Sombras

Esto es terrible. Todo está a oscuras en mi horrenda mansión de pesadillas. Ya les avisé que esta tempestad podría incordiarnos con algún rayo tremendo, y quedarnos a oscuras. No, en mi casa no dispongo de pararrayos. Esperen un poco, queridos e ilustres visitantes. Voy a llamar a mi mayordomo. Se llama Dominique. Le ordenaré que encienda las teas y las velas para iluminar mínimamente las dependencias. Aquí llega Dominique. Es muy servil y obediente. Eso si, tengo que comentarle que se cambie su nombre de pila por el de Igor. Es más rentable de cara a los royalties. Ja ja ja.
Ahora acomódense en mis sillones de tapicería de piel humana y escuchen la historia que tengo que contarles acerca de mi lacayo. Esto aconteció mucho antes de que entrara a formar parte de mi plantilla de eficientes sirvientes. Y una vez que me puso al corriente de sus dotes especiales, no dudé ni un instante en contratarle.

Dominique era una persona solitaria y muy aprensiva. Tenía cincuenta años y desconfiaba de todos los semejantes que le rodeaban. No tenía ocupación laboral conocida. Vivía en una pensión de mala muerte en la parte más deprimida de la ciudad. Barriada de malos hábitos y ladrones a partes iguales. Se podía decir que mientras uno apuñalaba por la espalda a su mejor amigo, otro hacia lo propio con su padre, o su mujer o amante ocasional. Como era de suponer, residir en semejante zona marginal de la metrópoli era nacer en el anonimato de la pobreza o la delincuencia y morir del mismo modo unas cuantas décadas después, y eso quien tuviera la grata fortuna de poder sobrevivir más allá de los cuarenta.
Dominique Lapierre no gozaba de amistades, ni casi gente conocida. Sus familiares le ignoraban por recelo a su extraño comportamiento social. Su mirada penetrante y su rostro hosco causaban cierta perturbación ante cualquier interlocutor con el que tuviera que mantener la más mínima relación. Nunca frecuentaba los bares, ni las timbas clandestinas y qué decir de los burdeles baratos. Permanecía recluido la mayor parte del tiempo en su miserable cuarto. La puerta disponía de su cerradura original. Dominique le incorporó una segunda y por la parte que daba al interior fijó dos cerrojos con sendos pestillos de buen tamaño. Cuando abandonaba su hogar, estaba claro que no se fiaba del resto de los inquilinos. Y cuando se encerraba dentro, la protección de los pestillos daba a entender que sin ellos pudiera ser asaltado mientras dormía o descansaba.
En resumidas cuentas, Dominique terminaría por llamar la atención al ser tan precavido.
El resto de inquilinos cuchicheaba en grupo acerca de la conducta reservada de su vecino. En la hora de la comida y la cena. En la propia calle. Poco a poco se fue corriendo la voz de un infundio. Se decía que Dominique casi no hacía otra cosa que permanecer encerrado en su habitación porque debía de poseer alguna reliquia de enorme valor económico. Quienes compartían pensión con él eran todos hombres de mala catadura. Dos eran marineros dados a la bebida y al juego. Otro era un drogadicto enfermizo. Y los otros dos eran unos maleantes, que medraban a costa de atracar a los imprudentes que recorrían las callejuelas más angostas a partir de la medianoche.
No tardaron en considerar llevar a cabo un asalto a la habitación de Dominique.
El patrono de la pensión haría la vista gorda, a cambio de recibir un porcentaje del previsible botín. Estuvieron planificando derribar la puerta de la habitación de Dominique Lapierre pasadas las doce de la noche. Sería buena hora, porque a dicha hora el guarda nocturno terminaba de recorrer los aledaños de la pensión, y sin vigilancia, y con la complicidad cobarde del vecindario, ni siquiera la oposición de Dominique ante el ataque ni sus posibles gritos de auxilio serían correspondidos en forma de ayuda.
Los cinco malhechores acudieron armados de dos hachas y un mazo. Sin esperar a una orden de inicio coordinado, fueron emprendiéndolo a hachazos y luego terminando de echar la resistencia de la puerta abajo con la contundencia del enorme mazo. Todo fue cuestión de treinta segundos. En cuanto el quicio quedó despejado de la protección y amparo de la puerta, el conjunto de los asaltantes irrumpió con presteza en la habitación.
Encontraron el cuarto iluminado por decenas y decenas de velas y unas cuantas lámparas de aceite. En el centro de la estancia estaba Dominique sentado en el suelo con las piernas cruzadas y las manos entrelazadas sobre el regazo. Estaba con los ojos cerrados. Respiraba profundamente, en una especie de estado de meditación. Parecía ajeno al estruendo ocasionado por el destrozo ruidoso de la puerta.
Uno de los cinco estaba presto a zarandearle para despertarle de su ilógica postración e interrogarle por todo artículo de valor que pudiera tener oculto, cuando el movimiento de las sombras a la luz de las velas y las lámparas fue proyectándose en las paredes, el techo y el suelo. En principio creyeron que esas sombras les pertenecía a sus propias siluetas, pero cuando estas se fueron incrementando en número y anexionándose entre si hasta teñir casi la superficie de cada pared de negro, donde el sentido del dibujo de las extremidades y las cabezas se fue perdiendo hasta su desarrollo final en formas amorfas oblongas, los criminales trocaron su ímpetu amenazador por el inherente a toda persona que percibiera un peligro inminente.
– No toquéis mis sombras – musitó Dominique sin moverse ni un ápice de su postura, ensimismado en sí mismo.
Los cinco asaltantes apiñaron sus cuerpos espalda contra espalda, mientras las sombras imperfectas abandonaban las paredes y el suelo, rodeándoles hasta sumirlos en la negrura. Un soplo de aire apagó la lumbre de las velas y de las lámparas de aceite.
Se escucharon gritos de desesperación.
Durarían cinco segundos.
Luego se instauró el silencio y la oscuridad continuó reinando en el interior de la habitación de Dominique Lapierre.
El patrono de la casa percibió las horribles lamentaciones y acudió ante el cuarto de su singular inquilino. A la vista de las tinieblas, sin atreverse a dar ni medio paso hacia el interior de la habitación, se limitó a preguntar consternado por lo que acababa de oír.
– ¿Qué han sido esos chillidos del demonio? ¿Acaso alguno de los cinco estáis en apuros?
Daba por hecho que Dominique estaría malherido o muerto.
Su rostro se tornó blanco al percibir quien contestaba era este último.
– ¿De qué cinco me habla, señor Cotard? Aquí estoy yo sólo.
“Eso si, en cuanto encienda la luz, estaré rodeado de mis serviles sombras.
“Y cuando eso ocurra, le ruego atraviese la entrada a mi humilde cuarto.
“Puede que entonces halle la respuesta a su pregunta.
El patrono vio una cerilla encenderse entre penumbras.
Unos dedos la acercaron a la mecha de una vela.
La estancia fue cobrando iluminación poco a poco.
Vela a vela.
Lámpara de aceite a lámpara de aceite.
Y cuando la habitación de Dominique quedó bien provista de luz, emergieron las sombras.
Seguido de un nuevo grito surgido de la garganta del patrono de la hacienda.

El sueño de Dandy

Rebuscando en el baúl de los recuerdos, he dado con una fotografía descolorida y que data de unos cuantos años. Simplemente poneros al corriente, mis estimados lectores de Escritos de Pesadillas, que me hallo en el ático de la casa de Dandy. Esta vivienda tiene su leyenda negra, que no viene al caso. Pero echadle un vistazo a la instantánea. En ella aparece el orgullo de la familia. Un niñito de ricitos rubios y sonrisa adorable. Qué ternura de querubin. Lo malo es que con el paso de los años, estas criaturas crecen y adquieren malos hábitos. Y muy en especial el caso que nos contempla.


No te comas las uñas. Vas a morir de todas formas siseó la voz cavernosa cerca de la puerta del armario ropero.
Dandy estaba temblando de pies a cabeza. Quería sollozar entre hipidos de tristeza y desesperación. Era un niño de sólo siete años, y aquel extraño que había llamado al timbre de casa acababa de asesinar a su padre y a su madre con un bate de béisbol con la punta rematada por clavos de dos centímetros. Su locura fue irrefrenable, convirtiendo el vestíbulo y parte del salón en una especie de matadero, salpicando las paredes y el mobiliario con la sangre de sus queridos padres.
Sal, cachorrito. Satanás te reclama. Eres su piñata. Y como tal, se te ha de sacudir de lo lindo hasta que revientes…continuaba la voz, justo ya al otro lado de la puerta.
Dandy notó la humedad deslizándose por los muslos. Se había hecho pis por el miedo que le embargaba.
De repente la puerta quedó abierta del todo.
Una figura oscura escrutó su presencia encogida entre la ropa colgada de la barra del armario ropero. El bate aferrado entre los dedos de ambos manos.
Te llegó la hora, pequeñajo. Ven con la Muerte le saludó aquella bestia inhumana.
Cuando Dandy miró fijamente a los ojos del psicópata, perdió el conocimiento.
Todo se volvió negro.
Oscuro.
Sus cinco sentidos fueron anulados.
Dejó de sentir todo.
Le llegó la Nada.

– ¡Despierta! Dandy. El reverendo Morrow viene para tu última confesión – le despertó de su sueño profundo el guarda de prisiones Al Cupino.
Dandy se incorporó lentamente de su catre hasta sentarse.
La puerta de su celda quedó abierta un instante de manera automática, controlada desde el ordenador central de la prisión.
Un sacerdote de avanzada edad entró en su compartimento individual.
Dandy lo miró con infinita devoción.
– Hijo mío. ¿Hay algo de lo que te tengas que arrepentir antes de afrontar tu destino? – fue una de las preguntas del cura.
Dandy miraba las palmas callosas de sus dos manos.
Aquellas que veinte años atrás portaron un bate de béisbol.
– Aún diciéndoselo, padre, no eludiré la muerte – dijo resignado.
– Me temo que no, hijo mío.
Dandy confesó sus pecados. Desde los más veniales, hasta el más grave.
Este último hacía referencia a la fatídica noche en que se le cruzaron los cables, acabando con la vida de sus propios padres.
– Que Dios Todopoderoso te perdone todas tus faltas, hijo mío – culminó el reverendo en un susurro.
Dandy tenía los ojos llorosos.
Le temblaba el labio superior.
En el sueño era sólo un niño.
Daría cualquier cosa por entrar en aquella ensoñación y decirle a la silueta que portaba el arma mortal que dejara en paz a sus padres, que no les hiciera daño.
Que no deseaba luego ser una persona mayor encerrada en la galería de los condenados a la pena capital.
Sus lágrimas desbordaron las comisuras de los ojos.
Se dejó consolar apoyándose sobre el hombro del religioso.
Dandy, Dandy.
Era un diminutivo infantil.
Y él ya tenía cincuenta años.
Aquél sueño solo sería alcanzable cuando le fuera aplicada la inyección letal.
Entonces volvería la misma sensación de oscuridad.
De duermevela…
Dandy,
Dandy,

era su canción de cuna.
Después tocaba dormir para siempre.

La risa enfermiza

Bueno, tengo una admiradora que tiene una risa espontánea cuando le da. Es por ello que este minirelato va dedicado a Nikkita. Desde luego, no creo que logre conseguir carcajadas con el terrible argumento que en él expongo. El personaje principal del relato es un pelín controvertido cuando le da por reírse. Y el caso es que no le importa causar extrañeza en los demás cuando se troncha a mandíbula batiente. Desde luego, el empatizar con el vecindario no va con Edgar.

La risa no mitiga el dolor. Su presencia en todo tipo de comportamiento altamente inestable es síntoma de locura e irracionalidad.
Es un concepto que lo llevo claro desde hace meses.
Me presento. Soy Edgar Nails, y llevo medio mes fuera de la institución mental de Gillmore, en la cual estuve internado cinco años. Aparentemente estoy más sano. Pero me sigue perdiendo la risa.
Un ejemplo.
Si coges cualquier odioso animal doméstico, pongamos un gato. Encima que pertenezca a la venerable anciana vecina de la casa de al lado. Ella está sentada en su mecedora, tomando el sol, pues es el mediodía y la mujer ya tiene sus añitos. Echa de menos a su mascota. Está preocupada y la llama en voz alta por su ridículo nombre de “Pusquis”. Llegado ese caso de extrema desazón, le visita un mocoso de doce años. Lleva una caja de cartón del tamaño de poder contener una televisión de quince pulgadas. Es un crío conflictivo de unos vecinos cercanos, al que le he pagado quince dólares por entregarle la caja a la mujer mayor. El crío se marcha, mientras la mujer abre la caja sin levantarse de su mecedora. La tiene colocada sobre el regazo.
No tarda en quedarse petrificada por el horror. Su rostro ajado se descompone. Empieza a percibir funestas palpitaciones nerviosas en la frente y el pecho.
Dentro de la caja están los restos de su añorado gatito pasados por la picadora.
Primero lo fui troceando cachito a cachito con un machete, hasta luego dejarlo de esa manera más desmenuzado.
Y yo me río.
Ja ja ja ja.
La mujer está al borde de un colapso. Tiene la dichosa fortuna que su nieta está en casa, y al verla tan desmejorada, sin reparar aún en el contenido de la caja, llama a urgencias.
La ambulancia no tarda en llegar. Quince minutos.
En cuanto entran los enfermeros, disimuladamente me arrimo al vehículo y en un periquete rajo dos de las ruedas de un mismo lado con una navaja multiusos que siempre llevo encima.
Al poco salen los enfermeros llevando a mi vecina sentada en la camilla plegable y con una mascarilla de oxígeno. Están tan preocupados por el estado de la señora, que en ningún momento se fijan lo desinfladas que están las dos ruedas que he acabado de acuchillar con saña. Cuando la montan en la parte trasera y empiezan a marcharse del vecindario, la ambulancia sale descontrolada al llevar el lado derecho en llantas vivas. Frena deprisa y corriendo, chocando frontalmente con un árbol. Los de la ambulancia se bajan maldiciendo al ver que alguien les ha hecho una gamberrada execrable. Abren las puertas traseras, inquietos por la salud de la anciana.
Cuando percibo que comentan que la están perdiendo…
me río.
Ja ja ja ja
Es una risa trastornada, pero no puedo remediarlo.
Un vecino me mira extrañado.
No entiende que me esté dando un ataque de risa.
Tampoco le tengo que dar explicaciones.
Hay risas alegres.
Risas tontas.
Y risas malsanas.

La redención de Donovan

En los tiempos actuales, quedarse sin empleo es motivo de frustración, de pérdida de autoestima, desencadenante de rupturas familiares, y más si esto sucede a ciertas edades donde cualquier lumbrera de recursos humanos considera demasiado mayor para el puesto a cualquier candidato a partir de determinada edad cercana a los cincuenta. Donovan vivirá el ingrato sabor del paro, la autodestrucción y el deseo de mandarlo todo al quinto demonio, aunque siempre quedan segundas oportunidades inesperadas que el destino depara de vez en cuando. Y cuando te toca el premio, no queda más remedio que ir a cobrarlo.

Relato dedicado a la memoria de Miguel Angel Larrainzar Eugui

1.
Donovan Sadley sabía que había malas personas en el mundo. De hecho, de no haberlas, las grandes calamidades en forma de guerras y demás actitudes violentas nunca hubieran existido en los anales de la historia. Ni las depravaciones más abyectas.
Donovan era una persona normal. Algo cabezota y renegón, defectillos que nunca le habían acarreado problemas de ningún tipo, ni en su matrimonio, sus relaciones sociales y mucho menos en el trabajo. De hecho llevaba quince años ejerciendo de jefe de mantenimiento de las oficinas Sarronds, en Búfalo, la capital del estado de Nueva York. Su trabajo era lo debidamente valorado por los administradores del edificio, y él mismo se sentía realizado en cierta manera. Era una forma de superar su anodino matrimonio. Elsa, su mujer, nunca quiso tener hijos. Siempre había utilizado el método anticonceptivo en el útero, conocido como DIU . Llegó a utilizar dos de ellos en su vida fértil. Ahora ya no lo precisaba. Ella tenía casi los cincuenta. Cinco años menos que Donovan. Con el tiempo, la rutina se había asentado en su relación, y si se mantenían juntos, era más que nada por el egoísmo del dinero. Elsa era la secretaria personal de un alto ejecutivo del First Manhattan Bank. Con ambos salarios, vivían para afrontar los gastos de la casa de doble planta, jardín trasero y piscina cubierta privada situada en una urbanización de nivel alto de la capital.
La vida de Donovan se repetía día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año.
Hasta que aconteció un cambio importante en la gerencia del edificio Sarronds.
El señor Macdermott se jubilaba, y por ende su cargo fue ocupado por un tal Richard Messler. Este era un joven dirigente de treinta años. Al poco quedó demostrado su egolatría y su tiranía. Maltrataba verbalmente a todos los empleados, especialmente a los ayudantes de Donovan. Por cualquier contratiempo en la estructura del edificio, Richard Messler se encolerizaba, dando la orden a los negados de mantenimiento en subsanar de manera inmediata las deficiencias habidas bajo la amenaza de no cobrar el salario de la semana en curso. Los hombres de Donovan se quejaban con regularidad a su jefe por el maltrato verbal y psicológico que les daba Messler, así que un día aquel decidió salir en defensa de sus subordinados.
La reunión que tuvo en el despacho de Messler fue tensa y muy desagradable. Duró más de una hora. Al final ambos se cruzaron insultos y amenazas.
El palo se quebraría por el extremo más débil.
A los diez días, a Donovan le fue notificado el despido.
Tenía casi los 56 años. Una edad malísima en los tiempos actuales para encontrar trabajo, y que encima este tuviera unos emolumentos parejos a los que cobraba en el edificio Sarronds.
Durante un tiempo se lo estuvo ocultando todo a su mujer. Esperaba encontrar un nuevo empleo en pocos días.
Pero cuando ya no pudo argumentar más excusas a la falta del ingreso del segundo cheque semanal, Elsa se sintió engañada. Decidió que lo mejor era dar por cumplido con el matrimonio que les había unido durante casi veinte años. Le dio un mes para buscarse un sitio donde poder alojarse. Estaba claro que ya podía despedirse de la casa. Estaba a nombre de ambos, y en el peor de los casos, Elsa la pondría en venta si en la resolución de la demanda del divorcio no se le concedía a ella, cosa que no sucedió. Una vez que ella se quedó con la propiedad de la casa, Donovan se las tuvo que componer viviendo de alquiler en pisos de mala muerte.
Su vida estaba al borde de finalizar antes del plazo de tiempo marcado por su destino en el libro de la vida y la muerte. Empezó a beber. Recuperó su hábito de fumador. Los meses se sucedían, y no había manera que pudiera encontrar un nuevo puesto de trabajo. Sus manos temblaban cuando no bebía. Se asomaba al marco de la ventana del quinto piso donde últimamente residía, anhelando reunir el valor necesario de encaramarse lo suficiente sobre el alféizar para arrojarse de cabeza contra la acera.
Morir. Sí. Lo deseaba.
Se había convertido de la noche a la mañana de un acomodado ciudadano americano de nivel medio alto, a un paria cercano a tener que recurrir al ejército de salvación por un plato de sopa y una cama caliente por una noche.
Afrontando su pesar con la desilusión de una persona hundida en el fondo de un lago de aguas turbias y frías, deseando que las piernas se le quedaran enredadas en las algas y de este modo sucumbir ahogado, recibió la enésima visita del padre Sierra. Era de los pocos amigos que le quedaban y que de vez en cuando intentaban hacerle ver la necesidad de continuar luchando por la vida.
– Cuando Dios quiera, llegará tu redención, Donovan.
“ Hasta entonces, no la anticipes. A nuestro Señor no le agrada que no se le valore uno de sus milagros, la creación de la vida desde la nada – solía decirle con la debida frecuencia cuando le veía medio bebido y con ansias de rendirse.
En su última visita, cuando Donovan, en estado sobrio para variar, esperaba sus reproches, el párroco le sorprendió con una buena nueva. Tenía una oferta de trabajo para él.
– Se está quedando conmigo, padre. No valgo ya ni para barrer los suelos – le dijo, ofuscado por la noticia.
– Bueno, Donovan. Con lo que fuiste, algo te quedará en la recámara. Tampoco es que el trabajo ofrezca mucho misterio. Sería atender una estación de servicio rural situado a cincuenta millas, en una carretera comarcal. El sueldo es bajo. Pero tendrás a tu favor que vivirías ahí. Al lado de la oficina hay un dormitorio y una cocina. No tendrías que pagar alquiler, y con lo poco que ingresaras, podrías sufragar los gastos de una cura de desintoxicación. Nunca hallarás una solución a tus pesares en la bebida.
Donovan sonrió con ganas. Llevaba sin hacerlo en meses. Aquél cura era un diablo.
– Padre, me parece que los dos nos veremos entre las llamas del infierno.
– Predico la palabra de Dios, Donovan. Pero si vuelves a propasarte en tu vocabulario, no respondo del puño de mi mano derecha.
Esta vez ambos rieron con verdaderas ganas.
Era una salida o una simple pausa antes de abordar el borde del precipicio para Donovan.

2.
Richard Messler estaba que se lo llevaban los demonios. Acababa de pasar el domingo llevándose los padres a las Cataratas del Niágara con el anhelo de verlos precipitarse por la borda de la embarcación, o a lo sumo pillasen una buena pulmonía, habida cuenta la suma de cantidad que cobraría por parte del seguro de vida de ambos, cuando su superior le puso al corriente de la auditoría de fin de año. Las cuentas no cuadraban. Varios de los arrendatarios no pagaban las cantidades estipuladas en los respectivos contratos, o simplemente alguien estaba lucrándose a costa de los ingresos, falsificando la contabilidad y las partidas dedicadas al gasto de representación. Lo que le hizo alterarse en sumo fue que la palabra desfalco apuntaba directamente a su cabeza, y si en la nueva auditoria general que iba a realizarse en la semana entrante se demostraba tal acusación, aparte del despido, le esperaban los tribunales.
Atribulado por las difíciles horas que le llegaban en perspectiva, se hallaba de regreso a Búfalo al volante de su Lexus gris metalizado, cuando el indicador acústico del nivel de la gasolina le hizo saber que o paraba a repostar en las siguientes veinte millas, o finalmente iba a quedarse tirado en medio de la carretera.
– Todo me tiene que ir mal. A mí y a este puto país. No me extraña que la pifiemos en cuanto asomamos el morro al otro lado del charco- farfulló con el rostro ceñudo.
Afortunadamente su GPS le indicó la cercanía de una gasolinera.
Distaba unas cinco millas.
Aumentó la velocidad, presto para llenar el depósito en un santiamén.

– Joder. Por aquí se ve que la clientela sólo pasa cuando llueven grillos del cielo – resopló Richard Messler al ver el aspecto abandonado de la estación de servicio.
Por un instante hasta temió que estuviera cerrada, pero al poco de estacionar al lado del único surtidor, sonó una especie de campanilla y pudo verse la silueta de un hombre moviéndose al otro lado del cristal de la ventana correspondiente a la oficina.
– Venga. Muévete, condenado patán. Seguro que eres de los que tiene parte de los dientes desparejados en tamaño – se mofó.
Se puso a escuchar música de baile a buen volumen mientras esperaba la llegada del empleado.
Al poco el empleado se asomó al exterior. Richard Messler lo miró de soslayo. Un tío viejo, sin afeitar, vestido con un sucio mono de trabajo azul marino, botas de cazador, camisa de franela a cuadros azules y negros y una vieja visera de los Boston Red Sox cubriéndole el entrecejo.
Richard miró la hora en su Rolex de oro.
– Diantres. A ver si te mueves, viejo tiñoso.
Se le colmó la paciencia. Bajó la ventanilla y asomando ligeramente la cabeza, se puso a apremiarle en voz alta:
– Oiga. Muévase, quiere. Es para hoy. Una vez me atienda, podrá retornar al asilo.
El empleado avanzó un par de metros. Se le quedó mirando fijamente mientras Richard cambiaba de música en su reproductor de mp4. Al alzar la mirada hacia la gasolinera, pudo observar como el empleado se daba la vuelta y volvía a entrar en las oficinas. Se ve que se debía de haber olvidado de traer los cambios consigo o algo similar.
Este contratiempo irritó a Richard sobremanera.
– Será posible. Qué pedazo de inútil. Esto es lo que no aguanto de la sociedad americana actual. Gente así tendría que estar desempleada y sin prestaciones durante toda su puta vida. No son más que parásitos.
Necesitaba algo que le tranquilizase los nervios. Rebuscó en la guantera hasta dar con su frasco de valeriana en forma de píldoras.
Cuando se reincorporó contra el respaldo del asiento, se llevó un sobresalto al ver al empleado situado al lado de la ventanilla.
– Joder. La madre que te parió. Sólo me faltaba que este espantajo me diera este puto susto.
El hombre toqueteó el cristal con los nudillos, solicitándole con ese gesto que se lo bajara.
– ¿Qué querrá este muerto de hambre?
Richard suspiró hondamente. Hizo descender la ventanilla para escuchar lo que aquel inepto tuviera que preguntarle.
– Cabrón – le espetó el empleado de la estación de servicio.
Enarbolaba una llave inglesa Stillson. Richard quiso cubrirse el rostro con el brazo izquierdo.
El impacto contra el mismo le produjo la fractura del radio.
– ¡Dios! – gritó Richard soportando un dolor inadmisible.
Dejó instintivamente reposar su brazo sobre el regazo.
Fue entonces cuando vio el giro de la llave inglesa por segunda vez en la misma dirección. En esta ocasión acertó de pleno en su rostro.
– Miserable… cabrón… – gimoteó Richard.
Su ojo izquierdo estaba casi colgando. Quiso quitarse el cinturón de seguridad que le mantenía a merced del ataque de aquel bastardo.
Recibió de lleno otro segundo impacto que le hizo perder la conciencia, con el rostro hinchado y destrozado inclinado sobre el hombro derecho.
El empleado dejó caer la herramienta sobre el suelo. Echó un vistazo al salpicadero, fijándose en el nivel de la gasolina. Se aproximó a la parte posterior del Lexus. Desenroscó la tapa y acercando la manguera del surtidor lo estuvo llenando hasta casi dejarlo completo. Colocó la manguera en su sitio. Luego extrajo un trapo de tela del bolsillo de su mono de trabajo. Lo fue plegando, y lo introdujo en el depósito de la gasolina. Acto seguido cogió su encendedor, aplicándole la llama al borde del trapo que sobresalía.
Se fue apartando, hasta resguardarse dentro de la seguridad de su oficina.
A través de los cristales pudo observar cómo el Lexus estallaba en llamas, llevándose entre ellas la vida de Richard Messler.
El mal nacido que destrozó su modo de vida con Elsa al despedirle meses atrás como jefe de mantenimiento del edificio Sarronds.
Buscó la botella de Chivas Regal en el cajón de su escritorio. Llenó un vaso con generosidad y se lo bebió de un sólo trago.
Después se puso a fumar un cigarrillo.
Reclinado contra el respaldo de su silla, contemplaba satisfecho el amasijo de chatarra carbonizada en que se iba convirtiendo el coche de lujo con su dueño en su interior.
Fue entonces cuando tuvo que convenir en que el padre Sierra estuvo del todo acertado en decirle meses atrás que su redención aún estaría por llegarle.

Una historia irracional

Este relato es una apuesta que tuve con un compañero del trabajo. Conocía mi afición de escritor aficionado de terror, y me convino a escribirle un relato corto en mi descanso. Evidentemente, compaginándolo con mi merecido bocadillo de chorizo. Si conseguía escribir el relato, me invitaba a un café con un bollo suizo. No se creía que entre mordisco y mordisco, iba a conseguir hilvanar una historia que consiguiera petrificarle de horror. Y vaya si gané la apuesta. No es que mi colega llegara al paroxismo del miedo más profundo vivido por los dos agentes del relato, pero poco le faltó, sobre todo cuando tuvo que pagar la cuenta en la cafetería del híper, ja ja. Se podría decir que su cara era todo un poema.

El agente Simms estaba degustando su donut glaseado con sumo deleite acompañado de su café con leche servido en el vaso de plástico de una máquina expendedora de bebidas cuando todo su contenido quedó vertido sobre sus rodillas al sobresaltarle un movimiento brusco de su compañero situado al volante del coche patrulla.
– Demonios, Red. Me has puesto perdido- se quejó enfadado.
– He visto algo.
– Cómo.
– Una silueta corriendo pegada a las fachadas de los edificios de la calle. Creo que se ha metido en el callejón sin salida.
– Pues vamos a echar un vistazo.

Simms y Red se internaron en el callejón tomando todas las precauciones del mundo. Armados y con la linterna de Simms iluminando lo que pudiera avecinarse a escasos metros delante de ellos. En la callejuela abundaba la basura y todo tipo de mobiliario viejo abandonado por sus antiguos propietarios. Continuaron avanzando hasta que dieron al fondo con una persona. Simms enfocó la figura con el haz de su linterna, sacándola del anonimato de las sombras. Era un joven desaliñado y con una larga melena que le llegaba hasta los hombros. Vestía unos vaqueros desgastados y rotos por las rodillas, con el torso desnudo. Lo que les llamó poderosamente la atención fue algo que sostenía en la mano derecha. Llevaba una cabeza de varón sujetada por los cabellos.
– ¡Dios Santo! ¿Qué has hecho, cabrón? – farfulló Simms, exaltado.
– Quédese quieto y no realice ningún movimiento extraño – Red echó mano de las esposas.
El chico los miraba con la vista perdida en el vacío.
– Tienes derecho a guardar silencio. Se te procurará un abogado de oficio, si así lo deseas.
“Ahora deposita…, lo que llevas en la mano, en el suelo- Red tragaba saliva.
La cabeza estaba chorreando aún sangre. Parecía que acabara de realizarse la decapitación hacía escasos minutos.
– Alza tus brazos, chico. Te doy cinco segundos para hacerlo. Hazlo, o si no disparo – le urgió Simms con el ceño fruncido.
Entonces sucedió algo inenarrable.
Los ojos de la cabeza se removieron en sus cuencas y se quedaron mirando con fijeza a los dos policías.
Estos se quedaron sin habla.
– A qué esperas, hijo mío – emergió una voz cavernosa de los labios de la cabeza.
El joven recuperó sus cinco sentidos. Su rostro se tornó brutal. Su otra mano realizó un movimiento brusco. Entre los dedos llevaba guardado un pequeño frasco que contenía un líquido transparente. Lo arrojó sobre los rostros de los agentes de policía. Estos no tardaron en aullar de dolor, dejando caer sus armas y la linterna sobre el suelo. El contenido que los salpicó era una especie de ácido. Con las manos llevadas a las caras, la piel de la tez se les iba cayendo a tiras, quedando los músculos faciales a la vista.
El portador de la cabeza humana recogió una de las pistolas y dio por concluido sus penalidades.
Instantes después abandonaba la escena llevándose consigo a
(su padre)
la cabeza que tanto respeto le infundaba.

Cansado de la vida

Bueno, este relato lo sitúo en cabecera por lo cansado que me he quedado en estas fechas navideñas. Si quieren saber lo que es estrés laboral, no hay nada como trabajar cara al público en un centro comercial. Un cliente que te pregunta por el pasillo de los garbanzos. Otro que ha visto a un tío raro en el parking subterráneo. Una damisela que se extraña que le tienes que embolsar al vacío su colonia de Cacharel, porque se vende también dentro del híper. Dos jovenzuelos que salen con dos MP4 sin enseñar el ticket de compra. En fin. Que decididamente, el título de este escrito hace honor a mi estado físico y mental. Que lo disfruten mientras me zampo una porción de roscón de Reyes para reponerme. Si gustan.

Estaba cansado de la vida.
Su mente le daba vueltas a lo innecesario de tanta rutina. Sus manos callosas estaban curtidas de tantos años de ejercer siempre lo mismo.
– Venga, Phil. ¿A qué esperas? – le llegó la voz de Dumond desde lo alto.
Oteó el oscuro horizonte. Hilachos de nubes tenues ocultaban el haz lechoso de la luna en cuarto creciente. El viento agitaba las hojas de las ramas de los olmos.
A medio metro de él se perfilaba la silueta encogida y tensa de su compañero.
Apartó su mirada y se concentró en la tierra apisonada. Sujetó con fuerza el mango de la pala.
– ¡Date prisa! Cava, por Dios. El guarda puede dar la ronda en cualquier momento – le urgió Dumond.
Dio unas cuantas paladas, echando la tierra sobre su espalda, profundizando en la tumba.
Profanadores de tumbas.
Esa era su profesión.
Aún en pleno año 2009.
Cuando cada vez la gente era por lo general incinerada o depositada en los nichos. Su futuro como saqueadores estaba cada vez más negro. Llevaba ejerciendo esa labor los últimos quince años. Fruto del desempleo. De la necesidad de superar el día a día de gastos y facturas en la dura época de la crisis actual. Afortunadamente estaba solo, sin mujer ni hijos, pero aún así, a sus 54 años estaba cerca de seguir los pasos de un vagabundo con su botella de vino barato.
Dumond le enfocó con el haz de la linterna.
– Ya oigo la madera. No sigas sacando tierra y vete abriendo la tapa – le ordenó.
Su compañero de fechorías era diez años más joven. Trabajaba de taquillero en el canódromo de Bristol, pero el salario era ínfimo. Precisaba de un pequeño sobresueldo. Como casi todos.
Separó con las manos el resto de tierra que cubría la madera del ataúd. Dumond le tendió el mazo y el punzón para separar la tapa. Lo hizo con la costumbre de siempre. Los clavos cedieron con facilidad hasta quedar la parte superior libre de ser separada.
– Perfecto, Phil. Siempre he dicho que vales para lo que sirves- comentó Dumond con sorna.
No le prestó la menor atención. Alzó la tapa…
Como siempre, dentro del ataúd se reencontraba consigo mismo.
Su figura postrada y adormecida para toda la eternidad.
– Venga, Phil. Róbate a ti mismo.
“Quítate la cadena de oro y el reloj de cuarzo – se rió Dumond.
Se volvió cara a él.
La silueta ya no pertenecía a su colega.
De nuevo lo mismo.
No había forma de abandonar ese círculo vicioso.
Desde que muriese semanas atrás, su espíritu no había abandonado del todo su cuerpo.
Había hecho cosas tan repudiables, que le quedaba mucho tiempo de penitencia.
Colocó la tapa sobre el féretro.
Cerró los ojos…

Al abrirlos de nuevo estaba ubicado al pie de la misma tumba de siempre.
En la lápida figuraba su nombre completo, con su fecha de nacimiento y defunción.
La presencia de su amigo quedaba a su espalda. La notaba.
– Toma la pala. Toca empezar a cavar, Phil.
Se volvió para cogerla por enésima vez.
Estaba cansado de la vida.
La misma rutina…

Agua contaminada

En estos inicios de año nuevo, tengo pensado intercalar entre mis relatos de nuevo cuño, alguno de los que tengo semiolvidados ya en el fondo de Escritos de pesadilla. En este caso, se trata de un mini relato de ciencia ficción que da que pensar sobre los efectos de la radiación. Como dice el refrán, de este agua no beberé, será mejor llevarlo a cabo en el caso de estas charcas de agua estancada, y no me vale la excusa de los que se pierden en los desiertos y se mueren de sed.

Era un simple charco oscuro arraigado en el asfalto del parking. Su diámetro sería de metro y medio. Agua estancada producto de infinitas gotas de lluvia caídas en los últimos días. Pasaban las horas y el charco continuaba existiendo. El cielo gris quedaba reflejado en su superficie pulida y brillante, reflejando las nubes tormentosas. De noche, la palidez de la luna reflejaba su silueta en el espejo acuoso. De día algún que otro mosquito se acercaba a su superficie. Alargaba su trompa y se ponía a beber. Y a su vez el charco bebía del mosquito. Y el insecto desaparecía para siempre. Volvía a pasar la tarde y al anochecer una nueva tromba de agua se encargaba de amamantar el contenido del charco, haciéndolo aumentar en tamaño hasta el alcance de los dos metros de diámetro. Al día siguiente un pajarillo curioso se acercó para paliar su sed. Brincando sobre sus dos patitas frágiles, se arrimó al borde de la charca y se dispuso a beber de la misma. La intención con respecto al pajarillo por parte del charco fue recíproca y del pajarillo no se supo más.
El resto del día se tornó lluvioso y el charco se agrandó veinte centímetros más. Pasada la medianoche el ulular del viento creaba ondulaciones sobre la superficie del charco. Y al poco un perro vagabundo se aproximó a su lado. Olfateó su contenido, dudando antes de extender su lengua sedienta para beber a lametazos un poco de agua. El charco contempló a su nuevo visitante con variopintos reflejos derivados de una lejana farola que aún funcionaba en el parking. Un triste gañido se propagó por el aire, seguido de un chapoteo. Diez segundos de tenaz lucha, y el charco se apoderó del cuerpo del animal. Surgió un borboteo en toda su superficie conforme el can desaparecía para siempre disuelto entre el conjunto de millones de gotas de lluvia contaminada allí reunidas en un sólo cuerpo líquido. Ahora la charca medía tres metros de diámetro. Y cada vez que llovía, era medio centímetro más profunda. Al día siguiente…

Era una especie de manguera de titanio, resistente al grado de corrosión de la charca infectada. Uno de los limpiadores puso en marcha el compresor. Otro se acercó al charco y depositó la boca de la manguera hacia el centro del mismo. Poco a poco fue succionando el líquido elemento hasta resecar la charca por completo. Tras terminar, se volvió a su compañero y le hizo la señal de que apagara el motor de la máquina de succión. Recogió la manguera y se acercó al vehículo, un camión cisterna de tamaño medio, con la carrocería comida por la radiación existente en la zona. Ambos limpiadores vestían un traje de protección, con botas, guantes y un llamativo casco. A pesar de las medidas de seguridad, los dos hombres estaban ya seriamente afectados por la radiación. Su respiración era cavernosa y sus andares muy cansinos. Se subieron a la cabina del camión y lo pusieron en marcha, abandonando el parking. Aquel había sido el último charco existente en las inmediaciones de lo que en sus mejores tiempos había sido un concurrido centro comercial, y aún les quedaban incontables más en los suburbios de Pripiat, en la zona de exclusión de Chernobil. Una región para no vivir. Donde la radiación cambiaba los roles de la naturaleza, creando un lienzo de locura sin par.

Mensajero de la muerte

Hoy les invito a subirse en uno de los vagones de mi tren del horror. En este caso, nuestra ruta nos encamina por distintas paradas. En cada una de ellas, ha de bajarse nuestro protagonista anónimo para llevar a cabo su misión. Es retorcida. Enloquecedora. Ingrata. Pero ha de cumplir con lo que le ha marcado y deparado el destino. Él nunca pidió atesorar un don tan especial como el que dispone. Ni creo que ninguno de ustedes, mis queridos lectores, ambicionen semejante posibilidad de poder tenerlo. Al menos eso espero…

I

Era un día desapacible, lluvioso y bastante frío. Mes de enero del nuevo año en curso.
Tim Blueberry estaba al lado del semáforo de peatones, esperando a que el del lado contrario de la calle se pusiera verde para así poder cruzar el paso de cebra. Había escaso tráfico a eso de las siete de la mañana, aunque al ser un barrio de los suburbios de la urbe no era de las zonas más transitadas a lo largo del día. Tim tenía desplegado el paraguas. Era un modelo plegable de bolsillo, de los que suelen regalarse en los supermercados de vez en cuando con la publicidad de la marca en la lona impermeabilizante de la misma. Faltaban quince segundos escasos para el cambio de luz, cuando un extraño se situó a su lado. Era bastante alto, delgado y vestía un largo impermeable azul marino que le llegaba hasta las pantorrillas. Sobre la cabeza un sombrero a juego para la lluvia. Sus facciones eran chupadas. Extrañamente, llevaba puestas unas gafas de sol estilo a las que utilizara en vida John Lennon, de lentes pequeñas y circulares.
La luz se puso verde.
Era hora de cruzar la calle.
– Tim – le dijo al oído el hombre espigado, encogiéndose lo necesario para que le oyese.
Tim se quedó rígido.
El segundero debajo de la luz indicaba quince segundos restantes para recorrer el tramo que había de una acera a la otra.
Pero Tim ni se movió.
Volvió la cabeza, observando que el hombre se había estirado de nuevo.
– ¿Nos conocemos de algo? – preguntó intrigado.
El hombre estaba quieto. Parecía ni estar respirando.
– No – le contestó con voz monocorde.
Sin emoción.
– Entonces… – quiso continuar Tim, algo incómodo porque alguien que le era desconocido supiera su nombre de pila.
– Tim, vengo a decirte que tu mujer y tu hija están ya muertas.
En cuanto terminó de decir la frase, el extraño se marchó de su lado.
Tim tardó en reaccionar.
Hasta…
– ¿Qué dice? ¿Cómo puede decirme eso? Imposible. No. NO. Si acabo de dejar de verlas hace media hora. Desayunando…
Empezó a seguir al hombre del impermeable. Este se iba distanciando a largas zancadas. Andaba deprisa. Tim redobló sus intentos por alcanzarle, cuando la melodía de Dean Martin cantando la canción “Sway” procedió desde un bolsillo de su abrigo. Era el tono de llamada de su teléfono móvil. Se tuvo que detener en su caminata para atenderlo. En la pantalla vio el nombre de Kathy Moore. Era la vecina del piso de al lado.
Descolgó, aturdido por esa llamada.
– Dime, Kathy. Iba camino al trabajo.
– Timothy.
– Si.
– No sé cómo decírtelo.
– ¿El qué?
– Mary… Su depresión. Está aquí la policía. Por favor, ven rápido. Ha matado a Anita y luego se ha suicidado.

II

Patrick Lens estaba al borde de un ataque de nervios. El negocio particular que mantenía con su amigo y socio Robert Dumars estaba cerca de la suspensión de pagos. Se dedicaban a la producción de videojuegos de acción para ordenadores personales. En un principio, los primeros juegos tuvieron una gran aceptación. Llevados por el optimismo, contrataron a más programadores y resto de personal para la creación de los siguientes productos. En este caso, los números empezaron a no ser tan rentables. Tras tres sonoros fracasos de ventas, estaban ya a punto de cerrar la empresa. La última esperanza era el videojuego que estaban creando en ese momento. Pero necesitaban la inyección económica de un nuevo socio. Si no lo conseguían, todo se iría al garete. Robert había hipotecado su patrimonio personal, mientras Patrick había pedido un préstamo a un usurero, desesperado por intentar mantener el equipo de producción operativo unas semanas más.
Esas semanas ya estaban pasadas.
Su futuro ya era negro como el betún.
Estaba frente al escritorio de su despacho, esperando la llegada de su socio, cuando Virginia le anunció la llegada de una visita.
– ¿De quién se trata? No tenía a nadie citado en la agenda para esta hora – le contestó por el interfono.
La realidad es que llevaba sin tener una cita concertada en su agenda en el último mes y medio.
– No quiere darme su identidad. Simplemente dice que tiene que hablar contigo.
Patrick no estaba por recibir visitas inesperadas. Se terminó de morder una uña antes de dar el visto bueno.
– Déjale pasar. Puede que sea un mecenas de última hora que nos rescate de la hecatombe – dijo con risa nerviosa.
Cinco segundos después la puerta de su despacho fue abierta.
Patrick ni se movió de la silla. Estaba conforme con su ruina. ¿Qué le quedaba? ¿El suicidio?
El hombre era alto y delgado. Vestía un traje oscuro y llevaba unas ridículas gafas de sol de lentes redondas sobre el puente de la nariz.
– Dígame caballero. No se a qué viene, pero en fin, ya que está aquí, o bien me cuenta un chiste o me cita una esquela de la sección de necrológicas del diario. Lo mismo da, dada nuestra situación empresarial – se burló Patrick. Se colocó los pies encima de la mesa, y sin reparos le ofreció al visitante una mueca de desdén en los labios.
El hombre se mantuvo erguido, sin moverse un ápice de su sitio.
Tenía los dedos de las manos entrelazados sobre el vientre.
– Patrick. Tengo que comunicarle que sus padres están muertos.
Patrick se quedó de piedra. Se le borró la sonrisa falsa del rostro.
Bajó los pies.
Estaba al borde de la indignación.
– Maldito hijo de puta. A burlarse de su propia familia. Mis padres están perfectamente.
– Vengo también a decirle que Robert Dumars está muerto.
– ¿Qué es esto? Espera. Alguno de los empleados me está gastando una broma. Dada nuestra situación, querrá vengarse de esta manera. Pues me parece una auténtica memez. A reírse de sus muertos. Le despediré anticipadamente, ja.
Se incorporó de pie. Estaba exaltado. Estaba a punto de ir a por el hombre alto. Tenía ganas de echarlo a patadas. Finalmente apretó el interfono.
– ¿Sí, Patrick? – contestó Virginia.
– Hazme el favor de llevarte a este señor de aquí antes de que le de un buen puñetazo y le reviente sus estúpidas gafas.
El hombre de las lentes oscuras se mantuvo impertérrito, fijo en su lugar.
– La mujer de Robert Dumars también está muerta – concluyó.
Fue entonces cuando se dio la media vuelta, y antes de que acudiera la ayudante, abandonó el despacho.
– Maldito chiflado – masculló Patrick.
Virginia asomó medio cuerpo por el quicio de la puerta, preocupada.
– ¿Sucede algo malo, Pat?
Este se dejó caer en su silla.
La miró, desquiciado.
Todo estaba perdido. Su negocio, su vida.
– Será un puñetero jugador. Conoce nuestros nombres. Los ha debido sacar de Internet o de los créditos finales de los juegos.
Media hora más tarde vino lo peor.
Recibió la visita de un inspector de policía.
Su socio Robert Dumars había acudido armado al domicilio de Patrick, y al no encontrarle ahí, optó por acabar con la vida de sus padres. Acto seguido fue a su propia casa, asesinó a su mujer y terminó quitándose la vida de un tiro en la boca.
Definitivamente, todo estaba acabado.
A los pocos días, Patrick se quitó la vida arrojándose a la vía del tren.

III

El párroco estaba a punto de dirigirse al confesionario. Eran las once menos cinco de la mañana. La hora de atender los gestos de arrepentimiento de los feligreses más creyentes de la iglesia de Santa Eugenia.
En las décadas más recientes, el curso del tiempo estaba llevándose a la mayoría de los parroquianos. Eran todos mayores, y la juventud no se sentía atraída por ir a la iglesia. Así que no le era extraño encontrarse poca gente rezando de rodillas en los bancos, esperando el turno para ir a confesarse los pecados livianos que agobiaban sus conciencias.
Justo cuando iba camino del confesionario, vio a un hombre de edad indefinida. Estaba de pie, como si estuviera aguardando su llegada. Vestía un traje de luto, con unas diminutas gafas de sol que ocultaban su mirada. El padre Stephen pensaba que no tendría más de cincuenta años. Al pasar a su lado, lo saludó con una inclinación de cabeza y una media sonrisa.
Entonces…
– Padre Stéfano.
El párroco se quedó quieto. Nadie le llamaba por su nombre en italiano.
– Dígame.
– Tengo que decirle algo.
– Ahora mismo empieza el horario de confesión. En cuanto llegue su turno, puede decirme todo cuanto le aflige, hijo mío.
Quiso continuar andando hacia el confesionario, pero aquel hombre espigado y delgado alargó su brazo derecho y posó la mano sobre su hombro izquierdo, impidiéndole marchar.
– Hijo mío, tengo que iniciar el oficio de la confesión a mis feligreses.
El rostro del hombre permanecía inmutable.
Simplemente sus labios quedaron separados por unos segundos ínfimos para decir:
– Padre. Hoy usted muere.
Aflojó la presión de los dedos sobre el hombro del sacerdote.
El tiempo que este se quedó pensativo fue el necesario para que aquella persona abandonara la iglesia por una de las entradas laterales.
El padre Stephen se quedó bastante azorado. Tenía sesenta años. Su salud era buena.
Evidentemente, aquel hombre debía de estar trastornado para haberle dicho eso.
Reanudó su marcha hacia el confesionario.

El resto del día todo transcurrió con absoluta normalidad. Se confesaron siete feligreses. Ofició dos misas y por la tarde el rosario.
Fue justo al cierre del templo, las siete de la tarde, cuando vio una figura que le llamó la atención. Era un chico joven. Estaba sentado medio encogido en uno de los últimos bancos. Conforme se acercaba a él, vio que tenía muy mal aspecto. Ropa descuidada y sucia. Tendría como mucho veinte años. Los ojos vidriosos y el rostro enjuto y enfermizo. El joven le miraba con desconfianza conforme se le aproximaba al banco en el cual estaba sentado.
Al verlo de cerca, el padre Stephen supo que era un drogadicto.
– Hijo mío. Es hora de que salgas. Voy a cerrar las puertas del templo – se dirigió a él con voz suave y cariñosa.
El joven lo miró fijamente. De repente se alzó y exhibió una jeringuilla usada.
– Déme todo el dinero que le hayan dado hoy – le amenazó, usando la jeringuilla como si fuera un arma blanca.
– No puedo, hijo mío. Lo poco que se me entrega, son donativos para la Iglesia. Tienes que entenderlo – suplicó el padre Stephen.
Pero el joven dominado por la falta de dosis en su salud enfermiza perdió todo control sobre sí mismo.
Se echó encima del cuerpo del sacerdote. Empuñó la jeringuilla contra su cuello, quebrándose la aguja bajo la piel. El padre Stephen cayó al suelo de espaldas. El joven lo acompañó en su caída a causa del impulso. Rota la jeringuilla, extrajo un punzón del bolsillo de los pantalones. Desenfrenado, en el suelo le hincó varias veces la punta de la herramienta en el rostro. Alcanzó sus ojos, sus oídos, su garganta…
– No, hijo mío… Qué me haces…- imploró el padre Stéfano.
Poco a poco fue perdiendo fuerzas.
Su vista se nubló por las incisiones. El dolor lo acompañó. La sangre le fue llenado su propia garganta, atragantándole, sin que pudiera decir más.
El joven agresor persistió en su violencia, enloquecido, sin saber que el sacerdote acababa ya de morir, y por tanto, ya no era necesario continuar cebándose en su cadáver.
Cuando se hubo calmado, y sin haber rebuscado dinero alguno, abandonó la iglesia por una de las salidas laterales.

IV

Era una habitación miserable de una pensión de mala muerte. Disponía de lo mínimamente necesario para que un ser humano pudiera vivir ahí.
Una llave giró en la cerradura. El huésped tuvo que insistir tres veces hasta que por fin pudo tener acceso a su hogar.
Cerró la puerta con suavidad y colocó el pestillo del cerrojo.
Seguidamente se dirigió hacia su lecho.
Se tumbó sin quitarse la ropa que llevaba puesta, un traje oscuro.
No había encendido ninguna luz.
No le hacía falta.
Sus dedos sujetaron las gafas diminutas de lentes oscuras. Se las apartó de los ojos y las depositó encima de la mesita de noche.
Tenía los párpados pesados.
Estaba debilitado por el esfuerzo derrochado a lo largo del día.
Se llevó los puños a los ojos y se los restregó con fuerza.
Al fin pudo dejar traslucir sus emociones.
Empezó a llorar con fuerza.
Como un niño pequeño.
Él, que era alto.
Metro ochenta medía.
Él, que llevaba tantos años echados a la espalda.
Acababa de cumplir los 47.
Nunca se acostumbraría a su dolor.
Continuó frotándose los ojos.
En la oscuridad, surgieron destellos.
Como luces parpadeantes de un árbol de navidad.
Quiso apretar los dientes para no gimotear más.
Pero le fue imposible.
Y así estuvo llorando en soledad, maldiciendo una vez más su don como mensajero de la muerte de los demás.

Un vampiro contemporáneo

Acabamos de estrenar el año nuevo. Demosle la bienvenida al 2010. Dadas las fechas, he decidido publicar este relato de vampiros que discurre en pleno mes de enero. Lo escribí justo el 5 de enero del año 2009. Con el riego sanguíneo de mi cerebro adulterado por los efectos nocivos del cava, se me ocurrió la gracia de pergeñar un relato vampírico, donde se manifestase mi álter ego. Como verán, un setenta por ciento está basado en el lamentable estado mental en que me encontraba frente al ordenador. El resto es pura ficción. Por dios. Que soy muy tímido y jamás tramaría ninguna acción innoble contra la vecinita guapa del piso superior. Vecinita, que por supuesto, tan solo existe en mi imaginación, porque el que vive encima es más feo que un primate en vías de extinción.

Es de noche. Me encuentro con la mente embotada. Estamos a cinco de enero. Mientras la mayoría de la ciudadanía está en el centro de la ciudad asistiendo con los hijos al desfile de la cabalgata de reyes, yo estoy aquí sentado frente a la pantalla plana de mi ordenador, con una botella de cava al lado de mi silla giratoria. Ya me he bebido tres cuartas partes de su contenido. Estoy razonablemente ebrio. Y me enorgullezco de ello. Estoy solo. Nadie me acompaña en mi encierro virtual. El piso está frío y abandonado. No tengo la calefacción encendida. ¿Para qué la necesito, si mi organismo está igual de frío que la cámara del congelador del frigorífico? Continuó mirando a la pantalla del monitor. Estoy navegando por Internet. Buscando alguna amistad cercana en un portal de contactos en la cual estoy debidamente registrado como lord Fortuna. Da igual que sea de Pamplona. Mi alias tiene que ser anglosajón en homenaje a Bram Stoker, el autor de Drácula. Aunque bien visto, de haberme conocido hubiera tenido que cambiar el nombre del título de la novela.
Arrimé la copa de cristal de bohemia a mis finos labios incoloros y sorbí un poco más de cava. Era delicioso. Me sentía ingrávido, liviano. Se me antojó levitar un rato por mi habitación en posición horizontal. Fue maravilloso. Hasta que un aviso del antivirus instalado en mi equipo me informó de un intruso que deseaba aprovecharse de la señal inalámbrica de mi línea adsl. Mediante el wifi de su más que probable ordenador portátil estaba intentando servirse de mi línea para navegar de manera gratuita, ralentizando a la vez las megas de mi propio ordenador en su conexión a la red de redes. Agucé mis sentidos de percepción extrasensorial. No tardé en averiguar vida en el piso superior al mío. Era gracioso. A su manera, el inquilino de ese piso estaba ejerciendo de vampiro, nutriéndose de mi línea de adsl para así poder cotillear por páginas infames de Internet. Decidí salirme del ordenador y apagué el router antes de abandonar mis gélidas dependencias, encaminándome por el tramo de escaleras a la planta superior. Me situé frente a la puerta del piso donde residía el tunante que se aprovechaba de mi conexión valorada en setenta euros mensuales. Pulsé el timbre, impaciente. Quien me abrió fue una hermosa estudiante universitaria de unos veintiún años. Melena rubia castaña recogida en una cola de caballo. Alta. Esbelta. Atlética. Una delicia para la vista. Pero mi visión estaba muy borrosa por los efluvios del alcohol ingerido durante toda la tarde. La miré con descaro. Lucía unos pantalones vaqueros negros ceñidos y un top que le dejaba los hombros al descubierto.
– Hola. ¿Qué se le ofrece? – se interesó la bella joven.
“Tu precioso cuello”, pensé por unas décimas de segundos.
– Me imagino que ahora tendrás problemas para navegar por Internet- dije con cierto sarcasmo en mi voz.
– No sé a qué se refiere- dijo la chica a la defensiva.
– No soy estúpido. Sé que tienes un portátil que estaba interfiriendo en mi línea adsl inalámbrica. Soy vecino tuyo y acabo de descubrir que te servías de ella para navegar por la red sin pagar un duro. Mi equipo se resentía por tu intromisión. Ahora he apagado el router. Echemos un vistazo a tu ordenador. A ver si ahora consigue conectarse.
Mis palabras fueron alzándose sobre la muchacha como una ola sobre la cabeza suicida de un surfista australiano. Estaba pletórico. Las burbujas del espléndido cava recién ingerido me cosquilleaban el estómago aparte de la entrepierna. Ya lo tenía todo claro. La excusa de la intrusión en mi línea adsl me iba a servir para alimentarme de manera sencilla con la deliciosa sangre de esa joven humana. Es más, antes de nutrirme de ella, tenía pensado formar un sólo cuerpo con el de la joven, en una unión carnal de lo más pecaminosa. El cava me había puesto sumamente cachondo.
Entré en el piso, cerrando la puerta con suavidad. Controlé mentalmente a la estudiante universitaria como el domador que controla los movimientos del león amaestrado bajo la tiranía de su látigo. Fuimos hacia su dormitorio. Y una vez allí, la hice mía con un ardor desmedido, haciéndola de alternar los gemidos con los aullidos de dolor. Tras media hora de intensa pasión, bebí de su sangre hasta dejarla reseca y quebradiza como una momia de mil años de antigüedad.
Medio aletargado por los efectos de la bebida y de la fresca sangre recorriendo la ramificación de mis venas hasta incrementar los latidos de mi poderoso corazón inmortal, me incorporé y recogí la forma decaída de la joven, llevándomela conmigo hasta el sótano del antiguo inmueble. La caldera estaba encendida, y todo lo que tuve que hacer era depositar los restos de mi víctima en el interior del núcleo candente. Una vez concluida la operación, regresé a mi domicilio, donde aún me aguardaba una cuarta parte de cava por consumir y por restablecer la conexión del router con el ordenador. Daba por seguro que nunca más iba a volver a tener problemas con interferencias ajenas.
Solté una risa demencial.
Era un regalo del cielo ser un No Muerto.
Un Vampiro.
Y brindé por ello con la última copa de cava.

El vampiro de Astreza

El presente es también un relato de vampiros. Es muy breve, y el primero que escribí acerca de esta temática. Le tengo un cariño muy especial y por eso he decidido rescatarlo del fondo de mi blog, je je. Ya estaba cogiendo telarañas. Espero que a los lectores que aún no lo habían leído, les guste. Eso si, al final del relato, les pido un minuto de silencio para el infortunado Davide Casanni.

Estaba anocheciendo. Davide Casanni estaba observando el declinar del sol en la lejanía de la línea marcada por el horizonte apostado de pie al lado del hueco de la ventana de la torre de la mansión de la familia Tadesco Fratinni. Le quedaba una única solución. La de arrojarse al vacío. La puerta de la habitación estaba cerrada bajo llave y muy pronto iban a acudir en su búsqueda los integrantes del clan familiar. Estaban dispuestos a clavarle una estaca en el corazón, a meterle dientes de ajos en la boca y a cortarle la cabeza con una hoz.
Davide se alejó de la ventana. Tenía los brazos inmovilizados a la espalda por unos grilletes. Estaba desesperado. Se les había metido en la cabeza que él era el vampiro de la región de Astreza, una bestia infame que había asesinado ya a más de siete lugareños en las últimas tres semanas. Todo coincidía en el tiempo de su llegada a la zona. Luego estaban los colmillos que le asomaban en el maxilar superior de la dentadura. Ligeramente afilados por una ocurrencia de juventud cuando se quiso hacer de notar en la universidad de Verona. Algo que ahora mismo lamentaba haber hecho. Estaba estigmatizado como el vampiro, y no había forma de convencerles de lo contrario. Estaba indignado con la situación creada. El asesino, que no vampiro, estaría en ese mismo instante vagando libre por la región, siguiendo a su próxima víctima, y él, un simple tratante de ganado estaba condenado a ser eliminado de una forma tan cruel y sin sentido.
De nuevo atisbó a través de la ventana. La altura era de más de veinte metros. No había nada que pudiera amortiguar su caída brutal. Estaba espantado. Escuchó voces acercándose a la puerta. Eran varios. Los miembros varones de la familia con algunos de sus lacayos. Estaban sumamente exaltados. Le estaban vilipendiando con sus insultos antes de irrumpir en la estancia.
Una llave giró en la cerradura. La puerta inició su apertura.
Davide miró hacia la entrada.
Vio una hoz.
Vio la ristra de ajos.
Vio la estaca…

Su cuerpo cayó defenestrado desde lo alto de la torre, impactando contra el suelo y perdiendo todo contacto con la vida.
Desde los ventanales de la torre de piedra fueron asomando rostros en pleno alborozo. Aunque no habían sido ellos quienes habían acabado con el sanguinario vampiro, estaban felices. Ya solo quedaba bajar a por el cadáver, arrancarle la cabeza y quemar el resto de su cuerpo hasta reducirlo a cenizas.
La amenaza del vampiro había concluido.

Mientras, a varios kilómetros de distancia, en una gruta oscura y siniestra una bestia sanguinaria extraía las entrañas de su más reciente víctima. Su locura no tenía límites. Él si que era el auténtico vampiro de Astreza. Hundió el rostro en la carne humana, deleitándose con el sabor de la sangre.