Premio Kawai para Escritos

Bueno, bueno. Una nueva mención honorífica por parte de dos compañeros megachachis. En este caso, de parte de Thundergirl y Esculture.
Ya veis que la rosquilla está diciendo cómeme cómeme.
– ¡Eh! ¡Comida dulce! ¡ÑAM! ¡GRONFA! ¡ÑAM-ÑAM!
Vaya, se la acaba de zampar Bogus Bogus en un visto y no visto. Será glotón mi cocinero.

Ante todo, agradecer a estos dos estupendos compañeros por el premio. ¡Os mereceis una estancia de una semana con todos los gastos pagados en el saloncito de torturas medievales!

El silencio del pintor

Las hebras del pincel trazaban sus deseos sobre el lienzo, creando una composición artística a su gusto íntimo y personal. Su sonrisa era amplia y placentera. Se sentía feliz y emocionado cada vez que bosquejaba una nueva obra, que a su término formaría parte de su colección particular. Él era el autor, y a la vez el dueño de los cuadros. Jamás serían expuestos en público, y por tanto, jamás saldrían a la venta…

Doris estaba aterida de frío. Se sorbía los mocos con fuerza, secándose la nariz con la manga del vestido. Hacia un rato que había dejado de llorar, pero estaba a punto de reanudar el llanto. Su hermano Richard estaba preocupado por ella. Doris tenía simplemente seis años. El al menos acababa de cumplir los once, y se consideraba un chico valiente. Razón suficiente para tornarse en paladín de la niña.
– No dejes de sujetar mi mano – le indicó.
– No. No lo haré. No quiero quedarme atrás y perderme para siempre – gimoteó Doris.


– Eso nunca pasará. Llegaremos al final del camino. Ahí está nuestra casa. Nuestros padres.
Richard estaba inquieto a pesar de intentar ser convincente con esa afirmación.
Llevaban horas recorriendo a pie un camino estrecho, con principio y final interminable. A ambos flancos del sendero, no había nada excepto la oscuridad más intensa. Si alzaban la vista, no se veía el firmamento, y no por hallarse precisamente inmersos en la noche.
El tiempo era en si indeterminado.
Simplemente recorrían un camino que serpenteaba sin sentido. A Doris le parecía estar formando parte de una pizarra oscura, con un trazo marcado por la tiza, simbolizando la ruta que no conducía a ningún lado.
– Richard. Estoy ya muy cansada. Me duelen los piececitos.
– Ya lo se. Intenta aguantar un poco más. Estoy seguro que esta senda tiene que terminar de una vez.
– Echo de menos a mamá y a papá. Quiero estar con ellos y que me abracen.
– Te aseguro que en cinco minutos estaremos con papá y mamá. Y nos darán de merendar unos bollos con chocolate caliente…

Una pincelada y un deseo…
“Inmersos en la larga marcha, el niño y la niñita que tan molestos me resultan cuando juegan en el piso inferior, al permanecer ya distantes, consiguen que me concentre en silencio…
Me da igual el posible sufrimiento de sus padres. Pues antepongo mi puro egoísmo.
Ya lo siento, niños… Seguid caminando, llevando vuestro ruido a otra parte para siempre.”

El pintor se alejó un par de metros para contemplar su obra más reciente.
Un fondo negro con un único camino que era recorrido por dos figuras sin entrar en mucho detalle. Simplemente una era más alta que la otra, y caminaban cogidas de la mano…

La secta

Con el siguiente relato, llegamos a la tesitura de: ¿y si hubiera un mundo alternativo? ¿Si en vez de que las aves volaran, reptaran? ¿Que el hombre se alimentara por el olfato y no por la boca? ¿Que lo negro fuera blanco? ¿Y lo malo…, bueno?

– Esa es la casa.
– Bien. Llevo el táser. Inmovilizaremos al centinela de la puerta. Luego entraremos en dos grupos. Uno será el de la búsqueda, mientras el otro será el de apoyo en la retaguardia. Esperamos una fuerte resistencia por los miembros de la secta.
– Entremos sin contemplaciones.
– Tan sólo se recurrirá a la fuerza por necesidad. Lo primordial es rescatar al chico.
“ Colocaros los visores de visión nocturna.

Eran las dos de la madrugada. La casa era de dos plantas con tejado de teja de pizarra. Había un porche que lo rodeaba por la parte frontal, y un jardín descuidado en la parte trasera. Las inmediaciones de la vivienda estaban rodeadas por una cerca de madera con la pintura reseca y levantada. Al parecer aquella gente creía estar pasando desapercibida, viviendo sin levantar sospechas de ningún tipo en el vecindario.
Sin embargo, desde hace unas semanas se detectó su realidad como secta destructiva. Entre sus miembros, un menor de dieciséis años captado hace mes y medio. Sus padres denunciaron su ausencia, y tras las oportunas pesquisas, se averiguó su paradero, integrado en aquella sociedad enfermiza, que idolatraba a un dios falso.

La misión de la brigada de asalto era rescatar al muchacho y devolverlo a sus verdaderos mentores. Una vez a salvo, discurriría la operación de disolución de la ilegal sociedad religiosa.

Se sometió al guarda de la entrada con una electrocución controlada, dejándolo inconsciente. Con sumo cuidado, forzaron la puerta y se adentraron en el vestíbulo. El interior estaba a oscuras. Los miembros de la secta estaban durmiendo. Con el apoyo de la visión nocturna, cada rincón de la casa quedaba al descubierto en tonos grises claros. Cada uno de los agentes tenía memorizada la disposición de las estancias de la casa. En los seguimientos de los últimos días, se supo que el muchacho dormía en una habitación de la segunda planta, presumiblemente compartiendo estancia con dos o tres miembros más en literas.
Con una indicación de quien dirigía la operación de asalto, encararon un pasillo que culminaba ante el inicio de unas escaleras de madera. Iniciaron la subida en el mayor silencio posible, tratando de evitar que los escalones crujieran bajo el paso de las suelas de sus botas.
Justo en lo alto del último tramo, donde se iniciaba el acceso a la segunda planta de la casa, surgió un hombre descamisado, delgado, con colgantes y varios crucifijos sobre el pecho velludo. Portaba una escopeta. El halo pálido de la luz de la luna se filtraba lo suficiente por los intersticios de los tablones claveteados contra una ventana cercana como para que pudiera entrever la presencia de los visitantes no deseados.
-¡Bestias mal nacidas! – masculló, airado y con tono amenazante.
Antes de que pudiera apuntarlos con el cañón de su arma desvencijada, tres de los miembros del operativo de asalto lo derribaron con el uso de sus subfusiles. Apenas se percibieron los disparos al tener acoplados los silenciadores. Continuaron en su avance, dejando atrás el cuerpo caído. El segundo grupo permaneció en el rellano cubriendo las espaldas al primero.
– Segunda habitación a las tres en punto. Fuerza letal permitida – susurró por el micrófono el responsable del grupo.
En cuanto dieron con la puerta, la derribaron con un mini ariete y se adentraron en la misma.
– ¡Edward! ¡Edward Garrison! –llamaron al chico.
Había dos literas de dos camas cada una. Una estaba ocupada por un joven y la otra por dos. Los tres fueron despertados por el estrépito y cegados por la iluminación de las linternas de las armas.
Uno de los soldados reconoció al chico.
– ¡Este es!
Era el único ocupante de la litera derecha.
– ¿Qué es esto? ¿Qué hacéis? ¡No! ¡Dejadme! ¡No quiero ir con vosotros! – gritó, ofreciendo resistencia al ser sacado de la cama.
Le aplicaron el táser. En cuanto perdió el sentido, lo sacaron a rastras de la habitación. Al mismo tiempo, sus dos compañeros eran silenciados de manera definitiva con disparos certeros.
Al alcanzar el grupo de retaguardia, las luces de la casa fueron encendidas por los integrantes adultos de la secta. Se vieron obligados a quitarse la visión nocturna para no quedar cegados por la intensidad lumínica de las fuentes de luz del techo.
– ¡Abajo! ¡Abajo! ¡Abajo! – gritaba el superior al cargo de la brigada de asalto.
Discurrieron escaleras abajo, con el chico protegido en el centro.
Desde arriba surgieron hombres descamisados portando cruces.
– ¡Ese muchacho es nuestro! ¡Lo estáis condenando, malditos!
Cada uno de ellos fue abatido a tiros.
En la planta baja, frente al inicio de la escalera había ocho o diez personas adultas. Entre ellas tres mujeres en camisón. Los hombres vestidos con pijamas. Portaban estacas, bates de béisbol y cuchillos.
– ¡Dejad al chico! ¡Es hijo de la comunidad!
“¡CRISTO LO QUIERE ENTRE NOSOTROS, Y NO ENTRE ALIMAÑAS! – gritaron con voces descompuestas por la furia y la indignación.
– ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! – fue la orden dada por el sargento Peabody.
Hubo una descarga corta pero intensa. A la finalización de la misma, en el suelo de la primera planta yacían los cuerpos sin vida de los integrantes de la secta.
Pasaron por encima de los cadáveres y abandonaron el escenario, poniendo al joven Edward Garrison a buen recaudo.

– Sargento Peabody. Mi felicitación por el feliz desenlace en el rescate del chico Garrison.
– Gracias, señor.
– Su familia está sumamente agradecida por ello.
– En eso consiste nuestra labor, señor. No se ha hecho ni más ni menos, si no lo justo.
– Ahora queda la dura labor de reconducir la conducta del muchacho.
– Bueno. Afortunadamente no ha estado mucho tiempo integrado en la secta. Se recuperará sin problemas.
– Así espero, sargento. Reconocerá de nuevo a su verdadero amo y protector. Abjurará de Cristo. Y rendirá pleitesía al Creador de la Oscuridad Eterna.
– Así espero, señor.
– No más lucir crucifijos. Ni rezar oraciones piadosas. Ni esconderse en las cloacas como las ratas. Aunque esa es su realidad actual. Los cristianos han vuelto a sus orígenes, cuando tenían que ocultarse en las catacumbas. Con la diferencia que ahora sus refugios están siendo descubiertos, con los inquilinos exterminados. Estamos en 2255, sargento. El goce del dolor está implementado en la creencia general de los que poblamos ahora el planeta.
– Adoramos el sufrimiento y los placeres prohibidos. Sin duda, nuestra historia de la humanidad difiere de la habida hasta hace más de dos siglos.
– Eso es. Ahora predomina la Cruz Invertida.
“Y la adoración extrema a Satán…
“Por ello la misión que realizan unidades similares a la suya es de tan vital importancia. El día que no haya ni un solo adepto en las sectas cristianas, será el triunfo absoluto de Lucifer. Hasta entonces, hay que seguir atentos y sumidos en la prudencia. Pues un cordero, si le es cortada una pata, aún puede luchar por intentar incorporarse sobre las tres que le quedan. Y hemos de reconocer que nuestro contrincante ya resucitó en una ocasión de entre los muertos…

La webcam de Peter

Bueno, con mucho retraso, tengo que agradecer a las compañeras y compañeros que han tenido a bien considerar mi rinconcito como merecedor de más premios blogueriles.
Para ellos va dedicado este relato tremebundo.
– Si no se peina usted bien, ni se ducha desde las pasadas navidades, los invitados huirán en desbandada antes de querer escuchar el puñetero relato dedicado.
Este Dominique. En fin, para tu desilusión, acabo de bañarme a fondo esta misma medianoche, y me he echado dos litros de colonia cabeza abajo antes de secarme, así que vete a otra parte del castillo. Que seguro que tienes un montón de tareas indispensables que ejecutar.
– Qué borde de jefe tenemos, bof.

A continuación cito los premios y las personas que me los han otorgado.

PREMIO PRINCESA.

“Ven y tómate un café con cafeína”, de la asustadiza compi, Cafeína
“Lo nuestro es puro teatro”, del compañero Rodrigo.

PREMIO “VALE LA PENA”.

“La escribiente mariposa”, de la compañera de fatigas literaria, Andri Alba.
“Sal o Pimienta”, de la amiga bloguera, Meg.
“El Mirador de la Red”, del compañero Oskar.

A todos ellos mi agradecimiento. Espero que se deleiten con el relato que viene de seguido, je je.

Natalia llevaba un cuarto de hora conectada al Messenger, cuando surgió en la parte inferior de la derecha de la barra de tareas el recuadro de conexión de la cuenta de Peter.

Tardó diez segundos en desaparecer de la pantalla. Lo agradeció. Estaba harta de las impertinencias de su amigo. Sobre todo desde que ella rechazase su petición de salir juntos como novios. De eso hacía ya quince días.
Peter era un chico algo extraño. En ella le fascinaba su estilo gótico y el espíritu pesimista que emanaba de su personalidad. Lo conoció a principios del nuevo curso en el Instituto. Quedaban en los descansos para reunirse en la cafetería. Y alguna vez habían acudido juntos a algún concierto de grupos góticos locales. Jamás lo había invitado a su propia casa, e igualmente tal propuesta nunca había surgido de Peter con respecto a la suya. Aunque tuvieron una temporada que chateaban por el Messenger. Hasta que le llegó la propuesta del chico que solicitaba una relación más seria que la casual y más allá de la mera amistad. Desde el rechazo de Natalia, no habían vuelto a comunicarse por el ordenador. Últimamente Peter no se conectaba desde la ruptura de su amistad, facilitando con ello el descuido de Natalia al dejar de borrarle en su lista de contactos.

Hasta la tarde de hoy. A Natalia le molestó sobremanera que Peter estuviera conectado. Y más al parecer que este deseaba establecer contacto directo con ella. En la barra de tareas estaba el icono del contacto de Peter resaltando, confirmando que estaba en directo y solicitando el permiso para chatear. Natalia pinchó con el curso en el recuadro, abriendo la ventana del Messenger, dispuesta a decirle a Peter que ya no tenía ningún sentido continuar hablando, que no quería saber más de él y de sus vicisitudes personales.

En la pantalla ya estaba escrito lo siguiente:

Peter dijo (22:15):
Natalia. Esto es el final. Te lo comunico para que lo sepas, y no tengas remordimientos. Esta situación no llega por tu culpa. Es algo intrínseco mío. Afortunadamente, conozco la solución para remediar esta circunstancia. Lo único que te pido es que conectes la webcam. Tengo que mostrarte algo antes de abandonarte.

Natalia leyó el mensaje consternada. La petición de acceso a su cámara web surgió en una nueva ventana.
Se dispuso a contestar.

Natalia dijo (22:17):
Peter. Pasamos una temporada juntos como simples colegas. Ese período ya queda atrás. Ahora seamos adultos. Búscate nuevas amistades. Eres más abierto de lo que pareces, y no dudo que conseguirás abrirte camino hasta un nuevo grupo de personas afines a tus gustos personales.

El muchacho no tardó en replicar.

Peter dijo (22:19):
Natalia. Solo te estoy pidiendo que conectes tu webcam. Tengo que mostrarte algo, antes de decirte adiós. Considéralo una última solicitud como amigo tuyo que era hasta hace dos semanas.

Natalia suspiró, dispuesta a verle por última vez.

Natalia dijo (22:20):
De acuerdo. Pero luego te desconectas para siempre.
Peter dijo (22:21):
Así será.

Ambas pantallas de las dos webcams surgieron en el lado izquierdo de la ventana del Messenger. En la parte superior, la webcam de Peter. En la inferior, la de Natalia.
La de Natalia estaba bien iluminada, apreciándose su imagen con suma claridad.
En la de Peter, la fisionomía del chico surgía entre penumbras. Hizo acercar su silla a la mesa del escritorio, para que saliera mejor reflejado por el zoom de la lente. Cuando se reubicó contra el respaldo de la silla, se quedó mirando hacia Natalia, sonriendo con desgana.
Natalia permaneció absorta frente a la imagen del chico. Estaba intrigada por la especie de despedida que iba a tributarle.
Vio sus brazos arremangados hasta los codos. Peter buscó algo sobre la mesa. Era un cúter. Se lo enseñó.
Tecleó algo en la pantalla.

Peter dijo (22:25):
Es muy poderoso. Hasta ahora he podido contenerme. Pero estoy ya tan debilitado por dentro que tengo que arrebatarlo de mi cuerpo.

Natalia contempló horrorizada cómo Peter se llevaba el filo del cúter hacia el antebrazo derecho, y apretando los dientes, empezó a dibujar una cruz sobre la piel.
La chica se puso a teclear, frenética.

Natalia dijo (22:27):
¡No sigas! Te VAS A HACER MUCHO DAÑO.

Peter contempló la pantalla de su monitor con el rostro medio oculto por las sombras de su habitación. Trasladó el cúter a la mano contraria y se puso a autolesionarse el antebrazo izquierdo, trazando dos o tres cruces, hasta hacer relucir la sangre por los cortes.
Natalia estaba terriblemente desconcertada por el inadmisible comportamiento de Peter.
Este hizo surgir el rostro frente a la webcam. Apretó el cúter contra las mejillas y luego sobre la frente, marcándolas con nuevas cruces.
En ese instante, Natalia se fijó que eran cruces invertidas.
El chico dejó la herramienta sobre el escritorio y pulsó las teclas del teclado, con la sangre corriéndole por la cara y las extremidades superiores.
Natalia miró su propia pantalla, sobresaltada por la actuación del joven.

Peter dijo (22:30):
La bestia ha morado en mí demasiado tiempo. No entiendo cómo he sido capaz de controlarlo sin que incidiera en mí de cara al exterior. Pero llevo muchos meses escuchando sus voces. En ellas se me insiste que soy su capricho personal. Que van a arruinar mi existencia. Que se van a divertir con mis padecimientos. Que empezarán poco a poco. Soy joven y físicamente muy resistente. No les corre prisa. Ellos que llevan milenios malditos, bien pueden esperar meses o años antes de condenarme al castigo eterno.

El rostro contorsionado de Peter se acercó por completo a la lente de la cámara. Natalia observó cómo aproximaba las manos hacia el objetivo.
Segundos después se cortó el envío de imágenes. Se había perdido la señal.
La chica abandonó su habitación gritando. Se dirigió con prontitud hacia la estancia donde estaban sus padres, implorándoles que llamaran a la policía. Tenían que acudir a casa de Peter antes de que este culminara su locura.
Mientras Natalia estaba siendo consolada por su madre, con su padre al teléfono, tratando de convencer a la policía de la necesidad de que mandaran una patrulla a la dirección donde residía Peter, en la habitación de su propia hija resurgió la imagen de Peter en la pantalla del ordenador. No estaba en la webcam del muchacho. Su rostro contrito y enloquecido estaba pegado frente a la cámara de Natalia, como si estuviera ocupando su sitio en la estancia de la muchacha. Sonreía de una manera demencial, con la punta de la lengua asomando entre los dientes.

En el chat del Messenger surgieron unas palabras:

Peter dijo (22:37):
Hazlo, perra. Mándamelos. Estoy preparado para recibirlos. Y cuando lleguen, morirán.
Y te juro que serán los primeros de una larga lista, antes de que logren sacarnos del cuerpo del muchacho…

Hechizado

Interesante este relato que paso a narrar con voz firme y decidida…
– ¡Goool del Barcelona!
Será posible. Este Dominique. Su pasión futbolística es uno de sus principales defectos. Si no fuera por lo barato que me resultan sus servicios, hace tiempo que hubiera cambiado de mayordomo.
– ¡Chínchate, Dominique! ¡Acaba de empatar el Real Madrid! ¡Golazo del Cristiano Ronaldo!
Harry. Otro que tal baila. Menuda pareja. A ver si dejan concentrarme en la lectura de este escrito.
– ¡Viva el cuerpo depilado de un orangután! El árbitro se ha tragado un penalti como el castillo de nuestro infame amo, y un espectador le ha lanzado un cochinillo a la cabeza, dándole de lleno.
Bogus Bogus. Su deleite por la gastronomía abarca los sitios más insospechados donde pudiera haber comida disponible con la cual llenar nuestros insaciables estómagos.
Voy a coger carrerilla para leer el cuento de un tirón, que si no va a ser imposible mientras se esté disputando el partido del año, brrr….

Era un cuerpo bello. Perfecto. ¿Sería un ángel? Su tez y la piel de las extremidades eran demasiadas pálidas para albergar vida. ¿Entonces algún tipo de presentación fantasmal?
Su silueta era perturbadora. Sensual. Con insinuantes curvas remarcadas bajo un camisón de seda gris. Estaba descalza. Sus cabellos eran largos y ensortijados, sueltos, cayendo en sendas cascadas sobre los hombros. Era joven. Entre veinte y veinticinco años.
Permanecía callada pero siempre atenta a su presencia. Era como si lo conociera de siempre.
Él la miraba hechizado. Su inquietud le aconsejaba marchar de la vera de la muchacha. Alejarse de la proyección de la sombra de la figura, plasmada sobre la tierra del camino por la tenue luz lunar que se filtraba por las ramas vacías de hojas de la arboleda.
El silencio era absoluto. No se percibía ningún sonido de animales de hábitos nocturnos, ni de objetos que interactuaran con la ligera brisa que hacía agitarse levemente los pliegues de la tela que cubría el cuerpo maravilloso de la presencia femenina.
El tiempo discurría minuto a minuto sin que él reparase en ello.
Su mirada estaba obsesionada por ella.
Entonces…
Ofreció su espalda y echó a caminar, alejándose de él.
Instintivamente, la siguió paso a paso. Se internaron por la vegetación. Superando matorrales cuasi invisibles por las penumbras. Tropezando con los pequeños hoyos ocultos. Golpeando alguna piedra con la puntera del calzado.
Estuvieron caminando por un período indefinido. Hasta abandonar el pequeño bosque y enfrentar el borde de un pequeño precipicio.
Abajo, en el fondo del mismo corría un riachuelo casi marchito de contenido líquido.
La iluminación lechosa de la luna le permitió ver algo situado a unos treinta metros más abajo. Era un cuerpo. Masculino, para más señas.
Estaba postrado de espaldas, ofreciéndole la visión perfecta de la ropa que vestía y de los propios rasgos inermes del rostro.
Se trataba de él mismo. Carente de toda vida. Una figura que no era ni ángel ni fantasma de ninguna clase.
Se volvió hacia la joven muda.
Para su pesar, aquella entidad había mutado su fisonomía.
Ahora era un simple contorno oscuro, con las cuencas ocupadas por dos brasas ardientes. Sonreía mostrando sus colmillos. Y sin darle tiempo a salir de su trance, alargó las extremidades superiores hacia su pecho, dándole un fuerte empujón, precipitándole hacia el abismo donde se encontraba su futuro inmediato.
Una vida.
Una muerte.
Un único suicidio urdido por una mente enferma y devastada por las tragedias personales.
El silencio abandonó las cercanías del bosque. Los animales volvieron a sus rutinas, el ulular del viento se propagó a través de las ramas y la figura multiforme abandonó el lugar, satisfecho de haber propiciado un punto y aparte en la senda de la vida.

Justicia para Emilia

Dejo el siguiente relato para la propia reflexión de mis lectores…

Diez años pueden ser un largo intervalo en el período vital del ser humano. Tanto en un sentido u otro. Una persona encerrada puede considerarlo eterno, con una sexta o séptima parte de su vida postergada al olvido detrás de unos barrotes en la estrechez de su celda.
A la víctima, o familiares de ésta, se le puede antojar el tiempo del condenado como relativamente corto con respecto al daño por este infligido, a su vez prolongando de manera infinita el sufrimiento y el dolor del duelo.
Llegada la fecha y la hora del final de la pena, con la puesta en libertad del sujeto, surge la impotencia y la controversia. Resurge la rabia contenida. Las lágrimas. El odio hacia la justicia. Se considera que cualquiera puede cometer una tropelía, y por muy bárbara que esta resulte, jamás el castigo será proporcionado con el daño ocasionado.
En este país no hay pena capital.
Y no existe la cadena perpetua como tal debiera entenderse.
Entonces…

Se llamaba Eduardo Fierro Santos. Tenía cuarenta años recién cumplidos. Acababa de cumplir condena por homicidio en primer grado. Lo había planificado con semanas de antelación para abordar a la víctima, acechándola hasta conseguir atacarla con fines deshonestos. Al ver su resistencia, la estranguló con sus propias manos hasta acabar con su vida. A las cinco horas el cadáver fue descubierto. Y a la semana, las pruebas de ADN condujeron hasta la pista del asesino. Constaba de antecedentes penales por un intento de agresión sexual cuando estudiaba en la universidad de la ciudad en sus años mozos. Confesó y fue condenado a quince años, con reducción por buena conducta y la realización de actividades en la prisión. Ahora empezaba una nueva vida. Se le consideraba una persona relativamente controlada. No poseía impulsos obsesivos que implicaran una tercera recaída. Simplemente la primera vez, cuando era universitario, en una noche de juerga, intentó propasarse. En la segunda ocasión estaba deseando intimar afectivamente con la víctima. Al no conseguir su atención, decidió ir más allá. Ahora estaba arrepentido de su arrebato. Constantemente había afirmado que se sentía debilitado por los remordimientos. Y sus dedos, cuánto hubiera dado por retroceder en el tiempo y aflojar la presión de los mismos alrededor de la garganta de la muchacha…

Eran las once de la mañana. El sol estaba remontando el horizonte. Hacía una temperatura agradable. Eduardo abandonó la prisión con su mochila, donde llevaba sus pocas pertenencias. Llevaba algo de dinero, la dirección de un albergue donde podría residir los próximos quince días mientras encontrara un sitio donde alojarse y el teléfono de una empresa de reparto de publicidad donde empezaría a trabajar con una nómina de quinientos euros mensuales.
Apenas llevaba recorridos cien metros desde la cárcel, cuando vio un grupo de personas reunidas. Portaban una pancarta donde ponía “Justicia para Emilia”.
Enseguida reconoció los rostros circunspectos por la indignación y el resentimiento. Había unos cuantos policías nacionales controlando el grupo.
Curiosamente, nadie ofrecía cobertura al propio Eduardo. Era indudable que aquella tensión duraría el instante en que Eduardo tomara el taxi y se marchara de la zona. La parada estaba al otro lado de la calle.
Estaba incómodo por los gritos y las imprecaciones vertidas sobre su persona, así que aceleró el paso, pasando por el cruce de peatones. Justo en ese instante vio llegar un taxi. Parecía acercarse a la parada.
Eduardo apreció que llevaba una velocidad excesiva. El taxi enfiló su figura y sin darle tiempo a retirarse de la trayectoria, lo atropelló, lanzándolo dos metros sobre el asfalto.
Eduardo sintió un dolor intenso

… en la misma medida que el dolor de los familiares de Emilia en el momento de saber su trágico desenlace final…

Trató de incorporarse con el apoyo sobre las palmas de las manos.
A treinta metros se aproximaban corriendo los miembros de la dotación de la policía.
Pero el vehículo llevaba todas las de ganar, y dirigiéndose nuevamente hacia el cuerpo tendido de Eduardo, hizo pasar las cuatro ruedas sobre el mismo, reventándolo.
Su muerte representó unos segundos de satisfacción entre los familiares de Emilia.
Y también en la persona del chófer del taxi, quien al ser detenido, fue identificado como el padre de la infausta chica, asesinada hace más de diez años atrás por el propio Eduardo Fierro Santos.

Locura urbana

Bueno. A veces no siempre el terror tiene que proceder de sitios oscuros, remotos y tenebrosos. En una ciudad cualquiera, a plena luz del día, quien padece una persecución puede verse sumergido en el mayor de los horrores. Y más viendo que nadie le presta atención, peligrando con ello su seguridad física, o inclusive… la vida.

Todo comenzó de la forma más absurda. Aston Nash estaba realizando footing por las calles de la ciudad donde residía. Era en pleno verano. La hora, las once de la mañana. La temperatura era llevadera. El día laboral, así que había mucha gente andando por las aceras y un tráfico destacado por las vías públicas. Enfundado en su camiseta de manga corta y su pantalón corto, se esforzaba por mantener su buen ritmo. Tenía treinta años y se cuidaba. Con frecuencia participaba en carreras de fondo urbanas. En ese instante estaba mediado su recorrido. Todo transcurría con normalidad. Fue abordando el centro de la ciudad, hasta detenerse en un paso de cebra con semáforo para el cruce de los peatones. Estaba en plena avenida. El tráfico fue pasando, hasta que les llegó la hora de tener que detenerse ante la luz roja. Cuando estaba seguro para cruzar por las rayas pintadas sobre el asfalto, un vehículo de segunda mano, de carrocería gris y carente del distintivo de la marca del fabricante del mismo, se pasó el semáforo, invadió el paso de peatones, estando a punto de llevárselo por delante. A los pocos metros, se tuvo que detener en la curva de la siguiente intersección. Aston, enfadado por la brusca maniobra del conductor del coche, se acercó a la parte trasera del mismo y con fuerza golpeó la luna trasera con la palma de la mano abierta, para acto seguido reanudar su marcha, cruzando la calle, antes de que se le pusiera rojo el semáforo de peatones.
Por instinto, al alcanzar la acera, giró la cabeza, queriendo observar el coche. Cuál fue su sorpresa al ver que el conductor había maniobrado con presteza, dando la vuelta en la rotonda de la intersección, deteniéndose a cinco metros escasos de donde él se encontraba. Lo vio abrir la puerta para salir. Llevaba gafas de sol.
– ¡Eh! ¡Tú! ¡Hijo de puta! ¡La llevas clara! – le gritó en tono amenazante.
Aston se sintió ciertamente perturbado por la agresividad del energúmeno, y echó a correr con todas las fuerzas que podía imprimir a sus piernas. Sin mirar atrás, avanzó por varias calles. En su fuero interno, se imaginaba que aquel maleducado habría reanudado su propio camino.
Al detenerse en el siguiente semáforo de peatones, un coche tocó el claxon a su izquierda.
Se volvió y comprobó que era el coche gris. Tenía la ventanilla del conductor medio bajada. Este le sonrió con desdén desde detrás del cristal del parabrisas. Le mostró el dedo índice de la mano izquierda.
– ¡Corre, corre, que lo vas a necesitar! ¡Cabronazo! – le vociferó hasta quedarse medio ronco.
Aston estaba nervioso e intranquilo. Se puso a buscar a un agente de policía por las cercanías, pero no encontró a ninguno. No le quedó más remedio que continuar con su carrera, internándose por callejuelas internas, alejadas de las principales para intentar darle esquinazo al matón del coche. Alcanzó un parque público y se camufló entre los transeúntes. Se detuvo unos segundos, con la respiración entrecortada y con las piernas cansadas por el ritmo excesivo. Miró en derredor, buscando la silueta de la carrocería gris. No la halló, y medio aliviado, continuó trotando a paso ligero por la hierba. Al norte del parque, un río lo cortaba, dividiéndolo, con un puente peatonal que discurría paralelo a la avenida que llevaba al siguiente barrio de la localidad. Decidió subir por el acceso destinado a los peatones, y cuando llevaba medio camino recorrido, vio el coche gris aparcado al final de la subida. El conductor estaba descendiendo por el puente. Se dirigía a grandes zancadas hacia donde estaba él.
– ¡La que te espera, nenaza! ¡Te voy a matar! ¡De aquí no sales vivo!
Aston se quedó petrificado. El sujeto enarbolaba un palo de golf. Para cuando quiso huir ya se le había echado encima, acorralándole contra el pretil del puente.
– ¡Desgraciado! ¿A qué vino joderme el cristal trasero del coche?
– Yo. Usted se pasó el semáforo en rojo, luego se comió el paso de peatones. Casi me atropella.
– ¡Mentira! ¡Estaba en verde! ¡Inútil! ¡Tío pijo! ¡Con tus zapatillas de doscientos dólares! ¡La madre que te parió! – el hombre le soltó un golpe de lleno con el palo de golf en la cadera derecha.
– No le he roto el vidrio. Sólo le di un golpe con la palma de la mano – musitó Aston, echando a llorar por el dolor.
– ¡Nenaza! No me paso el semáforo. Ni atravieso el paso de cebra. Y mucho menos te he atropellado.
– ¡No me golpee de nuevo! – suplicó Aston.
Aquella mala bestia mostró los dientes. Lo sujetó por las solapas de la camiseta deportiva y lo mantuvo apretado de espaldas sobre el pretil.
– ¿Sabes? Espero que sepas nadar.
Y sin mediar más palabra, lo empujó desde el puente hasta el río que discurría por debajo.
Cuando llegó abajo, Aston se golpeó la cabeza con el fondo rocoso del río, dado su escaso caudal, muriendo al instante.
El conductor sonrió satisfecho, excitado por el subidón de adrenalina. Nadie había reparado en su discusión. Se dirigió hacia su insustancial coche gris, guardó el palo en los asientos traseros y se marchó, satisfecho de haberle dado su merecido a ese estúpido petimetre que había osado golpear su vehículo sin ninguna justificación previa.

Minerva (la decadencia que llega)

Estamos en las vacaciones de Semana Santa, y cómo no, era evidente que no podía faltar la visita de mi sobrino Gurmesindo. Un chaval súper agradable.
– Oye, introduce la contraseña en el ordenador, que quiero navegar por páginas guarras.
Ay, que niño más majo. Tóma, sobrinete. Una galleta de chocolate y un vaso con un tercio de leche descremada. Con eso vas que chutas.
– Ojalá se te incendie el castillo. Roñica.
Si, mucho quejarse, y ya se ha zampado la merienda. Hay que ver cómo come.
– ¡ÑAM! ¡GRONFA! ¡ÑAM! ¡BUUUURRPPPP…!
En fin. ¡Dominique!
– Diga, señor.
El nene ha soltado un eructo de lo más apestoso. Trae un ambientador, por lo que más quieras.
– ¿Le parece a usted bien el de aroma a queso fermentado?
Lo que sea con tal de anular los gases de Gurmesindo.
– Vale, jefe. ¡FLU! ¡FLU! Ya está. Ahora la salita huele a otra cosa.
En efecto. La mitad de la audiencia está anestesiada. A ver cómo consigo ahora que me escuchen en la lectura del relato que viene a continuación.
– Tengo la solución. Los espabilamos echándoles aceite hirviendo encima.
Dominique, hoy estás sumamente inspirado.
– Bueno, tan tonto no soy.

Minerva, espera. No es hora aún de abandonar el refugio.
No me escucha. Es una persona muy testaruda. E imprudente.
Afuera la lluvia cae con fuerza. Llevamos dos días húmedos y fríos. Mis pulmones están debilitados por este clima tan desapacible. En mi fuero interno odio profundamente esta ciudad. No debería ser así. Los muchos días nublados anuales son el mayor de nuestros aliados.
– ¡Duarte! – me llama Minerva.
Su voz llega suave y tamizada por la distancia. También percibo el taconeo de sus zapatos sobre el empedrado de la vía.
Querida mía. Vuelve al regazo de la oscuridad más absoluta. Afuera estamos desprotegidos.
Respiro con dificultad. Mi visión adaptada a las penumbras permite observar las venas resaltadas en el revés de ambas manos. La uñas largas y puntiagudas, semicurvadas hacia adentro. La piel reseca recubriendo las falanges.
– ¡Ven! Tenemos que recorrer las calles. Dar con uno de ellos.
Minerva. A pesar de tu longevidad, cuán infantil me resultas.
El mundo dejó de ser lo que era en su majestuoso pasado. Con infinidad de presas de las cuales servirnos. El suministro de nuestra vitalidad milenaria quedó colapsado por la guerra del Átomo. Toda la raza humana extinguida. Masacrada en pocas semanas por la intermediación del desvarío de algunos mandatarios iluminados por su locura egocéntrica, pretendiendo dominar el mundo entero. Finalmente, obtuvieron su merecido. Y eso a nuestro más humilde pesar como seres de la noche.
Ahora vivíamos afligidos. Debilitados. Ocultándonos de nuestros nuevos enemigos, tan No Muertos como nosotros.
Minerva. Regresa al panteón. Afuera estás expuesta.
Entonces…
Mi niña grita fuera de sí. Debe de estar rodeada por aquellas bestias que nunca duermen ni de día ni de noche. Estoy por salir en su ayuda, pero mi instinto de supervivencia me insta a continuar recogido apoyado de espaldas contra la lápida del nicho.
– ¡No! ¡Duarte! ¡Dios mío!
La muchacha se desgañitó de dolor. Era indudable que estaban arrancándole los miembros uno a uno. Al poco, su calvario cesó.
Hundo mi rostro entre las palmas de mis manos y me sumo en un llanto inconsolable, maldiciendo mi cobardía.
La madrugada fue avanzando, hasta llegar la hora de mi descanso. Sería un día nublado y lluvioso, que yo no vería. Cerré el portón del panteón con presteza y me dispuse a dormir con cierta intranquilidad, pues estaba a merced de ser visitado por aquellas criaturas muertas y resucitadas por los efectos de la radiación.
Hice lo posible por no pensar en aquella terrible probabilidad.
Cerré los ojos con la pesadez de quien no ha dormido en años, pensando en Minerva.
La ausencia de su compañía me obligaría a moverme en los días siguientes para intentar dar con su sustituta. Yo aborrezco la soledad. Me envenena más que si careciera de sangre con la cual alimentarme.
Sangre.
En la siguiente madrugada, me aventuraré por la ciudad. Tengo que escoger uno de aquellos seres más frescos, cuya descomposición no me impidiera alimentarme de su esencia vital. Cierto es que no es la sangre de un ser humano vivo, pero como en este estado ya no queda ninguno, tengo que conformarme con lo que hay.
Por este motivo, las enfermedades se asientan en mi organismo.
Minerva era mi bastón de apoyo.
Sin ella, me siento poca cosa. Un anciano decrépito y con mil achaques.
Las dudas me asaltan de nuevo.
Una cosa es proponer una solución, y otra aplicarla.
Encontrar alimento iba a requerir un esfuerzo supremo, y dar con una ayudante, un milagro que lo más seguro jamás tendría lugar.
Mis angustias son mi peor enemigo, así que las aparto de mi mente para así dormir.
Ya llegará la madrugada.
Me pesan las pestañas.
Musito el nombre de mi querida Minerva en voz baja.
Parezco consolidarme en los preámbulos del sueño.
Y conforme me adormezco, tengo la rara sensación de apreciar que el portón del panteón donde estoy escondido está siendo abierto por diversas manos putrefactas.
Al final mi cansancio me supera y me veo inmerso en una pesadilla, donde jamás despertaré, siendo mi cuerpo despedazado por los muertos vivientes.

La caja de carne

Viernes Santo. Es hora de prestigiar ligeramente a uno de mis empleados. Para ello les dejo este novedoso relato pergeñado esta misma mañana en poco más de media hora. Que lo disfruten, y ya saben, hoy es día de vigilia, de abstinencia de carne…

Stud Olesson tenía cuarenta años. Estaba soltero. Su vida era muy solitaria. Sus padres estaban muertos. Su hermano mayor, casado y con dos hijos, vivía en la otra punta del país, y sólo se felicitaban los cumpleaños por teléfono. Su trabajo era precario. Turno de noche en una fábrica de etiquetas de marcas de conservas, haciendo rondas y cuidando del funcionamiento de las calderas. Mil miserables dólares.
Vivía en un apartamento de alquiler. Una única habitación, más baño y cocina. Por no existir, no tenía ni pasillo. Quinientos dólares que todos los meses iban a un agujero sin fondo.
Stud no era de aspecto desagradable. Es más, con buena ropa, tenía cierto estilo. Pero su nula confianza en sí mismo hacía que descuidara su apariencia. Esto sumado a su bajo sueldo, tampoco le hacía poder permitirse un armario repleto de indumentarias de cierto realce en el diseño y la confección.
En una de tantas noches, en pleno turno nocturno, sobre las tres de la mañana, empezó a sentir hambre. Normalmente traía preparada la cena, consistente en emparedados de sardinas en lata, algo de fruta y un zumo de un cuarto de litro. Pero en esta ocasión le había sabido todo a muy poco, y para la reseñada hora, las ganas de comer le estaban venciendo el ánimo. Obviamente, era una franja horaria donde incluso la comida a domicilio estaba cerrada. Aún así se animó a hojear en el periódico en la sección de anuncios. Todos los locales trabajaban como mucho hasta la una de la noche. Frustrado, iba a arrugar las hojas de la prensa, cuando un anuncio ubicado en la penúltima página llamó su atención.

“Envío de pedidos de comida a cualquier hora de la madrugada. Ideal para los vigilantes, empleados de limpieza y cualquier trabajador del turno nocturno. Nosotros pensamos en ustedes. Jamás pasarán hambre. NIGHT MEAL FOREVER!
Y siempre a precios económicos. NIGHT MEAL FOREVER!
Llámenos, y se sorprenderán de nuestra calidad. NIGHT MEAL FOREVER!”

El anuncio venía seguido de un número de teléfono móvil.
Stud no se lo pensó dos veces. Marcó los diez dígitos correspondientes. Después de cinco segundos de espera, una voz potente masculina le atendió desde el local de NIGHT MEAL FOREVER!
– ¿Diga?
– Hola. Esto… Llamaba para pedir algo de cena.
– Bien. Esto es un local de comida rápida con servicio a domicilio.
– He visto uno de sus anuncios, pero no vienen los menús disponibles.
– Ningún problema. Yo mismo me ocupo de ponerle al día. Tenemos el menú CARNE, para quienes quieran ese estilo de comida, el menú PESCADO, en el mismo sentido, y el menú VERDE, para los vegetarianos.
– Bueno, me interesaría algo del menú CARNE.
– Muy bien, caballero. Serán cinco dólares. El repartidor llegará en menos de diez minutos a la fábrica Lito Pack.
El empleado colgó al instante, dejándole con la boca abierta.
¿Cómo sabía que le estaba llamando desde un teléfono móvil en Lito Pack Ltd.? ¿Y encima le enviaba un pedido sin especificar lo que en realidad él quería del menú CARNE?
Era evidente que en cuanto acudiera el repartidor, iba a rechazar el pedido. No iba a comer lo que a los del restaurante les apetecía despachar sin previa consulta del cliente.
Miró la hora en su reloj de pulsera. Eran las tres y veinte de la madrugada. A las tres y veinticuatro sonaba el timbre de la entrada principal al taller. Stud se levantó de la silla, ciertamente asombrado. Se acercó a buen paso. Al otro lado del vidrio laminado de la puerta se veía la silueta corpulenta de una persona, con un casco de moto puesto en la cabeza. Se le veía portar una caja cuadrada entre las manos.
Stud quitó los cerrojos y abrió la puerta. Apenas hacerlo, aquel sujeto le pasó el pedido y se montó en su moto de repartidor, sin darle tiempo a verle el rostro.
– ¡Oiga! – se quejó, Stud. – No quiero esto. Y no estoy dispuesto a pagarle por ello. Mejor que se lo lleve.
– El primer pedido siempre es gratis. Si no le gusta, simplemente tírelo a la basura – le replicó el repartidor con voz ronca.
Puso la motocicleta en marcha y abandonó el lugar con la misma presteza con que había acudido a entregarle el pedido.
Stud estaba anonadado. La caja tenía el tamaño de uno de calzado, y estaba caliente. El olor que surgía de su interior era realmente apetitoso. Así que volvió a cerrar la puerta, regresando a su puesto con la cena misteriosa, deseando que fuese lo mínimamente comestible como para mitigar su tremenda hambre.

Cuando abrió la caja, descubrió que la comida era algún tipo de pollo empanado. Probó un pequeño bocado, y no sabía nada mal. Debía de llevar un montón de potenciador de sabores. Le dio igual. Al menos se podía comer sin remilgos. Fue a por una cerveza a la máquina de refrescos y sentándose frente a su pequeña mesa, se dispuso a cenar con ganas.

Eran las cuatro de la mañana. Ambos estaban detenidos con sus motos frente a la entrada al taller de etiquetas publicitarias Lito Park Ltd.
– Está tardando bastante.
– Bueno. Se ve que tenía hambre.
– Mejor. Así será sumamente dócil. La droga lo dejará zombi perdido.
Cinco minutos después la puerta les fue abierta. Frente a ellos, se situó Stud. Estaba absorto. Con la mirada perdida. Apenas se le apreciaba la respiración, de lo pausada que era.
– Nuestra nueva vaca – dijo uno de los motoristas, tirando un saco al suelo.
– La raza humana es una gran inversión culinaria – dijo el otro.
Mientras uno amordazaba al sumiso Stud, el otro preparaba la pistola empleada para el ganado en los mataderos…

La tarea del despiece les llevó su tiempo. Aquel era un ejemplar muy interesante. De edad mediana, pero aún aprovechable. Era indudable que su jefe, Valtemaras Bogus Bogus, iba a estar muy contento por la nueva partida de carne humana.

El manjar de los Dioses (o la digestión de una nave espacial orgánica)


– Soy Dominique. Estoy cerca de la ciénaga pútrida, esperando que Harry logre escaquearse de parte de sus malditos quehaceres diarios en el castillo donde reside nuestro insoportable amo. Ya son las once de la noche. El cielo está nublado y el escenario está completamente a oscuras. Traía unas velas de sebo de dromedario herniado, pero me olvidé el mechero en la biblioteca cuando estaba quitándole el polvo a los Libros Malditos.
Oigo pasos chapoteantes. Debe de ser…
– ¡Buuuuuuh! ¡Vengo a zamparte! ¡Tiembla, humano debilucho!
– Harry. Tu actuación es lamentable. No consigues asustar ni a un político corrupto, tan de boga estos días, por cierto.
– La verdad, contigo me entretengo menos que con una muñeca hinchable. ¿Para qué me has citado en este lugar tan apartado y pestilente?
– Verás. La última vez que incorporé un relato de ciencia ficción, el señor Robert casi me rebana el cuello. “Este es el rincón del terror infinito”, me matizó. Para que no se entere, en esta ocasión leeré otro relato de ese género literario aquí, con tu presencia como oyente atento y cortés.
– No me lo puedo creer. Me haces dejar de limpiar los excrementos de las hienas, para pasar un frío del demonio en plena oscuridad y olfatenado los gases nocivos de la laguna. ¿Sabes lo que te digo?
– No.
– Que te escuche tu tía. Yo me vuelvo al castillo.

Una imagen recortadamente oscura y ampulosa…
Una luz pasajera.
Un estrépito, advenimiento de una posible calamidad igualmente estrepitosa.
Y después

después se restregó las comisuras de los ojos.
Mel Freeman jadeó convulsivamente, hinchándose como un sapo en periodo de celo, aspirando y soltando frenéticas bocanadas de aire. Su pecho saliente y corcovado subía y bajaba como una plancha de acero de una caldera vibrante cercana a estallar en su catártica explosión final. Volvió a frotarse con fuerza los ojos.
Afuera llovía con intensidad y la cortinilla de continuas gotas del tamaño de monedas de cinco centavos corría de izquierda a derecha en oblicuo sobre la luneta agrietada del parabrisas. El mecanismo del limpiaparabrisas continuaba conectado con las escobillas de goma negra puliendo la superficie del vidrio. La música del cantautor Joe Cocker fluía en oleadas de gran intensidad desde el radiocasete. También tenía encendida la luz interna del coche de quince vatios. Fue lo primero que hizo. Lo segundo permanecía en punto muerto. Lo tercero aún estaba por verse.
Freeman observó la luz cegadora que provenía de delante de él. Una luz que se difundía a través de las capas húmedas del aguacero cuyas gotas golpeaban sin cesar sobre el cuarteado cristal delantero. Además de esta intensísima luz, había otras dos más limitadas en su alcance, de menor fulgor, de tonalidad anaranjada y en cierto modo ejerciendo cierto magnetismo. Mirándolas a través del parabrisas fragmentado las luces parecían estar interrelacionadas entre sí; un punto anaranjado a cada lado y la luz llamativa y rabiosa en medio. Por su forma, a Freeman le recordaba a una luz de adorno navideño de considerable tamaño. Bueno, considerable, no. Mejor dicho, de monstruosa envergadura. Desde el interior de su climatizado y confortable “Shiruzuki K-79”, si de un vehículo de tracción a las cuatro ruedas se tratase, lo asociaría de inmediato con un descendiente del linaje de los “Range Rover”.
Sí, sin duda debía de tratarse de un “Range Rover” salvaje e indómito.
La tromba tamborileaba encima de la carrocería, y la más densa oscuridad rodeaba a ambos vehículos como una red de malla…, al menos en lo referente al “Shiruzuki”.
Freeman ojeó de izquierda a derecha, sin siquiera poder vislumbrar los contornos rectos y encajonados de los edificios cimentados a ambos flancos de la calle. No existían farolas o una derivación de alumbrado público y si la había, los vándalos del “guetto” más próximo habían dado buena cuenta de ella hasta dejarla inutilizada.
El “Tío Sam” saltó de un respingo acrobático desde su cesta de mimbre, maulló de forma bastante lacónica y se escurrió entre los dos asientos delanteros hasta posicionarse sobre el regazo de su amo. Sus bigotillos estaban tensos como si estuvieran medio congelados.
– Shss… Tranquilito, “Sam”. No pasa nada. Sólo ha sido un leve topetazo con un primerizo que venía en dirección contraria. Lo más seguro es que esté borracho como una cuba- le cuchicheó Freeman, haciéndole todo tipo de fiestas en el lomo y por debajo de la mandíbula.
El golpeteo sistemático de las escobillas del limpiaparabrisas empezaba a dejarle ligeramente amodorrado, haciendo que las ondas cerebrales disminuyeran en su capacidad de concentración. Tuvo que depositar al “Tío Sam” en el asiento contiguo antes de quedarse grogui.
“Unnnchainnnn myyyy heart…” – emergía desde la radio como si fuera el anuncio convincente del fin del mundo.
Freeman redujo el volumen de la radio, sacudiéndose la cabeza con ambas manos, alejando la modorra, reactivando la correcta circulación de las ondas cerebrales. Las extrañas luces parpadeaban a ciento veinte o ciento cincuenta centímetros del morro del “Shiruzuki”. La lluvia iba arreciando en su ímpetu. Era todo un clamor apocalíptico bullendo sobre las láminas de la carrocería como si se estuviera siendo atacado por las pelotas de goma sintética disparadas por los rifles antidisturbios de la brigada de Protección Civil. Ya habían transcurrido cinco largos minutos desde la inesperada colisión frontal. Nadie del vehículo agresor que le había embestido como si se estuvieran divirtiendo con cochecitos de autochoque en el parque de atracciones de Permouth había salido al exterior para justificarse o al menos dar las oportunas explicaciones. Tampoco se había congregado el típico círculo de curiosos incentivados por el gusto al morbo, y los agentes del tráfico parecían estar tocando las pelotas en cualquier otra parte de la ciudad menos en esa calle de mala muerte.
– Creo que voy a tener que ser yo quien de la cara.
Y eso a pesar de que era la víctima en el choque y no el culpable del mismo. Para colmo de males (por eso había ido retrasando la salida al exterior) no disponía ni de un impermeable ni de un triste paraguas que lo cobijara de la tremenda tormenta.
“LA HUMEDAD RELATIVA EN EL AIRE ES EN ESTOS MOMENTOS DE UN NOVENTA Y SIETE POR CIENTO. EL TERMÓMETRO REGISTRA UNA TEMPERATURA QUE OSCILA ENTRE LOS DIEZ GRADOS EN EL EXTRARRADIO DE LA CIUDAD Y LOS DOCE EN LA ZONA CENTRO…”– anunció con debilidad entre interferencias de estática la chica de la emisora sintonizada en la radiocasete “Sony Real Music FM/OM”.
– Hum – gruñó Freeman, descontento. Encima de mojarse, iba a pasar bastante frío.
Se volvió hacia atrás, reclinó el respaldo con una mano y forzando la columna vertebral, agarró la cesta del “Tío Sam”. Le quitó el mullido cojín de goma espuma. El minino lo miró con tristeza.
– Lo lamento, “Tío”, pero no me queda otra alternativa que servirme de tu cesta como una ocasional capucha.
Salió del automóvil cubriéndose la cabeza con la cesta de mimbre cerrando la puerta dejando el seguro puesto. Lo que caía del dosel ennegrecido era un aguacero impresionante, como si alguna deidad gregaria estuviese escurriendo un gigantesco paño empapado Allí Arriba en los templos celestiales del Olimpo.
“plat”, “plat”, “plataplat”
El corto paseo consistente en cinco zancadas amplias hasta alcanzar las inmediaciones del vehículo que le había embestido frontalmente lo dejó como una sopa, con la ropa chorreando y los zapatos de cuero inundados y dilatados al haber tenido que chapotear entre amplios charcos estancados. La lluvia crepitaba atronadoramente encima de sendas carrocerías pulidas y encima del pavimento alquitranado.
Freeman encendió la linterna de bolsillo. Pudo comprobar que los desperfectos ocasionados a su “Shiruzuki K-79” eran ínfimas minucias, casi una caricia amorosa, equiparado con lo que había temido encontrarse producto del fuerte impacto del choque. Aparte del cuarteamiento del parabrisas, las secuelas del accidente de tráfico se remitían al alzado del capó en unos dos centímetros donde debería quedar encajado y la marca de una abolladura en el centro del parachoques delantero, justo donde había puesto una pegatina ya semiborrada por el paso del tiempo que rezaba su devoción hacia los Dodgers.
– Perfecto – se dijo, algo más animado.
Entonces rememoró el impacto.
Todo fue tan súbito y poderoso que por unas centésimas de segundo se vio ya cruzando el mojón fronterizo allende la defenestración corporal acompañado en su fidelidad por el “Tío Sam” – lo de las siete vidas del gato era una pura patraña publicitaria para vender comida gatuna -, recibiendo la parte delantera del coche plegándose hacia adentro como un acordeón, aprisionándole entre un amasijo de hierros que transpiraban sangre, piel, miembros descoyuntados, huesos astillados y tripas de felino. Hasta juraría haber sentido con visos de realidad palpable como el tablero de instrucciones lo oprimía contra el respaldo de bolas relajantes del asiento como si hubiera sido embestido por un defensa de apertura de la NFL, con el volante aplastándole el tórax y con los cristales fragmentados del parabrisas lapidándole el rostro, engarzando en su carne como la cuchilla de un bisturí enloquecido, rajándole los músculos faciales con las tiras de piel cetrina colgando de la parte frontal de la calavera como el empapelado viejo y acartonado de la pared de un piso marginal de los suburbios, dejándole en ciertas zonas del cráneo el hueso blanquecino al descubierto, después ladeaba la cabeza hacia abajo en un movimiento reflejo y sus globos oculares se salían dantescamente desde las cuencas enrojecidas hasta sus muslos desgarrados. Entonces, es esas centésimas de segundo en que se vio adaptado y consolidado en el valle árido de la muerte, podado del árbol de la vida, no hizo más que parpadear varias veces y todo el interior del “Shiruzuki” le acogía en su rutina de todos los días.
Estaba vivo.
VIVO
Y el “Tío Sam” se lo confirmaba con un maullido taciturno encogido en su cestita.
Después, lo ya reseñado.
Freeman dejó de lado los contornos elegantes del “Shiruzuki” y se concentró en el otro vehículo. Dirigió el haz de luz cobriza de la linterna hacia su perímetro. Lo alumbró de lleno.
Se quedó sin aliento.
(Joder qué coche)
Las luces traseras se apagaban y se encendían de forma discontinua. Bañaron su rostro en combinaciones discotequeras anaranjadas. Giró la linterna en círculos y fue iluminando varias zonas del coche. Cuando se dio de cuenta de qué se trataba, la apagó y se recostó contra el capó levemente alzado del “Shiruzuki”. La lluvia regó su rostro vuelto hacia el cielo encapotado.
Y cuando una puerta susurrante inició su abertura lateral hacia el exterior, se le cortó la respiración.
El vehículo en cuestión era un
era un
“ovni”.
Un inquietante “Objeto Volador No Identificado”.
De eso no cabía la menor duda.
El “ovni” estaba invitándole con sutileza a que se aventurase en sus entrañas. La forma de maquinilla de afeitar eléctrica le vino a la cabeza del mismo modo que se manifestaba la sensación inherente al dolor cuando se deja arrimar la yema de un dedo cualquiera a la llama de un cirio. Era de diseño metalúrgico, algo rectangular, con su supuesta parte delantera algo más estrecha que la cola, salpicado por las lucecillas eslabonadas en singulares figuras geométricas que parecían haber sido trazadas por un compás poco común, carente de ventanillas o escotillas de ningún tipo, disponible de tan solo de la puerta deslizante que se había perfilado segundos antes. Casi parecía el anuncio callejero de una “SkinShave Extra”, psicodélico, que aún a pesar de no encajar en la armonía del distrito marginal en que estaba estratégicamente emplazado, si que estaba lo suficientemente dispuesto a llamar la atención en el logro de conseguir un incremento de ventas en el supermercado de la esquina. Un anuncio en tres dimensiones. Descomunal. Atractivo. Sugerente.
“Aquí me tienen. Una vez en sus manos, el afeitado será tan perfecto
que su piel ni lo notará. “- parecía estar divulgando a los cuatro vientos.

“Entra”
“Que entres”
“Entraaa…”

No podía ser posible.
Era un susurro razonablemente humano.
Inteligible.
Accesible al intelecto de un terrícola medio.
Comprensible.
Correctamente articulado.
Le estaba instando a que entrase.
– No puede ser posible. Aún estoy acusando el golpe. Debo de estar medio aturdido. Soñando despierto. Alucinando… Esto no es una nave interestelar… Es un “Silver Rover” robado. El tío que se lo birló a algún ingenuo se largó por patas nada más colisionar conmigo temeroso de ser presa fácil para la policía adscrita a este distrito.
Entornó los ojos, tratando de transformar ese objeto reluciente y bruñido de apariencia extravagante en un “Silver Rover” valorado en ochenta mil dólares. Las pupilas eran meras líneas horizontales como las de un reptil.
El “ovni” seguía siendo un “ovni”.
El proceso mental de metamorfosis fue un rotundo fracaso.

“Entraaa”
“Sé mío…”
“Te necesito”

– Noo
La voz sonaba seductora. Por unos breves instantes parecía hasta casi genuinamente femenina. Dios, debía de ser un delirio erótico. No podía haber una marciana ahí dentro, deseosa de tener un buen polvo. Con ganas de mantener una pasajera relación libidinosa con un terrícola antes de proseguir en su ruta hasta el planeta rojo, verde, azul o de dónde fuese la tía.
No solo era quimérico, es que no era razonable. NI creíble. Ni siquiera mal encajado en el argumento más pésimo de una película de ciencia ficción de serie “Z”. Sin embargo…

“Ansío tenerte…”
“desde siempre”
“mío”
“formaríamos un sólo cuerpo”

Freeman
(el Freeman Mente)
quería permanecer a varios metros del “ovni”,
pero el Freeman “físico”
(el Anatómico)
ansiaba en correr con el riesgo.
Tenía sed.
Se le había despertado el apetito carnal.
El Freeman Anatómico quería arrastrarse por el suelo como un vil lagarto, reptar ante esa cascada de palabras hechizantes.
Haría cualquier cosa.
Entraría en esa extraña
(“Cuna del Amor”)
nave espacial, y si acaso hubiese una extraterrestre predispuesta, la poseería con todo su ardor aunque fuese amorfa y blanda como una cartilaginosa medusa de mar y dispusiese de diez ojos de estructura simple como los ocelos de los insectos.

“Ven”
“VEN…”
“Te necesito con urgencia”

La pierna derecha de Freeman dio un paso complaciente hacia delante.
– Noo – (gritó el Freeman Mente).
Luego dio otro.
En diez segundos distaba medio metro escaso de la compuerta.
Se veía encaminándose
(el Freeman cachondo)
sin que
(el Freeman Mente)
pudiera hacer nada al respecto, hacia la abertura ovalada del acceso al interior de la nave.
– Noo

“Te necesito…”

La pierna diestra cruzó bajo el umbral metalizado, siguiéndole la izquierda con la masa de su cuerpo.
Cuando quiso echarse atrás, rectificar,
(que el Freeman Mente le ganase la partida al Freeman Lujurioso)
la compuerta se cerró.
Una luz cegadora como de diez faros costeros le rodeó similar a una redada policial en pleno intercambio de drogas y dinero negro. Apenas pudo recaer en el asfixiante compartimento en que había quedado definitivamente confinado. Instantes después vio los colmillos de acero, enormes como lápidas y cortantes como los filos de mil guadañas recién pulidas.
Los reflectores reflejaron su imagen petrificada en la superficie del acero.
– ¡NOOO!
Las mandíbulas se cerraron sobre él como si fuera una mosca atrapada por una planta carnívora, destrozándole en el acto la columna vertebral, inutilizando la médula espinal, dejándole paralítico y cercano al encefalograma plano.
– uuuuuuuuu
En tres masticaciones, los músculos, tejidos, ligamentos, tendones, armazón óseo, tuétano y entrañas quedaron reducidos a enormes bolos alimenticios, toscos y sangrantes como unas gigantescas albóndigas, que perfectamente rociados con los jugos gástricos, fueron descendiendo paulatinamente
“Glup”, “Glup”
por un largo y acanalado conducto que ejercía las funciones de esófago, que los conduciría hacia el depósito del combustible de la nave.

El único tripulante de la nave, un enano cabezón embutido en un traje espacial de silicona negro equipado con tubos respiratorios y acolchado frontal anticompresor, pulsó el botón verde del mando a distancia. Se dejó percibir el susurrar mecánico de una abertura oval en el costado izquierdo de la nave orgánica. El tripulante entró, con la compuerta cerrándose a su espalda. Se acomodó en el asiento de fijación regulable, adoptando la postura más adecuada frente al complejo tablero de mandos de la nave. La luz verde que irradiaban los instrumentos tiñó su rostro enorme, donde destacaban dos enormes ojos frente a una nariz y una boca pequeña. Se puso a observar de modo impasible el nivel del depósito del combustible.
Los músculos de sus finos labios se relajaron.
Perfecto. Estaba lleno. A rebosar.
La nave ya estaba convenientemente alimentada hasta la próxima escala en la galaxia de Andrómeda. Una vez allí se detendría a repostar en el planeta Urzac, conocida como “La tierra de los Esclavos”, donde se haría con los servicios de un par de insurrectos que servirían más adelante a la nave como un aperitivo frugal en la continuación del regreso hasta su planeta de origen.
La nave se elevó en vertical levitando a diez metros de altura en el aire, y en completo y amortajado silencio, inyectó los propulsores traseros. En menos de diez segundos logró alcanzar la velocidad de la luz surcando el firmamento como una estrella fugaz en un escorzo diagonal. Cuando hubo abandonado la atmósfera de la Tierra, en los límites de la Exosfera, evitando colisionar contra los satélites artificiales y los meteoritos desbocados, se dispuso a iniciar la trayectoria hacia su querida Andrómeda.
Andrómeda.
Allí donde las naves orgánicas se repostaban con carne,
donde los dioses eran una pura farsa.