El regalo de Aniversario.(Anniversary gift).

                        Elroy conducía su destartalada camioneta de carga trasera descubierta por el camino polvoriento y poco transitado a cualquier hora del día, con intenciones de dirigirse muy a las afueras de la zona donde vivía con Emma, cuando de improviso divisó a un joven forastero caminando por la orilla reseca del arcén en la misma dirección que él se dirigía. El muy inútil casi arrastraba ya el trasero por la sobrecarga en la espalda de la voluminosa mochila que cargaba.

                Elroy redujo la velocidad del cochambroso vehículo hasta detenerse a trompicones al lado del jovenzuelo desgarbado. Se inclinó hacia su derecha para bajar el cristal de la ventanilla de la puerta del lado del acompañante en la cabina. Estiró el cuello rojizo y sonrió amigablemente al caminante ocioso.
                – ¡Muy buenas, joven! – lo saludó con ganas.
                – Hola, señor.
                – Veo que no eres de por aquí, ¡carámbanos!
                – No. Estoy recorriendo esta parte del estado a pie y con mis propios medios. En plan mochilero. Economía de gastos, ¿sabe?
                – ¿Cómo dices, hijo? Lo último no lo pillo. No pasé de los diez años en la condenada escuela del condado.
                – Que como soy estudiante universitario, y no tengo mucho dinero, no me queda otra que disfrutar de mis vacaciones de verano con los escasos dólares ahorrados, alojándome en albergues o acampando en los campings con tarifas especiales para la ocasión.
                – Llevarás mucho rato caminando a pleno sol.
                – Bueno. Casi quince kilómetros. Unas tres horas. Voy muy tranquilo, porque la mochila pesa un huevo. Vengo precisamente de una localidad llamada Palace. Allí he pasado la noche en los dormitorios comunitarios del Área de Beneficencia del Ayuntamiento. Gratis total. Un lujo.
                – Vaya, tres horas. ¿A dónde vas ahora, hijo?
                – Tengo previsto acercarme a la comunidad hippie asentada en las afueras de Garnick. Tengo interés en conocerla un poco.
                – Ah, sí. Los melenudos con su granja de animales enfermizos, je, je. Bueno, no me dirijo hacia allí precisamente, pero puedo librarte de tener que peregrinar un buen trecho a pata si te subes a mi Chevy. Diez kilómetros se recorren en unos minutos, y eso representa menos peso y cansancio para tus miembros inferiores, ja, ja.
                – Es usted muy amable. Acepto encantado que me lleve.
                – Pues antes de montar, empieza por dejar el macuto en la parte trasera de la camioneta, vale.
                – Si, si.
                “Por cierto, me llamo Jeremy.
                El joven descargó la mochila de su espalda y la depositó de golpe en la parte de carga de la camioneta. Al mismo instante, el conductor se bajó del Chevy con presteza, acompañado de un bate de béisbol. Cuando Jeremy se volvió, se encontró con el lugareño a unos dos pasos de sus narices. Este impactó de lleno la parte del bate que servía para golpear la pelota en el juego deportivo en la cabeza del chico.
                Desconcertado, Jeremy echó su cuerpo hacia atrás, apoyándose contra el lateral trasero de la camioneta. El bate se aproximó nuevamente, esta vez con más fuerza. Su sien derecho y el tabique nasal recibieron dos golpes brutales que le hicieron de desplomarse sin remisión sobre el asfalto de tierra apisonada.
                El hombre lo remató con un cuarto batazo, dejando el hueso del cráneo a la vista, con parte de la masa encefálica rezumando por el cuero cabelludo descarnado.
                Arrojó el bate al lado de la mochila del excursionista.
                Sonrió satisfecho.
                – Mucho gusto, Jeremy. Yo me llamo Elroy.
                Seguidamente se aprestó a recoger el cuerpo sin vida de Jeremy en la parte trasera del Chevy. Le costó lo suyo, porque el muy bicho pesaba como mínimo ochenta kilos. Pero lo hizo con total despreocupación.
                Lo dicho, por ese camino no pasaba ni un alma en semanas…
                Cuando terminaron de cenar, Elroy sonrió con amor a su mujer.
                – Emma, eres mi sol.
                – Ya lo sé, Elroy.
                – No creas que me he olvidado de qué día es hoy.
                – ¡Elroy! ¡El Aniversario! ¡No me digas que tienes preparado algo para conmemorarlo!
                – Espera un momento, nena.
                Elroy abandonó el comedor. No tardó ni un minuto en regresar con una sombrerera de cartón decorado con un rayado vertical verdinegro y con un candelabro de tres brazos con sus respectivas velas aún por ser estrenadas. Emma contempló su actuación embelesada por la emoción. Su marido colocó el candelabro muy cerca de ella, encendiendo las velas una a una con su mechero. Dejó la caja frente a Emma y se dirigió hacia el interruptor de la luz, para dejar la estancia iluminada tenuemente por la luz temblorosa emitida por las velas. Se arrimó con dulzura a su esposa y la animó a mirar el contenido de la caja.
                – Levanta la tapa, corazón – susurró con cierta impaciencia por deslumbrarla con el presente.
                – ¿Qué será lo que me traes, Elroy? ¿Acaso un sombrero caro, ja, ja?
                – Ni hablar del peluquín, je.
                Emma quitó la tapa de la sombrerera. Sus ojos se estremecieron y se abrieron de par en par. Se le escapó un gritito de felicidad incontenible al ver el regalo. Inmediatamente buscó las mejillas sonrosadas de su marido para colmarlas de besos de agradecimiento.
                – ¡Elroy! ¡Siempre serás mi pareja eterna!
                – Feliz Aniversario, cariño. Ya llevamos quince años juntos.
                Ambos miraron el interior de la caja con satisfacción morbosa.
                Dentro estaba la cabeza cercenada de un joven.
                – Se llamaba Jeremías o algo parecido – se mofó Elroy.
                – ¡Qué bien! Le has sacado los ojos. ¡Está precioso con las cuencas vacías!
                – Ahora queda colocarla al lado de las demás. La estaca está preparada para empalarla.
                Emma le puso un dedo en los labios a Elroy para que se callase por un instante.
                – No. Nada de eso. Esta es una cabeza especial por la fecha del aniversario. Quince años ya son tres lustros. Prepararemos un pequeño armario como una especie de altar, ja, ja. Las demás son demasiado ordinarias como para merecer su compañía.
                – Como tú quieras, chiquilla.
                – Ahora vayámonos al dormitorio. Coloquémosla al lado de la mesita de noche y hagamos el amor toda la madrugada.
                – Ja, ja. Eso mismo, Emma. Pasemos toda la noche haciendo cochinadas. Además como Jeremías, o cómo se llamaba el mocoso, no podrá vernos porque está ciego, ja, ja…
                Los dos se besaron, recogieron la cabeza de Jeremy además del candelabro y se dirigieron hacia la intimidad de su dormitorio, donde cometían todo tipo de perversiones desde que ambos se conocieron como sendas almas gemelas de maldad y locura quince años atrás.


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La Caja del Alma. (Soul Box).

Era una atracción de lo más singular. Situado encima de un mostrador rectangular, había una especie de caja de madera artesanal sin barnizar. Estaba supuestamente hueca por dentro y tenía una tapa en la parte frontal ofrecida al público con forma circular y un tirador.

El dueño de la barraca anunciaba a viva voz lo divertido del número de la “Caja Del Alma”.
Consistía en que el cliente, tras el pago de la entrada, se situase frente a la caja, se agachase de tal manera que su cabeza podía ser introducida al completo dentro de la caja por el orificio circular hasta el tope de su propio cuello.
Una vez en esa postura ligeramente incómoda, disponía de dos o tres minutos donde se le iban a reflejar imágenes del alma. El feriante les hacía ver que lo que se obtenía con la caja era un resultado que se acercaba bastante al mito de la muerte, cuando la persona tiene la sensación de caminar hacia una lejana luz ubicada al final de un túnel oscuro, y mientras lo recorre, se le reproducen en imágenes todos los aspectos de la vida discurrida hasta entonces, como si fuera una película.
Con esta premisa, el feriante conseguía un cierto flujo de clientes interesados por revivir de algún modo escenas del pasado.
Tan sólo estaba permitido acceder a la caja personas adultas. No era un espectáculo para los jóvenes y los niños.
Por el hueco de la caja entraban decenas de cabezas de varones y mujeres. Las reacciones que experimentaban al retirarlas minutos después eran muy variadas. Había personas con el rostro risueño. Otras sin embargo, estaban afectadas por el dolor de haber recordado fases tristes del pasado. Las más, emocionadas por cuanto les había sido ofrecido en el interior del enigmático objeto.
Pasaron dos días de exponer la “Caja del Alma” en la feria del pueblo.
Todo iba transcurriendo con normalidad, hasta la tarde en que acudió un caballero ataviado con un traje gris y con gorra de golf. A pesar de su vestuario, su rostro vulgar y sus enormes manos curtidas daban a entender que era un obrero. Su edad era intermedia. Difícil de precisar si tendría cuarenta o cincuenta. La tez esta adherida al hueso del cráneo, por la extrema delgadez del rostro. En cuanto llegó, lo primero que hizo fue adelantarse al resto en la cola de espera. Hubo quejas, y por medio de la sensatez esgrimida por el feriante, se le convenció para que esperara su vez.
Eso sucedería media hora más tarde.
El dueño de la atracción le animó a subirse al escenario.
El hombre trajeado lo hizo con cierto ímpetu. Su vista no se apartaba de la tapa de la “Caja del Alma”.
– Amigo mío, en cuanto suelte unos chelines, podrá visitar fragmentos de su pasado en la intimidad de la caja. Podrá llorar, reír, emocionarse con lo que vea. Pero antes, el dinerito, por favor.
Aquel hombre bufó. Giró su rostro y contempló al feriante con evidente disgusto. Rebuscó en los bolsillos la cantidad que le reclamaba. Cuando reunió las monedas suficientes, se las tendió con prisa, volviendo a observar la caja con apremio.
– Ja, ja. Caballero. Todo correcto. Ya puede disfrutar del espectáculo que este portentoso y extraordinario objeto ofrece a todos quienes escudriñan en su interior.
El cliente huraño abrió la tapa y se acomodó la cabeza dentro de la caja, con las manos apoyadas sobre el borde del mostrador.
El público contemplaba el comportamiento del hombre con cierta diversión.
Durante un minuto, el hombre estuvo quieto, inmóvil, sin ni siquiera oírsele ninguna exclamación al maravillarse de todo cuanto la caja le estuviese ofreciendo.
Hasta que un grito profundo y estremecedor surgió de su garganta. Sus manos se convirtieron en sendos puños, golpeando con furia el tablero del mostrador. Hizo el ademán de incorporarse con la caja encajada sobre sus hombros.
El feriante se mostró muy preocupado y se acercó con la intención de calmarle.
El hombre de la caja notó la cercanía del feriante, y se llevó la mano izquierda bajo la chaqueta, haciéndose con un cuchillo de buen tamaño.
La gente exclamó, petrificada por la actitud del hombre del traje gris.
– ¡No más muertes! ¡No quiero matar más! ¡No quiero hacerlo de nuevo! – vociferó el hombre, sosteniendo el cuchillo.
El feriante se apartó a tiempo, temiendo por su propia vida.
Las intenciones del hombre trajeado no eran las de acabar con otra vida.
Acercó el filo del cuchillo a su garganta y profundizó hasta establecer un corte mortal que propiciaría su propia muerte.
Con las escasas fuerzas que le quedaban conforme se desangraba, extrajo la cabeza del interior de la “Caja del Alma”, cayendo de espaldas sobre las tablas de madera del escenario.
El feriante se apresuró a situarse a su lado, contemplando sus estertores de muerte.
El hombre moribundo, consiguió enfocar su visión en la figura de quien intentaba atenderle.
Sus labios descoloridos se separaron lo suficiente para susurrarle al oído:
– Los rostros… que he visto… me odian… es lógico… porque fui yo quien les quitó la vida… Durante cinco años… en varios pueblos diferentes… habrán sido unos quince… mujeres, niños, ancianos…  Todos seres desprotegidos… Con los que disfrutaba… causándoles mucho dolor… antes de llevarles a la muerte…
– ¡Dios Santo! Eres entonces el “Monstruo de Essex”.
Aquella bestia sanguinaria expiró sobre el escenario de la atracción de “La Caja del Alma”.
El feriante se irguió, indignado, y alertó a los presentes de la identidad del cadáver.
– ¡Este bastardo es el Asesino de Essex! ¡Acaba de confesarlo antes de morir! ¡La Caja ha conseguido que sintiera remordimientos por sus horrendos crímenes! ¡Razón por la que se ha quitado la vida!
– ¡Bastardo!
– ¡Hijo de perra!
– ¡Malnacido!
– ¡Hay que hacer su cuerpo pedazos!
La muchedumbre asaltó la barraca, y entre todos, se llevaron el cuerpo del asesino con la intención de colgarlo de la rama de un árbol cercano y de prenderlo fuego, para que su alma no se escapara en su camino al infierno.


El feriante estaba exultante de alegría. Aquello iba a proporcionarle fama y mucha publicidad a su espectáculo. Y todo ello conllevaría una suma de ingresos de lo más respetable. Quién lo iba a decir que con la fabricación artesanal de una simple caja, con unos efectos de luces y espejos en su interior, se pudiera desenmascarar a un asesino tan temido y renombrado.


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El error de Bertelok. (Bertelok error).

Bertelok era un demonio menor de la discordia. Su objetivo principal consistía en sembrar el caos y la incertidumbre en el discurrir de las andanzas de los seres mortales. Amén de recolectar almas para el fuego eterno. Su diferencia con el resto de los miembros del inframundo pecaminoso era una habilidad singular que le permitía adoptar una figura normal con apariencia humana, sin necesidad de tener que poseer un cuerpo verdadero.

Bertelok vestía llamativos ropajes , similares a los de un trovador, e incluso con la ayuda de ciertos silbidos conseguía atraer la atención de quienes le contemplaban. Pero aún a pesar de ser un demonio, se encontraba fuera de su hábitat natural, y debía de comportarse con cierta cautela para no ser descubierto. Pues si alguien adivinaba su lugar de procedencia, perdería su disfraz, debiendo de regresar con presteza a la seguridad de las mazmorras inferiores, donde el contenido de las calderas con ácidos bullentes era removido constantemente para ser aplicado sobre los cuerpos de los condenados. Una vez allí, sería castigado con tareas humillantes por el pleno fracaso de la misión, habida cuenta que se le permitía la salida al plano terrenal condicionada con la recolección de un número indeterminado de almas que contribuyeran al incremento de la población habida en el averno.
Bertelok, llevado esta vez por su extrema cautela, recurrió a la forma más sencilla de cosechar almas cándidas. Decidió visitar una aldea pequeña e inhóspita, de unos cien habitantes, ubicada en las cercanías de un terreno de difícil acceso por hallarse enclavado en la ladera empinada y escarpada de una colina rodeada por vegetación agreste muy tupida. Le costó sortear las plantas silvestres y los matorrales por su condición humana. Cuando alcanzó la entrada al insignificante poblado encontró cuanto ansiaba. Los hombres estaban ausentes por sus tareas y únicamente estaban las mujeres con los niños pequeños y los ancianos que apenas podían caminar erguidos por el supremo peso de los años.
Bertelok se acercó a una señora y le hizo una ridícula reverencia. Acto seguido la miró a los ojos, y sin musitar ni media sílaba, la convino a que le siguiese. Ella obedeció con docilidad, eso sí, andando muy despacio y arrastrando los pies. Así fue visitando cada choza y cada rincón de sitio tan miserable. Su capacidad de hechizar a la población femenina de la localidad hizo que congregase a treinta y siete mujeres en edad de aún poder mantener descendencia en lo que pudiera considerarse la plaza principal del pueblo. No tenía intención de reclutar a los habitantes enfermos, ni mayores ni de corta edad.
Bertelok las miraba medio satisfecho. Su lengua se deslizó por los labios con cierta lujuria, aunque no le estaba permitido mantener relaciones con la especie humana. Para ello, antes tendría que ascender en el rango del inframundo. Aunque cuando esto sucediese, sin duda escogería algo más decente.
Las mujeres permanecían quietas de pie, con la vista perdida como si estuvieran con los pensamientos congelados. Los brazos colgando a los costados. Las piernas estaban algo descoordinadas. Sus mejillas pálidas, como si evitasen el contacto del sol diurno. Algunas mantenían las mandíbulas desencajadas, mostrando una dentadura imperfecta.
Era su instante de gloria personal. Bertelok pronunció una única frase en un idioma desconocido para las aldeanas. Una recia neblina fue rodeándolas y cuando a los pocos segundos quedó dispersada, todas habían desaparecido camino al infierno.

Transcurrieron algunas horas. Los hombres del lugar fueron llegando poco a poco, con la ropa destrozada y colgándoles en harapos y la piel hinchada y recubierta de arañazos profundos. Se incorporaron a la vida propia de la aldea sin en ningún momento extrañarse de no hallar a ninguna de las mujeres. Tan sólo estaban las personas más ancianas y los niños en la localidad. Caminaban sin rumbo fijo, tropezándose los unos con los otros. A veces perdían algún miembro. Otras veces gruñían y se enzarzaban en alguna pelea que conseguiría empeorar su pésimo estado externo. Pasaban horas y horas. No descansaban en todo el día y continuaban durante la noche desangelada. Vagando de un lado para otro. Abandonando el pueblo, recorriendo las cercanías, sin poder ir más allá de las lindes por la espesura de la vegetación que les rodeaba, manteniéndoles apartados de la civilización.
En el pasado cercano fueron gente normal y sana, hasta que por causa de una extraña enfermedad o contagio, habían dejado de ser seres vivos, para limitarse a los movimientos inconexos de los muertos vivientes.
Pues ese había sido el grave error de Bertelok, y que sin duda le supondría una reprimenda de lo más severa, ya que aquellas mujeres que se había llevado consigo estaban desprovistas de toda vida, y sus almas hacía muchos días que emigraron a un lugar mucho más acogedor que el averno.


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La leyenda urbana del camión de la basura.


Jooney Barrigodtam llevaba viviendo en los Estados Unidos tres años. Era holandés, de Utrecht para más señas. Tenía cincuenta años y era un decente informático en la programación del antivirus para ordenadores “Kaploski ¡Pom!”. La diminuta sede era una simple oficina en un edificio descomunal situado en pleno ombligo de Manhattan. Aún así, Jooney, por los precios tan disparatados de alquiler en los pisos y cuartos ofrecidos por las bolsas de las inmobiliarias, y dado que como mucho pensaba vivir unos cinco años para luego retornar a su tierra natal, decidió vivir en Long Island. En el pueblo de Little Orange se sintió como en su propia casa, pues había una comunidad de holandeses de lo más apreciable. También había una taberna, la del Techo Verde, donde se reunían todas las tardes noches y en especial los domingos. Jooney disfrutaba bebiendo cervezas en toda su variopinta de gamas etílicas. Estaba soltero, no tenía novia, así que luego cuando volviese a su pequeño apartamento de cuarenta metros cuadrados no tendría que rendir cuentas a nadie.
Así que Jooney bebía y bebía. No se abstenía ninguna tarde.
Todo sucedió en un viernes de sus habituales cogorzas vespertinas. Llevaba bebidas unas ocho jarras y un par de coca colas con brandy de colofón final, cuando se despidió de sus colegas y afrontó las calles con paso lento y ligeramente bamboleante. Tardaría veinte minutos en llegar a casa. Nada más hacerlo, intentaría colocarse el pijama para luego dormir de un tirón. Al día siguiente tendría que levantarse a las ocho de la mañana para acudir a la empresa con una resaca apreciable. Afortunadamente eso no influía más tarde en su habitual aporreo sobre el teclado del ordenador.
Jooney silbaba y se reía a lo tonto. Era el hombre más feliz del momento. Eso sí, sentía una incomodidad en la vejiga. Estuvo por desandar los metros que había recorrido desde la taberna para ir a los servicios, pero vio un callejón sin salida cercano y decidió aliviarse ahí mismo, en plena intimidad callejera.
Enfiló su caminar todo decidido hacia la entrada a la callejuela estrecha y maloliente. Mientras lo hacía, fue tirando de la bragueta de los vaqueros hacia abajo. Sería aparcar y regar, ja ja, pensó, soltando una carcajada.
Rodeó un cubo de basura. Entre este y un enorme compactador de basura había el hueco suficiente para arrimarse a la pared y soltar un buen chorro de orina cervecera.
Empezó a concentrarse en ello, cuando percibió una serie de pisadas de procedencia dudosa. Su mente embotada no pudo precisar si venían desde la calle principal o desde las sombras del callejón. Lo único seguro es que se estaba acercando alguien.
– Déjenme mear en paz. Luego el sitio estará disponible para vuestra cistitis… – rió con ganas.
De repente fue sujetado por varias manos enguantadas en cuero negro. El chorro de la orina empapó su pernera derecha del pantalón, cosa que le irritó.
– ¡Gilipollas! ¡No me toques!
Sin miramientos, su cara fue estampada contra la pared enladrillada, obligándole a cruzar los brazos por detrás. Quiso separar los labios para protestar airadamente, pero unas manazas le mantenían aplastado contra la pared ejerciendo presión sobre su cogote. Notó como le maniataban con una especie de lid de plástico.
En ese instante le dieron la vuelta. Jooney atisbó por un fugaz instante a tres figuras vestidas de negro y con pasamontañas.
Le apuntaron con una linterna directamente a los ojos para cegarle la visión.
– ¿Qué demonios sois? ¿Y a qué viene esto?
Dos de los individuos se le acercaron mientras el tercero continuaba deslumbrándole con el haz intenso de la linterna.
Jooney fue obligado a abrir la boca para serle introducido un trapo húmedo en la cavidad bucal. Luego le pusieron cinta de embalar alrededor de las mandíbulas, dando cuatro vueltas hasta asegurar que no podría reproducir el menor sonido de queja o de auxilio.
Acto seguido le maniataron los pies.
Cuando terminaron de inmovilizarle, los tres se rieron con ganas. Jooney tenía el pito salido, y uno de los extraños se lo introdujo en el pantalón y le subió la cremallera de la bragueta. De nuevo más risas.
Fueron unos escasos segundos en los cuales Jooney pensó que se trataba de una broma pesada de los amigos de la taberna, y por eso ladeó la cabeza en repetidas ocasiones, como diciéndoles: “vale, todo muy divertido, pero ahora soltadme, que tengo ganas de dormir la mona”.
Los tres hombres ya no rieron más. Alzaron la tapa del contenedor de basura para acto seguido, entre los tres, con ciertas dificultades, coger el cuerpo de Jooney en vilo en horizontal y dejarlo caer en su interior.
Jooney notó la basura rodeándole. Y también la llegada de la oscuridad al ver que la tapa bajaba de golpe para dejarle encerrado dentro del contenedor.
Mordió con fuerza el trapo mojado que hacía de mordaza, con el corazón palpitándole a mil por hora.
Aquellos desgraciados iban a dejarle ahí. Y el camión de la basura llegaría en menos de media hora.
Jooney hizo lo posible por desatarse. Sudó como un cerdo, pero todo fue inútil.
Su destino era morir asfixiado y triturado dentro de las tripas mecánicas del camión de la basura.
Un triste destino final sin lugar a dudas.
Además de lo más terrible.
Y la constatación de que la leyenda urbana del camión de basura estaba siendo alimentada por la mente asesina de aquellos tres psicópatas.


Existe entre los asiduos a las tabernas de Long Island (Estado de Nueva York), la leyenda urbana local de ser atacado por unos extraños en un callejón sin salida que atan de pies y manos a la víctima, además de amordazarla, para luego dejarla introducida dentro de un contenedor de la basura para que así sea recogida por el camión y muera asfixiada y triturada en el interior del mismo.

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El monstruo con rostro de niño y patas de perro. (The monster with the face of a child and dog legs).

                      Estaba atardeciendo, cuando el joven Nick, acompañado de su perro labrador “Flecha”, regresaban al pueblo tras una tarde de holganza en el campo. Era pleno verano, en los últimos días de vacaciones antes de tener que retornar a la escuela secundaria de Breendeer para el inicio del nuevo curso escolar. Ambos, dueño y perro, estuvieron jugando y durmiendo la siesta al amparo de la sombra agradable y fresca que proporcionaba una arboleda. Tras merendar, decidieron volver a casa. “Flecha” se quedaría en la parte trasera del jardín de casa y Nick vería si podía ayudar en algo que hiciese falta a sus padres.
                A medio camino fue cuando escucharon un inmenso estruendo procedente de la arboleda recién abandonada. Nick se volvió para contemplar extasiado una estela trazada en el cielo por el humo con dirección al pequeño bosque. “Flecha” se puso a ladrar frenéticamente, dando vueltas alrededor de las piernas del muchacho. Nick se agachó para calmarlo, tocándole suavemente las orejas.
                – Shsss. Quieto, “Flecha”.
                Se quedó mirando la estela que aún permanecía visible en las alturas. De parte de la arboleda emergía una humareda oscura. No era negra, sino más bien de tonos marrones.
                Dio la casualidad que Nick portaba una cámara digital, y le embargó la emoción de poder ser la primera persona que descubriera el tipo de objeto caído del cielo que había terminado por estrellarse entre el conjunto de árboles y maleza agreste ubicado en el campo a las afueras de la localidad de Mulligan Town.
                Sin pensárselo, instó al perro a que le siguiese hasta el bosque.
                “Flecha” remoloneaba, pero finalmente obedeció, confiando por desgracia en la inconsciencia de su amo.
                No tardaron ni cinco minutos en aproximarse al inicio del límite del campo con los primeros árboles. Se internaron por una senda, sorteando piedras, troncos y arbustos de medio tamaño, hasta que la densidad del humo procedente del lugar del impacto del desconocido objeto celestial les hizo de toser y respirar con cierta dificultad. La visibilidad era muy mala, aún contando con la ayuda de una fuerte brisa que iba despejando poco a poco la zona.
                Nick se llevó un pañuelo a la boca, y con la cámara sujetada por la mano derecha, pudo hallar el socavón. La fuerza de la caída del objeto había tronchando un árbol por la mitad, haciendo situar su tronco y su ramaje en sentido horizontal a ras del suelo como si fuese una valla protectora. El aire incrementó su intensidad, despejando gran parte de la zona de impacto, facilitando una mejor visión del lugar.
                El cráter tendría dos metros de diámetro y metro y medio de profundidad en la parte más central, que era donde había ido a caer el supuesto meteorito.  Nick continuó tosiendo por los vapores emergentes del agujero practicado en el suelo del bosque, llevándose la lente del visor de la cámara al ojo derecho. Aplicó un zoom y pudo ver que el suelo estaba ennegrecido, tanto en la parte hundida como en la periferia del impacto, con parte de la hierba amarillenta, aplastada  o chamuscada.
                “Flecha” ladró con insistencia, preocupado por algo.
                Repentinamente, cuando Nick estaba empeñado en sacar una buena foto del diminuto cráter, surgieron vapores del centro del mismo, envolviéndoles hasta sumirles en una espesa niebla que les hizo perder toda orientación y visibilidad posible.
                “Flecha” dejó de ladrar, para empezar a quejarse lastimosamente.
                Nick dejó caer la cámara al suelo.
                Su respiración se aceleró, al igual que las pulsaciones del corazón.
                Transpiraba copiosamente.
                La ropa que llevaba se fue derritiendo materialmente encima de su cuerpo.
                La sensación era del todo desagradable y amenazadora.
                Se sintió debilitado, quedando postrado sobre sus rodillas desnudas y las palmas de las manos.
        En un momento dado quiso gritar, pero fue demasiado tarde.
                Tenía sus labios adheridos al lomo de “Flecha”.
                La grasa se le resbalaba por las mejillas a chorretadas.
                La sauna infernal estaba formando un nuevo cuerpo con las dos unidades de Nick y del perro.
                Nick gemía de dolor.
                “Flecha” soltaba gañidos estridentes.
                Los huesos se dilataban y entrelazaban.
                Maldita sea, era como si Dios mismo estuviera jugando con ellos, utilizando los dedos para modelarlos en algo relativamente monstruoso.
                Estuvieron así durante media hora a merced de los efectos de la niebla hedionda.
                Llegado el momento, Nick y su perro pudieron abandonar el bosque caminando sobre sus ocho patas…


                El sheriff Lenkins estaba sentado a la mesa jugando una partida con su ayudante en el bar del viejo Taylor, cuando la puerta de la entrada fue abierta de malas formas, haciéndose los cristales añicos.
                – ¡Joder! ¿QUÉ ES ESO QUE ESTÁ ENTRANDO POR AHÍ? – vociferó el ayudante del sheriff, aterrado.
                Lenkins se dio la vuelta, descubriendo una criatura infernal arrastrándose a ocho patas, con rasgos humanos y un hocico de perro. Estaba gruñendo y escupiendo, con las babas impregnando el suelo que pisaba.
                – ¡La Virgen, Rick! ¡Desenfunda, joder! ¡Desenfunda!  -ordenó el sheriff.
                Se incorporaron de pie y desde su posición acribillaron a la horrenda deformidad hasta haber vaciado los tambores de los revólveres. Al instante se vieron respaldados desde la barra del bar por Taylor con su escopeta de caza. La criatura era resistente, y necesitó una segunda tanda de disparos efectuados por los agentes hasta caer por fin abatida en un enorme charco de sangre.
                Cuando los tres hombres se aproximaron a verlo más de cerca, se vieron forzados a santiguarse, pues no tardaron en reconocer los rasgos característicos del joven Nick formando parte de la ignominiosa anatomía del monstruo.


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La ira de los demonios. (The wrath of the demons).

                    
             – Su estirpe siempre ha sido muy creyente y supersticiosa. Ambas cosas favorecen nuestra intervención.
                – ¡Es hora de poseer un cuerpo! ¡De corromperlo! ¡Dañarlo! ¡Abusar de él! ¡Alojarnos en su carcasa, para desprenderlo del alma!
                – ¡Así es! La muchacha es débil de espíritu. NO podrá impedir que nos hagamos con el control de su mente.
                – ¡Tenemos que hacerlo! ¡Es nuestra lucha contra quien nos ha condenado a padecer el fuego eterno! ¡Destruyendo uno de entre los suyos, es una más que merecida venganza! ¡Y si conseguimos arrastrar su alma con nosotros, un premio extraordinario!
                – Somos cinco elegidos para residir en el cuerpo de la mortal. ¡Empecemos ya! ¡Y recordad que cuanto más dure su tormento, el dolor que surja de ello será nuestro máximo disfrute! ¡No nos precipitemos con la magnitud de las primeras manifestaciones!
                – ¡Tienes razón! ¡No queremos meses! ¡Si puede durar años, ese será el período de tiempo en que estaremos alejados de nuestro destino infinito!
                – ¡Es una lástima! ¡Con lo divertido que tiene que ser cuando quiera acogerse a la ayuda externa para promover nuestra salida de su cuerpo!
                – Os aseguro que jamás será recuperada. Si consiguen expulsarnos, también su vida lo será para siempre.

                – ¡Maldito mortal! Soy Halías.
                – Alzadill.
                – Bermadel.
                – Hazaziel.
                – Normadén.
                – Somos cinco pero podemos concitar a mil más para llevarnos a esta perra descarriada. Así que deja de molestarnos y vete por dónde has venido.
                – Eso no hará falta, condenada chiflada – susurró la voz humana.
                Aproximó el filo de la navaja a la nuez, profundizando en la carne del cuello hasta hacerle un corte lo suficiente grave como para permitir que la chica muriese desangrada en escasos segundos. Los insonoros alaridos de los demonios fueron espantosos en el limbo de su inframundo de pesadilla. Estaban enfurecidos por la muerte de Esther. Aquel extraño que se había colado por la ventana abierta para robar en la casa les había arrebatado lo que más ansiaban, la posesión del cuerpo y de la mente de la joven. Apenas habían empezado a disfrutar con ella. Ni siquiera sus propios padres habían recaído aún en la posibilidad de que la actitud distante y huraña de Esther podía albergar algo más grave que una  simple rebeldía propia de la adolescencia.
                Una semana.
                Eso es lo que llevaban dentro del núcleo existencial de la muchacha.
                Hasta la irrupción de ese hombre encapuchado.
                Este miró con seriedad a la joven. Era una pena haberla asesinado, pero si no se callaba, podría despertar a los demás residentes de la casa, y lo que él necesitaba era poder registrar el lugar en el mayor de los silencios.
                Media hora después abandonaba la casa por la misma ventana por la que había accedido a su interior.
                Conforme salía a través del hueco del marco, pudo apreciar un rostro sereno en la chica, todo lo contrario al semblante histérico y desquiciado que le mostró cuando fue despertada por haberse tropezado él con la esquina de la cómoda más cercana a la puerta del dormitorio. De no ser por la almohada, la manta y el camisón ensangrentados, se diría que estaba profundamente dormida.
                Fue descendiendo por la fachada apoyado en la tubería bajante del canalón hasta llegar al suelo.
                Conforme se alejaba, escuchó un ruido sonoro sobre su cabeza. Instintivamente miró hacia arriba. Procedía de lo alto de un árbol. En una de sus ramas adivinó los ojos brillantes de un gato enorme. Parecía estar castrado, de lo gordo que estaba.
                El gato maulló largamente.
                Lo sonrió.
                – Vaya. Eres el único testigo de lo que acabo de hacer en esa casa – le dijo.
                El pelaje del gato era de color ceniciento. Encorvó el lomo. Ladeó su cabeza para concentrarse en el hombre.
                Iba a volver a maullar.
                Lo hizo.
                Los inquilinos temporales abandonaron el cuerpo del animal y se alojaron en el del ladrón.
                Este se sintió raro al instante. Se sintió ligeramente indispuesto. Empezó a tiritar como si estuviera pasando mucho frío. Pero la temperatura era del todo veraniega. Se pasó una mano por el rostro y se arrancó el pasamontañas, arrojándolo sobre el suelo.
                Sin comprenderlo, no podía avanzar. Estaba paralizado de cintura hacia abajo. Erguido de pie como un poste. Quiso hablar en voz alta consigo mismo, pero no pudo.
                “¡No queremos tu cuerpo, hijo de puta!” – le llegó una voz siniestra dentro de su mente.
                “Nos has jodido la diversión con la muñequita. Ahora nos toca joderte a ti, bastardo “– le habló una segunda voz interna.
                Repentinamente sus piernas se pusieron en marcha, y sin desearlo, se hallaba corriendo locamente por la calle.
                Estaba aterrorizado. Algo estaba controlando su cuerpo. Y no podía impedir que tal cosa sucediese.
               “Soy Halías.”
                  “Alzadill.”
                  “ Bermadel.”
                  “Hazaziel.”
                  “ Normadén.”
                  “Tú nos arrebataste la vida de la mocosa. Ahora nos corresponde a nosotros hacerlo con la tuya tan inútil y patéticamente miserable que tienes.”
                Su cuerpo fue dirigido cada vez  con más intensidad, forzando la resistencia del corazón. Pasados unos minutos de carrera, sintió un fuerte dolor en el pecho, siendo la antesala de un paro cardíaco, que desembocó en su postración en medio de la calzada.
                Un hilillo de saliva espesa surgía de la comisura de sus labios, mientras sus ojos abiertos miraban hacia el infinito. En su rostro no se adivinaba la misma serenidad y paz que mostraba el de Esther, porque mientras para la muchacha la marcha de los cinco demonios representó su liberación espiritual, para él significaba el comienzo de su larga condena en la tierra donde aquellos moraban eternamente…

Jugando con la arena. (Playing with the sand).

                Donovan se sintió externamente frío. Se desperezó, estirándose sobre una superficie dura, pétrea y gélida. No veía más que oscuridad y tuvo que quitarse las gafas de sol.

                Entonces…
                – ¿Dónde estamos?
                La pregunta surgió cerca de su lado. Era la voz de Mirtha. Estaba incorporada ya de pie, abrazándose a sí misma para tratar de entrar en calor. Desde la pared más próxima a ambos, una tea encendida iluminaba irregularmente parte del recinto.
                Donovan estaba asombrado. No le salían las palabras.
                Miró a su mujer. Esta reflejaba en sus ojos al borde del llanto el terror en el estado más puro.
                – ¿Y Leticia? ¿Dónde está nuestra pequeña? – inquirió  ella con estridencia, irritada al ver que su marido aún no reaccionaba ante la situación tan irreal en que se hallaban.
                Donovan iba a tratar de responder, cuando un aullido infernal e inhumano les llegó procedente de la oscuridad más alejada.

                Leticia estaba feliz jugando con la arena fina de la pequeña playa. Disponía de un cubo de plástico verde fosforito y su pala roja de juguete. Con un poco de agua recogida en el fondo del cubo humedecía un montoncito de arena para así crear la solidez necesaria para formar una casa.
                Leticia estaba algo alejada de donde estaban descansando sus padres, los dos tumbados al sol protegidos por un enorme parasol. Era temporada baja, el lugar de por sí era poco conocido y turístico y la playa estaba casi solitaria, motivo por el cual la familia había decidido ir a pasar la mañana ahí por el día tan cálido que había salido. También al tratarse de una fecha entre semana, era presumible poder disfrutar de un magnífico día de asueto de sol y playa con la tranquilidad de verse rodeados de muy poca gente que molestase. Para una excepción en que su padre tenía una jornada libre en el trabajo de la oficina, había que aprovecharlo a lo grande.
                Los padres de la niña estaban profundamente adormecidos sobre sus toallas de variopintos colores de tonos alegres y desenfadados. Leticia estaba tan atareada en la construcción de su casita de arena, que no se dio de cuenta de la llegada del niño. Se volvió al ver que la sombra proyectada por la silueta del niño recién llegado le tapaba su pequeña obra de arte.
                – ¿Qué haces? Apártate, quieres – le dijo, enfurruñada.
                El niño estaba en los huesos.  Parecía bastante enfermizo. Sus ojos eran muy saltones. Su tez estaba reseca y con zonas enrojecidas por la irritación en reacción al estar expuesto de manera directa al sol. Sobre su frente llevaba una cicatriz muy profunda y vestía ropa usada mal remendada.
                – ¿Puedes dejarme un poco de agua para construir con la arena algo interesante? – preguntó el niño de aspecto tan raro.
                – Vale. No me importa. Podemos jugar juntos – le contestó Leticia, sintiendo curiosidad por lo que pudiera formar con la arena.
                Le pasó el cubo. El niño se sentó a su lado. Amontonó arena y lo empapó hasta quedar satisfecho con la consistencia dada. Formó un pequeño hoyuelo con las manos en el suelo y extrajo de uno de los bolsillos de sus pantalones cortos deshilachados algo envuelto en papel de aluminio. Se lo mostró a la niña sin emocionarse.
                – Mira – dijo en un susurro.
                Fue abriendo el aluminio por los bordes hasta dejar a la vista una tableta de plastilina negra.
                – ¡Es plastilina! – dijo Leticia, fascinada.
                El niño la sonrió con desgana. Dividió la tableta en tres porciones. Una correspondía a dos terceras partes de la plastilina, mientras las otras dos porciones fueron partidas por la mitad exacta de la tercera parte restante. Los dedos de sus manos formaron una bola con la porción más grande. Luego la fue estilizando hasta que adquirió la forma de una cosa con seis patas y una cabeza deforme muy aplastada. Se la enseñó a Leticia.
                – Mira. Un monstruo – comentó con una sonrisa extraña.
                Depositó la figura del monstruo en el hoyo excavado en la arena.
                Sin detenerse, sus dedos dieron cierta forma a las otras dos porciones, hasta simular dos siluetas humanas. Igualmente se las mostró a Leticia.
                – Mira. Tus padres.
                Leticia estaba como hipnotizada. Cuando observó que  juntaba las dos figuras con la del monstruo en el fondo del hoyo, quiso protestar, pero el niño se llevó un dedo índice a los labios para indicarle que estuviera callada hasta el final.
                Se puso a tapar las tres figuras con la arena mojada y estuvo unos pocos minutos moldeando algo parecido a un montículo.
                Nuevamente reclamó la atención de Leticia.
                – Esa es una casa muy rara – se le anticipó la niña.
                – No es una casa. Es el lugar donde están encerrados tus padres.
                El niño entornó los ojos, mostrándole las encías sangrantes de la parte superior de su dentadura.
                – Ahora mira esto.
                Juntó ambas manos sobre la estructura de arena y apretó con fuerza hasta chafarla.
                Entre los resquicios de sus dedos surgió un líquido viscoso oscuro, procedente de la arena que presionaba.
                Contempló a Leticia con satisfacción.
                Soltó una carcajada amplia al advertir lo asustada que estaba.
                Finalmente le dijo:
                – Mira. Tus padres están ahora muertos.
                Leticia se marchó llorando, dejando atrás su cubo y su pala de juguete para jugar con la arena. Aquel niño malo la había asustado tanto, consiguiendo que se mojara la ropa interior. Se dirigió hacia la zona donde descansaban sus padres, llamándoles a gritos entre gimoteos.
                Pero al llegar al lado del enorme parasol simplemente encontró las toallas de playa empapadas de sangre.


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