Un corte de pelo definitivo

Hum… Este Harry le veo un poco descuidado en su aspecto externo.
¡Dominique!
– ¿Diga?, mi amo.
El nuevo empleado precisa de un buen corte de pelo. Fíjese en sus greñas. Parece casi un mamut.
– Del todo de acuerdo, señor. Pero decirle que tijeras no tengo. Las últimas se le rompieron a Bogus Bogus descuartizando al perezoso que está cocinando para la invitada especial Nikitta, de Holocausto Español.
¡Cómo! Ese cocinero es demasiado rudo. Voy a tener que rebajarle más el salario.
En fin. Hágase con las podaderas de jardinería. Servirán igualmente.
Ahora que ya se va mi mayordomo, les dejo que lean con plena concentración los renglones torcidos de mi siguiente relato.

Marjorie escrutó con sus ojos castaños la sala de estar. Como había previsto, su hijo Jim estaba allí echado de lado sobre la alfombra de lana echándole un amplio vistazo, al parecer por la amplitud de su sonrisa satisfecha, con entera dedicación a las fotos más picantes de una revista play boy.
Jim era el hijo único de la familia Levinson, con diecisiete años recién estrenados la semana pasada. Como tantos otros golfillos de su misma edad pertenecientes a una condición social y económica por encima de la clase media acomodada, pasaba más tiempo interesado en vestir a la última moda, acudiendo el fin de semana al polideportivo para disfrutar viendo una nueva victoria de su equipo favorito de balonmano, llamado este “Los Ociosos”, jugando una partida de billar americano en el Teodoro´s Bar y entreteniéndose con algunos amigos en la búsqueda de alguna extraña criatura de melena larga y luciendo buen tipo con minifaldas sugerentes.
Su madre se acercó en completo silencio hasta situarse detrás del sofá. Erguida desde su porte pudo observar a su hijo ofreciéndole la espalda. El ruido característico producido al pasar la hoja pegajosa de una revista indecente la hizo de fruncir el ceño, disgustada. Agraviada por la frescura de Jim, tosió a propósito, haciéndole reaccionar, volviendo su cabeza hacia el origen del sonido seco, dejando momentáneamente en el olvido la revista apartada encima de la mesilla de vidrio situado entre el sofá y su cuerpo.
– ¿Qué quieres, mamá? ¿No ves que me encuentro muy atareado? – preguntó con sorna.
Marjorie rodeó el sofá y la mesilla situándose frente a su hijo. Se puso de cuclillas, alargando la mano derecha para tocarle el pelo castaño que le llegaba hasta los hombros.
– ¿No crees, Jimmy, que ya va siendo hora que te des una vuelta por la barbería? Que yo sepa, no estamos viviendo en plena jungla, ni yo poseo el espíritu aventurero de Jane. Eso sí, verte con esta pelambrera me pone en la inmensa duda si en vez de estar criando a un muchacho rebelde, estamos intentando domesticar en vano a la mona esa que siempre acompaña a Tarzán.
– Chita, madre – Jim guiñó su ojo derecho con desdén.
– Eso. La mona Chita – Marjorie permaneció pensativa unos segundos, como si su mente estuviera distraída por culpa de la interrupción de Jim. Tras morderse una uña, pudo recobrar el hilo de la conversación: – Volviendo al asunto relacionado con tu querida mata de pelo, si todavía te das prisa, puedes llegar a tiempo antes de que cierren la barbería. Así para cuando hayas vuelto, tu padre ya habrá regresado de la reunión que está manteniendo con los directivos de la constructora Purvis Ltd. A la vez yo aprovecharé para visitar el supermercado y hacer unas compras de última hora.
“Cuando tu padre te vea con otro aspecto diametralmente opuesto al que exhibes ahora, seguro que se quedará asombrado y feliz de poder reconocerte por fin como su hijo legítimo.
Jim se removió con desgana sobre la alfombra, quedándose sentado con las piernas extendidas y las manos apoyadas en el suelo. Miró a su madre, e intentando expresar una seriedad de la que carecía, dijo:
– Con una condición innegociable. Me pagas tú el corte. Yo estoy sin blanca desde ayer, en que me gasté mi último dólar.
– Claro, Jimmy. Ya te lo pagaré gustosa. Pero a ver si ahorras, hijo, en vez de dilapidar la paga semanal en bebidas, cigarrillos y revistas pornográficas. Realmente, no entiendo cómo tu padre te permite comprarlas. Tu nivel intelectual no se verá incrementado, como no sea que algunas preguntas correspondientes a tu examen de anatomía humana se refieran a las cualidades físicas de las chicas de Penthouse.
– No es que haya ningún truco raro, mamá. Simplemente que papá también las revisa de vez en cuando. Si no me crees, ve a curiosear en los cajones del escritorio de su despacho. Te aseguro que te llevarás una sorpresa descomunal, ja ja – Jim repitió el guiño con el ojo derecho.
Marjorie emitió un sintomático bufido y se puso de pie. Se acercó a su bolso que estaba sobre uno de los brazos del sofá y buscó su billetera. No tardó nada en ofrecerle un billete seminuevo de veinte dólares.
– No tengo billetes más pequeños. Arréglatelas con este, pero el cambio me lo devuelves, que se que te sobrarán unos cuantos dólares. Nada de gastarlo… – su madre esbozó una amplia mueca burlona. – Nada de gastarlo en un crecepelo de los que anuncian en la tele, ¿de acuerdo?
Jim se guardó para sus adentros la observación acerca de la escasa vis cómica de su madre.
Simplemente respondió:
– Si. Claro, madre. Yo soy de fiar.

Jim se puso con bastante desgana la cazadora de cuero negro que adquirió en el período de una campaña publicitaria televisiva de la marca irlandesa Dublin Design, saliendo de casa.
Aunque ya era ciertamente mayor, la idea de ir de excursión a la barbería no le gustaba ni un “pelo”. Recordaba con cierta tristeza la visita más reciente hace cosa de cinco meses. Su soberbia melena sufrió tal ataque virulento por parte del barbero y de sus diabólicas tijeras, obligándole en el mes siguiente a tener que llevar puesta sobre la cocorota una gorra de béisbol de los New York Yankees para de ese modo evitar ser el hazmerreír del colegio.
Aparte de este factor psicológico y de autoestima muy fundamental, odiaba la barbería por el dueño de la misma. Este era muy amigo de su padre, al que tuvo el placer de conocer cuando visitó un bloque de edificios viejos y en estado de ruina que iban a ser derribados para luego aprovechar el solar con la construcción de una estructura de oficinas. Decir que en uno de aquellos pisos decrépitos vivía por aquel entonces el peluquero y su familia, llegados desde la distante Albania. Jim nunca llegó a entender cómo llegarían a entablar una amistad que aún perduraba. Este amigo de su padre, llamado Ivanias Tonkeski, tenía la inveterada costumbre de hablar hasta por los codos, dándole la pelmada explicándole los pormenores de por qué había huido de Albania hacía veinte años. Que si había participado en manifestaciones en contra de la dictadura, formando barricadas en las calles más céntricas de Tirana, lanzando cócteles molotov a los carros blindados, escupiendo directamente en la cara a más de un soldado represor, golpeando con palos con clavos en la punta a los cuartos traseros de la caballería montada antidisturbios, y más patrañas por el estilo, que finalmente culminaría en su fuga atravesando media Europa hasta poder obtener el visado de entrada en los Estados Unidos con toda su familia como refugiado político. Pero Tonkeski no era la gota que colmaba el vaso de la paciencia de Jim siempre que este frecuentaba su negocio. Uno de los refranes que solía recitar el bueno del señor Ivanias era el referido a que cada idiota tiene un semejante que le supera en estupidez. El barbero tenía como semejante a Andrea Kostas Papanolekospoulos, griego de nacimiento. Este, con la excusa de querer ayudar en la barbería realizando la ardua labor de barrer con la escoba el pelo que caía al suelo procedente de las cabezas de la clientela, aprovechaba para largarles mil y una historias referidas a sus ancestros, a su país de origen, a su equipo favorito de baloncesto, el Aris de Salónica donde jugaban el dueto mágico formado por Gallis y Yianakkis, y como no, realzando las virtudes del yogur griego. En fin, era una máquina parlante, tan perfecta, que no necesitaba uso de que le dieran cuerda.
Lentamente y sin pausa, Jim se encaminaba a su destino final. Cruzó en diagonal la calle Denford, dirigiéndose hacia la Seven Tigers. Apresuró un poco el paso dejando detrás de si los números pares de varios portales. Transcurridos escasos segundos se quedó frente a la puerta de la famosa barbería “Ivanias Ton.”. Se rió al pensar que el hombre estaba gordo, pero en absoluto pesaba una tonelada.
Su sonrisa desapareció al instante.
El local estaba cerrado.
Un cartelito colgado al otro lado del cristal de la puerta lo decía bien a las claras.
Jim masculló unas palabras ofensivas, añadiendo un violento porrazo a la puerta con el puño cerrado de la mano derecha. El vidrio aguantó impertérrito el impacto, mientras la piel de los nudillos se levantó levemente. Jim volvió a soltar una palabra malsonante, y hubiera persistido con una lista entera emulando a la de la compra de su madre en el Wallmart si no hubiera sido por la interrupción de la voz pastosa que escuchó a la altura de su nuca.
– ¿Desea el señorito pasar una apacible noche en una celda dotada de un catre duro y un inodoro sin asiento donde poder sentarse para aliviarse los intestinos? Además disfrutarías con la panorámica estrellada. Decirte que las estrellas las verías por los efectos de mi porra en tu mollera de grillo, hijo.
Jim se dio la vuelta adoptando una pose de rebeldía juvenil, encontrándose ante el respetable cumplidor de la ley en el barrio donde residía, el agente Spity (cumplidor de que se hubiera abolido la ley seca, ja ja). En realidad se trataba de un idota presuntuoso que solo alcanzaba a rebasar con la ayuda de alguna influencia familiar la estatura mínima exigida para ingresar en el cuerpo de la policía local. La fisionomía de Spity se complementaba con una respetable barriga motivada por los ingentes filetes de ternera masticados e ingeridos y la cantidad ilimitada de cerveza trasegada a lo largo de los años como cliente asiduo de la taberna Luna Pálida.
El buen hombre daba vueltas a su porra, mostrando su amarillenta y desigual dentadura al advertir que el granuja mal hablante que estaba arremetiendo contra la propiedad privada de Tonkeski, era Jim Levinson.
– Vaya. Si eres tú. Ciertamente con esa pinta que llevas es fácil confundirte desde la distancia con un drogadicto – hizo pasar levemente la porra por encima de la poblada cabellera del muchacho. – Vienes a darte una buena rapada, ¿no, Jim? Pues el local está cerrado.
– Ya lo veo. Tengo ojos y también se leer – respondió Jim con acritud.
– Tonkeski está de luto. Su mujer murió esta madrugada. De un ataque fulminante al corazón.
Spity apartó la porra y la guardó en el cinto de su uniforme. Apuntó con el dedo índice de la mano izquierda hacia el sombrío semblante de Jim.
– Tendrás que cortártelo otro día, chaval. Si, otro día. Mira que tienes mala suerte. Por fin que te has decidido a venir, el bueno de Tonkeski no está por la labor de trabajar hoy. Bueno, a ti te dará igual que esté cerrada. Daría el coste de una velada en una pizzería italiana a que no tenías ni pizca de ganas de ver cómo el barbero iba a tener que recurrir a unas podaderas para dejarte medio decente. Pero como tu mamaíta te habrá obligado bajo la condición de no dejarte ver el capítulo especial de Tom y Jerry, no te quedó otra, eh, niño.
Jim dirigió una mirada devastadora a Spity. Apretó con fuerza sus puños, sintiendo un ligero dolor motivado por la incrustación de las uñas de los dedos en la piel de las palmas de las manos.
– Oye, bobo – explotó. – Si llevo de esta guisa el pelo es porque me da la real gana. ¿Entendido, sapo tripudo?
Spity se indignó al oír el último calificativo peyorativo dado por Jim. Apretó los dientes, asiendo al joven por los hombros, y empleando toda su fuerza, lo sacudió de lado a lado.
– Mira, maldito melenudo de mierda. No te detengo por ser tu padre un pedazo de pan, pero te aseguro…, pero que bien asegurado, que pronto tendrás noticias mías de una forma u otra. Verás qué noticias – dicho esto, lo soltó con brusquedad, marchándose del lugar a paso lento y bamboleante.
Jim escupió una flema en el suelo. Se quedó ahí de pie hasta sosegarse un poco. Enrabietado, dirigió su mirada hacia el cartelito del cierre de la barbería.
La palabra remarcada en letras mayúsculas continuaba desafiándole.
Entonces Jim lo tuvo claro.
Decidió ir en busca de otra barbería que estuviera abierta a esas horas.
Simplemente era
cuestión de orgullo.

Jim estuvo durante veinte minutos recorriendo la zona a paso casi de legionario en busca de una barbería que estuviera abierta a esas horas. Cuando ya empezaba a notar el cansancio propio de la trotina dispensada a sus piernas y tenía la intención de emprender el camino de regreso a casa, divisó una peculiar callejuela, la cual se cruzaba con parte de la calle Deskale. Se acercó hasta la entrada. Desde la acera alcanzaba a ver a lo lejos un cilindro en posición vertical común en muchas de las tradicionales barberías el cual utilizaban a modo de llamativo reclamo. Se lo estuvo pensando durante bastante rato si era conveniente o no intentar cometer la heroicidad de llegar hasta el local. Desde luego el ecosistema particular de la callejuela no ofrecía ningún tipo de garantía. Comenzando por la fauna local en forma de prostitutas parlanchinas y escandalosas, los drogadictos bajo los efectos del crack y los mendigos simulando dolencias físicas para conseguir unas míseras monedas de un centavo, pasando por el estado lamentable del asfalto, de las aceras y los edificios en general: todo era desolador.
Las fachadas de los inmuebles ofrecían innumerables desconchados y grietas ramificadas por todas las superficies como si recientemente se hubiera padecido los efectos de un terremoto de cierta entidad en la escala de Richter. De los alféizares de cada vivienda pendían tres o cuatro cuerdas mal tensadas utilizadas para tender prendas de ropa hechas harapos y empapadas, sin ni siquiera haber sido escurridas a mano: al permanecer continuamente en la sombra y sin un soplo de aire eficaz, tardarían una eternidad en secarse. Otras ventanas tenían las persianas de listones de madera bajadas del todo, como si los propietarios de los pisos tratasen de quedarse aislados del mundo que les rodeaba. Las bolsas de basura, cajas de embalaje vacías y demás restos escatológicos aparecían esparcidos por doquier. El olor era excesivamente penetrante y húmedo. Y las personas que deambulaban por ahí se lanzaban gritos e imprecaciones unas a otras en una lengua desconocida para el chico.
Al final Jim salió de su indecisión inicial, decidido a intentarlo. Al fin y al cabo, había una compensación materialista relacionado directamente con el corte del pelo. Al tratarse de una peluquería miserable, el coste del mismo iba a resultarle más barato. Calculó que por lo menos podría llegar a ahorrarse dos o tres dólares (dinero que no llegaría a ver su madre cuando le entregara los cambios, je, je).
Se internó con paso ligero y decidido por la jungla decadente de la callejuela. Mientras recorría el camino en dirección hacia la susodicha barbería, le llamó la atención que ninguno de los extraños lugareños se percatase o incomodase por su presencia en su especie de territorio comanche. Le resultaba perturbador que nadie le molestase, dada su impecable vestimenta y su peinado estilo Beatles. Sólo le faltaba llevar un cartelito que pusiera: “soy un hijo de papá con veinte pavos en el bolsillo”.
Sin dejar de vigilar de tanto en tanto sus espaldas, consiguió presentarse ante su objetivo final.
Ahí lo tenía bien en frente de las narices.
La dichosa barbería.
¡Pero qué barbería!
Su aspecto exterior era mucho peor que el ofrecido por los edificios colindantes. La fachada estaba por completo deslustrada, con impresionantes desconchados. El famoso cilindro de barbería con sus espirales rojas y blancas estaba mugriento por el conjunto del polvo grisáceo y los excrementos de insectos y deyecciones de los pájaros. Ambas lunas de los escaparates tenían los cristales en tal estado de opacidad que le imposibilitaba la visibilidad del interior del local. Arriba, sobre la marquesina, figuraba el cartel con luces de neón fundidas, formando el nombre del local:
“El Corte Definitivo”.
– Venga ya. Lo que es definitivo es el cierre de semejante antro – se dijo Jim, cariacontecido por la segunda decepción consecutiva de la tarde.
Hay ocasiones en que uno nunca debe rendirse a las primeras de cambio.
Un cartelito ubicado al otro lado del cristal de la puerta atrajo la atención del muchacho. El vidrio estaba completamente sucio, menos una zona ovalada como si alguien hubiese pasado un trapo por dentro y así facilitar la presencia de la frase
“El negocio está: ABIERTO”
hacia el exterior de la calle.
Jim giró la cabeza instintivamente, ligeramente nervioso, mirando a todas partes para asegurarse que nadie le estaba prestando algún tipo de atención. Al comprobar que ninguno de los residentes sentía curiosidad por su presencia, empujó con fuerza la puerta hacia adentro. Esta cedió enseguida, sin ponerle ningún tipo de traba. Tampoco emitió el sonido desagradable de los chirridos de las bisagras oxidadas por el paso del tiempo, cosa típica en otras puertas incluso en mejores condiciones que la de la barbería. A la vista de Jim se mostró el reino de la oscuridad y el abandono, personificada en las penumbras y el olor penetrante a cerrado del interior de la estancia, donde dos telarañas situadas en ambos ángulos superiores del marco de la puerta de entrada parecían tributarle la bienvenida nada más pasar su cabeza por debajo de ellas.
Jim vaciló un instante, el necesario para que la puerta se cerrase impulsado por una corriente de aire nociva y altamente fétida, dándole casi en las narices. Dio un paso atrás, con el susto metido en el cuerpo. Nuevamente se puso a observar en su derredor si alguien se había fijado en el incidente.
Al parecer esa panda de inadaptados no poseía ni pizca de curiosidad, o si la tenían, se tomaban la molestia de disimularla.
Jim se percató de la tremenda discusión dialéctica que cinco prostitutas mantenían en las inmediaciones de un portal cercano. Un poco más alejados de donde estaban las chicas de la calle, un grupillo de hombres de tez morena canturreaban en un idioma que Jim creyó que era una mezcla de portugués y español. Otros desconocidos charlaban animadamente cerca del umbral de una taberna mientras que un par de ancianos emulaban a la famosa y estereotipada imagen de los mejicanos de las películas del oeste, dormitando sobre la sucia y fría acera.
Pero nadie prestaba atención en el joven melenudo que estaba metiendo las narices donde no debía.
Jim se desentendió de la gente que pululaba por la calle, volviendo a empujar la puerta. En esta ocasión no perdió el tiempo meditando lo que iba a hacer a continuación, introduciéndose en un santiamén en el interior de la barbería.

La negrura encontrada era similar a la hallada en una cueva, haciéndole casi tropezar y perder el equilibrio por mediación de un objeto situado en el suelo. Jim tanteó cerca del marco de la entrada para averiguar dónde se encontraba el interruptor de la luz. Tras unas cuantas intentonas fallidas, dio con un pulsador y lo apretó, ansioso. Seguidamente una tenue luz amarillenta iluminó la barbería. Halló telarañas por doquier, una notoria capa de polvo sobre el suelo con huellas de pisadas ajenas a las suyas, el techo completamente agrietado y con la pintura levantada. Resumiendo, todo era un lamentable estado de abandono, algo previsible ya observada la apariencia externa del local.
En un momento dado, Jim bajó su mirada hacia el suelo para descubrir la cosa con que había estado en un tris de trastabillarse…, quedándose perplejo al comprobar que era una cabeza cortada de tajo en un estado avanzado de descomposición. Jim se acercó despacio, paso a paso, como temiendo que la cabeza echara a rodar de repente. A la vez que avanzaba hacia ella, iba dejando huellas sucesivas de las suelas de sus zapatillas deportivas sobre la capa de polvo que recubría el suelo. Desde su altura, sin necesidad de agacharse, pudo ver con repugnancia como una infinidad de moscas revestían las zonas aún carnosas, recorriéndolas compulsivamente con sus trompas diminutas. Jim las espantó con la mano varias veces, hasta que consiguió deducir, dado el estado de degradación de la cabeza, que había pertenecido a un hombre de edad mediana. Los ojos vidriosos rezumaban un líquido acuoso amarillento que caía en forma de pequeños hilachos por ambas mejillas descarnadas y con el hueso de los pómulos sobresaliendo entre retazos de piel. Una lengua hinchada y negruzca se ofrecía por el hueco de la dentadura abierta establecido por la separación de las mandíbulas. Su tez estaba amoratada y encogida, con partes de los músculos faciales al descubierto. Los orificios de su nariz estaban deformados. Y por último, el detalle más llamativo de su fisonomía, era su ausencia de pelo. Aparte de faltarle en el cuero cabelludo, carecía de ello en las cejas y los párpados.
Jim perdió en gran parte la compostura por el terrible hallazgo de la cabeza, y tambaleándose, intentó dirigirse con cierto apremio hacia el sillón de barbero. Nada más llegar, se dejó caer de golpe sin importarle que estuviese la tapicería manchada de polvo y excrementos de insectos. Goterones de sudor frío perlaban su frente. No estaba muy seguro si había gritado como un loco.
Permaneció sentado, respirando profundamente y tratando de recuperar la serenidad.
En teoría lo primero que debería de hacer era salir de ese cubículo a la velocidad de una locomotora descontrolada y guardar absoluto silencio de su delirante descubrimiento, dando por hecho que nadie iba a tomarle en serio (sobretodo tratándose del petimetre del agente Spity). Lo segundo que haría en mucho tiempo era eludir las cercanías de cualquier barbería o peluquería del demonio, aunque eso implicase la furia de sus padres.
Toda esta planificación se vino estrepitosamente abajo como un castillo de naipes cuando hizo acto de comparecencia su estúpido orgullo de héroe aventurero.
“Súper Jim” se puso a susurrarle al oído:
“- Hay que llegar al fondo de este asunto. Sería guay aparecer en las portadas de la prensa. Tu popularidad en el colegio subiría como la espuma.”
Jim se fijó en una puerta verde situada a su izquierda (en realidad el color se lo imaginaba). Debía de ser una de las dependencias del barbero. Se levantó del sillón y se dirigió hacia ella. Al acercarse acopló el oído a la superficie de la madera, intentando oír algo que procediese del otro lado. En vez de un sonido, lo que le llegó fue por la vía olfativa en forma de un olor fuerte y nauseabundo. Se apartó de la puerta medio metro, extendió su brazo derecho haciendo aferrar su mano al pomo mugriento y gélido de la puerta. Sin pensárselo dos veces lo hizo de girar ciento ochenta grados, tirando de la puerta hacia fuera…
Docenas y docenas de calaveras se desparramaron en un alud sobre el cuerpo asombrado y aterrorizado del jovenzuelo. La mayoría eran simples cráneos mondos y lirondos. Aún así pudo diferenciar a tres o cuatro cabezas decapitadas ofreciendo similar aspecto repulsivo a la primera encontrada cerca de la entrada del local: todas con el cuero cabelludo arrancado, dejando el tejido subcutáneo a la vista, objeto de una profunda y brutal escarificación, sin pestañas y con la zona de las cejas cortadas en jirones.
Ya no pudo contenerse más, y de la profundidad de su garganta brotó un aullido gutural. Se levantó como pudo, apartando las calaveras y cabezas decapitadas que le impedían acercarse hasta la salida de esa pesadilla infernal.
Desesperado, tiró de la puerta hacia adentro, dispuesto a huir corriendo de aquel lugar. Fue cuando se encontró de frente con una enorme masa humana en el dintel que le empujó sin miramientos de nuevo hacia el interior de la barbería.
El agresor era un hombre de más de metro ochenta y más de ciento veinte kilos de peso. Vestía un sucio y arrugado uniforme blanco de barbero, acompañado de unos destrozados zapatos de cuero negro. Sobre la cabeza, un gorro de barbero tradicional.
De uno de los bolsillos de la chaquetilla sobresalía el cabo de una soga.
El hombre obeso agarró al muchacho por los hombros con sus recias manazas, donde sus dedos regordetes cumplían la función análoga de unas tenazas. Lo arrimó contra su voluntad al sillón de barbero, haciéndole de acomodarse en él. Sin darle tiempo a reaccionar, fue pasando la cuerda alrededor del tronco y los brazos de Jim, enrollándole contra el respaldo hasta inmovilizarle.
El barbero comprobó la perfección de los nudos.
– ¿Qué hace? ¿Qué significa esto? ¿Está usted loco? – preguntó Jim, tratando de desasirse de sus ataduras sin éxito.
– A callar, prenda – le dijo el barbero, introduciéndole un pañuelo inmundo en la boca.
Satisfecho por haberle hecho cerrar la boca, extrajo una navaja de unas monstruosas dimensiones, enjuagando el filo de la misma en un pequeño cazo abollado, medio lleno de agua turbia. Se situó frente a Jim, con la navaja agarrada por el mango por su mano derecha.
– Ya verás el estupendo corte de pelo que te voy a realizar, chico – le dijo con una voz enfermiza. Se empeñó en sonreírle, mostrándole la dentadura, que debía de ser postiza, pues sus dientes eran rojizos.
El hombre, sin borrar la sonrisa, se puso a trabajar con la poblada cabellera de Jim. Los mechones de su pelo vigoroso y sano fueron cayendo al suelo con una fluidez inusual comparada con el resto de los barberos conocidos por Jim. Lo diferencia más sustancial consistía en el método empleado por su asaltante. Este, al revés que sus compañeros de profesión, no mojaba el pelo de su cliente, facilitando que el chico sufriera con cada laceración inflingida a su cuero cabelludo. Pues el barbero gordo le arrancaba los cabellos con parte de la piel.
Jim se puso a lloriquear, intentando por todos los medios soltarse de las ligaduras que lo oprimían contra el respaldo del sillón.
Transcurrieron unos interminables cinco minutos, pasados los cuales, el barbero decidió retocarle las cejas, pelándoselas a tirones con la ayuda de unas pinzas. Al acabar con ellas, se acercó al mostrador para recoger unas tijeras. Arrimó su pecho al de Jim, y con pericia le pellizcó un párpado con dos dedos de una mano, mientras con la otra se lo cortaba con las tijeras. El muchacho mordió el pañuelo, aullando de dolor.
Nada más terminar su trabajo, el barbero pasó un paño por la superficie del espejo frontal, limpiándolo a conciencia para que el reflejo fuera perfecto.
– Mira lo bien que has quedado. Un acabado perfecto, opino yo, según mi propia modestia – dijo, sin dejar de perfilar una rodaja de sandía en sus labios.
El espejo le remarcaba a Jim una escena terrible: donde antes existió una magnífica cabellera, ahora se ofrecía una repulsiva calva repleta de numerosos cortes profundos; carecía de párpados, sin poder pestañear, con los ojos irritados por la sangre que le llegaba procedente de su cuero cabelludo y la zona donde antes estaban las cejas.
Pero esta imagen grotesca no era el horror máximo que le ofrecía el espejo.
Reflejado en él se observaba la entrada al establecimiento. La puerta, antes cerrada, estaba ahora abierta. Innumerables cabezas, pertenecientes a otras tantas personas curiosas, le miraban con rostros llenos de regocijo. Cuchicheaban entre sí con los ojos desorbitados. Jim pudo distinguir de entre aquellas personas a un par de prostitutas, tres hombres de tez morena que hace poco rato conversaban en la calle en una jerga incomprensible y a algún transeúnte más que hacía cosa de veinte minutos desempeñaba otra vida en la callejuela dichosa.
El barbero se olvidó por unos segundos de Jim, para dirigirse hacia su público congregado en el quicio de la puerta.
Desde el espejo se podía ver como el barbero alzaba los brazos.
– Bueno, mi labor ya ha finalizado. Ahora corresponde decidir qué hacemos con este chico – se dirigió a su audiencia como si se tratase de un dilema con varias soluciones a seleccionar.
– ¡Le sesgamos la cabeza! – fue el grito unánime de todos.
La concurrencia se mesaba los cabellos, y ante el espanto de Jim, todos los presentes (incluido el barbero, que se había retirado la gorra de la cabeza), se levantaron las pelucas, exponiendo sus relucientes y tirantes calvas similares a cascos militares.
La luz incidía sobre esas lisas superficies.
Brillaban.
Hasta lanzaban destellos.
De entre el gentío surgió un hombre de pequeña estatura, ataviado con un descosido traje a cuadros rojos y negros de bufón. En sus callosas manos portaba un hacha con el mango y el filo de tonos rojizos…

Jim quiso gritar como nunca jamás lo hizo, pero la mordaza le impidió siquiera suplicar por su vida.

Mi merecido

Es suficiente. Se acabó el breve instante de amor amilbarado instalado durante este fin de semana en Escritos de Pesadilla. Lo que ahora viene es la semana del terror puro y duro. Sin remilgos. Un espanto que llega directo al sistema nervioso, consiguiendo que las visitas al cuarto de baño se intensifiquen, y con ello que la venta de papel higiénico se incremente de manera notable.
Empezaremos por el preámbulo del terrible relato que llegará mañana.
Uno cortito, pero intenso e infernal.
Lectores sensibleros y ñoños, absténganse de siquiera intentar leerlo.
Esto que les digo es una advertencia como una catedral. Así que luego no se me quejen.

No existo.
Resido en la OSCURIDAD.

Oigo las cadenas al tensarse y el chasquear de los látigos al inflingir su retorcido castigo de pesadilla.

Veo cuerpos descarnados, unidos unos a otros.
Lenguas enrevesadas.
Miembros descoyuntados.
Y oigo sus lamentos…
Los lamentos de sus almas sucias, míseras y pútridas.
Y huelo con nitidez su podredumbre, sus heces y sus sudores de azufre.
Sus ojos se agitan en las cuencas como albóndigas asándose en una freidora de la cocina de un bar de carretera, cuyo aceite no es cambiado en semanas.

– Oled esto… OLEDLO – dice un ALMA, acompañado de BLASFEMIAS ignominiosas. Alza su hocico y olisquea el azufre, las miasmas y la fetidez que emana de su propio cuerpo despellejado.

Una entidad calcinada desfila por el lugar, y todos se echan a reír.
Ja, ja, ja
Entonces me dirijo hacia un ALMA
(¿puede ser el de una chica?)
Le faltan los cabellos. Sus uñas fueron arrancadas por unas tenazas y le metieron una estaca por la boca, que le sale por la rabadilla.
La saludo.
Y me río.



Mi mano enfundada en un guante de púas busca una de sus orejas. Y se la arranco de un tirón brusco.
Y me río.
Y la chica LLORA.
Y yo me RÍO.
Más y más.

Entrego la oreja a una cosa peluda del tamaño de un perro fox-terrier, y se la ofrezco.
El bicho se lo devora.
Y me río de ello.

Y mientras todo esto sucede, alguien me coge la cabeza entre sus manos por detrás de mi, y me la ARRANCA de cuajo.
La deposita en el suelo, y abriéndose de piernas, realiza sus necesidades encima de ella.
Y se parte de risa.
Yo doy manotazos de ciego en busca de la cabeza, pero voy de un lado para otro, tropezando con cráneos y cajas torácicas que salen a mi paso.

Las risas caóticas se suceden con la desazón de los llantos de los arrepentidos.

Un niño LLORA.
Alguien ha debido de arrancarle de un mordisco un dedo de un pie.
Otra entidad en decadencia se conmociona de dolor.
Un ALMA del INFIERNO le ha debido de dar un buen zarpazo en el abdomen, profundizando con las garras hasta extraerle los intestinos.

– Parecen una ristra de salchichas moradas y viscosas – comenta alguien.
Me lo imaginé colocándoselos sobre los hombros como si fuera la corona de laurel del TRIUNFADOR.

Las risas seguían transmitiéndose de boca a boca en el averno.
Y cuando iba a dar con el hallazgo de mi cabeza, dispuesto a atornillármela encima del tronco, un sonido se acentuó en mis cercanías.

Fue un zumbido espantoso. Insistente.

Grité fuera de mis cabales.
“¡AHHHH…!”
Me revolví en mi cuerpo, inerme hasta entonces, y con la sábana blanca cubriendo mi pálida desnudez salté de la mesa de porcelana del DEPÓSITO del TANATORIO, echando a correr mientras un hombre ataviado con una bata blanca – fantasmal -, sosteniendo una jeringa llena de fluido para embalsamar cadáveres quedó consternado por mi repentina recuperación.
Salí tal como estaba, en cueros, apretando el paso hasta abandonar la funeraria como alma que persigue el diablo.

Alejándome de mi DESTINO,
tal como corresponde a un asesino a sueldo
aquejado de EPILEPSIA.

La artimaña

Estando dibujando un bosquejo de naturaleza muerta (un cesto de mimbre conteniendo fruta y verdura podrida) sobre el lienzo, percibí los pasos indecisos de Dominique a mis espaldas.
Me volví con el pincel entre los dedos de la mano derecha.
– Mi amo, siento mucho mi osadia del otro día -empezó a disculparse. – Es que soy un fanático de la ciencia ficción.
– Ya. Bueno, mientras no reincidas en el pecado, todo te irá bien. ¿Por cierto, cómo tienes la espalda?
– Ya sólo siento algunos cosquilleos.
– La próxima vez utilizaré las garras de Freddy Kruger. Recuérdamelo.
Dominique no quiso dar por concluída la breve conversación.
– ¿Hay algo más que quieras decirme, siervo de tercera categoría, con visos a descender en el ránking de lacayos tremebundos?
– Yo, para congraciarme con usted, mi amo, he tenido la voluntad de escribir un pequeño relato de terror.
– Hum. Veamos lo que me traes…
” En verdad que es muy breve. Pero tiene algo de nivel, dada tu corta inteligencia.
Veamos la opinión de los lectores. Si hay protestas generalizadas, no me quedará más remedio que seccionarte la mano derecha con un sable.
– Lo que usted diga, mi amo. Ya sabe que yo obedezco y padezco.

Era noche casi cerrada en pleno mes de noviembre. Hacía mucho frío, y casi no había transeúntes por las calles. Ella era una mujer bastante atractiva. Pero eso era lo de menos. Caminaba abrigada y presurosa por la acera. Sus ojos buscaban y miraban.
Pasados unos minutos eternos, vio un hombre joven que se acercaba. Venía andando no muy derecho. Vestía ropa de obrero de la refinería cercana. Seguro que acababa de salir de tomar unas pintas con sus compañeros, y ahora se encaminaba rumbo a su casa, dispuesto a entrar sin llamar la atención de su esposa e hijos, si es que acaso los tuviera.
El hombre no tardó mucho en fijarse en la silueta llamativa de la mujer.
Nada más hacerlo, ella se dejó caer sobre el frío suelo, desmayada.
El juerguista se acercó hacia el cuerpo tendido de la hermosa joven.
– ¿Se encuentra usted bien? – se interesó situándose de rodillas a su lado.
El rostro de la chica estaba lívido. Los ojos cerrados. Su pecho estaba inmóvil. Parecía no respirar.
En un gesto instintivo, el individuo sujetó la cabeza de la damisela por la nuca, presto a aplicarle el boca a boca.
Sus labios se arrimaron a los de ella.
En el momento de insuflarle su aliento, la mujer abrió con presteza su boca y lo examinó con los ojos abiertos.
Sus colmillos relucieron a la luz ambarina de la farola.
Antes de que su víctima pudiera decir nada, ya estaba alimentándose de su sangre…

La maldición

¡Rayos! ¡Centellas!
¡Yo te maldigo, Dominique, por los cuernos corruptos de diez mil demonios caídos en desgracia! ¡Esto es un rincón del terror! ¡De la angustia galopante! ¡Del misterio insondable!
Es permisible colar de rondón algunas de mis creaciones de ciencia ficción, pero espaciándolas en el tiempo. ¿A quién se le ocurre publicar dos seguidas?
¡Y encima el segundo a mis espaldas, aprovechando que yo estaba ausente, acompañando en una cafetería transilvana en la hora del té a Madame Calva Ominosa y a su preciosa sobrinita, la señorita Rodolfina Chillidos!
Acércate, canalla, que voy a dejarte la espalda desollada con mi látigo de veinte colas.
¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS!
– ¡Ay, mi señor! Que duele mucho. No podré tumbarme en un mes.
Así te servirá de escarmiento, caradura.
Y mientras te vas a curarte las heridas lacerantes con vinagre y sal gorda, procedo a entretener a mis recién llegados con una historia de terror…

Me llamo…
No importa. Es mejor dejarlo en el anonimato.
Me encuentro a solas en mi habitación del motel de carretera, alejado cincuenta millas del lugar de nuestro encuentro con la maga.
Se llama La Dama Altiva. Dispone de su local entre las barracas de tiro al blanco y el medidor de fuerza del mazo de la feria ambulante instalada en la ciudad por espacio de veinte días. Acudimos los tres a visitarla. Los nombres de mis amigos también me los reservo. Ya no merece la pena recordarlos.
Están ambos muertos.
Esta señora es una especie de adivinadora. Dice que lee el futuro. Es una mujer ya muy mayor y vestida con ropajes de lo más estrambótico. Hace una semana que la vimos. Entramos muy bebidos y con ganas de pasarlo bien a su costa. De principio nos negamos a pagarle por adelantado. La bruja se lo tomó con relativa naturalidad. Nos sentamos los tres enfrente de ella. No tenía ninguna mesa. Ni la bola de cristal que se supone que suele utilizarse en estos casos. Simplemente nos tocaba la frente con el revés de una de sus manos y nos decía la buenaventura. Ninguno la creímos. Es más, nos reímos en su cara y empezamos a destrozarle gran parte de los ornamentos arracimados en las estanterías de la diminuta estancia. La mujer se puso furiosa. Exigió que nos marcháramos de allí, eso si, previo pago de quince dólares por los servicios prestados. Uno de mis amigos le arrojó un resguardo usado de una de las atracciones que habíamos disfrutado antes de visitarla. La Dama Altiva se puso extremadamente arisca y nos sentenció a los tres con una frase:
“En cuanto os abandonéis al sueño, el despertar se os alejará para siempre.”
Abandonamos su local entre carcajadas.
Eso fue hace cosa de una semana exacta.
Cada uno de los tres nos fuimos a nuestras casas respectivas.
A pesar de haber bebido como un cosaco, me encontré muy desvelado y no pude pegar ojo.
A la mañana siguiente, me enteré de la muerte de mis dos amigos. Sus familiares me dijeron que se encontraban en perfecto estado al llegar a sus hogares, dejando aparte el hecho de que estuvieran borrachos, y ambos se acostaron sin problemas. Más una vez que se echaron a dormir, la muerte les rondó hasta el punto de no dejarles disfrutar del amanecer.
Los dos eran muy jóvenes. Veinte y veinticinco años.
No hay derecho. No se puede condenar a la muerte a personas con toda la vida por delante.
En mi caso, me mantengo al límite de mis fuerzas. Llevo insomne desde el día que tuvimos a mal visitar a La Dama Altiva. En el mismo día de las muertes de mis amigos, regresé a la feria, pero aquella extraña mujer ya no estaba disponible. Ni siquiera me permitieron verla aun rogándolo de rodillas y con el rostro en llanto.
Bebo café negro sin parar. Taza tras taza. También echo mano de las bebidas energéticas. Y me pincho las yemas de los dedos con alfileres.
Pero son siete días y siete noches sin haber dormido un ápice. Por eso me he alejado de mi casa. De mi familia.
De rendirme al sueño mortal, prefiero hacerlo lejos de mis seres queridos.
Pues se que en cuanto de la primera cabezada, mi vida se habrá apagado para siempre.

Estado febril

La semana pasada, quienes habitamos el castillo de Escritos de pesadilla, sufrimos un proceso catarral de tomo y lomo. Dominique estuvo muy cerca de dormir eternamente bajo una confortable manta de tierra apisonada, con una lápida reivindicativa de su máxima lealtad hacia su ominpotente amo y señor, o lo que es lo mismo, quien les habla. El cocinero Bogus Bogus tuvo un virus gástrico que le hizo de visitar el excusado más de cincuenta visitas diarias durante casi cuatro jornadas seguidas, perdiendo treinta kilos de golpe. Y yo mismo, tuve ambas cosas, más congestión nasal goteante y dolor de cabeza por haberseme ocurrido ver la televisión pública. En fin. Mejor correr un tupido velo. El siguiente relato guarda por ello gran relación con nuestros padecimientos. Espero que lo lean de cabo a rabo, y con él vean lo pernicioso que es ponerse uno malito de veras.
Empiecen. Yo, mientras, me pongo a saltar a la comba. Ahora estoy recuperando la forma física…

38ºC. Malestar general.

Rupert Morris empezó con los primeros síntomas catarrales en el propio trabajo. El inicio fue un ligero cosquilleo de garganta, para luego ir progresando a lo largo de la tediosa jornada revisando pautas de comportamiento de la inteligencia artificial en la pantalla de su ordenador con pesadez de ojos y congestión nasal. Nada más terminar con los scripts de una misión de transición, se abrigó abotonándose la pelliza hasta el cuello, yendo en pos del transporte público. Estando esperando sentado en la parada del autobús urbano, su deseo era llegar cuanto antes a casa, tomarse una sopa de sobre, automedicarse con un par de aspirinas y meterse en la cama bajo dos mantas hasta el día siguiente.
Y así hizo. La fiebre y el cansancio supremo que sentía sobre cada músculo del cuerpo facilitaron su descanso en la comodidad del lecho.

39ºC (pirexia) Abundantes sudores, con palpitaciones.

Cuando se despertó a las siete y media de la mañana, se sentía sumamente débil y enfermo. Estaba sudando copiosamente, sintiendo la camiseta adherida al torso por la humedad de la transpiración. Supo que no eran los síntomas de un simple catarro, si no más posiblemente los de una gripe.
Sentado medio mareado sobre el borde de la cama, alargó el brazo para recoger el teléfono inalámbrico de la mesilla de noche, para acto seguido marcar el número de la empresa donde trabajaba. Les comunicó que sintiéndolo mucho, no se encontraba en condiciones de poder acudir debido a su precario estado de salud. Sus mandos superiores fueron muy comprensivos, otorgándole unos días de descanso, deseándole una pronta recuperación.
Rupert hizo un esfuerzo notorio para levantarse de la cama y dirigirse a tumbos, apoyándose con las manos en las paredes, hacia la cocina. Se preparó un té con leche más el acompañamiento de unas galletas con pepitas de chocolate. Tenía el estómago vacío, y era conveniente que comiese algo antes de tomarse la medicación. Una vez hecho todo, regresó al dormitorio, se cambió la ropa interior y se introdujo en la cama, acurrucándose bajo las mantas, dejándose llevar por los efluvios de la fiebre y las ganas de dormir.

40ºC. Mareos, deshidratación, debilidad, náuseas, vómitos, dolor de cabeza y sudor profundo.

Rupert Morris residía en un pequeño apartamento de cincuenta metros cuadrados, ubicado en la quinta planta de un edificio común de la avenida Glenford Norte. Era vivienda suficiente para un hombre soltero, sin compromiso y sin vida social disipada en exceso. Tenía unos pocos amigos, con los que se limitaba a relacionarse en algún que otro bar o local de comida rápida. Sus padres y restantes hermanos vivían en estados diferentes, reuniéndose cuando llegaban las fechas navideñas.
Así que cuando el bueno de Rupert estaba indispuesto, como en esta ocasión, debía de cuidarse él solito, sin esperar ayuda de la familia o una supuesta novia preocupada por su salud, cosa que no era el caso.
En su segundo día de ausencia justificada al trabajo, su estado no sólo no remitía, sino que cada vez se sentía peor. No tenía ningún apetito ni deseos de beber nada. Tiritaba y sudaba. Tenía un fuerte dolor de cabeza y un dolor de barriga que iba a conllevar una más que posible descomposición. Las ocasiones en que podía incorporarse a duras penas para ir al baño y tomarse la temperatura, el registro del termómetro le marcaba una cifra cada vez más preocupante.
Pero estaba tan debilitado, y con tantas ganas de reposo, que en vez de luchar contra su atonía por llamar a urgencias, se metía en la cama, como si con dormir bastara para pasar la terrible fiebre que estaba padeciendo.

41ºC. Estado de Urgencia. Al paciente se le acentúan todos los síntomas anteriores, acompañado de delirios, alucinaciones y somnolencia.

El teléfono sonó a las nueve y media de la mañana. Rupert estaba bañado en sudor, tratando de situarse. Buscó la mesilla de noche con la mirada extraviada, pero no encontró el aparato. Vagamente recordó haberlo dejado encima de la encimera de la cocina.
Supuso que sería alguien del trabajo, preocupado por su estado de salud.
Se removió lentamente bajo las mantas. Estaba muy débil. No tenía fuerzas.
La fiebre dichosa. Los virus y las bacterias del demonio.
La persiana de la ventana estaba bajada, pero no con firmeza, permitiendo que se tamizase la iluminación del día a través de las rendijas de las tablas, proyectándose contra la pared frontal donde estaba la puerta de la habitación. De esta manera, de forma indirecta, podía percibir el interior con cierta nitidez.
Fue estirando las piernas, tratando de recobrar cierta lucidez. Fue entonces cuando vio como algo parecido a una culebra se movía bajo las mantas. Rupert se sobresaltó, y con un acto reflejo de defensa, se apoyó contra la almohada con la ayuda de los codos, intentando alejarse del alcance del ofidio. Al hacerlo, apreció que desde debajo de la manta arrugada tan sólo se percibía el relieve de su pierna derecha. Horrorizado vio surgir el pie izquierdo sobre el borde de la cama, antes de deslizarse con el resto de la pierna, llegando al suelo y reptando por el mismo. Era una completa locura. La extremidad estaba desnuda al haber abandonado la pernera de su pijama, y fue recorriendo la distancia que le separaba de la cama al quicio de la puerta, para atravesarla y desaparecer en el pasillo subsiguiente.
Rupert fue perdiendo el conocimiento, hasta quedar rendido en la cama.

De vez en cuando se despertaba, pestañeando. Notaba las mantas y la almohada impregnadas del constante sudor que transpiraban los poros de su piel. Consternado, se removió con dificultad, notando que volvía a poseer ambas piernas. Se llevó una palma de la mano a la frente. La tenía ardiendo. Con la sensación de un clavo perforándole el cráneo.
Al recostarse contra el cabecero de la cama, vio la luz en forma de rayos perpendiculares proyectada contra el papel decorativo que cubría la pared frontal. La textura del papel estaba cediendo, y al poco, como si fuera la cera de una vela aplicada a la boca de un soplete, la pared al completo empezó a derretirse, acumulándose sus restos al pie de su cama.
Rupert se llevó los puños a los ojos y se frotó las legañas ahí depositadas, tratando de aclararse la vista. Las neblinas desaparecieron durante un pequeño intervalo de tiempo, dándose de cuenta que la pared seguía fija en su sitio, sin haberse alterado su estructura en absoluto.
Entonces notó que la lámpara del techo temblaba ligeramente, como si hubiera un movimiento sísmico que afectara a la región donde vivía. Desechó esta posibilidad en cuanto el techo en su conjunto empezó a descender sobre su cabeza. Rupert gritó, sacando el alma por la garganta, tapándose la cabeza bajo la almohada, incapaz de soportar la sola idea de morir aplastado como si estuviera atrapado dentro de una máquina trituradora de chatarra.
Respirando profusamente bajo la almohada, perdió nuevamente el conocimiento, sin deseos de vivir los escasos segundos que presumiblemente le quedaban antes de convertirse en un amasijo de carne, huesos y vísceras, empaquetado en su propia cama.
Cuando se desveló, ya era avanzada la tarde. El techo estaba en su sitio. Él estaba entero.
Los sudores.
Los deseos de vomitar le asaltaron, aunque tenía el estómago bien vacío.
Tenía que levantarse y dirigirse a la cocina. Estaba claro que lo que afectaba a su salud era otra cosa más preocupante que una simple gripe invernal. Cogería el maldito teléfono y llamaría a Urgencias para que le ingresaran en un hospital, y así le pusieran un tratamiento efectivo que lo salvara de ese sufrimiento.
A duras penas logró sentarse sobre el borde de la cama. El pijama y la ropa interior estaban asquerosamente empapados con sus infinitas gotas de sudor, exudadas por su organismo infectado.
Haciendo de tripas corazón, y tras tres intentos fallidos, se puso erguido. Su visión era borrosa. La habitación parecía una coctelera y él la mezcla de licores vertida en su interior. Dio unos pasos al frente, con riesgo de caída evidente. Fue avanzando, hasta que se detuvo frente al espejo de cuerpo entero de su armario ropero. Contempló su propia imagen reflejada en la superficie, y no se reconocía, del terrible aspecto que ofrecía. La placa de vidrio fue difuminando su copia fisonómica, oscureciéndose la superficie y emergiendo repentinamente unas especies de tentáculos de gran tamaño. Las ventosas buscaron un lugar donde poder aferrarse, tratando de atraparle y rodearle para integrarle en el fondo del espejo.
Rupert se puso a gatas, y avanzó por el resto del cuarto hasta abandonarlo y así afrontar la seguridad del pasillo principal del piso. Miró de soslayo, aliviado al comprobar que los horripilantes tentáculos cesaron en su empeño de perseguirle.
Ahora entrecerró los ojos, intentando ubicar el lado en que estaba la cocina.
Al fondo del pasillo se apreciaba la puerta de entrada a su apartamento.
Avanzó gateando con más pena que gloria, respirando con dificultad. Sintiendo nuevas arcadas. Toda su anatomía temblando como la gelatina.
Entonces el pasillo tuvo un cambio de perspectiva. Se fue alargando de manera interminable, quedando el quicio de la puerta de la cocina a varios metros de distancia, y la puerta principal del piso se perdía en la lejanía.
Rupert se concentró en tratar de llegar a cualquiera de los dos sitios. Cuando llevaba medio minuto abriéndose camino por el pasillo, este repentinamente se acortó y se encontró frente a la puerta abierta de su piso. A través de la jamba apreció el rellano de la quinta planta y el ascensor.
Rupert estaba decidido a huir de su casa. Enardecido por la fiebre, continuó con su recorrido hasta plantarse ante las puertas del ascensor. Apoyándose con las manos, fue incorporándose lo suficiente de pie para alcanzar el botón de llamada. El sonido del panel indicando que el compartimento estaba bajando le sumió en un estado de euforia desmedida.
En cuanto se abrieran las puertas, pulsaría el botón de la planta baja, y una vez allí, se dirigiría al puesto del conserje para que llamara al servicio de urgencias.
Expectante e impaciente, estuvo aguardando a la llegada del ascensor.
Estaba en el nivel de la séptima planta.
Ahora en el de la sexta.
El panel reflejó el número en fosforito de la quinta planta.
Las puertas se abrieron y Rupert Morris se resguardó en su interior…

El tema estaba claro para el oficial Simms. El afectado hizo caso omiso tanto a las cintas de seguridad colocadas frente a las puertas abiertas, como al cartel de peligro que rezaba: “ASCENSOR AVERÍADO”. Hacía dos días que habían fijado la cabina del aparato en el nivel del sótano para su reparación. Lo que no se explicaba era cómo las puertas respondieron a la llamada de Rupert, abriéndose y facilitando que este se precipitara mortalmente a través del hueco vacío del ascensor.
Encima, cuando habló con uno de los jefes del finado, este le remarcó que el infeliz muchacho llevaba tres días ausentes del trabajo por los efectos de una gripe.
“- Es una completa lástima” – le reconoció compungido el jefe de la empresa al policía. – “Rupert era nuestro mejor programador de videojuegos. Estaba supervisando los últimos detalles de nuestro próximo producto antes de lanzarlo al mercado. Un juego de acción en primera persona dentro del género del terror psicológico. En él, el personaje principal está afectado por una terrible enfermedad, que le hacer vivir todo tipo de espantosas alucinaciones que él cree creíbles desde el principio.”

El pueblo maldito de Fuentefin

Hoy es un fin de semana un poco especial. Tiene el honor de visitar mis dependencias insanas un joven fascinante. Es una persona magníficamente malsana, y aunque no destaque por su inteligencia, es un gran contador de leyendas locales de la zona de donde procede. Un rinconcito de la España Negra y Profunda de épocas antañas. El salón está muy acogedor, con el fuego de la chimenea bien encendida. Sobre la mesa, unas copas con moscatel. Y de tapas, higos chumbos a la plancha con dulce de retina de ojos de víbora en almíbar. Procuremos no interrumpir al invitado en plena narración, pues podría perder el hilo de la misma, y quedarse en babia.
Aunque bien pensado, debería pedirle a Dominique que le afloje un poco la presión del cepo de la guillotina sobre su pescuezo. Necesita el suficiente resuello para poder hablar con claridad y que por consiguiente, los demás podamos entender cuanto diga…

Fuentefin es un asentamiento nada ordinario. En cierta manera, su pasmosa fama no proviene estigmatizada por hazañas ancestrales, ni adquiere vigencia a raíz de su participación activa, pasiva o meramente testimonial en incidencias de gran raigambre militar, religioso o políticas. Carece de hábitos adquiridos por el folklore regional, y la transcendencia de sus monumentos históricos brilla por su más que marcada ausencia. Ni siquiera se complace de haber amamantado a un deportista de mínimo relieve nacional. Simplemente su valor patrimonial es inexistente. Es una villa alejada de las márgenes convencionales de la razón humana. Y se nutre de la sinrazón con la misma ansiedad que un recién nacido absorbe en la plenitud de la lactancia la leche materna del pezón de su madre. Citar a Fuentefin, es componer una retahíla de versos huecos de contenido y sentimiento, recitado por lo bajini con la frialdad de un miserere desencantado de la vida. Regodearse de Fuentefin, es sacar a relucir faltas y carencias de la supuesta virtud mística litúrgica de una bendita Sagrada Forma. Ampararse en la necesidad primordial de visitarlo en el estraperlo de la madrugada, enfundado en un sudario de difunto redivivo, roído por el yantar de las ratas, un puro desatino. En pocas monsergas, si por algún motivo explícito resalta Fuentefin del resto de localidades terrenales es por su patente y probada “alegoría ilusoria”, mantenida en la irrealidad más manifiesta si cabe. No hay camino conocido que conduzca a la localidad en cuestión, ni atracción ninguna que le impele al sujeto más común a realizarlo a pie, pues el concepto de Fuentefin es la MUERTE en sí. Y nadie, absolutamente nadie en sus cabales, se siente atraído en arrimarse al recodo final que liga el presente venturoso con la residencia espiritual en uno de los variados surcos de la tierra yerma de la espera imperecedera.
Bueno, sí que tuvo a mal nacer un fulano interesado en conocer personalmente las complejidades del pueblo apestado evitado por las demás mentes lúcidas de la comarca. Esa persona irreflexiva no era otro que “El Agarrado”.
En realidad se llamaba Luis Martínez Coca, pero en la amplitud de la comarca se le conocía por el apodo simbólico de “El Agarrado”. Tal distinción le venía heredado por su acostumbrada inercia a dejarse ir más allá del límite de la cortesía caballeresca en el trajín de los bailoteos festivos de la villa. Chica que accedía a bailar unos compases “lentos” con “El Agarrado”, moza sorprendida que experimentaba in situ las caricias rijosas y desenfrenadas de los largos y felinos dedos del zagal, ampliando su alcance hasta más allá de la rabadilla. Algunas desinhibidas aceptaban la fogosidad lustrosa del sinvergüenza, riéndole la dichosa gracia; empero otras, más reservadas y de nervio caliente le recompensaban los carrillos rubicundos con sendos tortazos sonoros. He aquí, que cuando se le veía frecuentar a posteriori la Taberna de Luisinho, la parroquia, enchispada y bullanguera, se mofaba de las “calenturas” excesivas de sus mejillas.
– Mira que se te han subido los colores con la “Rabiela” – le decía uno.
– Esto que adorna el rostro no es fruto de mi timidez extrema – se defendía “El Agarrado”.
– Ah, no.
– Viene a consecuencia de mi talento. Me encanta cazar mariposas. Pasa que algunas exceden de tamaño, y al batir las alas en mis cercanías, me dejan así, más rojo que un tomate – apostillaba, y toda la congregación de bebedores prorrumpía en una estruendosa y sincera risotada (inclusive el que les relata); y alguno de los asistentes con tanta fuerza y jolgorio incontrolado, que se le asaltaba de repente la urgencia perentoria de correr en pos de los evacuatorios. Así de salido era el condenado muchacho.
Por ello la extrañeza que causó a todos la mañana encapotada de un Jueves Santo, en que se le observó muy apocado y meditabundo. Casi tristón diría uno que le conocía a fondo.
Matías, “Cara de Erudito” (por las borracheras que pillaba), y un servidor, nos procuramos un necesario acercamiento hasta la forja que circundaba el robledal del parque del pueblo, sobre cuya verja se reclinaba “El Agarrado”. Hubo turno de saludos recíprocos antes de aventurarnos en el meollo del asunto. Matías fue quien se encargó de iniciar la conversación:
– Se te ve muy comedido, “Agarrado”.
– Será por las fechas en que estamos – intercedí yo.
– No. No es por la Semana Santa – dijo amustiado “El Agarrado”.
– ¿Qué te pasa? ¿No tendrá nada que ver con la riña absurda de la otra noche? Si todo queda ya olvidado.
Tres noches atrás, “Cara de Erudito” y “El Agarrado” estuvieron en un tris de llegar a las manos en la Taberna de Luisinho por un quítame allá la novia en el tránsito de media borrachera (Luis Martínez Coca era muy dado en ofrecerse a todas las novias de sus amigos, sin que éstos supiesen nada, por supuesto). A Dios gracias que todo se remedió cuando el tabernero, en predisposición generosa, les concedió dos rondas gratis hasta bien entrada la medianoche.
El mozo meneó el mentón con molicie espartana.
– Ya me dirás – Matías le lanzó un segundo anzuelo, sólo que ésta vez debía de llevar un gusano muy apetecible, ya que el pez picó.
– Es por el camino – dijo una trucha llamada “El Agarrado”.
Nos quedamos a dos luces, medio flotando a propósito de la enigmática contestación.
– El… El… ¿”camino”?
– Si. Ya sabéis. El que conduce expresamente hasta las inmediaciones de Fuentefin.
De repente comprendimos, y con ello, unos estremecimientos muy nítidos sacudieron nuestras anatomías desfavorecidas.
“El Agarrado” estaba refiriéndose al territorio reservado a la Parca y sus adláteres.
– Jesús, “Agarrado”… NO VUELVAS A NOMBRARLO.
“No sea que la mala bicha te oiga, y venga decidida a por los tres – Matías se persignó de manera acelerada, con los ojos encendidos.
Yo me contuve como buenamente pude. Tenía que dar ejemplo de serenidad, ya que por algo se me consideraba el residente más escéptico y menos supersticioso de la villa.
“El Agarrado” se encogió de hombros.
– Lo lamento, “gente”. Es que ese trecho que lleva a los confines prohibidos del mundo, me interesa más que mucho.
– Pues vaya…
– Estoy empeñado en ser el primer ser vivo que transite por sus calles – lo reivindicó con un fervor tan devoto, que nos sonrió por vez primera en lo que se llevaba de mañana.
– Estás mal de la chaveta, chaval. Ni siquiera bromees sobre esta quimera. Ya sabes que de antemano a Fuentefin sólo se llega muerto, y como mal menor, en estado comatoso – le hablé tan alto, que la señora Cayena, que justo enfrente del pórtico de su casa tejía un paño de seda para recubrir el Cáliz destinado para la misa del domingo de Resurrección, se me quedó mirando con semblante circunspecto.
Matías gruñó, besando con aspereza su crucifijo de plata. Me observó con fiereza inquisidora.
– Y dale. Mirad que sois un par de inconscientes. Voy a evaporarme de aquí, antes de que me convierta en manjar de primer plato de la Parca.
Dicho y hecho se nos marchó con viento fresco, dejándonos en la soledad enquista de la pareja pronunciadamente casada en el tiempo que rompe lazos afectivos, con la celosa vigilancia de la anciana sentadita contra el exiguo respaldo de su banco de madera, tejiendo que te teje.
Me acomodé sobre el sillar superior del borde de la verja, aguardando solícito a que mi amigo se extendiera en los pormenores de su peculiar futura excursión andante. Pasaron los minutos, la calle se fue quedando desierta de gente, con los últimos rezagados dirigiéndose con premura hacia la propia plaza del pueblo, donde en cosas de unos minutos, iban a ser escenificados los avatares penitenciales de la Pasión del Señor. Miré al “Agarrado”. Su figura inexpresiva permanecía volcada de espalda contra el enrejado con la vista gacha, fija e inánime en las punteras polvorientas de los zapatos, mientras se arrancaba un pellejo seco de piel de la yema del dedo índice de la mano derecha.
– Así que estás empecinado en desentrañar los misterios insondables y los secretos vedados de la senda maldita que intercomunica el mundo de los vivos, es decir, nosotros, los destinados al respiro, con la morada tres metros bajo tierra de los muertos, es decir, los que no respiran ni rechistan, porque simplemente no pueden – reanudé la insólita charla.
“El Agarrado” asentó la barbilla casi encima del hombro derecho, buscándome la mirada. Los ojos de naturaleza lánguida le imprimían a la dichosa mirada un aire de profesor nostálgico de la materia impartida en un lugar muy recóndito, modélico y sublime, debidamente alejado en su lejanía de la docencia capitalina de cualquier gran ciudad.
– Mira, chico… – reinició mi amigo, empleando su lenguaje tosco, propio del lugareño que éramos todos, aunque yo por suerte era un abandonado a la lectura de los grandes clásicos arracimados en los estantes del único maestro de la villa. – No voy a explayarme en este asunto tan delicado. Mañana prepararé un hatillo con lo estrictamente necesario, algo de dinero para no andar mendigando por las esquinas, y partiré en busca del mal fario, cuyas historias que lo conciernen no suelen ser mentadas en las cocinas de nuestros hogares, habida a cuenta que los chiquillos tendrían malas ideas de noche y a las mujeres se les borraría toda expresión dulce del semblante. Y si acaso me sonriese la suerte de los exploradores corajudos, habré de dar con los vestigios grises y roñosos de Fuentefin, con una delegación de acogida recibiéndome con todo tipo de parabienes – concluyó “El Agarrado”, empleando términos lingüísticos en absoluto rústicos y poco elaborados gramaticalmente, dejándome pasmado.
No sólo estaba siendo transformada su actitud, si no que a medida que iban pasando los minutos, los conocimientos de la mente del “Agarrado” rayaban la cultura cultivada del referido maestro de la villa.
Por un momento recurrí a un repentino ataque mental, una especie de fogonazo que corroía el indudable libre pensar del “Agarrado”, pero para cuando quise separar mis labios tratando en balde de persuadirle de sus ficticias y rocambolescas intenciones arqueológicas en sacar a la luz el descubrimiento de los restos de una población intemporal, en donde la hambrienta Parca mantiene establecido el pontificado de nuestros pesares mortales, el joven se adelantó hacia la recta opuesta de la calle, apresurando el ritmo rutinario de sus diligentes pasos, hasta desaparecer de la escena por la vuelta de una esquina, vértice que conducía directamente al zaguán de su propia vivienda.

*****

Al atardecer siguiente, la totalidad estamental de la villa estuvo presente en el discurrir de la magna Procesión del Cristo Resurgido. Unos cuantos, los integrantes de la Cofradía Nazarena, imprimiendo fuerzas en su misión de costaleros, mientras una segunda cofradía más numerosa daba vida natural a los tres pasos móviles ante el resto de la población que asistía con creciente admiración religiosa conforme transcurría el evento. Bueno, todos no si con tal cantidad quisiéramos referirnos al cien por ciento de la concurrencia. Si alguien faltó al acto de Pasión y Dolor del Hijo de Dios, este fue “El Agarrado”. Nadie le vio partir del pueblo al albur de la madrugada anónima en búsqueda de emociones tétricamente fuertes en la región del acabose, pero conforme el segundo Paso se mecía de lado a lado con lentitud supina ante mi mirada serena y nada penitente, pude imaginarme al bravo mozo empaquetando dos o tres mudas en el fondo del hatillo, cerrar bajo llave la puerta maciza de su hogar, tornándola fortaleza inconquistable para los escasos amigos de lo ajeno de la provincia, para jamás retornar.
Por desgracia, pasados unos cuantos meses después, resurgiría la figura encogida y porosa del presente altivo y creído “Agarrado” pateando con arrogancia los adoquines desiguales de la callejuela principal de la localidad, y con su presencia indigna, iban a desatarse los demonios que anidan en el interior de las personas más enfermizas.
Mucho antes de que dicho Apocalipsis sucediera, la localidad que le vio nacer iba a verse afligida por la repentina y brutal muerte callejera de Matías, “Cara de Erudito”. El suceso luctuoso aconteció durante el enlace figurado del viernes con el nacimiento prematuro del sábado, a la semana siguiente de la apresurada y secretísima partida del “Agarrado”. Como queda ya reflejado, Matías profesaba una espiritualidad costumbrista cercana a la más burda superstición, atributo éste que la totalidad del villorrio consideraba una manía digna de ser extendida entre el resto de la población. En cuanto al origen que le hacía merecedor desde los ocho años de un alias tan peyorativo para el alias en sí, que no para Matías, decir que toda su sapiencia se limitaba a saber sumar melocotones con la ayuda de los dedos de la mano. Pero nimiedades aparte, lo que de verdad profesaba “Cara de Erudito” era una especial predilección catadora por el trasfondo de los efectos secundarios que la bebida de mayor graduación etílica pudiera dispensarle. Precisamente durante esa madrugada en que se despidiera de la escueta parroquia concitada en la Taberna de Luisinho con el fin de experimentar con la facultad de la doble visión atribuible a todo bebedor de primera fila, el aludido trovador de versos desaliñados se encontraba medianamente ebrio, como para hacer desfallecer de su esfuerzo titánico a un tiro de bueyes con la mera exhalación de su aliento. Al verle transitar entre tropezones por la calzada de adoquines encajonados, maniobrando en eses cada vez más dilatadas, me vi impulsado a ir en su búsqueda, con la loable intención de agarrarlo del hombro, ayudándole a encaminarse hacia las proximidades del portal de su vivienda situada nada más abordar el giro hacia la derecha de la salida de la callejuela. Servidor disfrutaba igualmente de los placeres derivados del trasiego de una botella enterita de vino tinto y los movimientos impulsados por las extremidades inferiores no concordaban en absoluto con los intereses racionales de mi conciencia embotada, hallándome a diez metros escasos de donde se hallaba Matías, que en dicha tesitura rondaba la antesala del recodo ciego al amparo del haz de luz enfermiza expelida por un antiguo farol de gas. Recuerdo haber voceado en más de una repetición su nombre de pila, y en semejanza parecida, haber presenciado su lenta torsión de cuello, indagando el origen del vocablo altisonante. Y justo cuando me disponía a echar a correr como un rajado idiota hacia su triste destino donde se hallaba acantonado postrado de pie falsificándose a sí mismo en su figura de estatua de dudosa valía artística, rememoro haber visto cómo de la nada, postergada en la linde del recodo, surgió una ráfaga de viento despendolado, cuyo torbellino tórrido quedó enroscado alrededor de la silueta obnubilada de mi paisano, llevándoselo por delante con las consecuencias derivadas de un frenesí demoledor. Al poco de transcurrido el grueso del tumulto, me aclaré algo las ideas, atisbando cómo se esbozaba en la lejanía, entre enmarañadas y entretejidas brumas veleidosas, el perfil fantasmal de un carro de heno fresco, impulsado por el desenfreno sobrenatural de un jaco sarnoso y anémico, que pareciome estar más muerto que vivo de como estaba en los puros huesos. Sobre el pescante vetusto de madera pútrida, vi erguida, la figura nada decorativa de la Parca, tirando de las riendas que guiaban los impulsos de la cabalgadura con el ímpetu de un poseso, justificándose y sonriendo de manera insana dentro de las entrañas del sayo oscuro, en donde la infinidad y multiplicidad de sus facciones expresivas escapaban del conocimiento lúcido y cabal de toda presencia viva.
El carro dantesco y patibulario se fue alejando en tres o cuatro acelerones, saltando y rebrincando de una rueda a la otra, y mientras yo me perdía a la vera de mi desmayo, derrumbándome de costado sobre el pavés duro e ingrato de la vía pública, pude entreoír al difunto Matías gemirme su tramitación cortés de este plano secuencial de la vida bullidora y dichosa, antes de expirar entre inexplicables requiebros de satisfacción plenaria, cuya clara expresividad llegué a catalogar de innecesaria.

*****

La consiguiente conmoción del amanecer sacudió los cimientos centenarios de la villa como si a consecuencia de la defunción precoz, turbulenta y súbita de Matías, se dedujese un notorio y antinatural bajo índice de mortandad entre el resto de los residentes. Partiendo del accidente desafortunado del bebedor por excelencia del pueblo, donde nunca más iba a poder suponerse de quién dependía la conducción del obsoleto carruaje – salvo quien les hace a ustedes copartícipe de la historia, que noche tras noche desde entonces al apagar la luminiscencia de la llama del quinqué que emana su taciturna aureola cobriza en el centro del círculo imaginario que rodea mi lecho, recogiéndome en un ovillo, con la manta de lana aborregada arropada hasta las cejas y conformándome en susurrar unas vanas plegarias a modo de fútil conjuro, expectante, ansioso y aprensivo en una misma proporción de perder de vista para siempre las cenizas fúnebres de la puñetera Parca, acaparadora de sepelios, avariciosa hasta más no poder, cuyos restos polvorientos plasmaban su maldición en lo más hondo de las cataratas atronadoras de mi dichosa memoria indeleble -, el incidente de Matías no sería más que el detonador de la carga de dinamita que arrastraría al resto del pueblo hacia el cráter de la mina, sucediéndose una serie de despedidas sucesivas.
María Petí, la consorte del panadero Lucas Lemont i Frau, se nos fue a la semana del óbito de Matías, aquejada de unas dolencias punzantes en los bronquios. Un mes más tarde falleció el teniente de alcalde, y durante el proceso del tercer trimestre del año, las plañideras ejercieron de acompañantes de endeble fervor popular en los cortejos fúnebres tributados a Feliciano Ramírez, un rapazuelo de siete veranos; Héctor Lafuente, primo hermano del párroco don Elías y la señora Ramona, aunque a decir verdad, la bondadosa mujer se nos marchó del recuento del padrón municipal más por vieja que por factores inesperados.
Nuestro pueblo se sumió en la más hereditaria de las melancolías. Las cosechas de trigo, cebada, avena y maíz se perdieron a raíz de una sequía asfixiante. El suministro del agua corriente fue menguando hasta que las autoridades competentes del Departamento Comarcal de Recursos Hídricos decidieron de común acuerdo establecer un horario de restricciones. Paquito Morales, un sobrinito de la Antonia, desarrolló una sintomatología viral que iba más allá del proceso gripal al que no se le concedería la debida importancia y presteza en remedios galenos, yendo a más con el devenir de las horas, y a los dos días, su traviesa e inagotable vitalidad de mocoso indomable se le disipó por completo con don Elías deseándole la paz y el sosiego eterno en la inmensidad del paraíso celestial. Al pastor Celestino Ruscón le sorprendió un pedrisco beligerante en la cima de la Peña Echada, y perdió una veintena de ovejas atemorizadas que dieron un salto al vacío una detrás de otra, partiéndose el cuello y las más afortunadas fracturándose dos o tres patas, a las que hubo que sacrificar, además de su fiel escudero “Charro”, un perro pastor de lo más eficiente. En los comienzos del invierno, las bajas temperaturas recrudecieron sus gélidos registros en el mercurio de los termómetros, y a consecuencia de ello, dos ancianos muy queridos por todos se nos quedaron igual de tiesos que dos pilotes de cemento armado, con las cuencas azuladas y la mirada perdida en la indiferencia aún a pesar de haber dejado los fogones del horno de leña encendidos a lo largo de la noche.
En resumidas cuentas, un rosario de calamidades y tragedias. Todos nos volvimos más creyentes y a la vez más propensos a la superchería. Y a medida que se nos aproximaban las navidades, un joven embutido en harapos y apoyado erecto sobre un recio palo de roble a modo de muleta pateó con lentitud el sendero que conducía al pueblo, y una vez que estuvo a las puertas del umbral para acometer su ingreso en él, dos chiquillos lo reconocieron, y a voz en grito se encargaron de anunciar el regreso inopinado del “Agarrado”.
Los postigos y las contraventanas de los miradores y ventanales de cada propiedad se abrieron con ligereza. Las madres de los dos críos les urgieron para que se refugiaran en el portal. Miradas indiscretas escrutaron la estructura anatómica del extraño, pero nadie considerado de bien (y en la villa lo éramos todos) se encargó de tributarle una cálida bienvenida. Ni siquiera de sus más íntimos allegados partió salutación alguna.
“El Agarrado” prosiguió impertérrito en su marcha agonizante, renqueando como can apaleado sin piedad por su amo, enfilando rumbo a la Taberna. En ese preciso instante el referido local, refugio del duermevela y de la vista cansada, estaba de concurrido en similares condiciones de asistencia al recital cantarín de un loro del pirata Barba Gris: sólo estábamos el dueño de la tasca y un servidor. Hasta en ese comportamiento del ocio había ido declinando el pueblo.
“El Agarrado”, ataviado como un pordiosero leproso digno de la mayor de las lástimas, asentó sus cuartos traseros en la silla más accesible al alcance de su cojera predominante, y guardando reposo, se nos quedó allí, remolón y silente a la usanza de un rústico cuenta fortunas, a medias ciego, a medias vidente de la buenaventura, con la vista envejecida circunscrita en un punto intermedio situado entre la columna decorativa de la barra del bar y la pared de la licorera donde quedaba pésimamente colgada la copia baratija de un cuadro paisajístico de Zurbarán.
De un modo malintencionado, Luisinsho y yo le hicimos un vacío muy desconsiderado.
Tal falta de destreza en la salvaguarda de los buenos modales no fue óbice para que el recién llegado se aclarara la garganta y me llamase por mi nombre adquirido en el rito del bautismo:
– Dios bendito, Francisco.
“Francisco…Francisco… – carraspeó de manera repetida antes de centrarse en lo principal, el meollo de su verdad, de su confesión velada. – Lo he conseguido. Conseguido está…, y aquí me tienes nuevamente de vuelta.
Para la erosionada sensibilidad emocional del joven parecía no existir la cercanía hosca del tabernero. Por un breve momento de piedad cristiana, me puse a rememorar al “Agarrado” de los mejores tiempos y no pude acallarme ni ignorarle por más rato. Deposité el vaso del vino tinto sobre el mármol de recias líneas veteadas del mostrador y me dirigí, espantando mis cautelas, hacia la mesa ocupada por el muchacho. Apropiándome de una silla que caía a mano, me senté enfrente de él con el respaldo apretado contra mi esternón y costillas. Su rostro medio oculto entre la tela apolillada de una capucha de monje. Las manos como garras de halcón, enfundadas en unos mugrientos mitones de lana negra. La pierna endolorida y lacerante de torturas inconfesables (preferible mantenerlas invisibles), extendida en una postura imposible para cualquier articulación de la rodilla, apuntando la pierna hacia el dintel de la entrada como si fuera la pata movible del compás, formando un ángulo con el resto del cuerpo de noventa grados.
No pude reprimirme, y con la voz quebrada por la emoción de poder reconocer ciertos rasgos familiares en ese desecho humano, espantapájaros propio de un erial corrompido por las dotes dañinas de una hechicera, en fin, una deformidad infinita encajada en un armazón de huesos, ligamentos, carne y órganos vitales de lo que antes fuera un orgulloso cuerpo humano, me dirigí a él en los siguientes términos:
– Luis. Dios mío, Luis. ¿Pero qué te ha pasado? ¿Qué te han hecho? ¿En qué te han convertido? Estoy por no reconocerte, de lo desgraciado que me pareces.
El joven reclinó el mentón prominente sobre el hombro izquierdo, haciéndome creer que observaba de refilón el quicio de la puerta de donde procedía el rumor inquietante del cierzo dispersando susurros y murmullos siseantes, cuasi humanos. De sopetón separó los lívidos labios entrecerrando los ojos al hacerlo. El viento arreció… Los siseos tornáronse en una multitud de palabras blasfemas e inconexas en contenido gramático.
– Todo salió según lo previsto. Dios Sagrado, Francisco. No sabes ni por asomo lo arduo que resultó dar con el camino. Con esa ruta escurridiza y tortuosa que culmina en Fuentefin. Un camino cambiante. Un camino que parece estar VIVO, revuelto y ladino. Una noche, en la cual disfrutaba de la luz difuminada de la luna llena, podía vislumbrar la silueta de sus casas desde la lejanía en que me asentaba, subido en una colina. El sendero estaba encajado en la garganta estrecha y angosta que separaba dos riscos calizos de altitud casi lindante lo celestial, y al amanecer entrante, ya había desaparecido de mi vista. Sigiloso. Efímero. Y así en cientos de lugares, parajes, escenarios por donde yo pasaba, añadiendo una etapa a otra sin que supiese cuándo iba a concluir mi recorrido con destino incierto en el mapa de rutas. El camino era una interminable y escurridiza culebra de dimensiones monstruosas. Y por cada lugar que discurría, reptando sobre su vientre hinchado, no dejaba más rasgos y signos de su paso que el ingrato llanto del dolor familiar y la desolación de la peste.
– No puede ser cierto. Nadie… Se comenta que quienquiera que llegue a frecuentar ese lugar es para no volver.
“Y tú HAS VUELTO. Y en qué estado…
Luis Martínez Coca, alias “El Agarrado”, se removió sobre el asiento. Su vista atenta al menor ajetreo visceral del ventarrón imperante al otro lado de la puerta. Sin mirarme, prosiguió en la narración de su terrible aventura:
– Francisco, si te dijese que merece la pena regresar de la guisa en que me ves con tal de haber obtenido la primicia de haber transitado por las calles marchitas y cadavéricas de Fuentefin, me tacharías de loco confeso.
“¡Está bien! Considérame un trastornado de por vida. Un demente sin ningún futuro ni ninguna posibilidad de reinserción en la sociedad. Y todo ello por haber osado patear las calles y avenidas principales de esa villa de pesadilla. Enajenado a la par que insensato por haber asistido a la Reunión de los Sin Vida. Ido por haberme hecho pasar por uno de ellos. Y de mentalidad insana debido al engaño urdido contra la Parca. Táchame de perturbado mental, de lo que quieras, pero la cuestión es que llegué hasta el final de la historia. Conviví dos intensas jornadas de martirios con sus “habitantes” – y de entre ellos descubrí una verdad aterradora que nos atañe-; simulé que no reponía fuerzas para asemejarme a sus caracteres inapetentes permaneciendo oculto en las alcantarillas y me reí de la Sonrisa Mortal en sus mismas narices. Y lo que es más significativo y que sin duda contentará a nuestra Comarca…- se acalló por unos segundos, vacilando ante el llanto peregrino del viento. Echó la silla hacia atrás, añadiendo en un hilo de voz rota por la ansiedad: – ¿Sabes? Lo vi por allí, igual de despistado como en su vida precursora.
– ¿A quién viste?
– A Matías.
Una sombra plomiza se desparramó sobre la losa del suelo de la taberna. Unos pasos tenues resonaron cerca del dintel.
El dueño del local fue el primero en recaer en su aparición pujante, petrificándose de pie detrás del mostrador del bar. El plato que atendía entre las manos se le cayó al suelo, fragmentándose en mil piezas de porcelana toledana.
La figura se desplazó por la entrada, relajada, sonriente como un bendito. Los cabellos lacios le colgaban sobre sus hombros hundidos. La espalda encorvada hacia el frente. El pecho salido como si algo le hubiese estallado en los costillares. Y el rostro desfigurado, con los ojos recluidos en las concavidades de las cuencas, los pómulos tensos y abultados como melocotones maduros, el mentón torcido y la tez macerada. Aún a pesar de su pérdida manifiesta de vitalidad, era Matías.
Matías, “Cara de Erudito”.
Sonriendo como un niño grandote, cruzando los brazos sobre su pechera henchida de gases descompuestos, musitando mi nombre…
Luis situó su mano derecha sobre la mía, atrapándola con la misma intensidad que lo haría una viuda negra al envolver a su presa con sus patas peludas antes de haberle inyectado su atroz y paralizante veneno. Me miró con evidente felicidad. Y antes de que yo decidiese emular la comprensible actitud defensiva del dueño de la Taberna, alcancé a descifrar gran parte de su verdad enloquecida:
– Es estupendo, ¿verdad, Francisco?
“Nuestro avezado amigo está de nuevo con nosotros. Pero eso no es todo.
“Faltan los demás…
“Falta por ver a María, la esposa del panadero. Falta Feliciano. Y Héctorcito. Y la señora Ramona. Y el sobrinito de la Antonia. Y los venerables ancianos del caserío. Pero no te impacientes… Los veremos ahora mismo.
“Están ahí fuera. En la plaza Mayor. Deseando reencontrarse con sus seres queridos.
Conforme me fui haciendo a la idea, el lenguaje inquietante del supuesto ventarrón se trocó en un guirigay de voces grotescas y que en modo alguno correspondía con el genuino recuerdo de los seres que en su momento de máximo esplendor nos fueron tan queridos y apreciados, y que ahora se nos hacían tan apartados y ajenos del círculo familiar del poblado. Porque de manera incuestionable, y que me perdone el Cielo si acaso yerro, el lugar que le correspondía era el consabido purgatorio del cual, con la consabida ayuda del “Agarrado”, habían logrado evadirse de la dictadura de la Parca.
Y puedo asegurarles que no tardamos mucho en devolverles a las yacijas terrosas de sus respectivas tumbas reconvertidas en definitivos lechos mortuorios, con los restos diseminados a resultas del impulso de nuestras hachas, terminando de esta manera con los progresos de su “resurrección“…
Por cierto, en el arrebato de inmensa indignación que germinó en las hasta entonces pacíficas gentes de la comarca, “El Agarrado” fue forzado a hacerles compañía eterna, inmovilizado mediante el procedimiento anti-escapista de ajustadas correas y recias cuerdas rematadas en nudos contundentes y enterrado en su ataúd bajo cinco metros de tierra bien apisonada por nuestras palas justicieras.
Pero ésta es otra historia, y por desgracia, demasiada violenta, como para ser relatada en fechas tan señaladas…
Porque estamos en navidades, y en estos días se entonan villancicos, nunca maldades…

Jugando a ser Dios

Llegó el momento más dulce de la cena. La hora del postre. El genial repostero Bogus Bogus, refugiado apátrida en mi hacienda desde que discutiera con su anterior amo, el muy blasfemo Conde Testa Dello Infernos, y fuera por consiguiente despedido de forma injusta (afortunadamente para mis intereses golosos, um), nos presenta un pastel dulce, apetitoso, delicioso, y sabroso. Es su última creación. Pero no sean tímidos. Acerquen sus platos y deje que les sirva una porción. Saboreen su textura. Mmm…
¡ÑAM! ¡ÑAM! ¡GRONFA! ¡GRONFA!
Disculpen mi grosería al anticiparme en zamparme mi porción. No me pude contener.
Mientras Bogus Bogus finaliza con el reparto del pastel, les entretendré con mi última creación literaria. Que aproveche.

Los grillos emitían su peculiar sonido refugiados entre la verde y alta hierba que conformaba el inmenso prado que rodeaba a la casa de verano del adinerado Jim Delawere, alcanzando el paralelismo con una solitaria isla perdida en medio del océano. El astro rey empezaba a adquirir ya el característico tono anaranjado al declinar la tarde, y lentamente iba descendiendo del azulado firmamento para comenzar a ocultarse detrás de las montañas erosionadas del valle de Tenpain, dotadas de cumbres medio ovaladas por el efecto devastador del tiempo y sus condiciones meteorológicas.
En la lujosa mansión de Delawere, este mantenía una acalorada discusión con su amigo íntimo desde la infancia, Frederick Sotdhler. En la parte superior de la fachada frontal de la vivienda de estilo colonial holandés, a través del cristal de un ventanal de cuerpo entero adornado exteriormente por unas enredaderas que correspondía a la biblioteca, se podía vislumbrar la alargada figura de Frederick con una copa de brandy en una mano y un puro habano entre los dedos de la otra. Estando de pie, su vista estaba clavada en la parte derecha de la habitación, donde la pared exterior de piedra impedía ver a la persona de Jim Delawere, quien en ese instante le estaba dedicando un sermón con tono enérgico y quejoso. El rostro sonrosado de Frederick esbozó una sonrisa burlona, enarcó sus espesas cejas y abrió ligeramente la ventana por un lateral para arrojar a través del hueco la colilla de su puro. Este descendió verticalmente, y en poco más de un segundo impactó con el piso de cemento que rodeaba por completo a la hacienda, chisporroteando un poco, para finalmente dejar surgir unas volutas de humo negro que implicaba ya su fin.
De nuevo, visto a través del vidrio del enorme ventanal, Frederick se bebió de un único trago todo el licor que quedaba en su copa, y con una ligera indecisión inicial, echó a andar hasta hacer desaparecer su figura por el lado derecho de la fachada. Tras unos breves instantes, resurgiría con la copa llena hasta el mismísimo borde. El dedo índice de su mano zurda apuntaba hacia la zona de la pared que ocultaba la figura de Delawere. Al estar aún la hoja del ventanal ligeramente sin encajar en su marco, se alcanzaba a poder escuchar la voz profunda y descontenta del mencionado Delawere. Frederick se agachó, ofreciendo la espalda, y cuando se volvió a erguir portaba un teléfono antiguo de disco en una mano, con la copa en la otra, haciendo peligrar el contenido de la misma, derramando gota a gota el brandy por su redondeado pie hacia el suelo. Frederick hizo florituras en su maniobra para coger el auricular con la mano izquierda y sujetar el aparato telefónico contra su regazo, dedicándole una mirada displicente a la oculta personalidad de Delawere. Se situó el auricular entre el cuello y el hombro izquierdo para poder marcar un número con el dedo índice de la mano libre. El disco giró siete veces para otros tantos números. Una vez hecho, sujetó el auricular con la mano. Pasarían unos segundos hasta que pudo iniciar la conversación deseada con la persona a la que había llamado. Su diminuta boca se expandía y se cerraba con frenesí. De tanto en tanto miraba hacia su izquierda y entonces perfilaba una sonrisa complaciente hacia su anfitrión.
Estuvo charlando por espacio de cinco minutos. Una vez finalizada la conversación volvió a colocar el auricular en su sitio, suspirando de alivio. Guiñó un ojo a Delawere, quien continuaba lejos de ser visto desde el exterior de la casa.
Frederick se agachó para depositar el teléfono en una mesita y terminó de apurar su copa, engullendo su contenido como si fuese un camello sin reservas de agua. En un momento determinado desapareció por la derecha. En ese preciso momento, uno de los brazos de Delawere surgió desde el anonimato de su posición. La mano estaba recubierta por un guante de piel de liebre. El brazo se agitaba frenéticamente de arriba hacia abajo, la mano encogida en un puño. La ira predominaba en ese miembro expuesto. Por ende, también hacía lo propio con el estado anímico de Jim Delawere.

La noche se aposentó sobre la villa apartada de Jim Delawere. Infinitas estrellas titilaban en un cielo nocturno despejado de nubes, y por encima de los contornos de las montañas desgastadas, la luna en cuarto creciente era la reina en exclusiva de esa fase horaria.
En un desvío de la carretera procedente de la ciudad, consistente en un simple camino de tierra que atravesaba el prado, una furgoneta de carrocería blanca, marca Citroen, se iba acercando con los faros apagados, guiándose como punto de referencia por las luces que emergían de las ventanas de la mansión. Tras llegar a su destino final, y sin apagar el motor, dos hombres de fuerte constitución física se bajaron del vehículo. Sus impecables batas blancas de enfermeros fueron vistos por Frederick desde el enorme ventanal de la biblioteca. Este abandonó su puesto en la atalaya, desapareciendo su figura por la pared de piedra.
Mientras tanto, los hombres de la ambulancia privada se dirigieron hacia la puerta trasera de la misma. El más corpulento de los dos la abrió a la vez que su compañero entraba de un salto en su interior. Al poco rato surgieron las pequeñas ruedas negras de una camilla. Compenetrándose ambos, la fueron bajando con sumo cuidado, para acto seguido dirigirse con ella hacia la puerta principal de la casa. Se observaba perfectamente como una persona de larga cabellera rubia se agitaba bruscamente sobre la camilla. El enfermero más robusto llamó a la puerta con los nudillos de su mano diestra. Insistió seis veces, sintiéndose cada vez más molesto por dilatarse la entrega. Cuando iba a golpetear por séptima vez, la puerta se abrió hacia adentro. La figura tambaleante de Frederick fue quien les atendió. Este extrajo un gran fajo de billetes de cincuenta dólares del interior del bolsillo de su chaqueta y se los tendió. El compañero del forzudo introdujo la camilla dentro del recibidor de la casa y volvió a salir por el dintel de la entrada. Tras estar de acuerdo en la cantidad de dinero pactada, se despidieron cortésmente de Frederick, se subieron a la ambulancia sin distintivos y se marcharon igual de desapercibidos como llegaron.
Frederick contempló cómo se alejaban durante unos segundos, pero entre que ya era noche cerrada y lo ebrio que estaba, los perdió de vista en un santiamén. Rió con desgana como un tonto y cerró la puerta, corriendo los pestillos de los cerrojos.

– ¡Vaya! ¿A quién tenemos aquí? – dijo Frederick con una voz espasmódica y soltando algún que otro hipido hacia el rostro horrorizado de la muchacha tendida en la camilla.
Según veía con sus propios ojos vidriosos, al par que lujuriosos, los chicos se habían portado de maravilla en relación con lo que había encargado por el teléfono: ejemplar femenino, no mayor de treinta años ni menor de veinte, de cabellos rubios y figura atractiva. El subordinado que introdujo el pedido en el interior de la casa le aclaró lo más escueto posible que la encontraron en las cercanías de Claver Park, regresando al campus de la universidad de Pembrico. No les fue nada difícil, dado lo solitario del sitio en ese momento, abordarla con un trapo impregnado en cloroformo para luego inmovilizarla en la camilla.
Frederick la siguió examinando detalladamente. La joven sólo llevaba puesta encima la camisa de fuerza y unas braguitas negras. Un trozo de esparadrapo colocado sobre los labios le impedía articular palabra alguna, con los largos cabellos rubios revueltos sobre sus hombros. Una gruesa correa colocada sobre el pecho la oprimía contra la camilla, evitando que se moviera, y sus pies desnudos estaban amarrados con cinta aislante alrededor de los tobillos. Los preciosos ojos azules celestes de la chica miraban con terror evidente a la altanera figura de Frederick. Este dirigió una fugaz mirada hacia la hora marcada en el reloj de pie del vestíbulo, y viendo que aún faltaba más de media hora para la hora acordada con su socio, decidió pasar un buen rato con la muchacha. Se bajó la cremallera de la bragueta del pantalón e intentó subirse encima de la camilla. Estuvo forcejeando con las barandillas laterales, y cuando estuvo cerca de bajar una, se tropezó, cayendo de bruces contra el suelo y a punto de hacer volcar la camilla con la joven amarrada a ella. Masculló su maldición por esa contrariedad. Se palpó el cuerpo, antes de ponerse de pie, asegurándose que no se había roto ningún hueso. También se percató de la integridad física de la chica. Desistida la intención de mancillar su honor, estuvo hablando necedades para sí mismo, recreándose de vez en cuando en la belleza de su prisionera.
El tiempo fue pasando, hasta que sonaron las dos campanadas sobre la medianoche.
Había llegado la hora acordada con Delawere.
Sus manos blanquecinas sujetaron la camilla por el tirador, y empezó a empujarla por los pasillos mientras canturreaba una horrible canción. Se encaminó hacia el ala este, hasta detenerse ante una puerta metálica. Arrimó sus labios ante un intercomunicador automático, y dijo con voz apremiante:
– ¡Jim! ¡Jim! Ya traigo la carnaza.
Al otro lado de la puerta se podía percibir cómo alguien quitaba una serie de cadenas, para al final abrirla hacia dentro.
Frederick empujó la camilla hacia su interior mientras la puerta se volvía a cerrar a sus espaldas.
La estancia era una diabólica mezcla de sala de torturas y pequeño laboratorio científico. Las cuatro paredes y el techo estaban encaladas, mientras el suelo estaba conformado por baldosas de falso mármol gris claro. La parte que implicaba al laboratorio disponía de una alargada mesa metálica cubierta por un mantel desechable de plástico de color azulado, confiriéndole un aspecto sobrio y pulcro. Sobre la mesa había dispuestos numerosos libros y facsímiles de tratados de estudios medievales, tubos de ensayo, probetas, cubetas de plástico y de aluminio, botellas transparentes donde sobresalían los tonos variopintos de los líquidos en ellas albergadas, dos candelabros de bronce de cinco brazos con sus correspondientes velas encendidas que iluminaban tenuemente la estancia, diversos instrumentales de acero, un recipiente de madera con tapa corrediza y otra de plástico duro transparente en la cual estaba Delawere removiendo con una cuchara un espeso líquido de olor hediondo y cuya composición de los ingredientes en ello empleado sólo era conocedor su propio creador.
Frederick dejó la camilla con la prisionera al lado de un cepo vertical de estilo sadomasoquista, para luego quedarse mirando como su amigo trabajaba con tal ardor y entregado a su obra, que el sudor empapaba su frente arrugada. En realidad, Delawere se asemejaba al alma del diablo. Medía un metro ochenta, era enjuto en carnes como un prisionero de un campo de concentración nazi y su pelo grisáceo hacía simplemente mención de aparición ligeramente por los bordes de su cuero cabelludo. Lucía una bata negra, de la cual sobresalía la parte inferior de unos pantalones marrones de tela italiana. Esto y sus zapatos de piel de cocodrilo indicaban cuál era su verdadero status social y económico. En cuanto a edad, sobrepasaba en siete años a Frederick, quien tenía cincuenta.
Delawere continuaba mezclando varios ingredientes adicionales en la caja translúcida. El resultado de su peculiar elixir fue adquiriendo un color negruzco, volviéndose cada vez más repulsivamente viscoso.
– Esta es la última vez que acepto mostrarte un experimento mío, Frederick.
“LA ÚLTIMA VEZ – enfatizó, mientras seguía revolviendo con un cucharón metálico el espantoso menjunje.
– No, si al final la culpa será siempre mía… – se defendió Frederick. Los dedos de una de sus manos empezaron a recorrer la parte interna de los muslos de la muchacha, que luchaba por salir de su estado de medio shock emocional. – Recuerda que fuiste tú el que sacó a la palestra las posibilidades de una poción que hiciese evolucionar hasta el infinito el intelecto de nuestra especie.
– De acuerdo. Pero es que los experimentos y los ensayos previos hay que realizarlos con la pausa y sensatez adecuada, tomando el tiempo necesario para ello. No como tú, mi estimado amigo, que hay que llevarlo a cabo todo en poco menos de tres horas, cuando se necesita mínimo unas cuantas semanas de pruebas en animales, antes de recurrir con las personas… – continuaba revolviendo una y otra vez. Al mencionar lo último, fue cuando finalmente reparó en la presencia de la muchacha. – ¿El sujeto es como te lo había especificado? – preguntó, señalándola con su mano izquierda enguantada. La otra estaba al descubierto.
Frederick extendió la brazos hacia arriba en un gesto de satisfacción.
– Pues claro que lo es. ¿O acaso tú desconfiada mente mezquina creía que mis chicos me iban a dejar en mal lugar? Obsérvala tú mismo. Una mujer joven, esbelta, atractiva, sana, de largos cabellos rubios. Ya sabes. Las de mi tipo – le dijo a la vez que introducía su mano diestra por debajo de la camisa de fuerza buscando la rotundidad de los pechos de la joven.
Nada más percatarse Delawere, este estalló encolerizado.
– ¡Déjala en paz! No debes ni rozarla, cerdo pervertido. Que quede claro que esos datos los pediste tú, Fred, viejo verde. Yo sólo necesito un conejillo de indias de aspecto saludable, nada más.
– Bueno. Relájate un poco. Y empieza ya de una vez. Tan sólo deseo ver cómo pones en práctica la teoría de tu maldito experimento. Por favor, date prisa, por lo que más quieras. Estoy que me caigo por el sueño – Frederick se sentó sobre el borde de la camilla, emitiendo ésta un quejido metálico de protesta contra el exceso de peso. – Además te recuerdo que mañana a estas horas deberé de estar en el Hospital Nacional de la maternidad de Sao Paolo utilizando el fórceps y practicando cesáreas en aras de aumentar la población de mi querido planeta Tierra.
– Ya falta poco. Mientras haz algo útil aparte de ayudar a alumbrar niños. Por ejemplo, acomoda el sujeto A en el molde de contención.
Frederick se puso erguido con suma dificultad, colocándose detrás de la camilla, empujándola y dirigiéndose hacia un gran molde ubicado en el suelo con forma de silueta humana.
Al llegar, calibró el peso de la chica con cierto desaliento.
– Tendrás que acomodarla tú, Jim. Yo, con estas manos y mi debilidad actual por los efectos de la bebida, no puedo – protestó, tratando de controlar los temblores de los dedos.
Delawere dejó de revolver el contenido del recipiente, y sin disimular lo alterado que estaba por tener que escuchar las continuas tonterías de su colega, rodeó la mesa de laboratorio para aproximarse hacia el molde, a la vez que le ordenaba con la mirada que le sustituyese removiendo los ingredientes de la fórmula mientras él se encargaba de introducir a la joven en su encierro definitivo.
Se acercó a la camilla y la liberó de la correa que la mantenía postrada sobre la misma. La chica intentó resistirse, pero la camisa de fuerza firmemente ceñida y sus tobillos inmovilizados por la cinta aislante facilitaron su introducción en el molde. Encajó su delicado y estrecho cuello en una sujeción de acero en forma de collar y lo cerró, evitando de esta manera que pudiera intentar incorporarse sentada. Luego la agarró por las piernas, y la hizo de estirar el cuerpo al máximo, colocando otras dos sujeciones de menor tamaño alrededor de sus tobillos a modo de grilletes. Había otra enorme sujeción que apretó sobre el vientre de la prisionera. Y otras dos similares a las de los tobillos, en este caso para las muñecas, pero que no hizo falta hacer uso de ellas por la gran utilidad de la camisa de fuerza. La chica se esforzó por moverse, en vano para su pesar e impotencia. Delawere la miró con frialdad a los ojos, y al ver que los tenía bastantes enrojecidos, le aplicó las gotas de un colirio para dilatarle las pupilas. Satisfecho, ordenó a Frederick que trajese el recipiente. Este se acercó con sumo cuidado y se lo entregó. Delawere verificó que la mezcla estaba perfectamente fermentada antes de ponerle la tapa al recipiente. En realidad era un artilugio que constaba de un tubo de goma y un pequeño cuadro de mandos sobre el cierre del mismo. Delawere solicitó a Frederick que le quitase a la bella muchacha el esparadrapo de la boca, cosa que este cumplió con presteza.
– ¡Sáquenme de aquí! ¡Cabrones! ¿Qué pretenden? – vociferó la estudiante universitaria al borde de la histeria nada más verse libre de la mordaza. Tironeaba con tanta fuerza de las argollas que sujetaban sus piernas por los tobillos, que con el roce contra el metal, estaba despellejándose la piel de la zona.
Delawere se enfureció sobremanera al oír tamaño alboroto, y aprovechando que la chica tenía la boca bien abierta, le introdujo el tubo garganta abajo empleando una brutalidad desmesurada.
– ¿Y ahora…? – preguntó Frederick con el semblante asombrado de la cantidad de sonda introducida.
– ¡Ahora esto! – y al decirlo, Delawere accionó los mandos.
El líquido viscoso e ignominioso recorrió con lentitud el interior del tubo, hasta ser ingerido por la joven. Su nuez subía y bajaba sin cesar y la garganta se le dilataba por la fuerza con que era introducido el producto en su esófago hasta alcanzar su estómago. Los ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas, para finalmente volverse y quedarse blancos.
Frederick no pudo soportar ver el sufrimiento atroz de la joven, buscando una cubeta donde poder vomitar.
Casi un minuto largo le costó vaciarse al recipiente. Delawere extrajo con cuidado la sonda que estaba recubierta de una masa gelatinosa de flemas sangrantes. Aparentemente la chica había pasado a mejor vida. En cuestión de pocos minutos se le hinchó el vientre, los labios de la boca quedaron agrietados por la presión ejercida por la máquina al introducirle la extraña pócima, a la vez que su cutis terso ya adquiría un color amarillento y macilento. Delawere situó la tapa del singular féretro y la aseguró con un candado. Luego recogió la máquina de la sonda y la situó en la mesa del laboratorio, entre los dos candelabros.
– ¿Y ahora qué hay que hacer, Jim? ¿Enterrarla nosotros mismos, o llamar a Pompas Fúnebres? – le preguntó Frederick entre risitas nerviosas, bajando la altura de la camilla para echarse una cabezada.
Delawere dejó escapar un bufido. Se le ocurrió una idea brillante: ataría Frederick a la camilla (cosa que no sería nada difícil, dado que aparte que era mucho más fuerte que su amigo, Fred estaba bajo mínimos por la cantidad excesiva de bebida ingerida), le introduciría la sonda por la boca, pulsaría el botón de “succión” y contemplaría con gran regocijo por su parte cómo las vísceras del infortunado idiota irían a parar dentro del depósito de la caja. Desde luego, sería bonito observar los mofletes adhiriéndose a las mandíbulas, el vientre contrayéndose, sus contorsiones encima de la camilla producto del sufrimiento de la macabra tortura, con los restos de la cena sin digerir resbalándosele por las comisuras de los labios…
– Ahora sólo queda esperar a los resultados, si es que los hay – contestó, apartando ese pensamiento de la cabeza.
Se dirigió hacia un asiento de tortura que quedaba cerca de la entrada a la estancia, apretó tres botones disimulados que había encima del brazo izquierdo, y al instante las cuchillas puntiagudas y los grilletes desaparecieron como por obra de un milagro.
Se dejó caer en el sillón, en espera del momento en que su experimento empezase a surtir efecto en el cuerpo de la muchacha.
Entre tanto, desde el corredor más cercano sonaron las campanadas señalando las tres menos cuarto de la madrugada.

Frederick Sotdhler vio perturbado su frugal sueño nocturno a las cuatro de la madrugada por un llamativo estrépito procedente de la misma sala en donde se hallaba. Estaba tumbado boca abajo sobre la dura colchoneta de la camilla, y nada más abrir los párpados pudo ver que la estructura sólida del molde donde estaba confinada la muchacha se encontraba resquebrajada, con la tapa hecha trizas cerca de la mesa del laboratorio. Con los efectos persistentes de la borrachera que llevaba encima, hizo apoyo sobre su codo derecho para incorporarse lo más deprisa posible, y al tratar de sentarse recayó en que alguien le había atado las piernas con las correas a la barandilla de la camilla.
“Vaya, Jim. O esta es una de tus raras y atípicas bromas, o es que quieres averiguar si acaso soy la reencarnación de Houdini” – pensó.
Conforme cavilaba esto, un casi imperceptible, por la lejanía, aullido llegó procedente de los inmensos prados que rodeaban el hogar de Delawere.
Frederick dirigió su vista hacia su izquierda, observando como su amigo estaba durmiendo profundamente en el sillón de tortura. Con sumo cuidado se libró de las correas, se bajó de la camilla y se hizo con una de las velas del candelabro más cercano. Sacó el mechero del bolsillo derecho de sus pantalones, y tras un par de intentonas fallidas consiguió prender luz a la mecha negruzca de la vela. Con la ayuda de iluminación tan rudimentaria se aproximó hacia el sitio donde dormitaba Delawere, deteniéndose al fijarse que este se había situado sobre los ojos un antifaz negro para poder dormir, así como unos tapones para los oídos. Con paso indeciso desvió su camino hacia la zona donde estaba el molde. La tapa ya era irrecuperable, mientras la parte inferior se mostraba vacía, con los grilletes forzados y manchados en su superficie por restos de piel y sangre. No muy lejos del lugar donde ahora descansaba parte del molde había un charco apreciable de líquido viscoso con los restos de la camisa de fuerza del sujeto A.
– Jim. ¡Jim! – se esforzó en llamar a Delawere. – Jim, despierta – se volvió a dirigir hacia él con paso negligente.
Nada más llegar al lado de la silla empezó a golpear el brazo izquierdo de la misma, con tan mala fortuna, que apretó uno de los botones. Se escuchó un sonido seco, para contemplar seguidamente aterrorizado como siete afilados cuchillas atravesaban la garganta de Delawere.
Frederick soltó un grito penetrante al ver como su amigo se quitó el antifaz. Jim Delawere sólo alcanzó a poder decir una frase categórica antes de que la sangre acumulada en la tráquea se lo impidiera:
– Ahora entiendo tus prisas por sacar el experimento adelante, maldito traidor…
Frederick salió a trancas y barrancas de la tétrica habitación. Con las prisas, no se fijó que la puerta metálica había sido forzada desde el interior.
Recorrió innumerables pasillos hasta plantarse frente al perchero del recibidor. Recogió el abrigo, verificando que tenía las llaves del coche y se dirigió hacia la puerta principal, abriéndola con mano temblorosa. Abandonó la mansión dejando la puerta abierta, afrontando la negritud de la noche estrellada. Avivó el ritmo de sus pasos, pisadas precipitadas que resonaban sobre la superficie de cemento que circunvalaba los alrededores de la casa. Al final llegó fatigado al lado de su BMW de cuatro plazas. Introdujo la llave correspondiente en la cerradura de la puerta del conductor, alzó su mirada y contempló el perfil del astro lunar en cuarto creciente.
Por fin abrió la puerta. Se sentó frente al volante, cerró la puerta y puso los pestillos de cierre. Insertó la llave en el contacto, el motor rugió sin demora y con frenesí sacó el vehículo del jardín para dirigirse hacia el camino sin asfaltar.
Justo cuando pasaba al lado de uno de los olmos que había plantados a la entrada del camino, la luz fantasmagórica de la luna iluminó una figura definida femenina que dio un salto desde una de las ramas más altas, aterrizando sobre el techo del BMW.
Frederick percibió el terrible impacto al borde del espanto más demencial. Sus manos titubearon al volante, y el coche se salió del tramo lógico, recorriendo los siguientes metros sobre la hierba del prado.
Frederick detuvo el coche.
Por el espejo retrovisor vio reflejada una pierna aferrándose con los dedos del pie a la manilla exterior de la puerta derecha trasera. Giró su cabeza hacia atrás, observando petrificado como otra pierna se sujetaba con el uso de los dedos del pie a la manilla de la puerta trasera del lado contrario. Oprimió el pulsador de la luz interna del coche para ver con mayor minuciosidad esas extremidades, y le entraron casi arcadas al apreciar que la piel estaba completamente amoratada, con los músculos horriblemente tensos y desgarrados. Las piernas prosiguieron en su prolongación antinatural, con los pies ahora reconvertidos en garras sujetándose con firmeza a los guardabarros de las ruedas traseras.
El silencio continuaba reinando hasta que sus oídos captaron un sonido como si se estuvieran rasgando mil telas del mismo tejido de algodón al unísono.
Un suspiro de satisfacción surgió desde encima del techo.
Frederick iba a volver a poner el coche en marcha, cuando dos inmensos y alargados brazos surgieron delante del cristal del parabrisas, destrozándole las escobillas. Unas manos deformadas y enormes como sartenes agarraron el parachoques delantero, con visos de arrancarlo de cuajo. Frederick no pudo mantenerse más rato en sus cabales, vomitando sobre el volante al ver la forma en que la piel de aquellos brazos se iba estirando, siguiendo el ritmo de crecimiento de los huesos y los músculos.
Se sentía enfermo y aterrado a partes iguales, sin saber qué hacer a continuación.
En un ataque de lucidez, como cuando efectuaba una cesárea sin haber probado ni una gota de alcohol en las últimas veinticuatro horas, decidió jugárselo todo a la carta más alta. Abrió la puerta del copiloto como maniobra de despiste y salió por el de su lado correspondiente. Nada más echar pie a tierra, echó a correr con todas las escasas fuerzas que le quedaban dado su lamentable estado físico.
En plena carrera pudo entreoír una voz susurrante y sibilante suspirando a la noche:
– ¿Qué habéis hecho conmigo? ¿QUÉ ME HABÉIS HECHO?
Frederick continuó corriendo hasta que por fin alcanzó el camino de tierra.
Y allí fue donde tuvo el valor de volver la vista atrás.
Sobre su BMW se extendía el resultado del fallido experimento de su fallecido amigo. La otrora hermosa joven que le habían traído sus subordinados de una maldita compañía de ambulancias de la ciudad era ahora una entidad monstruosa. Sus piernas y sus brazos se estaban estirando y al mismo tiempo estrechando. Su tronco estaba firmemente adherido sobre el techo del vehículo mediante dos ventosas que antaño habían sido los pechos de una chica de veintidós años.
Y la cabeza.
Esto fue la perdición final en el frágil equilibrio emocional de Frederick.
Del cuello surgía una inmensa cabeza redondeada que se iba hinchando como si fuese un neumático de un camión. El diámetro de la cabeza mediría unos ciento veinte centímetros. La cabellera rubia ya no existía. Los ojos, los oídos, la nariz y la boca continuaban con el mismo tamaño original, motivo por el cual ya casi ni se les distinguía desde la lejanía del puesto de observación de Frederick. Este retornó su loca carrera desbocada por el camino rural, aumentando el ritmo al oír a sus espaldas como una especie de gigantesco balón de playa terminaba reventando por sus costuras.

Al día siguiente, el cuerpo sin vida de Frederick Sotdhler fue encontrado ahorcado por su propia corbata colgando de mala manera desde un roñoso aro de una canasta de baloncesto en el patio de una escuela de educación secundaria de una zona marginal de la ciudad.

Dos días más tarde, por casualidad, se descubrió el cadáver de Jim Delawere en avanzado estado de descomposición. Se dio por descontado que se suicidó él mismo en su aberrante silla de tortura.

Del resultado final del fracasado experimento de Delawere nada más se supo, así como tampoco del vehículo BMW de Frederick Sotdhler.

El ventanuco

Bueno, acabo de visitar la cocina. Estoy muy satisfecho. El ilustre repostero Bogus Bogus está ultimando los nuevos relatos que pondré a disposición de la atenta concurrencia de Escritos de pesadilla. Mientras terminan de estar a puntito, horneándose hasta quedar realmente asquerosamente incomestibles, recupero esta benevolente historieta en honor a la vuelta de los niños al colegio. Les aseguro que es la mar de estimulante…

Dick Tracy tenía solamente doce años y regresaba del colegio con una sonrisa en los labios. En uno de los bolsillos de la mochila escolar guardaba el boletín de las notas del primer trimestre y había sacado todos A+ menos en matemáticas donde había logrado una B. Su felicidad se notaba en la forma que botaba el balón de fútbol sobre el firme de la acera conforme se acercaba a casa. Sus padres se iban a poner supercontentos. Y seguro que sus logros en los estudios iban a ser recompensados de alguna manera. Su mayor ilusión sería asistir al partido del sábado en el Madison Square Garden donde los New York Rangers se las iban a tener tiesas con los Boston Bruins de la liga nacional de hockey sobre hielo. Había tanta rivalidad entre los dos equipos que las batallas campales estaban a la orden de cada encuentro. Dick estaba seguro de que sus padres iban a permitirle ese capricho. Continuó caminando a buena marcha sin dejar de botar el balón. Dejó atrás el Burger King con su aparcamiento y afrontó la vuelta de un edificio de dos plantas que llevaba unos cuantos años clausurado. En su mejor época debió de ser una especie de casa de citas. Ahora tenía todas las ventanas tapiadas con losas de hormigón y con la puerta de acceso claveteada con tablones y con un buen candado cerrado sobre el pasador para que nadie tuviera la intención de ocupar de forma gratuita el recinto. Dick pasó por delante de la fachada y justo al doblar la siguiente esquina perdió el control del balón.
Este fue rodando hasta ocultarse detrás de un denso matorral que había al lado de la pared lateral del edificio. Sin pensárselo dos veces fue en pos del mismo, como temiendo que fuera a perderlo para siempre. Tuvo que abrirse sitio entre la maraña de ramas. Afortunadamente no tenían espinas ni el conjunto de plantas era venenoso. Encontró el balón detrás del matorral, al lado de un pequeño ventanuco ubicado a ras de suelo. El niño estaba satisfecho de haber dado con su objeto de diversión deportiva, pero aquello le llamó la atención. La diminuta ventana tendría un marco de unos 75 centímetros por alto y cincuenta de ancho y carecía de postigo. No se veía ningún gozne, ni quedaban rastros de marcas oxidadas de haber albergado alguno. Simplemente carecía de la hoja con su correspondiente vidrio. Lo que incentivó la curiosidad de Dick por el ventanuco fue que el vano estaba abierto al exterior sin nada que lo tapase. No habían puesto ladrillos ni estaba tapiada con cemento. Aunque bien pensado, ¿quién iba a poder colarse por allí dentro? Sólo un niño travieso y curioso de complexión flaca y corta estatura lograría hacerlo. Y el cuerpo de Dick correspondía a esas características físicas. Algo rondaba por la mente del muchacho. Se sentía como hipnotizado por el hueco. Dentro reinaba la oscuridad. Y no se sentía ningún tipo de ruido. Estaba a punto de recoger el balón para marcharse del lugar, cuando el propio balón rodó hacia el ventanuco.
– Epa…
Dick reaccionó demasiado tarde, viendo como su balón era tragado por la ventana de marras. Una vez dentro se suponía que debía oírse como rebotaba en el suelo del sótano del edificio, pero no surgió ningún sonido de su interior.
El niño se quedó frustrado y muy disgustado. Ese balón era su favorito. Aparte de jugar con sus amigos en el patio del colegio, todos los domingos de cada semana, si el tiempo lo permitía, retaba a su padre a un uno contra uno en la canasta que tenían al lado de la entrada del garaje de la casa.
Contempló el marco del ventanuco. Parecía un ojo de cíclope con el color del iris más negro que el petróleo. Las señales horarias de su reloj de pulsera le indicaron que se estaba haciendo tarde. Y llevado por la premura, decidió arrastrarse por el hueco ubicado a la altura de sus rodillas. No se quiso ni imaginar la altura que podría haber desde el alféizar hasta el suelo del sótano del antiguo prostíbulo, y mucho menos pensar si luego conseguiría llegar a su altura para salir de nuevo al exterior. Era de suponer que en todo caso habría alguna caja o algún tipo de mueble viejo que le ayudaría a escalar de nuevo hasta la ventana. Sin esperar a mucho estaba ya echado sobre su barriga, con las piernas colgando en la infinita negrura. Sus pies no tocaban ninguna superficie sólida. Estaba en el vacío. Y continuó estándolo cuando fue engullido del todo por la voracidad del interior del ventanuco.
– ¡Socorro! – gritó con fuerzas, implorando ayuda.
La sensación que tenía era como de ingravidez. Su cuerpo se retorcía, con las puntas de los dedos ansiando asirse a algún punto que sobresaliera de entre la oscuridad. Sus piernas patalearon compulsivamente sin tocar fondo alguno. El niño estaba aterrorizado. Todo él flotaba en un mundo desconocido. Desde su perspectiva podía entrever el vano del ventanuco alejándose de él como si fuera una nube empujada por la fuerza del aire.
– ¡Noo! ¡Que alguien me ayude! – suplicó Dick, llorando de impotencia.
Su cuerpo se agitaba con tanta brusquedad en el vacío que terminó perdiendo la mochila.
El hueco recortado del ventanuco fue distanciándose hasta que Dick terminó formando parte de la propia oscuridad del lugar.
Sus lamentos nunca le sacarían de allí.
Entonces escuchó una voz justo al lado de su oído derecho.
– Bienvenido a tu nueva vida, chico.
Se volvió pero no pudo atisbar nada en concreto entre tanta penumbra.
– ¿Quién eres? – preguntó a la voz desconocida.
– Soy quien se va. Y tú eres quien me releva.
Dick lloraba a lágrima viva. Se sorbió los mocos con el cuerpo danzando en el vacío.
La voz que escuchaba era la de otro niño.
– Si entras aquí, aquí te quedas… Hasta que alguien venga a relevarte – continuó diciéndole la voz anónima.
– No… No quiero quedarme aquí.
– No pasa nada. Aquí nunca tendrás hambre. Ni sueño. Ni ganas de ir al baño. Es como si el tiempo se detuviese un rato, hasta que lo que te retiene aquí decide volver a dejarte libre.
– No entiendo nada de lo que me dices…
– Es sencillo. Esto es una especie de trampa. Si caes en ella, lo que hay detrás de la ventana te retiene. No sé lo que es en verdad. Sólo que te mantiene aquí atrapado como si fueras su mascota.
Como no sientes nada, no te das cuenta nunca del tiempo que llevas aquí dentro retenido. Simplemente sabes que ha llegado tu hora de salir cuando alguien más se siente atraído por la ventana y decide entrar. Eso es lo que me pasó a mí en su momento, y eso es lo que ahora te pasa a ti.
– ¡No! ¡No quiero permanecer aquí por más tiempo! ¡Quiero salir! – exigió entre gimoteos Dick tratando de sujetarse a algo abriendo y cerrando las manos.
– Tendrás que ganártelo, amigo. Como yo me lo he ganado hoy.
“Ah, y por cierto, el balón es precioso. Te juro que te lo trataré bien.
“Ahora tengo que irme. Seguro que mis padres me han estado echando mucho de menos.
La voz cesó en su conversación con el muchacho.
Dick intentaba localizar el hueco de la ventana sin ningún resultado positivo.
Palmoteaba como un ciego que acabara de perder su bastón que le servía de apoyo para trasladarse por una estancia nueva.
Nunca más volvió a escuchar aquella voz surgida de entre las tinieblas…
No le quedaba otra alternativa que esperar hasta que surgiese su sustituto.
Un nuevo incauto que cayera en la trampa del ventanuco.
– No. No quiero quedarme aquí – imploró con el cuerpo flotando en una especie de limbo.
Sus gritos ansiosos no le fueron de ningún provecho.
Su destino tenía una única solución.
Y la llegada de la respuesta a sus pesares era una fecha indeterminada.
Finalmente Dick se cansó de zarandear tanto su cuerpo.
Comprendió que era inútil.
– Papá. Mamá. Os quiero mucho. No se el tiempo que tardaré en veros de nuevo – musitó entre lloros.
El tiempo se dilató. Dejó de existir para él.
No tenía ningún sentido resistirse a su suerte.
Ahora quedaba esperar y esperar.
En silencio.
Desde la negrura más allá del ventanuco.

Saltando a la comba

Hola. Hoy dedico este corto relato perturbador a mis queridos lectores, seguidores de Escritos de pesadilla y a mis amigos de la comunidad bloguera de Cincolinks. Al igual que un brindis torero, “va por ustedes”. Un saludo escalofriante, y mañana nos vemos con el siguiente capítulo de Asesinos Ficticios…

Rodolfo Contreras era conocido por gastar bromas pesadas y realizar ciertas gamberradas cuando le daba finamente al morapio en la tasca del pueblo de Grandeza la Mayor. Sobre todo le encantaba fastidiar a los críos del pueblo. Si los veía jugando al fútbol, se metía en medio y apartaba el balón de una brutal patada, enviándolo al quinto pino. Así era de simpático el hombre. A sus cuarenta y nueve años, ya era difícil que cambiara su actitud y menos su carácter.
Una tarde, ya a punto de anochecer, Rodolfo salió de la tasca a trancas y barrancas, enardecido por haber ingerido unas cuantas copas de vino tinto. La iluminación en el poblado era muy limitada, y las sombras solían adueñarse con prontitud de las callejuelas y los alrededores de Grandeza la Mayor en cuanto el sol terminaba de ponerse.
Este era el caso cuando Rodolfo decidió dar una vuelta en dirección a las afueras del pueblo. Le encantaba sentarse entre pinos, y si no hacía excesivo frío, dormir la mona tumbado sobre la hierba y las agujas desprendidas de los pinares. Conforme iba avanzando por un estrecho sendero de tierra, pudo entrever con los ojos medio cerrados a tres niñas jugando. Estaban saltando a la comba con una cuerda muy larga. Le llamó la atención que las mocosillas estuvieran fuera de casa a esas horas otoñales del día, y tan alejadas de la plaza del pueblo, que era el lugar de esparcimiento de los más pequeños cuando terminaban las clases del día.
Rodolfo sonrió con malicia. Bueno, pronto iban a tener que regresar con sus padres, porque les iba a estropear la diversión, pensó para si mismo.
Andando ligeramente en zig zag, se acercó a las chiquillas y se puso a saltar a lo tonto sobre la cuerda, hasta que quedó finalmente enganchado.
– Jo, jo. Se os ha acabado el juego, mocosas. Hale, arreando a casa, que ya es hora – les dijo entre carcajadas.
La cuerda fue enredándose alrededor de su talle, incidiendo en juntar sus brazos contra sus costados.
– ¿Qué hacéis? Basta de tonterías. Que no estamos jugando a indios y vaqueros – rezongó con voz tomada por los efectos del alcohol.
Las tres pequeñas continuaron enredándole con la cuerda, apretando las ataduras alrededor de sus piernas, hasta hacerle perder el equilibrio y caer de espaldas sobre el duro suelo del sendero.
– ¡Diantres, chiquillas! ¡Ya basta! – dijo, juntando los párpados para enfocar su visión sobre las niñas traviesas.
Su mandíbula se desencajó de horror.
Aquellas tres pequeñas no eran tales niñas como había creído en un principio.
Eran tres criaturas de menos de un metro de alto, negras como el alquitrán, sin ojos ni orejas, y con unos cabellos largos que les llegaban hasta tocar el suelo. Las tres deformidades antinaturales abrieron sus bocas con satisfacción. Acababan de cazar su presa del día. Empezaron a tirar del cuerpo de Rodolfo Contreras, conduciéndole por el bosque cercano, hasta dar con la entrada a una especie de madriguera formada bajo la superficie del suelo. Primero entraron las tres aterradoras criaturas, para seguidamente hacerlo el cuerpo inmovilizado de Rodolfo, tironeado por un extremo libre de la cuerda. Su cabeza alcanzó la oscuridad total de un estrecho túnel húmedo horadado por aquellas bestias horripilantes. Luego su torso y por último las piernas.
Trató de gritar como un loco, pero nadie pudo escuchar sus lastimeros ruegos de auxilio conforme las criaturas se pusieron a devorarle la carne del rostro, ansiosas de alimentarse hasta que sus estómagos estuvieran del todo repletos.

Sombras

Esto es terrible. Todo está a oscuras en mi horrenda mansión de pesadillas. Ya les avisé que esta tempestad podría incordiarnos con algún rayo tremendo, y quedarnos a oscuras. No, en mi casa no dispongo de pararrayos. Esperen un poco, queridos e ilustres visitantes. Voy a llamar a mi mayordomo. Se llama Dominique. Le ordenaré que encienda las teas y las velas para iluminar mínimamente las dependencias. Aquí llega Dominique. Es muy servil y obediente. Eso si, tengo que comentarle que se cambie su nombre de pila por el de Igor. Es más rentable de cara a los royalties. Ja ja ja.
Ahora acomódense en mis sillones de tapicería de piel humana y escuchen la historia que tengo que contarles acerca de mi lacayo. Esto aconteció mucho antes de que entrara a formar parte de mi plantilla de eficientes sirvientes. Y una vez que me puso al corriente de sus dotes especiales, no dudé ni un instante en contratarle.

Dominique era una persona solitaria y muy aprensiva. Tenía cincuenta años y desconfiaba de todos los semejantes que le rodeaban. No tenía ocupación laboral conocida. Vivía en una pensión de mala muerte en la parte más deprimida de la ciudad. Barriada de malos hábitos y ladrones a partes iguales. Se podía decir que mientras uno apuñalaba por la espalda a su mejor amigo, otro hacia lo propio con su padre, o su mujer o amante ocasional. Como era de suponer, residir en semejante zona marginal de la metrópoli era nacer en el anonimato de la pobreza o la delincuencia y morir del mismo modo unas cuantas décadas después, y eso quien tuviera la grata fortuna de poder sobrevivir más allá de los cuarenta.
Dominique Lapierre no gozaba de amistades, ni casi gente conocida. Sus familiares le ignoraban por recelo a su extraño comportamiento social. Su mirada penetrante y su rostro hosco causaban cierta perturbación ante cualquier interlocutor con el que tuviera que mantener la más mínima relación. Nunca frecuentaba los bares, ni las timbas clandestinas y qué decir de los burdeles baratos. Permanecía recluido la mayor parte del tiempo en su miserable cuarto. La puerta disponía de su cerradura original. Dominique le incorporó una segunda y por la parte que daba al interior fijó dos cerrojos con sendos pestillos de buen tamaño. Cuando abandonaba su hogar, estaba claro que no se fiaba del resto de los inquilinos. Y cuando se encerraba dentro, la protección de los pestillos daba a entender que sin ellos pudiera ser asaltado mientras dormía o descansaba.
En resumidas cuentas, Dominique terminaría por llamar la atención al ser tan precavido.
El resto de inquilinos cuchicheaba en grupo acerca de la conducta reservada de su vecino. En la hora de la comida y la cena. En la propia calle. Poco a poco se fue corriendo la voz de un infundio. Se decía que Dominique casi no hacía otra cosa que permanecer encerrado en su habitación porque debía de poseer alguna reliquia de enorme valor económico. Quienes compartían pensión con él eran todos hombres de mala catadura. Dos eran marineros dados a la bebida y al juego. Otro era un drogadicto enfermizo. Y los otros dos eran unos maleantes, que medraban a costa de atracar a los imprudentes que recorrían las callejuelas más angostas a partir de la medianoche.
No tardaron en considerar llevar a cabo un asalto a la habitación de Dominique.
El patrono de la pensión haría la vista gorda, a cambio de recibir un porcentaje del previsible botín. Estuvieron planificando derribar la puerta de la habitación de Dominique Lapierre pasadas las doce de la noche. Sería buena hora, porque a dicha hora el guarda nocturno terminaba de recorrer los aledaños de la pensión, y sin vigilancia, y con la complicidad cobarde del vecindario, ni siquiera la oposición de Dominique ante el ataque ni sus posibles gritos de auxilio serían correspondidos en forma de ayuda.
Los cinco malhechores acudieron armados de dos hachas y un mazo. Sin esperar a una orden de inicio coordinado, fueron emprendiéndolo a hachazos y luego terminando de echar la resistencia de la puerta abajo con la contundencia del enorme mazo. Todo fue cuestión de treinta segundos. En cuanto el quicio quedó despejado de la protección y amparo de la puerta, el conjunto de los asaltantes irrumpió con presteza en la habitación.
Encontraron el cuarto iluminado por decenas y decenas de velas y unas cuantas lámparas de aceite. En el centro de la estancia estaba Dominique sentado en el suelo con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el regazo. Estaba con los ojos cerrados. Respiraba profundamente, en una especie de estado de meditación. Parecía ajeno al estruendo ocasionado por el destrozo ruidoso de la puerta.
Uno de los cinco estaba presto a zarandearle para despertarle de su ilógica postración e interrogarle por todo artículo de valor que pudiera tener oculto, cuando el movimiento de las sombras a la luz de las velas y las lámparas fue proyectándose en las paredes, el techo y el suelo. En principio creyeron que esas sombras les pertenecía a sus propias siluetas, pero cuando estas se fueron incrementando en número y anexionándose entre si hasta teñir casi la superficie de cada pared de negro, donde el sentido del dibujo de las extremidades y las cabezas se fue perdiendo hasta su desarrollo final en formas amorfas oblongas, los criminales trocaron su ímpetu amenazador por el inherente a toda persona que percibiera un peligro inminente.
– No toquéis mis sombras – musitó Dominique sin moverse ni un ápice de su postura, ensimismado en sí mismo.
Los cinco asaltantes apiñaron sus cuerpos espalda contra espalda, mientras las sombras imperfectas abandonaban las paredes y el suelo, rodeándoles hasta sumirlos en la negrura. Un soplo de aire apagó la lumbre de las velas y de las lámparas de aceite.
Se escucharon gritos de desesperación.
Durarían cinco segundos.
Luego se instauró el silencio y la oscuridad continuó reinando en el interior de la habitación de Dominique Lapierre.
El patrono de la casa percibió las horribles lamentaciones y acudió ante el cuarto de su singular inquilino. A la vista de las tinieblas, sin atreverse a dar ni medio paso hacia el interior de la habitación, se limitó a preguntar consternado por lo que acababa de oír.
– ¿Qué han sido esos chillidos del demonio? ¿Acaso alguno de los cinco estáis en apuros?
Daba por hecho que Dominique estaría malherido o muerto.
Su rostro se tornó blanco al percibir quien contestaba era este último.
– ¿De qué cinco me habla, señor Cotard? Aquí estoy yo sólo.
“Eso si, en cuanto encienda la luz, estaré rodeado de mis serviles sombras.
“Y cuando eso ocurra, le ruego atraviese la entrada a mi humilde cuarto.
“Puede que entonces halle la respuesta a su pregunta.
El patrono vio una cerilla encenderse entre penumbras.
Unos dedos la acercaron a la mecha de una vela.
La estancia fue cobrando iluminación poco a poco.
Vela a vela.
Lámpara de aceite a lámpara de aceite.
Y cuando la habitación de Dominique quedó bien provista de luz, emergieron las sombras.
Seguido de un nuevo grito surgido de la garganta del patrono de la hacienda.