
Eran pasadas las once de la noche. Cris Bolton acababa de llegar del fin de su turno como conductor de la línea 19 del metro. Estaba cansado y con ganas de meterse en la cama. Se preparó una frugal y tardía cena con un sándwich de crema de cacahuete, un batido de vainilla y una porción de tarta de arándanos. Justo cuando terminó de cenar, se dispuso a lavar los escasos platos antes de ponerse el pijama. En ese instante notó las pisadas de alguien que subía el tramo de escaleras de la quinta planta donde él residía. Curioso como era por naturaleza, se acercó a la mirilla de la puerta de entrada para averiguar quién podía estar recorriendo las escaleras a esas horas de la noche. No tardó en ver pasar deprisa por delante del cristal la figura de un melenudo de unos treinta años, flaco y desarreglado con muchas pintas de ser un drogadicto dispuesto a comprar su dosis diaria. Terminó de recorrer el rellano para seguir subiendo por el siguiente tramo de escaleras.
Cris chasqueó la punta de la lengua contra los dientes superiores. Era indudable que iba a visitar al vecino que vivía encima de su vivienda. Era un camello de poca monta, por desgracia muy conocido en el barrio.
Así fue. El visitante tocó el timbre de arriba. Se percibieron los pasos del vecino de Cris desplazándose hacia la puerta.
Cris se dirigió a su dormitorio. El cansancio le estaba venciendo. Se puso el pijama de colores chillones y se introdujo en la cama, apagando la luz de la lamparita de la mesilla. Cinco segundos de silencio y oscuridad total precedieron al escándalo que instantes después surgió justo encima del techo de su habitación. Su vecino empezó a vociferar. Se escucharon muebles desplazándose. Pisadas de aquí por allí.
– Joder. No voy a dormir nada – se dijo desesperado.
Entonces su vecino se calló para dejar paso a una canción de rap con el volumen al máximo.
– ¡Será cabrón! – estalló en su indignación Cris.
Se salió de la cama, encendió la luz, se calzó las zapatillas y abrigándose con la bata se dispuso a hacerle una visita a esos dos miserables del piso de arriba. Ascendió los escalones con premura hasta situarse ante la puerta del piso del vecino. Se fijó que esta estaba entreabierta. A través del hueco establecido entre la hoja y el quicio, llegaba la ráfaga de música elevada a la quinta potencia. Se adentró en la propiedad del vendedor de crack sin haber pedido permiso. El sonido era tan alto, que los nervios estaban destrozados por esta situación de escasa consideración hacia el resto de los inquilinos del inmueble. Justo al final del pasillo principal estaba la sala. Antes de llegar, vio al melenudo surgir de su interior. Portaba una pistola con un silenciador acoplado en el cañón. En ese instante apagó el estruendo de la música. Se le quedó mirando de manera molesta por la intromisión. Cris pudo ver parte del cadáver del vecino tendido en el suelo a través de la separación de las piernas del criminal.
– Es usted demasiado curioso, amigo- le dijo el peludo.
– Ha… Ha matado a ese hombre – balbuceó Cris.
– Hay que ver lo inteligente que me está resultando. ¿Para qué cree que he puesto su equipo musical a tope? Para que no se oyera como me lo cargaba.
“Por cierto, me están entrando ganas de hacer lo propio con usted.
“No quiero tener testigos, ¿sabe?
Cris vio el brazo extendido del asesino apuntándole directamente al entrecejo.
Un segundo después estaba por fin durmiendo el sueño de los justos.
Sin categoría
Sleepy, el Zombi
Sleepy tenía una sensación de hambre algo extraña. Nunca se había imaginado que al morir uno pudiera seguir teniendo ganas de comer. No vio el túnel con la luz al fondo. Según le dijo una voz muy temperamental, le correspondía el purgatorio antes de poder llegar a recorrerlo en su totalidad. Así que allí estaba, en medio de las tumbas del cementerio del pueblo. Las tablas de la tapa de su ataúd cedieron relativamente ante el impulso de las uñas largas de sus manos, y tras un rato de escarbar en la tierra que le cubría, pudo salir al exterior y contemplar el camposanto bajo el halo lúgubre de la luna en cuarto creciente, con el cielo despejado de nubes y perlado de estrellas lejanas.
Se miró a las ropas. Estaban sucias y medio rotas.
Dentro de los zapatos tenía alguna que otra china, pero no le molestaba tanto como para tener que descalzarse.
Quiso hablar.
Al principio le costó, pero había que romper con una de las reglas de los muertos vivientes.
– Eftoy vivo – dijo, satisfecho.
El purgatorio debía de ser una segunda oportunidad de redención.
El caso era que se parecía mucho al lugar donde siempre había vivido antes de morir fulminado por un terrible cáncer de pulmón.
Definitivamente, el limbo era su propio hogar.
Echó a andar con cierto garbo, estirando las piernas como si estuviera eludiendo pisar charcos de agua estancada. Poco a poco fue abandonando el cementerio de Santa Teodora.
Bob, “El Flaco”, estaba regresando a casa animado tras una noche de juerga con sus colegas del taller de reparación de motos, cuando vio a Sleepy acercándose por el mismo lado de la acera.
– ¡Jesús, Sleepy! Eres un condenado zombie – farfulló, con el rostro acalorado por el esfuerzo de intentar echar a correr los ciento veinte kilos de su anatomía sedentaria.
– No te fayas – le llamó Sleepy. – Tengo ganas de comer algo.
A pesar de su caminar mucho más lento de cuando vivía, logró prender a su antiguo amigo por los hombros.
– ¡No! ¿Qué haces? – gimió Bob.
– Yo tener que llenar mi estómago – se sinceró Sleepy.
Sus mandíbulas se engarzaron en las blanduras de Bob.
De verdad que estaba exquisito…
Sleepy abandonó las inmediaciones del pueblo exultante de felicidad. Su panza estaba repleta. Su hambre quedó saciada. Y además consiguió la compañía de un buen amigo. Lo que quedaba de Bob, “El Flaco”, le acompañaba como compañero de aventuras.
Así si que se podía ir por la vida en su nueva condición de zombie.
Menuda picadura de mosquito
Fue terrible. Estaba sentado en el parque con la espalda apoyada contra la corteza del tronco de un roble, dispuesto a darle un mordisco a su emparedado de salami, cuando un molesto mosquito de abdomen alargado y alas finas se aposentó en su brazo derecho. Antes de que tuviera tiempo de poder reaccionar, la trompa del insecto perforó su piel con la suficiente rapidez como para succionarle su ración diaria de sangre humana.
Tom soltó un grito de mala uva. Espantó al mosquito con la otra mano, dejando escapar el sándwich sobre las briznas de hierba del suelo. Demonio. Le había dado un buen picotazo. A los pocos segundos le picaba tanto que no tuvo más remedio que aliviarse rascándose la zona afectada con las uñas.
– Maldito insecto – gruñó Tom, muy contrariado.
Se puso de pie al instante, y sin dejar de arrascarse el brazo, decidió acudir a la enfermería del instituto para que le desinfectaran la herida con algo de alcohol.
Conforme avanzaba paso a paso, el brazo se le iba hinchando más y más.
– ¡Dios mío! ¿Habéis visto eso? – escuchó como una estudiante se refería a su brazo inflamado al pasar al lado de un grupo de compañeras de curso.
Tom dejó de estar alterado. Ahora estaba cada vez más sumamente nervioso. Al llegar ante la enfermera Jones, su brazo parecía más la trompa de un elefante hindú. Su grosor era el doble de lo normal.
– Jesús, Tom. ¿Qué le ha pasado a tu brazo? – preguntó la enfermera, preocupada.
– ¿Y yo qué se? Me ha picado un mosquito hace menos de cinco minutos.
– Tiene… Tiene muy mala pinta.
La realidad es que empezaba incluso a oler mal.
En ese instante entró el profesor de lengua hispana. Vio el miembro superior derecho del estudiante y dictaminó la suerte del mismo:
– Hay que llevarle de inmediato a Urgencias. Ese brazo está gangrenado. Si no lo trasladamos al instante, puede que lo pierda.
Tom, nada más escuchar aquella afirmación negativa del profesor Harold, perdió el conocimiento.
…
– Despierta, Tom. La anestesia sólo era parcial. No era para haberse dormido a pata suelta – le llegó la voz de un hombre embutido en una bata blanca médica.
Tom agitó la cabeza de lado a lado.
– ¡NO! Quiero seguir teniendo mi brazo. Por favor, no me lo corten. Si hace falta, viviré con el mal olor que desprende, pero no me quiero quedar sin él – suplicó Tom.
El médico se retiró la mascarilla de la boca.
Miró a Tom con una sonrisa de oreja a oreja.
– ¿De qué hablas, muchacho? Aparte de quedarte dormido mientras te dormía el nervio de la muela del juicio, has tenido una especie de pesadilla.
– ¿Cómo dice?
– Que estás conmigo. Soy tu dentista. No un cirujano.
Tom se vio echado sobre la silla del dentista. Se llevó la mano derecha sobre la sien. Su brazo estaba normal.
– Menudo sueño más malo que he tenido – se sinceró, ahora ligeramente abochornado.
– No te preocupes. Eso si, más vale que cuides mejor tu dentadura de ahora en adelante. Que con más facturas de este tipo, a tus padres les va a entrar otro tipo de susto, y este será financiero.
Tom se pellizcó la carne de su brazo derecho. Se alegraba de verlo en tan buen estado.
Despedida de soltero a lo bestia
El suceso devastador y grotesco duró menos de tres minutos.
Elevemos las oraciones al Cielo por la corta duración del mismo.
El caso era que Antoine Collete iba a casarse dentro de quince días con su querida y coquetona Susanne Omelette, y como era preceptivo en estos casos, los amigos del muchacho decidieron organizarle una despedida de soltero a lo grande. La fiesta fue un exitazo. Comieron como fieras y bebieron como orangutanes sedientos. La hecatombe llegó cuando, ebrios a más no poder, condujeron a Antoine al zoológico municipal.
Uno de sus amigos trabajaba allí de cuidador y disponía de la llave maestra. Recorrieron a tumbos entre sombras juguetonas buena parte del recinto, aturdiendo a las bestias con las luces de las linternas y sus berridos altisonantes. Hasta que llegaron ante Orejitas. Era un elefante macho de quince años. Convencieron al futuro marido de Susanne a subirse encima del lomo del animal, aprovechando que este estaba echado sobre las rodillas medio adormilado. Orejitas se dio cuenta de la situación demasiado tarde, con el joven sentado de mala forma a horcajadas sobre su grupa.
– Soy el Rey de los Paquidermos – alborotó Antoine.
– Así es. Ellos te respetan y te aman – contestaron a coro las amistades del joven.
Una de ellas arrimó una aguja a la trompa del elefante y se la pinchó con alevosía.
Orejitas barritó espantado y se incorporó sobre sus cuatro patas, echando a correr, abandonando la jaula por la puerta abierta y dejada así descuidadamente por la tropa de impresentables.
Antoine se asía al animal hincando las uñas en la dura piel, echado sobre su lomo, tratando de no salir despedido por los aires.
– ¡Auxilio! – gritó aterrorizado. – Que nunca he sido buen jinete.
La realidad es que esa era la primera vez que cabalgaba sobre un cuadrúpedo.
Orejitas abandonó el Zoo, con los amigos de Antoine siguiéndole los pasos entre eses de beodos. La trompa endolorida barritaba su desesperanza y su furia. Agitaba la cabeza intentando desprenderse de aquella cosa horrenda acomodada sobre su espalda.
Orejitas enfiló la calle principal, embistiendo la hilera de vehículos aparcados. Las compañías de seguros jamás olvidarían esa madrugada de furia incontenible del elefante.
– NO. Dios mío. Qué destrozo – farfullaba Antoine.
Orejitas lo zarandeó como si estuviera montado en un toro mecánico.
Finalmente salió despedido contra el escaparate de un Sex Shop.
El cristal se hizo añicos.
Los quejidos de Antoine conmovieron a sus amigos, que no al paquidermo. Este se arrimó a la tienda y alargó la trompa, sujetándole por la pierna derecha, sacándole de allí hecho una pena y llevándolo a rastras, lo acercó a una alcantarilla al que le faltaba la tapa y lo arrojó de cabeza en su interior. A resultas de eso, Antoine quedó comatoso y enfermó de fiebres palúdicas, pasando al otro mundo en menos de cuarenta y ocho horas.
Orejitas fue capturado a las pocas horas y devuelto a su Zoo querido.
Los amigos del desafortunado Antoine desaparecieron del mapa.
Se trataba de evitar dar explicaciones a la compungida novia.
Nunca pases por debajo de una escalera
Code Dumars era un hombre de cuarenta años sumamente delgado y enclenque. Era conocido en el East Side de Manchuria City como don Espagueti. O Mister Fideo. En ocasiones como Esqueleto Andante. Vamos, que el señor era tan famosillo casi al mismo nivel del alcalde. Y Code comía de manera sana sus verduritas, su pescado y su carne, amén de pasta italiana, pero no había modo de que midiendo metro setenta pudiera pesar más de cuarenta y dos kilos.
Hasta que un día se le antojó cruzar por debajo de una escalera.
Mira que se decía que realizar semejante maniobra era buscarse mala suerte a tutiplén. Pero Code estaba pensando en desvaríos tales como si seguía en los puros huesos por más tiempo, iba a morirse soltero y sin nadie que le añorara.
Así que dio los pasos necesarios para cometer imprudencia tan innecesaria.
– No debiste hacerlo – le llegó una voz aflautada detrás de su espalda huesuda.
– ¿Que no debí qué? – replicó con una interrogante.
Se dio la vuelta y se encontró con un personajillo de medio metro de estatura, tez rojiza, cola prensil y cornamenta presidiéndole el cráneo. No llevaba tridente alguno. Simplemente portaba una berenjena en la mano derecha.
– Cuando se hace lo que acabas de ejecutar al atravesar una escalera por su parte inferior, corresponde padecer una racha de pésima suerte durante doscientos cincuenta años.
– No me digas.
– Normalmente sucede eso. Lamentablemente el instrumento catalizador de los estropicios ajenos está fuera de servicio por una larga temporada, así que se recurre a los métodos de la época de Maricastaña.
– Jolines.
– Modere su vocabulario, caballero. En este caso, servidor, Gordofeo Gordinflas, demonio menor del averno de la sala 14 está capacitado para darle a usted su merecido al haber tentado los efectos supersticiosos de la escalera en cuestión.
Code miraba al diminuto diablillo con una sonrisa en los labios.
– Me está insinuando que usted se va a encargar de traerme la mala suerte a casa – dijo, fingiendo algo de pesar.
El demonio sonrió con peor talante.
– Nada de eso. Prefiero romper moldes. Voy a echarle otro tipo de maldición.
“Usted está flaco.
“Pues a partir de ahora lo quiero ver gordo.
“Sus carnes redundarán en abundancia – sentenció Gordofeo Gordinflas.
Code se llevó las manos a la barriga más que plana.
En ese mismo momento le asaltó un hambre atroz.
– Jesús. Me suenan las tripas mala cosa – se sinceró.
El diablillo señaló con la berenjena hacia una dirección.
– Tiene usted un local de comida rápida a la vuelta de esa esquina – le alertó.
– Perdone que le deje. Es que tengo mucho apetito – recalcó Code, alejándose a la carrera.
Gordofeo rió a mandíbula batiente.
No había nada como una sentencia maléfica a la antigua usanza.
Medio año más tarde del encuentro de Code Dumars con el discípulo menor de Lucifer, el caballero continuaba midiendo el metro setenta, pero había pasado de pesar cuarenta y dos kilos a ciento treinta.
Su nuevo mote…
Boeing 747,
por lo voluminoso que era.
El videojuego
Prefería la escopeta para disparar de cerca, aunque la beretta era mucho más cómoda de llevar.
Avanzaba por un pasillo sin fin. A oscuras. Continuar por las ramificaciones de aquella institución escolar abandonada requería el uso de la visión nocturna. El silencio era insano. Los pasos de sus botas militares eran lo único que quedaba registrado en su sensor de movimiento.
De repente, sin saber cómo, una de aquellas criaturas diabólicas emergió de una pared.
Era espantosa. Babeando mucosidades por todo el rostro deforme y con un olor nauseabundo a putrefacción de meses de entierro. Eran conocidos por la definición de Redivivos. Aquel Redivivo se abalanzaba sobre su cuello con la intención de alimentarse de su yugular, pero su pericia le salvó al encañonarlo con la escopeta directamente al estómago. Disparó y sus restos quedaron esparcidos por la estancia.
Su pulso estaba acelerado.
La adrenalina al máximo de su nivel.
Esa parte de la misión estaba siendo demencial. Estaba pasando miedo de veras.
Continuó avanzando por el corredor.
No sucedió nada fuera de lo normal.
Llegó ante las escaleras que comunicaban a la planta superior.
Fue subiendo con precaución.
A un tercio del ascenso del tramo, un par de Redivivos surgieron de la parte superior. Bajaron los escalones de tres en tres, dispuestos a ir por él. Se había olvidado de cargar la escopeta, así que tuvo que recurrir a la pistola. El cambio de arma fue sencillo. Uno de los seres inmundos recibió un disparo certero en plena sien. El otro se movía mucho. Para su sorpresa, intentó recular. Huir. Le disparó a las piernas, alcanzándole en la corva derecha, consiguiendo que perdiera estabilidad motriz. Entonces le descerrajó dos balazos en la nuca. La criatura cayó fulminada.
Respiró hondo.
Se secó el sudor de la frente.
Esta vez recargó ambas armas.
Dios, tenía que encontrar una tercera. Una de las automáticas. No podía permitirse el lujo de tener una ranura vacía.
Prosiguió ascendiendo por las escaleras hasta alcanzar la segunda planta.
Todo continuaba a oscuras.
Era un videojuego cojonudo.
Nunca había jugado a uno tan terrorífico desde Doom.
Estaba acercándose a la puerta de una de las aulas.
Repentinamente, la visión nocturna no le servía.
El lugar quedó iluminado del todo.
Se la tuvo que quitar para evitar quedar cegado.
Era de día.
Un día cualquiera.
En el Instituto Lettisier Venture.
Detrás de sus pasos estaban los cuerpos tendidos de dos compañeros del centro. Estaban ubicados en el tramo de escaleras.
Se miraba las manos.
Portaba una escopeta de verdad.
Las sirenas del recinto aullaban de manera estridente.
– Es una emergencia. SE RUEGA A TODO EL MUNDO QUE ABANDONE LAS INSTALACIONES – decía una voz.
La voz del Director del instituto.
Con determinación se aproximó a una de las ventanas.
A través del cristal vio a decenas y decenas de estudiantes, profesores y personal del centro huyendo a pie por el patio frontal del edificio.
De inmediato, las fuerzas del orden estaban acordonando el área.
Vio la llegada de un par de vehículos blindados de la brigada de asalto.
En cuanto quedaron estacionados, descendieron de su interior agentes perfectamente equipados con blindaje y equipo pesado.
Entonces se dio cuenta de que aquello ya no era ningún videojuego.
El temblor de sus manos le impedía ya sujetar la pistola.
En este caso, la realidad sí que superaba a la ficción.
Un artista muy querido
Esto que les cuento es una sencilla anécdota que me sucedió cuando fui a reservar una habitación en un hotel de una ciudad muy cosmopolita. Me hallaba ante el mostrador de recepción facilitando mis datos al empleado de la misma, cuando hube de interrumpirme al vislumbrar una continua llegada de damas de muy buen ver cercanas a la treintena de edad.
– Perdone mi distracción, muchacho. La presencia de estas damas es muy perturbadora – me disculpé ante el recepcionista.
Desde luego que lo era. Con lo bellas que eran todas ellas, al mismo tiempo les caracterizaba un único fallo; todas eran tuertas de un ojo porque portaban un parche muy hermoso, ora en el ojo izquierdo, ora en el ojo derecho.
Las mujeres se reunían en comandita de vez en cuando y cuchicheaban entre ellas en voz muy baja. No hacían más que mirar hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones y observar las puertas de los ascensores.
Justo cuando estaba terminando de inscribirme, las puertas de un ascensor fueron abiertas de par en par, saliendo al exterior del vestíbulo un caballero vestido de manera muy singular. Eran vestiduras muy caras las suyas, pero igualmente extravagantes en si.
La totalidad de las mujeres parecían ser admiradoras del recién aterrizado. Dejaron de murmurar por lo bajini, elevando sus voces hasta ser gritos desaforados.
– ¡Allí está! ¡Allí! – exclamaron todas, seguido de improperios de muy mal gusto.
El hombre fue pillado por sorpresa. En su rostro quedó reflejado un terror semejante al reconocimiento de la presencia de la suegra en una visita relámpago a su casa, pillándole en paños menores con la vecinita en vez de con la hija de su madre política.
– Chicas, no, por favor – imploró alejándose de ellas, precipitándose hacia la salida.
– ¡A por él! ¡Que no escape! – chilló una de las chicas.
Y enarbolando todas ellas estacas, bates de béisbol y sacude colchones, fueron siguiendo su estela ya fuera del hotel en donde iba a alojarme tan plácidamente.
Me volví cara al recepcionista.
– Caray. Hay seguidoras muy extremas. A ese personaje tan famoso, lo quieren a morir – le dije.
– Querrá usted decir que lo que quieren es aplicarle una buena tunda – me corrigió.
Le miré muy intrigado.
– ¿Acaso conoce quién es ese pobre diablo? – pregunté con ganas.
El muchacho me sonrió de buena gana.
– Es el famoso lanzador de dardos Fabricio Colomi. Suele ejecutar el número con los ojos vendados. Y todas esas chicas debieron de ser sus ayudantes alguna vez…, hasta el instante de una desafortunada actuación.
Almas en pena
Ferrero y Tobías estaban ocultos debajo del puente ferroviario. Estaban ateridos de frío. Hacía dos grados bajo cero y la noche anterior había caído una nevada copiosa. Sus vestimentas eran andrajosas y demasiadas livianas como para poder soportar las temperaturas gélidas de esa mañana invernal.
– Este frío criminal va a matarnos, Tobías – lloriqueaba Ferrero golpeándose los costados con los brazos para entrar de algún modo en calor.
– Necesitamos algo que nos caliente – murmuró su compañero con los ojos entrecerrados. Salió de debajo del puente y hundiéndose en la nieve, se fue alejando en la distancia. Ferrero permaneció en el refugio, echándose entre cajas de cartones para aislarse en la medida que fuese posible del frío. Estaba sumamente debilitado por la falta de alimento. No podía acompañar a Tobías. Sería más un estorbo que una ayuda. Y así fue cerrando los párpados hasta quedarse medio dormido.
Fue despertado por los gritos de un chiquillo. Se incorporó entre los cartones de su lecho y pudo ver a Tobías trayendo a rastras a un pequeño de unos cinco años.
– La excursión ha sido exitosa – musitó Tobías agarrando al crío por el cuello.
Lo que vio Ferrero a continuación fue terrible. Tobías le rajó la garganta al pequeñuelo con una navaja bien afilada. Un chorro de sangre surgió de su tráquea.
– ¡Deprisa! ¡Trae las tazas! – le urgió Tobías a su compañero.
Ferrero se puso de pie y le trajo dos tazas de latón. Tobías dirigió la garganta del niño moribundo hacia ellas, vertiendo su preciosa sangre caliente y nutritiva en su interior. En un momento determinado el niño cesó de patalear. Había muerto.
– ¡A tu salud, amigo! – brindó Tobías, depositando el cuerpo inerme del niño de mala manera sobre el suelo para de seguido beber un largo trago de la deseable sangre.
Ferrero se mantenía indeciso como en él era habitual desde que Tobías le convirtiera hacía dos años y medio.
– Bebe, pasmarote. Así entrarás en calor. Se te quitará el ansia por un buen rato. El tiempo necesario para encontrar unos ropajes más útiles con que combatir el frío de esta época del año- le insistió el mestizo.
Porque Ferrero tuvo la mala suerte de tropezarse con una bestia inmunda que no se acercaba ni de lejos con la estirpe de los vampiros. Era una especie de esclavo de ellos. Un esclavo que logró emanciparse de las ataduras de su poderoso amo. Su único parecido con él es que dependía en la misma medida de la sangre de los humanos para seguir viviendo de manera prolongada en el tiempo. Su método de conseguirlo era el simple secuestro de personas débiles y enfermizas. Personas que nunca opondrían resistencia de ningún tipo. Víctimas como el niño pequeño que Tobías había traído de los suburbios más miserables de la Gran Ciudad.
Ferrero miró el contenido de la taza.
Apartó la mirada del cadáver del niño.
Arrimó sus labios yermos al borde de la taza y sorbió la sangre de forma compulsiva, hasta casi atragantarse con ella.
Tobías se llevó una palma a la rodilla y se echó a reír con el poderío de un demente.
– Sigue así, compañero. La sangre nos hace recuperar nuestra salud, aunque sea a costa de la salud de otros- bramó, alzando su tazón. Se lo terminó de un único trago.
La sangre era su razón de ser.
Por algo había que matar por ella.
El juego de los tres vasos
La mesa era de tablas de madera rústica sin barniz de ningún tipo que adecentara mínimamente su superficie. Sobre la mesa estaban los tres vasos de cerámica. En frente de ellos, el garbanzo.
Pujalte estaba sentado en contra de su voluntad sobre un taburete de patas cortas sumamente incómodo. A su lado estaba uno de los sicarios apuntándole con el cañón de una pistola semiautomática.
Al otro lado de la mesa estaba Ontario. Estaba sonriente. Miraba a Pujalte con cierta arrogancia, sabedor de que llevaba todas las de ganar. Recogió el garbanzo duro sin cocer con los dedos y lo ubicó debajo de uno de los vasos.
– Me debes un buen pellizco, cabrón. Pero hoy es tu día de suerte. Si adivinas en cuál de ellos está la bolita, te lo perdono todo, incluso tu miserable vida.
– No es una bolita. Es un garbanzo – resaltó Pujalte.
– A callar y a fijarse. Que puede que sean los últimos treinta segundos que respires – le amenazó Ontario.
Sus manos manejaron los vasos con fluidez. Sin cesar de rotarlos. Hasta que en un momento determinado detuvo el movimiento del último de ellos. Se quedó escrutando el rostro sudoroso y ceñudo de concentración de Pujalte.
– Llegó tu hora, burrito. ¿En cuál de ellos está la chinita?
Pujalte dudó cinco segundos.
El sicario le arrimó el cañón a la sien.
– En la del medio- contestó de inmediato.
Ontario sonrió, complacido con la respuesta.
Alzó el vaso…
quedando el garbanzo a la vista.
– ¡Maldito hijo de la gran chingada! Siempre tienes suerte – rugió Ontario, disgustado.
Al mismo tiempo una bala del sicario atravesó la frente de Pujalte, quedando su cuerpo tendido en el suelo, inerte.
Miró a su jefe e hizo un ademán con los hombros.
– Lo siento. Se me ha escapado. Tengo un tic nervioso en el dedo índice…
Guerra de Sangre
Peter Wicks estaba dando su paseo nocturno de las diez de la noche antes de regresar a casa para dormir. Ya había cenado en un local de comida rápida justo después de haber finalizado su turno de tarde de doce horas como guarda en un edificio en ruinas. Le encantaba estirar las piernas después de haber comido. Lo hacía de forma parsimoniosa, pues al ser un solterón de cuarenta y cinco años nadie aguardaba su regreso a casa para reprocharle su tardanza. Hacía un poco de frío y soplaba un viento del norte molesto. Oteó el cielo, vislumbrando unas cuantas nubes apelmazadas entre si que pronosticaban la cercanía de la lluvia. Así que en un determinado momento aceleró el ritmo impuesto a sus piernas. No llevaba puesto ningún impermeable ni tampoco disponía de un paraguas. No era cosa de arriesgar a mojarse más de lo necesario.
Siendo vigilante, el grueso del salario venía derivado de las horas extras acumuladas, y un catarro imprevisto podía fastidiarle la paga del mes siguiente. Peter encaminó su rumbo hacia su casa. Las calles estaban casi desiertas de transeúntes, y el tráfico era escaso. Dobló una esquina para encarar las tres manzanas que distaban del edificio en dónde él residía cuando vio una figura femenina que se dirigía hacia donde estaba él. Corría desesperada sin dejar de mirar hacia atrás. A unos cuantos metros de ella le estaba siguiendo un hombre vestido con un traje negro. Peter reparó sucintamente en la belleza de la joven. Tendría unos veinte años. Alta, estilizada, de larga melena rubia asentada por un pañuelo rosa sobre la frente. Vestía una cazadora entallada verde chillón con una minifalda negra, panties y zapatos de suela plana a juego. La muchacha llegó ante él y casi se le echó encima. Peter abrió los brazos por instinto y acogió el cuerpo de la desconocida. La nuca de ella pegada a sus labios. Su perfume era muy penetrante. El perseguidor se plantó a los pocos segundos delante de los dos. Peter no sabía qué hacer. El visitante le miró con odio y desprecio. Se le resaltaban los músculos del cuello.
La chica giró su rostro hermosísimo hacia Peter.
– Ayúdeme, por favor, señor. Este hombre me ha estado siguiendo toda la noche y ha intentado asaltarme en una callejuela. Me he podido zafar de sus intenciones en un descuido, justo cuando ha intentado maniatarme con unas cuerdas- se explicó la joven con el rostro suplicante.
El extraño soltó una carcajada despectiva.
– Mentirosa. Lo que menos pretendo es mantener relaciones sexuales contigo – habló con una voz recia y seca. Miró a Peter y se solazó con su indecisión. – Aunque tal vez al caballero sí que le interese meterte un poco de mano. ¿A que sí buen hombre? Paula es una jovenzuela de muy buen ver, lujuriosa y lasciva. Y le encanta el bondage. Y las azotainas en el trasero. Es una chica muy traviesa.
– ¡Cerdo! ¡Insolente! – Paula se volvió de nuevo a Peter y se agarró con fuerza a sus hombros. – No crea nada que le diga, señor. Este salvaje es un completo desconocido para mí. Un violador que buscaba saciar su apetito esta noche conmigo. Yo simplemente volvía de una fiesta en casa de unas amigas.
– ¡Sus amigas son las más zorras de la ciudad, señor! – bramó el hombre del traje oscuro. – Ya estoy harto de esta charlotada, Paula. Yo sé bien lo que tú eres. A la vez que tú conoces mi verdadera identidad.
El hombre buscó algo bajo la chaqueta. Peter estaba temblando de la cabeza a los pies. Aquella situación le desbordaba por completo. Empezó a dudar que en realidad todo fuera la fuga de una chica de las garras de su violador. Quiso que la chica se soltase de su cuello, pero fue tarea casi imposible.
Entonces vio lo que aquel individuo extraía de debajo de su chaqueta.
Una pistola con un silenciador.
Apuntó directo al costado de la joven llamada Paula.
flop
– Nooo
Un segundo tiro alcanzó el parietal derecho de la muchacha, haciéndolo estallar en fragmentos de hueso, salpicando el rostro de Peter. La joven perdió fuerza en su agarre, y con los ojos perdidos, fue separándose en su abrazo hasta desplomarse sobre el suelo.
Peter quedó conmocionado.
Temió que aquel loco decidiera seguir practicando su eficaz puntería contra su persona. Para su propia sorpresa, el agresor puso a resguardo el arma bajo su ropa de nuevo y se acercó al cuerpo caído de Paula para asegurarse de que estaba muerta. Se agachó y comprobó los dos orificios de entrada. La sangre estaba formando un charco alrededor de la silueta medio encogida de la chica.
– Perfecto. Hay que ver cuánta sangre atesorabas ya, pequeña – comentó el hombre. Desde su postura buscó la personalidad paralizada de Peter Wicks. – No se habrá creído usted toda la patochada que le había contado Paula, ¿verdad?
Peter tardó en responder. Sus manos temblaban como la gelatina.
– No se si será usted un violador, pero un cruel asesino a sangre fría sí que lo es – respondió al fin.
El hombre negó con la cabeza. Se volvió hacia Paula y la sujetó por la cabeza, haciendo de girar su cuello.
– Mire esto – dijo, orgulloso.
Separó ambos maxilares de la joven.
Un par de colmillos afilados en cada hilera de dientes quedaron al descubierto.
Cerró la boca de la preciosa Paula, ahora ya muerta, y se incorporó de pie para situarse de frente con Peter.
– ¿Qué opina ahora? – le inquirió.
Peter mantenía la mirada puesta en la nuca de Paula.
– ¿Era una vampira?
– No del todo. Es más bien una sirviente de una de ellas. Y las amiguitas que hablábamos antes son las restantes siervas a las que estoy buscando.
– Al no ser una vampira, al ser, como usted dice, una sirviente, ¿era necesario haberla matado?
– Necesario, no. Era una obligación. Si no llego a perseguirla, igualmente se habría topado con usted. Y con sus encantos naturales, le habría sacado hasta la última gota de su sangre. Las siervas de Adelaida, que es así como se llama su Ama y Señora de la Oscuridad Infinita, tienen la misión de acumular más sangre de la que puedan necesitar en sus cuerpos. Luego se reúnen con ella en algún lugar secreto para proporcionársela. Es una forma de conseguir su alimento sin arriesgarse a ser cogida por sus enemigos. Y si pierde alguna sierva por el camino, la reemplazará con otra infeliz víctima. Con no abastecerse con toda la sangre de su cuerpo, esta quedará convertida en esclava de Adelaida.
Peter estaba petrificado por el horror.
– ¿Y usted quién es? – se animó a preguntar a aquel hombre extraordinario.
– Yo soy…
Separó ambos labios.
Unos enormes colmillos quedaron al descubierto.
– Soy Isaías. Un vampiro contrincante de Adelaida. Aunque usted no lo crea, entre nosotros también tenemos nuestras rencillas particulares.
“Y por cierto, estando usted tan cerca… Me viene de perlas reclutarle como un nuevo siervo mío.
Cuando Peter quiso darse de cuenta, ya estaba siendo poseído por las fauces del vampiro.
