La Fisura (Capítulo Quinto).

V

            Sonia Mills, la recepcionista interina que atendía la oficina de la “Acqua Service Company”, recibió la llamada telefónica de un cliente desesperado, de voz desfallecida y susurrante como si lo hiciera desde la otra punta del país, pero no efectuaba la llamada desde la costa Este limitando con el paso fronterizo con Canadá, si no desde la urbanización de “Resting Place”, en lo más sureño de Idaho, paraje de lo más envidiado, modernista y aburguesado, emplazado en pleno cráter central del condado de Tucksville, con las erosionadas montañas Reddish circunvalándolo cual anillo saturnino.
            – Oficina central de “Acqua Service Company”. ¿En qué puedo servirle? – inició el protocolo telefónico la señorita Mills.
            – “Acqua Service”. ¿Está usted segura que lo es? ¡NO DEBO DE EQUIVOCARME!
            – Lo es, señor. Si es tan amable de decirme qué desea.
            – La piscina. La infernal piscina…
            – ¿Qué le ocurre a su piscina, señor? – la indiferencia de la recepcionista era notoria.
            – Hay algo allí, en el fondo, que no debería de estar. Muerde como si fuera una cría de cocodrilo o un similar – la voz varonil transmitía el estado febril, enfermizo y casi fuera de control del interlocutor.
            – Señor, si no desea hacer uso de nuestros servicios, le ruego que cuelgue y deje la línea libre.
            El deseo de la recepcionista obró de forma milagrosa en el frenesí alucinador del sujeto anónimo que permanecía al otro lado de la conexión.
            ¡Si! este hizo un sonido sumamente desagradable, como si se estuviera sorbiendo las mucosidades con cierto deleite gastronómico. – Por supuesto que deseo solicitar los servicios de vuestros empleados.¡Y con urgencia!
            – ¿Qué desea, caballero? ¿Llenar o…?
            – ¡Vaciarla! – graznó el hombre, interrumpiéndola. – Es imperativo que quede vacía. Por completo. No quiero que quede ni una miserable gota. Más seca que un barril de cerveza en una despedida de solteros.
            – ¿Podría en tal caso facilitarme la dirección?
            – Ajá.
            El cliente le dio la dirección. Sonia la apuntó con letra gruesa e inclinada hacia la derecha en la agenda de demanda de servicios diarios. Toda la operación se desarrolló lindante con la quietud. El hombre carraspeó una vez, y la punta del bolígrafo “Bic” se apretaba contra la cuartilla de papel reciclado.
            – Lo habrá apuntado bien, ¿verdad? – se interesó el hombre con una sombra de duda en el momento que dejó de percibir el sonido rasgado del bolígrafo.
            – Sí, señor. Calle Hardy Lane, número 125. Resting Place. Condado de Tucksville. A nombre del señor Code.
            – Perfecto.
            “¿Vendrán pronto, verdad? Se lo imploro. Asegúreme que sus empleados estarán aquí para esta misma mañana.
            Sonia bufó, apartando los labios del auricular. Consultó los servicios pendientes en la agenda. No había ninguna otra piscina o estanque en espera de ser atendida antes que la de “Resting Place”.
            – Se personarán allí en una hora o en hora y media a tardar como mucho, señor.
            Lograba percibir el jadeo casi perruno del señor Code.
            – ¿Me ha oído, señor?
            – Si. Y créame, ahora me encuentro más tranquilo. Más sereno. Además, en el instante que tenga la piscina vacía, sacaré la cosa que se esconde allí abajo, y la mataré a hachazos. Lo juro por mi madre.
            – Señor…
            – Liquidaré a esa alimaña por el bien de la civilización humana. La destriparé, exponiendo sus restos al sol. Así ya no me causará más problemas.
            – Adiós, señor – decidió cortar la comunicación con el cliente la señorita Mills.
            En los últimos cinco segundos de contacto telefónico con aquel hombre atormentado, la palabra matar continuó desfilando por el micrófono del receptor.
            Matar.
            Matar.
            Matar.
            Sonia Mills se olvidó rápidamente del tema, y aunque hubiera sido conveniente haber informado del contenido de tan macabra conversación al ayudante del sheriff Gorham, lo desechó, argumentando que la posible sinrazón del señor Code se debía más a una previsible resaca de alucinógenos que al fulgor de una locura psicopática desarrollada en sí en el umbral de su ya máximo apogeo dañino cerebral…


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La Fisura (Capítulo Cuarto).

IV


             1.


             Arthur Code estaba pletórico de ánimo y autoconfianza en su ego constantemente al alza con el paso de los años. Se puso uno de sus trajes informales adquiridos en 
“Woddy´s”, un concepto chillón y doliente del buen gusto en el vestir que divertía a lo grande a las nenas de Tracy Tutti Torso, y estuvo esperando en el salón, viendo “La Invasión de Viena” expuesta en la televisión de pantalla extraplana de ochenta y dos pulgadas con efectos tridimensionales Hakka Pakka, fabricada en Finlandia y con un costo de compra en el momento de su adquisición de cinco mil dólares contantes y sonantes. Se sirvió un vaso generoso y espléndido de un ron “Muerte Sudorosa” dominicano con dos cubitos de hielo ahuecados. Pasado un cuarto de hora extra largo, entre oleadas de artillería nazi y demoliciones estructurales de las edificaciones de la capital austriaca por parte de la ofensiva aliada en su camino imparable hacia Berlín, Code estaba seriamente achispado, sonriendo bobaliconamente ante el revoloteo de una pesadísima polilla que deambulaba en círculos alrededor de la pantalla. En ese estado de desidia etílica pudo percibir instintivamente el ronroneo estridente del vehículo que usualmente solía traer a las chicas de vida alegre nocturna (un Mazda GT 2200 trucado). Se levantó del sofá de piel de llama del altiplano peruano y con el vaso de licor en una mano, recorrió la distancia hasta el vestíbulo decorado con paredes revestidas con juncos de bambú barnizados. Abrió la puerta de madera de cedro tallado artesanalmente en “Tannati´s De Luxe” por mil setecientos dólares y saludó con un rictus de zalamería malsana a la chica situada bajo el pequeño pórtico infectado de hiedra retorcida.
            Era Wendy Currizos, la de Alabama. Una pelirroja teñida de un metro setenta, cincuenta y cinco kilos bien llevados y unos treinta años. Delantera respetable y trasero firme y en su sitio. Esa noche, de la forma en que iba vestida, con un conjunto oscuro de fiesta de generoso escote y con un hombro al descubierto, además del acierto en el maquillaje que llevaba encima del precioso cutis, aparentaba diez años menos.
            – Hola, Wendy – la saludó con cierta pérdida de entusiasmo nada más verla. La invitó a pasar por debajo del umbral con la mano desocupada.
            La mujer sonrió con picardía de lo más insulsa, y le acompañó hasta el salón con paso desgarbado. Code supo que la muy infeliz estaba caminando incómoda con esos zapatos de tacón de aguja de alta alcurnia.
            – Puedes descalzarte los pinreles, querida. El suelo está desinfectado. Lo hago fregar todos los días con un friegasuelos bio alcohólico, de aroma de pino con efecto triple lejía.
            – Oh, que gentil por tu parte. Se ve que en tu anterior vida, fuiste inspector de sanidad…- le agradeció la chica con ironía.
            Se quitó los zapatos, dejándolos caer sobre la genuina alfombra de piel de oso polar sacrificado unos meses antes de haber alcanzado la edad adulta en una partida de caza celebrada por Code y unos guías nativos cercana a la población de Chukiski, en la zona norte de Alaska. Se sentó en el sofá de seis plazas y media, y se puso a masajearse los dedos de los pies a través del nylon de los pantis negros.
            – Estoy hartita de tener que calzarme estos puñeteros zapatos – masculló, algo alterada.
            – La Madame Tracy os cuida bien, según tengo entendido.
            – Por lo que hacemos, ya puede, el muy desgraciado. A costa de nuestro sudor, va a financiarse la operación de cambio de sexo, no te fastidia. Y no te creas que pienso seguir mucho más tiempo ejerciendo de prostituta de lujo, nene.
            – Vaya. ¿Y cuáles son tus pretensiones de cara al futuro, Wend?
            Code se acomodó a su lado, ofreciéndole un vaso de tequila.
            Wendy lo miró con los ojos abiertos como soles.
            – Estoy estudiando para ser actriz. Pienso que tengo la clase y el glamour suficiente como para gustarle a la cámara. (La chica se fijó en la cara deshonesta que le puso su anfitrión). ¡Nada de pornografía, carajo! Las lecciones me las están impartiendo online por internet y cada viernes por la tarde recibo clases de interpretación sobre el escenario en el teatro de Barrick Town. ¡Mira que eres un cerdo malpensado!
            – ¿Pero qué clase de actriz? ¿De cine, de televisión o de teatro?
            Code estaba ciertamente decepcionado. La tal Wendy no era muy lanzada. Había esperado la visita de “Boom-Boom”, o a Martha, “La Alemana”, pero nunca a la soporífera de Wendy, “sonrisa de maíz”. Mira que se lo había mencionado explícitamente a Madame Tracy: “No más wendies, por favor. Luce muy bien, pero para cuando llega el instante álgido en que desea afanarse en sus quehaceres, ya han discurrido dos horas del más ominoso de los tedios.”.
            En este caso, la boca de la muchacha se abría y cerraba con la celeridad incansable del movimiento de los labios del muñeco de un ventrílocuo.
            – ¡Ja! Indudablemente, la respuesta tiene que ver con el mundo del cine. La televisión te quema en cuestión de meses. Y el teatro no te inmortaliza a nivel de los medios. Bla, bla, bla…
            Arthur Code se tomó dos coñacs, un tequila y dos copazos de crema irlandesa en los tres cuartos de hora que llevaba de conversación baldía con su acompañante, escuchando sus quiméricas ilusiones con la paciencia de un cliente en la cola de la caja de un supermercado en vísperas de las navidades.
            En un momento dado de hastío, se alzó medio aturdido entre marasmos producidos por la media borrachera que llevaba encima y sin tapujos, la miró directamente al canalillo del escote de su sugerente vestido.
            – Cambiando de tema, Wendy. ¿Qué te parecería si continuamos esta charla entre chapuzón y chapuzón en esa piscina de casi seis metros de profundidad a los sones de la guitarra acústica de Wendello?
            Cada tema de Wendello quedaba enmarcado dentro de lo que se consideraba la música comercial preferida del momento. Era un solista neoyorquino, melenudo y flacucho como el hueso mondo y lirondo de una pata de pollo asado, de cortas prestaciones artísticas, que hacía el payaso integral en el escenario, enardeciendo al sector femenino que le seguía con sus provocaciones.
            – Lo haremos sin la ropa puesta encima, claro – expuso Wendy.
            – Así será, cariño. La ropa mojada siempre en el tambor de la lavadora, por Dios. Estamos a veinticinco grados.
            Diez minutos después la pareja estaba inmersa en la calidez de la piscina, nadando y jugueteando. Code la retó a disputar una carrera de quince metros braza. Para su oprobio y vergüenza varonil, consiguió llegar a duras penas al otro lado de la piscina. Wendy se partió de risa viéndole llegar con tres metros de retraso, con la cara congestionada y tosiendo como si hubiera tragado veinte litros de agua. Definitivamente tenía que reconocer que ya no estaba en edad y condición física para dedicarse a esos menesteres deportivos.
            Cerca de la piscina, sobresaliendo como el pico de un pterodáctilo, estaba ubicado el altavoz “Sony Wild Wet Dreams”, difundiendo los acordes demenciales de Wendello:

“QUÍEREME U ÓDIAME,
PERO NO DEJES DE PENSAR EN MI FIGURA INSINUANTE.
ESTOY DISPONIBLE PARA LA ETERNIDAD.
NUNCA DEJES DE LUCHAR POR MÍ,
BLANDIENDO TUS ARMAS NATURALES,
PUES SI NO LO HACES
ME IRÉ CON OTRA MUCHO MEJOR,
MEJOR, MEJOR, MEJOR…”

            – Hermosa balada para una espléndida noche, ¿verdad, mocosa mía? – le susurró Code al oído de la chica mientras sostenía sus respingones senos entre las manos.
            La mujer asintió, y juntos se sumergieron hacia el fondo de la piscina, entrelazados. Se besaron y Code se puso tenso, con el corazón palpitante. Sintió una fuerte erección en la ingle. Ella le rodeó con sus piernas alrededor del final de su rabadilla.
            “Oh, Wend. ¡Por fin, Wend!”
            Estaba dispuesto a poseerla, cuando percibió como la mujer luchó por desenredarse de él.
            “eh”
            Wendy forcejeó con rudeza, con los ojos inyectados en sangre a la vez que iba exhalando burbujas frenéticas por la boca.
            ¡blup! ¡blup! ¡blup! ¡blup, blup, bluuppp!
            El hombre sintió un arañazo sobre el pecho, continuado del impacto de la rodilla derecha de Wendy en su entrepierna, haciendo que la soltara de entre sus brazos.
            La chica ascendió verticalmente hacia la superficie, con Code siguiéndola a escaso metro y medio. Cuando buscó el borde de la piscina, la prostituta arremetió de nuevo contra su figura, propinándole en esta ocasión un puñetazo explosivo en el ojo derecho, marcándole con tres surcos profundos en el pómulo del mismo lado del rostro. Las uñas de Wendy no le sacaron el globo ocular de puro milagro.
            Él se quejó lastimosamente, aspirando bocanadas de aire en pleno ataque de ansiedad.
            – ¡Hijo de perra! ¿Qué te has creído? ¡Las rarezas las practicas con tu madre, cerdo!
            Wendy se apoyó contra el borde, abandonando la piscina de un brinco.
            – ¿Pero qué te ocurre, joder? ¿Te has vuelto loca, o qué, maldita fulana? – masculló Code, igualmente histérico y fuera de sí.
            La mujer se volvió para acertarle con un escupitajo en plena cara. El salivazo le corrió desde la frente hasta el tabique nasal.
            – ¡Cabrón! Aún me lo preguntas. Maldito sádico pervertido. No pienses que esto va a quedar así. Ya verás cuando te coja por el cuello uno de los gorilas de Madame Tracy.
            “Olvídate de requerir más nuestros servicios, porque ninguna de mis compañeras van a querer compartir contigo ni una partida de dominó. Viejo enfermizo.
            Wendy se dio la vuelta, echando a correr por el caminillo de piedras. Entró en la casa por la terraza, deslizando la puerta corrediza, cerrando la hoja del ventanal de golpe desde el interior.
            Code vio el rastro de sangre color escarlata que fue dejando la chica en su huída precipitada. También presenció sobresaltado el culo rojizo, descarnado, en carne viva.
            Nunca había visto semejante cosa. Le entraron ganas de vomitar la ingesta de alcohol macerado en su estómago contraído.
            Salió de la piscina apoyándose en la base cuadrada del trampolín, con la mano sobre el ojo ya medio hinchado. El reguero continuaba allí, asentado encima del caminillo de losas. Dio unos pasos temblorosos, eludiendo las losas ensangrentadas cuando
            blup…
            una burbuja afloró a la superficie de la piscina, eclosionando al contactar con el oxígeno del aire. Desanduvo sus pasos, situándose al lado de la mesita camarera. Desde allí pudo entrever una mancha lívida sonrosada que se iba extendiendo por el centro del agua de la piscina. Ligera y espontánea, similar a una cortinilla ligera de gelatina.
            – Caray…– musitó al comprender que se trataba de la sangre de Wendy.
            Se acercó al borde con una incipiente aprensión.
            En el centro del vaso, depositado en el fondo, cerca del nivel de los adultos, divisó los contornos deformados de los cascotes.
            – No puede ser posible.
            Se puso de rodillas. Atisbó las profundidades con su único ojo sano.
            La grieta que había taponado estaba abierta, con el cemento resquebrajado apilado en el fondo azulado. Del agujero emergían unas burbujas. Estas ascendían hasta la superficie para terminar explotando como la burbuja predecesora.
            blup… blup…
            blup… blup…
            Code estaba atónito. Parecía que ni siquiera las sacudidas de un movimiento sísmico de nivel nueve le iban a condicionar a tener que moverse ni un ápice del sitio donde permanecía rígido observando cuanto sucedía en el fondo de su piscina recreativa.
            Las burbujas fueron incrementándose en cuantía. Entonces desde el interior de la enorme fisura surgieron unos tentáculos oscuros que se agitaban nerviosos como las patas sensibles de una araña al ser molestada por otra que se atreviera a transitar por su territorio de caza. Los tentáculos enarbolaban una bandera blanca, o eso es lo que Code pensó para no desmoronarse, cuando lo que realmente era agitado en el fondo de la piscina era el tejido externo de la piel arrebatado a las nalgas de Wendy.
            blup…
            Code se alejó a grandes zancadas, llorando a lágrima viva, preso de la histeria. Quiso hacer deslizar el ventanal de la terraza, pero Wendy lo había cerrado por dentro. Desesperado, cogió la silla de jardín más cercana y la arrojó contra el vidrio, destrozándolo, precipitándose en el interior de su bungalow, buscando su propia protección personal.
            En el exterior, la luz lechosa de la luna nueva iluminaba la superficie ondulante de la piscina. Sobre la misma, una sinfonía de burbujas nacía y moría en escasos segundos, componiendo notas musicales acuáticas.


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Destripando un clásico del cine de terror y ciencia ficción en Escritos de Pesadilla: "Plan 9 del Espacio Exterior", de Ed Wood.

Hoy estrenamos en Escritos de Pesadilla un apartado dedicado a las películas de culto del género de terror y ciencia ficción. Intentaremos publicar una reseña con ilustraciones gráficas genuinas de la web por lo menos una vez al mes.
La primera reseña cinéfila que nos ocupa no es otra que “Plan 9 del Espacio Exterior”. Una producción dirigida por el considerado por la crítica como el peor director de cine de la historia, Edward D. Wood Jr., comúnmente conocido como Ed Wood a secas.
Aún a pesar de sus carencias técnicas, habría que considerar que Ed Wood es una referencia para un servidor. Su iniciativa propia por labrarse una carrera en el mundo del terror se vio lastrada por los escasos conocimientos necesarios para llevar a cabo una película. Aún así considero loable su empeño por intentar sacar adelante sus proyectos utilizando toda la imaginación posible.
En este caso, “Plan 9 del Espacio Exterior” fue rodado gracias a la financiación de la Iglesia Bautista de Beverly Hills, en nombre de dos de sus máximos representantes, que a su vez consiguieron un papel breve como enterradores.
Igualmente es de destacar la presencia de actores tan peculiares como el vidente Criswell, quien se jactaba de haber predicho la trágica muerte de John F. Kennedy, el millonario y excéntrico John Breckinridge, amén de la popular actriz por la época, Vampira. También apareció gente ya habitual colaboradora del director, como el luchador sueco Tor Johnson y el famoso actor Bela Lugosi en las postrimerías de su carrera artística. De hecho, este último falleció antes del rodaje de “Plan 9 del Espacio Exterior”, siendo utilizadas imágenes sueltas y luego agregada la actuación de un secundario  “gemelo”, llamado Thomas Mason, quien era mucho más alto en estatura que el fallecido Bela Lugosi. Thomas actuó cubriéndose el rostro con la capa para disimular la juventud de sus facciones, haciéndose pasar por el renombrado y a la vez ya anciano actor transilvano.
El film fue estrenado en el año 1957, con menos éxito que una foca marina intentando zafarse de una orca asesina.
Entre los errores más reseñables de la película, cabe destacar los siguientes:

  •  La cabina del avión estaba fabricada con cartulinas.
  •  En la estación espacial, entre los aparatos electrónicos baratos adquiridos en una casa de empeños, destaca de manera reseñable una señal luminosa robada de una obra cuando el guarda estaba en su turno de noche medio adormilado.
  •  Los platillos volantes son llantas de coches movidos por hilos sujetados a varillas, siendo los precursores de los teleñecos de Jim Henson.
  •  Las lápidas y cruces de relleno del cementerio fueron hechas de papel.
  •  El coche de policía cambia de modelo de un plano a otro.
  •  El día y  la noche tienen cabida en una misma secuencia, como si los eclipses solares se hubieran sucedido de manera continua por intermediación divina.
  •  La entrada a la cabina de pilotos consta de una cortina de andar por casa.
  •  Uno de los actores, John Breckinridge, interpreta sus escenas leyendo sin tapujos de un papel pegado en el suelo.
El argumento de la película era prometedora para la época: unos extraterrestres malévolos inician el Plan 9 para transformar los cadáveres de los camposantos en zombis asesinos. Su motivo para tal perversión no es otro que la simple excusa que en los años cincuenta ya los seres humanos éramos un peligro evidente para el equilibrio natural de la galaxia, con las invenciones bélicas dañinas de la bomba atómica y un futurible explosivo llamado “solaronite”, que cuando fuera desarrollado por los científicos de la tierra destruiría el sol y la totalidad del universo.
Seguidamente, procedemos a ilustrar el artículo de “Plan 9 del Espacio Exterior” con unas instantáneas gráficas personales.


Foto 1. El actor Thomas Mason ejerciendo de doble del fallecido Bela Lugosi.

Foto 2. El actor luchador Tor Johnson actuando como el fenecido inspector Clay, resurgiendo a la vida desde la tumba.

Foto 3. Un primer plano terrorífico del referido Tor Johnson reconvertido en zombi.

Foto 4. La actriz Vampira en todo su esplendor en su garbeo por el cementerio.

Como colofón a este reportaje, comentar brevemente el “Efecto Ed Wood” en el fenómeno ovni.
Supuestamente, cuando un testigo de primer nivel obtiene pruebas irrefutables del avistamiento de un platillo volante, intervienen los nada amigables Hombres de Negro, convenciéndole de lo absurdo de su testimonio, insinuándole bajo los efectos de la hipnosis más aberrante que su confusión venía debida a haber presenciado la película “Plan 9 del Espacio Exterior” de una sentada.



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Ilustración Terrorífica basada en los Amigos Invisibles de la infancia…

En este caso, la ilustración y su consiguiente humor malsano es de lo más tétrico. ¿Pues qué se esperaban? Estamos en un blog donde prolifera el terror. Donde la mente del autor del mismo persigue los fantasmas que atormentaron a Poe y a Lovecraft antes de su decadencia física final como meros seres mortales…


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Encerrado

Nuevamente, desde Escritos recuperamos un relato que pasó desapercibido como otros tantos en la primera etapa del blog, durante cuyo primer año de existencia simplemente se publicaban los relatos y se hizo bien poco por intentar dar a conocer este rinconcito del espanto al gran público. 

La voz se le repetía día tras día. Inundada de odio y de resentimiento. Machacona. Cruel. Incesante.

– Sucia criatura.
Los pasos se fueron volviendo menos hábiles con el discurrir del tiempo. De los días. Los meses. Los años. Siempre terminaban arrastrándose ante la puerta cerrada bajo llave.
– Aquí te traigo tu asquerosa cena. No te mereces mejor cosa, criatura sucia y miserable.
Una llave giraba en la tija de la cerradura. La puerta quedaba abierta el mínimo tiempo necesario para que algo fuese depositado sobre el escalón superior, el primero visto desde la parte de arriba. El último atisbado entre penumbras constantes desde abajo. La hoja de la puerta quedaba encajada en el marco y la llave volvía a dejarle encerrado hasta nueva orden. Los pasos reanudaron su arrastre lento y cansino, alejándose poco a poco del otro lado de la puerta.
– Que te aproveche, desgraciado. Ojala que de una vez te atragantes hasta morir. Criatura desagradecida y perezosa. Así descansaré en paz. Harto me tienes de tener que dispensarte tantos cuidados a lo largo de tu infame existencia.
La voz menguaba en intensidad conforme se iba distanciando de su lugar de encierro.
Sin mayor demora se precipitó a gatas escaleras arriba hasta quedar ante la puerta de su calvario interminable. Sobre el primer escalón había depositada una bandeja burda y abombada, con su triste contenido: un mendrugo duro de pan de hace dos días, un bol de leche caducada con costras blanquecinas flotando en su superficie y un plátano más que maduro. Su boca babeaba ante su cena. Con hambre canina fue devorando todo en menos de dos minutos. Cuando todo quedó almacenado en su pequeño estómago dispuesto para afrontar la digestión, cogió la bandeja vacía y la lanzó a lo lejos hacia el fondo del sótano. Los pasos se fueron acercando con lentitud supina ante la puerta. Sin duda que había percibido el estrépito producido por la bandeja al chocar contra el frío suelo de hormigón. La voz le llegó tan iracunda, que retornó al refugio de las sombras gateando con una habilidad asombrosa. Hacía tiempo que no se trasladaba de forma erguida.
– ¿Qué acabas de hacer, hijo de Satanás? Bastardo. Me quieres estropear otra bandeja. ¿No sabes que cuestan su dinero? Maldito seas. Porque ya no tengo edad para ello, si no te daba con el látigo como solía en mis buenos tiempos. Sucia y asquerosa criatura mal parida.
La llave giró en el hueco de la cerradura. La puerta fue tirada hacia afuera por el impulso de una mano aferrada en torno al pomo redondeado de superficie metalizada. El haz de una linterna quedó proyectado sobre el primer tramo de escalones.
– Desgraciado. No haces más que convertir mi existencia en un infierno. Maldito. Me falta el látigo, pero tengo el bastón. Y como no te muestres enseguida, cuando de contigo vas a sufrir la de Dios.
La figura era muy frágil. Tenía una edad muy avanzada. Se volvió sobre sí mismo para asegurar el cierre de la puerta con la llave que siempre portaba en uno de los bolsillos de sus pantalones desgastados de pana. Fue descendiendo las escaleras que conducían al interior del sótano enfocando los rincones a oscuras, tratando de dar con la cosa que estaba buscando.
Estuvo quieto y agazapado en su refugio. La oscuridad perpetua era su principal aliada en situaciones como esa. Seguro que acabaría olvidándole y se marcharía. La voz se alejaría, la puerta se cerraría y él volvería a vivir su vida de cautiverio con el alivio de no haber recibido ningún tipo de castigo físico. La realidad es que hacía mucho tiempo que no había sufrido dolor por parte del dueño de la voz. Simplemente seguía recibiendo sus reproches malsonantes.
Pero en esta ocasión le descubrió. Se quedó ciego por la potencia de la luz que desprendía el foco de la linterna. La voz se alegró de haberle hallado. Estaba escondido en la zona más recóndita del sótano, en un hueco entre la vieja caldera y un baúl de cuero semipodrido por la humedad reinante en la opresiva estancia.
– Así que aquí es dónde te escondías, hijo de perra. Maldita fue tu madre. Si no la hubiera conocido, jamás te hubiera tenido a mi cargo.
Se apoyaba en un bastón de empuñadora de marfil. Su mano quedó alzada, presta a golpearle en un flanco con el tacón de apoyo del bastón. Dispuesto a hacerle daño como antaño.
Le golpeó dos, tres veces. Seguidas. Pero con escasa fuerza. Se tuvo que contener por el cansancio. Su respiración era entrecortada. Jadeaba. Rompió a toser.
– Criatura… asquerosa… Ojala nunca me hubiera tirado a tu madre… Encima la muy zorra tuvo que morir cuando te parió… Pero te enseñaré modales… Espera a que recupere el resuello… Hoy vas a recibir la paliza de tu vida… Hasta puede que tenga suerte y te mate…
Esa voz… Qué débil sonaba… Y los golpes eran golpes sin ton ni son… No le hacían sentir el menor de los daños… Algo le decía que era el momento apropiado… de hacerse respetar… Eran tantos años viviendo encerrado de por vida en aquel sótano. Adelantó su mano derecha, que más parecía una zarpa inhumana llena de venas y con unas uñas de veinte centímetros de largo enrolladas sobre sí mismas. La mano alcanzó el rostro envejecido situado a escasa distancia de él. No fue un puñetazo. Casi una simple caricia, pero el dueño de la voz maldiciente era un ser tan debilitado por la edad, que terminó cayendo sobre su cuerpo.
– No… ¿Qué me haces, desgraciado?
Una vez lo tuvo encima, lo abrazó con fuerzas. Su rostro quedó situado enfrente de sus mandíbulas. El olor… Olía a carne fresca. Y el hambre le dominaba desde incontables años. Probó su mejilla derecha, arrancándosela de un tirón con los dientes apretados y engarzados sobre la piel aflojada del anciano. Este soltó un alarido de dolor. Luchó por desasirse del abrazo de su agresor. Todo esfuerzo fue en vano. Su avanzada edad jugaba en su contra, y la
– Criatura asquerosa…
se ensañó con la otra mejilla hasta dejar el hueso del pómulo a la vista.
– ¡NOOO! ¡Hijo mío! ¿Qué me haces…? – suplicó su padre a punto de sucumbir ante la llamada de su cercana muerte.
Pero su propio hijo que llevaba toda la vida encerrado en aquél sótano por la mezquina y demencial personalidad de su padre obvió su última súplica, hundiendo una dentellada en la yugular hasta arrancarle la vida de un tirón.
El cuerpo que ahora sujetaba entre sus brazos era lo más parecido a una marioneta sin hilos. Al cabo de unos pocos minutos, el tiempo que le llevó saciar en parte su apetito, se apartó de los restos del cuerpo de su padre y se acomodó entre las cortinas más oscuras del sótano, al resguardo del alcance de la tenue luz proyectada por la linterna tirada sobre el suelo a medio metro escaso del cadáver.
La pilas duraron un tiempo hasta agotarse, y cuando esto sucedió, pudo sentirse tranquilo de nuevo, atrapado entre sus amigas, las sombras del sótano.
Su hogar de toda la vida.


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La posesión de Kevin (Espíritus Inmundos 1ª Trama).

Es época navideña. Por tanto corresponde repescar algún relato añejo y poco leído por su antigüedad en el blog, ambientado en estas fechas tan hermosas. Espero que esta vez este relato sea un poco más valorado, pues cuando lo escribí hace uno año y pico, me gustó. Se titula realmente “Espíritus Inmundos. 1ª Trama”. Luego hay un segundo relato con el mismo título y “2ª Trama” como distintivo de la saga.

Kevin Stacey era feliz. Tenía una esposa estupenda y dos hijos maravillosos. Eran la típica familia de clase media americana. Vivían en una barriada donde había de todo, gente obrera, marginada y familias que casi siempre pasaban apuros a finales de mes, que ya era toda una hazaña tal como estaba el país, con el paro en lo alto de la cumbre gracias a los dos mandatos del peor presidente de toda la historia. Kevin y su familia estaban entre los que pasaban apuros para llegar a final de mes, pero aún así su satisfacción era plena. Vivían en un piso de la quinta planta de un edificio de alquiler que pertenecía a un supervisor de origen alemán que tenía en propiedad otras tres edificaciones más a lo largo del barrio. El alquiler era asumible por los dos sueldos que entraban en el hogar. Kevin era vigilante armado de un banco, y su mujer Kelly trabajaba a tiempo parcial de cajera en un supermercado local. Los niños estudiaban en una escuela pública, y de vez en cuando contrataban los servicios de una canguro para pasar los dos un rato junto a solas en el cine o en un restaurante que fuera asumible para su economía de gastos mensuales. Y una vez al año, pues Kevin no podía permitirse unas vacaciones normales, disfrutaban de una semana de asueto en visitas a parques nacionales o de acampada en tienda de campaña con los vecinos del segundo, un matrimonio sin hijos y con el cual guardaban una gran amistad.
Así era Kevin. Así era su familia.

Un año, en plenas navidades, con la ciudad cubierta de nieve, Kevin regresaba del largo turno diurno a casa. Habían sido doce horas, de ocho a ocho de la tarde. Estaba cansado, con ganas de pillar una buena ducha, vestirse algo cómodo, cenar con los suyos, tumbarse sobre el sofá y ver algo en la televisión antes de irse a la cama, que mañana tendría que volver a la custodia del banco. Realmente, el espíritu de la navidad estaba muy arraigado en la familia, aunque Kevin y Kelly no fuesen especialmente ni muy devotos ni practicantes de la religión católica a la que por tradición pertenecían. La asumían con la alegría de ver lo bien que se lo pasaban Ted y Nataly, quienes a sus cinco y ocho años respectivos, vivían la llegada de Santa Claus con la típica ilusión que se tenía a esas edades. Esa tarde en que volvía a casa hacía bastante frío, sobre los dos bajo cero, pero lo llamativo para Kevin fue la sensación de que hacía mucho más dentro de su propio piso. Al abrir la puerta notó un cambio drástico de temperatura y conforme avanzaba por el recibidor, el frío era más acusado. Tocó el radiador más cercano para ver si acaso había vuelto a fallar el sistema de calefacción central del edificio, pero este estaba funcionando correctamente, notando la calidez bajo la palma de la mano. Era extraño. Aventuró que a lo mejor Kelly había abierto las ventanas para airear algo el piso antes de que él llegara, pero no encontró ninguna de las hojas de las ventanas subidas. Y lo más llamativo. No encontró a nadie de su familia.
Registró todo el piso. Las dependencias estaban en un estado de normalidad, y la mesa del comedor estaba preparada para empezar la cena. Entró en la cocina y vio la comida sobre el mostrador recién hecha y dispuesta para llevarla a la mesa. 
Pero Kelly
– Kelly – la llamó
ni Ted
– Teddy
ni Nataly
– Nataly
Ninguno de los tres salió a la llamada de sus nombres, pues todos estaban ausentes.
Kevin se empezó a poner nervioso. Su trabajo consistía en mantener en lo posible la compostura bajo presiones extremas al ser el máximo responsable de la seguridad en el banco donde trabajaba. A veces cuando llegaba la crisis como él la llamaba, había que respirar de manera profunda y contar hasta cien antes de perder los nervios y liarse a tiros con el atracador que amenazaba a la cajera con una navaja automática. Claro que en este caso no se trataba del jodido dinero del banco, o de la vida de una extraña que simplemente se limitaba a saludarle y despedirse de él cuando entraba y salía de su turno de trabajo en el banco. Se trataba de su mujer y de sus dos hijos.
Era su propia sangre la que estaba en juego.
Tenía que averiguar lo antes posible qué demonios les había pasado. No encontró signos de resistencia. Todo estaba en orden. No faltaba nada. No había sangre por ningún lado. Se dejó caer de rodillas, desesperado, y juntó ambas manos. Quiso rezar una plegaria:
– dios mío, por favor no me hagas esto…
Estuvo sesenta segundos sin reaccionar, hasta que decidió que lo mejor era ya llamar a la policía. Fue hacia la mesita del corredor principal donde estaba ubicado el teléfono inalámbrico insertado en su cargador. Antes de llegar vio como la mesa se tambaleó un poco y el teléfono salió volando de su cargador para impactar sobre su cabeza contra la pared hasta quedar del todo inservible para su uso. Kevin miró en derredor suya. No vio nada. Estaba solo, pero algo había cogido el teléfono y se lo había lanzado a la cabeza. Entonces escuchó una serie de sonidos procedente de la cocina. Fue corriendo. Al quedarse en el quicio pudo ver que toda la comida con la vajilla y la cubertería estaban tiradas y diseminadas sobre el suelo. La luz del techo chispeó un par de veces y se apagó. La sensación de frío era ya terrible. El aliento cobraba formas arbitrarias conforme respiraba cada vez más aceleradamente. Salió de nuevo al pasillo principal y desde la entrada al salón vio avanzar una figura oscura. Estaba situada a gatas y parecía una sombra en un antinatural relieve. Se le fue acercando gateando a trancas y barrancas. Un gruñido hosco surgía de su garganta.
Kevin – le siseó la criatura.
Kevin lo veía llegar con el espanto de quien ve un hecho de difícil explicación. Eso no podía estar sucediendo. No en su propia casa.
La sombra se le acercó por completo y alzó su rostro.
Kevin sintió una fuerte convulsión antes de perder el conocimiento y caer al suelo.

– Papá…
– ¡Kevin! ¿Estás bien, cariño?
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Estaba rodeado por su familia. El piso estaba nuevamente como debería haber estado desde que entró hacía media hora por su puerta de entrada.
Se puso en pie con la ayuda de Kelly.
– Papá, papá, te has caído y te has hecho daño- se interesó Nataly.
Kevin no dijo ni palabra.
Pasado el susto, se fueron a cenar. Fue una cena muy atípica, donde Kevin no quiso ni hablar media palabra con su familia. Kelly estaba preocupada. Su marido estaba teniendo un comportamiento extraño. Los niños estaban tristes porque su propio padre no les hacía caso, y su madre prefirió llevarlos al cuarto de juegos para que no siguieran viendo el semblante serio y taciturno de Kevin.
Cuando Kelly regresó del cuarto vio como Kevin se disponía a salir de casa.
– ¿Qué haces? ¿Se puede saber qué te ocurre?
Kevin ni se molestó en mirarla. Abrió la puerta y salió. Kelly se situó en el quicio y lo vio dirigirse hacia el ascensor. Estaba indignada.
– ¿A dónde crees que te vas? Contesta. Has fastidiado el día de los niños y piensa que te puedes ir así de rositas, sin dar ni siquiera una sola explicación.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Kevin avanzó dos pasos hacia su interior. Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el ascensor inició su descenso, Kelly cerró la puerta del piso de un fuerte portazo.

El callejón no tenía salida por el fondo. Estaba situado detrás de un restaurante ruso de poca monta y estaba decorado con los contenedores de la basura y algún que otro mueble viejo y abandonado. La nieve lo recubría todo. Solía estar frecuentado por gente sin techo que se refugiaba entre cartones para dormir a la fresca, pero en esos días invernales tan inclementes preferían el subsuelo del metro. Entre dos de los contenedores de basura estaba Kevin. Agazapado, sentado casi sobre sus talones, con los brazos cruzados sobre el pecho. Estaba tiritando. Lo notaba. Pero no podía ejercer dominio sobre su cuerpo. Estaba controlado por otra entidad. La entidad estaba refugiada en su mente. Y le estaba enloqueciendo con sus blasfemias. Y sus risas malignas. Le hablaba por dentro en lenguas extrañas que Kevin no entendía. Y le hacía de adoptar las posturas que él quisiera. Si lo deseaba, le hacía de arañarse su propia cara. O de comerse los mocos. O de hacerse sus necesidades encima.
Kevin no entendía la razón de que aquella entidad hubiera reclamado su cuerpo. Ni comprendía cómo había surgido en el corazón puro de su hogar. Nunca habían tenido interés en temas ocultos, ni habían practicado algún tipo de juego peligroso como el de la ouija. Pero allí estaba. Dentro de su interior. Haciéndole ya la vida imposible. Deseando que morir fuese una solución a sus males. Pues su familia no merecía soportar su sufrimiento incurable.
Tras cinco horas atrapado y constreñido en esa postura, lo que anidaba ahora en su interior le hizo de alzarse. Eran las tres de la madrugada. Enormes copos con la turgencia del algodón caían sobre sus cabellos y los hombros. Fue avanzando en un caminar desigual hacia la otra calle. No se veía a nadie. El frío era intenso. Tenía las manos congeladas. Los pies ya ni los sentía.


Las voces…


Continuó andando un buen trecho por las calles del barrio. En un momento determinado llamó la atención de un agente de policía que estaba resguardado dentro de su coche patrulla.
– ¡Oiga, señor! ¿Está usted bien?- se interesó el policía.
Al ver que no le hacía caso, puso en marcha el vehículo hasta situarse al lado de Kevin. Asomó la cabeza por la ventanilla y lo contempló tal cual era. Se asombró de que aquel hombre no estuviera al borde de la hipotermia. Su estado revestía una gran gravedad. Tenía el rostro surcado de múltiples arañazos y los nudillos de las manos agrietados y sangrantes al igual que las uñas rotas y melladas de restregarlas contra los ladrillos del callejón sin salida.
– Cristo. Te has auto lesionado tú mismo, ¿verdad? ¿Qué te has metido, hijo?
Kevin escuchaba la voz del policía.
Pero por encima de aquella voz sobresalían las voces que le atormentaban en las últimas horas.
Las voces que le habían destruido una vida idílica.
Las voces que le había separado de su familia.
Esas puñeteras voces.
¡Callaos de una puta vez! – gritó Kevin en voz alta, llevándose las manos a los oídos.
Y entonces
– Relájate, chico. Levanta las manos. No hagas nada raro. Si te comportas, te llevaré a que te vea alguien para que te examine – le estaba diciendo el policía.
Entonces la cosa que le dominaba le hizo de revolverse hacia el agente, buscándole el cuello con las manos semicongeladas,
– Qué haces…
haciéndole de apretar y apretar hasta que…
un tiro del arma del policía le dio de lleno en la cabeza y le hizo caer desplomado de espaldas sobre el colchón de nieve.
Kevin miraba hacia el firmamento.
Parecía que estaba formando ángeles en la nieve con los brazos extendidos
– Maldito hijo de puta. Qué coño te has metido, que casi me matas…
ahora descansaba libre de toda presencia enfermiza en su interior
estaba libre
estaba feliz

lo único que lamentaba era que ya nunca más iba a volver a ver a Kelly, Ted y Nataly.


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