FREAK (un fenómeno de circo) Escena primera

Hoy publico un relato de dos capítulos. Tengo que reconocerlo. FREAK es un escrito al que como propietario de este pequeño rincón de sobresaltos traicioneros, je, je, le tengo un cariño muy especial. Lo escribí en su momento tomándolo como si pudiera ser la base de un capítulo de una serie de terror americana. Espero que degusten su lectura, y se posicionen a favor o en contra de las desventuras del cariñoso protagonista de
FREAK.

FREAK
(un fenómeno de circo)
(I)

Escena primera

La feria es de cuarta categoría. Bueno. Eso es lo que pensaba yo. Me encontraba en un estado lamentable, la ciudad estaba en fiestas y andaba vagando de aquí por allá como un transportista extranjero sin GPS. Este año los señores del ayuntamiento habían recortado gastos en el presupuesto de actividades, y se habían conformado con concederle la licencia a un empresario de un país del este de Europa. Se encargaba de aportar su circo propio, amén de unas cuantas atracciones de feria. Yo siempre había detestado el circo. Más que nada por el olor que desprendían las bestias. Nunca he sido un fervor seguidor de las piruetas simpaticonas de los animales adiestrados a golpe de látigo y zanahoria. Soy así de raro. En cambio las casetas de los fenómenos y las atracciones de espejos y de terror sí que concitaban mi atención. Me divertía atrapado entre laberintos de espejos donde se reflejaba mi perversa personalidad en varios clones sonrientes. Y atravesar montado en una vagoneta por los vericuetos aterradores del castillo fantasma del doctor Dolor era ya el no va más para mi sentido gusto del morbo.
Así que medio borracho, me fui recorriendo las barracas y para mi disgusto, no hallé más que atracciones propias para niños menores de diez años. No había ninguna creada para el deleite de los adultos. Un timo. Una estafa. Mi humor se puso denso y destemplado. Me apetecía agarrar al dueño de toda esa colección de baratijas y emprenderla a patadas contra el paquete de su ingle hasta dejarle caer desvanecido en un ovillo. Si hubiera dispuesto de una tea, toda esa patética feria hubiera ardido por los cuatro costados, clientela incluida. La bebida… Estaba dejándome influenciar por sus efectos nocivos. Sería mejor abandonar el recinto. La gente chillaba y se reía, y mi dolor de cabeza iba en aumento. Estaba a punto de irme, cuando alguien me asió por el codo de mi brazo derecho.
– No se marchará así, señor. No al menos sin ver una atracción – me dijo un ridículo gordinflas vestido de maestro de ceremonias. Hasta llevaba el sombrero de copa sobre la azotea del cráneo.
– Menuda diversión tiene aquí, amigo. Un circo aberrante y cuatro tonterías para los mocosos más tontos del barrio – le dije con acritud. Hipé en frente de su orondo y grasiento rostro. El tío estaba sudando dentro de su aparatoso traje como un cerdo bien cebado.
Se me quedó mirando con cara de no comprender nada.
– Usted trae toda esta porquería desde Mesopotamia – le critiqué con desdén.
– Albania, señor.
– Eso queda en Europa.
– Así es, señor. Y me es justo decirle que nuestra caravana tiene una reputación de alto nivel en buena parte del continente.
– Pero aquí estamos en América, amigo. Y qué quiere que le diga. Su circo y el resto de su feria me parece pura bazofia.
– Ajá. Discrepo de su opinión, pero en América hay democracia.
– Eso mismo.
– Y como hay democracia, tiene cabida tanto su opinión como mi maravilloso espectáculo.
Me estaba hartando de tanta cháchara con ese payaso. Me libré de su apretón y continué dando tumbos con la bebida dominando mis impulsos. Joder, ese albanés no me conocía bien. Si supiera lo cabrón que llego a ser, ni se hubiera dignado en dirigirme la palabra. Con lo fácil que resultaba atarle en la silla del sótano de mi casa y sacarle los dientes uno a uno con unas tenazas. Le salvaba que me encontraba borracho perdido. Si no otra patética víctima anónima que iba a sumarse a mi depravado juego solitario del torturador y su presa. Ya no sé ni cuántos cuerpos llevo sepultados bajo el piso del sótano. Deben de ser ya una docena. No está mal para llevar simplemente un año con mi diversión infernal.
Continué andando en eses, cuando percibí que alguien correteaba detrás de mi estela. Me volví y el inmenso dueño de la barraca me alcanzó casi con la lengua fuera. Estaba opulento. Mucha carne para ser diseccionada con el filo de un buen bisturí de cirujano. Tardó unos segundos en recuperarse del esfuerzo de la carrera.
– Es una pena que decida marcharse, señor.
– Déjeme ir a mi bola, amigo. Si no lo hace, lo más probable es que lo lamente luego – le corté poniendo mi característica mirada que helaba la sangre en todo aquel que se pusiera pesado conmigo.
El hombre se quedó quieto por un momento. Luego fue sonriendo.
– Usted es perfecto- dijo encantado con mi pose.
– ¿A qué se refiere?
– Digo que usted es perfecto para mi espectáculo.
Y dicho y hecho extrajo un arma de esas que al disparar descargan una serie de corrientes eléctricas para inmovilizar a los presos en ciertas cárceles del estado. El caso es que me apuntó de maravilla y consiguió que perdiera el conocimiento entre fuertes espasmos de dolor.

El circo y el resto de su negocio es albanés. Desconozco en qué parte de Europa queda ese condenado país. Sólo se que en lo que a mí me atañe, su dueño es un sujeto muy peligroso para la sociedad en que vivimos. Más o menos cómo lo soy yo.
Desperté mucho más adelante sin derecho a replicar ninguna de sus órdenes. Para algo me había sido arrancada la lengua. Y las orejas. Y la nariz. Mediante el efectivo uso de la morfina, y unos ásperos conocimientos de cirugía plástica, el dueño del espectáculo modificó mi rostro tornándolo irreconocible incluso para mí mismo. Me convirtió en un fenómeno de circo. Un ser aberrante y deforme, que sufría las pesadas bromas de tres payasos sádicos e inclementes. Vivía encerrado en un carromato insignificante, con barrotes en las ventanas y con la puerta cerrada bajo llave. Este era mi nuevo destino. Las pocas veces que conciliaba el sueño, era para tener horribles pesadillas en las cuales los espíritus de mis víctimas del sótano acudían a mi encuentro para regocijarse de mi situación actual.
Mi abuelo paterno solía decirme a veces las vueltas que daba la vida.
En eso tenía toda la razón.
De carcelero he pasado a prisionero.
De torturador a la persona torturada.
De depredador a presa.
La última diferencia entre mis víctimas y yo es que ellas ya estaban muertas mientras yo me mantengo aún vivo.
Me levanto para aferrarme a los barrotes de mi prisión rodante.
¿En qué me he convertido?
Antes por mi condición de asesino en serie sin remordimientos de ningún tipo pudiera ser merecedor de la pena capital. ¡Pero y ahora! No me queda más consuelo que esperar mi oportunidad. No mi ocasión de escape. Si no la simple posibilidad de tener a mi alcance el cuello de triple papada del dueño de la compañía para rebanárselo de oreja a oreja con un afilado cuchillo. Hasta que ese momento llegue, he de conformarme con mis penurias de Monstruo de La Cabeza Lisa.
La entrada sólo cuesta doce dólares.
Pasen y vean, señores…
Verán que el “show” vale la pena.

FREAK (un fenómeno de circo) Escena segunda

Escena segunda de tan magna representación teatral. Subamos el telón y continuemos con las desventuras de nuestro entrañable protagonista. Vivamos sus peripecias en el circo más demoníaco que pueda existir en el mundo del espectáculo. Es tiempo de pasarlo mal, mis estimados lectores. Y por favor, eviten atragantarse con los cacahuetes salados. El presupuesto no nos llega para disponer de un equipo mínimamente necesario de primeros auxilios, JA JA JA.
Y ahora… silencio.

FREAK
(un fenómeno de circo)

Escena segunda

No tengo más el don de la palabra. Tan solo puedo soltar gruñidos abyectos por la falta de mi lengua. Mi rostro es una pura máscara de horror chinesca. Sin orejas. Sin nariz. Con la cabeza afeitada. Al principio me maquillaban como si fuera un payaso esquizofrénico surgido de una pesadilla de gin tonic con barbitúricos. Con el tiempo ya me fui acostumbrando a hacérmelo yo solito delante del espejo de mi camerino. Mi camerino estaba dentro mismo de mi prisión rodante. Y mi espejo era un pequeño trozo roto perteneciente a uno mayor que seguro que le habría traído no siete, sino un millón de años de mala suerte al dueño del mismo. Ojala que ese dueño fuese Basilio. Así se llama el gran maestro de ceremonias de la TROPA CELESTE. Y así se hace llamar su circo majestuoso y las atracciones que lleva a cuestas por buena parte de Europa y del continente americano. Las atracciones eran insufriblemente infantiles. ¿Para qué iban a resultar interesantes para los adultos, si la verdadera atracción era el propio circo? Un circo maquiavélico, donde los protagonistas eran seres deformes y caricaturescos saltando de trapecio en trapecio, fustigando a leones famélicos y carentes de toda cola, lanzando cuchillos afilados a la bella Marta, lo único agradable de ver en toda la “trouppe”, y rematando faena, el número de los payasos poseídos por Satanás persiguiendo sin parar al Monstruo de la Cabeza Lisa con el fin de masacrarle a porrazos con auténticos bates de béisbol.
Por cierto, yo soy el Monstruo de la Cabeza Lisa.
Basilio no me conoce bien. Cuando me atacó con el táser en mi ciudad natal con el objeto de convertirme en lo que ahora soy y en servirse de mis atractivos cara a la galería, jamás pudo sospechar que nos habíamos unido dos seres de lo más despreciables. Yo era por aquel entonces un asesino en serie sádico y cruel. Me encantaba mantener a mis víctimas inmovilizadas en una silla en el sótano de mi casa por horas interminables, inflingiéndoles todo tipo de torturas con objetos afilados, hasta que llegado el momento me aburría y decidía acelerar el proceso. Luego quedaba echar mano de la pala. De hecho en apenas un año disponía de un bonito cementerio bajo el suelo del sótano. Allí reposan los restos de una tal Anna. La osamenta de un tío cretino que vino a venderme un seguro del hogar a todo riesgo. La bicicleta de la repartidora de prensa matutina del barrio con su dueña, evidentemente. En fin. Eso era yo. Un despiadado, frío y calculador asesino. Hasta que a un estúpido dueño de una compañía ambulante albanesa se le ocurrió la brillante idea de secuestrarme para formar parte de su insufrible elenco de fenómenos de circo. Y sin contar con mi asentimiento. Y como me había dejado mudo, indocumentado y alejado de mi entorno familiar, si es que acaso yo lo tuviera, porque mis padres me detestaban y vivían al otro extremo del país, el bueno de don Basilio se había pensado que con el paso del tiempo ya no iba a tenérsela jurada, y que iba a terminar por adaptarme a su peculiar tropa de aberraciones andantes y parlantes. Craso error.
Llevaba un año colaborando de manera desinteresada en el dichoso numerito de los payasos satánicos, y poco a poco el maestro de ceremonias fue bajando de manera peligrosa la guardia. Se ve que tenía alguna clase de remordimiento respecto a lo que me había hecho, y como veía que El Monstruo de la Cabeza Lisa estaba ejecutando su labor diaria con todas las ganas del mundo que podía hacerlo una persona raptada y mutilada a las órdenes de su brutal captor, decidió que era hora que yo dejara de vivir y de trasladarme en el interior de la prisión andante. Me encontró acomodo en la caravana de un tipejo que tenía aspecto de reptil y que ejercía el número del hombre bala. Jamás quise interesarme si el tal Basilio le había rebautizado bajo una lluvia de ácido para conferirle a la piel ese aspecto tan granulado, así que estuvimos conviviendo ambos en buena paz y armonía, porque del mismo modo a él le importaba un pepino el modo en que yo me había quedado sin habla, sin nariz y sin orejas.
Con el paso del tiempo, me fui convirtiendo en uno más de la compañía y podía ya merodear a mis anchas por toda la zona de acampada. Y para mi sorpresa, una mañana don Basilio me concedió permiso para ir de excursión a la ciudad donde nos correspondía por esas fechas de la gira de verano.
Mi mejor amiga era la encantadora y majestuosa Marta. La muchachita que se afanaba en todas las funciones del circo a eludir los lanzamientos de cuchillos por parte de Sanabrio, el Duende de la Doble Chepa. Mediante mi escritura sobre un programa de fiestas de la localidad pude invitarle a que fuera mi adorable acompañante. Y Marta, cuyo corazón es de oro, aceptó de muy buen grado.
Más tarde, cuando volvimos ya de la excursión, me dirigí acompañado de mi colega de cuarto, el hombre con aspecto de reptil, hacia la caravana que hacía de oficinas del dueño albanés. Don Basilio abrió la puerta con desgana. Raramente aceptaba visitas de sus empleados en su despacho.
– Vaya. Don Feo y don Escamoso. ¿Qué se os ofrece por aquí? – nos trató de inicio con desdén.
Evidentemente yo no podía articular ni media palabra. Pero eso no importaba. Reptil estaba bien aleccionado sobre lo que tenía que decirle al puerco seboso de don Basilio.
– Cierre el pico, y quédese sentado en su silla – le ordenó Reptil.
– ¿Cómo? – Basilio hizo la intención de incorporarse, pero mi compañero le convenció de lo contrario con la exhibición de un machete.
– Está bien, muchacho. No te exaltes. Tengamos la fiesta en paz. Si queréis algo de dinero suelto para tomaros una coca cola, id a la taquilla y que os de Adela unos cambios. Decidle que vais de mi parte.- continuó diciendo para tratar de convencernos de no cometer una tontería.
El maestro de ceremonias esbozó una sonrisa nerviosa. No se esperaba que me fuera a acercar yo con una preciosa cuerda de nylon. Para cuando quiso resistirse, ya estaba con el lazo colocado entre su barriga y el respaldo del sillón. Lo demás fue dar vueltas a su alrededor hasta inmovilizarle por completo.
Su rostro se tornó iracundo. Estaba claro que esa situación no le agradaba lo más mínimo.
– ¿Qué hacéis, pareja de desgraciados? ¡Soltadme os digo! ¿O es que acaso queréis que os arregle un poco más vuestra fachada de actor de Hollywood?
Pataleó sentado y tironeó de la cuerda, pero los nudos que le había aplicado eran de los más eficaces contra todo tipo de escapismo. Hasta Houdini las hubiera pasado canutas con mi técnica de creación de nudos marineros.
Le puse un buen trapo en la boca, y así estuvo bien calladito. Con un gesto le indiqué a Reptil que se ocupara de vigilarlo mientras yo me dirigía al ordenador de sobremesa. Estaba encendido. Busqué la página Web del banco donde don Basilio tenía depositado todos sus bienes financieros. Esta información bendita se la debía a Marta, que por algo pasó alguna que otra velada lujuriosa con nuestro amigo el mantecas. Estaba todo introducido, menos la contraseña particular. Miré al empresario albanés. Reptil adivinó mis intenciones y se encargó de quitarle la mordaza.
– ¡Cabrones! En cuanto me suelte os voy a despellejar vivo en una tinaja de aceite hirviendo – bramó, con el rostro rojo de furia.
Reptil se encargó de tranquilizarle con el apoyo del filo del machete bajo su triple papada.
– Dinos la contraseña de acceso a tu cuenta – siseó Reptil.
– Me cago en tu madre…
– Será la última vez que te lo pida – le amenazó Reptil, apretando el filo contra los pliegues de grasa de su garganta.
El maestro de ceremonias de TROPA CELESTE nos confío la contraseña en un susurro desesperado. Me encargué de teclearlo en el campo de la pequeña ventana de acceso a su cuenta.
Una vez conseguido esto, todo lo demás fue coser y cantar.

Abandonamos la caravana un cuarto de hora después. Estuve divirtiéndome todo ese rato con la proliferación de grasa del empresario. Con un simple punzón de zapatero se consiguen un montón de perforaciones en un cuerpo humano antes de condenarlo a la muerte más sádica posible. Seguía llevándolo en mis genes. Llevaba casi año y medio sin haber asesinado a nadie. Fue una especie de liberación mental. Un anhelo recuperado de nuevo.
Los dos dejamos el complejo circense para dirigirnos a la ciudad. Quedamos citados con Marta en un local de comida rápida. Mi amigo Reptil estaba muy desconfiado. Pensaba que la chica nos la iba a jugar en el último momento. Le aseguré por gestos que ella era la persona en la que más creía de toda mi vida. Llegó con media hora de retraso. Acarreaba consigo un maletín de piel. Estaba muy sonriente. Dios. La chica te podía derretir con su simple sonrisa. Y sentándose, nos enseñó el contenido del maletín. Dentro del mismo había un montón de fajos de billetes de cincuenta euros. Una cantidad total de cien mil euros. La recaudación de la semana que llevábamos en la ciudad. Lloré emocionado.
Esa mañana que fui acompañado de Marta a la ciudad, fuimos a un banco y abrimos una cuenta a nombre de ella. Y a esa cuenta fue donde yo transferí buena parte de los ahorros del dueño del circo y del resto de atracciones de la feria.
Los tres juntos nos fundimos en un único y noble abrazo.
El camarero nos miraba de refilón.
Su expresión lo decía todo.
Cómo diablos podía tamaña belleza estar relacionada con dos fenómenos de circo como el Reptil y yo.
Ay amigo, eso mejor te lo explicaría yo con pelos y señales en un oscuro sótano acompañado de cuerdas y cuchillas de afeitar…

El sueño de Dandy

Rebuscando en el baúl de los recuerdos, he dado con una fotografía descolorida y que data de unos cuantos años. Simplemente poneros al corriente, mis estimados lectores de Escritos de Pesadillas, que me hallo en el ático de la casa de Dandy. Esta vivienda tiene su leyenda negra, que no viene al caso. Pero echadle un vistazo a la instantánea. En ella aparece el orgullo de la familia. Un niñito de ricitos rubios y sonrisa adorable. Qué ternura de querubin. Lo malo es que con el paso de los años, estas criaturas crecen y adquieren malos hábitos. Y muy en especial el caso que nos contempla.


No te comas las uñas. Vas a morir de todas formas siseó la voz cavernosa cerca de la puerta del armario ropero.
Dandy estaba temblando de pies a cabeza. Quería sollozar entre hipidos de tristeza y desesperación. Era un niño de sólo siete años, y aquel extraño que había llamado al timbre de casa acababa de asesinar a su padre y a su madre con un bate de béisbol con la punta rematada por clavos de dos centímetros. Su locura fue irrefrenable, convirtiendo el vestíbulo y parte del salón en una especie de matadero, salpicando las paredes y el mobiliario con la sangre de sus queridos padres.
Sal, cachorrito. Satanás te reclama. Eres su piñata. Y como tal, se te ha de sacudir de lo lindo hasta que revientes…continuaba la voz, justo ya al otro lado de la puerta.
Dandy notó la humedad deslizándose por los muslos. Se había hecho pis por el miedo que le embargaba.
De repente la puerta quedó abierta del todo.
Una figura oscura escrutó su presencia encogida entre la ropa colgada de la barra del armario ropero. El bate aferrado entre los dedos de ambos manos.
Te llegó la hora, pequeñajo. Ven con la Muerte le saludó aquella bestia inhumana.
Cuando Dandy miró fijamente a los ojos del psicópata, perdió el conocimiento.
Todo se volvió negro.
Oscuro.
Sus cinco sentidos fueron anulados.
Dejó de sentir todo.
Le llegó la Nada.

– ¡Despierta! Dandy. El reverendo Morrow viene para tu última confesión – le despertó de su sueño profundo el guarda de prisiones Al Cupino.
Dandy se incorporó lentamente de su catre hasta sentarse.
La puerta de su celda quedó abierta un instante de manera automática, controlada desde el ordenador central de la prisión.
Un sacerdote de avanzada edad entró en su compartimento individual.
Dandy lo miró con infinita devoción.
– Hijo mío. ¿Hay algo de lo que te tengas que arrepentir antes de afrontar tu destino? – fue una de las preguntas del cura.
Dandy miraba las palmas callosas de sus dos manos.
Aquellas que veinte años atrás portaron un bate de béisbol.
– Aún diciéndoselo, padre, no eludiré la muerte – dijo resignado.
– Me temo que no, hijo mío.
Dandy confesó sus pecados. Desde los más veniales, hasta el más grave.
Este último hacía referencia a la fatídica noche en que se le cruzaron los cables, acabando con la vida de sus propios padres.
– Que Dios Todopoderoso te perdone todas tus faltas, hijo mío – culminó el reverendo en un susurro.
Dandy tenía los ojos llorosos.
Le temblaba el labio superior.
En el sueño era sólo un niño.
Daría cualquier cosa por entrar en aquella ensoñación y decirle a la silueta que portaba el arma mortal que dejara en paz a sus padres, que no les hiciera daño.
Que no deseaba luego ser una persona mayor encerrada en la galería de los condenados a la pena capital.
Sus lágrimas desbordaron las comisuras de los ojos.
Se dejó consolar apoyándose sobre el hombro del religioso.
Dandy, Dandy.
Era un diminutivo infantil.
Y él ya tenía cincuenta años.
Aquél sueño solo sería alcanzable cuando le fuera aplicada la inyección letal.
Entonces volvería la misma sensación de oscuridad.
De duermevela…
Dandy,
Dandy,

era su canción de cuna.
Después tocaba dormir para siempre.

Una historia irracional

Este relato es una apuesta que tuve con un compañero del trabajo. Conocía mi afición de escritor aficionado de terror, y me convino a escribirle un relato corto en mi descanso. Evidentemente, compaginándolo con mi merecido bocadillo de chorizo. Si conseguía escribir el relato, me invitaba a un café con un bollo suizo. No se creía que entre mordisco y mordisco, iba a conseguir hilvanar una historia que consiguiera petrificarle de horror. Y vaya si gané la apuesta. No es que mi colega llegara al paroxismo del miedo más profundo vivido por los dos agentes del relato, pero poco le faltó, sobre todo cuando tuvo que pagar la cuenta en la cafetería del híper, ja ja. Se podría decir que su cara era todo un poema.

El agente Simms estaba degustando su donut glaseado con sumo deleite acompañado de su café con leche servido en el vaso de plástico de una máquina expendedora de bebidas cuando todo su contenido quedó vertido sobre sus rodillas al sobresaltarle un movimiento brusco de su compañero situado al volante del coche patrulla.
– Demonios, Red. Me has puesto perdido- se quejó enfadado.
– He visto algo.
– Cómo.
– Una silueta corriendo pegada a las fachadas de los edificios de la calle. Creo que se ha metido en el callejón sin salida.
– Pues vamos a echar un vistazo.

Simms y Red se internaron en el callejón tomando todas las precauciones del mundo. Armados y con la linterna de Simms iluminando lo que pudiera avecinarse a escasos metros delante de ellos. En la callejuela abundaba la basura y todo tipo de mobiliario viejo abandonado por sus antiguos propietarios. Continuaron avanzando hasta que dieron al fondo con una persona. Simms enfocó la figura con el haz de su linterna, sacándola del anonimato de las sombras. Era un joven desaliñado y con una larga melena que le llegaba hasta los hombros. Vestía unos vaqueros desgastados y rotos por las rodillas, con el torso desnudo. Lo que les llamó poderosamente la atención fue algo que sostenía en la mano derecha. Llevaba una cabeza de varón sujetada por los cabellos.
– ¡Dios Santo! ¿Qué has hecho, cabrón? – farfulló Simms, exaltado.
– Quédese quieto y no realice ningún movimiento extraño – Red echó mano de las esposas.
El chico los miraba con la vista perdida en el vacío.
– Tienes derecho a guardar silencio. Se te procurará un abogado de oficio, si así lo deseas.
“Ahora deposita…, lo que llevas en la mano, en el suelo- Red tragaba saliva.
La cabeza estaba chorreando aún sangre. Parecía que acabara de realizarse la decapitación hacía escasos minutos.
– Alza tus brazos, chico. Te doy cinco segundos para hacerlo. Hazlo, o si no disparo – le urgió Simms con el ceño fruncido.
Entonces sucedió algo inenarrable.
Los ojos de la cabeza se removieron en sus cuencas y se quedaron mirando con fijeza a los dos policías.
Estos se quedaron sin habla.
– A qué esperas, hijo mío – emergió una voz cavernosa de los labios de la cabeza.
El joven recuperó sus cinco sentidos. Su rostro se tornó brutal. Su otra mano realizó un movimiento brusco. Entre los dedos llevaba guardado un pequeño frasco que contenía un líquido transparente. Lo arrojó sobre los rostros de los agentes de policía. Estos no tardaron en aullar de dolor, dejando caer sus armas y la linterna sobre el suelo. El contenido que los salpicó era una especie de ácido. Con las manos llevadas a las caras, la piel de la tez se les iba cayendo a tiras, quedando los músculos faciales a la vista.
El portador de la cabeza humana recogió una de las pistolas y dio por concluido sus penalidades.
Instantes después abandonaba la escena llevándose consigo a
(su padre)
la cabeza que tanto respeto le infundaba.

Mensajero de la muerte

Hoy les invito a subirse en uno de los vagones de mi tren del horror. En este caso, nuestra ruta nos encamina por distintas paradas. En cada una de ellas, ha de bajarse nuestro protagonista anónimo para llevar a cabo su misión. Es retorcida. Enloquecedora. Ingrata. Pero ha de cumplir con lo que le ha marcado y deparado el destino. Él nunca pidió atesorar un don tan especial como el que dispone. Ni creo que ninguno de ustedes, mis queridos lectores, ambicionen semejante posibilidad de poder tenerlo. Al menos eso espero…

I

Era un día desapacible, lluvioso y bastante frío. Mes de enero del nuevo año en curso.
Tim Blueberry estaba al lado del semáforo de peatones, esperando a que el del lado contrario de la calle se pusiera verde para así poder cruzar el paso de cebra. Había escaso tráfico a eso de las siete de la mañana, aunque al ser un barrio de los suburbios de la urbe no era de las zonas más transitadas a lo largo del día. Tim tenía desplegado el paraguas. Era un modelo plegable de bolsillo, de los que suelen regalarse en los supermercados de vez en cuando con la publicidad de la marca en la lona impermeabilizante de la misma. Faltaban quince segundos escasos para el cambio de luz, cuando un extraño se situó a su lado. Era bastante alto, delgado y vestía un largo impermeable azul marino que le llegaba hasta las pantorrillas. Sobre la cabeza un sombrero a juego para la lluvia. Sus facciones eran chupadas. Extrañamente, llevaba puestas unas gafas de sol estilo a las que utilizara en vida John Lennon, de lentes pequeñas y circulares.
La luz se puso verde.
Era hora de cruzar la calle.
– Tim – le dijo al oído el hombre espigado, encogiéndose lo necesario para que le oyese.
Tim se quedó rígido.
El segundero debajo de la luz indicaba quince segundos restantes para recorrer el tramo que había de una acera a la otra.
Pero Tim ni se movió.
Volvió la cabeza, observando que el hombre se había estirado de nuevo.
– ¿Nos conocemos de algo? – preguntó intrigado.
El hombre estaba quieto. Parecía ni estar respirando.
– No – le contestó con voz monocorde.
Sin emoción.
– Entonces… – quiso continuar Tim, algo incómodo porque alguien que le era desconocido supiera su nombre de pila.
– Tim, vengo a decirte que tu mujer y tu hija están ya muertas.
En cuanto terminó de decir la frase, el extraño se marchó de su lado.
Tim tardó en reaccionar.
Hasta…
– ¿Qué dice? ¿Cómo puede decirme eso? Imposible. No. NO. Si acabo de dejar de verlas hace media hora. Desayunando…
Empezó a seguir al hombre del impermeable. Este se iba distanciando a largas zancadas. Andaba deprisa. Tim redobló sus intentos por alcanzarle, cuando la melodía de Dean Martin cantando la canción “Sway” procedió desde un bolsillo de su abrigo. Era el tono de llamada de su teléfono móvil. Se tuvo que detener en su caminata para atenderlo. En la pantalla vio el nombre de Kathy Moore. Era la vecina del piso de al lado.
Descolgó, aturdido por esa llamada.
– Dime, Kathy. Iba camino al trabajo.
– Timothy.
– Si.
– No sé cómo decírtelo.
– ¿El qué?
– Mary… Su depresión. Está aquí la policía. Por favor, ven rápido. Ha matado a Anita y luego se ha suicidado.

II

Patrick Lens estaba al borde de un ataque de nervios. El negocio particular que mantenía con su amigo y socio Robert Dumars estaba cerca de la suspensión de pagos. Se dedicaban a la producción de videojuegos de acción para ordenadores personales. En un principio, los primeros juegos tuvieron una gran aceptación. Llevados por el optimismo, contrataron a más programadores y resto de personal para la creación de los siguientes productos. En este caso, los números empezaron a no ser tan rentables. Tras tres sonoros fracasos de ventas, estaban ya a punto de cerrar la empresa. La última esperanza era el videojuego que estaban creando en ese momento. Pero necesitaban la inyección económica de un nuevo socio. Si no lo conseguían, todo se iría al garete. Robert había hipotecado su patrimonio personal, mientras Patrick había pedido un préstamo a un usurero, desesperado por intentar mantener el equipo de producción operativo unas semanas más.
Esas semanas ya estaban pasadas.
Su futuro ya era negro como el betún.
Estaba frente al escritorio de su despacho, esperando la llegada de su socio, cuando Virginia le anunció la llegada de una visita.
– ¿De quién se trata? No tenía a nadie citado en la agenda para esta hora – le contestó por el interfono.
La realidad es que llevaba sin tener una cita concertada en su agenda en el último mes y medio.
– No quiere darme su identidad. Simplemente dice que tiene que hablar contigo.
Patrick no estaba por recibir visitas inesperadas. Se terminó de morder una uña antes de dar el visto bueno.
– Déjale pasar. Puede que sea un mecenas de última hora que nos rescate de la hecatombe – dijo con risa nerviosa.
Cinco segundos después la puerta de su despacho fue abierta.
Patrick ni se movió de la silla. Estaba conforme con su ruina. ¿Qué le quedaba? ¿El suicidio?
El hombre era alto y delgado. Vestía un traje oscuro y llevaba unas ridículas gafas de sol de lentes redondas sobre el puente de la nariz.
– Dígame caballero. No se a qué viene, pero en fin, ya que está aquí, o bien me cuenta un chiste o me cita una esquela de la sección de necrológicas del diario. Lo mismo da, dada nuestra situación empresarial – se burló Patrick. Se colocó los pies encima de la mesa, y sin reparos le ofreció al visitante una mueca de desdén en los labios.
El hombre se mantuvo erguido, sin moverse un ápice de su sitio.
Tenía los dedos de las manos entrelazados sobre el vientre.
– Patrick. Tengo que comunicarle que sus padres están muertos.
Patrick se quedó de piedra. Se le borró la sonrisa falsa del rostro.
Bajó los pies.
Estaba al borde de la indignación.
– Maldito hijo de puta. A burlarse de su propia familia. Mis padres están perfectamente.
– Vengo también a decirle que Robert Dumars está muerto.
– ¿Qué es esto? Espera. Alguno de los empleados me está gastando una broma. Dada nuestra situación, querrá vengarse de esta manera. Pues me parece una auténtica memez. A reírse de sus muertos. Le despediré anticipadamente, ja.
Se incorporó de pie. Estaba exaltado. Estaba a punto de ir a por el hombre alto. Tenía ganas de echarlo a patadas. Finalmente apretó el interfono.
– ¿Sí, Patrick? – contestó Virginia.
– Hazme el favor de llevarte a este señor de aquí antes de que le de un buen puñetazo y le reviente sus estúpidas gafas.
El hombre de las lentes oscuras se mantuvo impertérrito, fijo en su lugar.
– La mujer de Robert Dumars también está muerta – concluyó.
Fue entonces cuando se dio la media vuelta, y antes de que acudiera la ayudante, abandonó el despacho.
– Maldito chiflado – masculló Patrick.
Virginia asomó medio cuerpo por el quicio de la puerta, preocupada.
– ¿Sucede algo malo, Pat?
Este se dejó caer en su silla.
La miró, desquiciado.
Todo estaba perdido. Su negocio, su vida.
– Será un puñetero jugador. Conoce nuestros nombres. Los ha debido sacar de Internet o de los créditos finales de los juegos.
Media hora más tarde vino lo peor.
Recibió la visita de un inspector de policía.
Su socio Robert Dumars había acudido armado al domicilio de Patrick, y al no encontrarle ahí, optó por acabar con la vida de sus padres. Acto seguido fue a su propia casa, asesinó a su mujer y terminó quitándose la vida de un tiro en la boca.
Definitivamente, todo estaba acabado.
A los pocos días, Patrick se quitó la vida arrojándose a la vía del tren.

III

El párroco estaba a punto de dirigirse al confesionario. Eran las once menos cinco de la mañana. La hora de atender los gestos de arrepentimiento de los feligreses más creyentes de la iglesia de Santa Eugenia.
En las décadas más recientes, el curso del tiempo estaba llevándose a la mayoría de los parroquianos. Eran todos mayores, y la juventud no se sentía atraída por ir a la iglesia. Así que no le era extraño encontrarse poca gente rezando de rodillas en los bancos, esperando el turno para ir a confesarse los pecados livianos que agobiaban sus conciencias.
Justo cuando iba camino del confesionario, vio a un hombre de edad indefinida. Estaba de pie, como si estuviera aguardando su llegada. Vestía un traje de luto, con unas diminutas gafas de sol que ocultaban su mirada. El padre Stephen pensaba que no tendría más de cincuenta años. Al pasar a su lado, lo saludó con una inclinación de cabeza y una media sonrisa.
Entonces…
– Padre Stéfano.
El párroco se quedó quieto. Nadie le llamaba por su nombre en italiano.
– Dígame.
– Tengo que decirle algo.
– Ahora mismo empieza el horario de confesión. En cuanto llegue su turno, puede decirme todo cuanto le aflige, hijo mío.
Quiso continuar andando hacia el confesionario, pero aquel hombre espigado y delgado alargó su brazo derecho y posó la mano sobre su hombro izquierdo, impidiéndole marchar.
– Hijo mío, tengo que iniciar el oficio de la confesión a mis feligreses.
El rostro del hombre permanecía inmutable.
Simplemente sus labios quedaron separados por unos segundos ínfimos para decir:
– Padre. Hoy usted muere.
Aflojó la presión de los dedos sobre el hombro del sacerdote.
El tiempo que este se quedó pensativo fue el necesario para que aquella persona abandonara la iglesia por una de las entradas laterales.
El padre Stephen se quedó bastante azorado. Tenía sesenta años. Su salud era buena.
Evidentemente, aquel hombre debía de estar trastornado para haberle dicho eso.
Reanudó su marcha hacia el confesionario.

El resto del día todo transcurrió con absoluta normalidad. Se confesaron siete feligreses. Ofició dos misas y por la tarde el rosario.
Fue justo al cierre del templo, las siete de la tarde, cuando vio una figura que le llamó la atención. Era un chico joven. Estaba sentado medio encogido en uno de los últimos bancos. Conforme se acercaba a él, vio que tenía muy mal aspecto. Ropa descuidada y sucia. Tendría como mucho veinte años. Los ojos vidriosos y el rostro enjuto y enfermizo. El joven le miraba con desconfianza conforme se le aproximaba al banco en el cual estaba sentado.
Al verlo de cerca, el padre Stephen supo que era un drogadicto.
– Hijo mío. Es hora de que salgas. Voy a cerrar las puertas del templo – se dirigió a él con voz suave y cariñosa.
El joven lo miró fijamente. De repente se alzó y exhibió una jeringuilla usada.
– Déme todo el dinero que le hayan dado hoy – le amenazó, usando la jeringuilla como si fuera un arma blanca.
– No puedo, hijo mío. Lo poco que se me entrega, son donativos para la Iglesia. Tienes que entenderlo – suplicó el padre Stephen.
Pero el joven dominado por la falta de dosis en su salud enfermiza perdió todo control sobre sí mismo.
Se echó encima del cuerpo del sacerdote. Empuñó la jeringuilla contra su cuello, quebrándose la aguja bajo la piel. El padre Stephen cayó al suelo de espaldas. El joven lo acompañó en su caída a causa del impulso. Rota la jeringuilla, extrajo un punzón del bolsillo de los pantalones. Desenfrenado, en el suelo le hincó varias veces la punta de la herramienta en el rostro. Alcanzó sus ojos, sus oídos, su garganta…
– No, hijo mío… Qué me haces…- imploró el padre Stéfano.
Poco a poco fue perdiendo fuerzas.
Su vista se nubló por las incisiones. El dolor lo acompañó. La sangre le fue llenado su propia garganta, atragantándole, sin que pudiera decir más.
El joven agresor persistió en su violencia, enloquecido, sin saber que el sacerdote acababa ya de morir, y por tanto, ya no era necesario continuar cebándose en su cadáver.
Cuando se hubo calmado, y sin haber rebuscado dinero alguno, abandonó la iglesia por una de las salidas laterales.

IV

Era una habitación miserable de una pensión de mala muerte. Disponía de lo mínimamente necesario para que un ser humano pudiera vivir ahí.
Una llave giró en la cerradura. El huésped tuvo que insistir tres veces hasta que por fin pudo tener acceso a su hogar.
Cerró la puerta con suavidad y colocó el pestillo del cerrojo.
Seguidamente se dirigió hacia su lecho.
Se tumbó sin quitarse la ropa que llevaba puesta, un traje oscuro.
No había encendido ninguna luz.
No le hacía falta.
Sus dedos sujetaron las gafas diminutas de lentes oscuras. Se las apartó de los ojos y las depositó encima de la mesita de noche.
Tenía los párpados pesados.
Estaba debilitado por el esfuerzo derrochado a lo largo del día.
Se llevó los puños a los ojos y se los restregó con fuerza.
Al fin pudo dejar traslucir sus emociones.
Empezó a llorar con fuerza.
Como un niño pequeño.
Él, que era alto.
Metro ochenta medía.
Él, que llevaba tantos años echados a la espalda.
Acababa de cumplir los 47.
Nunca se acostumbraría a su dolor.
Continuó frotándose los ojos.
En la oscuridad, surgieron destellos.
Como luces parpadeantes de un árbol de navidad.
Quiso apretar los dientes para no gimotear más.
Pero le fue imposible.
Y así estuvo llorando en soledad, maldiciendo una vez más su don como mensajero de la muerte de los demás.

Un vampiro contemporáneo

Acabamos de estrenar el año nuevo. Demosle la bienvenida al 2010. Dadas las fechas, he decidido publicar este relato de vampiros que discurre en pleno mes de enero. Lo escribí justo el 5 de enero del año 2009. Con el riego sanguíneo de mi cerebro adulterado por los efectos nocivos del cava, se me ocurrió la gracia de pergeñar un relato vampírico, donde se manifestase mi álter ego. Como verán, un setenta por ciento está basado en el lamentable estado mental en que me encontraba frente al ordenador. El resto es pura ficción. Por dios. Que soy muy tímido y jamás tramaría ninguna acción innoble contra la vecinita guapa del piso superior. Vecinita, que por supuesto, tan solo existe en mi imaginación, porque el que vive encima es más feo que un primate en vías de extinción.

Es de noche. Me encuentro con la mente embotada. Estamos a cinco de enero. Mientras la mayoría de la ciudadanía está en el centro de la ciudad asistiendo con los hijos al desfile de la cabalgata de reyes, yo estoy aquí sentado frente a la pantalla plana de mi ordenador, con una botella de cava al lado de mi silla giratoria. Ya me he bebido tres cuartas partes de su contenido. Estoy razonablemente ebrio. Y me enorgullezco de ello. Estoy solo. Nadie me acompaña en mi encierro virtual. El piso está frío y abandonado. No tengo la calefacción encendida. ¿Para qué la necesito, si mi organismo está igual de frío que la cámara del congelador del frigorífico? Continuó mirando a la pantalla del monitor. Estoy navegando por Internet. Buscando alguna amistad cercana en un portal de contactos en la cual estoy debidamente registrado como lord Fortuna. Da igual que sea de Pamplona. Mi alias tiene que ser anglosajón en homenaje a Bram Stoker, el autor de Drácula. Aunque bien visto, de haberme conocido hubiera tenido que cambiar el nombre del título de la novela.
Arrimé la copa de cristal de bohemia a mis finos labios incoloros y sorbí un poco más de cava. Era delicioso. Me sentía ingrávido, liviano. Se me antojó levitar un rato por mi habitación en posición horizontal. Fue maravilloso. Hasta que un aviso del antivirus instalado en mi equipo me informó de un intruso que deseaba aprovecharse de la señal inalámbrica de mi línea adsl. Mediante el wifi de su más que probable ordenador portátil estaba intentando servirse de mi línea para navegar de manera gratuita, ralentizando a la vez las megas de mi propio ordenador en su conexión a la red de redes. Agucé mis sentidos de percepción extrasensorial. No tardé en averiguar vida en el piso superior al mío. Era gracioso. A su manera, el inquilino de ese piso estaba ejerciendo de vampiro, nutriéndose de mi línea de adsl para así poder cotillear por páginas infames de Internet. Decidí salirme del ordenador y apagué el router antes de abandonar mis gélidas dependencias, encaminándome por el tramo de escaleras a la planta superior. Me situé frente a la puerta del piso donde residía el tunante que se aprovechaba de mi conexión valorada en setenta euros mensuales. Pulsé el timbre, impaciente. Quien me abrió fue una hermosa estudiante universitaria de unos veintiún años. Melena rubia castaña recogida en una cola de caballo. Alta. Esbelta. Atlética. Una delicia para la vista. Pero mi visión estaba muy borrosa por los efluvios del alcohol ingerido durante toda la tarde. La miré con descaro. Lucía unos pantalones vaqueros negros ceñidos y un top que le dejaba los hombros al descubierto.
– Hola. ¿Qué se le ofrece? – se interesó la bella joven.
“Tu precioso cuello”, pensé por unas décimas de segundos.
– Me imagino que ahora tendrás problemas para navegar por Internet- dije con cierto sarcasmo en mi voz.
– No sé a qué se refiere- dijo la chica a la defensiva.
– No soy estúpido. Sé que tienes un portátil que estaba interfiriendo en mi línea adsl inalámbrica. Soy vecino tuyo y acabo de descubrir que te servías de ella para navegar por la red sin pagar un duro. Mi equipo se resentía por tu intromisión. Ahora he apagado el router. Echemos un vistazo a tu ordenador. A ver si ahora consigue conectarse.
Mis palabras fueron alzándose sobre la muchacha como una ola sobre la cabeza suicida de un surfista australiano. Estaba pletórico. Las burbujas del espléndido cava recién ingerido me cosquilleaban el estómago aparte de la entrepierna. Ya lo tenía todo claro. La excusa de la intrusión en mi línea adsl me iba a servir para alimentarme de manera sencilla con la deliciosa sangre de esa joven humana. Es más, antes de nutrirme de ella, tenía pensado formar un sólo cuerpo con el de la joven, en una unión carnal de lo más pecaminosa. El cava me había puesto sumamente cachondo.
Entré en el piso, cerrando la puerta con suavidad. Controlé mentalmente a la estudiante universitaria como el domador que controla los movimientos del león amaestrado bajo la tiranía de su látigo. Fuimos hacia su dormitorio. Y una vez allí, la hice mía con un ardor desmedido, haciéndola de alternar los gemidos con los aullidos de dolor. Tras media hora de intensa pasión, bebí de su sangre hasta dejarla reseca y quebradiza como una momia de mil años de antigüedad.
Medio aletargado por los efectos de la bebida y de la fresca sangre recorriendo la ramificación de mis venas hasta incrementar los latidos de mi poderoso corazón inmortal, me incorporé y recogí la forma decaída de la joven, llevándomela conmigo hasta el sótano del antiguo inmueble. La caldera estaba encendida, y todo lo que tuve que hacer era depositar los restos de mi víctima en el interior del núcleo candente. Una vez concluida la operación, regresé a mi domicilio, donde aún me aguardaba una cuarta parte de cava por consumir y por restablecer la conexión del router con el ordenador. Daba por seguro que nunca más iba a volver a tener problemas con interferencias ajenas.
Solté una risa demencial.
Era un regalo del cielo ser un No Muerto.
Un Vampiro.
Y brindé por ello con la última copa de cava.

El vampiro de Astreza

El presente es también un relato de vampiros. Es muy breve, y el primero que escribí acerca de esta temática. Le tengo un cariño muy especial y por eso he decidido rescatarlo del fondo de mi blog, je je. Ya estaba cogiendo telarañas. Espero que a los lectores que aún no lo habían leído, les guste. Eso si, al final del relato, les pido un minuto de silencio para el infortunado Davide Casanni.

Estaba anocheciendo. Davide Casanni estaba observando el declinar del sol en la lejanía de la línea marcada por el horizonte apostado de pie al lado del hueco de la ventana de la torre de la mansión de la familia Tadesco Fratinni. Le quedaba una única solución. La de arrojarse al vacío. La puerta de la habitación estaba cerrada bajo llave y muy pronto iban a acudir en su búsqueda los integrantes del clan familiar. Estaban dispuestos a clavarle una estaca en el corazón, a meterle dientes de ajos en la boca y a cortarle la cabeza con una hoz.
Davide se alejó de la ventana. Tenía los brazos inmovilizados a la espalda por unos grilletes. Estaba desesperado. Se les había metido en la cabeza que él era el vampiro de la región de Astreza, una bestia infame que había asesinado ya a más de siete lugareños en las últimas tres semanas. Todo coincidía en el tiempo de su llegada a la zona. Luego estaban los colmillos que le asomaban en el maxilar superior de la dentadura. Ligeramente afilados por una ocurrencia de juventud cuando se quiso hacer de notar en la universidad de Verona. Algo que ahora mismo lamentaba haber hecho. Estaba estigmatizado como el vampiro, y no había forma de convencerles de lo contrario. Estaba indignado con la situación creada. El asesino, que no vampiro, estaría en ese mismo instante vagando libre por la región, siguiendo a su próxima víctima, y él, un simple tratante de ganado estaba condenado a ser eliminado de una forma tan cruel y sin sentido.
De nuevo atisbó a través de la ventana. La altura era de más de veinte metros. No había nada que pudiera amortiguar su caída brutal. Estaba espantado. Escuchó voces acercándose a la puerta. Eran varios. Los miembros varones de la familia con algunos de sus lacayos. Estaban sumamente exaltados. Le estaban vilipendiando con sus insultos antes de irrumpir en la estancia.
Una llave giró en la cerradura. La puerta inició su apertura.
Davide miró hacia la entrada.
Vio una hoz.
Vio la ristra de ajos.
Vio la estaca…

Su cuerpo cayó defenestrado desde lo alto de la torre, impactando contra el suelo y perdiendo todo contacto con la vida.
Desde los ventanales de la torre de piedra fueron asomando rostros en pleno alborozo. Aunque no habían sido ellos quienes habían acabado con el sanguinario vampiro, estaban felices. Ya solo quedaba bajar a por el cadáver, arrancarle la cabeza y quemar el resto de su cuerpo hasta reducirlo a cenizas.
La amenaza del vampiro había concluido.

Mientras, a varios kilómetros de distancia, en una gruta oscura y siniestra una bestia sanguinaria extraía las entrañas de su más reciente víctima. Su locura no tenía límites. Él si que era el auténtico vampiro de Astreza. Hundió el rostro en la carne humana, deleitándose con el sabor de la sangre.

Muñecos de nieve

Estamos en invierno. La nieve hace su acto de presencia, como debe ser. Es entonces cuando niños y adultos recurren a los juegos invernales. Las batallas a bolazo limpio. Patinar sobre el hielo. Y lo más encantador. Formar muñecos de nieve.
Aunque viendo el perfil de Natalia Tubbs, algo me da que no profesa simpatía hacia ellos…

Natalia Tubbs estaba dispuesta a efectuar su última visita puerta a puerta de la tarde noche. Eran las seis y media y la noche invernal se había adueñado del firmamento. Hacía tres grados bajo cero, y tras tres días seguidos de intensas nevadas, la climatología había moderado su inclemencia por unas horas. Todo estaba cubierto por nieve, y en ciertas zonas, como las aceras y el asfalto, los funcionarios municipales de la localidad habían esparcido sal para retrasar las heladas. También los vecinos habían colaborado de manera mancomunada retirando nieve y abriendo los caminos con el apoyo de las palas.
Natalia Tubbs era una veterana vendedora de enciclopedias a domicilio. Tenía cuarenta y cinco años, y llevaba ejerciendo de comercial desde que abandonase la universidad en su segundo año, es decir, a los veinte años. Tenía una facilidad de palabra y de convencimiento, que pronto se ganó cierta fama como una vendedora rentable y por tanto, cobraba buenas comisiones a fin de mes con las ventas alcanzadas. No paraba en todo el año en recorrer el estado de Nueva York de cabo a rabo. Su transporte, un Honda Civic de los 80, y su descanso, en moteles de carretera de Lunes a Sábado, con horario laboral continuado de nueve de la mañana a seis de la tarde, con los pertinentes descansos para el almuerzo y la comida.
En esta ocasión estaba prolongando ligeramente su horario laboral por culpa de una pérdida de tiempo consistente en una larga hora en casa de una anciana a la cual había estado a punto de hacerle invertir parte de sus ingresos como pensionista en la compra de una colección de libros centrados en los grandes patrimonios de la humanidad. Tenía ya su firma en el albarán de venta, cuando justo llegó el hijo único de la mujer. Nada más ponerse al corriente del sentido de la negociación, desgarró el contrato en dos y la puso literalmente de patitas en la calle.
Por este motivo estaba sumamente irritada. No había conseguido una sola venta en todo el día y estaba decidida a emplear el último cartucho con la casa de un tal señor Hicks. Según constaba en la ficha con sus datos personales, vivía en una zona ligeramente apartada del pueblo. Situada al frente del volante, fue conduciendo con prudencia. La iluminación de la última de las calles con viviendas de dos plantas a ambos lados de la misma fue disminuyendo conforme la distancia entre las farolas iba distanciándose. Según su GPS, la casa del señor Hicks se hallaba a media milla de la salida de la calle Siete de julio. Los faros delanteros del coche le iban marcando el camino por donde debía ir sin salirse de la carretera en mal estado. Unos cinco minutos después dio con la vivienda unifamiliar de su última visita del día. La luz de los faros iluminó una cerca de madera cubierta de nieve que rodeaba la parte delantera de la casa. Natalia aparcó el Honda Civic en paralelo a la misma y abotonándose el abrigo hasta el cuello, provista del maletín con los catálogos y los contratos, salió del interior confortable del coche para dirigirse con pasos pausados sobre la nieve hacia la entrada principal del hogar del señor Hicks. El frío le pareció más intenso. Conforme se aproximaba a la puerta, a su derecha, de lo que debiera ser el jardín delantero, ahora disfrazado bajo un tupido manto blanco de nieve, había colocadas tres figuras de nieve. Estaban alineadas en fila. La mayor mediría metro y medio y las otras dos eran un poco más pequeñas. Por lo visto el señor Hicks y su familia apelaban a la tradición cuando caía una nevada copiosa. Los tres muñecos llevaban cada uno un sombrero de paja sobre la cabeza redondeada. En los rostros, los botones negros que representaban a los ojos, la zanahoria a la nariz y una tela roja en forma de sonrisa que hacía de boca. A Natalia le llamó la atención el rato que habría llevado formar las tres figuras, pues la nieve empleada por el cálculo del grosor de sus cuerpos debía haber sido en gran cantidad. Acumular tanta nieve y sobre todo con las temperaturas tan gélidas era un acto del todo heroico.
Se olvidó de los muñecos y sin más espera, pulsó el timbre de la puerta.
Aguardó medio minuto, pero nadie acudió a la entrada.
Repitió la acción.
Nada.
Estaba ya helada de frío.
Insistió varias veces. Malhumorada.
Menudo día llevaba. No tenía ganas de cenar. Tan solo tomarse un baño caliente y relajante en la habitación del motel Principal Avenida.
Estaba volviéndose cara a los muñecos de nieve
(ahora los consideraba ridículos y grotescos. Sin duda que el señor Hicks y sus hijos no iban a destacar como escultores)
cuando la puerta fue entornada hacia adentro con presteza. Natalia giró su cuello, dispuesta a encontrarse con el señor Hicks…
Su sorpresa fue monumental. En el quicio había una persona de gran envergadura, vestido con ropa de leñador y con una bolsa de cartón de supermercado colocado en la cabeza a modo de careta. Tenía los preceptivos agujeros para los ojos y la nariz.
– Qué – atinó a decir Natalia antes de que aquel individuo le arremetiera con un bate de béisbol en la cara.
El impacto le dio de lleno en la nariz, fracturándole el tabique nasal y ocasionándole le pérdida del sentido. Su cuerpo perdió el equilibrio sobre las piernas, el maletín se soltó de los dedos de su mano derecha, abriéndose en la caída, mostrando los catálogos de las enciclopedias, con algunas hojas de los contratos desparramándose en su derredor y su figura se colapsó contra la nieve que cubría el suelo ante la entrada a la casa.
La persona de la careta de cartón arrojó el bate contra una pared del vestíbulo. Examinó con detenimiento a la mujer. Una vez comprobado que estaba completamente inconsciente, entró en su casa. Sus movimientos eran exageradamente precipitados, fruto del temor que su visitante pudiera recobrar el conocimiento antes de que le diera tiempo a reunir las herramientas indispensables para solucionar aquel ligero contratiempo.

Natalia Tubbs despertó demasiado tarde para su gusto. Primero fue el dolor insoportable producto del golpe del bate en su rostro. Seguido de la enorme sensación de frío que sentía al estar simplemente vestida con su ropa interior. Lo siguiente fue mucho peor. Nada más abrir sus ojos, el horror de la realidad más terrible la sumió en un estado de paroxismo extremo. Quiso gritar con fuerzas, pero sus labios estaban sometidos bajo una apretada mordaza. Igualmente quiso mover su cuerpo. Cosa harto imposible. Aquel sujeto que escondía su personalidad dentro de una bolsa de cartón de supermercado había cavado un profundo hoyo en la nieve y la tierra del jardín delantero de su casa. En el hoyo hincó un poste de madera de metro y medio. Acto seguido la había asegurado al mismo, con los pies enterrados dentro del hoyo, los brazos entrelazados a la espalda por detrás del poste y asegurados con cuerda. Después de eso, había rodeado el resto de su cuerpo con más cuerdas alrededor del grueso madero, dejándola completamente inmovilizada. Natalia hizo todo lo buenamente posible por desasirse, pero estaba firmemente atada y desvalida ante las oscuras intenciones de aquel chalado.
El estrafalario personaje quedó satisfecho del inicio de su obra.
Entonces puso en marcha la segunda parte de su plan.
Con la ayuda de una pala, fue amontonando nieve al lado del cuerpo de Natalia.
La mujer agitó su cabeza con rabia.
Fue cuando pudo ver por el rabillo del ojo que estaba alineada al lado de los tres muñecos de nieve.
Mordió la mordaza con fuerza. Imploró ayuda desesperadamente, pero nadie podía escuchar sus murmullos.
La careta de cartón no aminoraba el ritmo de paladas.
Estaba ya cansado. Quería acumular la cantidad de nieve necesaria para formar un nuevo muñeco de nieve. Deseaba que este fuese el último.
Ya había tenido suficiente con ocultar los cuerpos de su mujer y sus dos hijos…

El usurpador de mentes

– Fuiste tú. Eres el asesino. El responsable de su muerte – me susurró una voz en el interior de mi cabeza.
Estaba paralizado. Quieto. De pie en la antesala de la entrada a aquel callejón angosto y estrecho sin salida final. Delante de mí estaba aquella persona. Vestía un amplio gabán marrón oscuro de aspecto pulcro y limpio. Parecía casi de estreno. La prenda le cubría hasta las pantorrillas de los pantalones. Sobre su cabeza, una especie de sombrero de ala ancha. Estaba lloviendo. Jarreando con fuerza. No me fijaba en los rasgos de su rostro. No podía fijarme en nada. Estaba inmóvil en cuerpo y espíritu. En palabra y pensamiento.
Aquella entidad me habló de nuevo.
– Sujeta esto. Lo necesitas para justificar tu participación en los hechos. Has matado a una muchacha. Le has abierto la garganta para verter su sangre. Una sangre que yo necesito. Y que me llevo. Ya no me verás más. Eso espero por tu bien. Ellos te juzgarán. Te culparán de mi hazaña. Y no te entenderán. Aborrecerán tu actitud. Te pudrirás en la cárcel por mí. Y eso en el mejor de los casos. Eres mi escudo. Otro tanto de cientos que tengo por el mundo. Gracias a la cantidad, mi existencia sigue vigente.
La figura se apartó de mi campo de visión.
Desapareció de mi vista.
La lluvia me cegaba.
Al poco pude recuperar los sentidos de nuevo y aprecié lo que me había dejado entre los dedos de la mano. Un feroz estilete de acero. De aspecto ancestral. Perteneciente a una cultura de siglos atrás.
El filo estaba sucio de sangre. Al igual que parte del mango. Las gotas de la lluvia diluían su contenido sobre la manga de mi chaqueta. Desesperado, lo dejé caer sobre el suelo encharcado. Alcé el rostro protegiéndolo con la palma de la otra mano para así entrever el final del callejón. Unas piernas desnudas surgían desde detrás de un contenedor de basura. Los pies relucían del brillo de la sangre recogida en un amplio charco. Se suponía que aquella persona estaba muerta. Asesinada vilmente.
Su futuro quedó truncado por mi instinto homicida.
Yo era un criminal sin remordimientos.
Una brutal bestia que ansiaba la muerte ajena.
Todo esto lo comprendí en escasos segundos.
Mi mente me había jugado una mala pasada.
Dándome cuenta que corría un grave riesgo permaneciendo cerca de mi víctima, eché a correr.
Me di a la fuga sin un rumbo fijo. Simplemente corría todo cuanto mis piernas me permitían.
– ¡Dios Santo! El asesino del estilete ha matado a una chica – escuché detrás de mi conforme me alejaba de aquel callejón.
Quise ganar metros, pero fue inútil.
La gente se arremolinó en mis cercanías. Se me relacionó con los hechos por la manga de mi chaqueta impregnada en sangre. Se inició una persecución por las calles adyacentes. La calzada estaba compuesta de adoquines. El suelo estaba resbaladizo por la humedad. Me resbalé y caí de bruces. Cuando quise incorporarme, ya era demasiado tarde. Fui agarrado y zarandeado.
– ¡Criminal! ¡Pagarás todos tus abusos con tu propia vida!
Recibí golpes y escupitajos. Alguien facilitó una soga y fui atado con los brazos sobre los costados. Luego otra soga con su final en forma de lazo con un nudo corredizo fue lanzada alrededor del soporte de la luz de una farola de hierro. Quise evitar que me pasaran el lazo por el cuello, pero fue imposible.
Yo era responsable de mis delitos.
Y por ello se pusieron a tirar de la cuerda.
Mis pies perdieron contacto con el suelo.
El nudo se apretó contra mi nuez.
Me resistí como pude, pataleando en el vacío.
La turba reía y me vilipendiaba.
Estaba claro que deseaban mi muerte.
Tanto como yo deseaba la de los demás.

Los segundos finales pasaron con una lentitud exasperante.
Yo estaba convencido de ser una alimaña sin escrúpulos.
Un asesino de mujeres jóvenes.
Hasta que, estando ya a punto de morir ahorcado, contemplé entre el grupo de justicieros a la figura conocida del gabán. Mi mente dejó de estar nublada. Yo era inocente, quise proclamar sin demora, pero la cuerda estaba ya demasiada ceñida y de mis labios amoratados no surgió ni siquiera la primera sílaba de la frase.
Lo tenía claro en ese instante.
Yo era en verdad un ciudadano normal y honesto.
Sin embargo iba a morir ahorcado como un perro observando como últimos detalles de mi ingrata realidad al verdadero rostro de mis pesares.
¡Así se trata a los cerdos! – gritó una voz estridente sobre las del resto del grupo.
Era la voz del auténtico asesino.
Me sonrió con ironía.
Sería lo último que me quedaba por ver en vida.
El sucio regodeo del causante de dos muertes esa misma tarde.
La de la chica y la mía.

El fin de una raza

La virtud de Lettisier residía en su capacidad de hacer germinar el fruto del odio entre los suyos. Era una raza agonizante. Sin esperanzas. Sin deseos casi de supervivencia. Desalentada. Decidida a extinguirse de este mundo. Un vasto mundo con muchas zonas aún inexploradas. Regiones donde el hombre estaba por adentrarse en sus corazones virginales. Del mismo modo que se desconocía la presencia de Lettisier y los suyos anidando en algunos de esos sitios remotos.

– ¡Caminad deprisa! – arengó uno de los biólogos a los portadores con los voluminosos pertrechos científicos y de supervivencia sobre sus espaldas dobladas por el peso en sí de los mismos.
Los ayudantes estaban inquietos. El grupo estaba en mitad de la selva en medio de un aguacero despiadado. Decidieron detenerse en una zona donde los troncos de los árboles estaban más espaciados entre sí. Extendieron lonas para improvisar un refugio pasajero mientras durase la tormenta.
– Esto es de locos. Nos vamos a poner todos enfermos en pocas horas – comentó el segundo biólogo a su compañero con las ropas empapadas.
– No podemos echarnos atrás. Demasiado tarde. Tardaríamos otros tres días en regresar al poblado. Hay que tirar hacia delante como sea.
Los dos estaban situados bajo una de las lonas dispuestas entre dos troncos, mientras los cuatro porteadores lo hacían tiritando de frío bajo otra lona sin soporte ninguno que la mantuviese extendida y sujeta. Los nativos cuchicheaban. Estaban aterrorizados. Gesticulaban desesperados por haberse dejado convencer por los científicos en acompañarles hasta el nacimiento del río Ococo.
El científico de mayor edad quiso encender un cigarrillo, pero estaba flojo y blando por la humedad y no prendió. Lo tiró sobre el suelo enlodado presa de la frustración.
– No hemos tenido suerte. Se suponía que la temporada de lluvias llegaba la semana próxima a esta.
– Eso reflejaba el parte meteorológico que nos mandaron desde la central en Berlín. Tenemos toda la tecnología del mundo dando vueltas alrededor del planeta, pero ni con los más avanzados satélites predicen el tiempo como Dios manda.
La intensidad de la lluvia fue creciendo en su apogeo. Golpeaba con fuerza las hojas y las ramas de alrededor, sumiendo el campamento improvisado en una cacofonía donde apenas se podían escuchar lo que uno le decía al otro.
Entonces vieron las figuras. Estaban entre las lianas de los troncos situados enfrente de ellos. Serían unas diez siluetas. Los dos científicos se restregaban los ojos de las gotas de lluvia para apreciarlos mejor. Se quedaron boquiabiertos.
– Jesús Santo – se le escapó al biólogo más veterano.
Los cuatro porteadores enloquecieron del horror. Abandonaron su sitio bajo la lona y cada uno huyó a su aire. Los científicos vieron como detrás de cada porteador iban dos figuras persiguiéndolos hasta alcanzarlos y tumbarlos de espaldas sobre el lecho fangoso.
– Es imposible. Si miden casi TRES METROS – dijo el científico más joven.
Les fueron arrancadas las cabezas a cada uno de los porteadores. Luego las piernas y los brazos con la misma facilidad que si se estuviera desmembrando un muñeco de peluche.
El científico más joven, que se llamaba Thomas, vio petrificado como su compañero era tironeado de una pierna por una de las figuras demenciales, siendo arrastrado hasta desaparecer detrás de un tupido matorral.
Estaba solo. Todas las demás figuras, los restos de los porteadores y su colega de profesión habían desaparecido de la escena. La lluvia continuaba inclemente. Se quiso incorporar entre temblores. Lo consiguió a duras penas. Se fue alejando de la lona hasta que tropezó con una de las sobrecargadas mochilas, cayendo de medio lado sobre la rodilla derecha. Notó un crujido seguido de un fuerte ramalazo de dolor. Se había producido una rotura de ligamentos. Hizo lo posible por darse la vuelta hasta quedar sentado con la espalda recostada contra las abultadas escamas de la corteza de un tronco.
Al otro extremo resurgió la figura de Lettisier. Medía dos metros ochenta. No era el más alto del grupo, pero si el más carismático. Les había dicho a los demás que iba a encargarse él solo de ese hombre. Cogió impulso desde sus talones y pegó un brinco descomunal de siete metros que lo situó frente a Thomas. El científico contempló a la criatura con un pánico incontenible.
– Esto no es real. Tú no puedes existir – murmuró atónito.
Los cabellos de Lettisier eran lacios y oscuros y le llegaban hasta las rodillas, tapándole el rostro por completo. Estaba desnudo. Su piel era algo escamosa y sus articulaciones eran extremadamente delgadas. Su olor corporal era nauseabundo al estar recubierto por los excrementos de sus propias víctimas. Transcurrieron unos segundos de quietud, hasta que la criatura decidió que era hora de cebarse en Thomas. Lo hizo con tal presteza, que no le dio tiempo ni a aullar de dolor antes de morir.

Lettisier estaba un poco más esperanzado ante el futuro de su raza. Los restos de los seis hombres estaban amontonados en el centro de un claro. Había parado de llover. Miró a sus hermanos. Alzó su rostro oculto entre mechones de largos cabellos hacia la espesura de las copas de los árboles y prorrumpió en un alarido de satisfacción. Los demás le acompañaron en la letanía, convencidos que con el liderazgo de Lettisier su extinción iba a posponerse en los siglos venideros. Pues sus vidas eran longevas y sanas y tan solo les quedaba hallar una compañera con la que perpetuar y asegurar la especie.