El sonajero. (The rattle).

Desmond Twitt era un empresario sin el menor de los escrúpulos. Ávido de crear ganancias, hacía y deshacía sus empresas en un abrir y cerrar de ojos. Poco le importaba si una de sus fábricas de componentes de vehículos le generaba beneficios aún a pesar de la crisis. Si surgía una oportunidad de trasladarla a un estado del tercer mundo, donde los obreros serían sometidos a extensos y agobiantes horarios sin descansos semanales, con un sueldo básico correspondiente a unos cincuenta dólares mensuales, no lo dudaba. Cerraba la fábrica y la creaba en el extranjero. Cuando heredó el pequeño imperio industrial de su padre Edeltore Twitt, tenía quince fábricas dispersas por los Estados Unidos. Ahora quedaban seis, mientras en el exterior tenía implantadas trece. La producción de automóviles, cuyos fabricantes principales eran abastecidos por los componentes de sus fábricas, habían reducido los pedidos por la menor venta en el período de la crisis financiera mundial, pero gracias a su intuición de ir trasladando Twitt´s Components por el continente africano y parte del asiático, estaba manteniendo una buena cifra de ingresos por ventas.

Aún así, Desmond Twitt no estaba conforme. Sus intenciones era la de cerrar a corto plazo las seis fábricas locales para reubicarlas entre Indonesia, Taiwán y algún país africano que tuviera gobernantes de lo más corruptos, donde casi ni habría que pagar a los empleados. Simplemente con darles su ración diaria y un catre, la producción en cadena no se detendría en las veinticuatro horas.
Su decisión de cerrar la fábrica de Nogales, en Arizona, fue tomada en la reunión quincenal del 12 de Agosto. Ya se había conseguido la aprobación por parte del ministro de industria albanés para su instalación en un polígono industrial de Tirana.
Las obras tardarían cuatro meses, al estar la nave ya edificada a medias por una anterior empresa que se había echado en el último momento para atrás.
En el mes de Noviembre, Desmond Twitt se trasladó en varias ocasiones a la fábrica de Nogales. Su intención era comunicar a los obreros el cierre de la fábrica para Diciembre, en plenas navidades. Quienes lo desearan, podrían continuar su labor en Tirana.
La ciudad de Nogales está ubicada lindando con la mexicana del estado de Sonora, llamada también Nogales. Al estar en la línea fronteriza, no era de extrañar que la mayoría de los obreros fuesen de origen mexicano.
Finalmente, el 23 de Diciembre, en el preludio del inicio de la Navidad, con todos los empleados congregados en la nave industrial, Desmond Twitt les hizo saber el cese de la producción de piezas y componentes del sector del automóvil en esa fábrica.
Las quejas fueron visibles. El desencanto, notorio. Desmond cedió la palabra al director de la planta de Nogales para que les informara de la manera en que iban a ser indemnizados en acorde a la antigüedad, además de la posibilidad de seguir trabajando para el grupo Twitt´s Components en Albania para quien se animase a ello.
Desmond Twitt se retiró al despacho del director, mientras este recibía el continuo abucheo por parte de los empleados, quienes le interrumpían constantemente sin apenas dejarle hablar.



Luis Reinaldo Renés ya era muy mayor para soportar sorpresas desagradables. De hecho, nunca había tenido una pizca de buen humor. De energía brusca, nunca aceptaba que alguien le jodiera la vida. En este caso, cuando aún le quedaban cinco años para jubilarse, el dueño de la fábrica les comunicaba el cierre en víspera de navidades.
“hijo de perra”.
Luis Reinaldo se dirigió a los vestuarios. A sus espaldas seguían las muestras de desaprobación de sus compañeros mientras el director trataba de calmarlos con argumentos vacíos de contenido y promesas de traslado a un país situado en dios sabía dónde, con un salario diez veces menor al que cobraban ahora, que de por sí tampoco era una cifra que te invitaba a bailar llevado por la alegría. Se trasladó por las taquillas hasta presentarse ante la suya. La número 117. Introdujo la llave en la cerradura y la abrió. Con decisión, rebuscó entre sus pertenencias, hasta encontrar lo que buscaba.


Desmond Twitt estaba sentado detrás de la mesa del director, observando la gráfica de pedidos para la primera quincena de Enero en la pantalla del ordenador portátil, cuando percibió por el rabillo del ojo izquierdo como la puerta del despacho era abierta. Pensando que se trataba de Fitzgimonds, se enderezó contra el respaldo de cuero negro de la silla.
Ante él estaba uno de los empleados de la fábrica. Lo sabía por el mono negro que llevaba por uniforme. De otra forma, la máscara enfurecida que le cubría el rostro y algo que portaba en la mano le hubiera hecho creer que se trataba de un chalado fugado de algún centro médico de salud mental.
– ¿Quién demonios es usted? ¿Y cómo se atreve a entrar sin permiso en este despacho?
– Señor Twitt. Oiga cómo suena el sonajero – le contestó el empleado enmascarado.
Desmond Twitt se fijó que la careta era un tipo de ornamento ritual indígena. Unos ojos enormes saltones, con una boca torcida que indicaba que estaba iracundo. Parecía hecha de piel  curtida de alguna clase de animal.
Entonces escuchó un sonido muy peculiar. Provenía de un extraño objeto que aquel sujeto sostenía entre los dedos de su mano derecha.
– Fíjese cómo suena el sonajero – repitió con voz maliciosa el empleado cuya identidad permanecía oculta detrás de la horrenda máscara.
– ¡Qué diablos! ¡Deje usted de hacer el tonto y márchese a trabajar! Que aún le quedan algunas horas de productividad antes de quedar desvinculado de la empresa.
El empleado agitó el objeto. El sonido era repetitivo. Constante.
– Mire cómo suena el sonajero.
Parecía estar hecho de arcilla. Con algo en su interior, como pepitas o pequeñas piedras que producían el ruido al ser agitado con brusquedad.
Desmond Twitt estaba harto. Se incorporó de pie desde detrás de la mesa del escritorio, dispuesto a sacarlo a empujones del despacho a aquel payaso si acaso fuese necesario.
Fue alzarse, y no poder moverse. Se quedó petrificado. Se esforzó por salir de su inmovilidad, pero no pudo.
– ¡Socorro! ¡Me he quedado paralítico! – chilló, fuera de sí.
No sentía su propio cuerpo. Pero tampoco perdía la estabilidad. Continuaba erguido. Paralizado en esa posición.
El sonajero continuaba sonando, con el empleado repitiendo una y otra vez las mismas palabras:
– Escuche cómo suena el sonajero.
Desmond Twitt notó un escozor procedente de los ojos. Sin poder hacer nada, empezó a lagrimear de manera intensa. Igualmente un picor surgía del interior de los oídos y de las fosas nasales. Cuando se dio cuenta, gritó aterrado. Estaba sangrando por los ojos, los oídos y la nariz. Al poco su grito quedó medio ahogado por la sangre que emergía de su boca hacia el exterior.
El ordenador portátil y luego la mesa quedó cubierta por la sangre que surgía de los orificios faciales de Desmond Twitt.
El empleado continuaba con su letanía.
– Oiga cómo suena el sonajero.
La sangre ya llegaba a empapar la alfombra del suelo del despacho. Desmond ya no podía articular ninguna palabra. Sólo barbotaba sonidos ininteligibles al estar manando constantemente sangre procedente de su garganta hacia el exterior. Sintió la ropa interior húmeda y pegajosa. También estaba desangrándose por el recto.
El sonajero era sacudido por la mano diestra del empleado con más vigor, sin decaer en la insistencia, hasta que finalmente, Desmond Twitt perdió por fin su verticalidad, desplomándose sobre la alfombra, rodeado de su propia sangre. Una sangre que representaba toda la que podía circular dentro del organismo de una persona, pues había sido expulsada hasta la última gota.
Luis Reinaldo dejó de agitar el sonajero. Se quitó la máscara, y con rostro serio, abandonó la estancia.
Su venganza había sido consumada.
Si él perdía su puesto de trabajo, qué menos que el causante directo del cierre de la fábrica, Desmond Twitt, a la sazón propietario de la misma, perdiera su vida miserable.


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La ira de los demonios. (The wrath of the demons).

                    
             – Su estirpe siempre ha sido muy creyente y supersticiosa. Ambas cosas favorecen nuestra intervención.
                – ¡Es hora de poseer un cuerpo! ¡De corromperlo! ¡Dañarlo! ¡Abusar de él! ¡Alojarnos en su carcasa, para desprenderlo del alma!
                – ¡Así es! La muchacha es débil de espíritu. NO podrá impedir que nos hagamos con el control de su mente.
                – ¡Tenemos que hacerlo! ¡Es nuestra lucha contra quien nos ha condenado a padecer el fuego eterno! ¡Destruyendo uno de entre los suyos, es una más que merecida venganza! ¡Y si conseguimos arrastrar su alma con nosotros, un premio extraordinario!
                – Somos cinco elegidos para residir en el cuerpo de la mortal. ¡Empecemos ya! ¡Y recordad que cuanto más dure su tormento, el dolor que surja de ello será nuestro máximo disfrute! ¡No nos precipitemos con la magnitud de las primeras manifestaciones!
                – ¡Tienes razón! ¡No queremos meses! ¡Si puede durar años, ese será el período de tiempo en que estaremos alejados de nuestro destino infinito!
                – ¡Es una lástima! ¡Con lo divertido que tiene que ser cuando quiera acogerse a la ayuda externa para promover nuestra salida de su cuerpo!
                – Os aseguro que jamás será recuperada. Si consiguen expulsarnos, también su vida lo será para siempre.

                – ¡Maldito mortal! Soy Halías.
                – Alzadill.
                – Bermadel.
                – Hazaziel.
                – Normadén.
                – Somos cinco pero podemos concitar a mil más para llevarnos a esta perra descarriada. Así que deja de molestarnos y vete por dónde has venido.
                – Eso no hará falta, condenada chiflada – susurró la voz humana.
                Aproximó el filo de la navaja a la nuez, profundizando en la carne del cuello hasta hacerle un corte lo suficiente grave como para permitir que la chica muriese desangrada en escasos segundos. Los insonoros alaridos de los demonios fueron espantosos en el limbo de su inframundo de pesadilla. Estaban enfurecidos por la muerte de Esther. Aquel extraño que se había colado por la ventana abierta para robar en la casa les había arrebatado lo que más ansiaban, la posesión del cuerpo y de la mente de la joven. Apenas habían empezado a disfrutar con ella. Ni siquiera sus propios padres habían recaído aún en la posibilidad de que la actitud distante y huraña de Esther podía albergar algo más grave que una  simple rebeldía propia de la adolescencia.
                Una semana.
                Eso es lo que llevaban dentro del núcleo existencial de la muchacha.
                Hasta la irrupción de ese hombre encapuchado.
                Este miró con seriedad a la joven. Era una pena haberla asesinado, pero si no se callaba, podría despertar a los demás residentes de la casa, y lo que él necesitaba era poder registrar el lugar en el mayor de los silencios.
                Media hora después abandonaba la casa por la misma ventana por la que había accedido a su interior.
                Conforme salía a través del hueco del marco, pudo apreciar un rostro sereno en la chica, todo lo contrario al semblante histérico y desquiciado que le mostró cuando fue despertada por haberse tropezado él con la esquina de la cómoda más cercana a la puerta del dormitorio. De no ser por la almohada, la manta y el camisón ensangrentados, se diría que estaba profundamente dormida.
                Fue descendiendo por la fachada apoyado en la tubería bajante del canalón hasta llegar al suelo.
                Conforme se alejaba, escuchó un ruido sonoro sobre su cabeza. Instintivamente miró hacia arriba. Procedía de lo alto de un árbol. En una de sus ramas adivinó los ojos brillantes de un gato enorme. Parecía estar castrado, de lo gordo que estaba.
                El gato maulló largamente.
                Lo sonrió.
                – Vaya. Eres el único testigo de lo que acabo de hacer en esa casa – le dijo.
                El pelaje del gato era de color ceniciento. Encorvó el lomo. Ladeó su cabeza para concentrarse en el hombre.
                Iba a volver a maullar.
                Lo hizo.
                Los inquilinos temporales abandonaron el cuerpo del animal y se alojaron en el del ladrón.
                Este se sintió raro al instante. Se sintió ligeramente indispuesto. Empezó a tiritar como si estuviera pasando mucho frío. Pero la temperatura era del todo veraniega. Se pasó una mano por el rostro y se arrancó el pasamontañas, arrojándolo sobre el suelo.
                Sin comprenderlo, no podía avanzar. Estaba paralizado de cintura hacia abajo. Erguido de pie como un poste. Quiso hablar en voz alta consigo mismo, pero no pudo.
                “¡No queremos tu cuerpo, hijo de puta!” – le llegó una voz siniestra dentro de su mente.
                “Nos has jodido la diversión con la muñequita. Ahora nos toca joderte a ti, bastardo “– le habló una segunda voz interna.
                Repentinamente sus piernas se pusieron en marcha, y sin desearlo, se hallaba corriendo locamente por la calle.
                Estaba aterrorizado. Algo estaba controlando su cuerpo. Y no podía impedir que tal cosa sucediese.
               “Soy Halías.”
                  “Alzadill.”
                  “ Bermadel.”
                  “Hazaziel.”
                  “ Normadén.”
                  “Tú nos arrebataste la vida de la mocosa. Ahora nos corresponde a nosotros hacerlo con la tuya tan inútil y patéticamente miserable que tienes.”
                Su cuerpo fue dirigido cada vez  con más intensidad, forzando la resistencia del corazón. Pasados unos minutos de carrera, sintió un fuerte dolor en el pecho, siendo la antesala de un paro cardíaco, que desembocó en su postración en medio de la calzada.
                Un hilillo de saliva espesa surgía de la comisura de sus labios, mientras sus ojos abiertos miraban hacia el infinito. En su rostro no se adivinaba la misma serenidad y paz que mostraba el de Esther, porque mientras para la muchacha la marcha de los cinco demonios representó su liberación espiritual, para él significaba el comienzo de su larga condena en la tierra donde aquellos moraban eternamente…

Asesinos ficticios: Amadeus Stormhill, el Asesino de Carteros Rurales. (Fictional murderers: Amadeus Stormhill, Murderer of Rural Letter Carriers).

En Escritos de Pesadilla retomamos nuestras biografías de Asesinos Ficticios dentro de la amplia leyenda rural norteamericana.
En esta ocasión toca exponer un breve pero aterrador glosario de las acciones funestas de Amadeus Stormhill, “El Asesino de Carteros Rurales”, en el estado de Idaho.
Amadeus Stormhill nació en Chewaka City, en realidad un pueblecito de apenas quinientas almas caritativas y de devoción católica sumamente conservadora, donde el único habitante pecaminoso era el propio sheriff, Obdulio Reeves, propenso al sexo desenfrenado con las feligresas adolescentes, hasta que un padre enfurecido tuvo a bien practicarle la vasectomía más primitiva con la intervención de un machete.
En medio de un paraje tan idílico nació nuestro protagonista, Amadeus, en la fecha concreta del 27 de agosto de 1880 cerca de la medianoche, emergiendo del vientre de Úrsula Stormhill entre espasmos dolorosos de esta última, quien perjuró que jamás volvería a alumbrar ningún hijo más, cumpliendo a medias con la promesa para desespero de su marido, Mathias Stormhill, pues tuvieron una descendencia adicional de cinco chiquillas, siendo el único varón el mencionado Amadeus.
Desde muy jovencito, Amadeus demostró su complejo de inferioridad al estar dominado por la destacable y numerosa presencia femenina bajo el hogar de los Stormhill. Bajo sus propias palabras, “estaba sometido a la tiranía de mis hermanas, quienes se empeñaban en disfrazarme con vestidos ridículos, maquillándome el rostro y adornándome la cabeza con alguna de las innumerables y terribles pelucas de mi madre”.
A pesar de ser la burla constante de su madre y sus hermanas, Amadeus jamás desarrolló una misoginia exagerada contra el sexo opuesto. Es más, se creía un hombre ciertamente atractivo para las adolescentes más coquetas de Chewaka City, obteniendo alguna que otra cita romántica exitosa a escondidas de los padres de las chicas y de los suyos propios por seguridad personal, conocedor del incidente sufrido años atrás por el sheriff Reeves, quien a duras penas cumplía su obligación apoyado sobre dos muletas.
Con la cabeza pensando en naderías, no fue de extrañar su temprano abandono de los estudios a la edad de los quince años. Fue cuando su padre, Mathias, le obligó a buscarse un trabajo que contribuyera al sostén de la economía familiar.
Tras unos cuantos fracasos en ocupaciones como el de frutero, jardinero y limpiacristales, encontró su profesión ideal, el de cartero rural para el condado de Kootenai, donde estaba emplazado Chewaka City. Tendría que recorrer los pueblos y ciudades, montado en un caballo alazán, llamado “Teethless” por su carencia de dentado fruto de una broma pesada de unos críos que le metieron un petardo entre la alfalfa de una de sus comidas hacía cosa de unos años, cuando en principio iba para caballo de carreras.
Amadeus se convirtió en pocas semanas en un cartero de lo más eficiente, y en meses demostró el lema bajo el cual ni el clima más extremo ni las condiciones meteorológicas más adversas le impedirían hacer la entrega del correo.
Su empeño era de lo más notable, si se obviaba las muchas veces que se equivocaba con las direcciones del remite exacto. Con el tiempo, las quejas de los vecinos se fueron acumulando en la mesa de su jefe, Sampson Breeds. En más de una ocasión este había pensado que lo más correcto era aconsejarle un cambio de perspectiva en su carrera profesional, pero el señor Sampson era de los que creía que un árbol torcido podía enderezarse con la fuerza de un tornado. Con lo que no contaba, era con el posterior carácter bromista del muchacho.
Sin ningún motivo aparente, Amadeus Stormhill empezó a gestar gracias con la entrega del correo en los buzones de la comunidad. Le dio por introducir ratones muertos con la correspondencia, amontonar barro fresco dentro de los buzones, amén de depositar cardos borriqueros y boñigas de vaca resecados previamente al sol del mediodía.
Con las lógicas reclamaciones, el futuro de Amadeus como repartidor del correo llevaba el camino del despido fulminante, y así se lo notificó el señor Sampson un doce de junio del año 1901.
Amadeus se llevó un fuerte disgusto. No quiso decírselo a ningún miembro de la familia, mucho menos a su progenitor, porque sabía que recibiría una buena paliza con el látigo de azuzar a los bueyes.
Hizo como si fuera a repartir el correo. Se despedía de sus maquiavélicas hermanas con un hasta luego. Cuando enfilaba el camino que llevaba al pueblo de Chewaka City, empezó a maquinar su terrible venganza contra la empresa de Correos del Condado de Kootenai.
Como uno de los primeros precursores de los asesinos de compañeros de trabajo bajo la motivación de la represalia por un despido supuestamente injustificado, Amadeus Stormhill ocasionó la muerte de cuatro carteros rurales en menos de una semana.
La coincidencia quiso que un circo ambulante estuviera presente en esos días en Chewaka City. Amadeus estuvo presente en una de las exhibiciones y quedó prendado por las propiedades venenosas de ciertos ejemplares que se mostraron al público. Una noche, se baraja el 15 de junio de 1901, Amadeus invadió las propiedades de los residentes del circo haciéndose  con reptiles e insectos nocivos para la salud por las características del veneno que podían inyectar en caso de ser incitados a la defensa ante un supuesto atacante.
Así fue como falleció Jesper Todd, cartero veterano de 77 años, firme defensor de morir trabajando hasta el final de los días. El 16 de junio abrió la tapa del buzón de la familia Creek, y al depositar dos sobres conteniendo facturas, una serpiente exótica se le enrolló alrededor del brazo derecho y le mordió en la punta de la nariz, falleciendo de una parada cardiorespiratoria por los efectos letales del veneno del ofidio.
Al día siguiente, se sucedieron las muertes de dos carteros más. Uno fue Byron Lemar, de 43 años. Odiaba su profesión, y más a los perros sin atar que trataban de morderle mientras se defendía con un revólver. Sobre las once de la mañana iba a entregar un pequeño paquete a la familia Macturrah. Con confianza, abrió el buzón. Pillado de improviso, tres enormes tarántulas brincaron desde el interior del buzón hasta su rostro, precipitándole hacia una muerte lenta y dolorosa.
Al mismo tiempo, Robert Terry, de 31 años, estaba acercándose a la casa de los Twister. Su propósito era depositar tres cartas para así tomarse un descanso en la cafetería de Peter Cuffin. Lo que menos esperaba era recibir el ataque funesto de una víbora emergiendo del interior del buzón. Con el veneno corroyendo su ilusión por seguir viviendo, acompañado de Edgar Twister, testigo que pudo presenciar los últimos estertores del cartero, profirió unas últimas palabras que simplificaban su devoción hacia el trabajo que ejercía: “Díganle al miserable de mi jefe que se pudra en el infierno… Morir de esta manera por unos miserables dólares que nos paga al mes es de lo más puñetero…”
El último cartero rural del condado de Kootenai fue Alfred Pimenti, de 49 años. Sucedió al día siguiente de las dos muertes anteriores. El 18 de junio, dicho probo y eficiente repartidor de correo se aproximaba a la residencia del maestro del pueblo, cuando tres dardos untados con una mezcla de venenos de los ofidios y las tarántulas le alcanzaron en la parte donde la espalda pierde su nombre. Su muerte fue instantánea. Y también fue inmediata la detención de Amadeus Stormhill, pillado in fraganti por los monaguillos de la iglesia del Cristo Redentor de todos los Mártires. En cuanto fue señalado por ellos como el autor material del asesinato de Alfred Pimenti, la muchedumbre lo acorraló cerca de un olmo. Amadeus trepó hasta la copa, y no se bajó de ahí hasta que llegó el sheriff Reeves con sus tres ayudantes, quienes hubieron de disparar varias ráfagas al aire para dispersar a la multitud, evitando su linchamiento público.
Encarcelado en la comisaría de Chewaka City, Amadeus Stormhill fue trasladado a la prisión más segura de Idaho County, donde en apenas una semana, fue juzgado siendo considerado autor material de la muerte de los cuatro carteros rurales.
Fue condenado a la muerte por fusilamiento.
El 12 de julio de 1901, a la edad de veinte años, Amadeus Stormhill culminó su existencia entre los vivos bajo los disparos de las balas de los rifles ejecutados por un pelotón de cinco voluntarios.
Cada uno de ellos recibió una recompensa de medio dólar de plata.


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Justicia para Emilia

Dejo el siguiente relato para la propia reflexión de mis lectores…

Diez años pueden ser un largo intervalo en el período vital del ser humano. Tanto en un sentido u otro. Una persona encerrada puede considerarlo eterno, con una sexta o séptima parte de su vida postergada al olvido detrás de unos barrotes en la estrechez de su celda.
A la víctima, o familiares de ésta, se le puede antojar el tiempo del condenado como relativamente corto con respecto al daño por este infligido, a su vez prolongando de manera infinita el sufrimiento y el dolor del duelo.
Llegada la fecha y la hora del final de la pena, con la puesta en libertad del sujeto, surge la impotencia y la controversia. Resurge la rabia contenida. Las lágrimas. El odio hacia la justicia. Se considera que cualquiera puede cometer una tropelía, y por muy bárbara que esta resulte, jamás el castigo será proporcionado con el daño ocasionado.
En este país no hay pena capital.
Y no existe la cadena perpetua como tal debiera entenderse.
Entonces…

Se llamaba Eduardo Fierro Santos. Tenía cuarenta años recién cumplidos. Acababa de cumplir condena por homicidio en primer grado. Lo había planificado con semanas de antelación para abordar a la víctima, acechándola hasta conseguir atacarla con fines deshonestos. Al ver su resistencia, la estranguló con sus propias manos hasta acabar con su vida. A las cinco horas el cadáver fue descubierto. Y a la semana, las pruebas de ADN condujeron hasta la pista del asesino. Constaba de antecedentes penales por un intento de agresión sexual cuando estudiaba en la universidad de la ciudad en sus años mozos. Confesó y fue condenado a quince años, con reducción por buena conducta y la realización de actividades en la prisión. Ahora empezaba una nueva vida. Se le consideraba una persona relativamente controlada. No poseía impulsos obsesivos que implicaran una tercera recaída. Simplemente la primera vez, cuando era universitario, en una noche de juerga, intentó propasarse. En la segunda ocasión estaba deseando intimar afectivamente con la víctima. Al no conseguir su atención, decidió ir más allá. Ahora estaba arrepentido de su arrebato. Constantemente había afirmado que se sentía debilitado por los remordimientos. Y sus dedos, cuánto hubiera dado por retroceder en el tiempo y aflojar la presión de los mismos alrededor de la garganta de la muchacha…

Eran las once de la mañana. El sol estaba remontando el horizonte. Hacía una temperatura agradable. Eduardo abandonó la prisión con su mochila, donde llevaba sus pocas pertenencias. Llevaba algo de dinero, la dirección de un albergue donde podría residir los próximos quince días mientras encontrara un sitio donde alojarse y el teléfono de una empresa de reparto de publicidad donde empezaría a trabajar con una nómina de quinientos euros mensuales.
Apenas llevaba recorridos cien metros desde la cárcel, cuando vio un grupo de personas reunidas. Portaban una pancarta donde ponía “Justicia para Emilia”.
Enseguida reconoció los rostros circunspectos por la indignación y el resentimiento. Había unos cuantos policías nacionales controlando el grupo.
Curiosamente, nadie ofrecía cobertura al propio Eduardo. Era indudable que aquella tensión duraría el instante en que Eduardo tomara el taxi y se marchara de la zona. La parada estaba al otro lado de la calle.
Estaba incómodo por los gritos y las imprecaciones vertidas sobre su persona, así que aceleró el paso, pasando por el cruce de peatones. Justo en ese instante vio llegar un taxi. Parecía acercarse a la parada.
Eduardo apreció que llevaba una velocidad excesiva. El taxi enfiló su figura y sin darle tiempo a retirarse de la trayectoria, lo atropelló, lanzándolo dos metros sobre el asfalto.
Eduardo sintió un dolor intenso

… en la misma medida que el dolor de los familiares de Emilia en el momento de saber su trágico desenlace final…

Trató de incorporarse con el apoyo sobre las palmas de las manos.
A treinta metros se aproximaban corriendo los miembros de la dotación de la policía.
Pero el vehículo llevaba todas las de ganar, y dirigiéndose nuevamente hacia el cuerpo tendido de Eduardo, hizo pasar las cuatro ruedas sobre el mismo, reventándolo.
Su muerte representó unos segundos de satisfacción entre los familiares de Emilia.
Y también en la persona del chófer del taxi, quien al ser detenido, fue identificado como el padre de la infausta chica, asesinada hace más de diez años atrás por el propio Eduardo Fierro Santos.

FREAK (un fenómeno de circo) Escena segunda

Escena segunda de tan magna representación teatral. Subamos el telón y continuemos con las desventuras de nuestro entrañable protagonista. Vivamos sus peripecias en el circo más demoníaco que pueda existir en el mundo del espectáculo. Es tiempo de pasarlo mal, mis estimados lectores. Y por favor, eviten atragantarse con los cacahuetes salados. El presupuesto no nos llega para disponer de un equipo mínimamente necesario de primeros auxilios, JA JA JA.
Y ahora… silencio.

FREAK
(un fenómeno de circo)

Escena segunda

No tengo más el don de la palabra. Tan solo puedo soltar gruñidos abyectos por la falta de mi lengua. Mi rostro es una pura máscara de horror chinesca. Sin orejas. Sin nariz. Con la cabeza afeitada. Al principio me maquillaban como si fuera un payaso esquizofrénico surgido de una pesadilla de gin tonic con barbitúricos. Con el tiempo ya me fui acostumbrando a hacérmelo yo solito delante del espejo de mi camerino. Mi camerino estaba dentro mismo de mi prisión rodante. Y mi espejo era un pequeño trozo roto perteneciente a uno mayor que seguro que le habría traído no siete, sino un millón de años de mala suerte al dueño del mismo. Ojala que ese dueño fuese Basilio. Así se llama el gran maestro de ceremonias de la TROPA CELESTE. Y así se hace llamar su circo majestuoso y las atracciones que lleva a cuestas por buena parte de Europa y del continente americano. Las atracciones eran insufriblemente infantiles. ¿Para qué iban a resultar interesantes para los adultos, si la verdadera atracción era el propio circo? Un circo maquiavélico, donde los protagonistas eran seres deformes y caricaturescos saltando de trapecio en trapecio, fustigando a leones famélicos y carentes de toda cola, lanzando cuchillos afilados a la bella Marta, lo único agradable de ver en toda la “trouppe”, y rematando faena, el número de los payasos poseídos por Satanás persiguiendo sin parar al Monstruo de la Cabeza Lisa con el fin de masacrarle a porrazos con auténticos bates de béisbol.
Por cierto, yo soy el Monstruo de la Cabeza Lisa.
Basilio no me conoce bien. Cuando me atacó con el táser en mi ciudad natal con el objeto de convertirme en lo que ahora soy y en servirse de mis atractivos cara a la galería, jamás pudo sospechar que nos habíamos unido dos seres de lo más despreciables. Yo era por aquel entonces un asesino en serie sádico y cruel. Me encantaba mantener a mis víctimas inmovilizadas en una silla en el sótano de mi casa por horas interminables, inflingiéndoles todo tipo de torturas con objetos afilados, hasta que llegado el momento me aburría y decidía acelerar el proceso. Luego quedaba echar mano de la pala. De hecho en apenas un año disponía de un bonito cementerio bajo el suelo del sótano. Allí reposan los restos de una tal Anna. La osamenta de un tío cretino que vino a venderme un seguro del hogar a todo riesgo. La bicicleta de la repartidora de prensa matutina del barrio con su dueña, evidentemente. En fin. Eso era yo. Un despiadado, frío y calculador asesino. Hasta que a un estúpido dueño de una compañía ambulante albanesa se le ocurrió la brillante idea de secuestrarme para formar parte de su insufrible elenco de fenómenos de circo. Y sin contar con mi asentimiento. Y como me había dejado mudo, indocumentado y alejado de mi entorno familiar, si es que acaso yo lo tuviera, porque mis padres me detestaban y vivían al otro extremo del país, el bueno de don Basilio se había pensado que con el paso del tiempo ya no iba a tenérsela jurada, y que iba a terminar por adaptarme a su peculiar tropa de aberraciones andantes y parlantes. Craso error.
Llevaba un año colaborando de manera desinteresada en el dichoso numerito de los payasos satánicos, y poco a poco el maestro de ceremonias fue bajando de manera peligrosa la guardia. Se ve que tenía alguna clase de remordimiento respecto a lo que me había hecho, y como veía que El Monstruo de la Cabeza Lisa estaba ejecutando su labor diaria con todas las ganas del mundo que podía hacerlo una persona raptada y mutilada a las órdenes de su brutal captor, decidió que era hora que yo dejara de vivir y de trasladarme en el interior de la prisión andante. Me encontró acomodo en la caravana de un tipejo que tenía aspecto de reptil y que ejercía el número del hombre bala. Jamás quise interesarme si el tal Basilio le había rebautizado bajo una lluvia de ácido para conferirle a la piel ese aspecto tan granulado, así que estuvimos conviviendo ambos en buena paz y armonía, porque del mismo modo a él le importaba un pepino el modo en que yo me había quedado sin habla, sin nariz y sin orejas.
Con el paso del tiempo, me fui convirtiendo en uno más de la compañía y podía ya merodear a mis anchas por toda la zona de acampada. Y para mi sorpresa, una mañana don Basilio me concedió permiso para ir de excursión a la ciudad donde nos correspondía por esas fechas de la gira de verano.
Mi mejor amiga era la encantadora y majestuosa Marta. La muchachita que se afanaba en todas las funciones del circo a eludir los lanzamientos de cuchillos por parte de Sanabrio, el Duende de la Doble Chepa. Mediante mi escritura sobre un programa de fiestas de la localidad pude invitarle a que fuera mi adorable acompañante. Y Marta, cuyo corazón es de oro, aceptó de muy buen grado.
Más tarde, cuando volvimos ya de la excursión, me dirigí acompañado de mi colega de cuarto, el hombre con aspecto de reptil, hacia la caravana que hacía de oficinas del dueño albanés. Don Basilio abrió la puerta con desgana. Raramente aceptaba visitas de sus empleados en su despacho.
– Vaya. Don Feo y don Escamoso. ¿Qué se os ofrece por aquí? – nos trató de inicio con desdén.
Evidentemente yo no podía articular ni media palabra. Pero eso no importaba. Reptil estaba bien aleccionado sobre lo que tenía que decirle al puerco seboso de don Basilio.
– Cierre el pico, y quédese sentado en su silla – le ordenó Reptil.
– ¿Cómo? – Basilio hizo la intención de incorporarse, pero mi compañero le convenció de lo contrario con la exhibición de un machete.
– Está bien, muchacho. No te exaltes. Tengamos la fiesta en paz. Si queréis algo de dinero suelto para tomaros una coca cola, id a la taquilla y que os de Adela unos cambios. Decidle que vais de mi parte.- continuó diciendo para tratar de convencernos de no cometer una tontería.
El maestro de ceremonias esbozó una sonrisa nerviosa. No se esperaba que me fuera a acercar yo con una preciosa cuerda de nylon. Para cuando quiso resistirse, ya estaba con el lazo colocado entre su barriga y el respaldo del sillón. Lo demás fue dar vueltas a su alrededor hasta inmovilizarle por completo.
Su rostro se tornó iracundo. Estaba claro que esa situación no le agradaba lo más mínimo.
– ¿Qué hacéis, pareja de desgraciados? ¡Soltadme os digo! ¿O es que acaso queréis que os arregle un poco más vuestra fachada de actor de Hollywood?
Pataleó sentado y tironeó de la cuerda, pero los nudos que le había aplicado eran de los más eficaces contra todo tipo de escapismo. Hasta Houdini las hubiera pasado canutas con mi técnica de creación de nudos marineros.
Le puse un buen trapo en la boca, y así estuvo bien calladito. Con un gesto le indiqué a Reptil que se ocupara de vigilarlo mientras yo me dirigía al ordenador de sobremesa. Estaba encendido. Busqué la página Web del banco donde don Basilio tenía depositado todos sus bienes financieros. Esta información bendita se la debía a Marta, que por algo pasó alguna que otra velada lujuriosa con nuestro amigo el mantecas. Estaba todo introducido, menos la contraseña particular. Miré al empresario albanés. Reptil adivinó mis intenciones y se encargó de quitarle la mordaza.
– ¡Cabrones! En cuanto me suelte os voy a despellejar vivo en una tinaja de aceite hirviendo – bramó, con el rostro rojo de furia.
Reptil se encargó de tranquilizarle con el apoyo del filo del machete bajo su triple papada.
– Dinos la contraseña de acceso a tu cuenta – siseó Reptil.
– Me cago en tu madre…
– Será la última vez que te lo pida – le amenazó Reptil, apretando el filo contra los pliegues de grasa de su garganta.
El maestro de ceremonias de TROPA CELESTE nos confío la contraseña en un susurro desesperado. Me encargué de teclearlo en el campo de la pequeña ventana de acceso a su cuenta.
Una vez conseguido esto, todo lo demás fue coser y cantar.

Abandonamos la caravana un cuarto de hora después. Estuve divirtiéndome todo ese rato con la proliferación de grasa del empresario. Con un simple punzón de zapatero se consiguen un montón de perforaciones en un cuerpo humano antes de condenarlo a la muerte más sádica posible. Seguía llevándolo en mis genes. Llevaba casi año y medio sin haber asesinado a nadie. Fue una especie de liberación mental. Un anhelo recuperado de nuevo.
Los dos dejamos el complejo circense para dirigirnos a la ciudad. Quedamos citados con Marta en un local de comida rápida. Mi amigo Reptil estaba muy desconfiado. Pensaba que la chica nos la iba a jugar en el último momento. Le aseguré por gestos que ella era la persona en la que más creía de toda mi vida. Llegó con media hora de retraso. Acarreaba consigo un maletín de piel. Estaba muy sonriente. Dios. La chica te podía derretir con su simple sonrisa. Y sentándose, nos enseñó el contenido del maletín. Dentro del mismo había un montón de fajos de billetes de cincuenta euros. Una cantidad total de cien mil euros. La recaudación de la semana que llevábamos en la ciudad. Lloré emocionado.
Esa mañana que fui acompañado de Marta a la ciudad, fuimos a un banco y abrimos una cuenta a nombre de ella. Y a esa cuenta fue donde yo transferí buena parte de los ahorros del dueño del circo y del resto de atracciones de la feria.
Los tres juntos nos fundimos en un único y noble abrazo.
El camarero nos miraba de refilón.
Su expresión lo decía todo.
Cómo diablos podía tamaña belleza estar relacionada con dos fenómenos de circo como el Reptil y yo.
Ay amigo, eso mejor te lo explicaría yo con pelos y señales en un oscuro sótano acompañado de cuerdas y cuchillas de afeitar…