No minusvaloren al animal que gruñe. (Never underestimate the animal grunts).

 Bueno, aunque maltrecho, Robert “El Maléfico” vuelve, y con un relato algo largo. Lo he escrito en el día, porque ahora dispongo de horas, que hay que alejar la mente de la basura maloliente que prolifera por el planeta tierra, ja ja.
                   

                    15 de abril de 1990


                 07:50 horas.

                – “Aquí Moggie “Faster”, formando parte íntima de vuestra estrepitosa mañanita laboral, desde la Z451 de Glen Cove, Long Island, donde nuestras ondas fluctuantes se extienden por toda la zona septentrional de la bendita Costa Este neoyorquina.  Despiértense y relájense, conduzcan con puñetera mesura los que en estos momentos tengan el agravante de dirigirse a sus puestos de trabajo, y quienes haraganean en casita, ya sea dados de baja por enfermedad venérea o por un accidente profesional como agente secreto de la CIA, o simplemente escaqueándose de la ominosa presencia del jefe por una mañana (que echar una cana al aire cada cien años nunca viene mal), permanezcan atentos a nuestros servicios informativos. Precisamente les recomiendo que presten atención debida al informativo de las ocho de la mañana. Según Molly, hay una noticia tremebunda, que llena de desasosiego a las fuerzas públicas. Pero hasta que llegue ese instante, les voy a alterar los músculos sedentarios con el frenesí hertziano de Jimmy Hendryx, con su ardiente “Fire”, procedente del mismísimo epicentro del “Coloso en Llamas”.

                Luke movió la aguja del dial, sintonizando otra emisora más seria.

                – “… se cree que fue debido a la negligencia de uno de los empleados del turno nocturno, que al limpiar el comedero, dejó la puerta de la jaula simplemente cerrada, sin utilizar la pertinente llave de cierre como medida de seguridad. En estos momentos de plena confusión, dos dotaciones del parque municipal andan en su búsqueda y captura, con la inestimable colaboración de la Jefatura de Policía Local, amén del cuerpo comarcal de bomberos. Se requiere la mayor prontitud posible para la recuperación del mono, porque al pertenecer a una especie tan exótica y al carecer de la dieta alimenticia que se le sirve en el zoológico, el transcurrir de las horas podría redundar de forma negativa en el delicado organismo del animal.
                “Si alguno de ustedes detecta su presencia, hagan el favor de notificarlo a la centralita de la policía local, llamando para tal efecto al siguiente número:
                                                  1133

                “Repito de nuevo el número:

                                             1 – 1 – 3 – 3

                “Reincidimos en la relevante importancia de su recuperación para el zoológico de  Massapequa. Su pérdida sería irremplazable para el municipio, y en especial, para los jóvenes seguidores de las gracias y tiernas travesuras del mono-titi, bautizado con el nombre ya popular de “Poky”.

                Apagó la radio. Estaba ya próximo al edificio de acero y vidrio de la revista sensacionalista “Illustrated Matters”. Hizo introducir el vehículo por el acceso que conducía al aparcamiento subterráneo, descendiendo por tres rampas sucesivas y pronunciadas de hormigón armado, hasta adentrarse en la galería número siete, estacionándolo entre un estridente Mustang amarillo limón y un Talbot gris metalizado. Se pasó el pañuelo de seda fina que le había regalado su media costilla en las pasadas navidades por las muñecas de las manos, secándose el sudor frío tamizado por los finos poros de la piel discretamente bronceada.
                “Venga. Venga. No te echarás ahora atrás. EN ÉSTOS MOMENTOS.”
                Abrió la tapa de la guantera, recogiendo las gafas de sol Ray Ban ocultas entre un amasijo de panfletos publicitarios. Cerró los ojos, recapacitando por unos instantes.

                “Dios. La vida es como un tren. Sólo pasa una vez, y si lo pierdes…”
                VENGA. DÉJATE DE SIMILES. NO TE ACOBARDES. DEJA DE SER UN CONDENADO BLANDENGUE  POR UNA DICHOSA VEZ EN TU VIDA SOSA Y ABÚLICA.
                SE VALIENTE. DECIDIDO. ESTA EXISTENCIA TERRENAL QUE TE HAN PREDESTINADO ES UNA MIERDA.
                “Si tú lo dices…”

                Su identidad física resopló para liberar parte de la presión que lo martirizaba con la consistencia de un fármaco laxante y salió decidido a consumar lo que llevaba planeando desde la última semana, caminando resueltamente hacia una de las puertas automáticas de los ascensores alineados al fondo de la galería siete. Cuando se abrieron las puertas, se incorporó en su interior con la presteza aparejada a la impaciencia. El ascensor hizo plegar los cierres herméticos en silencio reverencial, disponiéndose a elevarle hacia la azotea de pizarra del obelisco metropolitano.


                09:05 horas.

                – “Bien, chicos y chiquitas. Tras escuchar este temilla molón de la insuperable Tina, vamos a proceder a la tercera tanda de llamadas, enmarcada dentro de nuestras “Confesiones Íntimas al Resto de la Nación Americana”.
                (un breve impasse de incertidumbre)
                – “Disculpen esta breve desconexión. Una vez que la eficaz y sensual Molly se ha hecho con los mandos en la sala de control, poseídos por unos instantes por los traviesos duendecillos de las ondas, vamos a recibir las divagaciones introspectivas del primer oyente de este tercer lote de dislates parlantes. Recordemos que se accede a esta línea de diálogo desenfadado cada cuarenta y cinco minutos, en horario de emisión desde las siete de la mañana hasta las diez. Para entrar en contacto con un servidor, no hay nada más que marcar el 123-45-71 y jurar sobre la biblia que todo lo que usted diga luego podrá ser utilizado en su contra en la declaración de la renta.
                “Bien, parece que ya tenemos una llamadita presurosa por salir al aire.
                “¿Está usted ahí?
                – “¿Moggie Faster? ¡Coño! ¡Estoy teniendo un comienzo de día de la leche!
                – “Sí, soy EME-EFE. Tú debes de  ser… ¡un atún en escabeche! Ja, ja. Molly me muestra el cartel con tu nombre de pila. Te llamas Isaías, ¿verdad?”
                – “Ajá.”
                – “Te podrís extender un poco, jolines.”
                – “¿Cómo dices?”
                – “Quiero referirme a que, aparte de tu nombre de pila, tendrás un apellido distintivo que se ocupe de adornarte como si fueras un arbolito de Navidad.”
                – “Me llamo Isaías Douglas Brooks.”
                – “Bien, Isaías. ¿A qué se debe tu telefonazo? Aunque de paso también podrías indicarnos desde dónde nos llamas.”
                – “Llamo desde Massapequa.”
                – “Eso queda en el acojonante condado de Nassau, Long Island, amigo.”
                – “Je, je. Así es, Faster.”
                – “¿Y el motivo de la conferencia interurbana?”
                – “Verás, Moggie. Estoy en una cabina telefónica, situada en la calle George Washington, justo enfrente de la “Illustrated Peak”.”
                – “¡Uaoo, Isaías! Ese es un rascacielos despampanante de guapo. Si es que no me confundo de edificio.”
                – “No. No andas mal encaminado, Moggie. Es un edificio de oficinas, donde aparte de tener el Manhattan Bank la sede principal, está una de las delegaciones de la revista “Illustrated Matters”, motivo fundamental por el cual se conoce a ese bloque de vidrio, acero y hormigón.”
                – “Sí. Sin duda es una de las Ochenta Mil Maravillas del Mundo.”
                – “Bueno. A lo que iba, Moggie…”
                – “Adelante, Hermano Isaías. Abre tu corazón hermético y emponzoñado al mundo de las ondas. Se te otorga el don de la ubicuidad.”
                – “He vislumbrado la presencia del mono.”
                – “Carajo, chico… Ese ruido de papeles arrugados se debe a la cantidad de folios dispersados sobre mi mesa. De la impresión, acabo de estropear una fotografía ampliada de Mariah Carey, disimulada entre las páginas de mi guión. Y si me cargo a la musa de mis sueños, es que la noticia me ha afectado más de lo debido. Cuando se me hace partícipe de tamaña información en forma de exclusiva, me cala hondo, me acelero y empiezo a recitar los versos de Bob Dylan en un rapeo agitadito.”
                – “¿No te estarás mofando de mí, Moggie?”
                – “Por Dios, muchacho. Es que ese renombrado mono-titi aparece ya hasta en la sopa Campbell.  ¿No lo podrías dejar mal aparcado en la mitad de un paso a nivel, encaminándote hacia otros derroteros más interesantes?
                “Carajo, Moggie Faster, purifícate el alma porque acabo de ver al angelical Poky…” “Menuda exclusiva con más poca chicha que me das, nene.”
                – “En primer lugar, para que te enteres, no se trata de ese puñetero mono-titi del zoológico.”
                – “¡Efectivamente, Isaías! ¡Era uno de los hijos raciales y desgarbados de la sociedad desorganizada americana, fugado de uno de los correccionales estatales!”
                – “Tómame en serio, tío. Se trataba de un simio enorme.”
                – “Enormemente grandioso como el dolor de cabeza que me estás ocasionando al insistir con las andanzas del repelente monito.”
                – “Pero, Moggie. Era grande. Medía casi los dos metros de alto y era tan corpulento como Pat Ewing.”
                – “Más vale que Pat no sea un oyente asiduo, porque si no estamos perdidos.”
                – “Escucha de una puta vez.”
                – “Antes de que prorrumpas en epítetos descalificativos hacia la emisora y un servidor, quiero integrarme en este galimatías que estás ofreciendo en vivo y directo, Hermano Isaías. Veamos. ¿Cuántas cervezas has trasegado en el Pub de “La Cierva Ebria”?”
                – “No soy un maldito borracho de fin de semana, Moggie. Mi profesión es estrictamente callejera,  cierto, pero profundamente honrada. Soy un barrendero municipal, y al limpiar la parte posterior del edificio, pues esa zona me compete, aprecié como una sombra alargada y ligeramente encorvada hacia delante, iba dirigiéndose por el muelle de carga y descarga, que por cierto, a algún memo del servicio interno del rascacielos se le ocurrió dejar la persiana metálica a medio bajar, para que entrase cualquiera.”
                – “Y se le ocurrió buscar un cálido refugio a un indigente de la comarca.”
                – “No. Me acerqué valientemente a hurtadillas, y cuando estaba a punto de perderle de vista, con la luz dilatada de uno de los focos dispuestos en un soporte del edificio, pude vislumbrar la espalda peluda del animal. Aquello era un gorila.”
                – “¿No sería el dichosamente añorado Poky?”
                – “¿Qué dice?”
                – “El abominable mono-titi trasladado el año pasado al zoo desde Tailandia, y en paradero desconocido desde esta madrugada.”
                –  “Que va. Era un maldito orangután de dos metros y medio de envergadura, que caminaba resueltamente erguido a dos patas, eso sí, bamboleándose de lado a lado como el dichoso King Kong.”
                – “¿No habíamos quedado en que era un gorila?”
                – “Oye, tío. Sólo soy un modesto barrendero de ciudad. Un absoluto profano en la zoología. Para determinar su especie, están los biólogos.
                – “Relájate, Hermano Isaías. Que si no mando a Molly que corte la llamada.”
                – “Una vez dentro, recogí el capazo de los utensilios, el carro de la basura y me alejé calle arriba todo escopetado. Para recuperarme de la impresión, he consumido dos tilas. Ahora que estoy más sereno, he decidido dar el paso adelante, para afirmar de la existencia de ese bicho peludo.”
                – “Dime una cosa. ¿Por qué no se lo has notificado a la policía? ¿O a los Bomberos?”
                – “Joder, Moggie. No me creerían.”
                – “Así que te basas en el inmenso poder que desde nuestra emisora ejercemos sobre el gobernador de Nueva York, para que tu chifladura sea tomada en serio.”
                – “No, coño. Creía que con tu influencia desde las ondas, lograrías convencer a la policía para que actuase en consecuencia, dado el peligro que representa que ese animalejo ande suelto por la ciudad.”
                – “Yo no he visto a Poky, Hermano Isaías. Por desgracia, tampoco hay ninguna recompensa por facilitar su captura, aparte de entradas con descuento para un fin de semana si tuviese hijos, cosas de las que afortunadamente aún carezco dentro de mi matrimonio de conveniencia con una chica samoana por el tema de conseguirle así la tarjeta verde, je, je.”
                “Y presumo que tú TAMPOCO lo has visto. Tu imaginación hiperactiva mañanera te ha debido de jugar una mala pasada. Todos solemos estar medio tarados a las siete de la mañana, hermano.”
                – “Estaba en sano juicio. ¡ESTOY EN MIS CABALES! Dios, era un simio enorme.”
                – “Bueno, chaval. Al menos los inquilinos del susodicho edificio ya están puestos sobre el aviso de la invasión de cucarachas. Así que ya saben. Sólo les quedar llamar a una brigada de exterminio de bichejos, ja, ja.”
                – “Pero, Faster. Moggie. Cabrón, escúchame sin luego burlarte, coño.”
                – “Lo siento, Hermano Isaías, pero no vas a ganar tu huequecito en el Cielo con esa boca tan sucia, y menos con las mentiras tan gordas que sueltas para que un trocito de los Estados Unidos te escuche boquiabierto todas las chorradas que estás profiriendo desde hace cinco minutos que estás con nosotros. Recapacita, ya has consumido más fama de la necesaria. Hay que dar paso a más oyentes. No hay que ser egoísta.”
                – “¡Condenado Moggie! ¡Así te den! “
                – “Se agradece tu interés desmedido por los simios.”
                Sin esperar a más, la chica de control cortó la conexión.
                Moggie Faster se comunicó con ella a través de gestos muy explícitos. Sin duda era el primer latazo indigesto de la tercera ronda de llamadas. A ver si con el siguiente radioyente del programa había mucha más suerte.


                09:17 horas.

                “ATENCIÓN UNIDAD DOCE, ATENCIÓN UNIDAD DOCE. DEJEN LA BÚSQUEDA DE FORMA INMEDIATA, CENTRÁNDOSE EN DIRIGIRSE AL RASCACIELOS DE LA REVISTA “ILLUSTRATED MATTERS”, UBICADO EN EL 27 DE LA CALLE GEORGE WASHINGTON.”
                “REPITO: DIRÍJANSE AL 27 DE LA CALLE GEORGE WASHINGTON.
                HAY UN SUJETO ERGUIDO SOBRE EL PRETIL DE LA AZOTEA, CON CLARAS INTENCIONES DE SUICIDARSE.
                REPITO: TENTATIVA DE SUICIDIO EN LA AZOTEA DEL EDIFICIO COMUNMENTE CONOCIDO COMO LA “ILLUSTRATED PEAK”.”

                -Recibido.
                El agente Tony López contempló con descarada burla incontenida a su compañero de patrulla que iba al volante.
                – Se te acabó el safari urbano, Norman – le dijo, sonriendo como un payaso de circo jubilado en la década de los sesenta.
                Norman meneó su inmensa humanidad sobre el asiento de cuero desgastado, agitando la cabeza al igual que el toro que recibía el sorpresivo primer par de banderillas en pleno lomo, indignado hasta la coronilla.
                – Cojones de tío. Tenía que salirnos un gilipollas con escaso apego a la vida, ahora que andábamos relativamente cerca del rastro del mono ese. Adiós a las expectativas bien fundadas de lograr un buen ascenso y aumento de sueldo.
                – ¡Adiós, adiós! – se le mofó López, despidiéndose simbólicamente del ascenso, haciendo oscilar la palma de la mano derecha.
                Norman se puso colérico, como si le hubiesen inyectado una triple dosis de bilis.
                – ¡Que te fumiguen, López! Nunca te tomas nuestra profesión en serio. En un futuro no muy lejano me veo depositando un tiesto de geranios de plástico sobre la lápida de tu tumba.
                López se vio invadido por un acceso de hilaridad.
                – ¿Ah, sí? ¿Eso piensas?
                Su compañero le clavó la mirada por el espejo retrovisor.
                – Sin dudarlo – sentenció.
                – Vaya, vaya. Si antes no me precedes tú, aquejado por los síntomas inherentes a la inanición precoz – siseó López, cosquilleándole la notable barriga con la punta de la porra.
                Norman se tragó los mocos, apretando el volante entre las manos para evitar descarrilar el vehículo contra un buzón de correos. Frenó a tiempo, retorciendo el cuello hacia López.
                – ¿Estás loco o qué? A pocas nos estampamos contra el jodido buzón.
                El otro agente estalló en una nueva sucesión de carcajadas.
                – Eres muy deficiente como conductor, Norman. Demasiado inútil. Un conductor competente, se habría estrellado contra el escaparate de esa pastelería.
                Norman puso todo su empeño para auto controlarse. Resultaría tan fácil extralimitarse en sus funciones como representante de la ley. Tan sencillo, que no merecía la pena siquiera intentarlo. Quince años de carrera en el cuerpo no podían desperdiciarse en una absurda pelea con aquella persona de tan poco fundamento. Respiró para sus adentros, haciendo regresar el vehículo sobre la calzada, haciéndolo doblar por la intersección de las calles “Brisbane” y “New Hope”, dirigiéndose con posterioridad como una centella hacia la “George Washington”.




                09:21 horas.

                Luke permanecía rígido como una escultura de cuerpo entero de granito, atontado por el efecto distorsionador del vértigo. Observaba, fascinado y aterrorizado a la vez, el hormigueo incansable de curiosos insanos, depredadores del morbo, observándole recíprocamente desde el lejano firme, doscientos metros más abajo, en las inmediaciones del rascacielos.
                Anduvo unos pasos descompuestos por el reborde del pretil.
                Contuvo la respiración.
                El público asistente rugió preso del pánico y la inquietud.
                – ¡No! ¡No te tires!
                – ¡No lo hagas!
                – ¡Reflexiona por unos instantes: La vida es bella!
                – ¡Piensa en tu futuro!
                – ¡En cómo dejarás a tu familia!
                – ¡Reconocemos que Priscilla cocina fatal, pero no es un argumento lo suficientemente consolidado como para…!
                Eran voces lejanas, preternaturales, difícilmente captables a partir ya del décimo piso, y muchísimo menos por el sistema auditivo de Luke, pues si el capricho de lo imposible hubiera querido que las escuchara, las rachas del viento que azotaban en la cúspide del edificio las hubiera deformado, alterando su posterior significado.
                Luke se tapó los ojos con las manos, balanceándose sobre el pretil de acero de apenas medio metro de alto. Silbó los acordes de la emotiva canción “Save the last dance for me”, de “The Drifters”, a modo de sedante.




                09:25 horas.

                Norman estaba firmemente decidido en hacer zanjar el asunto escabroso del suicidio en menos tiempo del que se tardaba en liarse una tagarnina arrebatada a un “camello” de poca monta. Ni siquiera estaba dispuesto a esperar la llegada del psicólogo. Estacionó el coche patrulla enfrente del “Illustrated Peak”, subiendo el flanco derecho por encima del bordillo de la acera, espantando a propios y a extraños, abstraídos en la contemplación de la oscura silueta, recortada en su indecisión permanente en lo alto del edificio. Hizo apagar la estridente sirena y las luces de destello intermitente del techo, bajando acompañado de Tony López. Se abrió paso por la multitud aglomerada, balanceando la porra con efecto intimidatorio, espetando a los presentes a grito pelado:
                – ¡Paso! Dejen paso. No estorben. No obstruyan la labor de la policía.
                Iniciando la subida de la escalinata de tan tremendo edificio, les abordó un sujeto mestizo de corta estatura, espantosamente acicalado, ataviado con un traje de pata de gallo, que le quedaba profusamente grande y holgado. Cogió a Norman del antebrazo derecho sin miramientos, deteniéndole en su precipitada ascensión.
                – ¡Qué diantres! – bramó el policía en pleno rostro del recién llegado.
                – Miren. El individuo está ahí arriba – les señaló a ambos aquel hombre horriblemente trajeado. Inmediatamente se les presentó como el Redactor Jefe de la revista “Illustrated Matters”. – El empleado se llama Luke Dorchester. Lleva cinco años en la sección de sucesos violentos. Por amor de Dios, por el prestigio de nuestra empresa, eviten la desgracia que se nos cierne encima.
                El policía robusto se contuvo por segunda vez en lo que llevaba de servicio, contando hasta cien de diez en diez. Cuando desaparecieron los rescoldos atribuidos al deseo ferviente de deshacerse del Redactor Jefe de un empellón escalones abajo (eso serían unos veinte metros de caída), lo miró con cierta fijeza a los ojos, casi insensible a la tragedia humana.
                – Se evitará en la medida que se pueda. Dígame, ¿el memo está desesperado por algún motivo de faldas? ¿Ha sufrido más broncas de las debidas últimamente en el trabajo?
                – No.
                – ¿Decepcionado por no escalar en la estructura organizativa de la empresa?
                – Nada de eso. Luke ya sabe que es un periodista muy mediocre y que nunca llegará a nada.
                – ¿Anda sumido en alguna depresión psicológica, de índole afectivo?
                El Redactor Jefe asintió apresuradamente a la última de las hipótesis barajadas por el grueso agente de policía. Su rostro ovalado y enjuto era todo un poema mal rimado.
                – Sin duda todo tiene que relacionarse con el reciente fallecimiento de su padre. Murió de cáncer intestinal. Tenía costumbre de abusar de salsas picantes mejicanas.
                – No me diga – Norman entrecerró los ojos, mirando a López por el rabillo del ojo.
                – Sí. Debió de resultarle todo tan penoso para él, que supongo que aún no ha logrado asimilar la pérdida. El cáncer no sólo mata a los seres queridos, sino que deja unas secuelas del todo depresivas en los familiares de los afectados, quienes velan día y noche en los hospitales, día tras día, esperando el desenlace final. Es tal la tensión que se acumula, que llegado el instante del fallecimiento, se sumen en una postración anímica, y el abatimiento general se apodera de ellos. En mi opinión, éste es el caso concreto ante el que nos hallamos.
                – Disculpe. ¿A qué caso se refiere?
                – Dios mío. ¡El caso de Luke! – el Redactor Jefe apreció por fin la frialdad de Norman. No tardó ni medio segundo en experimentar animadversión hacia el agente. – Dispuso de un año sabático, pero al parecer no le ha servido de nada. Además está Priscilla.
                – ¿Y esa, quién es? ¿Su fulana de medianoche?
                – ¡No! Es su mujer. Es terrible. Un verdadero tormento chino – el jefe de Luke Dorchester enfatizó en la presunta crueldad de la esposa del empleado, arqueando los dedos de ambas manos, enseñando la fila superior de la dentadura y entrecerrando los párpados, presentándola como una bruja medieval que mereciese ser arrojada a las llamas purificantes de una hoguera inquisitorial – Es fea de narices, no se calla nunca y encima la individua es miembro integrante del Ejército de Salvación.
                Norman alzó nuevamente el rostro, en búsqueda de la localización visual del suicida.
                – Ese petimetre no se lanza. Lo digo yo.
                “Antes caeremos los dos – sentenció con nula delicadeza, reanudando la ascensión por la escalinata, entrando definitivamente en el edificio.
                Con Tony López pisándole los talones, cruzaron el desértico vestíbulo de recepción, enfrentándose a los ascensores. Tony se fijó en algo que le llamó seriamente la atención. Estaba depositado en un rincón, cerca de un dispensador de agua.
                – Mire lo que hay aquí, Gran Jefe.
                – ¿Qué demonios es eso?
                – No sé. Tiene una gran similitud con algún tipo de excremento.
                – Increíble – suspiró Norman, asqueado al comprobar como su compañero no erraba en la descripción de la acumulación de textura blanda y oscura en forma de una enorme morcilla.
                Se olvidaron de la deposición al abrirse uno de los ascensores. Norman le indicó taxativamente a su compañero que permaneciera allí, mientras él ascendía hasta la azotea para dar buena cuenta de la locura emocional de Luke Dorchester.
                – No quiero que ningún pretencioso botarate que se las dé de psicoanalista aficionado se nos cuele y nos lo estropee todo.
                Dicho esto, entró en el compartimento, pulsando el botón del último piso. Su rostro rojizo y medio congestionado por el sobrepeso desapareció de la vista de Tony López conforme se iba cerrando la puerta del elevador.



                09:32 horas.

                No había nada mejor que asistir al proceso de retractación mental de un suicida de sesera lúcida y pensamientos coherentes (aunque esto último le sucediera de muy tarde en tarde).  Si ya de por si el involucrado andaba dudando si merecía la pena impulsarse de cara a dar el salto definitivo al vacío, la simple presencia hinchada y engreída de Norman, ejercitando sus escasos recursos de psicología persuasiva, terminaría por hacerle desistir de su mortal empeño antes de lo previsto. Tamaña decisión influyó en el cambio de ánimo del policía, haciéndole recuperar parte del humor difuminado al poco de haber recibido por la emisora central la orden de abandonar las pesquisas que hubieran conducido al escondite eventual de Poky, el celebérrimo mono-titi del Zoológico de Massapequa.
                – Me alegro sinceramente por el apego que aún le tiene a la vida, señor Dorchester – le felicitó, destilando unas escasas gotas de humanidad, no más allá de las necesarias para una loción del afeitado.
                Cuando iba a estrecharle la mano, algo crepitó a la altura de su cintura, en la cadera derecha. Era el walki talki que colgaba de su cinto. Lo sacó de la funda y se lo aplicó al oído.
                – Diga, López.
                – “¡Ya está…! ¡Ya está…!” – barbotó su compañero, excitado.
                Norman enarcó las cejas en sendas medias lunas invertidas de manera horizontal.
                – Si. Todo está ya bajo control.
                “El señor Dorchester se lo ha pensado mejor. Ahora mismo bajamos para cumplimentar la denuncia en su contra por alteración del orden público.
                El crepitar a huevos fritos se intensificó notoriamente al otro lado del walki-talki.
                – “¡Dios! ¡Los excrementos del dispensador del agua! Entonces… El mono… ¡Es el mono!”
                – Entendido. Ahora mismo iremos a por ese bicharraco peludo, si es que aún anda perdido por estas cercanías. En cuanto bajemos y tramitemos la denuncia.
                López gritó con fiereza.
                – “¡No me entiendes, joder! ES EL MONO. ¡EL PUTO MONO!
                La comunicación se cortó de forma abrupta.
                Norman se pasó la mano por las entradas avanzadas de su cabellera rala. Le sonrió a Luke, sacudiéndose los hombros como un boxeador al poco de subir al cuadrilátero para ser presentado por el animador central ante el público asistente al evento deportivo.
                – Es que andamos detrás de la pista de un mono que se ha escapado esta pasada madrugada del zoo municipal. Se ve que mi compañero está más que ansioso por echarle el lazo encima. Lo más curioso del asunto, es que hasta hace poco, el asunto de la captura se lo pasaba por la entrepierna. Si hasta se lo tomaba a cachondeo, el muy hijo de su madre – se explayó en la explicación ante Luke.
                Observó detalladamente la fisonomía depresiva del periodista. Su semblante taciturno se iba tornando asombrado a medida que iba hablándole del cerco de la policía en la captura del mono-titi. En la subsiguiente frase surgida por su boca incansable, el rostro alargado de Dorchester se tornó perplejo. Segundos después le vio crispado. Más tarde se puso rígido como el cemento cuajado.
                – ¡El mono! – musitó, sin apenas mover los labios.
                – Sí. Se trata de un animalejo enano y con algo de pelo, dócil y sumiso al permanecer un tiempo en rigurosa cautividad, habituado al contacto humano. El despliegue organizado por los mandamases del Ayuntamiento, a mi modo de ver, es demasiado colosal para semejante incidencia. Hasta estaría por apostarle el sueldo íntegro de toda una semana de duro y farragoso trabajo, a que con el simple acicate de un racimo de plátanos bastaría para atraerle hasta mis brazos, como un panal de rica miel reconforta la glotonería de un oso Grizzli.
                Se recolocó el transmisor receptor en la funda del cinto.
                Luke Dorchester se puso lívido como la espuma cremosa de un detergente de lavadora industrial, alargando el dedo índice de la mano diestra por encima del hombro del policía, apuntando más allá de su espalda.
                – El mono. Dios con el mono – musitó a duras penas.
                – Tranquilícese, señor. Que no se trata de ningún King Kong contemporáneo, estimulado a base de irrigaciones subcutáneas de hormonas de elefante, ja.
                Luke le golpeó en el prominente pecho con la palma de la mano extendida, tirándose de los cabellos rizados con la otra.
                – Cojones. ¡MIRE DE UNA VEZ A LO QUE HAY DETRÁS DE SU ESPALDA!
                – Pero qué dice…
                Norman se volvió, con una sonrisa sardónica tatuada sobre sus labios carnosos. Sin duda el pobre hombre estaba sufriendo una segunda crisis de ansiedad.
                Cuando vio la inmensa sombra irregular que se cernía sobre ellos, su mandíbula abultada y relajada quedó colgando, desencajada por la impresión de lo que vio ante sí.
                El gigantesco y poderoso gorila, de dos metros de altura y doscientos setenta kilos, gruñó coléricamente, bamboleando el peso de su cuerpo de una pata a la otra, apoyándose sobre los miembros superiores en un extractor de aire acondicionado. Las aletas de su nariz chafada se dilataron, olisqueando el aire denso de la ciudad.
                – Lleva por lo menos un minuto entero detrás de usted. ¿No ve la puerta abierta que conduce a la azotea? Por inadmisible que parezca, ha debido de haber subido por ahí. Sin duda ha abierto la puerta con la zarpa. La otra, por la que ambos hemos subido, la de la trampilla de emergencia, es demasiada estrecha para su  volumen corporal.
                – Jesús. Joder con el animal.
                “Menudo puto mono…
                – No se esté quieto como un pasmarote. ¡Dispárele!
                “¡DISPÁRELE!
                Pero el agente no le escuchaba. Estaba paralizado por el terror con la inmovilidad de una planta enraizada en su maceta.
                – El mono – era todo cuanto se aventuraba a pronunciar, sumido en un estado de shock, cercano a la catalepsia.
                El gorila alargó sus interminables brazos, asiéndole de una pierna y por el cuello. Lo alzó en todo lo alto, como quien puede sostener sobre la yema de un dedo un lapicero.
                La sombra abultada y deforme de Norman quedó proyectada sobre la figura encogida de Luke Dorchester, que estaba apoyado contra el borde del pretil.
                El policía no pudo soportar tal horror, perdiendo el conocimiento y convirtiéndose en un pelele para el animal.
                El simio dio dos pasos al frente, acercándose hacia la afligida fisonomía del periodista de sucesos de la revista “Illustrated Matters”.
                – Quieto – masculló Luke, queriendo razonar con aquella bestia.
                “Monito lindo. Tu amigo Luke no te va a hacer ningún daño. Tan solo deja que baje por esa trampilla. Y que pueda coger el ascensor de la entreplanta…
                “Lindo animalito. ¿Qué piensas que voy a hacer? ¿Qué…?
                Los ojos embetunados del gorila agresivo se encargaron de indicarle claramente todo cuanto pretendía que hiciera.
                – ¡NO!
                El simio dio un paso adicional, y sin apenas coger impulso, le arrojó encima el cuerpo voluminoso del agente.
                – ¡NOOOO!
                Ambos cuerpos entrechocaron entre sí como sendas bolas de petanca, perdiendo el saludable equilibrio sobre el pretil y más allá del mismo, cayendo al vacío, atraídos por la fuerza ineludible de la gravedad.
                Conforme se precipitaban hacia el punto y final de sus vidas anodinas, aleteando los brazos con etérea esterilidad, tanto Norman como Luke Dorchester evocaban incesantemente una sui géneris letanía, oráculo del cataclismo final:
                – ¡EL MONO! ¡ES EL MONO!




                09:40 horas.

                La frugal defenestración del periodista y del policía local duró cinco nimios segundos. Cayeron en picado, amortiguados por el techo del coche patrulla. Al poco de recogerles el vehículo con la precisión de un guante de béisbol del jardinero central (“center fielder”), el techo se hundió por el peso en conjunto de la pareja, y a consecuencia del brutal impacto, cedió con la debilidad de un toldo de paja seca, con la sangre esparciéndose en chorretones, salpicando a los espectadores más adyacentes al coche.
                El Redactor Jefe asistió perplejo al inesperado resultado final. Pasados los segundos de indecisión, con los miembros del equipo auxiliar de las ambulancias prestándose a la retirada de los restos sanguinolentos de los cuerpos siniestrados, procedió a subir de dos en dos los escalones de la escalinata principal del edificio, entrando en la “Illustrated Peak”.
                – Maldita sea.
                No había ni rastro del otro agente. Recorrió un corredor alternativo y lo encontró apoyado de frente contra el expendedor de goma de mascar. La postura era denigrante para un integrante del cuerpo local de la policía. Daba la impresión de estar recuperándose de los efectos nocivos de una borrachera descomunal, abrazando la máquina para evitar caer redondo contra el mármol del suelo.
                Se le aproximó, rojo de indignación, con el nudo de la corbata aflojada y la americana doblada en tres pliegues sobre el brazo derecho.
                – ¡Esto es la repanocha! – estalló de ira. – Lo de su compañero es de juzgado de guardia. No sólo no ha logrado persuadir al señor Dorchester de arrojarse desde la azotea de esta edificación, sino que se ha sumado al festejo luctuoso por iniciativa propia.
                El agente Tony López permanecía inclinado frente a la máquina expendedora, haciéndole caso omiso.
                – Le exijo que adquiera una postura más acorde con el puesto que desempeña usted en la sociedad americana. De este comportamiento poco profesional y vergonzoso, se podría deducir que está usted más próximo a criar malvas que a otra cosa en cuanto presente una demanda contra la policía local por la pésima gestión del incidente de nuestro empleado.
                Posó la mano izquierda sobre uno de sus hombros alicaídos.
                – ¿Me oye, agente? ¿Presta atención a lo que le estoy diciendo?
                El simple roce con la clavícula bastó para derrumbarle, mostrándole en su marchita caída la simplicidad de las sienes desolladas, con el cráneo machacado a base de bien contra el canto del expendedor de chicles. Un rostro estampado una y otra vez contra el frío metal, hasta poner el hueso de relieve, con una tosca lobotomía del tamaño de una medalla olímpica trepanada en el frontal.
                – ¡Pero qué…!
                Del orificio practicado en la parte delantera del cráneo, los sesos bruñidos surgieron al exterior, escurriéndose sobre las baldosas como los espaguetis por entre las púas de un tenedor.
                Le entraron náuseas. No pudo resistirse a la tentación de vomitar la mayor parte del desayuno sobre los zapatos reglamentarios del policía muerto.
                – Aggg. Qué asco.
                Medio doblado sobre el cadáver, pudo percibir el sonido electrónico correspondiente a una de las puertas de un ascensor de apertura mediante célula fotoeléctrica, abriéndose de par en par. Un gruñido cavernoso se desplazó por el corredor bifurcado del vestíbulo.
                Resonó la plenitud de su respiración, la incertidumbre de sus pisadas envolventes, como si caminara sobre papel celofán.

                “plas-plas-plas-plas”

                Se volvió de rodillas, y lo vio.
                Cuando quiso gritar, una de las zarpas del inmenso animal velludo se ciñó sobre su garganta frágil. Los dedos del Gran Dios Mono apretaron con la brutalidad de una llave inglesa, dejando el rostro incoloro del Redactor Jefe de la revista “Illustrated Matters” amoratado en igual tono que el presentado por la piel de una berenjena.
                – Uggg –uggg-uggg – masculló el animal.
                Centralizó la furia sobre la tráquea. Apretó de lo lindo hasta dejar el cuerpo asfixiado e inerte al lado del cuerpo tendido de Tony López.
                Cuando medio minuto después el gorila indómito cruzaba por debajo de la marquesina de la puerta principal de acceso al rascacielos de acero, vidrio y hormigón, la multitud, hasta entonces congregada en cierta armonía, huyó despavorida, gritando entre dientes:
                – ¡EL MONO! ¡ES EL MONO!
                Cierto, pero ahondando en su especie, no se trataba del delicado y simpaticón mono-titi, apodado “Poky” por los gestores del zoológico municipal de Massapequa.
                Para desgracia de los residentes, era un demonio asesino con forma de primate, sumamente enfurecido por el trato recibido por sus cuidadores.




               Retorno al pasado más cercano.
               09:30 horas.

                – “… tras esta cuña publicitaria, la grácil y muy servicial Molly me pasa un comunicado de ultimísima hora, procedente de los servicios informativos de la emisora central, en el cual se nos informa de la espectacular fuga de un gorila ruandés de un circo ambulante rumano, ocasionando la muerte de tres de sus cuidadores. Actualmente está en paradero desconocido. A nuestros oyentes les hacemos el inciso de su extrema peligrosidad. Así que si ven al gorila en cuestión, mejor que se pongan a buen resguardo, y una vez hecho esto, entonces llamen a la siempre eficiente policía local. Que lo suyo en las horas más recientes es la caza del simio.
                “Vaya, vaya, chicos y chicas, si va a resultar que al final todo lo que nos contó el buenazo y charlatán del Hermano Isaías era todo menos una trola, ja, ja.”


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Intento de atraco y agresión recibida con navaja por presuntos menores de edad.

Estado actual del administrador de Escritos
de Pesadilla.

Bueno, estimados lectores y seguidoras de Escritos. Ahora brevemente, no voy a hablaros como Robert, “El Maléfico”, sino como Robert a secas.
Comentar que yendo esta tarde al trabajo, sobre las 14:35 he sido objeto de un intento de atraco por parte de dos “hijos de la gran…” montados en bicicletas. Al tratar de consumar el robo, uno me ha agredido con la navaja por debajo del ojo izquierdo (afortunadamente llevo gafas). Aún así tengo una uve perfilada en el pómulo, montón de puntos de sutura, un vendaje, ira, mala leche, hartazgo de la sociedad actual y de esta basura harapienta que medra a costa de la gente que se gana honradamente el pan con el sudor de la frente. Evidentemente voy a estar de baja una temporada, tanto en el curro, como ya veré con el blog. La moral está quebradiza.
Simplemente comentar a los ciudadanos de Pamplona, pues su área de acción ha sido en esta ciudad: estos dos jóvenes montan en bici, son españoles para más señas, buscan que la futura presa vaya sola, lo siguen al ralentí y son unos cabronazos cobardes y asquerosos.
Si se sienten acosados por una pareja similar, llamen a la policía de inmediato e intenten refugiarse en un lugar con gente. Desgraciadamente, cuando a mí me ha ocurrido, no había nadie transitando a esa hora, y es extraño, porque era festivo para el resto, soleado y con un tiempo excelente.
Desde Escritos de Pesadilla, cerdo asqueroso de la navaja, ojalá te mueras antes de acosar a cualquier otro ciudadano. Así de claro. Así de tajante.


Tras unos minutos de calma, añadir el agradecimiento a la atención prestada por parte de la unidad de la policía municipal de Berriozar, la médica de cirugía facial de la clínica Virgen del Camino y a los agentes de la policía municipal donde tramité la posterior denuncia.


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Sigo llamando a la puerta y tú no me abres. (I keep knocking on the door and you don´t open me).

                        Después de las imágenes de casas abandonadas, qué mejor que un breve relato de terror al respecto, je je.

                        Se percibió el golpeteo de los nudillos contra la puerta de madera. Ese hecho le extrañó mucho. El timbre de la casa funcionaba perfectamente. Estaba solo, así que tuvo que acudir él mismo a la entrada.

                Hubo una repetición en la sucesión de breves impactos contra el otro lado. Miró la hora en el reloj de pulsera.
                21: 05.
                Atisbó a través de la mirilla. La lente estaba defectuosa y no pudo ver nada. Igualmente no había luz que alumbrara el dintel.
                – ¿Diga? – preguntó con cierto nerviosismo.
                Nadie le contestó.
                Pensó que sería algún crío del vecindario que estaba haciendo una broma pesada. Recorrió el rellano hacia la cocina, donde estaba levantando una tabla del suelo de madera para depositar en el hueco una grabadora introducida dentro de una bolsita de cierre hermético. Llevaba toda la tarde y comienzo de la noche ubicando varias de ellas en sitios escogidos por su interés y posible transcendencia dentro de los muros de aquella casa abandonada y en evidente estado de deterioro.
                Un fuerte porrazo sobre la puerta de la entrada principal le hizo detenerse.
                Su vista se asentó en principio sobre la ventana de la cocina. Al igual que el resto de aberturas, estaba tapada por tablones claveteados. Incluso dos ventanas más estaban tapiadas. Eso le tranquilizaba. Saber que nadie podía colarse por ahí para cogerle desprevenido.  Por sorpresa.
                Sonó un segundo golpe fuerte y rotundo, que hizo crujir la madera pútrida de la puerta. Esta resistió el embate sin problemas, pero los efectos del sonido se trasladaron por el resto del pasillo y de la casa con el odio de un eco devastador, propiciando la sensación de la rotura de la misma.
                Dejó caer la grabadora dentro del hueco y se incorporó de pie.
                Una gota de sudor frío, casi lechosa, fluyó desde su entrecejo, recorriéndole el perfil de la nariz, deteniéndose en la punta de la misma.
                El silencio se mantuvo durante menos de dos minutos, interrumpido por otro golpetazo más potente que el anterior.
                Abandonó la cocina, manteniéndose quieto en la mitad del camino hacia la puerta principal de la casa. Sujetó el teléfono móvil con el firme deseo de comunicarse con alguno de los dos miembros del equipo de investigación que habían salido en busca de algo de comida y de café para pasar la noche en vela dentro de aquel lugar nada agradable. Primero marcó un número y seguido el otro. Con tardanza, se fijó en la pantalla que le indicaba que no había cobertura. A los pocos segundos, se quedó sin batería.
                Tiró el móvil al suelo.
                ¡POOOOM!
                Miró con fijeza más allá del recibidor, donde se acumulaba la dejadez y la suciedad de años sin que nadie mediase para impedir el decaimiento de la vivienda.
                ¡POOOM! ¡POOM! ¡POOM!
                La severidad de los golpes retumbó  por la estrechez del pasillo central de la planta baja. El estruendo de la violencia empleada sobre la puerta estaba consiguiendo finalmente que diera la sensación que fuera a desencajarse de los goznes, derrumbándose hacia adentro, alzando una cortina de polvo y llevándose en la caída jirones de seda del arte decorativo y hacendoso de las arañas tejida en el travesaño superior.
                Los poros de la piel en la espalda se dilataron, consiguiendo que transpirara un sudor gélido y repulsivo al humedecer su camiseta, haciendo que se adhiriese a la zona lumbar como si fuera una piel muerta en plena fase de muda de la misma.
                ¡POOM!
                Finalmente una voz surgió desde la parte de fuera, donde la puerta era maltratada con tamaña vileza.
                – Sigo llamando, y tú no me abres.
                ¡Era la voz de Lorena!
                Precipitó sus pasos por el recibidor hasta situarse ante la puerta. Descorrió el enorme cerrojo que se mantenía oxidado pero cuya utilidad seguía siendo de lo más eficiente para el cierre eficaz de la entrada.
                – Jolines, Lorena y María. Os habéis pasado con los golpecitos. Espero que al menos la comida y el café sean digeribles.
                Quiso añadir otra frase, pero la puerta fue golpeada nuevamente con fuerza, dándole de lleno en pleno rostro, destrozándole el tabique nasal, precipitándole de espaldas contra el suelo mugriento.
                Su visión quedó oscurecida por la brutalidad del impacto. Agitó la cabeza, tratando de enfocar con cierta claridad hacia el hueco de la puerta abierta. Percibió un sonido característico detrás de donde estaba sentado. Eran los clavos de las tablas de la tarima que estaban siendo arrancados. Las mismas tablas eran apartadas, estrellándose contra las paredes. Cuando volvió la vista, aquello invisible que estaba delante de sus ojos lo empujó hacia el fondo del suelo, hincándole con precisión en la base con los propios clavos extraídos a la madera, atravesándole los miembros y la garganta, hasta inmovilizarlo dentro de aquella especie de tumba. Quiso gritar, pero tenía la tráquea aplastada. Sus pupilas se dilataron y los ojos se le salieron casi de las órbitas al ver el arco que describió una de las tablas de la tarima antes de empotrarse contra su propio cráneo.




                Lorena se desplazó por la cocina. Encontró la grabadora en el hueco de la parte del suelo levantado por su compañero. Se dio de cuenta que no estaba en funcionamiento, y le dio a la tecla de grabación. Abandonó la estancia y recorrió la parte del pasillo que llevaba a la sala de estar. Justo en ese momento María descendía las escaleras, llegando procedente de la planta superior donde estaban los antiguos dormitorios de quienes habían residido por última vez en aquella casa abandonada.
                – Nada. Javier tampoco está arriba – dijo disgustada.
                – No es propio de él querer gastar bromas de mal gusto. Me refiero a lo de dejar la puerta de la entrada medio abierta a nuestro regreso – aclaró Lorena.
                – Ya. Y tampoco lo es marcharse sin venir a cuento. Más si fue él quien más empeño puso en lo de pasar una noche en este sitio para intentar registrar alguna psicofonía – replicó María, enfurruñada.
                Recorrieron la parte del recibidor que llevaba hacia la puerta. María reparó en los tablones de la tarima del suelo que estaban flojos.
                – Mira. Aseguraría que esta parte del suelo no estaba tan mal cuando llegamos. Las tablas están medio sueltas. Les faltan los clavos. Ha tenido que ser el entretenimiento principal de Javier mientras hemos estado de compras, porque la grabadora que dejó en la cocina estaba sin poner en marcha.
                Se le ocurrió agacharse para mirar mejor una de las tablas. Vio que era fácil de quitar, y eso hizo. Su respiración se cortó brevemente al descubrir parte del semblante destrozado de su amigo a través del hueco.
                Lorena la miró preocupada.
                – ¿Qué sucede, María?
                – ¡Dios mío! ¡Es Javier! ¡Está…! ¡Su cuerpo está enterrado bajo las tablas del suelo!
                En ese instante comenzó a sonar un suave golpeteo de nudillos contra la puerta principal.
                – ¿Oyes eso? – preguntó Lorena a María.
                Esta se incorporó muy alterada. Miró a su amiga.
                Luego lo hizo con la puerta. Estaba cerrada pero sin correr el cerrojo enorme y herrumbroso que la mantendría en su sitio.
                Los golpeteos sobre la madera cobraron nueva insistencia.
                – ¿Qué hacéis? Sigo llamando, y nunca se me abre – les llegó una voz desde el exterior.
                Lorena y María se quedaron rígidas por el tono del mismo.
                Aquella voz era la de Javier…
                Pilladas de improviso, la puerta fue abierta de golpe.
                Una ráfaga intensa de aire fétido enredó los largos cabellos de Lorena y María. Se sintieron sujetadas por el pelo por una agresiva fuerza invisible. La puerta se cerró con estrépito y el cerrojo quedó corrido. María luchaba desesperada por desasirse de los dedos imperceptibles que tironeaban de sus cabellos. Vio que Lorena estaba siendo arrastrada por el suelo, alejándose hacia la cocina.
                – ¡Lorena!
                – ¡Ayúdame, María!
                María no pudo ayudarla. Miró hacia atrás, pero no encontró nada físico y palpable que la estuviese sujetando. Con brusquedad, se sintió alzada sobre el suelo, dirigida hacia el techo, donde pendía una vieja lámpara araña. La lámpara fue arrojada con fuerza y estrépito hacia el suelo. Aquello que la mantenía a la altura del techo, fue enredándole los cabellos contra el gancho de sujeción de la lámpara. María pataleaba. Oía de lejos los gritos doloridos de Lorena. Ella quiso hacer lo propio, pero algunos de los cristales de la lámpara fueron arrancadas de la misma e introducidas en su boca hasta ahogarla. Finalmente su cuerpo  quedó colgando por su larga melena enredada al gancho del techo, conforme su vida se apagaba con el vidrio incrustado en su garganta, consiguiendo que muriese en una lenta y larga agonía por asfixia.
                En la casa vacía y abandonada prosiguieron por unos minutos más los lamentos desgarradores de Lorena. Una vez sumida esta en el descanso eterno, el lugar permaneció el resto de la noche en completo silencio, sin que volviera a percibirse más golpes de nudillos contra la puerta principal. Pues ahora no había motivo para que percutiesen, al no haber ya nadie que pudiera responder a la llamada de los mismos.


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Santa Claus Sangriento. (Bad Santa).

Bueno, en Escritos de Pesadilla tenemos nuestro Santa Claus particular. Odia los niños y le encanta cortar alguna cabecita que otra de quienes se han hecho merecedor de algo más que el carbón por su mal comportamiento durante el año.
Con ustedes, nuestro Santa Claus Sangriento.


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Sucedió en un instante. (Happened in an instant).

 1.          

                     Los gritos eran agónicos. Eternos. Incesantes. El dolor estaba implantado dentro de la persona que lo sufría. Ellos dos lo oían cuando descendían por los escalones que conducían al sótano. Al otro lado de la puerta, asegurada esta por seis cadenas y seis candados, se percibían los golpes de un cuerpo contra las paredes, las columnas de sustentación y la propia entrada de acero. El suelo trepidaba como si mediase un movimiento sísmico que hubiera conseguido hacer temblar con fuerza objetos y muebles si el local dispusiera verdaderamente de ellos. Ambos se miraron. Igualmente observaron a la joven que les acompañaba en contra de su voluntad. Estaba maniatada, con unos grilletes en los tobillos y amordazada. Su frente estaba perlada de gotas finas de sudor. No hacía calor, pero la tensión del momento estaba facilitando que su cuerpo transpirara. Mientras uno de ellos la sujetaba, el otro iba introduciendo las llaves en los diferentes candados. Cuando retiró el último, abrió la puerta con cierta precaución. El interior estaba a oscuras. Una ráfaga de olor de lo más hediondo le hizo de aguantar la respiración, protegiéndose con un pañuelo sobre los orificios nasales. Buscó el interruptor ubicado al otro lado del quicio de la puerta y encendió la luz.
                Con el sótano iluminado, obligaron a que la muchacha se adentrase, cerrándole la puerta a sus espaldas, colocando las cadenas y asegurando que no pudiera salir con los recios candados.
                Se fueron retirando, ascendiendo los escalones, mientras una voz potente, procedente desde el otro lado de la puerta,  mascullaba en latín:

                “Corrupta sum, ille status immortali.”
                (“Corrupto soy, y esa es mi condición eterna.”)

2.
        Sucedió en un instante. Su liberación fue la causante de tanto dolor y de infinitas muertes.

               
3.
        Claro García pertenecía a la unidad de asalto. Con él iban cinco compañeros más. Todos a las órdenes del teniente Tax Edwards. En esta ocasión, su misión consistía en acometer un registro de una casa en la pequeña localidad del estado de Nueva York, llamada Shutton Place. La hora elegida fue las once de la noche, cuando la mayoría del vecindario ya estaba casi durmiendo.
                Equipados con visión nocturna, blindaje defensivo y rifles de asalto con silenciadores, se posicionaron en la entrada lateral izquierda de la casa. El compañero Rick Delio situó una mini cámara por debajo de la puerta para comprobar que la cocina estaba desocupada.
                – Acceso libre – dijo por el transmisor ubicado cerca de sus labios, transmitiendo la situación al resto del equipo y a los dos componentes de la Unidad Móvil, estacionada a una manzana de distancia.
                – Recordad que hay que asegurar a los objetivos. Si no peligra su situación, la fuerza letal está permitida – les llegó la orden del teniente Edwards.
                Claro García asumió el reto de abrir la puerta. Estaba cerrada bajo llave. Insertó una ganzúa que les  facilitó el acceso al interior. Apenas se creó ruido que pudiera relevar su entrada en la casa. Los seis fueron avanzando por la cocina, con la visión nocturna conectada y apuntando con sus armas de tal manera que todos quedaban bien cubiertos por si hubiera una irrupción violenta por parte de cualquiera de los ocupantes de la vivienda.
                – Los individuos en cuestión son dos – se encargó de refrescarles la memoria el teniente.
                La cocina quedó despejada, así que continuaron por el pasillo de la planta baja que comunicaba con el salón y con el supuesto dormitorio de uno de los sospechosos.
                Los haces de luz acoplados a los rifles iluminaban en tonos grises los lugares y rincones a donde apuntaban. Fueron a la sala de estar. Comprobaron que allí no había nadie, excepto la suciedad manifiesta y el desorden de los muebles. En ese instante, el teniente les indicó que había que desdoblarse.
                – García y Delio, equipo Alfa, conmigo al piso superior de la casa. El resto, equipo Delta, que registre ese dormitorio y la parte trasera del jardín. Tiene que haber una entrada al subsuelo por cojones.
                El equipo Alfa encontró el tramo de escaleras que llevaba a la parte superior de la vieja casa, inmueble que se presuponía abandonada por buena parte de los habitantes del pueblo.
                – Equipo Alfa. Unidad Móvil. Aquí Equipo Delta. Procedemos a entrar en el cuarto – le llegó a Claro García por el auricular insertado en su oído izquierdo.
                Este seguía la espalda del teniente, ascendiendo por las escaleras, con su retaguardia cubierta por Rick Delio. No encontraron a nadie en el rellano. El suelo era de madera, crujiendo tenuemente aún a pesar del sigilo de sus pasos. En ese instante escucharon una ráfaga de disparos amortiguados por los silenciadores acoplados a las armas.
                – Equipo Alfa. Unidad Móvil. Aquí Equipo Delta. Enemigo abatido. Portaba un machete. Habitación despejada – les informó Ernest  Dropp, del equipo Delta.
                – Equipo Alfa para Equipo Delta y Unidad Móvil.  Procedemos a explorar las dependencias superiores. Que el  equipo Delta examine el jardín trasero. Tiene que haber un acceso a algo similar a un sótano.
                – Recibido Equipo Alfa. Nos dirigimos al exterior hacia la parte trasera de la casa.
                El teniente Edwards verificó que había dos puertas que supuestamente tenían que corresponder con dos dormitorios. Rick Delio husmeó con la mini cámara por debajo de las rendijas de ambas con el suelo.
                – Derecha, vacía.
                “Izquierda, se ve una persona tendida en la cama.
                Se posicionaron frente a la puerta, irrumpiendo al unísono, cegando con las luces de las linternas de los rifles al hombre que estaba durmiendo en la cama.
                – ¿Qué coño significa esto? – farfulló, alterado.
                A una indicación del teniente, Claro García obligó al sujeto a tumbarse sobre su vientre, maniatándolo con una lid de plástico por detrás de la espalda.
                – ¡No apriete tanto! ¡Que duele, joder! – masculló el hombre.
                – ¿Dónde las tenéis?  A las chicas. – le preguntó el teniente Edwards, dándole la vuelta.
                – No pienso decirles ni pío.
                La culata del teniente le golpeó sin miramientos la nariz, partiéndole el tabique nasal, consiguiendo que fluyera un hilo de sangre hacia su mentón.
                – ¡Cabrón! ¡Esto no quedará así! – vociferó, quejándose de dolor por el golpe.
                – Hable, basura. Su compañero está muerto. Y tú lo estarás pronto si no confiesas dónde mantenéis encerradas a las pobres víctimas de vuestros desmanes – insistió el teniente.
                – ¡Y una leche! ¡Además de nada sirve tratar de salvarlas, porque hace tiempo que sus almas están perdidas!
                Edwards dirigió el cañón del rifle hacia la pierna derecha del individuo, disparándole una ráfaga sobre la rodilla, dejándosela en carne viva, despellejada y destrozada.
                – ¡Ahhhh! ¡Cabronessss! ¡Aaaaa!
                En ese instante se estableció comunicación del Equipo Delta con el Equipo Alfa y la Unidad Móvil.
                – Aquí Equipo Delta. Nos ha costado, pero lo hemos encontrado. La trampilla estaba camuflada con hierba artificial, para que pareciera  que formaba parte del jardín.
                – Equipo Delta. Aquí Equipo Alfa. Nos reagrupamos con vosotros en breve.
                El rifle del teniente Edwards apuntó hacia el rostro de quien permanecía maniatado encima de la cama. Ordenó a sus hombres que desconectaran brevemente la conexión con la Unidad Móvil.
                – ¡No! ¡Por Amor de Dios! ¡NO ENTREN AHÍ! ¡Puede ser su perdición! – suplicó aquel individuo con los ojos desmesuradamente abiertos.
                La ráfaga de disparos acabó con su vida en un santiamén. Edwards se fijó en un abrecartas colocado sobre la mesilla de noche. La recogió y se la colocó entre los dedos de la mano derecha del cadáver.
                – Equipo Alfa a Equipo Delta y Unidad Móvil. Enemigo caído. Portaba un arma blanca – informó, restableciendo la conexión con el resto por radio.
                El Agente Claro García y su compañero Rick Delio asumieron el comportamiento de su superior sin remordimientos.
                Salieron de la estancia, descendieron las escaleras y se aproximaron a la parte trasera de la casa, donde les esperaba el Equipo Delta. Entre la hierba, había un hueco con unos escalones de madera podrida que descendían hacia una especie de sótano.
                – ¿A qué esperan? – les indicó el teniente Edwards, ya impaciente por encontrar a los rehenes. – Atención, Unidad Móvil, procedemos a bajar por unos escalones que previsiblemente conducen al sótano de la casa.
                – Recibido, Equipo Delta. Aquí Unidad Móvil.  Tanto Equipo Delta, como Equipo Alfa están autorizados para el registro de esa zona – llegó la voz de Antoine Carr desde el furgón de la Unidad Móvil.
                Ernest Dropp hizo de avanzadilla.
                – Maldición. Equipo Alfa. Equipo Delta. La puerta de acceso está asegurada con varias cadenas y candados. Necesitaremos las tenazas para romperlas.
                – Entendido. Ahora te llega el refuerzo de Monroe con el equipo.
                Al poco llegó ante la puerta el agente Monroe cargando una pesada mochila. De ella extrajo una tenaza de roturas. Con cierta insistencia, consiguió soltar las cadenas y romper los candados en menos de un cuarto de hora.
                Después instaló una carga pequeña de C4 para terminar con la resistencia de la puerta de acero. Salió al exterior, y a una distancia prudencial, hizo detonar el explosivo.
                Descendió con el agente Rick Delio.
                – Acceso franco. Repito. Acceso franco – transmitió Delio al resto del equipo de asalto.
                – ¡Joder! ¡Qué olor más insoportable! – dijo Monroe.
                El resto fue bajando de uno en uno por los escalones. Abajo se encontraron con el sótano iluminado tenuemente por una bombilla que colgaba desnuda justo en el centro del recinto. Todos los miembros de la unidad de asalto estaban preparados mentalmente para las situaciones más adversas y terribles. En este caso, muchos no pudieron contenerse, vomitando en los rincones de la estancia. El sótano disponía de paredes desnudas, encaladas. No existía ningún mobiliario. El suelo era de hormigón. Sobre el mismo, diversos pentagramas perfilados con trazo irregular en tinta roja. Diseminados por el suelo, los cuerpos en avanzado estado de descomposición de siete, ocho, nueve o diez jóvenes. Era difícil cuantificarlos, porque algunos estaban tan deteriorados y despedazados, que se precisaría de la investigación forense.
                La mayoría de los cuerpos estaban inmovilizados por cadenas, grilletes, correas de cuero y esposas. Se hallaban desvestidos, con múltiples laceraciones sobre la piel. Los ojos estaban vueltos del revés, y las lenguas sobresalían desde las mandíbulas como si hubieran sido estiradas con violencia hacia afuera hasta casi arrancarlas del interior de la cavidad bucal.
                – Unidad Móvil. Aquí Equipo Delta y Equipo Alfa. Hemos dado con el hallazgo de numerosos cuerpos mutilados en apariencia de únicamente condición femenina – informó el teniente Edwards, haciendo a su vez un gran esfuerzo por controlar su propia repugnancia ante la carnicería cometida por los dos psicópatas  merecidamente abatidos durante su incursión por la casa.
                – Unidad Móvil a Equipo Delta y Equipo Alfa. Por favor, informen del estado de las personas retenidas en el sótano.
                – Equipo Delta y Equipo Alfa a Unidad Móvil. No se encuentra ninguna superviviente entre los cuerpos hallados. Repito. No hay ninguna persona viva.
                Justo en ese momento, uno de los cadáveres se incorporó con presteza.
                – ¡La Virgen! ¡Esa tía está viva! – chilló el agente Rodríguez.
                La joven estaba en los puros huesos. Su mandíbula chasqueó con fuerza, mientras sus ojos se removían en las acuosas cuencas, ofreciéndoles una visión horrorosa.
                Empezó a levitar un palmo sobre el suelo, girando sobre sí misma para fijarse en los seis miembros de la brigada de asalto.
                De su garganta emergió una voz cavernosa y profundamente masculina, recitando en latín:

                “Exitus cavendum”
                (Asegurad la salida)
                “Dies unus effugit terror”
                (El espanto escapará un día)
                “passus mortem sementem multis locis”
                (Sembrando muerte y dolor en muchos rincones.)

                Nada más haber pronunciado estas palabras, cayó rendida al suelo, desprovista nuevamente de toda vitalidad, pues ahora la entidad que la había impulsado con movimientos de marioneta, anidaba en el cuerpo y la mente de los seis componentes del Equipo Alfa y del Equipo Delta.

4.
                Antoine Carr estaba  sumamente alterado por la pérdida de conexión con el Equipo Alfa y el Equipo Delta.
                – ¡Esto no tiene ningún sentido! ¡Nunca ha sucedido algo parecido en los diez años que llevo en la unidad de Asalto! – se quejó, enfurecido.
                – Todo está en orden. La emisora funciona perfectamente. Es como si ellos mismos se hubieran desconectado de la frecuencia – dijo su compañero, Martínez.
                En ese instante se abrió la puerta del lateral del furgón. Se encontraron frente a frente con Claro García.
                – ¡Joder! ¡Ya era hora! ¿Por qué coño habéis cerrado la conexión con la Unidad Móvil? Ya sabéis que eso puede costarnos un expediente de cojones – le advirtió Antoine Carr, molesto por aquella irregularidad.
                Claro García tenía los ojos en blanco. Su boca salivaba en exceso, con un hilillo corriéndole desde la comisura derecha de los labios hacia la barbilla. Dirigió su rifle hacia Antoine Carr y Martínez, alcanzándoles con una ráfaga de treinta impactos de bala. Los cuerpos cayeron acribillados sobre el respaldo de las sillas, para seguidamente hacerlo sobre la moqueta del suelo del interior del furgón de la Unidad Móvil.
                Las portezuelas de la parte trasera fueron abiertas, subiéndose al furgón Rick Delio y el teniente Edwards. Ambos hicieron acopio del resto del arsenal disponible en el vehículo, pasándoselo al resto de los componentes de la unidad de asalto.
                En completo silencio, sin dirigirse siquiera la palabra, fueron asaltando casa a casa de la pequeña localidad de Shutton Place, invadiendo las propiedades privadas, acabando con los habitantes de cada una de ellas. Sus mentes estaban coordinadas por las órdenes de una voz poderosa y posesiva que controlaba sus cuerpos y su raciocinio.
                Una voz perteneciente a un espíritu demoníaco que en su debido momento, fue convocado por dos personas arrogantes e insensatas que pretendían anhelar algún tipo de poder que les hiciera sobresalir entre el resto de la humanidad, y todo cuanto consiguieron fue acaparar la cobardía más simple de unos seres aterrorizados y sumisos, que para calmar la cólera de aquella entidad encerrada en el sótano de su casa, le fueron proporcionando personas para el control interno de las mismas por parte del propio demonio en cuestión.
                Ahora esta entidad poderosa estaba libre, controlando a seis guerreros sanguinarios, sembrando la aniquilación y el caos por cada lugar que pasaban.
                Todo esto sucedió tristemente de madrugada, hasta que la noche dio paso al día. La Oscuridad Húmeda y Pútrida era relevada por el brillo profundo de la sangre de los mortales, desparramada por paredes y suelos de decenas de hogares, incitando a la Bestia, que pudo por fin rugir.                
                De su tremenda boca, surgió un regocijo impuro:

                Aurora
                Campus erat  sanguinolenta
                Sanguinem  innocentem
                Sanguine  expetendum
                Mortem representantes
                (Al amanecer
                La tierra quedó teñida de sangre
                Sangre inocente
                Sangre deseable
                Que representaba la muerte)


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¿Qué ocurriría si Gollum visitara Pamplona?

Mientras la materia gris intenta ponerse nuevamente en marcha en la creación de terribles relatos de terror y misterio, y dado que hay que seguir dándole vidilla a Escritos, mi sobrino Gurmesindo me dio una idea espeluznante. Con la ayuda de un libro de hechizos oscuros y arcanos, podíamos invocar a Gollum fuera de su propio mundo, creado por el genial escritor Tolkien. La intención era trasladarlo a la vida moderna de una ciudad  cosmopolita como lo es Pamplona. Eso hicimos. Gurmesindo lo trasladó al centro comercial donde yo trabajo. A continuación, os expongo las peripecias del eterno llorón de Gollum…


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¡Nuestro Superhéroe Más Peculiar! ¡SUPER ZOMBI!

Se llamaba Eulogio Espárrago Triguero. Era un pamplonica de pro, al que las injusticias sociales le repateaban el hígado cada vez que acompañaba un pincho de pimiento con una copa de pacharán casero.
Una noche, mientras navegaba por internet, descubrió que existían superhéroes de carne y hueso. En principio eran yanquis chalados que emulaban con pocos medios y nulos superpoderes a los héroes más famosos del cómic. Más tarde, la tendencia también se extendió por Europa y el resto del mundo. Eulogio averiguó que en la Vieja Iruña no había nadie que intentara luchar contra el crimen organizado al margen de la ley, así que decidió convertirse en un superhéroe. Adquirió un disfraz con mallas y capa en un todo a un euro. Su nombre artístico iba a ser el de Mega Eulogio, “El del Espárrago Sano y Tierno”.
Pero algo iba a salirle mal. 
En una de sus primeras rondas nocturnas por el Casco Viejo, se topó en un callejón con un llamativo barril que contenía leche caducada desde hacía dos meses. Se ve que un deshonesto propietario de alguno de los locales de hostelería había dejado abandonado el contenido del barril en esa zona donde nunca llegaba la brigada de limpieza.
Mega Eulogio husmeó dentro del barril…
A los pocos segundos se sintió indispuesto, para cinco minutos más tarde transformarse en un zombi.
A partir de ese instante, acababa de nacer un superhéroe de verdad:
¡SÚPER ZOMBI!

Super Zombi vela por los ciudadanos de Pamplona desde lo más alto de los rascacielos del centro de la ciudad. Desde ahí otea el horizonte, en busca de malvados que importunan a las personas honestas sin venir a cuento.

Si acaso alzáis la cabeza, y atisbáis una silueta recortada contra el cielo en lo alto de un edificio del Segundo Ensanche, ¡no hay que temer lo peor! No es ningún suicida que decide acortar su vida por la eliminación del equipo de su amores, Osasuna, a pies de un equipo de segunda B en la primera ronda de la Copa del Rey.
¡Es el más ejemplar de los superhéroes! ¡Es Super Zombi! Su presencia en la azotea del rascacielos más interminable en altura de Pamplona se debe a que acaba de reparar en la terrible amenaza de un malvado villano quinientos pisos más abajo.
¡Mirad! Nuestro benefactor vuela en caída libre, decidido a solventar tan delicadísima situación.

Setecientos metros más abajo, un malvado ser está haciendo la vida imposible a los clientes y resto de transeúntes que pasan por delante de la entrada del Supermercado “El Hipopótamo Bailón”. Se trata de un falso pedigüeño, de nombre Porfirio Egunetxea. De siempre ha sido un sujeto apegado a la vagancia más descarada. Está soltero. Tiene treinta años, y como mucho, desea abandonar la casa que comparte con sus padres cuando tenga cincuenta años. Porfirio tiene una vida laboral total de dos horas y media por cuenta de una empresa de trabajo temporal, ejercidas en el año 2002. Desde entonces vive del cuento, además de intentar recaudar dinero estafando a los clientes del supermercado con su falsa identidad de mendigo.
Porfirio no contaba con la espectacular intervención de Super Zombi. En escasos diez segundos, nuestro ejemplar salvador mordisqueó cincuenta veces en diversas zonas blandas al descarado Porfirio, consiguiendo que desistiera de pedir más limosnas para el resto de su sosa existencia.
Porfirio terminó por rendirse ante Super Zombi. Desde ese día, se convirtió en una especie de animador cultural…


¡Recordad esto, ciudadanos y ciudadanas de la Vieja Pamplona! ¡Nuestra calidad de vida se la debemos a Super Zombi!


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