Asesinos ficticios: Humphrey Stuggs, el orquestador de la matanza de Norwich. (Fictional murderers: Humphrey Stuggs, the orchestrator of the massacre of Norwich.)


Pocos datos se conservan de Humphrey Stuggs en los archivos locales del condado de Chenango, donde se encuentra la pequeña ciudad de Norwich. Estamos citando el año del luctuoso suceso ocurrido por las aviesas intenciones del susodicho Stuggs: 1896. Por aquellas fechas Norwich superaba los dos mil habitantes. La ciudad se ubica al lado del curso del río Chenango. Compuesta por un núcleo urbano en pleno crecimiento para la llegada del siglo XX, muchos de los habitantes en ella empadronados tenían sus viviendas en forma de granjas en el valle que lo circunvala, que unido a los bosques y colinas que la rodean al este y al oeste, dotan de un aire idílico a Norwich. A pesar de su insignificante tamaño como localidad media del estado de Nueva York, Norwich disponía de una importante compañía farmacéutica, una fábrica de martillos y una red de trenes de cercanías. Además era la ciudad más dotada de servicios y entretenimiento del condado de Chenango, razón por la cual era muy concurrida por los residentes de las poblaciones cercanas.
En pleno año 1895 el Ayuntamiento dotó de una explanada justo en el núcleo urbano donde se pudieran desarrollar eventos y festivales culturales. El primer festival fue el de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo. Tuvo lugar un año después.
Humphrey Stuggs no era natural del lugar. Tras haber cometido la salvajada sangrienta del año y haber sido convenientemente linchado a las pocas horas por una horda incontenible que buscaba venganza, su cadáver fue troceado por el carnicero Evans y sus restos arrojados en el comedero de la pocilga de cerdos del granjero Nutton Jenkins.
Por lo poco que se sabe, Humphrey tendría unos cuarenta años y llevaba unas semanas residiendo en la pensión de Martha Cummings. No trabajaba en Norwich y se le veía con frecuencia en las tabernas y bares de la localidad, bebiendo sin parar hasta caer redondo, y cuando no perdía el sentido, lo conseguía por los puñetazos que recibía en las peleas, dado que era muy reincidente en producir altercados cuando ya no le quedaba dinero y el tabernero se negaba a seguir sirviéndole whiskey de alambique. El sheriff Brenton lo detuvo tres o cuatro veces para que durmiera la mona en una de las tres celdas de la comisaría de Norwich. El agente de la ley jamás supuso que detrás de los barrotes, sumido en sus locos sueños tendido sobre el catre de la celda que en aquel momento le correspondía se hallaba el futuro orquestador de la mayor matanza de civiles en su querida ciudad.
Era el mes de junio de 1896. El día 7 se inauguró la primera gran exhibición de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo. Enormes fieras, bestias y reptiles de gran tamaño, en principio amaestrados por los domadores de circo más renombrados del país. De hecho, la mayoría estaban expuestas fuera de sus jaulas, amarradas mediante simples gruesas sogas a las patas de cada ejemplar que las unían a estacas de acero hincadas en el suelo a golpe de mazo.
Los primeros dos días fue un éxito total. Más de cinco mil personas llegadas de todo el condado y del resto del estado de Nueva York se sintieron atraídas por la exhibición monumental de bestias cuadrúpedas. Los domadores dejaban que los visitantes acariciaran a los animales. Incluso que a los más mansos se les alimentara con pienso, cacahuetes, alfalfa o pollos crudos a la boca.
El desastre que marcaría para siempre con letras de sangre a Norwich sucedió al día siguiente. Al mediodía, la figura de Humphrey Stuggs emergió de entre la multitud. Portaba cohetes pirotécnicos, unas ratas muertas y una escopeta. Sin que nadie supiera lo que aquél loco pretendía, arrojó los cohetes recién encendidas las mechas entre las patas de las fieras, las ratas entre las de los paquidermos y efectuó diversos disparos al aire para asustar al resto de los animales insuficientemente atados para tal circunstancia.
A resultas de esta actuación disparatada, los dos Elefantes Furibundos Africanos arrollaron a unos cuantos espectadores, hasta alcanzar la tienda de Dorothy Maccur, destrozándole el local y dejando a la mencionada señora hecha una pena hasta agonizar entre gemidos de impotencia.
El Hipopótamo Salvaje del Orinoco aireó con donaire su pequeña cola, recubriendo a los presentes más próximos con una lluvia de excrementos letales dada su toxicidad, para salir huyendo, llevándose por delante dos casetas de la feria, con los respectivos feriantes que estaban en su interior atendiendo a la clientela.
Los  Aligátores de los Humedales de Florida consiguieron destrozar los bozales de cuero que contenían la fuerza de sus mandíbulas y fueron buscando con saña los traseros de los espectadores más rollizos. Billy Jacok, el joven de diecisiete años que había ganado recientemente el concurso de quien conseguía comer más tartas de arándanos en dos horas pasó a mejor vida debido a la gravedad de los mordiscos recibidos.
El Oso Hambriento del Alto Ampurdán, procedente de Cataluña ex profeso para la ocasión, se zampó al domador y al dentista de Norwich, quien estaba al lado del primero.
Por último, los Búfalos Astifinos de Oklahoma dieron cornadas a diestro y siniestro, ocasionando la muerte del enterrador Trevor Dennis y del alcalde Taylor.
Tras la orgía de sangre y muerte, los animales salvajes por instinto natural se refugiaron en los bosques cercanos.
Al poco de retener al autor de tamaño desaguisado, Humphrey Stuggs,  y practicarle la pena de muerte de manera instantánea, además de atender a los heridos y mutilados y de retirar a los fallecidos, el sheriff Brenton dividió a los voluntarios llegados de todos los condados del estado en pelotones de rastreo para encontrar y sacrificar a las bestias fugadas de la exhibición de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo.
Esto les costó tres semanas, con el costo de tres bajas mortales.

Finalmente, la masacre ocasionada por Humphrey Stuggs se cuantificó en la siguiente lista de fallecidos:

Dorothy Maccur, 57 años,  murió aplastada bajo las patas de los elefantes furibundos.
Bred Hutton, 31 años y Albert Salgado, 25, feriantes muertos por la embestida del hipopótamo salvaje.
Tina Collins, 15 años, Tammy Bordon, 38, Drew Horn, 57 y Penn Got, 61, intoxicados por los excrementos del referido hipopótamo, quedando todos ellos con secuelas respiratorias y dermatológicas de por vida, e igualmente traumatizados, recluidos en el manicomio de Coldbear hasta la ancianidad y olvidados por el resto de los familiares.
Billy Jacok, de 17 años, fallecido como consecuencia de los mordiscos incontables que le infirieron los aligátores de los humedales de Florida.
Antonino Fernandino, domador de osos, de 51 años, y Luthor Fox, de 71, dentista, devorados hasta no dejarles ni siquiera el tuétano en los huesos de los esqueletos de ambos por el Oso hambriento del Alto Ampurdán.
Trevor Dennis, de 27 años, de profesión enterrador y Harry Taylor, de 69, alcalde de Norwich, corneados hasta la muerte por los búfalos astifinos de Oklahoma.
Nicolás Torrente, de 23 años, Gregory Tenant de 28 y Jeremiah Hurrahbelly, de 21, muertos mientras efectuaban las batidas de reconocimiento en búsqueda de las fieras descontroladas escondidas en los bosques alrededor de Norwich.

Resta informar que aquella fue la primera y última exhibición de Animales Exóticos de Norteamérica y del Resto del Mundo celebrada en Norwich.

Dibujos escolares de mi sobrinito Gurmesindo

Nada. Primera tanda de una serie de dibujos escolares creados por mi sobrino Gurmesindo. Me los ha entregado su profesora, la seño Pepa Torralba, preocupada por la vertiente tétrica de los mismos. Hasta me ha preguntado si suelo tenerlo castigado con frecuencia. Yo le dije a la seño Pepa que eso se lo preguntara a los padres de la criatura, que yo solo soy su tío, no te jiba. Eso si, cuando visita mis dominios, si se sale de madre, le quito la video consola y se la entrego a Croqueta Andarina para que juegue un poco a Final Fantasía 25…

Primer dibujo del angelito: Yo opino que es simple ketchup sobre un mantel blanco, pero la profesora opina que son gotas de sangre sobre las baldosas blancas del suelo…

Segundo dibujo del artista en ciernes: En este caso, diría que es una muchacha que está de espaldas, contemplando un cuadro gótico del pintor Borguios Negrus, pero la maestra sostiene que es un espejo diabólico, donde se refleja el cadáver de la chica en cuestión ante el tocador de su dormitorio…

El tercer y último dibujito de esta primera muestra del arte del pincel del chavalín representa sin lugar a dudas a un renacuajo de río durmiendo la siesta. La seño Pepa me ha reprendido, señalándome a las claras que Gurmesindo se ha dejado influenciar por la fantasía de las leyendas locales, en este caso reflejando al Hombre Pez de Liérganes (Cantabria).

En fin. En cuanto llegué al castillo de Escritos de Pesadilla, me tomé siete aspirinas de sopetón con un vaso de  agua de la laguna Podrida. La buena mujer (me estoy refiriendo a la profe de Gurmesindo)  era demasiada charlatana para mi gusto, consiguiendo que sufriera de un dolor de cabeza de lo más molesto.
Con respecto a los tres dibujos, se los dí a Bogus Bogus para que los colocara con unos imanes sobre la puerta del frigorífico, a modo de adorno estético.
Al poco de llegar mi sobrino, le di unos cacahuetes por su acertada vena artística. Generoso que es uno…


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Le foie spéciale.

Relato de terror en homenaje póstumo y excesivamente tardío al primo sueco de Croqueta Andarina, el insigne y suculento, ejem, Edgar.

                – Ya sabes, hijo. Estamos en una ciudad nueva. Tenemos que tener mucho tacto con la elección.
                – Sí, papá.
                – Mañana empiezas en el colegio. Tómate tu tiempo. Fíjate en los compañeros, aunque no sean de tu mismo curso.
                – Claro, papá.
                – También entérate de la familia del chico. Que tenga pocos componentes, tampoco sean del lugar y sean pocos conocidos por el vecindario. Si son solitarios, mejor que mejor.
                – Enterado, papá.
                – Como mucho, que consigamos hacer los preparativos en menos de medio año.
                “El señor Rudsinki es un sibarita, y puede contenerse con los manjares exóticos, pero no puede pasar un año entero sin su ración de “le foie spéciale”.
                – Sí, papá.
                – Randolph, corre. Esta es la casa abandonada del que te hablé.
                – Jolines. Tiene muy mala pinta. Está para caerse si sopla una ventolera medio fuerte.
                – Ven. Vamos a rodearla por este lado. Detrás está el acceso exterior que conduce al sótano.
                “¿Ves? Este portón al nivel del suelo da a la parte inferior de la casa.
                – ¿Cómo es que está sin candado? Así puede entrar cualquiera. Puede haber drogadictos ahí abajo.
                – No hay nadie. Lo he comprobado las dos veces que he bajado. Para estar descuidado durante tanto tiempo, no está tan mal. Por eso te lo enseño. Será nuestro refugio donde nadie nos molestará.
                – Suena guay.
                – Habrá que limpiarlo un poco. Tiene polvo y telarañas, pero luego será un sitio de lo más chulo.
                – Ya tengo ganas de verlo.
                – Pues hala, ya te abro la puerta y bajas. Toma la linterna. Luego te acompaño.
                – Más te vale. Que no pienso explorarlo yo solito.
                “¡Ostras…! Es un sótano muy grande. Tiene un montón de cosas raras. Hay unas cadenas colgando de una viga. Y eso parece un cepo medieval…
                “Pero no me cierres las puertas de la entrada, que la linterna no ilumina mucho.
                “¿Me oyes? ¡Venga! ¡Abre las malditas puertas! ¿Qué estás haciendo ahí fuera? ¿Y ese ruido?
                – Te estoy colocando el candado que echabas en falta, Randolph.
                “Es para que no te escapes. Luego vendrá mi padre a verte…
                – Me parece muy mal que te niegues a comer las hamburguesas y las patatas fritas que te traigo, Randolph.
                – ¡No tengo hambre! ¡Quiero que me sueltes! ¡Estar con mis padres!
                – Eso que me pides es totalmente inviable, Randolph. Eres mi pieza más codiciada. Tienes que alimentarte para satisfacer mi ego. Por eso te he traído tanta comida.
                – ¡Veinticinco hamburguesas y dos platos llenos de patatas fritas! ¡Eso no me lo como ni en un mes!
                – Bueno. Hay una forma de convencerte.
                “Hijo, alcánzame el látigo. La piel del chico no me interesa.
                – ¡Nooo!
                – Tienes dos elecciones, Randolph. Comer como un cerdo hasta reventar, o que te despelleje la espalda. Tú mismo.
                – Sigue, muchacho. Así. Muy bien. Ya pesas sesenta kilos. En cuanto llegues a los ochenta, habrás cumplido con las expectativas depositadas en ti.
                – No… Me duele la barriga… Tengo dolor de cabeza…
                – Continúa masticando. Y no vomites, porque si lo haces, te inmovilizaré en el cepo y te arrancaré cada uña de los dedos de los pies. Te aseguro que es una tortura lo suficientemente dolorosa, como para seguir engullendo comida basura como si en ello te fuese la vida…
                – Hijo mío. Es el día. Randolph ya ha llegado al peso ideal. Su hígado debe de haber crecido lo esperado.
                – Sí, papá.
                – Ahora queda el tema menos grato de todos. El de su sacrificio.
                – A mí me continúa desagradando este tema, papá.
                – Es cierto. Pero tienes que empezar a aprender cómo hacerlo. Recuerda que dentro de unos años, tú serás mi sucesor.
                – Espero que eso ocurra muy tarde, papá.
                – Yo también lo deseo, hijo.
                “Ahora vayamos a ver a Randolph. Lo sujetaremos bien. De esta manera te enseñaré nuevamente la técnica del que hago uso para que el estrangulamiento sea eficaz del todo.
                – Lástima que todo lo demás tenga que ser desechado, papá.
                – Si. Es una pena. Pero recuerda que estamos preparando “le foie spéciale” para nuestro cliente.
                “Observa qué hígado más hermoso. La espera ha merecido la pena.
                – Sí, papá.
                – Ahora te voy a enseñar la preparación del manjar. Esta es la fase más divertida de todas. Presta atención, hijo.
                – Estoy atento, papá. Ya sabes que siempre te obedezco en todo lo que me digas.
                – Estoy orgulloso de ti. Si tu madre estuviera ahora presente, creo que aprobaría la versión que estamos haciendo de su receta original. ¡Ay, Marietta! ¡Cuánto se te echa de menos!
                – Pero mamá hacía la receta con gente mayor.
                – Así, es, hijo. Más que todos vagabundos. Por eso un día uno de ellos se las apañó para soltarse de las ataduras y matar a tu madre con el hacha.
                “Desde entonces tuve bien claro que la receta debía proseguirse en su elaboración con niños. Son fáciles de manejar, y encima el hígado es más delicioso y tierno que el de una persona adulta.
                “Pero todo esto nos está distrayendo de lo principal.
                ““Le foie spéciale” nos está esperando, niño. Con su elaboración, una buena suma de dinero que recibiremos de nuestro ilustre comensal.
                “Así que manos a la obra. Cíñete bien el delantal y colócate el gorro, hijo, que así nunca parecerás un cocinero como dios manda.
                – Vale, papá.
                


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Soy el pie que pisotea, la mano que empuña un arma, la boca que escupe…

Él era todo lo contrario a un rayo de esperanza. Más bien era la mano que mantenía la cabeza de una persona que se estaba ahogando bajo el nivel del agua. O el tacón del zapato que pisaba los dedos de la mano de un suicida arrepentido que pendía del borde de la cornisa de la décima planta de un edificio.
Se llamaba Ryan. Peter. Marcus. Leopold.
Su identidad variaba según el momento. Su sexo era masculino. Lo único definido en definitiva.
Podía ser alto, bajo, gordo, delgado, rubio, moreno, albino, dotado de buena visión o ciego, muy hablador o mudo…
Lo que le caracterizaba era estar en el momento adecuado de un suceso inevitable pero a veces de final imprevisible si no interviniese él. Jamás elucubraba sobre las consecuencias de sus actos. Simplemente él era así. Si algo se salía del guión de la desesperación, se encargaba de remediarlo, dotándolo de un punto final de lo más apropiado.

Trabajar cara al público era duro. Siempre con la sonrisa permanente, atento y servicial aunque uno estuviese con un dolor de tripas del carajo.
Evander Allison tenía cincuenta y dos años. Su vida personal era un desastre. Cora, su mujer, tenía un cáncer terminal y su hijo único acababa de ser ingresado por sexta vez en una institución mental. Las deudas se acumulaban sin cesar. Aquel empleo era una tabla de salvación carcomida por el hambre insaciable de las termitas. El salario era bajo, de lo más miserable. Tenía que meter jornadas de diez horas diarias para acumular un cómputo mensual de 250. Con las horas extras llegaba entonces a los 1000 dólares… Porque encima las horas extras estaban igualmente mal pagadas. Si no las metía, no llegaba ni a 700 dólares. Una auténtica vergüenza en el corazón arrogante del gran sueño americano. Sus escasas amistades y conocidos aún le decían que debía de estar dichoso de tener un trabajo estable y más con su edad madura. No, si encima tendría que estar bailando el charlestón encima del lomo de un rinoceronte salvaje…
Evander no lucía un buen tipo ni siquiera con el añadido del traje negro de su uniforme de empleado de información del centro comercial de Westcover. Sus excesivos kilos de más y el que no se empeñara en mantener la chaqueta, la camisa y los pantalones planchados, sino más bien arrugados, le habían garantizado durante los meses que llevaba trabajando múltiples reproches por parte de sus jefes, hasta últimamente amenazarle con el despido si no se adecentaba lo suficiente. Sus ojeras eran profundas y llamativas. Estaba triste. Era lo lógico. Su Cora estaba en la planta de paliativos del hospital, afrontando sus últimas semanas entre los vivos. En cuanto terminaba su turno, sin haber cenado, se marchaba dispuesto a pasar la noche en vela cuidando a su querida mujer.
Sus manos temblaban incluso apoyadas sobre el mostrador mientras atendía a los clientes que le acosaban con multitud de preguntas y quejas. Estaban en plena campaña de verano, el aire acondicionado apenas se notaba, y la ropa del uniforme le pesaba. Sudaba por el cuello. Bebía agua a hurtadillas de un pequeño botellín oculto bajo el mostrador. Si le veía uno de los jefes del centro comercial, la bronca iba a ser épica. Había que llevar la imagen intachable de la empresa hasta el límite. Ante la cola de espera de los clientes no se podía dar a entender que el empleado estuviese agobiado y al borde de un ataque de nervios.
Un robot. Así es cómo debía de ser cada miembro de la plantilla del Westcover Mall.
Pero Evander estaba cada día con la moral más por los suelos. No le veía sentido a la vida. Iba a perder a Cora. Su hijo ya no existía como tal.
Estaba algo distraído cuando un hombre perfectamente vestido con un traje gris como si fuera un ejecutivo de Wall Street le enseñó los dientes perfectos desde el principio.
– Vengo a poner una reclamación contra el centro – dijo con voz neutra. Sus ojos ocultos bajo unas gafas de sol Ray Ban.
El cliente tendría de treinta a cuarenta años. El pelo corto. Los músculos de la cara tensos como si fuera un sargento a punto de cantarle las cuarenta a un recluta.
Evander sonrió con cierta desidia. La misma cantinela de todos los días. Que si los carros de la compra están situados demasiado lejos. Los lavabos sucios. No se encuentra la caja de pasta italiana deseada en el estante de la sección de alimentación seca. En la zona de juguetes no se ve ni un solo dependiente. El precio de un pasapurés no se corresponde con el que la cajera ha marcado en el ticket de compra. En los probadores de mujeres hay un hombre molestando y se precisa que acuda la seguridad del centro.
Evander tragó saliva.
– Usted dirá, caballero.
Aquel hombre apretó los dientes. Eran las nueve de la mañana. El centro comercial acababa de abrir las puertas y era el único cliente frente al mostrador de información.
– Sáqueme una hoja de reclamación. No tengo mucho tiempo. Quiero escribir mi queja y marcharme de este recinto.
– Antes de presentarle la hoja de reclamación, si puedo servirle de alguna ayuda para no precipitarnos con la queja.
– Usted deme el puñetero impreso. No va a convencerme para que no ponga la reclamación.
La actitud del cliente era muy arrogante. Evander le tendió una hoja de reclamaciones.
– No puedo escribir nada si antes no se me entrega también un bolígrafo. No pensará que voy a gastar la tinta de uno de los míos.
Evander correspondió con la petición del hombre.
Este, nada más tener ambas cosas, se inclinó sobre el mostrador y empezó a rellenar la hoja de reclamaciones.
Conforme lo hacía, fue susurrando cosas hacia Evander.
– Escúcheme, amigo. Tiene usted un trabajo de mierda.
“Aunque bien pensado, no se merece otra cosa. Dada su edad avanzada… Porque el futuro es de la gente joven.
Evander trató de apartarse del mostrador para evitar escuchar las frases dirigidas hacia él por el cliente. Este seguía escribiendo sin parar. Y al mismo tiempo continuaba hablándole con voz seca.
– Gente joven y de edad media. Así es como está el mundo organizado. Sí señor. Los peores puestos de trabajo y de más baja remuneración para la gente cincuentona, sin estudios universitarios y con una vida familiar caótica.
“Como la suya, amigo. Tener que aguantar aquí infinidad de quejas, la mayoría sin fundamento, vestido con ese traje de enterrador, con un horario terrible y con un salario risible.
Evander estaba de acuerdo con la apreciación del cliente, pero no con su tono de burla.
– Cada uno sale adelante como buenamente se puede – le dijo finalmente.
El cliente continuaba escribiendo en la hoja de reclamaciones sin dirigirle la mirada.
– Eso es, amigo. Está el caso de su hijo. Se lo pasa pipa con las lobotomías, eh. El que tenga la vista extraviada para toda la vida, parlotee incoherencias, con treinta años, y que lleve un pañal gigante, cuidado por el personal del manicomio, es conmovedor. Tiene que sentirse orgulloso del bastardo de único descendiente que tiene, amigo.
Evander se quedó de piedra. Se apoyó sobre el mostrador, a punto de zarandear al cliente. En breves segundos, su tensión arterial subió de tal manera, que si fuera tomada por una enfermera, esta se vería apremiada a llamar al médico para que le administrara un calmante.
Su ceño fruncido.
– Cabrón. Miserable. Usted me conoce de algo.
– Estoy rellenando la reclamación amigo. Es acerca de su comportamiento inadecuado. Sabe. Esto conllevará su despido fulminante. Lo demás vendrá seguido, porque espero que se lo tome en serio al conocer la muerte de su mujer. ¿Ve? El teléfono está sonando. Es del hospital. Con algunos días de antelación. Es una pena. Porque esperabas que ella aún viviera un par de semanas más, ¿verdad?
Evander estaba a punto de sujetarlo por las solapas y emprenderla a golpes con los puños sobre su rostro de ejecutivo altivo.
Justo cuando esto iba a suceder, una de sus compañeras le pasó el auricular del teléfono.
– Evander. Es del hospital.
Conforme atendía la llamada, el cliente entregó la hoja de reclamación a la compañera de Evander.
– Mis quejas van dirigidas hacia este hombre. Según mi opinión personal, no debería de trabajar aquí, cara al público. Sus formas dejan mucho que desear.
Antes de volverse para emprender la marcha, vio a Evander caer de rodillas, con el auricular entre las manos y recogidas sobre su regazo, llorando con desesperación.
– Mi Cora. No. Por Dios. No.

En esta ocasión se hizo pasar por Edward. Un hombre bien parecido, vestido para la ocasión como si fuera un tipo importante. En pocos minutos, encendió la mecha que hizo explotar la bomba. La mujer del tal Evander había fallecido. El hijo de este estaba perdido para siempre. La queja de la reclamación iba a hacerle perder el empleo.
Todo perfecto. En cuanto Evander abandonara el despacho donde se le comunicaba el despido, iría a casa. Ahí tenía guardado un revólver en el cajón de la mesita de noche.
Las veces que había fantaseado con volarse la tapa de los sesos…
Ahora, gracias a su intervención, Evander iba a despedirse de este mundo.
Recordemos que él era el causante del desaliento. La mano que impulsaba la paleta que aplastaba la mosca contra la pared.
Podía llamarse Edward. Robert. Regis. John.
Lo mismo daba.

“La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre”.
Friedrich Nietzsche (1794-1832) Poeta y dramaturgo alemán.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

1000 escalones hacia el cielo. (1000 steps to heaven).

El sonido de un disparo, seguido de un fogonazo y el olor característico de la pólvora.
En qué pocos segundos la plenitud de una vida queda relegada al latido inconstante y débil que precede a la línea horizontal de la muerte testificada por el monitor del equipo de cardiología ubicado en la habitación de planta de una UVI de un hospital cualquiera.
Él no había estado preparado para una muerte tan prematura. Joder, si solamente tenía cuarenta años. Le quedaban unas cuantas décadas por disfrutar. Estaba soltero. Era mujeriego. Algo bebedor. Hijo único. Sus padres ni se preocupaban de su existencia, y él los repudiaba en secreto porque nunca le habían querido ni desde que el espermatozoide afortunado diera con el óvulo reproductor, fecundándolo de cara a su postrer nacimiento, del todo indeseado para ambos vista la indiferencia que habían demostrado por su crianza y posterior educación para la edad adulta. Así fue como siempre frecuentó compañías inadecuadas, bordeando la frontera cercana a la delincuencia, hasta cruzarla del todo.
A los veintitrés años había empezado a trabajar para un mafioso de origen ucraniano. Sus negocios principales eran el tráfico de armas, las drogas y la prostitución. Le enseñaron medidas de defensa personal, además de aprender a disparar con una puntería endemoniadamente certera armas trucadas reconvertidas en automáticas. A los veinticinco años se ganó completamente la confianza de Mykhaylo Kirichuk, y este lo consideró como uno de sus sicarios. A los veintisiete le encomendó que solventara todos los imprevistos que pudieran surgir en la organización. Se fue encargando de soplones, traidores, gente que debía dinero al no poder afrontar los altos intereses de los préstamos concedidos por Mykhaylo Kirichuk…
Era indudable que poco a poco, su gatillo fácil le reconfortaba. No le importaba ir solucionando los problemas finiquitando vidas ajenas a la suya. Es más, hasta se fue volviendo un sádico. Disfrutaba cuando encerraba a un pobre desgraciado en un cuarto de un edificio abandonado de las afueras de la ciudad. Manteniéndolo colgado cabeza abajo, atado por los tobillos por cadenas, miraba al desgraciado de turno y le susurraba:
“Reza fuerte, hijo. Y pide que Dios te libere de aquí a tres minutos. Porque cuando pasen ciento ochenta segundos, abriré la puerta, y como no te hayas fugado con la ayuda divina, seré yo quien entregue en bandeja tu alma a los ángeles caídos…”
Así fue creciendo en importancia dentro de la estructura criminal de la banda de Kirichuk. Para los cuarenta años, tenía un capital ahorrado importante, una buena casa dentro de una extensa propiedad en las afueras de la ciudad, tres coches de alta cilindrada, prostitutas de lujo que satisfacer su lujuria semanal…
Repentinamente, todo se fue al carajo cuando iba a ejecutar a un niñato que en su momento les estafó con una mala partida de cocaína. Sabía donde vivía. Acudió con algo de excesiva confianza. Cuando echó abajo la puerta de su miserable cuchitril donde se alojaba con el impulso de dos patadas, fue recibido por un certero balazo que atravesó su parietal por el costado derecho, atravesando su cerebro y con orificio de salida por el lado contrario, condenándole a una muerte fulminante. Aquella alimaña había recibido un chivatazo por parte de alguien, y cuando percibió la primera patada que se le dio a la puerta, se resguardó a un lado de la jamba. El resto es obvio. En cuanto atravesó el quicio, aquel cobarde le disparó con suma facilidad a la vez que le mandaba un recordatorio ingrato hacia la supuesta vida callejera de su madre.
Desde ese momento todo le resultó extraño.
Vio la oscuridad más pesada e ignota que jamás antes había percibido en su vida. Más allá de los rincones perdidos de su memoria antes de la conciencia al nacer.
Igualmente apreciaba una ligereza en los sentidos. Se sentía liviano, como si no pesara ni un mísero gramo.
Un hombre relleno de helio.  El hombre-globo del circo Popov. Eso era él ahora mismo. Aunque no flotaba, pues sentía los pies bien apoyados en el suelo. Debía ser que tenía un pequeño pinchazo por donde se escapaba el aire…
Quiso echarse a reír. Pero algo le decía que en el lugar que se encontraba raramente se prodigaban las risas.
Con este presentimiento, la negrura dejó paso a la luz.
(Empieza la función, muchacho)
Se encontró sumido bajo una intensa luz amarillenta que parecía proceder de un enorme proyector desde alguna parte ubicada encima de su cabeza. Y aquella luz remarcó el comienzo de una escalera. Se componía de escalones diminutos, de medio metro de ancho y sin barandilla que sirviera de apoyo. La escalera se perdía en las alturas…
– Mil escalones…
Aquella voz afilada y felina llegó procedente de alguna zona en concreto. Pero no pudo orientarse con ella debidamente. Parecía referirse al número de escalones que compondrían la escalera. Mecánicamente se acercó al inicio de la misma.
– Sube. Mil escalones y obtendrás tu recompensa…
Ahora parecía una voz femenina. Similar a la de su madre.
Quiso pensar en los motivos que tendría para que aquella persona desconocida y oculta en el anonimato de las sombras deseara que él ascendiera por la mencionada escalera de final interminable.
Pero su mente ya no regía sobre el control de los músculos de sus extremidades inferiores, y situó el pie derecho sobre el primer escalón. Avanzó sobre el segundo. A este le siguió el tercero. Y el cuarto…
Como si aquello fuera un juego infantil, se propuso llegar hasta el final. Estuvo contando los escalones que iba rebasando uno a uno, para así verificar si realmente aquella singular escalera se componía de mil peldaños…
75. 80. 90.
125. 164. 193.
Estaba subiendo a buen ritmo. Su respiración no se aceleraba. No tenía ningún problema, aún a pesar de tener un abundante sobrepeso ganado en los últimos años.
278. 341. 465.
515. 598. 647.
Se estaba acercando al objetivo que le marcaba la voz femenina. En ningún momento tuvo la tentación de detenerse en alguno de los escalones para mirar hacia atrás, afrontando su fóbico miedo a las alturas. Ni recapacitó en el tremendo riesgo que implicaba subir por una estructura tan estrecha y empinada sin la seguridad de poder aferrarse a un pasamano.
763. 813. 891.
907. 962. 997.
Ahí estaba. Cercano a los tres últimos escalones. La altura debía de ser tremenda, pero su vista estaba concentrada en sus pies, mientras su cabeza sumaba el número que debía concretarse en un millar.
– Mil escalones que te llevarán al lugar que te mereces, Simon Lorne.
La voz mencionó su nombre.
Se emocionó por ello. Enseguida supo que aquella escalera le conducía a un premio supremo.
El Cielo. A fin de cuentas el camino hacia donde se le conducía era del todo vertical. Y se sentía etéreo como un ángel.
Con anhelo, recorrió el corto trecho que le quedaba para llegar a lo alto de las escaleras.
998. 999.
1000.
En cuanto afianzó sus pies en el último escalón, una risa burlona resopló en su cara con desprecio. Le cubrió su rostro con escupitajos repulsivos conforme le decía:
– ¡Mira que eres presuntuoso, Simon Lorne! ¡Con todo el mal que has hecho a lo largo de tu vida, aún pensando en alcanzar la paz eterna entre los seres más justos y nobles de la historia del hombre!
“¡Pues va a ser que no! El haber subido una escalera tal alta y larga es para que así llegues al infierno de cabeza.
Inmediatamente, los escalones se recogieron, formando una rampa lisa e inclinada.
Sin tiempo de poder reaccionar, recibió un fuerte empujón en el pecho, y gritando de espanto, fue descendiendo por  el tobogán que iba a condenarle a formar parte del ejército de renegados de Satanás.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Es la hora de mi paseo (Is time to take a walk)

Es la hora de mi paseo. Me llamo Verónica. Pero también podría ser Manuel. O Alejandra. O Francisco. O Laura. O Javier…
Qué risa me dan mis cortos pasitos de viejecita. Dicen que tengo ochenta y cuatro años. Pero yo opino que no tendré más de treinta. Es mi nueva ilusión. De ser joven de nuevo.
Estoy viviendo en una residencia para ancianos en Pamplona. Se llama la Casa de Misericordia. Aquí estamos bien atendidos por las monjitas, los doctores, los celadores, el hombre de la portería…
Visitas recibo ya pocas. Se me mueren antes que yo. Es lógico. Yo vivo mucho. Demasiado para el gusto de alguno. Que se chinchen.
Bueno, con la ayuda del bastón ya voy recorriendo el parque cercano. Es la Vuelta del Castillo. Es un sitio muy bonito. Encima me dicen que estamos en los sanfermines. Por eso veo tanta gente vestida de pamplonica, claro. Y también tanto extranjero. Y son muy jóvenes, los muy bandidos. Beben mucho y caen dormidos en cualquier parte. Eso me interesa. La juventud de las personas.
Bueno, primero voy a sentarme un ratito en un banco, a la sombra de un árbol. ¿Ya les he dicho que me llamo Arantxa, verdad? Tengo setenta y siete años, y estoy ya un poco delicada de salud…
Me concentro en los paseantes. La zona cercana a los baluartes de la Ciudadela está acotada por los fuegos artificiales de la noche, para que la gente no esté tan cerca y evitar quemarse con los restos de algún cohete pirotécnico que caiga por la zona. Pero aún falta un buen rato para verlos. El espectáculo empieza siempre a las once de la noche. Tengo buena memoria. Como que me llamo Patricio. Tengo ochenta y tres años y cataratas en mi ojo derecho.
Voy a levantarme. Me cuesta un poco. Ya no estoy para muchos trotes. ¡Hay que ver qué calor hace hoy! Treinta y tres grados. Me cuesta respirar. Voy mirando tratando de recordar el camino que he recorrido para llegar hasta el banco. Pero no me interesa desandar lo andado, jolines. Aún es temprano. Sólo son las seis de la tarde. Con dificultad, me subo a la hierba y me dirijo hacia el puentecito que conduce a la ciudadela por la Puerta del Socorro. Menuda historia tiene el puente. Hubo gente fusilada en la Guerra Civil bajo sus ojos. Me llamo Guillermo, y me acuerdo de esa época. A un chico lo salvé yo. Yo por aquel entonces también era mayor, y Francisco era un chiquito de veinte años…
Bueno, bueno… Hay bastante movimiento de personas por la ciudadela. Yo ya estoy cansado y me dirijo a un banco, cuando un joven se me acerca. ¿Qué querrá?
Me ofrece ayuda. Se interesa por mi salud. Claro, me ve en muy mal estado. La edad, el calor, los achaques que tengo…
Le pido amablemente que me lleve a una parte algo alejada del bullicio, donde haya sombra y podamos charlar un poco…
Aquel cuerpo ya no me era útil.
Estaba muy enfermo. Los tumores se expandían por los órganos vitales, especialmente en los pulmones, la tráquea y el hígado, donde los nódulos cancerígenos se hacían implacables en el deterioro de los mismos. Su osamenta estaba tornándose frágil. De hecho, cada vez estaba más fatigado. Sin muchas fuerzas.
Su respiración era atroz.
Simplemente su fin estaba muy próximo.
Tuve que aprovecharme del descuido de la cuidadora para marcharme de la habitación y de la residencia de ancianos. Con las fuerzas que me quedaban, busqué un joven en la Ciudadela.
Se llamaba Asier. Tenía veintidós años.
Fue perfecto.
Cuando intercambiamos cuerpos, me alejé de él, dejándole sentado en un banco a la sombra de un árbol. Tenía lágrimas en los ojos e imploraba que no me fuera.
Lo hice.
Debía sumarme a la fiesta. Estrenar mi nueva personalidad en el regocijo de los sanfermines.
Ya no me llamaba Alejandro. Ni tenía noventa años.
En realidad no tengo un nombre  en concreto.
Y mi edad es infinita.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Una estrella ando buscando… (I´m looking for a star…)

Después de tanto “dibujico”, un relato corto de misterio…

Es una noche veraniega, con el cielo completamente despejado. Son casi las doce y miro hacia el firmamento, buscando un nido de estrellas. De entre ellas debería de destacar el cuerpo celeste que llevo añorando desde hace tanto tiempo indeterminado…
Recorro calles apartadas de todo tránsito denso. Intento hallar la inspiración. El acto que concentre mi atención, haciendo germinar el hallazgo final de la estrella que reconduzca mi situación a mi origen inicial como ser viviente. Pues no soy de esta tierra que detesto. Me encuentro muy distante de mis semejantes…
Se suceden los minutos. Ya casi debe de ser la una de la madrugada. Pasando al lado de una ventana abierta de par en par por el bochorno que aflige el descanso nocturno de los habitantes del piso de planta baja del edificio en cuestión, me infiltro de manera silenciosa, sorteando con habilidad una escueta verja de hierro forjado que rodea el costado.  Desde el interior recorro con la mirada en perpendicular hacia el cielo, pero el destello que señale el fin de mi recorrido en esta parte del mundo no me corresponde, así que recorro las dependencias una a una…
Cuando más tarde salgo al exterior, aún estoy con las manos manchadas de sangre. Me acerco a un callejón donde entre los cubos de basura me hago con hojas de periódicos desfasados y me limpio las manos.
Mi corazón palpita desbocado. No son los nervios producto de los hechos realizados en un hogar ajeno, donde gente desconocida ha sido sumida en un sueño ya imperecedero…
Este estado de ansiedad es debido al deseo de que el ritual haya obrado efecto de manera efectiva. Con pasos precipitados, abandono la callejuela húmeda y sucia y enfoco una calle más abierta, buscando con la mirada hacia arriba, más allá de los contornos de las azoteas de los edificios, donde el cielo oscuro pero libre de nubes expresaba la inmensidad del universo con las Pléyades de adorno discreto. Pero faltaba la estrella que yo imploraba avistar para el retorno a las raíces de dónde realmente procedo.
Desesperado, marco el paso dirigiéndome hacia la boca del metro más cercano. Antes de afrontar las escaleras descendentes, escruto los designios de la bóveda celeste. Sin el brillo titilante necesario que implicase mi liberación del cuerpo físico, fui perdiéndome en las entrañas de la tierra, buscando refugio para descansar el resto de la noche en una de las estaciones de parada del transporte metropolitano de las líneas férreas de la ciudad.
Reposar, para regenerar el alma y las fuerzas, porque a la noche siguiente, seguiría recorriendo las zonas más recónditas del lugar con la esperanza de acertar con los seres adecuados para el sacrificio de la llamada definitiva. La que habría de conducirme a la estrella que andaba buscando.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Un vampiro para mi sobrino (A vampire for my nephew).

Bueno, tras una semana concentrado en un relato algo largo, nos damos un respiro y retomamos las historias cortas y plenas de emociones fuertes. ¿Qué os parece una de vampiros? Aunque en esta ocasión, se trate de un  ser nocturno sediento de sangre fresca un poquillo decepcionante,  ja ja. Buen provecho, y que lo disfruten.

                 – Erny. Eres de lo que no hay hoy en día. Un amigo de verdad. De los de uña y carne.
                – Para eso están las verdaderas amistades, Luke.
                – Me alegra un montón saberlo. No veas del apuro que me sacas. Sólo van a ser veinticuatro horas.
                – Si hubieran sido cincuenta, tampoco me hubiera importado. Ya sabes que vivo solo y estoy aburrido como una ostra todos los días. Desde que el estado me expropió las tierras, sólo me queda la vivienda y la puñetera pensión de las narices, que sólo da para comer sardinas en lata.
                – Bueno. Pero olvídate de consumir comida enlatada durante la visita de mi sobrino.
                – Ja, ja. Si, va a ser un buen cambio. Pero no te preocupes, que cuando era joven, la carne siempre la pedía poco hecha.
                – Ay, colega. Ya verás la alegría que se llevará Johnny al conocerte asumiendo el papel de vampiro.
                – Si, aunque ya sabes cómo son los chicos actuales. Resulta raro que le hayas convencido de estar viviendo al lado de un vecino que es un vampiro.
                – Hombre, tiene siete años. Y le he comido el coco siempre que hemos hablado por el teléfono. Finalmente, mi hermano, que es su padre, se ha aburrido del tema, y piensa que enviándomelo, se llevará una gran desilusión al ver que eso es falso. Que yo quedaré encima mal y así no se me ocurrirá inventarme más historias que distraigan la lógica mental del niño. Vamos, esa frase final me lo dijo su padre. Que yo las palabras, ya conoces que las manejo lo justo.
                – Pues nada, Luke. Todo saldrá de perlas. Ya verás lo tronchante que será cuando tu sobrino vuelva a casa y le diga a tu hermano que el vecino era un aterrador chupasangres, ja-ja.
                “Bueno, cuando llegue, me das un toque y me pongo el disfraz y empiezo la actuación. Hasta luego, muchacho.
                – Hasta pronto, Erny. Y nuevamente te lo agradezco. Eres la leche.
                – Mira, Johnny. Ya está anocheciendo. Pronto verás al vecino por los prismáticos. Es su hora.
                – Si, tío Luke. Los vampiros están despiertos de noche y duermen de día.
                “¡Jolines! Ya lo veo. Está caminando delante de las ventanas.
                – Espero que no nos esté observando. Podría querer hacernos una visita.
                – ¡No, eso, no! ¡Que se quede en su casa!
                – Dime cómo va vestido el caballero. Que yo no lo puedo apreciar desde la lejanía, y tú eres quien tiene los prismáticos.
                – Lleva un traje oscuro, casi negro. Con montones de collares colgando del cuello.
                “¡Caray! Ahora está mirando de frente.
                – Como descubra que estás fisgoneando, te morderá en el cuello antes de que puedas volver a casita con tus padres.
                – No. No creo. No me está mirando a mí. Está mirando por la ventana hacia fuera. Parece fijarse en el cielo. Tiene la cara muy pálida. ¡Y las manos también! Ahora se marcha. Sale de la habitación en que estaba.
                – Esto se está poniendo muy emocionante, Johnny.
                – Yo le sigo con los prismáticos.
                – Eso, que no se te escape.
                “Veo una especie de silueta a través de la ventana de la cocina de la casa.
                – ¡Gracias, tío Luke! Está en la cocina. Veo cómo se acerca al frigorífico. Está abriendo la puerta y…
                – Es terrible todo cuanto dices. Casi estoy temblando de terror.
                – Saca… ¡Ha sacado un filete del frigo y se lo está comiendo crudo!
                – Narices tiene la cosa. Claro, si la carne está cruda, siempre le quedará algo de sangre. Siendo el vecino un vampiro, y si no hay nadie cerca a quien morder para chuparle la sangre, tendrá que conformarse con el chuletón, je-je.
                – Sí, tío. Pero no lo está chupando. Ya te digo que se lo está comiendo. Y con muchas ganas.
                – El pobre, que además tendrá hambre…  Cuando el estómago mete ruido, hay que llenarlo para que se calle.
                – Ahora deja medio filete sobre la mesa y se dirige otra vez al frigo.
                – ¡Jesús! ¿Qué buscará ahora este vecino tan peculiar?
                – Ha cogido una jarra del frigo. Y ahora un vaso de cristal, de esos grandes. Se ha sentado frente a la mesa y… ¡Qué pasada, está sirviéndose algo muy rojo!
                – Ya te puedes imaginar, que si es rojo, lo que se estará bebiendo el muy tunante.
                – ¡Sangre! ¡Tío Luke, el vampiro está bebiéndose un vaso de sangre fresca!
                – Ja, ja. Querrás referirte a que estará muy fría, porque si la tiene guardada en el frigorífico en una jarra de servir, vete a saber desde cuándo la obtuvo.
                – ¡Puajjj…! Se la ha bebido de un tirón y no se limpia los labios con la servilleta. Tiene la boca sucia llena de sangre.
                – Lo suyo no son los modales a la hora de estar a la mesa, ya se ve.
                – Ahora se levanta y abandona la cocina… Ya lo he perdido.
                – Bueno, Johnny, ya has visto las costumbres del vecino. Me imagino que estarás convencido de lo que es en realidad.
                – ¡Un vampiro!
                – Así es. Ahora dejémosle tranquilo, que está en su hora más propicia de poder hacer el mal a alguien, y mañana en cuanto despunte el sol le haremos una visita, que estará durmiendo como un bendito y a nuestra merced.
                – ¡Eso! ¡Eso! ¡Qué chulo poder verle mañana de cerca, aunque esté dormido!
               
                – ¿Qué tal ha sido mi actuación como vampiro aficionado?
                – ¡Genial! ¡Johnny se lo ha tragado! Piensa que eres un sucesor del conde Drácula en potencia.
                – ¡Fantástico!
                – Toma esta coca cola fresquita, que te la has ganado.
                – Sí, y en cuanto me la beba, me quito el maquillaje y estas ropas tan pesadas. Que estoy sudando a mares.
                – Si te lo bebes de un tirón, se te quitará la sensación del calor en un instante.
                – Mmmm… Está muy buena, aunque le noto un sabor algo rarillo. ¿No le habrás metido algo de whiskey, eh, bandido?
                – Bueno, para serte sincero, Erny, lo que te acabas de beber llevaba una cajetilla entera de Valium.
                – Abramos con cuidado el ataúd, que la tapa pesa bastante, Johnny.
                – ¡Pero tío Luke, si el vampiro está tumbado en la bañera y cubierto por una manta!
                – Bueno, será que es un vampiro pobre y no le llega para un ataúd como Dios manda.
                “Vamos a descubrirlo.
                – ¡Jolines, de cerca es más feo y da mucho más miedo!
                – Mírale la dentadura. Algo muy puntiagudo le asoma por los labios.
                – ¡Dientes de Vampiro!
                – Los colmillos. Con eso muerde como un perro rabioso y chupa la sangre de sus víctimas.
                – ¡Muy malvado! ¡Pero es un vampiro, tío! ¡Tiene que ser así de malo!
                – Dices muy bien, Johnny. Pero ya sabes que hay una manera de impedir que siga causando daño a las personas buenas y honradas.
                – Sí. ¡Clavándole una estaca en el corazón!
                – Así es. Nosotros no tenemos una, pero sí unos cuantos punzones, el martillo y el serrucho para cortarle la cabeza y así luego no regrese del más allá para vengarse.
                “Ahora apártate un poquillo, que no quiero mancharte con las salpicaduras de sangre.
                – ¡Tío! ¡Que el vampiro se despierta! ¡Acaba de abrir los ojos!
                – ¡Dios Santo! Entonces habrá que cambiar las reglas.
                “Primero empezaré cortándole la cabeza con el serrucho…
                ¿¡QUÉ HACES, LUKE!? ¿Qué hago en la bañera con las manos y los pies atados? ¿Y esa sierra? ¿Y el puto crío qué pinta aquí?
                – Tío Luke. Me da mucho miedo cómo grita el vampiro.
                – Tienes razón, Johnny.
                “Unos segundos más y dejarás de oírle gritar… Te lo prometo yo, que soy tu tío.
               
                


http://www.google.com/buzz/api/button.js

La sacudida del alma. Capítulo Quince.

LA SACUDIDA DEL ALMA. A Cuchillada Limpia Productions S.L. 2010.
Presupuesto dedicado a la escena: Lo que supuestamente nos sobró en la anterior, 72 dólares, de no haber sido por el miserable que nos robó la pasta.
Detalle destacable: Mientras nos preparábamos para el colofón final de “La sacudida del alma”, un repartidor de pizza, que ya sabemos que ganan una miseria, en un descuido, se concedió a sí mismo una generosa propineja de 72 dólares. ¡Todo lo que teníamos para culminar la producción! Lo perseguimos a pie, pero claro, él iba montado en la motocicleta, así que adiós al dinerete. Aún así, con un par de lo que hay que tener siempre, sacamos la secuencia adelante. Más queso mozarella derretida para la piel desprendida, ketchup a gogó para aparentar sangre, plastilina para crear deformaciones tumurales externos sobre la piel, pedazos de maniquís, como brazos y piernas para simular miembros que se desprenden de los infectados, y la comprensión del dueño del restaurante, que no de su mujer, al cual se le prometió que el abrigo de piel de zorro iba a ser devuelto en perfectas condiciones una vez consumada la última toma de la filmación, nos permitió el apoteósis final. 
¡Una megacutre película de terror de serie B que verá por fin la luz! ¡Viva! Hecho el montaje, lo estrenaremos a lo grande en los cines de todo el país. Y de aquí a que se nos fije Spielberg, media un pasito de bebé gorjeante, ja ja.
Como acostumbramos, toma realizada de un solo tirón. 
Mi agradecimiento a todos por haber aguantado este psicodrama fílmico. Les juro que lo verán recompensando cuando alcancen el Cielo.


Capítulo 15.

LAS MANOS CREATIVAS DE UN FALSO DIOS

                31 de diciembre de 1975
                Lugar: Marrow
                Las calles de Marrow permanecen vacías. Un perro sarnoso deja sus excrementos cerca de una farola. La gente que malvive al azote de la Nueva Lepra Norteamericana permanece recluida en sus respectivas viviendas.
                Las unidades de la Guardia Nacional observaban a todas horas, tanto de día como de noche de todo cuanto acontecía en el pueblo maldito. Se había instalado una valla electrificada circunvalando por completo el perímetro, imposibilitando la fuga de cualquier infectado.
                Eran las once de la noche. Faltaba una hora para un año nuevo y un futuro más definido.
                A la luz de un anuncio de neón del bar de Limb, si alguien hubiese pasado por allí en ese momento, habría observado con horror el desplazamiento de una sombra gigantesca y desproporcionada pasando raudo y veloz con dirección hacia la iglesia del Santo Sepulcro.
                
                En el ambiente se podía presagiar la venida de algo maligno. Ya faltaba poco para la ejecución del episodio final de la obra teatral pergeñada por la mente más malvada que pudiera conocerse en persona. Por órdenes de esta entidad, las campanas del templo sagrado empezaron a tañer.
                Una.
                Dos.
                Tres veces seguidas.
                Diez segundos de respetuoso silencio para retomar el orden de llamada desde lo más alto del campanario.
                Cuando ya se llevaba tocando varios minutos, las puertas de algunas casas se abrieron. Los enfermos que podían, salían al exterior con la piel cayéndoseles a tiras como si fuese la primera piel de una serpiente cediendo a la segunda más nueva en su muda. Poco a poco, los escasos supervivientes infectados tomaron dirección hacia la iglesia empleando en sus andares un paso bamboleante e inseguro.
                Al cabo de un cuarto de hora, un grupo de treinta seres, meras sombras de lo que antaño fueron seres humanos sanos, se había congregado en torno a las enormes y robustas puertas de la iglesia del Santo Sepulcro. Estas fueron abiertas de par en par en plena quietud. Los reunidos se miraban los unos a los otros.
                Una voz recia y potente les llegó desde el interior del templo.
                – Pasad, pasad, infelices.
                La gente actuó como si estuviera hipnotizada, entrando con paso lento, con alguno de los más dolientes arrastrando los pies.
                La escasa treintena tomó asiento en los bancos dispersos por la nave central del templo. Desde el presbiterio, superando dos escalones, les estaba aguardando una persona alta, de edad mediana ataviada con una bata blanca de científico. En apariencia, estaba completamente sana, sin padecer los efectos de la lepra. Recorrió las cercanías del altar, apoyándose finalmente el peso del cuerpo con las manos sobre la superficie del mismo, confrontando con la mirada a los asistentes atraídos al lugar por el toque repetitivo de campana.
                – Permitan que me presente – inició su peculiar sermón con voz glacial y monótona.- Soy el promotor del mal que les afecta a todos ustedes.
                – ¿Cómo? – musitó una mujer encorvada sobre su regazo, cerca del desplome al no poder mantener erguida la espalda por las escasas fuerzas que le quedaban.
                – Voy a resumir lo sucedido en pocas palabras. Deseo fervientemente que dejen de sufrir y alcancen el descanso eterno que se merecen.
                “Han sido ustedes, su localidad en concreto, utilizada como un experimento biológico de cara al futuro uso de un tipo de arma de destrucción masiva lo más barata y sencilla de crear, sin que tuviera que implicar el costo de vidas más allá que las referentes al enemigo.
                “Hace varios meses, en mi laboratorio privado de microbiología y genética, se pudo crear una variante de la bacteria Mycobacterium leprae, causante del mal conocido vulgarmente por lepra. Se potenció su factor agresivo y su necesaria transmisibilidad entre sujetos vivos. Fue un completo éxito entre animales y algún voluntario que se prestó al experimento sin conocer que se le administraba la Nueva Lepra Norteamericana, tal como la bautizó vuestro querido doctor, el señor Moonsefe.  Pero por desgracia, quedaba verificar su completa utilidad en el campo de batalla. Se seleccionó un área alejada de cualquier región extensamente poblada, saliendo elegida su localidad. Tenía el número necesario de especímenes. 500 personas nada dispuestas a sufrir las consecuencias de este tipo de lepra, y por ello, sin conocimiento de lo que se les avecinaba, pues sabiéndolo, jamás iban a dar el consentimiento para ejercer de conejillo de indias del experimento “Muerte Verdadera”.
                “El inicio del contagio tuvo lugar con un verdadero voluntario. A cambio de algo de dinero y un par de botellas de vino barato, uno de mis ayudantes le hizo contraer la enfermedad sin que él lo supiera, y lo acercó a vuestro pueblo. Era un vagabundo senil. Su pérdida, su muerte, no iba a ser sentida por nadie.
                “De hecho, antes de que sintiera los primeros síntomas de la dolencia, fue asesinado por unos jóvenes de Marrow. No supuso ningún contratiempo, debido a que los responsables de su muerte fueron contagiados de inmediato al estar mucho tiempo en contacto con su cuerpo. Incluso facilitaron ese contagio con los propios fluidos sanguíneos de la víctima. Por ello se recompensó al cabecilla del grupo con un pequeño presente. Era una forma de representar mi agradecimiento desde el anonimato.
                – Yo no lo sabía… Si lo hubiera sabido, no hubiera colaborado en el asesinato – Townsed se alzó como pudo vestido con harapos y vendas. La cavidad del ojo derecho supuraba un pus negruzco, con la mejilla del mismo lado mostrando un enorme bulto que le deformaba el rostro.
                – Siéntate, muchacho, y descansa.
                “El resto ya es sabido. Una vez iniciada la primera transmisión de la Nueva Lepra Norteamericana, Marrow estaba destinada a desaparecer del mapa. Porque los medicamentos utilizados en las lepras convencionales son ineficaces para controlar esta versión.
                “Ahora queda ofertar al mejor postor los resultados de mis investigaciones. Que no por defecto tiene que ser el ejército estadounidense el que se beneficie…
                Quien se incorporó de pie en esta ocasión fue el comisario Riners. Le faltaba el brazo izquierdo, el cual fue necesaria su amputación hacía día y medio.
                – ¡Maldito hijo de perra! ¡Es usted el mismísimo demonio! ¡Y encima se presenta aquí para contarlo! ¡Y para contagiarse también!
                Riners se echó a reír, enloquecido por la fiebre.
                Aquel hombre con bata de científico sonrió mostrando su despreocupación.
                – Soy inmune a la enfermedad, querido comisario. De no serlo, no estaría aquí con su rebaño de muertos vivientes.
                “Por cierto, tengo que presentarles a mis ayudantes. También son inmunes a la Nueva Lepra Norteamericana. Y mucho antes, participaron de manera voluntaria en otro tipo de experimentos genéticos bajo mis órdenes.
                “Dos son muy sutiles en sus labores, mientras el tercero es algo más brusco. Además es dado a cierto uso de la violencia, cosa que a veces le desapruebo en privado.
                A un requerimiento de un gesto de la mano, de entre las sombras del altar aparecieron dos hombres vestidos de negro. Por las facciones de sus rostros barbilampiños, pudieran pasar por hermanos gemelos.
                A ambos les siguió una criatura de dos metros de alto y recubierta de un espeso pelaje desde la cabeza a los pies.
                Los tres personajes abominables se unieron al científico detrás del altar, y desde esa posición contemplaron con satisfacción a los últimos habitantes del pueblo de Marrow en los estertores de la muerte.
               
                THE END.


http://www.google.com/buzz/api/button.js