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Confesiones de un muerto (Confessions of a dead)
Tengo capacidad de pensamiento. Sigo emocionándome. Si me golpean, siento dolor. Si llueve, me siento incómodo al mojarme. Si las temperaturas son extremas, en un sentido u otro tengo frío o calor. Desgraciadamente, sed es lo que nunca tengo, pero mi apetito es insaciable.
Y cuando tengo hambre…
Busco una persona que esté viva.
Es extraño. Se supone que una vez que haya sido contagiado por un muerto viviente, iniciándose una transformación donde mi raciocinio humano perece y sólo permanece un cuerpo descompuesto por el tiempo pero en permanente longevidad propiciado por el afán desmedido por la carne humana, en absoluto me ha supuesto el deterioro del cerebro. Las capacidades intelectuales siguen en perfecto estado tras un año de la infección. En cambio, mi propia carne tiene las propiedades dadas a un cadáver ambulante. De hecho en el pie derecho dispongo de dos dedos, en el contrario de tres y en ambas manos carezco de pulgares. En el rostro, la nariz hace meses que desapareció, otro tanto los lóbulos de las orejas, y las carnosidades de los labios. Los pelos surgen en hilachos desiguales sobre la cabellera. Y mi olor a putrefacción es notorio.
Tengo supuestamente cuarenta años. Antes de ser atacado por un ser no vivo, me cuidaba mucho y practicaba atletismo, habiendo llegado a participar en quince medias maratones locales. A partir del cambio experimentado en mi persona, dicha agilidad no ha disminuido, si no que me siento todavía más ligero, más rápido en la coordinación de mis movimientos. Gracias a dicha destreza física, no tengo problemas en cazar seres vivos.
Recuerdo una mañana en que perseguí a un chico que iba pedaleando deprisa en su bicicleta deportiva. Corriendo, pude alcanzarle. Ciertamente que influye mucho el factor de la sorpresa y los propios nervios de la víctima al ser atacada por un ser como yo. El muchacho iba zarandeando la bicicleta de lado a lado, hasta que se le salió el pie derecho del calapié. En cambio yo lo asalté sin alterar mi rumbo, recto y sin vacilaciones. Como un guepardo en su corto esprint final con el que intentaba alcanzar a su presa. El felino disponía de una corta carrera para conseguir su fin, antes de tener que renunciar a la caza final por el agotamiento físico. En mi estado actual, podría estar desplazándome a grandes zancadas sin el menor esfuerzo durante el tiempo que quisiese. Era el privilegio de no pertenecer a mi antigua raza.
La de los seres mortales.
Llorar. He llegado a hacerlo… Lo hice cuando mi hermana fue sacrificada a la causa. Yo no pude impedir su muerte, por ser lo que yo era ya: un muerto viviente. Asistí al asalto a su vivienda. No me emocioné con la pérdida de Dwayne, su marido, ni de Tiffany, su hija de cinco años. Respecto con Sara, mi dulce hermana, las lágrimas desbordaron las comisuras de mis ojos y fluyeron por mis mejillas cenicientas y ajadas…
Sentimientos. De ira. De rabia. De odio. De hacer un daño infinito hacia quienes fueron mis semejantes…
Es mi nueva condición.
Me ha habituado a ella.
Con la misma he de convivir, quiera o no, hasta que por fin mi cuerpo se caiga a pedazos y no pueda dar un solo paso más al frente…
Eso sí, cuando yo caiga, quedarán cientos de miles por caer. Lo que indudablemente supondrá la aniquilación del hombre sobre la faz de la tierra.
Un engaño lobuno (Wolf trick)
Harper lo vio desde lejos. Ocurrió en uno de los senderos del parque. Una mujer de unos cuarenta años, con la pierna derecha inmovilizada por una férula, se ayudaba en el caminar apoyándose en un par de muletas. De repente, surgió un ciclista que iba a demasiada velocidad para estar circulando entre transeúntes. Se arrimó demasiado a la señora, tirándola sobre la hierba adyacente. Se escucharon gemidos de dolor. El ciclista también estaba tirado y gritaba mala cosa. Harper era de momento el único testigo por la hora ya tan tardía y se acercó a la pareja llevado por su deber cívico.
– ¡Ay! ¡Ay! Me he dislocado el hombro – se quejaba el deportista, sentado sobre el bordillo que delimitaba la hierba del camino de tierra.
– ¡Dios mío! Se me ha debido de volver a romper la pierna – lloraba desconsolada la mujer, tumbada en el suelo y con las manos colocadas sobre la férula.
Harper estaba preocupado. ¿A quién de los dos debía de atender primero?
– Lo mío es menos grave. Además yo he sido el responsable del accidente.
“Trate de calmar a la pobre mujer – le sugirió el ciclista.
Harper se puso de cuclillas frente a la mujer tendida en el duro suelo.
La mujer le sonrió, mostrándole una dentadura afilada. A la vez, escuchó petrificado un aullido lobuno a sus espaldas. Cuando alzó el rostro, y se fijó en la luna llena emergiendo desde detrás de una nube deforme, supo que aquellos dos eran licántropos en busca de su ración alimenticia.
Habían empleado un truco para embaucar a un humano.
Y de qué manera este les había resultado tan convincente, como para transformar a Harper en un bocado de lo más apetitoso…
Apetito excesivo (Excessive hunger)
Hoy, desde Escritos de Pesadilla, vamos a rendir un sentido homenaje a las series y pelis denominadas por el sambenito de la letra “B”. Se irán publicando relatos basados en esa temática, recurriendo a unos argumentos de terror exagerados estilo cómic. Hoy estrenamos esta apartado con el cuento titulado: “Apetito excesivo”.
En los inicios tuvo su mucha gracia. De hecho me tronchaba con aquella cosa redonda y de piel dura llena de escamas, toda negra como una enorme canica. Su diminuto orificio me parecía que era el lugar por donde debía de respirar. Pero me confundí a medias, porque vista su hilera de dientes puntiagudos, más bien era su boca, ja-ja.
Ya estamos llegando a la caravana. La tengo estacionada un poco lejos de la zona de donde están el resto. No me gusta tener vecinos curiosos. Ya verán cómo les atraerá el estado en que se encuentra. Y el precio que les ofrezco es de lo más justo.
Yo tendría catorce años. Era ya por aquel entonces un chaval bastante gamberro, así que me llamó la atención ver la cosa redonda negra comiéndose todas las hormigas de una colonia. Estaba ya en la boca del hormiguero, y seguramente que se hubiera incursionado en su interior y se hubiera zampado a la Hormiga Reina. Pero en fin, yo la recogí entre las palmas de las manos y la escudriñé, asombrado. Palpitaba. Era un ser vivo. Raro. Desconocido para mí. No tenía ojos, ni nariz, ni orejas. A excepción del orificio. Por ahí se alimentaba, respiraba y excretaba sus necesidades al mismo tiempo. Vamos, que también hacia su caca, ja-ja.
Me la llevé metida en el bolsillo superior de mi camisa. Al llegar a casa, la puse a buen recaudo dentro de una caja vacía de zapatos, bajo el pie del armario ropero. En ningún momento se me ocurrió mostrársela a nadie. Ni siquiera a mis amiguitos del alma, ja-ja. La cosita era mi tesoro. Un secreto. Y así se mantendría para el resto de la vida, qué carajo.
Hemos cruzado por debajo de la entrada del aparcamiento de caravanas. Ahora tomaremos ese desvío a la derecha, y en cinco minutos estaremos en mi casita.
Aquella cosa me demostró que comía de todo lo que le daba: insectos, marisco deshidratado para los peces, pan duro, caramelos de menta, ja-ja. Y al poco fue creciendo como una esponja empapada. Recuerdo la tarde que capturé una lagartija y se la di. No dejó ni un cachito de la cola siquiera, la muy ladina. Finalmente la caja de zapatos se le hizo pequeña. Así que tuve que esconderla en un saco de arpillera. Llegado a este punto, la sacaba a pasear de noche.
En mi vecindario había animales callejeros. Ya se sabe: gatos, perros, algún hámster… El caso es que fueron desapareciendo hasta no quedar ninguno. Los vecinos pensaron que fue buena labor del servicio de recogida de animales abandonados del ayuntamiento. Mejor para nosotros dos, pensé, ja-ja, ¿a que sí, bolita negra?
Así estuve una temporada, con el saco a cuestas. Me hice mayor de edad y aquella extraordinaria criatura seguía conmigo, creciendo poco a poco de manera endemoniada. Me emancipé de los padres, y alojé a bolita negra en el maletero de mi coche, un viejo Chevy 230 de los 70. Yo me encargaba de salir de caza con mis cuerdas. No vean lo talentoso que soy en las inmovilizaciones de las presas que llevaba a la cosa preciosa que tenía en el maletero. De repente empezaron a echarse en falta algún mocoso de la barriada. Mala suerte. Estamos en una época donde nunca se les debería dejar solos, campando a sus anchas.
Perfecto, señores. Estacionemos aquí. Ahí está la casa rodante, ja-ja. Ya observarán que tiene un gran tamaño y…
¿Pero por qué huyen ustedes? ¡Vuelvan, por Dios!
En fin, no me queda otra que dispararles con la escopeta…
Será posible, bolita negra. Mira que estás volviéndote demasiado impaciente con la comida. Ya no sé dónde meterte para que no te descubran. Te has hecho tan ENORME, que ya no cabes en la caravana. No sé qué voy a hacer contigo.
Aquí te traigo uno de los elementos. Mientras lo digieres, voy a por el otro que está herido de muerte. No debe de andar muy lejos de aquí. Con simplemente seguir el rastro de sangre que está dejando…
En Escritos de Pesadilla no tienen cabida las subidas de sueldo
Ser el dueño implacable de mi castillo conlleva tener que tomar medidas drásticas que afectan a los miembros de la servidumbre. Y en tiempos de crisis, siguiendo el ejemplo del Presidente Zapatitos, no queda otra que apretarse el cinturón (bueno, los de mis empleados, que no el mío, je je. No veais las merendolas que le encargo al cocinero todas las tardes…)
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La parte oscura de la inmortalidad (The dark side of immortality)
– ¡Eres grotesco! ¡De lo más risible! ¡Mírate en el espejo! Das lástima.
” MISERABLE.
– Di lo que quieras. El pacto me protege. Para toda la eternidad…, o casi.
– En eso tienes toda la razón. Quien cuida de ti es prácticamente intocable para mis deseos de muerte. Y tú eres uno de sus siervos. Perseguías la longevidad, y la has obtenido. Con ello me has eludido por un cierto tiempo, pero obtengo a cambio tus propios servicios.
– Bien sabes que si hago tal cosa, es por necesidad. Cuando esto acontece, entonces tú te aproximas como un buitre carroñero para propiciarte tu festín. ¡Cuánto detesto que te beneficies de ello, pero no puedo impedir que hagas tal cosa!
– ¡Ja! Si lo hicieras, te convertirías en polvo al instante. Y formarías parte de la NADA.
Era su sino engañar al ser humano para continuar existiendo, si bien no lozano y juvenil en la prolongación milagrosa de su interminable vida, si orgulloso y vanidoso ante el continuo pasar de los días, semanas, meses, años y décadas sin que su deteriorado aspecto exterior tuviera que por ello reflejar lo saludable de los órganos vitales encajados en las entrañas de su caja torácica.
Atrás en el pasado quedaba el extraño pacto que firmó con maese Villegas en una taberna donde se reunía la hez de los seres más innobles de la ciudad. En una mesa arrinconada, alejada del bullicio y de los curiosos por verse rodeada por un cortinaje de tela espesa que impedía la transparencia de todo cuanto allí acontecía, ambos cimentaron una amistad basada en el interés mutuo.
– Sois una persona de buena posición social y económica, estimado don Carlos. Debo poneros en aviso del riesgo que corremos ambos si cualquiera llegase a conocer de las circunstancias que estamos pactando ahora aquí mismo – le dijo Villegas, con el rostro recubierto por finas venillas que pareciera delatar su afición por la bebida.
– Deseo poner en peligro mi propia dignidad, si con ello consigo la recompensa que me aseguráis poder obtener a cambio de una firma.
– Entonces subiros la manga. Es preciso utilizar vuestra propia sangre como la tinta con que ha de redactarse el contrato.
En ese instante, Villegas se mostró como tal era. Un parásito infernal que precisaba de un ayudante para seguir existiendo. Y a cambio de los logros de don Carlos, le haría partícipe de su secreto mejor guardado, el de la prolongación de la vida propia…
Aquel hombre tenía treinta años. Su vitalidad era necesaria para los dos.
Estaba acorralado en los bajos del sótano, donde bajo engaños fue conducido por el dueño de la casa que había solicitado sus servicios como criado. Opuso una tenaz resistencia antes de ser inmovilizado a la pared por grilletes. Desde ahí contempló a sus dos horrendos captores, quienes se habían transformado en unos seres inimaginables de maldad infinita.
– ¡Liberadme! ¡No me hagáis daño! – suplicó con voz trémula y al borde del llanto.
Don Carlos se aproximó hasta situarse frente a él. Contempló irritado como aquel hombre despreciaba con asco su físico apergaminado. Arrimó los dedos de una mano a su mentón y lo forzó a mirarle a los ojos. Sus labios resecos chasquearon para hablarle:
– ¿Acaso te afliges al verme? No pienses que el asco que te dé mi físico me afecta sobremanera. Lo interesante es que tu propia energía, tu juventud, impregnará la duración de mi vida hasta una nueva fecha, en donde necesitaré otro espécimen como tú para perpetuar la longevidad de mi alma hasta…, cuando Dios quiera.
– Si es que acaso Dios existe – se mofó Villegas desde un rincón donde había retrasado sus pasos para ocultar su espantosa figura entre las penumbras.
Don Carlos situó las palmas de las manos sobre la frente sudorosa e inquieta del hombre inmovilizado.
– ¡No! ¡No lo hagáis!
En instantes, el semblante del hombre fue envejeciendo, al igual que todo su cuerpo, transmitiendo su vigor y fuerza a Don Carlos, a la vez que esa pérdida suponía el deterioro para el organismo de la víctima.
De los treinta, pasó a aparentar los cincuenta.
Segundos después ya se había convertido en un anciano debilitado, cercano a los noventa años.
Sus ojos cegados por las cataratas se removían en las cuencas, con el labio inferior de la boca temblando, dejando mostrar su boca desdentada.
– Hijos de perra… ¿Qué me habéis hecho?
Don Carlos se apartó de aquella ruina humana. Aunque en su aspecto externo no se apreciase ningún tipo de rejuvenecimiento, se sentía más liviano al haber ingerido la esencia de la vida. Se la había usurpado al joven, y no tenía ningún remordimiento por haberlo hecho. Lo llevaba haciendo tantas veces. Tantos años.
Miró a Villegas, oculto entre sombras.
– Ya tengo lo mío. Ahora puedes hacer con él lo que te plazca – dirigió su voz hacia él.
– Te tengo dicho que no los hagas envejecer tanto. A esa edad que me los dejas, la carne está dura y cuesta digerirla…
Villegas emergió de su escondite y con voracidad se fue cebando en el cuerpo del ahora anciano. Sus mandíbulas se abrían y cerraban con un frenesí salvaje, devorando las zonas más blandas del hombre, quien hubo de soportar parte del trance estando aún vivo…
Y cuando murió, un tercer visitante se sumó a tan macabro festejo.
– Veo que en esta ocasión habéis terminado más deprisa de lo habitual – dijo el recién llegado.
Villegas escupió sobre el suelo antes de ausentarse de manera precipitada.
– ¡No quiero verte! Nos citamos en otra ocasión, don Carlos – dijo en un graznido.
-Sois patéticos. Tú y tu amigo. Podéis vivir mil años, que no dejaréis de ser otra cosa – dijo el visitante.
Se puso a observar los restos de lo que había sido un ser vivo sano hasta hacía cosa de menos de media hora. Las yemas de los dedos recorrieron con el tacto ciertas partes del cadáver.
– Deja de recriminarnos nuestra condición. Vivimos y no morimos. De eso se trata. Y como siempre, sin que te tengas que esforzar nada, obtienes también lo que siempre andas buscando por cada rincón de la tierra.
– Por algo soy la Muerte, don Carlos.
Se incorporó de pie. Ataviado de negro. Su rostro blanquecino, carente de emociones.
– No dudes que terminarás acompañándome un día. Y otro tanto el insolente de Villegas.
“ Pero hasta que ese instante llegue, he de reconocer que agradezco vuestros hábitos que os permiten manteneros activos.
“ Mi trabajo es muy cansino, y conseguir anticipar el fin de la vida de algunos, me supone un gran alivio, para qué negarlo.
El rival (The opponent)
1.
“Lemon” Harley paseaba cansinamente por los suburbios de la ciudad. Eran las once y media de la noche del mes de noviembre. El frío era molesto. La humedad del ambiente, desagradable. La tristeza de la urbe, desalentadora. Y el motivo de su presencia por las calles abandonadas de transeúntes, su razón de ser.
“Lemon” era un hombre de cuarenta y cinco años. Su estatura era normal y no tenía sobrepeso. En su juventud se había cuidado, haciendo ejercicio y no dándole a la botella. Ahora fumaba en exceso. Casi tres paquetes diarios. Tosía a todas horas y escupía flemas viscosas y enfermizas como si fuera un tubo de escape de un coche de tercera mano.
Su apodo era debido a su carácter huraño y seco. No se relacionaba con nadie fuera del trabajo. Jamás tuvo novia, ni le había apetecido soñar con compartir su vida con otra persona. Vivía solo en un apartamento de una única habitación, con baño y cocina que hacía las veces de comedor. Cuarenta metros cuadrados de estancia rancia y envejecida por los casi cien años de existencia del inmueble. El casero era un polaco que le cobraba un alquiler de cuatrocientos dólares mensuales. Casi la mitad de los ingresos de su raquítico sueldo de taquillero del metro.
Aquella noche había tenido turno de dos a diez de la noche. Tras salir del mismo, había cenado en un restaurante chino. Repitió tres veces el aguardiente en modo de detalle final que ofrecía el camarero a los comensales al concluir la cena, antes de emprender el largo camino andando a casa. Tardaba casi tres cuartos de hora, y llegaría cerca de la medianoche. Le daba igual, no había quien le estuviera esperando…
De una manera coloquial, la inmortalidad de Louis Armstrong fluía compartiendo voz y trompeta, canalizando su versión del tango El Choclo por el radiocasete del furgón. “Kiss of Fire”. Era su tema preferido antes de abordar al siguiente candidato. Le hacía extremar las precauciones pero al mismo tiempo le imbuía de un valor audaz a la hora de abordar las calles solitarias en busca de lo que se necesitaba.
El combate tendría lugar a las tres de la madrugada. No le quedaba mucho tiempo. En un principio, se decantaba por las callejuelas, los ojos de los puentes, las entradas a las estaciones del metro, los habitáculos interiores de los cajeros automáticos donde se refugiaban los vagabundos, pero tampoco dejaba pasar la ocasión si se le presentaba en forma de una figura que se le ocurriera salir a pasear por los rincones más recónditos, alejada de toda presencia testimonial que impidiera la facilidad de su captura…
Los acordes de aquella endemoniada trompeta… Dios… Estaba en trance.
De repente, vio una silueta encaminándose por la acera de la calle por donde transitaba su furgón. Era un varón de edad mediana. Aparentemente ebrio. Dirigió en un escorzo el vehículo hacia el bordillo, conduciendo con la mano izquierda, mientras la derecha recogía del asiento del lado el táser de impulsos eléctricos…
A “Lemon”, la irrupción del furgón le pareció una escena cinematográfica de una película de Freddy Krueger, entre brumas y la caída de la lluvia fina. Se tuvo que apartar un metro del borde de la acera, creyendo que iba a ser atropellado, aferrándose con fuerza a la farola.
– ¡Gilipollas! ¿Está tonto o qué? – imprecó al conductor.
Quien estuviera dentro se trasladó con rapidez de un asiento delantero al otro, bajando la ventanilla.
“Lemon” Harley vio una mano apuntándole con una extraña arma.
– Qué…
Sintió una punzada de tremendo dolor al ser electrocutado por los impulsos del proyectil engarzado en su cuerpo, transmitiendo la descarga que le hizo desplomarse de manera súbita sobre el suelo…
3.
Una habitación de paredes compuestas por planchas metalizadas, de diez metros cuadrados. Desnuda de elementos decorativos. Adornada en cada esquina superior por cámaras de circuito cerrado. También había otra cenital, en el centro del techo. Y hacia la mitad de la pared del fondo, un reloj digital de grandes dimensiones, cuyo color de fondo era negro y los números blancos.
“Lemon” Harley fue conducido al interior de la estancia en contra de su voluntad, forzado por dos hombres vestidos de negro y con capuchas que simplemente mostraban los ojos y los labios a través de los orificios de las mismas.
– Entre sin resistirse – le dijo uno de ellos, que fue quien le había disparado con el táser.
– ¿Qué quieren? ¡Déjenme en paz! – replicó, visiblemente enfadado.
– Guarda tu mala leche para el combate – le avisó el otro hombre embozado.
– ¿Cómo?
“Lemon” fue encerrado en la habitación, abandonado a su suerte…
– ¿Te costó mucho dar con la pieza?
– Bueno, estuve dudando entre un pobre desgraciado o por algo mejor. Este se me presentó y ya está.
” Coño. Espero que esta vez paguen más que la última vez.
– Ya sabes. Depende del tiempo que tarde en morir…
4.
Era un combate transmitido en directo a una serie de personas que estaban dispuestos a realizar importantes apuestas por el resultado final del mismo. Seres enfermizos y pudientes, que se divertían de esa manera, recibiendo las imágenes en sus ordenadores, teléfonos móviles, consolas con conexión a la red…
Las reglas eran simples.
Un exterminador.
Un contrincante.
Un cronómetro.
Determinar el tiempo exacto que duraría el combate.
Y todo ello porque el triunfador era claro.
5.
“Lemon” Harley vio la puerta abrirse. Lo pilló de espaldas a ella mientras contemplaba una de las cámaras ubicadas en las esquinas del fondo. Al volverse vio al guerrero.
Una bestia de casi metro noventa, cien kilos de peso, con musculatura creada a base de anabolizantes. Llevaba un chaleco de cuero gris oscuro tachonado con púas de acero, protección en los codos y rodillas y un casco de fútbol americano en la cabeza.
En sus manos portaba un garrote con clavos.
“Lemon” empezó a verlo todo con claridad. No iba a salir con vida de aquel lugar…
El cronómetro se puso en marcha…
El combate fue desigual, como cabía esperarse.
Los dígitos se detuvieron en una cifra:
03:15:75
En esta ocasión no hubo acertantes por unas escasas centésimas.
Cuando entraron para llevarse el cuerpo, su compañero le preguntó por la melodía que estaba tarareando entre dientes.
– Es un tango, tío. “Kiss of Fire”. No veas cómo lo interpretaba Louis Armstrong…
La narración (The storytelling)
Recuerdo…
La historia empieza cerca de la linde de un bosque de pinos espesos y apretados, donde cualquier avance te hacía tropezar con la maleza.
El cielo…
Si, estaba nublado. Nubes filamentosas y algodonadas, oscuras y tripudas, amenazando una tormenta nocturna.
Porque era de noche.
Más bien pasada la hora de las brujas. Madrugada avanzada.
El clima…
Aun no se estaba en pleno invierno, pero poco le faltaba. Hacía mucho frío. El viento también azotaba lo suyo, haciéndote tener que abrazarte a ti mismo para intentar entrar en cierto calor.
La compañía…
Si, se iba acompañado de uno de tus mejores amigos. Leal y de los que jamás te harían un gesto feo. Uno se preguntaba qué se hacía a esas horas de la madrugada, caminando a oscuras, con la única ayuda de unas linternas de pila de petaca. Puede decirse que la osadía, la curiosidad, el deseo de conocer emociones fuertes…
Los comienzos fueron normales…
No sucedió nada extraordinario. Eso sí, las ráfagas del aire, los sonidos de la naturaleza, la nocturnidad, la soledad y los caminos angostos practicados sobre la hierba y entre matorrales por excursionistas que recorrían aquel bosque en momentos menos intempestivos nos mantenía atentos a cualquier cosa. Procurábamos hablar entre nosotros para refrenar los nervios.
Pasaron tres cuartos de hora…
Hubo un instante que la luna se libró de la telaraña que la envolvía, iluminándose un claro que había hacia el noreste. Nos emocionamos al reconocer aquella oquedad practicada en el suelo. Era la tumba maldita. La del brujo. Si, hace cien años fue apresado y condenado a morir ahogado en el río cercano al pueblo. Nuestros antepasados no lo dudaron en sentenciarlo en público, sin ni siquiera haber practicado un juicio donde pudiera defenderse de las acusaciones maliciosas de los vecinos del lugar.
Removimos las piedras…
La tierra estaba húmeda. Escarbamos empleando las cuatro manos, con la creencia de que íbamos a dar con los huesos de aquel infeliz. Pero lo que no esperábamos era dar con su cuerpo incorrupto. El olor que desprendía era nauseabundo, y para cuando quisimos volver a taparlo con la tierra removida y amontonada al lado de la tumba, para luego recolocar las piedras a modo de lápida, el brujo nos apresó a cada uno por una de nuestras muñecas con los dedos de sus manos huesudas y de piel apergaminada. Su fuerza y la firmeza del apretón nos impidieron escapar…
¿Te ha gustado la historia? Un poco inquietante, eh…
Bueno, Tommy. Tengo que marcharme. Y tú tienes que dormirte.
Es inútil que te estires y tironees de las ataduras que te mantienen sujeto a la cama. Ya va siendo hora que te hagas a la situación en que te encuentras.
Jamás volverás a ver a tus padres…
Porque ahora eres mi hijo.
Un hijo al que le narro un hermoso cuento antes de que cierre los ojos.
Y ahora…
Apago la luz y cierro la puerta.
Nos vemos mañana, hijo mío…
¡Nuevos Premios para Escritos…!
Bueno, nuevamente este sitio ha sido agraciado con megapremios blogueriles, je je.
Ya obtuve el de Tejiendo Sueños, con su post correspondiente. Aún así es de agradecer dicha distinción dada en esta ocasión por los compis Fortuna, Lantz y Socalze.
Un montón de mordiscazos de vampiro anémico para los tres. Aunque no se me vayan, que luego recibirán un premio especial que voy a conceder a todos los asistentes al evento de esta jornada.
Ahora toca mencionar el Premio Dardo y Blog de Oro.
Este súper honor ha sido repartido desde el cariño y la amistad online de seis administradores de sus respectivos sitios en la red mundial. Los cito a continuación: Cafeína, Celso, Leny, Victor, Oskar y Freesiete.
A todos ellos una tonelada de gracias. Se merecen una buena paellada del Peloponeso, con los ingredientes más indigestibles cocinados por Bogus Bogus, que en el arte culinario ni le supera el mejor Chef televisivo.
Bueno, con lo tardío del post en agradecimiento a sendos premios, y dado lo líado que estoy, siento no poder en esta ocasión cumplimentar con los requisitos de cada cual. En vez de ello, dado que soy el jerifalte de Escritos, y aquí mando yo, en contraprestación voy a corresponderles con un premio de nuevo cuño, creado en nuestra imprenta, basándome en un diseño artístico de mi sobrinete Gurmesindo.
El premio se llama ¡Este blog merece ser visitado!, y se lo concedo a los nueve compañeros/as que me han seleccionado como merecedor de los dos reseñados con anterioridad.
A continuación estampo el premio, y dejo los enlaces de los compis.
Y no hay ningún requisito que cumplir con el regalito. Simplemente es un detallito por parte del menda lerenda, ja ja.
A continuación los agraciados:
Ven y tómate un café con cafeína, de Cafeína
Lo nuestro es puro teatro, de Celso y compañía
Cuenta Conmigo…, de Leny
Compartiendo Virtuales, de Victor
El Mirador de la Red, de Oskar
Freesiete, del simpático pingüino informático Freesiete
Tenés un Tiempito, de Fortuna
Consigue Dinero Online, de Lantz
Zaragoza Milenaria, de Socalze
A todos ellos un gruñido por parte de mis descontentos empleados, y un bramido horripilante procedente de las fauces de mi guardaespaldas, la Pechuga de Pollo Mutante.
Nos vemos en nuevos relatos terribles y donde los sustos se eternizan, aquí mismo, en Escritos de Pesadilla.
Malos vecinos (Bad Neighbors)

Aquella familia estaba compuesta por marido, mujer y un hijo adolescente de trece años. Nada más verlos llegar para establecerse en la localidad, residiendo como vecinos en la casa de al lado, un presentimiento turbio le hizo intuir de manera drástica y sin sutilizas que algo raro pasaba con ellos.
Él era escritor de nulo éxito, pero tenía un gran conocimiento de la personalidad de la gente.
El cabeza de tan peculiar nueva familia era Patrick Reck. Un tiarrón de casi dos metros, pero de espalda encorvada y con una ligera cojera en la pierna derecha, motivo por el cual se servía de un bastón de marfil, y eso que no tendría ni los cuarenta.
La mujer se llamaba Fravilia. Era supuestamente descendiente de italianos. Al contrario que su esposo, ella medía metro sesenta, pesaba sus buenos ciento veinte kilos y su rostro tenía un cierto parecido con el semblante sombrío y nocturno de una lechuza, donde las enormes lentes se asemejaban a los ojos del ave en cuestión.
Con respecto al hijo único de la familia Reck…
Su nombre de pila era Leopoldus. Su estatura era de lo más ordinaria entre los chavales del pueblo, con la salvedad de su anatomía esquelética y casi cadavérica. Su tez era blanquecina, los ojos hundidos en sus cuencas, las cejas pobladas y prominentes, la nariz mordida en su aleta izquierda y los labios visiblemente amoratados. El resto del tono de la piel era descolorido. Al poco de residir la familia Reck en el pueblo, los críos le pusieron el mote de “Pesadilla”. Aunque semejante burla duró poco porque el muchacho sabía emplear un tipo de arte marcial de lo más exótico, dejando a más de uno con los huesos magullados y la cara hinchada. A raíz de emplear esta autodefensa personal, los padres de los niños del pueblo les prohibieron a estos acercarse a Leopoldus nada más salir de clase, y mucho menos arrimarse a su casa.
Decididamente, los Reck eran una familia atípica, nada deseables como vecinos.
Él lo supo cuando desapareció su perro fox terrier, “Malas Pulgas”. Al volver del trabajo no lo encontró por el jardín ni por las dependencias de su hogar. Eran las dos de la tarde, y media hora después, le llegó un fuerte olor a barbacoa procedente de la parte trasera de la casa de sus horribles vecinos. Se asomó a la valla, y los encontró degustando carne cortada en dados, ensartados en banderillas de madera. Sus mandíbulas se movían en consonancia con el hambre que tenían, masticando como si llevasen todo el día en ayunas.
Fue entonces cuando reparó en la cabeza de “Malas Pulgas”. Estaba decapitada, situada en un charco de sangre, no muy lejos del festín culinario de los Reck.
Aquella pérfida familia se había apropiado de su perro y se lo estaban asando a la barbacoa.
Su corazón le dio un vuelco. Se sentía al borde de un desmayo. Como pudo, se alejó de la valla de separación de ambas viviendas y se introdujo en su casa por el saloncito, dejándose caer sobre el sofá. Hizo lo posible por controlar el ritmo de su respiración. Discurridos cinco minutos, ligeramente recuperado de la conmoción de saber que su perro fox terrier había sido vilmente asesinado por la malnacida familia Reck, estuvo por llamar a la policía local, con intención de interponer una denuncia. Pero su amor propio le hizo de dirigirse al cuarto donde guardaba sus armas. Recogió la primera que le quedaba más a mano, una escopeta de repetición de calibre 12.
Cegado por la ira, encaminó sus pasos hacia la parte trasera donde su propio jardín y el de los Reck quedaban separados por la valla de madera rústica. Al asomarse sobre ella, vislumbró a los tres miembros que en ese instante estaban tomando un granizado de limón como postre. Patrick le sonrió con desdén, antes de perder toda la dentadura y parte de la nariz de un certero disparo, falleciendo de inmediato. Fravilia se quedó estupefacta por su reacción desproporcionada. Esos segundos de indecisión le costaron dos disparos en el estómago, haciéndola sufrir muchísimo antes de morir delante de su hijo Leopoldus, quien permanecía arrodillado a su lado, llorando como una magdalena.
Aquel niño era el mal encarnado. De los tres componentes, seguramente era el más nocivo y perverso.
Recargó su arma, presto a culminar su venganza…
No le dio tiempo a apretar el gatillo.
Leopoldus se alzó sobre la valla, situándose a su lado con la agilidad de una ardilla. Estaba agachado. Encogido como un muelle tenso. Acercó su rostro a la corva derecha del vecino y le mordió con tal virulencia, que el dolor le hizo de dejar caer la escopeta sobre la hierba.
– ¡Hijo de Satanás! – aulló, desesperado.
Entonces…
Las voces de Patrick y Fravilia llegaron muy cercanas.
Miró un segundo al frente, y se los encontró al otro lado de la valla. Patrick con la boca destrozada. Fravilia con las manos cubriéndose el regazo ensangrentado. Ambos rieron de manera endemoniada.
– Primero fue tu condenado perro.
“Esta noche serás tú a quién devoremos…
Marido y mujer brincaron por encima de la valla, y sumándose al hijo, llenaron el cuerpo del escritor con docenas de brutales dentelladas, que le costaron la vida, y con ello, ocupar sitio en la parrilla de la barbacoa nocturna de la familia Reck.















