No liberes mi alma (vida perdida)

Gotas persistentes y funestas en una noche lóbrega y oscura. Sería un genial comienzo para una novela barata de pesadilla de pulp fiction. Pero para Bernie Lavarez aquello era relativo: le importaba un comino la repercusión mediática del inicio. Lo que le afectaba era que aquel comienzo narrativo implicaba actualmente a su vida. Parte de su destino discurría por aquella carretera rural casi sin asfaltar. Flanqueado por arboledas interminables y de copas altas y tupidas, cubriendo la distancia hasta su nuevo punto de destino en su todoterreno Jumper. Las luces de niebla hacían renacer la VIDA delante del morro de su vehículo.
Bernie tenía sintonizada en la radio una emisora local que no hacía más que emitir música de los cincuenta. Antiguallas como la vida misma de esa región miserable y deprimida, donde la mera presencia de un forastero era considerada aún un peligro proveniente de otro mundo lejano. La Guerra de los Mundos. H.G. Wells, narrado bajo la voz persuasiva y convincente de Orson Wells. Demonio de sitio para ir a vender seguros de vida, de vivienda y de tierras a los lugareños.
La vida se le iba de las manos. Le dominaba la rutina. La falta de miras mayores. Sólo su estúpida labia le libraba de tener que mendigar al ejército de salvación. Las millas pasaban bajo el chasis. Dios, aún le quedaban casi treinta más hasta Grand Pipeline. Menudo nombrecito para un poblacho de paletos dientes largos. Comedores de maíz a todas horas. Con sus cabellos rubios pajizos y su hablar desganado y por momentos ininteligible. Coño, su jefe le decía que nunca vendería gran cosa si se dejaba dominar por prejuicios. Pero jefe, con mi labia puedo venderle un seguro hasta a Satanás. El anticristo, joder… Para cuando aquellos pueblerinos estuviesen algo más espabilados, y supiesen qué diantres habían suscrito, la tierra ya ni existiría. Seguro que habría sido ya devastada por el meteorito de las narices que venían anunciando los del National Geographic. Y para entonces, él ya estaría…
… estaría en babia como ahora, dejándose sorprender por algo emergiendo del lado derecho de la carretera, algo que se dejó arrastrar bajo el parachoques del descomunal Jumper, de su chasis y del eje trasero hasta quedar paralizado e inerte detrás de ella. Bernie maldijo su suerte, echando espumarajos por la boca. Puta criatura de las narices. Por el tamaño del impacto y del rebote de las suspensiones aquello debía de tratarse de un coyote o algo similar que anduviese a cuatro patas. Frenó en seco dejando el Jumper paralizado en medio de la carretera, ligeramente escorado hacia el margen derecho. Las escobillas despejaban el parabrisas del intenso aguacero que estaba cayendo en ese instante. Bernie aporreó el volante fuera de sí. Tendría que salir a evaluar los daños y comprobar qué clase de bicho le había jodido la noche. Abrió la guantera para recoger la linterna halógena, echó para atrás el respaldo del asiento del acompañante para recoger el impermeable amarillo fosforescente y una vez puesto, salió del Jumper. Se dirigió hacia la parte delantera e iluminó con el haz de la linterna el parachoques. JODER. JODER. Puto coyote o mierda de animalejo que seas. Ahí te pudras de por vida… Tenía el lado derecho abollado por el impacto y parte del parachoques levantado. Ese era su sino. Su puta VIDA. Siempre llena de imprevistos y de consecuencias similares. Desde luego que al nacer, no fue bendecido convenientemente. El cura estaría saturado de alcohol de 36 grados o con una fiebre palúdica. Desvió la luz de su linterna y se encaminó hacia el cuerpo del animal… Estaba a diez metros escasos… Y desde los cinco metros pudo percatarse ya de que ese puto animal no era ningún puto animal. Era una persona. O mejor dicho, el cuerpo hecho guiñapos de una persona. Dios, el peso del Jumper lo había reventado por completo. Y aquello que segundos antes albergase Vida, tratábase de una muchacha joven y desnutrida. Bernie transformó su arrebato de ira en un descontrolado nerviosismo, propio de alguien que acababa de llevarse por delante a un transeúnte. Iluminó levemente los retazos de la figura femenina caída, y sin más se puso extremadamente enfermo. Sintió una arcada emocional que emergía de su estómago y le subía por el esófago hacia la boca. Iba a echarse a un lado para vomitar su exceso de ansiedad, cuando vio otra figura ubicada cerca del Jumper.
Nooo… Nooo…
Era un hombre alto, vestido de negro: pantalones de agua, chubasquero y sombrero de ala ancha. Tenía una edad indeterminada.
-Yo… Lo siento… Siento mucho lo que ha pasado… La chica ha salido corriendo desde la floresta a la carretera y no me ha dado tiempo de frenar con la debida antelación… Ya lo siento…- balbuceó Bernie, avanzando paso a paso hacia aquel hombre.
Sería su padre lo más probable. Díos, y pensar que él era un agente de seguros de vida.
El hombre permanecía entre las sombras. Quieto. Erguido. Con la mirada clavada en Bernie.
-Ya sé que no es el momento más propicio para comentarlo, pero tengo un seguro a todo riesgo… Dentro de lo que cabe, esperamos poder resarcirle la pérdida de su familiar.
El hombre le miró con mucha calma. Eso le extrañó mucho a Bernie. No era nada normal comportarse así si alguien te acababa de matar a tu hija…
-Vida por vida – dijo al fin aquel hombre.
Bernie se acercó un poco más. ¿Qué diablos había murmurado?
-Esto… ¿Le importar repetir lo que ha dicho? Entre la fuerza de la lluvia y que me ha cogido de improviso, no le he entendido bien.
Bernie se situó casi de frente. Desvió el haz de la linterna hacia el suelo en perpendicular para no cegarlo.
Aquel hombre estaba más pálido que la muerta. Y su cabeza… Su cabeza giraba y giraba compulsivamente como si tuviera un ataque epiléptico. Una cabeza con mil facciones, mutando como la plastilina bajo el manejo de mil dedos.
-Vida por vida…
“Bernie Lavarez te llamas… Ella se llamaba Amanda Itts… Tenía 19 años… Un cuerpo y una edad perfecta para albergarme. Su morada era mi morada. Su ser era mi esencia. Su vida era la mía. Y ahora que acabas de echarme de mi casa, te reclamo a ti, Bernie Lavarez, como lugar de reposo…
Bernie estaba paralizado. Los ojos negros del hombre eran dos enormes carbones encajados en las cuencas. Y su mente… Aquello le estaba usurpando la mente.
-Soy Malaquías. Y traigo conmigo a otros siete caídos. Todos juntos viviremos dentro de ti. Formando parte de tu propia vida.
“Pues Cristo nos odia, y nosotros aborrecemos a las criaturas de Cristo. Y la manera de encorajinar a Cristo, es tomar posesión de los cuerpos que Cristo ama. Y corromperlos hasta el fin de sus vidas. Vidas como la de Amanda. Vidas como la tuya propia.
“Y te enloqueceremos. Y te haremos enfermar. Y te haremos de escuchar nuestras propias voces. Y te dominaremos a nuestro antojo. Y lo bueno, es que ni tú, ni Cristo puede impedirlo. Pues si de un cuerpo se nos echa, a otro nos trasladamos.

El cuerpo de la muchacha… Quedó abandonado en la carretera… Bernie Lavarez pensaba en ello de vez en cuando conforme conducía bajo la cacofonía de la lluvia. Cuando lo hacía, las voces le dominaban. Le hacían de seguir conduciendo.
Que no pensara más en Amanda.
Que siguiera adelante…
Que continuara con su propia VIDA.
“Tu vida es nuestra. Eres un campo fértil, y todo lo que coseches a partir de ahora, nos pertenece…”
“No pienses en morir… Pues ya estás muerto… En cuerpo, espíritu y alma.”

Bernie continuó conduciendo bajo la lluvia. Ajeno a este mundo. Perdido en las tinieblas…

Espíritus inmundos (1ª trama)

Kevin Stacey era feliz. Tenía una esposa estupenda y dos hijos maravillosos. Eran la típica familia de clase media americana. Vivían en una barriada donde había de todo, gente obrera, marginada y familias que casi siempre pasaban apuros a finales de mes, que ya era toda una hazaña tal como estaba el país, con el paro en lo alto de la cumbre gracias a los dos mandatos del peor presidente de toda la historia. Kevin y su familia estaban entre los que pasaban apuros para llegar a final de mes, pero aún así su satisfacción era plena. Vivían en un piso de la quinta planta de un edificio de alquiler que pertenecía a un supervisor de origen alemán que tenía en propiedad otras tres edificaciones más a lo largo del barrio. El alquiler era asumible por los dos sueldos que entraban en el hogar. Kevin era vigilante armado de un banco, y su mujer Kelly trabajaba a tiempo parcial de cajera en un supermercado local. Los niños estudiaban en una escuela pública, y de vez en cuando contrataban los servicios de una canguro para pasar los dos un rato junto a solas en el cine o en un restaurante que fuera asumible para su economía de gastos mensuales. Y una vez al año, pues Kevin no podía permitirse unas vacaciones normales, disfrutaban de una semana de asueto en visitas a parques nacionales o de acampada en tienda de campaña con los vecinos del segundo, un matrimonio sin hijos y con el cual guardaban una gran amistad.
Así era Kevin. Así era su familia.
Un año, en plenas navidades, con la ciudad cubierta de nieve, Kevin regresaba del largo turno diurno a casa. Habían sido doce horas, de ocho a ocho de la tarde. Estaba cansado, con ganas de pillar una buena ducha, vestirse algo cómodo, cenar con los suyos, tumbarse sobre el sofá y ver algo en la televisión antes de irse a la cama, que mañana tendría que volver a la custodia del banco. Realmente, el espíritu de la navidad estaba arraigado en la familia, aunque Kevin y Kelly no fuesen especialmente ni muy devotos ni practicantes de la religión católica a la que por tradición pertenecían. La asumían con la alegría de ver lo bien que se lo pasaban Ted y Nataly, quienes a sus cinco y ocho años respectivos, vivían la llegada de santa Claus con la típica ilusión que se tenía a esas edades. Esa tarde en que volvía a casa hacía bastante frío, sobre los dos bajo cero, pero lo llamativo para Kevin fue la sensación de que hacía mucho más dentro de su propio piso. Al abrir la puerta notó un cambio drástico de temperatura y conforme avanzaba por el recibidor, el frío era más acusado. Tocó el radiador más cercano para ver si acaso había vuelto a fallar el sistema de calefacción central del edificio, pero este estaba funcionando correctamente, notando la calidez bajo la palma de la mano. Era extraño. Aventuró que a lo mejor Kelly había abierto las ventanas para airear algo el piso antes de que él llegara, pero no encontró ninguna de las hojas de las ventanas subidas. Y lo más llamativo. No encontró a nadie de su familia.
Registró todo el piso. Las dependencias estaban en un estado de normalidad, y la mesa del comedor estaba preparada para empezar la cena. Entró en la cocina y vio la comida sobre el mostrador recién hecha y dispuesta para llevarla a la mesa. Pero Kelly
– Kelly – la llamó
ni Ted
– Teddy
ni Nataly
– Nataly
Ninguno de los tres salió a la llamada de sus nombres, pues todos estaban ausentes.
Kevin se empezó a poner nervioso. Su trabajo consistía en mantener en lo posible la compostura bajo presiones extremas al mantener la seguridad en el banco donde trabajaba. A veces cuando llegaba la crisis como él la llamaba, había que respirar de manera profunda y contar hasta cien antes de perder los nervios y liarse a tiros con el atracador que amenazaba a la cajera con una navaja automática. Claro que en este caso no se trataba del jodido dinero del banco, o de la vida de una extraña que simplemente se limitaba a saludarle y despedirse de él cuando entraba y salía de su turno de trabajo en el banco. Se trataba de su mujer y de sus dos hijos.
Era su propia sangre la que estaba en juego.
Tenía que averiguar lo antes posible qué demonios les había pasado. No encontró signos de resistencia. Todo estaba en orden. No faltaba nada. No había sangre por ningún lado. Se dejó caer de rodillas desesperado y juntó ambas manos. Quiso rezar una plegaria.
– dios mío, por favor no me hagas esto…
Estuvo sesenta segundos sin reaccionar, hasta que decidió que lo mejor era ya llamar a la policía. Fue hacia la mesita del corredor principal donde estaba ubicado el teléfono inalámbrico insertado en su cargador. Antes de llegar vio como la mesa se tambaleó un poco y el teléfono salió volando de su cargador para impactar sobre su cabeza contra la pared hasta quedar del todo inservible para su uso. Kevin miró en derredor suya. No vio nada. Estaba solo, pero algo había cogido el teléfono y se lo había lanzado a la cabeza. Entonces escuchó una serie de sonidos procedente de la cocina. Fue corriendo. Al quedarse en el quicio pudo ver que toda la comida con la vajilla y la cubertería estaban tiradas y diseminadas sobre el suelo. La luz del techo chispeó un par de veces y se apagó. La sensación de frío era ya terrible. El aliento cobraba formas arbitrarias conforme respiraba cada vez más aceleradamente. Salió de nuevo al pasillo principal y desde la entrada al salón vio avanzar una figura oscura. Estaba situada a gatas y parecía una sombra en un antinatural relieve. Se le fue acercando gateando a trancas y barrancas. Un gruñido hosco surgía de su garganta.
Kevin – le siseó la criatura.
Kevin lo veía llegar con el espanto de quien ve un hecho de difícil explicación. Eso no podía estar sucediendo. No en su propia casa.
La sombra se le acercó por completo y alzó su rostro.
Kevin sintió una fuerte convulsión antes de perder el conocimiento y caer al suelo.

– Papá…
– ¡Kevin! ¿Estás bien, cariño?
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Estaba rodeado por su familia. El piso estaba nuevamente como debería haber estado desde que entró hacía media hora por su puerta de entrada.
Se puso en pie con la ayuda de Kelly.
– Papá, papá, te has caído y te has hecho daño- se interesó Nataly.
Kevin no dijo ni palabra.
Pasado el susto, se fueron a cenar. Fue una cena muy atípica, donde Kevin no quiso ni hablar media palabra con su familia. Kelly estaba preocupada. Su marido estaba teniendo un comportamiento extraño. Los niños estaban tristes porque su propio padre no les hacía caso, y su madre prefirió llevarlos al cuarto de juegos para que no siguieran viendo el semblante serio y taciturno de Kevin.
Cuando Kelly regresó del cuarto vio como Kevin se disponía a salir de casa.
– ¿Qué haces? ¿Se puede saber qué te ocurre?
Kevin ni se molestó en mirarla. Abrió la puerta y salió. Kelly se situó en el quicio y lo vio dirigirse hacia el ascensor. Estaba indignada.
– ¿A dónde crees que te vas? Contesta. Has fastidiado el día de los niños y piensa que te puedes ir así de rositas, sin dar ni siquiera una sola explicación.
Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Kevin avanzó dos pasos hacia su interior. Cuando las puertas volvieron a cerrarse y el ascensor inició su descenso, Kelly cerró la puerta del piso de un fuerte portazo.

*****

El callejón no tenía salida por el fondo. Estaba situado detrás de un restaurante ruso de poca monta y estaba decorado con los contenedores de la basura y algún que otro mueble viejo y abandonado. La nieve lo recubría todo. Solía estar frecuentado por gente sin techo que se refugiaba entre cartones para dormir a la fresca, pero en esos días invernales tan inclementes preferían el subsuelo del metro. Entre dos de los contenedores de basura estaba Kevin. Agazapado, sentado casi sobre sus talones, con los brazos cruzados sobre el pecho. Estaba tiritando. Lo notaba. Pero no podía ejercer dominio sobre su cuerpo. Estaba controlado por otra entidad. La entidad estaba refugiada en su mente. Y le estaba enloqueciendo con sus blasfemias. Y sus risas malignas. Le hablaba por dentro en lenguas extrañas que Kevin no entendía. Y le hacía de adoptar las posturas que él quisiera. Si lo deseaba, le hacía de arañarse su propia cara. O de comerse los mocos. O de hacerse sus necesidades encima.
Kevin no entendía la razón de que aquella entidad hubiera reclamado su cuerpo. Ni comprendía cómo había surgido en el corazón puro de su hogar. Nunca habían tenido interés en temas ocultos, ni habían practicado algún tipo de juego peligroso como el de la ouija. Pero allí estaba. Dentro de su interior. Haciéndole ya la vida imposible. Deseando que morir fuese una solución a sus males. Pues su familia no merecía soportar su sufrimiento incurable.
Tras cinco horas atrapado en esa postura, lo que anidaba ahora en su interior le hizo de alzarse. Eran las tres de la madrugada. Enormes copos de algodón caían sobre sus cabellos y los hombros. Fue avanzando en un caminar desigual hacia la otra calle. No se veía a nadie. El frío era intenso. Tenía las manos congeladas. Los pies ya ni los sentía.
Las voces…
Continuó andando un buen trecho por las calles del barrio. En un momento determinado llamó la atención de un agente de policía que estaba resguardado dentro de su coche patrulla.
– ¡Oiga, señor! ¿Está usted bien?- se interesó el policía.
Al ver que no le hacía caso, puso en marcha el vehículo hasta situarse al lado de Kevin. Asomó la cabeza por la ventanilla y lo contempló tal cual era. Se asombró de que aquel hombre no estuviera al borde de la hipotermia. Su estado revestía una gran gravedad. Tenía el rostro surcado de múltiples arañazos y los nudillos de las manos agrietados y sangrantes al igual que las uñas rotas y melladas de restregarlas contra los ladrillos del callejón sin salida.
– Cristo. Se ha autolesionado usted mismo, ¿verdad? ¿Qué te has metido, hijo?
Kevin escuchaba la voz del policía.
Pero por encima de aquella voz sobresalían las voces que le atormentaban en las últimas horas.
Las voces que le habían destruido una vida idílica.
Las voces que le habían separado de su familia.
Esas puñeteras voces.
– ¡Callaos de una puta vez! – gritó Kevin en voz alta, llevándose las manos a los oídos.
Y entonces
– Relájate, chico. Levanta las manos. No hagas nada raro. Si te comportas, te llevaré a que te vea alguien para que te examine – le estaba diciendo el policía.
entonces la cosa que le dominaba le hizo de revolverse hacia el agente, buscándole el cuello con las manos semicongeladas.
– Qué haces…
haciéndole de apretar y apretar hasta que…
un tiro del arma del policía le dio de lleno en la cabeza y le hizo caer desplomado de espaldas sobre el colchón de nieve.
Kevin miraba hacia el firmamento.
Parecía que estaba formando ángeles en la nieve con los brazos extendidos
– Maldito hijo de puta. Qué coño te has metido, que casi me matas…
ahora descansaba libre de toda presencia enfermiza en su interior
estaba libre
estaba feliz
lo único que lamentaba era que ya nunca más iba a volver a ver a Kelly, Ted y Nataly…

Espíritus inmundos (2ª trama)

– Está dentro – se lo indicó con un gesto de la mano libre. La otra empuñaba una beretta con un silenciador acoplado a su cañón.
– Vale. Entramos a saco y nos lo cargamos – susurró su compañero.
Ambos llevaban protección ligera en los codos y chaleco antibalas kevlar. Uno de los dos se situó frente a la puerta de madera de entrada a la habitación número 23 del motel de carretera “Teodoro´s”. No tendrían testigos que les molestara. Eran pasadas las tres de la madrugada, el resto del motel estaba vacío tras la comprobación pertinente en el registro de la recepción y el dueño estaba criando malvas detrás del mostrador con dos balas en el pecho. Ni siquiera se presentaron ante él. Simplemente entraron por el vestíbulo y se lo cargaron. Lo mismo que iban a hacer ahora con ese desgraciado que le debía veinte de los grandes a su jefe.
Le pegó una patada a la puerta con la bota derecha. Estaba la madera tan envejecida que casi se partió en dos por los cuarterones centrales. El interior estaba a oscuras. Esa situación era previsible. Ambos se colocaron las gafas de visión nocturna y se pusieron a escudriñar desde el quicio. Las ventanas de la habitación estaban cerradas, las persianas bajadas y las cortinas echadas. En un extremo había una vieja televisión con el mando a distancia tirado sobre el suelo. La pantalla estaba encendida y emitía la señal de estática de un canal inexistente. La cama estaba en el lado contrario. Se veían las sábanas movidas por las prisas del que abandonaba su lecho al preveer una visita no deseada.
– Nos esperaba – se dijo el uno al otro en voz baja.
– Calla.
Entraron con precaución en la estancia. Uno cubriendo el lado contrario del otro. Eran dos profesionales. Sabían lo que se hacían. El más cercano a la televisión optó por apagarla. Quedaba por registrar el baño. La diminuta habitación no daba para más.
– Tiene que estar allí adentro.
– Si.
– Ya me adelanto yo. Tú cúbreme por si acaso. Puede que vaya armado.
– Estate tranquilo.
Uno de los dos se dirigió hacia la puerta del baño. Estaba encajada en el marco. El pomo se ofrecía como señuelo, pero pensaba abrirla del mismo modo que hicieron con la puerta de entrada al nº 23. Adoptó la postura de asalto cuando la luz de la habitación fue encendida sin previo aviso. Al llevar puesta la visión nocturna, se quedaron medio cegados.
– Coño… Qué…
– No pierdas la concentración…
– Cómo lo ha hecho… Joder, hay que quitarse la visión nocturna. No veo una mierda.
Cuando lo hizo pudo ver que la puerta del baño se abría hacia adentro y su compañero fue forzado a entrar en su interior por una fuerza desconocida.
– Dios… No… NOOO.
Desde el centro de la habitación percibió un crujido de huesos y el ruido característico de un cuerpo que se desplomaba sobre el suelo. Se puso nervioso. Aquello no estaba saliendo según lo planificado. Había una baja. Y aún estaba por cargarse al tipejo que adeudaba el dinero al jefazo.
Entonces la luz de la habitación se apagó de nuevo.
– Mierda.
Se colocó de manera precipitada la visión nocturna. La luz del baño fue encendida, expeliendo su haz sobre la cabecera de la cama desarreglada.
Se pasó la mano libre por la frente sudorosa.
Miraba fijamente al vano de la puerta desde donde surgía el chorro de luz.
– ¡Cabrón! Es tu fin. Pagarás por la deuda y por lo que acabas de hacerle a Gregori- bramó con ganas de descargarle el cargador entero a ese bastardo con mayúsculas.
Entonces le llegó la risa.
Una risa conocida.
Eran las carcajadas de su compañero.
Eso le hizo detenerse en su avance.
No podía ser posible.
Estaba claro que el cabrón acababa de liquidar a su colega.
Pero…
Las risas continuaron.
Cada vez más notorias.
Hasta rozar el escándalo.
Y sin previo aviso Gregori se asomó en el quicio con un semblante desquiciado y le apuntó con su arma directamente hacia el entrecejo.
– No
Apretó el gatillo y le acertó de lleno, haciéndole caer fulminado sobre la alfombra deshilachada colocada en el suelo. La beretta y las gafas quedaron desperdigadas a escasos centímetros de su cadáver.
Gregori se detuvo en su risotada. Dejó caer su arma a un lado. Y seguidamente se derrumbó igual de muerto que su compañero. Por algo tenía el cuello abierto por la garganta con la pechera del chaleco antibalas empapada de sangre.
La luz de la habitación cobró vida otra vez. Y del cuarto de baño surgió la persona a quien buscaban. Era un hombre de treinta años. Estatura media. Rostro anodino. Cabellos cortos rubios. Estaba vestido de calle. Se acercó a los dos cadáveres para contemplarlos de cerca. La garra de su brazo derecho recuperó la forma original de una mano humana. Esbozó una sonrisa diabólica. Estaba feliz con su cuerpo. Estaba en una forma muy saludable. Y ahora que se había librado de la amenaza que había acechado a su ocupante anterior, podría vivir tranquilo.
Se sentó en el borde de la cama. Respiró profundamente.
Esos dos matones.
Podría revivirlos si quisiera.
Convertirlos en parte de su defensa personal.
Desechó tal idea.
Era correr un riesgo innecesario.
Aparte de que su poder era absoluto.
Ningún ser humano podría echarle de ese cuerpo.
Bueno. Siempre y cuando no fuese un jodido exorcista de la iglesia católica de Roma.
Pero en fin. Procuraría no llamar demasiado la atención. Él era muy diferente a los lacayos de Lucifer, que se conformaban con invadir un cuerpo para su simple deleite basado en la tortura física y espiritual. En cambio al tratarse de un arcángel caído, la ocupación de un cuerpo humano representaba dominarlo para convivir entre los demás humanos. Era otra manera de ofender a Dios.
Recogió todo lo imprescindible, se deshizo a su manera de los restos de los dos cadáveres, tomó prestado su vehículo y emprendió camino hacia la otra costa de los Estados Unidos. Así evitaría posibles represalias de los secuaces del mafioso que había encargado la muerte del dueño original del cuerpo que ahora él poseía en su totalidad.
No lo hacía por precaución.
Simplemente era que no le apetecía ir aniquilando vidas ajenas con demasiada asiduidad.
Era un ser poderoso.
Y matar ratas era una labor de los seres inferiores.
Mientras conducía, su mente se puso a pensar en diversidad de lenguas vivas y muertas.
El motel fue quedando atrás.
En la lejanía.
Pasado un tiempo dejó de formar parte de los recuerdos de aquel cuerpo.
Pues su dueño actual daba preferencia a las reminiscencias arcanas de su mente milenaria.
Una mente que formó parte inicial del coro de ángeles de Dios Todopoderoso antes de sumirse en un estado de rebelión que lo condenó a la expulsión eterna del Paraíso.
Su venganza consistía en rebelarse contra el Juez Supremo que lo condenó a su caída en el averno.
Aquel cuerpo representaba el comienzo.
Uno nuevo.
Con un final distinto a lo escrito en los evangelios.
Así al menos Él lo esperaba.
Siguió conduciendo, ensimismado en sus pensamientos impuros.
Sentirse como un vulgar humano era una sensación excitante.
Pensaba prolongar esa sensación hasta el infinito.
Recreándose en todo aquello que fuese a sacar a Cristo de sus casillas…

Y se tiró un farol…


I

Nada más verle, Richie se lo señaló con un dedo, gritando de forma alborozada:
– Ese de allí… ¡Ese es DOUG!
Douglas se hizo el loco, gastando una gracia irreverente a un grupo de amigas pertenecientes a un curso inferior al suyo.
– ¡Ehh…! DOUG. ¡Doug! ¡Ven aquí, viejo perro! – masculló Don Salabrio, haciéndole señas.
Doug se fijó en la pareja que iba adherida al novato de turno. Se dejó querer, y un par de minutos después se dejó caer por ahí, arrastrando los pies. Doug era un muchacho casi barbilampiño, de estatura normalita pero repleta de cachas descollantes y de músculos bien labrados. En otras palabras, era un bloque de granito esculpido en el gimnasio de la universidad a base de sentadas de pesas, bicicleta fija, simulador de “jogging” y fármacos dopantes.
Sus ojazos de buey en celo se posaron en la figura retraída del “freshman”1. Lo miró de forma velada. Daba pena. Demasiado prolongado y escuálido como el sarmiento. Hasta se le apreciaba el hueso filtrado a través de la piel como si esta fuese simplemente un impermeable de quita y pon, y lo que hubiera debajo careciese de toda masa muscular. Patético.
– ¿Si? – se interesó, consciente de que le iban a preguntar por la misma chorrada de siempre.
– Este es Robert, Doug. Acaba de aterrizar como quien dice.
Le sostuvo la mirada bovina.
– Qué tal.
– Mucho gusto, Douglas.
– Doug, le hemos comentado una de tus proezas más recientes, y se nos ha quedado con cara de pez.
– En otras palabras, no te cree, Doug – añadió Richie, acompañado de una risita endeble.
Doug dejó los brazos descansando en jarra. Sus ojos se recluyeron en sus órbitas rasgadas dejando unas meras líneas horizontales entre pestaña y pestaña. La puntera de su zapatilla derecha empezó a retumbar sobre el suelo enlosado de la galería.
“pat”, “pat”, “pat”
– Voy a ser conciso contigo, amiguete…
“Esta historia ya se la he relatado a medio campus y termina por apestar. Con que confórmate con escucharla una sola vez.
“Vivo en el infierno de “Greenplace”. Se cometen una media diaria de dos violaciones, cinco atracos con arma blanca, nueve con arma de fuego y dos “por cojones”, además de un homicidio. Desmanes propiciados por la acentuación de la guerrilla urbana entre las pandillas de negros, portorriqueños, italianos, rusos y ucranianos, quienes saquean y coaccionan a los dueños de las tiendas minoristas de la zona, la mayoría de origen chino y árabe. También hay un promedio de tres tentativas de suicidio y las sectas más destructivas no hacen más que acosar a los adolescentes más inmaduros. Yo de crío tenía un cierto estilo similar al tuyo. Era un bicho enfermizo, insignificante e indefenso. Un día de esos me metí de lleno en el mundillo de las pesas y lo compaginé con un pastiche de logros que me proporcionaran mi propia autodefensa. Aglutinaba la esencia de todas las artes de lucha oriental más dañina con la rudeza y la subida de adrenalina que incentivaba la práctica del boxeo. Así fui superando mis limitaciones hasta adquirir esta coraza de tortuga. Desde entonces nadie puede conmigo. Date cuenta que el camino que me conduce hasta aquí, tanto a la ida como a la vuelta, es un peligro constante. Por eso siempre voy bien armado y cuando me buscan las cosquillas, no dudo ni un pelo en rajarles como si fueran simples odres de vino.
“Estoy en lucha nocturna y hago vida de murciélago.
– Pero lo de la amputación de un brazo a mordiscos…- clamó Robert, incrédulo.
– Si eres escéptico no voy a molestarme lo más mínimo. Yo cuento lo que me ocurre con crudeza y sin reparar en los detalles más sanguinolentos – soy un ferviente admirador de la obra fílmica del director Romero2 -. Tenemos por ejemplo a ese negro que me asaltó la noche pasada en Central Park. ¿Sabes lo que le hice? ¿Tienes la menor noción de qué clase de suerte corrió?
– Lo destrozó – se le anticipó Don.
– En efecto. Le hice papilla, sacándole las tripas calientes y seccionándole el miembro superior derecho desde el hombro. Hasta fui buen cristiano y llamé de forma anónima a “Urgencias”.
– Pero… Es todo tan… tan… BRUTALMENTE IRRACIONAL.
– Si, ya sé. Más propio de la guerra del Viet-Nam, pero date cuenta de que esto es la jungla urbana y sólo sobreviven los más fuertes y resistentes en la lucha diaria cuerpo a cuerpo. Porque si esperas a que tu mamá te saque del lío en que estés metido, ya puedes olvidarte de volver a dormir de manera placentera en la cama calentita de tu dormitorio nunca más. Las tumbas son bastante frías, sabes.
– Me dejas alucinado. Estás ensalzando los principales precepto del fascismo ultraderechista americano – repuso Robert, indignado ante la exaltación de la violencia gratuita. Arrugó la nariz como si fuera un acordeón.
Doug se limitó a sonreír de manera cínica. Se dio media vuelta y se marchó de la escena arrastrando los pies de mala manera como si le pesasen, como si los tuviese metidos en sendos bloques de cemento.
– ¿No te lo decíamos? Menudo carácter el de Doug – hizo constar Richie, silbando.
– Ese tío es un fanfarrón. Un fantasma. Os aseguro que si se encontrara de veras con dos drogadictos armados hasta los dientes en pleno “mono”, solito y desamparado en la medianoche del Harlem, se nos iba a mear en los pantalones, rompiendo a gimotear como un niñato burgués consentido por sus acomodados padres, suplicando piedad igual que el reo desahuciado que es conducido hacia la silla eléctrica tras haber sido desestimado por el Juez Máximo del Tribunal Supremo la última solicitud de aplazamiento de la ejecución – rezongó Robert, metiéndose las manos en los bolsillos desfondados de los desteñidos “jeans”.
Don y Richie se le quedaron mirando como una pareja de cuervos, y cuando iban a comentar algo al respecto, el novato ya se encaminaba hacia el interior de su aula.

II

Una semana después:

– Oye, ¿ya te has enterado de la última hazaña de Doug?
– No. Ni me importa – respondió escuetamente Robert a Gloria.
– Pero es tan impresionante. Afirma que dos pordioseros tuvieron la tentación de asaltarle en los arrabales del East Side. Uno esgrimía el gollete partido de una botella de ron, con las puntas del cristal como los colmillos de un perro pastor alemán rabioso, mientras el otro le amenazaba con un bate de béisbol con el escudo de los Yankees serigrafiado en la punta. Dice que consiguió escurrirse de entre los dos sin el menor esfuerzo. A uno le clavó la navaja de defensa personal en las cervicales y al otro le arrebató el bate y lo molió a golpes como a una estera.
“Dice que lo guarda en casa, con la punta teñida de sangre.
– “Doug dice…”, “Doug proclama…”, “Doug se jacta…”. Eso no entraña gran dificultad. Hablar de boquita, lanzar faroles sin más ni más, no cuesta dinero. Yo también puedo presumir de haberles dado una paliza mortífera a tres miembros de la Yakuza más sanguinaria de Japón.
– Pero nadie te tomaría en consideración.
– ¿Lo dices por mi físico?
– Ciertamente es muy precario.
– ¿Y?
– Y si eso se ve acompañado por tu escaso talento a la hora de mentir…
– O sea, creéis a este tipo roqueño sólo porque exhibe esos pectorales y esos bíceps montañosos a punto de reventar la camisa que lleva por cada una de sus costuras.
– Destila sinceridad-
– Ja. Yo si que destilo sinceridad. Y todos me dejan de lado como si estuviera tiñoso.
– Pero es que tu sinceridad es distinta. Como más artificiosa.
– Qué…
– Doug puede parecerte arrogante y presuntuoso a primera vista para quien no lo conoce, pero en el fondo es razonable. Lo que dice se cree, o al menos se asume. Lo comenta como quien dice que va a salir a comprar el periódico matutino.
– Pero lo que comenta es inadmisible. No es factible que pueda ser cierto. No puede ser tan destructivo. No existe en la vida real, y menos en el mundo actual, el “Rambo” de carne y hueso. Por ejemplo, confírmame este extremo: ¿acaso hay alguien que afirme haberle visto en plena acción? ¿Existe algún testimonio que ratifique que el “querido” muchacho sea el encargado de erradicar parte de la delincuencia de la Gran Manzana bajo el uso de métodos tan contundentes?
Gloria meditó un rato. A los pocos segundos sacudió la cabeza con lasitud.
– No.
– ¡Ajá! ¿Ves lo que te digo?
– Pues yo le creo. Casi toda la Universidad le cree.
– O se le tiene tanto respeto y miedo, que prefieren creer todas sus patrañas a cambio de que no le de por partir cráneos en la cocina del comedor por el pésimo menú del día. Para mí el tío es un energúmeno sumamente peligroso. No entiendo cómo consiguió la matrícula de ingreso, ni cómo le dejan jugar con el equipo de fútbol americano.
– ¡Oh! Eres imposible. Doug ES normal.
– No me lo digas más, que me va a dar la risa tonta.
– El que parece no encontrarse nada cuerdo eres tú, que no haces más que intentar desprestigiarle a todas horas del día.
Dicho esto, Gloria recogió sus libros, abandonando la clase, dejándole allí tirado como un objeto inservible.

Días más tarde.

– ¡Eres un fenómeno, Doug! De lo mejor que hay en el mundo.
– Si los “polis” tuvieran una mínima porción de tu coraje, hace mucho tiempo que la delincuencia callejera estaría erradicada de este condenado planeta canceroso.
Robert se sumó por su propia cuenta y riesgo al grupo. Su semblante era sardónico, destilando incredulidad a litros.
– ¿A quién has ajusticiado esta vez, “Terminator”?
Doug frunció el ceño y espantó una mosca con una mano.
– Tuve una nochecita tranquila. Me salió un maricón por una esquina mal iluminada con una navaja de hoja oxidada y con el filo mellado. El tío llevaba una cuerda. Al parecer el muy lelo quería vejarme.
– ¿Qué le hiciste?
– Le arranqué la navaja de las manos de una patada precisa, le abrí la bragueta de los pantalones y le corté los huevos, naturalmente. Lo dejé ahí tirado porque me inspiraba algo de lástima, con sus lamentos y lloros de “loca”.
“Por lo demás, era como darle de patadas a un gato castrado.
Robert silbó simulando honda admiración. Llevó una mano al bíceps del brazo derecho de Doug y le oprimió la bola.
– Menuda cantidad de fueraza concentrada en un solo brazo. Si un día de estos te decides, puedes dedicarte a derruir edificios condenados a la ruina, ahorrándole gastos innecesarios al ayuntamiento.
Doug se crispó como nunca antes lo había hecho en pleno campus, propinándole un empujón de jugador profesional de hockey sobre hielo que lo puso patas arriba como a un sapo.
– Tienes la mente muy obtusa, amiguete – observó con acidez hacia Robert.
– Y tú dispones de un cerebro de hormiga. El día que me traigas un souvenir de una de tus disputas infernales, será entonces cuando te otorgue algo de credibilidad.
Doug se serenó, relajando los músculos adustos del rostro.
– No le hagas el menor caso, Doug. Se trata de un alfeñique que te tiene envidia.
– Si, un caso perdido – le animaron sus amigos lisonjeros de forma innecesaria mientras se iban distanciado de Robert.

III

Los pitidos electrónicos de sus relojes de pulsera aclararon que eran las once en punto de la noche. Los tres individuos embutidos en sus atuendos negros carbón se encaminaron por uno de los largos accesos exteriores sin pavimentar del parque. Cruzaron por debajo del dintel de dos puentes lóbregos y dejaron atrás una fuente luminosa con su estanque barroco. Quedaba ya poco para llegar hasta uno de los pasadizos. El triunvirato caminaba lo más firme y decidido posible, y cuando alcanzaron la boca del túnel de un pasadizo, se dejaron engullir por las sombras.

La figura del Gran Justiciero Nocturno surgió de forma inopinada de entre las tinieblas de una senda natural jalonada en sus flancos por setos de dos metros de altura como un vampiro decimonónico que abandonara su ataúd carcomido, bordeando la fuente luminosa con la que confluía el final del camino. Sus botas militares resonaban sobre el piso de cemento de la pequeña plazuela.
“pas”
“pas”
“pas”

Se detuvo de lleno con la intención de fumarse un cigarrillo “Marlboro” encendiendo el mechero. Cuando bajó la tapa del encendedor con el pulgar, pudo vislumbrar la terna emergente del interior del túnel del fondo. Esgrimían un bate de béisbol, un machete de cuarenta centímetros de largo reliquia de la guerra de Indochina y un AK-47 trucado, reconvertido en arma automática. Le fueron rodeando, sopesando el armamento entre las manos enguantadas. Llevaban los rostros ocultos detrás de unas caretas de látex con los rasgos porcinos bien definidos. Estaban sonrientes, mostrando sus colmillos puntiagudos de jabalí. La respiración no era la más deseable, ya que los orificios nasales eran relativamente diminutos.
– Hola, grandullón – le saludó el más alto de los tres resollando entre dientes.
Doug se centró en los ojos de los asaltantes. El más alto los tenía castaños, el mediano que esgrimía el machete con todo orgullo tenía el iris de un azul celeste bruñido y el que le estaba apuntando con el AK-47 los tenía del tono verdoso claro de una canica de cristal.
El más bajo de estatura regurgitó el chicle que estaba mascando.
– Queremos tu dinero.
– Si, suéltalo ya. Si la cantidad es cuantiosa, digamos en torno a los mil dólares, puede que solo te propinemos una paliza digna de taberna barata.
Doug los estuvo estudiando desde el mismo momento que se le presentaron.
Conocía el impulso que les llevaba a cometer esa insensatez.
– ¿Queréis saber una cosa? – les preguntó con la frialdad de un témpano.
– ¿Qué pasa, Mister Universo?
– Que no va a ser yo quien os financie hoy la compra de vuestra dosis diaria de droga.
Los cogió con el culo al aire, saliendo disparado del círculo central en el que se hallaba, avanzando a grandes zancadas sobre el cemento cual Carl Lewis en la final de los cien metros lisos de la cita olímpica de Los Ángeles´84.
Pasó por debajo del dintel del pasadizo, refugiándose en su interior.
– ¡Eh, cabrón! ¡No te escabullas tan pronto!
El más magro y alto, flaco como un junco, se destornillaba de la risa, preso de un ataque de hilaridad incontrolable, viéndose de inmediato acompañado por sus dos compañeros.
– ¡Miradle! ¡Mirad cómo pierde el trasero! El famoso Terminator de “Greenplace”…
– La máquina aniquilante de la “Gran Manzana”.
– Está corriendo más que un jaguar enloquecido.
– Eh, vamos a hacer que sude un poquito más. Ya sabéis. “El miedo es libre”.
– Si, hay que dejarle alguna cicatriz que otra para que aprenda.
Los tres desfilaron en punta de lanza hacia el pasadizo. No se apreciaba ni el más ligero movimiento en su interior.
– Aquí estamos, mister ratón.
– Te vamos a rebanar las orejas.
– Voy a atizarte con el bate en las costillas como a una piñata.
El larguirucho permaneció en la entrada al túnel, cortándole la presunta retirada, con el bate palmoteando contra la palma de su mano derecha.
“plas”, “plas”
Los contornos de sus dos compinches desaparecieron en la creciente oscuridad como si estuvieran envueltos por la niebla densa: primero las piernas, le siguieron los torsos y brazos y por último las cabezas.
Esas cabezas porcinas…
– ¡HEY! ¡YUJÚUU…! AQUÍ ESTAMOS…
Esas fueron las últimas palabras que escucharía el larguirucho en los próximos tres minutos. Aguardó en silencio. Palmoteaba el bate.
“plas”, “plas”
Creyó escuchar movimientos bruscos en esa boca de lobos.
Siguieron unos aullidos altisonantes, de corta duración.
– ¡Eh, chicos! Quedamos en no pasarnos. Convenimos en bajarle los humos, pero no hablamos nada al respecto de zurrarle la badana hasta dejarlo parapléjico – les avisó, preocupado de que la subida de adrenalina pudiera acarrear fatales consecuencias para el fanfarrón de Doug.
Unos pies respondieron a su advertencia. Se arrastraban por el suelo con la pesadez más propia de un zombie.
“rashhh”
“rashhh”

Hasta surgir de la nada la figura cadavérica de Hillman, con la hoja del machete empalada en su cuello de lado a lado como si fuera una brocheta para caníbales.
– dioshh – musitó, vomitando sangre oscura.
Hillman dio dos tumbos de bebedor, cayendo redondo sobre los zapatos de goma negra de su compañero. Este se apartó de él, achantado por el terror que planeaba en círculos a su alrededor como una ave carroñera.
Una luz poco diáfana apareció hacia la mitad del interior de la cuerva urbana, para morir a los pocos segundos, sumiéndolo de nuevo entre penumbras espesas como el petróleo.
Aún en trance por lo que acababa de ver (y que permanecía tendido sobre el suelo a escasos centímetros de sus talones), dio unos pasos al frente, apartando en un recodo de su mente la inesperada muerte de Hillman.
– ¿Diamond…?
Encendió el mechero que guardaba en el bolsillo trasero de su pantalón de cuero. A mitad de la incursión pudo ver la vaga silueta de Diamond, apoyada de frente contra una columna de hormigón.
– ¿Dia…? ¿Diamond?
El brazo le temblaba como si fuera el injerto del “rockie” lanzador que en su primer partido como profesional debía de realizar la última tanda de lanzamientos que eliminase al último bateador del partido, con las tres bases ocupadas y ganando por sólo una carrera de diferencia en la última entrada. Se aproximó dos metros en diagonal hacia el cuerpo de su amigo y le iluminó la cara con la pálida e indecisa llama del encendedor.
Diamond tenía los ojos en blanco.
– Diamond…
Un hilillo de masa encefálica descendía de su sobresaliente frente. Vio el hierro herrumbroso que nacía de la columna como un enorme punzón. Diamond tenía la extensión del hierro ensartado por la frente, en la divisoria de las dos sienes, saliéndole por la parte posterior del cráneo.
– ¡Jesús!
Estaba absorto en su horror. Las sombras, hasta entonces quietas, se movieron en su cercanías, reproduciéndose a su alrededor con el acecho del depredador ante su pieza de caza. Alguien le oprimió el hombro derecho. Lo contempló de refilón, viendo la poderosa mano de Doug oprimiéndole la clavícula como si fuese la pinza de un cangrejo.
– Doug…- suspiró como el aire de un fuelle. Se volvió y se le encaró de frente.
Doug estaba mirándole con indiferencia. La vista perdida más allá de la espalda de su oponente.
– ¡No, Doug! ERA UNA BROMA. Todo era una puñetera broma…
“UNA BROMA.
“UNA BROMA PESADA
-. Se quitó la careta y lo arrojó al suelo encharcado de lluvias pasadas.
La faz porcina se le quedó mirando desde el suelo. Las cuencas vacías ahora de vida…
– Doug, soy Robert. Robert, Doug. Me conoces… De la Universidad.
Doug le arrebató el bate de béisbol de las manos. No hubo resistencia al hacerlo. Es más, Robert no había caído en la presencia del bate hasta ese momento, ni siquiera lo había sentido entre las manos enguantadas de la cantidad de miedo que tenía metido en el cuerpo.
– Doug, dita sea…
– Yo no le conozco, “señor” – musitó Doug con la vista clavada al frente, observando la entrada del túnel.
Los ojos de Robert se salieron casi de sus órbitas.
¡No era para menos!
– ¡DOUG!
– Eres una escoria.
– Soy Robert Malone. COMPAÑERO DE CAMPUS. DE PRIMER CURSO.
– Insisto en que no le conozco.
– Doug
Lo aplastó de espaldas contra la pared enladrillada del pasadizo, le abrió la boca todo cuanto pudo tirando de la mandíbula hacia abajo con una mano y le metió la punta del bate, apretando con insistencia incontenible, destrozando la dentadura, ahogándole y atragantándole con la lengua, dando una vuelta de tuerca…, hasta que el cuello de la escoria cedió como un lapicero al partirse abruptamente por la mitad.
La respetable figura de Doug Gleason emergió segundos más tarde de la ciega negrura del pasadizo. Entre sus manos portaba un bate de béisbol con la punta teñida de sangre.
Lo palmeó contra la mano, satisfecho.
Un recuerdo adicional de guerra que no haría más que engrandecer todavía más su museo particular.

Al llegar a casa, y recordar que conservaba otro bate de béisbol con la punta astillada y teñida de sangre seca, lo hizo sustituir por el más reciente, colocándolo encima de la chimenea de piedra, henchido de orgullo.

1.- “Freshman”: Novato; estudiante de primer año en la Universidad. (N. del A.)
2.- El protagonista se refiere al cineasta George Romero, director de la película “La noche de los muertos vivientes”. (N. del A.)

En aras de la locura

Localidad: Spring Hill
Estado…: Nueva Jersey
Fecha… ¿acaso importaba?

Donald Rice permutó de canal al comprobar con desazón como la CBS difundía un documental insufrible relacionado con el viaje de placer que realizaba el Primer Ministro británico por la costa Este del país. El televisor de marca alemana “Schoden”, obediente cual can cobrador de pura raza, trastocó su pantalla, ofreciendo a continuación un partido de béisbol perteneciente a una de las ligas menores, retransmitido por un canal que carecía de logotipo sobre impresionado en una de las esquinas. Don frunció el ceño en un gesto característico de su repertorio de televidente adicto, aprobándolo. Se rebulló en las blanduras de su sofá de ante. Antes de que pudiera adquirir la postura más cómoda tuvo que levantarse apresuradamente al cerciorarse que el nivel del volumen no respondía proporcionándole el orgasmo de decibelios adecuado para el momento y el carácter del evento que presenciaba. Para saciar esa sed de kilohercios giró por completo el botón del volumen, alzando el sonido hasta que no pudiera dar más de si.
“Así es como me gusta que suene “- asintió para sus adentros mientras retrocedía y se asentaba en medio del sofá.
La voz chillona y desgañitante del comentarista, aliñado con el ulular de las gargantas del público asistente que llenaba el estadio al completo, inundó el interior del salón. Esta situación de cacofonía le hacía experimentar la sensación de estar viviendo el transcurrir del partido in situ, acomodado en una de las localidades del segundo anfiteatro de la grada oeste del Omni Stadium de los “Basureros” de Ontario. Naturalmente, todo era cuestión de gustos privados, ya que el restante porcentaje del noventa por ciento del vecindario no opinaba bajo la misma perspectiva en lo referente al alboroto emergente de la caja de su “Schoden”, siendo el más recalcitrante en sus reivindicaciones quejosas el vecino que residía en el piso superior.
Donald apenas reparó en el ruido tenaz e insistente expresado bajo el percutir del palo de una escoba que tenía lugar justo encima del techo de la sala. Al rato el palo avivó el ritmo de su golpeteo, imprimiendo mayor contundencia en la reclamación de sus ideales sigilosos en el fin de semana presente, hasta que la presión ejercida fue tal, que no tardó ni un suspiro en partirse por la mitad.
– ¡CEERRDOOO…! – lloriqueó el vecino, desesperado.
Donald no le concedió mayor importancia al suceso ya que el loable vecinito tendía al hábito de dejarse llevar por la histeria al no ver colmados sus deseos, aunque nunca llegase al extremo de denunciarle. La razón de este hecho: era un socio honorífico de la grey del travestí redomado. Ejercía una doble vida. De día era el estudiante de rizos rubios que le caía sumamente atractivo a la casera. De noche su perfil correspondía al de “Magnolia Steel” que volvía loca perdida a la asistencia gay del Pub “Cuernos Rotos”. Donald era el único testigo del barrio que estaba al tanto de sus salidas noctámbulas. Si a esa cosita encantadora tan irrisoria se le ocurriera un día presentar una denuncia por abuso desorbitado de decibelios, el bueno de “Machaca Tontos” Rice le daría una buena tunda con un bate de béisbol, y acto seguido lo arrastraría con los pies atados al parachoques trasero de su Mustang 78 por cada una de las calles medianamente pavimentadas del South Manchuria, proclamando a los cuatro vientos la segunda personalidad reprimida del decente del inquilino del segundo A del número 23 de la calle Harum. Ante esta cruda realidad, el vecino solía optar por recurrir a la única salida que le quedaba. Hacer las maletas y marcharse del apartamento con viento fresco, refugiándose sin duda en uno de los niditos del amor de “Mamaíta Pelo en Pecho”. Y por el repercutir del atronador portazo que percibió al temblar parte del techo y con ello la base de unión de la lámpara araña, hoy no iba a constituir una excepción.
Esbozó una sonrisa triunfante, centrándose de nuevo en las incidencias del partido. Los “Sonics” de Westbury iban venciendo de forma aplastante a los “Basureros” por cuatro carreras a una en la sexta entrada. Eso le hacía ser feliz como unas pascuas. El solo hecho de poder contemplar a los francófonos canadienses doblando la rodilla ante el imperio de la comida rápida equivalía a estar flotando entre nubecillas celestiales.
– Venga, venga… Dadles hasta en el carné de conducir.
Al evocar su sufrida infancia siempre salían a relucir la saga de sus deseos, cimentados en la emulación activa de sus ídolos de las ligas profesionales, lo cual de por sí era ya una utopía frustrante: disponía de una pierna risiblemente más corta que la otra. A pesar de los ímprobos esfuerzos que derrochó el doctor Willis Appleeater intentando redimirle de su deficiencia física, transformándole en un chico apto para la vida normal, era completamente inútil para la práctica de cualquier actividad que conllevase un esfuerzo físico más allá de regar las magnolias del jardín de su casita en Spring Hill, y por tanto el mundo deportivo le sería un coto privado.
– Como no se dedique a los campeonatos regionales de ajedrez o damas… – le dijo el doctor a su padre en un murmullo seco, cuarenta y cinco años atrás.
Pero ese pasaje de su vida ya quedaba olvidado. Pertenecía al apático pasado. Ya que no podía jugar a su deporte favorito, se contentaría con ver todos los partidos que emitiesen cada uno de los distintos canales de televisión. Al igual que cualquier otro americano medio, disponía de una batería de emisoras a cantidades industriales, muchos de ellos de eminente carácter deportivo. Pero muchacho, si jugaban los “Yankees” de Nueva York y coincidía con otro encuentro… Sobraban los comentarios. Sin palabras. No había color.

“SEÑORAS Y SEÑORES. “MARAVILLAS” BRUCE HA BATEADO TAL COMO INDICA SU PROPIO APELATIVO, LOGRANDO UN MEMORABLE HOME RUN. GRACIAS A ELLO, DOS CARRERAS MÁS SE SUMAN AL MARCADOR PARTICULAR DE LOS “BASUREROS” DE ONTARIO, YA QUE TENÍAN LA PRIMERA BASE OCUPADA.” – rugía el comentarista.

La gente congregada en el estadio coreaba al unísono una palabra finalizada en “-vil”, la cual Donald no acertaba a poder conjeturar el completo origen de su significado. El barullo era tan ensordecedor. Caótico. Impetuosamente apocalíptico.
– Diantres… Ya sólo pierden de uno – recapacitó, cariacontecido.
En ese preciso instante de tensión sonó el cascajo que tenía por timbre en la puerta principal.
– Bah, ya se irá… No puedo perderme esta entrada.
Sin embargo quedaba claro que el visitante inoportuno no iba a claudicar a las primeras de cambio, pues continuó presionando el pulsador del timbre con una inusitada insistencia.
Donald refunfuñó entre dientes, levantándose de una manera descafeinada del sofá. Redujo el volumen del televisor, dirigiéndose con cierta reticencia hacia el vestíbulo. El cascajo reincidió en su sonoridad, e irritado por la cabezonería del visitante, abrió la puerta.
En el exterior del umbral le aguardaba un hombrecillo de apenas 160 cm de estatura, entrado en años y en carnes, demostrando el esplendor adiposo de su barrigota atiborrada, gafas de alta graduación y una bien cuidada cabellera castaña oscura peinada tirantemente hacia atrás. Lucía un traje de color azul marino de amplia botonadura central, en contraposición con el calzado de unas zapatillas deportivas blancas. No aparentaba ser el cargante vendedor ambulante de “Network Software” al carecer del consabido maletín que contendría un amplio muestrario de revistas especializadas en la informática.
Donald le escudriñó varias veces con la vista. Tampoco aparentaba ser un ladrón revienta pisos, y mucho menos se asemejaba a un vagabundo solicitando su ración diaria de Chivas Regal.
– Bueno, ¿qué es lo que desea? – rompió el hielo Donald.
– Permita que primero me presente, señor…- dio un paso atrás, fijándose en el letrerito de plata de la puerta. – … señor Rice. Soy el Hermano Tallanger. William Tallanger.
Donald volvió la cabeza en un vaivén durante un instante. Podía oírse muy baja la voz emocionada del comentarista deportivo.
– ¿Y qué es lo que le trae por aquí a una hora tan desapacible, señor Tallanger? En estos momentos estoy muy ocupado.
– Lo lamento… Pero deje que entre en su bendito lar – cuando dejó resbalar esta frase, ya estaba dentro de sus dominios.
– ¡Oiga! – protestó Donald. – Sepa que está invadiendo una propiedad privada. Yo no le he dado mi permiso.
– No se preocupe por ello, señor Rice. Umm… Ahí está la sala de estar, ¿verdad? – preguntó señalando a la estancia situada a mano derecha.
– Si, y por si es ajeno a mi desagrado, me está fastidiando el seguimiento de la evolución de un reñidísimo partido de béisbol que está afrontando su recta final – Donald aglutinó los brazos en cruz encima de su pecho.
– ¿De veras? – respondió con irrelevancia el señor Tallanger, entrando en la sala.
Lo primero que vio fue el obsoleto aparato de televisión. Se dirigió hacia donde estaba emplazado con la presteza de una lagartija, y cuando en ese momento los “Basureros” perdían por seis a cinco carreras, lo apagó.
– Pero… Pero… ¿QUIÉN SE CREE QUE ES? – aulló Donald encolerizado. Rodeó la mesa central, dispuesto a encenderlo al instante. Entonces sintió la opresión de una mano menuda pero dotada de una portentosa fuerza que se lo impidió.
– Vengo a hablarle de algo mucho más importante que un insulso y anodino partido de béisbol – repuso William Tallanger en un tono monocorde.
Donald se liberó del apretón de la mano, alejándose medio metro del hombrecillo.
– ¿Si…? Espero que no se esté refiriendo a su faceta sexual y pretenda reclutar…
– Oh. Qué impertinencia más difamatoria está usted insinuando – le cortó William. – Pero sentémonos para departir con mayor comodidad.
El hombre de pequeña talla tomó asiento en el butacón situado frente al televisor, mientras Donald lo hacía a regañadientes en el centro del sofá.
– ¿Es usted ateo? – se interesó William con espontaneidad.
Donald se quedó de una pieza. Ese tipejo era un apestoso predicador a domicilio de una de esas sectas existentes netamente para embaucar a los jovenzuelos inmaduros y a los que destilaban una pinta de bobo elevado al cubo.
– Se puede saber la razón por la que le importa si soy ateo o no lo soy.
– Hombre, señor Rice. Si usted es… ateo, aún le quedaría un asidero de salvación al cual aferrarse.
– Je, je.
– ¿Eso responde afirmativamente a mi pregunta? – William se rascó una de sus pobladas cejas.
– Un rábano – farfulló Donald.
– Entonces llego a la conclusión descorazonadora de que usted profesa alguna clase de religión.
– No soy practicante de ninguna en especial. Simplemente un espantador de moscas cojoneras – respondió con segundas.
– Sin lugar a ningún tipo de duda, usted no cree en nada de índole espiritual. En absolutamente nada. Por lo tanto, usted es ATEO.
– Soy agnóstico.
– Es lo mismo, señor mío. Usted no cree en nada, y yo le ofrezco a cambio de su bendita incredulidad la capacidad de beber de las fuentes de lo verdadero. ¡Afuera los dioses vacuos que inundan las estanterías de los hogares americanos! ¡Fuera las burdas imitaciones! FUERA LO IRREAL – William se sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta para secarse el sudor que perlaba su frente.
– Váyase al grano de una vez. ¿De qué secta es usted? ¿De los Hijos de Cristo Rey? ¿Del Hare Krishna? ¿De los Ángeles del Infierno? ¿De cuál de todas ellas?
– Yo no me asiento en ninguna creencia minoritaria impía. Lo que yo difundo es la religión verdadera. El dogma alumbrante. Ni más ni menos.
– Bien, pero eso que usted predica tendrá algún nombre, ¿no? – Donald, sabedor de que ya iba a perderse la resolución del partido de béisbol, iba sintiendo una pizca de curiosidad mundana.
– Satanismo – respondió William como quien afirmaba que se es asistente social.
Donald se puso de pie como si el mismo demonio le hubiese pinchado en las nalgas con el tridente.
El crucifijo invertido de oro puro colgaba oscilante debajo del corbatín del predicador. William se aflojó el nudo y se levantó el cuello de la camisa, mostrándole el beso de Satán tatuado sobre su clavícula derecha. Era como una de esas antiguas vacunas que se empleaban en la segunda guerra mundial, arrancando una sección de tejido: arrugado, de tono cobrizo.
Donald montó en cólera.
– ¿Cómo? ¿Me está queriendo inculcar una religión nefanda, oscura y perdida? ¿Anhela acaso que pueda caer por un día siquiera en los ardides de Lucifer? ¿Eso es lo que usted considera por el súmmum de la salvación verdadera? Está loco. Cojones, si eso es la destrucción personificada.
William ocultó el crucifijo satánico debajo de la corbata. Las sombras perpetuas se adueñaron de su rostro.
– No me es preciso ver más. Usted no me ha sido sincero. Es mas, me ha mentido con ruindad – guiñó un ojo con desdén. Fue entonces cuando Donald apreció que el otro ojo era una mera canica de cristal: ciego como los ojos de mil muertos… – Usted es católico, sin duda. No, no me mienta por segunda vez en menos de cinco minutos. Usted venera a esa… “deidad”.
– Prefiero creer tibiamente en eso que usted denomina como si fuera una puñetera marca de cerveza barata, antes que en ese cabronzuelo de Satanás – los ojos abultados de Donald denotaban al mismo tiempo ira y miedo.
William le acompañó también de pie. Miró brevemente a través de la ventana, expresando sus nuevas sensaciones en voz alta:
– Sepa usted que ya no le queda ni la opción más remota de redención terrenal.
Donald mentó a la madre del hombrecillo e intentó aferrarle por las solapas de la chaqueta de su traje con visos de echarle de su piso a puntapiés. William se le revolvió con la destreza de un gato, sacando a relucir una pistola de la parte trasera del cinturón de su pantalón.
– Oiga. ¿No irá a…? Nooo. Le oirá todo el vecindario – señaló Donald, con los nervios caldosos. Su prominente nuez subía y bajaba por su garganta como si fuese un ascensor descontrolado.
William se limitó a endurecer más el semblante.
– Señor Rice, no me sea ingenuo. El arma lleva acoplado el silenciador – respondió secamente. Inclinó en un sesgo el brazo que portaba la pistola y apuntó en primer lugar a la zona de las partes íntimas de su anfitrión. – De momento le voy a dejar impotente, señor Rice.
Apretó el gatillo.
Se escuchó un “flop” rasgado. Acto seguido Donald recondujo las manos hacia su ingle. Manaba sangre, muchísima sangre de entre los dedos apretados de las manos. Se le mancharon los pantalones con el orín escarlata.
– Maldito-hijo-de-perraaaa… – masculló, resoplando de dolor.
– Esas serán las últimas palabras que pronuncien sus labios – sentenció William Tallanger.
Para corroborarlo, apuntó al parietal derecho de su víctima, descargándole tres balas en la cabeza.
Donald cayó desplomado sobre la moqueta del suelo. Su último gesto fue morderse la punta de la lengua hasta casi seccionarla.
– Otro creyente menos – William se guardó la pistola detrás de la chaqueta. Entonces absorbió las ondas que invadían su cerebro puro. Eran las órdenes de su Gran Hermano Negro.

“Enciende el televisor, Bill. Pon el volumen a tope. Que se crean que se han abierto las verjas del infierno. Así no repararán en el cuerpo hasta entrada la noche.” – le habló el Gran Hermano Negro dentro de su mente.
– Si. Si. Así se hará. Loado seas, Sepulcro de Carne Corrompida. Bendito seas Gran Hermano Negro.
Encendió la televisión, subiendo el sonido todo lo alto que le permitía el ancestral aparato de fabricación alemana. En la pantalla combada y ovalada surgieron las imágenes difusas del comentarista entrevistando a “Heaven” Parkson sobre su actuación personal y de los “Sonics” de Westbury (Long Island) en conjunto. El periodista solicitó reiteradamente a los cazadores de autógrafos que le dejasen cumplir con su labor para la cadena de las Negras Escrituras.
– Estoy seguro de que esa alma perdida será atea.
“Los deportistas, por regla general, sólo rinden pleitesía al dinero.
“Ben le reconvertirá más adelante, cuando desconecten con el estadio – murmuró William para sí mismo.
El comentarista deportivo no era otro que Ben “Rostro Sombrío” Lockhart.
Una cadenilla colgaba de su cuello sudoroso, y de esa custodia de eslabones de oro, un crucifijo invertido de marfil se reía del mundo entero…

La excesiva atención del sr. Stern dispensada a la tv

El sonido altisonante emergente del “Black Trinitron” invadía los sesenta metros cuadrados de los que constaba el sólido y asentado apartamento arrendado por los Sterns.
Randolph Stern, un hombre de aptitudes solemnemente deportivas, aún a pesar de la acumulación perenne de carnes superfluas replegadas gustosamente en torno del dilatado vientre, hallábase hundido en el mullido butacón de piel de saco sintético con una escudilla plateada atiborrada de pepitas chocolateadas “M&M´s” sobre el regazo notorio además de dos respetables botellones de tres cuartos de litro de cerveza translúcida “Lite” jalonando las zapatillas afelpadas albergadoras de sus pies enormes y deformes por el uso inadecuado y continuado de calzado deportivo de treinta dólares.
El señor Stern estaba ataviado de forma del todo informal permaneciendo en paños menores, con una camiseta sonrosada de algodón y de poliéster en una proporción textil del 67 y del 33 por ciento respectivamente, calzoncillos estilo “bóxer” (plenamente famosos desde que Mike Tyson cometiera ese desliz con la Miss América Negra), y calcetines de lana de reciente vigencia en la liga menor de béisbol de la zona Norte de Manhattan, en su caso correspondientes al equipo local de los Drifters de Newport, equipo regido bajo su dirección técnica a mediados de los años setenta.
Ensimismado bajo la influencia hipnótica de la pantalla parpadeante de su aparato de televisión, el señor Stern no estaba para otra cosa que para asistir desde la distancia del hogar al devenir victorioso de los “Yankees”. El equipo neoyorquino estaba venciendo y convenciendo en la cuarta entrada por el global de cinco carreras a una a los “Braves” de Atlanta.
– Seguid así, hijitos…- les respaldaba con su recia voz, sorbiendo una gélida cascada de cerveza directamente del gollete.
Las voces de los comentaristas del evento deportivo elevados a la quinta potencia.

“- HOY LOS HIJOS DEPORTIVOS DE TED TURNER PARECEN ESTAR DE LUTO RIGUROSO. LES FALLAN LAS FUERZAS A LA HORA DE IMPRIMIR A LA PELOTA LA DIRECCIÓN ADECUADA.”


“- EN EFECTO, TOM. SE LES NOTA AGARROTADOS. ES LO QUE YO DENOMINO COMO “EL CANSANCIO DE LOS BÍCEPS”; ES UNA SENSACIÓN DESAGRADABLE, QUE TE HACE SENTIRTE IMPOTENTE, COMO SI TE HUBIERAS PASADO LA MAÑANA ENTERA CARGANDO Y DESCARGANDO EL MOBILIARIO DE UNA FLOTA ENTERA DE CAMIONES DE MUDANZA. NO ESTAN MENTALMENTE EN EL PARTIDO, Y AUNQUE AÚN RESTEN LAS ENTRADAS SUFICIENTES COMO PARA INTENTAR ARREGLAR ESTE TERRIBLE DESAGUISADO, NO SE ATISBA LA REACCIÓN QUE TODO EQUIPO DE TENDENCIA GANADORA HA DE TENER PARA PODER SACAR UN ENCUENTRO DE TAL ENVERGADURA HACIA DELANTE, EN BENEFICIO DE SUS INTERESES.”

Enfrascado como estaba el señor Stern, no percibía el trajinar de su esposa en la cocina.
– Randolph… Te tengo dicho que no apagues los cigarros en la taza del café. Tendrías que extremar de una vez tus dichosos modales en la mesa – le llegó la voz ajetreada de la señora Stern.
El señor Stern se arrascó las zonas nobles, retorciendo ligeramente el pescuezo en dirección a la jamba de la cocina.
– ¿Qué has dicho, Marge? No te he entendido ni papa.
– Los cigarros. Que no los apagues en la taza del café.
El partido iba in crescendo en interés. El señor Stern aumentó ligeramente más el volumen del televisor.

“- LA CURVA ADQUIRIDA POR LA PELOTA LE HA INSINUADO A ROBERTO LARRAÍNZAR QUE QUEDARÍA A MEDIA ALTURA, PERO COMO SE APRECIA EN LA REPETICIÓN A CÁMARA ULTRA LENTA, LA PELOTA LE HA LLEGADO CASI MUERTA, FLOTANTE, Y PARA CUANDO SE HABÍA SITUADO DE FORMA ADECUADA PARA EFECTUAR EL GOLPE, YA HABÍA BATEADO A DESTIEMPO…”


“- ESTÁS EN LO CIERTO, TOM. BOBBY LARRAÍNZAR HA ESTADO MUY CÁNDIDO EN LOS TRES LANZAMIENTOS. AQUÍ SE HA VISTO LA EXCESIVA JUVENTUD DEL BATEADOR. HA PECADO DE PARDILLO. Y LO MALO ES QUE SI NO SE CENTRA Y CONTROLA SUS NERVIOS, LE PRECONIZO UN FUTURO NADA HALAGÜEÑO EN LAS LIGAS MAYORES. Y SERÍA UNA LÁSTIMA QUE UN JUGADOR DE TANTA PROYECCIÓN QUEDASE EN NADA.”


– ¿Me oyes, Randolph?
– Sí, Marge…
“Ya apagaré los malditos cigarros puros en otra parte…
– ¡Randolph! NI SE TE OCURRA.
– Marge, estoy viendo el partido…
– Los ceniceros fueron concebidos para una determinada misión, y por si se te ha olvidado, ésta consiste en sofocar los insidiosos cigarros que te fumas a la hora de cenar. Y todavía ni has sido capaz de estrenar ni uno de los tres que te compré en la tienda de Tania Berkinson.
– Marge. Disculpa, pero es que estoy viviendo el partido de béisbol MÁS IMPORTANTE de la temporada regular… No te puedo escuchar. El sonido ambiental del estadio es tan endemoniadamente fuerte, atronador, SALVAJE.
Hizo subir el volumen del aparato una porrada de decibelios más.

“- ¡FANTÁSTICO! EL “HIT” DE RIVAS ACABA DE MANDAR LA PELOTA AL ESPACIO EXTERIOR. A PARTIR DE ESTA FECHA SE PUEDE AFIRMAR QUE LA TIERRA DISPONE DE UN SEGUNDO SATÉLITE: EL SATÉLITE “FREDDY RIVAS”.”

– ¡AH-JA-AH! – bramó el buen hombre, desbordante de adrenalina vikinga.
– No hay quien te haga cambiar ninguno de tus malos hábitos, Randolph Stern – farfulló la señora Stern, desabrida.
El partido continuó, y Marge terminó de fregar la vajilla apilada dentro de un barreño metálico.
Entonces se reprodujo el sonido frenético del timbre de la puerta.
El señor Stern fue incapaz de oírlo, pero sí en cambio la señora Stern.
– Ya abro yo. Ya abro yo… COMO SIEMPRE – masculló con voz agria la mujer, dirigiéndose por el recibidor hacia la puerta principal.
El señor Stern vibró con un “home-run” de los “Yankees”, haciendo estremecerse el piso de tarima flotante del suelo al rebullirse descontroladamente entre los brazos desgastados del butacón.
Las ondas expansivas del seísmo artificial hicieron de vibrar al resto del mobiliario de la sala.
– Vales tu peso en oro de ley, Ricky Álvarez… Vaya si lo vales.
La señora Stern gruñó al oír el estrépito procedente de la sala (muy pronto la propia naturaleza delegará las funciones de la Falla de San Andrés en mi propio marido), y sin mayor dilación, abrió la puerta, olvidándose de haber mirado previamente por la mirilla de seguridad.
Por el hueco dejado por la puerta media abierta – apenas una ranura de treinta centímetros – se deslizó hacia el interior del apartamento una ráfaga de aire cortante y acto seguido una cabeza encapuchada se interpuso entre el quicio y la hoja de la puerta,
Los ojos ovalados con un iris azul púrpura se situaron a la altura de los ojos de la señora Stern, y el aliento fétido del fumador compulsivo del hombre la envolvió como si fuese una nube de humo.
La boca recortada en la lana del pasamontañas negro mostró la fila superior de la dentadura, y sorbiendo las encías, la punta de la lengua color salmón.
Nada más apreciar esa cabeza camuflada de negro, quiso gritar.
– Silencio, vieja puta…- graznó el asaltante.
La figura enorme y robusta se coló impunemente por la ranura reseñada.
La señora Stern estaba muda por la impresión.
Tensando una cuerda adherente de nylon, se echó encima de la frágil señora; se la hizo ceñir alrededor del cuello, aplastándola con su cuerpo contra la pared, cerrando la puerta de una patada.
– Muere, puerca… MUERE.
Anudó la cuerda por detrás de la nuca de la mujer mayor y apretó de lo lindo.
Concentrado en su quehacer.
Decidido en sustraer la débil vitalidad de ese rostro comprimido por la desazón y el ahogo.
La vista de la señora Stern se perdía en el techo.
Sus brazos cayeron a ambos lados de sus costados.
El encapuchado apretó de firme, rayando en el sadismo.
El hálito de la mujer se resecó en el aire.
Escuchó un crujido óseo, y dejó de estrangularla con la cuerda.
La señora Stern se desplomó quedamente sobre el suelo como un enorme fardo de avena depositado sobre un lecho de paja, con el rostro amoratado y sin vida.
El encapuchado la miró, impasible, ligeramente más apaciguado una vez eliminado uno de los estorbos de la vivienda.
Entonces le llegó la voz ronca de un hombre.
Un compendio de vocablos medio difuminados al vadear el riachuelo de los sonidos altisonantes que balbuceaba un televisor de importación tailandesa:
– Marge, tráeme otra bolsita de “M&M´s”.
“Que se me han acabado los “suministros”.

El señor Stern advirtió la llegada silenciosa de Marge con la bolsita de chocolatinas. Extendió de manera amorosa la mano derecha, sin apartar la vista de la pantalla.
La bolsita de “M&M´s” le fue entregada y la estrujó entre los dedos. La rasgó a continuación, y sin más preámbulos, vertió su contenido en la escudilla.
– Gracias, Marge. Ya puedes retirarte y seguir con lo tuyo.
– ¿Qué tal van tus existencias de cervezas? – se interesó Marge con voz relamida.
El sonido ambiental del estadio era estruendoso a más no poder.
– ¿Las cervezas? Muy bien. Aún me queda una botella.
– ¿Qué tal van los “Yankees”?
– Pero si nunca te ha gustado el béisbol…
Para cuando el señor Stern había reparado en la siseante voz masculina, la cuerda ya estaba enrollada de la forma más conveniente alrededor de su enorme papada.
El enmascarado apretó con ganas de devorar vidas ajenas.
agggg
El señor Stern se quiso incorporar, y de hecho pataleó al principio. La escudilla con las chocolatinas derrapó desde su regazo al suelo, y las dos botellas de cerveza se desparramaron sobre la alfombra oriental, con la botella llena vertiendo todo su contenido.
– Estese tranquilito, amigo…- le susurró el enmascarado al oído.
La resistencia pertinaz del señor Stern fue decreciendo muy a su pesar, así como su rostro opulento fue adquiriendo unos tonos oscuros similares al azul de la visera de los “Yankees”.
– Quedan dos entradas, y los “Yankees” ya vencen por doce carreras a tres – le informó el intruso al señor Stern.
“Es virtualmente imposible que pierdan el partido.
“Imposible, le digo…
“Es tan improbable que pierdan, como que usted siga con expectativas de vida de aquí en adelante. Y si en lo deportivo soy un mero aficionado, en lo segundo puedo afirmarle (sin miedo a equivocarme), que soy un experto en la materia.


“¿Me oye, señor?
“me oye…
“señor…

La elección correcta

Era un pequeño polígono industrial que llevaba cerrado desde hacía diez años. En un período de crisis económico a nivel nacional, la mayoría de las empresas decidieron cerrar, y las pocas que resultaban rentables, por el abandono y la lejanía del lugar, decidieron trasladarse a otros núcleos industriales de mayor relieve. Así que cuando el enigmático señor Torre me citó a la una de la madrugada en las inmediaciones de la entrada de una de las naves más pequeñas y peor conservadas del polígono, una extraña sensación de desconfianza me fue acompañando durante todo el trayecto en taxi hasta la llegada definitiva a aquel lugar alejado y abandonado. Nada más pagar al chófer de origen iraní y bajarme del vehículo, vi la alargada limusina del señor Torre. La iluminación del polígono era inexistente, con todas las feas farolas evidentemente apagadas por el nulo uso del conjunto de naves y fábricas allí aún cimentadas hasta la fecha futura de su derribo, y con la simpleza del halo de los focos del taxi y el propio de la luna llena pude apreciar el brillo de su carrocería negra. Todos los cristales de las ventanillas eran ahumados, donde quien estuviera dentro podría observarme sin pudor a la vez que impedía que yo hiciera lo propio llevado por la curiosidad.
La cita fue concertada hace dos días. Me encontraba casi sin blanca, con la cuenta del banco al descubierto y a punto de no poder pagar el alquiler del mes del piso miserable donde pasaba mi vida enganchado a un procesador de textos intentando crear la obra maestra de la novela negra que iba a hacerme rotundamente famoso y rico. De alguna manera, angustiado por no poder concentrarme siquiera en el prólogo del texto, me dio por navegar sin ton ni son por agencias de colocación en búsqueda de alguna oferta de trabajo que me pudiera sacar del apuro hasta fin de mes. Descubrí en el buscador un enlace un poco llamativo que ofrecía ganar mil dólares por una noche de trabajo. No ofrecía otra dirección de contacto que una dirección de correo electrónico a nombre de Laelecció[email protected]. Al verme con el agua al cuello no dudé ni un segundo en mandar un emilio solicitando el puesto de trabajo. A la media hora el sonido característico de aviso de recibo de un mensaje en mi cuenta de correo me revelaba que acababa de recibir la pertinente respuesta. Dejé lo que estaba haciendo en el procesador de textos y pinché en el mensaje. Decía de manera breve lo siguiente:

De: Laelecció[email protected]
Asunto: oferta aceptada
Texto: Estimado señor Leman, me es grato confirmarle como el aspirante más apropiado para el tipo de trabajo que debe realizarse bajo la supervisión de mi empresa. Queda usted citado esta madrugada a la una en el polígono Rojo 1, calle 101, nave A-15.

Atentamente,
Señor Munch, asistente del señor Torre,
propietario de la empresa Laeleccióncorrecta.

Tras un breve impasse de espera, una de las ventanillas traseras de la limusina bajó hasta casi la mitad y un hombre de edad media, rostro anodino y con gafas de sol Ray-Ban me hizo la indicación de que me acercara mi cara a la suya.
– Me imagino que estamos tratando con el señor Leman – indagó con voz monocorde y sin mover en absoluto la cabeza tras la abertura de la mitad del cristal.
. Si. Soy Leman.
– Bien, señor Leman. Ya conoce usted las condiciones principales. Esto va a ser un contrato verbal. Usted procura trabajar por nosotros durante esta madrugada en curso, y al término de la misma recibirá un talón de mil dólares girado a su nombre.
– Perfecto. Me parece bien.
– ¿Sólo le parece? Me encargo de avisarle que esa es la oferta que tenemos para usted. No trate de intentar conseguir cualquier incremento en la misma. Si no está convencido del todo, le llamaríamos otro taxi y recurriríamos al siguiente candidato de la lista.
– No. Mil dólares me parece una cantidad excelente para una noche de trabajo.
– Entonces diríjase a la entrada de la nave. Toque tres veces con los nudillos y mi asistente se ocupará de atenderle y de indicarle la labor encomendada esta noche a la empresa que dirijo. Por cierto, soy el señor Torre.
– Encantado – dije con ganas de estrecharle la mano, pero el hombre de la limusina subió la ventanilla.
– No merece la pena, señor Leman. Le aseguro que nunca más volverá usted a verme.
Dio la orden al conductor del imponente vehículo para encender el motor y alejarse del polígono industrial, dejándome en solitario ante la nave A-15.
Me acerqué a la puerta de entrada y toqueteé suavemente con los nudillos. Pasaron unos segundos. Estuve a punto de insistir de nuevo cuando la puerta quedó entornada hacia adentro. Vi la iluminación llenando el hueco del quicio. Desde dentro me llegó otra voz igual de monótona que la del dueño de la empresa que había contratado mis servicios:
– Pase, señor Leman. Le explico lo que tiene que hacer y me marcho ya, que tengo otro asunto pendiente que atender en otra parte y me urge abandonar este lugar cuanto antes.
Introduje mi cuerpo por el hueco de la puerta. Si desde fuera, y aún a pesar de la oscuridad de la noche la nave parecía pequeña, el interior le confería un aspecto todavía más insignificante. Había una serie de focos dispuestos en cada esquina de la pared con el techo, iluminando el centro del local donde no había nada. Toda la nave estaba vacía. No había restos de maquinaria. Sólo el suelo homogéneo de cemento pulido. Calculé que allí no habría ni cien metros cuadrados. Ni se me ocurrió qué clase de empresa habría utilizado esa nave en el pasado. Salvo que hubiese sido un pequeño taller perteneciente a algún tipo de negocio familiar.
– Señor Leman, no se me distraiga por favor – me rogó el asistente personal del señor Torre.
– Nada. Es que sólo me preguntaba…
– No se le ha contratado para que formule usted preguntas – me cortó el hombre. – Soy Munch. No le digo mi nombre de pila porque no procede. Su labor es muy sencilla. Se le va a proveer de una simple linterna. La pila que lleva puesta está calculada para que le dure a usted una hora. ¿Ve usted esos cuatro focos? – preguntó señalando cada una de las cuatro esquinas. – Al no haber corriente general por razones obvias, están conectadas a un generador que tendrá un límite de dos horas de autonomía. Eso nos da tres horas de luz artificial sumada la hora de la linterna. Ahora es la una y cuarto. En cuanto yo salga de este local, quedará usted encerrado bajo llave. Cuando amanezca, sobre las siete de la mañana, volveré a por usted. Le entregaré el talón de mil dólares y cada uno se marchará por su lado. Eso es todo, señor Leman. Tenga usted la linterna. Le recomiendo que sepa utilizarla bien.
En todo este rato de su explicación plana, aquel hombre de estatura media, edad media, ataviado con un traje gris hecho a la medida y con la vista resguardada tras las lentes oscuras de sus gafas de sol de alto coste, no hice más que permanecer atento a la cantidad de luz existente en la nave. Y de fijarme en la linterna que sostenía entre las manos. Pensé para mí mismo, qué tontada es ésta. Me encierran unas cuantas horas de noche y cuando se haga de día soy mil dólares menos pobre.
Cuando el señor Munch me tendió la linterna, le sujeté por la manga de la chaqueta.
– Aquí no hay ningún tipo de gato encerrado – le dije, suspicaz.
– Usted permanece la noche en vilo, y recibe lo que se merece. Recuerde que tuvo la libre elección de rechazar en el último momento la firma verbal del contrato. No pensará romper lo acordado, ¿verdad? – me dijo siempre con el mismo tono de voz. Dios, parecía un robot diseñado a principios de los años setenta.
Me quedé con la linterna. Necesitaba los mil dólares. Ese dinero me iba a venir de perlas.
– Yo nunca falto a mi palabra – le contesté haciéndome el ofendido.
– Entonces nos veremos de nuevo dentro de unas pocas horas, señor Leman.
Fue lo último que me dijo antes de encaminarse hacia la puerta de la nave. Salió, cerró la puerta bajo llave y se fue de este lugar a dios sabe dónde.
Yo me quedé iluminado por los cuatro focos. Pulsé el interruptor de la linterna para ver si funcionaba y lo apagué al instante. Caminé por el recinto. Mis pasos resonaban con fuerza sobre el cemento.
– ¡Hola! – dije en voz alta, esta reverberó por las paredes formando un eco que me quitó las ganas de repetir dicha experiencia de nuevo.
No había ninguna silla, caja u otro tipo de objeto sobre el cual reposar mis posaderas. Decidí hacerlo en el centro de la nave sobre el frío suelo. Permanecería así mientras me durase la luz de los focos. Así tendría el cuerpo más descansado para cuando sólo me quedara la luz de la linterna. Entonces me arrimaría a una de las paredes y vigilaría la nave situado de pie hasta que la dichosa puerta volviera a abrirse de nuevo.
Por no tener, no tenía ni reloj de pulsera ni mucho menos teléfono móvil, así que no podría guiarme por las horas que restaban hasta la llegada del amanecer. El edificio tampoco disponía de ventanas y los dos lucernarios del techo estaban tapiados por dos láminas de uralita.
Cuando llevaba un rato sentado me empezó a molestar el dichoso trasero. El suelo estaba verdaderamente frío, así que no me quedó más remedio que quedarme de pie. La luz que irradiaban los focos era una luz directa que te cegaba, así que en vez de permanecer en el centro de la nave, fui alternando un recorrido por las esquinas.
El tiempo fue pasando de manera inexorable y a la vez lenta.
Llevaba dos horas encerrado en el lugar. Lo supe cuando un foco tras otro quedó apagado hasta sumirme en las tinieblas. Este momento me pilló situado en la pared del fondo. En un principio decidí no utilizar la linterna. Sería demasiado pronto. Lo ideal iba a ser encenderla a fogonazos cada equis tiempo. Más que nada para vencer mi inquietud hacia la oscuridad imperante en la nave.
Estaba recostado de pie sobre la pared, cuando percibí un sonido extraño. Procedía del centro de la nave. Parecía como si algo en concreto estuviera arrastrándose por el suelo. Cada vez el sonido era más audible. No se trataba de mi imaginación. Me puse muy nervioso y decidí encender la linterna, enfocándola hacia la zona de donde surgía el ruido.
El haz de la linterna iluminó algo parecido a una enorme babosa. Su blanda piel relucía con la intensidad de unos zapatos recién sacados el brillo por una gamuza y tenía un tamaño bastante considerable. Por lo menos media un metro de largo. Y reptaba hacia donde estaba yo… hasta que se detuvo. Enfocado por la luz, el ser repulsivo permanecía quieto. Pude ver un orificio con afilados dientes. Era su boca. Aparte disponía de dos protuberancias que pudieran pasar por unos ojos primitivos aún en fase de evolución. Parecía que la luz le molestaba sobremanera, y empezó a recular hacia la pared frontal de la estructura abandonada. Fui enfocando su retirada, cuando otro sonido similar surgió procedente del techo. Desvié la dirección del haz hacia el lugar de procedencia del segundo sonido. Era un segundo espécimen de menor tamaño que el primero. Estaba dirigiéndose hacia donde me encontraba yo con la boca abierta y medio jadeando por el esfuerzo de tener que desplazarse por el techo. Al ser enfocado pude apreciar como su silueta se contraía levemente y para evitar la luz de la linterna se dejó caer literalmente del techo para caer en un sonoro “plof” sobre el suelo de cemento a dos metros y medio escasos de donde estaba yo situado. Con horror la volví a iluminar, consiguiendo que retrocediera con suma lentitud hacia donde estaba su compañera. Las dos criaturas parecían estar disgustadas. Sus cuerpos se retorcían y se alzaban como si fuera elefantes marinos exhibiéndose con sus colmillos antes las hembras en pleno período de celo. Las bocas abiertas del todo. Se iban acercando la una a la otra hasta que finalmente llegaron a tocarse. Mis manos temblaban compulsivamente. Un sudor frío me recorría toda la espalda desde los omoplatos hasta la rabadilla. Miré hacia la puerta. Estaba sellada a cal y canto. Y encima se interponían las dos babosas gigantes en mi camino hacia ella. Entonces una de las dos empezó a emitir una especie de chillido estridente que me dejó más horrorizado todavía. El motivo de la demencial queja es que estaba siendo absorbida literalmente por la otra babosa que era de mayor tamaño que ella. Fusionándose un cuerpo con el otro. Y como resultado de esa fusión al cabo de los segundos surgió una única criatura de casi dos metros de longitud. Me desplacé por la pared del fondo tocando la misma con la mano que tenía libre. Un sonido surgido a mi lado me hizo detenerme de súbito. Dirigí el chorro de luz hacia allí y vi otro ejemplar a medio metro de mi pierna izquierda. Este medía sobre el metro de largo y sus ojos ciegos me miraban con deseos de poder sondear mi posición definitiva antes del inicio de lanzar su ataque. De nuevo la luz me salvó de su acoso, haciéndolo retrasarse unos metros hasta sumirse en las penumbras.
– Esto es una puta pesadilla – grité, desesperado.
Estuve manteniendo las dos criaturas a raya iluminándolas a rachas. Hasta que la linterna quedó apagada para siempre al gastarse las pilas. Una hora de duración tenían. Y me imagino que ese fue el tiempo exacto de duración de las mismas.
Sentí a las dos criaturas acercándose a rastras. Sus bocas chasqueaban como si tuvieran una lengua que se relamiera contra la fila de dientes. Tenían que ser las cuatro o las cuatro y media de la madrugada. Me quedaban casi tres horas hasta que viniera Munch a mi rescate. Siempre y cuando cumpliera su palabra…
Tuve que guiarme por el sonido que emitían las criaturas. Palpaba con las manos las paredes.
Estuve así un buen rato.
¿Cuánto sería?
¿Una hora tal vez?
Hasta que tropecé con una de ellas. La maldita se me había cruzado en el camino sin que yo me percatara de ello. Y caí encima de ella. Su asqueroso cuerpo era blando como la gelatina. Y al querer apoyarme sobre las manos para incorporarme de pie, descubrí que me sería imposible hacerlo, porque el cuerpo de la criatura comenzó a fusionarse con el mío. Esta vez fui yo quien empezó a chillar de dolor. Era inimaginable. Quise despegarme, pero con cada esfuerzo conseguía que mi unión con ella fuera cada vez más firme. Y mi cabeza me empezó a doler de manera terrible. Aquello que me absorbía quemaba mis sentidos. Grité pero ni siquiera me escuché a mí mismo…

*****

– Buenos días, señor – se escuchó una voz cansina por el altavoz del teléfono móvil.
– Dígame el resultado de la prueba de esta noche, señor Munch.
– Lamentablemente nuestro empleado no logró utilizar con sapiencia la hora que le duraba la linterna.
– Eso me entristece mucho, señor Munch.
– Si, señor.
– Ese detalle rompe el lema de la empresa.
– Estoy de acuerdo, señor.
– Tendremos que elevar el nivel de exigencia en la próxima selección de personal.
– Así lo creo yo también, señor.
– Adiós, señor Munch.
– Que pase usted buena mañana, señor.

Almas en pena

Ferrero y Tobías estaban ocultos debajo del puente ferroviario. Estaban ateridos de frío. Hacía dos grados bajo cero y la noche anterior había caído una nevada copiosa. Sus vestimentas eran andrajosas y demasiadas livianas como para poder soportar las temperaturas gélidas de esa mañana invernal.
– Este frío criminal va a matarnos, Tobías – lloriqueaba Ferrero golpeándose los costados con los brazos para entrar de algún modo en calor.
– Necesitamos algo que nos caliente – murmuró su compañero con los ojos entrecerrados. Salió de debajo del puente y hundiéndose en la nieve, se fue alejando en la distancia. Ferrero permaneció en el refugio, echándose entre cajas de cartones para aislarse en la medida que fuese posible del frío. Estaba sumamente debilitado por la falta de alimento. No podía acompañar a Tobías. Sería más un estorbo que una ayuda. Y así fue cerrando los párpados hasta quedarse medio dormido.

Fue despertado por los gritos de un chiquillo. Se incorporó entre los cartones de su lecho y pudo ver a Tobías trayendo a rastras a un pequeño de unos cinco años.
– La excursión ha sido exitosa – musitó Tobías agarrando al crío por el cuello.
Lo que vio Ferrero a continuación fue terrible. Tobías le rajó la garganta al pequeñuelo con una navaja bien afilada. Un chorro de sangre surgió de su tráquea.
– ¡Deprisa! ¡Trae las tazas! – le urgió Tobías a su compañero.
Ferrero se puso de pie y le trajo dos tazas de latón. Tobías dirigió la garganta del niño moribundo hacia ellas, vertiendo su preciosa sangre caliente y nutritiva en su interior. En un momento determinado el niño cesó de patalear. Había muerto.
– ¡A tu salud, amigo! – brindó Tobías, depositando el cuerpo inerme del niño de mala manera sobre el suelo para de seguido beber un largo trago de la deseable sangre.
Ferrero se mantenía indeciso como en él era habitual desde que Tobías le convirtiera hacía dos años y medio.
– Bebe, pasmarote. Así entrarás en calor. Se te quitará el ansia por un buen rato. El tiempo necesario para encontrar unos ropajes más útiles con que combatir el frío de esta época del año- le insistió el mestizo.
Porque Ferrero tuvo la mala suerte de tropezarse con una bestia inmunda que no se acercaba ni de lejos con la estirpe de los vampiros. Era una especie de esclavo de ellos. Un esclavo que logró emanciparse de las ataduras de su poderoso amo. Su único parecido con él es que dependía en la misma medida de la sangre de los humanos para seguir viviendo de manera prolongada en el tiempo. Su método de conseguirlo era el simple secuestro de personas débiles y enfermizas. Personas que nunca opondrían resistencia de ningún tipo. Víctimas como el niño pequeño que Tobías había traído de los suburbios más miserables de la Gran Ciudad.
Ferrero miró el contenido de la taza.
Apartó la mirada del cadáver del niño.
Arrimó sus labios yermos al borde de la taza y sorbió la sangre de forma compulsiva, hasta casi atragantarse con ella.
Tobías se llevó una palma a la rodilla y se echó a reír con el poderío de un demente.
– Sigue así, compañero. La sangre nos hace recuperar nuestra salud, aunque sea a costa de la salud de otros- bramó, alzando su tazón. Se lo terminó de un único trago.
La sangre era su razón de ser.
Por algo había que matar por ella.

Guerra de Sangre

Peter Wicks estaba dando su paseo nocturno de las diez de la noche antes de regresar a casa para dormir. Ya había cenado en un local de comida rápida justo después de haber finalizado su turno de tarde de doce horas como guarda en un edificio en ruinas. Le encantaba estirar las piernas después de haber comido. Lo hacía de forma parsimoniosa, pues al ser un solterón de cuarenta y cinco años nadie aguardaba su regreso a casa para reprocharle su tardanza. Hacía un poco de frío y soplaba un viento del norte molesto. Oteó el cielo, vislumbrando unas cuantas nubes apelmazadas entre si que pronosticaban la cercanía de la lluvia. Así que en un determinado momento aceleró el ritmo impuesto a sus piernas. No llevaba puesto ningún impermeable ni tampoco disponía de un paraguas. No era cosa de arriesgar a mojarse más de lo necesario.
Siendo vigilante, el grueso del salario venía derivado de las horas extras acumuladas, y un catarro imprevisto podía fastidiarle la paga del mes siguiente. Peter encaminó su rumbo hacia su casa. Las calles estaban casi desiertas de transeúntes, y el tráfico era escaso. Dobló una esquina para encarar las tres manzanas que distaban del edificio en dónde él residía cuando vio una figura femenina que se dirigía hacia donde estaba él. Corría desesperada sin dejar de mirar hacia atrás. A unos cuantos metros de ella le estaba siguiendo un hombre vestido con un traje negro. Peter reparó sucintamente en la belleza de la joven. Tendría unos veinte años. Alta, estilizada, de larga melena rubia asentada por un pañuelo rosa sobre la frente. Vestía una cazadora entallada verde chillón con una minifalda negra, panties y zapatos de suela plana a juego. La muchacha llegó ante él y casi se le echó encima. Peter abrió los brazos por instinto y acogió el cuerpo de la desconocida. La nuca de ella pegada a sus labios. Su perfume era muy penetrante. El perseguidor se plantó a los pocos segundos delante de los dos. Peter no sabía qué hacer. El visitante le miró con odio y desprecio. Se le resaltaban los músculos del cuello.
La chica giró su rostro hermosísimo hacia Peter.
– Ayúdeme, por favor, señor. Este hombre me ha estado siguiendo toda la noche y ha intentado asaltarme en una callejuela. Me he podido zafar de sus intenciones en un descuido, justo cuando ha intentado maniatarme con unas cuerdas- se explicó la joven con el rostro suplicante.
El extraño soltó una carcajada despectiva.
– Mentirosa. Lo que menos pretendo es mantener relaciones sexuales contigo – habló con una voz recia y seca. Miró a Peter y se solazó con su indecisión. – Aunque tal vez al caballero sí que le interese meterte un poco de mano. ¿A que sí buen hombre? Paula es una jovenzuela de muy buen ver, lujuriosa y lasciva. Y le encanta el bondage. Y las azotainas en el trasero. Es una chica muy traviesa.
– ¡Cerdo! ¡Insolente! – Paula se volvió de nuevo a Peter y se agarró con fuerza a sus hombros. – No crea nada que le diga, señor. Este salvaje es un completo desconocido para mí. Un violador que buscaba saciar su apetito esta noche conmigo. Yo simplemente volvía de una fiesta en casa de unas amigas.
– ¡Sus amigas son las más zorras de la ciudad, señor! – bramó el hombre del traje oscuro. – Ya estoy harto de esta charlotada, Paula. Yo sé bien lo que tú eres. A la vez que tú conoces mi verdadera identidad.
El hombre buscó algo bajo la chaqueta. Peter estaba temblando de la cabeza a los pies. Aquella situación le desbordaba por completo. Empezó a dudar que en realidad todo fuera la fuga de una chica de las garras de su violador. Quiso que la chica se soltase de su cuello, pero fue tarea casi imposible.
Entonces vio lo que aquel individuo extraía de debajo de su chaqueta.
Una pistola con un silenciador.
Apuntó directo al costado de la joven llamada Paula.
flop
– Nooo
Un segundo tiro alcanzó el parietal derecho de la muchacha, haciéndolo estallar en fragmentos de hueso, salpicando el rostro de Peter. La joven perdió fuerza en su agarre, y con los ojos perdidos, fue separándose en su abrazo hasta desplomarse sobre el suelo.
Peter quedó conmocionado.
Temió que aquel loco decidiera seguir practicando su eficaz puntería contra su persona. Para su propia sorpresa, el agresor puso a resguardo el arma bajo su ropa de nuevo y se acercó al cuerpo caído de Paula para asegurarse de que estaba muerta. Se agachó y comprobó los dos orificios de entrada. La sangre estaba formando un charco alrededor de la silueta medio encogida de la chica.
– Perfecto. Hay que ver cuánta sangre atesorabas ya, pequeña – comentó el hombre. Desde su postura buscó la personalidad paralizada de Peter Wicks. – No se habrá creído usted toda la patochada que le había contado Paula, ¿verdad?
Peter tardó en responder. Sus manos temblaban como la gelatina.
– No se si será usted un violador, pero un cruel asesino a sangre fría sí que lo es – respondió al fin.
El hombre negó con la cabeza. Se volvió hacia Paula y la sujetó por la cabeza, haciendo de girar su cuello.
– Mire esto – dijo, orgulloso.
Separó ambos maxilares de la joven.
Un par de colmillos afilados en cada hilera de dientes quedaron al descubierto.
Cerró la boca de la preciosa Paula, ahora ya muerta, y se incorporó de pie para situarse de frente con Peter.
– ¿Qué opina ahora? – le inquirió.
Peter mantenía la mirada puesta en la nuca de Paula.
– ¿Era una vampira?
– No del todo. Es más bien una sirviente de una de ellas. Y las amiguitas que hablábamos antes son las restantes siervas a las que estoy buscando.
– Al no ser una vampira, al ser, como usted dice, una sirviente, ¿era necesario haberla matado?
– Necesario, no. Era una obligación. Si no llego a perseguirla, igualmente se habría topado con usted. Y con sus encantos naturales, le habría sacado hasta la última gota de su sangre. Las siervas de Adelaida, que es así como se llama su Ama y Señora de la Oscuridad Infinita, tienen la misión de acumular más sangre de la que puedan necesitar en sus cuerpos. Luego se reúnen con ella en algún lugar secreto para proporcionársela. Es una forma de conseguir su alimento sin arriesgarse a ser cogida por sus enemigos. Y si pierde alguna sierva por el camino, la reemplazará con otra infeliz víctima. Con no abastecerse con toda la sangre de su cuerpo, esta quedará convertida en esclava de Adelaida.
Peter estaba petrificado por el horror.
– ¿Y usted quién es? – se animó a preguntar a aquel hombre extraordinario.
– Yo soy…
Separó ambos labios.
Unos enormes colmillos quedaron al descubierto.
– Soy Isaías. Un vampiro contrincante de Adelaida. Aunque usted no lo crea, entre nosotros también tenemos nuestras rencillas particulares.
“Y por cierto, estando usted tan cerca… Me viene de perlas reclutarle como un nuevo siervo mío.
Cuando Peter quiso darse de cuenta, ya estaba siendo poseído por las fauces del vampiro.

Héroe efímero

Estacionó el coche a una manzana de la casa residencial de tejado de teja de pizarra y de una sola planta baja con el correspondiente sótano. Abrió la tapa de la guantera y recogió la beretta con silenciador incorporado. Hacía calor. Pleno mes de agosto. Las moscas se colaban por la ventanilla bajada del conductor. Aún así se colocó el chaleco antibalas de kevlar. Encima del mismo la chaqueta del traje que en su número de talla no concordaba con la del pantalón. Era un número superior. Más amplitud para disimular el uso de la prenda defensiva. Respiró hondo, levantó el cristal de la ventanilla, salió del vehículo y cerró la puerta sin colocar el seguro ni insertar la llave en la cerradura. Dio la vuelta y se aseguró que el resto de las puertas estaban abiertas. Las necesitaba así. Cabía la posibilidad de que las cosas no salieran tan fáciles como pudiera preverse en principio.
Se tocó el flequillo de la frente y con pasos furtivos se acercó a la casa. Esta estaba rodeada por un seto descuidado. Medio agachado, vislumbró la entrada. Como siempre, su objetivo tenía el hábito de dejar la puerta entreabierta. Se ve que tenía tanta confianza en sí mismo, que actuaba como un hospitalario lugareño que confiaba en su vecindario, sin temer que alguien pudiera colarse en su casa.
Paletos, pensó para sí mismo.
Comprobó que su arma llevaba el seguro quitado. Medio encorvado, prefirió rodear la casa por el flanco izquierdo. Se acercó a una de las ventanas que daban al interior de la cocina. Desde dentro llegaba música procedente de una radio de pilas. Era una canción de country. Era una versión muy mala. Le sonaba pero no conseguía ubicarla con el cantante original. Continuó avanzando en paralelo a la pared hasta doblar la esquina. En la parte trasera el jardín parecía un erial. No había casi ni una brizna sana. Se veía tierra reseca y hierbajos amarillentos. Se fijó en seis o siete ruedas usadas de coche amontonadas donde se suponía que estaba enterrada por lo menos una de las víctimas. Podría tratarse de la última, pues lo vio cavando un hoyo profundo hace treinta horas. El resto de los cuerpos debían de estar enterrados en el sótano. Llegaría un momento que ya no le cabrían más, y había decidido a arriesgarse utilizando el jardín trasero como fosa común.
Conforme a lo esperado, el portón exterior del sótano estaba asegurado por un candado. Imposible adentrarse por ahí. No le quedaba más remedio que infiltrarse en la condenada casa. Cerca de la parte trasera estaba la puerta de la cocina. Estaba igualmente sin asegurar. Era inexplicable. ¿Pero acaso la actitud de los perturbados se derivaba hacia la lógica más elemental?
Entre la tensión que soportaba y el calor que hacía, estaba sudando de manera copiosa. El chaleco le molestaba sobremanera. Si lo llegaba a saber, no se lo hubiera puesto. No era previsible que aquel lunático tuviera el valor de dispararle, aunque… Confiarse podía conducirle a la ruina. Y lo que no estaba dispuesto es a formar parte del abono orgánico de la parte trasera de ese jardín inmundo del tal Leonard Brecevic.
Con natural sigilo se aventuró a través de la jamba de la puerta de la cocina. Como era de esperar, la estancia era de lo más insalubre. Basura por doquier, platos amontonados en la pila del fregadero con los restos de la comida de varios días. El hedor era insoportable. Y parecía no emanar precisamente de ese lugar en concreto. Vio una mancha rojiza y semiborrosa cerca del frigorífico. No hacía falta utilizar el luminol para destacar que eso era una mancha de sangre reseca por el paso del tiempo. Conforme pisaba el linóleo cuarteado del suelo, se percibía el sonido de las zonas abombadas.
La música que emitía la radio procedía de una zona interior de la residencia. Probablemente de algún salón. Pero en sí no era primordial saber del lugar de procedencia de la música de marras. Precisaba dar con la puerta interior que llevaba al sótano. Y a ser posible, ahí es dónde estaría la bestia humana.
No tardó en dar con la puerta. Estaba ubicada justo a la izquierda de la entrada a la cocina por el pasillo principal de la casa.
El filo de la puerta no estaba encajado contra el marco. Antes de bajar, echó un vistazo por las demás habitaciones. No encontró a nadie. Ni siquiera en el diminuto comedor, de donde averiguó que procedía la música emitida por la radio portátil. Todo estaba mugriento y abandonado. Más propio de una persona aquejada del síndrome de Diógenes.
Retornó a la puerta semiabierta del sótano. La fue abriendo de manera muy precavida. Abajo todo permanecía en oscuras. Aún así pudo notar la fetidez y un movimiento cansino de cadenas al entrechocar de sus eslabones.
La víctima más reciente de Leonard.
Y la última por lo que a él respectaba.
Llevaba una diminuta linterna halógena. Apuntó hacia el suelo, y las paredes. Vio los primeros escalones y una barandilla metálica en el lado derecho.
Empezó a bajar con la linterna entre los dientes y con la pistola preparada para su uso infalible.
Cuando llevaba descendiendo los cuatro primeros escalones, la persona encadenada debió de notar de alguna forma su presencia, porque empezó a forcejear con las cadenas. Aunque también podía ser la señal de que Leonard andaba oculto ahí abajo.
Entonces…
– cabrón… pagarás por todo esto… me has destrozado la vida… mereces morir…
Era la voz de Leonard.
Se le aceleró el pulso. Sujetó con más firmeza la beretta. Fue descendiendo más escalones. El halo de luz débil emitida por su linterna, en un giro de cabeza, enfocó a una persona encadenada por las muñecas y los tobillos a la pared del fondo del sótano. Llevaba colocada una capucha de tela de saco sobre la cabeza, ceñida al cuello por una cuerda atada. Era un hombre. Estaba en ropa interior y descalzo.
Este notó la luz a través de la tela del saco y empezó a agitarse con desesperación. Murmullos ininteligibles brotaban de su boca, que denotaban que estaba amordazado.
También Leonard notó la luz de su linterna.
– no… ¿quién eres? ¿vienes a por mí, o a por él?
Casi se le cayó la linterna de entre los dientes. Enfocó hacia dónde le llegó la voz.
Ahí estaba. Acurrucado en un rincón. Estaba igualmente vestido sólo con ropa interior. Tenía los brazos surcados de arañazos y los largos cabellos lacios y apelmazados sobre su frente, casi ocultándole el rostro enjuto.
– Se acabó la diversión, Leonard.
– no… no puede terminarse… tengo que hacerlo…
– ¿Hacer qué, Leonard?
– primero no me llames así… no vuelvas a mencionar ese nombre… es asqueroso, asqueroso, asqueroso…
Fue bajando otro tramo de escalones, sin dejar de enfocar a Leonard. Empuñó su arma. El psicópata se había incorporado de pie. Dios, era un esqueleto andante. ¿Cómo aquel alfeñique podía habérselas arreglado con sus víctimas de constitución superior a la suya?
– Dime, ¿qué demonios te queda por hacer antes de que te arreste?
– eres policía… eso es la mejor noticia que podía esperar oír…
– No lo soy. Soy un caza recompensas. Voy en busca de presos que quebrantan la libertad condicional. Por una casualidad he descubierto que aquí vive un psicópata. Un asesino en serie.
– cierto… por eso tengo que hacerlo…
– Continua.
– matarlo… podemos hacerlo entre los dos…
– Cabrón- no se pudo contener más y le disparó de lleno en la frente.
El cuerpo de Leonard Brecevic se desplomó sobre el suelo de hormigón, con los sesos desparramados y pegoteados contra la pared situada detrás.
Con la firme convicción de que Leonard estaba muerto, guardó el arma en la sobaquera. Agarró la linterna con la mano derecha y se dirigió hacia la última víctima desgraciada del asesino.
Esta estaba completamente inmovilizada por las cadenas. Le desató la cuerda que le ceñía la capucha. Afortunadamente el nudo no era firme. Le quitó la capucha. Era un hombre con la cabeza afeitada. También era de complexión delgada. Tenía los ojos abiertos como platos. Estaba deseando que le quitara la mordaza. Así hizo.
– La llave de los cierres… La dejó encima de la mesa de herramientas. Está a su izquierda – le dijo en un anhelo suplicante aquel pobre hombre.
Buscó con la linterna y no tardó nada en encontrar una llave. Uno a uno fue abriéndole los cierres hasta liberarlo.
– Joder, de buenas te he librado, amigo.
– gracias… gracias… le debo la vida… tenía entre ceja y ceja matarme.
– Estoy buscando a un fugitivo que anda por este estado. Y conforme investigaba su paradero, por cosas del destino descubrí a ese hijo de puta enterrando un cuerpo hace semana y media.
– es usted tan eficiente, agente…
– Soy un caza recompensas, mejor dicho.
“Ahora salgamos de aquí. Le llevaré al hospital más cercano, y de ahí a la comisaría para declarar ante el sheriff.
– si… mejor salgamos… quiero subir esas dichosas escaleras de una vez…
– Le iluminaré el camino. ¿Ya podrá ascender por ahí? ¿No estará demasiado débil?
– Jesús, estoy en los huesos…
Había que subir las escaleras.
Todo había acabado bien. En un momento le ofrecía la espalda.
Fueron cinco segundos.
Los suficientes para darse de cuenta que perdía el conocimiento por el impacto de una barra metálica contra su nuca…
– chico malo… – dijo aquel hombre recién liberado de las cadenas. Portaba la barra entre ambas manos. Sonrió con malicia -. Te doy las gracias por haber intervenido, señor agente. Aquel tonto se me escapó y me había puesto las cadenas que tanto adoro… Pero una cosa es usarla con mis mascotas, y otra cosa es probarlas uno mismo…
“y quería matarme… no le gustaba cómo le trataba…
“en fin… vamos a quitarte esa ropa tan pesada y a ponerte las cadenas…
“eres muy robusto… tengo que evitar cometer el mismo fallo contigo…
“porque estoy seguro que si te sueltas, querrás hacerme picadillo.