescatarlos del amasijo de hierros.
Seguidamente de este hecho, un coche no pudo evitar llevárselo a él mismo por delante, cercenando su propia vida.
Aunque en verdad que hacía muchos días que ya no dominaba su cuerpo.
Y todo desde que su mente fuese infestada por un nido de víboras, cuyas lenguas siseaban sin cesar dentro de sí mismo, hasta poseerlo al completo, convirtiéndole en una punta de lanza del ejército de los caídos…

Rascayú, cuando mueras qué harás tu.

La sacudida del alma. (Relato largo)

   Capítulo 1.

            LA DIVINA LOCURA
                12 de noviembre de 1975.
                La iglesia del Santo Sepulcro albergaba, como todos los domingos, a los fanáticos fieles en busca del descanso espiritual necesario en el séptimo día en que el Señor Todopoderoso guardó una más que merecida fiesta. En Marrow se oficiaba una única misa dominical dado el nivel de población del asentamiento, al cual se la llamaba con una inmerecida pomposidad de Misa Mayor de la Salvación Semanal. Los componentes del coro de la iglesia, compuesto en su integridad por los niños más revoltosos de la escuela mixta de Saint Vincent  “El Oteador”, quien había sido un santo de buena estatura, y en su juventud de marinero un fracasado emulador de Rodrigo de Triana (no descubrió ninguna isla desconocida, si no los mareos que le proporcionaban los bandazos del navío en alta mar, y eso en calma chicha), elevaban sus cánticos acompañados por los sones discordantes y terribles que emergían del órgano electrónico gentilmente cedido por el insigne señor Roberts, dueño de la tienda “Stradivarius”, a la devota congregación.
                El padre Bamond era quien celebraba ese día la sagrada liturgia. Con el padre Torrado, eran los dos oficiantes que tenían que atender a las parroquias de la zona, cinco pueblos de menos de quinientos habitantes cada uno de ellos. Tenía sus buenos setenta años, medía un metro cincuenta y pesaba más de cien kilos, signo inequívoco de su vida mesurada y sin derroches. Qué más daba si le encantaba la bollería industrial y los chuletones de la tasca de Limb. Como era habitual en él, su elocuencia le perdía en el apartado del sermón, de una duración jamás inferior a la media hora, un hábito demasiado engorroso para los fieles más jovenzuelos, cuyo principal afán era de que se terminara la misa para acudir a la cancha de baloncesto del colegio donde Saint Vincent cosecharía su derrota dominical ante el rival de turno. Dada la longitud de la verborrea del párroco, los chicos se veían abocados a tener que conformarse con la segunda parte del partido.
                En un momento del glorioso sermón, el sacerdote carraspeó y alzó su mirada por encima de las lentes de las gafas: la iglesia no estaba llena del todo pues aún se hallaban algunos bancos vacíos. Sin venir a cuento, lanzó unos cuantos parabienes a la fertilidad múltiple y a la inutilidad del uso del preservativo y la ingesta de píldoras del día después.
                Fue en ese instante cuando pudo percibirse la apertura de la puerta de acceso al templo. Una cantidad numerosa de cabezas medio adormiladas por el discurso del padre Bamond fueron giradas para observar quién había cometido la osadía de la tardanza. Se trataba de un anciano de una edad próxima a la del propio párroco, con la cabeza pelada por la alopecia congénita o por el paso del tiempo, váyase a saber, de estatura ordinaria y espalda encorvada. El recién llegado les miraba a todos ellos muy fijamente.
                El padre Bamond tosió a posta para que todos prestaran atención a su tierna homilía, cuando el visitante empezó a prorrumpir en una sarta de gritos:
                – ¡MANSOS! ¡OVEJAS SIN CENCERRO! Eso es lo que sois todos.
                “¡Dejad de escuchar a ese embaucador de una vez!
El padre Bamond aproximó su gentil vocecilla al micrófono para recriminar la atención del anciano:
– El ciudadano americano tiene derecho a la libertad de expresión, pero en este caso, señor, si lo hace usted en lo alto de un monte, se lo agradeceríamos toda la comunidad cristiana de Marrow, créame.
El hombre de edad avanzada hizo caso omiso a su sugerencia. Lo señaló con un dedo índice retorcido, y escupiendo saliva, enfatizó con voz cavernosa:
– ¡CERDO! Eso es lo que eres. Un cerdo y con mucho tocino. Te aseguro que tu destino final es el matadero. Y entonces, todos comeremos de tu carne… La carne del infiel.
Nada más escucharse estos denuestos, los presentes empezaron a abuchearle con fiereza, obligando al padre Bamond a pedir muestra de respeto hacia la vivienda del Señor:
– ¡Saquen a ese vejestorio chiflado de este sagrado lugar!
– ¡No sigas envenenado las mentes de esta estúpida gente! Y para que lo sepas, si alguien tiene poderes, ese soy yo.
“Puedes considerarme el sucesor de Dios.
– ¡Blasfemo! ¡A patadas! ¡Que no permanezca ni un segundo más aquí dentro!
Nada más oír la orden del cura, cinco hombres fornidos sujetaron al anciano y lo obligaron a salir de la iglesia aún a pesar de que ofreciera una tenaz y digna resistencia para la debilidad física que en principio aparentaba.
Capítulo 2.
COSAS DE CHICOS
El bar de Carnago Limb concitaba la presencia etílica de la juventud dada la propia edad temprana del dueño (23 años).
En una mesa alejada de las principales ventanas que daban al exterior, estaban reunidos Jackels, Carnago Limb, Willo y Townsed, degustando jarra tras jarra de cerveza de tres cuartos de litro. El tema de la conversación era la escandalera montada por aquel viejo loco que interrumpió la solemne homilía del párroco.
– ¡Jolines, tío! Si os hubierais fijado en el semblante que puso mi padre nada más escucharle. Estaba de una mala leche. Nada más llegar a casa, tuvo que irse al baño a hacer de vientre, del mal cuerpo que se le quedó – Townsed se bebió toda la cerveza que le quedaba en la jarra de un largo trago.
– A esta gentuza procedente de las ciudades hay que machacarla bajo las ruedas de un tractor, joder. Sólo estorban, y perturban el perfecto equilibrio de paz y armonía que tenemos en Marrow.
– ¡Simplemente son albóndigas hechas con carne podrida! Eso es lo que son los putos forasteros – Carnago Limb  ya se encontraba medianamente borracho antes de que se abriese el bar a la clientela.
– Lo malo es que encima el tipejo ande suelto aún por el pueblo.
– Es que ni tendría que andar atado como el Houdinni ese de los cojones – Willo, al decir esto, eructó con exceso. – ¿De dónde demontre habrá salido?
– ¡Del infierno, ja-ja! El mismo Satanás lo habrá soltado para amargar nuestra idílica existencia – enfatizó Jackels sin perder de vista el trasero duro y apretado en sus ajustados pantalones vaqueros desteñidos de la camarera Lucy conforme esta iba de aquí para allá atendiendo las mesas.
Carnago Limb se rascó la punta de la nariz salpicada de puntos negros y se puso en pie tambaleante. Los cuatro ya estaban para dormir la mona.
– ¿Qué haces? – preguntó Willo, mirándole desde su silla.
– He pensado algo. ¿Y si le hacemos una buena cabronada a ese vejestorio?
– ¡Vete a saber por dónde andará ahora! – suspiró Townsed.
– Pues yo le veo bien cerca… – Carnago Limb les señaló hacia la barra.
Sin que se hubiesen dado de cuenta, el anciano había entrado y tomado asiento en uno de los siete taburetes de la barra del bar.
                Capítulo 3.
                CUATRO CONTRA UNO
               
                – Quiero un vaso de agua del grifo – el anciano les echó una mirada fría a los cuatro jóvenes de arriba abajo como quien quiere la cosa.
                – Mejor que se nos largue – Carnago Limb se le acercó tanto que casi se tocaban nariz con nariz. – Se lo digo por su propio bien. Este es un local decente.
                – Por eso mismo no me voy. Las camareras agradecen que mis pupilas se dilaten mirándolas, je. – Extrajo dos billetes arrugados de diez dólares del fondo del bolsillo derecho del pantalón. – No soy ningún vagabundo. El agua es para aclararme la garganta. Luego me pondré a tono con dos whiskies. Tengo el dinero suficiente para más tarde costearme una noche con una de las chicas del pueblo, je. Y encima ganará experiencia conmigo, pues soy un perro muy viejo. No como vosotros. Que aún estáis en la pubertad y os tenéis que conformar encerrándoos en el váter para haceros pajas, ja.
                – ¡Serás puñetero!
                – Puedes vociferar lo que quieras, que no me infundes ningún temor. Porque además tengo un ángel caído que me protege.
                – ¿Quién?
                – Digamos que tiene cuernos, rabo y un tridente, ja. Y que del lugar de donde procede, hace mucho calor durante todo el año.
                – No digas más majaderías – Jackels soltó una imprecación. – ¿De qué manicomio estatal se ha fugado?
                – Cuando mi socio venga a reclamar lo suyo, no os quedará tiempo para risotadas pueblerinas, ja. Lo más seguro es que ni viváis para contarlo – introdujo de nuevo el dinero en el bolsillo. – ¿Una de las niñas me servirá el vaso de agua de una vez? A ser posible, la de la coleta rubia. En la cama tiene que hacer virguerías, je.
                Carnago Limb hizo formar a sus tres compañeros en un círculo, les comentó tres frases en voz baja, recibiendo respuestas afirmativas. Disolvieron la reunión y se volvió de cara al hombre mayor.
                – Claro que te vamos a servir… – Escogió un cuchillo del fregadero. – ¡Agarradlo fuerte y conducidle a la bodega…!
                Capítulo 4.
                EL CALLEJÓN
                13 de noviembre de 1975.
                Hora: 00:30 a.m.
                Una furgoneta destartalada, con carrocería roñosa y sin parachoques  delantero frenó de golpe en el callejón sin salida ubicado en la parte trasera del restaurante tailandés “Nicola Di Bari”. Dos individuos se escudaron en las penumbras del lugar para salvaguardar su identidad. Bajaron del vehículo y abrieron las puertas posteriores del mismo. Extrajeron un pesado y enorme saco de patatas. El más alto de los dos soltó un par de frases malsonantes, para acto seguido pedir perdón al cielo por su pecado verbal. Entre ambos llevaron el saco hasta el contenedor de basura. Se sirvieron de un frigorífico moribundo tumbado en el suelo al lado para encaramarse y con un esfuerzo titánico consiguieron empujar el saco lo necesario para que quedara bien introducido en el interior del contenedor. Se restregaron las manos sudorosas en los muslos de los pantalones.
                – Mira que rajarse esos dos traidores – dijo el individuo de menor estatura.
                – Son unos niños de teta. Rompen un jarrón y luego se limitan a lloriquear – el más alto volvió a blasfemar.
                Repentinamente, se dirigió con rapidez hacia la parte trasera de la furgoneta. En unos instantes retornó con una bolsa de plástico con cierre hermético. La lanzó hacia el fondo del contenedor.
                Suspiró aliviado, mirando a su compañero:
                – ¡Joder! Casi me olvido de los putos ojos.
                Seguidamente se metieron en la furgoneta de novena mano y abandonaron el callejón solitario, sin molestarse en que el tubo de escape petardease mala cosa.
                Capítulo 5.
                EL PANFLETO LOCAL
                Marrow era un pueblo demasiado insignificante y monótono como para siquiera hacer emerger las cejas de la cabeza en la sección de sucesos del periódico American Incidents, pero el 14 de noviembre de 1975 rompería con esa dinámica tan sosa.
                (Recorte del American Incidents)

                HORRIBLE ASESINATO COMETIDO EN MARROW 
(ESTADO DE NUEVA YORK).

                                        Marrow (Condado de Lewis, Estado de Nueva York), 13. De nuestro enviado especial Ederguguis Lanakis.
                Hoy (ayer para el lector), a las 9 de la mañana, el equipo de recogida de basura del municipio de Marrow, a la hora diaria marcada en su mapa de rutas, se dirigía hacia el callejón sin salida conocido localmente como el del “Enano Saltarín”, ubicado en la parte trasera del restaurante tailandés “Nicola di Bari” para vaciar el contenedor de detritus allí situado. Al desencajarlo del elevador del camión, pudieron distinguir entre la basura un llamativo saco de patatas. Por curiosidad, decidieron abrirla, más que nada para averiguar si acaso había algún tubérculo aprovechable para algún guiso casero, y para su horror y devastación mental, descubrieron que alojaba los restos de un cuerpo humano, evidentemente ya sin vida.  Tras diversos mareos producidos por la fuerte impresión, pudieron dar aviso al cuartel de la policía local del terrible hecho. No tardó en acudir la dotación pertinente (en realidad, en el pueblo disponen de dos defensores del cumplimiento de la ley, con un único coche patrulla).
                Tras una concienzuda investigación antes de proceder al levantamiento del cadáver, se celebró una breve rueda de prensa en los límites de acceso al callejón del “Enano Saltarín”. En ella, el comisario Riners nos trasladó el siguiente parte a los medios de comunicación allí presentes:

                                        “El día 13 de noviembre de 1975 se ha descubierto el supuesto homicidio de una persona de unos 60 a 70 años de edad, sexo varón, sin documentación personal que lo identifique y completamente desnudo. Según el médico forense, la posible causa de su muerte sean las tres profundas incisiones por arma blanca en la garganta. Es de destacar, aparte de este hecho y la desnudez de la víctima, de la extracción de los ojos, con las cuencas vacías. En el transcurso de la mañana, tras cinco horas examinando la zona, a las 14:45 horas el agente Perkins pudo localizar entre la basura una bolsa de plástico con cierre hermético, conteniendo los dos ojos de la víctima.”

                UN MES DESPUÉS.
                Marrow retornó a su vida de eterna tranquilidad y rutina sin fin. El asesinato dio cierta notoriedad a la localidad, pero pasados los hervores de la sopa, ya nadie se acordaba del sabor de la misma. Además ya se acercaban las fechas entrañables de las próximas navidades, y se empezaban a ver las primeras ornamentaciones en las tiendas, edificios  públicos, casas particulares y calles. La nieve se alió con las bajas temperaturas, cubriendo Marrow y sus cercanías hasta dejarla casi incomunicada con el resto del mundo…
                Capítulo 6.
                GEMELOS
                A fecha 15 de diciembre (que era miércoles) Carnago Limb estaba charlando sin parar como una cinta magnetofónica rallada con Jackels, quien prácticamente era ya su único amigo, puesto que ambos mantuvieron una fuerte discusión con Townsed y Willo el día posterior al asesinato acontecido en el callejón del “Enano Saltarín”, cuando dos hombres entraron empujando la puerta de acceso con tal ímpetu que estuvo a punto de desencajarse por el gozne superior de la escuadra que la mantenía en sintonía con el quicio. Las características externas de sus facciones más su posterior acento remarcarían su procedencia extranjera. Se presuponía que eran hermanos, y más concretamente, gemelos, dada su similitud a dos gotas de agua. Medirían el metro setenta y cinco, ojos verdes y ataviados con sendos trajes de chaqueta de color marrón claro y abrigados, en este caso uno con un chubasquero azul marino deportivo y el otro con una gabardina verde oscura, siendo esto lo único que diferenciaba el uno del otro. Sin ni siquiera emplear una mera indicación verbal entre ellos, decidieron tomar asiento en dos sillas en la mesa más cercana a la puerta que conducía a la cocina del bar-restaurante. El de la gabardina miró en derredor del local. Sus ojos se fijaron finalmente en Carnago Limb y Jackels.
                – ¿Quién de los dos es el dueño de este pestilente antro? – preguntó con voz estridente y áspera.
                Carnago Limb se estiró como la pértiga del saltador al acometer el impulso al otro lado del listón, dirigiéndose hacia detrás de la barra. Cogió un vaso sucio y lo depositó en el fondo del fregadero, que estaba atascado con agua espumosa turbia. Estaba indignado por la mezquina denominación dada por el foráneo al negocio que le servía para vivir decentemente sin tener que recurrir a la ayuda económica de sus padres.
                – Hombre. Dos tíos tan inteligentes como ustedes habrán observado mi reacción ante el adjetivo dado a mi querido bar-restaurante. Así que por decirlo, yo soy el jodido dueño del mismo, ¿entendido? – impulsó un escupitajo justo en el centro de un cenicero situado sobre el mostrador. – Ya que se ponen así, también dirán lo que quieren, eh.
                – No vamos a pedir ninguna consumición.
                “Mejor dicho, en vez de pedir, venimos a dar. Digamos que tenemos un pequeño presente para usted, señor Limb – el forastero del chubasquero señaló con un dedo hacia una cajita de joyería de pequeño tamaño que había sido depositada encima de la mesa.
                Carnago se quedó mudo por unos segundos. En un principio desconfiaba de lo que pudiera contener aquella caja.
                – Ja. Así que eso es para mí. Vaya, debo de ser muy importante para alguien – dijo soltando una carcajada nerviosa. Buscó con la mirada el respaldo de Jackels. Este le devolvió una sonrisa de tonto, como diciendo, “coño, eres mala hierba pero debe de haberla aún mayor para que te den un regalito”.
                – En efecto. Esto le corresponde en propiedad a partir de ahora, señor Limb – el de la gabardina verde suspiró, sin poder ocultar su desagrado al tener que relacionarse aunque fuera por unos escasos minutos con un personaje de esa calaña como lo era Carnago Limb.
                Carnago se apoyó sobre el mostrador, mirando ya con deleite el premio al “Mérito Desconocido”.
                – ¿Se puede saber de parte de quién viene esa cosa? – preguntó, guiñando el ojo derecho.
                El gemelo del chubasquero azul marino entrecerró los ojos, deseando matarle simplemente con la mirada.
                – Procede de parte de alguien que presumiblemente le conoce a usted demasiado bien – tras decir esto, le hizo una señal descarada a su hermano con la cabeza. – Le dejamos, señor Limb. Espero que disfrute del regalo.
                Carnago Limb salió de detrás de la barra del bar corriendo a trancas y barrancas eludiendo mesas y sillas para acercarse hacia los dos misteriosos visitantes antes de que se  fueran dejándole con la palabra en la boca. Su amigo Jackels los miraba a los tres como si formaran parte de un episodio de Barrio Sésamo.
                (Veo a Epi y Blas, y ahora se suma el monstruo de las galletas, ji ji)
                – ¡Oigan! – les llamó Carnago. – ¡Antes de que se vayan!
                “Ustedes dos no son de la zona, ¿verdad?
                – Esa es una curiosidad estúpida, señor Limb. Es preferible que no tomemos su estulticia en cuenta de cara al futuro. Es lo más recomendable, tanto para usted y sus amigos, si es que se hace merecedor de tenerlos, como para nosotros – dijo el hermano gemelo del chubasquero.
                Al finalizar de decir esta brusquedad, los dos salieron por la puerta al exterior, donde unos copos de considerable grosor empezaban a caer preconizando una buena nevada nocturna.
                Capítulo 7.
                EL ANILLO
                – ¡Por las lágrimas del pecador! Si parece oro puro – Carnago Limb sujetaba entre dos dedos un anillo. El estuche estaba sobre la mesa, con la tapa abierta.
                – Tiene una especie de inscripción tallada por la parte interior – Jackels le señalaba tres signos numéricos que había en esa parte del anillo. – Son números de la suerte, eh, Carnago.
                Carnago Limb miró bien el anillo por esa parte y corroboró lo que le decía Jackels. La joya tenía inscritos tres seises en cursiva, uno seguido del otro.
                – Menudos admiradores secretos que tienes, carajo. Y tú sin decir ni media palabra.
                – Te juro por la salud de mi madre que no tengo ni repajolera idea de quién me lo ha podido regalar.
                Jackels oprimió con fuerza su hombro derecho.
                – Por cierto, no tendrás el valor de ponértelo en el dedo correspondiente, ¿verdad?
                – ¿A qué viene esa pregunta?
                – Hombre, Carnago. Un hombre con un anillo resultón en el dedo y que no esté casado… Todos los tíos del pueblo si te ven lucirlo comprenderán tu escaso éxito con las tías, joder.
                – Tú y tus mamarrachadas. Si los de la ciudad llevan hasta algo parecido a un taparrabos, así que no me vengas con opiniones más propias de un mocoso de tres años – dicho esto, intentó ajustarse el anillo en el dedo corazón de la mano derecha, pero le fue imposible hacerlo debido al diámetro estrecho de la joya.
                – Ja-ja. Si resulta que no te entra de lo gordo que tienes el dedo – se mofó Jackels con verdaderas ganas.
                – Un segundo. Ya verás – el anillo lo acomodó en el meñique. – Mira que bien me queda.  Parezco un ricachón de esos que aparecen en las películas de la tele.
                – Yo diría que con él vas a demostrar que careces de cierta hombría, ja-ja – aseveró Jackels, agachándose a tiempo para esquivar el cenicero que le lanzaba Carnago a la cabeza.
                 
                Capítulo 8.
                EL INCENDIO
                La biblioteca municipal de Marrow (pronunciado como Morrow por los lugareños), era cualquier cosa, menos un sitio decente. Inaugurada en el año 1955 como edificio de una única planta destinado como albergue para los más desamparados y pobres de toda la vecindad, quince meses después, a raíz del embargo practicado por parte del ayuntamiento, quedó destinado como lugar de lectura, donde los más analfabetos que huían de toda asistencia física a las clases de la escuela, se pasaban las mañanas jugando al escondite en los archivos del sótano aprovechando la cortedad de vista y la sordera extrema del bibliotecario. En el día de su reconversión de albergue a biblioteca, la vecindad de Marrow y sus alrededores trajeron toda clase de libros, revistas y periódicos apolillados por el paso del tiempo con que dotar las estanterías de cierto empaque cultural. En septiembre de 1956 se abrió oficialmente cara al público y desde entonces continúan los mismos libros, idénticas revistas y similares periódicos, al igual que el mismo número de personas que la visitan diariamente (descontando a los mocosos que practicaban el escondite, podría cifrarse en dos o tres afanosos lectores como mucho).
                Por ello el incendio que acaeció el 16 de diciembre en la biblioteca municipal, más que entristecer a los residentes, les hizo de alegrarse por poder deshacerse de edificio tan inútil y molesto, pues estéticamente tampoco es que fuera gran cosa.
                El señor Andrew Gordon fue quien dio aviso a los bomberos del condado a los 45 minutos de darse cuenta de las imponentes llamaradas que surgían por los ventanales de la estructura de hormigón armado. Ese día en cuestión, el señor Gordon iba de regreso a casa sobre las ocho de la noche tras haber adquirido con la suficiente antelación debida el regalo de navidad para su odiosa suegra en la tienda de empeños, cuando al pasar por delante de la fachada de la biblioteca pudo percibir el humo, las llamas y las altas temperaturas en torno al perímetro del edificio, llegando a la feliz conclusión que lo que allí estaba ocurriendo era un incendio de proporciones épicas.
                Conforme más tarde los bomberos se afanaban en tratar de sofocar el fuego, el comisario Riners preguntó al señor Gordon si algo le había llamado la atención, o si había visto a alguien abandonando las cercanías de la biblioteca en el momento que estaba sucediendo la tragedia.
                – Solo puedo asegurarle que vi en las inmediaciones, ocultándose detrás del anuncio con forma de rosquilla de anís gigante,  a una cosa tremenda de dos metros de altura y peludo de arriba abajo como si llevara un abrigo de pieles o un disfraz de yeti – fue la contestación del señor Gordon.
                Capítulo 9.
                MANCHAS
                – Vaya, Limb. ¿Sabes que tienes mala cara? – el comisario Riners apagó la colilla de su cigarrillo en el cenicero más cercano situado sobre la barra del bar.
                – De mi careto me ocupo yo. Sé que no soy muy guapo, pero tampoco tan feo, joder.
                “Pero vayamos al grano. Lo de siempre, ¿no, comisario?
                – Eso es, muchacho. Pero a ver si esta mañana los huevos están mejor pasados por agua, ¿eh?
                Carnago Limb se alejó del comisario y entró en la cocina. Sacó dos huevos del frigorífico, llenó un cazo con agua del grifo y lo puso a hervir sobre el hornillo central. Introdujo los dos huevos, acompañado de una flema que se le escapó al separar los labios.
                – Carajo, estoy un poco flojo hoy, si – se reconoció a sí mismo.
                – ¡A ver si te das prisa, Carnago! ¡Llevo media hora esperando a mi tortilla francesa! – le urgió una voz disgustada procedente de la barra.
                – ¡Vete a procrear con una marmota, cagaprisas! – respondió Carnago Limb, fuera de sí.
                – ¡Ya no me volverás a ver por este tugurio, Carnago! – replicó el cliente, abandonando el local.
                Carnago terminó de dar vuelta y vuelta a un filete de buey, dejándolo poco hecho antes de situarlo en el plato de servir. Agregó salsa de tabasco y mostaza y llamó a Jackels.
                – Toma, lleva esto al comisario.
                Jackels se quedó un instante sorprendido, decidiendo guardar silencio al ver que la sartén con aceite hirviendo estaba al alcance de la mano de Carnago.
                Entre tanto, Carnago sacó una botella de leche del frigorífico y le quitó el tapón. Acercó un vaso de plástico desechable y se sirvió. Llevaba una temporada que no bebía leche sola y lo primero que sintió fue un cierto desagrado en el sabor que fue transformándose en repugnancia. Arrojó el vaso contra el suelo mientras vomitaba apoyado sobre el fregadero.
                Cuando se le pasaron los espasmos de las arcadas, agarró la botella y la estampó contra la pared.
                En ese instante hizo aparición el comisario Riners. Al entrar, su rostro indignado fue transformándose en uno dotado de perplejidad al observar el desaguisado que Carnago acababa de organizar en la cocina.
                – ¡Por Dios! – Riners se acercó al fregadero. Nada más ver el contenido repulsivo del vómito, se apartó de allí, concentrándose en Carnago. – Oye, Limb, tú estás enfermo. Se te nota a diez millas de distancia.
                Carnago se incorporó desde la silla. Estaba a punto de blasfemar, pero se contuvo. Era conocedor que Riners multaba a la gente por maldecir en contra de la religión oficial de Marrow.
                – Primero le dices una sandez a Jones, con lo orgulloso que está de ser el hombre con mayor descendencia del pueblo, y después me sirves un condenado filete de buey de diez años con salsa de tabasco y mostaza, cuando simplemente te pedí dos huevos pasados por agua.
                – La carne está sabrosa, aún a pesar de la edad. El congelador que tengo es de cuatro estrellas… – se limitó a decir Carnago Limb.
                – Pero el caso es que yo no lo quiero. Recuerda que estoy a régimen, muchacho.
                Carnago esbozó una mal disimulada sonrisa al oír esto último. El comisario medía 1,75 y pesaba 115 kilos.
                Riners cabeceó la cabeza al percibir la sorna reflejada en el rostro enfermizo del dueño del bar-restaurante. Al verle hacer un gesto repentino con la mano, se la señaló con énfasis.
                – ¿Qué es eso que tienes en tu mano derecha? – preguntó sin tapujos.
                – Se refiere al anillo, ¿no? Es de oro macizo y lo heredé de un pariente lejano, je, je.
                – No, Limb. Me refiero a esa mancha que tienes en la piel.
                Carnago Limb se examinó la mano dichosa. Efectivamente, tenía una mancha blanquecina que abarcaba la zona situada entre el dedo índice y el corazón. Y disponía de una más grande en la misma palma de la mano.
                – ¡Cristo! Ahora me fijo en ello – se tocó las manchas.
                La que estaba emplazada en la palma se desprendió como si fuera una tira de esparadrapo, acompañada de una porción de su propio tejido de la piel…
                Capítulo 10.
                SECRETO PROFESIONAL
                Fecha: 18 de diciembre de 1975
                Hora: 07:15 a.m.
                El comisario Riners aguardaba con cierta impaciencia la salida del doctor Moonsefe de la habitación número dos ubicada en el ala de aislamiento de la casa hospital de Marrow.  Después de pasar toda la madrugada en vela, Riners estaba deseando intercambiar opiniones con el médico para así irse por fin a la cama. Sobre las siete y pico de la mañana, la puerta que comunicaba con la sala de aislamiento fue abierta, saliendo a través de ella el doctor acompañado de una  esbelta enfermera quien lo abandonó a requerimiento de Moonsefe. El policía prácticamente se abalanzó como si fuera un defensa de fútbol americano para un perfecto placaje sobre el cuerpo debilucho de Moonsefe.
                – Bien, doctor. Estoy cansado. No me tengo ya en pie. Así que seré directo. ¿Qué es lo que tiene Carnago Limb? – el comisario sacó tabaco para mascar.
                – Verá,  agente, es demasiado pronto para aventurar cualquier hipótesis de la clase de enfermedad que aflige al señor Limb. Quedan por realizarle diversos análisis.
                – No será algo contagioso, ¿eh?
                – ¿Por qué piensa eso?
                – Hombre. Seamos francos. A una persona que se le caiga la piel a cachos así como así, no sé. A mí me da que lo que tenga tiene que ser una infección de lo más peligrosa.
                – No tiene de qué preocuparse, comisario. Ahora váyase a casa a recuperarse de la noche en vela, que todo está bajo control – el doctor llamó a una segunda enfermera jovenzuela rubia de uniforme ceñidísimo y cuerpo escultural de quitarse el hipo. – Jenny, acompaña al comisario Riners hasta la salida.
                “Nos tenemos que despedir por ahora, comisario. Estoy terriblemente ocupado.
                – Le comprendo, doctor – Riners desvió la mirada lujuriosa hacia las espectaculares piernas torneadas de la enfermera. Se tuvo que sacudir la cabeza con la mano para abandonar su ilusión irrealizable y la sonrió de oreja a oreja, mostrando los tres dientes que le quedaban en el maxilar superior: – Bien Jenny, obedece al médico y acompáñame hasta la salida, pero a ritmo muy lento, que cuanto más tardemos en llegar hasta ella, mejor.
                Jenny se rió de la ocurrencia, agarrando del brazo al comisario.
                El doctor Moonsefe los vio perderse por el pasillo. Retornó la vista hacia su cuaderno de notas. En la hoja superior en el campo del nombre del paciente venía reflejado el de Carnago Limb. En el apartado destinado al estado y la evolución de su dolencia, una vez hecha la descripción de sus síntomas, se llegaba a una clara conclusión. El diagnóstico era la Nueva Lepra Norteamericana.
                Capítulo 11.
                NAVIDADES MALDITAS
                Carnago Limb falleció el 23 de diciembre. El cuerpo médico de Marrow intentó ocultar las causas de su muerte, pero el modo tan fulminante en que obró la enfermedad acabando con su irrisoria existencia, hacía un imposible mantener el origen en una incógnita aún por resolver.
                A las pocas horas de la incineración del cadáver, el doctor Moonsefe decidió aclarar la clase de enfermedad desarrollada en el cuerpo de Limb en la sala de reuniones del colegio Saint Vicent “El Oteador” para calmar el nerviosismo ya imperante en el resto de la población.
                Ante una sala completamente abarrotada, y que se hizo pequeña, ocasionando cierta tensión y malos modos entre los ahí reunidos para encontrar siquiera un metro libre donde poder estar situado de pie, el médico cogió el micrófono con las dos manos.
                – A ver. Probando. Uno, dos, tres, probando – fue lo primero que dijo.
                – Pues no pruebe usted tanto, que ganará peso y se nos pondrá gordo – dijo una voz chillona, entre las carcajadas del resto.
                Moonsefe alzó una ceja y fue a lo suyo.
                – Bien. Buenas tardes a todos los habitantes de Marrow aquí concitados. El motivo por el cual nos hallamos aquí, en esta sala, no es otro que para esclarecer la súbita y terrible muerte del señor Carnago Limb Colombo.
                – Coño. No sabía que fuera pariente del detective de la tele – le dijo por lo bajo el comisario Riners.
                El doctor consiguió acallarle con una mirada severa.
                – Continúo. Voy a serles a todos ustedes  franco, explícito pero conciso a la vez. El señor Carnago Limb presentaba el siguiente cuadro de síntomas – Moonsefe extrajo una libreta del bolsillo de su americana. – Aparición de innumerables manchas de tono blanquecino con pérdida de sensibilidad en las zonas afectadas, dañando a los tejidos de piel y a los nervios, originando trastornos de movilidad en las extremidades tanto superiores como inferiores, con laceraciones en el rostro y pérdida capilar en los lugares correspondientes al cabello y al vello corporal. En la fase más severa de la enfermedad, llegaron las deformaciones y las posteriores mutilaciones, hasta que su sistema inmunológico colapsó al disponer simplemente del tronco y la cabeza tras las amputaciones necesarias practicadas en principio para impedirle la formación de la gangrena.
                La sala quedó en completo silencio por espacio de unos segundos, tratando de digerir el final horripilante que tuvo el infausto Carnago. Un hombre de unos cincuenta años, empapado de sudor por la falta de ventilación en la sala y el exceso de asistentes, alzó una mano.
                – Diga, Jacobo Orson –le dio permiso el comisario Riners.
                – En nombre de los tontos de culo del pueblo, le pido al muy respetable doctor que se nos deje de rodeos y nos diga de una puñetera vez de lo que murió el cabronazo de Carnago.
                Moonsefe se aflojó el nudo de la corbata antes de afrontar el acto más delicado de la reunión vecinal.
                – Bien. Señoras, señores. La enfermedad que ha sufrido el señor Carnago Limb Colombo es una variante independiente de la afección más conocida común y corrientemente  como la lepra. Este tipo de lepra se diferencia de la lepra ordinaria en su rapidez al extenderse por el cuerpo humano, anulando sus defensas y causando la muerte en escasos días.
                La comunidad de Marrow se inclinó por conversar en murmullos, atónitos y aterrorizados ante la noticia que les acababa de facilitar el doctor Moonsefe. El comisario Riners se aproximó al micrófono para intentar establecer orden en la sala.
                – Por favor. Un poco de mesura.
                – ¡Y una leche! ¡Si se me infecta un brazo y luego se me cae, voy a brincar de alegría, no te jode!
                – Pero es imposible – exclamó el ex bibliotecario, señor Twiiks. – Esa enfermedad está erradicada en los países más desarrollados.
                El doctor negó con la cabeza.
                – Verá, señor Turner. Ciertamente la lepra sigue existiendo en el hemisferio Sur, pero aún hay ciertos focos en las zonas más deprimidas de países avanzados, como Portugal y España, donde aún existen leproserías.
                – Pero estamos hablando de los Estados Unidos, tío – le dijo Townsed.
                – También tenemos algunos rincones donde hay enfermedades ya controladas, pero que brotan esporádicamente. Es por ello que esta lepra en cuestión al ser tan diferente al resto, es conocida como la nueva lepra norteamericana.
                – ¿Y desde cuándo se tiene conocimiento de esta variedad tan letal? ¿Acaso también es contagiosa? Porque tengo entendido que en la lepra más normal no lo es dada la inmunidad del 95 por ciento de la población mundial, salvo en casos excepcionales – continuó el señor Twiiks.
                – La nueva lepra norteamericana es única, señores y señoras. Ha surgido en nuestra localidad, y es más contagiosa que una simple gripe invernal. Así que recomiendo que las personas que hayan mantenido un contacto estrecho con el fallecido sean confinadas en el hospital y sometidas a un período de cuarentena – urgió el doctor Moonsefe.
                En ese instante se escuchó un grito enloquecedor. Se trataba de Jackels quien pataleaba entre convulsiones en el suelo. Levantó la cabeza y todos los asistentes pudieron observar que la piel de las mejillas se le caía a jirones conforme se rascaba el rostro con las uñas de las manos.
                Capítulo 12.
                EL PRECIO DE LA MUERTE
                24 de diciembre de 1975
                Habitación 5 de la casa hospital de Marrow.
                Ala de aislamiento.
                Código Rojo de Infecciones Contagiosas.
                La hermosa e insinuante enfermera Jenny abrió la puerta de la habitación acompañada de una persona. Parecía de su entera confianza porque entraron entrelazados por un abrazo y una especie de roce entre las mascarillas que recubrían sus rostros al no poder besarse directamente en esa zona del hospital. La enfermera dejó las carantoñas por un breve impasse y saludó al paciente tendido en la cama.
                – Mire, señor Jackels. Tiene la visita de un compañero.
                Jackels estaba completamente vendado y medio sedado por haber sido sometido recientemente a atención quirúrgica en las piernas a partir de las rodillas y en los brazos desde sendos codos, evitando de momento el avance de la cruel y novedosa enfermedad. Su rostro estaba en carne viva, protegido bajo una espesa capa de crema regeneradora y cicatrizante, incluida sobre los párpados, dificultándole la visión y poder comprobar así quién era el visitante.
                Reuniendo fuerzas de flaqueza, pudo articular dos simples palabras:
                – ¿Quién… es?
                La enfermera Jenny sonrió bajo la mascarilla. Toda su belleza, y los rasgos más anodinos del acompañante resguardados bajo la ropa protectora contra enfermedades infecciosas y contagiosas de primer nivel.
                – Es mi novio, tonto. Te acordarás de él. Willo. Es Willo.
                – Hola, Jackels – Willo se acercó hasta el borde de la cama para que el enfermo le viese bien. – Tantos días sin verte el pelo, amigo. ¡Jo…! Verte sin patas y pezuñas es como ver a una mosca con las alas arrancadas. Estás de lo más espantoso.
                – Lo peor de todo es que es transmisible de persona a persona. Como no nos marchemos de aquí en segundos… – mencionó Jenny altamente preocupada.
                – Ese doctor es un idiota de los pies a la cabeza. Cuando una cosa ya no sirve, se tira a la basura, ¿a que sí, amigo? Pero la comunidad tiene una suerte descarada de que yo esté aquí en estos momentos contigo.
                Jackels pudo entrever a duras penas como Willo extraía de debajo de la bata un cuchillo de enormes dimensiones, con el filo destellando a la luz de la lámpara de la cabecera de la cama.
                – ¿Te acuerdas, verdad? Pues ya sabes lo que te espera, amigo de los cojones – Willo no se lo pensó ni medio segundo, y se lo clavó siete veces en la tráquea para asegurarse bien que Jackels no saldría con vida de esa brutal agresión.
                La sangre fluía a borbotones, impregnando las sábanas de la cama de sangre. Jenny apartó la vista del horrible espectáculo.
                – Demontre. Lo hecho, hecho está.
                “Vayámonos de aquí. Tengo ganas de quitarme esta ridícula ropa y de tener un revolcón contigo en el pajar… – dijo Willo entre risitas.
                Entonces sucedió lo impredecible. Algo enorme y desconocido surgió desde debajo del lecho donde se hallaba el cuerpo mutilado y muerto de Jackels. La entidad misteriosa tenía dos metros de altura y estaba completamente recubierta de un espeso pelo largo. Su rostro carecía de ojos y orejas. Se guiaba por el olfato de su destacable nariz en forma de berenjena. Y su boca… Era de grandes proporciones, con unas mandíbulas repletas de dientes afilados color nácar.
                Willo no pudo impedir que el ser espantoso le aferrase con sus garras por el cuello. Jenny estaba quieta en el sitio, sin poder siquiera huir, paralizada por el terror, siendo simple observadora del trance en que aquella criatura arrancaba la cabeza de Willo y la lanzaba por la ventana. El cuerpo decapitado de Willo cayó inánime sobre el suelo, manando sangre por la hemorragia del cuello.
                El ser apuntó con uno de sus dedos hacia la enfermera.
                – Este no se merecía disfrutar de mi bendición, pero tú ya estás marcada para el goce del dolor y la mutilación – se comunicó la bestia con una voz inhumana y gutural. – Observa tus manos.
                Jenny obedeció instintivamente. Se las descubrió, quitándose los guantes de látex y pudo apreciar el estado en que las tenía. La piel se resquebrajaba como barro seco y se le caía a porciones si esta era rozada.
                La chica gritó presa de la histeria y del asco.
                Cuando lo hizo, el ser ya no estaba en la habitación.
                Capítulo 13.
                LA EPIDEMIA
               
                A pesar de los ímprobos esfuerzos y cuidados de los servicios médicos, la Nueva Lepra Norteamericana se fue extendiendo rápidamente por todo el pueblo. Los cuerpos de Jackels, Willo y Jenny fueron incinerados al día siguiente de ser asesinados vilmente por un loco maníaco, según la hipótesis barajada por el comisario Riners.
                En unas fechas tan entrañables y familiares como el de las navidades, justo el día 25 de diciembre el Departamento de Salud Pública del condado de Lewis declaró el área de Marrow y sus alrededores como Zona Catastrófica. De parte de altas esferas de Washington, se ordenó rodear el pueblo de una protección logística militar que impidiera el avance del foco de la enfermedad más allá del perímetro del mismo, manteniéndolo completamente incomunicado hasta que la epidemia de la Nueva Lepra Norteamericana desapareciese por completo con la muerte de todos sus habitantes.
                Se mantiene un absoluto secreto cara al conocimiento público de la tragedia. Nadie de los Estados Unidos, ni por supuesto del resto del mundo, era conocedor de los demoledores efectos de la infección y lo que esta ocasionaba a los residentes de Marrow, motivando semejante despliegue de seguridad.
                Bueno, sí que había un selecto grupo de personas que conocía el motivo de la aparición súbita e imprevista de la epidemia.
                Porque al fin de cuentas, formaba parte de su experimento personal.
                Capítulo 14.
                EL DIÁLOGO
                29 de diciembre de 1975
                07:05 p.m.
                Lugar: Bar-restaurante Limb
                El doctor Moonsefe apareció por el bar con las dos manos rigurosamente vendadas. Escrutó con su mirada cansina el interior del local, hasta localizar al comisario Riners. Este estaba sentado en uno de los taburetes, hablando consigo mismo, viéndose reflejado en el espejo decorativo situado detrás de la barra del bar.
                – ¿De qué te ha servido ser un tío legal? Otros han sido unos cochinos miserables toda su vida, pero no han acabado de esta forma, joder…
                El comisario tenía una mano vendada. En realidad no había nadie en todo el pueblo que estuviese inmune a los efectos devastadores de la Nueva Lepra Norteamericana.
                Riners intuyó la presencia del médico por el propio espejo. Se dio la vuelta en el asiento para encararlo de frente.
                – Hola, doctor – dijo con desgana. – Tome asiento conmigo y compartamos un combinado, ja.
                El doctor Moonsefe se dirigió hacia el policía y se dejó caer de golpe sobre el taburete.  Ambos eran los únicos clientes presentes en el bar.
                – Lamento reconocerlo, pero esto es el fin de todos nosotros – acertó a decir Moonsefe.
                – No diga eso – Riners le dio una palmada en la espalda. – Debemos de sentirnos afortunados por el cordón de seguridad que rodea al pueblo. Los de la guardia nacional deben de estar disfrutando con el espectáculo que les estamos ofreciendo visto a través de sus prismáticos de visión nocturna, ja.
                – Su humor es admirable para alguien que está a punto de morir en menos de cuarenta y ocho o setenta y dos horas a lo sumo – continuó el doctor con su pesimismo.
                – Je, y eso que los profesionales de la medicina sois los últimos en perder la esperanza.
                Moonsefe apoyó los codos sobre el mostrador, dejando hundir la cabeza entre las manos.
                – Todos los infectados están encerrados en sus respectivas casas. No hay nadie en todo este maldito lugar que resulte indemne a los efectos mortales de la enfermedad.
                – ¡Venga! No se ponga tremendista – Riners suspiró. Una mancha blancuzca se extendía por su entrecejo.
                – Esto es un castigo divino. Algo hemos hecho mal para merecerlo – Moonsefe alzó su rostro y miró fijamente al comisario. – La lepra no se propaga con tanta rapidez.
                – Está hablando de la lepra ordinaria.
                – ¡Aunque la Nueva Lepra Norteamericana sea extraordinaria, no se comprende que tenga tanta virulencia, por Dios! En apenas doce días ha acabado con el setenta por ciento de la población de Marrow. La cuarentena no ha podido aplicarse porque incluso gente que no ha estado en contacto con Carnago Limb, ha contagiado a terceras personas, y todo ha sucedido con una rapidez de transmisión inesperada. Y la gente que estuvo con Carnago, falleció en menos de treinta y seis horas.
                – Menos usted y yo. Los dos hemos estado bien cerquita del bastardo de Limb.
                – Si. Efectivamente. Es raro. Los dos somos los que menos afectados estamos. Sólo puede explicarse que nuestro sistema inmunológico es más resistente que la media de la mayoría. Algo ciertamente desconcertante.
                – Ya  sabe, doctor, mala hierba nunca muere ni aunque será merecedor de ello.
                – Estúpido dicho  – tras decir esto, el silencio se instauró por varios segundos hasta que retomó la conversación. – ¿Qué hay del supuesto asesino múltiple del hospital?
                Riners esbozó una sonrisa bobalicona, hastiado ya de todo lo que atañese al pueblo.
                – No me creerá, pero no se trata de ningún criminal.
                – ¿De qué se trata entonces? En este caso, quitando con Jenny, la Nueva Lepra Norteamericana no fue la causante de las muertes.
                – Yo lo atribuiría al ataque de una fiera. Alguna clase de animal salvaje.  A Willo le fue arrancada la cabeza de cuajo por mediación de unas garras bestiales. Es lo que viene reflejado en el informe del forense. Bueno, lo que este pudo analizar, antes de morir por los efectos de la lepra.
                – ¿Y con respecto a Jackels? Ese tenía claramente una serie de incisiones enormes en la garganta.
                – Se lo atribuiría a Willo. Los dos se odiaban desde hacía un tiempo.  En cambio con la enfermera, como bien dices, murió de la lepra.
                – Si. Pobre Jenny.
                “Era mi amante, ¿sabe? A pesar de su juventud y de la diferencia de edad que nos separaba. La forma en que la atacó fue impresionante. En medio día la enfermedad la condujo a la antesala de la muerte – Moonsefe cerró los ojos llorosos de golpe para volver a entreabrirlos hasta poder escrutar por las rendijas formadas entre párpado y párpado. – Esto no es normal, comisario. Esto es una puñetera pesadilla infernal.
                – Y por lo visto se trata de una pesadilla donde no hay previsto un final feliz por el guionista de los cojones – Riners puso la puntilla final a la charla,  se levantó y se dirigió hacia los servicios de hombres.
                Conforme se acercaba, una entidad de dos metros de altura y recubierta de un espeso pelaje permanecía escondida cercana al quicio de la puerta.
                Su dentadura brutal esbozó una sonrisa inhumana.
                Capítulo 15.
                LAS MANOS CREATIVAS DE UN FALSO DIOS
                31 de diciembre de 1975
                Lugar: Marrow
                Las calles de Marrow permanecen vacías. Un perro sarnoso deja sus excrementos cerca de una farola. La gente que malvive al azote de la Nueva Lepra Norteamericana permanece recluida en sus respectivas viviendas.
                Las unidades de la Guardia Nacional observaban a todas horas, tanto de día como de noche de todo cuanto acontecía en el pueblo maldito. Se había instalado una valla electrificada circunvalando por completo el perímetro, imposibilitando la fuga de cualquier infectado.
                Eran las once de la noche. Faltaba una hora para un año nuevo y un futuro más definido.
                A la luz de un anuncio de neón del bar de Limb, si alguien hubiese pasado por allí en ese momento, habría observado con horror el desplazamiento de una sombra gigantesca y desproporcionada pasando raudo y veloz con dirección hacia la iglesia del Santo Sepulcro.
                En el ambiente se podía presagiar la venida de algo maligno. Ya faltaba poco para la ejecución del episodio final de la obra teatral pergeñada por la mente más malvada que pudiera conocerse en persona. Por órdenes de esta entidad, las campanas del templo sagrado empezaron a tañer.
                Una.
                Dos.
                Tres veces seguidas.
                Diez segundos de respetuoso silencio para retomar el orden de llamada desde lo más alto del campanario.
                Cuando ya se llevaba tocando varios minutos, las puertas de algunas casas se abrieron. Los enfermos que podían, salían al exterior con la piel cayéndoseles a tiras como si fuese la primera piel de una serpiente cediendo a la segunda más nueva en su muda. Poco a poco, los escasos supervivientes infectados tomaron dirección hacia la iglesia empleando en sus andares un paso bamboleante e inseguro.
                Al cabo de un cuarto de hora, un grupo de treinta seres, meras sombras de lo que antaño fueron seres humanos sanos, se había congregado en torno a las enormes y robustas puertas de la iglesia del Santo Sepulcro. Estas fueron abiertas de par en par en plena quietud. Los reunidos se miraban los unos a los otros.
                Una voz recia y potente les llegó desde el interior del templo.
                – Pasad, pasad, infelices.
                La gente actuó como si estuviera hipnotizada, entrando con paso lento, con alguno de los más dolientes arrastrando los pies.
                La escasa treintena tomó asiento en los bancos dispersos por la nave central del templo. Desde el presbiterio, superando dos escalones, les estaba aguardando una persona alta, de edad mediana ataviada con una bata blanca de científico. En apariencia, estaba completamente sana, sin padecer los efectos de la lepra. Recorrió las cercanías del altar, apoyándose finalmente el peso del cuerpo con las manos sobre la superficie del mismo, confrontando con la mirada a los asistentes atraídos al lugar por el toque repetitivo de campana.
                – Permitan que me presente – inició su peculiar sermón con voz glacial y monótona.- Soy el promotor del mal que les afecta a todos ustedes.
                – ¿Cómo? – musitó una mujer encorvada sobre su regazo, cerca del desplome al no poder mantener erguida la espalda por las escasas fuerzas que le quedaban.
                – Voy a resumir lo sucedido en pocas palabras. Deseo fervientemente que dejen de sufrir y alcancen el descanso eterno que se merecen.
                “Han sido ustedes, su localidad en concreto, utilizada como un experimento biológico de cara al futuro uso de un tipo de arma de destrucción masiva lo más barata y sencilla de crear, sin que tuviera que implicar el costo de vidas más allá que las referentes al enemigo.
                “Hace varios meses, en mi laboratorio privado de microbiología y genética, se pudo crear una variante de la bacteria Mycobacterium leprae, causante del mal conocido vulgarmente por lepra. Se potenció su factor agresivo y su necesaria transmisibilidad entre sujetos vivos. Fue un completo éxito entre animales y algún voluntario que se prestó al experimento sin conocer que se le administraba la Nueva Lepra Norteamericana, tal como la bautizó vuestro querido doctor, el señor Moonsefe.  Pero por desgracia, quedaba verificar su completa utilidad en el campo de batalla. Se seleccionó un área alejada de cualquier región extensamente poblada, saliendo elegida su localidad. Tenía el número necesario de especímenes. 500 personas nada dispuestas a sufrir las consecuencias de este tipo de lepra, y por ello, sin conocimiento de lo que se les avecinaba, pues sabiéndolo, jamás iban a dar el consentimiento para ejercer de conejillo de indias del experimento “Muerte Verdadera”.
                “El inicio del contagio tuvo lugar con un verdadero voluntario. A cambio de algo de dinero y un par de botellas de vino barato, uno de mis ayudantes le hizo contraer la enfermedad sin que él lo supiera, y lo acercó a vuestro pueblo. Era un vagabundo senil. Su pérdida, su muerte, no iba a ser sentida por nadie.
                “De hecho, antes de que sintiera los primeros síntomas de la dolencia, fue asesinado por unos jóvenes de Marrow. No supuso ningún contratiempo, debido a que los responsables de su muerte fueron contagiados de inmediato al estar mucho tiempo en contacto con su cuerpo. Incluso facilitaron ese contagio con los propios fluidos sanguíneos de la víctima. Por ello se recompensó al cabecilla del grupo con un pequeño presente. Era una forma de representar mi agradecimiento desde el anonimato.
                – Yo no lo sabía… Si lo hubiera sabido, no hubiera colaborado en el asesinato – Townsed se alzó como pudo vestido con harapos y vendas. La cavidad del ojo derecho supuraba un pus negruzco, con la mejilla del mismo lado mostrando un enorme bulto que le deformaba el rostro.
                – Siéntate, muchacho, y descansa.
                “El resto ya es sabido. Una vez iniciada la primera transmisión de la Nueva Lepra Norteamericana, Marrow estaba destinada a desaparecer del mapa. Porque los medicamentos utilizados en las lepras convencionales son ineficaces para controlar esta versión.
                “Ahora queda ofertar al mejor postor los resultados de mis investigaciones. Que no por defecto tiene que ser el ejército estadounidense el que se beneficie…
                Quien se incorporó de pie en esta ocasión fue el comisario Riners. Le faltaba el brazo izquierdo, el cual fue necesaria su amputación hacía día y medio.
                – ¡Maldito hijo de perra! ¡Es usted el mismísimo demonio! ¡Y encima se presenta aquí para contarlo! ¡Y para contagiarse también!
                Riners se echó a reír, enloquecido por la fiebre.
                Aquel hombre con bata de científico sonrió mostrando su despreocupación.
                – Soy inmune a la enfermedad, querido comisario. De no serlo, no estaría aquí con su rebaño de muertos vivientes.
                “Por cierto, tengo que presentarles a mis ayudantes. También son inmunes a la Nueva Lepra Norteamericana. Y mucho antes, participaron de manera voluntaria en otro tipo de experimentos genéticos bajo mis órdenes.
                “Dos son muy sutiles en sus labores, mientras el tercero es algo más brusco. Además es dado a cierto uso de la violencia, cosa que a veces le desapruebo en privado.
                A un requerimiento de un gesto de la mano, de entre las sombras del altar aparecieron dos hombres vestidos de negro. Por las facciones de sus rostros barbilampiños, pudieran pasar por hermanos gemelos.
                A ambos les siguió una criatura de dos metros de alto y recubierta de un espeso pelaje desde la cabeza a los pies.
                Los tres personajes abominables se unieron al científico detrás del altar, y desde esa posición contemplaron con satisfacción a los últimos habitantes del pueblo de Marrow en los estertores de la muerte.
FIN