Compañeros de trabajo.

Recuperación de un antiguo relato de Escritos. Ligeramente retocado, y reconvertido en un homenaje al cine barato de terror de los psicópatas de serie “B” de la actualidad.

En ningún momento pudo consentirlo. Aquella persona era maravillosa, y no se merecía que por culpa de un vil malnacido cobarde su vida privada pudiera quedar destrozada en los sueños de una América corrupta y pútrida.

Lo esperó a la salida. Era un joven de veintiocho años. Estatura inferior a la media. Cabellos cortos rubios pajizos. Aparentaba cierta inocencia, como si fuera incapaz de romper un vaso de cristal. Bastardo. Si supiera ya lo que estaba sucediendo desde la distancia de su propio hogar en las horas más recientes de ese mismo jodido día, no sonreiría ni siquiera al abordarle.
– ¿Arthur Desmoines? – le preguntó cuando este estaba acercándose a su Ford Focus gris metalizado por el lado de la puerta del conductor.
Arthur se detuvo y lo miró con curiosidad.
– ¿Quiere algo? ¿De qué me conoce? No me suena su cara.
– Pues debería.
– Va a ser que no.
– Seguro que le suena el nombre de Albert Lawrence Douglas.
Fue citar el nombre y aquel joven perdió su jovialidad inicial en un instante.
– Bueno. Es compañero de trabajo.
– Eso ya lo sé. Ahora haga el favor de acompañarme hasta mi furgoneta. La tengo estacionada en esa esquina, donde no nos molestará nadie.
Arthur gesticuló con firmeza con la mano derecha.
– Oiga, si es familiar del chaval, sepa que se dirige a la persona equivocada. Además salgo de un turno de catorce horas. Estoy muerto y con ganas de llegar a casa para cenar.
– Donde estará su mujer. Una jovencita tierna y adorable. Sobre todo cuando grita al ser amenazada por un cuchillo apretado sin ninguna ligereza contra su garganta…
Sin mediar más palabra, le mostró una mini grabadora y la puso en marcha.
Una voz angustiada femenina surgió del aparato:
“¡Arthur! ¡Por favor! ¡Tienes que hacer todo lo que te diga este hombre…! ¡Noo! ¡Otra marca en el brazo, no! ¡Por favor, Arthur! ¡Si no lo haces,  me va a marcar todo el cuerpo…! ¡No! ¡Suéltame la pierna…!”
Apagó la grabadora. Observó la perplejidad reflejada en el rostro imberbe de aquel desgraciado.
– ¡Laura! ¡Hijo de puta! ¿Qué le estás haciendo? ¿O qué le has hecho?
– Acompáñeme hasta el vehículo. Ahí tengo un equipo montado donde podrá observar en directo el estado de su esposa. Quiero que sepa que si no me obedece, no sólo morirá ella, si no que igualmente lo hará usted. Y después iré a por sus padres. Mi inclemencia con su familia será total.
Se guardó la grabadora en un bolsillo y la sustituyó por una pistola Glock con silenciador.
¡Loco! ¡Eres un maldito perturbado!
– Eche a caminar conmigo.
Arthur se vio forzado a dirigirse hacia un furgón de reparto de carrocería oscura, estilo azul eléctrico.
No dejó de apuntarlo con el arma. Sintió un olor acre similar a la orina. Como ya suponía, aquel muchacho era una gallina. Sólo se servía de su propio servilismo para intentar medrar en el escalafón de la empresa donde trabajaba, perjudicando a sus propios compañeros de trabajo. Le tendió las llaves y le hizo una indicación de que abriera las puertas traseras del vehículo y luego subiera a su interior.
– ¿Tienes a Laura aquí dentro, canalla?
– Digamos que tan sólo en espíritu. Su cuerpo está donde corresponde.
– ¿Cómo?
Arthur abrió las puertas y vio que la parte trasera de carga del furgón estaba ocupado por un equipo de audio y video, como si fuera una unidad móvil de televisión con monitores.
– Yo entraré después de usted – le dijo a Arthur, señalándole los dos taburetes ubicados frente al panel de las cámaras.
Cuando lo hizo, cerró las puertas. El joven ya se había sentado y él lo hizo a su lado, hincándole la boca del cañón en las costillas de su costado derecho.
– Voy a serle breve, Arthur. Su compañero Albert está a punto de ser despedido por una falsa acusación. Ustedes son vigilantes de seguridad, y dentro del reglamento de régimen interno, en lo que respecta a las sanciones, hay diversas faltas muy graves que pueden conllevar el despido fulminante por parte de la empresa. Una de estas infracciones es el consumo de bebidas alcohólicas y cualquier tipo de estupefacientes durante el servicio.
Se detuvo unos segundos en la explicación. Miró al joven sin pestañear. Este accedió a contarle lo sucedido hace unos días durante su turno de trabajo compartido con Albert Lawrence Douglas.
– Vale, Albert fue pillado bastante bebido. Su estado era lamentable. El inspector lo hizo constar en el parte diario y luego fue sancionado. También es cierto que puede incluso ser despedido, pero ese no es mi problema.
– Se equivoca, Arthur. Ese es su principal problema, y el que mortifica a su mujer.
Pulsó un mando y las tres pantallas de los monitores se llenaron con la presencia de Laura. Estaba vestida simplemente con su ropa interior, introducida en una bañera con agua, inmovilizada a los asideros con cadenas. Miraba al objetivo de la cámara con el terror impregnando las pupilas de sus ojos.
Arthur se quiso incorporar, pero la punta de la pistola estaba apretada de firme contra su costado.
– Siéntese, por favor. No tengo ganas de apretar el gatillo, al menos por el momento.
– ¡Cabrón! ¿Qué pinta mi Laura en esa puta bañera? Dios, encima los brazos, la cara… ¡Te has ensañado con ella! La has dejado marcada de por vida con cicatrices, hijo de puta.
– Más o menos en la misma medida en que de momento su compañero Albert Lawrence Douglas está sufriendo los rigores de una sanción injusta e inmerecida.
Arthur se acomodó sobre el taburete, afrontando la mirada fría y sin escrúpulos de aquel hombre.
– Continuemos con la historia. En este caso con sinceridades. Arthur, tanto por parte de Albert, como de muchos más de sus compañeros de trabajo, reconocen que es usted un trepador que vendería a su propia madre con tal de conseguirse los favores de sus superiores. Además anhelas un día ser inspector. Y qué mejor manera de hacerlo, que cumplir con los deseos de uno de tus superiores, quien mantiene discrepancias con Albert por la negativa continuada de este a trabajar en sus días libres cuando hay bajas en el equipo por enfermedad. Le dijiste que podrías echarle una mano quitando de encima a Albert, así que en un turno que ambos coincidisteis, te inventaste que estuvo trabajando en precarias condiciones bajo los efectos del alcohol. Era tu palabra contra la de él, pero lo suficiente para que el inspector lo sancionara mientras salga adelante el recurso planteado por Albert. Con la gravedad que esto puede tardar un tiempo. El suficiente para mermar la moral de su compañero, pues hasta que no llegue la fecha del juicio laboral, no puede trabajar en ninguna otra empresa de seguridad por la grave condicionante del despido. Seguro que las referencias que pidan a sus superiores serán negativas. Y hoy en día, sin ingresos, uno lo pasa rematadamente mal.
– ¡Yo no falseé el informe!
– Entonces si no lo falseaste, tu mujer morirá.
“ Arthur. En el instante que yo lo ordene, la persona que tengo a cargo de tu esposa saldrá en escena portando un pequeño electrodoméstico. Puede ser una tostadora, una radio, etc… El caso es que estará enchufado, y en cuanto entre en contacto con el agua, Laura perecerá electrocutada delante de tus propios ojos. Luego yo te pegaré un par de tiros, y Albert será vengado de una forma ligeramente agresiva.
Arthur se quiso incorporar en actitud implorante.
– ¡No! ¡Suelta a mi Laura! ¿Qué quieres de mí?
– Que seas sincero. Ahora mismo redactarás un nuevo informe donde reconoces la falsedad de los hechos – le tendió una hoja. – Dentro de unas escasas horas,  en cuanto abran las oficinas de la empresa de seguridad donde trabajáis ambos, acudirás raudo y solícito y ante un mando neutral, le reconocerás que mentiste acusando falsamente a Albert. En cuanto Albert se reincorpore al trabajo, volverás a ver a tu mujer. Te doy un plazo de veinticuatro horas. Si Albert Lawrence Douglas no está trabajando para entonces, y a la vez no eres despedido como te mereces, no sabrás nunca más del paradero de Laura. Puede que incluso decida también acabar con tus padres…
Conforme decía esto último, pulsó el mando y en una cámara se pudo observar a dos personas atadas de manos y pies y con los rostros ocultados bajo sendas capuchas negras. Estaban sentadas en dos sillas de madera.
Arrimó los labios a un micrófono.
– Muévete para que te vea Arthur – dijo con voz impersonal.
Una sombra se fue acercando a las dos personas inmovilizadas portando un hacha…


Pasaron las horas, y con ellas, el plazo. Conforme se esperaba, Arthur Desmoines reconoció su falsa acusación contra Albert Lawrence Douglas . El primero fue despedido, mientras el segundo recuperaba su trabajo y su estabilidad emocional.
Albert terminó su primer turno tras varios días de paro forzoso. En cuanto regresó a casa, se tumbó en el sofá del salón y se puso a ver las grabaciones prestadas por su amigo de mentirijillas.
Sonriendo, hizo subir el volumen del televisor con el mando a distancia, recreándose en los gritos de Laura Desmoines conforme era torturada por el filo de una navaja…
– Estuviste genial – se dijo, satisfecho.
Efectivamente. Encima el muy gilipollas se creyó que todo sucedía en riguroso directo – se contestó a sí mismo.
– Así es. Siempre dije que Arthur, aparte de ser un puñetero lameculos, de inteligencia anda muy justito. Mira que no fijarse que en la grabación de sus supuestos padres, estos no eran más que dos simples maniquíes…
Albert se restregó los párpados.
Aquel idiota ignoraba que tenía dos personalidades… Además de ciertos conocimientos de maquillaje y ventriloquia, que le hicieron pasar por un perfecto psicópata.
Esto último ya estaba a punto de implantarse en su mente. De hecho, si Arthur no hubiera accedido a sus deseos, no hubiera dudado en ningún instante en haber acabado tanto con él, como con su otrora bella mujer…


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¡El verdadero padre adoptivo de Pechuga de Pollo Mutante!

Bueno, una primicia gorda en Escritos de Pesadilla, que afecta de manera descarada al buenazo de Pechuga de Pollo Mutante, je, je.


Bastó simplemente con que Pechuga lo mencionara, para que la hecatombe tuviera lugar…

Pechuguita de Pollo Mutante, con su nuevo papi adoptivo,
La Hamburguesa Gigante del Maxi Burger de Fat City, Illinois.



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Muñecos de Peluche.

Un nuevo relato perturbador que se estrena en el día de hoy en Escritos de Pesadilla. 


Vlatko reía de manera estrepitosa. Entrechocaba las palmas de las manos hasta experimentar cierto daño por el ímpetu con el que lo hacía. Se le esparcía la saliva por las comisuras de los labios, salpicando las inmediaciones donde se hallaba situado sentado sobre la enorme banqueta de caoba, en un razonable estado pútrido por el tiempo que esta había permanecido enterrada entre la inmundicia del vertedero ubicado en las afueras de la barriada.
Se llevó el anteojo de cristal fino ante el párpado entreabierto, mientras con el pulgar de la mano contraria hurgaba en la cavidad donde hacía años que había perdido su otro ojo. Su visión reducida pudo apreciar mejor cuanto se le ofrecía delante de sus propias narices con la ayuda de la lente.
¡Venga, Gordito! ¡Quiero ver cómo das unas cuantas volteretas sobre ti mismo! – ordenó, ufano.
Ensanchó su sonrisa, remarcando con ello los mofletes.
Vio a Gordito acercarse a la deteriorada colchoneta. Murmuraba cosas ininteligibles. Giró su cabeza.
¡Te estoy diciendo que hagas cabriolas, haragán! – insistió Vlatko, haciendo restallar un látigo sobre la cabezuela de Gordito.
Entre sollozos, este empezó a darse la vuelta sobre sí mismo. Le costaba hacerlo. Semejante inutilidad conseguía concitar risitas burlonas de Vlakto.
¡No sirves para nada, Gordito!
Dirigió el látigo hacia el trasero rosado rematado con la cola enroscada porcina, consiguiendo que Gordito se incorporara de pie, para emprender la huída hacia la esquina contraria.
¡Ja, ja! ¡Gordito, el Marrano! Cuando quieres, eres ágil – bramó Vlatko.
Desde las penumbras se percibían más sollozos.
Vlatko maniobró sobre la banqueta, buscando la linterna. La encendió, enfocando a los compañeros de Gordito, el Cerdito.
Bernardo, el conejo, estaba medio escondido debajo de una estantería. Paula, la Rata, se hallaba abrazada a Pedrito, el Pollo, consolándose de su desdicha en un silencio ignominioso. En el lado contrario estaba María, la Gata Negra, y un poco más apartado del resto, David, el Osito.
Vlatko se deleitaba contemplando los ojos vidriosos y llorosos de aquellas criaturas silenciosas.
Se incorporó, agitando la cola del látigo contra la tarima desencajada y suelta del suelo. Conforme se aproximaba a la puerta, los seres más cercanos huyeron para evitar estar al alcance del lacerante daño que podía infligirles.
– ¿De qué huís? ¡Ja, ja! Yo nunca maltrataría a unas cosas tan preciosas y adorables como lo son mis peluches.
Hizo girar la llave en la cerradura. Estaba de buen humor.  Salió de la estancia, dejando encerradas a sus creaciones.
En los postes de las farolas y en las paredes de las calles había pasquines denunciando la alarmante desaparición de niños de entre seis y nueve años en las últimas semanas.
Vlatko hizo caso omiso de los carteles. Estuvo recorriendo callejuelas sombrías, sucias e inmundas, poco transitadas por gente que tuviera algo de sentido común. En un momento dado encontró una taberna donde tan sólo se atrevía a reunirse la gente de mala fama. Estuvo un buen rato bebiendo vino de baja calidad. Cuando iba por el quinto vaso, invitó a un extraño. Este aceptó casi a regañadientes. Vlatko pidió al tabernero una botella entera para ambos. Cuando el contenido de la misma estaba casi en los estómagos de los dos, Vlatko sonrió cansinamente a su interlocutor.
– Tengo algo que podría interesarle – le dijo.
– Lo dudo, amigo.
– Dispongo de una colección de peluches de lo más llamativo.
– ¿Para qué habría de interesarme sus muñecos, eh?
– Son muy especiales, ya le digo.
Aquel desconocido estaba igual de achispado que Vlatko, y llevado por el buen humor que implicaba el excesivo consumo de alcohol ya acumulado en el organismo, finalmente aceptó acompañarle hasta su casa.
Tardaron casi tres cuartos de hora. Vlatko se equivocó en una bifurcación, para luego atinar con la entrada a su discreto hogar. Su nuevo amigo entró sin demora, esperanzado en que aquel fuese un anfitrión de lo más generoso, brindándole la oportunidad de poder beber algo más antes de tenderse en cualquier tipo de lecho que se le ofreciera.
– ¡Venga por aquí, muchacho! Antes de tomar otro trago, quiero enseñarle mi colección de peluches – insistió Vlatko.
Se dirigieron hacia la puerta del sótano. Estaba cerrada bajo llave. El dueño de la casa insertó en el ojo de la cerradura la llave, cediéndole el paso.
– Mire, amigo mío. Son unos muñecos y unas muñecas de primer nivel. Puede quedarse con el que más le guste de todo el conjunto.
El acompañante encogió la cabeza entre los hombros y dio un par de pasos al frente. Percibió el chasquido del interruptor de una linterna al ser encendida. El haz de luz amarillenta procedente desde el umbral de la entrada expandida por Vlatko le iluminó parte de la estancia.
Al principio no quiso creer lo que se le ofrecía a los ojos. Tenía que ser el efecto ya devastador de la bebida ingerida en las dos últimas horas.
¡Chicas, Chicos! ¡Tenéis una visita! ¡Demostrad lo simpáticos que podéis llegar a ser cuando queréis! ¡Moveros un poco! – dijo en voz alta Vlatko, agitando la linterna, poniendo al descubierto cada uno de los peluches guardados en aquella estancia húmeda e insalubre.
El visitante vio los ojos espantados de los chiquillos. Cada uno estaba disfrazado, o bien de pollo, o de gata, o de cerdito, o de conejo, o de rata o de osito. Los rostros de los infelices estaban teñidos de sangre reseca, con los labios cosidos con hilo de cocina para que no pudieran emitir ni media palabra de súplica.
– Los niños. Usted es el secuestrador de los niños – dijo el visitante, volviéndose cara a Vlatko.
Este enarcó las cejas, extrañado por la afirmación de aquel hombre.
– En absoluto. Estos son mis muñecos de peluche.
Los gemidos, lloriqueos y suspiros de aquellas criaturas le llegaron al alma, haciendo que se compadeciese por su desdicha.
– ¡Miserable! ¡Están aterrorizados! ¡Vestidos así, y maltratados! – le reprochó.
Vlatko forcejeó contra el extraño. Rodaron ambos por el suelo. En un momento dado alzó la linterna, impactándola contra la frente del hombre. Repitió el gesto las veces necesarias hasta dejarlo inconsciente. Aprovechó la ocasión para ahogarlo con sus manos ceñidas en torno a su estrecha garganta, hasta robarle el último de los alientos.
Azorado y extenuado por el esfuerzo, se acomodó sentado sobre el frío suelo.
Al fondo de la habitación estaban apiñadas sus creaciones.
Exhaló un suspiro, forzando una media sonrisa.
– ¡Este bellaco no os ha valorado en vuestra justa medida! ¡Luego nos desharemos de él! Ahora necesitamos descansar.
Vlatko apagó la luz de la linterna, sumiéndose en un reparador sueño.
Su fallo fue no acordarse de la puerta abierta. En silencio, los desventurados niños fueron abandonando aquel terrible lugar.
Unas horas más tarde, cuando Vlatko fue despertado por los puntapiés de dos policías, abrió los ojos de forma desmesurada, buscando sus añorados peluches.
¡Mis criaturas de trapo! – bramó, conforme era esposado y trasladado al furgón policial.
Fue vituperado por el vecindario al ser conocedor de las tropelías cometidas en aquella casa inmunda.
– Ha matado a un hombre – afirmó una mujer en la panadería cercana.
– Eso no es lo peor – matizó un hombre bien vestido. – Es el responsable de la desaparición de los niños.
– ¡Qué espanto! ¡Pobrecillos! – se lamentó la panadera.
– Afortunadamente están todos vivos. Aunque hubiera sido preferible lo contrario. El muy demente los quiso convertir en muñecos de peluche. Les cosió la boca a todos ellos y los disfrazó de animales, con el agravante de haberles prendido la ropa con pegamento directamente sobre la piel, de tal manera que pudieran permanecer vestidos siempre de esa forma – informó el mismo caballero.
¡Mis peluches! ¿Dónde están? ¡Los necesito para divertirme!
” ¡Para azuzarles con el látigo! ¡Para partirme de risa con sus tropiezos y caídas! – gritaba Vlatko día y noche en la celda de su prisión.
Con los nudillos en sangre viva, fue dibujando las fisonomías de aquellos muñecos sobre las paredes de su encierro. Al lado de cada silueta mal perfilada, los nombres de sus víctimas:
Lucas Gordito, el Cerdito.
Paula, la linda Ratita.
Pedrito, el Pollito.
David, el Osito.
María, la Gata Negra.
Bernardo, el Conejo.


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¡EPIDEMIA ZOMBI EN ESCRITOS DE PESADILLA!

Es un día apocalíptico para la administración de Escritos. El virus creador de zombis se ha infiltrado entre los recios muros del castillo y se ha apoderado de todos nosotros durante 24 horas. El caso es que al día siguiente, ninguno de los afectados conseguíamos recordar lo sucedido mientras fuimos fugazmente convertidos en temibles muertos vivientes. Para nuestro deshonor, varios de nuestros seguidores más fieles tomaron unas fotos bochornosas con sus móviles de nueva generación, dejándonos casi con el culete al aire. Sin más, procedemos con las imágenes de la vergüenza…

Foto 1. Pechuga de Pollo Mutante. En ella se aprecia su cariño hacia los niños pequeños.

Foto 2. Mi sobrinete Gurmesindo en su visita dominical al abuelico, je, je.

Foto 3. Bogus Bogus y Harry viendo “Matrix” en versión 3D, con el agente Smith de turno.

Foto 4. Un servidor, Robert “El Maléfico”, en una demostración de protesta por la problemática a la hora de poder conseguir un simple pisito de soltero en los tiempos actuales de bajos sueldos.


Foto 5. Croqueta Andarina, osasunista de pura cepa, demostrando su desilusión por el enésimo fracaso del club en el fichaje de un delantero centro goleador. El pan nuestro de todos los años…

Foto 6. El que mejor se comportó de todos nosotros: Dominique demostrándole todo su amor a la niña del “Exorcista”, con un detallazo en forma de anillo bañado en oro de cinco euros adquirido en la tienda china de la esquina.



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Ilustración Terrorífica basada en los Amigos Invisibles de la infancia…

En este caso, la ilustración y su consiguiente humor malsano es de lo más tétrico. ¿Pues qué se esperaban? Estamos en un blog donde prolifera el terror. Donde la mente del autor del mismo persigue los fantasmas que atormentaron a Poe y a Lovecraft antes de su decadencia física final como meros seres mortales…


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¡Mis Zombis se quedan sin el paro! ¡No queda más remedio que recurrir a la "Operación Mofeta"!

(Basado en Hechos Reales. Se advierte de la dureza de las imágenes expuestas a continuación.)


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Héroe efímero.

Nuevamente recupero otro relato semi desconocido para el gran público lector de Escritos de Pesadilla. He corregido algunas frases. También comunicar que llevo cinco días con serios problemas con la línea adsl de internet, lo que me ha imposibilitado actualizar el blog. También este contratiempo me ha quitado ganas de concentrarme en la elaboración de nuevos escritos. Esperemos que este desequilibrio de la gran y fastuosa red comunicativa que tan barata nos resulta en España
(JA JA JA) quede pronto subsanado, y pueda así editar relatos terroríficos de nuevo cuño. 


Estacionó el coche a una manzana de la casa residencial de tejado de teja de pizarra y de una sola planta baja con el correspondiente sótano. Abrió la tapa de la guantera y recogió la beretta con silenciador incorporado. Hacía calor. Pleno mes de agosto. Las moscas se colaban por la ventanilla bajada del conductor. Aún así se colocó el chaleco antibalas de kevlar. Encima del mismo la chaqueta del traje que en su número de talla no concordaba con la del pantalón. Era un número superior. Más amplitud para disimular el uso de la prenda defensiva. Respiró hondo, levantó el cristal de la ventanilla, salió del vehículo y cerró la puerta sin colocar el seguro ni insertar la llave en la cerradura. Dio la vuelta y se aseguró que el resto de las puertas estaban abiertas. Las necesitaba así. Cabía la posibilidad de que las cosas no salieran tan fáciles como pudiera preverse en principio.
Se tocó el flequillo de la frente y con pasos furtivos se acercó a la casa. Esta estaba rodeada por un seto descuidado. Medio agachado, vislumbró la entrada. Como siempre, su objetivo tenía el hábito de dejar la puerta entreabierta. Se ve que tenía tanta confianza en sí mismo, que actuaba como un hospitalario lugareño que confiaba en su vecindario, sin temer que alguien pudiera colarse en su casa.
“Paletos”, pensó para sí mismo.
Comprobó que su arma llevaba el seguro quitado. Medio encorvado, prefirió rodear la casa por el flanco izquierdo. Se acercó a una de las ventanas que daban al interior de la cocina. Desde dentro llegaba música procedente de una radio de pilas. Era una canción de country. Una versión muy mala. Le sonaba pero no conseguía ubicarla con el cantante original. Continuó avanzando en paralelo a la pared hasta doblar la esquina. En la parte trasera el jardín parecía un erial. No había casi ni una brizna sana. Se veía tierra reseca y hierbajos amarillentos. Se fijó en seis o siete ruedas usadas de coche amontonadas donde se suponía que estaba enterrada por lo menos una de las víctimas. Podría tratarse de la última, pues lo vio cavando un hoyo profundo hace treinta horas. El resto de los cuerpos debían de estar enterrados en el sótano. Llegaría un momento que ya no le cabrían más, y había decidido a arriesgarse utilizando el jardín trasero como fosa común. Puto emulador de John Wayne Gacy…
Conforme a lo esperado, el portón exterior del sótano sí que estaba asegurado por un candado. Imposible adentrarse por ahí. No le quedaba más remedio que infiltrarse en la condenada casa. Cerca de la parte trasera estaba la puerta de la cocina. Estaba sin asegurar. Era inexplicable. ¿Pero acaso la actitud de los perturbados se derivaba hacia la lógica más elemental?
Entre la tensión que soportaba y el calor que hacía, estaba sudando de manera copiosa. El chaleco le molestaba sobremanera. Si lo llegaba a saber, no se lo hubiera puesto. No era previsible que aquel lunático tuviera el valor de dispararle, aunque… Confiarse podía conducirle a la ruina. Y lo que el no estaba dispuesto era a formar parte del abono orgánico de la parte trasera de ese jardín inmundo del tal Leonard Brecevic.
Con natural sigilo se aventuró a través de la jamba de la puerta de la cocina. Como era de esperar, la estancia era de lo más insalubre. Basura por doquier, platos amontonados en la pila del fregadero con los restos de la comida de varios días. El hedor era insoportable. Parecía no emanar precisamente de ese lugar en concreto. Vio una mancha rojiza y semiborrosa cerca del frigorífico. No hacía falta utilizar el luminol para destacar que eso era una mancha de sangre reseca por el paso del tiempo. Conforme pisaba el linóleo cuarteado del suelo, se percibía el sonido de las zonas abombadas.
La música que emitía la radio procedía de una zona interior de la residencia. Probablemente de algún salón. Pero en sí no era primordial saber del lugar de procedencia de la música de marras. Precisaba dar con la puerta que llevaba directamente al sótano. Y a ser posible, ahí es dónde estaría la bestia humana.
No tardó en dar con la puerta. Estaba ubicada justo a la izquierda de la entrada a la cocina por el pasillo principal de la casa.
El filo de la puerta no estaba encajado contra el marco. Antes de bajar, echó un vistazo por las demás habitaciones. No encontró a nadie. Ni siquiera en el diminuto comedor, de donde averiguó que procedía la música emitida por la radio portátil. Todo estaba mugriento y abandonado. Más propio de una persona aquejada del síndrome de Diógenes.
Retornó a la puerta semiabierta del sótano. La fue abriendo de manera muy precavida. Abajo todo permanecía en oscuras. Aún así pudo notar la fetidez y un movimiento cansino de cadenas al entrechocar de sus eslabones.
La víctima más reciente de Leonard.
La última por lo que a él respectaba.
Llevaba una diminuta linterna halógena. Apuntó hacia el suelo, y las paredes. Vio los primeros escalones y una barandilla metálica en el lado derecho.
Empezó a bajar con la linterna entre los dientes y con la pistola preparada para su uso infalible.
Cuando llevaba descendiendo los cuatro primeros escalones, la persona encadenada debió de notar de alguna forma su presencia, porque empezó a forcejear con las cadenas. Aunque también podía ser la señal de que Leonard andaba oculto ahí abajo.
Entonces…
cabrón… pagarás por todo esto… me has destrozado la vida… mereces morir…
Era la voz de Leonard.
Se le aceleró el pulso. Sujetó con más firmeza la beretta. Fue descendiendo más escalones. El halo de luz débil emitida por su linterna, en un giro de cabeza, enfocó a una persona encadenada por las muñecas y los tobillos a la pared del fondo del sótano. Llevaba colocada una capucha de tela de saco sobre la cabeza, ceñida al cuello por una cuerda atada. Era un hombre. Estaba en ropa interior y descalzo.
Este notó la luz a través de la tela del saco y empezó a agitarse con desesperación. Murmullos ininteligibles brotaban de su boca, que denotaban que estaba amordazado.
También Leonard notó la luz de su linterna.
no… ¿quién eres? ¿vienes a por mí, o a por él?
Casi se le cayó la linterna de entre los dientes. Enfocó hacia donde le llegaba la voz.
Ahí estaba. Acurrucado en un rincón. Estaba igualmente vestido sólo con ropa interior. Tenía los brazos surcados de arañazos y los largos cabellos lacios y apelmazados sobre su frente, casi ocultándole el rostro enjuto.
– Se acabó la diversión, Leonard.
no… no puede terminarse… tengo que hacerlo…
– ¿Hacer qué, Leonard?
primero no me llames así… no vuelvas a mencionar ese nombre… es asqueroso, asqueroso, asqueroso…
Fue bajando otro tramo de escalones, sin dejar de enfocar a Leonard. Empuñó su arma. El psicópata se había incorporado de pie. Dios, era un esqueleto andante. ¿Cómo aquel alfeñique podía habérselas arreglado con sus víctimas de constitución superior a la suya?
– Dime, ¿qué demonios te queda por hacer antes de que te arreste?
eres policía… esa es la mejor noticia que podía esperar oír…
– No lo soy. Soy un caza recompensas. Voy en busca de presos que quebrantan la libertad condicional. Por una casualidad he descubierto que aquí vive un psicópata. Un asesino en serie.
cierto… por eso tengo que hacerlo…
– Continua.
matarlo… podemos hacerlo entre los dos…
– Cabrón- no se pudo contener más y le disparó de lleno en la frente.
El cuerpo de Leonard Brecevic se desplomó sobre el suelo de hormigón, con los sesos desparramados y pegoteados contra la pared situada detrás.
Con la firme convicción de que Leonard estaba muerto, guardó el arma en la sobaquera. Agarró la linterna con la mano derecha y se dirigió hacia la última víctima desgraciada del asesino.
Esta estaba completamente inmovilizada por las cadenas. Le desató la cuerda que le ceñía la capucha. Afortunadamente el nudo no era firme. Le quitó la capucha. Era un hombre con la cabeza afeitada. También era de complexión delgada. Tenía los ojos abiertos como platos. Estaba deseando que se le quitara la mordaza. Así hizo.
– La llave de los cierres… La dejó encima de la mesa de herramientas. Está a su izquierda – le dijo en un anhelo suplicante aquel pobre hombre.
Buscó con la linterna y no tardó nada en encontrar una llave. Uno a uno fue abriéndole los cierres hasta liberarlo.
– Joder, de buenas te he librado, amigo.
– gracias… gracias… le debo la vida… tenía entre ceja y ceja matarme.
– Estoy buscando a un fugitivo que anda por este estado. Conforme investigaba su paradero, por cosas del destino descubrí a ese hijo de puta enterrando un cuerpo hace semana y media.
– es usted tan eficiente, agente…
– Soy un caza recompensas, mejor dicho.
“Ahora salgamos de aquí. Le llevaré al hospital más cercano, y de ahí a la comisaría para declarar ante el sheriff.
– si… mejor salgamos… quiero subir esas dichosas escaleras de una vez…
– Le iluminaré el camino. ¿Ya podrá ascender por ahí? ¿No estará demasiado débil?
– Jesús, estoy en los huesos…
Había que subir las escaleras.
Todo había acabado bien. En un momento le ofrecía la espalda.
Fueron cinco segundos.
Los suficientes para darse de cuenta que perdía el conocimiento por el brutal impacto de una barra metálica contra su nuca…
– chico malo… – dijo aquel hombre recién liberado de las cadenas. 
Portaba la barra entre ambas manos. Sonrió con malicia. 
– Te doy las gracias por haber intervenido, señor agente. Aquel tonto se me escapó y me había puesto las cadenas que tanto adoro… Pero una cosa es usarla con mis mascotas, y otra cosa es probarlas uno mismo…
“quería matarme… no le gustaba cómo le trataba…
“en fin… vamos a quitarte esa ropa tan pesada y a ponerte las cadenas…
“eres muy robusto… tengo que evitar cometer el mismo fallo contigo…
“porque estoy seguro que si te sueltas, querrás hacerme picadillo.


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Recuperación de un clásico de Escritos de Pesadilla: El Enanito de Jardín.

Vincent acudió a la caseta del vigilante del vertedero. Cargaba con un bulto considerable introducido en un saco de arpillera.
– ¿Qué demonios has encontrado que sea de tu interés esta vez? – se interesó Cassius, enfocándole con la linterna.
– Es una figura de jardín. Y está entera.
Lo depositó en el suelo y le quitó de encima la tela del saco.
– Joder, qué feo – exclamó el vigilante.
Era un enano deforme. Su rostro era terrible. Como si hubiera sido de cera y por la cercanía a una fuente de calor estuvieran fuera de sitio los rasgos faciales. Un ojo caía un centímetro del otro en la imperfección de la simetría más lógica. La nariz estaba retorcida y aplanada. La boca colgaba de medio lado. Y de las dos orejas, le faltaba una.
– No es un actor de cine. Es una figura decorativa para el jardín. Me viene de perlas. Con esta pinta, asustará a los críos del vecindario y ya no se me colarán para hacer gamberradas con las flores – declaró Vincent.
– Bueno, allá tú. Me están entrando escalofríos a mí de solo verlo – Cassius apartó el haz de luz de la linterna.
La escultura era horrenda de récord guiness.



Vincent situó el enanito justo entre las flores. Los crisantemos, los tulipanes y las rosas se lo iban a agradecer. De hecho pasaba el hijo del vecino, de siete años y al ver la figura, echó a correr por la acera hasta refugiarse en su casa.
– Así da gusto ver tu efectividad, je, je. Te voy a llamar Mr. Scary. Sigue espantándomelos. No quiero que ninguno pise ni una brizna de la hierba de mi jardín – dijo Vincent, pasándole la mano por encima de la cabeza.
Esa misma noche durmió de manera muy relajada.
En los días venideros sus flores continuaban ofreciendo el aspecto agradable del día anterior. No se apreciaban pisadas de los niños sinvergüenzas que solían entrar para jugar al fútbol cuando el no estaba presente en casa.
Entonces fue cuando desapareció el hijo de los Garrinsons. Tenía ocho años. Vincent estaba espantado al igual que el resto del vecindario. Una cosa es que no le cayeran los pequeños en gracia, y otra que pudiera haber un secuestrador merodeando por la zona residencial de Greenleaves.
La policía del condado hizo preguntas a todos los residentes y poco pudo sacar en claro.
Lo peor vino a los pocos días.
El hijo pequeño de los Huggins, Teddy, de seis años, había desaparecido del mismo modo que el primero.
Vincent empezaba a mostrarse muy nervioso.
Eso llamó la atención de la policía.
Cuando menos se lo esperaba, acudieron a su casa con una orden de registro.
No encontraron nada que pudiera incriminarle, hasta que un agente se fijó en la figura ubicada entre las flores.
– ¿Qué coño es eso? – preguntó el agente Jones.
– Un enanito de jardín. Se llama Scary. Lo puse para que los críos del vecindario dejasen de tocar las plantas – le aclaró Vincent.
El aspecto de Vincent era deprimente. Llevaba una semana y media sin haberse lavado, sus ojeras eran muy pronunciadas y estaba vestido con una simple bata. También llevaba cierto tiempo sin haber acudido al trabajo y estaba al borde del despido.
El agente revisó la figura más de cerca. Pudo percatarse que estaba situada sobre un montón de tierra recién removida y aplanada.
– Joder. Hay que cavar aquí – ordenó a sus hombres.
Media hora más tarde, el jardín bien cuidado de Vincent quedó convertido en la escena del crimen. Fue precintado. Acudió el médico forense de la policía para identificar los restos depositados debajo de la figura del enanito de jardín.
Vincent estaba aterrorizado.
¡Él no los había asesinado!
Había sido Scary.
El enanito que impedía que los niños le destrozaran las flores con sus gamberradas.
Los agentes tuvieron que esposarle y alejarle del lugar en un coche patrulla por motivos de seguridad del propio inculpado.
Era una localidad pequeña. La voz había corrido de casa en casa y los vecinos estaban indignados. Si no se lo llevaban, tendrían que protegerlo allí mismo de un intento de linchamiento popular.

Un año más tarde Vincent Stew fue condenado a la pena capital por el secuestro y posterior asesinato de dos niños de Greenleaves.

Mientras, el enanito de jardín estaba depositado de nuevo en alguna parte del vertedero cercano.
La mueca de su boca sonreía con malicia.
Él siempre había sido así.


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En aras de la locura.

Bueno, ahora recupero un relato “oldie” de Escritos de Pesadilla. Pertinentemente revisado y mejorado en algunos de sus párrafos. Espero que lo disfruten con fruición, ja ja.


Localidad: Spring Hill
Estado…: Nueva York
Fecha… ¿acaso importaba?
Donald Rice permutó de canal al comprobar con desazón como la CBS difundía un documental insufrible relacionado con el viaje de placer que realizaba el Primer Ministro británico por la costa Este del país. El televisor de marca alemana “Schoden”, obediente cual can cobrador de pura raza, trastocó su pantalla, ofreciendo a continuación un partido de béisbol perteneciente a una de las ligas menores, retransmitido por un canal regional desconocido que carecía de logotipo sobre impresionado en una de las esquinas. Don frunció el ceño en un gesto característico de su repertorio de televidente adicto, aprobándolo. Se rebulló en las blanduras de su sofá de ante. Antes de que pudiera adquirir la postura más cómoda tuvo que levantarse apresuradamente al cerciorarse que el nivel del volumen no respondía proporcionándole el orgasmo de decibelios adecuado para el momento y el carácter del evento que presenciaba. Para saciar esa sed de kilohercios giró por completo el botón del volumen, alzando el sonido hasta que no pudiera dar más de si.
“Así es como me gusta que suene “- asintió para sus adentros mientras retrocedía y se asentaba en medio del sofá.
La voz chillona y desgañitante del comentarista, aliñado con el ulular de las gargantas del público asistente que llenaba el pequeño estadio al completo, inundó el interior del salón. Esta situación de cacofonía le hacía experimentar la sensación de estar viviendo el transcurrir del partido in situ, acomodado en una de las localidades del segundo anfiteatro de la grada oeste del Omni Stadium de los “Sonics” de Westbury, Long Island. Naturalmente, todo era cuestión de gustos privados, ya que el restante porcentaje del noventa por ciento del vecindario no opinaba bajo la misma perspectiva en lo referente al alboroto emergente de la caja de su “Schoden”, siendo el más recalcitrante en sus reivindicaciones quejosas el vecino que residía en el piso superior.
Donald apenas reparó en el ruido tenaz e insistente expresado bajo el percutir del palo de una escoba que tenía lugar justo encima del techo de la sala. Al rato el palo avivó el ritmo de su golpeteo, imprimiendo mayor contundencia en la reclamación de sus ideales sigilosos en el fin de semana presente, hasta que la presión ejercida fue tal, que no tardó ni un suspiro en partirse por la mitad.
– ¡CEERRDOOO…! – lloriqueó el vecino, desesperado.
Donald no le concedió mayor importancia al suceso ya que el loable vecinito tendía al hábito de dejarse llevar por la histeria al no ver colmados sus deseos, aunque nunca llegase al extremo de denunciarle. La razón de este hecho: era un socio honorífico de la grey del travestí redomado. Ejercía una doble vida. De día era el becario de rizos rubios del bufete de abogados Carruthers que le caía sumamente atractivo a la casera. De noche su perfil correspondía al de “Magnolia Steel” que volvía loca perdida a la asistencia gay del Pub “Cuernos Rotos”. Donald era el único testigo del barrio que estaba al tanto de sus salidas noctámbulas. Si a esa cosita encantadora tan irrisoria se le ocurriera un día presentar una denuncia por abuso desorbitado de decibelios, el bueno de “Machaca Tontos” Rice le daría una buena tunda con un bate de béisbol, y acto seguido lo arrastraría con los pies encadenados al parachoques trasero de su Mustang 78 por cada una de las calles medianamente pavimentadas del South Manchuria, proclamando a los cuatro vientos la segunda personalidad reprimida del decente del inquilino del segundo A del número 23 de la calle Harum. Ante esta cruda realidad, el vecino solía optar por recurrir a la única salida que le quedaba. Hacer las maletas y marcharse del apartamento con viento fresco, refugiándose sin duda en uno de los niditos del amor de “Mamaíta Pelo en Pecho”. Y por el repercutir del atronador portazo que percibió al temblar parte del techo y con ello la base de unión de la lámpara araña, hoy no iba a constituir una excepción.
Esbozó una sonrisa triunfante, centrándose de nuevo en las incidencias del partido. Los “Sonics” de Westbury iban venciendo de forma aplastante a los “Basureros” de Kingston, Ontario,  por cuatro carreras a una en la sexta entrada. Eso le hacía ser feliz como unas pascuas. El solo hecho de poder contemplar a los francófonos canadienses doblando la rodilla ante el imperio de la comida rápida equivalía a estar flotando entre nubecillas celestiales.
– Venga, venga… Dadles hasta en el carné de conducir.
Al evocar su sufrida infancia siempre salía a relucir la saga de sus deseos de haber consolidado una fama deportiva mundial, cimentados en la emulación activa de sus ídolos de las ligas profesionales, lo cual de por sí quedó desde el inicio de su nacimiento constreñido por una utopía frustrante: disponía de una pierna risiblemente más corta que la otra. A pesar de los ímprobos esfuerzos que derrochó el doctor Willis Appleeater intentando redimirle de su deficiencia física, transformándole en un chico apto para la vida normal, era completamente inútil para la práctica de cualquier actividad que conllevase un esfuerzo físico más allá de regar las magnolias del jardín de su casita en Spring Hill, y por tanto el mundo deportivo le sería un coto privado.
– Como no se dedique a los campeonatos regionales de ajedrez o damas… – le dijo el doctor a su padre en un murmullo seco, cuarenta y cinco años atrás.
Pero ese pasaje de su vida ya quedaba olvidado. Pertenecía al apático pasado. Ya que no podía jugar a su deporte favorito, se contentaría con ver todos los partidos que emitiesen cada uno de los distintos canales de televisión. Al igual que cualquier otro americano medio, disponía de una batería de emisoras a cantidades industriales, muchos de ellos de eminente carácter deportivo. Pero muchacho, si jugaban los “Yankees” de Nueva York y coincidía con otro encuentro… Sobraban los comentarios. Sin palabras. No había color.

“SEÑORAS Y SEÑORES. “MARAVILLAS” BRUCE HA BATEADO TAL COMO INDICA SU PROPIO APELATIVO, LOGRANDO UN MEMORABLE HOME RUN. GRACIAS A ELLO, DOS CARRERAS MÁS SE SUMAN AL MARCADOR PARTICULAR DE LOS “BASUREROS” DE KINGSTON, YA QUE TENÍAN LA PRIMERA BASE OCUPADA.” – rugía el comentarista.

La gente congregada en el estadio coreaba al unísono con evidente desagrado una palabra finalizada en “-vil”, la cual Donald no acertaba a poder conjeturar el completo significado final de la misma. El barullo era tan ensordecedor. Caótico. Impetuosamente apocalíptico.
– Diantres… Ya sólo pierden de uno – recapacitó, cariacontecido.
En ese preciso instante de tensión sonó el cascajo que tenía por timbre en la puerta principal.
– Bah, ya se irá… No puedo perderme esta entrada.
Sin embargo quedaba claro que el visitante inoportuno no iba a claudicar a las primeras de cambio, pues continuó presionando el pulsador del timbre con una inusitada insistencia.
Donald refunfuñó entre dientes, levantándose de una manera descafeinada del sofá. Redujo el volumen del televisor, dirigiéndose con cierta reticencia hacia el vestíbulo. El cascajo reincidió en su sonoridad, e irritado por la cabezonería del visitante, abrió la puerta.
En el exterior del umbral le aguardaba un hombrecillo de apenas 160 cm de estatura, entrado en años y en carnes, demostrando el esplendor adiposo de su barrigota atiborrada, gafas de alta graduación y una bien cuidada cabellera castaña oscura peinada tirantemente hacia atrás. Lucía un traje de color azul marino de amplia botonadura central, en contraposición con el calzado de unas zapatillas deportivas blancas. No aparentaba ser el cargante vendedor ambulante de “Network Software” al carecer del consabido maletín que contendría un amplio muestrario de revistas especializadas en la informática.
Donald le escudriñó varias veces con la vista. Tampoco aparentaba ser un ladrón revienta pisos, y mucho menos se asemejaba a un vagabundo solicitando su ración diaria de Chivas Regal.
– Bueno, ¿qué es lo que desea? – rompió el hielo Donald.
– Permita que primero me presente, señor…- dio un paso atrás, fijándose en el letrerito de plata de la puerta. – … señor Rice. Soy el Hermano Tallanger. William Tallanger.
Donald volvió la cabeza en un vaivén durante un instante. Podía oírse muy baja la voz emocionada del comentarista deportivo.
– ¿Y qué es lo que le trae por aquí a una hora tan desapacible, señor Tallanger? En estos momentos estoy muy ocupado.
– Lo lamento… Pero concédame la oportunidad de entrar en su bendito lar – cuando dejó resbalar esta frase, ya estaba dentro de sus dominios.
– ¡Oiga! – protestó Donald. – Sepa que está invadiendo una propiedad privada. Yo no le he dado mi permiso.
– No se preocupe por ello, señor Rice. Como verá, no soy ningún vampiro para precisar de su invitación. Umm… Ahí está la sala de estar, ¿verdad? – preguntó señalando a la estancia situada a mano derecha.
– Si, y por si es ajeno a mi desagrado, me está fastidiando el seguimiento de la evolución de un reñidísimo partido de béisbol que está afrontando su recta final – Donald aglutinó los brazos en cruz encima de su pecho.
– ¿De veras? – respondió con irrelevancia el señor Tallanger, entrando en la sala.
Lo primero que vio fue el obsoleto aparato de televisión. Se dirigió hacia donde estaba emplazado con la presteza de una lagartija, y cuando en ese momento los “Basureros” perdían por seis a cinco carreras, lo apagó.
– Pero… Pero… ¿QUIÉN SE CREE QUE ES? – aulló Donald encolerizado. Rodeó la mesa central, dispuesto a encenderlo al instante. Entonces sintió la opresión de una mano menuda pero dotada de una portentosa fuerza que se lo impidió.
– Vengo a hablarle de algo mucho más importante que un insulso y anodino partido de béisbol – repuso William Tallanger en un tono monocorde.
Donald se liberó del apretón de la mano, alejándose medio metro del hombrecillo.
– ¿Si…? Espero que no se esté refiriendo a su faceta sexual y pretenda reclutar…
– Oh. Qué impertinencia más difamatoria está usted insinuando – le cortó William. – Pero sentémonos para departir con mayor comodidad.
El hombre de pequeña talla tomó asiento en el butacón situado frente al televisor, mientras Donald lo hacía a regañadientes en el centro del sofá.
– ¿Es usted una persona atea? – se interesó William con espontaneidad.
Donald se quedó de una pieza. Ese tipejo era un apestoso predicador a domicilio de una de esas sectas existentes netamente para embaucar a los jovenzuelos inmaduros y a los que destilaban una pinta de bobo elevado al cubo.
– Se puede saber la razón por la que le importa si soy ateo o no lo soy.
– Hombre, señor Rice. Si usted es… ateo, aún le quedaría un asidero de salvación al cual aferrarse.
– Je, je.
– ¿Eso responde afirmativamente a mi pregunta? – William se rascó una de sus pobladas cejas.
– Un rábano – farfulló Donald.
– Entonces llego a la conclusión descorazonadora de que usted profesa alguna clase de religión.
– No soy practicante de ninguna en especial. Simplemente un espantador de moscas cojoneras – respondió con segundas.
– Sin lugar a ningún tipo de duda, usted no cree en nada de índole espiritual ni en ninguna deidad. En absolutamente nada. Por lo tanto, usted es ATEO.
– Soy agnóstico.
– No tiene que sentirse incomodado ante ello, señor mío. Usted no cree en nada, y yo le ofrezco a cambio de su bendita incredulidad la capacidad de beber de las fuentes de lo verdadero. ¡Afuera los dioses vacuos que inundan las estanterías de los hogares americanos! ¡Fuera las burdas imitaciones! FUERA LO IRREAL – William se sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta para secarse el sudor que perlaba su frente.
– Váyase al grano de una vez. ¿De qué secta es usted? ¿De los Hijos de Cristo Rey? ¿Del Templo de la Última Salvación? ¿Del Hare Krishna? – lo miró con desprecio, para soltarle por último con cierto sarcasmo: – ¿De los Ángeles del Infierno? ¿De cuál de todas ellas?
– Yo no me asiento en ninguna creencia minoritaria impía. Lo que yo difundo es un sentimiento verdadero. El dogma alumbrante y más arcano que la primera exhalación de un ser vivo en plena creación del mundo tal como ahora lo conocemos. Ni más ni menos.
– Bien, pero eso que usted predica tendrá algún nombre, ¿no? – Donald, sabedor de que ya iba a perderse la resolución del partido de béisbol, iba sintiendo una pizca de curiosidad mundana.
– Satanismo – respondió William como quien afirmaba que se es asistente social.
Donald se puso de pie como si el mismo demonio le hubiese pinchado en las nalgas con el tridente.
El crucifijo invertido de oro puro colgaba oscilante debajo del corbatín del predicador. William se aflojó el nudo y se levantó el cuello de la camisa, mostrándole el beso de Satán tatuado sobre su clavícula derecha. Era como una de esas antiguas vacunas que se empleaban en la segunda guerra mundial, arrancando una sección de tejido: arrugado, de tono cobrizo.
Donald montó en cólera.
– ¿Cómo? ¿Me está queriendo inculcar una religión nefanda, oscura y perdida? ¿Anhela acaso que pueda caer por un día siquiera en los ardides de Lucifer? ¿Eso es lo que usted considera por el súmmum de la salvación verdadera? Está loco. Cojones, si eso es la destrucción personificada.
William ocultó el crucifijo satánico debajo de la corbata. Las sombras perpetuas se adueñaron de su rostro.
– No me es preciso ver más. Usted no me ha sido sincero. Es mas, me ha mentido con ruindad – guiñó un ojo con desdén. Fue entonces cuando Donald apreció que el otro ojo era una mera canica de cristal: ciego como los ojos de mil muertos… – Usted es católico, sin duda. No, no me mienta por segunda vez en menos de cinco minutos. Usted venera a esa… “deidad”.
– Prefiero creer tibiamente en eso que usted denomina como si fuera una puñetera marca de cerveza barata, antes que en ese cabronzuelo de Satanás – los ojos abultados de Donald denotaban al mismo tiempo ira y miedo.
William le acompañó también de pie. Miró brevemente a través de la ventana, expresando sus nuevas sensaciones en voz alta:
– Sepa usted que ya no le queda ni la opción más remota de redención terrenal.
Donald mentó a la madre del hombrecillo e intentó aferrarle por las solapas de la chaqueta de su traje con visos de echarle de su piso a puntapiés. William se le revolvió con la destreza de un gato, sacando a relucir una pistola de la parte trasera del cinturón de su pantalón.
– Oiga. ¿No irá a…? Nooo. Le oirá todo el vecindario – señaló Donald, con los nervios caldosos. Su prominente nuez subía y bajaba por su garganta como si fuese un ascensor descontrolado.
William se limitó a endurecer más el semblante.
– Señor Rice, no me sea ingenuo. El arma lleva acoplado el silenciador – respondió secamente. Inclinó en un sesgo el brazo que portaba la pistola y apuntó en primer lugar a la zona de las partes íntimas de su anfitrión. – De momento le voy a dejar impotente, señor Rice.
Apretó el gatillo.
Se escuchó un “flop” rasgado. Acto seguido Donald recondujo las manos hacia su ingle. Manaba sangre, muchísima sangre de entre los dedos apretados de las manos. Se le mancharon los pantalones con el orín escarlata.
Maldito-hijo-de-perraaaa… – masculló, resoplando de dolor.
– Esas serán las últimas palabras que pronuncien sus labios – sentenció William Tallanger.
Para corroborarlo, apuntó al parietal derecho de su víctima, descargándole tres balas en la cabeza.
Donald cayó desplomado sobre la moqueta del suelo. Su último gesto fue morderse la punta de la lengua hasta casi seccionarla.
– Otro creyente menos – William se guardó la pistola detrás de la chaqueta. Entonces absorbió las ondas que invadían su cerebro puro. Eran las órdenes de su Gran Hermano Negro.

“Enciende el televisor, Bill. Pon el volumen a tope. Que se crean que se han abierto las verjas del infierno. Así no repararán en el cuerpo hasta bien entrada la noche.” – le habló el Gran Hermano Negro dentro de su mente.

– Si. Si. Así se hará. Loado seas, Sepulcro de Carne Corrompida. Bendito seas, Gran Hermano Negro.
Encendió la televisión, subiendo el sonido todo lo alto que le permitía el ancestral aparato de fabricación alemana. En la pantalla combada y ovalada surgieron las imágenes difusas del comentarista entrevistando a “Heaven” Parkson sobre su actuación personal y de los “Sonics” de Westbury (Long Island) en conjunto. El periodista solicitó reiteradamente a los cazadores de autógrafos que le dejasen cumplir con su labor para la cadena de las Negras Escrituras.
– Estoy seguro de que esa alma perdida será atea.
“Los deportistas, por regla general, sólo rinden pleitesía al dinero.
“Ben le reconvertirá más adelante, cuando desconecten con el estadio – murmuró William para sí mismo.
El comentarista deportivo no era otro que Ben “Rostro Sombrío” Lockhart.
Una cadenilla colgaba de su cuello sudoroso, y de esa custodia de eslabones de oro, un crucifijo invertido de marfil se reía del mundo entero…


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Inductores de la maldad.

Aquellas dos figuras se mostraron ante los habitantes de aquella localidad en semejanza y parecido a ellos.

Desde el primer momento, murmuraciones sin sentido surgieron conforme intentaban implicarse en la vida diaria del lugar elegido por un designio superior a sus verdaderos anhelos de antaño.
Ambos fueron estigmatizados por los lugareños. Las burlas soterradas dejaron de ser tan evidentes hasta resurgir con breve pero infausta brutalidad.
Una noche, cuando estos dos seres se hallaban en un intervalo distendido en un local de ocio, donde se prodigaba la bebida, el juego y la lascivia, tratando de asumir como la raza humana volvía a tropezar en la misma piedra un millar de veces, siglo tras siglo de existencia, sin esforzarse en enderezar su rumbo desorientado por la estela de la  estrella equivocada y moribunda de una enana blanca, fueron apuntados por los cañones de diversos revólveres.
Forzados a salir del salón, iluminados por antorchas, aquellos hombres despiadados armados hasta los dientes les conminaron por la fuerza a desprenderse de sus ropas. Vieron como un enorme puchero de alquitrán había sido retirado del fuego de una hoguera formada en el centro de la calle principal del pueblo. Frases soeces, risas procaces, surgieron de las gargantas ebrias conforme inmovilizaron a los dos recién llegados con recias cuerdas alrededor de las muñecas y los tobillos. Acallaron las posibles súplicas de la pareja con trapos sucios a modo de mordaza. Sin mayor dilación, con los dos cuerpos tendidos sobre el polvoriento suelo, los fueron cubriendo con el alquitrán, embardunando su piel hasta conseguir ennegrecer sus anatomías por completo. Carcajadas insanas, deseos infames, insultos improcedentes llegados de la inmensa mayoría de los residentes del pueblo se fueron diseminando en las cercanías de los dos infortunados. No solo los brutos formaban parte del salvajismo primigenio inherente a la conciencia humana. También se sumaban las mujeres, los niños, los ancianos.
Sin duda, tiempos difíciles en esa tierra de promisión que debiera de ser bendita por su juventud, pero cuyos colonizadores estaban mancillándola con su condición de usurpadores sin escrúpulos, arrebatándosela a las ancestrales tribus nativas amerindias, esquilmando sus riquezas y exterminando su medio de alimentación más natural como lo era la de su sagrada caza de bisontes.
Asentamientos creados desde la nada por el hombre blanco como ese insignificante pueblo, donde se estaba acometiendo una horrible tortura en contra de los dos forasteros de procedencia desconocida.
Al amparo de la displicencia de la máxima autoridad defensora de la supuesta aplicación de la ley, la turba recubrió los cuerpos doloridos, maltrechos y humillados con plumas de gallina. Satisfechos con la lección dada a sendos infelices, quien nadie había invitado a formar parte de la comunidad, montaron sus cuerpos en una carreta, decididos a llevarlos a una distancia considerable para dejarles claro el mensaje que su presencia allí no era grata.
La carreta fue alejándose entre los vítores de la mayoría.
Acabada la diversión, el grupo se disgregó.
Los restos de la hoguera fueron perdiendo viveza e intensidad, hasta sumir la calle en la penumbra inherente a la noche avanzada.
Los rescoldos chispearon. Una ráfaga de aire disipó el humo.
En la lejanía emergió un estruendoso trueno.
El horizonte estaba despejado, con ausencia de cualquier fisonomía en forma de nube que pudiera implicar la llegada de una repentina tormenta.
Decenas de rayos iluminaron el cielo con intermitencia.
Poco más tarde de su partida, no se habría superado ni la media hora, la carreta retornó. Llegó sin conductor, con el caballo desbocado y nervioso. El alboroto que armó consiguió que varios de los vaqueros presentes en la taberna salieran al porche. El animal recorrió la calle del pueblo hasta finalmente detenerse, cayendo fulminado. Sus relinchos finales helaron la sangre de quienes pudieron presenciar su muerte.
Llevados por la intriga y la curiosidad, una buena representación de la localidad rodeó el carro. En el interior del cuerpo de la carga figuraba un cadáver despedazado, con las entrañas extraídas y dispuestas sobre las tablas de la carreta. Los restos de la ropa desgarrada pertenecían al voluntario que había insistido en conducir la carreta hasta unas treinta millas de distancia, donde dejaría abandonados los cuerpos emplumados de los dos forasteros.
El nerviosismo se asentó entre los habitantes de la pequeña población.
En la bóveda celeste un trueno destacó sonoramente, hasta resultar ensordecedor para sus simples oídos.
En ese instante, uno de los ayudantes del comisario advirtió a los presentes de la aproximación de la silueta de dos personas hacia la entrada sur.
Todos concentraron su mirada en la llegada de las figuras.
La no muy distante lejanía era acortada, tanto por sus pasos, que eran firmes, como por sus zancadas, que eran largas.
Con horror se pudo comprobar que eran los dos forasteros torturados y humillados por el castigo del alquitrán y de las plumas.
Una voz ronca y desafiante llegó procedente desde los labios de uno de ellos.
– Sois obra de un ser supremo. Fuisteis creados por sus manos. Desgraciadamente, proseguís en el empeño de contradecirle. Esta persistencia vuestra nos favorece. Os habéis demostrado, como seres descarriados que sois, que os corresponde ocupar un sitio en el Abismo.
En aquel momento, los dos desconocidos se mostraron como Representantes Celestiales Caídos. Dos emisarios enviados en búsqueda de Almas Condenadas al Castigo Eterno.
Al alcanzar el centro del pueblo, las plumas que los cubrían se disolvieron y la capa de alquitrán que los envolvía se escurrió hasta desaparecer en el polvo del camino. Sus ojos abultados enfurecidos y llameantes fueron carbonizando a las personas más cercanas. Sus lenguas enormes viperinas diseminaron gotas de ácido sobre el siguiente grupo. Los hombres armados se resguardaron detrás de barriles, carretas, columnas de los porches, en el interior de la taberna, disparando sin parar a los cuerpos de esos dos seres demoníacos.
Las entidades infernales rieron con agrado. Las balas rebotaban en sus pechos acorazados recubiertos de pinchos. De la nada hicieron surgir lanzas y flechas flamígeras, apuntando con pleno acierto en quienes intentaban detener su marcha.
Llegado este punto, las dos figuras eran dos colosos ígneos. La fuerza de sus pisadas hizo temblar la tierra. Las débiles estructuras de las casas y resto de edificios colapsaron, sepultando a quienes se habían mantenido refugiados bajo sus techos.
Los embajadores de Lucifer  incrementaban su poderío con cada muerte. De cada fallecido la esencia incorpórea de su alma fue engullida por las fauces de los demonios.
No se tuvo piedad con ninguno de los habitantes de la nefanda población.
Varones, mujeres, ancianos, niños, inválidos.
Todos fueron masacrados en pocos minutos, el pueblo fue arrasado y borrado del mapa.
Cuando cumplieron con su cometido, se alejaron de las ruinas de lo que había sido un simple tosco esbozo de la brillante Gomorra antes de haber recibido el castigo divino por sus innumerables pecados.


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