Estacionó el coche a una manzana de la casa residencial de tejado de teja de pizarra y de una sola planta baja con el correspondiente sótano. Abrió la tapa de la guantera y recogió la beretta con silenciador incorporado. Hacía calor. Pleno mes de agosto. Las moscas se colaban por la ventanilla bajada del conductor. Aún así se colocó el chaleco antibalas de kevlar. Encima del mismo la chaqueta del traje que en su número de talla no concordaba con la del pantalón. Era un número superior. Más amplitud para disimular el uso de la prenda defensiva. Respiró hondo, levantó el cristal de la ventanilla, salió del vehículo y cerró la puerta sin colocar el seguro ni insertar la llave en la cerradura. Dio la vuelta y se aseguró que el resto de las puertas estaban abiertas. Las necesitaba así. Cabía la posibilidad de que las cosas no salieran tan fáciles como pudiera preverse en principio.
Se tocó el flequillo de la frente y con pasos furtivos se acercó a la casa. Esta estaba rodeada por un seto descuidado. Medio agachado, vislumbró la entrada. Como siempre, su objetivo tenía el hábito de dejar la puerta entreabierta. Se ve que tenía tanta confianza en sí mismo, que actuaba como un hospitalario lugareño que confiaba en su vecindario, sin temer que alguien pudiera colarse en su casa.
Paletos, pensó para sí mismo.
Comprobó que su arma llevaba el seguro quitado. Medio encorvado, prefirió rodear la casa por el flanco izquierdo. Se acercó a una de las ventanas que daban al interior de la cocina. Desde dentro llegaba música procedente de una radio de pilas. Era una canción de country. Era una versión muy mala. Le sonaba pero no conseguía ubicarla con el cantante original. Continuó avanzando en paralelo a la pared hasta doblar la esquina. En la parte trasera el jardín parecía un erial. No había casi ni una brizna sana. Se veía tierra reseca y hierbajos amarillentos. Se fijó en seis o siete ruedas usadas de coche amontonadas donde se suponía que estaba enterrada por lo menos una de las víctimas. Podría tratarse de la última, pues lo vio cavando un hoyo profundo hace treinta horas. El resto de los cuerpos debían de estar enterrados en el sótano. Llegaría un momento que ya no le cabrían más, y había decidido a arriesgarse utilizando el jardín trasero como fosa común.
Conforme a lo esperado, el portón exterior del sótano estaba asegurado por un candado. Imposible adentrarse por ahí. No le quedaba más remedio que infiltrarse en la condenada casa. Cerca de la parte trasera estaba la puerta de la cocina. Estaba igualmente sin asegurar. Era inexplicable. ¿Pero acaso la actitud de los perturbados se derivaba hacia la lógica más elemental?
Entre la tensión que soportaba y el calor que hacía, estaba sudando de manera copiosa. El chaleco le molestaba sobremanera. Si lo llegaba a saber, no se lo hubiera puesto. No era previsible que aquel lunático tuviera el valor de dispararle, aunque… Confiarse podía conducirle a la ruina. Y lo que no estaba dispuesto es a formar parte del abono orgánico de la parte trasera de ese jardín inmundo del tal Leonard Brecevic.
Con natural sigilo se aventuró a través de la jamba de la puerta de la cocina. Como era de esperar, la estancia era de lo más insalubre. Basura por doquier, platos amontonados en la pila del fregadero con los restos de la comida de varios días. El hedor era insoportable. Y parecía no emanar precisamente de ese lugar en concreto. Vio una mancha rojiza y semiborrosa cerca del frigorífico. No hacía falta utilizar el luminol para destacar que eso era una mancha de sangre reseca por el paso del tiempo. Conforme pisaba el linóleo cuarteado del suelo, se percibía el sonido de las zonas abombadas.
La música que emitía la radio procedía de una zona interior de la residencia. Probablemente de algún salón. Pero en sí no era primordial saber del lugar de procedencia de la música de marras. Precisaba dar con la puerta interior que llevaba al sótano. Y a ser posible, ahí es dónde estaría la bestia humana.
No tardó en dar con la puerta. Estaba ubicada justo a la izquierda de la entrada a la cocina por el pasillo principal de la casa.
El filo de la puerta no estaba encajado contra el marco. Antes de bajar, echó un vistazo por las demás habitaciones. No encontró a nadie. Ni siquiera en el diminuto comedor, de donde averiguó que procedía la música emitida por la radio portátil. Todo estaba mugriento y abandonado. Más propio de una persona aquejada del síndrome de Diógenes.
Retornó a la puerta semiabierta del sótano. La fue abriendo de manera muy precavida. Abajo todo permanecía en oscuras. Aún así pudo notar la fetidez y un movimiento cansino de cadenas al entrechocar de sus eslabones.
La víctima más reciente de Leonard.
Y la última por lo que a él respectaba.
Llevaba una diminuta linterna halógena. Apuntó hacia el suelo, y las paredes. Vio los primeros escalones y una barandilla metálica en el lado derecho.
Empezó a bajar con la linterna entre los dientes y con la pistola preparada para su uso infalible.
Cuando llevaba descendiendo los cuatro primeros escalones, la persona encadenada debió de notar de alguna forma su presencia, porque empezó a forcejear con las cadenas. Aunque también podía ser la señal de que Leonard andaba oculto ahí abajo.
Entonces…
– cabrón… pagarás por todo esto… me has destrozado la vida… mereces morir…
Era la voz de Leonard.
Se le aceleró el pulso. Sujetó con más firmeza la beretta. Fue descendiendo más escalones. El halo de luz débil emitida por su linterna, en un giro de cabeza, enfocó a una persona encadenada por las muñecas y los tobillos a la pared del fondo del sótano. Llevaba colocada una capucha de tela de saco sobre la cabeza, ceñida al cuello por una cuerda atada. Era un hombre. Estaba en ropa interior y descalzo.
Este notó la luz a través de la tela del saco y empezó a agitarse con desesperación. Murmullos ininteligibles brotaban de su boca, que denotaban que estaba amordazado.
También Leonard notó la luz de su linterna.
– no… ¿quién eres? ¿vienes a por mí, o a por él?
Casi se le cayó la linterna de entre los dientes. Enfocó hacia dónde le llegó la voz.
Ahí estaba. Acurrucado en un rincón. Estaba igualmente vestido sólo con ropa interior. Tenía los brazos surcados de arañazos y los largos cabellos lacios y apelmazados sobre su frente, casi ocultándole el rostro enjuto.
– Se acabó la diversión, Leonard.
– no… no puede terminarse… tengo que hacerlo…
– ¿Hacer qué, Leonard?
– primero no me llames así… no vuelvas a mencionar ese nombre… es asqueroso, asqueroso, asqueroso…
Fue bajando otro tramo de escalones, sin dejar de enfocar a Leonard. Empuñó su arma. El psicópata se había incorporado de pie. Dios, era un esqueleto andante. ¿Cómo aquel alfeñique podía habérselas arreglado con sus víctimas de constitución superior a la suya?
– Dime, ¿qué demonios te queda por hacer antes de que te arreste?
– eres policía… eso es la mejor noticia que podía esperar oír…
– No lo soy. Soy un caza recompensas. Voy en busca de presos que quebrantan la libertad condicional. Por una casualidad he descubierto que aquí vive un psicópata. Un asesino en serie.
– cierto… por eso tengo que hacerlo…
– Continua.
– matarlo… podemos hacerlo entre los dos…
– Cabrón- no se pudo contener más y le disparó de lleno en la frente.
El cuerpo de Leonard Brecevic se desplomó sobre el suelo de hormigón, con los sesos desparramados y pegoteados contra la pared situada detrás.
Con la firme convicción de que Leonard estaba muerto, guardó el arma en la sobaquera. Agarró la linterna con la mano derecha y se dirigió hacia la última víctima desgraciada del asesino.
Esta estaba completamente inmovilizada por las cadenas. Le desató la cuerda que le ceñía la capucha. Afortunadamente el nudo no era firme. Le quitó la capucha. Era un hombre con la cabeza afeitada. También era de complexión delgada. Tenía los ojos abiertos como platos. Estaba deseando que le quitara la mordaza. Así hizo.
– La llave de los cierres… La dejó encima de la mesa de herramientas. Está a su izquierda – le dijo en un anhelo suplicante aquel pobre hombre.
Buscó con la linterna y no tardó nada en encontrar una llave. Uno a uno fue abriéndole los cierres hasta liberarlo.
– Joder, de buenas te he librado, amigo.
– gracias… gracias… le debo la vida… tenía entre ceja y ceja matarme.
– Estoy buscando a un fugitivo que anda por este estado. Y conforme investigaba su paradero, por cosas del destino descubrí a ese hijo de puta enterrando un cuerpo hace semana y media.
– es usted tan eficiente, agente…
– Soy un caza recompensas, mejor dicho.
“Ahora salgamos de aquí. Le llevaré al hospital más cercano, y de ahí a la comisaría para declarar ante el sheriff.
– si… mejor salgamos… quiero subir esas dichosas escaleras de una vez…
– Le iluminaré el camino. ¿Ya podrá ascender por ahí? ¿No estará demasiado débil?
– Jesús, estoy en los huesos…
Había que subir las escaleras.
Todo había acabado bien. En un momento le ofrecía la espalda.
Fueron cinco segundos.
Los suficientes para darse de cuenta que perdía el conocimiento por el impacto de una barra metálica contra su nuca…
– chico malo… – dijo aquel hombre recién liberado de las cadenas. Portaba la barra entre ambas manos. Sonrió con malicia -. Te doy las gracias por haber intervenido, señor agente. Aquel tonto se me escapó y me había puesto las cadenas que tanto adoro… Pero una cosa es usarla con mis mascotas, y otra cosa es probarlas uno mismo…
“y quería matarme… no le gustaba cómo le trataba…
“en fin… vamos a quitarte esa ropa tan pesada y a ponerte las cadenas…
“eres muy robusto… tengo que evitar cometer el mismo fallo contigo…
“porque estoy seguro que si te sueltas, querrás hacerme picadillo.
Sin categoría
Katia
En uno de los meandros del río había una pequeña isla de arena blanquecina. El caudal solía ser muy escaso, por tanto se podía llegar hasta ella simplemente andando con el uso de unas botas de trekking. Dejó el coche aparcado y realizó el recorrido estimado en veinte minutos hasta llegar al lugar indicado. En la isleta no había nada. Era como una duna pero muy compacta, y como era una zona donde la erosión del viento no causaba grandes estragos y la propia corriente del río era muy suave, los contornos de la isla apenas variaba con el paso de los meses.
Ubicó su figura justo en el centro. Allí era donde se notaba la presencia. Era muy poderosa. Influía en su capacidad de concentración. Cerró con fuerza los párpados de los ojos y dejó caer sendos brazos al lado de los costados. Los relajó. No quería sentirlos.
Estaba allí.
Le estaba examinando.
Pasaron unos segundos hasta que supo que estaba en frente de él. Bastaba abrir los ojos y…
No. Entonces se marcharía.
Se reuniría con sus restos.
A saber cuándo murió.
Hace dos años. Tres.
La última chica secuestrada y nunca encontraba databa de hace tres años y medio.
Su aliento le fue palpando su rostro.
Se animó a contactar con su espíritu.
– Eres Jenas Kuntz, si no me equivoco – musitó en pleno trance.
Aquel aliento le cosquilleó la nariz como si fuera un chiquillo jugando con un adulto.
Al fin se asoció con su propio cuerpo y entró en su mente para corresponder a su pregunta.
“Sí, soy la persona que buscas.”
Tragó saliva. La maldad era infinita. La enfermedad corroía las entrañas de aquella entidad aún no estando ya viva.
– Soy…
“Eres Ivana Stress…”
– Si…
“Si te hubiera conocido hace unos cuantos años, estarías ahora conmigo.”
– De hecho ya estoy contigo.
“Sabes a lo que yo me refiero…”
– Me imagino.
“Eres una mujer preciosa… Como las otras… Preciosas mías…”
– Jenas, sabes que no dispongo de mucho tiempo. Se me van a agotar las fuerzas enseguida. Eres muy absorbente.
“Siempre lo he sido…”
– Si he seguido la estela de tu llamada es por Katia Burdinski. Te acuerdas de ella, ¿verdad?
Su cuerpo se tensó. Luchaba por no abrir los párpados. Algo, como una especie de escalofrío le recorrió toda la espalda hasta la rabadilla. Era una sensación desagradable y casi obscena. Como si aquello quisiera saborear la tersura de su piel.
– Jenas. ¿Qué hiciste con Katia? ¿Dónde la dejaste?
Sintió aquella gelidez deslizándose por el escote de su blusa, situándose entre el inicio de la separación de los pechos. Su cabeza estaba albergando los sentimientos perturbadores de la presencia. En pocos segundos vio los rostros de sus víctimas, uno detrás de otro. Doce chicas jóvenes y atractivas de edades comprendidas entre los quince y los veintiún años. Todas ellas asesinadas por Jenas.
Pero faltaba la cara de Katia.
– Jenas, ¿qué hiciste con Katia? ¿Por qué no me la muestras? – imploró angustiada.
No iba a poder mantener su conexión con Jenas por más tiempo. Estaba a punto de desmoronarse por el agotamiento mental y físico que ello suponía.
Entonces…
Sintió una segunda presencia. Más fuerte y más peligrosa…
“Soy Katia, Jenas.”
La segunda fuerza se enmarañó con la primera y entre las dos fueron recorriendo toda la anatomía de la médium. La fueron palpando con lujuria. Ivanna quiso abrir los ojos para abandonar el trance, pero no pudo. Sus labios exhalaron un gemido…
La segunda presencia le habló con desdén:
“No me has visto con las demás, porque NUNCA fui una de ellas”
“Jenas es todo para mí. Cuando lo conocí, le fui convenciendo de lo que teníamos que hacer para sentirnos más fuertes y poderosos”
“Y eso lo conseguimos dominando a las chicas…”
“A nuestras preciosas…”
“Como ahora te tenemos dominada a ti…”
Ivana luchó para desembarazarse del abrazo pecaminoso de las dos presencias insanas.
Luchó con denuedo.
Pero en vano…
A los pocos días una dotación de la policía local del valle de Gerst en la Renania localizó el cuerpo sin vida de la médium Ivana Stress en la isleta del río, a dos kilómetros de donde había quedado aparcado su coche. Estaba con evidentes signos de haber sufrido una brutal agresión sexual. Ese mismo día, rastreando ambos márgenes del río dieron con los restos de dos cuerpos. Correspondían a Jenas Kuntz y Katia Burdinski. Los resultados del laboratorio forense confirmaron que ambos habían muerto hacía tres años por ingestión de un veneno para las cucarachas mezclado con algún tipo de bebida alcohólica.
Avanzada la investigación, se supo que Katia, a quien sus padres habían contratado los servicios de la médium para averiguar su paradero, supuestamente raptada por el asesino en serie Jenas Kuntz, había sido desde el principio la cómplice y a la vez amante posesiva del conocido por la prensa estatal germana como “El asesino de las chicas preciosas”.
El caso quedó definitivamente archivado.
Reglas rotas
Se supone que siempre se impone la tregua en un camposanto. El odio acérrimo entre dos familias rivales puede llegar a ser ilimitado en cualquier rincón de la ciudad. La vendetta continua ocupa su sitio en franjas horarias indeterminadas. Pero un cementerio es inviolable. Y más cuando el motivo del mismo era el trágico fallecimiento de uno de los miembros más jóvenes del clan. Se llamaba Marcelo. Tenía diez años.
Murió atropellado de manera nada accidental por un Mustang Blackhorn. El tipo de vehículo característico de la familia Moblionne. Abordó al niño justo cuando cruzaba la calzada camino al colegio. Fue embestido y arrojado cinco metros lejos del paso de cebra. Después su frágil cuerpo moribundo fue aplastado por las ruedas del coche en cinco pasadas. Quedó completamente deshecho. Casi irreconocible para sus padres y su abuelo, Tito Conti. El Gran Patriarca. Juró venganza contra los secuaces de Pietro Moblionne. La vida de su nieto iba a ser correspondido por la de cinco menores de la otra familia. Lo tenía claramente decidido. Pero primero había que cumplir con los preparativos del velatorio, del entierro y del funeral del pequeño Marcelo. Era el período del LUTO.
48 horas de aplazamiento antes de tomarse el adagio del ojo por ojo y diente por diente.
El cortejo fúnebre se dirigió en completo silencio por las calles numeradas del cementerio de San Julio. Todos ataviados de negro, como correspondía. Las mujeres en llanto permanente. Los varones con gesto adusto y el ceño fruncido. El cura era de avanzada edad. Lucía una visera sobre la cabeza. Tenía cáncer y le quedaban meses de vida. Andaba encorvado y sin ganas de decir gran cosa, aparte de lo estrictamente necesario. Tardó en reconocer la figura de Tito Conti. A este no le agradó que preguntara por quienes eran los familiares directos del niño. Se daba por supuesto. Eran todos muy conocidos en la ciudad. Qué afrenta. El patriarca tenía decidido acortar la ignorancia del sacerdote con un comentario cuando su hijo Francesco le hizo una advertencia.
– ¡Padre! Detrás de esas tumbas.
Varias figuras ataviadas con uniformes de camuflaje y con los rostros cubiertos por pasamontañas negras estaban poniéndose al cubierto detrás de las lápidas. Era un número cuantioso. No menos de diez. Armados con Kalashnikov. Y protegidos con chalecos antibalas. Apuntaron de manera indiscriminada sobre todos los comparecientes al entierro. Algunos de los hombres de Conti intentaron responder al fuego de los hierros, pero no iban correctamente equipados para la refriega. ¡Estaban celebrando un ritual de despedida! Los cuerpos fueron cayendo uno detrás de otro. Uno de los últimos en precipitarse sobre la hierba fue la figura preeminente de Tito Conti. Medio agonizando, pudo ver acercarse a su lado a Pietro Moblionne. Portaba una beretta sin silenciador.
– ¡Tú! ¡Cabrón! ¡Estás rompiendo las reglas! – gimió Tito entre estertores.
El Capo de la familia rival le apuntó a la sien y apretó el gatillo sin inmutarse. Una vez verificado que nadie quedaba con vida, ordenó a sus hombres replegarse.
Estaba feliz.
Había aniquilado al clan de Tito Conti por completo.
La treta del asesinato del pequeño Marcelo había salido a la perfección.
Ya no habría más competencia en la ciudad.
A partir de esta fecha, su familia era dueña y señora de los negocios ilegales de Boston.
Al carajo con las rancias normas de la mafia.
Lo importante era prevalecer sobre el resto.
Ni más ni menos…
La inocencia de una piñata
Aquella gente me quería mucho. Demasiado, diría yo. Nada más adoptarme, me dieron de comer multitud de dulces sin parar. Me encantaban los caramelos, las piruletas, las gominolas, los chicles, los pastelitos y la fruta escarchada, pero llegó un momento en que no pude comer más. Estaba atiborrada. La panza resaltaba cosa mala. Había engordado un montón en un tiempo récord. En fin, con la digestión y una buena siesta, me imaginé que todo bajaría.
Estaba equivocado. Las mismas personas que me cebaron a base de bien, ahora me querían maltratar.
Vinieron con cuerdas. Me enredaron con ellas y las pasaron por las ramas de un árbol colocado en mitad del patio comunal. Tiraron de las cuerdas y me dejaron colgando en vilo, desesperado, con las cuatro patas al aire.
Pero lo peor aún estuvo por venir.
Los más chiquitines se quedaron cerca de donde yo estaba en fila de a uno. Al primero le vendaban los ojos y le armaban con una estaca de madera. Todos se pusieron a gritar con alegría.
¡No me lo podía creer!
Estaban instigando al pequeño para que me golpeara con la estaca. Como estaba a ciegas, iba dando vueltas sobre si mismo como borracho y lanzaba inofensivos golpes contra nada en concreto.
Terminó su turno y le llegó idéntica misión que cumplir al segundo. En este caso era una niñita muy mona.
Tras hacerla girar un par de veces para desconcertarla, estuvo haciendo el ridículo por todo el patio sin acercárseme lo más mínimo.
A los cuatro siguientes les pasó lo mismo.
Yo ya estaba súper tranquilo. Sabía que no querían hacerme daño. Que simplemente era un anzuelo que utilizaban para que la chiquillería se divirtiese de lo mal que lo hacía cada uno de ellos con la pésima puntería de su estaca.
Entonces le tocó el turno al último. Y este también falló.
Bueno, la diversión había llegado a su conclusión, pensé dichoso.
Ahora me descolgarán y me llevarán a un rinconcito donde poder echar la siesta reparadora que tanto echaba yo en falta.
Uno de los adultos que me ató, cogió la estaca.
– Ya que ustedes no han podido, niños, lo haré yo.
Se me acercó.
¡Me quedé de piedra! Enarbolaba la estaca. Dispuesto a golpearme.
– ¡Dale a la piñata! – gritaban los críos.
Y me dio de lo lindo, hasta reventarme, con todos los caramelos y golosinas saliendo disparados de mis entrañas en todas direcciones para regocijo de la chavalería.
Mientras, yo…
… dejé de existir.
Un robot dulce y cariñoso
El científico loco estaba orgulloso de su nueva creación. Llamó con prisas a su ayudante, un muchacho sin estudios y bastante zopenco.
– Solete, llama a la prensa. Tenemos que presentar esta obra maestra lo antes posible ante el gran público – le urgió.
– Como diga, profesor.
– Dígales que la rueda de prensa será en el pabellón deportivo de la universidad.
– Así se hará, profesor.
La hora escogida fue las cinco de la tarde. Desde el estrado del pabellón deportivo y ante tres periodistas locales, el eminente científico hizo las galas de presentar a su nueva obra.
– Señores. Ante ustedes el robot que solucionará los males del planeta. Les presento a X-300, en honor de los héroes de la batalla de las Termópilas.
Desde detrás de un biombo dispuesto en el escenario surgió una figura metalizada con forma de humanoide de casi tres metros de altura.
– X-300, te presento a una parte de la civilización humana – le dijo el profesor a su criatura robótica.
– Yo querer humanos…- dijo el robot con voz meliflua.
– Ohhh…- exclamaron los tres reporteros impresionados por la bondad del robot.
El robot alzó un dedo índice del tamaño de un espárrago de los gordos. Les hizo guardar silencio.
– No dejarme terminar la frase.
“Yo querer humanos… exterminados.
Y dicho y hecho, fulminó a los tres periodistas con el láser emitido desde los ojos. Los tres infelices quedaron hecho papilla.
El profesor se volvió cara al robot.
– Muy mal hecho, X-300. Eso tienes que reservarlo cuando te presente al presidente del gobierno. Tiene que ser una sorpresa.
– Lo siento, papá – se disculpó el engendro metalizado – Es que me lo pedía el cuerpo.
Volver a ser primera portada de un periódico
Era época de crisis. La situación laboral afectaba a buena parte de la población. Los salarios se congelaron. Los expedientes de regulación de empleo estaban a la orden del día. Ya no se contrataba de manera indefinida a nadie. Como mucho por meses. La incertidumbre rondaba los pensamientos de muchos, tornándose en preocupaciones que luego quedaban reflejados en el rendimiento posterior dentro del trabajo. Las propias empresas exigían cada vez más dedicación y esfuerzo personal, con el aliciente que si no se era lo suficientemente rentable, la puerta estaba abierta y al otro lado aguardaban en fila un número indeterminado de futuros candidatos a la usurpación del puesto laboral.
Así se encontraba Matías Ayúcar. Era un reportero de calle de un periódico al punto del cierre por descenso de ventas en los últimos meses. El redactor jefe le fue sincero.
– Matías. Primero van a empezar por reducir plantilla. Tú tienes cincuenta años y tienes todas las papeletas para irte a la calle. Además llevas una temporada sin producir noticias relevantes. Y el último artículo tuyo que fue primera portada data de hace más de una década.
– Ya, bueno. La sección en que estoy no es que de para paralizar al lector y dejarle sin habla durante cinco minutos seguidos – se defendió Matías.
– Chico, sabemos que esta ciudad no es Nueva York, ni Madrid o Barcelona. Pero no hay forma de que consigas una exclusiva. Y que conste que la inseguridad ciudadana ha aumentado con el paro y la presencia excesiva de inmigrantes sin papeles.
– Estamos hablando de una localidad de treinta mil habitantes.
– Más o menos.
– No esperarás que una banda de mafiosos se fije en una de las sucursales bancarias, se haga con rehenes y dispare una ensalada de tiros en la huída estilo sur de Los Ángeles.
– ¡Cielo Santo! Ni lo deseo. Pero está claro que los pocos sucesos reseñables se los lleva nuestra competencia. Siempre se te anticipan. Estás lento de reflejos.
– Bueno, no creo que esté tan lento.
“Por cierto, el café que te he traído está envenenado. Tardarás en pasar al otro barrio en menos de cinco minutos y con ello, volveré a ser noticia dentro de las páginas de nuestro diario de villa estrecha…
Csak játssz!, del grupo húngaro NOX
Petición de aumento de sueldo
Andrew Bullock era un necio y un inútil, pero que intentaran tomarle el pelo era otra cosa.
Enzo Giraldi tenía las oficinas centrales en una barriada de los suburbios metropolitanos de Chicago. Andrew estacionó su Buick destartalado justo al lado de la entrada, atropellando a dos hombres bien vestidos y con semblante impávido flanqueando las falsas columnas decorativas.
Ninguno de los dos se quejó. Murieron con las botas puestas.
Andrew se caló el sombrero de fieltro de los años cuarenta y atravesó el vestíbulo. La recepcionista lo vio llegar con el rostro incrédulo.
– Avisa al signore Giraldi que Andrew Bullock arde en deseos de verle – dijo el abrupto visitante a la nerviosa empleada.
La chica se lo comunicó por línea interna. Recibió las instrucciones oportunas y frunció el ceño, simulando un inicio de disculpa.
– El señor Giraldi está muy ocupado en este momento. Tal vez con cita concertada para la semana que viene – dijo tratando de no morderse las uñas.
– No puedo esperar tanto. Voy a subir a verle de inmediato – sentenció Andrew.
En ese instante le salió al encuentro otro de los esbirros del señor Giraldi.
Andrew forcejeó ligeramente con él, hasta lograr noquearlo de un certero puñetazo en el hígado. Se lo quitó de encima y ascendió al piso superior por las escaleras de mármol.
Cuando llego al pasillo central, le esperaban dos hombres empuñando pistolas automáticas.
Andrew se ocultó detrás de una esquina y los fue hostigando con su Sig-Sauer. La refriega duró un breve período de tiempo, el necesario para anular la agresividad de los dos pistoleros. Cuando pudo recorrer el pasillo hasta la antesala al despacho de Enzo Giraldi, sorteando los dos cadáveres, tiró la puerta derecha de una contundente patada y se enfrentó al capo italiano, quien estaba oculto debajo de la mesa de su escritorio.
Andrew estaba eufórico.
Lo tenía a su merced.
Dispuesto a tener que escuchar su reiterada petición de aumento de sueldo.
O ganaba más por sus prestaciones como asesino profesional, u hoy era el día que se quedaba sin jefe y sin empleo.
¿El suicidio de un limpia cristales americano?
No debió ocurrir de la manera en que todo sucedió. Patrick Wicks era limpia cristales de un rascacielos enorme de cincuenta plantas. Con su andamio móvil se manejaba con la gracilidad de un rinoceronte en una tienda de televisores de pantalla de plasma. Era muy torpe, desmañado, bruto y enérgico sobremanera. Por eso trabajaba siempre solo. No había ni un sólo compañero que quisiera compartir andamio con él al lado. Resumiendo, era un peligro público.
Tarde o temprano tendría que caer de cabeza sobre algún transeúnte despistado que estaba hojeando el New York Times. Aún así, el bueno de Patrick tenía la suerte de cara. Esa misma mañana, sobre las siete, su pie derecho se enredó en la cuerda, tropezó y cayó por la borda. Aulló como un descosido, viendo llegar la acera como punto de impacto, pero de buenas a primeras quedó estabilizado cabeza abajo en el piso treinta. La cuerda era la encargada de mantenerlo en vilo. Estaba gracias al cielo salvado. Le palpitaba el corazón a mil por hora, la adrenalina recorría su sistema nervioso como si fuera una corriente salvaje de electricidad y su insignificancia como un simple peso pesado aplicando sobre sí mismo los efectos de la ley de la gravedad pasaron a un segundo plano. Ahora solo quedaba que alguien se fijara en su situación para auxiliarle. Pensaba pedir socorro a gritos, pero era inútil. Estaba demasiado alto, alejado del suelo. Los transeúntes, de reparar en él, sería por verle y no oírle. Recordaba que tenía el teléfono móvil bien metido en el bolsillo del pantalón. Quiso alargar el brazo para recogerlo, pero la postura en que estaba colocado su cuerpo se lo imposibilitaba.
Así quedó colgando un buen rato.
Estaba tan excitado, que ni se dio cuenta que estaba colocado cabeza abajo frente a los ventanales del abogado Ben Sturro. El tipejo era conocido por haber defendido al mafioso ucraniano Igor Brekounivili en un proceso famoso llevado por el fiscal del distrito de Nueva York. El abogado lo hizo de forma tan poco convincente que el criminal fue condenado a triple cadena perpetua.
Patrick Wicks se entretuvo viendo como Ben Sturro recibía a dos hombres jóvenes en su despacho. Nada más invitarlos a que se sentasen, estos exhibieron sendas pistolas disponible de silenciador en cada cañón. El semblante del abogado fue de horror antes de morir baleado de mala manera. El de Patrick fue de estupefacción.
Los dos asesinos no huyeron del lugar del crimen. Estuvieron un rato revisándolo todo para no dejar el menor de las pistas.
Entonces uno de ellos se fijó en la figura extravagante del limpia cristales colgando invertido en el exterior de la fachada del edificio.
Patrick se volvió histérico perdido. Hizo lo que pudo por intentar aferrarse a la cuerda con las manos y subir a pulso la misma hasta alcanzar el andamio. Era una tarea de titanes.
Los dos asesinos a sueldo de Igor Brekounivili se dejaron de sutilezas y apuntando a través de los ventanales, dispararon con la intención de eliminar al testigo.
Patrick percibía los silbidos de las balas rozándole. Finalmente una de ellas atinó con la cuerda y quiso su destino que se precipitara en diez segundos de caída vertiginosa contra el suelo.
Mientras lo hacía, la boca de Patrick estaba abierta en su máxima expresión, con los ojos saliéndosele de las órbitas.
Instantes después los dos esbirros del mafioso encarcelado de por vida por la torpeza del abogado Ben Sturro abandonaban el edificio por la puerta de mantenimiento. De lejos vieron a la gente congregándose alrededor del cuerpo precipitado del limpia cristales.
Se detuvieron unos segundos.
– Buena distracción – le dijo el uno al otro. – Así tardará algo la policía en descubrir el otro cadáver.
– Tienes razón, Anatoly. La mala suerte de ese tonto nos ha venido bien.
Reanudaron su marcha a buen paso.
Ya solo quedaba informar a Igor del éxito de la misión.
Los leprosos de Chernobil
El puente era metálico y estaba en un estado muy herrumbroso. Debajo del mismo el río Pripiat desplazaba sus aguas contaminadas hacia el sur. Los soldados, revestidos de trajes protectores contra el nivel extremo de radiación estaban afanándose en la colocación de explosivos blandos a la entrada del puente.
– ¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡Les oigo venir! – urgió el encargado al mando del grupo.
Entre espesas nieblas llegaban aullidos y sonidos guturales, sin ningún tipo de traducción posible que los hiciera pasar por algún tipo de vocabulario humano.
Los soldados que estaban cubriendo a los artificieros apuntaron hacia las tinieblas con sus Kalashnikov. Dieron rienda suelta a sus temores mediante ráfagas innecesarias de munición malgastada en blancos inciertos.
– ¡No! ¡Alto el fuego! ¡Sólo cuando estén a la vista! ¡Estamos desperdiciando balas! – ordenó el sargento Trebelsi.
En ese instante mismo las cargas terminaron de estar montadas.
– ¡Al camión! ¡Ya! ¡Ya! ¡Ya! – los fue instando gesticulando con los brazos.
Se montaron todos y el vetusto vehículo militar fue atravesando el puente.
Al poco fueron surgiendo siluetas retorcidas y enfermizas entre la bruma.
Eran los supervivientes en la limpieza de la planta nuclear antes de la instalación del gigantesco sarcófago que aislaba el combustible diabólico del exterior.
El camión alcanzó la otra orilla.
Continuó huyendo del lugar hasta detenerse a una distancia prudencial.
Poco después los explosivos fueron detonados, destruyendo el puente y con ello la avanzada de la horda de seres mutantes deseosos de vengarse de quienes les obligaron a exponerse de manera tan temeraria ante la radiación de las instalaciones.
El sargento Treblesi se pasó el revés de la mano derecha para secarse el sudor de la frente.
Miró a sus hombres.
En sus rostros aún quedaba reflejado el temor.
– Vayamos a la zona segura. Allí celebraremos el éxito de la misión con vodka – les animó.
Al otro lado del río, entre la humareda emergente de los restos retorcidos del puente se vislumbraban con el uso de las miras de las armas las figuras dantescas de los repudiados. Sus bocas farfullaban palabras inconexas, llenas de odio en contra de los seres humanos que los habían dejado abandonados a su suerte.
