Ilustración Gráfica del relato FREAK (un fenómeno de circo).

Como he hecho con alguno de los relatos más antiguos de Escritos, he sometido a revisión y mejorado algunas de las líneas de FREAK (un fenómeno de circo). Además he añadido una ilustración personal, tomando como referencia al personaje central del relato.



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¡El verdadero padre adoptivo de Pechuga de Pollo Mutante!

Bueno, una primicia gorda en Escritos de Pesadilla, que afecta de manera descarada al buenazo de Pechuga de Pollo Mutante, je, je.


Bastó simplemente con que Pechuga lo mencionara, para que la hecatombe tuviera lugar…

Pechuguita de Pollo Mutante, con su nuevo papi adoptivo,
La Hamburguesa Gigante del Maxi Burger de Fat City, Illinois.



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Muñecos de Peluche.

Un nuevo relato perturbador que se estrena en el día de hoy en Escritos de Pesadilla. 


Vlatko reía de manera estrepitosa. Entrechocaba las palmas de las manos hasta experimentar cierto daño por el ímpetu con el que lo hacía. Se le esparcía la saliva por las comisuras de los labios, salpicando las inmediaciones donde se hallaba situado sentado sobre la enorme banqueta de caoba, en un razonable estado pútrido por el tiempo que esta había permanecido enterrada entre la inmundicia del vertedero ubicado en las afueras de la barriada.
Se llevó el anteojo de cristal fino ante el párpado entreabierto, mientras con el pulgar de la mano contraria hurgaba en la cavidad donde hacía años que había perdido su otro ojo. Su visión reducida pudo apreciar mejor cuanto se le ofrecía delante de sus propias narices con la ayuda de la lente.
¡Venga, Gordito! ¡Quiero ver cómo das unas cuantas volteretas sobre ti mismo! – ordenó, ufano.
Ensanchó su sonrisa, remarcando con ello los mofletes.
Vio a Gordito acercarse a la deteriorada colchoneta. Murmuraba cosas ininteligibles. Giró su cabeza.
¡Te estoy diciendo que hagas cabriolas, haragán! – insistió Vlatko, haciendo restallar un látigo sobre la cabezuela de Gordito.
Entre sollozos, este empezó a darse la vuelta sobre sí mismo. Le costaba hacerlo. Semejante inutilidad conseguía concitar risitas burlonas de Vlakto.
¡No sirves para nada, Gordito!
Dirigió el látigo hacia el trasero rosado rematado con la cola enroscada porcina, consiguiendo que Gordito se incorporara de pie, para emprender la huída hacia la esquina contraria.
¡Ja, ja! ¡Gordito, el Marrano! Cuando quieres, eres ágil – bramó Vlatko.
Desde las penumbras se percibían más sollozos.
Vlatko maniobró sobre la banqueta, buscando la linterna. La encendió, enfocando a los compañeros de Gordito, el Cerdito.
Bernardo, el conejo, estaba medio escondido debajo de una estantería. Paula, la Rata, se hallaba abrazada a Pedrito, el Pollo, consolándose de su desdicha en un silencio ignominioso. En el lado contrario estaba María, la Gata Negra, y un poco más apartado del resto, David, el Osito.
Vlatko se deleitaba contemplando los ojos vidriosos y llorosos de aquellas criaturas silenciosas.
Se incorporó, agitando la cola del látigo contra la tarima desencajada y suelta del suelo. Conforme se aproximaba a la puerta, los seres más cercanos huyeron para evitar estar al alcance del lacerante daño que podía infligirles.
– ¿De qué huís? ¡Ja, ja! Yo nunca maltrataría a unas cosas tan preciosas y adorables como lo son mis peluches.
Hizo girar la llave en la cerradura. Estaba de buen humor.  Salió de la estancia, dejando encerradas a sus creaciones.
En los postes de las farolas y en las paredes de las calles había pasquines denunciando la alarmante desaparición de niños de entre seis y nueve años en las últimas semanas.
Vlatko hizo caso omiso de los carteles. Estuvo recorriendo callejuelas sombrías, sucias e inmundas, poco transitadas por gente que tuviera algo de sentido común. En un momento dado encontró una taberna donde tan sólo se atrevía a reunirse la gente de mala fama. Estuvo un buen rato bebiendo vino de baja calidad. Cuando iba por el quinto vaso, invitó a un extraño. Este aceptó casi a regañadientes. Vlatko pidió al tabernero una botella entera para ambos. Cuando el contenido de la misma estaba casi en los estómagos de los dos, Vlatko sonrió cansinamente a su interlocutor.
– Tengo algo que podría interesarle – le dijo.
– Lo dudo, amigo.
– Dispongo de una colección de peluches de lo más llamativo.
– ¿Para qué habría de interesarme sus muñecos, eh?
– Son muy especiales, ya le digo.
Aquel desconocido estaba igual de achispado que Vlatko, y llevado por el buen humor que implicaba el excesivo consumo de alcohol ya acumulado en el organismo, finalmente aceptó acompañarle hasta su casa.
Tardaron casi tres cuartos de hora. Vlatko se equivocó en una bifurcación, para luego atinar con la entrada a su discreto hogar. Su nuevo amigo entró sin demora, esperanzado en que aquel fuese un anfitrión de lo más generoso, brindándole la oportunidad de poder beber algo más antes de tenderse en cualquier tipo de lecho que se le ofreciera.
– ¡Venga por aquí, muchacho! Antes de tomar otro trago, quiero enseñarle mi colección de peluches – insistió Vlatko.
Se dirigieron hacia la puerta del sótano. Estaba cerrada bajo llave. El dueño de la casa insertó en el ojo de la cerradura la llave, cediéndole el paso.
– Mire, amigo mío. Son unos muñecos y unas muñecas de primer nivel. Puede quedarse con el que más le guste de todo el conjunto.
El acompañante encogió la cabeza entre los hombros y dio un par de pasos al frente. Percibió el chasquido del interruptor de una linterna al ser encendida. El haz de luz amarillenta procedente desde el umbral de la entrada expandida por Vlatko le iluminó parte de la estancia.
Al principio no quiso creer lo que se le ofrecía a los ojos. Tenía que ser el efecto ya devastador de la bebida ingerida en las dos últimas horas.
¡Chicas, Chicos! ¡Tenéis una visita! ¡Demostrad lo simpáticos que podéis llegar a ser cuando queréis! ¡Moveros un poco! – dijo en voz alta Vlatko, agitando la linterna, poniendo al descubierto cada uno de los peluches guardados en aquella estancia húmeda e insalubre.
El visitante vio los ojos espantados de los chiquillos. Cada uno estaba disfrazado, o bien de pollo, o de gata, o de cerdito, o de conejo, o de rata o de osito. Los rostros de los infelices estaban teñidos de sangre reseca, con los labios cosidos con hilo de cocina para que no pudieran emitir ni media palabra de súplica.
– Los niños. Usted es el secuestrador de los niños – dijo el visitante, volviéndose cara a Vlatko.
Este enarcó las cejas, extrañado por la afirmación de aquel hombre.
– En absoluto. Estos son mis muñecos de peluche.
Los gemidos, lloriqueos y suspiros de aquellas criaturas le llegaron al alma, haciendo que se compadeciese por su desdicha.
– ¡Miserable! ¡Están aterrorizados! ¡Vestidos así, y maltratados! – le reprochó.
Vlatko forcejeó contra el extraño. Rodaron ambos por el suelo. En un momento dado alzó la linterna, impactándola contra la frente del hombre. Repitió el gesto las veces necesarias hasta dejarlo inconsciente. Aprovechó la ocasión para ahogarlo con sus manos ceñidas en torno a su estrecha garganta, hasta robarle el último de los alientos.
Azorado y extenuado por el esfuerzo, se acomodó sentado sobre el frío suelo.
Al fondo de la habitación estaban apiñadas sus creaciones.
Exhaló un suspiro, forzando una media sonrisa.
– ¡Este bellaco no os ha valorado en vuestra justa medida! ¡Luego nos desharemos de él! Ahora necesitamos descansar.
Vlatko apagó la luz de la linterna, sumiéndose en un reparador sueño.
Su fallo fue no acordarse de la puerta abierta. En silencio, los desventurados niños fueron abandonando aquel terrible lugar.
Unas horas más tarde, cuando Vlatko fue despertado por los puntapiés de dos policías, abrió los ojos de forma desmesurada, buscando sus añorados peluches.
¡Mis criaturas de trapo! – bramó, conforme era esposado y trasladado al furgón policial.
Fue vituperado por el vecindario al ser conocedor de las tropelías cometidas en aquella casa inmunda.
– Ha matado a un hombre – afirmó una mujer en la panadería cercana.
– Eso no es lo peor – matizó un hombre bien vestido. – Es el responsable de la desaparición de los niños.
– ¡Qué espanto! ¡Pobrecillos! – se lamentó la panadera.
– Afortunadamente están todos vivos. Aunque hubiera sido preferible lo contrario. El muy demente los quiso convertir en muñecos de peluche. Les cosió la boca a todos ellos y los disfrazó de animales, con el agravante de haberles prendido la ropa con pegamento directamente sobre la piel, de tal manera que pudieran permanecer vestidos siempre de esa forma – informó el mismo caballero.
¡Mis peluches! ¿Dónde están? ¡Los necesito para divertirme!
” ¡Para azuzarles con el látigo! ¡Para partirme de risa con sus tropiezos y caídas! – gritaba Vlatko día y noche en la celda de su prisión.
Con los nudillos en sangre viva, fue dibujando las fisonomías de aquellos muñecos sobre las paredes de su encierro. Al lado de cada silueta mal perfilada, los nombres de sus víctimas:
Lucas Gordito, el Cerdito.
Paula, la linda Ratita.
Pedrito, el Pollito.
David, el Osito.
María, la Gata Negra.
Bernardo, el Conejo.


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¡El Secuestro de la Animadora a manos de un Psicópata Muy Peligroso!

¡Magdalena Stuart Ramirez, jefa de animadoras de la Universidad de Prompton, en el estado de Maine, ha sido fatalmente secuestrada por el Psicópata de los Pañales! 
Esperemos que los agentes cualificados del F.B.I. lleguen a tiempo de poder salvarla de ser desposeída de su sexy faldita de animadora, obligada a tener que lucir en contra de su voluntad dodot de triple capa de máxima absorción.
¡JA, JA, JA! (Mira que uno es gamberro y malvado a partes iguales).


Vale, al final es publicidad encubierta. De algo tiene que vivir el administrador de “Escritos de Pesadilla”, carambita.


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Cuando sin Rostro, no hay Lágrimas.

El egoísmo arraigado,
exacerba nuestra impaciencia ante el hecho más insignificante,
tornándolo en el mayor de los desastres personales.
Sin embargo, a nuestro alrededor, quizás a unos pocos metros de distancia, otras veces en la lejanía,
el dolor más absoluto tiene lugar.
En ese caso se aplica la máxima de “cuando sin rostro, no hay lágrimas”.



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Destripando un clásico del cine de terror y ciencia ficción en Escritos de Pesadilla: "Plan 9 del Espacio Exterior", de Ed Wood.

Hoy estrenamos en Escritos de Pesadilla un apartado dedicado a las películas de culto del género de terror y ciencia ficción. Intentaremos publicar una reseña con ilustraciones gráficas genuinas de la web por lo menos una vez al mes.
La primera reseña cinéfila que nos ocupa no es otra que “Plan 9 del Espacio Exterior”. Una producción dirigida por el considerado por la crítica como el peor director de cine de la historia, Edward D. Wood Jr., comúnmente conocido como Ed Wood a secas.
Aún a pesar de sus carencias técnicas, habría que considerar que Ed Wood es una referencia para un servidor. Su iniciativa propia por labrarse una carrera en el mundo del terror se vio lastrada por los escasos conocimientos necesarios para llevar a cabo una película. Aún así considero loable su empeño por intentar sacar adelante sus proyectos utilizando toda la imaginación posible.
En este caso, “Plan 9 del Espacio Exterior” fue rodado gracias a la financiación de la Iglesia Bautista de Beverly Hills, en nombre de dos de sus máximos representantes, que a su vez consiguieron un papel breve como enterradores.
Igualmente es de destacar la presencia de actores tan peculiares como el vidente Criswell, quien se jactaba de haber predicho la trágica muerte de John F. Kennedy, el millonario y excéntrico John Breckinridge, amén de la popular actriz por la época, Vampira. También apareció gente ya habitual colaboradora del director, como el luchador sueco Tor Johnson y el famoso actor Bela Lugosi en las postrimerías de su carrera artística. De hecho, este último falleció antes del rodaje de “Plan 9 del Espacio Exterior”, siendo utilizadas imágenes sueltas y luego agregada la actuación de un secundario  “gemelo”, llamado Thomas Mason, quien era mucho más alto en estatura que el fallecido Bela Lugosi. Thomas actuó cubriéndose el rostro con la capa para disimular la juventud de sus facciones, haciéndose pasar por el renombrado y a la vez ya anciano actor transilvano.
El film fue estrenado en el año 1957, con menos éxito que una foca marina intentando zafarse de una orca asesina.
Entre los errores más reseñables de la película, cabe destacar los siguientes:

  •  La cabina del avión estaba fabricada con cartulinas.
  •  En la estación espacial, entre los aparatos electrónicos baratos adquiridos en una casa de empeños, destaca de manera reseñable una señal luminosa robada de una obra cuando el guarda estaba en su turno de noche medio adormilado.
  •  Los platillos volantes son llantas de coches movidos por hilos sujetados a varillas, siendo los precursores de los teleñecos de Jim Henson.
  •  Las lápidas y cruces de relleno del cementerio fueron hechas de papel.
  •  El coche de policía cambia de modelo de un plano a otro.
  •  El día y  la noche tienen cabida en una misma secuencia, como si los eclipses solares se hubieran sucedido de manera continua por intermediación divina.
  •  La entrada a la cabina de pilotos consta de una cortina de andar por casa.
  •  Uno de los actores, John Breckinridge, interpreta sus escenas leyendo sin tapujos de un papel pegado en el suelo.
El argumento de la película era prometedora para la época: unos extraterrestres malévolos inician el Plan 9 para transformar los cadáveres de los camposantos en zombis asesinos. Su motivo para tal perversión no es otro que la simple excusa que en los años cincuenta ya los seres humanos éramos un peligro evidente para el equilibrio natural de la galaxia, con las invenciones bélicas dañinas de la bomba atómica y un futurible explosivo llamado “solaronite”, que cuando fuera desarrollado por los científicos de la tierra destruiría el sol y la totalidad del universo.
Seguidamente, procedemos a ilustrar el artículo de “Plan 9 del Espacio Exterior” con unas instantáneas gráficas personales.


Foto 1. El actor Thomas Mason ejerciendo de doble del fallecido Bela Lugosi.

Foto 2. El actor luchador Tor Johnson actuando como el fenecido inspector Clay, resurgiendo a la vida desde la tumba.

Foto 3. Un primer plano terrorífico del referido Tor Johnson reconvertido en zombi.

Foto 4. La actriz Vampira en todo su esplendor en su garbeo por el cementerio.

Como colofón a este reportaje, comentar brevemente el “Efecto Ed Wood” en el fenómeno ovni.
Supuestamente, cuando un testigo de primer nivel obtiene pruebas irrefutables del avistamiento de un platillo volante, intervienen los nada amigables Hombres de Negro, convenciéndole de lo absurdo de su testimonio, insinuándole bajo los efectos de la hipnosis más aberrante que su confusión venía debida a haber presenciado la película “Plan 9 del Espacio Exterior” de una sentada.



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¡EPIDEMIA ZOMBI EN ESCRITOS DE PESADILLA!

Es un día apocalíptico para la administración de Escritos. El virus creador de zombis se ha infiltrado entre los recios muros del castillo y se ha apoderado de todos nosotros durante 24 horas. El caso es que al día siguiente, ninguno de los afectados conseguíamos recordar lo sucedido mientras fuimos fugazmente convertidos en temibles muertos vivientes. Para nuestro deshonor, varios de nuestros seguidores más fieles tomaron unas fotos bochornosas con sus móviles de nueva generación, dejándonos casi con el culete al aire. Sin más, procedemos con las imágenes de la vergüenza…

Foto 1. Pechuga de Pollo Mutante. En ella se aprecia su cariño hacia los niños pequeños.

Foto 2. Mi sobrinete Gurmesindo en su visita dominical al abuelico, je, je.

Foto 3. Bogus Bogus y Harry viendo “Matrix” en versión 3D, con el agente Smith de turno.

Foto 4. Un servidor, Robert “El Maléfico”, en una demostración de protesta por la problemática a la hora de poder conseguir un simple pisito de soltero en los tiempos actuales de bajos sueldos.


Foto 5. Croqueta Andarina, osasunista de pura cepa, demostrando su desilusión por el enésimo fracaso del club en el fichaje de un delantero centro goleador. El pan nuestro de todos los años…

Foto 6. El que mejor se comportó de todos nosotros: Dominique demostrándole todo su amor a la niña del “Exorcista”, con un detallazo en forma de anillo bañado en oro de cinco euros adquirido en la tienda china de la esquina.



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El sueño de Dandy.

Recuperación de un relato que en su momento pasó desapercibido por los comienzos titubeantes de Escritos de Pesadilla. En esta ocasión, retocado y aderezado con una ilustración gráfica.

– No te comas las uñas. Vas a morir de todas formas – siseó la voz cavernosa cerca de la puerta del armario ropero.
Dandy estaba temblando de pies a cabeza. Quería sollozar entre hipidos de tristeza y desesperación. Era un niño de sólo siete años, y aquel extraño que había llamado al timbre de casa acababa de asesinar a su padre y a su madre con un bate de béisbol con la punta rematada por clavos de dos centímetros. Su locura fue irrefrenable, convirtiendo el vestíbulo y parte del salón en una especie de matadero, salpicando las paredes y el mobiliario con la sangre de sus queridos padres.
– Sal, cachorrito. El jodido de Satanás te reclama. Eres su piñata. Y como tal, se te ha de sacudir de lo lindo hasta que revientes…– continuaba la voz, justo ya al otro lado de la puerta.
Dandy notó la humedad deslizándose por los muslos. Se había hecho pis por el miedo que le embargaba.
De repente la puerta quedó abierta del todo.
Una figura oscura escrutó su presencia encogida entre la ropa colgada de la barra del armario ropero. El bate aferrado entre los dedos de ambos manos.
– Te llegó la hora, pequeñajo. Ven con la Muerte – le saludó aquella bestia inhumana.
Cuando Dandy miró fijamente a los ojos del psicópata, perdió el conocimiento.
Todo se volvió negro.
Oscuro.
Sus cinco sentidos fueron anulados.
Dejó de sentir todo.
Le llegó la Nada.


– ¡Despierta! Dandy. El reverendo Morrow viene para tu última confesión – le despertó de su sueño profundo el guarda de prisiones Al Cupino.
Dandy se incorporó lentamente de su catre hasta sentarse.
La puerta de su celda quedó abierta un instante de manera automática, controlada desde el ordenador central de la prisión.
Un sacerdote de avanzada edad entró en su compartimento individual.
Dandy lo miró con infinita devoción.
– Hijo mío. ¿Hay algo de lo que te tengas que arrepentir antes de afrontar tu destino? – fue una de las preguntas del cura.
Dandy miraba las palmas callosas de sus dos manos.
Aquellas que nueve años atrás portaron un bate de béisbol.
– Aún diciéndoselo, padre, no eludiré la muerte – dijo resignado.
– Me temo que no, hijo mío.
Dandy confesó sus pecados. Desde los más veniales, hasta el más grave.
Este último hacía referencia a la fatídica noche en que se le cruzaron los cables, acabando con la vida de sus propios padres.
– Que Dios Todopoderoso te perdone todas tus faltas, hijo mío – culminó el reverendo en un susurro.
Dandy tenía los ojos llorosos.
Le temblaba el labio superior.
En el sueño era simplemente un niño.
Daría cualquier cosa por entrar en aquella ensoñación y decirle a la silueta que portaba el arma mortal que dejara en paz a sus padres, que no les hiciera daño.
Que no deseaba luego ser una persona mayor encerrada en el corredor de los condenados a la pena capital.
Sus lágrimas desbordaron las comisuras de los ojos.
Se dejó consolar apoyándose sobre el hombro del religioso.
Dandy, Dandy.
Era un diminutivo infantil.
De por sí, él ya tenía cuarenta años.
Aquél sueño repetitivo solo sería modificado cuando le fuera aplicada la inyección letal.
Entonces volvería la profunda sensación de oscuridad.
Donde la simpleza de su duermevela se tornaría imperecedera…

“Dandy,
Dandy,
once cuervos negros vienen a tranquilizarte,
dos de ellos se te llevarán los ojos,
otros dos las orejas,
uno la naricilla,
y el resto las entrañas…”
era su canción de cuna.

Canturrearla fue su último deseo antes de dormitar para siempre.


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