Mi destino es hallarte en el infierno. (My destiny is to find you in hell).

Un relato nuevo recién salido de la barbacoa. Yo aporto las patatas fritas. Ustedes, la bebida, a ser posible una refrescante sangría, je, je…


Estás aquí por justicia. Es lo que te mereces.
– ¡Déjame! ¡No me hables más, bastardo!
¡Ja! ¡Ja! ¡Sigue así, sin medir tus palabras!
– No pienso hacerte ni puñetero caso. He de buscar una forma de salir de este sitio.
Pero no había salida.
La oscuridad medraba entre pasillos metálicos interminables, donde resonaban con estridencia los pasos. Su vista se adaptaba en cierta manera a las penumbras. Como si fuera una especie de animal depredador de vida nocturna.
Quiso mirar la hora que era, pero no encontró el reloj de pulsera en su muñeca izquierda. Es más, descubrió que estaba desnudo, representando las características externas inherentes a toda bestia asesina sin el menor de los sentimientos.
Golpeó una pared con los puños, enfurecido por estar encerrado en ese laberinto infernal sin un camino que condujera al exterior.
¡Continua así! ¡Exactamente representas lo que eres! ¡Tu incoherencia es una virtud en esta dimensión donde ahora te hallas!
– ¡Cierra tu puta boca!
¡Hablaré las veces que quiera! ¡Y me regocijaré mil veces con tu caída al pozo del dolor infinito!
Reanudó su caminar por los corredores. Su mente estaba desconcertada por la tensión. Condujo instintivamente los dedos sobre la frente, llevándose la sorpresa de toparse con la tersura repulsiva de su cerebro, asomando a través de un enorme orificio horadado en el hueso frontal del cráneo. Apartó los dedos de aquel contacto inesperado, con su respiración incrementándose por la agitación.
– ¿Qué significa esto? ¡Joder! ¿Qué me ha pasado?
Ya te cuesta asumir que estás muerto…
Lidia.
Ángela.
Su hermosa y maravillosa mujer.
Su preciosa hijita.
Lidia tenía 36 años.
Ángela, 6.
El destino se comporta mucha veces de forma caprichosa, asentando de manera indiscriminada e injusta el dolor más profundo en el seno de una bendita familia formada por el amor y la consideración hacia el resto de las personas.
No estaba preparado para verse en una confrontación caprichosa y circunstancial con una miserable alimaña inadaptada, cuyo axioma era valerse de la violencia criminal para la consecución de sus sucios propósitos.
Carter lo supo cuando entraron en la sucursal bancaria. Un joven alto, desgarbado, vestido con vaqueros desgastados y con la personalidad oculta bajo un pasamontañas de lana negra los incluyó como rehenes en su asalto. Estaba fuera de sí. Consumido por el síndrome de abstinencia. Precisaba de un buen puñado de dinero para adquirir su dosis de droga. Salivaba. Pestañeaba sin cesar. Ordenaba de forma brusca a la familia recién llegada, a la cajera y al director. De alguna manera, este último pudo pulsar el botón de alerta a la policía. En escasos cinco minutos, el banco fue rodeado por tres coches. Todo transcurrió demasiado rápido para el ladrón. Al revés que para Carter, que vivió lo acontecido, escena a escena, a cámara lenta.
Aquel desgraciado perdió los nervios. Sin esperar a nada, se hizo con Lidia y Ángela, y con ambas se dirigió a la entrada. Exigió a los agentes que le dejaran irse en un coche. Si no cedían a sus deseos, empezaría a matar a los rehenes uno a uno.
Carter apreció que lo decía en serio. Estaba desquiciado. Enloquecido. Era un ser que no valoraba una vida ajena.
Sin venir a cuento, se escuchó un disparo. Acababa de ejecutar a su mujer delante de Ángela, demostrando a la policía que iba en serio.
Lidia cayó fulminada, exangüe sobre el suelo de la entrada, formándose un charco con su sangre. Carter gritó, desesperado. Corrió hacia ellos. Conforme se aproximaba, percibió los disparos procedentes de la policía. Aquel bastardo se agachó. Ángela logró desasirse de la mano izquierda del criminal, echando a correr hacia los brazos de su padre. Carter estuvo pendiente de la llegada de su hija. El estallido de una descarga se propagó por el interior del banco. Cuando Ángela quedó recogida contra el pecho de su padre, lo hizo debilitada, empapándole la pechera de la chaqueta con su sangre infantil.
En ese instante, Carter vio como su mundo perfecto se desmoronó con la facilidad de un castillo de arena.
Fueron apenas ochenta segundos de ingrata demencia.
El tiempo que llevó desde la muerte de su mujer, pasando por la de su hija, para culminar con la del propio asesino a manos de la policía.
Días de luto.
La ceremonia respetuosa del funeral.
El entierro prematuro de sus dos seres queridos.
Un dolor profundo. Una incomprensión infinita.
Los días de duelo fueron sustituidos por su adaptación a un mundo irreal.
Lidia. Ángela.
Ángela. Lidia.
Su existencia lastrada repentinamente por el deseo sanguinario brutal de un miserable inadaptado.
Estuvo dándole vueltas a lo inútil de su existencia.
Su tristeza fue sustituida por un ansia de venganza. De pura furia.
Tras días de cierta indecisión, buscó la dirección de la familia del asesino de su mujer e hija.
Se armó de una escopeta de repetición y se dirigió en la mitad de una tarde, dispuesto a impartir su propia justicia.

¡La diversión está muy cercana!
– ¡Cállate! ¡No soporto oírte!
¡Ja! ¡Vete acostumbrándote!
Sus pies estaban en carne viva. Llevaba no horas, si no innumerables días dirigiéndose por aquellos pasillos entrelazados que conducían a ninguna parte en particular. Su estómago estaba revuelto. No de hambre. Si no de los ardores del odio más nefando. Constantemente se tocaba la horrenda herida infligida a su frente.
Entonces…
Una figura surgió repentinamente al doblar la esquina de un camino. Entre sombras, su perfil era neutro. Cuando se movió y se le acercó, pudo ver que estaba igual de desnudo que lo estaba él. Lo primero que le llamó la atención del recién llegado fue la enorme llaga que supuraba sangre viscosa procedente de su estómago.
– ¡Joder! ¡Estás peor que yo! – le dijo, enfurruñado por el encuentro. – Ni que te hubieran pegado un buen tiro en las tripas.
Cuando el extraño alzó el rostro pálido y contraído por la ira, lo reconoció al instante.
Era el padre de aquella niña.
El marido de aquella mujer.
El hombre se contuvo como pudo por unos segundos.
Separó los labios para simplemente musitarle:
Por fin te encuentro. Tuve que matar a tus padres y a tu hermana para obtener la condenación eterna.
Tomó impulso como un atleta al iniciar una carrera de cincuenta metros lisos, y sin más, se abalanzó sobre el autor de la muerte sin sentido de Lidia y Ángela.
Se entabló una pelea antológica. Una lucha que se repetiría constantemente entre aquellos dos contendientes.
A su vez, una carcajada estridente se expandía por las paredes de los pasillos metalizados del laberinto en forma de eco, evidenciando lo satisfecho que estaba por haberlos reunido a ambos en aquella prisión del inframundo.


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Compañeros de trabajo.

Recuperación de un antiguo relato de Escritos. Ligeramente retocado, y reconvertido en un homenaje al cine barato de terror de los psicópatas de serie “B” de la actualidad.

En ningún momento pudo consentirlo. Aquella persona era maravillosa, y no se merecía que por culpa de un vil malnacido cobarde su vida privada pudiera quedar destrozada en los sueños de una América corrupta y pútrida.

Lo esperó a la salida. Era un joven de veintiocho años. Estatura inferior a la media. Cabellos cortos rubios pajizos. Aparentaba cierta inocencia, como si fuera incapaz de romper un vaso de cristal. Bastardo. Si supiera ya lo que estaba sucediendo desde la distancia de su propio hogar en las horas más recientes de ese mismo jodido día, no sonreiría ni siquiera al abordarle.
– ¿Arthur Desmoines? – le preguntó cuando este estaba acercándose a su Ford Focus gris metalizado por el lado de la puerta del conductor.
Arthur se detuvo y lo miró con curiosidad.
– ¿Quiere algo? ¿De qué me conoce? No me suena su cara.
– Pues debería.
– Va a ser que no.
– Seguro que le suena el nombre de Albert Lawrence Douglas.
Fue citar el nombre y aquel joven perdió su jovialidad inicial en un instante.
– Bueno. Es compañero de trabajo.
– Eso ya lo sé. Ahora haga el favor de acompañarme hasta mi furgoneta. La tengo estacionada en esa esquina, donde no nos molestará nadie.
Arthur gesticuló con firmeza con la mano derecha.
– Oiga, si es familiar del chaval, sepa que se dirige a la persona equivocada. Además salgo de un turno de catorce horas. Estoy muerto y con ganas de llegar a casa para cenar.
– Donde estará su mujer. Una jovencita tierna y adorable. Sobre todo cuando grita al ser amenazada por un cuchillo apretado sin ninguna ligereza contra su garganta…
Sin mediar más palabra, le mostró una mini grabadora y la puso en marcha.
Una voz angustiada femenina surgió del aparato:
“¡Arthur! ¡Por favor! ¡Tienes que hacer todo lo que te diga este hombre…! ¡Noo! ¡Otra marca en el brazo, no! ¡Por favor, Arthur! ¡Si no lo haces,  me va a marcar todo el cuerpo…! ¡No! ¡Suéltame la pierna…!”
Apagó la grabadora. Observó la perplejidad reflejada en el rostro imberbe de aquel desgraciado.
– ¡Laura! ¡Hijo de puta! ¿Qué le estás haciendo? ¿O qué le has hecho?
– Acompáñeme hasta el vehículo. Ahí tengo un equipo montado donde podrá observar en directo el estado de su esposa. Quiero que sepa que si no me obedece, no sólo morirá ella, si no que igualmente lo hará usted. Y después iré a por sus padres. Mi inclemencia con su familia será total.
Se guardó la grabadora en un bolsillo y la sustituyó por una pistola Glock con silenciador.
¡Loco! ¡Eres un maldito perturbado!
– Eche a caminar conmigo.
Arthur se vio forzado a dirigirse hacia un furgón de reparto de carrocería oscura, estilo azul eléctrico.
No dejó de apuntarlo con el arma. Sintió un olor acre similar a la orina. Como ya suponía, aquel muchacho era una gallina. Sólo se servía de su propio servilismo para intentar medrar en el escalafón de la empresa donde trabajaba, perjudicando a sus propios compañeros de trabajo. Le tendió las llaves y le hizo una indicación de que abriera las puertas traseras del vehículo y luego subiera a su interior.
– ¿Tienes a Laura aquí dentro, canalla?
– Digamos que tan sólo en espíritu. Su cuerpo está donde corresponde.
– ¿Cómo?
Arthur abrió las puertas y vio que la parte trasera de carga del furgón estaba ocupado por un equipo de audio y video, como si fuera una unidad móvil de televisión con monitores.
– Yo entraré después de usted – le dijo a Arthur, señalándole los dos taburetes ubicados frente al panel de las cámaras.
Cuando lo hizo, cerró las puertas. El joven ya se había sentado y él lo hizo a su lado, hincándole la boca del cañón en las costillas de su costado derecho.
– Voy a serle breve, Arthur. Su compañero Albert está a punto de ser despedido por una falsa acusación. Ustedes son vigilantes de seguridad, y dentro del reglamento de régimen interno, en lo que respecta a las sanciones, hay diversas faltas muy graves que pueden conllevar el despido fulminante por parte de la empresa. Una de estas infracciones es el consumo de bebidas alcohólicas y cualquier tipo de estupefacientes durante el servicio.
Se detuvo unos segundos en la explicación. Miró al joven sin pestañear. Este accedió a contarle lo sucedido hace unos días durante su turno de trabajo compartido con Albert Lawrence Douglas.
– Vale, Albert fue pillado bastante bebido. Su estado era lamentable. El inspector lo hizo constar en el parte diario y luego fue sancionado. También es cierto que puede incluso ser despedido, pero ese no es mi problema.
– Se equivoca, Arthur. Ese es su principal problema, y el que mortifica a su mujer.
Pulsó un mando y las tres pantallas de los monitores se llenaron con la presencia de Laura. Estaba vestida simplemente con su ropa interior, introducida en una bañera con agua, inmovilizada a los asideros con cadenas. Miraba al objetivo de la cámara con el terror impregnando las pupilas de sus ojos.
Arthur se quiso incorporar, pero la punta de la pistola estaba apretada de firme contra su costado.
– Siéntese, por favor. No tengo ganas de apretar el gatillo, al menos por el momento.
– ¡Cabrón! ¿Qué pinta mi Laura en esa puta bañera? Dios, encima los brazos, la cara… ¡Te has ensañado con ella! La has dejado marcada de por vida con cicatrices, hijo de puta.
– Más o menos en la misma medida en que de momento su compañero Albert Lawrence Douglas está sufriendo los rigores de una sanción injusta e inmerecida.
Arthur se acomodó sobre el taburete, afrontando la mirada fría y sin escrúpulos de aquel hombre.
– Continuemos con la historia. En este caso con sinceridades. Arthur, tanto por parte de Albert, como de muchos más de sus compañeros de trabajo, reconocen que es usted un trepador que vendería a su propia madre con tal de conseguirse los favores de sus superiores. Además anhelas un día ser inspector. Y qué mejor manera de hacerlo, que cumplir con los deseos de uno de tus superiores, quien mantiene discrepancias con Albert por la negativa continuada de este a trabajar en sus días libres cuando hay bajas en el equipo por enfermedad. Le dijiste que podrías echarle una mano quitando de encima a Albert, así que en un turno que ambos coincidisteis, te inventaste que estuvo trabajando en precarias condiciones bajo los efectos del alcohol. Era tu palabra contra la de él, pero lo suficiente para que el inspector lo sancionara mientras salga adelante el recurso planteado por Albert. Con la gravedad que esto puede tardar un tiempo. El suficiente para mermar la moral de su compañero, pues hasta que no llegue la fecha del juicio laboral, no puede trabajar en ninguna otra empresa de seguridad por la grave condicionante del despido. Seguro que las referencias que pidan a sus superiores serán negativas. Y hoy en día, sin ingresos, uno lo pasa rematadamente mal.
– ¡Yo no falseé el informe!
– Entonces si no lo falseaste, tu mujer morirá.
“ Arthur. En el instante que yo lo ordene, la persona que tengo a cargo de tu esposa saldrá en escena portando un pequeño electrodoméstico. Puede ser una tostadora, una radio, etc… El caso es que estará enchufado, y en cuanto entre en contacto con el agua, Laura perecerá electrocutada delante de tus propios ojos. Luego yo te pegaré un par de tiros, y Albert será vengado de una forma ligeramente agresiva.
Arthur se quiso incorporar en actitud implorante.
– ¡No! ¡Suelta a mi Laura! ¿Qué quieres de mí?
– Que seas sincero. Ahora mismo redactarás un nuevo informe donde reconoces la falsedad de los hechos – le tendió una hoja. – Dentro de unas escasas horas,  en cuanto abran las oficinas de la empresa de seguridad donde trabajáis ambos, acudirás raudo y solícito y ante un mando neutral, le reconocerás que mentiste acusando falsamente a Albert. En cuanto Albert se reincorpore al trabajo, volverás a ver a tu mujer. Te doy un plazo de veinticuatro horas. Si Albert Lawrence Douglas no está trabajando para entonces, y a la vez no eres despedido como te mereces, no sabrás nunca más del paradero de Laura. Puede que incluso decida también acabar con tus padres…
Conforme decía esto último, pulsó el mando y en una cámara se pudo observar a dos personas atadas de manos y pies y con los rostros ocultados bajo sendas capuchas negras. Estaban sentadas en dos sillas de madera.
Arrimó los labios a un micrófono.
– Muévete para que te vea Arthur – dijo con voz impersonal.
Una sombra se fue acercando a las dos personas inmovilizadas portando un hacha…


Pasaron las horas, y con ellas, el plazo. Conforme se esperaba, Arthur Desmoines reconoció su falsa acusación contra Albert Lawrence Douglas . El primero fue despedido, mientras el segundo recuperaba su trabajo y su estabilidad emocional.
Albert terminó su primer turno tras varios días de paro forzoso. En cuanto regresó a casa, se tumbó en el sofá del salón y se puso a ver las grabaciones prestadas por su amigo de mentirijillas.
Sonriendo, hizo subir el volumen del televisor con el mando a distancia, recreándose en los gritos de Laura Desmoines conforme era torturada por el filo de una navaja…
– Estuviste genial – se dijo, satisfecho.
Efectivamente. Encima el muy gilipollas se creyó que todo sucedía en riguroso directo – se contestó a sí mismo.
– Así es. Siempre dije que Arthur, aparte de ser un puñetero lameculos, de inteligencia anda muy justito. Mira que no fijarse que en la grabación de sus supuestos padres, estos no eran más que dos simples maniquíes…
Albert se restregó los párpados.
Aquel idiota ignoraba que tenía dos personalidades… Además de ciertos conocimientos de maquillaje y ventriloquia, que le hicieron pasar por un perfecto psicópata.
Esto último ya estaba a punto de implantarse en su mente. De hecho, si Arthur no hubiera accedido a sus deseos, no hubiera dudado en ningún instante en haber acabado tanto con él, como con su otrora bella mujer…


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Muñecos de Peluche.

Un nuevo relato perturbador que se estrena en el día de hoy en Escritos de Pesadilla. 


Vlatko reía de manera estrepitosa. Entrechocaba las palmas de las manos hasta experimentar cierto daño por el ímpetu con el que lo hacía. Se le esparcía la saliva por las comisuras de los labios, salpicando las inmediaciones donde se hallaba situado sentado sobre la enorme banqueta de caoba, en un razonable estado pútrido por el tiempo que esta había permanecido enterrada entre la inmundicia del vertedero ubicado en las afueras de la barriada.
Se llevó el anteojo de cristal fino ante el párpado entreabierto, mientras con el pulgar de la mano contraria hurgaba en la cavidad donde hacía años que había perdido su otro ojo. Su visión reducida pudo apreciar mejor cuanto se le ofrecía delante de sus propias narices con la ayuda de la lente.
¡Venga, Gordito! ¡Quiero ver cómo das unas cuantas volteretas sobre ti mismo! – ordenó, ufano.
Ensanchó su sonrisa, remarcando con ello los mofletes.
Vio a Gordito acercarse a la deteriorada colchoneta. Murmuraba cosas ininteligibles. Giró su cabeza.
¡Te estoy diciendo que hagas cabriolas, haragán! – insistió Vlatko, haciendo restallar un látigo sobre la cabezuela de Gordito.
Entre sollozos, este empezó a darse la vuelta sobre sí mismo. Le costaba hacerlo. Semejante inutilidad conseguía concitar risitas burlonas de Vlakto.
¡No sirves para nada, Gordito!
Dirigió el látigo hacia el trasero rosado rematado con la cola enroscada porcina, consiguiendo que Gordito se incorporara de pie, para emprender la huída hacia la esquina contraria.
¡Ja, ja! ¡Gordito, el Marrano! Cuando quieres, eres ágil – bramó Vlatko.
Desde las penumbras se percibían más sollozos.
Vlatko maniobró sobre la banqueta, buscando la linterna. La encendió, enfocando a los compañeros de Gordito, el Cerdito.
Bernardo, el conejo, estaba medio escondido debajo de una estantería. Paula, la Rata, se hallaba abrazada a Pedrito, el Pollo, consolándose de su desdicha en un silencio ignominioso. En el lado contrario estaba María, la Gata Negra, y un poco más apartado del resto, David, el Osito.
Vlatko se deleitaba contemplando los ojos vidriosos y llorosos de aquellas criaturas silenciosas.
Se incorporó, agitando la cola del látigo contra la tarima desencajada y suelta del suelo. Conforme se aproximaba a la puerta, los seres más cercanos huyeron para evitar estar al alcance del lacerante daño que podía infligirles.
– ¿De qué huís? ¡Ja, ja! Yo nunca maltrataría a unas cosas tan preciosas y adorables como lo son mis peluches.
Hizo girar la llave en la cerradura. Estaba de buen humor.  Salió de la estancia, dejando encerradas a sus creaciones.
En los postes de las farolas y en las paredes de las calles había pasquines denunciando la alarmante desaparición de niños de entre seis y nueve años en las últimas semanas.
Vlatko hizo caso omiso de los carteles. Estuvo recorriendo callejuelas sombrías, sucias e inmundas, poco transitadas por gente que tuviera algo de sentido común. En un momento dado encontró una taberna donde tan sólo se atrevía a reunirse la gente de mala fama. Estuvo un buen rato bebiendo vino de baja calidad. Cuando iba por el quinto vaso, invitó a un extraño. Este aceptó casi a regañadientes. Vlatko pidió al tabernero una botella entera para ambos. Cuando el contenido de la misma estaba casi en los estómagos de los dos, Vlatko sonrió cansinamente a su interlocutor.
– Tengo algo que podría interesarle – le dijo.
– Lo dudo, amigo.
– Dispongo de una colección de peluches de lo más llamativo.
– ¿Para qué habría de interesarme sus muñecos, eh?
– Son muy especiales, ya le digo.
Aquel desconocido estaba igual de achispado que Vlatko, y llevado por el buen humor que implicaba el excesivo consumo de alcohol ya acumulado en el organismo, finalmente aceptó acompañarle hasta su casa.
Tardaron casi tres cuartos de hora. Vlatko se equivocó en una bifurcación, para luego atinar con la entrada a su discreto hogar. Su nuevo amigo entró sin demora, esperanzado en que aquel fuese un anfitrión de lo más generoso, brindándole la oportunidad de poder beber algo más antes de tenderse en cualquier tipo de lecho que se le ofreciera.
– ¡Venga por aquí, muchacho! Antes de tomar otro trago, quiero enseñarle mi colección de peluches – insistió Vlatko.
Se dirigieron hacia la puerta del sótano. Estaba cerrada bajo llave. El dueño de la casa insertó en el ojo de la cerradura la llave, cediéndole el paso.
– Mire, amigo mío. Son unos muñecos y unas muñecas de primer nivel. Puede quedarse con el que más le guste de todo el conjunto.
El acompañante encogió la cabeza entre los hombros y dio un par de pasos al frente. Percibió el chasquido del interruptor de una linterna al ser encendida. El haz de luz amarillenta procedente desde el umbral de la entrada expandida por Vlatko le iluminó parte de la estancia.
Al principio no quiso creer lo que se le ofrecía a los ojos. Tenía que ser el efecto ya devastador de la bebida ingerida en las dos últimas horas.
¡Chicas, Chicos! ¡Tenéis una visita! ¡Demostrad lo simpáticos que podéis llegar a ser cuando queréis! ¡Moveros un poco! – dijo en voz alta Vlatko, agitando la linterna, poniendo al descubierto cada uno de los peluches guardados en aquella estancia húmeda e insalubre.
El visitante vio los ojos espantados de los chiquillos. Cada uno estaba disfrazado, o bien de pollo, o de gata, o de cerdito, o de conejo, o de rata o de osito. Los rostros de los infelices estaban teñidos de sangre reseca, con los labios cosidos con hilo de cocina para que no pudieran emitir ni media palabra de súplica.
– Los niños. Usted es el secuestrador de los niños – dijo el visitante, volviéndose cara a Vlatko.
Este enarcó las cejas, extrañado por la afirmación de aquel hombre.
– En absoluto. Estos son mis muñecos de peluche.
Los gemidos, lloriqueos y suspiros de aquellas criaturas le llegaron al alma, haciendo que se compadeciese por su desdicha.
– ¡Miserable! ¡Están aterrorizados! ¡Vestidos así, y maltratados! – le reprochó.
Vlatko forcejeó contra el extraño. Rodaron ambos por el suelo. En un momento dado alzó la linterna, impactándola contra la frente del hombre. Repitió el gesto las veces necesarias hasta dejarlo inconsciente. Aprovechó la ocasión para ahogarlo con sus manos ceñidas en torno a su estrecha garganta, hasta robarle el último de los alientos.
Azorado y extenuado por el esfuerzo, se acomodó sentado sobre el frío suelo.
Al fondo de la habitación estaban apiñadas sus creaciones.
Exhaló un suspiro, forzando una media sonrisa.
– ¡Este bellaco no os ha valorado en vuestra justa medida! ¡Luego nos desharemos de él! Ahora necesitamos descansar.
Vlatko apagó la luz de la linterna, sumiéndose en un reparador sueño.
Su fallo fue no acordarse de la puerta abierta. En silencio, los desventurados niños fueron abandonando aquel terrible lugar.
Unas horas más tarde, cuando Vlatko fue despertado por los puntapiés de dos policías, abrió los ojos de forma desmesurada, buscando sus añorados peluches.
¡Mis criaturas de trapo! – bramó, conforme era esposado y trasladado al furgón policial.
Fue vituperado por el vecindario al ser conocedor de las tropelías cometidas en aquella casa inmunda.
– Ha matado a un hombre – afirmó una mujer en la panadería cercana.
– Eso no es lo peor – matizó un hombre bien vestido. – Es el responsable de la desaparición de los niños.
– ¡Qué espanto! ¡Pobrecillos! – se lamentó la panadera.
– Afortunadamente están todos vivos. Aunque hubiera sido preferible lo contrario. El muy demente los quiso convertir en muñecos de peluche. Les cosió la boca a todos ellos y los disfrazó de animales, con el agravante de haberles prendido la ropa con pegamento directamente sobre la piel, de tal manera que pudieran permanecer vestidos siempre de esa forma – informó el mismo caballero.
¡Mis peluches! ¿Dónde están? ¡Los necesito para divertirme!
” ¡Para azuzarles con el látigo! ¡Para partirme de risa con sus tropiezos y caídas! – gritaba Vlatko día y noche en la celda de su prisión.
Con los nudillos en sangre viva, fue dibujando las fisonomías de aquellos muñecos sobre las paredes de su encierro. Al lado de cada silueta mal perfilada, los nombres de sus víctimas:
Lucas Gordito, el Cerdito.
Paula, la linda Ratita.
Pedrito, el Pollito.
David, el Osito.
María, la Gata Negra.
Bernardo, el Conejo.


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El sueño de Dandy.

Recuperación de un relato que en su momento pasó desapercibido por los comienzos titubeantes de Escritos de Pesadilla. En esta ocasión, retocado y aderezado con una ilustración gráfica.

– No te comas las uñas. Vas a morir de todas formas – siseó la voz cavernosa cerca de la puerta del armario ropero.
Dandy estaba temblando de pies a cabeza. Quería sollozar entre hipidos de tristeza y desesperación. Era un niño de sólo siete años, y aquel extraño que había llamado al timbre de casa acababa de asesinar a su padre y a su madre con un bate de béisbol con la punta rematada por clavos de dos centímetros. Su locura fue irrefrenable, convirtiendo el vestíbulo y parte del salón en una especie de matadero, salpicando las paredes y el mobiliario con la sangre de sus queridos padres.
– Sal, cachorrito. El jodido de Satanás te reclama. Eres su piñata. Y como tal, se te ha de sacudir de lo lindo hasta que revientes…– continuaba la voz, justo ya al otro lado de la puerta.
Dandy notó la humedad deslizándose por los muslos. Se había hecho pis por el miedo que le embargaba.
De repente la puerta quedó abierta del todo.
Una figura oscura escrutó su presencia encogida entre la ropa colgada de la barra del armario ropero. El bate aferrado entre los dedos de ambos manos.
– Te llegó la hora, pequeñajo. Ven con la Muerte – le saludó aquella bestia inhumana.
Cuando Dandy miró fijamente a los ojos del psicópata, perdió el conocimiento.
Todo se volvió negro.
Oscuro.
Sus cinco sentidos fueron anulados.
Dejó de sentir todo.
Le llegó la Nada.


– ¡Despierta! Dandy. El reverendo Morrow viene para tu última confesión – le despertó de su sueño profundo el guarda de prisiones Al Cupino.
Dandy se incorporó lentamente de su catre hasta sentarse.
La puerta de su celda quedó abierta un instante de manera automática, controlada desde el ordenador central de la prisión.
Un sacerdote de avanzada edad entró en su compartimento individual.
Dandy lo miró con infinita devoción.
– Hijo mío. ¿Hay algo de lo que te tengas que arrepentir antes de afrontar tu destino? – fue una de las preguntas del cura.
Dandy miraba las palmas callosas de sus dos manos.
Aquellas que nueve años atrás portaron un bate de béisbol.
– Aún diciéndoselo, padre, no eludiré la muerte – dijo resignado.
– Me temo que no, hijo mío.
Dandy confesó sus pecados. Desde los más veniales, hasta el más grave.
Este último hacía referencia a la fatídica noche en que se le cruzaron los cables, acabando con la vida de sus propios padres.
– Que Dios Todopoderoso te perdone todas tus faltas, hijo mío – culminó el reverendo en un susurro.
Dandy tenía los ojos llorosos.
Le temblaba el labio superior.
En el sueño era simplemente un niño.
Daría cualquier cosa por entrar en aquella ensoñación y decirle a la silueta que portaba el arma mortal que dejara en paz a sus padres, que no les hiciera daño.
Que no deseaba luego ser una persona mayor encerrada en el corredor de los condenados a la pena capital.
Sus lágrimas desbordaron las comisuras de los ojos.
Se dejó consolar apoyándose sobre el hombro del religioso.
Dandy, Dandy.
Era un diminutivo infantil.
De por sí, él ya tenía cuarenta años.
Aquél sueño repetitivo solo sería modificado cuando le fuera aplicada la inyección letal.
Entonces volvería la profunda sensación de oscuridad.
Donde la simpleza de su duermevela se tornaría imperecedera…

“Dandy,
Dandy,
once cuervos negros vienen a tranquilizarte,
dos de ellos se te llevarán los ojos,
otros dos las orejas,
uno la naricilla,
y el resto las entrañas…”
era su canción de cuna.

Canturrearla fue su último deseo antes de dormitar para siempre.


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Los ciclistas.

Nuevo relato de terror, esta vez acompañado de la ilustración gráfica del mismo, creado por el nene, je, je.

Arthur Mash estaba conduciendo de forma demasiada temeraria por una carretera comarcal. Eran las once y media de la noche. Hacía mucho viento. El cielo estaba plomizo, presagiando el inicio de una tormenta. La soledad marcaba su tránsito por el asfalto deteriorado. El cansancio mental y físico de más de ocho horas sin descanso tras el volante manifestaba sus síntomas en forma de bostezos y amagos de cabezadas. Lo correcto sería estacionar media hora o más en la cuneta para descansar.

No lo consideró oportuno.
Un par de horas más, y estaría en la ciudad. En casa. Durmiendo como un bendito en su cama.
No pensaba levantarse hasta mucho después del mediodía. Podía permitirse un día libre. Había hecho el negocio de su vida como cazatalentos, firmando para los Yankees a un excelente lanzador de veintidós años. El hijo de un granjero, que jugaba en un equipo aficionado de Iowa. Estaba convencido que iba a ser la sensación de las ligas mayores en un par de años.  Su instinto casi nunca le fallaba. Eso si, siempre y cuando el chaval no se lo creyese antes de tiempo, atiborrándose de Budweisers, drogas y chicas fáciles.
Sus párpados cedieron al sueño. No fueron ni dos segundos. El vehículo continuó avanzando por la interminable recta por su propia inercia. Cuando abrió los ojos, vio al ciclista.
Llevaba un chaleco reflectante anaranjado y una gorra de béisbol. Estaba justo en el centro de la carretera. Arthur fue frenando a tiempo, evitando arrollarle.
Se sacudió la cabeza. Estaba del todo sorprendido. El ocupante de la bicicleta persistía en la mitad del camino, pedaleando con pereza, con el cuerpo excesivamente agachado hacia delante, como si se esforzara en contra del viento, que precisamente le daba de espaldas.
Arthur se restregó el ojo derecho y tocó la bocina, indicándole que se apartara hacia la cuneta.
El ciclista ni se inmutó. Exasperado, optó por adelantarlo por la izquierda, ocupando parte del margen sin asfaltar de ese lado de la carretera.
– ¡Tío imbécil! – se quejó, enojado.
Conforme lo superaba, giró la cabeza hacia su derecha para atisbar a través de la ventanilla la presencia del sujeto que montaba en la bicicleta.
A su vez, el ciclista hizo lo mismo.
Un rostro terriblemente inhumano, destrozado por la acción de algún tipo de ácido que pudiera haber deformado aquellas facciones, lo contempló con unos enormes ojos negros, donde el blanco y el color del iris de las pupilas era todo uno. Aquel ser sonrió con desprecio, enseñándole una dentadura puntiaguda, con las encías ennegrecidas y emponzoñadas por una saliva gelatinosa.
Arthur lo dejó atrás sobresaltado por aquella aparición monstruosa e increíblemente real, conduciendo a velocidad elevada para dejar aquella terrible figura en el olvido.
La visión del ciclista consiguió despertar sus cinco sentidos.
Fueron pasando los minutos. Poco a poco fue tranquilizándose.
Hasta que un par de millas más adelante, vislumbró dos ciclistas ocupando el centro de la carretera estrecha.
Ambos lucían chaleco fosforito. Uno anaranjado y el otro amarillo. El ritmo de sus pedaladas era cansino.
Los nervios le jugaron una mala pasada cuando echó un vistazo al espejo retrovisor, apreciando cómo se le acercaba por detrás a una velocidad escalofriante el ciclista recién adelantado.
Al mismo tiempo, los dos que le precedían se desviaron en abanico para situarse a su costado.
Los semblantes horriblemente mutilados lo examinaron con una rabia exagerada. Se aferraron al coche por los espejos y fueron destrozando el cristal de las ventanillas a puñetazo limpio.
Arthur quiso apretar a fondo, pero el puño del ciclista situado a su lado llegó con claridad a su rostro desde el marco de la ventanilla ya sin vidrio que lo protegiese, sumiéndole en los claroscuros que precedían a la pérdida del conocimiento.
El coche fue decreciendo en velocidad, hasta detenerse sobre la hierba, fuera del tramo de la carretera.
Arthur quiso espabilarse. Se sentía muy mareado. Fue obligado a salir del vehículo. Una vez fuera, tumbado sobre la hierba, recibió una paliza brutal por parte de los tres extraños que viajaban en bicicletas. Intentó protegerse de las patadas, los puñetazos, los arañazos, los mordiscos… De hecho, tardó casi cinco minutos en ser vencido.
No… Parad… – gimió, ya agonizante.
Cuando murió, los tres ciclistas se alimentaron de su cuerpo.
Una vez saciados, abandonaron los restos y montaron en sus bicicletas, prosiguiendo su viaje nocturno por aquella carretera abandonada y solitaria.


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Falsa brutalidad policial. (False police brutality).

A continuación, un relato de terror un pelín rarillo en el argumento, je, je.

Custer sentía una opresión en la base de la nuca. Se masajeó la parte trasera del cuello, bajo los largos cabellos lacios. Cerró el ojo izquierdo por un movimiento involuntario. No es que fuese un tic nervioso arraigado en el músculo orbital. Más bien fue ocasionado por la notoria sensación de sentirse vigilado por un par de ojos invisibles.

Se removió en el asiento de la banqueta. Quiso incorporarse de pie y marcharse del lugar, pero su muñeca derecha permanecía esposada junto al brazo del incómodo mueble de descanso. Fijó su mirada al frente.
Contempló sin interés el amplio mostrador, con la documentación, los registros y el ordenador IBM, cuyo monitor mostraba el logotipo flotando como aburrido protector de pantalla.
Un zumbido procedía del interior de la torre de la CPU. Era el ruidoso ventilador.
Pestañeó el mismo ojo y el sonido molesto murió al instante. La pantalla del monitor se puso negra.
Estaba medio agachado, cuando se abrió la puerta situada a su izquierda.
Apareció el agente Mcrader. Era uno de los policías destinados al campus universitario. Es más, esa instalación donde se hallaba formaba parte de la zona de seguridad de la universidad de Dumas.
– Bueno, chico. Te voy a soltar un momento para que me dejes que te tome las huellas digitales – se le dirigió el policía. Hacía calor, estaban en pleno mes de mayo, la localidad de  Dumas estaba en la costa oeste del país, motivo por el cual su uniforme constaba de polo oscuro con pantalones cortos.
Se mantuvo callado.
Mcrader insertó la llave en la cerradura de la esposa que inmovilizaba al detenido. Se apartó medio metro, instándole a que se levantase. Lo hizo con evidente desgana.
– Acércate aquí. Baja tu mano sobre la almohadilla dactilar. No te preocupes por la tinta. Se quita fácil con una gasa humedecida en alcohol de 96 grados – se explicó el policía.
Ambos estaban situados de pie, casi pegados codo con codo.
Arrimó su mano derecha y se dejó tomar las huellas.
El agente estaba satisfecho.
– Ahora siéntate de nuevo en el banco. En pocos minutos vendrán a llevarte a la central. Aunque tampoco deberías de inquietarte. Lo que has hecho no es una falta muy grave. Como mucho estarás un mes o dos en la sombra.
Mcrader soltó una ligera carcajada.
Lo miró con fijeza.
Nuevamente  tuvo la apreciación de que alguien estaba controlando sus movimientos.
– No quiero – dijo, negándose a sentarse en la banqueta.
– Venga, muchacho. No me compliques la vida.
La mano de Mcrader quiso sujetarle por la muñeca derecha para encaminarle hacia la banqueta, pero Custer echó un paso atrás, evitando el contacto.
– Joder. Tú lo has querido – Mcrader pulsó el transmisor de la emisora colocado sobre el hombro derecho. – Aquí 57, solicitando refuerzos. El detenido se niega a cooperar.
Se mantuvo alejado del policía lo suficiente como para que no le echara la mano encima. Aposentó los brazos cruzados sobre el pecho.
En ese instante, el ventilador del ordenador volvió a emitir su sonido de lo más perceptible, y la pantalla del monitor se encendió.
Mcrader controlaba la posición del detenido, situándose en su camino hacia la salida. Se le veía impaciente por la llegada de otro compañero en su apoyo. Por si acaso, había desenfundado el bote de espray pimienta. Un movimiento en falso bastaría para aplicárselo directamente a los ojos.
– No he hecho nada malo, agente. Déjeme marchar – dijo en un murmullo.
La puerta de acceso fue abierta, entrando  el agente Remírez.
– Se niega a ser esposado – le explicó sucintamente Mcrader nada más verle.
– ¡Venga! ¡Arrímate al puto banco, si no quieres que te caliente, drogata de mierda! – le gritó Remírez al detenido, con la defensa en la mano.
– No.
El agente recién llegado se le arrimó decidido a reducirle. Nada más tenerlo al lado, Custer lo empujó con toda su fuerza contra el mostrador, derribando el monitor del ordenador y desparramando una serie de archivadores por el suelo.
– ¡La madre que te parió!  – maldijo Remírez.
Mcrader acudió en su auxilio, disparando un chorro de gas pimienta al rostro del detenido.
No surtió el efecto deseado. Con una violencia inusitada, recogió la torre del ordenador y se lo arrojó directamente sobre el costado del policía. Este se quejó de dolor nada más recibir el impacto.
Remírez llamó por la emisora, solicitando más refuerzos, pidiendo además que se acudiera con un táser para reducir al agresor.
A mitad del requerimiento, la pantalla del monitor crt quedó incrustada sobre su cabeza, perdiendo el conocimiento por completo. Custer recogió la porra del agente y se dirigió hacia Mcrader, aturdiéndole sin miramientos con golpes certeros sobre su cabeza, hasta dejarlo tirado de mala manera sobre el suelo.
Con respiración entrecortada y jadeante por el esfuerzo, se enderezó. Nada más hacerlo, contempló la salida.
Su frente palpitó, produciéndole un dolor de cabeza inmenso. Sus dos ojos pestañearon medio segundo. Cuando su vista se estabilizó, encontró una sombra densa presente en el umbral de la salida del cuarto de seguridad.
– ¡No! ¡No puede ser demasiado tarde! – imploró.
Un pitido in crescendo audible tan sólo por su propio sistema auditivo terminó por hacerle estallar los tímpanos.
Custer se recostó de espaldas sobre el suelo. Una opresión interna presionaba  sus ojos, hasta extraerle los globos oculares sobre los pómulos. Quiso aullar de dolor, pero su lengua fue doblada hacia su tráquea, hasta hacerle morir ahogado entre sus propias babas.
En un principio, la muerte del detenido pudiera parecer formar parte de una excesiva brutalidad policial, pero visionado el vídeo del circuito cerrado, se pudo comprobar el terrible  estado de indefensión en que estaban ambos agentes antes de la extraña muerte de Custer Monroe.


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Histeria Colectiva (el exterminio de una nueva especie).

Empezamos el mes de marzo con la publicación de un nuevo relato de terror. 



Inicio. Normalidad.

“Si nuestra mente se ve dominada por el enojo, desperdiciaremos la mejor parte del cerebro humano: la sabiduría, la capacidad de discernir y decidir lo que está bien o mal.”
Dalai Lama

Intermedio. Histeria Colectiva.

– ¡Hay que impedirles que entren!
– ¡Por Dios! ¡Están tirando la puerta abajo! ¡Y las persianas arrancadas de cuajo!
– ¡Vayamos a la planta superior! ¡De alguna forma hay que evitar que se nos acerquen!
Ruidos impetuosos de una cacofonía terrible. Gritos y alaridos exageradamente molestos y que implicaban una desazón en quienes  los captaban por el sentido auditivo. Rotura de objetos. De cristales. De madera.
Encaminaron sus pasos de manera precipitada hacia las escaleras. Fueron subiendo los escalones sin casi respetarse los unos a los otros. Eran simplemente tres, pero como si fuesen trescientos en la histeria de una huída caótica. Se llamaban Marianella, Humberto y David. No se conocían. Simplemente convergieron en ese punto de encuentro por casualidad. Cada uno huyendo de la locura de la multitud que pretendía hacerles daño. Maltratarles hasta hacerles sucumbir en la exhalación de un último suspiro de vida. El estado físico de cada cual era muy penoso. Sus ropajes estaban destrozados, quedando su carne trémula y pálida, cubierta de arañazos, hematomas y heridas abiertas expuestas a través de los jirones desgarrados de la tela.
– ¡Sigamos! ¡Tenemos que entrar en una habitación y atrancar la puerta desde dentro!
– ¡Deprisa! ¡Ya están entrando! ¡Están abajo!
Sus miradas estaban ensanchadas por el horror. Los ojos exageradamente abultados y enormes como los globos oculares de los personajes de los dibujos animados japoneses.
Goterones de sudor frío sucio recorrían sus frentes. Los cabellos apelmazados.
– ¡Aquí! ¡En este!
Era la voz chillona de Humberto.
Entraron en un cuarto pequeño. Encendieron las luces, dándose de cuenta que era el dormitorio de un niño. En ese momento estaba vacío. Con la cama sin hacer y los juguetes tirados por el suelo. El armario de la ropa estaba medio abierto, con las perchas y las prendas arrinconadas en la oscuridad del interior.
Los dos hombres buscaron algo pesado que pudiese contener la puerta. La mesilla de noche era demasiada diminuta y frágil.
– ¡La cama! ¡Hay que empujarla contra la puerta!
Los tres se pusieron de acuerdo. Afortunadamente la puerta se abría hacia dentro.  Conforme apoyaban los pies de la cama contra la puerta, se pudo percibir la llegada de infinitas pisadas acercándose por el pasillo. Numerosas voces descompuestas por los alaridos de las mismas prorrumpieron en un vocabulario furioso lleno de exabruptos en contra de los tres perseguidos.
– ¡A tiempo! ¡Lo hemos puesto a tiempo!
– ¡Pero esto no aguantará mucho!
Efectivamente, nada más decir esto Marianella, desde el otro lado empezaron a destrozar el cuarterón central de la puerta con el filo de un hacha. Seguidamente alguien disparó con rabia un tiro de escopeta, formando un agujero tosco e irregular en la madera, haciendo que se dispersasen infinitas astillas. Sin esperar a más, el portador del arma repitió disparo, dando de lleno en el abdomen de Humberto.
Este cayó de rodillas, con el estómago enrojecido por la sangre. Instintivamente, trató de cubrirse la herida con ambas manos, sin poder contener la salida de parte del intestino delgado.
– ¡Me muero! – gritó.
David quiso socorrerlo, cuando vio de refilón a Marianella abriendo la ventana y saliendo al exterior a través de su marco.
– ¡No! ¡No lo hagas! – imploró a la mujer, sin poder ofrecerle otra alternativa a la horrenda situación por la que estaban pasando.
Marianella se arrojó de cabeza. El muchacho se asomó con presteza. Abajo, sobre la hierba, descansaba el  cuerpo maltrecho de la joven por la caída. Quiso huir de la escena arrastrándose, pero la infeliz chica fue rodeada por la multitud. En escasos segundos desmembraron su debilitada figura con el uso de machetes, hachas, cuchillos de carnicero, sierras,  gritando con júbilo el final de la existencia de Marienella. Algunos señalaron hacia la ventana donde estaba el perfil de David.
– ¡No!
Se volvió. La puerta cedió. Aquellas bestias eludieron el obstáculo de la cama. Algunos se interesaron por Humberto, mientras otros, comandados por quienes estaban armados, avanzaron directamente hacia donde él se encontraba.
No le dieron tiempo a decidir qué tipo de muerte prefería: bajo los disparos de la escopeta, destrozado por el filo del hacha o su propio suicidio desde la misma ventana por la cual se defenestró Marianella.
Un disparo reventó su rostro, mientras el hacha profundizó en sus entrañas.
Aquel gentío prorrumpió en risas al ver consumada la muerte de cada uno de aquellos tres sujetos. Pues ya no eran seres humanos en esencia como lo eran ellos, si no entidades resurgidas desde corazones cuyos latidos habían decaído hasta detenerse muchos días atrás.
Epílogo. El exterminio de una nueva especie.

“De alguna manera, en los inicios del regreso a esta maldita vida, sus cerebros tardan en asumir lo que en verdad ahora son. Putos cadáveres andantes que deben de volver a ser enterrados bajo tres metros de tierra.”
Douglas Lee Sullivan. Comisario de la policía local del condado de Nassau, Long Island.


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El usurpador de mentes.

Una pequeña joyita de Escritos de Pesadilla en sus comienzos anónimos, allá por el 2009. Revisado y mejorado en sus imperfecciones primigenias, ja ja.



Fuiste tú. Eres el asesino. El responsable de su muerte – me susurró una voz en el interior de mi cabeza.
Estaba paralizado. Quieto. De pie en la antesala de la entrada a aquel callejón angosto y estrecho sin salida final. Delante de mí estaba aquella persona. Vestía un amplio gabán marrón oscuro de aspecto pulcro y limpio. Parecía casi de estreno. La prenda le cubría hasta las pantorrillas de los pantalones. Sobre su cabeza, una especie de sombrero de ala ancha. Estaba lloviendo. Jarreando con fuerza. No me fijaba en los rasgos de su rostro. No podía fijarme en nada. Estaba inmóvil en cuerpo y espíritu. En palabra y pensamiento.
Aquella entidad me habló de nuevo.
Sujeta esto. Lo necesitas para justificar tu participación en los hechos. Has matado a una muchacha. Le has abierto la garganta para verter su sangre. Una sangre que yo necesito. Y que me llevo. Ya no me verás más. Eso espero por tu bien. Ellos te juzgarán. Te culparán de mi hazaña. No te entenderán. Aborrecerán tu actitud. Te pudrirás en la cárcel por mí. Eso en el mejor de los casos. Eres mi escudo. Otro tanto de cientos que tengo por el mundo. Gracias a la cantidad, mi existencia sigue vigente.
La figura se apartó de mi campo de visión.
Desapareció de mi vista.
La lluvia me cegaba.
Al poco pude recuperar los sentidos de nuevo y aprecié lo que me había dejado entre los dedos de la mano. Un feroz estilete de acero. De aspecto ancestral. Perteneciente a una cultura de siglos atrás.
El filo estaba sucio de sangre fresca. Al igual que parte del mango. Las gotas de la lluvia diluían su contenido sobre la manga de mi chaqueta. Desesperado, lo dejé caer sobre el suelo encharcado. Alcé el rostro protegiéndolo con la palma de la otra mano para así entrever el final del callejón. Unas piernas desnudas surgían desde detrás de un contenedor de basura. Los pies relucían del brillo de la sangre recogida en un amplio charco. Se suponía que aquella persona estaba muerta.
Asesinada vilmente.
Su futuro quedó truncado por mi instinto homicida.
Yo era un criminal sin remordimientos.
Una brutal bestia que ansiaba la muerte ajena.
Todo esto lo comprendí en escasos segundos.
Mi mente me había jugado una mala pasada.
Dándome cuenta que corría un grave riesgo permaneciendo cerca de mi víctima, eché a correr.
Me di a la fuga sin un rumbo fijo. Simplemente corría todo cuanto mis piernas me permitían.
¡Dios Santo! El asesino del estilete ha matado a una chica – escuché detrás de mi conforme me alejaba de aquel callejón.
Quise ganar metros, pero fue inútil.
La gente se arremolinó en mis cercanías. Se me relacionó con los hechos por la manga de mi chaqueta impregnada en sangre. Se inició una persecución por las calles adyacentes. La calzada estaba compuesta de adoquines. El suelo estaba deslizante por la humedad. Me resbalé y caí de bruces. Cuando quise incorporarme, ya era demasiado tarde. Fui agarrado y zarandeado.
¡Criminal! ¡Pagarás todos tus abusos con tu propia vida!
Recibí golpes y escupitajos. Alguien facilitó una soga y fui atado con los brazos sobre los costados. Luego otra soga con su final en forma de lazo con un nudo corredizo fue lanzada por su extremo alrededor del soporte de la luz de una farola de hierro. Quise evitar que me pasaran el lazo por el cuello, pero fue imposible.
Yo era responsable de mis delitos.
Por ello se pusieron a tirar de la cuerda.
Mis pies perdieron contacto con el suelo.
El nudo se apretó contra mi nuez.
Me resistí como pude, pataleando en el vacío.
La turba reía y me vilipendiaba.
Estaba claro que deseaban mi muerte.
Tanto como yo deseaba la de los demás.


Los segundos finales pasaron con una lentitud exasperante.
En el fondo de mi ser estaba plenamente convencido de ser una alimaña sin escrúpulos.
Un asesino de mujeres jóvenes.
Hasta que, estando ya a punto de morir ahorcado, contemplé entre el grupo de justicieros a la figura conocida del gabán. Mi mente dejó de estar nublada.
“¡Soy del todo inocente!”, quise proclamar sin demora, pero la cuerda estaba ya demasiada ceñida y de mis labios amoratados no surgió ni siquiera la primera sílaba de la frase.
Lo tenía claro en ese instante.
Yo era en verdad un ciudadano normal y honesto.
Sin embargo iba a morir ahorcado como un vulgar perro callejero, observando como últimos detalles de mi ingrata realidad al verdadero rostro de mis pesares.
– ¡Así se trata a los cerdos! – gritó una voz estridente sobre las del resto del grupo.
Era la entonación del auténtico asesino.
Este me sonrió con ironía.
Sería lo último que me quedaba por ver en vida.
El sucio regodeo del causante de dos muertes esa misma tarde.
La de la muchacha y la mía propia.


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Vegetación viva.

Esta pequeña y humilde pieza bebe de las fuentes literarias de Lovecraft. También es un canto hacia el ecologismo, donde la naturaleza se rebela ante la nefasta influencia del ser humano en la destrucción de su propio entorno.




Todo salió mal desde el principio. Ninguno de los tres habíamos practicado el rafting más que en momentos ocasionales de ocio durante las vacaciones veraniegas y siempre bajo la supervisión de un monitor. Eso sí, estábamos correctamente equipados para el descenso por los rápidos de Sherring. Éramos jóvenes, osados, impetuosos y no reconocíamos el riesgo con relación a un peligro que fuera serio más allá de ciertas magulladuras corporales. El deporte extremo conllevaba ciertos hábitos peliagudos que se suponían podían superarse con cierta pericia y pizca de suerte eterna. Por algo se preveía que cada cual disponía de un ángel de la guarda.

Nuestra inconsciencia nos jugó una mala pasada.
Aquél descenso por un río embravecido por las recientes nevadas del pasado mes de febrero, conjuntado con diez días posteriores espléndidos de temperatura más propia de la primavera que se avecinaba, propició un escenario hermoso pero dantesco, donde a mitad de nuestro recorrido perdimos el control de nuestra embarcación y salimos despedidos de cabeza hacia el líquido espumoso del cauce del río Sherring. Así creo que se pronunciaba, pues estábamos de excursión en una zona remota de Eslovaquia, sin saber más palabra que nuestro propio idioma, el inglés. La corriente nos devoró sin piedad de ningún tipo. A pesar de la protección de nuestros cascos y nuestros chalecos salvavidas, Bob y Antoine fueron vapuleados por las rocas y las ramas recias que bajaban con el río. Yo mismo tuve infinidad de tropezones, siendo engullido por el fondo del río hasta que de modo improviso llegué arrastrado a la orilla más cercana. Estuve tendido un buen rato, sin fuerzas, jadeando, con algo de agua en los pulmones… Me dolía todo el cuerpo. Los árboles de la zona estaban apiñados, y a través de sus tupidos copos apenas se filtraban los rayos del sol. Perdí el conocimiento por intervalo de varios minutos.  Cuando me recuperé lo suficiente para primero sentarme y luego incorporarme de pie, pude apreciar que mis dos amigos estaban muertos…
Fue una imagen espantosa. Sus cadáveres no estaban en el río flotando, enganchados entre piedras y trozos de troncos flotantes. Se hallaban ensangrentados y casi desprovistos de toda ropa, colgando cabeza abajo desde sendos árboles ubicados a escasos cincuenta metros de donde yo me encontraba… La zona estaba muy sombría, pero entrecerrando los ojos se podía apreciar que los dos cuerpos estaban sujetados por los tobillos por innumerables ramas esqueléticas y retorcidas, transfiriendo una impresión blasfema de estandartes humanos decorando la entrada a una extraña fortaleza boscosa.
Entonces percibí un sonido de hojas agitándose, no mecidas por el aire, si no por un movimiento antinatural. Estaba sucediendo este hecho en cada uno de los ejemplares cercanos a mi persona. Las ramas parecían cobrar vida propia. Brazos deformes y desiguales, propios de criaturas de un mundo de pesadilla de Lovecraft. Sin saber qué hacer, me arrojé a las aguas revueltas del río y me dejé guiar curso abajo hacia donde este me quisiese llevar…


Recuperé mi conciencia cuarenta y ocho horas más tarde. Me desperté ingresado en la zona de reposo de un hospital rural de la zona. Un representante de las autoridades locales que entendía algo de inglés me comunicó la noticia que yo ya sabía de antemano. La pérdida definitiva de mis dos amigos Bob y Antoine. Oficialmente habían fallecido ahogados.
La imagen de sus cuerpos exhibidos en una postura tan denigrante, colgando de las alturas de los árboles me perseguirá toda la vida. Cuando pude abandonar el hospital, se me fue impuesta una multa por habernos internado en una zona acotada, donde no se permitía el acceso al público.
El agente me sermoneó en un inglés lamentable que era una reserva forestal protegida.
Por algún motivo,
los extraños nunca eran bienvenidos…


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La elección correcta.

En Escritos de Pesadilla seguimos revisando y mejorando las versiones originales de relatos de la primera época del blog, cuando este estaba aún por conseguir cierto seguimiento a nivel internacional, je, je. Espero que les produzca una ligera desazón, sobre todo si piensan en incorporar caracoles a la paella…

1.

Era un pequeño polígono industrial que llevaba cerrado desde hacía diez años. En un período de crisis económico a nivel nacional, la mayoría de las empresas decidieron cerrar, y las pocas que resultaban rentables, por el abandono y la lejanía del lugar, decidieron trasladarse a otros núcleos industriales de mayor relieve. Así que cuando el enigmático señor Torre me citó a la una de la madrugada en las inmediaciones de la entrada de una de las naves más pequeñas y peor conservadas del polígono, una extraña sensación de desconfianza me fue acompañando durante todo el trayecto en taxi hasta la llegada definitiva a aquel lugar alejado y abandonado. Nada más pagar al chófer de origen hindú y bajarme del vehículo, vi la alargada limusina del señor Torre. La iluminación del polígono era inexistente, con todas las feas farolas evidentemente apagadas por el nulo uso del conjunto de naves y fábricas allí aún cimentadas hasta la fecha futura de su derribo, y con la simpleza del halo de los focos del taxi y la luminiscencia propia de la luna llena pude apreciar el brillo de su carrocería negra. Todos los cristales de las ventanillas eran ahumados, donde quien estuviera dentro podría observarme sin pudor a la vez que impedía que yo hiciera lo propio llevado por la curiosidad.
La cita fue concertada hace dos días. Me encontraba casi sin blanca, con la cuenta del banco al descubierto y a punto de no poder pagar el alquiler del mes del piso miserable donde pasaba mi vida enganchado a un procesador de textos intentando crear la obra maestra de la novela negra que iba a hacerme rotundamente famoso y rico. De alguna manera, angustiado por no poder concentrarme siquiera en el prólogo del texto, me dio por navegar sin ton ni son por agencias de colocación en búsqueda de alguna oferta de trabajo que me pudiera sacar del apuro hasta fin de mes. Descubrí en el buscador un enlace un poco llamativo que ofrecía ganar mil dólares por una noche de trabajo. No ofrecía otra dirección de contacto que una dirección de correo electrónico a nombre de Laelecció[email protected]. Al verme con el agua al cuello no dudé ni un segundo en mandar un emilio solicitando el puesto de trabajo. A la media hora el sonido característico de aviso de recibo de un mensaje en mi cuenta de correo me revelaba que acababa de recibir la pertinente respuesta. Dejé lo que estaba haciendo en el procesador de textos y pinché en el mensaje. Decía de manera sucinta lo siguiente:


De: Laelecció[email protected]
Asunto: oferta aceptada
Texto: Estimado señor Leman, me es grato confirmarle como el aspirante más apropiado para el tipo de trabajo que debe realizarse bajo la supervisión de mi empresa. Queda usted citado esta madrugada a la una en el polígono Rojo 1, calle 101, nave A-15.

Atentamente,
Señor Munch, asistente del señor Torre,
propietario de la empresa Laeleccióncorrecta.



Tras un breve e incómodo intervalo de espera, una de las ventanillas traseras de la limusina bajó hasta casi la mitad y un hombre de edad media, rostro anodino y con un uso superfluo de gafas de sol Ray-Ban me hizo la indicación de que acercara mi cara a la suya.
– Me imagino que estamos tratando con el señor Leman – indagó con voz monocorde y sin mover en absoluto la cabeza tras la abertura de la mitad del cristal.
– Si. Soy Leman.
– Bien, señor Leman. Ya conoce usted las condiciones principales. Esto va a ser un contrato verbal. Usted procure trabajar por nosotros durante esta madrugada en curso, y al término de la misma recibirá un talón de mil dólares girado a su nombre.
– Perfecto. Me parece bien.
– ¿Sólo le parece? Me encargo de avisarle que esa es la oferta que tenemos para usted. No trate de intentar conseguir cualquier incremento en la misma. Si no está convencido del todo, le llamaríamos otro taxi y recurriríamos al siguiente candidato de la lista.
– No. Mil dólares me parece una cantidad excelente para una noche de trabajo.
– Entonces diríjase a la entrada de la nave. Toque tres veces con los nudillos y mi asistente se ocupará de atenderle y de indicarle la labor encomendada esta noche a la empresa que dirijo. Por cierto, soy el señor Torre.
– Encantado – dije con ganas de estrecharle la mano, pero el hombre de la limusina subió la ventanilla.
– No merece la pena, señor Leman. Le aseguro que nunca más volverá usted a verme.
Dio la orden al conductor del imponente vehículo para encender el motor y alejarse del polígono industrial, dejándome en solitario ante la nave A-15.
Me acerqué a la puerta de entrada y toqueteé suavemente con los nudillos. Pasaron unos segundos. Estuve a punto de insistir de nuevo cuando la puerta quedó entornada hacia adentro. Vi la iluminación llenando el hueco del quicio. Desde dentro me llegó otra voz igual de monótona que la del dueño de la empresa que había contratado mis servicios:
– Pase, señor Leman. Le explico lo que tiene que hacer y me marcho ya, que tengo otro asunto pendiente que atender en otra parte y me urge abandonar este lugar cuanto antes.
Introduje mi cuerpo por el hueco de la puerta. Si desde fuera, y aún a pesar de la oscuridad de la noche la nave parecía pequeña, el interior le confería un aspecto todavía más insignificante. Había una serie de focos dispuestos en cada esquina de la pared con el techo, iluminando el centro del local donde no había nada. Toda la nave estaba vacía. No había restos de maquinaria. Sólo el suelo homogéneo de cemento pulido. Calculé que allí no habría ni cien metros cuadrados. Ni se me ocurrió qué clase de empresa habría utilizado esa nave en el pasado. Salvo que hubiese sido un pequeño taller perteneciente a algún tipo de negocio familiar.
– Señor Leman, no se me distraiga por favor – me rogó el asistente personal del señor Torre.
– Nada. Es que sólo me preguntaba…
– No se le ha contratado para que formule usted preguntas – me cortó el hombre. – Soy Munch. No le digo mi nombre de pila porque no procede. Su labor es muy sencilla. Se le va a proveer de una simple linterna. La pila que lleva puesta está calculada para que le dure a usted una hora. ¿Ve usted esos cuatro focos? – preguntó señalando cada una de las cuatro esquinas. – Al no haber corriente general por razones obvias, están conectadas a un generador que tendrá un límite de dos horas de autonomía. Eso nos da tres horas de luz artificial sumada la hora de la linterna. Ahora es la una y cuarto. En cuanto yo salga de este local, quedará usted encerrado bajo llave. Cuando amanezca, sobre las siete de la mañana, volveré a por usted. Le entregaré el talón de mil dólares y cada uno se marchará por su lado. Eso es todo, señor Leman. Tenga usted la linterna. Le recomiendo que sepa utilizarla bien.
En todo este rato de su explicación plana, aquel hombre de estatura media, edad media, ataviado con un traje gris hecho a la medida y con la vista resguardada tras las lentes oscuras de sus gafas de sol de alto coste, no hice más que permanecer atento a la cantidad de luz existente en la nave. Además de fijarme en la linterna que sostenía entre las manos. Pensé para mí mismo, qué chorrada es ésta. Me encierran unas cuantas horas de noche y cuando se haga de día soy mil dólares menos pobre.
Cuando el señor Munch me tendió la linterna, le sujeté por la manga de la chaqueta.
– Supongo que aquí no hay ningún tipo de gato encerrado – dejé caer, suspicaz.
– Usted permanece la noche en vilo, y recibe lo que se merece. Recuerde que tuvo la libre elección de rechazar en el último momento el asentimiento verbal del contrato. No pensará romper lo acordado, ¿verdad? – me dijo, siempre con el mismo tono de voz. Dios, parecía un robot diseñado a principios de los años setenta.
Me quedé con la linterna. Necesitaba los mil dólares. Ese dinero me iba a venir de perlas.
– Yo nunca falto a mi palabra – le contesté haciéndome el ofendido.
– Entonces nos veremos de nuevo dentro de unas pocas horas, señor Leman.
Fue lo último que me dijo antes de encaminarse hacia la puerta de la nave. Salió, cerró la puerta bajo llave y se fue de este lugar a dios sabe dónde.
Yo me quedé iluminado por los cuatro focos. Pulsé el interruptor de la linterna para ver si funcionaba y lo apagué al instante. Caminé por el recinto. Mis pasos resonaban con fuerza sobre el cemento.
– ¡Hola! – dije en voz alta. Mi estúpido saludo reverberó por las paredes, formando un eco que me quitó las ganas de repetir dicho comportamiento infantil en lo que quedaba de madrugada.
No había ninguna silla, caja u otro tipo de objeto sobre el cual reposar mis posaderas. Decidí hacerlo en el centro de la nave sobre el frío suelo. Permanecería así mientras me durase la luz de los focos. Así tendría el cuerpo más descansado para cuando sólo me quedara la luz de la linterna. Entonces me arrimaría a una de las paredes y vigilaría la nave situado de pie hasta que la dichosa puerta volviera a abrirse de nuevo.
Por no tener, no tenía ni reloj de pulsera ni mucho menos teléfono móvil, así que no podría guiarme por las horas que restaban hasta la llegada del amanecer. El edificio tampoco disponía de ventanas y los dos lucernarios del techo estaban tapiados por dos láminas de uralita.
Cuando llevaba un rato sentado me empezó a molestar el dichoso trasero. El suelo estaba verdaderamente frío, así que no me quedó más remedio que quedarme de pie. La luz que irradiaban los focos era una luz directa que te cegaba, así que en vez de permanecer en el centro de la nave, fui alternando un recorrido por los rincones.
El tiempo fue pasando de manera inexorable y a la vez lenta.
Llevaba dos horas encerrado en el lugar. Lo supe cuando un foco tras otro quedó apagado hasta sumirme en las tinieblas. Este momento me pilló situado en la pared del fondo. En un principio decidí no utilizar la linterna. Sería demasiado pronto. Lo ideal iba a ser encenderla a fogonazos cada equis tiempo. Más que nada para vencer mi inquietud hacia la oscuridad imperante en la nave.
Estaba recostado de pie sobre la pared, cuando percibí un sonido extraño. Procedía del centro de la nave. Parecía como si algo en concreto estuviera arrastrándose por el suelo. Cada vez el sonido era más audible. No se trataba de mi imaginación. Me puse muy nervioso y decidí encender la linterna, enfocándola hacia la zona de donde surgía el ruido.
El haz de la linterna iluminó algo parecido a una enorme babosa. Su blanda piel relucía con la intensidad de unos zapatos de charol recién sacados el brillo por una gamuza y tenía un tamaño bastante considerable. Por lo menos medía un metro de largo. Y reptaba hacia donde estaba yo… hasta que se detuvo. Enfocado por la luz, el ser repulsivo permanecía quieto. Pude ver un orificio con afilados dientes. Era su boca. Aparte disponía de dos protuberancias que pudieran pasar por unos ojos primitivos aún en fase de evolución. Parecía que la luz le molestaba sobremanera, y empezó a recular hacia la pared frontal de la estructura abandonada. Fui enfocando su retirada, cuando otro sonido similar surgió procedente del techo. Desvié la dirección del haz hacia el lugar de origen del segundo sonido. Era un segundo espécimen de menor tamaño que el primero. Estaba dirigiéndose hacia donde me encontraba yo con la boca abierta y medio jadeando por el esfuerzo de tener que desplazarse por el techo. Al ser enfocado pude apreciar como su silueta se contraía levemente y para evitar la luz de la linterna se dejó caer literalmente del techo para asentarse acompañado de un sonoro “plof” sobre el suelo de cemento a dos metros y medio escasos de donde estaba yo situado. Con horror la volví a iluminar, consiguiendo que retrocediera con suma lentitud hacia donde estaba su compañera. Las dos criaturas parecían estar disgustadas. Sus cuerpos se retorcían y se alzaban como si fueran elefantes marinos exhibiéndose con sus colmillos antes las hembras en pleno período de celo. Las bocas abiertas del todo. Se iban acercando la una a la otra hasta que finalmente llegaron a tocarse. Mis manos temblaban compulsivamente. Un sudor frío me recorría toda la espalda desde los omoplatos hasta la rabadilla. Miré hacia la puerta. Estaba sellada a cal y canto. Encima se interponían las dos babosas gigantes en mi camino hacia ella. Entonces una de las dos empezó a emitir una especie de chillido estridente que me dejó más horrorizado todavía. El motivo de la demencial queja es que estaba siendo absorbida literalmente por la otra babosa que era de mayor tamaño que ella. Fusionándose un cuerpo con el otro. Como resultado de esa fusión, al cabo de los segundos surgió una única criatura de casi dos metros de longitud. Me desplacé por la pared del fondo tocando la misma con la mano que tenía libre. Un sonido surgido a mi lado me hizo detenerme de súbito. Dirigí el chorro de luz hacia allí y vi otro ejemplar a medio metro de mi pierna izquierda. Este medía sobre el metro de largo y sus ojos ciegos me miraban con deseos de poder sondear mi posición definitiva antes del inicio de lanzar su ataque. De nuevo la luz me salvó de su acoso, haciéndolo retrasarse unos metros hasta sumirse en las penumbras.
– ¡Esto es una puta pesadilla! – grité, desesperado.
Estuve manteniendo las dos criaturas a raya iluminándolas a rachas. Hasta que la linterna quedó apagada para siempre al gastarse las pilas. Una hora de duración tenían. Y me imagino que ese fue el tiempo exacto de duración de las mismas.
Sentí a las dos criaturas acercándose a rastras. Sus bocas chasqueaban como si tuvieran una lengua que se relamiera contra la fila de dientes. Tenían que ser las cuatro o las cuatro y media de la madrugada. Me quedaban casi tres horas hasta que viniera Munch a mi rescate. Siempre y cuando cumpliera su palabra…
Tuve que guiarme por el sonido que emitían las criaturas. Palpaba con las manos las paredes.
Estuve así un buen rato.
¿Cuánto sería?
¿Una hora tal vez?
Hasta que tropecé con una de ellas. La maldita se me había cruzado en el camino sin que yo me percatara de ello. Caí encima de ella. Su asqueroso cuerpo era blando como la gelatina. Al querer apoyarme sobre las manos para reincorporarme de pie, descubrí que me sería imposible hacerlo, porque el cuerpo de la criatura comenzó a fusionarse con el mío. Esta vez fui yo quien empezó a chillar de dolor. Era inimaginable. Quise despegarme, pero con cada esfuerzo conseguía que mi unión con ella fuera cada vez más firme. ¡Mi maldita cabeza me empezó a doler de manera terrible! Aquello que me absorbía quemaba mis sentidos. Grité, pero ni siquiera me escuché a mí mismo…


2.
– Buenos días, señor – se escuchó una voz cansina por el altavoz del teléfono móvil.
– Dígame el resultado de la prueba de esta noche, señor Munch.
– Lamentablemente nuestro empleado no logró utilizar con sapiencia la hora que le duraba la linterna.
– Eso me entristece mucho, señor Munch.
– Si, señor.
– Ese detalle rompe el lema de la empresa.
– Estoy de acuerdo, señor.
– Tendremos que elevar el nivel de exigencia en la próxima selección de personal.
– Así lo creo yo también, señor.
– Adiós, señor Munch.
– Que pase usted buena mañana, señor.


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