El rival (The opponent)

1.

“Lemon” Harley paseaba cansinamente por los suburbios de la ciudad. Eran las once y media de la noche del mes de noviembre. El frío era molesto. La humedad del ambiente, desagradable. La tristeza de la urbe, desalentadora. Y el motivo de su presencia por las calles abandonadas de transeúntes, su razón de ser.

“Lemon” era un hombre de cuarenta y cinco años. Su estatura era normal y no tenía sobrepeso. En su juventud se había cuidado, haciendo ejercicio y no dándole a la botella. Ahora fumaba en exceso. Casi tres paquetes diarios. Tosía a todas horas y escupía flemas viscosas y enfermizas como si fuera un tubo de escape de un coche de tercera mano.

Su apodo era debido a su carácter huraño y seco. No se relacionaba con nadie fuera del trabajo. Jamás tuvo novia, ni le había apetecido soñar con compartir su vida con otra persona. Vivía solo en un apartamento de una única habitación, con baño y cocina que hacía las veces de comedor. Cuarenta metros cuadrados de estancia rancia y envejecida por los casi cien años de existencia del inmueble. El casero era un polaco que le cobraba un alquiler de cuatrocientos dólares mensuales. Casi la mitad de los ingresos de su raquítico sueldo de taquillero del metro.

Aquella noche había tenido turno de dos a diez de la noche. Tras salir del mismo, había cenado en un restaurante chino. Repitió tres veces el aguardiente en modo de detalle final que ofrecía el camarero a los comensales al concluir la cena, antes de emprender el largo camino andando a casa. Tardaba casi tres cuartos de hora, y llegaría cerca de la medianoche. Le daba igual, no había quien le estuviera esperando…


2.

De una manera coloquial, la inmortalidad de Louis Armstrong fluía compartiendo voz y trompeta, canalizando su versión del tango El Choclo por el radiocasete del furgón. “Kiss of Fire”. Era su tema preferido antes de abordar al siguiente candidato. Le hacía extremar las precauciones pero al mismo tiempo le imbuía de un valor audaz a la hora de abordar las calles solitarias en busca de lo que se necesitaba.

El combate tendría lugar a las tres de la madrugada. No le quedaba mucho tiempo. En un principio, se decantaba por las callejuelas, los ojos de los puentes, las entradas a las estaciones del metro, los habitáculos interiores de los cajeros automáticos donde se refugiaban los vagabundos, pero tampoco dejaba pasar la ocasión si se le presentaba en forma de una figura que se le ocurriera salir a pasear por los rincones más recónditos, alejada de toda presencia testimonial que impidiera la facilidad de su captura…

Los acordes de aquella endemoniada trompeta… Dios… Estaba en trance.

De repente, vio una silueta encaminándose por la acera de la calle por donde transitaba su furgón. Era un varón de edad mediana. Aparentemente ebrio. Dirigió en un escorzo el vehículo hacia el bordillo, conduciendo con la mano izquierda, mientras la derecha recogía del asiento del lado el táser de impulsos eléctricos…

*****

A “Lemon”, la irrupción del furgón le pareció una escena cinematográfica de una película de Freddy Krueger, entre brumas y la caída de la lluvia fina. Se tuvo que apartar un metro del borde de la acera, creyendo que iba a ser atropellado, aferrándose con fuerza a la farola.
– ¡Gilipollas! ¿Está tonto o qué? – imprecó al conductor.
Quien estuviera dentro se trasladó con rapidez de un asiento delantero al otro, bajando la ventanilla.
“Lemon” Harley vio una mano apuntándole con una extraña arma.
– Qué…
Sintió una punzada de tremendo dolor al ser electrocutado por los impulsos del proyectil engarzado en su cuerpo, transmitiendo la descarga que le hizo desplomarse de manera súbita sobre el suelo…

3.

Una habitación de paredes compuestas por planchas metalizadas, de diez metros cuadrados. Desnuda de elementos decorativos. Adornada en cada esquina superior por cámaras de circuito cerrado. También había otra cenital, en el centro del techo. Y hacia la mitad de la pared del fondo, un reloj digital de grandes dimensiones, cuyo color de fondo era negro y los números blancos.

“Lemon” Harley fue conducido al interior de la estancia en contra de su voluntad, forzado por dos hombres vestidos de negro y con capuchas que simplemente mostraban los ojos y los labios a través de los orificios de las mismas.
– Entre sin resistirse – le dijo uno de ellos, que fue quien le había disparado con el táser.
– ¿Qué quieren? ¡Déjenme en paz! – replicó, visiblemente enfadado.
– Guarda tu mala leche para el combate – le avisó el otro hombre embozado.
– ¿Cómo?
“Lemon” fue encerrado en la habitación, abandonado a su suerte…

*****

– ¿Te costó mucho dar con la pieza?
– Bueno, estuve dudando entre un pobre desgraciado o por algo mejor. Este se me presentó y ya está.
” Coño. Espero que esta vez paguen más que la última vez.
– Ya sabes. Depende del tiempo que tarde en morir…

4.

Era un combate transmitido en directo a una serie de personas que estaban dispuestos a realizar importantes apuestas por el resultado final del mismo. Seres enfermizos y pudientes, que se divertían de esa manera, recibiendo las imágenes en sus ordenadores, teléfonos móviles, consolas con conexión a la red…

Las reglas eran simples.
Un exterminador.
Un contrincante.
Un cronómetro.
Determinar el tiempo exacto que duraría el combate.
Y todo ello porque el triunfador era claro.

5.

“Lemon” Harley vio la puerta abrirse. Lo pilló de espaldas a ella mientras contemplaba una de las cámaras ubicadas en las esquinas del fondo. Al volverse vio al guerrero.
Una bestia de casi metro noventa, cien kilos de peso, con musculatura creada a base de anabolizantes. Llevaba un chaleco de cuero gris oscuro tachonado con púas de acero, protección en los codos y rodillas y un casco de fútbol americano en la cabeza.
En sus manos portaba un garrote con clavos.
“Lemon” empezó a verlo todo con claridad. No iba a salir con vida de aquel lugar…

*****

El cronómetro se puso en marcha…
El combate fue desigual, como cabía esperarse.
Los dígitos se detuvieron en una cifra:
03:15:75
En esta ocasión no hubo acertantes por unas escasas centésimas.

*****

Cuando entraron para llevarse el cuerpo, su compañero le preguntó por la melodía que estaba tarareando entre dientes.
– Es un tango, tío. “Kiss of Fire”. No veas cómo lo interpretaba Louis Armstrong…


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La narración (The storytelling)

Recuerdo…
La historia empieza cerca de la linde de un bosque de pinos espesos y apretados, donde cualquier avance te hacía tropezar con la maleza.
El cielo…
Si, estaba nublado. Nubes filamentosas y algodonadas, oscuras y tripudas, amenazando una tormenta nocturna.
Porque era de noche.
Más bien pasada la hora de las brujas. Madrugada avanzada.
El clima…
Aun no se estaba en pleno invierno, pero poco le faltaba. Hacía mucho frío. El viento también azotaba lo suyo, haciéndote tener que abrazarte a ti mismo para intentar entrar en cierto calor.
La compañía…
Si, se iba acompañado de uno de tus mejores amigos. Leal y de los que jamás te harían un gesto feo. Uno se preguntaba qué se hacía a esas horas de la madrugada, caminando a oscuras, con la única ayuda de unas linternas de pila de petaca. Puede decirse que la osadía, la curiosidad, el deseo de conocer emociones fuertes…
Los comienzos fueron normales…
No sucedió nada extraordinario. Eso sí, las ráfagas del aire, los sonidos de la naturaleza, la nocturnidad, la soledad y los caminos angostos practicados sobre la hierba y entre matorrales por excursionistas que recorrían aquel bosque en momentos menos intempestivos nos mantenía atentos a cualquier cosa. Procurábamos hablar entre nosotros para refrenar los nervios.
Pasaron tres cuartos de hora…
Hubo un instante que la luna se libró de la telaraña que la envolvía, iluminándose un claro que había hacia el noreste. Nos emocionamos al reconocer aquella oquedad practicada en el suelo. Era la tumba maldita. La del brujo. Si, hace cien años fue apresado y condenado a morir ahogado en el río cercano al pueblo. Nuestros antepasados no lo dudaron en sentenciarlo en público, sin ni siquiera haber practicado un juicio donde pudiera defenderse de las acusaciones maliciosas de los vecinos del lugar.
Removimos las piedras…
La tierra estaba húmeda. Escarbamos empleando las cuatro manos, con la creencia de que íbamos a dar con los huesos de aquel infeliz. Pero lo que no esperábamos era dar con su cuerpo incorrupto. El olor que desprendía era nauseabundo, y para cuando quisimos volver a taparlo con la tierra removida y amontonada al lado de la tumba, para luego recolocar las piedras a modo de lápida, el brujo nos apresó a cada uno por una de nuestras muñecas con los dedos de sus manos huesudas y de piel apergaminada. Su fuerza y la firmeza del apretón nos impidieron escapar…
¿Te ha gustado la historia? Un poco inquietante, eh…
Bueno, Tommy. Tengo que marcharme. Y tú tienes que dormirte.
Es inútil que te estires y tironees de las ataduras que te mantienen sujeto a la cama. Ya va siendo hora que te hagas a la situación en que te encuentras.
Jamás volverás a ver a tus padres…
Porque ahora eres mi hijo.
Un hijo al que le narro un hermoso cuento antes de que cierre los ojos.
Y ahora…
Apago la luz y cierro la puerta.
Nos vemos mañana, hijo mío…

Malos vecinos (Bad Neighbors)


Aquella familia estaba compuesta por marido, mujer y un hijo adolescente de trece años. Nada más verlos llegar para establecerse en la localidad, residiendo como vecinos en la casa de al lado, un presentimiento turbio le hizo intuir de manera drástica y sin sutilizas que algo raro pasaba con ellos.
Él era escritor de nulo éxito, pero tenía un gran conocimiento de la personalidad de la gente.
El cabeza de tan peculiar nueva familia era Patrick Reck. Un tiarrón de casi dos metros, pero de espalda encorvada y con una ligera cojera en la pierna derecha, motivo por el cual se servía de un bastón de marfil, y eso que no tendría ni los cuarenta.
La mujer se llamaba Fravilia. Era supuestamente descendiente de italianos. Al contrario que su esposo, ella medía metro sesenta, pesaba sus buenos ciento veinte kilos y su rostro tenía un cierto parecido con el semblante sombrío y nocturno de una lechuza, donde las enormes lentes se asemejaban a los ojos del ave en cuestión.
Con respecto al hijo único de la familia Reck…
Su nombre de pila era Leopoldus. Su estatura era de lo más ordinaria entre los chavales del pueblo, con la salvedad de su anatomía esquelética y casi cadavérica. Su tez era blanquecina, los ojos hundidos en sus cuencas, las cejas pobladas y prominentes, la nariz mordida en su aleta izquierda y los labios visiblemente amoratados. El resto del tono de la piel era descolorido. Al poco de residir la familia Reck en el pueblo, los críos le pusieron el mote de “Pesadilla”. Aunque semejante burla duró poco porque el muchacho sabía emplear un tipo de arte marcial de lo más exótico, dejando a más de uno con los huesos magullados y la cara hinchada. A raíz de emplear esta autodefensa personal, los padres de los niños del pueblo les prohibieron a estos acercarse a Leopoldus nada más salir de clase, y mucho menos arrimarse a su casa.
Decididamente, los Reck eran una familia atípica, nada deseables como vecinos.
Él lo supo cuando desapareció su perro fox terrier, “Malas Pulgas”. Al volver del trabajo no lo encontró por el jardín ni por las dependencias de su hogar. Eran las dos de la tarde, y media hora después, le llegó un fuerte olor a barbacoa procedente de la parte trasera de la casa de sus horribles vecinos. Se asomó a la valla, y los encontró degustando carne cortada en dados, ensartados en banderillas de madera. Sus mandíbulas se movían en consonancia con el hambre que tenían, masticando como si llevasen todo el día en ayunas.
Fue entonces cuando reparó en la cabeza de “Malas Pulgas”. Estaba decapitada, situada en un charco de sangre, no muy lejos del festín culinario de los Reck.
Aquella pérfida familia se había apropiado de su perro y se lo estaban asando a la barbacoa.
Su corazón le dio un vuelco. Se sentía al borde de un desmayo. Como pudo, se alejó de la valla de separación de ambas viviendas y se introdujo en su casa por el saloncito, dejándose caer sobre el sofá. Hizo lo posible por controlar el ritmo de su respiración. Discurridos cinco minutos, ligeramente recuperado de la conmoción de saber que su perro fox terrier había sido vilmente asesinado por la malnacida familia Reck, estuvo por llamar a la policía local, con intención de interponer una denuncia. Pero su amor propio le hizo de dirigirse al cuarto donde guardaba sus armas. Recogió la primera que le quedaba más a mano, una escopeta de repetición de calibre 12.
Cegado por la ira, encaminó sus pasos hacia la parte trasera donde su propio jardín y el de los Reck quedaban separados por la valla de madera rústica. Al asomarse sobre ella, vislumbró a los tres miembros que en ese instante estaban tomando un granizado de limón como postre. Patrick le sonrió con desdén, antes de perder toda la dentadura y parte de la nariz de un certero disparo, falleciendo de inmediato. Fravilia se quedó estupefacta por su reacción desproporcionada. Esos segundos de indecisión le costaron dos disparos en el estómago, haciéndola sufrir muchísimo antes de morir delante de su hijo Leopoldus, quien permanecía arrodillado a su lado, llorando como una magdalena.
Aquel niño era el mal encarnado. De los tres componentes, seguramente era el más nocivo y perverso.
Recargó su arma, presto a culminar su venganza…
No le dio tiempo a apretar el gatillo.
Leopoldus se alzó sobre la valla, situándose a su lado con la agilidad de una ardilla. Estaba agachado. Encogido como un muelle tenso. Acercó su rostro a la corva derecha del vecino y le mordió con tal virulencia, que el dolor le hizo de dejar caer la escopeta sobre la hierba.
– ¡Hijo de Satanás! – aulló, desesperado.
Entonces…
Las voces de Patrick y Fravilia llegaron muy cercanas.
Miró un segundo al frente, y se los encontró al otro lado de la valla. Patrick con la boca destrozada. Fravilia con las manos cubriéndose el regazo ensangrentado. Ambos rieron de manera endemoniada.
– Primero fue tu condenado perro.
“Esta noche serás tú a quién devoremos…
Marido y mujer brincaron por encima de la valla, y sumándose al hijo, llenaron el cuerpo del escritor con docenas de brutales dentelladas, que le costaron la vida, y con ello, ocupar sitio en la parrilla de la barbacoa nocturna de la familia Reck.

Un gran Eslogan para Escritos de Pesadilla

Aún es muy temprano por la mañana. Acabo de acostarme para dormir hasta la siguiente puesta del sol, y va, y llega Dominique, mi Ayuda de Cámara, para anunciarme la llegada de mi asesor para la inminente campaña de marketing directo, donde se conseguirá que Escritos de Pesadilla sea visitado hasta por niñitos beatos recién destetados. Mi mal humor es visible, pero al final me invade una euforia. Este cochinete vale el peso total de su tocino en oro…

(Clicar en la tira cómica para verla en tamaño grande)

Un dolor de cabeza

Bueno, estimados lectores de Escritos. Ahora mismo quiero compartir con todos ustedes un relato que hace un homenaje personal a Psicosis. Es una pequeña variante del argumento, que espero les guste. Y como siempre reza el lema de nuestro blog, “En Escritos de Pesadilla no hay lugar a los finales felices”, je je.

1.

Eleonor llevaba demasiado tiempo en la carretera. Desde las cuatro de la tarde, en que cargó sus pertenencias de manera apresurada, dejando en la estacada al mamporrero de su novio Duke. Ahora eran las once y media de la noche. Tenía la vista cansada, el cuerpo inquieto y las piernas pesadas. Aparte de la comezón que le afectaba en la comisura derecha de la boca, con el labio superior hinchado por el puñetazo infligido con la nudillera metálica del puño del bastardo de Duke, un maldito y miserable machista maltratador al que había aguantado demasiados meses por la vena romántica con la cual sostenía la esperanza que con la convivencia conjunta, su mal genio se iría atemperando y de esa forma podrían considerarse una pareja de lo más modélica de cara a sus familiares y círculo de amistades, sin que éstos se compadecieran de ella por su mala elección a la hora de intimar con los hombres menos apropiados. Vamos, que solamente a ella se le ocurría liarse con tíos egoístas, narcisistas y boxeadores frustrados, buf…
Su destino era llegar a casa de sus padres. Vivían a más de mil quinientas millas, así que visto lo cansada que estaba, decidió detenerse en un motel de carretera, llamado “Red Sea Inn”.

Era la típica instalación de planta baja, con las habitaciones alineadas a lo largo, con la recepción al inicio de la formación. Eleonor estacionó el coche en el aparcamiento, que estaba decentemente iluminado por las farolas, y cargando su ligero equipaje, se presentó en la entrada al motel. Detrás del mostrador estaba un joven delgado y con el pelo engominado. Vestía de manera ordinaria, como si estuviera más bien en ese instante en su propia casa, que llevando la recepción del “Red Sea Inn”.
– Buenas noches, señorita – la miró nada más verla entrar, alzando la barbilla, como si acaso Eleonor fuera jugadora de baloncesto profesional, cuando no medía más de metro sesenta.
– Buenas. Espero que tenga sitio para mí.
– Bueno, en mi cama están las pulgas. Si las espanto, creo que cabremos ambos. Es usted muy agradable, a pesar del labio ese tan pocho – el recepcionista estaba con ganas de hacerse el gracioso, algo que la alteró sobremanera.
– Déjese de majaderías, eh. ¿O acaso siempre recibe así a los clientes de su motel?
– Sólo trataba de romper el hielo. Además usted ya sabe lo atractiva que es,… aún en ese estado tan lamentable. Me imagino que no se golpeó usted misma contra la puerta de su casa.
– Es usted un puro cretino, sabe.
– Bueno, este turno nocturno es de lo más rutinario y aburrido. Encima, aún a pesar de ser un motel de carretera, se puede decir que la clientela escasea en los últimos meses. Y mi sueldo es lo bastante birria, como para que no se me pueda exigir lo mismo que a los recepcionistas de un hotel de cinco estrellas parisino, ja.
Eleonor se le quedó mirando con cara de asombro. Realmente, aquel tipo no daba la talla como empleado del motel. Y lo más curioso, es que parecía como si al dueño del negocio le importara un carajo lo negligente que el recepcionista pudiera llegar a ser.
El joven descarado sonreía con picardía. Miró hacia el libro del registro.
– De quince habitaciones, tres están ocupadas, así que la nena tiene sitio donde poder elegir.
– Pues deme una que tenga la puerta reforzada con cerrojos internos – le dijo Eleonor, irritada.
El recepcionista cogió un bolígrafo, chupando la punta.
Se puso a mirarla de reojo, esperando su respuesta.
– Me llamo Tania Burton Lewis.
– Supuestamente.
– Me da igual lo que usted piense.
– Puedo exigirle un carnet para confirmar los datos que me da.
– Oiga, que este es un motel de tres al cuarto. Seguro que vienen todas las noches parejas con nombres falsos para pasar su rato de ardor, así que no me venga con chorradas.
– Bueno, no se sulfure, que en este caso, no está usted guapa enfadada.
Giró el libro del registro hacia Eleonor.
– Firme aquí. Son veinticinco dólares por noche. Diez más si espera servicio de habitaciones. No hay mini bar, y para ver la televisión, hay que echar un dólar cada hora en la ranura. Si sólo se queda esta noche, tendrá que dejar libre la habitación para las nueve de la mañana. Esta es la llave. La catorce. Es la penúltima. Conforme salga, recorra casi todas y dará con ella, je je.
Eleonor firmó a regañadientes. Lo que menos deseaba era culminar su día desastroso registrándose en ese lugar, pero el sueño le estaba venciendo. Recogió la llave de su habitación y salió de la recepción sin ni siquiera despedirse del empleado.
Este se recostó contra el respaldo de su silla, guiñándole el ojo derecho conforme la veía irse.
– Si contorneases más las caderas al andar, serías la bomba – se dijo, chasqueando la lengua contra los dientes.

Eleonor recorrió el porche lateral, dejando atrás el resto de habitaciones. En todas ellas no encontró ninguna luz que indicase que hubiese tres cuartos ocupados. Ni se escuchaban sonidos propios de encuentros amorosos desaforados. Seguro que aquel idiota había mentido, y ella era por ahora la única residente en el “Red Sea Inn”. Sus tacones repiquetearon sobre la tarima del suelo conforme se fue acercando a la habitación número catorce. En cuanto estuvo frente a la puerta, introdujo la llave en la cerradura, la abrió con premura y buscó el interruptor de la luz. Una vez iluminado el interior, se precipitó con ganas y cerró la puerta. Se fijó que efectivamente constaba de un cerrojo interno, y quiso pasar el pestillo, asegurándola, pero no le fue posible por el avanzado estado de corrosión del mismo, así que tuvo que conformarse con cerrar la puerta bajo llave desde dentro.
La habitación era lo más parecida a una estancia de un hospital. Estaba la cama, un conjunto de muebles a juego en el color, la televisión con funcionamiento a monedas y el cuarto del baño con su ducha. Pensó que al menos estaba limpia, con las sábanas oliendo a suavizante.
Se sentó sobre el borde y notó que el colchón era menos duro de que lo pudiera haber sido en un principio.
Se le escapó un bostezo que no pudo contener, y abriendo la maleta, buscó su camisón entallado para ponérselo y así echar un sueño reparador.
En cuanto apagó la luz y se metió en la cama, no tardó nada en quedarse dormida. Algo que nunca hubiera esperado, sabiendo que siempre se tarda en habituarse con una cama nueva.

2.

Tic tac…
Tic tac…

Eleonor percibía el segundero de un reloj. Desconcertada por el sonido en sí, pues no había ningún reloj de pared o despertador en la mesilla de noche, se fue espabilando del todo, perdiendo la comodidad del descanso nocturno en que se hallaba inmersa.
Al instante sintió unas punzadas pulsátiles en la sien. Con dificultad, aún medio adormilada en medio de su habitación a oscuras, se incorporó sobre el borde de la cama, escuchando el notorio

Tic tac…
Tic tac…

Pero no era ningún reloj.
Aquél sonido procedía del interior de su cabeza. Y era una inmensa cefalea que iba arreciando, con un redoble de tambor, como si estuviera marcando el ritmo de los prisioneros condenados eternamente a galeras en medio de un mar revuelto y tormentoso.
Se llevó ambas manos a las sienes, apretando los párpados al mismo tiempo que los dientes.
En apenas unos minutos, el malestar era ya insufrible. A tientas, se calzó los zapatos y buscó el interruptor de la luz, hasta encender la habitación.
El fluorescente del techo destelló una iluminación molesta intermitente, hasta apagarse, sumiéndola nuevamente entre penumbras.
Justo entonces la puerta de su habitación fue abierta desde el exterior, permitiendo una ligera claridad que irrumpiera en perpendicular hacia el interior.
Eleonor alzó la vista y vio una silueta recortada en el quicio.
– Se siente usted mal, ¿verdad? Es el monóxido de carbono que se filtra por la rejilla del conducto de ventilación.
“Siente náuseas, mareo, dolor de cabeza, desconcentración, fatiga…
“No lo dude. En cuanto cierre la puerta de nuevo, le quedarán simplemente algunos minutos de incomodidad y confusión antes de morir…
– Nooo…
Eleonor quiso alzarse, pero se tropezó, cayendo de costado sobre el suelo.
La puerta de su habitación quedó encajada en la jamba, con una vuelta de llave en la cerradura, que significaba su encierro, sin posibilidad de escapatoria ninguna al destino que le enviaba la persona a la que asociaba con el recepcionista del motel de carretera…

3.

Guardó la llave maestra en su bolsillo, y con buen ritmo, recorrió el porche. Al pasar ante tres números en concreto, golpeó los cristales de las ventanas.
– ¡Hola, Julio! ¿Cómo estamos, señora Eva? Espero que bien. ¿Y qué nos cuenta el vivales de Timothy? Os tengo que anunciar una buena nueva. Tenemos compañía. La señorita Burton. En la catorce. Es una chica muy guapa, aunque algo deslenguada, ja.
Julio Martínez pertenecía a la habitación 10. Llevaba tres meses residiendo allí, mejor dicho sus restos. Eva Trizzi estaba en la 7. Tres semanas y dos días. Timothy vivía en la cinco y era el inquilino más reciente. Llevaba diez días muerto. El olor a descomposición era muy fuerte cada vez que abría cada una de las puertas para saludarles. Menos mal que esa noche la brisa fresca disimulaba las intensas emanaciones del lugar. También era una dicha que el motel permaneciera abandonado desde hacía cinco años, cuando el dueño quedó arruinado por la escasa clientela que lo frecuentaba.
Él mismo se ocupó de mantener cada habitación en cierto buen estado. Su soledad requería tener un círculo de amigos que le aceptaran sin rechistar. Y en eso consistía el motel. Cada conductor despistado que se dejara arrimar por allí, sin saber lo que le esperaba, era encerrado en una de las habitaciones, y mientras dormía, soltaba el gas tóxico que iba a confinarles para siempre en su panteón particular.
Ahora tenía cuatro plazas ocupadas. Tan sólo le restaban once más para colocar el cartelito de “Al Completo”.
Esa era su máxima ilusión.
Convivir en el motel con sus amistades de nuevo cuño.
El joven retornó a la Recepción canturreando animadamente.
Aquella era una gran noche. Más tarde se desharía del coche de la señorita Burton, y una vez aireada la habitación, la acomodaría para siempre en su lecho.
Así en las noches siguientes, también podría saludarla aporreando desde fuera los cristales de su estancia.
Y le diría:
– ¿Qué tal le va, señorita Burton? Me imagino que haciéndose al vecindario. Pero no se preocupe, el señor Martínez, la señora Eva y el jovenzuelo Timothy son unos vecinos muy majos. Ya verá que pronto hacen buenas migas…

No salgas por la puerta… No salgas por la ventana…

Nunca se les ocurra visitar un edificio abandonado. Y mucho menos si sus entradas y salidas esconden algún tipo de trampa mortal…

Siempre tenía que ocurrir en un día desapacible, nublado, amenazando una buena tormenta y a varias millas de distancia de cualquier área urbana más cercana. Encima era una carretera comarcal de las antiguas, escasamente recorrida por la circulación general. Que se te reviente el motor del coche viajando solo era una lata. Encima él no tenía conocimientos ni siquiera mínimos de mecánica de auto. Era un tío, claro está, pero no todos eran manitas ni les entusiasmaba el mundo del automóvil. Si tenía uno, y bastante viejo por cierto, era por necesidad del trabajo que le ocupaba. Se llamaba Bob Render y era un escritor de rutas poco transitadas de la América Profunda.
Ganaba unos míseros dólares enviando sus columnas por correo electrónico de su portátil Vaio Sony a la redacción de un diario de tercera fila. Estaba soltero y vivía a su aire. El sueldo le daba para no tener que recurrir al ejército de salvación, que ya era un decir, porque de deudas estaba hasta las cejas. Incluso debía parte de la financiación con la que pudo adquirir su ordenador.
Esa mañana estaba recorriendo la carretera estatal cuando descubrió un desvío a mano derecha. El letrero indicaba que era la ruta del maíz. Vaya tontería. Aquella región era agrícola y la exposición de mazorcas era un océano permanente. Miró en el mapa tradicional porque no le llegaba para tener GPS, y el portátil estaba con la batería sin cargar. Nada, aquel desvío no aparecía ni buscándolo bajo una lupa de mil aumentos.
Lo más natural era que el mapa fuera de antiguo como su propio coche, más o menos de los años setenta. No le dio más importancia a la falta de información acerca del popularísimo camino del maíz y se dejó llevar por el mismo.
A la media hora ya estaba navegando entre maizales de una altura considerable. Su coche parecía estar circulando entre la nieve, abriendo camino a través del cereal como si este no existiese delante del morro del vehículo. Poco a poco el tiempo iba empeorando. Si antes estaba nublado, ahora el cielo estaba espeso de nubes negruzcas como la pez. Eran las tres de la tarde pero daba la sensación de haberse anochecido. Encendió los focos de niebla para no salirse del camino. Era muy estrecho. Las mazorcas y las hojas de los tallos percutían contra los lados de la carrocería. A la media hora empezó a surgir algo de humo por las rendijas del capó. Un cuarto de hora más tarde estaba tirado en medio del dichoso sendero glorificante del maíz pueblerino de las narices.
Estaba desesperado. Tras un rato de indecisión, rebuscó en el maletero hasta dar con un impermeable y una linterna de buen tamaño de la época en que ejerció de vigilante nocturno de una nave industrial abandonada y cerrada.
Estuvo caminando bajo la amenaza de un aguacero, siguiendo hacia adelante. En un momento dado, el maíz fue sustituido por un edificio de dos plantas. Tenía el tejado a dos aguas y parecía en muy mal estado. El caso es que podía leerse a la entrada “Pensión Negra”. Un nombrecito que traía cola. No disponía de parking y no se veía ningún vehículo estacionado en sus inmediaciones. Es más, todo el suelo estaba apisonado para formar el claro donde estaba ubicado el motel, como si este hubiera caído del cielo para asentarse entre los campos de maíz circundantes.
Bob estaba ligeramente estresado por el tema del coche y el grado de soledad que ofrecía aquel lugar. Sin muchas ganas se acercó a la pensión. La puerta de madera estaba abierta. El interior estaba en penumbras. Con la luz de la linterna pudo constatar que el edificio estaba en ruinas y evidentemente fuera de circulación. Las telarañas campaban a sus anchas junto con el polvo y restos de basura dejada por algún vagabundo que habría buscado cobijo entre sus paredes. Se acercó al mostrador de recepción y vio el registro abierto. Estaba bajo una densa capa de polvo. Bob sopló sobre las dos hojas centrales. Vio nombres de antiguos clientes…
Al lado de los datos alguien había escrito con rotulador color azul:

No debimos de haber entrado.
Las aberturas quedan cerradas para siempre.
No hay escapatoria.
La única solución es el suicidio, pasar hambre hasta sucumbir o quedar desmembrado o decapitado.”

Bob quedó seriamente intrigado por lo allí escrito. Parecía una alucinación descrita por alguien que hubiera abusado del alcohol o de las drogas, o ambas cosas entremezcladas.
Fue entonces cuando sonó un fuerte portazo a sus espaldas.
Echó la vista atrás, iluminando la entrada del motel.
La puerta estaba encajada en el marco. Se dirigió con presteza a abrirla, hallándola completamente atascada. Insistió, pero no había manera de poder desencajarla.
Estaba atrapado. Tenía que buscar otra salida. Contempló las ventanas del vestíbulo. Estaban selladas con tablones de madera claveteadas. Al pie de una de ellas había algo parecido a un esqueleto. Se acercó para iluminarlo. Efectivamente, eran los restos de un cuerpo humano, con la notoriedad que le faltaba el cráneo y la mano derecha.
Bob sentía los inicios de una fuerte desazón. Recorrió toda la planta baja de la pensión. La situación era idéntica en todas las ventanas. Cuando llegó a la cocina, vio la puerta que comunicaba con el exterior. Parecía estar entreabierta. La enfocó con el haz de la linterna, esperanzado. Pudo apreciar la pequeña separación entre el filo de la hoja de la puerta y el quicio de la misma.
Estaba salvado.
Había encontrado una buena salida de aquel antro.
Tenía pensado regresar al coche, pasar allí la noche y luego desandar el camino recorrido a pie, cargando con el portátil, hasta salir a la carretera estatal con la esperanza de que alguien parase a recogerlo.
Emprendió camino a la salida a muy buen paso.
Tan concentrado que una pintada en la pared lateral derecha pasó desapercibida ante sus ojos aún a pesar de haberse reflejado mínimamente ante una breve pasada de la luz de la linterna.

NO HAY QUE INTENTAR SALIR
BUSQUEMOS OTRA SOLUCIÓN
LAS ABERTURAS SON UNA TRAMPA

La mano libre de Bob se aferró al pomo alargado de la puerta. Tironeó de ella hacia adentro.
Le llegó la brisa penetrante que auguraba un fuerte chaparrón. El maizal susurraba sonidos de roce al mecerse por la corriente.
Bob empezó a atravesar la jamba alargando la pierna derecha.
El resultado de la caída de la hoja de la cuchilla de una guillotina francesa no hubiera sido tan efectivo al seccionarle la pierna a la altura de la rodilla.
Su miembro cayó palpitante sobre el suelo.
Un chorro de sangre emergió de su muñón.
El dolor le hizo de enloquecer al instante.
La linterna fue soltada, cayendo al suelo.
Perdió el equilibrio, y conforme en su caída fue atravesando el hueco del vano de la puerta, parte del rostro, sus manos y el tronco del cuerpo fue seccionado.
Cuando su anatomía moribunda reposó en el suelo, estaba dividida en dos.
Lo único que estaba entero era su pierna izquierda, que no había atravesado la abertura.
Estaba tirada sobre el linóleo cuarteado de la cocina.
La linterna había rodado por el suelo hasta quedar enfocando la pintada pasada a Bob por alto.

LAS ABERTURAS SON UNA TRAMPA


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Fondos de pantalla sugeridos por Pechuga de pollo Mutante

Bueno, a raíz del estropicio de Bogus Bogus cometido con los queridos familiares de la Pechuga de pollo Mutante (que todo sea dicho, asados a la parrilla estuvieron super suculentos), y vistas sus enormes capacidades como boxeador, decidí contratar a la Pechuga como guardaespaldas personal. Así de este modo evito que se me acerquen los empleados con nuevas demandas salariales, je je.
Dejémonos de preámbulos. Cedo el turno a la Pechuga de pollo Mutante, que hará la presentación de algunas imágenes terribles sacadas de su álbum de pesadillas infantiles.


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El soldado del mal

¡Harry! ¡Ven aquí! ¡Es una orden!
– Acudo gruñendo a lo bestia, jefe.
Pues alégrate. Acaba de llamarme el Presidente del Gobierno. Nos felicita por haber dejado hecho una pena a Hello Kitty!
– Vaya. Sinceramente no me lo esperaba.
El Presidente está feliz porque el incidente, de destacado relieve nacional e internacional, le viene de perlas para así disimular algo la crisis del país.
– hum… Mejor que me nombrara vicepresidente cuarto.
¿Para introducir mejoras que nos saquen de este aprieto?
– No. Para así vivir del cuento…

Estaba sólo. Nadie podría interferir en su destino alejado de todo rito natural y lógico entre los mortales más racionales.
Encerrado en su apartamento por espacio de semana y media.
Sin apenas alimentarse
(aunque no le hacía falta)
Abandonado de todo aseo
(no tenía sentido purificarse)
Sin comunicarse con sus familiares y conjunto de conocidos
(ya no los necesitaba)
Manteniéndose apartado de las noticias diarias acontecidas en su ciudad, en su región, en su país, en su continente, en el resto del mundo…
(todo aquello era terrenal, superficial y de escasa relevancia para su mente plagada de múltiples pensamientos perversos)
Escuchaba voces interiores.
Percibía visiones abyectas.
Las dimensiones del cuarto en donde se hallaba recluido se distorsionaban en cualquier momento del día.
Todo en si era una letanía de odio, dolor, rabia, sufrimiento, y si, a veces se conseguía el éxtasis…
Hasta que llegó su hora.
La de servir a su señor.


Era un martes. Las ocho y media de la mañana. La ciudad estaba pletórica de vida. Personas ejerciendo sus quehaceres laborales. Jóvenes prestos en acudir a sus lugares de estudios. Las fuerzas públicas llevando el control y la seguridad en las principales calles. Nada hacía suponer que podía hacerse añicos la rutina diaria en una de sus avenidas más céntricas. Esta estaba concurrida de tráfico y de transeúntes caminando por las aceras y atravesando los pasos de cebra. En un principio, nadie se fijó en aquel extraño joven, vestido con ropa andrajosa y con evidente muestras de escasa higiene personal. En una ciudad de semejante tamaño, era del todo natural que hubiera gente extravagante pululando por ahí, siendo rechazada y evitada como una piedra situada en el camino de una comunidad de hormigas.
Ni siquiera cuando alzó su rostro al cielo y prorrumpió en gritos, la gente más cercana le dedicó la más mínima atención.
Hasta que mostró dos enormes cuchillos de cocina. Su mirada estaba del todo extraviada.
– ¡Somos muchos! – vociferó. – ¡Muchos en uno! ¡Y unidos, creamos la destrucción!
– ¡Cuidado! ¡Está loco! – se escuchó a un hombre vestido de ejecutivo.
Lo vieron avanzar en tumbos entre el gentío. Las personas se apartaban a su paso, verdaderamente preocupadas de que aquel individuo pudiera hacer algún tipo de agresión física con los cuchillos.
Pero este hizo caso omiso de quienes le rodeaban. Anduvo hasta el bordillo de la acera, observando por segundos ensimismado el tráfico que circulaba a gran velocidad y sin interrupción por ese tramo de avenida.
– ¡Yo soy uno de innumerables soldados! ¡Vengo a cumplir con la misión que se me ha encomendado!!
Enardecido por el tono demencial de su propia voz, y ante el horror de los presentes, llevó un cuchillo ante su ojo derecho y se lo clavó en el globo ocular hasta reventarlo.
– ¡Dios mío! – gritó una mujer, cerca de desmayarse nada más verlo.
El joven no experimentó dolor ninguno
(pues ellos también controlaban su sistema nervioso)
Con frenesí, volvió a autolesionarse, hincándose el segundo cuchillo en el otro ojo, y sin inmutarse, dio varios pasos al frente…
Los numerosos testigos no podían dar crédito a lo que estaban viendo. Aquel demente se situó en medio del tráfico, con los brazos alzados y hablando en voz alta en medio de los bocinazos de los vehículos que trataban de eludir atropellarlo.
– ¡Soy un soldado del mal! – chilló, desgañitándose.
Estaba ciego.
Pero intuía el autobús urbano que se precipitaba hacia su presencia. Estaba repleto de viajeros. El rostro del conductor reflejaba su impotencia. Quiso realizar una maniobra brusca para no darle de lleno, y en su giro, invadió dos carriles contrarios, donde un enorme camión de mudanzas venía en la dirección opuesta. El choque fue tremendo, y aquel soldado del mal apreció el éxito de su misión al escuchar los lamentos y los lloros de las personas agonizando antes de que los dos vehículos estallaran en llamas, consumiéndolos sin que se pudiera hacer nada por rescatarlos del amasijo de hierros.
Seguidamente de este hecho, un coche no pudo evitar llevárselo a él mismo por delante, cercenando su propia vida.
Aunque en verdad que hacía muchos días que ya no dominaba su cuerpo.
Y todo desde que su mente fuese infestada por un nido de víboras, cuyas lenguas siseaban sin cesar dentro de sí mismo, hasta poseerlo al completo, convirtiéndole en una punta de lanza del ejército de los caídos…


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Y la tierra le pertenecía…

¡Bogus Bogus! Estamos en plena madrugada, y aún estoy aguardando la cena. Se me está agriando el humor con la demora.
– Demonios. La culpa la tiene su sobrino Gurmesindo. En un descuido, ha cogido el Ñu relleno de lombrices y se lo ha regalado al vendedor de enciclopedias que estaba dándole la tabarra en el salón a la abuela de Dominique.
Bueno, después de todo ha sido una buena acción la de mi sobrino.
– El problema es que tendrá que esperar usted seis horas más hasta que la abuela esté tierna… Es lo que tenía más a mano para la sustitución del mencionado Ñu.
Sin comentarios. No me queda otra alternativa que centrarme en la revisión de mi nuevo relato.

La tierra le pertenecía. Una vez perdida toda la vitalidad, su ingreso en ella le supuso un renacimiento. Un útero firme y compacto. Una cuna donde regocijarse con la eternidad, contemplando la naturalidad impetuosa del día y la imperturbable soledad de la noche desde su pensamiento alejado de todo razonamiento lógico.
Su imparcialidad murió con su vida.
Su odio se acentuó hasta límites inabarcables desde un punto de vista del todo comprensible para cualquier miembro de la raza humana.
Ansiaba instaurar un régimen de terror que pudiera sacar de sus casillas a sus antiguos semejantes.
A partir de ahora, trataría de incrementar su propio legado maldito, dejando a todos los herederos del mismo desamparado y absorto en una vorágine de locura sangrienta que haría rebosar los albañales hasta desbordar los desagües de las alcantarillas de una calle cualquiera.


Claudia salió muy tempranamente como todas las mañanas en su labor de repartidora de prensa matutina. Pedaleaba con ganas en su bicicleta de montaña que le fue regalada en las pasadas navidades por sus abuelos maternos. La fricción con el aire hacía que sus largos cabellos castaños rubios se agitasen sobre sus hombros conforme avanzaba zarandeando de lado a lado la bicicleta, lanzando los periódicos en las entradas de las casas particulares del vecindario del pueblo.
Quedaban dos suscriptores a quien entregar la prensa, cuyas casas estaban algo distanciadas del resto por una pequeña arboleda atravesada por un sendero sin asfaltar, cuando una ráfaga de viento golpeó su rostro infantil. En un instante recibió con desagrado por las fosas nasales de su naricita achatada un olor sumamente desagradable.
Le recordaba a la sensación que recibía cuando visitaba la residencia de ancianos donde estaba ingresada su abuela Magie.

(el olor de la vejez, de la pérdida del control de los esfínteres, de la necesidad de su padre de tener que llamar al celador para que avisara a una de las enfermeras para el cambio del pañal)

Instintivamente, Claudia frenó en seco, apoyando el pie derecho en el suelo de tierra del camino.
Su pelo enmarañado reposó sobre su espalda.
El viento declinó su fuerza hasta detenerse del todo.
El hedor que le llegó al instante se tornó inaguantable. No tardó en sentirse mareada, con verdaderas ganas de vomitar el desayuno que se había preparado personalmente esa misma mañana antes de partir con su tarea del reparto de la prensa.
Un sonido singular la alertó.

(la tierra crujiendo)

Claudia se fijó angustiada en las grietas que se iban formando en el suelo bajo sus pies.
Cuando quiso darse de cuenta, la tierra firme y compacta se relajó, quedando desmenuzada, hasta transformarse en una zanja profunda, que fue requiriendo que la parte superior se deslizase hacía el fondo de la misma. La niña quiso huir pedaleando, pero en escasos segundos fue absorbida por la profundidad del hoyo, bicicleta incluida, siendo inmediatamente cubierta por una densa capa de tierra, que no tardó en volverse compacta, haciendo retornar el aspecto normal a ese tramo del sendero ubicado entre los árboles.

La rabia que le invadía fue correspondida por la posesión del cuerpo de la infausta muchacha. Con deleite fue absorbiendo sus fluidos vitales, diluidos por las enzimas de su complejo sistema digestivo.
No sentía ningún tipo de remordimiento por su corta edad.
En realidad le era indiferente.
Él ya no era humano.
Y la tierra donde antaño fue enterrado, era ahora su posesión más preciada.


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La llamada inadecuada

A estas alturas de la vida moderna, quién ya no está harto de recibir a todas horas las molestas llamaditas comerciales de las compañías telefónicas. Este relato va dedicado a cada una de ellas y a sus pesados teleoperadores/as, je je.

El teléfono sonaba todos los días. Nunca contestaba. Hasta aquella tarde…
(¡Ring! – ¡Ring!)
Descuelga.
Percibe al otro lado del hilo telefónico una musiquilla ridícula y repetitiva. Seguidamente se escuchan diversas voces propias de varias personas atendiendo a una serie de clientes al unísono. Es entonces cuando una voz femenina se pone en contacto con él.
– Hola. Muy buenas tardes.
Silencio.
– ¿Es usted el señor Lionel Rednack Perkins?
Un jadeo profundo como única contestación.
– ¿Perdone? ¿Está usted ahí? ¿Estoy hablando con el señor Lionel Rednack Perkins?
Carraspea para tragarse la propia flema que invade su garganta.
Llegado el caso, contesta con voz cavernosa.
– ¿Qué quiere?
– Me imagino que usted es el señor Lionel.
– ¿Para qué quiere saberlo?
– Si usted no es el señor Lionel Rednack Perkins, me interesaría que me lo dijera o si está en la casa, fuera usted tan amable de solicitarle que se pusiese un momento al teléfono.
Sorbido de mocos.
– El señor Lionel no está disponible en este instante.
– ¿Y cuándo podría hablar con él?
– Dígame el motivo de su llamada.
– Soy Verónica Campbell, del área comercial de la compañía telefónica One Line. Es para hacerle una pequeña encuesta sobre su conexión a internet.
Silencio momentáneo.
– ¿Sigue usted ahí, señor?
La voz.
De una niña muy pequeña.

Mami. ¿Por qué ya no eres tan puta? Con lo bien que te lo pasabas con los hombres sucios cuando no estaba papá. ¿Por qué lo hacías?
– ¿Cómo?
Incredulidad reflejada en el tono de la mujer.
La voz de niña se tornó en la de un hombre iracundo.
¡Cerdaaaa! ¡Ramera! Yo matándome con el camión en la carretera, y tú tirándote a todo el vecindario sin que yo lo supiera. Amanda no es mi hija. Lo engendraste de alguno de los chulos que te tiraste. ¡Guarra! Tuviste suerte que decidiera pegarme un tiro en la cabeza. Otro se hubiera llevado a ti y a la niña por delante antes de suicidarse…
– No. No puede ser. Jonathan…
Todo era verdad. La voz cambiante le estaba echando en cara su vida licenciosa. Su marido se quitó la vida. Y Amanda terminó hundida emocionalmente, recluida en un reformatorio desde los catorce años, para años después morir por una sobredosis de heroína.
– ¿Quién eres? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo lo haces? ¡Dímelo! ¡Por amor de Dios, dímelo, maldito!
Ella estaba fuera de sí. Su voz fue solapada por la de sus compañeros en la centralita del departamento comercial de la compañía telefónica One Line, visiblemente preocupados por su súbito ataque de histeria.
Entonces…
Silencio.
La voz no dijo nada más.
Colgó el teléfono.
Y conforme regresaba a su habitación helada y oscura, pensó dentro de su mente ocupada por las voces del mal:
“Estás muerta, Verónica. Acabada como persona viva. Esta misma tarde. Yo lo ordeno. Es mi principal deseo. Así ya no me molestarás más con tus llamadas.”
En los días sucesivos, el teléfono permaneció mudo…


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