Rodolfo era escritor de terror. Tenía cincuenta años y era soltero. Como había tenido un cierto éxito en la venta de sus escritos, vivía en una casa solitaria en pleno campo, alejado de todo contacto con la civilización más cercana. Su medio de comunicación con el mundo que le rodeaba era el ordenador e Internet. De ese modo publicaba sus obras y mantenía contactos con gente amante de la literatura más tenebrosa.
Una tarde de invierno, oscura y fría, estando concentrado en la redacción de un relato corto, escuchó como alguien llamaba al timbre de la puerta principal. Contrariado y receloso, pues no era habitual que recibiera visitas inoportunas, se dirigió hacia la misma. Atisbó a través de la mirilla, pero no encontró a nadie en la entrada. Extrañado, con las cortinas corridas, miró por los cristales de las ventanas de la parte frontal de la casa. Afuera todo estaba en penumbras. No se veía ningún vehículo que representara la presencia del visitante, dado lo alejado y solitario de su vivienda de la localidad más cercana. Consternado, regresó a su estudio. Situado frente al teclado, sus nervios fueron puestos a prueba al oír el timbre por segunda vez. En esta ocasión fue pulsado en más de una ocasión, casi con vehemencia, deseando que se le abriera.
Rodolfo abandonó su lugar de trabajo y se dirigió por el vestíbulo hasta la entrada. Escrutó a través de la lente de la mirilla. No había nadie.
Estaba empezando a sentirse incómodo. Tenía previsto avisar a la policía.
Entonces se acordó de la ventana de su dormitorio. Siempre tenía la hoja medio alzada antes de acostarse. Encaminó sus pasos hacia allí. A medio camino, justo antes de llegar ante la jamba de su cuarto, vio la figura. Era una silueta enorme. Con el rostro enmascarado. Vestía de oscuro y portaba un machete entre sus manos.
– Para ser escritor, tendría que haber previsto esta posibilidad – musitó Rodolfo, vendido a su suerte.
En la abertura del pasamontañas destinado a la boca quedaron perfilados los dientes sucios del asaltante. Estaba esbozando una sonrisa de pesadilla.
Era su noche.
La hora preferida.
Fue a por Rodolfo…
No, no era buena idea haber dejado aquella ventana sin cerrar del todo.
relato corto
Vegetación viva

Todo salió mal desde el principio. Ninguno de los tres habíamos practicado el rafting más que en momentos ocasionales de ocio durante las vacaciones veraniegas y siempre bajo la supervisión de un monitor. Estábamos correctamente equipados para el descenso por los rápidos de Sherring. Éramos jóvenes, osados, impetuosos y no reconocíamos el riesgo con relación a un peligro que fuera serio más allá de ciertas magulladuras corporales. El deporte extremo conllevaba ciertos hábitos peliagudos que se suponían podían superarse con cierta pericia y pizca de suerte eterna. Por algo se preveía que cada cual disponía de un ángel de la guarda.
Nuestra inconsciencia nos jugó una mala pasada.
Aquél descenso por un río embravecido por las recientes nevadas del pasado mes de febrero conjuntado con diez días posteriores espléndidos de temperatura más propia de la primavera que se avecinaba propició un escenario hermoso pero dantesco, donde a mitad de nuestro recorrido perdimos el control de nuestra embarcación y salimos despedidos de cabeza hacia el líquido espumoso del cauce del río Sherring. Así creo que se llamaba, pues estábamos de excursión en una zona remota de Eslovaquia, sin saber más palabra que nuestro propio idioma, el inglés. La corriente nos devoró sin piedad de ningún tipo. A pesar de la protección de nuestros cascos y nuestros chalecos salvavidas, Bob y Antoine fueron vapuleados por las rocas y las ramas recias que bajaban con el río. Yo mismo tuve infinidad de tropezones, siendo engullido por el fondo del río hasta que de modo improviso llegué arrastrado a la orilla más cercana. Estuve tendido un buen rato, sin fuerzas, jadeando, con algo de agua en los pulmones… Me dolía todo el cuerpo. Los árboles de la zona estaban apiñados, y a través de sus tupidos copos apenas se filtraban los rayos del sol. Perdí el conocimiento por intervalo de varios minutos y cuando me recuperé lo suficiente para primero sentarme y luego incorporarme de pie, pude apreciar que mis dos amigos estaban muertos…
Fue una imagen espantosa. Sus cadáveres no estaban en el río flotando, enganchados entre piedras y trozos de troncos flotantes. Se hallaban ensangrentados y casi desprovistos de toda ropa, colgando cabeza abajo desde sendos árboles ubicados a escasos cincuenta metros de donde yo me encontraba… La zona estaba muy sombría, pero entrecerrando los ojos se podía apreciar que los dos cuerpos estaban sujetados por los tobillos por las ramas.
Entonces percibí un sonido de hojas agitándose, no mecidas por el aire, si no por un movimiento antinatural. Estaba sucediendo este hecho en cada uno de los ejemplares cercanos a mi persona. Las ramas parecían cobrar vida propia. Brazos deformes y desiguales propios de criaturas de un mundo de pesadilla de Lovecraft. Sin saber qué hacer, me arrojé a las aguas revueltas del río y me dejé guiar curso abajo hacia donde este me quisiese llevar…
Recuperé mi conciencia cuarenta y ocho horas más tarde. Me desperté ingresado en la zona de reposo de un hospital rural de la zona. Un representante de las autoridades locales que entendía algo de inglés me comunicó la noticia que yo ya sabía de antemano. La pérdida definitiva de mis dos amigos Bob y Antoine. Oficialmente habían fallecido ahogados.
La imagen de sus cuerpos exhibidos en una postura tan denigrante, colgando de las alturas de los árboles me perseguirá toda la vida. Cuando pude abandonar el hospital, se me fue impuesta una multa por habernos internado en una zona acotada, donde no se permitía el acceso al público.
El agente me sermoneó en un inglés lamentable que era una reserva forestal protegida.
Por algún motivo,
los extraños nunca eran bienvenidos…
El escritor de la muerte
Escribo arte. Utilizo las tecnologías modernas. Mi ordenador.
Ensamblo párrafos, creando literatura. Versiones macabras, perladas de escenas sangrientas y de todas clases de pesadillas capacitadas de sembrar intranquilidad en quien se digne a leer mis creaciones…
Sentado frente a la pantalla. Los dedos tecleando con el frenesí de quien interpreta una obra de Mozart al piano. Dedicado en cuerpo y alma al dolor de la gestación. Vivo casi desaseado. Apenas salgo para comprar los alimentos necesarios para el día a día. Estoy recluido con mis personajes. Unos seres desalmados. Insensibles. Monstruosos. Deleznables.
Tecleo con música de fondo. Siempre los mismos temas. Canciones reiterativas, machaconas, propias de un DJ de discoteca. Me enardece. Consigo fuerzas desde donde casi no las tengo para seguir escribiendo dieciséis horas diarias. Reposo unas pocas horas. Las necesarias. Hasta que mi musa me despierta. Tengo las persianas medio echadas. Dispongo de un teclado donde diferencio cada letra y cada signo reflejados bajo un halo de luz emisor fosforescente. Concibo mis blasfemias entre penumbras.
Escribo arte.
Un tipo de literatura que no gozará de los parabienes del público lector.
Mi musa me susurra cosas al oído.
Me pide más sufrimiento en el destino de los personajes. Mayores calamidades que les afecten. Que incremente su dolor.
Me vuelvo con la frente sudorosa.
– ¡No puedo más! ¡Me exiges demasiado! – grito, desesperado.
Me sonríe con falsedad.
El olor a azufre se expande por la habitación.
De repente me recoge en un abrazo, tapándome el rostro con su capa.
Fue un simple segundo.
Cuando me descubrió, vi las llamas. Escuché los llantos. Me desasosegué con los gemidos.
– Si quieres retrasar tu destino, escribe. Elabora la muerte de los demás – me dijo el demonio.
Instantes después estaba desplegando con ardor creciente los pensamientos más innobles por la pantalla de mi ordenador. Escribía los nombres de las personas. Describía la manera en que moriría cada una de ellas.
Era mi misión.
Crear arte.
Juguemos a las canicas
Lucas no quería saber nada de jugar con aquel niño de aspecto tan raro.
– Nada. Que no juego con él – se negó con firmeza.
Antonio trataba de convencerle.
– Venga. Es un pringado. Le ganaremos todas las canicas.
– Yo solo te acompaño. Tú si quieres retarle, hazlo.
Antonio palpó la bolsita donde guardaba sus bolitas de vidrio. Fue decidido a hablar con el nuevo compañero de clase.
– Hola. Soy Antonio. Y este es Lucas, “el cagado”.
– Muy gracioso, San Antonio – le dijo Lucas.
El niño tenía una abundante mata de pelo color albino. Era bastante esquelético y tenía los ojos hundidos en las cuencas. Los miró con desgana.
– Yo me llamo Pascual, pero todos me conocen por “Zombie”.
– No me extraña – se rió Lucas.
– Cállate, bobo – Antonio aferró la funda de las canicas y se lo mostró al chico nuevo. – Mira, Pascual. Aquí tenemos costumbre de jugar con las canicas. El que gana, se queda con las del otro. Aunque más que nada se elige las canicas más bonitas del que pierde. ¿Te apetece jugar una partida? Te he visto antes lanzándolas a solas.
– Bueno. Pero con una condición. Se juega según mis normas y en la zona del patio donde yo diga.
– Vale.
“Zombie” les llevó a la parte más alejada, donde había una pequeña arboleda.
– Aquí – señaló.
– Muy bien. Veamos tus canicas.
Pascual rebuscó en los bolsillos de sus pantalones cortos y dejó en el suelo diez canicas opacas de color hueso.
– Qué feas – opinó Lucas.
– Son un poco especiales – explicó “Zombie”. – Bueno, Antonio, la regla es la siguiente, por cada canica que te como, te robo diez años.
Antonio se quedó perplejo.
– Tú estás loco. Cómo me vas a quitar diez años de golpe.
– ¿Hace o no hace? – le urgió “Zombie”.
– De acuerdo. En este caso te voy a ganar todas las que tienes.
– Ostras, tío. Esto me da mala espina – le advirtió Lucas. – No me gusta cómo te mira este tío.
– Anda, déjame jugar en paz. Le voy a dar una paliza…
“Zombie” se sentó con las piernas cruzadas, situando sus canicas.
– Te dejo que empieces – le dijo a Antonio.
Antonio tragó saliva para concentrarse e inició la primera tirada.
La maestra Teresa Gómez acudió al patio avisada por el bedel. Uno de los niños de sexto curso estaba teniendo un ataque de nervios. Cuando llegó a mitad de patio, Lucas estaba llorando y gritando como un desesperado. Lo asió por los hombros para tranquilizarlo un poco.
– ¿Qué ocurre, Lucas? Dios mío, estás aterrorizado.
– Es Antonio. “Zombie” ha hecho trampas y le ha ganado todas las canicas.
– ¿”Zombie”? ¿De quién hablas, Lucas?
– Del niño nuevo que ha empezado hoy las clases con nosotros.
Teresa estaba extrañada con la contestación de Lucas.
– ¿Dónde está Antonio, Lucas?
– Allí. Donde los árboles.
El niño temblaba mala cosa, y la maestra le pidió al bedel que se hiciera cargo momentáneo del chiquillo. La mujer encaminó sus pasos hacia la arboleda.
Cuando llegó, no vio a ningún niño.
Ni al tal “Zombie”, ni a Antonio.
Lo que vio fue el cadáver de un anciano, con la camiseta y los pantalones cortos de Antonio puestos encima. Tenía una edad tan avanzada, que debía de superar el centenar de años…
Fuerza letal (Dios bendiga América)
Bueno. Este es un relato antiguo, al que le antepongo una entrada explicativa. FUERZA LETAL ha sido publicado, aparte de en mi blog, en varias webs de relatos. En todas ha recibido buenas críticas, y han comprendido que es la visión que debe de tener un asesino en masa para llevar hacia adelante su macabra gesta. Es un relato crudo y bastante duro, no apto para estómagos sensibles. En una web de cuentos de terror, para mí sorpresa, muchos lectores se pensaron que eran las ideas del autor del relato. Y se me insultó gravemente sin que lograran distinguir que simplemente es un relato de ficción. Evidentemente repudio las tropelías de estos engendros que matan por matar. Repito, simplemente es un relato, donde intento ponerme en el preludio de la mente asesina instantes antes de incurrir en su acto de violencia indiscriminada.
Todo me da absolutamente igual.
No sufro pena, ni siento dolor.
Lo que le sucede al resto de la humanidad me importa un bledo.
Si hay hambre en el mundo, es porque se lo merece.
El ser humano es vil y mezquino.
Ojala desaparezca de la faz de la tierra.
Que vuelvan a dominar los enormes reptiles del pasado.
El egoísmo, la prepotencia, ver todo ello reflejado en los seres que me rodean me repugna.
Siempre pienso de la misma manera. Ese desgraciado del traje italiano y su BMW, aprovecha tu puto desenfreno a tope. Dentro de setenta años habrás criado algo más que malvas y seguro que tus aires de grandeza no te servirán de nada bajo tres metros de tierra del mismo cementerio donde a tu lado estará enterrado un gilipollas que las pasó canutas con un divorcio a cuestas y tres hijos a que pasar la pensión de su mísero salario de mil dólares mientras su ex se la estaba pegando con un repartidor de leche a domicilio.
Enciendo y apago la televisión mil veces en una hora.
Me fumo cinco cigarrillos de tabaco rubio en media hora.
Atisbo a través del cristal de una de las ventanas.
Cierro los dedos de la mano derecha con fuerza, formando un puño cerrado y me pongo a golpear la pared con un odio irreprimible hacia mi existencia.
Dios, cuánto hubiera dado por no haber nacido.
Menuda equivocación la de mis padres al haberse conocido en un baile de fin de curso de la universidad.
Me doy una ducha fría.
Estoy furioso. Me dan ganas de coger el bate de béisbol que guardo en la despensa, bajar corriendo de dos en dos los escalones de la escalera hasta salir a la calle y ponerme a reventar los parabrisas delanteros de los coches estacionados en frente del edificio donde vivo.
Me quedaría quieto, esperando a la reacción de los dueños. A ver si salía uno encabronado y me pegaba un tiro.
Dios, me restriego la panza con la esponja reseca hasta ponerla roja por el roce sin jabón ni nada.
Me seco y me visto de nuevo.
Doy vueltas arriba y abajo del pasillo.
Cuánto detesto vivir en este mundo.
Cuando estoy así, pienso en el recurso del suicidio, pero lo encuentro muy estúpido.
Tengo que abandonar este puto planeta haciendo algo grande.
Que se me recordara para siempre.
Busco debajo de mi cama y saco una caja de cierre hermético. Pulso un botón y se abre la tapa.
Dentro tengo mi beretta modificada.
Suelo alejarme en mi coche hasta las afueras de la ciudad y me pongo a disparar a los árboles, a las ramas, las hojas…
Ven Harry El Sucio. Te voy a meter veinte balas por el culo.
Me estoy excitando.
Puede que sea el día.
Si tengo agallas, hoy será el día que pueda despedirme del resto de la estúpida América de los cojones.
Fuerza letal.
Dos palabras.
Si consigo que se pronuncien por alguien que yo me sé, habré solucionado el dislate de haber formado parte de seis mil millones de patéticos ejemplares.
Me pongo una defensa abdominal de hockey hielo y por encima un grueso jersey negro de lana. Así parezco que llevo un chaleco kevlar debajo de la ropa. Pantalones negros de muchos bolsillos, mis botas de monte y un pasamontañas.
Me miro reflejado en el espejo.
De puta madre.
Es mi día.
El definitivo.
Me enfundo la pistola en el cinturón y abandono mi piso.
Un vecino se queda de piedra al ver mi aspecto.
Le pego un tiro en la frente y sin parar a cerciorarme si la ha palmado, termino de bajar por el tramo de escalones hasta llegar a la calle. Me introduzco en mi coche y me largo de allí.
Mi corazón palpita desenfrenado por la emoción del momento.
Tengo un subidón de adrenalina impresionante.
Pongo la radio a tope. Escojo una canción de rock duro.
Estoy con ganas de armarla.
Y tengo decidido dónde.
Un centro comercial.
El más cercano.
Será fácil.
Está muy poco vigilado. Como mucho un par de vigilantes desarmados.
Me haré notar.
De tal manera que esto provocará las dos palabras que tanto ansiaba fuesen pronunciadas por las fuerzas de asalto.
Fuerza letal.
Joder, cuánto me asqueaba toda la gente…
Voy a disfrutar cuando todo se vaya al carajo.
Detengo el coche de mala manera en el parking. Me bajo de él y me encamino a buen ritmo hacia la entrada. Todos se me quedan mirando por mi atuendo. Y pronto surgen gritos, chillidos. Empiezo a vaciar el cargador… Dispongo de diez más…
Esto es un placer.
Estoy en la gloria.
Todo es un caos.
Acierto y fallo.
Hay muertos, heridos y el resto sale en desbandada por las puertas automáticas.
No merezco haber nacido.
Lo tengo claro.
Hoy es mi día.
El último.
La Fuerza Letal me espera.
Incidente en el hipermercado
Incidente en el hipermercado
(Entrevistas del reportero a diversos testigos
de cara al telediario de las tres de la tarde)
LA AMIGA
– Usted conocía a la cajera.
– Si. Era amiga mía aparte de ser compañera de trabajo.
(gimoteo)
(sorbido de mocos)
– ¿Cómo se llamaba la chica?
– Helena del Valle, con h de hospital. Dios mío. Si solo tenía 21 años recién cumplidos el pasado mes de octubre.
– ¿Se encontraba bien? ¿No se le notaba rara últimamente?
– No…
Se corta la entrevista. La muchacha no puede continuar hablando a la cámara.
(Escena eliminada en la fase de postproducción del reportaje)
UN CLIENTE ASIDUO DEL CENTRO COMERCIAL
– Según tengo entendido, usted estaba guardando cola en la fila de la cajera.
– Así es. Me encontraba justo detrás de la señora oronda del pelo oxigenado.
– De modo que pudo verlo todo con claridad meridiana.
– Aja.
– Por favor, haga el favor de narrarnos lo que sucedió en la caja número veinticinco del Hipermercado “El Oso Bailón” a las diez y media de esta mañana.
– Verá. Yo estaba colocando unas coliflores en la zona de espera del mostrador mientras la señora situada delante de mí terminaba de pagar lo suyo. Creo que fue al tenderle la tarjeta de crédito a la cajera. Esta chica tenía muy mala pinta desde un principio. No hacía más que sudar, nos miraba de una forma un poco rara, se rascaba el brazo derecho donde llevaba puesto un gran vendaje y juraba en arameo contra todo el mundo.
– Usted afirma que lucía un tipo de vendaje muy llamativo en uno de los brazos.
– Si. En el derecho. Era un montón de vendas enrolladas de mala manera desde el codo a la muñeca. Estaban sucias de sangre fresca y olía a perro muerto. Ni que tuviera gangrena.
– Sigamos con lo que pasó con la cliente que le precedía a usted en la fila.
– Nada. Que la cajera en vez de agarrar la tarjeta de crédito le sujetó la mano y se puso a comerse los dedos de la pobre infeliz.
– Esa debió de ser una escena tremenda.
– Si. No crea lo mal que lo pasé en ese rato. Yo creía en principio que la chavala simplemente quería amputárselos, pero no fue así. Se los fue arrancando uno a uno y se los fue masticando a dos carrillos antes de tragárselos de golpe con huesos incluidos. No vea cómo se le dilató la garganta. Daba asco.
– ¿Qué pasó después de la agresión de la cajera a la cliente?
– Oh. La mujer gorda se desmayó delante de mí y casi me tira al suelo. Y la cajera abandonó su puesto detrás de la caja registradora para echar a andar a grandes zancadas por la galería comercial. Se puso a berrear como una chalada y espantó a toda la gente que andaba cerca de aquella zona del híper. Empezó a perseguir al señor de las gafas oscuras que vendía cupones de los ciegos y después debió de intervenir con éxito el equipo de seguridad del centro. Ya no vi más. La gente se colocó delante de donde yo estaba, y por más que estirara el cuello y me pusiera de puntillas no pude ver ya lo que pasaba.
– Entendido. Muchas gracias por su relato de los hechos.
(Entrevista válida)
EL VIGILANTE QUE RESULTÓ ILESO
(El vigilante muestra en principio una actitud desconfiada)
– Espero que oculten los rasgos de mi rostro. Y procure no enfocar bien los emblemas de la empresa y el número de placa. Mientras estoy de servicio no se me pueden sacar imágenes.
– No se preocupe. El cámara forzará un desenfoque con la lente. Su silueta saldrá borrosa.
– Entonces adelante con lo que usted quiera.
– Vale.
(Se comienza a grabar)
– Estamos con el único vigilante de seguridad del Hipermercado “El Oso Bailón” que no sufrió heridas de consideración durante el incidente de esta mañana con una cajera del centro.
– A Dios gracias.
(Se mira las manos)
(Suspira de alivio)
– Cuéntenos por favor la intervención que tuvieron que hacer hasta la llegada de la primera dotación de la Policía Nacional.
– Primero tengo que precisar que un compañero se ha quedado sin su preciado apéndice nasal y parte del labio superior, y al otro le faltan los dos ojos.
– Ya.
– Esa jodida (censurado) estaba mucho más que chiflada. No había forma humana de poder contenerla. Cuando llegamos a la zona alertados por el jefe de seguridad nos la encontramos sentada a horcajadas encima del pecho del vendedor de los cupones para los ciegos. En ese momento le acababa de arrancar la lengua con unos alicates sacados de no se sabía dónde.
– Increíble.
– Encima la puta (censurado) tía disfrutaba con lo que hacía. Se tragó la lengua como quien se zampa un espárrago triguero de un sólo bocado.
– Si es tan amable de describirnos el momento en que ustedes tres redujeron a la cajera problemática.
– ¿Reducirla dice? ¿No le he contado ya que la hija de su madre agredió a mis dos compañeros nada más verlos?
– ¿Y cómo es que usted fue el único del equipo en resultar ileso del todo?
– Joder. Me largué de allí cagando leches. Pero esto último bórrelo de la grabación. Si se enteran los inspectores de Seguridad Privada me quitan la placa y voy al puto paro.
– Pero ya me explicará entonces quién fue la persona que se encargó de detener los impulsos agresivos de la chica.
– Oh. Creo que fue un dependiente de la sección de bazar que empleó una motosierra.
(Algunas escenas de la entrevista serán cortadas por el realizador)
EL NOVIO DE LA CAJERA
– Buenas. Tenemos entendido que usted era el novio de la cajera.
(El chaval está conmovido)
(Con la moral por los suelos)
(Tarda un rato en contestar)
– Si.
– Me imagino que nunca esperaría este tipo de comportamiento en Helena.
– Jamás. Aunque en los últimos días sí que estaba un poco cambiada.
– ¿Se está refiriendo a que algo pasaba con Helena?
– Si. Y todo por la culpa de sus tres estúpidas amigas del híper. Se les antojó la semana pasada celebrar una sesión de ouija en casa de Helena. Desde aquella sesión se le notaba distinta.
– ¿En qué forma se le notaba diferente?
– Empezó a farfullar en lenguas desconocidas para ambos. Yo sé algo de inglés pero ella sólo hablaba el castellano. Luego me enteré por parte de un cura que algunas de las cosas que ella decía eran en latín.
“Otro día que estábamos de paseo se puso a charlar con un tío desconocido de Somalia o de Nigeria. Era de esa parte de África y estaba vendiendo discos piratas de Shakira en la avenida principal donde toda esa gente hace la venta top manta. Helena se le debió insinuar sin más en su propio idioma porque tuve que sacudirle al tipo un buen rodillazo en los huevos cuando empezó a toquetearle las tetas.
“Luego hace cosas de dos días le empezó a picar el brazo derecho. No paraba de arrascárselo con las uñas hasta ponerlo en carne viva. Por eso llevaba el vendaje. Ayer por la noche le vi la herida y tenía muy mala pinta. Ya le dije que no acudiera hoy al trabajo. Que fuera al médico a pedir la baja. Porque además empezaba a oler a carne podrida. Pero no me hizo ningún caso. Gruñó y se cenó un filete de buey poco hecho antes de irse a la cama.
– Retomemos la sesión de ouija.
– Dichoso jueguecito. El otro día tiré la tabla y la patata a la basura.
– ¿La patata?
– Si. Es que en vez de utilizar un vaso para contactar con los espíritus usaron una patata de la Granja de San Basilio.
(Entrevista válida)
EL VALEROSO DEPENDIENTE
– Con nosotros está el héroe del día. Sin cuya intervención, el caos creado por la cajera Helena del Valle pudiera haber desembocado en un lunes negro.
– Bueno. Mi compañera parecía estar dispuesta a hacer una buena escabechina.
(Es un chaval de 18 años)
(Se le nota orgulloso de su hazaña)
(Portaba la motosierra entre las manos)
(Con los dientes de sierra enrojecidos de sangre)
(De la sangre de Helena del Valle)
– ¿Usted cree que la cajera estaba enloquecida por algún tipo de droga?
– No. Yo soy amigo de Raquel, una de sus amigas. Me dijo que tuvieron una sesión de ouija y que la cosa salió no del todo bien. Se debieron llevar un susto con una entidad que contactaron.
– ¿Qué clase de entidad?
– Una cosa que dijo llamarse Freddy Muerte. Se ve que se sintió ofendido porque las chicas estaban utilizando una patata para comunicarse con él y les dijo que iba a poseer a una de ellas para que no volvieran a intentarlo en la próxima sesión con un tubérculo.
– Mejor que abandonemos el tema. Ahora cuéntanos la manera en que abordó a Helena del Valle.
– Bueno. Me enteré del tema por otra de sus amigas. Como le dije, se ve que estaba poseída por el tipejo que aborrecía la utilización de las patatas en las sesiones de la ouija. Supe lo de la cliente y lo del vendedor de la lotería para ciegos. Así que me hice con una motosierra que estaba en la exposición de jardinería del pasillo central. Cuando llegué a la galería comercial vi a uno de los vigilantes perdiendo el culo mientras los otros dos estaban retorciéndose de dolor en el suelo. También vi a Helena, que estaba loca de atar.
“Se me quedó mirando un par de segundos.
“Los suficientes para poner en marcha la motosierra y arrancarle la cabeza de cuajo.
(Enciende la motosierra)
(Enseña los dientes en una sonrisa de euforia plena)
(Entrevista válida)
EPÍLOGO FINAL DEL REPORTAJE EMITIDO EN EL TELEDIARIO DE LAS TRES
– Con la situación ya finalmente controlada y con el Hipermercado “El Oso Bailón” abierto de nuevo al público, se despide Ulises González para Antena Nueve.
“Y recuerden una cosa.
“Si deciden celebrar una sesión de ouija, nunca se les ocurra utilizar una patata.

