Un corte de pelo definitivo

Hum… Este Harry le veo un poco descuidado en su aspecto externo.
¡Dominique!
– ¿Diga?, mi amo.
El nuevo empleado precisa de un buen corte de pelo. Fíjese en sus greñas. Parece casi un mamut.
– Del todo de acuerdo, señor. Pero decirle que tijeras no tengo. Las últimas se le rompieron a Bogus Bogus descuartizando al perezoso que está cocinando para la invitada especial Nikitta, de Holocausto Español.
¡Cómo! Ese cocinero es demasiado rudo. Voy a tener que rebajarle más el salario.
En fin. Hágase con las podaderas de jardinería. Servirán igualmente.
Ahora que ya se va mi mayordomo, les dejo que lean con plena concentración los renglones torcidos de mi siguiente relato.

Marjorie escrutó con sus ojos castaños la sala de estar. Como había previsto, su hijo Jim estaba allí echado de lado sobre la alfombra de lana echándole un amplio vistazo, al parecer por la amplitud de su sonrisa satisfecha, con entera dedicación a las fotos más picantes de una revista play boy.
Jim era el hijo único de la familia Levinson, con diecisiete años recién estrenados la semana pasada. Como tantos otros golfillos de su misma edad pertenecientes a una condición social y económica por encima de la clase media acomodada, pasaba más tiempo interesado en vestir a la última moda, acudiendo el fin de semana al polideportivo para disfrutar viendo una nueva victoria de su equipo favorito de balonmano, llamado este “Los Ociosos”, jugando una partida de billar americano en el Teodoro´s Bar y entreteniéndose con algunos amigos en la búsqueda de alguna extraña criatura de melena larga y luciendo buen tipo con minifaldas sugerentes.
Su madre se acercó en completo silencio hasta situarse detrás del sofá. Erguida desde su porte pudo observar a su hijo ofreciéndole la espalda. El ruido característico producido al pasar la hoja pegajosa de una revista indecente la hizo de fruncir el ceño, disgustada. Agraviada por la frescura de Jim, tosió a propósito, haciéndole reaccionar, volviendo su cabeza hacia el origen del sonido seco, dejando momentáneamente en el olvido la revista apartada encima de la mesilla de vidrio situado entre el sofá y su cuerpo.
– ¿Qué quieres, mamá? ¿No ves que me encuentro muy atareado? – preguntó con sorna.
Marjorie rodeó el sofá y la mesilla situándose frente a su hijo. Se puso de cuclillas, alargando la mano derecha para tocarle el pelo castaño que le llegaba hasta los hombros.
– ¿No crees, Jimmy, que ya va siendo hora que te des una vuelta por la barbería? Que yo sepa, no estamos viviendo en plena jungla, ni yo poseo el espíritu aventurero de Jane. Eso sí, verte con esta pelambrera me pone en la inmensa duda si en vez de estar criando a un muchacho rebelde, estamos intentando domesticar en vano a la mona esa que siempre acompaña a Tarzán.
– Chita, madre – Jim guiñó su ojo derecho con desdén.
– Eso. La mona Chita – Marjorie permaneció pensativa unos segundos, como si su mente estuviera distraída por culpa de la interrupción de Jim. Tras morderse una uña, pudo recobrar el hilo de la conversación: – Volviendo al asunto relacionado con tu querida mata de pelo, si todavía te das prisa, puedes llegar a tiempo antes de que cierren la barbería. Así para cuando hayas vuelto, tu padre ya habrá regresado de la reunión que está manteniendo con los directivos de la constructora Purvis Ltd. A la vez yo aprovecharé para visitar el supermercado y hacer unas compras de última hora.
“Cuando tu padre te vea con otro aspecto diametralmente opuesto al que exhibes ahora, seguro que se quedará asombrado y feliz de poder reconocerte por fin como su hijo legítimo.
Jim se removió con desgana sobre la alfombra, quedándose sentado con las piernas extendidas y las manos apoyadas en el suelo. Miró a su madre, e intentando expresar una seriedad de la que carecía, dijo:
– Con una condición innegociable. Me pagas tú el corte. Yo estoy sin blanca desde ayer, en que me gasté mi último dólar.
– Claro, Jimmy. Ya te lo pagaré gustosa. Pero a ver si ahorras, hijo, en vez de dilapidar la paga semanal en bebidas, cigarrillos y revistas pornográficas. Realmente, no entiendo cómo tu padre te permite comprarlas. Tu nivel intelectual no se verá incrementado, como no sea que algunas preguntas correspondientes a tu examen de anatomía humana se refieran a las cualidades físicas de las chicas de Penthouse.
– No es que haya ningún truco raro, mamá. Simplemente que papá también las revisa de vez en cuando. Si no me crees, ve a curiosear en los cajones del escritorio de su despacho. Te aseguro que te llevarás una sorpresa descomunal, ja ja – Jim repitió el guiño con el ojo derecho.
Marjorie emitió un sintomático bufido y se puso de pie. Se acercó a su bolso que estaba sobre uno de los brazos del sofá y buscó su billetera. No tardó nada en ofrecerle un billete seminuevo de veinte dólares.
– No tengo billetes más pequeños. Arréglatelas con este, pero el cambio me lo devuelves, que se que te sobrarán unos cuantos dólares. Nada de gastarlo… – su madre esbozó una amplia mueca burlona. – Nada de gastarlo en un crecepelo de los que anuncian en la tele, ¿de acuerdo?
Jim se guardó para sus adentros la observación acerca de la escasa vis cómica de su madre.
Simplemente respondió:
– Si. Claro, madre. Yo soy de fiar.

Jim se puso con bastante desgana la cazadora de cuero negro que adquirió en el período de una campaña publicitaria televisiva de la marca irlandesa Dublin Design, saliendo de casa.
Aunque ya era ciertamente mayor, la idea de ir de excursión a la barbería no le gustaba ni un “pelo”. Recordaba con cierta tristeza la visita más reciente hace cosa de cinco meses. Su soberbia melena sufrió tal ataque virulento por parte del barbero y de sus diabólicas tijeras, obligándole en el mes siguiente a tener que llevar puesta sobre la cocorota una gorra de béisbol de los New York Yankees para de ese modo evitar ser el hazmerreír del colegio.
Aparte de este factor psicológico y de autoestima muy fundamental, odiaba la barbería por el dueño de la misma. Este era muy amigo de su padre, al que tuvo el placer de conocer cuando visitó un bloque de edificios viejos y en estado de ruina que iban a ser derribados para luego aprovechar el solar con la construcción de una estructura de oficinas. Decir que en uno de aquellos pisos decrépitos vivía por aquel entonces el peluquero y su familia, llegados desde la distante Albania. Jim nunca llegó a entender cómo llegarían a entablar una amistad que aún perduraba. Este amigo de su padre, llamado Ivanias Tonkeski, tenía la inveterada costumbre de hablar hasta por los codos, dándole la pelmada explicándole los pormenores de por qué había huido de Albania hacía veinte años. Que si había participado en manifestaciones en contra de la dictadura, formando barricadas en las calles más céntricas de Tirana, lanzando cócteles molotov a los carros blindados, escupiendo directamente en la cara a más de un soldado represor, golpeando con palos con clavos en la punta a los cuartos traseros de la caballería montada antidisturbios, y más patrañas por el estilo, que finalmente culminaría en su fuga atravesando media Europa hasta poder obtener el visado de entrada en los Estados Unidos con toda su familia como refugiado político. Pero Tonkeski no era la gota que colmaba el vaso de la paciencia de Jim siempre que este frecuentaba su negocio. Uno de los refranes que solía recitar el bueno del señor Ivanias era el referido a que cada idiota tiene un semejante que le supera en estupidez. El barbero tenía como semejante a Andrea Kostas Papanolekospoulos, griego de nacimiento. Este, con la excusa de querer ayudar en la barbería realizando la ardua labor de barrer con la escoba el pelo que caía al suelo procedente de las cabezas de la clientela, aprovechaba para largarles mil y una historias referidas a sus ancestros, a su país de origen, a su equipo favorito de baloncesto, el Aris de Salónica donde jugaban el dueto mágico formado por Gallis y Yianakkis, y como no, realzando las virtudes del yogur griego. En fin, era una máquina parlante, tan perfecta, que no necesitaba uso de que le dieran cuerda.
Lentamente y sin pausa, Jim se encaminaba a su destino final. Cruzó en diagonal la calle Denford, dirigiéndose hacia la Seven Tigers. Apresuró un poco el paso dejando detrás de si los números pares de varios portales. Transcurridos escasos segundos se quedó frente a la puerta de la famosa barbería “Ivanias Ton.”. Se rió al pensar que el hombre estaba gordo, pero en absoluto pesaba una tonelada.
Su sonrisa desapareció al instante.
El local estaba cerrado.
Un cartelito colgado al otro lado del cristal de la puerta lo decía bien a las claras.
Jim masculló unas palabras ofensivas, añadiendo un violento porrazo a la puerta con el puño cerrado de la mano derecha. El vidrio aguantó impertérrito el impacto, mientras la piel de los nudillos se levantó levemente. Jim volvió a soltar una palabra malsonante, y hubiera persistido con una lista entera emulando a la de la compra de su madre en el Wallmart si no hubiera sido por la interrupción de la voz pastosa que escuchó a la altura de su nuca.
– ¿Desea el señorito pasar una apacible noche en una celda dotada de un catre duro y un inodoro sin asiento donde poder sentarse para aliviarse los intestinos? Además disfrutarías con la panorámica estrellada. Decirte que las estrellas las verías por los efectos de mi porra en tu mollera de grillo, hijo.
Jim se dio la vuelta adoptando una pose de rebeldía juvenil, encontrándose ante el respetable cumplidor de la ley en el barrio donde residía, el agente Spity (cumplidor de que se hubiera abolido la ley seca, ja ja). En realidad se trataba de un idota presuntuoso que solo alcanzaba a rebasar con la ayuda de alguna influencia familiar la estatura mínima exigida para ingresar en el cuerpo de la policía local. La fisionomía de Spity se complementaba con una respetable barriga motivada por los ingentes filetes de ternera masticados e ingeridos y la cantidad ilimitada de cerveza trasegada a lo largo de los años como cliente asiduo de la taberna Luna Pálida.
El buen hombre daba vueltas a su porra, mostrando su amarillenta y desigual dentadura al advertir que el granuja mal hablante que estaba arremetiendo contra la propiedad privada de Tonkeski, era Jim Levinson.
– Vaya. Si eres tú. Ciertamente con esa pinta que llevas es fácil confundirte desde la distancia con un drogadicto – hizo pasar levemente la porra por encima de la poblada cabellera del muchacho. – Vienes a darte una buena rapada, ¿no, Jim? Pues el local está cerrado.
– Ya lo veo. Tengo ojos y también se leer – respondió Jim con acritud.
– Tonkeski está de luto. Su mujer murió esta madrugada. De un ataque fulminante al corazón.
Spity apartó la porra y la guardó en el cinto de su uniforme. Apuntó con el dedo índice de la mano izquierda hacia el sombrío semblante de Jim.
– Tendrás que cortártelo otro día, chaval. Si, otro día. Mira que tienes mala suerte. Por fin que te has decidido a venir, el bueno de Tonkeski no está por la labor de trabajar hoy. Bueno, a ti te dará igual que esté cerrada. Daría el coste de una velada en una pizzería italiana a que no tenías ni pizca de ganas de ver cómo el barbero iba a tener que recurrir a unas podaderas para dejarte medio decente. Pero como tu mamaíta te habrá obligado bajo la condición de no dejarte ver el capítulo especial de Tom y Jerry, no te quedó otra, eh, niño.
Jim dirigió una mirada devastadora a Spity. Apretó con fuerza sus puños, sintiendo un ligero dolor motivado por la incrustación de las uñas de los dedos en la piel de las palmas de las manos.
– Oye, bobo – explotó. – Si llevo de esta guisa el pelo es porque me da la real gana. ¿Entendido, sapo tripudo?
Spity se indignó al oír el último calificativo peyorativo dado por Jim. Apretó los dientes, asiendo al joven por los hombros, y empleando toda su fuerza, lo sacudió de lado a lado.
– Mira, maldito melenudo de mierda. No te detengo por ser tu padre un pedazo de pan, pero te aseguro…, pero que bien asegurado, que pronto tendrás noticias mías de una forma u otra. Verás qué noticias – dicho esto, lo soltó con brusquedad, marchándose del lugar a paso lento y bamboleante.
Jim escupió una flema en el suelo. Se quedó ahí de pie hasta sosegarse un poco. Enrabietado, dirigió su mirada hacia el cartelito del cierre de la barbería.
La palabra remarcada en letras mayúsculas continuaba desafiándole.
Entonces Jim lo tuvo claro.
Decidió ir en busca de otra barbería que estuviera abierta a esas horas.
Simplemente era
cuestión de orgullo.

Jim estuvo durante veinte minutos recorriendo la zona a paso casi de legionario en busca de una barbería que estuviera abierta a esas horas. Cuando ya empezaba a notar el cansancio propio de la trotina dispensada a sus piernas y tenía la intención de emprender el camino de regreso a casa, divisó una peculiar callejuela, la cual se cruzaba con parte de la calle Deskale. Se acercó hasta la entrada. Desde la acera alcanzaba a ver a lo lejos un cilindro en posición vertical común en muchas de las tradicionales barberías el cual utilizaban a modo de llamativo reclamo. Se lo estuvo pensando durante bastante rato si era conveniente o no intentar cometer la heroicidad de llegar hasta el local. Desde luego el ecosistema particular de la callejuela no ofrecía ningún tipo de garantía. Comenzando por la fauna local en forma de prostitutas parlanchinas y escandalosas, los drogadictos bajo los efectos del crack y los mendigos simulando dolencias físicas para conseguir unas míseras monedas de un centavo, pasando por el estado lamentable del asfalto, de las aceras y los edificios en general: todo era desolador.
Las fachadas de los inmuebles ofrecían innumerables desconchados y grietas ramificadas por todas las superficies como si recientemente se hubiera padecido los efectos de un terremoto de cierta entidad en la escala de Richter. De los alféizares de cada vivienda pendían tres o cuatro cuerdas mal tensadas utilizadas para tender prendas de ropa hechas harapos y empapadas, sin ni siquiera haber sido escurridas a mano: al permanecer continuamente en la sombra y sin un soplo de aire eficaz, tardarían una eternidad en secarse. Otras ventanas tenían las persianas de listones de madera bajadas del todo, como si los propietarios de los pisos tratasen de quedarse aislados del mundo que les rodeaba. Las bolsas de basura, cajas de embalaje vacías y demás restos escatológicos aparecían esparcidos por doquier. El olor era excesivamente penetrante y húmedo. Y las personas que deambulaban por ahí se lanzaban gritos e imprecaciones unas a otras en una lengua desconocida para el chico.
Al final Jim salió de su indecisión inicial, decidido a intentarlo. Al fin y al cabo, había una compensación materialista relacionado directamente con el corte del pelo. Al tratarse de una peluquería miserable, el coste del mismo iba a resultarle más barato. Calculó que por lo menos podría llegar a ahorrarse dos o tres dólares (dinero que no llegaría a ver su madre cuando le entregara los cambios, je, je).
Se internó con paso ligero y decidido por la jungla decadente de la callejuela. Mientras recorría el camino en dirección hacia la susodicha barbería, le llamó la atención que ninguno de los extraños lugareños se percatase o incomodase por su presencia en su especie de territorio comanche. Le resultaba perturbador que nadie le molestase, dada su impecable vestimenta y su peinado estilo Beatles. Sólo le faltaba llevar un cartelito que pusiera: “soy un hijo de papá con veinte pavos en el bolsillo”.
Sin dejar de vigilar de tanto en tanto sus espaldas, consiguió presentarse ante su objetivo final.
Ahí lo tenía bien en frente de las narices.
La dichosa barbería.
¡Pero qué barbería!
Su aspecto exterior era mucho peor que el ofrecido por los edificios colindantes. La fachada estaba por completo deslustrada, con impresionantes desconchados. El famoso cilindro de barbería con sus espirales rojas y blancas estaba mugriento por el conjunto del polvo grisáceo y los excrementos de insectos y deyecciones de los pájaros. Ambas lunas de los escaparates tenían los cristales en tal estado de opacidad que le imposibilitaba la visibilidad del interior del local. Arriba, sobre la marquesina, figuraba el cartel con luces de neón fundidas, formando el nombre del local:
“El Corte Definitivo”.
– Venga ya. Lo que es definitivo es el cierre de semejante antro – se dijo Jim, cariacontecido por la segunda decepción consecutiva de la tarde.
Hay ocasiones en que uno nunca debe rendirse a las primeras de cambio.
Un cartelito ubicado al otro lado del cristal de la puerta atrajo la atención del muchacho. El vidrio estaba completamente sucio, menos una zona ovalada como si alguien hubiese pasado un trapo por dentro y así facilitar la presencia de la frase
“El negocio está: ABIERTO”
hacia el exterior de la calle.
Jim giró la cabeza instintivamente, ligeramente nervioso, mirando a todas partes para asegurarse que nadie le estaba prestando algún tipo de atención. Al comprobar que ninguno de los residentes sentía curiosidad por su presencia, empujó con fuerza la puerta hacia adentro. Esta cedió enseguida, sin ponerle ningún tipo de traba. Tampoco emitió el sonido desagradable de los chirridos de las bisagras oxidadas por el paso del tiempo, cosa típica en otras puertas incluso en mejores condiciones que la de la barbería. A la vista de Jim se mostró el reino de la oscuridad y el abandono, personificada en las penumbras y el olor penetrante a cerrado del interior de la estancia, donde dos telarañas situadas en ambos ángulos superiores del marco de la puerta de entrada parecían tributarle la bienvenida nada más pasar su cabeza por debajo de ellas.
Jim vaciló un instante, el necesario para que la puerta se cerrase impulsado por una corriente de aire nociva y altamente fétida, dándole casi en las narices. Dio un paso atrás, con el susto metido en el cuerpo. Nuevamente se puso a observar en su derredor si alguien se había fijado en el incidente.
Al parecer esa panda de inadaptados no poseía ni pizca de curiosidad, o si la tenían, se tomaban la molestia de disimularla.
Jim se percató de la tremenda discusión dialéctica que cinco prostitutas mantenían en las inmediaciones de un portal cercano. Un poco más alejados de donde estaban las chicas de la calle, un grupillo de hombres de tez morena canturreaban en un idioma que Jim creyó que era una mezcla de portugués y español. Otros desconocidos charlaban animadamente cerca del umbral de una taberna mientras que un par de ancianos emulaban a la famosa y estereotipada imagen de los mejicanos de las películas del oeste, dormitando sobre la sucia y fría acera.
Pero nadie prestaba atención en el joven melenudo que estaba metiendo las narices donde no debía.
Jim se desentendió de la gente que pululaba por la calle, volviendo a empujar la puerta. En esta ocasión no perdió el tiempo meditando lo que iba a hacer a continuación, introduciéndose en un santiamén en el interior de la barbería.

La negrura encontrada era similar a la hallada en una cueva, haciéndole casi tropezar y perder el equilibrio por mediación de un objeto situado en el suelo. Jim tanteó cerca del marco de la entrada para averiguar dónde se encontraba el interruptor de la luz. Tras unas cuantas intentonas fallidas, dio con un pulsador y lo apretó, ansioso. Seguidamente una tenue luz amarillenta iluminó la barbería. Halló telarañas por doquier, una notoria capa de polvo sobre el suelo con huellas de pisadas ajenas a las suyas, el techo completamente agrietado y con la pintura levantada. Resumiendo, todo era un lamentable estado de abandono, algo previsible ya observada la apariencia externa del local.
En un momento dado, Jim bajó su mirada hacia el suelo para descubrir la cosa con que había estado en un tris de trastabillarse…, quedándose perplejo al comprobar que era una cabeza cortada de tajo en un estado avanzado de descomposición. Jim se acercó despacio, paso a paso, como temiendo que la cabeza echara a rodar de repente. A la vez que avanzaba hacia ella, iba dejando huellas sucesivas de las suelas de sus zapatillas deportivas sobre la capa de polvo que recubría el suelo. Desde su altura, sin necesidad de agacharse, pudo ver con repugnancia como una infinidad de moscas revestían las zonas aún carnosas, recorriéndolas compulsivamente con sus trompas diminutas. Jim las espantó con la mano varias veces, hasta que consiguió deducir, dado el estado de degradación de la cabeza, que había pertenecido a un hombre de edad mediana. Los ojos vidriosos rezumaban un líquido acuoso amarillento que caía en forma de pequeños hilachos por ambas mejillas descarnadas y con el hueso de los pómulos sobresaliendo entre retazos de piel. Una lengua hinchada y negruzca se ofrecía por el hueco de la dentadura abierta establecido por la separación de las mandíbulas. Su tez estaba amoratada y encogida, con partes de los músculos faciales al descubierto. Los orificios de su nariz estaban deformados. Y por último, el detalle más llamativo de su fisonomía, era su ausencia de pelo. Aparte de faltarle en el cuero cabelludo, carecía de ello en las cejas y los párpados.
Jim perdió en gran parte la compostura por el terrible hallazgo de la cabeza, y tambaleándose, intentó dirigirse con cierto apremio hacia el sillón de barbero. Nada más llegar, se dejó caer de golpe sin importarle que estuviese la tapicería manchada de polvo y excrementos de insectos. Goterones de sudor frío perlaban su frente. No estaba muy seguro si había gritado como un loco.
Permaneció sentado, respirando profundamente y tratando de recuperar la serenidad.
En teoría lo primero que debería de hacer era salir de ese cubículo a la velocidad de una locomotora descontrolada y guardar absoluto silencio de su delirante descubrimiento, dando por hecho que nadie iba a tomarle en serio (sobretodo tratándose del petimetre del agente Spity). Lo segundo que haría en mucho tiempo era eludir las cercanías de cualquier barbería o peluquería del demonio, aunque eso implicase la furia de sus padres.
Toda esta planificación se vino estrepitosamente abajo como un castillo de naipes cuando hizo acto de comparecencia su estúpido orgullo de héroe aventurero.
“Súper Jim” se puso a susurrarle al oído:
“- Hay que llegar al fondo de este asunto. Sería guay aparecer en las portadas de la prensa. Tu popularidad en el colegio subiría como la espuma.”
Jim se fijó en una puerta verde situada a su izquierda (en realidad el color se lo imaginaba). Debía de ser una de las dependencias del barbero. Se levantó del sillón y se dirigió hacia ella. Al acercarse acopló el oído a la superficie de la madera, intentando oír algo que procediese del otro lado. En vez de un sonido, lo que le llegó fue por la vía olfativa en forma de un olor fuerte y nauseabundo. Se apartó de la puerta medio metro, extendió su brazo derecho haciendo aferrar su mano al pomo mugriento y gélido de la puerta. Sin pensárselo dos veces lo hizo de girar ciento ochenta grados, tirando de la puerta hacia fuera…
Docenas y docenas de calaveras se desparramaron en un alud sobre el cuerpo asombrado y aterrorizado del jovenzuelo. La mayoría eran simples cráneos mondos y lirondos. Aún así pudo diferenciar a tres o cuatro cabezas decapitadas ofreciendo similar aspecto repulsivo a la primera encontrada cerca de la entrada del local: todas con el cuero cabelludo arrancado, dejando el tejido subcutáneo a la vista, objeto de una profunda y brutal escarificación, sin pestañas y con la zona de las cejas cortadas en jirones.
Ya no pudo contenerse más, y de la profundidad de su garganta brotó un aullido gutural. Se levantó como pudo, apartando las calaveras y cabezas decapitadas que le impedían acercarse hasta la salida de esa pesadilla infernal.
Desesperado, tiró de la puerta hacia adentro, dispuesto a huir corriendo de aquel lugar. Fue cuando se encontró de frente con una enorme masa humana en el dintel que le empujó sin miramientos de nuevo hacia el interior de la barbería.
El agresor era un hombre de más de metro ochenta y más de ciento veinte kilos de peso. Vestía un sucio y arrugado uniforme blanco de barbero, acompañado de unos destrozados zapatos de cuero negro. Sobre la cabeza, un gorro de barbero tradicional.
De uno de los bolsillos de la chaquetilla sobresalía el cabo de una soga.
El hombre obeso agarró al muchacho por los hombros con sus recias manazas, donde sus dedos regordetes cumplían la función análoga de unas tenazas. Lo arrimó contra su voluntad al sillón de barbero, haciéndole de acomodarse en él. Sin darle tiempo a reaccionar, fue pasando la cuerda alrededor del tronco y los brazos de Jim, enrollándole contra el respaldo hasta inmovilizarle.
El barbero comprobó la perfección de los nudos.
– ¿Qué hace? ¿Qué significa esto? ¿Está usted loco? – preguntó Jim, tratando de desasirse de sus ataduras sin éxito.
– A callar, prenda – le dijo el barbero, introduciéndole un pañuelo inmundo en la boca.
Satisfecho por haberle hecho cerrar la boca, extrajo una navaja de unas monstruosas dimensiones, enjuagando el filo de la misma en un pequeño cazo abollado, medio lleno de agua turbia. Se situó frente a Jim, con la navaja agarrada por el mango por su mano derecha.
– Ya verás el estupendo corte de pelo que te voy a realizar, chico – le dijo con una voz enfermiza. Se empeñó en sonreírle, mostrándole la dentadura, que debía de ser postiza, pues sus dientes eran rojizos.
El hombre, sin borrar la sonrisa, se puso a trabajar con la poblada cabellera de Jim. Los mechones de su pelo vigoroso y sano fueron cayendo al suelo con una fluidez inusual comparada con el resto de los barberos conocidos por Jim. Lo diferencia más sustancial consistía en el método empleado por su asaltante. Este, al revés que sus compañeros de profesión, no mojaba el pelo de su cliente, facilitando que el chico sufriera con cada laceración inflingida a su cuero cabelludo. Pues el barbero gordo le arrancaba los cabellos con parte de la piel.
Jim se puso a lloriquear, intentando por todos los medios soltarse de las ligaduras que lo oprimían contra el respaldo del sillón.
Transcurrieron unos interminables cinco minutos, pasados los cuales, el barbero decidió retocarle las cejas, pelándoselas a tirones con la ayuda de unas pinzas. Al acabar con ellas, se acercó al mostrador para recoger unas tijeras. Arrimó su pecho al de Jim, y con pericia le pellizcó un párpado con dos dedos de una mano, mientras con la otra se lo cortaba con las tijeras. El muchacho mordió el pañuelo, aullando de dolor.
Nada más terminar su trabajo, el barbero pasó un paño por la superficie del espejo frontal, limpiándolo a conciencia para que el reflejo fuera perfecto.
– Mira lo bien que has quedado. Un acabado perfecto, opino yo, según mi propia modestia – dijo, sin dejar de perfilar una rodaja de sandía en sus labios.
El espejo le remarcaba a Jim una escena terrible: donde antes existió una magnífica cabellera, ahora se ofrecía una repulsiva calva repleta de numerosos cortes profundos; carecía de párpados, sin poder pestañear, con los ojos irritados por la sangre que le llegaba procedente de su cuero cabelludo y la zona donde antes estaban las cejas.
Pero esta imagen grotesca no era el horror máximo que le ofrecía el espejo.
Reflejado en él se observaba la entrada al establecimiento. La puerta, antes cerrada, estaba ahora abierta. Innumerables cabezas, pertenecientes a otras tantas personas curiosas, le miraban con rostros llenos de regocijo. Cuchicheaban entre sí con los ojos desorbitados. Jim pudo distinguir de entre aquellas personas a un par de prostitutas, tres hombres de tez morena que hace poco rato conversaban en la calle en una jerga incomprensible y a algún transeúnte más que hacía cosa de veinte minutos desempeñaba otra vida en la callejuela dichosa.
El barbero se olvidó por unos segundos de Jim, para dirigirse hacia su público congregado en el quicio de la puerta.
Desde el espejo se podía ver como el barbero alzaba los brazos.
– Bueno, mi labor ya ha finalizado. Ahora corresponde decidir qué hacemos con este chico – se dirigió a su audiencia como si se tratase de un dilema con varias soluciones a seleccionar.
– ¡Le sesgamos la cabeza! – fue el grito unánime de todos.
La concurrencia se mesaba los cabellos, y ante el espanto de Jim, todos los presentes (incluido el barbero, que se había retirado la gorra de la cabeza), se levantaron las pelucas, exponiendo sus relucientes y tirantes calvas similares a cascos militares.
La luz incidía sobre esas lisas superficies.
Brillaban.
Hasta lanzaban destellos.
De entre el gentío surgió un hombre de pequeña estatura, ataviado con un descosido traje a cuadros rojos y negros de bufón. En sus callosas manos portaba un hacha con el mango y el filo de tonos rojizos…

Jim quiso gritar como nunca jamás lo hizo, pero la mordaza le impidió siquiera suplicar por su vida.

FREAK (un fenómeno de circo) Escena primera

Hoy publico un relato de dos capítulos. Tengo que reconocerlo. FREAK es un escrito al que como propietario de este pequeño rincón de sobresaltos traicioneros, je, je, le tengo un cariño muy especial. Lo escribí en su momento tomándolo como si pudiera ser la base de un capítulo de una serie de terror americana. Espero que degusten su lectura, y se posicionen a favor o en contra de las desventuras del cariñoso protagonista de
FREAK.

FREAK
(un fenómeno de circo)
(I)

Escena primera

La feria es de cuarta categoría. Bueno. Eso es lo que pensaba yo. Me encontraba en un estado lamentable, la ciudad estaba en fiestas y andaba vagando de aquí por allá como un transportista extranjero sin GPS. Este año los señores del ayuntamiento habían recortado gastos en el presupuesto de actividades, y se habían conformado con concederle la licencia a un empresario de un país del este de Europa. Se encargaba de aportar su circo propio, amén de unas cuantas atracciones de feria. Yo siempre había detestado el circo. Más que nada por el olor que desprendían las bestias. Nunca he sido un fervor seguidor de las piruetas simpaticonas de los animales adiestrados a golpe de látigo y zanahoria. Soy así de raro. En cambio las casetas de los fenómenos y las atracciones de espejos y de terror sí que concitaban mi atención. Me divertía atrapado entre laberintos de espejos donde se reflejaba mi perversa personalidad en varios clones sonrientes. Y atravesar montado en una vagoneta por los vericuetos aterradores del castillo fantasma del doctor Dolor era ya el no va más para mi sentido gusto del morbo.
Así que medio borracho, me fui recorriendo las barracas y para mi disgusto, no hallé más que atracciones propias para niños menores de diez años. No había ninguna creada para el deleite de los adultos. Un timo. Una estafa. Mi humor se puso denso y destemplado. Me apetecía agarrar al dueño de toda esa colección de baratijas y emprenderla a patadas contra el paquete de su ingle hasta dejarle caer desvanecido en un ovillo. Si hubiera dispuesto de una tea, toda esa patética feria hubiera ardido por los cuatro costados, clientela incluida. La bebida… Estaba dejándome influenciar por sus efectos nocivos. Sería mejor abandonar el recinto. La gente chillaba y se reía, y mi dolor de cabeza iba en aumento. Estaba a punto de irme, cuando alguien me asió por el codo de mi brazo derecho.
– No se marchará así, señor. No al menos sin ver una atracción – me dijo un ridículo gordinflas vestido de maestro de ceremonias. Hasta llevaba el sombrero de copa sobre la azotea del cráneo.
– Menuda diversión tiene aquí, amigo. Un circo aberrante y cuatro tonterías para los mocosos más tontos del barrio – le dije con acritud. Hipé en frente de su orondo y grasiento rostro. El tío estaba sudando dentro de su aparatoso traje como un cerdo bien cebado.
Se me quedó mirando con cara de no comprender nada.
– Usted trae toda esta porquería desde Mesopotamia – le critiqué con desdén.
– Albania, señor.
– Eso queda en Europa.
– Así es, señor. Y me es justo decirle que nuestra caravana tiene una reputación de alto nivel en buena parte del continente.
– Pero aquí estamos en América, amigo. Y qué quiere que le diga. Su circo y el resto de su feria me parece pura bazofia.
– Ajá. Discrepo de su opinión, pero en América hay democracia.
– Eso mismo.
– Y como hay democracia, tiene cabida tanto su opinión como mi maravilloso espectáculo.
Me estaba hartando de tanta cháchara con ese payaso. Me libré de su apretón y continué dando tumbos con la bebida dominando mis impulsos. Joder, ese albanés no me conocía bien. Si supiera lo cabrón que llego a ser, ni se hubiera dignado en dirigirme la palabra. Con lo fácil que resultaba atarle en la silla del sótano de mi casa y sacarle los dientes uno a uno con unas tenazas. Le salvaba que me encontraba borracho perdido. Si no otra patética víctima anónima que iba a sumarse a mi depravado juego solitario del torturador y su presa. Ya no sé ni cuántos cuerpos llevo sepultados bajo el piso del sótano. Deben de ser ya una docena. No está mal para llevar simplemente un año con mi diversión infernal.
Continué andando en eses, cuando percibí que alguien correteaba detrás de mi estela. Me volví y el inmenso dueño de la barraca me alcanzó casi con la lengua fuera. Estaba opulento. Mucha carne para ser diseccionada con el filo de un buen bisturí de cirujano. Tardó unos segundos en recuperarse del esfuerzo de la carrera.
– Es una pena que decida marcharse, señor.
– Déjeme ir a mi bola, amigo. Si no lo hace, lo más probable es que lo lamente luego – le corté poniendo mi característica mirada que helaba la sangre en todo aquel que se pusiera pesado conmigo.
El hombre se quedó quieto por un momento. Luego fue sonriendo.
– Usted es perfecto- dijo encantado con mi pose.
– ¿A qué se refiere?
– Digo que usted es perfecto para mi espectáculo.
Y dicho y hecho extrajo un arma de esas que al disparar descargan una serie de corrientes eléctricas para inmovilizar a los presos en ciertas cárceles del estado. El caso es que me apuntó de maravilla y consiguió que perdiera el conocimiento entre fuertes espasmos de dolor.

El circo y el resto de su negocio es albanés. Desconozco en qué parte de Europa queda ese condenado país. Sólo se que en lo que a mí me atañe, su dueño es un sujeto muy peligroso para la sociedad en que vivimos. Más o menos cómo lo soy yo.
Desperté mucho más adelante sin derecho a replicar ninguna de sus órdenes. Para algo me había sido arrancada la lengua. Y las orejas. Y la nariz. Mediante el efectivo uso de la morfina, y unos ásperos conocimientos de cirugía plástica, el dueño del espectáculo modificó mi rostro tornándolo irreconocible incluso para mí mismo. Me convirtió en un fenómeno de circo. Un ser aberrante y deforme, que sufría las pesadas bromas de tres payasos sádicos e inclementes. Vivía encerrado en un carromato insignificante, con barrotes en las ventanas y con la puerta cerrada bajo llave. Este era mi nuevo destino. Las pocas veces que conciliaba el sueño, era para tener horribles pesadillas en las cuales los espíritus de mis víctimas del sótano acudían a mi encuentro para regocijarse de mi situación actual.
Mi abuelo paterno solía decirme a veces las vueltas que daba la vida.
En eso tenía toda la razón.
De carcelero he pasado a prisionero.
De torturador a la persona torturada.
De depredador a presa.
La última diferencia entre mis víctimas y yo es que ellas ya estaban muertas mientras yo me mantengo aún vivo.
Me levanto para aferrarme a los barrotes de mi prisión rodante.
¿En qué me he convertido?
Antes por mi condición de asesino en serie sin remordimientos de ningún tipo pudiera ser merecedor de la pena capital. ¡Pero y ahora! No me queda más consuelo que esperar mi oportunidad. No mi ocasión de escape. Si no la simple posibilidad de tener a mi alcance el cuello de triple papada del dueño de la compañía para rebanárselo de oreja a oreja con un afilado cuchillo. Hasta que ese momento llegue, he de conformarme con mis penurias de Monstruo de La Cabeza Lisa.
La entrada sólo cuesta doce dólares.
Pasen y vean, señores…
Verán que el “show” vale la pena.

El rostro de la guerra

… llevaba una eternidad insomne. Apenas gozaba de la vitalidad precisa para mantener la pesadez de la mirada fija en la vigilancia del inactivo frente secesionista; apostado de rodillas en la zanja más saliente de la térrea trinchera, con los prismáticos de visión nocturna prendidos, ocasión tras ocasión, contra las cuencas de las órbitas ojerosas. Los zapadores urdieron la línea desigual de parapeto a lo largo de media milla, justo al amparo zaguero de una minúscula colina devastada por la utilización a mansalva del fuego cruzado de artillería de corto alcance – las prestaciones logísticas no eran muchas -, en plena eclosión reconquistadora por parte de las huestes nacionalistas. En su vertiente norte quedaba emplazado el enclave de Verezda, un simple punto insignificante de vida agropecuaria, compuesto por ocho granjas, unas cuantas tierras cercadas, un recinto de pastizales que hubiera dado grato gusto ver de día unas semanas en retrospectiva, y unas áreas dispersas de cultivo en barbecho.
Se le suponía a la aldea una población cuantificada en cuarenta o cincuenta habitantes, la mayoría gente anciana, mujeres y niños pequeños, casi carente de toda reserva varonil superior a la mera adolescencia, el interés prioritario de los lugartenientes del desatinado y cruel General Hergacevic – un iluminado que preconizaba a la larga la estulticia imperial de un Gran Estado Adriático -, y a cuya vera arribaban después de haber regenerado sus crecientes filas en villas cercanas a la presente. Pero todo cuanto encontraron al poco de espantar a las líneas de defensa fue la representación trágica de una postal turística agonizante al ser pasto de las llamas. Los rebeldes optaron por saquear Verezda a conciencia, quemando las posesiones, acribillando el ganado a tiros e inutilizando el medio de vida general de la cual se nutría, aparte de llevarse a las féminas más jóvenes y de buen ver, desdeñando el espectro restante de la escala de edades, confinándolo en el compartimento de descarga de los enormes silos, en un exterminio de crueldad sin límites bajo el derrame infinito de trigo y centeno allí almacenado. Recordaba el acto insano del descubrimiento: la palidez de la piel aderezada de granos, el horror reflejado en la sobriedad de los ojos, las bocas hacinadas del producto de la cosecha anual… Tardaron un día entero en dispensarles un destino de descanso eterno más acorde con la sinceridad de sus corazones agrarios, mientras los zapadores destinaban centilitros de sudor en la constante elaboración de la trinchera. Mil doscientos metros más allá, enmascarados en los recovecos naturales que les ofrecía un espeso y tupido bosque de robles, la guerrilla miliciana daba vía libre a su infame alegría, canturreando una retahíla de composiciones de antiguo cuño, relegada en la estirpe de su lengua materna, creencias y costumbres hereditarias del pasado; sin duda agrupados en un campamento improvisado, al fragor de la sibilina empatía de la hoguera, mediando caricias descarnadas con las cuatro o cinco chiquillas bonitas arrebatadas a Verezda. A ello era debido en gran parte la proliferación incesante de sus gritos suplicantes, emergentes esporádicamente en el cénit del anochecer. Lamentablemente dicha noche constituyó una excepción en el conocimiento de las referencias orales del estado anímico de las civiles hechas rehenes. Nunca más se las volvió a oír. Nunca más se supo de su desasosiego. Presumiblemente estarían muertas. Estranguladas a sangre fría, o rematadas a golpe de culatazo de fusil en la base de la nuca, pues jamás se escucharía la detonación de un sólo disparo de gracia procedente de la inmensidad de la arboleda.
El desfilar de firmamentos estrellados se sucedería noche tras noche, y a cada madrugada discurrida en vela, el cansancio físico, anímico y mental hasta entonces acumulado quedaba engarzado sobre sus espaldas, unido a los omoplatos con el tesón de las pinzas de un cangrejo, tentando la entereza de su raciocinio. El militar al mando del pelotón – todos los integrantes eran reservistas y alistados por fuerza mayor – le aconsejó echar alguna que otra cabezada reparadora en los recesos temporales de calma bélica que compensara su actual déficit de insomnio… Pero todo cuanto intentase constituía un fracaso anticipado. Vez que se acostaba sobre el macuto, con un oído libre del estorbo de la lona por si surtía un imprevisto inminente, predispuesto a cerrar los párpados y a dejarse llevar por el revuelo de un sueño agitado, la mente se le ponía en blanco, inmaculada como si fuera la aureola de una figura sagrada adorada por miles de fieles semi-cristianos; incapaz de esbozar una instantánea de su vida pasada, virtual o de simple fantasía freudiana. El folio en blanco disfrutaba de unas propiedades transitorias que consistían en desmembrar cualquier atisbo de imagen trenzada al albur por la diligencia del extremo inferior de un palo en la arenisca de la playa, consiguiendo que pasara al precoz olvido con la subida inmediata de la marea. Una ola sabrosa lamía la superficie interior de la cala, tersándola con la bravura infantil del mar hasta restaurar en segunda instancia el pliegue monótono de arena blanquecina en su período de gris duermevela.
El susurrar de la resaca reiteraba la difusión del eco en el trasfondo de su ser, de su YO adormilado e invidente.
“Libérate. Déjalo todo. TODO. Y ten cuidado con el HOMBRE SIN ROSTRO. No te dejes obnubilar por el poder obsceno de sus facciones indefinidas, pues si acaso cedes y lo haces, lo perderás todo. TODO. “
“Incluida tu propia vida.”
El vocablo ulterior permanecía aleteando en el intrincado entramado de su sistema auditivo, aún cuando recobrase el sentido del presente.
– Qué. ¿Por fin dormiste algo? – se interesaba con intermitencia su superior.
A lo que solía responder con un movimiento de cabeza estéril.

*****

– Está que asusta hasta a los muertos de este pueblo – comentaban sus compañeros de pelotón cuando lo perdían de vista.
– Será porque es un campesino. Lo reclutaron en Zaprica. Al parecer no se resigna a perder todo contacto con sus prójimos.
– Según tengo entendido, vive solo con sus padres, éstos ya muy mayores. Debe de disponer de un buen terreno de labranza, pero al permanecer tanto tiempo apartado de su completa supervisión, lo debe de haber perdido todo.
– Vaya. Entonces sus padres viven a expensas del esfuerzo diario del hijo.
– En efecto. No pueden defenderse por sí mismos. La alquería se habrá ido al carajo.

*****

¿Y quién no carga acaso con el supuesto de tal clase de desazón? Los dramones familiares no tienen cabida en los pensamientos de un soldado. Si te obsesionas con la suerte permanente de los tuyos, te conviertes en un muñeco de trapo: no piensas, no razonas, no respondes de manera eficiente al AFÁN de la GUERRA. El mejor guerrero es aquel que no lleva alma. Una vez que todo finalice, la recuperas, y te llega la ocasión de preocuparte de nuevo o sonreír aliviado al retornar a la cuna del nacimiento.
“Están vivos”, dirás, llorando de alegría.
“Estoy vivo”, te responderá una voz interior.
“Estás íntegro.”
“Redimido”

*****

Verezda era un esqueleto socarrado, pulverizado en el mortero de una hechicera laica extemporánea, dispuesto a ser diseminado al libre albedrío del conjunto de arrullos de la brisa mediterránea que recorría los camposantos en la noche de difuntos, borrando el menor de sus restos arqueológicos, desdeñando la atención cualificada y científica del mundo futuro con la nadería de su extensión árida y desértica.
“Buscad, buscad, ingenuos universitarios. Cavad. Barred la corteza superficial con vuestros complejos instrumentos de rastreo, pues no encontrareis ni la quimera de la impronta de una piedra primaria sobre la cual, se supone, debía asentarse una de las paredes maestras de la morada de la FAMILIA PERDIDA PARA SIEMPRE. Perded el tiempo, derrochando el maná en forma de subvención que se os ha concedido por parte de una institución privada americana, que de nada os servirá.”
“La desolación se reirá de vuestra inútil perseverancia. Su DESCENDENCIA inmaterial se jactará, a risotada limpia, de haber enrevesado la vastedad de vuestros conocimientos académicos hasta maniatarla por medio de grilletes y cepos medievales, pregonando con voz henchida y despótica:
– Habéis hecho mal al acudir al ruego lisonjero de la ruin bruja. Ella os ha engañado como si fuerais más cándidos de lo que en principio aparentáis. Pero no habrá clemencia para los indecisos, ni condonación de la pena máxima para los indolentes y confiados insolidarios, antaño indiferentes hasta la médula ante cualquier contienda bélica que les fuera ajena a sus propias llagas. Ni con el ardor supurante procedente de heridas superficiales agasajadas por las yemas malditas del DEMONIO en pleno recorrido lascivo de la piel, ni asimismo las súplicas álgidas de los voceros emergentes del cuerpo examinado por las dotes sonsacadoras del Inquisidor harán que de marcha atrás en mi decisión de devolveros al pozo ponzoñoso del cual procedéis. Y una vez que abandonéis la tierra desheredada por la gracia de Dios por la implicación de la Reina Guerra – abanderada nupcial de Satán – en el curso ritual de la historia reciente del HOMBRE, agachareis vuestras cabezas, instalándoos en la crudeza del tormento más despiadado que pueda uno encontrarse más allá de la defunción propia: es la agitación a coro de la gente adoctrinada y engañada, reclamando sed de venganza por el embuste destructor urdido por cada individuo ávido de codicia y de poder plenario que, oculto entre las sombras de su despacho gubernamental acaricia – noche si, noche también – el botón de ignición del propulsor principal de la contienda interracial, logrando el odio de las etnias implicadas en el conflicto.”

“Y recordad esto último en extremo:

Ay de aquel que caiga en desgracia,
que no habrá quien lo levante.”

¡AY DEL PUEBLO QUE SEA LLEVADO POR UN ALUCINADO,
PUES TARDARÁ CIEN AÑOS EN RECONSTRUIRSE
DESDE SUS TROPELÍAS EXPANSIONISTAS!

Alzó la vista desde su atalaya semisubterránea, buscando la soldadesca que estaba entonando dicho cántico a las huestes de Hergacevic. Procedía de una ramificación dispuesta en una avanzadilla de la trinchera original. Eran los encargados de abrir paso con la zapa, amén de constatar que el camino escogido no quedaba plagado de minas sensitivas de contacto ligero. Con ese canturreo quedaba demostrado el descontento creciente entre las propias tropas del sanguinario general.
En la lejanía de la vigilia, el bosque se intuía por la cortinilla lechosa desprendida por la luna visible a un cuarto de considerarse llena. El follaje y los troncos se perfilaban con el misterio propio de la medianoche. No había rumor de animales correteando a ras de suelo, ni de lechuzas surcando el vacío de rama en rama en busca de algún roedor desprevenido. Todo permanecía en un revelador silencio, autoimpuesto por la acampada ilógica de la milicia popular. Nadie entendía a ciencia cierta el motivo que les impulsaba a vivaquear a una milla escasa del ejército nacionalista. Si hasta el momento el teniente encargado al mando de la tropa no había decidido dar pleno avance, era más debido a la escasez de medios de asalto y de personal cualificado, habida cuenta que la infantería allí reunida era sumamente inexperta y no sabía si podría responder de forma adecuada a la orden suya de un ataque terrestre, que conllevaba la sempiterna lucha cuerpo a cuerpo. Por eso aguardaba, expectante, la llegada de la III Columna de Campo, que vendría acompañada de tanquetas, morteros y jeeps lanzallamas. Con algo de vehemencia, arrasarían el robledal en media hora a lo más, y consigo, a los doscientos componentes del comando rival.
Estaba atento a la vaga presencia del lindero del bosque, cuando le llegó la síntesis de un sueño profundo. Su espalda se apoyó contra la pared de la trinchera, a modo de respaldo, y dejándose deslizar de manera pausada, se dejó acomodar sobre la tierra apisonada, con los prismáticos apresados entre los dedos de su diestra. No supo lo que iba a soñar a continuación – ¿sería de nuevo la NADA?, ¿el folio en blanco?, ¿la playa deshabitada?, ¿la lógica de su propio hastío hacia todo reflejo inconsciente que representara toda confrontación civil, por efímera que ésta fuera? -, pues un golpe contundente en una de sus piernas le hizo de despertar. Tuvo una visión ciega hasta que el enfoque de los ojos quedó habituado a la negrura de la noche. El teniente le estaba mirando a medio erguir con un rostro pétreo. “¡Venga! Muévase. Ha llegado la hora de luchar por la PATRIA.”, le arengó con rabia.
– ¿Ha llegado ya la Tercera Columna?
– No – el hombre al mando de la situación eludió entrar en mayores consideraciones, otorgándole la visión de su ancho espaldar. Llegado el caso, se dirigió a lo largo de la trinchera, solicitando la presencia del encargado de transmitir órdenes por radio.
Se incorporó de pie, con las articulaciones desgastadas por el clímax de la tensión contenida a duras penas. Al surgir de su parapeto de vigía pudo observar a sus compañeros de pelotón saliendo de las zanjas, ocupando el llano en silencio reverencial, con los subfusiles semiautomáticos a punto de entrar en calor. Con la metodología de un robot confuso y en apariencia obsoleto para la lucha, procedió a imitarles. Las suelas de sus botas de cuero pisando maleza amarillenta requemada y pedruscos de dolientes aristas. Hasta se topó de improviso con la madriguera de una liebre, oculta dentro de un matorral asentado este en una brusca elevación del terreno, estando por tal motivo en un tris de perder la verticalidad. Alguien innominado lograría sujetarle por un brazo, y sin aguardar a que se lo agradeciese, continuó marchando al frente. En alguna parte indeterminada pudo escuchar un cuchicheo revelador:
“Dios mío, que no se me encasquille la condenada. Que no se me encasquille…”.
El registro moribundo del avance consistía en la ligereza de las pisadas y el movimiento consiguiente del subfusil al cambiar de mano en mano de posición. Nadie tosía. Se luchaba por contener la respiración, como si acaso esto pudiera delatarles.
Faltarían menos de cien metros y qué grande parecía el bosque visto de tan cerca; un guante nudoso de mil dedos dispuesto a arracimar la totalidad de la formación de un sólo intento, comprimiéndolos en un apretón mortal de necesidad. No se percibía ningún signo artificioso que evidenciase el cobijo dado al bando insurrecto. La luna tendía a juguetear solitaria entre las altas copas de los árboles y el sotobosque quedaba a unos pocos pasos de los primeros soldados que abrían paso. De repente se vieron sorprendidos por una silueta. Esta se instaló a su flanco derecho y ordenó a todo el mundo pararse, para posicionarse sobre una rodilla. Era el teniente, con el velo aterciopelado de las tinieblas borrando toda expresión hosca de su cara alargada y sudorosa. Respiraba de manera acelerada y, por lo visto, su autoprotección se reducía a una pistola de asalto extraída ya de su funda. “Cuando queráis”, gruñó a media voz, echando a correr de zancada en zancada, adelantándose a toda estrategia estudiada, con el halo vaporoso de la luna iluminando el acceso frontal al bosque. El continente de la formación siguió sumisa al requerimiento del sorpresivo ataque, avanzando a paso de marcha, afrontando la primera hilera de troncos escamosos.
Él no quiso ser menos que nadie, y dando algún que otro tumbo sobre la hierba en estado irregular, internose en el bosque. Sentía las piernas aflojadas, el pulso desbocado, la cabeza nada serena.
“Recordad que no hay confusión posible. Esa gentuza no va vestida de uniforme”, comentó una entidad anónima en voz baja.
Y justo al pronunciar la explícita aseveración, una ráfaga de fuego cruzado surgió de cada rincón de la vegetación. Sólo alcanzó a ver los destellos rojizos de la munición rugiendo sobre el casco que le cubría la cabeza al tiempo que se echaba sobre el suelo agreste, tapándose los oídos, con los dientes apretados.
Las ráfagas de las ametralladoras Brunzag fueron aniquilando a los reservistas y demás reclutados en las poblaciones de menor relieve sociológico del país. Muchos quisieron huir de la escabechina pero eran rematados al asaltar el matorral del sotobosque, conformando una cadena patibularia de eslabones sanguinolentos, que delimitaba la llanura devastada del margen exterior de la arboleda.
Encogido entre las raíces protectoras de un recio roble, con el subfusil aprisionado entre sus brazos contra el regazo, pudo escuchar los gritos aterrorizados de los demás compañeros de filas, hasta que terminaron sus días agonizando con la misma facilidad que los caídos en la linde del bosque. “RA-TA-TA-TA”, rugía una Brunzag no muy lejos del roble que le servía de eventual escudo protector. “RA-TA-TA-TA” le contestaba una segunda emplazada a metros de distancia una de la otra. El parloteo entre ambas, contundente y demoledor.
– No, no, no…- gimoteaba, acorralado en territorio enemigo.
Entonces percibió unas pisadas que se encaminaban hacia donde se hallaba apostado.
Extrañamente, las ametralladoras cesaron en sus comentarios acerca de la MUERTE HUMANA, tales como:
– ¡Cuán fácil resulta acabar con ellos! Es como una caseta de tiro al blanco: las dianas sustituidas por personajes uniformados, las escopetas de feria, graciosas pero inútiles ellas, reemplazadas por nuestra peculiar contundencia. Expresamos nuestras proclamas con jerga destructiva y
“¡PAM!”, el mozuelo de la barba de tres días descansa en paz armoniosamente.
Pegamos otro berrido y
“¡PAM!”, ya nos queda la mitad por aniquilar.
Revolvemos otro poco en un guirigay altisonante y
“¡PAM! ¡PAM!”, nutrimos la tierra con el abono de la otra mitad.
Eso si, dejemos al chico de la perilla. Ese que está tan asustado.
“Ese no nos pertenece… Su futuro no nos incumbe.

– Levántese, Lubulag – oyó decir a metro y medio de distancia real.
La voz le era muy conocida. Vaya si lo era.
Se desenroscó lo necesario. Alzó la vista al frente y se encontró al HOMBRE DESPROVISTO DE TODO ROSTRO. Continuaba sudoroso, aunque ya no se le notaba en absoluto nervioso.
– Mi Teniente…
– ¿Acaso deseas dormir, Lubulag? ¿Conciliar una tibia dosis onírica?
“¿A ser posible, una ensoñación BENDITA que te libere de las miserias que afligen a este país?
Lubulag vio el semblante del teniente, iluminado indirectamente por un haz de luz lunar que se colaba a través del copioso ramaje de un árbol. Su fisonomía borrada. La cabellera rasurada. Las cuencas irradiando la perfidia enquistada en las raíces de su ALMA.
No pudo consentirlo más, y sosteniendo el arma entre las manos temblorosas se dispuso a eliminar a esa vil criatura, gritando hasta rasgarse las cuerdas vocales:
– ¡Usted!
“USTED NOS HA TRAICIONADO.
“NOS HA TENDIDO ESTA EMBOSCADA.
“NOS HA VENDIDO…

Quiso apretar el gatillo, pero para entonces el HOMBRE SIN ATISBO DE ROSTRO había acoplado la boca del cañón de su pistola a la sien derecha del soldado, y sin mayor demora, lo desposeyó de toda vitalidad para más tarde sentenciar en un murmullo inaudible:
– Así es, Lubulag.
“Así es cómo se gesta una GUERRA.
“Y del mismo modo, así es cómo se la MANTIENE.

*****

En las afueras del bosque, una SOMBRA definitoria se asentó sobre la extensión del mismo, devorando todo cuanto encontró en su interior…