Recorriendo senderos. (Walking paths).

                        Debido a una ligera bronconeumonía y al desesperante mal tiempo imperante en las tres últimas semanas, Jim Perkins no había podido mantener su ritmo de poder practicar dos o tres sesiones semanales de footing a un buen ritmo. El hecho de no poder correr con más asiduidad era por incompatibilidad con el horario del trabajo, pues trabajaba cara al público en un centro comercial. Si le correspondía turno mañanero, llegaba ciertamente a casa con pocas ganas de salir por la tarde, siendo ya horario de invierno, y a partir de las cinco ya oscurecía. Si entraba de tarde, tenía que madrugar para encajar la hora de ejercicio físico antes de comer y de partir hacia el trabajo. Añoraba los tiempos en que pudo correr libremente los siete días de la semana, y con ello la preparación ideal para participar en carreras de fondo como lo eran las medias maratones.

                Jim disponía del lunes como día libre. Hacía una temperatura muy baja, pero el cielo estaba despejado de nubes, así que cerca de las ocho y media de la mañana se enfundó las mallas, una camiseta, la sudadera más un impermeable quita vientos y se calzó las zapatillas de correr. Abandonó su triste apartamento de soltero empedernido y afrontó la calle iluminada aún por la luz artificial del alumbrado público. Su barrio estaba en los alrededores de la ciudad, cercano a una alineación montañosa de novecientos metros de altitud en la cumbre. Las primeras estribaciones del monte distaban simplemente de dos kilómetros desde su casa. Bien podía afrontarse la subida por la carretera, de siete kilómetros, o por sendas empinadas que servían de breves atajos. Muchas veces Jim acudía a trote ligero hasta la falda del monte, ascendía caminando a buen ritmo por los senderos y luego bajaba corriendo con ganas hasta retornar al piso donde se daba una agradable ducha. Las veces cuando estaba bien entrenado, subía y bajaba por la carretera, lo que representaba un esfuerzo excesivo para cuando no se hallaba bien preparado físicamente. Este era su caso ahora, así que mejor olvidarse de semejante atrevimiento.
                Apenas tardó poco más de nueve minutos en alcanzar el inicio de un sendero que serpenteaba por un pequeño saliente para luego perderse entre los árboles apiñados del monte. Se apreciaba cierta claridad por el inicio del amanecer.  Estaba satisfecho. Para llevar tanto tiempo sin haber practicado footing, había tenido buenas sensaciones en el trecho de los dos kilómetros. Aún así fue consecuente y determinó seguir adelante con su planificación deportiva. Inició el ascenso del monte por el sendero en cuestión caminando a un ritmo elevado. Respiraba bien. No se sentía cansado. Apartaba la maleza con las manos por hábito, pues las mallas le impedían recibir el roce que propiciaban las marcas de los arañazos proporcionados por los pinchos de las plantas silvestres en las piernas cuando acudía con pantalón corto de atletismo. El comienzo del camino era de tierra apisonada por la continuidad del paso de la gente, para enseguida combinar su superficie terrosa con guijarros, piedras, hojarasca acumulada, las agujas además de las piñas caídas de las copas de los pinos. A ambos lados había terrazas dedicadas al cultivo del cereal, que pronto fueron superadas por las zonas ya agrestes y empinadas de la ladera del monte. El estrecho avance superó unos escalones creados con madera rústica por una asociación de montañeros para facilitar el acceso a los excursionistas, ensamblando de seguido con una dura rampa entre los troncos del pinar. Jim transpiraba con el torso bien protegido por la ropa térmica deportiva. Debía de hacer como mucho diez grados. El esfuerzo físico y haber elegido las prendas apropiadas no le hacían sentir nada de frío. Además tenía suerte de que no soplaba viento. Eso solía ser lo más molesto cuando se afrontaba la parte final de la cumbre, y el motivo por el cual había que bajar corriendo sin mediar un mínimo descanso pues entonces sí que podía enfriarse si dejaba de sudar.
                Cada vez estaba más animado, sorprendido de lo bien que se encontraba para haber llevado veintiún días sin haber hecho nada de deporte. Dejó atrás la rampa, saliendo a un pequeño claro. Ahí tenía varios senderos para poder elegir. Escogió uno seguro y directo que le llevaría al tramo de la carretera del monte. Llevaba quince minutos de ascensión cuando salió al arcén de la carretera. Al otro lado, pegado a la continuación de la ladera, se encontraba un mojón de piedra que indicaba que era el kilómetro tres correspondiente al inicio de la carretera desde la base del monte. Jim se aseguró bien de que ningún vehículo circulaba en ambas direcciones, cruzó por el medio del asfalto y se encaminó hacia la continuación del sendero.  Esta segunda parte de la ascensión era más exigente. El suelo era ya del todo pedregoso. Al transitar con calzado deportivo, que no era lo más apropiado para ejercitar senderismo, se veía obligado a mirar por donde pisaba, más que nada para evitar un paso mal dado que pudiera repercutir en un esguince de tobillo. Contando con este referido hándicap, su ritmo de subida nunca fue decayendo.  En un momento determinado, la senda viraba bruscamente de dirección hacia el oeste. En esa parte, la densidad del bosque era ciertamente asfixiante para quien no conociera el lugar. Jim continuó adelantando por el atajo, hasta que finalmente entrevió una silueta que parecía estar ascendiendo igualmente por ese recorrido.
                Le llamó la atención que aquella persona estaba subiendo vestido con un traje. Conforme se le iba acercando por su mejor zancada, verificó que, aunque simplemente era la espalda la parte que se le mostraba, se trataba de un hombre ataviado con una americana negra, pantalones con raya azul marino y zapatos negros. Al poco le llegaba la respiración entrecortada del individuo. El hombre llevaba colgado sobre el hombro derecho algo de lo más siniestro: una soga recogida en varias dobleces.
                Algo le hizo a Jim aminorar la marcha. Permitió que el otro caminante continuara un poco destacado sobre él mismo. Su respiración era terrible. Daba la impresión que estaba casi sin aire. Se tropezó con una piedra, echando mano sobre la corteza del tronco más cercano para no perder el equilibrio. Se le vio agachar la mirada hacia delante, y sin más reemprendió el camino. De vez en cuando escupía sobre las piedras. Cuando Jim recorría el tramo por donde había pasado el hombre, apreció las flemas macilentas rojizas adheridas a los pedruscos del suelo. Eran ciertamente repulsivas. Decidió decrecer el ritmo de sus pisadas porque por algún motivo aquella persona que iba por delante de él le desconcertaba.
                En un momento determinado, cuando ya la marcha de Jim estaba siendo ralentizada por el paso incierto del hombre que le precedía, este miró a izquierda y derecha. Se fijó en algo que le llamó la atención. Fue cuando decidió abandonar la senda para internarse entre los árboles, pisando la hojarasca crujiente, sin ni siquiera fijarse que llevaba un tiempo seguido por Jim.
                El deportista estuvo a punto de reanudar la subida casi a la carrera, pero su curiosidad le llevó a observar por último el trayecto que emprendía aquel desconocido vestido de calle y con una cuerda al hombro.
                No tardó en comprender lo que aquella persona pretendía. Al poco de haberse internado por los árboles, se había detenido ante un pino en concreto. Cerca del árbol había una piedra enorme como si fuera un banco natural. El hombre estaba subido encima de la piedra, con la soga cogida entre las manos. Se estaba esforzando en hacerla pasar por encima de una determinada rama, la más cercana pero elevada a dos metros y medio del suelo. Tras dos intentos lo consiguió, con un lazo situado al otro lado de la rama.
                Jim se horrorizó sobremanera. Aquella persona estaba a punto de ahorcarse. Hizo retroceder sus pasos y se abrió camino a través de la vegetación agreste y de los troncos que se interponían entre aquel individuo y él mismo.
                – ¡No lo haga! ¡Ni se le ocurra hacerlo, hombre! – gritó en dirección al suicida.
                Cuando estaba cerca del hombre, este se le quedó mirando con fijeza.
                Jim se detuvo de inmediato. Las cuencas de aquel sujeto ofrecían unas pupilas dilatadas inmersas en la negrura de lo que antes había sido el blanco de los ojos. Los orificios nasales carecían de la carnosidad de la nariz, y de ellas rezumaban unos fluidos grumosos que recorrían las encías ennegrecidas, donde  los dientes pútridos se mostraban al descubierto por la ausencia de labios en la boca enfurecida. Un brutal aullido surgió de su garganta. Alzó su brazo derecho, señalándole con un esquelético dedo índice.
        Jim echó a correr, dirigiéndose hacia el sendero, para retomar la subida empleando todas la fuerzas que le quedaban.
                Su corazón palpitaba aceleradamente. Por unos instantes pensó que se libraría de verle más. Fue cuando notó su aliento en la nuca. Giró la cabeza ligeramente, para ver desesperado cómo lo tenía detrás, corriendo con los zapatos de calle como si fueran unas excelentes Adidas de doscientos dólares.
                – ¡No! ¡No! ¡Dios mío!- gritó Jim.
                Imprimió toda la velocidad que pudo a sus piernas, pero nunca logró separarse de su perseguidor. La respiración de aquella cosa era profunda y ruidosa. Notó como sus flemas se depositaban sobre la nuca desnuda de su cuello. Jim estaba perdido. Sus manos lo sujetaron por la cabeza y aprovechando la velocidad que ambos llevaban, lo dirigieron hacia un árbol cercano. Jim salió desequilibrado del sendero, impactando de lleno contra la dura corteza, perdiendo el sentido de la realidad, cayendo de medio lado sobre la hojarasca.

                
                Jim se despertó echado al pie del árbol del cual de una de sus ramas pendía la soga con el lazo. Sobresaltado, se apretó de espaldas contra la corteza del tronco del pino. Su visión estaba nublada por la pérdida del conocimiento por el golpe. Entre velos de neblina pudo comprobar que estaba solo. Eso le relajó ligeramente, hasta que se fijó en las piernas y en los pies. Llevaba puestos los zapatos del calle y el pantalón de aquella cosa espantosa que lo atacó. Se fijó en los brazos, cuyas mangas correspondían con la americana del traje.
                – ¿Qué significa esto? – dijo, arrastrando las palabras y hablando con notoria dificultad.
                Algo húmedo pendía sobre su barbilla. Jim se llevó la mano hasta ella…
                Aquella no podía ser su mano. La tenía en carne viva, con unos dedos espantosamente delgados. Las yemas sangrantes quedaron impregnadas de una mucosidad repugnante.
                Se incorporó de pie, tropezándose con una raíz que sobresalía entre las hojas muertas. Se llevó las manos al rostro. Lo que palpó le hizo de gritar al borde de la locura. Aquel cuerpo no era el suyo. Era el de la enfermiza criatura que le había inducido a la huída.
                – ¡Nooo! ¡No puede ser verdad! – vociferó, fuera de sí.
                Las flemas surgían de sus orificios nasales, inundando su boca descarnada, viéndose obligado a escupirlas de inmediato sobre la enorme piedra situada al pie del árbol.
                Su vista deteriorada hizo que mirara la soga con desesperación.
                No era justo. Su cuerpo perfecto ya no le pertenecía.
                Por desgracia, el que ocupaba ahora tampoco le servía.
                Jim se subió sobre la piedra, llorando desconsoladamente. Alcanzó el lazo con ambas manos y se lo pasó por el cuello, apretando el nudo hasta dificultar su respiración…


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Patricia nunca tuvo infancia. (Patricia never had childhood).

                   La infancia de Patricia fue infernal. Sus padres estaban enfermos. Pero no de una enfermedad incurable. Estaban desquiciados. Eran un peligro para el resto. Por desgracia, nadie quiso atajar la situación antes de que todo se desatase en un torbellino destructivo.

                Los tres vivían alejados de cualquier población cercana no menos de dos horas de distancia recorridos en vehículo. La casa era de dos plantas, con tablas de maderas horizontales, tejado a dos aguas, porche delantero. Todo era de color gris. Como igual de grisáceo era la tierra del jardín, pues la hierba llevaba muerta desde que la conciencia de Patricia pudiera recordar.
                Su padre se llamaba Norton. Su madre, Teresa. Cuando la tuvieron, ambos habían superado los cuarenta. Fue un parto muy duro y de cierto riesgo para su madre. De hecho, alumbró a Patricia en el sótano de la casa, sobre el duro hormigón del suelo, atada de pies y manos a unas estacas hincadas y con su marido ejerciendo de comadrona.
                A esas alturas, sus padres ya estaban perdiendo la razón a pasos agigantados.
        Norton se quedó sin trabajo por golpear a su encargado con una llave stillson en la gasolinera donde trabajaba. Teresa bailaba a todas horas al son de una música insonora, surgida en el interior de su mente, despertando a su hija con frecuencia, sacándola de la cuna y alzándola con brusquedad hasta conseguir que llorara sin parar todo el día. Su padre consiguió una ayuda como veterano del Vietnam, y con esa economía tan precaria iban tirando.
                Cuando Patricia fue creciendo, se fijó en la predisposición de su padre en traer animales que carecían de dueño. Gatos y perros. Conforme los traía, los ataba por una pata a un árbol situado detrás de la casa y se pasaba un día o dos torturándolos con un bate de béisbol, cuchillos y el atizador del fuego de la chimenea. Una vez que los mataba, se los pasaba a su madre, que los evisceraba para luego cocinarlos. Esa era su fuente de nutrición principal. Carne de perro y de gato. Incluso a veces su madre guisaba alguna rata que caía en alguna de las trampas dispuestas por su padre.
                Patricia odiaba esa comida. Aún así la consumía por obligación. Siempre deseaba no ver ningún animal callejero atado al tronco del árbol, pues eso significaba que comería verdura o pescado, lo que consideraba un alivio.
                Cuando Patricia tenía once años, su padre se ahorcó con el cable arrancado del televisor desde la rama más alta del árbol donde torturaba a los animales que recogía cuando visitaba la localidad más próxima en su furgoneta oxidada.
                Recordaba ver cómo se balanceaban las piernas descalzas de su padre. Su cuello estaba torcido por la presión del cable y la lengua oscura e hinchada se presentaba fuera de su boca, entre los dientes de su dentadura postiza. Cuando su madre se dio de cuenta del suicidio de Norton, no derramó ninguna lágrima. Ordenó a su hija que entrara en la casa y se quedó quieta frente al cuerpo sin vida durante dos horas, hasta que anocheció. Entonces entró en la casa, dejando el cadáver de su marido pendiendo del cable que lo mantenía en vilo al lado del árbol.
                Así estuvo semana y media. Con el cuerpo en avanzado estado de descomposición y con los insectos dando buena cuenta de las partes blandas y carnosas del mismo.
                Patricia estaba aterrada, pero su madre tironeaba de su brazo para que saludara a Norton todos los días.
                – Es tu padre, hijita. Recuérdalo – insistía su madre.
                Teresa reía y cantaba. Bailaba sin parar. Entre tanto, Patricia permanecía recluida en su cuarto, recreándose en los dibujos de los libros infantiles que habían pertenecido con anterioridad a su madre cuando esta fue niña.  La muchacha no sabía leer porque sus padres se habían empeñado en que ir a la escuela era una pérdida de tiempo y de dinero.  Estaba siempre desaseada. Mal vestida y desnutrida, pues su madre ya cocinaba poca cosa una vez que no estaba Norton, quien le proporcionaba la carne de los animales encontrados, a la vez que era  quien compraba en el pueblo más próximo el pescado, la verdura, la fruta y la harina para hacer el pan. Teresa no sabía manejar la furgoneta, y tampoco tenía ninguna gana de ir caminando, pues el trecho era largo y tedioso.
                Una mañana, Patricia vio a su madre subida a una escalera tosca, apoyada en el árbol, descolgando el cadáver pútrido de Norton.
                – ¡Ven! ¡Ayúdame un poco! ¡Agárrale los pies, hija! – le apremió su madre.
                Con mucha dificultad, lograron dejar el cuerpo sobre la tierra gris del jardín. Poco después su madre fue a por dos palas. Le tendió una a Patricia y le señaló con énfasis con un dedo una parte del jardín.
                – Vamos a cavar un hoyo muy digno para tu padre. Así descansará en paz para siempre.
                Estuvieron cinco horas trabajando en crear el foso,  para a continuación depositar en el fondo del mismo el cuerpo y luego volver a cubrirlo con la tierra. Cuando finalizaron, su madre escupió sobre la tumba.
                – Te echaré de menos, Norton.
                Tiró la pala a un lado y se puso a bailotear como una poseída. Estuvo así el resto del día, hasta que quedó rendida por el cansancio y se metió en la cama, cubierta de tierra de la cabeza a los pies.
                Patricia sólo pudo comer unos granos de arroz duro antes de irse a la cama.


                Al día siguiente llegó un visitante. Era un viajante. Decía llamarse Herman. Se empeñó en pasar a la sala donde extendió encima de la mesa un catálogo de útiles de cocina. Patricia estaba interesada por la maleta del vendedor ambulante. En su interior debía de guardar los artículos. El señor Herman era muy elocuente hablando, siempre sonriendo. Su madre estaba sentada a su lado. Lo escuchaba con poco interés. En un momento dado invitó al hombre a pasar a la cocina para que viera que no necesitaba ningún complemento.
                Patricia permanecía sentada al lado de la maleta. Estaba a punto de intentar abrirla, cuando escuchó un grito procedente de la cocina. Era la voz del señor Herman. Este no tardó en abandonar la cocina tropezándose con la jamba de la puerta de la sala de estar. Su mano dejó un rastro de sangre en la madera. Volvió a gritar. Era lógico que lo hiciera, porque tenía un cuchillo clavado en el ojo derecho.
                – ¡Maldita chiflada! – vociferó.
                Quiso buscar la salida, pero su madre lo alcanzó con un hacha. Se lo hincó tres veces en la espalda, hasta conseguir que perdiera la estabilidad, cayendo al suelo. El vendedor se arrastró desesperadamente por el suelo del vestíbulo.
                Patricia estaba de pie en el quicio de la puerta de la sala de estar. Observaba la escena con aprensión pero también con cierta curiosidad.
                Su madre se abalanzó sobre el cuerpo del señor Herman y le cortó los dedos de la mano derecha. Acto seguido el pie de ese lado. Por último lo decapitó…
                Cuando retornó al lado de su hija, portaba la cabeza del hombre en la mano derecha. Estaba cogida por los cabellos. Patricia miraba la sangre que goteaba de la base del cuello de la cabeza.
                – Ya tenemos comida para unos días. Además de la buena – le dijo su madre.
                Se puso a bailar por el salón con la cabeza del señor Herman, y por primera vez, su hija Patricia la acompañó con ganas en el jolgorio.




                El señor Herman tenía un coche. Era un modesto Talbot de dos plazas. Como la madre de Patricia no sabía conducir, el vehículo permaneció aparcado frente a la casa. Tampoco les preocupaba mucho que estuviese expuesto, pues vivían apartados de la sociedad en general.
                Curiosamente, a quien no iba a pasarle desapercibido tal hecho fue al ayudante del Sheriff de la localidad más cercana. Aquella familia tenía una hija pequeña que por sus informes no estaba escolarizada. Igualmente su padre estaba en el paro. Detuvo el coche al lado del Talbot estacionado frente al porche. Se acercó a observarlo de cerca. No tenía la puerta asegurada por dentro, así que le fue fácil abrirla. En el asiento del copiloto había un abrigo de hombre recogido. Desde luego, vaticinó que ese coche no podía pertenecer al señor Norton. Este conducía una furgoneta vieja y destartalada. Abrió la guantera y vio los papeles del seguro guardados en un archivador de plástico. El Talbot estaba asegurado a nombre de un tal Herman Noles.
                Salió del coche y se dispuso a llamar por la emisora, aportando los datos de la matrícula y el nombre del dueño del coche.
                – Aquí 120 a Central. Estoy en la propiedad de los Watkins. Tengo un vehículo matrícula del estado de Virginia PL 3546, a nombre del hombre que estamos buscando, Herman Noles.
                – Enseguida le busco la confirmación, 120.
                En ese instante surgió la presencia de una niña. Estaba de pie en el porche delantero de la deteriorada casa de madera a tablas. Vestía un raído camisón anaranjado. Estaba descalza, muy sucia y extremadamente delgada, con los largos cabellos lisos castaños tapándole casi el rostro.
                El agente se fue acercando con extremado sigilo. La niña lo miraba con cierta desconfianza.
                – Hola, chiquita. Me imagino que eres la hija de los Watkins. Yo soy el agente Newland.
                – ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Tenemos otra visita! – chilló la niña con todas sus fuerzas, cerrando los ojos.
                La puerta de la entrada se abrió de un empujón. En el umbral estaba la madre. Esta hizo un movimiento rápido con la mano diestra. El agente Newland vio el enorme cuchillo dirigirse hacia su pecho, sin poder apartarse a tiempo. La punta se le clavó entre las costillas del lado derecho. Se quejó del dolor. Sin detenerse a evaluar la situación, desenfundó el arma reglamentaria y disparó a la mujer, alcanzándola de lleno.
                La niña se precipitó hacia su madre, quien estaba tendida frente a la puerta de la casa, escupiendo sangre de manera profusa por la boca. Los disparos del agente le habían dado en pleno estómago, propiciándole una muerte agónica.
                Newland se apoyó de espaldas contra el lado derecho de la carrocería del Talbot y se sacó el cuchillo con sumo cuidado. Acto seguido, comunicó la situación por la emisora, pulsando el botón ubicado en el hombro derecho.
                – Aquí 120 a Central. Agente herido. Repito. Agente herido. Agresor igualmente herido. Solicito refuerzos y asistencia sanitaria.
                – Recibido 120. Enseguida llegarán los refuerzos y la ambulancia. Hemos de saber si la situación está controlada. Control a 120. ¿Está la situación controlada?
                – Aquí 120 a Central. La situación está controlada…
                El agente Newland se detuvo en la comunicación. Frente a él avanzaba la niña portando un hacha.
                Quiso desenfundar de nuevo. La hija de los Watkins alzó lo que pudo el hacha, hasta descargar el golpe del filo cortante contra la rodilla derecha del agente.
                – ¡Dios!
                Newland se apretó de espaldas contra el coche para no perder el equilibrio. La niña hizo un nuevo impulso con el hacha, hincándole el filo en el muslo hasta alcanzar la femoral.
El agente vio la sangre manando torrencialmente de su miembro con evidente horror. Su rostro contraído por el dolor se tornó pálido por la pérdida de sangre. La niña estaba dispuesta a asestarle otro hachazo, pero el agente sacó fuerzas de flaquezas, consiguiendo hacerse con el revólver y la atinó de lleno en el entrecejo.
                – ¡Familia de perturbadas! ¡Cabronas! – gritó el agente, impotente, sin poder impedir que su cuerpo se desmoronara sobre el suelo duro.
                A escaso medio metro, el cuerpo sin vida de Patricia reposaba igualmente sobre la tierra gris.
                Tenía once años, y nunca había tenido una infancia normal.


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El sonajero. (The rattle).

Desmond Twitt era un empresario sin el menor de los escrúpulos. Ávido de crear ganancias, hacía y deshacía sus empresas en un abrir y cerrar de ojos. Poco le importaba si una de sus fábricas de componentes de vehículos le generaba beneficios aún a pesar de la crisis. Si surgía una oportunidad de trasladarla a un estado del tercer mundo, donde los obreros serían sometidos a extensos y agobiantes horarios sin descansos semanales, con un sueldo básico correspondiente a unos cincuenta dólares mensuales, no lo dudaba. Cerraba la fábrica y la creaba en el extranjero. Cuando heredó el pequeño imperio industrial de su padre Edeltore Twitt, tenía quince fábricas dispersas por los Estados Unidos. Ahora quedaban seis, mientras en el exterior tenía implantadas trece. La producción de automóviles, cuyos fabricantes principales eran abastecidos por los componentes de sus fábricas, habían reducido los pedidos por la menor venta en el período de la crisis financiera mundial, pero gracias a su intuición de ir trasladando Twitt´s Components por el continente africano y parte del asiático, estaba manteniendo una buena cifra de ingresos por ventas.

Aún así, Desmond Twitt no estaba conforme. Sus intenciones era la de cerrar a corto plazo las seis fábricas locales para reubicarlas entre Indonesia, Taiwán y algún país africano que tuviera gobernantes de lo más corruptos, donde casi ni habría que pagar a los empleados. Simplemente con darles su ración diaria y un catre, la producción en cadena no se detendría en las veinticuatro horas.
Su decisión de cerrar la fábrica de Nogales, en Arizona, fue tomada en la reunión quincenal del 12 de Agosto. Ya se había conseguido la aprobación por parte del ministro de industria albanés para su instalación en un polígono industrial de Tirana.
Las obras tardarían cuatro meses, al estar la nave ya edificada a medias por una anterior empresa que se había echado en el último momento para atrás.
En el mes de Noviembre, Desmond Twitt se trasladó en varias ocasiones a la fábrica de Nogales. Su intención era comunicar a los obreros el cierre de la fábrica para Diciembre, en plenas navidades. Quienes lo desearan, podrían continuar su labor en Tirana.
La ciudad de Nogales está ubicada lindando con la mexicana del estado de Sonora, llamada también Nogales. Al estar en la línea fronteriza, no era de extrañar que la mayoría de los obreros fuesen de origen mexicano.
Finalmente, el 23 de Diciembre, en el preludio del inicio de la Navidad, con todos los empleados congregados en la nave industrial, Desmond Twitt les hizo saber el cese de la producción de piezas y componentes del sector del automóvil en esa fábrica.
Las quejas fueron visibles. El desencanto, notorio. Desmond cedió la palabra al director de la planta de Nogales para que les informara de la manera en que iban a ser indemnizados en acorde a la antigüedad, además de la posibilidad de seguir trabajando para el grupo Twitt´s Components en Albania para quien se animase a ello.
Desmond Twitt se retiró al despacho del director, mientras este recibía el continuo abucheo por parte de los empleados, quienes le interrumpían constantemente sin apenas dejarle hablar.



Luis Reinaldo Renés ya era muy mayor para soportar sorpresas desagradables. De hecho, nunca había tenido una pizca de buen humor. De energía brusca, nunca aceptaba que alguien le jodiera la vida. En este caso, cuando aún le quedaban cinco años para jubilarse, el dueño de la fábrica les comunicaba el cierre en víspera de navidades.
“hijo de perra”.
Luis Reinaldo se dirigió a los vestuarios. A sus espaldas seguían las muestras de desaprobación de sus compañeros mientras el director trataba de calmarlos con argumentos vacíos de contenido y promesas de traslado a un país situado en dios sabía dónde, con un salario diez veces menor al que cobraban ahora, que de por sí tampoco era una cifra que te invitaba a bailar llevado por la alegría. Se trasladó por las taquillas hasta presentarse ante la suya. La número 117. Introdujo la llave en la cerradura y la abrió. Con decisión, rebuscó entre sus pertenencias, hasta encontrar lo que buscaba.


Desmond Twitt estaba sentado detrás de la mesa del director, observando la gráfica de pedidos para la primera quincena de Enero en la pantalla del ordenador portátil, cuando percibió por el rabillo del ojo izquierdo como la puerta del despacho era abierta. Pensando que se trataba de Fitzgimonds, se enderezó contra el respaldo de cuero negro de la silla.
Ante él estaba uno de los empleados de la fábrica. Lo sabía por el mono negro que llevaba por uniforme. De otra forma, la máscara enfurecida que le cubría el rostro y algo que portaba en la mano le hubiera hecho creer que se trataba de un chalado fugado de algún centro médico de salud mental.
– ¿Quién demonios es usted? ¿Y cómo se atreve a entrar sin permiso en este despacho?
– Señor Twitt. Oiga cómo suena el sonajero – le contestó el empleado enmascarado.
Desmond Twitt se fijó que la careta era un tipo de ornamento ritual indígena. Unos ojos enormes saltones, con una boca torcida que indicaba que estaba iracundo. Parecía hecha de piel  curtida de alguna clase de animal.
Entonces escuchó un sonido muy peculiar. Provenía de un extraño objeto que aquel sujeto sostenía entre los dedos de su mano derecha.
– Fíjese cómo suena el sonajero – repitió con voz maliciosa el empleado cuya identidad permanecía oculta detrás de la horrenda máscara.
– ¡Qué diablos! ¡Deje usted de hacer el tonto y márchese a trabajar! Que aún le quedan algunas horas de productividad antes de quedar desvinculado de la empresa.
El empleado agitó el objeto. El sonido era repetitivo. Constante.
– Mire cómo suena el sonajero.
Parecía estar hecho de arcilla. Con algo en su interior, como pepitas o pequeñas piedras que producían el ruido al ser agitado con brusquedad.
Desmond Twitt estaba harto. Se incorporó de pie desde detrás de la mesa del escritorio, dispuesto a sacarlo a empujones del despacho a aquel payaso si acaso fuese necesario.
Fue alzarse, y no poder moverse. Se quedó petrificado. Se esforzó por salir de su inmovilidad, pero no pudo.
– ¡Socorro! ¡Me he quedado paralítico! – chilló, fuera de sí.
No sentía su propio cuerpo. Pero tampoco perdía la estabilidad. Continuaba erguido. Paralizado en esa posición.
El sonajero continuaba sonando, con el empleado repitiendo una y otra vez las mismas palabras:
– Escuche cómo suena el sonajero.
Desmond Twitt notó un escozor procedente de los ojos. Sin poder hacer nada, empezó a lagrimear de manera intensa. Igualmente un picor surgía del interior de los oídos y de las fosas nasales. Cuando se dio cuenta, gritó aterrado. Estaba sangrando por los ojos, los oídos y la nariz. Al poco su grito quedó medio ahogado por la sangre que emergía de su boca hacia el exterior.
El ordenador portátil y luego la mesa quedó cubierta por la sangre que surgía de los orificios faciales de Desmond Twitt.
El empleado continuaba con su letanía.
– Oiga cómo suena el sonajero.
La sangre ya llegaba a empapar la alfombra del suelo del despacho. Desmond ya no podía articular ninguna palabra. Sólo barbotaba sonidos ininteligibles al estar manando constantemente sangre procedente de su garganta hacia el exterior. Sintió la ropa interior húmeda y pegajosa. También estaba desangrándose por el recto.
El sonajero era sacudido por la mano diestra del empleado con más vigor, sin decaer en la insistencia, hasta que finalmente, Desmond Twitt perdió por fin su verticalidad, desplomándose sobre la alfombra, rodeado de su propia sangre. Una sangre que representaba toda la que podía circular dentro del organismo de una persona, pues había sido expulsada hasta la última gota.
Luis Reinaldo dejó de agitar el sonajero. Se quitó la máscara, y con rostro serio, abandonó la estancia.
Su venganza había sido consumada.
Si él perdía su puesto de trabajo, qué menos que el causante directo del cierre de la fábrica, Desmond Twitt, a la sazón propietario de la misma, perdiera su vida miserable.


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El sol sobre el tejado. (The sun on the roof).

El sol despuntaba con cierta timidez, ocultando su figura entre hilachos de blancas nubes que parecían recorrer el cielo empujados por el viento surgido a través de la trompeta imaginaria de Eolo.
Eran las nueve de la mañana de un lunes cualquiera del mes incómodamente frío de noviembre. Nicanor Dullian estaba ubicado sobre la cubierta a cuatro aguas de su casa de planta baja, dispuesto a arreglar la gotera que amenazaba por deteriorar de manera irremediable la escayola decorativa del dormitorio. Accediendo desde una pequeña claraboya situada en la cocina, se guió por su lógica sobre las tejas oscuras de pizarra, hasta dar con la zona por donde se filtraba hacia el interior de la casa el agua de las lluvias. Enseguida comprobó que una de las tejas estaba agrietada, así que bajó por la escalera colocada en la cocina y rebuscó en el garaje, donde halló una caja de cartón con cuatro tejas de repuesto. Se hizo con una paleta de albañil y fue preparando la argamasa para la sustitución de la teja. Nuevamente en el exterior de la casa, fue acercándose con precaución hacia la parte deteriorada de la cubierta.
Habían pasado treinta o cuarenta minutos. El sol estaba alcanzando su sitio correspondiente en el firmamento, dándole de lleno justo en la zona donde él estaba. La luz le deslumbraba, así que tuvo que bajar para buscarse las gafas de sol. Con ellas colocadas, fue removiendo la teja rota, retirando algunos pequeños escombros del cemento que la habían mantenido en su sitio.
Estaba agachado. Desde esa perspectiva pudo comprobar que los límites del vecindario se habían acortado. Caramba. Ya no atisbaba las casas decrépitas y en estado de abandono, habitadas por  jóvenes ocupas  situadas en la siguiente manzana con respecto a la suya. El sol picaba que daba gusto. Estaba sudando. Se tuvo que sacar el jersey por la cabeza para quedarse en manga corta. No es que hiciese frío, doce grados no daban la confianza suficiente para exhibirse de dicha manera con riesgo a un resfriado, pero al incidir los rayos solares directamente sobre esa parte del tejado, la temperatura daba la sensación de ser casi veraniega. Nicanor Dullian incluso estaba empezando a transpirar por el calor. Se pasó el revés de la mano por la frente.
Cuando la mezcla del cemento estaba ya preparada, su mirada se centró en el jardín delantero de su casa.
Fue entonces cuando se dio de cuenta que no lograba enfocarlo con la vista. Se quitó las gafas. El deslumbramiento del sol le impedía cerciorarse de que ahora tan sólo podía atisbar la parte sobre la que estaba subido, es decir, el propio tejado de su  casa. Todo cuanto lo rodeaba, estaba sumido en una luminosidad radiante inmensa. Nicanor se incorporó de pie. Ese dichoso sol estaba jugando con su raciocinio. Seguramente al estar expuesto sin haberse protegido la cabeza, estaba teniendo alguna clase de espejismo. Preocupado ante la posibilidad de coger una insolación, dejó el arreglo del tejado para mejor ocasión, decidido a bajar por la escalera que daba a la cocina. Fue avanzando por las tejas de pizarra, hasta ver de manera difuminada que la mitad de la cubierta ya no existía.
Nicanor estaba aterrado.
El tejado parecía un cubo de hielo derritiéndose ante los treinta grados de un día de verano.
Se restregó los ojos con los puños, girando sobre los talones, intentando buscar un punto de referencia en los alrededores. Aquella luz inclemente que procedía del sol lo fue cegando más y más. No existía ningún vecindario. No existía ni su propia casa, que iba desapareciendo físicamente por una goma de borrar invisible. Se colocó las gafas de sol. Todo cuanto veía era el fulgor intenso procedente del sol. No podía atisbar el cielo.
Terriblemente desorientado, quiso retroceder, acercarse a la parte del tejado donde estaba la teja que debía ser reparada. Pero esa zona también había desaparecido.
Ahora miraba a sus pies. Luego en derredor suya. El tejado continuaba desvaneciéndose. La nada se iba apoderando de todo.
Nicanor estaba atrapado en lo alto de algo que antes había sido su casa.
Unos segundos después, su figura se disipó para siempre.
El agente inmobiliario recorrió toda la propiedad, acompañando a la familia Henderson. Aún no tenían hijos, y no pretendían tenerlos por el momento. Por eso buscaban una casa pequeña cuyo alquiler no fuese muy alto. Esa vivienda estaba emplazada en los suburbios de la ciudad. Era la única de una antigua urbanización que fue languideciendo hasta casi desaparecer. Las demás casas estaban en un estado precario de abandono.
– Se tiene previsto por parte del ayuntamiento derribar todas las casas dentro de tres años. Por eso nadie las habita. Esta es la única que se alquila. Y como pueden observar, está en muy buen estado, dadas las circunstancias – les dijo el agente alcanzado el jardín delantero una vez visitada por dentro.
– Si. El precio es muy asumible. Y no requiere muchas mejoras – dijo Larry Henderson, feliz, abrazando a su joven esposa.
Ella lo miró algo ceñuda.
– ¿Qué pasa, cariño? ¿Hay algo que no te gusta de la casa?
– La mancha en el techo de escayola del dormitorio. Hay filtraciones.
Larry sonrió, quitándole importancia al asunto.
– No te preocupes. Será una teja en mal estado. Con subirse a reemplazarla, todo solucionado.
– Hay tejas de recambio en el garaje – le avisó el agente inmobiliario. – Pero puedo llamar a un albañil para que se lo solucione.
– No, déjelo. Soy un manitas. Aunque estemos en invierno, hace un tiempo muy soleado. Así me paso una mañana entretenida, arreglando el tejado, ja, ja.
– Como usted, quiera.
El agente inmobiliario les hizo de entrar en la cocina para firmar el contrato de alquiler por un año. Esperaba que no sucediera como con el anterior inquilino, que a los dos meses de instalarse, se marchó sin haber dado previo aviso. 


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La leyenda urbana del teléfono sonando sin que nadie conteste al mismo. (The urban legend of the phone ringing and no one answer to it).

Queridos seguidores y seguidoras de Escritos. Con este relato un poco más largo de lo habitual, iniciamos la semana aterradora de Halloween. ¡Adelante con la marcha fúnebre! Ja, Ja, JA!

Llamaron al mismo número varias veces a lo largo del día durante cinco días seguidos.

Era una casa situada en un barrio del suburbio. Entraron de noche, tomando las precauciones de siempre para robar todo cuanto pudiera haber de valor en el interior de la vivienda.
Efectivamente, daba la sensación de llevar desocupada un tiempo. No había mucho polvo acumulado y todo estaba en orden, así que era de suponer que los dueños estaban ausentes por vacaciones.
Registraron habitación por habitación, mueble por mueble. Lo más valioso eran ciertos equipos electrónicos de vídeo, televisión y sonido, además de un ordenador de sobremesa. No hallaron dinero, ni siquiera algo de calderilla. Cargaron con los componentes hasta su furgoneta y se marcharon en silencio. Les había llevado casi una hora. Todo perfecto.
Se quitaron los guantes de látex y los pasamontañas negros.
– Llevamos una buena racha. Ya van cinco de cinco – comentó Julius.
Era el mayor en edad de los dos. Tenía 37 años, por 25 Derrick Mitchell IV. Ambos eran afroamericanos, curtidos por manejarse en el mundillo de la delincuencia. Julius había pisado la cárcel un par de veces. Siempre por pequeños robos.
Ahora la cosa era más seria si eran pillados por la policía. Asaltar casas en plena nocturnidad y armados les podría costar una severa pena en una prisión de las más conflictivas del este del país.
– Bueno, hermano. Aquí hay para unos mil dólares pagados muy a la baja – calculó Julius, poco eufórico.
– ¡Demonios! Tenemos que cambiar de tratante. Ese puñetero blanco bajito es un tacaño.
– Conozco a Richie desde la trena, chaval. Será blanco, pero es legal. Si fuera negro, tampoco íbamos a sacar más de mil dólares por esta chatarra. Lo más nuevo parece la mini cadena musical. Lo demás debe de tener más de tres o cuatro años de uso, joder. Aunque la marca sea buena.
– Vale, ese tipejo es nuestro mecenas, ja. No te jode. Nosotros arriesgamos el trasero para que luego él monte su supermercado ilegal.
– Déjate de coñas. Tengo hambre. Cenemos pollo frito, nos vamos cada uno a nuestra casa a dormir y mañana entregamos la mercancía a Richie.
– Vale, tío. Mi estómago ruge. En eso tienes razón con lo del pollo frito.

La táctica era sencilla y funcionaba. Consistía en explorar en los barrios más alejados del centro de la ciudad casas familiares que dieran la sensación de poder estar abandonadas por la época veraniega. Ahora no podían guiarse simplemente por la acumulación del correo o de la prensa en el buzón y sobre la alfombrilla de la entrada de la casa porque los dueños recurrían a los vecinos, familiares cercanos o gente conocida para que se lo llevara, evitando esa sensación de abandono. Julius y Derrick primero procuraban hacerse con el número de teléfono de la casa. Eso era ahora sencillo gracias a internet. En el buscador de las páginas amarillas introducías el apellido familiar, la calle y el número de la casa, y si el dueño no había puesto reparos marcando la casilla del contrato telefónico donde impedía el uso de sus datos para fines comerciales, ¡tachán!, el número quince de Redson Street tenía el 389-4274, por ejemplo. Conseguido el detalle del teléfono, llamaban varias veces al día, esperando que nadie contestara. Al mismo tiempo controlaban las cercanías de la vivienda desde su furgoneta esperando ver algún tipo de movimiento o de idas y venidas hacia la misma. Cuando llevaban dos o tres días sin que nadie contestase al teléfono, y con la casa dando la misma sensación de estar vacía, se preparaban para el asalto nocturno.
El plan les funcionaba bien de esa manera, aunque a Derrick le parecía que tomaban demasiadas precauciones iniciales. Él hubiera preferido robar en la primera noche.
– Más vale ser precavidos que imprudentes, chaval – le aconsejó una tarde Julius a Derrick mientras vigilaban una casa. – Te diré una cosa. Un tío que se creía muy listo, y que ahora está en el corredor de la muerte, también asaltaba casas. Igualmente llamaba por teléfono. Pero su impaciencia le hizo de ir a allanar una casa en su primera noche. Dio la casualidad que mientras se preparaba, llegó la dueña, que era periodista o algo similar. Ella aparcó su coche dentro del garaje y se metió en la casa. Cuando el otro llegó con su furgón, vio las luces de la casa apagadas. El coche de la tía estaba oculto en su garaje, recuerda. Aún así, el tío no es tonto del todo y vuelve a llamar al número del teléfono de la casa. Nadie contesta y tan tranquilo, entra por una ventana de la planta baja. Empieza a registrar el salón con la linterna, cuando se lleva el susto padre al oír el grito de la mujer y ver cómo se enciende la luz principal de la planta baja. Se vuelve, y la ve envuelta en una toalla. El truco del teléfono no había funcionado porque la pava se estaba duchando y no había escuchado la llamada. Así que el colega, fuera de sí, con el plan reventado, le pega dos tiros y se larga echando leches, hasta que la poli le trinca al día siguiente.
“¿Y sabes por qué la cagó? Por no haber hecho un seguimiento de varios días seguidos. Por eso, tengo ya todo preparado con antelación en la furgoneta para el instante del asalto. No se me ocurre tampoco marcharme del lugar ni para mear. Por eso somos dos, para turnarnos en los descansos. Porque cinco minutos de ausencia pueden bastar para que les dé a los dueños de volver cuando menos te lo pienses, aunque sea en la puñetera madrugada, jolines, chaval. Así que métete las prisas por donde tú ya sabes. Que mientras estés conmigo, se harán las cosas a mí manera.

Julius estuvo esperando la vuelta de su compinche. Estaba claro que esa misma noche iban a irrumpir en esa casa de madera de aspecto colonial de doble planta y ático. Derrick regresó de la cabina telefónica más cercana.
– ¿Qué tal?
– Joder. Ya sabes. No contesta nadie. Ya son cuatro días haciendo el idiota, Julius. Encima hay una pechada de quince minutos hasta la jodida cabina, coño. No sé porqué nunca utilizamos el móvil.
– Porque quedaría registrado el número. Y no tengo ganas de estar cambiando de teléfono cada cuatro o cinco horas. Si pasa algo mal, los de la policía científica descubrirán que las llamadas fueron efectuadas desde la cabina. Y sin huellas, se podría inculpar incluso al pato Donald de haberlas hecho, ja, ja.
– ¡Listo que eres! Ahora espero que esta haya sido la última caminata.
– Nada. Dentro de una hora estará anocheciendo. Entraremos hacia las once. Tenemos la suerte que la casa está bastante apartada del resto.
– ¡Las once, dices! Joder, me acomodo en la parte trasera para dormir un rato.
– Eso, hazlo. Así no escucharé tus quejas durante un rato. Mocoso quejica de las narices.

Julius y Derrick flanquearon la casa por el lado izquierdo. Tantearon con la primera ventana, pero la hoja estaba demasiada encajada como para permitir hacer fuerza con la palanca. Fueron a la siguiente y la forzaron con facilidad. Se adentraron con la tranquilidad de saber que no había casas vecinales que pudieran albergar testigos en su interior.
– Esto es muy extraño, tío. Una casa tan aparatosa, sin vecinos que la molesten – dijo Derrick, inquieto.
– Cálmate, quieres. Es una vivienda antigua. Esto antes debía de ser un campo, con los habitantes distanciados unos de otros. Ahora con el crecimiento de la ciudad, el barrio lo ha absorbido todo.
– Menos esta puta casa, que sigue en casa Cristo, ja, ja.
– Tarde o temprano, o será integrada en el barrio, o lo más probable, derruida para la construcción de nuevas viviendas. Ahora cállate y echemos un vistazo, a ver con qué nos encontramos.
Julius y Derrick fueron iluminando la estancia en la que estaban con las luces halógenas de sus linternas. En este caso la vivienda no estaba vacía por las vacaciones de sus ocupantes, pues había mucha suciedad acumulada en forma de polvo sobre los muebles, con insectos muertos, papeles de periódico amarillentos y cuarteados cubriendo el suelo, telarañas en cada rincón…
Derrick enfocó algo que había cerca de una pata de un armario.
– ¡Joder! ¡Cómo huele! ¿Qué coño es eso?
Julius se acercó lo mínimo para comprobar horrorizado que era un feto humano en avanzado estado de descomposición.
– Es un bebé muerto.
– ¡La madre! ¡Salgamos de aquí, Julius! Este sitio me da escalofríos. Además todo está en un estado lamentable. Es imposible que encontremos algo de valor entre toda esta mierda.
– Sí que da la sensación de estar desocupado desde hace muchos años. Pero el crío nació hace poco.
– Joder. Julius. Estás chapado a la antigua, pero debes saber que lo más seguro que la tía que estaba embarazada vendría aquí, o bien para abortar o para tener el crío. Seguro que era una drogata blanca que se lió con alguien que le dejó el recado. ¡Venga, tío! ¡Marchémonos de una vez!
Julius se alejó del cuerpo del niño muerto.
En ese instante escucharon un teléfono que sonaba desde una habitación cercana.
El sobresalto que se llevaron por el sonido repentino fue inenarrable.
– ¡La puta! ¡El teléfono! ¡Está sonando el teléfono! Y no somos ni tú ni yo, colega – dijo alterado, Derrick.
– Tienes razón. Salgamos por donde hemos entrado. ¿Me vas a hacer caso? ¿Por qué pones esa cara de los cojones? – Julius veía el terror en estado puro reflejado en el rostro de Derrick. Cuando quiso averiguar qué era lo que le que estaba sacando de quicio, fue demasiado tarde. Notó unas fuertes manos asentarse con firmeza a ambos lados de su cabeza, su giro brusco del cuello hacia la derecha y la pérdida de la vida en apenas un segundo.
Derrick estaba paralizado por la presencia de aquella criatura enorme que acababa de romperle el cuello a su amigo.
La figura sin vitalidad de Julius se desmoronó sobre el polvoriento suelo como si fuera un simple saco pesado.
La sonrisa del ser alcanzaba una longitud de oreja a oreja. Era diabólica, con una dentadura puntiaguda y negruzca asomándose con malicia.
Entonces sonó el teléfono de la habitación cercana.
Derrick salió momentáneamente de su parálisis. Miró el cadáver de Julius derrumbado sobre los periódicos, el manto de polvo y los insectos resecos. Sus ojos se encontraron con las cavidades oblicuas de la criatura, en cuyo interior sobresalía el tono anaranjado brillante del iris.
Derrick se acercó a la ventana por la cual se habían colado en aquella estancia infernal. Conforme retrocedía, sin dejar de alumbrar la figura que sonreía perversamente, el teléfono volvió a sonar con persistencia.
La mano izquierda de Derrick se posó entre temblores sobre  el marco inferior de la ventana abierta.
El teléfono cesó en sus llamadas.
La criatura se llevó un dedo retorcido al filo irregular de uno de los dientes superiores.
Contemplaba con evidente regocijo a Derrick.
La hoja de la ventana se deslizó de golpe hacia abajo, mutilando la mano de Derrick, para de paso cerrarle la única vía de escape que disponía.
– ¡Nooo! ¡Ahhh!
Derrick perdió la linterna, llevándose el muñón al regazo, tratando de impedir que sangrara. El dolor aún era ínfimo con lo que podría llegar a sentir más tarde.
La criatura se desplazó en dos zancadas hacia Derrick, asiéndole por el cuello con una mano mientras que con la otra le hizo de introducir el muñón sangrante en la enorme boca sonriente.
Derrick pataleaba en vilo, sin poder tocar el suelo con las zapatillas. Poco a poco se fue sintiendo más débil conforme aquel ser se alimentaba de su sangre.
Antes de morir, la criatura lo arrojó contra el cuerpo de su compañero muerto. Saboreó la sangre del joven con deleite, pasando la alargada lengua por los labios enrojecidos.
Conforme Derrick iba apagándose como una vela, con los párpados cediendo al deseo de un sueño eterno, el teléfono de aquella otra  maldita habitación reincidió en su llamada.
La criatura soltó una carcajada malsana, mientras contemplaba los últimos estertores de vida del intruso.
– Aquí nunca contestamos al teléfono – graznó,  con el teléfono manifestándose como insistente sonido de fondo


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Malas notas escolares. (Poor school grades).

Mark estaba preocupado. Le acababan de entregar las notas del colegio del segundo trimestre donde los ceros proliferaban al igual que los exquisitos donuts en el expositor de una tienda de dulces. Le acompañaba su amigo del alma Tony. Este era un año mayor y tenía una constitución física bastante avanzada para tener once años. Ambos eran considerados los raros de la clase. Mark por su personalidad acomplejada, y Tony por su aspecto y sus rarezas. Decía cosas extrañas. Frases que muchas veces no tenían ningún sentido. Se reía repentinamente en medio de la clase. Cambiaba la entonación de su voz, confesando a Mark que tenía cuatro personas distintas en su interior. Su tez era muy pálida y se le caía el pelo con extrema facilidad. Comentaba que sus padres eran enterradores. Que vivía con ellos en la propia funeraria. Buf, esas cosas le daban algo de yuyu a Mark, pero aún así agradecía su amistad porque pasaba muy buenos momentos con él jugando, matando ratones y algún que otro gato callejero, destripándolos y luego quemando los restos en un bidón vacío de pintura.

Tony estaba observando los nervios de su amigo. Sabía que su padre era una mala bestia que cada dos por tres le golpeaba con las manos y con el cinturón. La última vez que llevó las notas, que fueron algo mejor que las presentes, Mark regresó a clase con un ojo tumefacto y con dos chichones en la cabeza que permanecían medio disimulados por su abundante mata de pelo ondulado.
– Si te ven los suspensos, compañero, el bastardo de tu padre te mata – le dijo sin tapujos.
Mark llevaba la cartilla de las notas entre dedos temblorosos. Ya estaba cerca de llegar a su casa.
– Ahora no está. Llegará del trabajo en unos minutos.
– Menos mal que tu madre está muerta. Unos golpes que te ahorras – dijo Tony con una fría insensibilidad.
Mark no se indignó por ese comentario. Sólo estaba pendiente de la tremenda paliza física que iba a darle su padre.
– Ahora sólo está la abuela. Pero ella vive en otro mundo. Ni siquiera querrá ver mis notas – musitó, mirando a su amigo tan extraño.
Recorrieron el tramo de acera que les quedaba llegar hasta la casa de Mark. Este introdujo la llave en la cerradura y animó a su amigo a acceder al interior.
– Hazme compañía hasta que venga papá. En cuanto entre, te vas. Así no te hará nada – solicitó a Tony, conforme avanzaban por el vestíbulo.
– Tu viejo no me asusta ni media. Si quiero, puedo matarlo, ja, ja.
Tony puso los ojos en blancos, con la mandíbula inferior floja, regurgitando la saliva en la cavidad bucal, emitiendo un ruido asqueroso. Pero el color de la saliva era rojizo como la sangre…
– ¡Para ya de hacer eso! Sabes que no me gusta que lo hagas. Bastante tengo con la que se me avecina. Y ni se te ocurra querer matar a mi padre.
Tony ofreció su cara más normal, riendo por lo bajo.
Continuaron andando por la casa hasta que oyeron la voz cascada y agriada de una mujer. Procedía del piso superior.
– Es mi abuela. Se debe de acabar de levantar de la cama.
Se aproximaron al pie de la escalera de madera. Desde arriba estaban llegando los pasos de la mujer. Al poco su silueta encorvada y delicada, embutida en un camisón gris oscuro los miraba por el hueco de la escalera.
¡Niñosssss! ¿Eres tú, Mark, verdadddd? ¿Y el otro? ¡El otro es pura maldad! Ja, ja. Menudos amigossss, tienes, hijito.
– Ahora se marcha, abuela.
– Mi hijo tiene que estar aquí. Lo necesitooo yaaaa.
– Si, abuela. Papá vendrá en unos minutos para cambiarte el pañal.
Tony sonreía a la anciana con malicia. Sin advertirle nada a Mark, fue subiendo los escalones con presteza, hasta situarse arriba, al lado de la abuela.
– ¡Niñoooo! ¡Mark! ¡Qué se vaya! ¡Es pura maldad tu amiguitoooo!
Mark estaba petrificado por el terror. No pudo ni decir media palabra. Su amigo Tony se situó detrás de su abuela y sin más, la empujó escaleras abajo. Cuando llegó al suelo, estaba muerta.
– ¡Tony! ¿Qué le has hecho a la abuela? – gritó, aterrado.
Cuando miró hacia arriba, ya no estaba su amigo en el piso superior. Había desaparecido.
La puerta de la entrada fue abierta de golpe. Los pasos fuertes y robustos de su padre se desplazaron por el vestíbulo, acercándose más y más.
Unos pocos segundos más tarde…
– ¡Madre! ¡Mark! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo es posible esto?
Mark se giró con decisión.
Le mostró la cartilla de las notas. Su padre se las tiró al suelo de un golpe con la mano.
– ¡Ahora no, Mark! ¡Ahora tus notas me importan un carajo! ¡Hay que llamar a Urgencias! ¡No puede ser posible que la abuela esté muerta! ¡Demonios de escaleras! Tendría que haberle instalado una silla elevadora.
Su padre se agachó frente a la mujer fallecida.
– ¡No! ¡Mamá! ¡Perdona a tu hijo por no haber previsto este tipo de accidente!
Mark recogió la cartilla de notas. Se marchó de allí para al poco volver con un teléfono inalámbrico.
Su padre se volvió, con el rostro bañado en lágrimas. Se lo recogió. Llamó al número de Urgencias, para después atraer a su hijo y consolarse con él.
– Siento mucho que hayas tenido que presenciar esto, Mark.
Mientras Mark era estrujado entre los brazos de su fornido padre, alzó la mirada nuevamente hacia el piso superior. Desde allí le sonreía Tony de nuevo, feliz de haber impedido que su amigo recibiera una paliza de parte de su padre por las bajas notas escolares.


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Ven a tomar tu medicina. (Come to take your medicine).

– Ven a tomar tu medicina, pequeño.

– ¡No quiero! ¡Déjame en paz!
– Es para que te pongas bueno.
– ¡No!
El niño le soltó una patada en la espinilla que le hizo de ver las estrellas en noche despejada.
– ¡Maldito trasto! ¡Toma golpe! ¡Así aprenderás!
El bofetón fue brutal, haciendo que el pequeño cayera de bruces, casi contra la esquina de la pared cercana al televisor. Nada más quedarse quieto sobre el suelo, se llevó la mano a la mejilla derecha y se puso a gimotear con fuerzas.
– Soy tu niñero, Henry. Estás algo enfermo, y el doctor te ha recetado esta medicina que tienes que tomar cada ocho horas. Es algo que recalcaron tus padres antes de irse. Y si quiero cobrar la pasta, tengo que conseguir que te tragues el contenido de un puñetero cucharón. Así que menos remilgos y a abrir la boca, mocoso.
Se puso muy cercano del niño, quien permanecía acurrucado contra el rincón de la sala. Llenó la cuchara sopera con la medicina del frasco. Miró al niño con acritud. El muchachito vestía su pijama de una sola pieza estilo tortuga ninja. Se resistió, dándole patadas desde el suelo. La medicina se volcó sobre la tarima del suelo.
El niñero se enfureció más y más. Le soltó tres bofetadas seguidas hasta calmarlo por la fuerza. Luego le apretó la nariz, hasta hacerle separar los labios para respirar y le acercó el gollete del frasco obligándole a bebérselo casi por entero.
– No vayas ahora a vomitarlo, eh. Como no asimiles la medicina, te voy a poner el culo más rojo que el color de tu propio corazón.
Recogió al pequeño en brazos y lo llevó en volandas hasta su dormitorio. Ahí lo metió en la cama, sujetándole con cuerdas por las muñecas y los tobillos, amordazándolo con un calcetín.
Cerró la puerta y se fue a ver la tele.
Una hora más tarde llegaron los padres del niño. Nada más percibir el sonido de la llave en la cerradura se acercó a la ventana abierta del salón que daba al jardín y se escabulló por ahí.
En ese instante, el dinero le importaba poco. El crío era demasiado problemático, como para continuar siendo su niñero.
El padre del pequeño estaba colgando su pelliza en la percha del vestíbulo, mientras su mujer llamaba con suavidad al niño.
– Estará durmiendo, querida – le dijo. – Por cierto,  ¿dónde está Lucy?
En un instante le llegó un grito espeluznante. Era su mujer. Procedía del baño. Corrió hasta la estancia y encontró el cuerpo sin vida de la niñera ahogada en la bañera. Estaba desnuda, con multitud de cortes. El agua estaba teñida con la sangre de la pobre muchacha.
La imagen era aterradora. Aún así sus miradas se encontraron y al unísono se olvidaron de la desgraciada niñera para centrarse en localizar su hijo.
La ventana abierta de la sala transmitió hacia el exterior los gritos y los sollozos de los padres al comprobar el terrible estado de su hijo.
Agazapado bajo la ventana, aún dudando si reclamar el dinero, estaba el falso niñero.
– No sé de qué se quejan. Ese crío no hay quién lo aguante – musitó, enfurruñado, para al final alejarse de la casa.


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El niño que quería jugar con Anton. (The boy who wanted to play with Anton).

     Anton Todd tenía sesenta años. Hacía poco tiempo que se había jubilado como cocinero, disponiendo ya de la totalidad de las horas que compone un día para sus propias ocupaciones. En este caso, podría ya concentrarse enteramente en su colección de libros filosóficos acumulados a lo largo de los años en los estantes de su biblioteca personal. Era soltero, y parte de la soledad la solucionaba de ese modo, en la intensa lectura, complementándola con consultas exhaustivas en el ordenador conectado a internet, actualizando los conceptos que más le fascinaban con autores más contemporáneos que los habidos en los libros.

                Durante los momentos en que se evadía de sus libros y el ordenador, apenas se relacionaba con el mundo exterior. Circunstancialmente le tocaba por obligación tener que hacer la compra, mediando saludos breves con los clientes más habituales y con el personal de la tienda. Luego caminaba una hora diaria para fortalecer los músculos de las piernas y favorecer su riego sanguíneo al pasar el resto del día casi siempre sentado. En sus paseos procuraba evitar conversaciones con los vecinos. No quería perder el tiempo con los temas intranscendentes de la vida mundana de cada cual, ni con cotilleos absurdos.
                Anton Todd paseaba su hora diaria sin saltársela, aunque hiciese mal tiempo. En una de sus caminatas, conoció a aquel niño. Tendría diez años. Era el hijo único de los vecinos que vivían una manzana más adelante  de donde lo hacía él. No conocía su nombre de pila, ni le interesaba. Cuando regresaba del paseo, en los últimos días era habitual encontrar al crío jugando en la parte delantera de su casa con una pelota de goma. El hijo de los vecinos lo miraba directamente con rostro divertido. Anton Todd pasaba de largo, decidido a llegar a su casa, pegarse una buena ducha, cenar y luego sumirse en la lectura de uno de sus libros.
                Así fueron pasando los días, hasta que en el regreso de uno de sus recorridos, el niño lo abordó sin pensárselo dos veces.
                – Hola, señor – le dijo, saliendo a la acera.
                – Um, hola.
                El muchachito le ofreció la pelota de goma con una sonrisa.
                – ¿Quiere jugar un rato conmigo a la pelota? Estoy solo y me aburro.
                – No, niño. No tengo ninguna gana de jugar contigo.
                Anton aceleró la marcha, y se encerró en su casa. Cuando miró por una de las ventanas frontales del salón pudo ver la figura del niño mirándole desde la cerca que rodeaba la delantera de su vivienda. Estuvo apoyada en ella un rato y luego se marchó.



                Al día siguiente, Anton coincidió con el afán de protagonismo del niño. Este le abordó con el mismo desparpajo que el día anterior, ofreciéndole la pelota.
                – Hola, señor – le dijo.
                – Déjame en paz, niño.
                – ¿Quiere jugar un rato conmigo a la pelota? Estoy solo y me aburro.
                Eran las mismas palabras dichas ayer por el mocoso.
                Anton Todd lo miró con recelo.
                – ¿No tienes un hermano con quién jugar? ¿O algún amigo? ¿O con tus padres?
                – No entiendo – le dijo el niño. No dejaba de sonreír.
                – No te estoy hablando en chino. ¿No me dirás que tus padres te dejan a solas a ésta hora de la tarde todos los días?
                El crío continuaba sosteniendo la pelota con el anhelo de poder entregársela.
                – ¿Quiere jugar un rato conmigo a la pelota? Estoy solo y me aburro – repitió la pregunta sin alterar el tono de su voz.
                Anton Todd lo apartó de un manotazo y se refugió en su casa. Algo le hizo de cerrar la puerta bajo llave. Al entrar en el salón, descorrió la cortina de la ventana frontal y miró hacia afuera.
                El niño estaba situado frente a la cerca delantera. Permaneció unos minutos más antes de irse con la pelota en las manos, sin botarla ni siquiera una sola vez contra el suelo.

                Anton Todd estuvo decidido a pasar con rapidez por delante de la casa del niño.
                Este lo abordó con celeridad. Su misma sonrisa. Sus mismas frases.
                – ¡Niño! ¿Acaso no sabes decir otra cosa? ¡Tú y tú maldita pelota! ¡Mira lo que hago con ella!
                Se la quitó con rudeza y la lanzó contra la fachada de la casa del muchacho. La pelota rebotó y se desplazó por el porche hasta detenerse al alcanzar la hierba.
                El niño giró la cabeza, sonriendo pero sin alterar las facciones de su rostro.
                Anton Todd se marchó exasperado.
                Al llegar a casa, miró por la ventana y por fin no se encontró con la cara del niño mirándole desde el lado contrario de la cerca delantera.

                Eran las once de la noche. Anton estaba revisando unos archivos en el ordenador cuando escuchó un potente golpe contra la puerta de la entrada. Se llevó un notable sobresalto por el ruido surgido de improviso y con tanta virulencia. Luego surgió un segundo golpe a los pocos segundos del primero. Se levantó alterado. Miró por la ventana y pudo averiguar que era el niño de los vecinos quien estaba lanzando la pelota contra la puerta.
                Anton Todd se dirigió con ímpetu por el vestíbulo. Antes de abrirla, la puerta sufrió un tercer impacto. Tiró del pomo y encontró la pelota rodando hasta cerca de los pies del mocoso. Este se agachaba para recogerla de nuevo.
                Anton Todd estaba más que irritado. Encaminó sus pasos hacia el niño sin cerrar la puerta. Se situó frente a él y le arrebató la pelota de las manos. El crío sonreía igual que las veces precedentes.
                – ¿Qué estás haciendo, niño?  ¡Son las once de la noche! ¿Cómo es que tus padres te permiten estar en la calle a estas horas?
                El niño quiso recuperar la pelota, pero Anton Todd la mantuvo guardada por detrás de la espalda.
                – Despídete de la pelota.
                “Ahora mismo te acompaño a casa. Tengo que mantener una conversación seria con tus padres.
                El niño pareció comprender lo que le decía. Ambos se dirigieron hacia su casa, sin que Anton le entregara la pelota de vuelta. Lo único que sabía del matrimonio era que se apellidaban Harnett. Al plantarse frente a la puerta, Anton miró al pequeño de soslayo. Tocó el timbre con el índice de la mano libre.
                El niño mantenía la cabeza alzada, sin despegar la mirada del rostro de Anton. Sonriendo eternamente.
                Transcurrieron unos segundos. Anton insistió con el timbre, pero nadie se acercaba desde dentro para abrirles.
                – Estoy solo y me aburro – comentó repentinamente el niño.
                Empujó la puerta con ambas manos y entró en la casa.
                Anton se quedó muy extrañado por la situación.
                – Estoy solo y me aburro – repitió el mocoso. Su voz procedía ya desde el interior.
                Anton entró en la casa. Al parecer tenía que haber alguna ventana abierta, porque con la puerta principal abierta quedó establecida una fuerte corriente de aire. Esa ráfaga le disgustó con un intenso olor altamente desagradable. Anton continuó por el vestíbulo.
                – ¡Hola! ¿Los padres del niño, por favor? Tengo que comentarles algo acerca de la actitud de su hijo.
                La planta baja estaba a oscuras. En cambio, por las escaleras que llevaban al piso superior llegaba cierta iluminación que fue la encargada de orientarle. El niño estaba repitiendo la frase una y otra vez, y procedía de allí arriba.
                Anton se acercó con cuidado al inicio de la escalera. Fue subiendo los escalones apoyado en el pasamano de madera. Al llegar arriba, vio un pasillo principal con tres puertas. Dos estaban cerradas mientras la otra permanecía abierta. Desde su interior llegaba la luz.
                – ¿Niño? ¿Dónde están tus padres? – preguntó Anton.
                Se situó frente al quicio de la puerta.
                Encontró al niño sentado en una pequeña mecedora. La cama de la habitación estaba revuelta. Rodeándola había tres cadáveres en avanzado estado de putrefacción tumbados sobre el suelo. Uno llevaba puesto un vestido femenino. Junto a este se encontraba otro  y en el lado opuesto de la cama, estaba el tercero doblado sobre sí mismo, como si estuviera sentado en el suelo, con una silla tirada sobre sus rodillas. Sobre el regazo había un libro abierto de par en par y enrollado alrededor de su cuello hinchado y ennegrecido un rosario de cuentas púrpuras. El muerto llevaba además un alzacuello.
                Anton se volvió hacia el niño horrorizado. Se le escapó la pelota de la mano.
                Antes de llegar a botar, esta estaba entre los dedos de las manos del niño, quien continuaba en la mecedora con los pies colgando. Su sonrisa permanente contemplándole.
                – Estoy solo y me aburro – dijo el niño.
                “Los padres de este bastardo y el cura quisieron jugar conmigo y perdieron – continuó, modificando la entonación de la voz hasta hacerla irreconocible.
                Ahora jugaré contigo.
                  “Por cierto, Anton. ¿Qué te parece morir con sesenta años sin haberte podido arrepentir de los pecados a tiempo?
                Anton quiso salir de la habitación, pero la puerta quedó cerrada a cal y canto, con una horripilante risa prolongándose por toda la estancia.
                Antes de que pudiera gritar, la criatura que albergaba el cuerpo del niño le había derretido los labios para así poder atormentarle del mismo modo que lo había hecho con los padres y el sacerdote que habían intentado practicarle un exorcismo nada exitoso.


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El regalo de Aniversario.(Anniversary gift).

                        Elroy conducía su destartalada camioneta de carga trasera descubierta por el camino polvoriento y poco transitado a cualquier hora del día, con intenciones de dirigirse muy a las afueras de la zona donde vivía con Emma, cuando de improviso divisó a un joven forastero caminando por la orilla reseca del arcén en la misma dirección que él se dirigía. El muy inútil casi arrastraba ya el trasero por la sobrecarga en la espalda de la voluminosa mochila que cargaba.

                Elroy redujo la velocidad del cochambroso vehículo hasta detenerse a trompicones al lado del jovenzuelo desgarbado. Se inclinó hacia su derecha para bajar el cristal de la ventanilla de la puerta del lado del acompañante en la cabina. Estiró el cuello rojizo y sonrió amigablemente al caminante ocioso.
                – ¡Muy buenas, joven! – lo saludó con ganas.
                – Hola, señor.
                – Veo que no eres de por aquí, ¡carámbanos!
                – No. Estoy recorriendo esta parte del estado a pie y con mis propios medios. En plan mochilero. Economía de gastos, ¿sabe?
                – ¿Cómo dices, hijo? Lo último no lo pillo. No pasé de los diez años en la condenada escuela del condado.
                – Que como soy estudiante universitario, y no tengo mucho dinero, no me queda otra que disfrutar de mis vacaciones de verano con los escasos dólares ahorrados, alojándome en albergues o acampando en los campings con tarifas especiales para la ocasión.
                – Llevarás mucho rato caminando a pleno sol.
                – Bueno. Casi quince kilómetros. Unas tres horas. Voy muy tranquilo, porque la mochila pesa un huevo. Vengo precisamente de una localidad llamada Palace. Allí he pasado la noche en los dormitorios comunitarios del Área de Beneficencia del Ayuntamiento. Gratis total. Un lujo.
                – Vaya, tres horas. ¿A dónde vas ahora, hijo?
                – Tengo previsto acercarme a la comunidad hippie asentada en las afueras de Garnick. Tengo interés en conocerla un poco.
                – Ah, sí. Los melenudos con su granja de animales enfermizos, je, je. Bueno, no me dirijo hacia allí precisamente, pero puedo librarte de tener que peregrinar un buen trecho a pata si te subes a mi Chevy. Diez kilómetros se recorren en unos minutos, y eso representa menos peso y cansancio para tus miembros inferiores, ja, ja.
                – Es usted muy amable. Acepto encantado que me lleve.
                – Pues antes de montar, empieza por dejar el macuto en la parte trasera de la camioneta, vale.
                – Si, si.
                “Por cierto, me llamo Jeremy.
                El joven descargó la mochila de su espalda y la depositó de golpe en la parte de carga de la camioneta. Al mismo instante, el conductor se bajó del Chevy con presteza, acompañado de un bate de béisbol. Cuando Jeremy se volvió, se encontró con el lugareño a unos dos pasos de sus narices. Este impactó de lleno la parte del bate que servía para golpear la pelota en el juego deportivo en la cabeza del chico.
                Desconcertado, Jeremy echó su cuerpo hacia atrás, apoyándose contra el lateral trasero de la camioneta. El bate se aproximó nuevamente, esta vez con más fuerza. Su sien derecho y el tabique nasal recibieron dos golpes brutales que le hicieron de desplomarse sin remisión sobre el asfalto de tierra apisonada.
                El hombre lo remató con un cuarto batazo, dejando el hueso del cráneo a la vista, con parte de la masa encefálica rezumando por el cuero cabelludo descarnado.
                Arrojó el bate al lado de la mochila del excursionista.
                Sonrió satisfecho.
                – Mucho gusto, Jeremy. Yo me llamo Elroy.
                Seguidamente se aprestó a recoger el cuerpo sin vida de Jeremy en la parte trasera del Chevy. Le costó lo suyo, porque el muy bicho pesaba como mínimo ochenta kilos. Pero lo hizo con total despreocupación.
                Lo dicho, por ese camino no pasaba ni un alma en semanas…
                Cuando terminaron de cenar, Elroy sonrió con amor a su mujer.
                – Emma, eres mi sol.
                – Ya lo sé, Elroy.
                – No creas que me he olvidado de qué día es hoy.
                – ¡Elroy! ¡El Aniversario! ¡No me digas que tienes preparado algo para conmemorarlo!
                – Espera un momento, nena.
                Elroy abandonó el comedor. No tardó ni un minuto en regresar con una sombrerera de cartón decorado con un rayado vertical verdinegro y con un candelabro de tres brazos con sus respectivas velas aún por ser estrenadas. Emma contempló su actuación embelesada por la emoción. Su marido colocó el candelabro muy cerca de ella, encendiendo las velas una a una con su mechero. Dejó la caja frente a Emma y se dirigió hacia el interruptor de la luz, para dejar la estancia iluminada tenuemente por la luz temblorosa emitida por las velas. Se arrimó con dulzura a su esposa y la animó a mirar el contenido de la caja.
                – Levanta la tapa, corazón – susurró con cierta impaciencia por deslumbrarla con el presente.
                – ¿Qué será lo que me traes, Elroy? ¿Acaso un sombrero caro, ja, ja?
                – Ni hablar del peluquín, je.
                Emma quitó la tapa de la sombrerera. Sus ojos se estremecieron y se abrieron de par en par. Se le escapó un gritito de felicidad incontenible al ver el regalo. Inmediatamente buscó las mejillas sonrosadas de su marido para colmarlas de besos de agradecimiento.
                – ¡Elroy! ¡Siempre serás mi pareja eterna!
                – Feliz Aniversario, cariño. Ya llevamos quince años juntos.
                Ambos miraron el interior de la caja con satisfacción morbosa.
                Dentro estaba la cabeza cercenada de un joven.
                – Se llamaba Jeremías o algo parecido – se mofó Elroy.
                – ¡Qué bien! Le has sacado los ojos. ¡Está precioso con las cuencas vacías!
                – Ahora queda colocarla al lado de las demás. La estaca está preparada para empalarla.
                Emma le puso un dedo en los labios a Elroy para que se callase por un instante.
                – No. Nada de eso. Esta es una cabeza especial por la fecha del aniversario. Quince años ya son tres lustros. Prepararemos un pequeño armario como una especie de altar, ja, ja. Las demás son demasiado ordinarias como para merecer su compañía.
                – Como tú quieras, chiquilla.
                – Ahora vayámonos al dormitorio. Coloquémosla al lado de la mesita de noche y hagamos el amor toda la madrugada.
                – Ja, ja. Eso mismo, Emma. Pasemos toda la noche haciendo cochinadas. Además como Jeremías, o cómo se llamaba el mocoso, no podrá vernos porque está ciego, ja, ja…
                Los dos se besaron, recogieron la cabeza de Jeremy además del candelabro y se dirigieron hacia la intimidad de su dormitorio, donde cometían todo tipo de perversiones desde que ambos se conocieron como sendas almas gemelas de maldad y locura quince años atrás.


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El error de Bertelok. (Bertelok error).

Bertelok era un demonio menor de la discordia. Su objetivo principal consistía en sembrar el caos y la incertidumbre en el discurrir de las andanzas de los seres mortales. Amén de recolectar almas para el fuego eterno. Su diferencia con el resto de los miembros del inframundo pecaminoso era una habilidad singular que le permitía adoptar una figura normal con apariencia humana, sin necesidad de tener que poseer un cuerpo verdadero.

Bertelok vestía llamativos ropajes , similares a los de un trovador, e incluso con la ayuda de ciertos silbidos conseguía atraer la atención de quienes le contemplaban. Pero aún a pesar de ser un demonio, se encontraba fuera de su hábitat natural, y debía de comportarse con cierta cautela para no ser descubierto. Pues si alguien adivinaba su lugar de procedencia, perdería su disfraz, debiendo de regresar con presteza a la seguridad de las mazmorras inferiores, donde el contenido de las calderas con ácidos bullentes era removido constantemente para ser aplicado sobre los cuerpos de los condenados. Una vez allí, sería castigado con tareas humillantes por el pleno fracaso de la misión, habida cuenta que se le permitía la salida al plano terrenal condicionada con la recolección de un número indeterminado de almas que contribuyeran al incremento de la población habida en el averno.
Bertelok, llevado esta vez por su extrema cautela, recurrió a la forma más sencilla de cosechar almas cándidas. Decidió visitar una aldea pequeña e inhóspita, de unos cien habitantes, ubicada en las cercanías de un terreno de difícil acceso por hallarse enclavado en la ladera empinada y escarpada de una colina rodeada por vegetación agreste muy tupida. Le costó sortear las plantas silvestres y los matorrales por su condición humana. Cuando alcanzó la entrada al insignificante poblado encontró cuanto ansiaba. Los hombres estaban ausentes por sus tareas y únicamente estaban las mujeres con los niños pequeños y los ancianos que apenas podían caminar erguidos por el supremo peso de los años.
Bertelok se acercó a una señora y le hizo una ridícula reverencia. Acto seguido la miró a los ojos, y sin musitar ni media sílaba, la convino a que le siguiese. Ella obedeció con docilidad, eso sí, andando muy despacio y arrastrando los pies. Así fue visitando cada choza y cada rincón de sitio tan miserable. Su capacidad de hechizar a la población femenina de la localidad hizo que congregase a treinta y siete mujeres en edad de aún poder mantener descendencia en lo que pudiera considerarse la plaza principal del pueblo. No tenía intención de reclutar a los habitantes enfermos, ni mayores ni de corta edad.
Bertelok las miraba medio satisfecho. Su lengua se deslizó por los labios con cierta lujuria, aunque no le estaba permitido mantener relaciones con la especie humana. Para ello, antes tendría que ascender en el rango del inframundo. Aunque cuando esto sucediese, sin duda escogería algo más decente.
Las mujeres permanecían quietas de pie, con la vista perdida como si estuvieran con los pensamientos congelados. Los brazos colgando a los costados. Las piernas estaban algo descoordinadas. Sus mejillas pálidas, como si evitasen el contacto del sol diurno. Algunas mantenían las mandíbulas desencajadas, mostrando una dentadura imperfecta.
Era su instante de gloria personal. Bertelok pronunció una única frase en un idioma desconocido para las aldeanas. Una recia neblina fue rodeándolas y cuando a los pocos segundos quedó dispersada, todas habían desaparecido camino al infierno.

Transcurrieron algunas horas. Los hombres del lugar fueron llegando poco a poco, con la ropa destrozada y colgándoles en harapos y la piel hinchada y recubierta de arañazos profundos. Se incorporaron a la vida propia de la aldea sin en ningún momento extrañarse de no hallar a ninguna de las mujeres. Tan sólo estaban las personas más ancianas y los niños en la localidad. Caminaban sin rumbo fijo, tropezándose los unos con los otros. A veces perdían algún miembro. Otras veces gruñían y se enzarzaban en alguna pelea que conseguiría empeorar su pésimo estado externo. Pasaban horas y horas. No descansaban en todo el día y continuaban durante la noche desangelada. Vagando de un lado para otro. Abandonando el pueblo, recorriendo las cercanías, sin poder ir más allá de las lindes por la espesura de la vegetación que les rodeaba, manteniéndoles apartados de la civilización.
En el pasado cercano fueron gente normal y sana, hasta que por causa de una extraña enfermedad o contagio, habían dejado de ser seres vivos, para limitarse a los movimientos inconexos de los muertos vivientes.
Pues ese había sido el grave error de Bertelok, y que sin duda le supondría una reprimenda de lo más severa, ya que aquellas mujeres que se había llevado consigo estaban desprovistas de toda vida, y sus almas hacía muchos días que emigraron a un lugar mucho más acogedor que el averno.


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