El soldado del mal

¡Harry! ¡Ven aquí! ¡Es una orden!
– Acudo gruñendo a lo bestia, jefe.
Pues alégrate. Acaba de llamarme el Presidente del Gobierno. Nos felicita por haber dejado hecho una pena a Hello Kitty!
– Vaya. Sinceramente no me lo esperaba.
El Presidente está feliz porque el incidente, de destacado relieve nacional e internacional, le viene de perlas para así disimular algo la crisis del país.
– hum… Mejor que me nombrara vicepresidente cuarto.
¿Para introducir mejoras que nos saquen de este aprieto?
– No. Para así vivir del cuento…

Estaba sólo. Nadie podría interferir en su destino alejado de todo rito natural y lógico entre los mortales más racionales.
Encerrado en su apartamento por espacio de semana y media.
Sin apenas alimentarse
(aunque no le hacía falta)
Abandonado de todo aseo
(no tenía sentido purificarse)
Sin comunicarse con sus familiares y conjunto de conocidos
(ya no los necesitaba)
Manteniéndose apartado de las noticias diarias acontecidas en su ciudad, en su región, en su país, en su continente, en el resto del mundo…
(todo aquello era terrenal, superficial y de escasa relevancia para su mente plagada de múltiples pensamientos perversos)
Escuchaba voces interiores.
Percibía visiones abyectas.
Las dimensiones del cuarto en donde se hallaba recluido se distorsionaban en cualquier momento del día.
Todo en si era una letanía de odio, dolor, rabia, sufrimiento, y si, a veces se conseguía el éxtasis…
Hasta que llegó su hora.
La de servir a su señor.


Era un martes. Las ocho y media de la mañana. La ciudad estaba pletórica de vida. Personas ejerciendo sus quehaceres laborales. Jóvenes prestos en acudir a sus lugares de estudios. Las fuerzas públicas llevando el control y la seguridad en las principales calles. Nada hacía suponer que podía hacerse añicos la rutina diaria en una de sus avenidas más céntricas. Esta estaba concurrida de tráfico y de transeúntes caminando por las aceras y atravesando los pasos de cebra. En un principio, nadie se fijó en aquel extraño joven, vestido con ropa andrajosa y con evidente muestras de escasa higiene personal. En una ciudad de semejante tamaño, era del todo natural que hubiera gente extravagante pululando por ahí, siendo rechazada y evitada como una piedra situada en el camino de una comunidad de hormigas.
Ni siquiera cuando alzó su rostro al cielo y prorrumpió en gritos, la gente más cercana le dedicó la más mínima atención.
Hasta que mostró dos enormes cuchillos de cocina. Su mirada estaba del todo extraviada.
– ¡Somos muchos! – vociferó. – ¡Muchos en uno! ¡Y unidos, creamos la destrucción!
– ¡Cuidado! ¡Está loco! – se escuchó a un hombre vestido de ejecutivo.
Lo vieron avanzar en tumbos entre el gentío. Las personas se apartaban a su paso, verdaderamente preocupadas de que aquel individuo pudiera hacer algún tipo de agresión física con los cuchillos.
Pero este hizo caso omiso de quienes le rodeaban. Anduvo hasta el bordillo de la acera, observando por segundos ensimismado el tráfico que circulaba a gran velocidad y sin interrupción por ese tramo de avenida.
– ¡Yo soy uno de innumerables soldados! ¡Vengo a cumplir con la misión que se me ha encomendado!!
Enardecido por el tono demencial de su propia voz, y ante el horror de los presentes, llevó un cuchillo ante su ojo derecho y se lo clavó en el globo ocular hasta reventarlo.
– ¡Dios mío! – gritó una mujer, cerca de desmayarse nada más verlo.
El joven no experimentó dolor ninguno
(pues ellos también controlaban su sistema nervioso)
Con frenesí, volvió a autolesionarse, hincándose el segundo cuchillo en el otro ojo, y sin inmutarse, dio varios pasos al frente…
Los numerosos testigos no podían dar crédito a lo que estaban viendo. Aquel demente se situó en medio del tráfico, con los brazos alzados y hablando en voz alta en medio de los bocinazos de los vehículos que trataban de eludir atropellarlo.
– ¡Soy un soldado del mal! – chilló, desgañitándose.
Estaba ciego.
Pero intuía el autobús urbano que se precipitaba hacia su presencia. Estaba repleto de viajeros. El rostro del conductor reflejaba su impotencia. Quiso realizar una maniobra brusca para no darle de lleno, y en su giro, invadió dos carriles contrarios, donde un enorme camión de mudanzas venía en la dirección opuesta. El choque fue tremendo, y aquel soldado del mal apreció el éxito de su misión al escuchar los lamentos y los lloros de las personas agonizando antes de que los dos vehículos estallaran en llamas, consumiéndolos sin que se pudiera hacer nada por rescatarlos del amasijo de hierros.
Seguidamente de este hecho, un coche no pudo evitar llevárselo a él mismo por delante, cercenando su propia vida.
Aunque en verdad que hacía muchos días que ya no dominaba su cuerpo.
Y todo desde que su mente fuese infestada por un nido de víboras, cuyas lenguas siseaban sin cesar dentro de sí mismo, hasta poseerlo al completo, convirtiéndole en una punta de lanza del ejército de los caídos…


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Y la tierra le pertenecía…

¡Bogus Bogus! Estamos en plena madrugada, y aún estoy aguardando la cena. Se me está agriando el humor con la demora.
– Demonios. La culpa la tiene su sobrino Gurmesindo. En un descuido, ha cogido el Ñu relleno de lombrices y se lo ha regalado al vendedor de enciclopedias que estaba dándole la tabarra en el salón a la abuela de Dominique.
Bueno, después de todo ha sido una buena acción la de mi sobrino.
– El problema es que tendrá que esperar usted seis horas más hasta que la abuela esté tierna… Es lo que tenía más a mano para la sustitución del mencionado Ñu.
Sin comentarios. No me queda otra alternativa que centrarme en la revisión de mi nuevo relato.

La tierra le pertenecía. Una vez perdida toda la vitalidad, su ingreso en ella le supuso un renacimiento. Un útero firme y compacto. Una cuna donde regocijarse con la eternidad, contemplando la naturalidad impetuosa del día y la imperturbable soledad de la noche desde su pensamiento alejado de todo razonamiento lógico.
Su imparcialidad murió con su vida.
Su odio se acentuó hasta límites inabarcables desde un punto de vista del todo comprensible para cualquier miembro de la raza humana.
Ansiaba instaurar un régimen de terror que pudiera sacar de sus casillas a sus antiguos semejantes.
A partir de ahora, trataría de incrementar su propio legado maldito, dejando a todos los herederos del mismo desamparado y absorto en una vorágine de locura sangrienta que haría rebosar los albañales hasta desbordar los desagües de las alcantarillas de una calle cualquiera.


Claudia salió muy tempranamente como todas las mañanas en su labor de repartidora de prensa matutina. Pedaleaba con ganas en su bicicleta de montaña que le fue regalada en las pasadas navidades por sus abuelos maternos. La fricción con el aire hacía que sus largos cabellos castaños rubios se agitasen sobre sus hombros conforme avanzaba zarandeando de lado a lado la bicicleta, lanzando los periódicos en las entradas de las casas particulares del vecindario del pueblo.
Quedaban dos suscriptores a quien entregar la prensa, cuyas casas estaban algo distanciadas del resto por una pequeña arboleda atravesada por un sendero sin asfaltar, cuando una ráfaga de viento golpeó su rostro infantil. En un instante recibió con desagrado por las fosas nasales de su naricita achatada un olor sumamente desagradable.
Le recordaba a la sensación que recibía cuando visitaba la residencia de ancianos donde estaba ingresada su abuela Magie.

(el olor de la vejez, de la pérdida del control de los esfínteres, de la necesidad de su padre de tener que llamar al celador para que avisara a una de las enfermeras para el cambio del pañal)

Instintivamente, Claudia frenó en seco, apoyando el pie derecho en el suelo de tierra del camino.
Su pelo enmarañado reposó sobre su espalda.
El viento declinó su fuerza hasta detenerse del todo.
El hedor que le llegó al instante se tornó inaguantable. No tardó en sentirse mareada, con verdaderas ganas de vomitar el desayuno que se había preparado personalmente esa misma mañana antes de partir con su tarea del reparto de la prensa.
Un sonido singular la alertó.

(la tierra crujiendo)

Claudia se fijó angustiada en las grietas que se iban formando en el suelo bajo sus pies.
Cuando quiso darse de cuenta, la tierra firme y compacta se relajó, quedando desmenuzada, hasta transformarse en una zanja profunda, que fue requiriendo que la parte superior se deslizase hacía el fondo de la misma. La niña quiso huir pedaleando, pero en escasos segundos fue absorbida por la profundidad del hoyo, bicicleta incluida, siendo inmediatamente cubierta por una densa capa de tierra, que no tardó en volverse compacta, haciendo retornar el aspecto normal a ese tramo del sendero ubicado entre los árboles.

La rabia que le invadía fue correspondida por la posesión del cuerpo de la infausta muchacha. Con deleite fue absorbiendo sus fluidos vitales, diluidos por las enzimas de su complejo sistema digestivo.
No sentía ningún tipo de remordimiento por su corta edad.
En realidad le era indiferente.
Él ya no era humano.
Y la tierra donde antaño fue enterrado, era ahora su posesión más preciada.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

La llamada inadecuada

A estas alturas de la vida moderna, quién ya no está harto de recibir a todas horas las molestas llamaditas comerciales de las compañías telefónicas. Este relato va dedicado a cada una de ellas y a sus pesados teleoperadores/as, je je.

El teléfono sonaba todos los días. Nunca contestaba. Hasta aquella tarde…
(¡Ring! – ¡Ring!)
Descuelga.
Percibe al otro lado del hilo telefónico una musiquilla ridícula y repetitiva. Seguidamente se escuchan diversas voces propias de varias personas atendiendo a una serie de clientes al unísono. Es entonces cuando una voz femenina se pone en contacto con él.
– Hola. Muy buenas tardes.
Silencio.
– ¿Es usted el señor Lionel Rednack Perkins?
Un jadeo profundo como única contestación.
– ¿Perdone? ¿Está usted ahí? ¿Estoy hablando con el señor Lionel Rednack Perkins?
Carraspea para tragarse la propia flema que invade su garganta.
Llegado el caso, contesta con voz cavernosa.
– ¿Qué quiere?
– Me imagino que usted es el señor Lionel.
– ¿Para qué quiere saberlo?
– Si usted no es el señor Lionel Rednack Perkins, me interesaría que me lo dijera o si está en la casa, fuera usted tan amable de solicitarle que se pusiese un momento al teléfono.
Sorbido de mocos.
– El señor Lionel no está disponible en este instante.
– ¿Y cuándo podría hablar con él?
– Dígame el motivo de su llamada.
– Soy Verónica Campbell, del área comercial de la compañía telefónica One Line. Es para hacerle una pequeña encuesta sobre su conexión a internet.
Silencio momentáneo.
– ¿Sigue usted ahí, señor?
La voz.
De una niña muy pequeña.

Mami. ¿Por qué ya no eres tan puta? Con lo bien que te lo pasabas con los hombres sucios cuando no estaba papá. ¿Por qué lo hacías?
– ¿Cómo?
Incredulidad reflejada en el tono de la mujer.
La voz de niña se tornó en la de un hombre iracundo.
¡Cerdaaaa! ¡Ramera! Yo matándome con el camión en la carretera, y tú tirándote a todo el vecindario sin que yo lo supiera. Amanda no es mi hija. Lo engendraste de alguno de los chulos que te tiraste. ¡Guarra! Tuviste suerte que decidiera pegarme un tiro en la cabeza. Otro se hubiera llevado a ti y a la niña por delante antes de suicidarse…
– No. No puede ser. Jonathan…
Todo era verdad. La voz cambiante le estaba echando en cara su vida licenciosa. Su marido se quitó la vida. Y Amanda terminó hundida emocionalmente, recluida en un reformatorio desde los catorce años, para años después morir por una sobredosis de heroína.
– ¿Quién eres? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo lo haces? ¡Dímelo! ¡Por amor de Dios, dímelo, maldito!
Ella estaba fuera de sí. Su voz fue solapada por la de sus compañeros en la centralita del departamento comercial de la compañía telefónica One Line, visiblemente preocupados por su súbito ataque de histeria.
Entonces…
Silencio.
La voz no dijo nada más.
Colgó el teléfono.
Y conforme regresaba a su habitación helada y oscura, pensó dentro de su mente ocupada por las voces del mal:
“Estás muerta, Verónica. Acabada como persona viva. Esta misma tarde. Yo lo ordeno. Es mi principal deseo. Así ya no me molestarás más con tus llamadas.”
En los días sucesivos, el teléfono permaneció mudo…


http://www.google.com/buzz/api/button.js

El hombre adinerado y el empleado codicioso

Bueno, tras unos días de asueto cerebral, donde se me practicó una lobotomía en la clínica del célebre doctor Morbius Menta, me siento de nuevo con ganas de retomar las riendas de mi rinconcito del espanto literario, ofreciendo a mis gentiles visitantes el siguiente relato. Y a pesar del título del mismo, les aseguro que no es una fábula de Esopo…
¡JA JA JAAAAA…!

Aquel hombre era un personaje no muy conocido, pero poseedor de una cierta fortuna que guardaba en la caja fuerte de su vivienda. Su propio hogar estaba aislado, una casa señorial perdida entre los lotes de árboles que componían la foresta de la zona, en el norte del estado de Massachusetts.
Igualmente, su nuevo ayudante, quien se ocuparía del mantenimiento del lugar, así como de las labores de jardinería, era una persona anónima con grandes ambiciones monetarias. Antes de contestar al anuncio donde se solicitaba el puesto de trabajo, había estado siguiendo la vida y milagros del hombre afortunado en varios cientos de miles de dólares. De hecho, no tardó en encargarse de su anterior ayudante…, quedando así la plaza vacante.
Una vez obtenido el visto bueno por parte del hombre de cierta alta calidad de vida, estuvo trabajando durante casi un mes, controlando sus pasos por la casa, hasta cerciorarse que efectivamente, aquel acaparador acumulaba su dinero en una parte secreta, sin recurrir al depósito del efectivo en un banco cualquiera.
Confirmado el hecho del excesivo dinero disponible al alcance de sus manos, una tarde decidió entrar en acción.
Trajo en su furgoneta una caja de metro y medio cuadrado, de cristal blindado. Dentro estaba la sorpresa para su jefe.
Cuando este recobró la conciencia tras media hora después de haber sido golpeado por la porra eléctrica que había empuñado su empleado en su contra, se halló desnudo, introducido dentro de aquella caja ubicada en el sótano de su propia casa.
Acompañado estaba por cientos de pulgas que no tardaron en comérselo casi vivo.
En cuanto vio al traidor poniéndose de cuclillas a la altura de su rostro enrojecido, respondió aporreando el cristal de manera estéril, pues era irrompible.
– ¡Sáqueme de aquí! ¡Me están devorando! ¡El picor es insoportable!
– No lo dudo. Son pulgas de perros. Un hermano mío trabaja en la perrera municipal, sabe.
Aquellos infernales insectos eran una auténtica molestia para el hombre adinerado, con toda su anatomía expuesta a las picaduras. En pocos minutos, la saliva de las incontables pulgas le produjeron erupciones en la piel, con ciertas zonas del cuerpo ya visiblemente inflamadas, acentuándose por el efecto de sus propias uñas al rascarse.
– ¡La sensación de los picores me está matando! ¡Es usted un miserable sádico!
– Esto tiene un punto final cuando me diga dónde guarda el dinero.
– ¿Es eso lo que quiere saber, bastardo?
– Nada más y nada menos. Sé que no ingresa más que cantidades ínfimas en la cuenta del banco. Para los gastos y poco más. La parte más importante la mantiene oculta en alguna zona secreta de la casa.
Su jefe se removía dentro de su jaula acristalada, incapaz de permanecer quieto. Las pulgas eran insaciables, haciéndole ya casi enloquecer por la tortura de sus continuas picaduras.
– Lo guardo todo en la caja fuerte, maldito infame.
– ¿Dónde está ubicada?
– En mi despacho. Debajo del escritorio. Se desliza la mesa hacia la izquierda, y queda a la vista. ¡Ya es suficiente! ¡Estos picores del demonio!
– La combinación. Me falta eso para satisfacer mi propia codicia, ja ja.
El hombre se la dio sin detenerse en el roce de su piel con las uñas, tratando en vano de aliviar la desazón del picor que le embargaba desde las cejas a los dedos de los pies.
Su empleado abandonó el sótano, dejándolo en compañía de las pulgas…, sin intención de liberarle, pues en cuanto obtuviera el dinero, se marcharía con viento fresco.
Se dirigió al despacho. Con premura y cierto nerviosismo por estar tan cerca de hacerse medianamente rico, deslizó la mesa, quedando la puerta de la caja fuerte a la vista, con el cuerpo del compartimento de seguridad empotrado en el mismo suelo. Agachado, utilizó la combinación dada por su circunstancial jefe. La puerta cedió, y cuando ya estaba esbozando una amplia sonrisa de oreja a oreja, dispuesto a apropiarse de la cantidad respetable de billetes acumulados en el interior de la caja fuerte, de los aspersores antiincendios dispuestos en el techo de la estancia surgió una lluvia fina y continua que le fue empapando en segundos, con la diferencia que el liquido era ácido en vez de agua, tardando nada en disolverle primero el tejido de la ropa para luego carcomerle la piel hasta alcanzar la plena dureza de los huesos … De haberlo sabido, antes de haber abierto la caja, hubiera pulsado un botón oculto bajo la mesa del escritorio que desactivaba la puesta en marcha del funcionamiento de la mortal trampa.
El ayudante del hombre acaudalado murió en menos de un minuto en medio de un sufrimiento terrible y agonizante, hasta de él no quedar más que un montón de restos visibles y repulsivos de masa sanguinolenta esparcidos por el suelo, cercanos a la caja fuerte abierta.
A la vez que el hombre rico tardó día y medio en hacerlo por las infecciones de las infinitas picaduras de las pulgas que terminaron hinchando su cuerpo hasta hacerle casi quedar encajado, estrujado dentro de la diminuta jaula de cristal.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Bee Marshall Jones, jugador de baloncesto

Bueno, mi estimado lacayo, Harry. Como te has comportado bien, sin haberme recordado que te haga un incremento de sueldo en los dos últimos días, aquí tienes una entrada para un partido de baloncesto regional. Nuestro equipo de “Los Zombies Lisiados” reciben a los “Brujos MegaOrondos”.
– Es usted muy dado a la generosidad. Un poco más, y pone en peligro el presupuesto del presente año para el mantenimiento del castillo.
De nada, muchacho. Y acuérdate de llevar el guante gigante de gomaespuma de Gurmesindo. Tienes que implicarte en la animación hacia el equipo de nuestros amores.
– A su sobrino no me acerco ni dentro de un tanque con triple nivel de blindaje.
Exagerado que eres…
Ah, y por cierto, ya que mencionamos el baloncesto, el siguiente relato trata de este noble deporte, visto desde otra perspectiva, más de acorde a nuestro rincón del espanto.

1.

Bee Marshall Jones era el clásico jugador de baloncesto universitario americano, con grandes facultades físicas y técnicas. Afroamericano de 1,95 m de altura, organizador del equipo desde el puesto de base, tenía 21 años. Cursaba los pocos meses que le quedaban por graduarse en la Universidad de Perrish Town. El Campus era de cierto buen nivel, para tratarse de una ciudad media, pero en deportes, y concretamente en la sección de baloncesto masculino, jamás pasaban de la fase previa universitaria. Contra equipos de la región se defendían, pero a la hora de medirse los cuartos frente a los pesos pesados del estado de Nueva York, tenían todas las de perder, y encima por muchos puntos de diferencia, pese a la agresividad de su defensa y el empeño que ponían cada uno de los componentes del mismo. Quien más destacaba sobre el resto era Bee Marshall Jones. Tenía unas largas piernas, un equilibrio central extraordinario, un salto decente, un dribbling llamativo y una velocidad perfecta en el contraataque. Sus máximas carencias era su floja defensa (para ejercer de base, apenas robaba balones al rival), no abundaba en el reparto de asistencias, su tiro de cerca era satisfactorio, pero más allá de la línea de tres puntos perdía mucha efectividad y su excesivo ego personal lastraba muchas veces al conjunto, obligando a su entrenador a cambiarle con relativa frecuencia cuando no tenía uno de sus días más inspirados.
Bee Marshall siempre soñaba con cotas mayores. Que algún ojeador de la NBA anduviera siguiendo a Perrish Town en la fase regional regular para pasar detalles cara a una futura prueba con novatos y jugadores veteranos en el declinar de su carrera en las ligas de verano, pues era realista en la imposibilidad de siquiera figurar en los puestos más bajos del draft de la NBA.
Para su desilusión, la temporada universitaria tocó a su fin con la eliminación en la primera eliminatoria estatal, y con ello, toda previsión de ser examinado por algún cazatalentos, no de la NBA, ni de la Liga Comercial, sino ni siquiera de ligas europeas de peso como la ACB española o la Lega italiana.
Finalizada la temporada de baloncesto de manera tan prematura, le quedaban un par de meses para la graduación. Sus notas no eran todo lo destacadas que deberían ser para procurarle una alternativa profesional distinta a la carrera deportiva. También influía su vida familiar completamente desestructurada, con un padre temperamental y dado a la bebida, irritado por su trabajo de vigilante nocturno y desencantado por la mediocre vida de baloncestista de su hijo, mientras su madre se sentía más realizada con la futura carrera periodística de su única hermana mayor, Ambrosia.
El muchacho llevaba un tiempo moderando su frustración uniéndose a grupos de amigos poco recomendables, cuyo modo de diversión significaba simplemente beber, drogarse y salir con chicas de cascos muy ligeros.
Bee Marshall se fue convirtiendo en un joven muy conflictivo, rayando en la delincuencia. Cada vez se veía más agresivo.
Hasta aquella tarde noche que dos de sus colegas le dieron un revólver y se dispusieron a robar en una tienda nocturna.
Era un Seven Eleven. El atraco fue un puro desastre desde el mismo momento en que atravesaron las puertas automáticas del establecimiento. Sus dos amigos estaban hasta arriba de droga, y él fuera de sí por la mezcla de cocaína con el ron consumido en la esquina de la licorería Delios.
El caso fue que el dependiente, un maldito blanco racista veinteañero, con gafas de listillo y pelo pajizo se negó a darles la cantidad de dinero disponible en el cajetín de la caja registradora. El estallido de dos detonaciones, la nube de pólvora consiguiente surgiendo del cañón del revólver sostenido por Bee Marshall y el posterior cadáver reposando detrás del mostrador marcó el destino del baloncestista universitario.
Cinco segundos dan para cambiarle a uno la vida. Antes de apretar el gatillo, era un hombre libre y con derechos; después de hacerlo y de apagar una vida como quien apaga una vela de cumpleaños de un único soplido, su futuro estaba ya marcado para siempre, con antecedentes penales, un montón de años detrás de las rejas de una cárcel de máxima seguridad y con nulas perspectivas de reinserción social cuando saliera siendo una persona ya mayor y sumido en la desmoralización, tratando de buscar un trabajo de perfil bajo para sobrevivir a duras penas.
Después de esos cinco segundos, breves y fugaces, apreció igualmente la traición de sus presuntos compañeros de fechorías. Lo dejaron abandonado en su consternación, solo dentro de la tienda, mortificado por la presencia del cuerpo inerte del dependiente del Seven Eleven.
La mezcla del alcohol ingerido con el consumo de la droga, el punto álgido alcanzado por el exceso de adrenalina, más el estupor, la mente embotada, la vista nublada y una extraña sensación de estúpido sopor (¿cómo le podía estar entrando el sueño en ese instante, cuando acababa de cepillarse a un tío por la vía rápida?), le fue venciendo.
Sus músculos de toda su anatomía se fueron relajando poco a poco, propiciando que el arma abandonara sus dedos de la mano derecha y cayera pesadamente contra el linóleo medio levantado del suelo de la tienda.
“Marshall”
Alguien le llamaba. Quiso averiguar la procedencia de aquella llamada desconocida, pero las brumas le rodeaban, y cuando quiso dar un paso al frente, perdió el equilibrio, rindiéndose al extraño cansancio que le fue sumiendo en un letargo de duración indeterminada…

2.

“Marshall”
Era una voz imponente.
“Despierta”
Bee Marshall Jones fue separando poco a poco los párpados, hasta lograr enfocar la vista. Se encontró a si mismo tumbado de costado sobre un suelo polvoriento.
“Álzate como Lázaro, quieres”
El tono estaba siendo ya amenazante. Se parecía ligeramente al que empleaba su padre cuando discutía con él antes de irse a la cama. Pero la voz de su padre estaba tomada por el peso del alcohol. La presente era limpia y diáfana. Como si fuera un instructor implacable de un campo de adiestramiento del ejército americano.
Bee Marshall se apoyó sobre las palmas de las manos, apreciando el polvillo. Era gris oscuro y muy liviano. No tardó en darse de cuenta que era ceniza.
(la ceniza de miles de muertos)
– Joder. ¿Qué es esto? – gruñó, sobresaltado.
Se incorporó de pie de un respingo. Extrañamente, se notó completamente sobrio y sin los efectos secundarios de la droga suministrada por sus dos maravillosos y cobardes amigos.
Así no le fue difícil comprobar que se encontraba frente a una canasta de baloncesto. El aro carecía de red. Y bajo el mismo, en perpendicular al tablero, había un balón. La superficie de la cancha era ceniza (de muertos), y correspondía a un único lado. No había segunda canasta. Como si fuera un solar de una calle. Pero en derredor del terreno deportivo no había ninguna estructura edificada. Sólo le circunvalaba la más negra oscuridad, siendo el único lugar iluminado, la propia cancha. Bee Marshall quiso identificar al menos los soportes de los focos, pero no encontró soportes ni focos. La iluminación pendía de un techo invisible e infinito, con el núcleo ardiente y crepitante como si en realidad fuesen antorchas de un tamaño destacable.
“Marshall”
El joven trató de localizar la procedencia de la voz, pero parecía llegar de todas partes.
– ¿Quién me llama?
“Mejor que no lo sepas de momento”
– Joder. Déjate de malos rollos. Quiero salir de este condenado recinto deportivo.
“Acuérdate de algo, muchacho”
– ¿De qué quieres que me acuerde?
“Del mocoso que acabas de matar con dos tiros a bocajarro”
“No venía a cuento hacerlo, pero lo hiciste”

Bee Marshall Jones estuvo a punto de lloriquear. Aquello era peor que una pesadilla. Era la locura de un tío hecho una mierda por culpa de la maldita droga. Y lo más deprimente es que quien parecía llevar la camisa de fuerza, era él. Pero no la llevaba, ni estaba dentro de una celda acolchada, si no de pie frente a una canasta roñosa y de estructura destartalada.
– No-no-no. Déjalo estar ya, tío. Seas quien seas, indícame la salida de este sitio.
“Veo que aún no asumes la situación en la cual te hayas”
– ¿De qué situación me hablas?
“Pobrecito Marshall. Eres un pésimo jugador de baloncesto. Y un estúpido delincuente. Matas a un desgraciado sin venir a cuento, y ni siquiera robáis finalmente el local. Mira que eres inútil. Razón tiene tu padre en casi repudiarte. Aunque sin duda lo hará cuando se te condene a treinta o cuarenta años sin derecho a la libertad condicional.”
Bee Marshall giró varias veces sobre sí mismo. Cada frase de aquella voz atronadora procedía de un rincón diferente. Y siempre desde la negrura de la nada.
– ¡Cállate, miserable cobarde! ¡Muéstrate, si tienes cojones!
“Bueno, Marshall. Ya vale de perder el tiempo. Te dejaré verme un momento”
Desde debajo de la canasta surgió una figura monumental y temible de tres metros de altura, de una brutal envergadura, inmerso en llamas flamígeras que contorneaban irregularmente su silueta. Las cavidades de sus ojos estaban vacías, sumidas en sangre, y de sus deformes mandíbulas colgaban babas de sangre coagulada.
“Mírame, Marshall. Soy tú ídolo de toda la vida. Soy Legión”
Bee Marshall observó aquella maléfica presencia con rostro de incredulidad.
La criatura infernal avanzó en grandes zancadas, y sin darle tiempo a retroceder, sujetó al joven con sendas garras alrededor del cuello. Le hizo de mantener la mirada contra el vacío insondable de sus cuencas. Aquellas garras quemaban la piel de su garganta.
“Cumplirás una premisa, antes de abandonar este lugar. Y eso si es que eres capaz de hacerlo.”
La bestia relajó la presión ejercida sobre el cuello de Bee Marshall.
“Coge ese balón. Tienes que machacar el aro tres veces. Si lo haces, eludirás este lugar para siempre. Si en cambio, fallas, estarás entrenando tiros libres conmigo el resto de tu existencia.”
– ¡NOO! – gritó Bee Marshall, aterrado por hallarse frente a frente ante el mismo demonio, y por el dolor de las quemaduras del cuello.
Al terminar de gritar, la presencia de la entidad maléfica había desaparecido, al menos físicamente, pues su voz no iba a cesar de estar presente.
“Venga, valiente jugador de baloncesto. ¿Qué son tres machaques para un deportista de tu nivel?”
– Serás cabrón – murmuró Bee Marshall, enrabietado.
Fue en pos del balón.
En cuanto lo vio, la inquietud retornó a su ser. Era un balón de kilo y medio de peso, embardunado de alquitrán caliente. De hecho, los vapores emanaban de su superficie.
La duda enfureció a Legión.
“Coge la jodida pelota, si no quieres que te abra en canal, y luego haga lo propio con tu padre borracho y la mamarracha de tu madre. A tu hermana me la reservo para más tarde…”
Bee Marshall estaba decidido a darle en las narices. No le quedaba otra alternativa.
Se dobló para agarrar el balón.
Quemaba en sus manos mala cosa, y lo tuvo que dejar caer repentinamente.
“¡Qué debilucho eres! Te agradezco que hayas matado a ese incompetente dependiente, porque así conseguiré no sólo tú alma, si no las de toda tu familia”
– Cabrón – musitó Bee Marshall.
Mordiéndose el labio inferior para tratar de contener el dolor de las quemaduras, recogió el balón y lo más rápido que pudo, buscó el aro sin botarlo. Lo importante era bajarla para abajo, y lo hizo con suficiencia.
“¡Bien, Marshall! Dos más como ese, y considérate libre”
Bee Marshall se miró las manos. Estaban las palmas casi despellejadas. La piel se había adherido a la superficie alquitranada del balón. Instintivamente sopló con fuerza para reducir el dolor de las terribles quemaduras.
Buscó el balón y con evidentes muestras de queja, recorrió dos metros de distancia antes de enfilar el aro e introducirlo con cierta contundencia, haciendo zarandearse el tablero de lado a lado durante un par de segundos.
“¡Guaaa, Marshall! Me sorprendes. Te consideraba un perdedor. No un tío con suerte. Aunque ya se sabe, la buena racha termina por romperse.”
Las manos de Marshall ya eran un puro amasijo de carne sanguinolenta. Las yemas estaban descarnadas, sin las uñas y la punta del hueso de las falanges a la vista. Con desesperación se dispuso a sujetar el balón para ejecutar el último mate…
“¡Punto final, Marshall! Hasta tanto no llega mi benevolencia”
El balón abrasaba más que nunca, y se le cayó al suelo con la compañía de sus dos manos.
Marshall aulló fuera de sí, conforme se desangraba por las muñecas…

3.

La vida suele dar muchas vueltas. La de Bee Marshall Jones fue iniciar una carrera delictiva corta y nada fructífera. En el instante que se disponía a apuntar al dependiente, este extrajo desde detrás del mostrador una escopeta recortada, y sin miramientos, disparó a la zona de su estómago. Los compañeros de Bee Marshall lo dejaron a su suerte, mientras el dependiente llamaba a la policía.
Cuando la patrulla llegó diez minutos más tarde, Bee Marshall Jones había fallecido, víctima de sus errores…
Cuando los cometía como jugador de baloncesto, se podían corregir en la siguiente jugada.
En la vida real, eso era más complicado.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

El hermano

Días melancólicos, relatos de tal guisa…

La bruma densa y húmeda se arremolinaba entre las lápidas verticales, cubriendo las que estaban entre la alta hierba descuidada del cementerio del pueblo.
En una de estas el sonido repetitivo sesgado de las paladas sacando tierra de una tumba en concreto y acumulándola en las cercanías llevaba produciéndose en la última media hora. Su esfuerzo era ímprobo pero necesario. Cuando dio con la tapa del ataúd, se detuvo, aliviado. Pasó la manga sucia de la camisa por la frente, enjugándose el sudor que perlaba la misma. Su respiración era acelerada por la impaciencia. Dejó la pala y buscó con la linterna el mazo y el punzón depositados cerca de la cruz de mármol negro de la tumba. Estuvo muy impreciso en la separación de la tapa, tardando cinco minutos en abrir el ataúd. Cuando lo hizo, arrojó las herramientas y rebuscó en el interior enfocando el cadáver embalsamado con el haz de la linterna. El funeral y su posterior entierro tuvieron lugar ese mismo día al mediodía, por tanto, el finado estaba bastante fresco y bien conservado mediante la eficiente labor profesional de los empleados de la funeraria.
Estuvo contemplando el rostro relajado y sereno del hombre de temprana edad. Lucía su traje de las grandes ocasiones.
Una lágrima surgió de la comisura del ojo izquierdo.
Respiró hondo y pausado. Tenía que relajarse.

Investigó la mano derecha del hombre fallecido, encontrando la alianza de oro. Con sumo cuidado, intentó extraerlo, pero el dedo estaba entumecido e hinchado. Ya lo tenía previsto, así que buscó en el maletín el escalpelo de cirujano y procedió con la incisión, lo suficientemente profunda, como para conseguir separar la falange y de esta manera, obtener el anillo…
En cuanto estuvo en sus manos, recogió los instrumentos utilizados en la profanación de la tumba y se marchó sin preocuparse en dejar la tumba violada y con la figura del difunto al descubierto.

Laura estaba desvelada. Los últimos días habían sido muy duros para ella. La pérdida inesperada de su joven marido mientras participaba en una carrera de campo a través era el mayor de los mazazos para su único año de unión. Verlo llegar tambaleando a la meta, cayendo sobre las rodillas, con el rostro congestionado, víctima de una muerte súbita, sin que las asistencias médicas pudieran conseguir reanimarlo con el desfibrilador, constituían los fotogramas de una especie de cortometraje infernal, que ella hubiera deseado nunca haber contemplado.
Anthony tenía 24 años. Toda una vida por delante. Al igual que ella, estaba en los inicios de su carrera profesional tras haberse licenciado en la universidad. El destino, sin haber consultado con Laura, la había dejado de lado, con 23 años. Una soberana injusticia. Si pudiera, Laura le metería una bala entre ceja y ceja a quien regía el futuro de los mortales.
En estos días de desasosiego, se había sentido protegida por sus familiares y amistades. Si no hubiera sido por su compañía en los momentos difíciles de los trámites y los ritos fúnebres, su espíritu habría desfallecido por la impotencia y el dolor.
Ahora a Laura le quedaba el terrible trance del duelo.
Las fotos de Anthony. El olor corporal de Anthony en las ropas que conservaba en los armarios. Su aún reciente cercanía en cada rincón de la casa compartida entre ambos en los últimos meses…
Por eso estaba desvelada. Y aún a pesar de las pastillas, era conocedora que tardaría en dormir en las semanas venideras. Porque siempre que cerraba los párpados, ahí veía a Anthony sonriéndole antes del inicio de la carrera que iba a costarle la vida.
Laura se sentía incómoda en su lecho. Miró la hora que marcaba el despertador.
Las 3:30 A.M.
Vencida por el insomnio, se incorporó, se puso una bata de seda color crema, se calzó las zapatillas y abandonó el dormitorio, dirigiéndose a la cocina. Cuál fue su sobresalto al verla iluminada. En cuanto alcanzó la jamba de la puerta, vio a la persona que más deseaba ver.
– ¡Anthony! ¡Eres tú! ¡No es posible!
Sentado frente al mostrador que delimitaba el comedor con la cocina propiamente dicho, estaba la figura gallarda de su joven esposo. Estaba vestido con un traje elegante, de los que solía usar cuando acudía al trabajo.
– Hola, Laura. Esa bata tan entallada te sienta estupendamente bien – le dijo su marido.
Laura le miraba embelesada. Las dos pastillas que había tomado para los nervios y facilitar su sueño no había causado el efecto necesario, pero aún así tenía la cabeza algo pesada. Como si estuviera flotando entre nubes, viviendo una ensoñación. Pero aquello era real. Anthony vivía. Estaba con ella, acompañándola en la cocina. Y estaba tan radiante. Tan natural.
– Ven aquí. Tengo que abrazarte y darte un merecido beso – le dijo Anthony, poniéndose erguido cuan alto era.
Laura no lo dudó ni un instante. Se acercó deprisa y se dejó rodear por los hombros por las manos cálidas de su esposo. Los labios se buscaron y se besaron con pasión. Estuvieron así un rato, hasta que se separaron. Ella lo cogió de la mano derecha, donde brillaba el oro de la alianza.
– Vayamos a la cama. Quiero permanecer contigo toda la noche.
– Lo que tú digas, Laura. Esta noche soy tu prisionero.
Conforme lo decía, su deseo era mayor por formar parte de la vida de la viuda de su hermano gemelo…
Eran dos gotas. Dos briznas de la misma hierba. Dos monedas recién acuñadas.
De eso se serviría.
Pues un dolor profundo era tan fácil de confundir…


http://www.google.com/buzz/api/button.js

La balada del asesino inútil

Cuando a veces una tarea no está bien rematada, sucede algo parecido a lo que viene a continuación…

– Déme un refresco – susurré con debilidad.
– Usted no está para beber nada. Se muere, sabe. Confórmese con eso – me contestó con inmensa frialdad el hombre de la guerrera verde oscura.
Yo ya lo veía todo borroso. Sin matices que me aclararan su ubicación.
– No… No me moriré – le dije en un hilo de voz casi inaudible para mí mismo.
Noté sus pisadas al lado de mi cuerpo caído.
– ¿Cómo dice, amigo? No le entiendo nada.
“Hable más alto. Esfuércese, anda.
No podía ya ni alzar la cabeza. Todo mi cuerpo reposaba en horizontal sobre el frío suelo del desierto de Sonora. Notaba la superficie granulosa debajo de la tela desgarrada de mi camisa de seda negra. La humedad de mi propia sangre la dejaba empapada. Al menos no había charco. La arena se encargaba de absorber el líquido que emanaba de mis duras heridas infligidas por la katana japonesa.
Era noche cerrada y a aquel idiota no se le ocurrió otra cosa que querer matarme con la típica arma de samurai.
Escupí grumos de sangre sobre mi lado derecho. Se me cerraban los párpados.
– Bueno. Está claro que lo suyo es ya historia. Esta madrugada alimentará a los putos coyotes – se mofó ese asesino de pacotilla.
Se me oscureció la vista y con ello la vida que yo conocía quedó apagada para siempre.

No se cuánto tiempo habría pasado desde que fallecí a manos del sicario del tipo al que le debía una cantidad respetable de dinero. Aún era de noche. Casi no se veía nada. Por no haber, no había ni luna llena y el firmamento estaba abarcado por infinidad de nubes. Al menos no soplaba el aire nocturno del desierto. Aunque la verdad, si yo ya era un cadáver ambulante, no debía de preocuparme por las bajas temperaturas del momento. Sólo me indignaban los desgarrones de mi vestimenta. Era de las caras, y ese inútil se había cebado en ella con nula precisión. Claro, si a un cerdo le atraviesas varias veces sin ton ni son con un cuchillo, acabará desangrándose en la matanza.
Lo lógico hubiera sido que con aquella arma tan mortífera me hubiera matado de una simple tajada, rebanándome el cuello. Mejor. De haberlo hecho, yo no sería ahora una especie de muerto viviente. En un futuro terminaría oliendo a descomposición dentro de mi cuerpo corrupto, pero dado mi reciente fallecimiento continuaba tan fresco que una verdura expuesta en el puesto del tendero de un supermercado. Caminaba muy fluido, con paso normal, hasta con alguna que otra apreciable zancada. Mi instinto me llevó al abandono del desierto al dar con la carretera estatal. No muy lejos de ella debía de estar el área de descanso donde el asesino a sueldo me invitó a un último trago antes de reclamar mi presencia en un área abandonado de Sonora…
Con suerte, dada la estulticia del tío, esperaba verle de nuevo en el mismo sitio. Tenía unas ganas enormes de devolverle el favor con una caña mejicana a mi costa.

Estaba algo más lejos de lo que recordaba. Claro, recorrer el trayecto en coche con las manos maniatadas y con el tipejo conduciendo como un loco, a la vez que observaba la katana ubicada sobre el asiento del copiloto te daba la sensación de que el tiempo volaba. Ahora estaba desandando el recorrido a pie, y aunque ya no perdía más sangre porque ya la hube perdido toda y mis heridas no me dolían, esa cantidad de kilómetros había que patearlos como si fuera un vulgar recluta en su primer día de entrenamiento en uno de los campamentos militares del tío Sam.
La realidad es que el sol empezó a despuntar cuando alcancé el tugurio de un tal Tío Celestino, que ese era el nombre que rezaba en el cartel que daba nombre al local. El Ford Focus negro metalizado estaba aparcado en la zona de estacionamiento. Era el segundo vehículo. El otro seguramente que pertenecía al dueño del sitio.
Allí estaba el tonto del culo. Bebiéndose unas rondas en mi memoria.
Cuando me acerqué a la ventanilla de su vehículo, comprobé que la tenía bajada por el lado del acompañante. Sobre el asiento estaba la katana. El seguro estaba levantado. Abrí la puerta y me hice con el poderoso brazo ejecutor del samurai Kito. Sonreí de buenas. Hasta solté una carcajada seca. Aquel puñetero asesino era más chapucero de lo que me había imaginado.

– ¡Jesús, María y José! Un muerto que anda. Estamos perdidos – gritó asustado perdido el dueño de la taberna del Tio Celestino.
– Oye. Que he bebido mucho más que tú en toda la noche. Así que no me vengas con chorradas – le reprochó el asesino a sueldo sin girarse sobre el taburete sobre el cual estaba sentado en una postura algo decadente por el exceso ya de Triple Equis.
– No más dese usted la vuelta, cabrón. La madre que te chingó, menuda espada que lleva entre las manos.
– ¿Espada dices? No jodas.
Cuando se volvió, el filo de la katana hizo que su cabeza descansara a medio metro de su tronco sobre el mostrador de la barra del bar.
– Tengo un buen estilo – rezongué asombrado.
El dueño del local me miraba paralizado.
Pasé la lengua por la hoja para saborear la sangre.
Sabía a gloria.
– No me haga nada, por favor. No más me marcho – suplicó el barman.
Le miré sonriente.
– Amigo. ¿Acaso has visto que un testigo en este trance pueda quedar libre para luego testificar ante las autoridades locales?
– Yo no le conozco a usted de nada. De nada. Además ese borracho está bien de esa manera. Lo más seguro es que no hubiera podido pagarme todas las rondas que se ha bebido.
– Ya… Bueno. El caso es que yo soy un tío especial.
– Usted está muerto, la puta. Por eso déjeme marchar.
Contemplé la cabeza exhibida en la barra del bar. Quedaba la mar de decorativo. Miré al chicano. Transpiraba demasiado para mi gusto.
– Sabe qué, compadre.
– Que me deja ir con viento fresco, puto gringo. Yo me marcho y tú luego te pudres con este otro…
Empuñé con orgullo la katana.
– Me temo que no va a ser posible. Le he sacado gusto al tema este de cortar cabezas.
“Y yo me pudriré, pero seguiré marchando como buen zombie. Pero a ti, al faltarte la cabeza, lo más que más harás será servir de alimento a las cucarachas…
Segundos después le di a la cabeza como quien golpeaba con fuerza una pelota de béisbol con la confianza de lograr un homerun.

Más tarde seguí mi caminata por el desierto de Sonora…
A lo mejor había suerte y me encontraba con alguna que otra víctima de otro asesino incompetente que pudiera acompañarme en mi nuevo estado. Además, el sol adelantaría mi putrefacción. Así no desentonaría como muerto viviente.
Una vez que uno asume un rol, tiene que procurar ser lo más convincente posible.
Si no, se es un completo inútil.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

La propuesta

Iniciamos una semana nueva desde Escritos con un relato ligeramente perturbador. El protagonista es un amigo del colegio de mi sobrino Gurmesindo, quien por cierto está aquí al lado. ¡Niño! ¡Ven! Que deseo que hagas la introducción del nuevo texto pergeñado por quien estornuda y tose cuando se acatarra.
– ¡Oye, viejo! ¡Préstame tu mechero! ¡Y tabaco de liar! Que llevo una hora sin fumar, y ya tengo el mono.
Será posible, Gurmesindo. ¿Acaso en este fin de semana pasada tus padres no te han dado una suculenta asignación semanal?
– ¿Dices que cincuenta céntimos dan para mucho? ¡Qué te den! Y a tu cuento, también. Que narre el relato el loro disecado de Dominique.
¡BLAAAAAM!
Vaya portazo. Y qué modales. Sus padres lo están malcríando.
No me queda más remedio que aclararme la voz con zumo de papaya si acaso deseo dar a conocer el relato…

Anatoly nunca se lo mencionaba a sus padres. Ni a sus propios amigos. Era un hecho que le intrigaba de la manera más profunda. Ocurría entre las dos y las tres de la madrugada. No todas las noches. Ni siquiera cada semana. Por ello siempre ponía el despertador de su teléfono móvil a las dos menos diez, abandonaba la comodidad del sueño y el abrigo que le proporcionaba la manta de su cama para aproximarse a la ventana de su dormitorio y tiraba de la correa de la persiana, alzándola lo suficiente como para poder atisbar el exterior de la calle sin que fuera descubierto desde fuera. En infinidad de ocasiones no sucedía nada. La calle completamente nevada por la temporada invernal rusa mostraba un estado desolador de soledad ahí mismo como en las cercanías del lugar.
En cambio, cuando debía suceder, las pisadas dejadas por el errante nocturno conducían hasta el contenedor ubicado frente al edificio vetusto de siete plantas donde vivía Anatoly.
Aquel hombre surgía de la nada, escondido en el anonimato de sus ropajes invernales, caminando siempre dificultosamente sobre la nieve, acarreando un saco pesado sobre el hombro derecho. Se percibía el hálito de su respiración por los dieciséis grados bajo cero. Al acercarse al contenedor de la basura, depositaba el saco sobre el suelo, alzaba la tapa y recogiendo la carga de nuevo, con esfuerzo ímprobo lo lanzaba al interior, bajando la tapa y marchándose lentamente del lugar.
Anatoly estaba fascinado por la aparición errática del callejero nocturno. En lo que llevaba de mes y medio controlando sus andanzas, había surgido más de diez veces desde la nada, siempre en la misma franja horaria entre las dos y las tres de la madrugada.
Y en cada visita, el mismo tipo de carga era depositado en la basura…

El frío era extremo. Sus extremidades inferiores luchaban fatigosamente por realizar el recorrido que culminaría ante el contenedor de la basura. El contenido del saco pesaba un quintal, y tenía el hombro casi muerto por el peso del mismo. A pesar de la costumbre y del hábito, los nervios nunca le abandonaban. Hasta que no se deshiciera del saco, no se iba a sentir del todo tranquilo.
Dobló la esquina, enfilando la calle que le interesaba. Había cientos de contenedores de basura, pero aquel le transmitía buenas sensaciones. También era cierto que quedaba lejos de donde vivía. Así nunca se le podría relacionar con lo que hubiera en las entrañas de los sacos que eran depositados cuando le llegaba el ansia de gritar, de pegar, de acuchillar, de matar…
Tardó en fijarse en la presencia de un niño. Estaba abrigado como él hasta las mismas cejas, y parecía aguardar su llegada, pues estaba al lado del contenedor.
No supo qué hacer. Siempre había eludido la presencia de testigos. Tendría que marcharse y buscar otro contenedor. Aunque bien pensado, que aquel mocoso estuviera ahí a las tres de la mañana era tan inusual como su propio hábito de recorrer kilómetro y medio con los sacos al hombro en pleno invierno.
Se quedó un rato inmóvil, sin decidirse por si seguir adelante, arrojando el saco a la basura y luego marcharse, obviando la cercanía del niño, o dar un rodeo hacia la calle más cercana.
Entonces el niño se movió. Con cierto desasosiego, el hombre del saco inició el cambio de trayecto, pero no tardó en tenerlo enfrente.
Tendría once años. Doce a lo sumo.
Fue una escena extraña y tensa. Se estuvieron mirando fijamente a los ojos, sin decirse nada.
Finalmente el crío tomó la iniciativa.
– Se lo que llevas en el saco que cargas.
A pesar de lo minucioso que él era, al permanecer el contenido tanto tiempo quieto en el mismo sitio, una zona del saco más oscurecida y donde la tela estaba húmeda, rezumó un líquido rojizo que se asentó sobre la nieve.
Gotas escarlatas de sangre.
El hombre llevaba una espesa barba de varios días. Sobre la frente las marcas de unos arañazos recientes. Aquella noche había sido más costoso recrearse en su pasatiempo favorito.
Observó al niño, sin poder ocultar en parte su perplejidad.
– Veo que debes de estar al corriente de lo que porto – le dijo.
– Más o menos.
– Entonces no te importará si antes tiro esto a la basura, y luego continuamos hablando.
– No. Eso sí, ni se te ocurra jugármela. Vivo en ese edificio de ahí. Desde hace un mes y pico he estado vigilando la calle a esta hora para ver si venías con tu saco. Y siempre que lo has hecho, te he grabado con la webcam del ordenador.
– Chico listo. Y americanizado. Has debido de ver muchas películas yanquis – el hombre sonrió forzado por las circunstancias.– Ahora, con tu permiso.
– Vale, vale.
Se acercó al contenedor, y con cierta dificultad, consiguió lanzar el saco, introduciéndolo en su interior. Bajó la tapa y miró al chico de soslayo.
– ¿Y ahora qué, pequeño?
Anatoly señaló con el dedo hacia la planta donde estaba el piso donde vivía.
– Mi madre también sabe todas las cosas asquerosas que me hace mi padre. Por ello necesito que vengas conmigo. Tendrás a cambio una botella de vodka, mi silencio y te ayudaré en lo que pueda con la carga de los dos sacos…


http://www.google.com/buzz/api/button.js

El luto de toda una ciudad

Aquí está la sala repleta de lectores expectantes ante el próximo relato. Mientras Harry y Dominique van repartiendo las fotocopias del mismo para cada asistente, salgo al jardín trasero para acariciar los hocicos de mis adorables mascotas…
Enseguida vuelvo. No se extrañen que me haya puesto la armadura de un noble caballero medieval. Es que los animalitos son un poco impulsivos en la demostración de su cariño hacia un servidor…


Kid Number One era el súper héroe de Ciudad Brillante. El lustre del nombre de la localidad no quitaba para que aun así existiera una tasa de delincuencia lo suficientemente llamativa como para sobrepasar en ocasiones la pericia de la policía local. Era en estas situaciones cuando surgía la figura anónima de Kid Number One. Vistiendo un llamativo disfraz consistente en chaleco antibalas negro de kevlar, mallas a juego con protección en las rodillas y las espinilleras, amén de una máscara de nylon azul marino con los contornos del rostro de un niño, aunque los ojos, la nariz y los dientes que surgían tras los orificios faciales intuían la presencia de una persona completamente adulta resguardada detrás del anonimato de la figura reseñada. Kid Number One no se vanagloriaba de poseer súper poderes que inmovilizaban al más ruin de los infractores de la ley con un simple chasquido de dedos. Disponía de una estupenda preparación física, con conocimiento de ciertas artes marciales y de defensa personal, y se servía de un simple taser de impulsos eléctricos, un bote de gas pimienta y unas simples esposas para la detención del criminal de turno. Por tanto, aun conociendo la ciudadanía y las fuerzas públicas del origen sencillo y natural de su súper héroe, Ciudad Brillante estaba completamente orgullosa de estar bajo el amparo de su peculiar protección.
Diez años llevaban recibiendo su ayuda desinteresada, incrementándose la seguridad en la ciudad, hasta poco a poco, convertir todos sus problemas en un sencillo crucigrama de fácil resolución final.
Fue entonces cuando llegó la extraña figura del Adiestrador de Jaurías.
Su presencia se hizo de notar en las madrugadas, como debía ser en todo villano, aunque por desgracia, este no iba a ser de opereta. Los primeros en padecer sus tropelías fueron los propios miembros de la policía. Una patrulla nocturna se fijó en la silueta de un hombre de dos metros de estatura, de cierta corpulencia, ataviado con un impermeable verde oscuro, pantalones de camuflaje a juego y sus botas de monte. Iba apoyado en un enorme y basto bastón de madera tallado por sus propias manos. Pero lo que más intrigó a los agentes es que los perros callejeros iban tras sus pasos. Sin bajarse del vehículo, llamaron su atención por el micrófono del altavoz.
El extraño los miró fijamente…
Desde el interior del parabrisas, los dos policías comprobaron consternados que aquel hombre no disponía de ningún rasgo que sobresaliera sobre la faz de su rostro. Disponía de los orificios nasales, pero no de nariz, de los oídos, pero carecía de orejas, su dentadura se mostraba amarillenta en toda su plenitud, sin necesidad de esbozar sonrisa alguna por la falta de la carnosidad de los labios… Y sus ojos, unos enormes ojos saltones se removían locamente en las cuencas.

Con un ademán ordenó a quince perros rabiosos y enloquecidos a abalanzarse sobre las puertas del coche patrulla. Los agentes quisieron abandonar la escena, pero el Adiestrador ya estaba situado enfrente del morro del vehículo, y con la base del palo se fue ensañando con el vidrio del parabrisas, hasta cuartearlo y hacerlo trizas, facilitando el acceso de los animales al interior. Los ladridos y gruñidos de los perros silenciaron la muerte dolorosa y cruel de ambos policías…
Aquella noche, el Adiestrador de Jaurías asesinó a otros dos agentes de policías más.
No se tardó nada en ordenar un dispositivo de seguridad en las siguientes horas. El comisario Leonard Fax esperó anhelante a que Kid Number One se enterara de ambos sucesos luctuosos en la prensa matinal, y a través de las emisoras de radio y televisión locales.

“Precisamos de toda colaboración posible para esclarecer esta atroz matanza de agentes defensores de la ley de nuestra noble ciudad.” – urgió el comisario en la culminación de la rueda de prensa.

Tuvieron conocimiento del autor de las muertes de los cuatro agentes por las mini cámaras de vídeo instaladas en ambos vehículos policiales. Y lo que vieron, les heló la sangre en las mismas venas. Aquel individuo había actuado como un ser desprovisto de todo aprecio hacia la vida humana. Cuando se le veía destrozando los cristales delanteros de los coches, su terrible rostro deforme irradiaba un odio infinito hacia las personas que estaba dispuesto a asesinar.

Pero lo que más les aterró fue la obediencia fiel de los espeluznantes perros callejeros de Ciudad Brillante. Aquella persona ejercía tal influencia demoníaca sobre los canes, que la única manera de intentar contrarrestarla era con la colaboración de las brigadas de asalto convenientemente equipadas…, aparte de Kid Number One. Su héroe. Un ciudadano bienintencionado, valiente y sumamente idolatrado por los más de trescientos mil habitantes de Ciudad Brillante. Estaban seguros que con su altruista colaboración, la irrupción criminal del Adiestrador de Jaurías tendría un punto y final en las siguientes veinticuatro horas.
Kid Number One se enfundó su indumentaria de atrevido súper héroe. Estaba indignado por el atroz acto cometido por aquel villano surgido de la nada. Mientras las brigadas especiales peinaban la ciudad palmo a palmo, Kid Number One fue a su aire como todo héroe de cómic que se preciara, aunque en este caso él fuera de carne y hueso. Estuvo investigando en la red subterránea del alcantarillado, en el basurero municipal, los polígonos industriales donde hubiera naves abandonadas, el cementerio y en los suburbios de Ciudad Brillante, pero sin ningún resultado positivo. Así fue pasando el día, hasta que llegó la siguiente noche…

El Adiestrador de Jaurías observaba el despliegue de los pelotones de asalto desde las alturas de los edificios. Hilillos de baba fluían desde los intersticios de los dientes, hasta caerle por la barbilla. Desde la seguridad de su atalaya, y con el mando del bastón, fue ordenando a una infinidad en número de feroces perros a que atacaran a las fuerzas de élite con saña y violencia inusitada. Los agentes se vieron desbordados. Había más de cuarenta, cincuenta, sesenta perros salvajes, asilvestrados, dispuestos a morder sin mediar provocación alguna. Un batiburrillo de gritos angustiosos, ráfagas de disparos y ladridos infernales alcanzaba a ser escuchado por los oídos del Adiestrador. No hacía falta que nadie le dijera que aparte de un significativo número de sus animales siendo abatidos a tiros, también se producían bajas mortales entre los miembros de las fuerzas de asalto. Y esa mezcla de sangre le producía una alegría insana. Instintivamente, alzó sendos brazos y se puso a recorrer las azoteas, saltando, brincando y corriendo como un poseso.
Sus planes estaban saliendo a las mil maravillas. Era motivo para estar más que eufórico…

Kid Number One captó finalmente la figura del Adiestrador de Jaurías a través de sus binoculares de visión nocturna. Empleando el correspondiente sigilo, lo fue siguiendo en su dantesco recorrido por las azoteas de las edificaciones. La persecución duró un cuarto de hora, hasta que el Adiestrador se detuvo en un barrio de la zona norte de Ciudad Brillante.
Estaba dispuesto a reanudar una nueva matanza, enarbolando el bastón, presto a dirigir la siguiente oleada de perros asilvestrados contra otro pelotón de incautos agentes, cuando reparó en la presencia de Kid Number One. Se volvió mínimamente, el escaso movimiento que le permitió el súper héroe al propinarle una patada en la corva de la pierna izquierda. Al Adiestrador se le escapó el bastón al suelo, y a duras penas mantuvo la verticalidad. Se quedó mirando a su oponente.
– Kid Number One – graznó con voz cavernosa, encarándole abiertamente.
– Ese soy yo. Vengo a poner fin a tus salvajadas, hijo de perra.
El Adiestrador soltó una carcajada amplia y desagradable.
– ¡Los perros! ¡Son mis lacayos! ¡Mis soldados! ¡Por algo me llamo el Adiestrador! Pero no soy perverso. Mi visita a tu ciudad tiene un único propósito.
– No me digas, retorcida alimaña.
– Tu fama te precede fuera de los límites de Ciudad Brillante. Te consideras una especie de héroe. Yo vengo a demostrarte cuán equivocados están tus seguidores y tú mismo. Eres de carne y hueso. Por tanto, alguien a quien poder abatir. Al revés que yo. Estás ante un maldito villano que nunca morirá a manos de un puñetero mortal.
– Eso veremos.
Kid Number One le propinó una segunda patada, en este caso en la rodilla derecha. El Adiestrador retuvo la respiración. Retrocedió un paso y recogió el bastón. Acto seguido extendió el brazo que lo portaba, golpeando a Kid Number One en la boca del estómago. El chaleco antibalas minimizó el impacto. Kid realizó una voltereta, cayendo de pie al lado derecho del Adiestrador. Le aplicó el taser empleando el máximo voltaje. El Adiestrador apretó los dientes, retorciéndose de dolor, pero sin perder el conocimiento. Kid le aplicó una segunda descarga.
– Ja, ja, cabrón. Héroe de risa. Si eso es todo lo que sabes hacer… – musitó el Adiestrador, echando espumarajos por la boca.
Se revolvió, plantándose cara a Kid Number One. Sus ojos saltones inyectados en sangre miraron fijamente a los de Kid. Separó los dientes y le lanzó un escupitajo, cegándolo. Kid quiso aclararse la vista, pero ya para entonces estaba siendo su cuerpo empujado y desplazado de espaldas, precipitándose desde las alturas de un edificio de veinte plantas… Se sentía liviano, desesperado en su impotencia por no poder aferrarse a ningún saliente. Las ventanas de cada planta desfilaban con demasiada velocidad ante su visión semiborrosa. Kid recordó en ese instante, que a pesar de ser considerado un súper héroe entre los suyos, en realidad era un simple humano que podía encontrar la muerte en el momento menos esperado. Y ese momento ya había llegado para él…

El Adiestrador de Jaurías estaba dichoso. Podía contemplar el cadáver de Kid Number One estrellado contra el suelo del interior de un callejón sin salida. Al poco su cuerpo inánime fue rodeado por perros callejeros de diversas razas y tamaños exageradamente enormes. A una orden del Adiestrador, abrieron sus mandíbulas y se dispusieron a devorar los restos mortales del infortunado súper héroe.
En el corto reinado de terror del Adiestrador de Jaurías, murieron cuatro policías locales, quince agentes de fuerzas especiales y el querido Kid Number One.
El infame personaje abandonó Ciudad Brillante acompañado por sus secuaces de cuatro patas, dispuestos a visitar la próxima localidad que albergase a alguien que se autoproclamase súper héroe. Pues su fin era ponerlos a prueba.
Y si eran humanos…, aniquilarlos para siempre.

La secta

Con el siguiente relato, llegamos a la tesitura de: ¿y si hubiera un mundo alternativo? ¿Si en vez de que las aves volaran, reptaran? ¿Que el hombre se alimentara por el olfato y no por la boca? ¿Que lo negro fuera blanco? ¿Y lo malo…, bueno?

– Esa es la casa.
– Bien. Llevo el táser. Inmovilizaremos al centinela de la puerta. Luego entraremos en dos grupos. Uno será el de la búsqueda, mientras el otro será el de apoyo en la retaguardia. Esperamos una fuerte resistencia por los miembros de la secta.
– Entremos sin contemplaciones.
– Tan sólo se recurrirá a la fuerza por necesidad. Lo primordial es rescatar al chico.
“ Colocaros los visores de visión nocturna.

Eran las dos de la madrugada. La casa era de dos plantas con tejado de teja de pizarra. Había un porche que lo rodeaba por la parte frontal, y un jardín descuidado en la parte trasera. Las inmediaciones de la vivienda estaban rodeadas por una cerca de madera con la pintura reseca y levantada. Al parecer aquella gente creía estar pasando desapercibida, viviendo sin levantar sospechas de ningún tipo en el vecindario.
Sin embargo, desde hace unas semanas se detectó su realidad como secta destructiva. Entre sus miembros, un menor de dieciséis años captado hace mes y medio. Sus padres denunciaron su ausencia, y tras las oportunas pesquisas, se averiguó su paradero, integrado en aquella sociedad enfermiza, que idolatraba a un dios falso.

La misión de la brigada de asalto era rescatar al muchacho y devolverlo a sus verdaderos mentores. Una vez a salvo, discurriría la operación de disolución de la ilegal sociedad religiosa.

Se sometió al guarda de la entrada con una electrocución controlada, dejándolo inconsciente. Con sumo cuidado, forzaron la puerta y se adentraron en el vestíbulo. El interior estaba a oscuras. Los miembros de la secta estaban durmiendo. Con el apoyo de la visión nocturna, cada rincón de la casa quedaba al descubierto en tonos grises claros. Cada uno de los agentes tenía memorizada la disposición de las estancias de la casa. En los seguimientos de los últimos días, se supo que el muchacho dormía en una habitación de la segunda planta, presumiblemente compartiendo estancia con dos o tres miembros más en literas.
Con una indicación de quien dirigía la operación de asalto, encararon un pasillo que culminaba ante el inicio de unas escaleras de madera. Iniciaron la subida en el mayor silencio posible, tratando de evitar que los escalones crujieran bajo el paso de las suelas de sus botas.
Justo en lo alto del último tramo, donde se iniciaba el acceso a la segunda planta de la casa, surgió un hombre descamisado, delgado, con colgantes y varios crucifijos sobre el pecho velludo. Portaba una escopeta. El halo pálido de la luz de la luna se filtraba lo suficiente por los intersticios de los tablones claveteados contra una ventana cercana como para que pudiera entrever la presencia de los visitantes no deseados.
-¡Bestias mal nacidas! – masculló, airado y con tono amenazante.
Antes de que pudiera apuntarlos con el cañón de su arma desvencijada, tres de los miembros del operativo de asalto lo derribaron con el uso de sus subfusiles. Apenas se percibieron los disparos al tener acoplados los silenciadores. Continuaron en su avance, dejando atrás el cuerpo caído. El segundo grupo permaneció en el rellano cubriendo las espaldas al primero.
– Segunda habitación a las tres en punto. Fuerza letal permitida – susurró por el micrófono el responsable del grupo.
En cuanto dieron con la puerta, la derribaron con un mini ariete y se adentraron en la misma.
– ¡Edward! ¡Edward Garrison! –llamaron al chico.
Había dos literas de dos camas cada una. Una estaba ocupada por un joven y la otra por dos. Los tres fueron despertados por el estrépito y cegados por la iluminación de las linternas de las armas.
Uno de los soldados reconoció al chico.
– ¡Este es!
Era el único ocupante de la litera derecha.
– ¿Qué es esto? ¿Qué hacéis? ¡No! ¡Dejadme! ¡No quiero ir con vosotros! – gritó, ofreciendo resistencia al ser sacado de la cama.
Le aplicaron el táser. En cuanto perdió el sentido, lo sacaron a rastras de la habitación. Al mismo tiempo, sus dos compañeros eran silenciados de manera definitiva con disparos certeros.
Al alcanzar el grupo de retaguardia, las luces de la casa fueron encendidas por los integrantes adultos de la secta. Se vieron obligados a quitarse la visión nocturna para no quedar cegados por la intensidad lumínica de las fuentes de luz del techo.
– ¡Abajo! ¡Abajo! ¡Abajo! – gritaba el superior al cargo de la brigada de asalto.
Discurrieron escaleras abajo, con el chico protegido en el centro.
Desde arriba surgieron hombres descamisados portando cruces.
– ¡Ese muchacho es nuestro! ¡Lo estáis condenando, malditos!
Cada uno de ellos fue abatido a tiros.
En la planta baja, frente al inicio de la escalera había ocho o diez personas adultas. Entre ellas tres mujeres en camisón. Los hombres vestidos con pijamas. Portaban estacas, bates de béisbol y cuchillos.
– ¡Dejad al chico! ¡Es hijo de la comunidad!
“¡CRISTO LO QUIERE ENTRE NOSOTROS, Y NO ENTRE ALIMAÑAS! – gritaron con voces descompuestas por la furia y la indignación.
– ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! – fue la orden dada por el sargento Peabody.
Hubo una descarga corta pero intensa. A la finalización de la misma, en el suelo de la primera planta yacían los cuerpos sin vida de los integrantes de la secta.
Pasaron por encima de los cadáveres y abandonaron el escenario, poniendo al joven Edward Garrison a buen recaudo.

– Sargento Peabody. Mi felicitación por el feliz desenlace en el rescate del chico Garrison.
– Gracias, señor.
– Su familia está sumamente agradecida por ello.
– En eso consiste nuestra labor, señor. No se ha hecho ni más ni menos, si no lo justo.
– Ahora queda la dura labor de reconducir la conducta del muchacho.
– Bueno. Afortunadamente no ha estado mucho tiempo integrado en la secta. Se recuperará sin problemas.
– Así espero, sargento. Reconocerá de nuevo a su verdadero amo y protector. Abjurará de Cristo. Y rendirá pleitesía al Creador de la Oscuridad Eterna.
– Así espero, señor.
– No más lucir crucifijos. Ni rezar oraciones piadosas. Ni esconderse en las cloacas como las ratas. Aunque esa es su realidad actual. Los cristianos han vuelto a sus orígenes, cuando tenían que ocultarse en las catacumbas. Con la diferencia que ahora sus refugios están siendo descubiertos, con los inquilinos exterminados. Estamos en 2255, sargento. El goce del dolor está implementado en la creencia general de los que poblamos ahora el planeta.
– Adoramos el sufrimiento y los placeres prohibidos. Sin duda, nuestra historia de la humanidad difiere de la habida hasta hace más de dos siglos.
– Eso es. Ahora predomina la Cruz Invertida.
“Y la adoración extrema a Satán…
“Por ello la misión que realizan unidades similares a la suya es de tan vital importancia. El día que no haya ni un solo adepto en las sectas cristianas, será el triunfo absoluto de Lucifer. Hasta entonces, hay que seguir atentos y sumidos en la prudencia. Pues un cordero, si le es cortada una pata, aún puede luchar por intentar incorporarse sobre las tres que le quedan. Y hemos de reconocer que nuestro contrincante ya resucitó en una ocasión de entre los muertos…