La balada del cuatrero muerto.

Cometí un error fatal por el cual fui ajusticiado en público.

Colgado de una soga, la marabunta exigía el tributo por una decena de muertes sin sentido.
Yo era un forajido cualquiera.
La época de mi juventud fue muy difícil de vivir.
La Guerra de la Secesión dejó sus secuelas.
Si querías vivir de la rapiña, no había problema,
siempre y cuando no mataras en el empeño.
Yo era rápido de gatillo.
El dedo ligero lo tenía.
Si en los bancos los cajeros no andaban muy listos en mis demandas,
sus sesos quedaban desparramados por el suelo.
Si los tenderos no cumplían con mis requerimientos,
yo iba a ser el último cliente de sus establecimientos.
Disponía de mujer joven y de dos hijos varones muy pequeños.
Cuando fui detenido y expuesto ante un juicio público,
nada sabían de mi postrera sentencia a la pena capital.
Tras pender dos días de la rama de un olmo,
fui descendido a los infiernos.
Se informó a mi familia de mi innoble existencia como cuatrero.
Según tengo entendido, las lágrimas inundaron las magras tierras que poseo.
Al poco estas fueron expropiadas para satisfacer a los seres más cercanos de mis víctimas.
Alma, Cleg y Michael quedaron en la más extrema pobreza.
Por algún motivo que no comprendo,
mi cuerpo en avanzado estado de descomposición resucitó de entre los muertos.
Abandoné una fosa anónima, en la tierra destinada a los seres más abyectos.
Me incorporé sobre mis miembros inferiores, percibiendo un pálpito que me instaba a buscar a los componentes de mi linaje.
Estuve recorriendo millas de caminos inhóspitos de tierra reseca.
Cuando llegué a la comarca de mis ancestros, pude verificar que en esos escasos acres ya no residían mis seres queridos.
Las tierras fueron vendidas a gente extraña.
Ni siquiera eran nativas.
Hablaban en un idioma desconocido para mí. Seguramente procedentes del  extranjero.
Daba igual.
Mis movimientos eran lentos, pero aún así conservaba buen pulso.
Acabé con la vida de uno de los empleados de la finca y me hice con su escopeta.
Acto seguido, llevado por la furia de la venganza, asalté la que fuera mi casa, embardunándola de sangre fresca y sabrosa.
Al mismo tiempo, un impulso irrefrenable mi hizo alimentarme de la carne de los seres fallecidos esparcidos por los suelos de la hacienda.
Antes de que amaneciera, hice lo posible por ocultarme en una arboleda cercana.
En todo ese rato me invadió el sueño.
Tuve una ensoñación enfermiza donde vi los cadáveres de mis víctimas en mi anterior trayectoria como forajido.
Finalmente me espabilé cuando surgió mi mujer.
Mi querida Alma.
Sus preciosos labios carnosos me susurraron al oído que yo estaba muerto, y que era inútil que intentara encontrar su paradero.
Cuando despegué los párpados, había anochecido nuevamente.
Continué vagando errabundo.
Mis deseos eran reencontrarme con Alma y los chicos.
Nada me detendría en mí caminar errático.
Pasaron varias noches, donde mi hambre fue saciada.
En una casa, antes de devorar el corazón de uno de sus moradores, pude reconocer en las facciones de aquel hombre las correspondientes al agente de la autoridad que consiguió mi detención.
Su rostro petrificado por la visión de mi cuerpo resucitado tuvo la entereza suficiente de rogar por su supervivencia.
Me contó  que Alma y los pequeños vivían en una choza no muy lejos de su hacienda.
No perdoné su vida. Extraje sus entrañas, al igual  que las vísceras de su esposa y de su hermosa hija adolescente, devorándolas con fruición.
Estuve vagando la madrugada, animado ante la perspectiva de reencontrarme con mi mujer y con los mocosos.
Al rato, pude divisar la residencia actual de Alma.
Era una pocilga mísera y deplorable.
Mi ira se acrecentó. Tuve que controlarme. Afortunadamente estaba saciado, así que procedí a dirigirme hasta el umbral de la entrada a aquel deprimente cuchitril.
La puerta estaba sin asegurar.
Avancé sin demora. Estaba cerca de abrazar y de besar a mi bendita esposa y a mis inocentes hijos.
¡Alma! ¡Estoy de vuelta! – quise gritar llevado por la alegría.
¡Cleg! ¡Michael! ¡Vuestro padre ha vuelto! – estuve por anunciarles mi llegada.
Cual fue mi horror al descubrir sus cuerpos fríos y medio devorados.
Otro resucitado impulsado por el ansia de la carne fresca humana había asaltado la casa para cebarse en ellos.
Permanecí el resto de la noche velando sus cadáveres.
Quise llorar.
Me fue imposible.
Mis sentimientos habían desaparecido para siempre.
Desde ese instante, mi único anhelo fue alimentarme de la carne de los vivos.
Nunca iba a parar de hacerlo.
Me movía sin descanso, mascullando palabras inconexas.
Cada vez me era más difícil  manejar la escopeta.
De mi anatomía emanaba un olor nauseabundo.
Perdía porciones de piel, de cabellos y las uñas eran arrancadas con un simple tirón.
La noche en esa breve época fue mi protectora.
A ella me debía.
La zona fue poblándose de gente resucitada.
El Ejército de  la Unión se encargó de aniquilarlos con el empleo del fuego, la única manera de conducirlos a la paz eterna.
Finalmente me llegó el turno.
Conforme me consumía entre las llamas, lloré por última vez por mi Alma, Cleg y Michael.
El resto de los muertos causados por mi violencia irracional en la vida normal como mero bandido no me causaba ningún cargo de conciencia.
Mucho menos los fallecidos durante mi frenético estado de resucitado por la gracia divina de Dios o la intervención maldita del Diablo.


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No liberes mi alma (Espíritus Inmundos 3ª Trama).

En esta ocasión recupero el relato “No liberes mi alma (vida perdida)”. Al igual que los dos anteriores, revisado y ligeramente retocado en algún párrafo. Lo publico ya formando parte de los episodios de posesión diabólica de la saga Espíritus Inmundos. Independiente en argumento como las dos historias que le preceden. Que lo pasen mal leyéndolo, je, je.

Gotas persistentes y funestas en una noche lóbrega y oscura. Sería un genial comienzo para una novela barata de pesadilla de pulp fiction. Pero para Bernie Lavarez aquello era relativo: le importaba un comino la repercusión mediática del inicio. Lo que le afectaba era que aquella introducción narrativa implicaba actualmente a su vida. Parte de su destino discurría por aquella carretera rural casi sin asfaltar. Flanqueada por arboledas interminables y de copas altas y tupidas, cubriendo la distancia hasta su nuevo punto de destino en su todoterreno Jumper. Las luces de niebla hacían renacer la VIDA delante del morro de su vehículo.
Bernie tenía sintonizada en la radio una emisora local que no hacía más que emitir música de los cincuenta. Antiguallas como la fútil existencia misma de esa región miserable y deprimida, donde la mera presencia de un forastero era considerada aún un peligro latente proveniente de otro mundo lejano. La Guerra de los Mundos. Una creación magistral de H.G. Wells, narrada bajo la voz persuasiva y convincente de Orson Wells. 
Demonio de sitio para ir a vender seguros de vida, de vivienda y de tierras a los lugareños.
La vida se le iba de las manos. Le dominaba la rutina. La falta de miras mayores. Sólo su estúpida labia le libraba de tener que mendigar al ejército de salvación. Las millas pasaban bajo el chasis. Dios, aún le quedaban casi treinta más hasta Grand Pipeline. Menudo nombrecito para un poblacho de paletos dientes largos. Comedores de maíz a todas horas. Con sus cabellos rubios pajizos y su hablar desganado y por momentos ininteligible. Coño, su jefe le decía que nunca vendería gran cosa si se dejaba dominar por prejuicios. Pero jefe, con mi labia puedo venderle un seguro hasta a Satanás. El anticristo, joder… Para cuando aquellos pueblerinos estuviesen algo más espabilados, y supiesen qué diantres habían suscrito, la tierra ya ni existiría. Seguro que habría sido ya devastada por el meteorito de las narices que venían anunciando los del National Geographic. 
Y para entonces, él ya estaría…
… estaría en Babia como ahora, dejándose sorprender por algo emergiendo del lado derecho de la carretera, algo que se dejó arrastrar bajo el parachoques del descomunal Jumper, de su chasis y del eje trasero hasta quedar paralizado e inerte detrás del rastro del vehículo. Bernie maldijo su suerte, echando espumarajos por la boca. 
Puta criatura de las narices
Por el tamaño del impacto y del rebote de las suspensiones aquello debía de tratarse de un coyote o algo similar que anduviese a cuatro patas. Frenó en seco dejando el Jumper paralizado en medio de la carretera, ligeramente escorado hacia el margen derecho. Las escobillas despejaban el parabrisas del intenso aguacero que estaba cayendo en ese instante. Bernie aporreó el volante fuera de sí. Tendría que salir a evaluar los daños y comprobar qué clase de bicho le había jodido la noche. Abrió la guantera para recoger la linterna halógena, echó para atrás el respaldo del asiento del acompañante para hacerse con el impermeable amarillo fosforescente y una vez puesto, salió del Jumper. Se dirigió hacia la parte delantera e iluminó con el haz de la linterna el parachoques. 
JODER. JODER. Puto coyote o mierda de animalejo que seas. Ahí te pudras de por vida… 
Tenía el lado derecho abollado por el impacto y parte del parachoques levantado. Ese era su sino. Su puta VIDA. Siempre llena de imprevistos y de consecuencias similares. Desde luego que al nacer, no fue bendecido convenientemente. El cura estaría saturado de alcohol de 36 grados o con una fiebre palúdica. 
Desvió la luz de su linterna y se encaminó hacia el cuerpo del animal… Estaba a diez metros escasos… Y desde los cinco metros pudo percatarse ya de que ese puto animal no era ningún puto animal. 
Era una persona. O mejor dicho, el cuerpo hecho guiñapos de una persona. Dios, el peso del Jumper lo había reventado por completo. Y aquello que segundos antes albergase Vida, se trataba de la fisonomía de una muchacha joven y desnutrida. 
Bernie transformó su arrebato de ira en un descontrolado nerviosismo, propio de alguien que acababa de llevarse por delante a una excursionista que había elegido una nefasta noche de perros para ir vagando por el bosque. Iluminó levemente los retazos de la figura femenina caída, y sin más se puso extremadamente enfermo. Sintió una arcada emocional que emergía de su estómago y le subía por el esófago hacia la boca. Iba a echarse a un lado para vomitar su exceso de ansiedad, cuando vio otra figura ubicada cerca del Jumper.
Nooo… Nooo…
Era un hombre alto, vestido de negro: pantalones de agua, chubasquero y sombrero de ala ancha. Tenía una edad indeterminada.
-Yo… Lo siento… Lamento mucho lo que ha pasado… La chica ha salido corriendo desde los matorrales del margen derecho de la carretera y no me ha dado tiempo de frenar con la debida antelación… Ha sido un terrible accidente del todo involuntario…- balbuceó Bernie, avanzando paso a paso hacia aquel hombre.
Sería su padre lo más probable. Dios, y pensar que él era un agente de seguros de vida.
El hombre permanecía entre las sombras. Quieto. Erguido. Con la mirada clavada en Bernie.
-Ya sé que no es el momento ni la situación más indicada para comentarlo, pero tengo un seguro a todo riesgo… Dentro de lo que cabe, espero poder resarcirle la pérdida de su familiar. Porque es su hija, ¿verdad?
El hombre le miró con mucha calma. Eso le extrañó sobremanera a Bernie. No era nada normal comportarse así si alguien te acababa de atropellar mortalmente a tu hija…
Vida por vida – dijo al fin aquel hombre.
Bernie se acercó un poco más. ¿Qué diablos había murmurado?
-Esto… ¿Le importaría repetir lo que ha dicho? Entre la fuerza de la lluvia y que me ha cogido de improviso, no le he entendido bien.
Bernie se situó casi de frente. Desvió el haz de la linterna hacia el suelo en perpendicular para no cegarlo, iluminando su rostro de manera indirecta.
Aquel hombre estaba más pálido que la muerta. Y su cabeza… Su cabeza giraba sobre sí misma, retorciéndose cada definición de su semblante de manera compulsiva como si tuviera un ataque epiléptico. Una cabeza con infinitas facciones, mutando como la plastilina bajo el manejo de mil dedos.
Vida por vida…
“Bernie Lavarez te llamas… Ella se llamaba Amanda Itts… Tenía 19 años… Un cuerpo y una edad perfecta para albergarme. Su morada era mi casa. Su ser era mi esencia. Su vida era la mía. Y ahora que acabas de echarme de mi recipiente, te reclamo a ti, Bernie Lavarez, como lugar de reposo…
Bernie estaba paralizado. Los ojos negros del hombre eran dos enormes carbones encajados en las cuencas. Y su mente… Aquello le estaba usurpando el control de su propia conciencia.
Soy Malaquías. Y traigo conmigo a otros siete caídos. Todos juntos viviremos dentro de ti. Formando parte de tu propia vida.
“Pues Cristo nos odia, y nosotros aborrecemos a las criaturas de Cristo. La manera de encorajinar a Cristo, es tomar posesión de los cuerpos que Cristo ama, corrompiéndolos hasta el fin de sus vidas. Vidas como la de Amanda. Existencia como la tuya propia.
“Te enloqueceremos por disfrute. Te haremos enfermar. Conseguiremos que seas el oyente de nuestras propias voces en el interior de tu deteriorada mente. Dominaremos tu patética personalidad a nuestro antojo. Y lo bueno, es que ni tú, ni Cristo puede impedirlo. Pues si de un cuerpo se nos echa, a otro nos trasladamos.

El cuerpo de la muchacha… Quedó abandonado en la carretera… Bernie Lavarez pensaba en ello de vez en cuando conforme conducía bajo la cacofonía de la lluvia. Cuando lo hacía, las voces le dominaban. Le hacían de seguir conduciendo.
Que no pensara más en Amanda.
Que siguiera adelante…
Que continuara con su propia VIDA.
“Tu vida es nuestra. Eres un campo fértil, y todo lo que coseches a partir de ahora, nos pertenece…”
“No pienses en morir… Pues ya estás muerto… En cuerpo, espíritu y alma.”


Bernie continuó conduciendo bajo la lluvia. Ajeno a este mundo. Perdido en las tinieblas…


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El Arcángel Caído (Espíritus Inmundos 2ª Trama).

Vista la petición de los lectores, procedo a reeditar la publicación de la segunda trama de Espíritus Inmundos. Nuevo título, texto ligeramente revisado y completamente independiente del anterior. Espero que esta segunda oportunidad que se le brinda desde Escritos tenga la misma aceptación que su primera parte.


– Está dentro – se lo indicó con un gesto de la mano libre. La otra empuñaba una beretta con un silenciador acoplado a su cañón.
– Vale. Entramos a saco y nos lo cargamos – susurró su compañero.
Ambos llevaban protección ligera en los codos y chaleco antibalas kevlar. Uno de los dos se situó frente a la puerta de madera de entrada a la habitación número 23 del motel de carretera “Teodoro´s”. No tendrían testigos que les molestara. Eran pasadas las tres de la madrugada, el resto del motel estaba vacío tras la comprobación pertinente en el registro de la recepción y el dueño estaba criando malvas detrás del mostrador con dos balas en el pecho. Ni siquiera se presentaron ante él. Simplemente entraron por el vestíbulo y se lo cargaron. Lo mismo que iban a hacer ahora con ese desgraciado que le debía veinte de los grandes a su jefe.
Uno de ellos le pegó una patada contundente a la puerta con la bota derecha. Estaba la madera tan envejecida que casi se partió en dos por los cuarterones centrales. El interior estaba a oscuras. Esa situación era previsible. Ambos se colocaron las gafas de visión nocturna y se pusieron a escudriñar desde el quicio. Las ventanas de la habitación estaban cerradas, las persianas bajadas y las cortinas echadas. En un extremo había una vieja televisión con el mando a distancia tirado sobre el suelo. La pantalla estaba encendida y emitía la señal de estática de un canal inexistente. La cama estaba en el lado contrario. Se veían las sábanas movidas por las prisas del que abandonaba su lecho al prever una visita no deseada.
– Nos esperaba – se dijo el uno al otro en voz baja.
– Calla.
Entraron con precaución en la estancia. Uno cubriendo el lado contrario del otro. Eran dos profesionales. Sabían lo que se hacían. El más cercano a la televisión optó por apagarla. Quedaba por registrar el baño. La diminuta habitación no daba para más.
– Tiene que estar allí adentro.
– Si.
– Ya me adelanto yo. Tú cúbreme por si acaso. Puede que vaya armado.
– Estate tranquilo.
Uno de los dos se dirigió hacia la puerta del baño. Estaba encajada en el marco. El pomo se ofrecía como señuelo, pero pensaba abrirla del mismo modo que hicieron con la puerta de entrada al nº 23. Adoptó la postura de asalto cuando la luz de la habitación fue encendida sin previo aviso. Al llevar puesta la visión nocturna, se quedaron medio cegados.
– Coño… Qué…
– No pierdas la concentración…
– Cómo lo ha hecho… Joder, hay que quitarse la visión nocturna. No veo una mierda.
Cuando lo hizo pudo ver que la puerta del baño se abría hacia adentro y su compañero fue forzado a entrar en su interior por una fuerza desconocida.
– Dios… No… NOOO.
Desde el centro de la habitación percibió un crujido de huesos y el ruido característico de un cuerpo que se desplomaba sobre el suelo. Se puso nervioso. Aquello no estaba saliendo según lo planificado. Había una baja. Y aún estaba por cargarse al tipejo que adeudaba el dinero al jefazo.
Entonces la luz de la habitación se apagó de nuevo.
– Mierda.
Se colocó de manera precipitada la visión nocturna. La luz del baño fue encendida, expeliendo su haz sobre la cabecera de la cama desarreglada.
Se pasó la mano libre por la frente sudorosa.
Miraba fijamente el vano de la puerta desde donde surgía el chorro de luz.
– ¡Cabrón! Es tu fin. Pagarás por la deuda y por lo que acabas de hacerle a Gregori- bramó con ganas de descargarle el cargador entero a ese bastardo con mayúsculas.
Entonces le llegó la risa.
Una risotada conocida.
Eran las carcajadas de su compañero.
Eso le hizo detenerse en su avance.
No podía ser posible.
Estaba claro que aquel cabrón acababa de liquidar a su colega.
Pero…
Las risas continuaron.
Cada vez más notorias.
Hasta rozar el escándalo.
Sin previo aviso, Gregori se asomó en la jamba de la puerta del baño con un semblante desquiciado y le apuntó con su arma directamente hacia el entrecejo.
– No.
Apretó el gatillo y le acertó de lleno, haciéndole caer fulminado sobre la alfombra deshilachada colocada en el suelo. La beretta y las gafas quedaron desperdigadas a escasos centímetros de su cadáver.
Gregori se detuvo en sus risas. Dejó caer su arma a un lado. Seguidamente se derrumbó igual de muerto que su compañero. Por algo tenía el cuello abierto por la garganta con la pechera del chaleco antibalas empapada de sangre.
La luz de la habitación cobró vida otra vez. Del cuarto de baño surgió la persona a quien buscaban. Era un hombre de treinta años. Estatura media. Rostro anodino. Cabellos cortos rubios. Estaba vestido de calle. Se acercó a los dos cadáveres para contemplarlos de cerca. La garra de su brazo derecho recuperó la forma original de una mano humana. Esbozó una sonrisa diabólica. Estaba feliz con su cuerpo. Estaba en un estado muy saludable. Y ahora que se había librado de la amenaza que había acechado a su ocupante anterior, podría vivir tranquilo.
Se sentó en el borde de la cama. Respiró profundamente.
Esos dos matones.
Podría revivirlos si quisiera.
Convertirlos en parte de su defensa personal.
Desechó tal idea.
Era correr un riesgo innecesario.
Aparte de que su poder era absoluto.
Ningún ser humano podría echarle de ese cuerpo.
Bueno. Siempre y cuando no fuese un jodido exorcista de la iglesia católica de Roma.
Pero en fin. Procuraría no llamar demasiado la atención. Él era muy diferente a los lacayos de Lucifer, que se conformaban con invadir un cuerpo para su simple deleite basado en la tortura física y espiritual. En cambio, al tratarse de un arcángel caído, la ocupación de un cuerpo humano representaba dominarlo con cierta naturalidad externa para convivir entre los demás humanos, camuflado entre ellos sin dejar de propagar dolor y desesperación. Era otra manera de ofender a Dios.
Recogió todo lo imprescindible, se deshizo a su manera de los restos de los dos cadáveres, tomó prestado su vehículo y emprendió camino hacia el otro extremo de la costa oeste de los Estados Unidos. Así evitaría posibles represalias de los secuaces del mafioso que había encargado la muerte del dueño original del cuerpo que ahora él poseía en su totalidad.
No lo hacía por precaución.
Simplemente era que no le apetecía ir aniquilando vidas ajenas con demasiada asiduidad.
Era un ser poderoso.
Matar ratas era una labor de los seres inferiores.
Mientras conducía, su mente se puso a pensar en diversidad de lenguas vivas y muertas.
El motel fue quedando atrás.
En la lejanía.
Pasado un tiempo dejó de formar parte de los recuerdos de aquel cuerpo.
Pues su dueño actual daba preferencia a las reminiscencias arcanas de su mente milenaria.
Una mente que formó parte inicial del coro de ángeles de Dios Todopoderoso antes de sumirse en un estado de rebelión que lo sentenció a la expulsión eterna del Paraíso.
Su venganza consistía en rebelarse contra el Juez Supremo que lo condenó a su caída en el averno.
Aquel cuerpo representaba el comienzo.
Uno nuevo.
Con un final distinto a lo escrito en los evangelios.
Así al menos Él lo esperaba.
Siguió conduciendo, ensimismado en sus pensamientos impuros.
Sentirse como un vulgar humano era una sensación excitante.
Pensaba prolongar esa sensación hasta el infinito.
Recreándose en todo aquello que fuese a sacar a Cristo de sus casillas…


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La posesión de Kevin (Espíritus Inmundos 1ª Trama).

Es época navideña. Por tanto corresponde repescar algún relato añejo y poco leído por su antigüedad en el blog, ambientado en estas fechas tan hermosas. Espero que esta vez este relato sea un poco más valorado, pues cuando lo escribí hace uno año y pico, me gustó. Se titula realmente “Espíritus Inmundos. 1ª Trama”. Luego hay un segundo relato con el mismo título y “2ª Trama” como distintivo de la saga.

Kevin Stacey era feliz. Tenía una esposa estupenda y dos hijos maravillosos. Eran la típica familia de clase media americana. Vivían en una barriada donde había de todo, gente obrera, marginada y familias que casi siempre pasaban apuros a finales de mes, que ya era toda una hazaña tal como estaba el país, con el paro en lo alto de la cumbre gracias a los dos mandatos del peor presidente de toda la historia. Kevin y su familia estaban entre los que pasaban apuros para llegar a final de mes, pero aún así su satisfacción era plena. Vivían en un piso de la quinta planta de un edificio de alquiler que pertenecía a un supervisor de origen alemán que tenía en propiedad otras tres edificaciones más a lo largo del barrio. El alquiler era asumible por los dos sueldos que entraban en el hogar. Kevin era vigilante armado de un banco, y su mujer Kelly trabajaba a tiempo parcial de cajera en un supermercado local. Los niños estudiaban en una escuela pública, y de vez en cuando contrataban los servicios de una canguro para pasar los dos un rato junto a solas en el cine o en un restaurante que fuera asumible para su economía de gastos mensuales. Y una vez al año, pues Kevin no podía permitirse unas vacaciones normales, disfrutaban de una semana de asueto en visitas a parques nacionales o de acampada en tienda de campaña con los vecinos del segundo, un matrimonio sin hijos y con el cual guardaban una gran amistad.
Así era Kevin. Así era su familia.

Un año, en plenas navidades, con la ciudad cubierta de nieve, Kevin regresaba del largo turno diurno a casa. Habían sido doce horas, de ocho a ocho de la tarde. Estaba cansado, con ganas de pillar una buena ducha, vestirse algo cómodo, cenar con los suyos, tumbarse sobre el sofá y ver algo en la televisión antes de irse a la cama, que mañana tendría que volver a la custodia del banco. Realmente, el espíritu de la navidad estaba muy arraigado en la familia, aunque Kevin y Kelly no fuesen especialmente ni muy devotos ni practicantes de la religión católica a la que por tradición pertenecían. La asumían con la alegría de ver lo bien que se lo pasaban Ted y Nataly, quienes a sus cinco y ocho años respectivos, vivían la llegada de Santa Claus con la típica ilusión que se tenía a esas edades. Esa tarde en que volvía a casa hacía bastante frío, sobre los dos bajo cero, pero lo llamativo para Kevin fue la sensación de que hacía mucho más dentro de su propio piso. Al abrir la puerta notó un cambio drástico de temperatura y conforme avanzaba por el recibidor, el frío era más acusado. Tocó el radiador más cercano para ver si acaso había vuelto a fallar el sistema de calefacción central del edificio, pero este estaba funcionando correctamente, notando la calidez bajo la palma de la mano. Era extraño. Aventuró que a lo mejor Kelly había abierto las ventanas para airear algo el piso antes de que él llegara, pero no encontró ninguna de las hojas de las ventanas subidas. Y lo más llamativo. No encontró a nadie de su familia.
Registró todo el piso. Las dependencias estaban en un estado de normalidad, y la mesa del comedor estaba preparada para empezar la cena. Entró en la cocina y vio la comida sobre el mostrador recién hecha y dispuesta para llevarla a la mesa. 
Pero Kelly
– Kelly – la llamó
ni Ted
– Teddy
ni Nataly
– Nataly
Ninguno de los tres salió a la llamada de sus nombres, pues todos estaban ausentes.
Kevin se empezó a poner nervioso. Su trabajo consistía en mantener en lo posible la compostura bajo presiones extremas al ser el máximo responsable de la seguridad en el banco donde trabajaba. A veces cuando llegaba la crisis como él la llamaba, había que respirar de manera profunda y contar hasta cien antes de perder los nervios y liarse a tiros con el atracador que amenazaba a la cajera con una navaja automática. Claro que en este caso no se trataba del jodido dinero del banco, o de la vida de una extraña que simplemente se limitaba a saludarle y despedirse de él cuando entraba y salía de su turno de trabajo en el banco. Se trataba de su mujer y de sus dos hijos.
Era su propia sangre la que estaba en juego.
Tenía que averiguar lo antes posible qué demonios les había pasado. No encontró signos de resistencia. Todo estaba en orden. No faltaba nada. No había sangre por ningún lado. Se dejó caer de rodillas, desesperado, y juntó ambas manos. Quiso rezar una plegaria:
– dios mío, por favor no me hagas esto…
Estuvo sesenta segundos sin reaccionar, hasta que decidió que lo mejor era ya llamar a la policía. Fue hacia la mesita del corredor principal donde estaba ubicado el teléfono inalámbrico insertado en su cargador. Antes de llegar vio como la mesa se tambaleó un poco y el teléfono salió volando de su cargador para impactar sobre su cabeza contra la pared hasta quedar del todo inservible para su uso. Kevin miró en derredor suya. No vio nada. Estaba solo, pero algo había cogido el teléfono y se lo había lanzado a la cabeza. Entonces escuchó una serie de sonidos procedente de la cocina. Fue corriendo. Al quedarse en el quicio pudo ver que toda la comida con la vajilla y la cubertería estaban tiradas y diseminadas sobre el suelo. La luz del techo chispeó un par de veces y se apagó. La sensación de frío era ya terrible. El aliento cobraba formas arbitrarias conforme respiraba cada vez más aceleradamente. Salió de nuevo al pasillo principal y desde la entrada al salón vio avanzar una figura oscura. Estaba situada a gatas y parecía una sombra en un antinatural relieve. Se le fue acercando gateando a trancas y barrancas. Un gruñido hosco surgía de su garganta.
Kevin – le siseó la criatura.
Kevin lo veía llegar con el espanto de quien ve un hecho de difícil explicación. Eso no podía estar sucediendo. No en su propia casa.
La sombra se le acercó por completo y alzó su rostro.
Kevin sintió una fuerte convulsión antes de perder el conocimiento y caer al suelo.

– Papá…
– ¡Kevin! ¿Estás bien, cariño?
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Estaba rodeado por su familia. El piso estaba nuevamente como debería haber estado desde que entró hacía media hora por su puerta de entrada.
Se puso en pie con la ayuda de Kelly.
– Papá, papá, te has caído y te has hecho daño- se interesó Nataly.
Kevin no dijo ni palabra.
Pasado el susto, se fueron a cenar. Fue una cena muy atípica, donde Kevin no quiso ni hablar media palabra con su familia. Kelly estaba preocupada. Su marido estaba teniendo un comportamiento extraño. Los niños estaban tristes porque su propio padre no les hacía caso, y su madre prefirió llevarlos al cuarto de juegos para que no siguieran viendo el semblante serio y taciturno de Kevin.
Cuando Kelly regresó del cuarto vio como Kevin se disponía a salir de casa.
– ¿Qué haces? ¿Se puede saber qué te ocurre?
Kevin ni se molestó en mirarla. Abrió la puerta y salió. Kelly se situó en el quicio y lo vio dirigirse hacia el ascensor. Estaba indignada.
– ¿A dónde crees que te vas? Contesta. Has fastidiado el día de los niños y piensa que te puedes ir así de rositas, sin dar ni siquiera una sola explicación.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Kevin avanzó dos pasos hacia su interior. Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el ascensor inició su descenso, Kelly cerró la puerta del piso de un fuerte portazo.

El callejón no tenía salida por el fondo. Estaba situado detrás de un restaurante ruso de poca monta y estaba decorado con los contenedores de la basura y algún que otro mueble viejo y abandonado. La nieve lo recubría todo. Solía estar frecuentado por gente sin techo que se refugiaba entre cartones para dormir a la fresca, pero en esos días invernales tan inclementes preferían el subsuelo del metro. Entre dos de los contenedores de basura estaba Kevin. Agazapado, sentado casi sobre sus talones, con los brazos cruzados sobre el pecho. Estaba tiritando. Lo notaba. Pero no podía ejercer dominio sobre su cuerpo. Estaba controlado por otra entidad. La entidad estaba refugiada en su mente. Y le estaba enloqueciendo con sus blasfemias. Y sus risas malignas. Le hablaba por dentro en lenguas extrañas que Kevin no entendía. Y le hacía de adoptar las posturas que él quisiera. Si lo deseaba, le hacía de arañarse su propia cara. O de comerse los mocos. O de hacerse sus necesidades encima.
Kevin no entendía la razón de que aquella entidad hubiera reclamado su cuerpo. Ni comprendía cómo había surgido en el corazón puro de su hogar. Nunca habían tenido interés en temas ocultos, ni habían practicado algún tipo de juego peligroso como el de la ouija. Pero allí estaba. Dentro de su interior. Haciéndole ya la vida imposible. Deseando que morir fuese una solución a sus males. Pues su familia no merecía soportar su sufrimiento incurable.
Tras cinco horas atrapado y constreñido en esa postura, lo que anidaba ahora en su interior le hizo de alzarse. Eran las tres de la madrugada. Enormes copos con la turgencia del algodón caían sobre sus cabellos y los hombros. Fue avanzando en un caminar desigual hacia la otra calle. No se veía a nadie. El frío era intenso. Tenía las manos congeladas. Los pies ya ni los sentía.


Las voces…


Continuó andando un buen trecho por las calles del barrio. En un momento determinado llamó la atención de un agente de policía que estaba resguardado dentro de su coche patrulla.
– ¡Oiga, señor! ¿Está usted bien?- se interesó el policía.
Al ver que no le hacía caso, puso en marcha el vehículo hasta situarse al lado de Kevin. Asomó la cabeza por la ventanilla y lo contempló tal cual era. Se asombró de que aquel hombre no estuviera al borde de la hipotermia. Su estado revestía una gran gravedad. Tenía el rostro surcado de múltiples arañazos y los nudillos de las manos agrietados y sangrantes al igual que las uñas rotas y melladas de restregarlas contra los ladrillos del callejón sin salida.
– Cristo. Te has auto lesionado tú mismo, ¿verdad? ¿Qué te has metido, hijo?
Kevin escuchaba la voz del policía.
Pero por encima de aquella voz sobresalían las voces que le atormentaban en las últimas horas.
Las voces que le habían destruido una vida idílica.
Las voces que le había separado de su familia.
Esas puñeteras voces.
¡Callaos de una puta vez! – gritó Kevin en voz alta, llevándose las manos a los oídos.
Y entonces
– Relájate, chico. Levanta las manos. No hagas nada raro. Si te comportas, te llevaré a que te vea alguien para que te examine – le estaba diciendo el policía.
Entonces la cosa que le dominaba le hizo de revolverse hacia el agente, buscándole el cuello con las manos semicongeladas,
– Qué haces…
haciéndole de apretar y apretar hasta que…
un tiro del arma del policía le dio de lleno en la cabeza y le hizo caer desplomado de espaldas sobre el colchón de nieve.
Kevin miraba hacia el firmamento.
Parecía que estaba formando ángeles en la nieve con los brazos extendidos
– Maldito hijo de puta. Qué coño te has metido, que casi me matas…
ahora descansaba libre de toda presencia enfermiza en su interior
estaba libre
estaba feliz

lo único que lamentaba era que ya nunca más iba a volver a ver a Kelly, Ted y Nataly.


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No minusvaloren al animal que gruñe. (Never underestimate the animal grunts).

 Bueno, aunque maltrecho, Robert “El Maléfico” vuelve, y con un relato algo largo. Lo he escrito en el día, porque ahora dispongo de horas, que hay que alejar la mente de la basura maloliente que prolifera por el planeta tierra, ja ja.
                   

                    15 de abril de 1990


                 07:50 horas.

                – “Aquí Moggie “Faster”, formando parte íntima de vuestra estrepitosa mañanita laboral, desde la Z451 de Glen Cove, Long Island, donde nuestras ondas fluctuantes se extienden por toda la zona septentrional de la bendita Costa Este neoyorquina.  Despiértense y relájense, conduzcan con puñetera mesura los que en estos momentos tengan el agravante de dirigirse a sus puestos de trabajo, y quienes haraganean en casita, ya sea dados de baja por enfermedad venérea o por un accidente profesional como agente secreto de la CIA, o simplemente escaqueándose de la ominosa presencia del jefe por una mañana (que echar una cana al aire cada cien años nunca viene mal), permanezcan atentos a nuestros servicios informativos. Precisamente les recomiendo que presten atención debida al informativo de las ocho de la mañana. Según Molly, hay una noticia tremebunda, que llena de desasosiego a las fuerzas públicas. Pero hasta que llegue ese instante, les voy a alterar los músculos sedentarios con el frenesí hertziano de Jimmy Hendryx, con su ardiente “Fire”, procedente del mismísimo epicentro del “Coloso en Llamas”.

                Luke movió la aguja del dial, sintonizando otra emisora más seria.

                – “… se cree que fue debido a la negligencia de uno de los empleados del turno nocturno, que al limpiar el comedero, dejó la puerta de la jaula simplemente cerrada, sin utilizar la pertinente llave de cierre como medida de seguridad. En estos momentos de plena confusión, dos dotaciones del parque municipal andan en su búsqueda y captura, con la inestimable colaboración de la Jefatura de Policía Local, amén del cuerpo comarcal de bomberos. Se requiere la mayor prontitud posible para la recuperación del mono, porque al pertenecer a una especie tan exótica y al carecer de la dieta alimenticia que se le sirve en el zoológico, el transcurrir de las horas podría redundar de forma negativa en el delicado organismo del animal.
                “Si alguno de ustedes detecta su presencia, hagan el favor de notificarlo a la centralita de la policía local, llamando para tal efecto al siguiente número:
                                                  1133

                “Repito de nuevo el número:

                                             1 – 1 – 3 – 3

                “Reincidimos en la relevante importancia de su recuperación para el zoológico de  Massapequa. Su pérdida sería irremplazable para el municipio, y en especial, para los jóvenes seguidores de las gracias y tiernas travesuras del mono-titi, bautizado con el nombre ya popular de “Poky”.

                Apagó la radio. Estaba ya próximo al edificio de acero y vidrio de la revista sensacionalista “Illustrated Matters”. Hizo introducir el vehículo por el acceso que conducía al aparcamiento subterráneo, descendiendo por tres rampas sucesivas y pronunciadas de hormigón armado, hasta adentrarse en la galería número siete, estacionándolo entre un estridente Mustang amarillo limón y un Talbot gris metalizado. Se pasó el pañuelo de seda fina que le había regalado su media costilla en las pasadas navidades por las muñecas de las manos, secándose el sudor frío tamizado por los finos poros de la piel discretamente bronceada.
                “Venga. Venga. No te echarás ahora atrás. EN ÉSTOS MOMENTOS.”
                Abrió la tapa de la guantera, recogiendo las gafas de sol Ray Ban ocultas entre un amasijo de panfletos publicitarios. Cerró los ojos, recapacitando por unos instantes.

                “Dios. La vida es como un tren. Sólo pasa una vez, y si lo pierdes…”
                VENGA. DÉJATE DE SIMILES. NO TE ACOBARDES. DEJA DE SER UN CONDENADO BLANDENGUE  POR UNA DICHOSA VEZ EN TU VIDA SOSA Y ABÚLICA.
                SE VALIENTE. DECIDIDO. ESTA EXISTENCIA TERRENAL QUE TE HAN PREDESTINADO ES UNA MIERDA.
                “Si tú lo dices…”

                Su identidad física resopló para liberar parte de la presión que lo martirizaba con la consistencia de un fármaco laxante y salió decidido a consumar lo que llevaba planeando desde la última semana, caminando resueltamente hacia una de las puertas automáticas de los ascensores alineados al fondo de la galería siete. Cuando se abrieron las puertas, se incorporó en su interior con la presteza aparejada a la impaciencia. El ascensor hizo plegar los cierres herméticos en silencio reverencial, disponiéndose a elevarle hacia la azotea de pizarra del obelisco metropolitano.


                09:05 horas.

                – “Bien, chicos y chiquitas. Tras escuchar este temilla molón de la insuperable Tina, vamos a proceder a la tercera tanda de llamadas, enmarcada dentro de nuestras “Confesiones Íntimas al Resto de la Nación Americana”.
                (un breve impasse de incertidumbre)
                – “Disculpen esta breve desconexión. Una vez que la eficaz y sensual Molly se ha hecho con los mandos en la sala de control, poseídos por unos instantes por los traviesos duendecillos de las ondas, vamos a recibir las divagaciones introspectivas del primer oyente de este tercer lote de dislates parlantes. Recordemos que se accede a esta línea de diálogo desenfadado cada cuarenta y cinco minutos, en horario de emisión desde las siete de la mañana hasta las diez. Para entrar en contacto con un servidor, no hay nada más que marcar el 123-45-71 y jurar sobre la biblia que todo lo que usted diga luego podrá ser utilizado en su contra en la declaración de la renta.
                “Bien, parece que ya tenemos una llamadita presurosa por salir al aire.
                “¿Está usted ahí?
                – “¿Moggie Faster? ¡Coño! ¡Estoy teniendo un comienzo de día de la leche!
                – “Sí, soy EME-EFE. Tú debes de  ser… ¡un atún en escabeche! Ja, ja. Molly me muestra el cartel con tu nombre de pila. Te llamas Isaías, ¿verdad?”
                – “Ajá.”
                – “Te podrís extender un poco, jolines.”
                – “¿Cómo dices?”
                – “Quiero referirme a que, aparte de tu nombre de pila, tendrás un apellido distintivo que se ocupe de adornarte como si fueras un arbolito de Navidad.”
                – “Me llamo Isaías Douglas Brooks.”
                – “Bien, Isaías. ¿A qué se debe tu telefonazo? Aunque de paso también podrías indicarnos desde dónde nos llamas.”
                – “Llamo desde Massapequa.”
                – “Eso queda en el acojonante condado de Nassau, Long Island, amigo.”
                – “Je, je. Así es, Faster.”
                – “¿Y el motivo de la conferencia interurbana?”
                – “Verás, Moggie. Estoy en una cabina telefónica, situada en la calle George Washington, justo enfrente de la “Illustrated Peak”.”
                – “¡Uaoo, Isaías! Ese es un rascacielos despampanante de guapo. Si es que no me confundo de edificio.”
                – “No. No andas mal encaminado, Moggie. Es un edificio de oficinas, donde aparte de tener el Manhattan Bank la sede principal, está una de las delegaciones de la revista “Illustrated Matters”, motivo fundamental por el cual se conoce a ese bloque de vidrio, acero y hormigón.”
                – “Sí. Sin duda es una de las Ochenta Mil Maravillas del Mundo.”
                – “Bueno. A lo que iba, Moggie…”
                – “Adelante, Hermano Isaías. Abre tu corazón hermético y emponzoñado al mundo de las ondas. Se te otorga el don de la ubicuidad.”
                – “He vislumbrado la presencia del mono.”
                – “Carajo, chico… Ese ruido de papeles arrugados se debe a la cantidad de folios dispersados sobre mi mesa. De la impresión, acabo de estropear una fotografía ampliada de Mariah Carey, disimulada entre las páginas de mi guión. Y si me cargo a la musa de mis sueños, es que la noticia me ha afectado más de lo debido. Cuando se me hace partícipe de tamaña información en forma de exclusiva, me cala hondo, me acelero y empiezo a recitar los versos de Bob Dylan en un rapeo agitadito.”
                – “¿No te estarás mofando de mí, Moggie?”
                – “Por Dios, muchacho. Es que ese renombrado mono-titi aparece ya hasta en la sopa Campbell.  ¿No lo podrías dejar mal aparcado en la mitad de un paso a nivel, encaminándote hacia otros derroteros más interesantes?
                “Carajo, Moggie Faster, purifícate el alma porque acabo de ver al angelical Poky…” “Menuda exclusiva con más poca chicha que me das, nene.”
                – “En primer lugar, para que te enteres, no se trata de ese puñetero mono-titi del zoológico.”
                – “¡Efectivamente, Isaías! ¡Era uno de los hijos raciales y desgarbados de la sociedad desorganizada americana, fugado de uno de los correccionales estatales!”
                – “Tómame en serio, tío. Se trataba de un simio enorme.”
                – “Enormemente grandioso como el dolor de cabeza que me estás ocasionando al insistir con las andanzas del repelente monito.”
                – “Pero, Moggie. Era grande. Medía casi los dos metros de alto y era tan corpulento como Pat Ewing.”
                – “Más vale que Pat no sea un oyente asiduo, porque si no estamos perdidos.”
                – “Escucha de una puta vez.”
                – “Antes de que prorrumpas en epítetos descalificativos hacia la emisora y un servidor, quiero integrarme en este galimatías que estás ofreciendo en vivo y directo, Hermano Isaías. Veamos. ¿Cuántas cervezas has trasegado en el Pub de “La Cierva Ebria”?”
                – “No soy un maldito borracho de fin de semana, Moggie. Mi profesión es estrictamente callejera,  cierto, pero profundamente honrada. Soy un barrendero municipal, y al limpiar la parte posterior del edificio, pues esa zona me compete, aprecié como una sombra alargada y ligeramente encorvada hacia delante, iba dirigiéndose por el muelle de carga y descarga, que por cierto, a algún memo del servicio interno del rascacielos se le ocurrió dejar la persiana metálica a medio bajar, para que entrase cualquiera.”
                – “Y se le ocurrió buscar un cálido refugio a un indigente de la comarca.”
                – “No. Me acerqué valientemente a hurtadillas, y cuando estaba a punto de perderle de vista, con la luz dilatada de uno de los focos dispuestos en un soporte del edificio, pude vislumbrar la espalda peluda del animal. Aquello era un gorila.”
                – “¿No sería el dichosamente añorado Poky?”
                – “¿Qué dice?”
                – “El abominable mono-titi trasladado el año pasado al zoo desde Tailandia, y en paradero desconocido desde esta madrugada.”
                –  “Que va. Era un maldito orangután de dos metros y medio de envergadura, que caminaba resueltamente erguido a dos patas, eso sí, bamboleándose de lado a lado como el dichoso King Kong.”
                – “¿No habíamos quedado en que era un gorila?”
                – “Oye, tío. Sólo soy un modesto barrendero de ciudad. Un absoluto profano en la zoología. Para determinar su especie, están los biólogos.
                – “Relájate, Hermano Isaías. Que si no mando a Molly que corte la llamada.”
                – “Una vez dentro, recogí el capazo de los utensilios, el carro de la basura y me alejé calle arriba todo escopetado. Para recuperarme de la impresión, he consumido dos tilas. Ahora que estoy más sereno, he decidido dar el paso adelante, para afirmar de la existencia de ese bicho peludo.”
                – “Dime una cosa. ¿Por qué no se lo has notificado a la policía? ¿O a los Bomberos?”
                – “Joder, Moggie. No me creerían.”
                – “Así que te basas en el inmenso poder que desde nuestra emisora ejercemos sobre el gobernador de Nueva York, para que tu chifladura sea tomada en serio.”
                – “No, coño. Creía que con tu influencia desde las ondas, lograrías convencer a la policía para que actuase en consecuencia, dado el peligro que representa que ese animalejo ande suelto por la ciudad.”
                – “Yo no he visto a Poky, Hermano Isaías. Por desgracia, tampoco hay ninguna recompensa por facilitar su captura, aparte de entradas con descuento para un fin de semana si tuviese hijos, cosas de las que afortunadamente aún carezco dentro de mi matrimonio de conveniencia con una chica samoana por el tema de conseguirle así la tarjeta verde, je, je.”
                “Y presumo que tú TAMPOCO lo has visto. Tu imaginación hiperactiva mañanera te ha debido de jugar una mala pasada. Todos solemos estar medio tarados a las siete de la mañana, hermano.”
                – “Estaba en sano juicio. ¡ESTOY EN MIS CABALES! Dios, era un simio enorme.”
                – “Bueno, chaval. Al menos los inquilinos del susodicho edificio ya están puestos sobre el aviso de la invasión de cucarachas. Así que ya saben. Sólo les quedar llamar a una brigada de exterminio de bichejos, ja, ja.”
                – “Pero, Faster. Moggie. Cabrón, escúchame sin luego burlarte, coño.”
                – “Lo siento, Hermano Isaías, pero no vas a ganar tu huequecito en el Cielo con esa boca tan sucia, y menos con las mentiras tan gordas que sueltas para que un trocito de los Estados Unidos te escuche boquiabierto todas las chorradas que estás profiriendo desde hace cinco minutos que estás con nosotros. Recapacita, ya has consumido más fama de la necesaria. Hay que dar paso a más oyentes. No hay que ser egoísta.”
                – “¡Condenado Moggie! ¡Así te den! “
                – “Se agradece tu interés desmedido por los simios.”
                Sin esperar a más, la chica de control cortó la conexión.
                Moggie Faster se comunicó con ella a través de gestos muy explícitos. Sin duda era el primer latazo indigesto de la tercera ronda de llamadas. A ver si con el siguiente radioyente del programa había mucha más suerte.


                09:17 horas.

                “ATENCIÓN UNIDAD DOCE, ATENCIÓN UNIDAD DOCE. DEJEN LA BÚSQUEDA DE FORMA INMEDIATA, CENTRÁNDOSE EN DIRIGIRSE AL RASCACIELOS DE LA REVISTA “ILLUSTRATED MATTERS”, UBICADO EN EL 27 DE LA CALLE GEORGE WASHINGTON.”
                “REPITO: DIRÍJANSE AL 27 DE LA CALLE GEORGE WASHINGTON.
                HAY UN SUJETO ERGUIDO SOBRE EL PRETIL DE LA AZOTEA, CON CLARAS INTENCIONES DE SUICIDARSE.
                REPITO: TENTATIVA DE SUICIDIO EN LA AZOTEA DEL EDIFICIO COMUNMENTE CONOCIDO COMO LA “ILLUSTRATED PEAK”.”

                -Recibido.
                El agente Tony López contempló con descarada burla incontenida a su compañero de patrulla que iba al volante.
                – Se te acabó el safari urbano, Norman – le dijo, sonriendo como un payaso de circo jubilado en la década de los sesenta.
                Norman meneó su inmensa humanidad sobre el asiento de cuero desgastado, agitando la cabeza al igual que el toro que recibía el sorpresivo primer par de banderillas en pleno lomo, indignado hasta la coronilla.
                – Cojones de tío. Tenía que salirnos un gilipollas con escaso apego a la vida, ahora que andábamos relativamente cerca del rastro del mono ese. Adiós a las expectativas bien fundadas de lograr un buen ascenso y aumento de sueldo.
                – ¡Adiós, adiós! – se le mofó López, despidiéndose simbólicamente del ascenso, haciendo oscilar la palma de la mano derecha.
                Norman se puso colérico, como si le hubiesen inyectado una triple dosis de bilis.
                – ¡Que te fumiguen, López! Nunca te tomas nuestra profesión en serio. En un futuro no muy lejano me veo depositando un tiesto de geranios de plástico sobre la lápida de tu tumba.
                López se vio invadido por un acceso de hilaridad.
                – ¿Ah, sí? ¿Eso piensas?
                Su compañero le clavó la mirada por el espejo retrovisor.
                – Sin dudarlo – sentenció.
                – Vaya, vaya. Si antes no me precedes tú, aquejado por los síntomas inherentes a la inanición precoz – siseó López, cosquilleándole la notable barriga con la punta de la porra.
                Norman se tragó los mocos, apretando el volante entre las manos para evitar descarrilar el vehículo contra un buzón de correos. Frenó a tiempo, retorciendo el cuello hacia López.
                – ¿Estás loco o qué? A pocas nos estampamos contra el jodido buzón.
                El otro agente estalló en una nueva sucesión de carcajadas.
                – Eres muy deficiente como conductor, Norman. Demasiado inútil. Un conductor competente, se habría estrellado contra el escaparate de esa pastelería.
                Norman puso todo su empeño para auto controlarse. Resultaría tan fácil extralimitarse en sus funciones como representante de la ley. Tan sencillo, que no merecía la pena siquiera intentarlo. Quince años de carrera en el cuerpo no podían desperdiciarse en una absurda pelea con aquella persona de tan poco fundamento. Respiró para sus adentros, haciendo regresar el vehículo sobre la calzada, haciéndolo doblar por la intersección de las calles “Brisbane” y “New Hope”, dirigiéndose con posterioridad como una centella hacia la “George Washington”.




                09:21 horas.

                Luke permanecía rígido como una escultura de cuerpo entero de granito, atontado por el efecto distorsionador del vértigo. Observaba, fascinado y aterrorizado a la vez, el hormigueo incansable de curiosos insanos, depredadores del morbo, observándole recíprocamente desde el lejano firme, doscientos metros más abajo, en las inmediaciones del rascacielos.
                Anduvo unos pasos descompuestos por el reborde del pretil.
                Contuvo la respiración.
                El público asistente rugió preso del pánico y la inquietud.
                – ¡No! ¡No te tires!
                – ¡No lo hagas!
                – ¡Reflexiona por unos instantes: La vida es bella!
                – ¡Piensa en tu futuro!
                – ¡En cómo dejarás a tu familia!
                – ¡Reconocemos que Priscilla cocina fatal, pero no es un argumento lo suficientemente consolidado como para…!
                Eran voces lejanas, preternaturales, difícilmente captables a partir ya del décimo piso, y muchísimo menos por el sistema auditivo de Luke, pues si el capricho de lo imposible hubiera querido que las escuchara, las rachas del viento que azotaban en la cúspide del edificio las hubiera deformado, alterando su posterior significado.
                Luke se tapó los ojos con las manos, balanceándose sobre el pretil de acero de apenas medio metro de alto. Silbó los acordes de la emotiva canción “Save the last dance for me”, de “The Drifters”, a modo de sedante.




                09:25 horas.

                Norman estaba firmemente decidido en hacer zanjar el asunto escabroso del suicidio en menos tiempo del que se tardaba en liarse una tagarnina arrebatada a un “camello” de poca monta. Ni siquiera estaba dispuesto a esperar la llegada del psicólogo. Estacionó el coche patrulla enfrente del “Illustrated Peak”, subiendo el flanco derecho por encima del bordillo de la acera, espantando a propios y a extraños, abstraídos en la contemplación de la oscura silueta, recortada en su indecisión permanente en lo alto del edificio. Hizo apagar la estridente sirena y las luces de destello intermitente del techo, bajando acompañado de Tony López. Se abrió paso por la multitud aglomerada, balanceando la porra con efecto intimidatorio, espetando a los presentes a grito pelado:
                – ¡Paso! Dejen paso. No estorben. No obstruyan la labor de la policía.
                Iniciando la subida de la escalinata de tan tremendo edificio, les abordó un sujeto mestizo de corta estatura, espantosamente acicalado, ataviado con un traje de pata de gallo, que le quedaba profusamente grande y holgado. Cogió a Norman del antebrazo derecho sin miramientos, deteniéndole en su precipitada ascensión.
                – ¡Qué diantres! – bramó el policía en pleno rostro del recién llegado.
                – Miren. El individuo está ahí arriba – les señaló a ambos aquel hombre horriblemente trajeado. Inmediatamente se les presentó como el Redactor Jefe de la revista “Illustrated Matters”. – El empleado se llama Luke Dorchester. Lleva cinco años en la sección de sucesos violentos. Por amor de Dios, por el prestigio de nuestra empresa, eviten la desgracia que se nos cierne encima.
                El policía robusto se contuvo por segunda vez en lo que llevaba de servicio, contando hasta cien de diez en diez. Cuando desaparecieron los rescoldos atribuidos al deseo ferviente de deshacerse del Redactor Jefe de un empellón escalones abajo (eso serían unos veinte metros de caída), lo miró con cierta fijeza a los ojos, casi insensible a la tragedia humana.
                – Se evitará en la medida que se pueda. Dígame, ¿el memo está desesperado por algún motivo de faldas? ¿Ha sufrido más broncas de las debidas últimamente en el trabajo?
                – No.
                – ¿Decepcionado por no escalar en la estructura organizativa de la empresa?
                – Nada de eso. Luke ya sabe que es un periodista muy mediocre y que nunca llegará a nada.
                – ¿Anda sumido en alguna depresión psicológica, de índole afectivo?
                El Redactor Jefe asintió apresuradamente a la última de las hipótesis barajadas por el grueso agente de policía. Su rostro ovalado y enjuto era todo un poema mal rimado.
                – Sin duda todo tiene que relacionarse con el reciente fallecimiento de su padre. Murió de cáncer intestinal. Tenía costumbre de abusar de salsas picantes mejicanas.
                – No me diga – Norman entrecerró los ojos, mirando a López por el rabillo del ojo.
                – Sí. Debió de resultarle todo tan penoso para él, que supongo que aún no ha logrado asimilar la pérdida. El cáncer no sólo mata a los seres queridos, sino que deja unas secuelas del todo depresivas en los familiares de los afectados, quienes velan día y noche en los hospitales, día tras día, esperando el desenlace final. Es tal la tensión que se acumula, que llegado el instante del fallecimiento, se sumen en una postración anímica, y el abatimiento general se apodera de ellos. En mi opinión, éste es el caso concreto ante el que nos hallamos.
                – Disculpe. ¿A qué caso se refiere?
                – Dios mío. ¡El caso de Luke! – el Redactor Jefe apreció por fin la frialdad de Norman. No tardó ni medio segundo en experimentar animadversión hacia el agente. – Dispuso de un año sabático, pero al parecer no le ha servido de nada. Además está Priscilla.
                – ¿Y esa, quién es? ¿Su fulana de medianoche?
                – ¡No! Es su mujer. Es terrible. Un verdadero tormento chino – el jefe de Luke Dorchester enfatizó en la presunta crueldad de la esposa del empleado, arqueando los dedos de ambas manos, enseñando la fila superior de la dentadura y entrecerrando los párpados, presentándola como una bruja medieval que mereciese ser arrojada a las llamas purificantes de una hoguera inquisitorial – Es fea de narices, no se calla nunca y encima la individua es miembro integrante del Ejército de Salvación.
                Norman alzó nuevamente el rostro, en búsqueda de la localización visual del suicida.
                – Ese petimetre no se lanza. Lo digo yo.
                “Antes caeremos los dos – sentenció con nula delicadeza, reanudando la ascensión por la escalinata, entrando definitivamente en el edificio.
                Con Tony López pisándole los talones, cruzaron el desértico vestíbulo de recepción, enfrentándose a los ascensores. Tony se fijó en algo que le llamó seriamente la atención. Estaba depositado en un rincón, cerca de un dispensador de agua.
                – Mire lo que hay aquí, Gran Jefe.
                – ¿Qué demonios es eso?
                – No sé. Tiene una gran similitud con algún tipo de excremento.
                – Increíble – suspiró Norman, asqueado al comprobar como su compañero no erraba en la descripción de la acumulación de textura blanda y oscura en forma de una enorme morcilla.
                Se olvidaron de la deposición al abrirse uno de los ascensores. Norman le indicó taxativamente a su compañero que permaneciera allí, mientras él ascendía hasta la azotea para dar buena cuenta de la locura emocional de Luke Dorchester.
                – No quiero que ningún pretencioso botarate que se las dé de psicoanalista aficionado se nos cuele y nos lo estropee todo.
                Dicho esto, entró en el compartimento, pulsando el botón del último piso. Su rostro rojizo y medio congestionado por el sobrepeso desapareció de la vista de Tony López conforme se iba cerrando la puerta del elevador.



                09:32 horas.

                No había nada mejor que asistir al proceso de retractación mental de un suicida de sesera lúcida y pensamientos coherentes (aunque esto último le sucediera de muy tarde en tarde).  Si ya de por si el involucrado andaba dudando si merecía la pena impulsarse de cara a dar el salto definitivo al vacío, la simple presencia hinchada y engreída de Norman, ejercitando sus escasos recursos de psicología persuasiva, terminaría por hacerle desistir de su mortal empeño antes de lo previsto. Tamaña decisión influyó en el cambio de ánimo del policía, haciéndole recuperar parte del humor difuminado al poco de haber recibido por la emisora central la orden de abandonar las pesquisas que hubieran conducido al escondite eventual de Poky, el celebérrimo mono-titi del Zoológico de Massapequa.
                – Me alegro sinceramente por el apego que aún le tiene a la vida, señor Dorchester – le felicitó, destilando unas escasas gotas de humanidad, no más allá de las necesarias para una loción del afeitado.
                Cuando iba a estrecharle la mano, algo crepitó a la altura de su cintura, en la cadera derecha. Era el walki talki que colgaba de su cinto. Lo sacó de la funda y se lo aplicó al oído.
                – Diga, López.
                – “¡Ya está…! ¡Ya está…!” – barbotó su compañero, excitado.
                Norman enarcó las cejas en sendas medias lunas invertidas de manera horizontal.
                – Si. Todo está ya bajo control.
                “El señor Dorchester se lo ha pensado mejor. Ahora mismo bajamos para cumplimentar la denuncia en su contra por alteración del orden público.
                El crepitar a huevos fritos se intensificó notoriamente al otro lado del walki-talki.
                – “¡Dios! ¡Los excrementos del dispensador del agua! Entonces… El mono… ¡Es el mono!”
                – Entendido. Ahora mismo iremos a por ese bicharraco peludo, si es que aún anda perdido por estas cercanías. En cuanto bajemos y tramitemos la denuncia.
                López gritó con fiereza.
                – “¡No me entiendes, joder! ES EL MONO. ¡EL PUTO MONO!
                La comunicación se cortó de forma abrupta.
                Norman se pasó la mano por las entradas avanzadas de su cabellera rala. Le sonrió a Luke, sacudiéndose los hombros como un boxeador al poco de subir al cuadrilátero para ser presentado por el animador central ante el público asistente al evento deportivo.
                – Es que andamos detrás de la pista de un mono que se ha escapado esta pasada madrugada del zoo municipal. Se ve que mi compañero está más que ansioso por echarle el lazo encima. Lo más curioso del asunto, es que hasta hace poco, el asunto de la captura se lo pasaba por la entrepierna. Si hasta se lo tomaba a cachondeo, el muy hijo de su madre – se explayó en la explicación ante Luke.
                Observó detalladamente la fisonomía depresiva del periodista. Su semblante taciturno se iba tornando asombrado a medida que iba hablándole del cerco de la policía en la captura del mono-titi. En la subsiguiente frase surgida por su boca incansable, el rostro alargado de Dorchester se tornó perplejo. Segundos después le vio crispado. Más tarde se puso rígido como el cemento cuajado.
                – ¡El mono! – musitó, sin apenas mover los labios.
                – Sí. Se trata de un animalejo enano y con algo de pelo, dócil y sumiso al permanecer un tiempo en rigurosa cautividad, habituado al contacto humano. El despliegue organizado por los mandamases del Ayuntamiento, a mi modo de ver, es demasiado colosal para semejante incidencia. Hasta estaría por apostarle el sueldo íntegro de toda una semana de duro y farragoso trabajo, a que con el simple acicate de un racimo de plátanos bastaría para atraerle hasta mis brazos, como un panal de rica miel reconforta la glotonería de un oso Grizzli.
                Se recolocó el transmisor receptor en la funda del cinto.
                Luke Dorchester se puso lívido como la espuma cremosa de un detergente de lavadora industrial, alargando el dedo índice de la mano diestra por encima del hombro del policía, apuntando más allá de su espalda.
                – El mono. Dios con el mono – musitó a duras penas.
                – Tranquilícese, señor. Que no se trata de ningún King Kong contemporáneo, estimulado a base de irrigaciones subcutáneas de hormonas de elefante, ja.
                Luke le golpeó en el prominente pecho con la palma de la mano extendida, tirándose de los cabellos rizados con la otra.
                – Cojones. ¡MIRE DE UNA VEZ A LO QUE HAY DETRÁS DE SU ESPALDA!
                – Pero qué dice…
                Norman se volvió, con una sonrisa sardónica tatuada sobre sus labios carnosos. Sin duda el pobre hombre estaba sufriendo una segunda crisis de ansiedad.
                Cuando vio la inmensa sombra irregular que se cernía sobre ellos, su mandíbula abultada y relajada quedó colgando, desencajada por la impresión de lo que vio ante sí.
                El gigantesco y poderoso gorila, de dos metros de altura y doscientos setenta kilos, gruñó coléricamente, bamboleando el peso de su cuerpo de una pata a la otra, apoyándose sobre los miembros superiores en un extractor de aire acondicionado. Las aletas de su nariz chafada se dilataron, olisqueando el aire denso de la ciudad.
                – Lleva por lo menos un minuto entero detrás de usted. ¿No ve la puerta abierta que conduce a la azotea? Por inadmisible que parezca, ha debido de haber subido por ahí. Sin duda ha abierto la puerta con la zarpa. La otra, por la que ambos hemos subido, la de la trampilla de emergencia, es demasiada estrecha para su  volumen corporal.
                – Jesús. Joder con el animal.
                “Menudo puto mono…
                – No se esté quieto como un pasmarote. ¡Dispárele!
                “¡DISPÁRELE!
                Pero el agente no le escuchaba. Estaba paralizado por el terror con la inmovilidad de una planta enraizada en su maceta.
                – El mono – era todo cuanto se aventuraba a pronunciar, sumido en un estado de shock, cercano a la catalepsia.
                El gorila alargó sus interminables brazos, asiéndole de una pierna y por el cuello. Lo alzó en todo lo alto, como quien puede sostener sobre la yema de un dedo un lapicero.
                La sombra abultada y deforme de Norman quedó proyectada sobre la figura encogida de Luke Dorchester, que estaba apoyado contra el borde del pretil.
                El policía no pudo soportar tal horror, perdiendo el conocimiento y convirtiéndose en un pelele para el animal.
                El simio dio dos pasos al frente, acercándose hacia la afligida fisonomía del periodista de sucesos de la revista “Illustrated Matters”.
                – Quieto – masculló Luke, queriendo razonar con aquella bestia.
                “Monito lindo. Tu amigo Luke no te va a hacer ningún daño. Tan solo deja que baje por esa trampilla. Y que pueda coger el ascensor de la entreplanta…
                “Lindo animalito. ¿Qué piensas que voy a hacer? ¿Qué…?
                Los ojos embetunados del gorila agresivo se encargaron de indicarle claramente todo cuanto pretendía que hiciera.
                – ¡NO!
                El simio dio un paso adicional, y sin apenas coger impulso, le arrojó encima el cuerpo voluminoso del agente.
                – ¡NOOOO!
                Ambos cuerpos entrechocaron entre sí como sendas bolas de petanca, perdiendo el saludable equilibrio sobre el pretil y más allá del mismo, cayendo al vacío, atraídos por la fuerza ineludible de la gravedad.
                Conforme se precipitaban hacia el punto y final de sus vidas anodinas, aleteando los brazos con etérea esterilidad, tanto Norman como Luke Dorchester evocaban incesantemente una sui géneris letanía, oráculo del cataclismo final:
                – ¡EL MONO! ¡ES EL MONO!




                09:40 horas.

                La frugal defenestración del periodista y del policía local duró cinco nimios segundos. Cayeron en picado, amortiguados por el techo del coche patrulla. Al poco de recogerles el vehículo con la precisión de un guante de béisbol del jardinero central (“center fielder”), el techo se hundió por el peso en conjunto de la pareja, y a consecuencia del brutal impacto, cedió con la debilidad de un toldo de paja seca, con la sangre esparciéndose en chorretones, salpicando a los espectadores más adyacentes al coche.
                El Redactor Jefe asistió perplejo al inesperado resultado final. Pasados los segundos de indecisión, con los miembros del equipo auxiliar de las ambulancias prestándose a la retirada de los restos sanguinolentos de los cuerpos siniestrados, procedió a subir de dos en dos los escalones de la escalinata principal del edificio, entrando en la “Illustrated Peak”.
                – Maldita sea.
                No había ni rastro del otro agente. Recorrió un corredor alternativo y lo encontró apoyado de frente contra el expendedor de goma de mascar. La postura era denigrante para un integrante del cuerpo local de la policía. Daba la impresión de estar recuperándose de los efectos nocivos de una borrachera descomunal, abrazando la máquina para evitar caer redondo contra el mármol del suelo.
                Se le aproximó, rojo de indignación, con el nudo de la corbata aflojada y la americana doblada en tres pliegues sobre el brazo derecho.
                – ¡Esto es la repanocha! – estalló de ira. – Lo de su compañero es de juzgado de guardia. No sólo no ha logrado persuadir al señor Dorchester de arrojarse desde la azotea de esta edificación, sino que se ha sumado al festejo luctuoso por iniciativa propia.
                El agente Tony López permanecía inclinado frente a la máquina expendedora, haciéndole caso omiso.
                – Le exijo que adquiera una postura más acorde con el puesto que desempeña usted en la sociedad americana. De este comportamiento poco profesional y vergonzoso, se podría deducir que está usted más próximo a criar malvas que a otra cosa en cuanto presente una demanda contra la policía local por la pésima gestión del incidente de nuestro empleado.
                Posó la mano izquierda sobre uno de sus hombros alicaídos.
                – ¿Me oye, agente? ¿Presta atención a lo que le estoy diciendo?
                El simple roce con la clavícula bastó para derrumbarle, mostrándole en su marchita caída la simplicidad de las sienes desolladas, con el cráneo machacado a base de bien contra el canto del expendedor de chicles. Un rostro estampado una y otra vez contra el frío metal, hasta poner el hueso de relieve, con una tosca lobotomía del tamaño de una medalla olímpica trepanada en el frontal.
                – ¡Pero qué…!
                Del orificio practicado en la parte delantera del cráneo, los sesos bruñidos surgieron al exterior, escurriéndose sobre las baldosas como los espaguetis por entre las púas de un tenedor.
                Le entraron náuseas. No pudo resistirse a la tentación de vomitar la mayor parte del desayuno sobre los zapatos reglamentarios del policía muerto.
                – Aggg. Qué asco.
                Medio doblado sobre el cadáver, pudo percibir el sonido electrónico correspondiente a una de las puertas de un ascensor de apertura mediante célula fotoeléctrica, abriéndose de par en par. Un gruñido cavernoso se desplazó por el corredor bifurcado del vestíbulo.
                Resonó la plenitud de su respiración, la incertidumbre de sus pisadas envolventes, como si caminara sobre papel celofán.

                “plas-plas-plas-plas”

                Se volvió de rodillas, y lo vio.
                Cuando quiso gritar, una de las zarpas del inmenso animal velludo se ciñó sobre su garganta frágil. Los dedos del Gran Dios Mono apretaron con la brutalidad de una llave inglesa, dejando el rostro incoloro del Redactor Jefe de la revista “Illustrated Matters” amoratado en igual tono que el presentado por la piel de una berenjena.
                – Uggg –uggg-uggg – masculló el animal.
                Centralizó la furia sobre la tráquea. Apretó de lo lindo hasta dejar el cuerpo asfixiado e inerte al lado del cuerpo tendido de Tony López.
                Cuando medio minuto después el gorila indómito cruzaba por debajo de la marquesina de la puerta principal de acceso al rascacielos de acero, vidrio y hormigón, la multitud, hasta entonces congregada en cierta armonía, huyó despavorida, gritando entre dientes:
                – ¡EL MONO! ¡ES EL MONO!
                Cierto, pero ahondando en su especie, no se trataba del delicado y simpaticón mono-titi, apodado “Poky” por los gestores del zoológico municipal de Massapequa.
                Para desgracia de los residentes, era un demonio asesino con forma de primate, sumamente enfurecido por el trato recibido por sus cuidadores.




               Retorno al pasado más cercano.
               09:30 horas.

                – “… tras esta cuña publicitaria, la grácil y muy servicial Molly me pasa un comunicado de ultimísima hora, procedente de los servicios informativos de la emisora central, en el cual se nos informa de la espectacular fuga de un gorila ruandés de un circo ambulante rumano, ocasionando la muerte de tres de sus cuidadores. Actualmente está en paradero desconocido. A nuestros oyentes les hacemos el inciso de su extrema peligrosidad. Así que si ven al gorila en cuestión, mejor que se pongan a buen resguardo, y una vez hecho esto, entonces llamen a la siempre eficiente policía local. Que lo suyo en las horas más recientes es la caza del simio.
                “Vaya, vaya, chicos y chicas, si va a resultar que al final todo lo que nos contó el buenazo y charlatán del Hermano Isaías era todo menos una trola, ja, ja.”


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El cliente inquieto. (The restless customer).

                     Cleo Martin ejercía su fatigoso trabajo como camarero con buen empeño y con una paciencia superior a la recomendable. Debido a ello, su listón para la irritación lo tenía tan alto que ni midiendo la altura de Shaquille O´neal llegaría a poder rozarlo con la punta de los dedos ni siquiera estando de puntillas encima de un tomo de la enciclopedia americana.
                Una buena mañana llegó un hombre de edad mediana, delgado, con bigote de otra época pasada más propio de los años treinta del siglo XX. Se sentó en la terraza aún a pesar de que estuviera nublado y con riesgo de lluvia. Cleo Martin salió dispuesto en atenderle al instante. Eran las nueve de la mañana y aquel era el primer cliente en el orden de solicitar la atención del camarero de la cafetería. Cleo se situó a su lado ofreciendo la mejor de las sonrisas.
                – Buenos días, caballero.
                Aquel hombre permaneció mirando lo que ocurría en alguna parte al otro lado de la calle. Se rascó la coronilla y soltó una risita.
                – Ji, ji. Qué bien. Nos atiende este negrito. Debe de pertenecer a una tribu africana de lo más belicosa.
                Cleo se quedó mudo por el sarcasmo lleno de racismo.
                – ¿Decía? – dijo para intentar salir de su asombro.
                El hombre se volvió, con el mentón apoyado sobre la palma de una mano. Miró de arriba abajo al camarero con enorme curiosidad. Enseñó los dientes.
                – Diantres. Qué tenemos aquí. Un empleado de hostelería, ja, ja.
                Cleo sonrió forzadamente, olvidando la grosería inicial del cliente.
                – Tengo que indicarle, señor, que si le sirvo en la terraza, se le añadirá a la cuenta un dólar y medio por servicio en la misma. Es por si prefiere entrar en el local, donde dicho servicio especial no existe.
                El hombre se atusó el bigotillo.
                – Qué lástima que no sea atendido por una buena chica de lo más agradable – comentó, adoptando su rostro un visible desprecio por el género varonil del camarero.
                – Ya lo siento, caballero, pero en esta cafetería todo el personal es masculino.
                – No seréis misóginos, machistas o mariquitas, ja. A lo mejor sois las tres cosas a la vez.
                – En absoluto, señor.
                – Vale, vale. Olvidémoslo – siguió el hombre del bigote con voz chillona. – Traiga algo para despejar mi mente endemoniada, ja. Que sea lo más dulce posible.
                – ¿Le apetece un chocolate con leche cremosa?
                – Si. Y bien recubierto con nata montada. ¡Y si tienen una cereza, mucho mejor! Para colocarla sobre la nata, eh, no para que te la comas, que por cierto, te sobran unos cuantos michelines, ja.
                – Muy bien, señor.
                Cuando Cleo se daba la vuelta, le llegó la voz del cliente. Este empleó un tono lastimoso y de urgencia, que le llegó en un susurro al oído.
                – Por favor. Necesito su ayuda. Llevo sufriendo mucho durante semanas. No me deja en paz. Sabe que detesto los dulces. Es más, soy diabético.
                Cleo se volvió, encontrándose con el semblante arrogante del hombre del bigote.
                – ¡Venga, muchacho! – le urgió. – ¡Tráeme el puñetero chocolate! ¡Tengo ganas de reventar de satisfacción saboreándolo y acumulando a la vez un montón de calorías de sopetón!
                Golpeó con el puño derecho sobre la mesita de la terraza.
                Cleo entró en el local y fue preparando el chocolate con leche cremosa.
                Conforme lo hacía, se le acercó el dueño de la cafetería. Le señaló al cliente de la terraza.
                – Es un tío bastante raro, ¿no?
                – Bueno. Me parece que está medio majareta. Cambia las voces y hace como si tuviera más de una personalidad a la vez.
                – Si te da problemas, me avisas y llamo a la policía.
                – Espero que no. Creo que es una persona más de las muchas chifladas que andan libres por las calles de la ciudad. Se tomará el chocolate y se irá sin más.
                – Vale, pero te reitero que si te crea problemas, me lo hagas saber, Cleo.
                – Como no, jefe.
                A través del escaparate podían observar cómo el extraño cliente estaba ahora de pie, pateando el suelo con fuerza. De vez en cuando giraba el cuello hacia el interior de la cafetería, buscando con una mirada desesperada alguien que le hiciera caso.
                – Está para que lo encierren, Cleo.
                – Bueno, a ver si se calma con el chocolate.
                – Aparte de tranquilizarse, habrá que esperar que también pueda asumir el pago del mismo.
                Cleo se encogió de hombros ante su jefe y se dirigió hacia la terraza con el chocolate.
                – Aquí tiene su chocolate. Espero que lo disfrute – le dijo conforme lo depositaba sobre la mesita.
                El hombre del bigote estaba nuevamente sentado. Miró la taza de chocolate decorada con la nata y la cereza coronándola. Torció el gesto espantosamente, se puso de pie, tirando la silla sobre las losetas de la acera donde estaba emplazada la terraza y se golpeó el pecho con furia. Miró al camarero con los ojos fuera de sí.
                – ¡Idiota! ¡No puedo tomarme esto! ¡Soy diabético, le digo!
                – Oiga. Usted pidió el chocolate. No se ponga a malas, o llamamos a la policía.
                El hombre se detuvo en su histeria. Miró la taza ahora con rostro desolado. Luego hizo lo propio  con Cleo.
                Sorpresivamente para este último, el hombre se posó sobre sus rodillas, adoptando gesto suplicante.
                – Le ruego que me ayude. ¡La necesito! Estoy dominado por algo desde hace tres semanas. Controla mi cuerpo y mi mente. Asume diversas personalidades. No sé qué hacer para volver a la normalidad.
                Cleo estaba a punto de marcharse hacia el interior de la cafetería, ciertamente preocupado por el estado mental del cliente.
                – Bueno, caballero. Tómese el chocolate. Es gratis. Cuenta de la casa. Y luego márchese, por favor.
                – ¡NO ME GUSTA EL CHOCOLATE, NEGRO DE LOS COJONES! ¡TÓMATELO TÚ! – le gritó el hombre del bigote, erguido del todo, con un rostro agresivo y de locura.
                Cleo se marchó corriendo al interior de la cafetería, mientras el cliente perturbado arrojaba la taza del chocolate contra el cristal del escaparate.
                – Ya estoy llamando a la policía – le advirtió su jefe nada más verle entrar. – ¡Cierra la puerta! Y pon el cerrojo por si acaso. Los clientes que quieran salir, serán acompañados por la puerta de emergencia. Mientras ese loco esté ahí fuera, es preferible que nadie corra ningún riesgo saliendo por ahí.
                Cleo retrocedió para asegurar la entrada al local. Entonces, desde el cristal de la puerta comprobó con evidente asombro que el hombre del bigote, que era físicamente muy endeble, había conseguido de alguna manera hacerse con la tapa de alcantarilla que había cerca de la terraza y estaba cogiendo impulso para lanzarla contra el escaparate.
                Cerró la puerta, indicando de inmediato a los pocos clientes sentados cerca del escaparate frontal que abandonaran su sitio para protegerse del impacto.
                La tapa de alcantarilla alcanzó de lleno la luna del escaparate, destrozándola por el centro dejando puntas afiladas y cortantes de lo más peligroso partiendo desde el marco hacia el interior. Desde la terraza el hombre enloquecido saltaba y brincaba, gritando sin cesar.
                – ¡Eres un debilucho, Lewis! ¡UN PUÑETERO LLORICA DIABÉTICO! ¡YA NO ME SIRVES NI COMO MERO PASATIEMPO! – decía, echando espumarajos por la boca.
                Su vista se trasladó por el interior de la cafetería. Parecía fijarse de nuevo en Cleo. Fueron unos breves instantes.
                Repentinamente, miró hacia el suelo, y dando tres zancadas, se arrojó de cabeza por la abertura de la alcantarilla.
                Los clientes y los empleados de la cafetería vivieron esa escena aterrorizados.
                – ¡Ese hombre se ha matado! ¡Se ha quitado la vida!
                Justo en ese momento llegó una unidad de la policía. Los curiosos, además de la clientela del local y los empleados se apiñaban cerca de la alcantarilla. Uno de los agentes les rogaba que se mantuvieran dos metros apartados del escenario del incidente.
                El otro policía estaba atisbando con una linterna hacia el fondo de la entrada a la alcantarilla. Señaló negativamente con la cabeza.
                – Ahí lo veo. Está con la cabeza reventada. Más tieso que el cemento. Hay que llamar al forense, además de la ambulancia.
                Cleo, al igual que el resto de la gente interesada en el triste suceso, pudo escuchar por parte de uno de los agentes que el hombre estaba muerto.
                – Por favor. Les ruego que se dispersen. El hombre se ha suicidado. Ya nada se puede hacer por él. Así que vuelvan a sus ocupaciones.
                El dueño de la cafetería se puso a examinar el destrozo de la luna del escaparate. Cuando entraba Cleo, le pidió que trajera un martillo para destrozar las puntas que eran un peligro notorio.
                Cleo no se movió de donde estaba. Simplemente se estaba sacando un moco de la nariz. Algo inhabitual en las buenas maneras del camarero.
                – ¿No me has oído, Cleo? Necesito un martillo para quitar los restos de cristal del marco, mientras encargo una luna nueva.
                Su empleado se le quedó mirando con cierta fijeza. Sonrió sin gracia.
                – Oye, blanquito, ¿por qué no retiras los trozos que te quedan con los dientes? – le dijo con una voz ajena a la personalidad de Cleo, chillona y fuera de sí.


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Patricia nunca tuvo infancia. (Patricia never had childhood).

                   La infancia de Patricia fue infernal. Sus padres estaban enfermos. Pero no de una enfermedad incurable. Estaban desquiciados. Eran un peligro para el resto. Por desgracia, nadie quiso atajar la situación antes de que todo se desatase en un torbellino destructivo.

                Los tres vivían alejados de cualquier población cercana no menos de dos horas de distancia recorridos en vehículo. La casa era de dos plantas, con tablas de maderas horizontales, tejado a dos aguas, porche delantero. Todo era de color gris. Como igual de grisáceo era la tierra del jardín, pues la hierba llevaba muerta desde que la conciencia de Patricia pudiera recordar.
                Su padre se llamaba Norton. Su madre, Teresa. Cuando la tuvieron, ambos habían superado los cuarenta. Fue un parto muy duro y de cierto riesgo para su madre. De hecho, alumbró a Patricia en el sótano de la casa, sobre el duro hormigón del suelo, atada de pies y manos a unas estacas hincadas y con su marido ejerciendo de comadrona.
                A esas alturas, sus padres ya estaban perdiendo la razón a pasos agigantados.
        Norton se quedó sin trabajo por golpear a su encargado con una llave stillson en la gasolinera donde trabajaba. Teresa bailaba a todas horas al son de una música insonora, surgida en el interior de su mente, despertando a su hija con frecuencia, sacándola de la cuna y alzándola con brusquedad hasta conseguir que llorara sin parar todo el día. Su padre consiguió una ayuda como veterano del Vietnam, y con esa economía tan precaria iban tirando.
                Cuando Patricia fue creciendo, se fijó en la predisposición de su padre en traer animales que carecían de dueño. Gatos y perros. Conforme los traía, los ataba por una pata a un árbol situado detrás de la casa y se pasaba un día o dos torturándolos con un bate de béisbol, cuchillos y el atizador del fuego de la chimenea. Una vez que los mataba, se los pasaba a su madre, que los evisceraba para luego cocinarlos. Esa era su fuente de nutrición principal. Carne de perro y de gato. Incluso a veces su madre guisaba alguna rata que caía en alguna de las trampas dispuestas por su padre.
                Patricia odiaba esa comida. Aún así la consumía por obligación. Siempre deseaba no ver ningún animal callejero atado al tronco del árbol, pues eso significaba que comería verdura o pescado, lo que consideraba un alivio.
                Cuando Patricia tenía once años, su padre se ahorcó con el cable arrancado del televisor desde la rama más alta del árbol donde torturaba a los animales que recogía cuando visitaba la localidad más próxima en su furgoneta oxidada.
                Recordaba ver cómo se balanceaban las piernas descalzas de su padre. Su cuello estaba torcido por la presión del cable y la lengua oscura e hinchada se presentaba fuera de su boca, entre los dientes de su dentadura postiza. Cuando su madre se dio de cuenta del suicidio de Norton, no derramó ninguna lágrima. Ordenó a su hija que entrara en la casa y se quedó quieta frente al cuerpo sin vida durante dos horas, hasta que anocheció. Entonces entró en la casa, dejando el cadáver de su marido pendiendo del cable que lo mantenía en vilo al lado del árbol.
                Así estuvo semana y media. Con el cuerpo en avanzado estado de descomposición y con los insectos dando buena cuenta de las partes blandas y carnosas del mismo.
                Patricia estaba aterrada, pero su madre tironeaba de su brazo para que saludara a Norton todos los días.
                – Es tu padre, hijita. Recuérdalo – insistía su madre.
                Teresa reía y cantaba. Bailaba sin parar. Entre tanto, Patricia permanecía recluida en su cuarto, recreándose en los dibujos de los libros infantiles que habían pertenecido con anterioridad a su madre cuando esta fue niña.  La muchacha no sabía leer porque sus padres se habían empeñado en que ir a la escuela era una pérdida de tiempo y de dinero.  Estaba siempre desaseada. Mal vestida y desnutrida, pues su madre ya cocinaba poca cosa una vez que no estaba Norton, quien le proporcionaba la carne de los animales encontrados, a la vez que era  quien compraba en el pueblo más próximo el pescado, la verdura, la fruta y la harina para hacer el pan. Teresa no sabía manejar la furgoneta, y tampoco tenía ninguna gana de ir caminando, pues el trecho era largo y tedioso.
                Una mañana, Patricia vio a su madre subida a una escalera tosca, apoyada en el árbol, descolgando el cadáver pútrido de Norton.
                – ¡Ven! ¡Ayúdame un poco! ¡Agárrale los pies, hija! – le apremió su madre.
                Con mucha dificultad, lograron dejar el cuerpo sobre la tierra gris del jardín. Poco después su madre fue a por dos palas. Le tendió una a Patricia y le señaló con énfasis con un dedo una parte del jardín.
                – Vamos a cavar un hoyo muy digno para tu padre. Así descansará en paz para siempre.
                Estuvieron cinco horas trabajando en crear el foso,  para a continuación depositar en el fondo del mismo el cuerpo y luego volver a cubrirlo con la tierra. Cuando finalizaron, su madre escupió sobre la tumba.
                – Te echaré de menos, Norton.
                Tiró la pala a un lado y se puso a bailotear como una poseída. Estuvo así el resto del día, hasta que quedó rendida por el cansancio y se metió en la cama, cubierta de tierra de la cabeza a los pies.
                Patricia sólo pudo comer unos granos de arroz duro antes de irse a la cama.


                Al día siguiente llegó un visitante. Era un viajante. Decía llamarse Herman. Se empeñó en pasar a la sala donde extendió encima de la mesa un catálogo de útiles de cocina. Patricia estaba interesada por la maleta del vendedor ambulante. En su interior debía de guardar los artículos. El señor Herman era muy elocuente hablando, siempre sonriendo. Su madre estaba sentada a su lado. Lo escuchaba con poco interés. En un momento dado invitó al hombre a pasar a la cocina para que viera que no necesitaba ningún complemento.
                Patricia permanecía sentada al lado de la maleta. Estaba a punto de intentar abrirla, cuando escuchó un grito procedente de la cocina. Era la voz del señor Herman. Este no tardó en abandonar la cocina tropezándose con la jamba de la puerta de la sala de estar. Su mano dejó un rastro de sangre en la madera. Volvió a gritar. Era lógico que lo hiciera, porque tenía un cuchillo clavado en el ojo derecho.
                – ¡Maldita chiflada! – vociferó.
                Quiso buscar la salida, pero su madre lo alcanzó con un hacha. Se lo hincó tres veces en la espalda, hasta conseguir que perdiera la estabilidad, cayendo al suelo. El vendedor se arrastró desesperadamente por el suelo del vestíbulo.
                Patricia estaba de pie en el quicio de la puerta de la sala de estar. Observaba la escena con aprensión pero también con cierta curiosidad.
                Su madre se abalanzó sobre el cuerpo del señor Herman y le cortó los dedos de la mano derecha. Acto seguido el pie de ese lado. Por último lo decapitó…
                Cuando retornó al lado de su hija, portaba la cabeza del hombre en la mano derecha. Estaba cogida por los cabellos. Patricia miraba la sangre que goteaba de la base del cuello de la cabeza.
                – Ya tenemos comida para unos días. Además de la buena – le dijo su madre.
                Se puso a bailar por el salón con la cabeza del señor Herman, y por primera vez, su hija Patricia la acompañó con ganas en el jolgorio.




                El señor Herman tenía un coche. Era un modesto Talbot de dos plazas. Como la madre de Patricia no sabía conducir, el vehículo permaneció aparcado frente a la casa. Tampoco les preocupaba mucho que estuviese expuesto, pues vivían apartados de la sociedad en general.
                Curiosamente, a quien no iba a pasarle desapercibido tal hecho fue al ayudante del Sheriff de la localidad más cercana. Aquella familia tenía una hija pequeña que por sus informes no estaba escolarizada. Igualmente su padre estaba en el paro. Detuvo el coche al lado del Talbot estacionado frente al porche. Se acercó a observarlo de cerca. No tenía la puerta asegurada por dentro, así que le fue fácil abrirla. En el asiento del copiloto había un abrigo de hombre recogido. Desde luego, vaticinó que ese coche no podía pertenecer al señor Norton. Este conducía una furgoneta vieja y destartalada. Abrió la guantera y vio los papeles del seguro guardados en un archivador de plástico. El Talbot estaba asegurado a nombre de un tal Herman Noles.
                Salió del coche y se dispuso a llamar por la emisora, aportando los datos de la matrícula y el nombre del dueño del coche.
                – Aquí 120 a Central. Estoy en la propiedad de los Watkins. Tengo un vehículo matrícula del estado de Virginia PL 3546, a nombre del hombre que estamos buscando, Herman Noles.
                – Enseguida le busco la confirmación, 120.
                En ese instante surgió la presencia de una niña. Estaba de pie en el porche delantero de la deteriorada casa de madera a tablas. Vestía un raído camisón anaranjado. Estaba descalza, muy sucia y extremadamente delgada, con los largos cabellos lisos castaños tapándole casi el rostro.
                El agente se fue acercando con extremado sigilo. La niña lo miraba con cierta desconfianza.
                – Hola, chiquita. Me imagino que eres la hija de los Watkins. Yo soy el agente Newland.
                – ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Tenemos otra visita! – chilló la niña con todas sus fuerzas, cerrando los ojos.
                La puerta de la entrada se abrió de un empujón. En el umbral estaba la madre. Esta hizo un movimiento rápido con la mano diestra. El agente Newland vio el enorme cuchillo dirigirse hacia su pecho, sin poder apartarse a tiempo. La punta se le clavó entre las costillas del lado derecho. Se quejó del dolor. Sin detenerse a evaluar la situación, desenfundó el arma reglamentaria y disparó a la mujer, alcanzándola de lleno.
                La niña se precipitó hacia su madre, quien estaba tendida frente a la puerta de la casa, escupiendo sangre de manera profusa por la boca. Los disparos del agente le habían dado en pleno estómago, propiciándole una muerte agónica.
                Newland se apoyó de espaldas contra el lado derecho de la carrocería del Talbot y se sacó el cuchillo con sumo cuidado. Acto seguido, comunicó la situación por la emisora, pulsando el botón ubicado en el hombro derecho.
                – Aquí 120 a Central. Agente herido. Repito. Agente herido. Agresor igualmente herido. Solicito refuerzos y asistencia sanitaria.
                – Recibido 120. Enseguida llegarán los refuerzos y la ambulancia. Hemos de saber si la situación está controlada. Control a 120. ¿Está la situación controlada?
                – Aquí 120 a Central. La situación está controlada…
                El agente Newland se detuvo en la comunicación. Frente a él avanzaba la niña portando un hacha.
                Quiso desenfundar de nuevo. La hija de los Watkins alzó lo que pudo el hacha, hasta descargar el golpe del filo cortante contra la rodilla derecha del agente.
                – ¡Dios!
                Newland se apretó de espaldas contra el coche para no perder el equilibrio. La niña hizo un nuevo impulso con el hacha, hincándole el filo en el muslo hasta alcanzar la femoral.
El agente vio la sangre manando torrencialmente de su miembro con evidente horror. Su rostro contraído por el dolor se tornó pálido por la pérdida de sangre. La niña estaba dispuesta a asestarle otro hachazo, pero el agente sacó fuerzas de flaquezas, consiguiendo hacerse con el revólver y la atinó de lleno en el entrecejo.
                – ¡Familia de perturbadas! ¡Cabronas! – gritó el agente, impotente, sin poder impedir que su cuerpo se desmoronara sobre el suelo duro.
                A escaso medio metro, el cuerpo sin vida de Patricia reposaba igualmente sobre la tierra gris.
                Tenía once años, y nunca había tenido una infancia normal.


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El sol sobre el tejado. (The sun on the roof).

El sol despuntaba con cierta timidez, ocultando su figura entre hilachos de blancas nubes que parecían recorrer el cielo empujados por el viento surgido a través de la trompeta imaginaria de Eolo.
Eran las nueve de la mañana de un lunes cualquiera del mes incómodamente frío de noviembre. Nicanor Dullian estaba ubicado sobre la cubierta a cuatro aguas de su casa de planta baja, dispuesto a arreglar la gotera que amenazaba por deteriorar de manera irremediable la escayola decorativa del dormitorio. Accediendo desde una pequeña claraboya situada en la cocina, se guió por su lógica sobre las tejas oscuras de pizarra, hasta dar con la zona por donde se filtraba hacia el interior de la casa el agua de las lluvias. Enseguida comprobó que una de las tejas estaba agrietada, así que bajó por la escalera colocada en la cocina y rebuscó en el garaje, donde halló una caja de cartón con cuatro tejas de repuesto. Se hizo con una paleta de albañil y fue preparando la argamasa para la sustitución de la teja. Nuevamente en el exterior de la casa, fue acercándose con precaución hacia la parte deteriorada de la cubierta.
Habían pasado treinta o cuarenta minutos. El sol estaba alcanzando su sitio correspondiente en el firmamento, dándole de lleno justo en la zona donde él estaba. La luz le deslumbraba, así que tuvo que bajar para buscarse las gafas de sol. Con ellas colocadas, fue removiendo la teja rota, retirando algunos pequeños escombros del cemento que la habían mantenido en su sitio.
Estaba agachado. Desde esa perspectiva pudo comprobar que los límites del vecindario se habían acortado. Caramba. Ya no atisbaba las casas decrépitas y en estado de abandono, habitadas por  jóvenes ocupas  situadas en la siguiente manzana con respecto a la suya. El sol picaba que daba gusto. Estaba sudando. Se tuvo que sacar el jersey por la cabeza para quedarse en manga corta. No es que hiciese frío, doce grados no daban la confianza suficiente para exhibirse de dicha manera con riesgo a un resfriado, pero al incidir los rayos solares directamente sobre esa parte del tejado, la temperatura daba la sensación de ser casi veraniega. Nicanor Dullian incluso estaba empezando a transpirar por el calor. Se pasó el revés de la mano por la frente.
Cuando la mezcla del cemento estaba ya preparada, su mirada se centró en el jardín delantero de su casa.
Fue entonces cuando se dio de cuenta que no lograba enfocarlo con la vista. Se quitó las gafas. El deslumbramiento del sol le impedía cerciorarse de que ahora tan sólo podía atisbar la parte sobre la que estaba subido, es decir, el propio tejado de su  casa. Todo cuanto lo rodeaba, estaba sumido en una luminosidad radiante inmensa. Nicanor se incorporó de pie. Ese dichoso sol estaba jugando con su raciocinio. Seguramente al estar expuesto sin haberse protegido la cabeza, estaba teniendo alguna clase de espejismo. Preocupado ante la posibilidad de coger una insolación, dejó el arreglo del tejado para mejor ocasión, decidido a bajar por la escalera que daba a la cocina. Fue avanzando por las tejas de pizarra, hasta ver de manera difuminada que la mitad de la cubierta ya no existía.
Nicanor estaba aterrado.
El tejado parecía un cubo de hielo derritiéndose ante los treinta grados de un día de verano.
Se restregó los ojos con los puños, girando sobre los talones, intentando buscar un punto de referencia en los alrededores. Aquella luz inclemente que procedía del sol lo fue cegando más y más. No existía ningún vecindario. No existía ni su propia casa, que iba desapareciendo físicamente por una goma de borrar invisible. Se colocó las gafas de sol. Todo cuanto veía era el fulgor intenso procedente del sol. No podía atisbar el cielo.
Terriblemente desorientado, quiso retroceder, acercarse a la parte del tejado donde estaba la teja que debía ser reparada. Pero esa zona también había desaparecido.
Ahora miraba a sus pies. Luego en derredor suya. El tejado continuaba desvaneciéndose. La nada se iba apoderando de todo.
Nicanor estaba atrapado en lo alto de algo que antes había sido su casa.
Unos segundos después, su figura se disipó para siempre.
El agente inmobiliario recorrió toda la propiedad, acompañando a la familia Henderson. Aún no tenían hijos, y no pretendían tenerlos por el momento. Por eso buscaban una casa pequeña cuyo alquiler no fuese muy alto. Esa vivienda estaba emplazada en los suburbios de la ciudad. Era la única de una antigua urbanización que fue languideciendo hasta casi desaparecer. Las demás casas estaban en un estado precario de abandono.
– Se tiene previsto por parte del ayuntamiento derribar todas las casas dentro de tres años. Por eso nadie las habita. Esta es la única que se alquila. Y como pueden observar, está en muy buen estado, dadas las circunstancias – les dijo el agente alcanzado el jardín delantero una vez visitada por dentro.
– Si. El precio es muy asumible. Y no requiere muchas mejoras – dijo Larry Henderson, feliz, abrazando a su joven esposa.
Ella lo miró algo ceñuda.
– ¿Qué pasa, cariño? ¿Hay algo que no te gusta de la casa?
– La mancha en el techo de escayola del dormitorio. Hay filtraciones.
Larry sonrió, quitándole importancia al asunto.
– No te preocupes. Será una teja en mal estado. Con subirse a reemplazarla, todo solucionado.
– Hay tejas de recambio en el garaje – le avisó el agente inmobiliario. – Pero puedo llamar a un albañil para que se lo solucione.
– No, déjelo. Soy un manitas. Aunque estemos en invierno, hace un tiempo muy soleado. Así me paso una mañana entretenida, arreglando el tejado, ja, ja.
– Como usted, quiera.
El agente inmobiliario les hizo de entrar en la cocina para firmar el contrato de alquiler por un año. Esperaba que no sucediera como con el anterior inquilino, que a los dos meses de instalarse, se marchó sin haber dado previo aviso. 


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"La Caja del Alma", Ilustración personal del relato.

Hoy como estaba un poco vago, me dio por realizar una ilustración con el protagonista principal de mi relato más reciente. Espero que les guste. Y si no, ya saben, a tomatazo limpio contra la fachada de mi castillo, je je.


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La ira de los demonios. (The wrath of the demons).

                    
             – Su estirpe siempre ha sido muy creyente y supersticiosa. Ambas cosas favorecen nuestra intervención.
                – ¡Es hora de poseer un cuerpo! ¡De corromperlo! ¡Dañarlo! ¡Abusar de él! ¡Alojarnos en su carcasa, para desprenderlo del alma!
                – ¡Así es! La muchacha es débil de espíritu. NO podrá impedir que nos hagamos con el control de su mente.
                – ¡Tenemos que hacerlo! ¡Es nuestra lucha contra quien nos ha condenado a padecer el fuego eterno! ¡Destruyendo uno de entre los suyos, es una más que merecida venganza! ¡Y si conseguimos arrastrar su alma con nosotros, un premio extraordinario!
                – Somos cinco elegidos para residir en el cuerpo de la mortal. ¡Empecemos ya! ¡Y recordad que cuanto más dure su tormento, el dolor que surja de ello será nuestro máximo disfrute! ¡No nos precipitemos con la magnitud de las primeras manifestaciones!
                – ¡Tienes razón! ¡No queremos meses! ¡Si puede durar años, ese será el período de tiempo en que estaremos alejados de nuestro destino infinito!
                – ¡Es una lástima! ¡Con lo divertido que tiene que ser cuando quiera acogerse a la ayuda externa para promover nuestra salida de su cuerpo!
                – Os aseguro que jamás será recuperada. Si consiguen expulsarnos, también su vida lo será para siempre.

                – ¡Maldito mortal! Soy Halías.
                – Alzadill.
                – Bermadel.
                – Hazaziel.
                – Normadén.
                – Somos cinco pero podemos concitar a mil más para llevarnos a esta perra descarriada. Así que deja de molestarnos y vete por dónde has venido.
                – Eso no hará falta, condenada chiflada – susurró la voz humana.
                Aproximó el filo de la navaja a la nuez, profundizando en la carne del cuello hasta hacerle un corte lo suficiente grave como para permitir que la chica muriese desangrada en escasos segundos. Los insonoros alaridos de los demonios fueron espantosos en el limbo de su inframundo de pesadilla. Estaban enfurecidos por la muerte de Esther. Aquel extraño que se había colado por la ventana abierta para robar en la casa les había arrebatado lo que más ansiaban, la posesión del cuerpo y de la mente de la joven. Apenas habían empezado a disfrutar con ella. Ni siquiera sus propios padres habían recaído aún en la posibilidad de que la actitud distante y huraña de Esther podía albergar algo más grave que una  simple rebeldía propia de la adolescencia.
                Una semana.
                Eso es lo que llevaban dentro del núcleo existencial de la muchacha.
                Hasta la irrupción de ese hombre encapuchado.
                Este miró con seriedad a la joven. Era una pena haberla asesinado, pero si no se callaba, podría despertar a los demás residentes de la casa, y lo que él necesitaba era poder registrar el lugar en el mayor de los silencios.
                Media hora después abandonaba la casa por la misma ventana por la que había accedido a su interior.
                Conforme salía a través del hueco del marco, pudo apreciar un rostro sereno en la chica, todo lo contrario al semblante histérico y desquiciado que le mostró cuando fue despertada por haberse tropezado él con la esquina de la cómoda más cercana a la puerta del dormitorio. De no ser por la almohada, la manta y el camisón ensangrentados, se diría que estaba profundamente dormida.
                Fue descendiendo por la fachada apoyado en la tubería bajante del canalón hasta llegar al suelo.
                Conforme se alejaba, escuchó un ruido sonoro sobre su cabeza. Instintivamente miró hacia arriba. Procedía de lo alto de un árbol. En una de sus ramas adivinó los ojos brillantes de un gato enorme. Parecía estar castrado, de lo gordo que estaba.
                El gato maulló largamente.
                Lo sonrió.
                – Vaya. Eres el único testigo de lo que acabo de hacer en esa casa – le dijo.
                El pelaje del gato era de color ceniciento. Encorvó el lomo. Ladeó su cabeza para concentrarse en el hombre.
                Iba a volver a maullar.
                Lo hizo.
                Los inquilinos temporales abandonaron el cuerpo del animal y se alojaron en el del ladrón.
                Este se sintió raro al instante. Se sintió ligeramente indispuesto. Empezó a tiritar como si estuviera pasando mucho frío. Pero la temperatura era del todo veraniega. Se pasó una mano por el rostro y se arrancó el pasamontañas, arrojándolo sobre el suelo.
                Sin comprenderlo, no podía avanzar. Estaba paralizado de cintura hacia abajo. Erguido de pie como un poste. Quiso hablar en voz alta consigo mismo, pero no pudo.
                “¡No queremos tu cuerpo, hijo de puta!” – le llegó una voz siniestra dentro de su mente.
                “Nos has jodido la diversión con la muñequita. Ahora nos toca joderte a ti, bastardo “– le habló una segunda voz interna.
                Repentinamente sus piernas se pusieron en marcha, y sin desearlo, se hallaba corriendo locamente por la calle.
                Estaba aterrorizado. Algo estaba controlando su cuerpo. Y no podía impedir que tal cosa sucediese.
               “Soy Halías.”
                  “Alzadill.”
                  “ Bermadel.”
                  “Hazaziel.”
                  “ Normadén.”
                  “Tú nos arrebataste la vida de la mocosa. Ahora nos corresponde a nosotros hacerlo con la tuya tan inútil y patéticamente miserable que tienes.”
                Su cuerpo fue dirigido cada vez  con más intensidad, forzando la resistencia del corazón. Pasados unos minutos de carrera, sintió un fuerte dolor en el pecho, siendo la antesala de un paro cardíaco, que desembocó en su postración en medio de la calzada.
                Un hilillo de saliva espesa surgía de la comisura de sus labios, mientras sus ojos abiertos miraban hacia el infinito. En su rostro no se adivinaba la misma serenidad y paz que mostraba el de Esther, porque mientras para la muchacha la marcha de los cinco demonios representó su liberación espiritual, para él significaba el comienzo de su larga condena en la tierra donde aquellos moraban eternamente…