Empleado Incompetente Merecidamente Despedido de Escritos de Pesadilla. (V)

Bueno, una semana más, un despido que se avecina. En este caso voy a recurrir a la ayuda inestimable de mi sobrinete Gurmesindo.
Gurmesindo: ¡Qué bien, estimado tío! ¡Mola mogollón eso de poner alguien en la calle!

Robert El Maléfico: Pues nada, niño. Aquí tienes el listado de todos los empleados de Escritos. Escoge uno al buen tun tun, y ya está, nos habremos librado de un inútil para el resto de nuestra interminable existencia.
Gurmesindo: ¡Ya está! Bogus Bogus. Que de cocinero tiene lo que yo de delantero centro en el Fútbol Club Barcelona.
Robert El Maléfico: Te recalco, Gumersindo, que hay unos sirvientes inamovibles. Intocables. Así que no te empeñes en querer deshacerte de ellos porque te caigan gordo.
Gurmesindo: Jolines. ¿Ni siquiera Croqueta Andarina, que es tan cursi y torpe? Si no currela en todo el día.Simplemente está corriendo de aquí para allí a lo tonto, con la excusa de estar preparándose para las Olimpiadas.
Robert El Maléfico: Croqueta no se toca. Y lo mismo con respecto a Dominique, Harry, Pechuga de Pollo Mutante y un servidor.
Gurmesindo: Me lo pones muy difícil. Veamos. Creo que voy a elegir a este tontaina. Un tal Elisendo Cara de Huevo. Trabaja cuidando la granja. Desde que él está, todo se encuentra patas arriba. Los cerdos están limpios y relucientes, eso si, más delgados que una mujer adicta al aeróbic. El pajar repleto de colchones abandonados que recoge por allí, en lugar de amontonar la paja, argumentando que así se duerme mejor cuando le toca la siesta. Luego está lo de sus estornudos. Es alérgico al heno, y no para de dejar empapados al resto del personal con sus enormes mocos viscosos. Y lo que clama al cielo es el calzado que utiliza. Unas botas militares superpesadas, con clavos incorporados en las suelas. Son buenas para andar por terreno embarrado, pero cuando lo hace por las inmediaciones del castillo, y pisa sin querer a más de un invitado de honor que tenemos en ese momento, reclamación que recibimos al instante e indemnización gorda que nos corresponde tener que dar a la persona lesionada por su pisotón.
Robert El Maléfico: Entonces, ¿tu resolución final acerca del mencionado Elisendo?
Gurmesindo: Que se vaya a hacer puñetas lo más lejos posible de donde estamos. JA JA JA.



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La ira de los demonios. (The wrath of the demons).

                    
             – Su estirpe siempre ha sido muy creyente y supersticiosa. Ambas cosas favorecen nuestra intervención.
                – ¡Es hora de poseer un cuerpo! ¡De corromperlo! ¡Dañarlo! ¡Abusar de él! ¡Alojarnos en su carcasa, para desprenderlo del alma!
                – ¡Así es! La muchacha es débil de espíritu. NO podrá impedir que nos hagamos con el control de su mente.
                – ¡Tenemos que hacerlo! ¡Es nuestra lucha contra quien nos ha condenado a padecer el fuego eterno! ¡Destruyendo uno de entre los suyos, es una más que merecida venganza! ¡Y si conseguimos arrastrar su alma con nosotros, un premio extraordinario!
                – Somos cinco elegidos para residir en el cuerpo de la mortal. ¡Empecemos ya! ¡Y recordad que cuanto más dure su tormento, el dolor que surja de ello será nuestro máximo disfrute! ¡No nos precipitemos con la magnitud de las primeras manifestaciones!
                – ¡Tienes razón! ¡No queremos meses! ¡Si puede durar años, ese será el período de tiempo en que estaremos alejados de nuestro destino infinito!
                – ¡Es una lástima! ¡Con lo divertido que tiene que ser cuando quiera acogerse a la ayuda externa para promover nuestra salida de su cuerpo!
                – Os aseguro que jamás será recuperada. Si consiguen expulsarnos, también su vida lo será para siempre.

                – ¡Maldito mortal! Soy Halías.
                – Alzadill.
                – Bermadel.
                – Hazaziel.
                – Normadén.
                – Somos cinco pero podemos concitar a mil más para llevarnos a esta perra descarriada. Así que deja de molestarnos y vete por dónde has venido.
                – Eso no hará falta, condenada chiflada – susurró la voz humana.
                Aproximó el filo de la navaja a la nuez, profundizando en la carne del cuello hasta hacerle un corte lo suficiente grave como para permitir que la chica muriese desangrada en escasos segundos. Los insonoros alaridos de los demonios fueron espantosos en el limbo de su inframundo de pesadilla. Estaban enfurecidos por la muerte de Esther. Aquel extraño que se había colado por la ventana abierta para robar en la casa les había arrebatado lo que más ansiaban, la posesión del cuerpo y de la mente de la joven. Apenas habían empezado a disfrutar con ella. Ni siquiera sus propios padres habían recaído aún en la posibilidad de que la actitud distante y huraña de Esther podía albergar algo más grave que una  simple rebeldía propia de la adolescencia.
                Una semana.
                Eso es lo que llevaban dentro del núcleo existencial de la muchacha.
                Hasta la irrupción de ese hombre encapuchado.
                Este miró con seriedad a la joven. Era una pena haberla asesinado, pero si no se callaba, podría despertar a los demás residentes de la casa, y lo que él necesitaba era poder registrar el lugar en el mayor de los silencios.
                Media hora después abandonaba la casa por la misma ventana por la que había accedido a su interior.
                Conforme salía a través del hueco del marco, pudo apreciar un rostro sereno en la chica, todo lo contrario al semblante histérico y desquiciado que le mostró cuando fue despertada por haberse tropezado él con la esquina de la cómoda más cercana a la puerta del dormitorio. De no ser por la almohada, la manta y el camisón ensangrentados, se diría que estaba profundamente dormida.
                Fue descendiendo por la fachada apoyado en la tubería bajante del canalón hasta llegar al suelo.
                Conforme se alejaba, escuchó un ruido sonoro sobre su cabeza. Instintivamente miró hacia arriba. Procedía de lo alto de un árbol. En una de sus ramas adivinó los ojos brillantes de un gato enorme. Parecía estar castrado, de lo gordo que estaba.
                El gato maulló largamente.
                Lo sonrió.
                – Vaya. Eres el único testigo de lo que acabo de hacer en esa casa – le dijo.
                El pelaje del gato era de color ceniciento. Encorvó el lomo. Ladeó su cabeza para concentrarse en el hombre.
                Iba a volver a maullar.
                Lo hizo.
                Los inquilinos temporales abandonaron el cuerpo del animal y se alojaron en el del ladrón.
                Este se sintió raro al instante. Se sintió ligeramente indispuesto. Empezó a tiritar como si estuviera pasando mucho frío. Pero la temperatura era del todo veraniega. Se pasó una mano por el rostro y se arrancó el pasamontañas, arrojándolo sobre el suelo.
                Sin comprenderlo, no podía avanzar. Estaba paralizado de cintura hacia abajo. Erguido de pie como un poste. Quiso hablar en voz alta consigo mismo, pero no pudo.
                “¡No queremos tu cuerpo, hijo de puta!” – le llegó una voz siniestra dentro de su mente.
                “Nos has jodido la diversión con la muñequita. Ahora nos toca joderte a ti, bastardo “– le habló una segunda voz interna.
                Repentinamente sus piernas se pusieron en marcha, y sin desearlo, se hallaba corriendo locamente por la calle.
                Estaba aterrorizado. Algo estaba controlando su cuerpo. Y no podía impedir que tal cosa sucediese.
               “Soy Halías.”
                  “Alzadill.”
                  “ Bermadel.”
                  “Hazaziel.”
                  “ Normadén.”
                  “Tú nos arrebataste la vida de la mocosa. Ahora nos corresponde a nosotros hacerlo con la tuya tan inútil y patéticamente miserable que tienes.”
                Su cuerpo fue dirigido cada vez  con más intensidad, forzando la resistencia del corazón. Pasados unos minutos de carrera, sintió un fuerte dolor en el pecho, siendo la antesala de un paro cardíaco, que desembocó en su postración en medio de la calzada.
                Un hilillo de saliva espesa surgía de la comisura de sus labios, mientras sus ojos abiertos miraban hacia el infinito. En su rostro no se adivinaba la misma serenidad y paz que mostraba el de Esther, porque mientras para la muchacha la marcha de los cinco demonios representó su liberación espiritual, para él significaba el comienzo de su larga condena en la tierra donde aquellos moraban eternamente…

Imágenes de lo más espantosas.

Llega el fin de semana y hay que relajarse un poco. Así que les dejo estas encantadoras imágenes para que mediten en silencio en busca de su otro yo, el diabólico, ja ja ja…

Hola, soy un tío legal, aún a pesar de que apeste.

No se confundan. Soy el doctor Lemann y me he vestido de payaso
 para levantar la moral de los enfermos con unas buenas risas.
Soy un rato feo, pero con la sierra mecánica soy un number one ligando.

Mi pecho estalla de emoción por tu amor.

Es mi noche preferida.

Es el comienzo de las Rebajas de Otoño en el Corte Irlandés.

Llevo siete meses sin pagarle el alquiler a mi casero.

Te doy un ojo a cambio de un biberón de leche templada.

Tanto café cortado me impide luego conciliar el sueño.

Este ojo precisa de un buen colirio.

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Jugando con la arena. (Playing with the sand).

                Donovan se sintió externamente frío. Se desperezó, estirándose sobre una superficie dura, pétrea y gélida. No veía más que oscuridad y tuvo que quitarse las gafas de sol.

                Entonces…
                – ¿Dónde estamos?
                La pregunta surgió cerca de su lado. Era la voz de Mirtha. Estaba incorporada ya de pie, abrazándose a sí misma para tratar de entrar en calor. Desde la pared más próxima a ambos, una tea encendida iluminaba irregularmente parte del recinto.
                Donovan estaba asombrado. No le salían las palabras.
                Miró a su mujer. Esta reflejaba en sus ojos al borde del llanto el terror en el estado más puro.
                – ¿Y Leticia? ¿Dónde está nuestra pequeña? – inquirió  ella con estridencia, irritada al ver que su marido aún no reaccionaba ante la situación tan irreal en que se hallaban.
                Donovan iba a tratar de responder, cuando un aullido infernal e inhumano les llegó procedente de la oscuridad más alejada.

                Leticia estaba feliz jugando con la arena fina de la pequeña playa. Disponía de un cubo de plástico verde fosforito y su pala roja de juguete. Con un poco de agua recogida en el fondo del cubo humedecía un montoncito de arena para así crear la solidez necesaria para formar una casa.
                Leticia estaba algo alejada de donde estaban descansando sus padres, los dos tumbados al sol protegidos por un enorme parasol. Era temporada baja, el lugar de por sí era poco conocido y turístico y la playa estaba casi solitaria, motivo por el cual la familia había decidido ir a pasar la mañana ahí por el día tan cálido que había salido. También al tratarse de una fecha entre semana, era presumible poder disfrutar de un magnífico día de asueto de sol y playa con la tranquilidad de verse rodeados de muy poca gente que molestase. Para una excepción en que su padre tenía una jornada libre en el trabajo de la oficina, había que aprovecharlo a lo grande.
                Los padres de la niña estaban profundamente adormecidos sobre sus toallas de variopintos colores de tonos alegres y desenfadados. Leticia estaba tan atareada en la construcción de su casita de arena, que no se dio de cuenta de la llegada del niño. Se volvió al ver que la sombra proyectada por la silueta del niño recién llegado le tapaba su pequeña obra de arte.
                – ¿Qué haces? Apártate, quieres – le dijo, enfurruñada.
                El niño estaba en los huesos.  Parecía bastante enfermizo. Sus ojos eran muy saltones. Su tez estaba reseca y con zonas enrojecidas por la irritación en reacción al estar expuesto de manera directa al sol. Sobre su frente llevaba una cicatriz muy profunda y vestía ropa usada mal remendada.
                – ¿Puedes dejarme un poco de agua para construir con la arena algo interesante? – preguntó el niño de aspecto tan raro.
                – Vale. No me importa. Podemos jugar juntos – le contestó Leticia, sintiendo curiosidad por lo que pudiera formar con la arena.
                Le pasó el cubo. El niño se sentó a su lado. Amontonó arena y lo empapó hasta quedar satisfecho con la consistencia dada. Formó un pequeño hoyuelo con las manos en el suelo y extrajo de uno de los bolsillos de sus pantalones cortos deshilachados algo envuelto en papel de aluminio. Se lo mostró a la niña sin emocionarse.
                – Mira – dijo en un susurro.
                Fue abriendo el aluminio por los bordes hasta dejar a la vista una tableta de plastilina negra.
                – ¡Es plastilina! – dijo Leticia, fascinada.
                El niño la sonrió con desgana. Dividió la tableta en tres porciones. Una correspondía a dos terceras partes de la plastilina, mientras las otras dos porciones fueron partidas por la mitad exacta de la tercera parte restante. Los dedos de sus manos formaron una bola con la porción más grande. Luego la fue estilizando hasta que adquirió la forma de una cosa con seis patas y una cabeza deforme muy aplastada. Se la enseñó a Leticia.
                – Mira. Un monstruo – comentó con una sonrisa extraña.
                Depositó la figura del monstruo en el hoyo excavado en la arena.
                Sin detenerse, sus dedos dieron cierta forma a las otras dos porciones, hasta simular dos siluetas humanas. Igualmente se las mostró a Leticia.
                – Mira. Tus padres.
                Leticia estaba como hipnotizada. Cuando observó que  juntaba las dos figuras con la del monstruo en el fondo del hoyo, quiso protestar, pero el niño se llevó un dedo índice a los labios para indicarle que estuviera callada hasta el final.
                Se puso a tapar las tres figuras con la arena mojada y estuvo unos pocos minutos moldeando algo parecido a un montículo.
                Nuevamente reclamó la atención de Leticia.
                – Esa es una casa muy rara – se le anticipó la niña.
                – No es una casa. Es el lugar donde están encerrados tus padres.
                El niño entornó los ojos, mostrándole las encías sangrantes de la parte superior de su dentadura.
                – Ahora mira esto.
                Juntó ambas manos sobre la estructura de arena y apretó con fuerza hasta chafarla.
                Entre los resquicios de sus dedos surgió un líquido viscoso oscuro, procedente de la arena que presionaba.
                Contempló a Leticia con satisfacción.
                Soltó una carcajada amplia al advertir lo asustada que estaba.
                Finalmente le dijo:
                – Mira. Tus padres están ahora muertos.
                Leticia se marchó llorando, dejando atrás su cubo y su pala de juguete para jugar con la arena. Aquel niño malo la había asustado tanto, consiguiendo que se mojara la ropa interior. Se dirigió hacia la zona donde descansaban sus padres, llamándoles a gritos entre gimoteos.
                Pero al llegar al lado del enorme parasol simplemente encontró las toallas de playa empapadas de sangre.


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Misterio Gordo medio resuelto por Pechuga de Pollo Mutante.

Pechuga de Pollo Mutante: Ejem. Presten un poco de atención. A primera vista estos dos botarates pasarían por ser dos simplones enanitos de jardin. Pues lamentándolo mucho, tengo que advertir que son dos de nuestros visitantes más ilustres, Paquito Chulito Porquesoyalto, uno de los ayudantes de Santa Claus en la campaña navideña, y el otro es Eleuterio Cuerno Quemado, el tercer portero del Atlético Malote Sociedad Anónima Deportiva, un equipo de la quinta regional del fútbol navarro. Dos atrevidos seguidores y encima de los más asiduos en la lectura de los infumables pergaminos literarios del jefazo, Robert El Maléfico. En una de mis rondas nocturnas dentro de mis competencias como máximo responsable de la seguridad en Escritos, me los encuentro convertidos en dos horrendas estatuas de granito. Fíjense en la expresión insalubre de sus rostros pétreos. Deben de estar pasándolo fatal, inmovilizados cerca del pozo de aguas fecales, plantados al ladito de esta triste petunia. ¡No hay derecho! Tiene que haber una explicación a este incidente. Voy a continuar con mi ronda por las dependencias del Castillo, a ver si descubro al culpable de semejante desaguisado.

37 minutos después:

Pechuga de Pollo Mutante: ¡Vaya, vaya! En cuanto Harry me ha pasado el guión para la siguiente entrevista con un ser del mundo del terror, todo resulta de lo más evidente. La causante de la petrificación eterna de los señores Paquito Chulito y Eleuterio Cuerno Quemado es la propia invitada. En este caso se trata de Natalia Despampanante A Todas Horas. La prima novena de la temible y legendaria Medusa. Al igual que ella, si se la mira a sus bondades anatómicas, te deja hecho un pedrusco de tamaño natural. Por cierto, ahí llega la susodicha, presta para la entrevista. Voy a ponerme de espaldas a ella. Así evitaré contemplar su pedazo cuerpo más propio de una animadora de Los Ángeles Lakers.
Natalia Despampanante A Todas Horas: Hola, señor Pechuga de Pollito. Lamento la tardanza, pero es que por el camino me he tropezado con dos frescos que se empeñaron en mirarme el escote.
Pechuga de Pollo Mutante: Qué quieres que te diga, hija. Eres escultural, pero con tu cruel castigo, las arcas de Escritos dejarán de ingresar veintisiete céntimos de euros mensuales por las visitas reiterativas de los dos clientes a los que te has cargado. Por eso no mereces aparecer en la portada del blog.

Natalia Despampanante A Todas Horas: ¡Vamos! No seas así de quisquilloso. Si ahora están de lo más decorativos. 
Pechuga de Pollo Mutante: Olvídate del tema, nena. Ya te estás marchando con paso ligero. Que ya se me está durmiendo la espalda de tanto ofrecértela para así evitar ver tu majestuosa figura super insinuante.
Natalia Despampanante A Todas Horas: ¡Haberlo mencionado antes, corazón! Mira, ahora llega mi novio, Perseo Saltarín. Juega en la liga profesional de baloncesto albanés. 
Perseo Saltarín: ¡Hola, bella mía! Aunque nunca te veo por seguridad personal, me supongo que sigues igual de guapa.
Pechuga de Pollo Mutante: Esto si que tiene narices. Ninguno de los dos la estamos mirando, pero asumimos que está más buena que una empanada gallega.
Natalia Despampanante A Todas Horas: ¡Huy! Como eres tan cabezota, y sigues empeñado en anular la entrevista que ibas a hacerme, te mereces al menos ver un primer plano mío.
Pechuga de Pollo Mutante: No pienso darme la vuelta, rica.
Natalia Despampanante A Todas Horas: Si no es preciso que te la des, tonto. Mi Perseo trae consigo una tele de plasma con reproductor de dvd incorporado. Con darle al mando, te reproduzco un vídeo casero grabado el otro día y que los del youtube se negaron en colgarlo aduciendo cierta falta de calidad en la imagen. 
Pechuga de Pollo Mutante: ¡NOOOOOOO! ¡Eso es jugar sucio…!

Un ratico más tarde:

Robert El Maléfico: ¡Rayos! ¡Una estatua pétrea de Pechuga de Pollo Mutante! ¡El ego se le ha subido a la cabeza! ¡No me queda otra que rebajarle el sueldo para que sea más humilde!
” Por cierto, menuda tía más buena la que está al lado de la estatua…




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Cómo transformamos a un simple y vulgar peluche en un engendro monstruoso en menos de dos días de dura instrucción militar.

Bueno, nuestros métodos de entrenamiento eran de lo más secretos, hasta el día de ayer, en que se nos infiltró a traición un reportero zombi de la CNN de Pekín.


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Cuestión de paciencia.(Question of patience).

Allan tenía muy poca paciencia. Esta era una cualidad que debía mantener a toda costa. Cuando firmó el pacto con el demonio menor Suaniztttgagga, su nueva vida y forma adoptada se debía a la templanza contenida en su interior. Si no era capaz de cumplir manteniéndose firme y sereno, simplemente iba a volver a ser lo que fue en un principio.
Allan Arkins Beldere. Un preso fugado de la prisión estatal de Arkansas por triple asesinato de una familia en el día de Acción de Gracias. Lo que él cenó ese día, no fue pavo precisamente…
La sangre excita. Su sabor. Su dulzura. Concede fuerzas extremas. Con ella se suma uno en el mayor de los éxtasis.
También con ella se firma el contrato de una futura unión espiritual con el infierno.
Pero antes hay que morir.
Allan Arkins había escogido una nueva identidad de lo más propicia. Con ella esperaba vivir muchas décadas antes de ceder por la inercia de la vejez y sus enfermedades.
Estaba sentado en su pupitre. Atento a las lecciones que le estaba impartiendo la guapa profesora de historia. La chica era un cielo. Alta. Esbelta. De larga melena rubia. Ojos verdes. Tenía un busto bien definido. Siempre lucía falda. Una prenda recatada pero que dejaba ver lo bien torneadas que tenía las piernas. La tal señorita Mascarino no se paraba mucho rato sentada tras su mesa, dando paseos con asiduidad por delante de la pizarra con el libro abierto sobre la palma de la mano derecha.
Lo que menos le gustaba de la mujer era su tendencia a preguntar a los alumnos cada dos por  tres por temas del párrafo que había leído en voz alta. Allan siempre había tenido la mollera demasiada dura. En su anterior etapa no había superado la escuela secundaria, y en esta nueva, tenía intención de graduarse en la básica para luego huir de su falsa nueva familia para dedicarse a los negocios ilegales que tenía en mente llevar a cabo para enriquecerse por la vía rápida y así vivir con desenfreno y lujuria. Controlaría su apetito por la carne humana. Si cedía al sabor exquisito de la misma, acabaría detenido y tirando por la borda la segunda oportunidad que le había brindado el demonio Suaniztttgagga. Con el agravante que ya tenía el alma condenada de manera irremediable.
Se sacudió la cabeza. Notó algo en el pescuezo. Se dio la vuelta, y vio a Lucas Devalaro que le había lanzado un grano de arroz utilizando el cilindro vacío del bolígrafo como cerbatana. Su agresor le sonrió con cierta mofa, mientras sus compañeros se contenían la risa cubriéndose las bocas con las palmas de las manos.
Allan se volvió para fijarse en las evoluciones sugestivas de la señorita  Mascarino.
Dios, era su segundo día en el colegio. Allan había poseído el cuerpo de Josh Britons. Literalmente, con la colaboración del demonio, habían echado su espíritu del cuerpo, quedándose Allan con la fisonomía del crío. Sus padres no habían notado nada anómalo en el proceso del intercambio. La esencia del Josh verdadero fue absorbida por los orificios nasales del demonio, que en una fuerte inspiración, se hizo con su alma para conducirlo al infierno.
El trato en si se sellaba con el alma de la víctima cuyo cuerpo era usurpado por Allan, y por el alma del propio Allan cuando este muriese.
Ahora Allan volvía a tener una familia, una casa, una infancia.
Aun así su mente seguía siendo adulta. Tenía pensado utilizar a los Britons como eventual tapadera. Cuando tuviera catorce o quince, se marcharía para formar una banda de delincuentes juveniles. De esa forma se ganaría la vida. Queriendo llamar la atención de algún mafioso que estuviera interesado en contratarle sus servicios. Obtendría dinero rápido. Sexo sin pausa. Todo tipo de droga al instante. Su personalidad sería distinta a la primera que tuvo, en que fue un tío solitario que no sabía ni donde caerse muerto, con la cabeza hecha un lío y con extrañas desviaciones sociales como la práctica del canibalismo con sus víctimas.
Hasta que llegara a la adolescencia, tendría que resignarse con actuar como un niño de nueve años.
Se fijó nuevamente en las hermosas piernas de la maestra. Dios, esa mente de pervertido cuarentón le estaba sacando de quicio.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por otro impacto de un grano de arroz en su nuca. Seguido de otro en la oreja derecha.
Se volvió a tiempo de ver al cerdo de Lucas cachondeándose con sus amiguitos.
Allan tenía los dedos de las manos apretados, con las uñas hincándose en la piel de las palmas.
Los miró, furioso.
Esto los hizo reírse de él con más ganas.
Joder. Estaba ya muy alterado. Encima, por la información que había recabado acerca de la verdadera personalidad de Josh Britons, este había sido un mocoso sin sangre, asustadizo y tímido. Vamos, que los abusones del colegio no acudían luego al cine porque bastante diversión conseguían a costa del tonto del pueblo.
Allan los fulminó con la mirada.
– Mira. El cavernícola parece algo enfadado, ja  ja – susurró Lucas a sus colegas en voz baja para que no les oyera la maestra.
Allan apretó los dientes. Estaba sudando por el entrecejo.
Paciencia, le recomendó Suaniztttgagga. Si quebrantaba esa norma, todo el experimento se iría al carajo.
Una mano suave y delicada se posó en su hombro derecho. Allan se dio la vuelta y se vio de frente con la profesora. Dios. Tenía unos labios carnosos de lo más incitantes. Su rostro era de lo más atrayente. La miraba ensimismado. Y lo que es peor, con un órgano infantil creciendo en su entrepierna, excitado por la cercanía de la mujer.
– Josh. No estás atendiendo a la lección – le reprochó con cierta tirantez la señorita Mascarino.
– Yo… Me están molestando. Esos chicos de atrás – se defendió con su odiosa voz infantil.
– No le eches la culpa al resto de tus compañeros de tu falta de concentración, Josh. Quedas castigado con tener que presentarme mañana un resumen de lo dado hoy en clase. A ser posible que ocupe dos hojas. Y con un par de dibujos relativo al tema escrito.
La maestra se alejó mirándole de mala gana.
Allan agarró el lapicero que tenía a mano y lo partió por la mitad.
Esa mujer también pensaba que Josh Britons, el anterior Josh Britons, era un chaval de mente corta. Un tonto del culo que acabaría repitiendo curso.
Allan se puso frenético. Quiso contar hasta veinte para tranquilizarse.
Con lo buena que estaba la muy zorra y le estaba tratando como a una basura…
Si tuviera la presencia física ya de adulto, le enseñaría lo bueno que era pasar una noche en vela enfrascados en plena lujuria salvaje.
Entonces recibió otro impacto de arroz en la parte trasera de la cabeza. Se volvió ya casi fuera de sí. El siguiente grano le dio en el ojo derecho.
Lucas cacareó, exultante ante el acierto.
La señorita Mascarino estaba recogiendo sus cosas a punto de salir de la clase.
Allan no pudo contenerse más.
Aporreó la mesa con fuerza y soltó un grito demencial que dejó a toda la clase helada. Sus compañeros y la maestra se quedaron paralizados en sus sillas.
La tela fue desgarrándose. La ropa de Josh fue arrancada por unas poderosas manos, quedando el crío desnudo. Pero ya no era un niño. Era una persona adulta de cuarenta y tanto años, con la mirada de un loco.
– Por vuestra culpa, soy Allan de nuevo.
Sin pensárselo, fue partiendo los cuellos de los pequeños mientras la maestra lloraba horrorizada, intentando impedírselo. Allan la apartaba de un empellón con el codo y continuó hasta finalizar su masacre.
Empapado de sudor, transpirando como si estuviera en una sauna, se volvió hacia la maestra.
– no no no… quienquiera que seas… noo –gemía la señorita Mascarino.
Allan estaba ya perdido. Su pacto con el demonio era un fracaso. Así que antes de tener que afrontar las consecuencias, decidió hacerlo acompañado de la profesora.
Cuando llegó el bedel por expresa petición del resto de los maestros porque estaban extrañados de que la señorita Mascarino estaba tardando más de la cuenta en aparecer por la cafetería durante el receso de un cuarto de hora entre clase y clase, encontró los cuerpos de quince ángeles durmiendo para el resto de la eternidad y a la señorita Mascarino terminando de ser violada por un hombre enloquecido que estaba desnudo y con la mente fuera de este mundo.
En cuanto Allan vio la llegada del bedel, dio por culminada su diversión con la mujer, le partió el cuello, y echándose sobre el empleado, buscó su yugular con fuerza, pues sus instintos caníbales habían retornado con inusitada fuerza…
Fue succionando la sangre del hombre con ansiedad. Llevaba unos segundos cebándose en el cuerpo del empleado, cuando la figura de Suaniztttgagga surgió en el quicio.
Los  rasgos del demonio permanecieron inmutables, aún a pesar de ver todo el desastre ocasionado por Allan en menos de quince minutos de pérdida de control. Suaniztttgagga aspiró hondamente cada alma de los difuntos habidos en la clase.
– Vámonos. Ya ha llegado tu hora – le dijo con voz neutra.
– No he podido contenerme. Esos malditos niños. Me atosigaban con sus bromas pesadas. Y la maestra se me insinuaba con su físico. Ha sido mala idea reencarnarme en el cuerpo de un mocoso.
– Tuviste tu opción. Ahora asume las consecuencias de tus actos.
Suaniztttgagga le ayudó a incorporarse de pie.
– Ahora toca recorrer el camino hacia tu propio sufrimiento, Allan Arkins. Y no es nada comparable con el que les has infligido tú a estas infaustas criaturas.
Las siluetas de ambos se fueron difuminando conforme se alejaban por uno de los pasillos, hasta desaparecer para siempre.

El hombre sin brazos. (Armless man).

El tío Toole tiene cincuenta y tres años. Es bastante peculiar. Habla demasiado, y según nuestros padres, debe de beber mucho. No trabaja y vive solo en una casa algo alejada del pueblo.
Casi siempre viste la misma ropa. O así nos lo parece cuando viene de visita. Nada más llegar, le pregunta a nuestro padre si puede acercarse al mueble bar.
Las veces en que viene, es para quedarse a cenar. No debe de tener casi ni dinero. Alguna vez nuestra madre lo ha abrazado, pensando los dos que estaban solos, y se han puesto a llorar. Mamá no querría tener un hermano pobre. Debe de sentir lástima por el tío Toole. Y pena. Infinita pena.
Nuestro padre se lo pasa bien con él. Se ponen a hablar de cosas de mayores, de temas poco interesantes para mi hermana y yo. A veces acompaña al tío Toole con una cerveza. Y se ríen mientras juegan al póker.
Normalmente, después de cenar, nuestros padres nos mandan despedirnos del tío Toole antes de irnos a la cama.
Llegado ese momento, el tío Toole se ofrece a acompañarnos hasta nuestro dormitorio.

– Allí me despediré de ellos con un montonazo de besos mantecosos y abrazos pegajosos infantiles – solía decir, mirando de refilón a nuestra madre mientras nos llevaba al cuarto.
Una vez en el dormitorio, con mi hermana y yo bien arropados dentro de las camas, el tío Toole se pellizcaba la nariz granujienta que tenía y nos miraba con aspecto algo de pillo.
– ¿Antes de iros a dormir, puedo contaros la leyenda del hombre sin brazos? – siempre quería meternos miedo antes de irse con nuestros padres para continuar con la partida del póker.
– ¡No! ¡Eso tiene que dar mucho miedo! – imploraba mi hermana, subiéndose la manta hasta cubrirse la barbilla.
– Sigue, tío Toole. Yo soy muy valiente. Puedo escucharla y luego dormir de un tirón, sin pesadillas que me desvelen – le animaba, con ganas de oír una nueva historieta horripilante.
El tío Toole se acomodaba sobre el borde de mi cama para iniciar la narración:
– Bueno. Había un hombre muy malicioso, que siempre molestaba a las personas buenas. Es más, les hacía mucho daño. Por cada pueblo que pasaba, al poco de irse se echaba en falta a algún niño.
– Qué miedo. Se llevaba a los niños – gimoteaba mi hermana, temblando bajo la sábana como si hiciera frío en la habitación.
– Ya empezamos con los lamentos de Katy.
– Eso era, Katy. El hombre secuestraba a los niños de los pueblos para hacer cosas muy malas con ellos. Y aquellos niños desaparecían para siempre. Jamás eran encontrados con el paso de las semanas, los meses y casi los años.
“Pues bien. Este malhechor, llegó un día a una pequeña aldea. Allí también había niños. Estuvo un par de días curioseando por la zona, hasta que decidió quedarse con un chiquillo. Le ofreció unos caramelos para ganarse su confianza y lo demás vino seguido.
“Estuvo cargando con el pequeño durante un largo tramo. Lo tenía metido en un saco, y quería alcanzar un bosque cercano para ahí jugar un poco con él antes de decidir dónde esconderlo para siempre.
– ¡Yo no aguanto más esa historia! ¡Me tapo las orejas con las manos y me cubro con la manta! Cuando el tío se marche, me avisas.
– Esta Katy… Tápate los oídos y la boca para no interrumpir más – le dije, concentrando todo mi interés en la historia que estaba contándome el tío Toole.
– Sigo, pues, hijo.  Este demonio de hombre alcanzó el bosque, y en cuanto encontró un pequeño claro iluminado por la luz de la luna que se colaba por entre las ramas de los árboles cercanos, soltó la lid que mantenía cerrado el saco.
“- Sal, mocoso. Que quiero jugar un rato contigo.”,  le dijo con brutalidad al niño metido dentro del saco.
Este fue saliendo y sin decir nada, se quedó quieto a su lado, de pie, sin quitarle el ojo de encima a su captor.
El hombre le puso la mano encima y lo zarandeó para ver lo resistente que era. El crío ni se quejó ante aquel primer maltrato. Esto le llamó bastante la atención al villano, y medio agachándose para ponerse a la altura del pequeño, le dijo sonriendo con ruindad:
“- Te gusta hacerte el duro. ¡Mejor para mí! ¡Así aguantarás todo el daño que te voy a hacer durante más tiempo que los anteriores pequeñajos que he tenido a mi merced!”.
Los ojos del niño no se movían para nada. Estaban fijos en el rostro del hombre malvado.
Cuando este se iba a incorporar, la voz infantil le habló por primera vez desde que lo había raptado en la cercanía de la aldea:
“- Se te acabaron tus hazañas, malnacido.”
“- Cómo dices, enano malhablado.”
“- Yo te digo que no vas a tocarme siquiera, porque se te van a pudrir los brazos y se te caerán al suelo como ramas quebradizas de un árbol de este bosque mismo en el que nos encontramos.”
Aquel bellaco soltó una carcajada, incrédula.
Justo acabar de mofarse, notó una sensación rara en las axilas. Empezó siendo como un cosquilleo, hasta transformarse en una molestia que acabaría en un dolor del todo insoportable.
“- ¡Me quema! ¡Cómo quema!” – gritó de dolor, llevándose sendas manos a los sobacos, por debajo de la chaqueta.
Nada más colocarlas en aquellas partes del cuerpo, los dos brazos se desprendieron del mismo, terminando de caer al suelo, mientras la sangre salía a borbotones de las axilas del pobre desgraciado.
El secuestrador, casi moribundo, arrodillado y con la espalda apoyada contra el tronco de un árbol, miró por última vez al niño que le había soltado tan terrible maldición. Para su completo horror, pudo comprobar que no era ningún niño, sino un brujo que había adoptado la forma infantil. Aquel brujo, en vista de la cantidad de niños desaparecidos en los últimos meses por la región, ofreció sus servicios al comité de alcaldes, asegurándoles que conseguiría poner fin a tanta desgracia.
Así fue, Katy y Brandon. Una vez que el hombre malvado se quedó sin brazos, fue encontrado muerto al día siguiente. Al brujo se le dio una abundante recompensa y nunca jamás volvieron a desaparecer más niños en la zona.
– Jo, qué fuerte.  – exclamé yo, una vez concluida la historia.
El tío Toole se puso de pie. Katy bajó la parte superior de la sábana.
– ¡Qué bueno! Ya se terminó la horrible historia. Ahora ya podemos dormir en paz- mencionó, sumamente contenta por el hecho.
El tío Toole nos miró a los dos desde su altura.
– Aquí no concluye del todo la historia. Ya sabéis  que a veces puede haber alguien que quiera repetir las perversas hazañas de un asesino.
Nada más decirlo, vimos horrorizados cómo se quitaba los brazos, dejándolos caer en el suelo.
Gritamos como locos. Nos salimos de la cama, huyendo del tío Toole como si este fuera el mismo demonio.
Mientras nuestros padres intentaban calmarnos en la sala, llegó el tío Toole. Ya llevaba un brazo puesto mientras estaba empezando a ajustarse el segundo en la axila derecha.
Cuando lo vimos a la luz de la lámpara, nos echamos a reír.
El tío Toole perdió los brazos en la segunda guerra mundial por la onda expansiva de una granada alemana, y ahora se servía de brazos ortopédicos.
Así era el tío Toole. Metiéndonos con gusto el miedo hasta los huesos.

Entrevistas con personajes conocidos del mundo del terror.

Entrevista de Pechuga de Pollo Mutante con el aterrador Monstruo de Hamsterein.





Pechuga de Pollo Mutante: ¡Malas y desagradables noches tanto a los chicos como a las chicas que visitan este lugar tan frío y desangelado! Ya le tengo dicho al jefazo que gaste algo más en calefacción, pero siempre me replica que bastante tenemos con el calorcito que emana de la lumbre de un cirio de cera de avispón, digo abeja, que aún estoy recuperándome de la picadura del otro día.

A lo que voy. Corresponde una nueva entrevista con un ser horrendo y terrorífico. En esta ocasión toca hacer la presentación de nuestro invitado. Señoras y señores, el muy conocido Monstruo del Doctor Hamsterein.

Monstruo de Hamsterein: Hola coleguita. Mejor me llamas Leandro Cogollo, que nací en un pueblecito muy cercano a las Bardenas Reales, en Navarra.
Pechuga de Pollo Mutante: Menuda noticia me das, nene. Según mis informes, debiste de nacer en lugares distintos. Porque el tal doctor Hamsterein, al que le debes la fama, utilizó varios cuerpos para unir diversas partes de ellos hasta formar una única unidad. Posteriormente te enchufó a varias baterías de coche del tipo Seta Panda, hasta crear vida en tu amorfa y fea anatomía mal zurcida.
Monstruo de Hamsterein: ¡Calma, tronco! No nací en varios lugares a la vez. Eso es una mentira cochina. Antes hay que contrastar los datos, eh. Mejor sería decir que fui recogido de diversas tumbas de un único cementerio. Y ese cementerio está  ubicado en el citado pueblecito donde tan orgulloso me siento, además navarrico hasta la médula.
Pechuga de Pollo Mutante: Aclarado el malentendido, prosigamos con la entrevista. Estuviste viviendo a cuerpo de rey a costa del doctor Hamsterein durante treinta años, hasta que los lugareños asaltaron el chalet adosado donde vivíais, linchando al pobre científico mientras tú te dabas a la fuga montado en una bicicleta infantil.
Monstruo de Hamsterein: Así fue la cosa. Muy chunga. Mal rollo me da recordarlo. Mi pobre papá colgado de la antena parabólica. Con la cara amoratada y los ojos salidos. Y que no se me olvide mencionar que se le quedó la lengua fuera como si les estuviera faltando al respeto a la concurrencia. Así era papá, un bromista hasta en la muerte.
Pechuga de Pollo Mutante: Por cierto. ¿Podrías aclararnos el motivo del odio que os profesaba el vecindario?
Monstruo de Hamsterein: Bueno. Llevábamos cinco años sin pagar los gastos de la Comunidad de Vecinos. Mira que les decíamos que estábamos a dos velas, pero no nos creían. Pensaban que ganábamos un pastón metiendo horas extras de vigilantes en un Centro Comercial. 

Pechuga de Pollo Mutante: Después de fugarte…
Monstruo de Hamsterein: Me fui derechito a Orio. Ahí me embarqué en un barco pesquero como aprendiz y ahora, pasados unos años de duro aprendizaje, me he convertido en un marinero de tomo y lomo.
Para que veas, te he traído un obsequio. Un pedazo atún de los mares del Sur. Todo para ti.
Pechuga de Pollo Mutante: ¡Oh, no! Odio el pescado. Me produce alergia. Malestar estomacal.  Quedo muy agradecido, pero mejor que se lo ofrezcas al cocinero Bogus Bogus.
Monstruo de Hamsterein: ¡Qué cocinero ni qué leches! Esto hay que comérselo al estilo japonés. En estado crudo. Ya verás lo bueno que está. Venga, abre esa boquita de piñón que tienes…
Pechuga de Pollo Mutante: ¡No! ¿Pero qué hace, desgraciado? NO ME ABRA LA BOCA A LO BESTIA, PEDAZO DE BURRO.
Monstruo de Hamsterein: Así, así. Mastícalo a conciencia. Te costará un poco, porque es una buena pieza de cinco kilos.
Pechuga de Pollo Mutante: ¡bufff…! ¡ñam-ñam! ¡gronfa-gronfa! ¡uy…! ¡burp…!

Minutos más tarde, una vez finalizada la entrevista:

Pechuga de Pollo Mutante: ¡Ay, ay! ¡Qué malito estoy y lo mucho que me quejo! No puede ser. Maldito atunazo el que me ha regalado el ceporro ese de Hamsterein, que me ha hecho de zampar hasta la cabeza, las aletas y las tripas…
Bogus Bogus: ¡Hombre! ¡Pechuga! Hoy estás de suerte. Por fin me he decidido a cocinar un plato muy especial. FILETAZOS DE ATÚN A LA PLANCHA.
Pechuga de Pollo Mutante: ¡QUEEEEEE…!

Pechuga de Pollo Mutante: ¿Pero a dónde vas, Bogus Bogus? Mira que te estoy sugiriendo un plato para la cena de esta noche: PIRAÑA SUPERMUTANTE DEL RÍO TANGANIKA RELLENO DE COCINERO BOCAZAS.
Bogus Bogus: ¡Nooo! ¡Ya te vale, Pechuga! Que ese pez debe de estar podrido. No me sirve. Te juro que no me sirve para la cocinaaaaa….


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Empleado Incompetente Merecidamente Despedido de Escritos de Pesadilla. (IV)

Nueva semana, y nueva víctima propiciatoria para el despido fulminante por parte de un servidor.


¡Cito al despacho del Jefazo de Escritos de Pesadilla, a la momia nacionalizada egipcia (pero de origen australiana) Patatotek Garbanzok VI! 


¡Aligere el paso, por Dios! ¡Ya le vale lo de arrastrar los pies de manera tan lenta y lastimosa!
A ver, señor Garbanzok, ¿algo que alegar en contra de su despido?
(momia): Aggg…. Sindicato… Interponer reclamación…. Demanda… Conciliación… Acuerdo amistoso…
Bien, bien. Haga usted todo lo que le venga en gana a partir de ahora. Reconozco que me va a suponer un alivio desprenderme de sus patéticos servicios.
(momia): Ugggg… Firmar finiquito… “no conforme”… Abogado sindical… Denuncia… Pasta gansa… Derecho al paro… Descanso Eterno…
Eso mismo, repose su cuerpo y parte del alma durante sus meses de parado.
¡Y ahora salga de mi despacho! ¡Y con más garbo, carajo!
(momia): Oggg… Jefe sinvergüenza… Venganza… Maldición… Morir pronto…
Ya, a mí me vas a venir con esas. Las amenazas me las como entre pan y pan como si fuera un bocadillo de chorizo de Pamplona.
Bueno, por fin se ha largado el inútil este.
Por cierto, falta mi risa sardónica y despiadada tras haberle echado de la empresa…

JA JA JA JA



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