La narración (The storytelling)

Recuerdo…
La historia empieza cerca de la linde de un bosque de pinos espesos y apretados, donde cualquier avance te hacía tropezar con la maleza.
El cielo…
Si, estaba nublado. Nubes filamentosas y algodonadas, oscuras y tripudas, amenazando una tormenta nocturna.
Porque era de noche.
Más bien pasada la hora de las brujas. Madrugada avanzada.
El clima…
Aun no se estaba en pleno invierno, pero poco le faltaba. Hacía mucho frío. El viento también azotaba lo suyo, haciéndote tener que abrazarte a ti mismo para intentar entrar en cierto calor.
La compañía…
Si, se iba acompañado de uno de tus mejores amigos. Leal y de los que jamás te harían un gesto feo. Uno se preguntaba qué se hacía a esas horas de la madrugada, caminando a oscuras, con la única ayuda de unas linternas de pila de petaca. Puede decirse que la osadía, la curiosidad, el deseo de conocer emociones fuertes…
Los comienzos fueron normales…
No sucedió nada extraordinario. Eso sí, las ráfagas del aire, los sonidos de la naturaleza, la nocturnidad, la soledad y los caminos angostos practicados sobre la hierba y entre matorrales por excursionistas que recorrían aquel bosque en momentos menos intempestivos nos mantenía atentos a cualquier cosa. Procurábamos hablar entre nosotros para refrenar los nervios.
Pasaron tres cuartos de hora…
Hubo un instante que la luna se libró de la telaraña que la envolvía, iluminándose un claro que había hacia el noreste. Nos emocionamos al reconocer aquella oquedad practicada en el suelo. Era la tumba maldita. La del brujo. Si, hace cien años fue apresado y condenado a morir ahogado en el río cercano al pueblo. Nuestros antepasados no lo dudaron en sentenciarlo en público, sin ni siquiera haber practicado un juicio donde pudiera defenderse de las acusaciones maliciosas de los vecinos del lugar.
Removimos las piedras…
La tierra estaba húmeda. Escarbamos empleando las cuatro manos, con la creencia de que íbamos a dar con los huesos de aquel infeliz. Pero lo que no esperábamos era dar con su cuerpo incorrupto. El olor que desprendía era nauseabundo, y para cuando quisimos volver a taparlo con la tierra removida y amontonada al lado de la tumba, para luego recolocar las piedras a modo de lápida, el brujo nos apresó a cada uno por una de nuestras muñecas con los dedos de sus manos huesudas y de piel apergaminada. Su fuerza y la firmeza del apretón nos impidieron escapar…
¿Te ha gustado la historia? Un poco inquietante, eh…
Bueno, Tommy. Tengo que marcharme. Y tú tienes que dormirte.
Es inútil que te estires y tironees de las ataduras que te mantienen sujeto a la cama. Ya va siendo hora que te hagas a la situación en que te encuentras.
Jamás volverás a ver a tus padres…
Porque ahora eres mi hijo.
Un hijo al que le narro un hermoso cuento antes de que cierre los ojos.
Y ahora…
Apago la luz y cierro la puerta.
Nos vemos mañana, hijo mío…

Malos vecinos (Bad Neighbors)


Aquella familia estaba compuesta por marido, mujer y un hijo adolescente de trece años. Nada más verlos llegar para establecerse en la localidad, residiendo como vecinos en la casa de al lado, un presentimiento turbio le hizo intuir de manera drástica y sin sutilizas que algo raro pasaba con ellos.
Él era escritor de nulo éxito, pero tenía un gran conocimiento de la personalidad de la gente.
El cabeza de tan peculiar nueva familia era Patrick Reck. Un tiarrón de casi dos metros, pero de espalda encorvada y con una ligera cojera en la pierna derecha, motivo por el cual se servía de un bastón de marfil, y eso que no tendría ni los cuarenta.
La mujer se llamaba Fravilia. Era supuestamente descendiente de italianos. Al contrario que su esposo, ella medía metro sesenta, pesaba sus buenos ciento veinte kilos y su rostro tenía un cierto parecido con el semblante sombrío y nocturno de una lechuza, donde las enormes lentes se asemejaban a los ojos del ave en cuestión.
Con respecto al hijo único de la familia Reck…
Su nombre de pila era Leopoldus. Su estatura era de lo más ordinaria entre los chavales del pueblo, con la salvedad de su anatomía esquelética y casi cadavérica. Su tez era blanquecina, los ojos hundidos en sus cuencas, las cejas pobladas y prominentes, la nariz mordida en su aleta izquierda y los labios visiblemente amoratados. El resto del tono de la piel era descolorido. Al poco de residir la familia Reck en el pueblo, los críos le pusieron el mote de “Pesadilla”. Aunque semejante burla duró poco porque el muchacho sabía emplear un tipo de arte marcial de lo más exótico, dejando a más de uno con los huesos magullados y la cara hinchada. A raíz de emplear esta autodefensa personal, los padres de los niños del pueblo les prohibieron a estos acercarse a Leopoldus nada más salir de clase, y mucho menos arrimarse a su casa.
Decididamente, los Reck eran una familia atípica, nada deseables como vecinos.
Él lo supo cuando desapareció su perro fox terrier, “Malas Pulgas”. Al volver del trabajo no lo encontró por el jardín ni por las dependencias de su hogar. Eran las dos de la tarde, y media hora después, le llegó un fuerte olor a barbacoa procedente de la parte trasera de la casa de sus horribles vecinos. Se asomó a la valla, y los encontró degustando carne cortada en dados, ensartados en banderillas de madera. Sus mandíbulas se movían en consonancia con el hambre que tenían, masticando como si llevasen todo el día en ayunas.
Fue entonces cuando reparó en la cabeza de “Malas Pulgas”. Estaba decapitada, situada en un charco de sangre, no muy lejos del festín culinario de los Reck.
Aquella pérfida familia se había apropiado de su perro y se lo estaban asando a la barbacoa.
Su corazón le dio un vuelco. Se sentía al borde de un desmayo. Como pudo, se alejó de la valla de separación de ambas viviendas y se introdujo en su casa por el saloncito, dejándose caer sobre el sofá. Hizo lo posible por controlar el ritmo de su respiración. Discurridos cinco minutos, ligeramente recuperado de la conmoción de saber que su perro fox terrier había sido vilmente asesinado por la malnacida familia Reck, estuvo por llamar a la policía local, con intención de interponer una denuncia. Pero su amor propio le hizo de dirigirse al cuarto donde guardaba sus armas. Recogió la primera que le quedaba más a mano, una escopeta de repetición de calibre 12.
Cegado por la ira, encaminó sus pasos hacia la parte trasera donde su propio jardín y el de los Reck quedaban separados por la valla de madera rústica. Al asomarse sobre ella, vislumbró a los tres miembros que en ese instante estaban tomando un granizado de limón como postre. Patrick le sonrió con desdén, antes de perder toda la dentadura y parte de la nariz de un certero disparo, falleciendo de inmediato. Fravilia se quedó estupefacta por su reacción desproporcionada. Esos segundos de indecisión le costaron dos disparos en el estómago, haciéndola sufrir muchísimo antes de morir delante de su hijo Leopoldus, quien permanecía arrodillado a su lado, llorando como una magdalena.
Aquel niño era el mal encarnado. De los tres componentes, seguramente era el más nocivo y perverso.
Recargó su arma, presto a culminar su venganza…
No le dio tiempo a apretar el gatillo.
Leopoldus se alzó sobre la valla, situándose a su lado con la agilidad de una ardilla. Estaba agachado. Encogido como un muelle tenso. Acercó su rostro a la corva derecha del vecino y le mordió con tal virulencia, que el dolor le hizo de dejar caer la escopeta sobre la hierba.
– ¡Hijo de Satanás! – aulló, desesperado.
Entonces…
Las voces de Patrick y Fravilia llegaron muy cercanas.
Miró un segundo al frente, y se los encontró al otro lado de la valla. Patrick con la boca destrozada. Fravilia con las manos cubriéndose el regazo ensangrentado. Ambos rieron de manera endemoniada.
– Primero fue tu condenado perro.
“Esta noche serás tú a quién devoremos…
Marido y mujer brincaron por encima de la valla, y sumándose al hijo, llenaron el cuerpo del escritor con docenas de brutales dentelladas, que le costaron la vida, y con ello, ocupar sitio en la parrilla de la barbacoa nocturna de la familia Reck.

Un gran Eslogan para Escritos de Pesadilla

Aún es muy temprano por la mañana. Acabo de acostarme para dormir hasta la siguiente puesta del sol, y va, y llega Dominique, mi Ayuda de Cámara, para anunciarme la llegada de mi asesor para la inminente campaña de marketing directo, donde se conseguirá que Escritos de Pesadilla sea visitado hasta por niñitos beatos recién destetados. Mi mal humor es visible, pero al final me invade una euforia. Este cochinete vale el peso total de su tocino en oro…

(Clicar en la tira cómica para verla en tamaño grande)

No salgas por la puerta… No salgas por la ventana…

Nunca se les ocurra visitar un edificio abandonado. Y mucho menos si sus entradas y salidas esconden algún tipo de trampa mortal…

Siempre tenía que ocurrir en un día desapacible, nublado, amenazando una buena tormenta y a varias millas de distancia de cualquier área urbana más cercana. Encima era una carretera comarcal de las antiguas, escasamente recorrida por la circulación general. Que se te reviente el motor del coche viajando solo era una lata. Encima él no tenía conocimientos ni siquiera mínimos de mecánica de auto. Era un tío, claro está, pero no todos eran manitas ni les entusiasmaba el mundo del automóvil. Si tenía uno, y bastante viejo por cierto, era por necesidad del trabajo que le ocupaba. Se llamaba Bob Render y era un escritor de rutas poco transitadas de la América Profunda.
Ganaba unos míseros dólares enviando sus columnas por correo electrónico de su portátil Vaio Sony a la redacción de un diario de tercera fila. Estaba soltero y vivía a su aire. El sueldo le daba para no tener que recurrir al ejército de salvación, que ya era un decir, porque de deudas estaba hasta las cejas. Incluso debía parte de la financiación con la que pudo adquirir su ordenador.
Esa mañana estaba recorriendo la carretera estatal cuando descubrió un desvío a mano derecha. El letrero indicaba que era la ruta del maíz. Vaya tontería. Aquella región era agrícola y la exposición de mazorcas era un océano permanente. Miró en el mapa tradicional porque no le llegaba para tener GPS, y el portátil estaba con la batería sin cargar. Nada, aquel desvío no aparecía ni buscándolo bajo una lupa de mil aumentos.
Lo más natural era que el mapa fuera de antiguo como su propio coche, más o menos de los años setenta. No le dio más importancia a la falta de información acerca del popularísimo camino del maíz y se dejó llevar por el mismo.
A la media hora ya estaba navegando entre maizales de una altura considerable. Su coche parecía estar circulando entre la nieve, abriendo camino a través del cereal como si este no existiese delante del morro del vehículo. Poco a poco el tiempo iba empeorando. Si antes estaba nublado, ahora el cielo estaba espeso de nubes negruzcas como la pez. Eran las tres de la tarde pero daba la sensación de haberse anochecido. Encendió los focos de niebla para no salirse del camino. Era muy estrecho. Las mazorcas y las hojas de los tallos percutían contra los lados de la carrocería. A la media hora empezó a surgir algo de humo por las rendijas del capó. Un cuarto de hora más tarde estaba tirado en medio del dichoso sendero glorificante del maíz pueblerino de las narices.
Estaba desesperado. Tras un rato de indecisión, rebuscó en el maletero hasta dar con un impermeable y una linterna de buen tamaño de la época en que ejerció de vigilante nocturno de una nave industrial abandonada y cerrada.
Estuvo caminando bajo la amenaza de un aguacero, siguiendo hacia adelante. En un momento dado, el maíz fue sustituido por un edificio de dos plantas. Tenía el tejado a dos aguas y parecía en muy mal estado. El caso es que podía leerse a la entrada “Pensión Negra”. Un nombrecito que traía cola. No disponía de parking y no se veía ningún vehículo estacionado en sus inmediaciones. Es más, todo el suelo estaba apisonado para formar el claro donde estaba ubicado el motel, como si este hubiera caído del cielo para asentarse entre los campos de maíz circundantes.
Bob estaba ligeramente estresado por el tema del coche y el grado de soledad que ofrecía aquel lugar. Sin muchas ganas se acercó a la pensión. La puerta de madera estaba abierta. El interior estaba en penumbras. Con la luz de la linterna pudo constatar que el edificio estaba en ruinas y evidentemente fuera de circulación. Las telarañas campaban a sus anchas junto con el polvo y restos de basura dejada por algún vagabundo que habría buscado cobijo entre sus paredes. Se acercó al mostrador de recepción y vio el registro abierto. Estaba bajo una densa capa de polvo. Bob sopló sobre las dos hojas centrales. Vio nombres de antiguos clientes…
Al lado de los datos alguien había escrito con rotulador color azul:

No debimos de haber entrado.
Las aberturas quedan cerradas para siempre.
No hay escapatoria.
La única solución es el suicidio, pasar hambre hasta sucumbir o quedar desmembrado o decapitado.”

Bob quedó seriamente intrigado por lo allí escrito. Parecía una alucinación descrita por alguien que hubiera abusado del alcohol o de las drogas, o ambas cosas entremezcladas.
Fue entonces cuando sonó un fuerte portazo a sus espaldas.
Echó la vista atrás, iluminando la entrada del motel.
La puerta estaba encajada en el marco. Se dirigió con presteza a abrirla, hallándola completamente atascada. Insistió, pero no había manera de poder desencajarla.
Estaba atrapado. Tenía que buscar otra salida. Contempló las ventanas del vestíbulo. Estaban selladas con tablones de madera claveteadas. Al pie de una de ellas había algo parecido a un esqueleto. Se acercó para iluminarlo. Efectivamente, eran los restos de un cuerpo humano, con la notoriedad que le faltaba el cráneo y la mano derecha.
Bob sentía los inicios de una fuerte desazón. Recorrió toda la planta baja de la pensión. La situación era idéntica en todas las ventanas. Cuando llegó a la cocina, vio la puerta que comunicaba con el exterior. Parecía estar entreabierta. La enfocó con el haz de la linterna, esperanzado. Pudo apreciar la pequeña separación entre el filo de la hoja de la puerta y el quicio de la misma.
Estaba salvado.
Había encontrado una buena salida de aquel antro.
Tenía pensado regresar al coche, pasar allí la noche y luego desandar el camino recorrido a pie, cargando con el portátil, hasta salir a la carretera estatal con la esperanza de que alguien parase a recogerlo.
Emprendió camino a la salida a muy buen paso.
Tan concentrado que una pintada en la pared lateral derecha pasó desapercibida ante sus ojos aún a pesar de haberse reflejado mínimamente ante una breve pasada de la luz de la linterna.

NO HAY QUE INTENTAR SALIR
BUSQUEMOS OTRA SOLUCIÓN
LAS ABERTURAS SON UNA TRAMPA

La mano libre de Bob se aferró al pomo alargado de la puerta. Tironeó de ella hacia adentro.
Le llegó la brisa penetrante que auguraba un fuerte chaparrón. El maizal susurraba sonidos de roce al mecerse por la corriente.
Bob empezó a atravesar la jamba alargando la pierna derecha.
El resultado de la caída de la hoja de la cuchilla de una guillotina francesa no hubiera sido tan efectivo al seccionarle la pierna a la altura de la rodilla.
Su miembro cayó palpitante sobre el suelo.
Un chorro de sangre emergió de su muñón.
El dolor le hizo de enloquecer al instante.
La linterna fue soltada, cayendo al suelo.
Perdió el equilibrio, y conforme en su caída fue atravesando el hueco del vano de la puerta, parte del rostro, sus manos y el tronco del cuerpo fue seccionado.
Cuando su anatomía moribunda reposó en el suelo, estaba dividida en dos.
Lo único que estaba entero era su pierna izquierda, que no había atravesado la abertura.
Estaba tirada sobre el linóleo cuarteado de la cocina.
La linterna había rodado por el suelo hasta quedar enfocando la pintada pasada a Bob por alto.

LAS ABERTURAS SON UNA TRAMPA


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Fondos de pantalla sugeridos por Pechuga de pollo Mutante

Bueno, a raíz del estropicio de Bogus Bogus cometido con los queridos familiares de la Pechuga de pollo Mutante (que todo sea dicho, asados a la parrilla estuvieron super suculentos), y vistas sus enormes capacidades como boxeador, decidí contratar a la Pechuga como guardaespaldas personal. Así de este modo evito que se me acerquen los empleados con nuevas demandas salariales, je je.
Dejémonos de preámbulos. Cedo el turno a la Pechuga de pollo Mutante, que hará la presentación de algunas imágenes terribles sacadas de su álbum de pesadillas infantiles.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Y la tierra le pertenecía…

¡Bogus Bogus! Estamos en plena madrugada, y aún estoy aguardando la cena. Se me está agriando el humor con la demora.
– Demonios. La culpa la tiene su sobrino Gurmesindo. En un descuido, ha cogido el Ñu relleno de lombrices y se lo ha regalado al vendedor de enciclopedias que estaba dándole la tabarra en el salón a la abuela de Dominique.
Bueno, después de todo ha sido una buena acción la de mi sobrino.
– El problema es que tendrá que esperar usted seis horas más hasta que la abuela esté tierna… Es lo que tenía más a mano para la sustitución del mencionado Ñu.
Sin comentarios. No me queda otra alternativa que centrarme en la revisión de mi nuevo relato.

La tierra le pertenecía. Una vez perdida toda la vitalidad, su ingreso en ella le supuso un renacimiento. Un útero firme y compacto. Una cuna donde regocijarse con la eternidad, contemplando la naturalidad impetuosa del día y la imperturbable soledad de la noche desde su pensamiento alejado de todo razonamiento lógico.
Su imparcialidad murió con su vida.
Su odio se acentuó hasta límites inabarcables desde un punto de vista del todo comprensible para cualquier miembro de la raza humana.
Ansiaba instaurar un régimen de terror que pudiera sacar de sus casillas a sus antiguos semejantes.
A partir de ahora, trataría de incrementar su propio legado maldito, dejando a todos los herederos del mismo desamparado y absorto en una vorágine de locura sangrienta que haría rebosar los albañales hasta desbordar los desagües de las alcantarillas de una calle cualquiera.


Claudia salió muy tempranamente como todas las mañanas en su labor de repartidora de prensa matutina. Pedaleaba con ganas en su bicicleta de montaña que le fue regalada en las pasadas navidades por sus abuelos maternos. La fricción con el aire hacía que sus largos cabellos castaños rubios se agitasen sobre sus hombros conforme avanzaba zarandeando de lado a lado la bicicleta, lanzando los periódicos en las entradas de las casas particulares del vecindario del pueblo.
Quedaban dos suscriptores a quien entregar la prensa, cuyas casas estaban algo distanciadas del resto por una pequeña arboleda atravesada por un sendero sin asfaltar, cuando una ráfaga de viento golpeó su rostro infantil. En un instante recibió con desagrado por las fosas nasales de su naricita achatada un olor sumamente desagradable.
Le recordaba a la sensación que recibía cuando visitaba la residencia de ancianos donde estaba ingresada su abuela Magie.

(el olor de la vejez, de la pérdida del control de los esfínteres, de la necesidad de su padre de tener que llamar al celador para que avisara a una de las enfermeras para el cambio del pañal)

Instintivamente, Claudia frenó en seco, apoyando el pie derecho en el suelo de tierra del camino.
Su pelo enmarañado reposó sobre su espalda.
El viento declinó su fuerza hasta detenerse del todo.
El hedor que le llegó al instante se tornó inaguantable. No tardó en sentirse mareada, con verdaderas ganas de vomitar el desayuno que se había preparado personalmente esa misma mañana antes de partir con su tarea del reparto de la prensa.
Un sonido singular la alertó.

(la tierra crujiendo)

Claudia se fijó angustiada en las grietas que se iban formando en el suelo bajo sus pies.
Cuando quiso darse de cuenta, la tierra firme y compacta se relajó, quedando desmenuzada, hasta transformarse en una zanja profunda, que fue requiriendo que la parte superior se deslizase hacía el fondo de la misma. La niña quiso huir pedaleando, pero en escasos segundos fue absorbida por la profundidad del hoyo, bicicleta incluida, siendo inmediatamente cubierta por una densa capa de tierra, que no tardó en volverse compacta, haciendo retornar el aspecto normal a ese tramo del sendero ubicado entre los árboles.

La rabia que le invadía fue correspondida por la posesión del cuerpo de la infausta muchacha. Con deleite fue absorbiendo sus fluidos vitales, diluidos por las enzimas de su complejo sistema digestivo.
No sentía ningún tipo de remordimiento por su corta edad.
En realidad le era indiferente.
Él ya no era humano.
Y la tierra donde antaño fue enterrado, era ahora su posesión más preciada.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

La llamada inadecuada

A estas alturas de la vida moderna, quién ya no está harto de recibir a todas horas las molestas llamaditas comerciales de las compañías telefónicas. Este relato va dedicado a cada una de ellas y a sus pesados teleoperadores/as, je je.

El teléfono sonaba todos los días. Nunca contestaba. Hasta aquella tarde…
(¡Ring! – ¡Ring!)
Descuelga.
Percibe al otro lado del hilo telefónico una musiquilla ridícula y repetitiva. Seguidamente se escuchan diversas voces propias de varias personas atendiendo a una serie de clientes al unísono. Es entonces cuando una voz femenina se pone en contacto con él.
– Hola. Muy buenas tardes.
Silencio.
– ¿Es usted el señor Lionel Rednack Perkins?
Un jadeo profundo como única contestación.
– ¿Perdone? ¿Está usted ahí? ¿Estoy hablando con el señor Lionel Rednack Perkins?
Carraspea para tragarse la propia flema que invade su garganta.
Llegado el caso, contesta con voz cavernosa.
– ¿Qué quiere?
– Me imagino que usted es el señor Lionel.
– ¿Para qué quiere saberlo?
– Si usted no es el señor Lionel Rednack Perkins, me interesaría que me lo dijera o si está en la casa, fuera usted tan amable de solicitarle que se pusiese un momento al teléfono.
Sorbido de mocos.
– El señor Lionel no está disponible en este instante.
– ¿Y cuándo podría hablar con él?
– Dígame el motivo de su llamada.
– Soy Verónica Campbell, del área comercial de la compañía telefónica One Line. Es para hacerle una pequeña encuesta sobre su conexión a internet.
Silencio momentáneo.
– ¿Sigue usted ahí, señor?
La voz.
De una niña muy pequeña.

Mami. ¿Por qué ya no eres tan puta? Con lo bien que te lo pasabas con los hombres sucios cuando no estaba papá. ¿Por qué lo hacías?
– ¿Cómo?
Incredulidad reflejada en el tono de la mujer.
La voz de niña se tornó en la de un hombre iracundo.
¡Cerdaaaa! ¡Ramera! Yo matándome con el camión en la carretera, y tú tirándote a todo el vecindario sin que yo lo supiera. Amanda no es mi hija. Lo engendraste de alguno de los chulos que te tiraste. ¡Guarra! Tuviste suerte que decidiera pegarme un tiro en la cabeza. Otro se hubiera llevado a ti y a la niña por delante antes de suicidarse…
– No. No puede ser. Jonathan…
Todo era verdad. La voz cambiante le estaba echando en cara su vida licenciosa. Su marido se quitó la vida. Y Amanda terminó hundida emocionalmente, recluida en un reformatorio desde los catorce años, para años después morir por una sobredosis de heroína.
– ¿Quién eres? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo lo haces? ¡Dímelo! ¡Por amor de Dios, dímelo, maldito!
Ella estaba fuera de sí. Su voz fue solapada por la de sus compañeros en la centralita del departamento comercial de la compañía telefónica One Line, visiblemente preocupados por su súbito ataque de histeria.
Entonces…
Silencio.
La voz no dijo nada más.
Colgó el teléfono.
Y conforme regresaba a su habitación helada y oscura, pensó dentro de su mente ocupada por las voces del mal:
“Estás muerta, Verónica. Acabada como persona viva. Esta misma tarde. Yo lo ordeno. Es mi principal deseo. Así ya no me molestarás más con tus llamadas.”
En los días sucesivos, el teléfono permaneció mudo…


http://www.google.com/buzz/api/button.js

El hombre adinerado y el empleado codicioso

Bueno, tras unos días de asueto cerebral, donde se me practicó una lobotomía en la clínica del célebre doctor Morbius Menta, me siento de nuevo con ganas de retomar las riendas de mi rinconcito del espanto literario, ofreciendo a mis gentiles visitantes el siguiente relato. Y a pesar del título del mismo, les aseguro que no es una fábula de Esopo…
¡JA JA JAAAAA…!

Aquel hombre era un personaje no muy conocido, pero poseedor de una cierta fortuna que guardaba en la caja fuerte de su vivienda. Su propio hogar estaba aislado, una casa señorial perdida entre los lotes de árboles que componían la foresta de la zona, en el norte del estado de Massachusetts.
Igualmente, su nuevo ayudante, quien se ocuparía del mantenimiento del lugar, así como de las labores de jardinería, era una persona anónima con grandes ambiciones monetarias. Antes de contestar al anuncio donde se solicitaba el puesto de trabajo, había estado siguiendo la vida y milagros del hombre afortunado en varios cientos de miles de dólares. De hecho, no tardó en encargarse de su anterior ayudante…, quedando así la plaza vacante.
Una vez obtenido el visto bueno por parte del hombre de cierta alta calidad de vida, estuvo trabajando durante casi un mes, controlando sus pasos por la casa, hasta cerciorarse que efectivamente, aquel acaparador acumulaba su dinero en una parte secreta, sin recurrir al depósito del efectivo en un banco cualquiera.
Confirmado el hecho del excesivo dinero disponible al alcance de sus manos, una tarde decidió entrar en acción.
Trajo en su furgoneta una caja de metro y medio cuadrado, de cristal blindado. Dentro estaba la sorpresa para su jefe.
Cuando este recobró la conciencia tras media hora después de haber sido golpeado por la porra eléctrica que había empuñado su empleado en su contra, se halló desnudo, introducido dentro de aquella caja ubicada en el sótano de su propia casa.
Acompañado estaba por cientos de pulgas que no tardaron en comérselo casi vivo.
En cuanto vio al traidor poniéndose de cuclillas a la altura de su rostro enrojecido, respondió aporreando el cristal de manera estéril, pues era irrompible.
– ¡Sáqueme de aquí! ¡Me están devorando! ¡El picor es insoportable!
– No lo dudo. Son pulgas de perros. Un hermano mío trabaja en la perrera municipal, sabe.
Aquellos infernales insectos eran una auténtica molestia para el hombre adinerado, con toda su anatomía expuesta a las picaduras. En pocos minutos, la saliva de las incontables pulgas le produjeron erupciones en la piel, con ciertas zonas del cuerpo ya visiblemente inflamadas, acentuándose por el efecto de sus propias uñas al rascarse.
– ¡La sensación de los picores me está matando! ¡Es usted un miserable sádico!
– Esto tiene un punto final cuando me diga dónde guarda el dinero.
– ¿Es eso lo que quiere saber, bastardo?
– Nada más y nada menos. Sé que no ingresa más que cantidades ínfimas en la cuenta del banco. Para los gastos y poco más. La parte más importante la mantiene oculta en alguna zona secreta de la casa.
Su jefe se removía dentro de su jaula acristalada, incapaz de permanecer quieto. Las pulgas eran insaciables, haciéndole ya casi enloquecer por la tortura de sus continuas picaduras.
– Lo guardo todo en la caja fuerte, maldito infame.
– ¿Dónde está ubicada?
– En mi despacho. Debajo del escritorio. Se desliza la mesa hacia la izquierda, y queda a la vista. ¡Ya es suficiente! ¡Estos picores del demonio!
– La combinación. Me falta eso para satisfacer mi propia codicia, ja ja.
El hombre se la dio sin detenerse en el roce de su piel con las uñas, tratando en vano de aliviar la desazón del picor que le embargaba desde las cejas a los dedos de los pies.
Su empleado abandonó el sótano, dejándolo en compañía de las pulgas…, sin intención de liberarle, pues en cuanto obtuviera el dinero, se marcharía con viento fresco.
Se dirigió al despacho. Con premura y cierto nerviosismo por estar tan cerca de hacerse medianamente rico, deslizó la mesa, quedando la puerta de la caja fuerte a la vista, con el cuerpo del compartimento de seguridad empotrado en el mismo suelo. Agachado, utilizó la combinación dada por su circunstancial jefe. La puerta cedió, y cuando ya estaba esbozando una amplia sonrisa de oreja a oreja, dispuesto a apropiarse de la cantidad respetable de billetes acumulados en el interior de la caja fuerte, de los aspersores antiincendios dispuestos en el techo de la estancia surgió una lluvia fina y continua que le fue empapando en segundos, con la diferencia que el liquido era ácido en vez de agua, tardando nada en disolverle primero el tejido de la ropa para luego carcomerle la piel hasta alcanzar la plena dureza de los huesos … De haberlo sabido, antes de haber abierto la caja, hubiera pulsado un botón oculto bajo la mesa del escritorio que desactivaba la puesta en marcha del funcionamiento de la mortal trampa.
El ayudante del hombre acaudalado murió en menos de un minuto en medio de un sufrimiento terrible y agonizante, hasta de él no quedar más que un montón de restos visibles y repulsivos de masa sanguinolenta esparcidos por el suelo, cercanos a la caja fuerte abierta.
A la vez que el hombre rico tardó día y medio en hacerlo por las infecciones de las infinitas picaduras de las pulgas que terminaron hinchando su cuerpo hasta hacerle casi quedar encajado, estrujado dentro de la diminuta jaula de cristal.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

Bee Marshall Jones, jugador de baloncesto

Bueno, mi estimado lacayo, Harry. Como te has comportado bien, sin haberme recordado que te haga un incremento de sueldo en los dos últimos días, aquí tienes una entrada para un partido de baloncesto regional. Nuestro equipo de “Los Zombies Lisiados” reciben a los “Brujos MegaOrondos”.
– Es usted muy dado a la generosidad. Un poco más, y pone en peligro el presupuesto del presente año para el mantenimiento del castillo.
De nada, muchacho. Y acuérdate de llevar el guante gigante de gomaespuma de Gurmesindo. Tienes que implicarte en la animación hacia el equipo de nuestros amores.
– A su sobrino no me acerco ni dentro de un tanque con triple nivel de blindaje.
Exagerado que eres…
Ah, y por cierto, ya que mencionamos el baloncesto, el siguiente relato trata de este noble deporte, visto desde otra perspectiva, más de acorde a nuestro rincón del espanto.

1.

Bee Marshall Jones era el clásico jugador de baloncesto universitario americano, con grandes facultades físicas y técnicas. Afroamericano de 1,95 m de altura, organizador del equipo desde el puesto de base, tenía 21 años. Cursaba los pocos meses que le quedaban por graduarse en la Universidad de Perrish Town. El Campus era de cierto buen nivel, para tratarse de una ciudad media, pero en deportes, y concretamente en la sección de baloncesto masculino, jamás pasaban de la fase previa universitaria. Contra equipos de la región se defendían, pero a la hora de medirse los cuartos frente a los pesos pesados del estado de Nueva York, tenían todas las de perder, y encima por muchos puntos de diferencia, pese a la agresividad de su defensa y el empeño que ponían cada uno de los componentes del mismo. Quien más destacaba sobre el resto era Bee Marshall Jones. Tenía unas largas piernas, un equilibrio central extraordinario, un salto decente, un dribbling llamativo y una velocidad perfecta en el contraataque. Sus máximas carencias era su floja defensa (para ejercer de base, apenas robaba balones al rival), no abundaba en el reparto de asistencias, su tiro de cerca era satisfactorio, pero más allá de la línea de tres puntos perdía mucha efectividad y su excesivo ego personal lastraba muchas veces al conjunto, obligando a su entrenador a cambiarle con relativa frecuencia cuando no tenía uno de sus días más inspirados.
Bee Marshall siempre soñaba con cotas mayores. Que algún ojeador de la NBA anduviera siguiendo a Perrish Town en la fase regional regular para pasar detalles cara a una futura prueba con novatos y jugadores veteranos en el declinar de su carrera en las ligas de verano, pues era realista en la imposibilidad de siquiera figurar en los puestos más bajos del draft de la NBA.
Para su desilusión, la temporada universitaria tocó a su fin con la eliminación en la primera eliminatoria estatal, y con ello, toda previsión de ser examinado por algún cazatalentos, no de la NBA, ni de la Liga Comercial, sino ni siquiera de ligas europeas de peso como la ACB española o la Lega italiana.
Finalizada la temporada de baloncesto de manera tan prematura, le quedaban un par de meses para la graduación. Sus notas no eran todo lo destacadas que deberían ser para procurarle una alternativa profesional distinta a la carrera deportiva. También influía su vida familiar completamente desestructurada, con un padre temperamental y dado a la bebida, irritado por su trabajo de vigilante nocturno y desencantado por la mediocre vida de baloncestista de su hijo, mientras su madre se sentía más realizada con la futura carrera periodística de su única hermana mayor, Ambrosia.
El muchacho llevaba un tiempo moderando su frustración uniéndose a grupos de amigos poco recomendables, cuyo modo de diversión significaba simplemente beber, drogarse y salir con chicas de cascos muy ligeros.
Bee Marshall se fue convirtiendo en un joven muy conflictivo, rayando en la delincuencia. Cada vez se veía más agresivo.
Hasta aquella tarde noche que dos de sus colegas le dieron un revólver y se dispusieron a robar en una tienda nocturna.
Era un Seven Eleven. El atraco fue un puro desastre desde el mismo momento en que atravesaron las puertas automáticas del establecimiento. Sus dos amigos estaban hasta arriba de droga, y él fuera de sí por la mezcla de cocaína con el ron consumido en la esquina de la licorería Delios.
El caso fue que el dependiente, un maldito blanco racista veinteañero, con gafas de listillo y pelo pajizo se negó a darles la cantidad de dinero disponible en el cajetín de la caja registradora. El estallido de dos detonaciones, la nube de pólvora consiguiente surgiendo del cañón del revólver sostenido por Bee Marshall y el posterior cadáver reposando detrás del mostrador marcó el destino del baloncestista universitario.
Cinco segundos dan para cambiarle a uno la vida. Antes de apretar el gatillo, era un hombre libre y con derechos; después de hacerlo y de apagar una vida como quien apaga una vela de cumpleaños de un único soplido, su futuro estaba ya marcado para siempre, con antecedentes penales, un montón de años detrás de las rejas de una cárcel de máxima seguridad y con nulas perspectivas de reinserción social cuando saliera siendo una persona ya mayor y sumido en la desmoralización, tratando de buscar un trabajo de perfil bajo para sobrevivir a duras penas.
Después de esos cinco segundos, breves y fugaces, apreció igualmente la traición de sus presuntos compañeros de fechorías. Lo dejaron abandonado en su consternación, solo dentro de la tienda, mortificado por la presencia del cuerpo inerte del dependiente del Seven Eleven.
La mezcla del alcohol ingerido con el consumo de la droga, el punto álgido alcanzado por el exceso de adrenalina, más el estupor, la mente embotada, la vista nublada y una extraña sensación de estúpido sopor (¿cómo le podía estar entrando el sueño en ese instante, cuando acababa de cepillarse a un tío por la vía rápida?), le fue venciendo.
Sus músculos de toda su anatomía se fueron relajando poco a poco, propiciando que el arma abandonara sus dedos de la mano derecha y cayera pesadamente contra el linóleo medio levantado del suelo de la tienda.
“Marshall”
Alguien le llamaba. Quiso averiguar la procedencia de aquella llamada desconocida, pero las brumas le rodeaban, y cuando quiso dar un paso al frente, perdió el equilibrio, rindiéndose al extraño cansancio que le fue sumiendo en un letargo de duración indeterminada…

2.

“Marshall”
Era una voz imponente.
“Despierta”
Bee Marshall Jones fue separando poco a poco los párpados, hasta lograr enfocar la vista. Se encontró a si mismo tumbado de costado sobre un suelo polvoriento.
“Álzate como Lázaro, quieres”
El tono estaba siendo ya amenazante. Se parecía ligeramente al que empleaba su padre cuando discutía con él antes de irse a la cama. Pero la voz de su padre estaba tomada por el peso del alcohol. La presente era limpia y diáfana. Como si fuera un instructor implacable de un campo de adiestramiento del ejército americano.
Bee Marshall se apoyó sobre las palmas de las manos, apreciando el polvillo. Era gris oscuro y muy liviano. No tardó en darse de cuenta que era ceniza.
(la ceniza de miles de muertos)
– Joder. ¿Qué es esto? – gruñó, sobresaltado.
Se incorporó de pie de un respingo. Extrañamente, se notó completamente sobrio y sin los efectos secundarios de la droga suministrada por sus dos maravillosos y cobardes amigos.
Así no le fue difícil comprobar que se encontraba frente a una canasta de baloncesto. El aro carecía de red. Y bajo el mismo, en perpendicular al tablero, había un balón. La superficie de la cancha era ceniza (de muertos), y correspondía a un único lado. No había segunda canasta. Como si fuera un solar de una calle. Pero en derredor del terreno deportivo no había ninguna estructura edificada. Sólo le circunvalaba la más negra oscuridad, siendo el único lugar iluminado, la propia cancha. Bee Marshall quiso identificar al menos los soportes de los focos, pero no encontró soportes ni focos. La iluminación pendía de un techo invisible e infinito, con el núcleo ardiente y crepitante como si en realidad fuesen antorchas de un tamaño destacable.
“Marshall”
El joven trató de localizar la procedencia de la voz, pero parecía llegar de todas partes.
– ¿Quién me llama?
“Mejor que no lo sepas de momento”
– Joder. Déjate de malos rollos. Quiero salir de este condenado recinto deportivo.
“Acuérdate de algo, muchacho”
– ¿De qué quieres que me acuerde?
“Del mocoso que acabas de matar con dos tiros a bocajarro”
“No venía a cuento hacerlo, pero lo hiciste”

Bee Marshall Jones estuvo a punto de lloriquear. Aquello era peor que una pesadilla. Era la locura de un tío hecho una mierda por culpa de la maldita droga. Y lo más deprimente es que quien parecía llevar la camisa de fuerza, era él. Pero no la llevaba, ni estaba dentro de una celda acolchada, si no de pie frente a una canasta roñosa y de estructura destartalada.
– No-no-no. Déjalo estar ya, tío. Seas quien seas, indícame la salida de este sitio.
“Veo que aún no asumes la situación en la cual te hayas”
– ¿De qué situación me hablas?
“Pobrecito Marshall. Eres un pésimo jugador de baloncesto. Y un estúpido delincuente. Matas a un desgraciado sin venir a cuento, y ni siquiera robáis finalmente el local. Mira que eres inútil. Razón tiene tu padre en casi repudiarte. Aunque sin duda lo hará cuando se te condene a treinta o cuarenta años sin derecho a la libertad condicional.”
Bee Marshall giró varias veces sobre sí mismo. Cada frase de aquella voz atronadora procedía de un rincón diferente. Y siempre desde la negrura de la nada.
– ¡Cállate, miserable cobarde! ¡Muéstrate, si tienes cojones!
“Bueno, Marshall. Ya vale de perder el tiempo. Te dejaré verme un momento”
Desde debajo de la canasta surgió una figura monumental y temible de tres metros de altura, de una brutal envergadura, inmerso en llamas flamígeras que contorneaban irregularmente su silueta. Las cavidades de sus ojos estaban vacías, sumidas en sangre, y de sus deformes mandíbulas colgaban babas de sangre coagulada.
“Mírame, Marshall. Soy tú ídolo de toda la vida. Soy Legión”
Bee Marshall observó aquella maléfica presencia con rostro de incredulidad.
La criatura infernal avanzó en grandes zancadas, y sin darle tiempo a retroceder, sujetó al joven con sendas garras alrededor del cuello. Le hizo de mantener la mirada contra el vacío insondable de sus cuencas. Aquellas garras quemaban la piel de su garganta.
“Cumplirás una premisa, antes de abandonar este lugar. Y eso si es que eres capaz de hacerlo.”
La bestia relajó la presión ejercida sobre el cuello de Bee Marshall.
“Coge ese balón. Tienes que machacar el aro tres veces. Si lo haces, eludirás este lugar para siempre. Si en cambio, fallas, estarás entrenando tiros libres conmigo el resto de tu existencia.”
– ¡NOO! – gritó Bee Marshall, aterrado por hallarse frente a frente ante el mismo demonio, y por el dolor de las quemaduras del cuello.
Al terminar de gritar, la presencia de la entidad maléfica había desaparecido, al menos físicamente, pues su voz no iba a cesar de estar presente.
“Venga, valiente jugador de baloncesto. ¿Qué son tres machaques para un deportista de tu nivel?”
– Serás cabrón – murmuró Bee Marshall, enrabietado.
Fue en pos del balón.
En cuanto lo vio, la inquietud retornó a su ser. Era un balón de kilo y medio de peso, embardunado de alquitrán caliente. De hecho, los vapores emanaban de su superficie.
La duda enfureció a Legión.
“Coge la jodida pelota, si no quieres que te abra en canal, y luego haga lo propio con tu padre borracho y la mamarracha de tu madre. A tu hermana me la reservo para más tarde…”
Bee Marshall estaba decidido a darle en las narices. No le quedaba otra alternativa.
Se dobló para agarrar el balón.
Quemaba en sus manos mala cosa, y lo tuvo que dejar caer repentinamente.
“¡Qué debilucho eres! Te agradezco que hayas matado a ese incompetente dependiente, porque así conseguiré no sólo tú alma, si no las de toda tu familia”
– Cabrón – musitó Bee Marshall.
Mordiéndose el labio inferior para tratar de contener el dolor de las quemaduras, recogió el balón y lo más rápido que pudo, buscó el aro sin botarlo. Lo importante era bajarla para abajo, y lo hizo con suficiencia.
“¡Bien, Marshall! Dos más como ese, y considérate libre”
Bee Marshall se miró las manos. Estaban las palmas casi despellejadas. La piel se había adherido a la superficie alquitranada del balón. Instintivamente sopló con fuerza para reducir el dolor de las terribles quemaduras.
Buscó el balón y con evidentes muestras de queja, recorrió dos metros de distancia antes de enfilar el aro e introducirlo con cierta contundencia, haciendo zarandearse el tablero de lado a lado durante un par de segundos.
“¡Guaaa, Marshall! Me sorprendes. Te consideraba un perdedor. No un tío con suerte. Aunque ya se sabe, la buena racha termina por romperse.”
Las manos de Marshall ya eran un puro amasijo de carne sanguinolenta. Las yemas estaban descarnadas, sin las uñas y la punta del hueso de las falanges a la vista. Con desesperación se dispuso a sujetar el balón para ejecutar el último mate…
“¡Punto final, Marshall! Hasta tanto no llega mi benevolencia”
El balón abrasaba más que nunca, y se le cayó al suelo con la compañía de sus dos manos.
Marshall aulló fuera de sí, conforme se desangraba por las muñecas…

3.

La vida suele dar muchas vueltas. La de Bee Marshall Jones fue iniciar una carrera delictiva corta y nada fructífera. En el instante que se disponía a apuntar al dependiente, este extrajo desde detrás del mostrador una escopeta recortada, y sin miramientos, disparó a la zona de su estómago. Los compañeros de Bee Marshall lo dejaron a su suerte, mientras el dependiente llamaba a la policía.
Cuando la patrulla llegó diez minutos más tarde, Bee Marshall Jones había fallecido, víctima de sus errores…
Cuando los cometía como jugador de baloncesto, se podían corregir en la siguiente jugada.
En la vida real, eso era más complicado.


http://www.google.com/buzz/api/button.js

La cosa del armario

Hoy es el día del Trabajo, así que este relato va dedicado a todos los verdaderos trabajadores/as que desempeñan sus labores de manera sacrificada, sin vivir del cuento como tantos listillos que pueblan el planeta. Espero que el relato no les asuste tanto como para luego tener que acogerse a la baja médica por ser víctimas de un trauma emocional supergordo, je je…

– ¡Déjalo sólo! Ya no podemos vivir con él.
– Es nuestro hijo. Es todo lo que tenemos, por Dios.
– Ya no. Esa cosa ya no forma parte de nuestra sangre.
– Le echaré de menos, Edmond.
– Estás casi tan enferma que él. Pero debemos marcharnos para siempre. Alejarnos de su lado. Cuando todo se descubra… Será su fin. Dios lo quiera. Por eso debemos irnos muy lejos. Nos va en ello nuestra propia libertad y la vida. Porque sus hechos traerán consecuencias. Y se nos marcará por ello. Somos sus padres. Lo hemos estado encubriendo. La sociedad nos odiará en la misma medida. No nos queda otra alternativa.

Todo comenzó una madrugada. Estaba espabilado. No sabía el motivo de su falta de sueño. Miraba fijamente los contornos de los objetos y de los muebles que quedaban ligeramente remarcados por la débil luz de la calle que se filtraba entre los intersticios de las láminas de la persiana veneciana de la única ventana de su dormitorio. Estaba nervioso. Se mordisqueaba las uñas sin parar. Al fondo, frente a los pies de la cama estaba el armario empotrado. La puerta corrediza estaba ligeramente entreabierta, dejando un resquicio de diez centímetros.
Entornó los párpados, apreciando cómo el hueco tendía poco a poco a extenderse, hasta que fueron surgiendo las prendas colgadas de las perchas.
Se subió la manta hasta el mentón, casi predispuesto a dejarse ocultar del todo por ella.
Frotó uno de los pies contra el tobillo del otro.
Entonces, repentinamente, la puerta del armario se cerró, haciéndole de resguardarse bajo la manta, deseando que amaneciese cuanto antes.


A la mañana siguiente se lo contó a sus padres. En el mismo desayuno.
– Hay algo en el armario ropero.
– No digas tonterías.
– Yo… Vi su aliento, como si hiciera frío ahí dentro.
– Es tu propia imaginación. ¡No te da vergüenza! ¡A estas edades!
– No pude pegar ojo.
– Déjalo, quieres. Tu madre y yo no estamos para escuchar estupideces a estas alturas de la vida.

Se sucedieron las noches, y la puerta del armario era abierta y cerrada de manera continua por el ente que en su interior se guarecía por motivos insondables.
Poco a poco fue venciendo sus temores iniciales. Se atrevió a salir de la cama, para acercarse al hueco. A través de él emergía la respiración del ser. Este, al apreciar la cercanía, no tardó en manifestarse.
– Douglas…
– ¿Qué eres? ¿Qué quieres?
– Soy tu amigo. No me temas.
– Si dices ser mi amigo, tendrías que darme menos miedo.
– Yo soy así. No pidas lo imposible, Douglas.
– Tienes muy mal aliento. ¿Por qué te ocultas entre la ropa del armario?
– Es preferible que no me veas. Mi voz es lo que menos temor inspira a los demás.
– Entonces quédate ahí escondido.
– Eso hago, Douglas. Pero necesito tu ayuda.
– ¿Qué me pides? No creo que pueda servirte de mucho.
– Estoy desfallecido. Sin fuerzas. Llevo un tiempo sin alimentarme.
– ¿Quieres que te traiga comida?
– Así es.
– Es muy tarde. Mi madre está durmiendo. No puedo despertarla para que te cocine algo.
– Me sirve cualquier tipo de sobras. Tú busca, que seguro que encontrarás algo para saciar mi apetito inmenso…
Bajó a la cocina y abrió la puerta del frigorífico. Había un plato recubierto con papel de aluminio. Regresó a su dormitorio, frente al hueco practicado en la puerta del armario ropero.
– No hay gran cosa. Simples albóndigas. Están frías. Si quieres, te las caliento un poco.
– No hace falte que lo hagas, Douglas.
El ente del armario alargó una zarpa monstruosa perlada de granos purulentos y recorrida por venas abultadas, recogió el plato y se dispuso al instante a ingerir las albóndigas.
Fue la primera cena que le facilitó. Luego seguirían muchas más.

Transcurrieron varias noches, de las cuales, casi siempre se hallaba en vela, tratando de cumplir con los deseos del ser que habitaba en su armario de la ropa.
En una de ellas, aquella cosa le dijo:
– Douglas. Ya estoy recuperando la energía perdida.
– Me alegro.
– A partir de ahora, necesito que me traigas cosas más sustanciales. Más nutritivas para mi organismo.
– No te entiendo.
– Necesito comida fresca. Y sin hacer. Carne cruda.
– No tenemos eso en el frigorífico. Tal vez cuando vayamos a la carnicería, pueda convencer a mis padres para que compren algún filete de buen tamaño.
– No, Douglas. Yo preciso ya algo más que un simple filete. La ternera entera es lo que quiero.

Al día siguiente, encontró un perro callejero. Lo estuvo siguiendo prudentemente, hasta tenerlo acorralado en un callejón sin salida. Utilizó la carabina de aire comprimido para lastimarlo. En cuanto lo tuvo medio tendido entre dos cubos de la basura, lamiéndose las heridas, lo remató con un ladrillo en la cabeza…

Aquella madrugada, la puerta del armario estaba abierta medio metro. El animal fue devorado en menos de media hora, quedando de él las vísceras y los huesos. Los ojos oblicuos ocultos entre las penumbras estaban irritados por la clase de cena que le había traído. Alargó la garra, cogiéndole firmemente por el cuello.
Notó la fetidez de su aliento.
– Esto no lo repitas. Es pura carroña. Lo que yo necesito es carne de primera categoría. Si para la siguiente noche no me consigues algo mucho más selecto, puede que te considere a ti como mi cena.
La voz gangosa era amenazante de veras. No bromeaba.
– Ahora llévate estos restos. No los quiero en mi estancia.
Diciendo esto, le arrojó las entrañas y los demás restos del animal.

Tenía mucha prisa, por eso le molestó que su padre le llamara la atención cuando iba a salir a la calle.
– ¡Eh! ¿A qué viene tanta prisa? ¿Y a dónde crees que vas? Puede que tengas deberes que hacer en la casa. Tu madre está fatigada por el turno de noche de esta semana y…
– Imposible. Voy a casa de los Tennant. Estoy esta tarde de canguro de su hijo Ricky.
– Vale. Si eso implica que vas a traer algo de dinero para la maltrecha economía familiar, te felicito.
– Casi lo hago gratis. Es algo que me urge.
– No te entiendo.
– Da igual que lo entiendas o no. El caso es que tengo que estar ahí ahora mismo.
– ¿Qué pinta esa bolsa de deporte que llevas?
– Llevo bastantes juguetes míos para entretener al crío.

Los vocablos del ente brotaban de sus labios entremezclados con los fluidos y los mordiscos que infería a una de las extremidades del pequeño niño que él le había traído esa noche.
– Exquisito. Además está tan tierno. Rico. Ricoooo…
– Deseo que sea la suficiente carne como para que te repongas del todo y te marches de una vez de mi vida.
La criatura dejó de comer por un breve momento. Las ascuas infernales le consumieron con su penetrante mirada. Emitió una carcajada demencial.
– Ya te haré saber cuando esté completamente recuperado, en plena plenitud física. Hasta entonces, tendrás que contentarme todas las noches que sigan a la actual con carne tan sublime.
“Porque, acuérdate, puedo acabar contigo en un santiamén. Merendarte en tres bocados…

En las siguientes noches, desaparecieron más niños. El pánico se adueñó de los habitantes de la zona. Se establecieron patrullas diarias y de noche para intentar dar con el secuestrador. Se impedía que los más pequeños jugaran en las calles. Solo podían hacerlo en el colegio y en sus casas, siempre acompañados por personas mayores de confianza, aparte de los padres y los propios familiares.
Así que tuvo que cambiar de planes.
Decidió seleccionar a gente adulta. La carne sería más dura, pero igual de nutritiva.

Una madrugada, su padre fue desvelado a gritos por su propia esposa. Lo zarandeó en la cama, con fuerza, instándole a que la acompañara al dormitorio de su hijo. Estaba histérica. Fuera de sí.
– ¡Demonios de mujer! ¿A qué viene esta pérdida de papeles?
– ¡Nuestro hijo! ¡NUESTRO HIJO, DIOS MÍO!
– ¿Qué le pasa al muy infeliz?
Ella no pudo contestarle, pues se desmayó en sus brazos. La tuvo que acomodar sobre el lecho. Alterado, fue en pos de su hijo. Al acercarse al dormitorio, encontró la puerta cerrada. Quiso abrirla, pero estaba asegurada por dentro. Sus pies descalzos notaron la viscosidad de un líquido rojizo que se esparcía por el suelo del pasillo, partiendo de la entrada por la cocina, hasta derivar hacia el quicio del cuarto de su hijo.
Escuchaba unos sonidos muy extraños al otro lado. Con el añadido de una voz que parecía pertenecer a otra persona.
– ¿Qué significa todo esto? Hijo. Abre la condenada puerta. No sé lo que has hecho, pero no es nada bueno.
Ante la negativa, se apartó un poco y cogiendo impulso, arremetió contra la puerta con el hombro derecho. Esta cedió con cierta facilidad, y ante su terrible incomprensión, vio a su hijo sentado al lado del armario. Estaba desnudo, bañado en sangre, rodeado de los restos de una persona mayor troceada. Soportaba entre las manos una porción de pierna que comprendía el pie hasta la parte anterior a la rodilla, y con afán de caníbal, abría y cerraba las mandíbulas, arrancando porciones de la pantorrilla, masticando con deleite.
En cuanto vio irrumpir a su padre, se detuvo un segundo, observándole con los ojos desorbitados, propios de una persona trastornada. No le dijo nada. Al poco continuó devorando el cadáver fresco.
Su padre vomitó al ver la cabeza del hombre plantado encima de la cama de su hijo.
Inmediatamente abandonó la estancia, yendo a por su mujer.
Hizo lo posible por hacerla recuperar la conciencia. La llevó a la ducha, y con agua fría consiguió que volviese en sí. Ella se le quedó mirando acongojada. Rompió a llorar sobre su hombro.
– Nuestro hijo. Ha perdido la cabeza.
– El muy miserable. Tenemos que marcharnos, Mónica. He visto las calaveras asomando desde el interior del armario de la ropa. Eran pequeñas.
– ¡Los niños desaparecidos de la comarca!
– Vamos. Sécate y vístete. Cojamos lo más imprescindible. Tenemos que escapar de su locura.
– ¿Cómo ha podido ser? Con lo que le queremos.
Su esposo se enfureció con ella. La abofeteó con fuerza en la mejilla derecha para hacerle volver a la realidad.
– Somos responsables en parte de esta horrible tragedia, Mónica. Durante 38 años. Nuestro hijo ha estado toda su vida matando animales. Destripándolos. Lo sabes muy bien. La de veces que hemos tenido que enterrar los restos en el jardín, y de limpiar a fondo las dependencias de la casa. Pero ahora ha cruzado el umbral. Ahora es un psicópata. Un criminal. Ha asesinado a niños. Y a una persona mayor. Cuando todo esto se descubra, nuestra estirpe será maldita.
“Por eso sólo nos queda huir.
“Olvidar que hemos tenido alguna vez un hijo…


http://www.google.com/buzz/api/button.js