Superando límites insospechados

A un tal Dimitri Venko, los científicos enajenados de un centro de investigación militar en Siberia occidental, enclavado a 157 Km. de las orillas sólidas del río Obi, le fue extirpada la glándula pineal en los inicios de la puericia, provocándole una precoz madurez corporal y un anticipado desarrollo intelectual. Era considerado un niño prodigio. Con tan sólo diez años había urdido la trama de dos novelas de ciencia ficción de indudable calidad literaria y científica, cuyos argumentos del todo creíbles por la enorme veracidad con que estaban expuestos, estaban basados en los poderes paranormales y extrasensoriales que, en cierta manera, él mismo poseía.
Sus logros… Su talento en sí era puramente artificial. No había sido dotado de forma natural. En él no había nada de místico o divino. En pocas palabras, no le DEBÍA a Dios que pudiera desplazar objetos a su entero antojo, ni que pudiese leer lo escrito y sostenido en un libro de ensayo sin antes haberlo abierto por una de sus primeras páginas. El ciudadano Venko, de origen ucraniano únicamente de parte materna, fue cumpliendo con un cierto orden preestablecido de entrada al brote de su propio nacimiento, cubriendo así las primeras etapas de la vida. Atrás quedó la pubertad y la adolescencia. Cuando cumplió los veinte años, el general Goris Vanessian, cirujano jefe de la base militar Uva Gris destacada en el corazón gélido de Siberia, decidió experimentar con una segunda intervención quirúrgica en el encéfalo del paciente Venko. Buscaba desarrollar y amplificar los parámetros lógicos y cognoscitivos de su intelecto, hasta sobresaturar su inmensa y casi endemoniada inteligencia hasta dejarla inactiva, o como mal menor, en estado latente.
En esta ocasión, Venko fue más difícil de convencer para pasar por la aséptica mesa de operaciones. Ya no se hallaba en las condiciones más apropiadas de asentir ante todo cuanto se le ordenase. Ni tenía los tres años naturales de la primera incisión en el córtex de su cerebro. El paciente era conocedor de su nada idílica situación de mero conejillo de indias. Era el primero de su súper especie en disfrutar de los conocimientos adelantados de la compleja mente humana; unas habilidades antinatura que, en la mayoría de los seres humanos coexistentes en el planeta, permanecen adormecidas.
Como queda anteriormente dicho, quienes poseían poderes extrasensoriales, o bien lo heredaban genéticamente, o lo hacían bajo un irracional matiz divino. Venko hacía alarde de sus pensamientos móviles o visuales sin mayor esfuerzo de concentración. Para él, era un símil audiovisual: cuando quería, apagaba la excitación del centro nervioso, y cuando lo requería, esta era encendida. Obviamente, en infinidad de “experimentaciones sensitivas”, se le instaba con hieratismo a poner en práctica el uso de sus privilegiados poderes. Conforme Venko fue adquiriendo excesiva notoriedad, sus sentimientos de carácter indómito fueron chocando de frente con las órdenes del colectivo, impartidas desde un nivel superior jerárquico. Debido a su rebeldía ya incontenible, Venko permanecía recluido “sine die” en un centro de experimentación biológico neuronal e iba a permanecer privado de libertad absoluta de movimientos y pensamientos hasta que “alguien” decidiese que era… prescindible.
Venko vislumbró que su figura extraordinaria llevaba camino de estar de sobra en el organigrama básico de la base científica cuando empezó a fijarse que iban llegando niños de dos y tres años arrebatados a sus madres, reclusas de un campo de deportadas y destinadas a trabajos forzados de por vida. Por lo que supo averiguar tras el sondeo de diversas mentes implicadas en el proceso de selección, el índice de natalidad de la prisión se debía a simples violaciones selectivas. En la mayoría de los terribles casos, las madres elegidas para concebir en contra de su voluntad eran jóvenes preferiblemente sanas. El que dispusieran de un alto coeficiente intelectual era un añadido previsible. Una vez que daban a luz, y tras un corto período de atención maternal, quienes concibieron el experimento del “Alumbramiento del pensamiento tibio”, consideraban el momento de desligar todo contacto físico y emocional de la criatura con su madre dispuestos a encumbrarla para el beneficio propio de la única y gran Madre de todos los estados soviéticos.
Venko presagió con acierto que su fin existencial estaba próximo. A efectos de salud, estaba perfecto, sin la menor tara física o psicológica. A niveles operativos… estaba acercándose a la inactividad social.
El experimento insano insistía en profanar el campo intuitivo de la normalidad, traspasando el umbral que separaba y delimitaba el afán de notoriedad y soberbia de los hombres con respecto a los límites del territorio donde palpitaba el oscuro y arcano temperamento de un ser indudablemente TODOPODEROSO y ETERNO que los había creado a su imagen y semejanza. La recolección de infantes seguía su tétrico curso. Los promovedores del proyecto hecho realidad ponzoñosa adecentaron un ala del hospital militar, transformándolo en un jardín de infancia, con las dependencias del REPOSO reconvertidas en comedor, guardería y dormitorios de medidas estándares. Venko pudo observar con curiosidad que cada niño elegido para el incremento de sus capacidades psíquicas disponía de su correspondiente niñera, todas mujeres militares del ejército regular ruso.
Esto era lo peor de todo. El conocimiento intrínseco de los entresijos de la operación “Alumbramiento del pensamiento tibio” era muestra clara y diáfana de su inminente eliminación.
A Venko le estaba permitido libre acceso a todos los sectores médicos de la base, excepción hecha de la zona hospitalaria donde hallábanse Cirugía y Neurología. Así pudo profundizar en los detalles principales con el médico y general Vanessian. Y cuando supo que éste planeaba practicarle un segundo retoque en la epífisis, Venko intuyó que ese trastornado y delirante manipulador de conciencias ajenas ansiaba propiciar su muerte, o como simple mal menor, trepanarle el cráneo por el frontal, haciendo del método de la lobotomía la cumbre de la estolidez. De este modo, Dimitri Venko pasaría a ser catalogado como el “Caso Venko”.
El resumen de su inadmisible vida incluía tres ciclos clasificados correlativamente de la siguiente forma: una salida del útero materno (equivalente a la NORMALIDAD); la instrumentalización de su conducta, manipulando su glándula pineal y estimulando sus sentidos adormecidos (dándole cabida al disfrute de una amplia gama de DONES, jamás utilizados enteramente por un único ser humano, considerando esta fase la del APOGEO); y la DECADENCIA FINAL, donde, o bien rebosaría cretinismo por los cuatro costados, o bien le correspondería ataviarse la mortaja que envuelve a todo cadáver antes de su entierro.
Venko estaba resentido contra sus superiores. En un grado sumo les había servido de gran utilidad para llevar a cabo cada anotación y rectificación sobre la marcha del experimento. “Alumbramiento del pensamiento tibio” continuaba disfrutando del refrendo por parte del Kremlin, satisfecho de como este iba evolucionando. Las subvenciones destinadas al progreso del experimento secreto de la base militar “Uva Gris” llegaban con la misma facilidad que el agua a una bañera nada más girar la manivela del grifo. Venko había asumido la particularidad de sus dones innaturales. De niño, desplazar pupitres, sillas y objetos decorativos en la sala del ALUMBRAMIENTO era tratado desde la perspectiva de un mero juego infantil. La mayoría de los infantes rusos carecía de los adelantados divertimentos de sus réplicas occidentales, habida cuenta del nivel de pobreza del habitante medio. El presupuesto estaba estructurado para mantener las líneas defensivas de las repúblicas socialistas soviéticas a salvo de cualquier futura pretensión ofensiva del enemigo situado tan lejos y al mismo tiempo tan cerca de su frontera desde la venta de Alaska a los EE.UU. El ejército era el PUEBLO, y por el ejército el cinturón de cada cual era ajustado al máximo.
Venko desconocía el nivel de vida medio de sus camaradas. Toda su existencia había sido llevada entre las paredes, corredores y muros de la base militar, y dentro de la misma su libertad de movimientos se circunscribía a ciertas zonas, el área considerado amarillo. La otra zona, el área azul, que representaba las partes esenciales del desarrollo de la investigación, le estaba completamente vedado. Y eso en sus buenos tiempos. Ahora que estaba “maldito”, residía en una parcela acotada dentro de la zona hospitalaria. Se llamaba la zona de Venko…
Venko relacionó su cautividad con el sentimiento inabarcable de la araña, que teje su filamentosa telaraña en un rincón del techo con la pared, y fuera de ubicación, desconocía todo cuanto acontecía en el resto de la habitación. Visto desde esa óptica, la educación recibida por parte de sus tutores y mentores le proporcionaba bancos de información sesgada que su mente engullía con voracidad de escualo, quedando almacenada en la memoria, presto a servirse de ella cuando fuese necesario. Habida cuenta que jamás iba a concedérsele visitar el mundo existente más allá de las paredes y pasillos de la zona Venko del centro hospitalario, sus conocimientos le fueron pareciendo cada vez más vacuos. Inservibles. Tanta información cultural, política e histórica, para nada. Tantos recursos matemáticos, físicos y químicos, destinados al olvido a medio y largo plazo. Sus vocaciones artísticas, referidas al mundo fascinante literario y de las artes plásticas, cada obra creada, era destruida y quemada en el incinerador una vez supervisada por el equipo de evaluación destinado a controlar sus avances y desafueros extrasensoriales. Y así supieron al tiempo que su individualidad era ingobernable. Porque todo lo que urdía con su mente, constituía un acto homologado por él mismo, acto inquebrantable ante cualquier sugerencia externa. Venko iba dominando las distintas facetas de sus dones, y conforme se iba haciendo con ellas, las fue puliendo. Ya no desplazaba frutas y bolas de petanca encima del tablero de una mesa. Estaba capacitado para levitarlas en el aire, mesa incluida, y en un punto central de concentración máxima, conseguía transformar su aparente apatía en destrozos de mayor o menor envergadura, retorciendo las patas de la mesa, enroscándolas, hasta hacerla estrellarse contra las paredes diez, quince, veinte veces…, reduciéndola a la condición de objeto inutilizable. Pero este rasgo de violencia reprimida no quedaba aquí, reflejado en la destrucción de un vulgar mueble metálico. Venko conseguía hacer que sus deseos ardiesen de impaciencia… Un libro podía ser leído con las tapas cerradas, y también podía ser prendido por una chispa invisible, Lo intangible corría serios visos de comportarse de forma natural, ardiendo como si Venko mismo hubiera aplicado la boquilla de un soplete, consiguiendo que la obra enciclopédica carbonizara hasta las guardas, con las cenizas ennegrecidas y volátiles ajetreándose en el aire, antes de posarse en el enlosado cuarteado del suelo con la suave gracilidad de la pluma de un faisán. Estos alardes entusiasmaron por un tiempo al equipo encargado de su seguimiento. Tenía por aquél entonces once años. Era el primer balaustre, que sumado a decenas de balaustres posteriores, servirían para crear la barandilla de una extensa y enmarañada escalera que conduciría a cualquier destino, menos al OLIMPO. Con la conformación de la balaustrada, la desmedida euforia inicial fue dejando paso a la rutinaria indiferencia de quien contempla un milagro repetido hasta la saciedad. Con la nueva hornada de niños prodigio inmersa en la trama del descabellado experimento, las “habilidades” de Venko pasaban desapercibidas, y llegado el caso de sincerarse, estaban siendo – en teoría – superadas por los poderes de los chiquillos. Venko estaba decididamente predestinado al olvido. Sólo había que aguardar a que el general Vanessian tuviera decidido ya tachar su identidad del listado de las cobayas mentalistas humanas.
En principio se tomaron todas las medidas de seguridad necesarias para afrontar proceso tan arriesgado. Venko estaba DESFASADO, pero la energía acumulada en su materia gris servía para plantar cara a una brigada de asalto entera. Para evitar una pérdida innecesaria de unidades, decidieron que lo mejor era administrarle un fármaco tranquilizante de efectos inmediatos en la comida.
El intento cayó en saco roto. Venko les adivinó sus intenciones de pretender inmovilizarlo.
Acto seguido, cerraron y sellaron la puerta de su diminuta estancia acondicionada como comedor individualizado.
Venko quedó encerrado.
No le hizo falta mirar por la ventanilla para saber que un contingente extraordinariamente armado permanecía alerta al otro lado de la puerta de acero. Venko pudo VISUALIZARLO a través de ella. Rostros adustos y atentos a la orden de carga. Pronto iba a abrirse la puerta de cierre hidráulico.
Dimitri Venko tenía veinte años en esa fase de su vida postergada al manejo frío y calculador de los mentores científicos encargados de bregar satisfactoriamente con el experimento del “Alumbramiento del pensamiento tibio”. El mismo había supuesto que su fin llegaría tarde o temprano. Por ello había preparado una táctica defensiva que iba a tornarse ofensiva, en busca del TODO o la NADA. La LIBERTAD SUPREMA, o la claudicación ante una acertada oscilación del filo de la guadaña de la MUERTE. Porque lo que Vanessian y sus huestes no sabían, era que el paciente Venko, conocido como “MENTE PRIMERA”, había decidido ocultarles un alto porcentaje de sus avances paranormales adquiridos en los últimos cinco años. Sus destrezas habían sido subestimadas por haber alcanzado ya un supuesto “apogeo” y un manifestado “nulo interés” por la siguiente fase del experimento por parte del aludido Venko. Y el operativo de ataque había mordido con presteza el cebo del anzuelo tendido por el insustancial y gris joven.
La compuerta emitió el sonido de apertura, y nada más iniciarse el hueco que permitiría que una persona de medidas normales pudiera tener cabida a través de él, se introdujo el primero de los aniquiladores, portando un Kalashnikov bruñido, engrasado y recién cargado. Venko no le permitió ni realizar el amago de posicionarse para disparar con cierta comodidad y puntería. Con enorme facilidad se apoderó de su mente juvenil y le hizo morir de una embolia cerebral. El soldado cayó desplomado contra el suelo, yaciendo a pocos pasos de la entrada.
La puerta quedó entreabierta. Dos militares más curtidos sustituyeron al joven soldado muerto de manera fulminante en acto de servicio. Apuntaron a la figura del iluminado, y cuando estaban dispuestos a abrir fuego, hilillos de sangre encarnada fluyeron de sus oídos, los tímpanos reventados y el cerebro descompuesto. Cayeron con flaccidez sobre el cadáver de su compañero, las armas diseminadas a los pies de Venko. No hizo falta que descerebrara a más militares, pues Vanessian dio la orden de retirada, cerrando la puerta a cal y canto.
Venko no iba a concederles un segundo encierro involuntario, encargándose personalmente de controlar el proceso de cierre automatizado, sustituyendo éste por el proceso inverso de apertura.
Un hombre apostado en el pasillo pronunció una imprecación contra la madre biológica de MENTE PRIMERA, antes de que la formación retrocediese escarmentada, atrincherándose en uno de los recodos. Venko escuchó con plena satisfacción el estrépito de los pasos retumbando sobre el piso. No le hizo falta asomar la cabeza para asegurarse de su posición defensiva al fondo del corto pasillo. Venko no tenía escapatoria. El comedor comunicaba con las demás dependencias de la zona Venko mediante ese corredor. Al fondo, en una esquina cerrada, tenía al pelotón de fusilamiento. Al otro lado, una pequeña porción de suelo que remataba en la pared de cierre, donde había un cuarto trastero para los encargados de la limpieza. Venko sonrió, demostrando una confianza en sus posibilidades francamente asombrosa. Recogió una de las armas de los soldados fallecidos, y sosteniéndola a una altura media, la mantuvo en vilo, sin que sus manos la tocaran. Determinó la funcionalidad del arma, centrándola en el pasillo, a la altura que la sostendría un soldado. La hizo desplazarse hacia el recodo, y focalizando su punto de mira desafiante en el parapeto del séquito exterminador del general Vanessian, descargó su furia plausible, pillando de sorpresa a dos soldados, de los cuales uno resultó muerto y el otro seriamente herido. El imprevisto ataque del “soldado invisible” hizo que surgiesen unos segundos de indecisión, circunstancia que fue aprovechado por Venko en beneficio propio para dirigirse medio agachado hacia el diminuto cuarto de limpieza. El subfúsil le cubría las espaldas, empleando parte de la munición disponible, arremetiendo esta vez sin tanta precisión. Cuando Venko concentró su atención en otro punto de mayor interés para él, el arma cesó de disparar, impactando bruscamente contra el suelo.
Vanessian ordenó a sus hombres que devolvieran cumplida réplica, pero cuando empezaron a asomarse por el recodo, no encontraron a nadie. Venko no estaba agazapado en el pasillo. Ni escondido en el comedor. El General reparó en el cuarto donde se guardaban los útiles de limpieza, y aferrándose firmemente a los pomos, tiró de las puertas hacia afuera. Su mente se enturbió al apreciar cómo parte de la pierna de Venko terminaba de desmaterializarse, atravesando la pared, evadiéndose de su cerco.
Vanessian acababa de descubrir que MENTE PRIMERA estaba capacitado para atravesar la materia sólida… Los límites de su fascinante mente no tenían fin. El muy sagaz los había tenido engañados todo estos años como a pardillos. Vanessian, rojo de indignación, conminó a los hombres que retiraran a los muertos, y con cuatro soldados como guardia pretoriana y abrigados para poder soportar los cuarenta grados bajo cero del exterior, fue en pos de Venko. Atajaron por una salida de incendios, corriendo en paralelo por la parte trasera del ala lateral. A un minuto de distancia real, dieron con huellas moldeadas en la nieve. Las huellas se encaminaban a las afueras del sector azul. Vanessian iba a ordenar a sus cuatro subordinados que rastrearan los alrededores a fondo hasta dar con Venko. Entonces fue cuando su ser se vio invadido por un fuerte dolor a la altura del pecho, en su lado izquierdo. Fue un ramalazo sordo e intenso, que no tardó en colapsarle el corazón. A pesar del intenso frío, el rostro del General enrojeció terriblemente, y con las piernas aflojadas, cayó de rodillas sobre la nieve, para después desmoronarse, envuelto en espasmos musculares. Los soldados huyeron atemorizados, decididos a no prestarle ninguna clase de ayuda.
Desde la perspectiva del suelo nevoso, Vanessian observaba una claridad absolutamente cegadora. El cielo azulado se tornó incoloro, y sus labios agrietados por el frío y las condiciones más extremas, se humedecieron con la saliva grumosa.
“Vanessian.”
“Vanessian.”

Alguien susurraba su primer apellido.
Una figura hasta entonces inadvertida se le acercó a los pies, arrojándole una bola de nieve a la cara, recreándose en su infortunio.
“Vanessian.”
Las pisadas furtivas del fugitivo habían dado la vuelta, regresando hasta la silueta del hombre tendido de espaldas sobre la nieve. El General no podía distinguir nada. Estaba ciego. Su corazón le dolía enormemente, sumiéndole en la amargura de saber que le quedaban escasos segundos de existencia terrenal.
“Vanessian.” – le susurró la voz.
Y cuando terminó de pronunciar su nombre, Goris Vanessian se sintió fuera de su cuerpo, desposeído de él. Y una vez fuera, una heladora ráfaga de viento siberiano trasladó su alma hasta los confines de un destino incierto, vagando de norte a sur, de este a oeste…


Instantes después, el cuerpo echado recobró VIDA, y un nuevo y radiante Vanessian púsose de pie. Se miró complacido a la bata blanca que sobresalía en parte bajo su grueso abrigo. Quitó la nieve de sus flancos, y con paso decidido, se adueñó de la pistola que se le había escapado de la mano al padecer el amago de ataque de miocardio. A medio metro de él, se hallaba tendido de medio lado sobre un costado la figura de Venko. Dimitri Venko. MENTE PRIMERA. El General vació el cargador entero sobre el cuerpo sin vida, dando por cerrado el caso “Venko”. Andando de forma pausada, abordó la entrada al ala lateral izquierdo del recinto hospitalario de la zona azul.
Venko había asumido una nueva personalidad.
Un nuevo esqueleto.
Una novedosa piel que le servía de envoltorio.
Una nueva condición humana.
Y no estaba dispuesto a que intentaran atentar de nuevo contra su vida.
Cuando hubo traspasado la puerta de acceso al interior del vestíbulo, saludó a uno de los soldados que había huido en desbandada al ver su desplome físico. No le hizo falta al Vanessian de nuevo cuño adivinar la sorpresa reflejada en el rostro del joven. El desconcierto residía en el interior de su mente. Y el extinto Dimitri Venko se encargó de subsanar el error… Mucho más tarde ya se ocuparía de los otros tres testigos presenciales de la supuesta muerte de Goris Vanessian…
Y si acaso existía JUSTICIA en el orbe, sus planes de devastar la base militar “Uva Gris”, arruinando por consiguiente su blasfemante proyecto, saldrían adelante sin el menor de los impedimentos.
Ya que su mente era PRIVILEGIADA.
Mucho más de lo que algún ignorante había pensado en el pasado.

Léxico Espantoso de Escritos de Pesadilla: "BYONARA".

Pechuga de Pollo Mutante, tras un trasiego de veinte botellas de vodka made in Mesopotamia, creó una nueva manera de despedirse. La palabreja BYONARA.
Mezcla de “bye” en inglés + “sayonara” en malayo, digo japonés.

Así que podemos decir:

BYONARA, que me voy pal pueblo.
BYONARA, Eulogia, que voy para la barra del pan.
BYONARA gente, que me tocó la loto de navidad y me pierdo por Honolulu…

Ay, dichoso BYONARA

¡¡¡BAYONARA A LA VIDA CRUEL, que me acaba de morder un arácnido venenoso de las islas Molokai!!!!

Solucionado el problema de una infección de la web causada en los dos últimos días por unos enlaces a dos directorios de blogs

Hola a tod@s mis lectores y visitantes: En las últimas 48 horas si uno quería acceder a Escritos de Pesadilla, google impedía tal hecho por contener una posible infección hacker, derivado por dos directorios a los que hace años estaba el blog apuntado, como cincolinks y webtrafficgrill. La solución ha sido borrarlos para que de nuevo google ya de por bueno cualquier acceso a la web. 
Sentimos las molestias derivadas de este percance, ajeno a Escritos.
Un fuerte saludo.
Robert A. Larrainzar.
Administrador y escritor de Escritos de Pesadilla.

ESPECIAL HALLOWEEN: "Mil escalones hacia el cielo…"

El sonido de un disparo, seguido de un fogonazo y el olor característico de la pólvora.

En qué pocos segundos la plenitud de una vida queda relegada al latido inconstante y débil que precede a la línea horizontal de la muerte testificada por el monitor del equipo de cardiología ubicado en la habitación de planta de una UVI de un hospital cualquiera.
Él no había estado preparado para una muerte tan prematura. Joder, si solamente tenía cuarenta años. Le quedaban unas cuantas décadas por disfrutar. Estaba soltero. Era mujeriego. Algo bebedor. Hijo único. Sus padres ni se preocupaban de su existencia, y él los repudiaba en secreto porque nunca le habían querido ni desde que el espermatozoide afortunado diera con el óvulo reproductor, fecundándolo de cara a su postrer nacimiento, del todo indeseado para ambos vista la indiferencia que habían demostrado por su crianza y posterior educación para la edad adulta. Así fue como siempre frecuentó compañías inadecuadas, bordeando la frontera cercana a la delincuencia, hasta cruzarla del todo.
A los veintitrés años había empezado a trabajar para un mafioso de origen ucraniano. Sus negocios principales eran el tráfico de armas, las drogas y la prostitución. Le enseñaron medidas de defensa personal, además de aprender a disparar con una puntería endemoniadamente certera armas trucadas reconvertidas en automáticas. A los veinticinco años se ganó completamente la confianza de Mykhaylo Kirichuk, y este lo consideró como uno de sus sicarios. A los veintisiete le encomendó que solventara todos los imprevistos que pudieran surgir en la organización. Se fue encargando de soplones, traidores, gente que debía dinero al no poder afrontar los altos intereses de los préstamos concedidos por Mykhaylo Kirichuk…
Era indudable que poco a poco, su gatillo fácil le reconfortaba. No le importaba ir solucionando los problemas finiquitando vidas ajenas a la suya. Es más, hasta se fue volviendo un sádico. Disfrutaba cuando encerraba a un pobre desgraciado en un cuarto de un edificio abandonado de las afueras de la ciudad. Manteniéndolo colgado cabeza abajo, atado por los tobillos por cadenas, miraba al desgraciado de turno y le susurraba:
“Reza fuerte, hijo. Y pide que Dios te libere de aquí a tres minutos. Porque cuando pasen ciento ochenta segundos, abriré la puerta, y como no te hayas fugado con la ayuda divina, seré yo quien entregue en bandeja tu alma a los ángeles caídos…”
Así fue creciendo en importancia dentro de la estructura criminal de la banda de Kirichuk. Para los cuarenta años, tenía un capital ahorrado importante, una buena casa dentro de una extensa propiedad en las afueras de la ciudad, tres coches de alta cilindrada, prostitutas de lujo que satisfacer su lujuria semanal…
Repentinamente, todo se fue al carajo cuando iba a ejecutar a un niñato que en su momento les estafó con una mala partida de cocaína. Sabía donde vivía. Acudió con algo de excesiva confianza. Cuando echó abajo la puerta de su miserable cuchitril donde se alojaba con el impulso de dos patadas, fue recibido por un certero balazo que atravesó su parietal por el sector derecho, atravesando su cerebro y con orificio de salida por el lado contrario, condenándole a una muerte fulminante. Aquella alimaña había recibido un chivatazo por parte de alguien, y cuando percibió la primera patada que se le dio a la puerta, se resguardó a un lado de la jamba. El resto es obvio. En cuanto atravesó el quicio, aquel cobarde le disparó con suma facilidad a la vez que le mandaba un recordatorio ingrato hacia la supuesta vida callejera de su madre.
Desde ese momento todo le resultó extraño.
Vio la oscuridad más pesada e ignota que jamás antes había percibido en su vida. Más allá de los rincones perdidos de su memoria antes de la conciencia al nacer.
Igualmente apreciaba una ligereza en los sentidos. Se sentía liviano, como si no pesara ni un mísero gramo.
Un hombre relleno de helio.  El hombre-globo del circo Popov. Eso era él ahora mismo. Aunque no flotaba, pues sentía los pies bien apoyados en el suelo. Debía ser que tenía un pequeño pinchazo por donde se escapaba el aire…
Quiso echarse a reír. Pero algo le decía que en el lugar que se encontraba raramente se prodigaban las risas.
Con este presentimiento, la negrura dejó paso a la luz.
(Empieza la función, muchacho)
Se encontró sumido bajo una intensa luz amarillenta que parecía proceder de un enorme proyector desde alguna parte ubicada encima de su cabeza. Y aquella luz remarcó el comienzo de una escalera. Se componía de escalones diminutos, de medio metro de ancho y sin barandilla que sirviera de apoyo. La escalera se perdía en las alturas…
– Mil escalones…
Aquella voz afilada y felina llegó procedente de alguna zona en concreto. Pero no pudo orientarse con ella debidamente. Parecía referirse al número de escalones que compondrían la escalera. Mecánicamente se acercó al inicio de la misma.
– Sube. Mil escalones y obtendrás tu recompensa…
Ahora parecía una voz femenina. Similar a la de su madre.
Quiso pensar en los motivos que tendría para que aquella persona desconocida y oculta en el anonimato de las sombras deseara que él ascendiera por la mencionada escalera de final interminable.
Pero su mente ya no regía sobre el control de los músculos de sus extremidades inferiores, y situó el pie derecho sobre el primer escalón. Avanzó sobre el segundo. A este le siguió el tercero. Y el cuarto…
Como si aquello fuera un juego infantil, se propuso llegar hasta el final. Estuvo contando los escalones que iba rebasando uno a uno, para así verificar si realmente aquella singular escalera se componía de mil peldaños…
75. 80. 90.
125. 164. 193.
Estaba subiendo a buen ritmo. Su respiración no se aceleraba. No tenía ningún problema, aún a pesar de tener un abundante sobrepeso ganado en los últimos años.
278. 341. 465.
515. 598. 647.
Se estaba acercando al objetivo que le marcaba la voz femenina. En ningún momento tuvo la tentación de detenerse en alguno de los escalones para mirar hacia atrás, afrontando su fóbico miedo a las alturas. Ni recapacitó en el tremendo riesgo que implicaba subir por una estructura tan estrecha y empinada sin la seguridad de poder aferrarse a un pasamano.
763. 813. 891.
907. 962. 997.
Ahí estaba. Cercano a los tres últimos escalones. La altura debía de ser tremenda, pero su vista estaba concentrada en sus pies, mientras su cabeza sumaba el número que debía concretarse en un millar.
– Mil escalones que te llevarán al lugar que te mereces, Simon Lorne.
La voz mencionó su nombre.
Se emocionó por ello. Enseguida supo que aquella escalera le conducía a un premio supremo.
El Cielo. A fin de cuentas el camino hacia donde se le conducía era del todo vertical. Y se sentía etéreo como un ángel.
Con anhelo, recorrió el corto trecho que le quedaba para llegar a lo alto de las escaleras.
998. 999.
1000.
En cuanto afianzó sus pies en el último escalón, una risa burlona resopló en su cara con desprecio. Le cubrió su rostro con escupitajos repulsivos conforme le decía:
– ¡Mira que eres presuntuoso, Simon Lorne! ¡Con todo el mal que has hecho a lo largo de tu vida, aún pensando en alcanzar la paz eterna entre los seres más justos y nobles de la historia del hombre!
“¡Pues va a ser que no! El haber subido una escalera tal alta y larga es para que así llegues al infierno de cabeza.
Inmediatamente, los escalones se recogieron, formando una rampa lisa e inclinada.
Sin tiempo de poder reaccionar, recibió un fuerte empujón en el pecho, y gritando de espanto, fue descendiendo por  el tobogán que iba a condenarle a formar parte del ejército de renegados de Satanás.

ESPECIAL HALLOWEEN: "Le foie spéciale"

                 

                  – Ya sabes, hijo. Estamos en una ciudad nueva. Tenemos que tener mucho tacto con la elección.

                  – Sí, papá.

                – Mañana empiezas en el colegio. Tómate tu tiempo. Fíjate en los compañeros, aunque no sean de tu mismo curso.
                – Claro, papá.
                – También entérate de la familia del chico. Que tenga pocos componentes, tampoco sean del lugar y sean pocos conocidos por el vecindario. Si son solitarios, mejor que mejor.
                – Enterado, papá.
                – Como mucho, que consigamos hacer los preparativos en menos de medio año.
                “El señor Rudsinki es un sibarita, y puede contenerse con los manjares exóticos, pero no puede pasar un año entero sin su ración de “le foie spéciale”.
                – Sí, papá.


                – Randolph, corre. Esta es la casa abandonada del que te hablé.
                – Jolines. Tiene muy mala pinta. Está para caerse si sopla una ventolera medio fuerte.
                – Ven. Vamos a rodearla por este lado. Detrás está el acceso exterior que conduce al sótano.
                “¿Ves? Este portón al nivel del suelo da a la parte inferior de la casa.
                – ¿Cómo es que está sin candado? Así puede entrar cualquiera. Puede haber drogadictos ahí abajo.
                – No hay nadie. Lo he comprobado las dos veces que he bajado. Para estar descuidado durante tanto tiempo, no está tan mal. Por eso te lo enseño. Será nuestro refugio donde nadie nos molestará.
                – Suena guay.
                – Habrá que limpiarlo un poco. Tiene polvo y telarañas, pero luego será un sitio de lo más chulo.
                – Ya tengo ganas de verlo.
                – Pues hala, ya te abro la puerta y bajas. Toma la linterna. Luego te acompaño.
                – Más te vale. Que no pienso explorarlo yo solito.
                “¡Ostras…! Es un sótano muy grande. Tiene un montón de cosas raras. Hay unas cadenas colgando de una viga. Y eso parece un cepo medieval…
                “Pero no me cierres las puertas de la entrada, que la linterna no ilumina mucho.
                “¿Me oyes? ¡Venga! ¡Abre las malditas puertas! ¿Qué estás haciendo ahí fuera? ¿Y ese ruido?
                – Te estoy colocando el candado que echabas en falta, Randolph.
                “Es para que no te escapes. Luego vendrá mi padre a verte…



                – Me parece muy mal que te niegues a comer las hamburguesas y las patatas fritas que te traigo, Randolph.
                – ¡No tengo hambre! ¡Quiero que me sueltes! ¡Estar con mis padres!
                – Eso que me pides es totalmente inviable, Randolph. Eres mi pieza más codiciada. Tienes que alimentarte para satisfacer mi ego. Por eso te he traído tanta comida.
                – ¡Veinticinco hamburguesas y dos platos llenos de patatas fritas! ¡Eso no me lo como ni en un mes!
                – Bueno. Hay una forma de convencerte.
                “Hijo, alcánzame el látigo. La piel del chico no me interesa.
                – ¡Nooo!
                – Tienes dos elecciones, Randolph. Comer como un cerdo hasta reventar, o que te despelleje la espalda. Tú mismo.



                – Sigue, muchacho. Así. Muy bien. Ya pesas sesenta kilos. En cuanto llegues a los ochenta, habrás cumplido con las expectativas depositadas en ti.
                – No… Me duele la barriga… Tengo dolor de cabeza…
                – Continúa masticando. Y no vomites, porque si lo haces, te inmovilizaré en el cepo y te arrancaré cada uña de los dedos de los pies. Te aseguro que es una tortura lo suficientemente dolorosa, como para seguir engullendo comida basura como si en ello te fuese la vida…



                – Hijo mío. Es el día. Randolph ya ha llegado al peso ideal. Su hígado debe de haber crecido lo esperado.
                – Sí, papá.
                – Ahora queda el tema menos grato de todos. El de su sacrificio.
                – A mí me continúa desagradando este tema, papá.
                – Es cierto. Pero tienes que empezar a aprender cómo hacerlo. Recuerda que dentro de unos años, tú serás mi sucesor.
                – Espero que eso ocurra muy tarde, papá.
                – Yo también lo deseo, hijo.
                “Ahora vayamos a ver a Randolph. Lo sujetaremos bien. De esta manera te enseñaré nuevamente la técnica del que hago uso para que el estrangulamiento sea eficaz del todo.



                – Lástima que todo lo demás tenga que ser desechado, papá.
                – Si. Es una pena. Pero recuerda que estamos preparando “le foie spéciale” para nuestro cliente.
                “Observa qué hígado más hermoso. La espera ha merecido la pena.
                – Sí, papá.
                – Ahora te voy a enseñar la preparación del manjar. Esta es la fase más divertida de todas. Presta atención, hijo.
                – Estoy atento, papá. Ya sabes que siempre te obedezco en todo lo que me digas.
                – Estoy orgulloso de ti. Si tu madre estuviera ahora presente, creo que aprobaría la versión que estamos haciendo de su receta original. ¡Ay, Marietta! ¡Cuánto se te echa de menos!
                – Pero mamá hacía la receta con gente mayor.
                – Así, es, hijo. Más que todos vagabundos. Por eso un día uno de ellos se las apañó para soltarse de las ataduras y matar a tu madre con el hacha.
                “Desde entonces tuve bien claro que la receta debía proseguirse en su elaboración con niños. Son fáciles de manejar, y encima el hígado es más delicioso y tierno que el de una persona adulta.
                “Pero todo esto nos está distrayendo de lo principal.
                ““Le foie spéciale” nos está esperando, niño. Con su elaboración, una buena suma de dinero que recibiremos de nuestro ilustre comensal.
                “Así que manos a la obra. Cíñete bien el delantal y colócate el gorro, hijo, que así nunca parecerás un cocinero como dios manda.
                – Vale, papá.

ESPECIAL HALLOWEEN : "La Cosa del armario"

– ¡Déjalo sólo! Ya no podemos vivir con él.
– Es nuestro hijo. Es todo lo que tenemos, por Dios.
– Ya no. Esa cosa ya no forma parte de nuestra sangre.
– Le echaré de menos, Edmond.
– Estás casi tan enferma que él. Pero debemos marcharnos para siempre. Alejarnos de su lado. Cuando todo se descubra… Será su fin. Dios lo quiera. Por eso debemos irnos muy lejos. Nos va en ello nuestra propia libertad y la vida. Porque sus hechos traerán consecuencias. Y se nos marcará por ello. Somos sus padres. Lo hemos estado encubriendo. La sociedad nos odiará en la misma medida. No nos queda otra alternativa.

Todo comenzó una madrugada. Estaba espabilado. No sabía el motivo de su falta de sueño. Miraba fijamente los contornos de los objetos y de los muebles que quedaban ligeramente remarcados por la débil luz de la calle que se filtraba entre los intersticios de las láminas de la persiana veneciana de la única ventana de su dormitorio. Estaba nervioso. Se mordisqueaba las uñas sin parar. Al fondo, frente a los pies de la cama estaba el armario empotrado. La puerta corrediza estaba ligeramente entreabierta, dejando un resquicio de diez centímetros.
Entornó los párpados, apreciando cómo el hueco tendía poco a poco a extenderse, hasta que fueron surgiendo las prendas colgadas de las perchas.
Se subió la manta hasta el mentón, casi predispuesto a dejarse ocultar del todo por ella.
Frotó uno de los pies contra el tobillo del otro.
Entonces, repentinamente, la puerta del armario se cerró, haciéndole de resguardarse bajo la manta, deseando que amaneciese cuanto antes.

A la mañana siguiente se lo contó a sus padres. En el mismo desayuno.
– Hay algo en el armario ropero.
– No digas tonterías.
– Yo… Vi su aliento, como si hiciera frío ahí dentro.
– Es tu propia imaginación. ¡No te da vergüenza! ¡A estas edades!
– No pude pegar ojo.
– Déjalo, quieres. Tu madre y yo no estamos para escuchar estupideces a estas alturas de la vida.

Se sucedieron las noches, y la puerta del armario era abierta y cerrada de manera continua por el ente que en su interior se guarecía por motivos insondables.
Poco a poco fue venciendo sus temores iniciales. Se atrevió a salir de la cama, para acercarse al hueco. A través de él emergía la respiración del ser. Este, al apreciar la cercanía, no tardó en manifestarse.
– Douglas…
– ¿Qué eres? ¿Qué quieres?
– Soy tu amigo. No me temas.
– Si dices ser mi amigo, tendrías que darme menos miedo.
– Yo soy así. No pidas lo imposible, Douglas.
– Tienes muy mal aliento. ¿Por qué te ocultas entre la ropa del armario?
– Es preferible que no me veas. Mi voz es lo que menos temor inspira a los demás.
– Entonces quédate ahí escondido.
– Eso hago, Douglas. Pero necesito tu ayuda.
– ¿Qué me pides? No creo que pueda servirte de mucho.
– Estoy desfallecido. Sin fuerzas. Llevo un tiempo sin alimentarme.
– ¿Quieres que te traiga comida?
– Así es.
– Es muy tarde. Mi madre está durmiendo. No puedo despertarla para que te cocine algo.
– Me sirve cualquier tipo de sobras. Tú busca, que seguro que encontrarás algo para saciar mi apetito inmenso…
Bajó a la cocina y abrió la puerta del frigorífico. Había un plato recubierto con papel de aluminio. Regresó a su dormitorio, frente al hueco practicado en la puerta del armario ropero.
– No hay gran cosa. Simples albóndigas. Están frías. Si quieres, te las caliento un poco.
– No hace falte que lo hagas, Douglas.
El ente del armario alargó una zarpa monstruosa perlada de granos purulentos y recorrida por venas abultadas, recogió el plato y se dispuso al instante a ingerir las albóndigas.
Fue la primera cena que le facilitó. Luego seguirían muchas más.

Transcurrieron varias noches, de las cuales, casi siempre se hallaba en vela, tratando de cumplir con los deseos del ser que habitaba en su armario de la ropa.
En una de ellas, aquella cosa le dijo:
– Douglas. Ya estoy recuperando la energía perdida.
– Me alegro.
– A partir de ahora, necesito que me traigas cosas más sustanciales. Más nutritivas para mi organismo.
– No te entiendo.
– Necesito comida fresca. Y sin hacer. Carne cruda.
– No tenemos eso en el frigorífico. Tal vez cuando vayamos a la carnicería, pueda convencer a mis padres para que compren algún filete de buen tamaño.
– No, Douglas. Yo preciso ya algo más que un simple filete. La ternera entera es lo que quiero.

Al día siguiente, encontró un perro callejero. Lo estuvo siguiendo prudentemente, hasta tenerlo acorralado en un callejón sin salida. Utilizó la carabina de aire comprimido para lastimarlo. En cuanto lo tuvo medio tendido entre dos cubos de la basura, lamiéndose las heridas, lo remató con un ladrillo en la cabeza…

Aquella madrugada, la puerta del armario estaba abierta medio metro. El animal fue devorado en menos de media hora, quedando de él las vísceras y los huesos. Los ojos oblicuos ocultos entre las penumbras estaban irritados por la clase de cena que le había traído. Alargó la garra, cogiéndole firmemente por el cuello.
Notó la fetidez de su aliento.
– Esto no lo repitas. Es pura carroña. Lo que yo necesito es carne de primera categoría. Si para la siguiente noche no me consigues algo mucho más selecto, puede que te considere a ti como mi cena.
La voz gangosa era amenazante de veras. No bromeaba.
– Ahora llévate estos restos. No los quiero en mi estancia.
Diciendo esto, le arrojó las entrañas y los demás restos del animal.

Tenía mucha prisa, por eso le molestó que su padre le llamara la atención cuando iba a salir a la calle.
– ¡Eh! ¿A qué viene tanta prisa? ¿Y a dónde crees que vas? Puede que tengas deberes que hacer en la casa. Tu madre está fatigada por el turno de noche de esta semana y…
– Imposible. Voy a casa de los Tennant. Esta tarde estoy de canguro de su hijo Ricky.
– Vale. Si eso implica que vas a traer algo de dinero para la maltrecha economía familiar, te felicito.
– Casi lo hago gratis. Es algo que me urge.
– No te entiendo.
– Da igual que lo entiendas o no. El caso es que tengo que estar ahí ahora mismo.
– ¿Qué pinta esa bolsa de deportes que llevas?
– Dentro tengo bastantes juguetes míos para entretener al crío.

Los vocablos del ente brotaban de sus labios entremezclados con los fluidos y los mordiscos que infería a una de las extremidades del pequeño niño que él le había traído esa noche.
– Exquisito. Además está tan tierno. Rico. Ricoooo…
– Deseo que sea la suficiente carne como para que te repongas del todo y te marches de una vez de mi vida.
La criatura dejó de comer por un breve momento. Las ascuas infernales le consumieron con su penetrante mirada. Emitió una carcajada demencial.
– Ya te haré saber cuando esté completamente recuperado, en plena plenitud física. Hasta entonces, tendrás que contentarme todas las noches que sigan a la actual con carne tan sublime.
“Porque, acuérdate, puedo acabar contigo en un santiamén. Merendarte en tres bocados…

En las siguientes noches, desaparecieron más niños. El pánico se adueñó de los habitantes de la zona. Se establecieron patrullas diarias y de noche para intentar dar con el secuestrador. Se impedía que los más pequeños jugaran en las calles. Solo podían hacerlo en el colegio y en sus casas, siempre acompañados por personas mayores de confianza, aparte de los padres y los propios familiares.
Así que tuvo que cambiar de planes.
Decidió seleccionar a gente adulta. La carne sería más dura, pero igual de nutritiva.

Una madrugada, su padre fue desvelado a gritos por su propia esposa. Lo zarandeó en la cama, con fuerza, instándole a que la acompañara al dormitorio de su hijo. Estaba histérica. Fuera de sí.
– ¡Demonios de mujer! ¿A qué viene esta pérdida de papeles?
– ¡Nuestro hijo! ¡NUESTRO HIJO, DIOS MÍO!
– ¿Qué le pasa al muy infeliz?
Ella no pudo contestarle, pues se desmayó en sus brazos. La tuvo que acomodar sobre el lecho. Alterado, fue en pos de su hijo. Al acercarse al dormitorio, encontró la puerta cerrada. Quiso abrirla, pero estaba asegurada por dentro. Sus pies descalzos notaron la viscosidad de un líquido rojizo que se esparcía por el suelo del pasillo, partiendo de la entrada por la cocina, hasta derivar hacia el quicio del cuarto de su hijo.
Escuchaba unos sonidos muy extraños al otro lado. Con el añadido de una voz que parecía pertenecer a otra persona.
– ¿Qué significa todo esto? Hijo. Abre la condenada puerta. No sé lo que has hecho, pero no es nada bueno.
Ante la negativa, se apartó un poco y cogiendo impulso, arremetió contra la puerta con el hombro derecho. Esta cedió con cierta facilidad, y ante su terrible incomprensión, vio a su hijo sentado al lado del armario. Estaba desnudo, bañado en sangre, rodeado de los restos de una persona mayor troceada. Soportaba entre las manos una porción de pierna que comprendía el pie hasta la parte anterior a la rodilla, y con afán de caníbal, abría y cerraba las mandíbulas, arrancando porciones de la pantorrilla, masticando con deleite.
En cuanto vio irrumpir a su padre, se detuvo un segundo, observándole con los ojos desorbitados, propios de una persona trastornada. No le dijo nada. Al poco continuó devorando el cadáver fresco.
Su padre vomitó al ver la cabeza del hombre plantado encima de la cama de su hijo.
Inmediatamente abandonó la estancia, yendo a por su mujer.
Hizo lo posible por hacerla recuperar la conciencia. La llevó a la ducha, y con agua fría consiguió que volviese en sí. Ella se le quedó mirando acongojada. Rompió a llorar sobre su hombro.
– Nuestro hijo. Ha perdido la cabeza.
– El muy miserable. Tenemos que marcharnos, Mónica. He visto las calaveras asomando desde el interior del armario de la ropa. Eran pequeñas.
– ¡Los niños desaparecidos de la comarca!
– Vamos. Sécate y vístete. Cojamos lo más imprescindible. Tenemos que escapar de su locura.
– ¿Cómo ha podido ser? Con lo que le queremos.
Su esposo se enfureció con ella. La abofeteó con fuerza en la mejilla derecha para hacerle volver a la realidad.
– Somos responsables en parte de esta horrible tragedia, Mónica. Durante 38 años. Nuestro hijo ha estado toda su vida matando animales. Destripándolos. Lo sabes muy bien. La de veces que hemos tenido que enterrar los restos en el jardín, y de limpiar a fondo las dependencias de la casa. Pero ahora ha cruzado el umbral. Ahora es un psicópata. Un criminal. Ha asesinado a niños. Y a una persona mayor. Cuando todo esto se descubra, nuestra estirpe será maldita.
“Por eso sólo nos queda huir.
“Olvidar que hemos tenido alguna vez un hijo…

Tus ojos en mi mano

La senda es larga y muy cansina. 
Persigo la vida verdadera de los demás.
Busco su felicidad para tornarla en tristeza.
Posteriormente, este estado de melancolía quedaría transformada en la más pura desesperación.
Guío mis pasos entre la bruma de mis pensamientos funestos.
Cuerdas, cadenas y dolor.
Mordazas, cinta aislante.
Herramientas punzantes y cortantes.
Gritos.
Súplicas agonizantes.
Corto, cerceno.
Extraigo. 
Restos enterrados en un camposanto anónimo.
Carne fresca convertida en corrupta.
Huesos con los huesos propios del lugar.
Observo la luna.
El halo de su fulgor enfermizo.
De vuelta, selecciono los órganos visuales 
(sensitivos y sensibles)
de aquel ser apartados sobre la mesa de operaciones.
Cierro los párpados, pongo la mente en blanco, concentrado en los recuerdos ajenos a mi mente.
Al poco, empiezo a visualizar las primeras imágenes.
El rostro de una mujer joven y bella se me ofrece como una dádiva de lo más excepcional.
Con el discurrir en la investigación de unos pocos minutos, consigo averiguar el emplazamiento de su morada.
Son las dos de la madrugada.
Sólo tardo hora y media en desplazarme hasta su casa.
Se que vive sola.
Hago sonar el timbre de la puerta.
Pasa minuto y medio. 
Insisto.
Las luces se encienden en la pequeña casa de planta baja.
Alguien se sitúa al otro lado de la puerta. 
Pregunta qué quiero.
Le digo que he llegado hasta ahí por intermediación de su novio.
La puerta se abre hasta ofrecer parte del rostro aún medio adormecido de la joven. Una cadena impide mi acceso al interior.
Da igual. El resquicio es lo suficientemente amplio como para rociarle la cara con el spray somnífero.
Mientras pierde la conciencia, introduzco la mano y retiro desde dentro la cadena, consiguiendo acceso libre al interior de la casa.
Sonrío.
Separo los párpados, vislumbrando el cuerpo caído de la muchacha con mi propia vista.
Río con ganas.
Entre los dedos de mi mano derecha porto los ojos de su novio.
Los estrujo con fruición, consiguiendo rezumar su contenido por la manga de mi camisa.
Una vez que me habían orientado hasta donde vivía su prometida, ya no me servían para nada más.
Miro a la chica. 
Sus ojos eran grandes y bellos.
Estaba seguro que una vez extraídos de sus cuencas, me mostrarían imágenes de lo más interesantes…

El sonajero

Desmond Twitt era un empresario sin el menor de los escrúpulos. Ávido de crear ganancias, hacía y deshacía sus empresas en un abrir y cerrar de ojos. Poco le importaba si una de sus fábricas de componentes de vehículos le generaba beneficios aún a pesar de la crisis. Si surgía una oportunidad de trasladarla a un estado del tercer mundo, donde los obreros serían sometidos a extensos y agobiantes horarios sin descansos semanales, con un sueldo básico correspondiente a unos cincuenta dólares mensuales, no lo dudaba. Cerraba la fábrica y la creaba en el extranjero. Cuando heredó el pequeño imperio industrial de su padre Edeltore Twitt, tenía quince fábricas dispersas por los Estados Unidos. Ahora quedaban seis, mientras en el exterior tenía implantadas trece. La producción de automóviles, cuyos fabricantes principales eran abastecidos por los componentes de sus fábricas, habían reducido los pedidos por la menor venta en el período de la crisis financiera mundial, pero gracias a su intuición de ir trasladando Twitt´s Components por el continente africano y parte del asiático, estaba manteniendo una buena cifra de ingresos por ventas.

Aún así, Desmond Twitt no estaba conforme. Sus intenciones era la de cerrar a corto plazo las seis fábricas locales para reubicarlas entre Indonesia, Taiwán y algún país africano que tuviera gobernantes de lo más corruptos, donde casi ni habría que pagar a los empleados. Simplemente con darles su ración diaria y un catre, la producción en cadena no se detendría en las veinticuatro horas.
Su decisión de cerrar la fábrica de Nogales, en Arizona, fue tomada en la reunión quincenal del 12 de Agosto. Ya se había conseguido la aprobación por parte del ministro de industria albanés para su instalación en un polígono industrial de Tirana.
Las obras tardarían cuatro meses, al estar la nave ya edificada a medias por una anterior empresa que se había echado en el último momento para atrás.
En el mes de Noviembre, Desmond Twitt se trasladó en varias ocasiones a la fábrica de Nogales. Su intención era comunicar a los obreros el cierre de la fábrica para Diciembre, en plenas navidades. Quienes lo desearan, podrían continuar su labor en Tirana.
La ciudad de Nogales está ubicada lindando con la mexicana del estado de Sonora, llamada también Nogales. Al estar en la línea fronteriza, no era de extrañar que la mayoría de los obreros fuesen de origen mexicano.
Finalmente, el 23 de Diciembre, en el preludio del inicio de la Navidad, con todos los empleados congregados en la nave industrial, Desmond Twitt les hizo saber el cese de la producción de piezas y componentes del sector del automóvil en esa fábrica.
Las quejas fueron visibles. El desencanto, notorio. Desmond cedió la palabra al director de la planta de Nogales para que les informara de la manera en que iban a ser indemnizados en acorde a la antigüedad, además de la posibilidad de seguir trabajando para el grupo Twitt´s Components en Albania para quien se animase a ello.
Desmond Twitt se retiró al despacho del director, mientras este recibía el continuo abucheo por parte de los empleados, quienes le interrumpían constantemente sin apenas dejarle hablar.


Luis Reinaldo Renés ya era muy mayor para soportar sorpresas desagradables. De hecho, nunca había tenido una pizca de buen humor. De energía brusca, nunca aceptaba que alguien le jodiera la vida. En este caso, cuando aún le quedaban cinco años para jubilarse, el dueño de la fábrica les comunicaba el cierre en víspera de navidades.
“hijo de perra”.
Luis Reinaldo se dirigió a los vestuarios. A sus espaldas seguían las muestras de desaprobación de sus compañeros mientras el director trataba de calmarlos con argumentos vacíos de contenido y promesas de traslado a un país situado en dios sabía dónde, con un salario diez veces menor al que cobraban ahora, que de por sí tampoco era una cifra que te invitaba a bailar llevado por la alegría. Se trasladó por las taquillas hasta presentarse ante la suya. La número 117. Introdujo la llave en la cerradura y la abrió. Con decisión, rebuscó entre sus pertenencias, hasta encontrar lo que buscaba.


Desmond Twitt estaba sentado detrás de la mesa del director, observando la gráfica de pedidos para la primera quincena de Enero en la pantalla del ordenador portátil, cuando percibió por el rabillo del ojo izquierdo como la puerta del despacho era abierta. Pensando que se trataba de Fitzgimonds, se enderezó contra el respaldo de cuero negro de la silla.
Ante él estaba uno de los empleados de la fábrica. Lo sabía por el mono negro que llevaba por uniforme. De otra forma, la máscara enfurecida que le cubría el rostro y algo que portaba en la mano le hubiera hecho creer que se trataba de un chalado fugado de algún centro médico de salud mental.
– ¿Quién demonios es usted? ¿Y cómo se atreve a entrar sin permiso en este despacho?
– Señor Twitt. Oiga cómo suena el sonajero – le contestó el empleado enmascarado.
Desmond Twitt se fijó que la careta era un tipo de ornamento ritual indígena. Unos ojos enormes saltones, con una boca torcida que indicaba que estaba iracundo. Parecía hecha de piel  curtida de alguna clase de animal.
Entonces escuchó un sonido muy peculiar. Provenía de un extraño objeto que aquel sujeto sostenía entre los dedos de su mano derecha.
– Fíjese cómo suena el sonajero – repitió con voz maliciosa el empleado cuya identidad permanecía oculta detrás de la horrenda máscara.
– ¡Qué diablos! ¡Deje usted de hacer el tonto y márchese a trabajar! Que aún le quedan algunas horas de productividad antes de quedar desvinculado de la empresa.
El empleado agitó el objeto. El sonido era repetitivo. Constante.
– Mire cómo suena el sonajero.
Parecía estar hecho de arcilla. Con algo en su interior, como pepitas o pequeñas piedras que producían el ruido al ser agitado con brusquedad.
Desmond Twitt estaba harto. Se incorporó de pie desde detrás de la mesa del escritorio, dispuesto a sacarlo a empujones del despacho a aquel payaso si acaso fuese necesario.
Fue alzarse, y no poder moverse. Se quedó petrificado. Se esforzó por salir de su inmovilidad, pero no pudo.
– ¡Socorro! ¡Me he quedado paralítico! – chilló, fuera de sí.
No sentía su propio cuerpo. Pero tampoco perdía la estabilidad. Continuaba erguido. Paralizado en esa posición.
El sonajero continuaba sonando, con el empleado repitiendo una y otra vez las mismas palabras:
– Escuche cómo suena el sonajero.
Desmond Twitt notó un escozor procedente de los ojos. Sin poder hacer nada, empezó a lagrimear de manera intensa. Igualmente un picor surgía del interior de los oídos y de las fosas nasales. Cuando se dio cuenta, gritó aterrado. Estaba sangrando por los ojos, los oídos y la nariz. Al poco su grito quedó medio ahogado por la sangre que emergía de su boca hacia el exterior.
El ordenador portátil y luego la mesa quedó cubierta por la sangre que surgía de los orificios faciales de Desmond Twitt.
El empleado continuaba con su letanía.
– Oiga cómo suena el sonajero.
La sangre ya llegaba a empapar la alfombra del suelo del despacho. Desmond ya no podía articular ninguna palabra. Sólo barbotaba sonidos ininteligibles al estar manando constantemente sangre procedente de su garganta hacia el exterior. Sintió la ropa interior húmeda y pegajosa. También estaba desangrándose por el recto.
El sonajero era sacudido por la mano diestra del empleado con más vigor, sin decaer en la insistencia, hasta que finalmente, Desmond Twitt perdió por fin su verticalidad, desplomándose sobre la alfombra, rodeado de su propia sangre. Una sangre que representaba toda la que podía circular dentro del organismo de una persona, pues había sido expulsada hasta la última gota.
Luis Reinaldo dejó de agitar el sonajero. Se quitó la máscara, y con rostro serio, abandonó la estancia.
Su venganza había sido consumada.
Si él perdía su puesto de trabajo, qué menos que el causante directo del cierre de la fábrica, Desmond Twitt, a la sazón propietario de la misma, perdiera su vida miserable.