La desaparición de Robert Smith

Bueno, el siguiente relato va dedicado a tres compis que han premiado nuevamente este diminuto rincón de pesadillas inenarrables (sobre todo cuando a Harry le falla el megáfono). Son:

Anrafera, autor del blog “Diseño Gráfico con Photoshop”.
Thundergirl, autora del blog “X-pressions”.
Nikkita (y su gato), autora del blog “Holocausto en Español”.

A los tres, mi gran agradecimiento. Ya no me quedan pañuelos de papel de tanto llorar a moco tendido, embargado por la lógica emoción.
– Exagerado.
Dominique, piérdete, ¿quieres?

Robert Smith es un nombre ordinario. Los hay a miles en el país. Enchufas la radio, y en cualquier emisora hay un Robert Smith, o bien de comentarista de partidos de voleibol, o bien en forma de oyente insoportable narrando su lucha contra la pérdida de peso en una anatomía gordinflona de ciento cincuenta kilos. Enciendes la tele, y si ves un partido de la NBA, verás a un Robert Smith machacando una canasta en doble giro y con los ojos cerrados, o si cambias de canal, allí tendrás a Robert Smith pronosticando la nevada del milenio en Buffallo, estado de New York, y si decides darle de nuevo al mando a distancia, en el canal 125 está la comedia de situación de un actor llamado Robert Smith intentando desplumar un pavo en la noche de navidad sin conseguirlo, claro está. Y están los Robert Smith en la situación de vecino de la tercera planta, del Robert Smith carnicero en el supermercado nada más cruzar al otro lado de la calle, el Robert Smith taxista que te llevará de vuelta al trabajo y el Robert Smith vagabundo que extiende su sucia palma de la mano para pedirte un dólar para la cerveza del desayuno. En fin, que lo dicho, Robert Smith a tutiplén… Pero seguro que no hay ninguno que se supiese por Youtube que quedara succionado por el conducto de ventilación y permaneciera atrapado ahí dentro de por vida. ¿A que no?
Este Robert Smith es un tío con el que yo nunca había tenido trato alguno hasta el preciso instante de conocerle en las oficinas del edifico Independence, que es donde yo trabajo de lunes a sábado. No les doy mis datos, simplemente confórmense con saber que soy el vigilante nocturno del inmueble. Veinte plantas de altura. Catorce horas de turno interminable para acumular las suficientes horas para sumar 1500 dólares a fin de mes. Mi trabajo es sencillo. Controlar desde una pequeña zona habilitada para la seguridad cada uno de los accesos exteriores e interiores del edificio con una veintena de monitores en blanco y negro, además de una ronda por todas las plantas desde el último piso al sótano cada hora y media. Nada, que no se requiere estudios superiores para realizar este trabajo. Aparte de no dormirse, sólo se precisa algo de concentración y de interés por hacer las cosas como es debido. Volviendo al asunto que nos interesa, en una de esas noches recibí la visita ya anunciada por una nota de mi compañero del turno de día, donde se informaba de que un técnico de la empresa encargada del mantenimiento del aire acondicionado iba a pasar la noche revisando los conductos de ventilación de las oficinas de la decimocuarta planta. El individuo en cuestión era, ustedes ya lo han adivinado, Robert Smith. Este Robert Smith era de estatura media, delgaducha y bastante normalita. Ni guapo ni feo. Y era genuinamente norteamericano, que hoy en día lo más normal es encontrarte con un tío de Manchuria hablándote en ruso. La única conversación que tuvimos fue extremadamente larga y amena. Vamos, que casi duró dos minutos.
– Buenas noches, caballero. ¿El motivo de su visita?
– Soy el técnico de Calor Nunca en Verano, y vengo a inspeccionar la instalación de las oficinas de la planta catorce que ha debido de petar.
– En efecto, señor. Aquí tengo una nota que me avisa de su llegada. ¿Me dice su nombre, por favor?
– Robert Smith.
– Bien. Ya está usted introducido en la base de datos del ordenador. Aquí tiene la acreditación. Le doy la tarjeta verde número trece. Debe de llevarla siempre en lugar visible.
– Aunque no haya nadie más por aquí que nosotros dos en toda la jodida noche…
– Así es, señor. Y recuerde que antes de irse, debe entregarla aquí en seguridad.
– Hombre, no me voy a llevar esta tontería a casa.
– Que pase buena noche, señor.
– Ya. Si le llama a husmear en las secciones del aire acondicionado algo divertido, para usted el trabajo.
Y así acabó nuestra efímera amistad.
Robert Smith se dirigió a uno de los ascensores, entró y desapareció de mi presencia para… siempre.
Al menos por el momento.

Hay veces que uno le da vueltas a la cabeza sobre un tema en cuestión. Esto es muy susceptible de suceder en un tipo de trabajo tan rutinario como el mío, donde el sonido de las alas de una mosca en pleno vuelo parece una novedad súper interesante, y más si lo hace al lado de un micrófono encendido del sistema de la megafonía central del edificio.
En esas ocasiones suelo divagar acerca de la naturaleza predecible del ser humano. A fin de cuentas, la mayoría de nosotros presumimos de un ego propio al mismo nivel que si fuéramos emperadores romanos, cuando una simple gripe nos tumba a las primeras de cambio y nos da la sensación que entonces no valemos ni para prepararnos un caldo de pollo. Y no digamos los accidentes tontos, del todo fortuitos, que nos dejan con algún que otro hueso roto, eso en el mejor de los casos, que en el peor la palmamos y ya nadie se acuerda de nuestra fama elevada al cubo, ja ja.
Me imagino que Robert Smith hubiera estado de acuerdo conmigo en todo esto. Más a partir del instante en que contemplé por el monitor doce como se encaramaba en la escalera plegable para retirar una de las rejillas del conducto de ventilación de una de las oficinas del piso catorce. Se le veía muy hábil con el uso del destornillador. Tanto, que sin querer, consiguió desequilibrar la escalera, quedándose medio introducido en el hueco, con las piernas colgando de mala manera.
Pensé, este tío es más gilipollas, que si cambia de oficio y se mete a la política, se nos forra.
Cuando patalearon las piernas, y tiró la escalera, le pegué un buen puñetazo a la mesa. Demonios. Me obligaba a tener que subir a echarle una mano. Encima en el intermedio de una ronda recién vencida y la nueva por llegar.
Aparté mi sabroso emparedado de pavo con lechuga (estaba a régimen) y me desplacé hasta el ascensor. Cuando llegué al piso catorce, miré la hora en el reloj y asumí que el pobre desgraciado ya llevaba casi cinco minutos colgando como un pelele por la abertura del conducto de la ventilación. Si encima tenía claustrofobia, a lo mejor me lo encontraba en pleno ataque de histeria.
Corrí a buen paso para acortar el calvario del operario de la empresa de mantenimiento de la instalación del aire acondicionado. Con las prisas, me equivoqué de oficinas. En la segunda intentona, esta vez acertada del todo, nada más adentrarme pude ver la escalera tirada sobre la moqueta del suelo y el hueco vacío del conducto. El muy ladino había conseguido introducirse de alguna manera por la abertura, y debía de estar dentro del tramo del conducto de ventilación.
Me situé justo debajo, apartando la rejilla caída sobre el suelo con mi pie derecho.
– ¿Señor Smith? ¿Está bien? ¿Acaso necesita ayuda para salir de ahí adentro? – le pregunté.
Su contestación me llegó metalizada y alejada de aquella entrada, como si hubiera ido avanzando y estuviera en otro nivel de la instalación.
Ayuda… – dijo.
“Dios… Necesito que me saque de aquí…
El tono fue decayendo, hasta quedarse en un murmullo casi inaudible.
– Esto, usted es el técnico. Ya me dirá en qué forma puedo serle de ayuda – le hablé en voz alta, haciendo bocina con mis manos para que así pudiera oírme.
En esta ocasión no me llegó su respuesta. Simplemente pude percibir un movimiento lejano sobre el metal del conducto. Seguido de un aviso en la central de alarmas. Al notar su cambio de posición en el interior, se había disparado una alarma volumétrica dada la sensibilidad de la misma. Tuve que dejarle para bajar deprisa y corriendo a las dependencias de seguridad para anular el falso aviso, evitando que viniera la policía en vano. Aunque bien pensado, como aquél inútil no consiguiera salir del interior del sistema de ventilación, no me quedaría otro remedio que recurrir a sus servicios. Y seguramente a los bomberos.
El panel de las alarmas está ubicado en la pared izquierda. Al teclear el código de anulación, me quedé mirando de frente al conjunto de monitores. Me llamó poderosamente la atención como en un bufete de abogados de la décima planta la rejilla del aire acondicionado caía de sopetón sobre una de los escritorios.
Naturalmente deduje que era Robert Smith, tratando de salir por ahí. Lo maldije mentalmente, y de nuevo me encaminé al ascensor con la intención de llegar al piso décimo.
Tardé poco más de cuatro minutos en adentrarme en las dependencias de Morrison&Duwards Lawyers. El impacto de la rejilla contra la madera de caoba de la mesa había dejado una marca que iba a requerir explicaciones en cuanto se abriera el edificio a las siete de la mañana. Aunque en ese momento, era lo de menos. Alcé el rostro hacia la abertura y pude ver la cara sucia y apurada del técnico.
– ¡Hombre! No sé cómo lo ha hecho, pero ha conseguido descender cuatro plantas por un recorrido angosto y estrecho en menos de diez minutos – le dije, sonriente.
El hombre no expresaba felicidad alguna.
Es más, sus ojos estaban casi fuera de las órbitas, con el ceño fruncido y los dientes apretados.
No. No he sido yo… Hay algo… Que me está estirando… Oh, no…- Su rostro tenso fue sustituido por un gesto de dolor infinito. – Ah… Las piernas… Los brazos… El cuello… Me los está tensando… Como si fueran de plastilina… El dolor… Es inenarrable… Ayúdeme… Ayúdeme a acabar con este sufrimiento.
Entonces fue cuando saltó la alarma por segunda vez.
Miré a Robert Smith con cierta inquietud.
– Aguarde un poco. Tengo que bajar a silenciar el aviso de emergencia. Vuelvo enseguida y le ayudo a salir del conducto del aire – le dije, y me fui corriendo a toda pastilla.
Estaba tan nervioso, que bajé por las escaleras. El sonido de la alarma era estridente, con las luces de emergencia destellando en cada rellano. Cuando llegué abajo, introduje el código de desactivación por segunda vez. Las pantallas de los monitores estaban situadas al frente, y con consternación pude ver tres rejillas de ventilación tiradas por los suelos. Correspondían a las plantas decimonovena, undécima y quinta.
Lo más dantesco fue observar como por cada uno de los diferentes huecos de la ventilación asomaban de manera independiente una pierna, dos brazos y la cabeza de Robert Smith… En ese instante desde la quinta, donde asomaba parcialmente el rostro desencajado del técnico, su lengua se sacudió como una culebra, prorrumpiendo en un espeluznante berrido que pudo escucharse desde mi puesto de control.

Permanecí un buen rato sentado en mi puesto, sin capacidad de reacción. Contemplando fijamente los monitores, en un estado de shock. Pude ver cómo los miembros dejaron de moverse espasmódicamente pasados unos diez minutos, para luego ser recogidos hacia el interior de cada conducto.
Con manos temblorosas, llamé a urgencias, solicitando ayuda porque un técnico de mantenimiento acababa de tener un terrible accidente, quedando engullido por un tramo del sistema de ventilación central del edificio.
La policía llegó en menos de cinco minutos. Los bomberos en siete. Y todo cuanto puedo decir, es que pusieron todo su empeño en localizar el cuerpo de Robert Smith, guiándose por las grabaciones de las cintas de seguridad.
Tras dos días de intensa inspección, manteniendo el edificio acordonado y cerrado tanto al público como a los propios arrendatarios de las oficinas, se dio a Robert Smith por desaparecido en extrañas circunstancias.
Obvio es decir que solicité un cambio de aires.
No me interesaba seguir mirando por los monitores las cámaras de vigilancia donde por última vez vi al señor Smith asomarse de manera simultánea desde distintas plantas del edificio.

Miedo verdadero

Después de tanta ceremonia de entrega de premios, corresponde reeditar un relato de terror. Estoy con la voz descarriada, muy cascada, de trasegar tanta sidra en la cena celebrada con los premiados, así que la presentación se la dejo en esta ocasión al cocinero Bogus Bogus.
– ¡Es un cacho honor para mí, jefe!
Bueno, se breve y conciso, que se nos duermen los lectores.
– Este relato es súper incómodo de leer, sobre todo si no lo hace uno tumbado en la cama.
Bogus Bogus…
– Si… Que no se os ocurra echarle una ojeada en plena masticación de un bocado de un bocadillo de chorizo de Pamplona, que puede que se os atragante y luego haya que ir a urgencias a por un lavado de estómago.
Jesús, menudo prólogo para un cuento de terror.
– Por lo demás, es aconsejable haber hecho testamento antes de centrarse en su lectura. Más de uno se nos morirá de un tremendo patatús.
Vale.
– ¿A que lo he hecho bien?
Lo tuyo es la cocina, y no fomentar el gusto por la literatura entre mis invitados.
– Bueno. Ahora le preparo la cena. ¿Hace una cacatúa rellena con carne picada de Ñú?

Connor no era un niño, sino un adulto de edad mediana. Tenía cuarenta y dos años. Hasta aquella noche en el dormitorio de su piso solitario de soltero empedernido, nunca recordaba haber tenido el más ligero retazo de recuerdo de algún tipo de trauma infantil. Sus padres siempre se comportaron bien en su infancia, y en la escuela había sido uno de los críos más populares. A la hora de dormir nunca había tenido pesadillas de consideración, y sus miedos infantiles se remitían a las imágenes contempladas con anterioridad de alguna película de terror, relato o vídeo visto a escondidas cuando estaba algún rato a solas en su antigua casa familiar. Superado ese período de su fase de aprendizaje de la vida mundana, lo que menos podía esperarse es que algo fuera a intimidarle en la fecha actual. Un hombre talludito, maduro, que se reía de casi todo lo terrorífico que le pudieran echar por Internet y la televisión por cable, estaba ahora marcadamente aterrado, paralizado entre las sábanas de su cama. El cuarto estaba perfectamente a oscuras, con las tablillas de la persiana encajadas sin permitir que se filtrara hacia el interior de la habitación ningún atisbo de luz procedente del exterior nocturno, tanto del alumbrado público como del transcurrir del tráfico o el halo pálido y débil de la luna en fase creciente.
Hacía mucho frío. Temblaba de pies a cabeza. Estaba en pleno mes de julio, y en el exterior la temperatura era de casi treinta grados. Eso era incomprensible, de no ser por lo que había debajo del somier…
El piso era de alquiler y llevaba residiendo en él más de una década. Nunca había acontecido nada relevante o perturbador en su interior. Y de hecho siempre había conciliado el sueño con relativa facilidad. Pero esta noche era distinta al resto de sus noches precedentes. A la una de la madrugada continuaba sin poder pegar ojo. Se removía inquieto sobre el colchón. Estaba vestido con un boxer y una camiseta de tirantes de algodón. Era una vestimenta de lo más elemental para el calor que hacía. A partir de las dos su situación de triste insomnio quedó alterada por el descenso brusco de grados Celsius. En poco más de media hora la estancia estaba sumida en un frío aterrador. Y su cuerpo desgarbado y con ligero sobrepeso terminó por quedarse rígido, como si tuviera una especie de experiencia fuera del mismo, del estilo de los viajes astrales. Entonces notó que su pie derecho quedaba libre fuera de las sábanas, colgando sobre el borde del colchón. Quiso recuperar la sensibilidad de su anatomía, pero no había forma de poder movilizar los miembros. Estaba completamente inmóvil. Su respiración se aceleró. Sus labios se separaron para expresar alguna palabra en voz alta que ejerciera de conjuro para anular su inmovilidad. Justo antes de que lo hiciese, percibió como algo le aferraba el pie por el tobillo, y con una brutalidad sobrehumana tironeó de él hasta introducirlo debajo de su cama.
Entonces…
– ¡No! ¿Quién eres? ¿Qué eres? – chilló en agonía, sintiendo el congelado suelo sobre su pecho, pues estaba tumbado boca abajo.
Quien estuviera encima de su espalda le hizo de comprimirse más contra las losas.
– ¿Que quién soy? – le llegó una voz dentro de su propia mente. – Considérame tu propio tormento. Habito en la sinrazón. Corroo el espíritu. Soy…

Connor estaba acurrucado en posición fetal encima de las sábanas revueltas de su cama. Eran las tres de la tarde. La persiana continuaba echada. Afuera lucía un sol esplendoroso. En el interior de su habitación, luchaba, confrontaba sus creencias básicas contra la cosa que le consumía dentro de su intelecto.
Sus ojos estaban en blanco. Hilillos de saliva blanquecina colgaban de las comisuras de sus labios. Tenía la camiseta desgarrada, con el pecho al descubierto y maltratado por incontables arañazos.
Dentro de la habitación continuaba haciendo un frío antinatural.
Igualmente otro tanto en el interior de su alma.
Musitaba palabras extrañas.
Blasfemaba.
Aunque en su comportamiento ya no era él mismo, pues aquella entidad le dominaba por completo, una pequeña porción que le quedaba de raciocinio clamaba por el fin de aquella posesión.
Lo peor es que vivía solo.
Nadie podría reclamar la liberación de su alma.
Las sombras se perpetuaron en aquel cuarto.
Y mientras padecía los tormentos, el diablo le hablaba dentro de su cabeza.
Y se reía y se mofaba.
– Ahora sí que tienes miedo, verdad – le dijo en más de una ocasión.
A Connor no le quedaba más remedio que reconocerlo.
Estaba consumido por el terror.

La niña perdida del bosque

Fin de semana. Mucho ajetreo en las dos últimas semanas debido a factores externos a mi querido castillo del horror. Hasta he desatendido el pago correspondiente de los emolumentos de mis queridos siervos. Esto no puede ser. Las musas siguen algo huidizas últimamente. En fin, de momento reparo mis errores con un breve relato. Espero que al menos provoque alguna mínima turbación… Queridos lectores, os deseo la mayor de las diversiones de cara al domingo. Un fuerte saludo, acompañado de risas agudas de lunático evadido del penal de Sing Sing.

Encontré a la niña andando sola por el bosque.
Deambulaba descalza y ataviada simplemente con un camisón deshilachado color crema, sin vida y gracia. Llovía con cierta intensidad, con rachas de viento fuerte. Las hojas otoñales zigzagueaban ingrávidas de aquí para allí, sin orden ni concierto.
La pequeña andaba errática, aterida de frío, empapada por el pertinaz aguacero. La contemplaba de espaldas, alejándose lentamente de mi refugio, una simple caseta prefabricada de obra destinada para vigilar el acceso a un camino que derivaba hacia las propiedades acotadas de una parcela embargada a su propietario por fraude fiscal. Como pude, me protegí de la lluvia con un chubasquero y salí tras ella, a su encuentro.
– ¡Niña! ¿Estás perdida? – le pregunté en voz alta conforme me aproximaba.
La niña continuaba ofreciéndome la espalda. Cada vez arreciaban gotas lluviosas con mayor fuerza. El viento ululaba al enredarse a su paso por las ramas desnudas de los árboles más cercanos.
Entonces me habló en un hilo de voz suave y casi inexistente:
– No estoy perdida. Ni estoy sola. Tengo a mis amigos. Me acompañan a todas partes. Y me protegen de los extraños.
La muchachita se volvió. Pude ver su rostro infantil, todo pétreo y carente de emociones. Y flanqueándola, ¡Dios, cómo no me di cuenta hasta entonces!, dos siluetas profundas en negritud como la misma noche, con leves retazos similares a facciones fantasmales en lo que parecían corresponder con sus rostros enjutos y malditos.
Por un breve momento dejaron de ofrecer protección a la niña, su compañera de juegos, rodeándome hasta sumirme en el olvido de su propia oscuridad infinita.

No es el momento

– ¡Por orden del señor jerifalte del castillo más infame de Transilvania, se procede hoy mismo a la publicación de un nuevo relato de horror y miedo más espantoso que pueda uno leer en una librería de quinta fila!
Dominique…
– ¿Sí, mi amo?
Lo tuyo no es la finura.
– Bueno, la realidad es que dejé la escuela en segundo de EGB.
Claro, a tan tierna edad, ni te aguantaban los profesores.
– Más o menos. Cuando desapareció la segunda maestra y el director, dedujeron que yo tuve algo que ver.
Hum… Interesante. Ya se qué hacer cuando me visite nuevamente el inspector de hacienda…

Todo lo que sabía es que el diminutivo de su nombre era Ted. Era un tipo de unos cuarenta años. Con avanzada calvicie y entrado en carnes. Llevaba una de esas tiendas franquicia de venta de artículos baratos y de baja calidad, la mayoría procedentes de Asia. La tienda estaba abierta de lunes a sábado. El tal Ted atendía al público en turno partido, ayudado por un chico de unos veinte años al que le pagaría un sueldo de risa. Normalmente, el empleado abandonaba la tienda a las siete y media de la tarde, mientras su jefe se quedaba una media hora más haciendo caja. Para las ocho abandonaba el sitio día tras día. Menos en una ocasión al mes. Solía suceder en la última semana del mismo. Un jueves o un viernes. Ted permanecía hasta casi la una de la mañana. Llegada tal hora, cerraba la puerta y se marchaba a su casa. Un hecho del todo inusual.
Algo se cocía ahí dentro cuando el dueño permanecía tanto rato. En su momento, barajó la posibilidad de que estuviera haciendo el inventario mensual. Esto quedó descartado cuando una tarde vio al ayudante en un bar que este frecuentaba. Le invitó a unas cervezas, y como tal cosa, se lo sonsacó. El muchacho le dijo sin malicia que los inventarios eran semanales, en cada sábado, por eso cerraban en dicho día una hora y media antes. Satisfecho por haber conseguido la información que le faltaba, llevó adelante sus planes.
Disponía de una pistola bastante vieja y en mal estado. Y por mucho que revisó en su piso, tan sólo pudo encontrar dos balas. No le dio mucha importancia. Con mostrar el arma, el pobrecito Ted le daría toda la pasta que tendría guardada en su negocio de todo a cinco dólares.
Ese viernes de la última semana del mes de agosto, aguardó al término de la jornada laboral del único empleado. Dejó pasar una hora y media, y sobre las nueve de la noche, cuando la oscuridad ya era absoluta, y cerciorándose de la ausencia de personas por las cercanías de la calle, se aproximó a la puerta de la tienda. Con una pericia destacable, forzó la cerradura con una ganzúa. Comprobó con cierta perplejidad que el confiado Ted no había echado el cerrojo, y tan campante, se coló en su interior, ajustando la hoja de la puerta lo más silenciosamente posible.
El local estaba iluminado a media luz. Estuvo quieto, expectante, en una zona de sombras, pegado a una estantería repleta de juguetes infantiles. No tardó en percibir una tos procedente del mostrador donde se atendía a la clientela. Fue avanzando lo más sigiloso posible, portando la pistola en la mano derecha. Al llegar frente a la caja registradora, no encontró al dueño. Rodeando el mostrador, había una puerta que debía conducir al despacho u oficina de Ted. Y desde ahí le llegó otra tos seca.
No hizo caso a la caja registradora. Primero tenía que someter a Ted. Intuía que debía de guardar algo interesante en su local, aparte de la recaudación del día. Se plantó bajo del dintel de la entrada al cuarto. El interior estaba a oscuras.
Ted percibió la intrusión del extraño.
Este también sintió la respiración acelerada del tendero. Parecía jadear presuroso. Como con cierta dificultad.
– ¿Qué hace aquí, insensato? – le preguntó Ted, desde la nada.
Sonrió y amartilló la pistola, presto por si hiciese falta disparar.
– Nada, Ted. Me preguntaba el motivo por el cual te encierras aquí a solas unas cuantas horas una vez al mes. Se sale de lo habitual. A lo mejor tienes alguna especie de tesoro escondido que está pidiendo ser compartido con otra persona.
– Te doy cinco segundos para que te marches por donde has venido. Luego no respondo de mis actos – le dijo Ted, con voz apremiante, en vez de amenazante.
– Anda. Déjate de frases hechas y sal de tu oficina. Tienes que decirme unas cuantas cosas. Y te aseguro que las conseguiré, bien por las buenas, bien por las malas. Tú decides.
Ted resollaba con fuerza. Se percibió un crujido de huesos.
– ¡Botarate! ¡Te estoy diciendo que no es el momento!
– Que salgas. Si no, voy a empezar a disparar al buen tuntún ahí dentro. Puede que te de en una pierna, o en la tripa, tú mismo.
– ¿Quieres que salga, eh? – la voz de Ted cambió su tono. Parecía pertenecer a otra persona.
Se le borró la sonrisa de los labios al instante.
Algo se le echó encima surgiendo desde la oscuridad, tumbándole de espaldas. Perdió de inmediato el control de la pistola. Echado sobre su pecho estaba Ted…
Completamente desnudo.
Con la piel cayéndosele a tiras.
Por los orificios de los ojos al igual que por los oídos le surgían largas lenguas reptilianas. El rostro deformado, surcado de venas grises hinchadas. Gruñía.
– ¡La Virgen! ¿Qué eres? – atinó a gritar, horrorizado.
Aquella criatura infernal separó sus mandíbulas, mostrándole tres lenguas reptilianas. Ya no estaba capacitada para pronunciar frase alguna. Al menos en esa fase de metamorfosis.
El asaltante fue fácilmente aniquilado. Una vez muerto, la personalidad desdoblada de Ted se dispuso a alimentarse del cadáver caliente. Comió frenéticamente, de vez en cuando alzando la brutal cabeza, y aunque estaba ciega, las lenguas rastreaban los alrededores, tratando de identificar la cercanía de algún depredador rival…
Pero lógicamente, estaba a salvo de toda competencia.
Y hacía tanto tiempo que no se alimentaba en su estado de transformación actual. Llevaba unos cuantos años controlándose. Conocía la fecha, la hora del mes en que se convertía en aquello. Por ello no abandonaba la tienda antes de la una de la madrugada. Para que su mujer y sus hijos no vieran la terrible maldición que acosaba a su estirpe desde la edad media…

Teaser

¿Está todo ya preparado, Dominique?
– Sí, mi amo. La cámara es del año catapúm, pero grabará las penurias del invitado.
Estupendo.
Vamos a ver, señor Anthony Vacquio. Es la tercera vez que intenta irse sin pagar. Las otras dos veces se lo perdonamos, porque tenemos cierta tendencia masoquista, pero en este caso…
– ¡Pagaré lo que haga falta! Pero por favor. Sáquenme de esta jaula tan diminuta. No puedo permanecer en cuclillas eternamente. Ya me duele el espinazo.
Eso es solamente el comienzo, señor Vacquio. Lo peor está por llegar.
Ja ja ja JA JA JA
¡Dominique!
– ¿Si, Maldad Infinita?
Es hora de traer el tarro de las pulgas. Me parece que nuestro invitado está ansioso por tener un ataque de picores…

Los gritos se expanden por los pasillos. Los ecos son ensordecedores.
Edward está fuera de si. No sabe qué hacer.
La situación está descontrolada.
Se mesa los cabellos y suelta una patada contra una pequeña mesilla que vuelca y desparrama unas cuantas hojas de papel en blanco sobre cuatro o cinco baldosas, las más cercanas a sus pies.
Mira las hojas. De repente la blancura va desapareciendo. Surgen rostros desconocidos. Dibujados al carboncillo. Semblantes asustados. Suplicantes. Endoloridos.
Se agacha y recoge los papeles. Los arruga y los arroja más a lo lejos.
– No. Basta de atormentarme de esta manera – solicita al borde del llanto.
Los chillidos siguen haciéndole de enloquecer.
Surgen de todas partes.
Su cabeza está a punto de estallar.
Se alza, con las palmas de las manos cubriendo sus oídos.
Los tímpanos estallan y se queda sordo para toda la vida.
¿Pero cuánta vida le queda ya?
Aquel hogar está maldito.
Debe de abandonarlo.
Salir de ahí huyendo.
Lo hace.
Tropieza varias veces con los muebles que le salen al paso impulsados por una fuerza invisible.
No oye sus propias pisadas. Tan sólo le llega el palpitar de su corazón acelerado.
Las mucosidades se le deslizan por los orificios de la nariz.
Toda su cara está sudorosa.
Al final logra alcanzar la entrada. La puerta se resiste a ser abierta.
Nota una corriente de aire fuerte que le recorre la tela empapada por la transpiración de la camisa adherida a su espalda.
Se vuelve y ve lo que nunca hubiera deseado haber visto.
Las personas de las facciones perfiladas en los folios en blanco.
Están aullando de dolor, aunque él no pueda escuchar los sonidos pronunciados por sus bocas afligidas.
Le basta con ver los gestos.
Están dispuestas a no dejarle escapar con vida.
Es su época de venganza.
Edward jamás pensó que sus víctimas pudieran volverse un día contra su agresor.
Y mucho menos cuando estuvieran ya muertas.
Pero esto era plausible.
Se les debía algo por haber soportado tanta penalidad bajo su personalidad perturbada.
Ese instante había llegado.
Era el fin de Edward.
La conclusión de este
TEASER*.

* Teaser: Tráiler imaginario de una película que jamás será producida.

Obediencia mortal

¡Vaya, vaya¡ A quién tenemos hoy de visita sorpresa.
– Te odio. Eres de lo peor jamás nacido en vientre materno. Ni siquiera en las profundidades más ardientes tienes cabida.
Me halagas. Por cierto, tus cuernos lucen que dan gusto. Se ve que los acabas de afilar en un sacapuntas gigante.
– Lo dicho. Siempre tienes que salir con alguna gracieta de las tuyas.
Pero díme a qué se debe el honor de tu visita, Lucifer, amigo mío de la infancia.
– No me lo recuerdes. Cuando jugábamos en el colegio a policías y ladrones, te tendría que haber volado los sesos con un bazooka. Vengo porque según me ha informado uno de mis demonios menores, a un huésped tuyo le ha llegado la hora de freírse en el fuego eterno del infierno.
Hum… Mala nueva me das. Al menos tendrás el detalle de dejarle que pague la cuenta por el período de estancia en mi castillo.
– Siempre y cuando prometas dejar de darme el coñazo en el próximo milenio…

Mortimer estaba exultante por el excesivo consumo de bebida. Llevaba ventiladas unas diez jarras de media pinta. Su panza estaba repleta y a la vez su vejiga. Precisaba ir a los servicios de caballeros del Pub.
– Ahora vuelvo, chaval – le dijo al barman, bajándose con dificultad del taburete situado frente a la barra.
– Yo creo que ya ha bebido usted demasiado. Además, es hora de cerrar – se quejó el chico con cara de sueño.
– Nada, nada. Que para algo soy el hermano del dueño, o sea de tu jefe. Si quieres seguir trabajando aquí, ni se te ocurra disgustarme – soltó Mortimer con un eructo.
No le estaba amenazando. Era una broma. Aunque qué narices, si quisiera, podría conseguir que lo despidieran. Se estaba en plena crisis mundial, con mucha gente desempleada. Cada vacante de empleo se cotizaba a precio de oro.
Encaminó sus torpes pasos de beodo hacia los baños. El Pub estaba vacío desde hacía media hora. Ya era bastante tarde y él era el único cliente disponible antes del cierre. Tenía pensado aliviarse un poco, trasegar un par de jarras más e irse a dormir la mona a su casa.
Abrió la puerta del lavabo con ambas manos estando cerca de perder el equilibrio en pleno movimiento de sus brazos.
– Jolines. Cómo estoy…
Fue entonces cuando vio a un tío vestido impecablemente de negro. Chaleco de poliéster brillante sobre una camisa de seda, pantalones lisos de tela italiana y zapatos de tacón plano. Estaba de elegante como si fuera un mago archifamoso que saliera en horario de máxima audiencia de un programa de televisión. Encima no era nada feo. Tenía una buena percha y un rostro agradable.
– Oye, no te había visto antes. Debes de llevar horas metido aquí dentro haciendo cochinadas – le dijo, sonriente.
El hombre le observó sin inmutarse. Separó ligeramente los labios y le habló en un susurro:
Eres lo que ando buscando.
Mortimer se acercó a uno de los urinarios de pared.
– Muchacho, andas eligiendo al novio equivocado. Yo soy completamente heterosexual. Me pirran las chicas bonitas.
El sonido del chorro de su orina cervecera se desparramó contra la loza.
Aquel extraño esperó a que acabara con sus funciones fisiológicas. Mortimer se arrimó al lavabo para enjuagarse las manos bajo el agua del grifo.
Torció su cuello hacia el desconocido.
– ¿Aún sigues aquí? Mira, como no te largues en cinco minutos, creo que uno de tus ojos se va a diferenciar del otro en que estará más negro que el carbón.
El hombre siseó de nuevo:
– Es una completa incoherencia que seas tú quien esté arrojando amenazas.
– ¿Sabes que ya te estás pasando de la raya?
Mortimer se volvió dispuesto a darle un buen empujón contra la pared…
El hombre de negro extendió su brazo derecho sobre la puerta de uno de los compartimentos individuales. Al abrirla en vez del inodoro surgieron llamaradas infernales, acompañadas de un coro de voces suplicándole piedad a él, a Satanás en persona.
– Llegó tu hora. En vez de salir por esa otra puerta, has de hacerlo por esta.
“Si no obedeces a tu amo, te juro que tus sufrimientos serán insoportables hasta para el peor de los villanos condenados a vagar por los siglos de los siglos en mi reino – le advirtió en voz baja el diablo.
A pesar de estar ebrio, Mortimer supo que aquello iba en serio, y con un caminar temblequeante se dejó engullir por las llamas.
Sus gritos alertaron al barman, pero cuando este acudió a los servicios, no quedaba el menor rastro de su cliente.

Locura infernal

Domingo y último día del mes de febrero. Estoy en la privacidad de mi despacho revisando un relato cuando recibo la visita más desesperante del día. Gurmesindo. Mi sobrino. Un solete de crío, más repelente que un gurú espiritual intentando convencer a mi servidumbre de adoptar una nueva creencia religiosa pagana. Buf.
– Hola, tío. ¿Qué estás haciendo? ¿Escribiendo un rollazo de los tuyos?
Niño, vete a jugar con Dominique. Ahora estoy a punto de pulir esta historia de argumento irracional.
– Dominique está encerrado en su dormitorio con sus sombras.
Pues vete a ayudarle a Bogus Bogus con la preparación de la comida.
– Tu cocinero es malo y grosero. Cada vez que me ve, me arroja un pulpo congelado a la cabeza.
Tienes a Harry…
– Me aburre dar de comer a tus miserables bichos. Y el tío es un muermo. No hace más que pucheros desde que la parienta lo mandó a paseo.
¡Vale, Gurmesindo! ¡Vete! Me estás impacientando con tu repetitiva presencia cuando me pongo a escribir.
– Dame algo de dinero para chuches y me piro.
Toma un céntimo.
– O me das diez euros o tendrás que verme dando botes a lo tonto encima de tu piano.
¡Demonios! Eres una criatura luciferina de lo más terca. Toma el dinero de tu dichoso chantaje y lárgate de una vez.
– ¡Adiós, tío! ¡Y que el relato te salga infumable!
Criajo miserable. Sus padres le están malcriando demasiado, y luego lo pagamos los parientes… Miserias del mundo.

Albert Belt se dirigió a grandes pasos uniformes hacia el cuarto de baño familiar. Pulsó el interruptor que revitalizaba el tubo fluorescente del techo, tipo circular, y se plantó en las narices de la pila del lavabo. Abrió la llave de paso del grifo con los dos pulgares redondeados como la cabeza de un martillo de bola, enjuagándose las manos y el rostro gratinado y granujiento de acné con un trapo sucio de franela que más bien pudiera pasar por la frazada del gato. El trapo, ensebado con los potingues cosméticos de la señora Fox, descasaba replegado justo debajo de la tubería del desagüe del lavabo. Esta carencia de pulcritud en otros tiempos le hubiera repugnado, pero su pusilánime aprensión remilgada quedó contenidamente aparcada en el garaje del subsuelo de su hemisferio izquierdo, toda vez que lo esencialmente importante consistía en conseguir que su tez y su piel lechosa se liberase de la capa de sangre que le recubría en forma de lunares caprichosos de tonalidades bermellones.
Al terminar de asearse, abandonó el cubículo de azulejos malva, encaminándose hacia el dormitorio situado al final del corredor de paredes color crema pastelera. Cruzó por la jamba, afrontando la oscuridad palpitante del interior con tanta torpeza, que se llevó por delante una diminuta mecedora, atropelló el “Bambi” de tamaño real, levantó una de las esquinas de la alfombra irlandesa, trazando medio giro en el aire, palmoteando en busca de poder asirse a algún saliente salvador, cayendo fulminantemente de bruces justo al lado de la camita cuna adornada con los habitantes del Mundo Disney. Se incorporó a medias pernoctando en su aturdimiento, se sacudió la cabeza para verificar si todo permanecía en su sitio, aguardó unos segundos a que los ojos se adaptasen a la penumbra, hasta encontrar los contornos rectos de la lámpara nocturna situada encima del centro de una mesa rinconera mejicana. Se arrastró hacia ella, sorteando los objetos derribados en la consumación de su cabriola circense, acuclillándose sobre sus talones. Encendió la tulipa de tela morada salpicada de siluetas deslucidas de los Picapiedra. Sonrió cansinamente a Pedro, a la vez que le daba las buenas noches a su adorada Wilma. Acto seguido se puso de pie y se miró en el espejo ovalado de cuerpo entero adosado a un armario ropero de un respetable tamaño.
Primero de frente, más tarde medio de espaldas, para finalmente observarse de perfil. De inmediato se desposeyó de la camisa hawaiana. Los lamparones que la adornaban no podían pasar por manchas de Ketchup. Era notorio que era sangre. Por lo demás no había ningún rastro de ella adherida en todo el resto de su anatomía, las muñecas, el cuello y menos apelmazado entre las raíces de su tupé vanguardista; ni sobre su camiseta de tirantes de algodón ni sobre sus vaqueros “shorts” de color caqui.
“Esto va sobre ruedas” – afirmó introvertidamente, esbozando una alucinante sonrisa de oreja a oreja, quedándosele remarcados los hoyuelos de las comisuras de los labios.
En efecto, para sus pretensiones nefandas, todo le había salido a las mil maravillas.
La hora intempestiva.
La soledad del momento.
La nula resistencia de la víctima.
Dios Santísimo, si encima los propios padres de Henry le habían allanado el camino al escogerle como su canguro particular…
Aunque a fuerza de ser sinceros, habría que reconocer cabalmente que fue Albert Belt en persona quien se ofreció como tal, demostrando un gran interés y derrochando litros de dosis de convicción, granjeándose la simpatía de la pareja, facilitando con ello que le pusieran al cuidado del simpaticón y regordete retoño.
– Esténse tranquilos. Disfruten de la velada en el “Regardiè”. Dispongo de toda la noche libre – les había dicho.
Cierto.
Completamente fidedigno en su declaración de principios. La noche era enteramente suya.
Quiso persuadir a los Fox sobre la idea loable pero innecesaria de querer recompensarle con una escueta cantidad monetaria en virtud de las horas que iba a derrochar en la vigilancia del sueño de Henry.
– No hay porqué.
– Venga. Venga. Quédeselo – insistió el señor Fox, estrujándole el billete negro de diez dólares, donde Hamilton era un mero busto sin rostro reconocible.
Albert contempló el viejo billete, seguramente emitido en la década de los cincuenta, aunque mirase donde mirase, no constaba la fecha de emisión.
– Si no hace falta. Con que me presten una vieja revista del “People”.
– Como quiera…
Antes de que Robert Fox cambiase de intenciones altruistas, Albert se lo resguardó en el bolsillo trasero de los “shorts” estilo André Agassi en su época de tenista profesional.
Diez miserables dólares casi caducados.
No era mucho dinero – en efecto NO LO ERA -, pero ellos adujeron prosaicamente que como el pequeñuelo apenas tenía un año de constantes vitales, no tendría mucho trabajo que lo empalagase. ¿Qué tipo de trabajo llevadero? Lo típico relacionado con estos casos de abandono infantil: cambiar los pañales nada más apreciar un cierto tufillo agridulce en el ambiente de la sala, aplicarle polvos de talco “Johnsson´s” en el culito terso, darle el biberón de leche templada al “Bourbon”, y antes de ponerle a dormir con el perro Snoopy, entonarle una serenata atosigante de gallos destemplados, engarzando de carrerilla con la escena estelar y truculenta de la noche, el seccionamiento de su cuello uniforme con el cuchillo eléctrico. ¡Sencillísimo, colegas de la morgue!

– Adiós, “zampullín” nuestro – el señor Fox le frotaba la barriguita siempre antes de salir de casa.
Al bebé, nunca hacía tal cosa con Albert.
Y el bebé, en este caso despidiéndose de mamá, decía:
– Gu – gu.
– Diles adiós a tus papaítos, Henry – le susurraba Albert al oído, sosteniéndole en volandas, viendo congratulado como los Fox bajaban por las escaleras del rellano.
“Diles otra vez “gu – gu”, Henry…
– Gu – gu.
– … porque ya no los verás más.

Albert Belt cumplió recientemente la mayoría de edad otorgada legalmente al estado de Nueva York. La efemérides de sus veintiún primaveras daban por cobijo a un maníaco de estimable graduación etílica. Un breve pero esclarecedor recordatorio de su feliz infancia hasta el momento presente sería tal como sigue.
Al poco de aprender las funciones motrices, caminando erguido como la mayoría insigne de los bípedos mamíferos de alto coeficiente de inteligencia, empezó a sobresalir aventajadamente mostrando sus destrezas. En un principio sintió una especial predilección por morder a diestro y siniestro, y practicando para perfeccionar su estilo en búsqueda de la dentellada perfecta, se cebó con los muñequitos de peluche del entorno familiar de “Winnie the pooh”, interesándose paulatinamente por las protuberancias faciales de los seres MÁS ALTOS, allegados íntimos del “zampullín” Albert, despuntando parcialmente la nariz de su progenitor de un mordisco canibalesco y arrancando de cuajo el lóbulo de la oreja derecha de su santa madre. Tratado bajo un estudio exhaustivo por parte de un pediatra licenciado en Vancouver, este a su vez asesorado por la vasta experiencia de un especialista en los trastornos infantiles de ascendencia chipriota, fue de cierto modo enderezado en los subsiguientes años, hasta que la curvatura del gráfico de su estabilidad mental llegó a ser tan inestable, que terminaría por explotar como un neumático Dunlop al rajarse con la punta de un cristal a doscientos por hora. Las consecuencias fueron absolutamente desastrosas para él, para la familia que le arropaba y por qué no airearlo, para la entera seguridad del Mundo Moderno.
A la edad de diez años se vio súbitamente impelido a empujar un carrito de supermercado atestado de compras pendiente abajo por una calle de dos direcciones para alegría de los talleres mecánicos de los seguros de los coches implicados en el desastre, repitiendo el hecho un poco después, con la salvedad de que en esa ocasión lo que arrojó cuesta abajo se remitiría a una silleta de bebé con el infante correspondiente “al volante”. Fue internado en un reformatorio estatal durante un año bisiesto. Nuevamente en la calle, a los quince años asaltó con unas podaderas de setos un banco agrícola, destrozó una cabina telefónica adaptada a las condiciones de los minusválidos en silla de ruedas y fue asistiendo a las clases de la escuela primaria dos días salteados a la semana. A los dieciséis golpeó con una barra de hierro oxidado a una anciana en el pie aquejado de un ataque efectivo de gota, y achicharró las inexistentes vellosidades del brazo de un niño monaguillo de la iglesia de Saint Merrick con la colilla humeante de un cigarro puro habano. A los diecisiete se vio impulsado por una fuerza externa cuasi mística a maltratar a la profesora de Ciencias con un pollo de goma. Fue por consiguiente expulsado a perpetuidad del colegio. Prendió fuego a un buzón de correos y repateó a base de bien la mascota en forma de iguana de una tortillera cegatona. A los dieciocho se declaró ateo confeso, renegando de la religión protestante. Adoptó tendencias radicales y de signo xenófobas, y para mayor vergüenza, oprobio y escarnio de sus legítimos padres (por si todo lo anterior no hubiera bastado ya para haberle aislado eternamente del hogar paterno), dejó entrever que sus inclinaciones sexuales se iban encauzando hacia el territorio prohibido y depravado de la zoofilia, lo que representaría la definitiva ruptura del nexo familiar.
Era incompatible con ellos.
No había santa forma de que le “comprendieran”.
“Están chapados a la antigua. Ellos fueron educados convencionalmente. Lo cual les hace creer a ciegas en el binomio heterosexual “hombre-mujer”.”
La disyuntiva de tener que elegir entre ellos y sus tendencias perniciosas fue tomada con la abrupta brusquedad de un tosco leñador canadiense al talar un abeto centenario. El día que quedará inexorablemente marcado con hierro candente en los anales de la historia contemporánea americana, Albert se vio sorprendido en la intimidad de su dormitorio por la ilegítima intromisión de su padre, aún a pesar de haber colocado el evasivo letrerito de “PROHIBÍDO EL PASO A EXTRAÑOS, Y MUCHO MENOS A LOS CONOCIDOS”.
– ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, desvergonzado? En nuestra casa no tolero a ninguna de tus amiguitas mini falderas que se pasan todo el día fumando mariguana barata de contrabando… – le espetó el pobre hombre aún sometido a la cordura.
Se arrimó colérico a la cama, tironeó de la manta y la sábana…, y observó, primero estupefacto y después descompuesto, como además de la presencia en cueros vivos lógica de su hijo, acompañándole no estaba la esperada amiguita medio hippie.
No, no, noooo…
Ni tampoco se vaya a pensar desaprensivamente que le hacía compañía a su hijo una “loca” vodevilera.
No, nooo…
Colmándole de atenciones terrenales, bufando y gruñendo como un poseso, estaba la traza y figura primitiva de un primate. Su hijo agnóstico, militante activo de la facción fascista de “Los Hijos de Goering”, se lo estaba pasando de lo lindo con un chimpancé tirititero. El muy majadero estaba encima tan pancho, exhibiendo esa sonrisilla libidinosa.
– Pecador.
“PECADOR. Has vendido tu alma al diablo. Deseas arder en el infierno como una tea de pez.
– Bueno, qué se le va a hacer, tronco… Al menos, ya lo sabes de una puta vez…
Su padre, indignado ante tamaño dislate, no tardó en abalanzarse sobre el bicho peludo, agarrándole por la carne consumida de los omoplatos, para seguidamente arrojarlo por el hueco de la ventana abierta (vivían en un décimo piso), contemplando satisfecho la defenestración del mono.
Desde abajo llegaría la voz deformada y airada del vecino del quinto derecha, que a todas horas solía presumir de las prestaciones de su “Mercedes Black Shield”:
– ¡MI COCHE!
“Pero… Pero…
“¿Pero QUÉ le han hecho al techo de mi coche? ¿Y QUÉ COÑO ES ESTE MANOJO DE PELLEJO Y DE PELOS MARRÓNCEOS?
Su padre se volvió hacia su primogénito, sonriendo gélidamente:
– Ahora llega tu turno, Hijo de Satán.
Sin retardar más su aseveración, agarró el bate de béisbol de los Cardinals y se dispuso a calentarle las nalgas y las costillas flotantes de su hijo a base de bien.
La tremenda y brutal paliza – el bate acabó astillado – no le haría de trastocar sus gustos singulares. ODIABA poderosamente a las mujeres y a los niños pequeños. Sentía una terrible, inalienable y cada vez más creciente fobia en contra de todos ellos.

– Henry bien que lo sabe. Vaya, vaya si lo sabe. Ju-ju-ju… – murmuró Albert, acompañado de una débil carcajada.

Al día siguiente de la tunda maderera, decidió dejar el hogar familiar antes de que ellos le echaran a patada limpia, alquilando un piso en un edificio franco de la calle Denford, en una de las arterias cavas de Manhattan Sur. El alquiler era aparentemente asequible para su debilitada economía: ciento veinte dólares semanales. Claro que así era el piso: treinta metros cuadrados de cómodo espacio, saturado de humedad, goteras flemáticas y cañerías flatulentas. Dormitorio polifuncional. Podías hacer en él de todo: desde dormir a pierna suelta, cocinar el rancho, saltar a la comba con la cadenilla de la cisterna del inodoro, contemplar embobado la televisión empotrada en la pared, leer una de las revistas porno del revistero, hasta admirar la panorámica de la bahía subido encima del borde de la cornisa de la ventana emulando el poderío de un Tarzán urbano, todo ello salpimentado con la elevada fauna consistente en unas cucarachas del tamaño de un alpargata, las termitas devoradoras de la madera del ascensor, las polillas del armario ropero y las moscardas invasoras de la boñiga del perro del rinconcillo del rellano, cerca de la salida de incendios, que por cierto estaba atrancada con un par de maderos claveteados. El dinero lo extraía de sus menguados ahorros personales, más la suma pecuniaria obtenida de la ejecución de insignificantes trabajillos como el actual de niñero “degolla gallinitas”.
En una de esas ocupaciones laborales, llegaría a ejercer de profesor de inglés básico particular de una damisela italiana de buena cuna. Harto de recibir chismorreos por parte del mayordomo de la familia acerca de las bonanzas físicas de las cuales gozaba la exuberante ragazza, resolvió comprobarlo en el mismo estadio de los Yankees y no a través de la retransmisión televisiva de la CBS. Armándose de valor machista, y con ausencia de premeditación (los ataques de furia incontrolable no partían de él, sino de su Alter Ego psicosomático), intentó en vano consumar en una fría tarde de otoño el acto heroico de sajar en una ablación eufemística uno de los pezoncillos respingones de la joven con la intervención decisoria de una cuchilla de afeitar de filo mellado y semi oxidado, sorprendiéndola enmarañada entre los brazos de su amante secreto, envuelta entre los velos condensados del vapor emergente de la pera de la ducha. Por extraño que pudiera parecer, ninguno de los implicados en el ataque quiso atreverse a denunciarle.
“Quizás influyera el condicionante de que descubriera sus sentimientos más desaforados” – intuyó en su momento, sucumbiendo ante la chica universitaria que satisfacía los impulsos lúbricos de la latina, rogándole encarecidamente para que no difundiera la primicia a una revista sensacionalista, estableciendo el acuerdo que ellas dos harían la vista gorda sobre su acometida sádica con cuchilla de afeitar en ristre. Finalmente optó por dejar el empleo repelido por la imagen desasosegante de la ducha. Una relación “mujer-mujer” le producía urticaria en la espalda.
Tras andar divagando por aquí y por allí sobre su futuro contractual, lograría establecerse con un empleo en principio definitivo. Se trataba de la multinacional de reparto SOID. Le ofertaban 400 dólares semanales limpios de polvo y paja. El trabajo consistía en llevar el reparto de un volumen de libros en una furgoneta similar a las que conducían los carteros rurales. Los ejemplares al parecer destilaban religiosidad fanática por los cuatro costados, toda vez que figuraba impreso en cada una de las perceptivas portadas una estilizada cruz con el Dador de Vida y Esperanza clavado sumisamente. Lo estrambótico, peculiar y novedoso estribaba en que la susodicha cruz estuviera editada bocabajo, con El Salvador grotescamente invertido como los palos de golf en su bolsa de piel de vaca, enarbolando una sonrisa caricaturesca cercana al disfrute del tormento que le fue impuesto por los romanos. Albert pasaría por alto esta particularidad obscena, dedicándose a su labor de repartirlos por toda Manhattan.
Un día le llamó el Jefe de la Sección Sur.
– Quiero que me hagas un trabajito, Belt – le dijo. – Ganarás una cantidad respetable en dinero negro por ello.
– ¿No tendré que repetir el Juramento Apócrifo, verdad? Es desagradable que te pinchen los brazos y las piernas con alfileres de tricotar, como si fueras el muñeco de cera de una bruja de Salem.
– No habrá repetición de fidelidad infinita, Belt.
– Entonces no tengo nada que objetar.
El Jefe le estuvo observando mientras cargaba el furgón con las cajas que contenían el lote de libros de la cruz invertida.
– Cuando termines de introducir toda la mercancía en la furgoneta, pásate por mi despacho.
– De acuerdo, Jefe.
Y continuó acumulando las cajas en la parte posterior del vehículo.
Cuando hubo acabado, se acercó a la oficina del Jefe, interesándose por el asunto.
Querían un niño precoz.
Un ejemplar que no superase los dos años de edad.
Dos mil quinientos dólares sellarían el pacto, mil por adelantado.
Ese fue el motivo principal por el cual había aceptado los diez míseros dólares de la familia Fox. Los Fox residían en el apartamento contiguo al suyo. Los veía todas las mañanas y todas las tardes. A Robert Fox en sus idas y venidas del empleo de fontanero por cuenta propia. A Susana Fox yendo y viniendo de compras, tirando arduamente de la silleta de mecano tubo de Henry. Atento al crujir de los zapatos y al taconeo presuroso. Escrutando a través de la mirilla indiscreta de la puerta, atento al gorjeante “gu – gu” expectorado por la cosilla sonrosada embutida en su pijama de pana.

– SOID necesita un niño, Belt – le hizo saber el día anterior su superior.
– ¿Un… niño?
“¿Para qué coño necesita un niño? – inquirió Albert, mostrándose intrigado hasta los huesos.
– No puedo comunicártelo. Es…”confidencial”.
– Ya sabes de sobra que puedes confiar en mí.
El Jefe de la Sección Sur se rascó su protuberante nariz verrugosa. Tras unos efímeros segundos de indecisión, reconvino en matizar tenuemente los detalles:
– Verás, Belt. Lo necesitamos estrictamente para los fines del… accionista principal de la empresa. Requiere un primerizo con urgencia. SOID lo reclama en las condiciones estipuladas en la última reunión de autos.
– Comprendo.
“Lo sintonizo.
“Y, ¡cojones! Alucino. Sois en realidad una secta – Albert estaba a favor de la fomentación e implantación de todo tipo de creencia flipante. Le encantaba cómo confundían a la juventud…
El Jefe dio un sonoro puñetazo encima del escritorio de su despacho. Se le tensaron la mayoría de los músculos del rostro. Enarcó las recias cejas, llevándose uno de los lapiceros del cubilete a la boca, mordisqueando el borde.
– Belt, “lea mis labios”…
“SOMOS mucho más que una simple y mediocre secta del carajo. Significamos mucho más.
“Infinitamente más.
Farfullando entre dientes, partió el lápiz justo por el centro con el apoyo de un dedo anular.
Albert se encorvó como un sauce llorón, reculando la vista hasta las punteras de sus zapatillas deportivas. Tragó saliva.
“glup”
Había herido a su Jefe de sección con su bochornosa apreciación personal.
Por extensible, había herido e irritado a SOID.
“No – noo.”
“Pero QUÉ TORPE SOY. QUÉ TORPE…”
Destrozado y deshonrado por la frescura aldeana de su lengua viperina, recogió el rabo entre las piernas igual que un zorro apaleado en las cercanías de una granja avícola, cabizbajo en su retirada. Pero su Jefe aún debía de comunicarle otra cosa antes de que ahuecase el ala. La postdata de la misiva papal. Lo fundamental del encargo.
– Belt, el niño ha de ser entregado con vida. SOID es muy exigente al respecto. Ha de estar vivo.
“V -I- V – O.
Estaba bien explícito que si no cumplía con este condicionante, todo lo demás resultaría baldío. No valdría para nada. Equivaldría a CERO. NULIDAD ABSOLUTA.

“¡Cristo!” – bramó Albert para sus adentros.
Corrió alocadamente por el pasillo central, dirigiéndose hacia la sala de estar.
La cuna de mimbre estaba ensangrentada, al igual que el parque donde acostumbraba el pequeñuelo a jugar con sus juguetes de peluche cuando sus padres estaban atendiendo los quehaceres de la vida adulta.
Desvió su atención desquiciada hacia el lugar evocador donde reposaba el cuerpo inánime de Henry. Parecía estar dormitando angelicalmente, recogidito encima de la alfombra étnica amerindia que cubría el parqué flotante del suelo.
Estaba tan natural en la pose, encantador…
Cuan lastimoso era que le faltase la linda cabecita.
– Madre mía… ¿Dónde está su cabeza?
“¿DÓNDE? – gritó Albert, crispado.
El infante proseguía tumbado sobre el suelo, despatarrado y remojado sobre un charquito de sangre que iniciaba ya su proceso natural de coagulación, como si fuese una hogaza de pan tierno en un bol que contuviese leche cremosa.
– ¡Su cabezaaa…! – berreó Albert, mesándose los cabellos ensortijados.
Buscó por toda la estancia, incidiendo en los lugares más recónditos, pero la preciosa y diminuta cabecita no aparecía por ninguna parte.
Salió de la salita empleando solemnes zancadas de grulla, con el sudor corriéndole por la frente ceñuda y por las piernas peludas. No tenía más remedio que revisar todo el apartamento a conciencia, habitación por habitación.
Para desesperación suya, comprobaba exaltado que lo que más anhelaba hallar no se encontraba en el fondo desinfectado del cubo de la basura de la cocina. Tampoco estaba encima del televisor del dormitorio del matrimonio Fox, ni dentro del espectral lecho marino del acuario de peces plateados de la biblioteca. Ni tan siquiera se guarecía en el interior del congelador del frigorífico.
– ¡LA CABEZA! – aulló en una letanía escandalosa.
– ¿Se quiere callar de una vez? – le llegó el ruego del vecino del piso superior.
– ¡ES QUE BUSCO UNA CABEZA, JODER!
– ¡Que se calle, tío impresentable!
– ¡CABEZAAA…!
– ¡QUE CIERRE LA BOCA DE UNA VEZ, DESGRACIADO, O LLAMO A LA POLICÍA!
– ¡Ahh…!
Retornó a la sala de estar. Lo que quedaba del chavalín seguía rebozado en el charco de sangre. Albert se aproximó al cuerpo decapitado, se arrodilló encima de la alfombra empapada, sujetando la manita derecha del niño entre sus dos manazas.
– ¡Bastardo! Dime dónde está tu condenada cocorota. ¿Dónde?
“¡Venga! Dímelo… – masculló enfurecido, agitando el cuerpo inerte de Henry arriba y abajo como si estuviera ondeando una bandera nacional en la quinta avenida durante la celebración del cuatro de julio.
En ese preciso instante de desenfreno irracional, se le iluminó la mente con la potencia energética de un faro costero.
Recordaba.
Rememoraba los hechos acaecidos media hora antes.
Todo afluía a su conciencia con la pureza de un río serpenteante y contaminado por la evacuación química de una central nuclear.
– Si. Eso es. Ya te tengo.
Dejó caer el cuerpo maltrecho dentro de la cuna, para salir del salón y precipitarse como una flecha de cerbatana hacia la despensa.
Revisó entre los estantes…, y ahí estaba.
La cabeza de Henry Fox dormitaba solazmente dentro de una olla a presión.

“SOID LO REQUIERE CON VIDA, BELT”
“VIVO. ¿ME ENTIENDES?”
“LO QUIERE CON EL CORAZÓN PALPITANTE”
“NOS LO EXIGE…”
“VIVO”
“V – I – V – O”

Ese era el requisito que le había impuesto el Jefe de la Sección Sur de Manhattan.
Las frases perseverantes revoloteaban dentro de su cráneo de cavernícola como una bandada de gorriones errantes por entre las bóvedas ruinosas de una iglesia abandonada, produciéndole una infernal jaqueca. La migraña sólo remitiría si preparaba una tortilla de cuatro huevos de avestruz, aderezada aromáticamente con un frasco de pastillas masticables “Bayer”.
– Ya sé. Sé cómo solucionar este entuerto – se dijo, sonriendo aun a pesar del dolor de cabeza.
Rebuscando en la cesta de costura de la señora Fox se esmeró en dar con una aguja y su correspondiente carrete de hilo.

El Jefe de la Sección Sur de Manhattan se vio en la obligación plausible de despachar con rigurosidad ejemplarizante al subordinado logístico nº 245768/ZAB, conocido por Albert Belt, empleando para tal contingencia cinco balazos en la perforación del bajo vientre.
Mohamed Al-Sir, el subordinado infiltrado nº 245690/ZFR, un enorme afroamericano de dos metros de estatura y ataviado con indumentaria marinera – aún estaba de servicio, cumpliendo con la Patria -, entró en el despacho para llevarse el cadáver mientras su Superior Jerárquico desenroscaba el silenciador de la “Mauser”. Una vez guardado el arma en uno de los cajones de doble fondo del escritorio, se dejó repantigar contra el respaldo de su sillón de cuero negro.
Estaba muy contrariado. Sobre todo enfadado. Pero que muy, muy cabreado.
Para desahogarse de la bilis aglutinada en su interior efervescente, recurrió a la tradición de blasfemar tres veces seguidas en alto, sin importarle que se le oyese con nitidez al otro lado de la puerta.
¡Dita sea!
SOID no recibiría el niño.
SOID iba a encolerizarse por la falta del sacrificio quincenal.
Y al no poder consumarse este, RODARÍAN CABEZAS.
SOID no iba a contentarse simplemente con la aplicación de un leve tirón de orejas.
No – no – noo…
El Jefe de la Sección Sur consolidó su mirada vidriosa por segunda vez en el absurdo y aberrante objeto traído por Albert. La “cosa” permanecía tirada en el suelo de mala manera.

– Aquí tiene el niñato, Jefe.
“Edad de la ofrenda: quince meses – le había dicho el subordinado nº245768/ZAB, para terminar agregando: – Y no se crea que por su aparente fragilidad externa denote su inactividad operativa. Para que vea, está más vivo que “Bugs Bunny”.

El estúpido e incompetente de Albert había recurrido a la unión de la cabeza de un niño – en este caso el de Henry Fox – con el cuerpo de un muñeco robot que funcionaba a pilas, mediante la aplicación de unos cuantos zurcidos insustanciales. Había sustituido la pella del muñeco andarín por la cabeza del niño gorjeante.

Uno de los dedos ásperos de Albert apretó el resorte digital que existía en la espalda del muñeco, cercano a la rabadilla. Este emitió un zumbido, empezando a moverse pesadamente como un elefante reumático, haciéndole concebir ciertas esperanzas de éxito.
Un pasito
Dos pasitos
Tres
Y la cabeza de Henry se soltó de sus costuras, rodando por el suelo como si fuera un melón en oferta.
– ¿Sabe lo que le digo, Belt?
– No, Jefe.
– Afortunadamente para el porvenir artístico de los mentores de “Bugs Bunny”, este sólo es un personaje de dibujos animados.
– No puede ser cierto. Si el otro día le vi en Macy´s obsequiando a la chiquillería con caramelos y globitos de aluminio…
Albert vio como su Jefe extraía la “Mauser” de uno de los cajones del escritorio.
– Belt, ¿qué es lo que estoy empuñando en estos instantes?
– Una pistola, Jefe.
– ¿Y qué crees que voy a hacer con ella?
Belt se quedó pensativo.
– Recastañas… Pues encenderse un puro. He visto un par de encendedores similares al suyo.
– Demonios, Belt, que hasta en los preámbulos de tu muerte me tengas que salir con una sandez.
Sin esperar a más, vació el cargador en el abdomen liso de Albert Belt.

Definitivamente, SOID iba a enojarse con la Sección Sur.

Al día siguiente, la Sección Sur de Manhattan desapareció del mapa como si nunca antes hubiese existido.

La charlatana


CENA ESPECIAL DEL VIERNES. Invitado honorífico:
OBIWAN1977

MENÚ DE LA NOCHE:

Entrantes- Lechuga podrida con espárragos pasados de moda
Primer plato – Ojos de búho con salsa parmesana
Segundo plato – Empanada transilvana rellena de sanguijuelas rebosantes de sangre humana
Postre – Cuajadas de leche de hiena hembra
El festín se hará acompañado de selectos caldos, estilo Vino Marqués de Sade 1785

-Una vez cenados como El Amo manda, el lector de Escritos de Pesadilla seleccionado para tal ocasión, en este caso, un tal Obiwan1977, será sometido a tortura…
digo, se encargará de leer en voz alta por un megáfono el relato escogido por nuestra Excelencia, El Señor de la Oscuridad Pútrida y Nauseabunda.
O sea, el que nos hace trabajar a destajo y cada vez nos recorta más el salario, el muy…
¡Dominique! No te vayas por los cerros de Úbeda.
– Nada, señor. Que nuestro invitado se dispone ya a graznar con todas sus fuerzas el relato de LA CHARLATANA…


NEW HAMPSHIRE LINES

NUEVO ACCIDENTE LABORAL MORTAL
(AZT Agencias, Exeter, Estado de New Hampshire, 29 de abril de 2009)

El quinto accidente laboral con resultado mortal para el trabajador en New Hampshire, ha tenido lugar esta madrugada, a las 2:05, en la planta de fermentaciones de cerveza Ludmeister. El fallecido, Levander Collors, de 45 años, era el encargado del turno nocturno. Por razones que aún se desconocen, el trabajador ha sido hallado ahogado en el interior de una tina de fermentación de cinco mil litros. La policía local está abriendo una línea de investigación, pues se sospecha que más allá de un desgraciado contratiempo laboral, pueda haber ciertas connotaciones de una negligencia imprudente por parte de alguno de los empleados de la fábrica. También se está evaluando las medidas de seguridad disponibles en la empresa con respecto a los miembros de la plantilla de Ludmeister en materia de prevención de riesgos laborales.

Estaba furioso consigo mismo. Una nueva oportunidad perdida. Sus poderes infinitos eran lesivos para sus congéneres. Si no conseguía controlarlos, jamás podría convivir con ellos. Sería un completo inadaptado. Un bicho raro.
Aunque en esta ocasión no fue por perder el empleo. Más bien por no haberlo conseguido. Aquel hombre no aceptaba ofrecimientos de parte de nadie para formar parte de la plantilla sin que antes intentara presentarse ante los de Recursos Humanos. Él trató de eludir ese filtro. La tensión siempre había podido con él en las entrevistas de selección de personal. Por alguna razón u otra, tendía a perder la compostura, y por ende, las posibilidades de ser contratado.
Sin trabajo, no había ingresos.
Así de claro.
Por eso estaba tan impaciente en la obtención de un puesto de trabajo.
El encargado no se avino a razones, y su furia emergió a la superficie como la aleta intimidante de un tiburón en las cercanías de una playa atestada de bañistas.
Afortunadamente, nadie le vio acompañando al encargado el rato que estuvo tratando de convencerlo para que le contratara directamente sin tener que antes entregar su currículum al departamento de Recursos Humanos de la cervecería. Su terrible reacción iracunda pasó inadvertida para todo el mundo, menos para el infausto encargado del turno de noche.


Beatriz Longer era una de las empleadas de limpieza del centro comercial Buy at Low Prices (BLP), en Dover. Se ocupaba de todas las mañanas a las siete y media, y de lunes a sábado, de dejar limpio como los chorros de oro dos de los locales de la galería comercial. La buena mujer tenía cincuenta y cinco años. Estaba casada y con cuatro hijos. Optimista por naturaleza, y de verbo fácil, le encantaba hablar hasta por los codos con todo el mundo. De hecho tenía una gran amistad con el veterano guarda del tuno de mañana en el centro comercial. Este era Brian Willing. Estaba en su último día de trabajo antes de tener que jubilarse a los sesenta y cuatro años. Ambos se llevaban de cine. Brian tenía su puesto justo a la entrada de la sala de ventas, al lado de la galería comercial, y muy cerca de uno de los dos locales que Beatriz tenía que limpiar a conciencia con la escoba, los trapos para quitar el polvo y la fregona.
– Así que hoy es tu última mañana, eh, Brian – dijo Beatriz, abandonando la tienda para hablar con el vigilante. De hecho, lo hacía con excesiva frecuencia. La limpieza de los dos locales le tendría que llevar como mucho una hora, y ella tardaba dos porque se entretenía charlando cada dos por tres con Brian.
– Sí, señora. Ya está bien. Llegó la hora de descansar y disfrutar algo de la vida, Bea.
– Jolines. Te voy a echar mucho de menos, muchacho.
– No te quejes. Seguro que mañana a esta misma hora le estarás dando la vara al que me esté sustituyendo – Brian le guiñó el ojo derecho con malicia.
Beatriz se llevó las manos a los costados, simulando indignación.
– Oye tú, que yo no me vendo tan fácil.
“Por cierto, ¿ya sabes quién viene en tu lugar?
– Ni idea. Bueno, por lo que me ha comentado el Inspector, debe de ser un chico joven. De treinta años más o menos. Y nada más. Ni sé cómo se llama, ni si está casado, ni si estuvo en Irak con los Marines…
– Carajo. En fin, mañana le conoceré. Eso si, será muy difícil que sea una persona tan agradable como lo eres tú, Brian.
– Me vas a hacer sacar los colores en las mejillas, señorita.
– Mira este. Que estoy casada y a mucha honra.
– Si, sería muy mala señal que a tu edad aún estuvieras soltera y sin compromiso.
– Serás desvergonzado.
– Ya ves, yo es que no me contengo contigo, ja ja.
– Ay, Brian. Te voy a echar un montón de menos. Ven un beso casto de despedida en la mejilla, caracoles…
– Como tú mandes, chiquilla.

El traje le quedaba a la medida. Se contempló su imagen en el espejo de cuerpo entero del vestuario. Se arregló el nudo de la corbata.
Perfecto.
Era el día de la euforia. El inicio de una nueva vida.
Su oportunidad de recuperar por fin la autoestima en sí mismo en el estreno de otra ocupación laboral. Y sin haber tenido que pasar previamente por el doloroso trámite de una entrevista de trabajo. Cierto es que en el mal retribuido sector de la seguridad privada, siempre había puestos disponibles. Por ello fue seleccionado de manera directa.
Iba a ocupar una vacante dejada por un guarda que había llevado casi veinte años seguidos en el mismo servicio. Ayer hizo su último día, antes de la merecida jubilación.
Su tarea era en principio sencilla. Permanecer quieto en su sitio durante doce horas. De pie. Controlando la entrada a la sala de ventas mientras el centro estuviese cerrado al público, como luego durante su apertura en el resto del día.
Tirado de fácil.
Eso es lo que había pensado.
Al iniciar el turno, informó de ello por la emisora a la central. De inmediato se ubicó en su puesto. Eran las seis de la mañana.
Los empleados iban entrando, pasando por su lado. Le saludaban, y él, tratando de no irritarse, les devolvía el mismo con cierta cortesía.
Respira hondo, se decía.
No la cagues.
Ahora tienes un trabajo.
Hazlo bien.
Discurrieron las primeras dos horas. Las suficientes para entender que su tarea iba a ser consecuentemente aburrida y rutinaria.
Mejor. Así mantendría la calma con facilidad.
Aunque a lo mejor, cuando fuesen a abrir el centro a partir de las nueve de la mañana, la clientela empezaría a buscarle las cosquillas con preguntas absurdas y quejas que nunca vendrían a cuento. Sin olvidar a los chistosos y a los ladronzuelos de poca monta.
Aspiró profundamente. Se fue relajando en previsión de que luego pudiera sentirse algo agobiado por la presencia de los clientes.
Cerró los párpados para contemplar una oscuridad artificial durante diez segundos.
Entonces…
– Hola, muchachito.
Qué…
Abrió los ojos y giró el cuello hacia su izquierda. Una de las mujeres de la limpieza, en concreto la que estaba limpiando desde las ocho menos cuarto de la mañana la pizzería situada al lado de la entrada a la sala de ventas, era quien había tenido la osadía de interrumpir su fase de meditación.
– Eres el nuevo. El que sustituye a Brian – continuó la buena mujer.
La miró ceñudo.
– ¿Quién es ese tal Brian? – preguntó, desconcertado.
– El anterior vigilante. El que estaba en tu puesto.
– Ya. Si. No tengo el placer de conocerle.
– Qué pena. Es un hombre majísimo. Ahora está jubilado. Llevándose la vida padre. Qué suerte tienen algunos.
– Bien.
Perfiló una media sonrisa.
Bueno. La presentación ya está hecha. Ahora la señora de la limpieza vuelve a la pizzería y yo sigo aquí plantado como un pino. Tranquilo. Sosegado. Sin perder los estribos.
Pensó que todo estaba ya bajo control.
Al menos así fue durante los próximos diez minutos.
Hasta que…
– Oye, muchacho. No me has dicho cómo te llamas.
Apretó los puños con fuerza.
De nuevo volvió el rostro hacia aquella charlatana.
– Soy Jerry.
La mujer prorrumpió en una risotada escandalosa al escucharlo.
– ¡Ay, qué gracia! Como Jerry Lewis.
– No me apellido Lewis.
– Me imagino. Además no tienes tanta edad. ¿Cuántos años tienes, Jerry?
Esa falta de intimidad.
La excesiva curiosidad ajena.
Todo ello le sumía siempre en una incomodidad extrema.
Se atusó el cuello de la camisa.
Empezaba a sudar por la nuca.
La miró, tratando de disimular su irritación más profunda.
– Tengo treinta y dos años.
– Vaya. Eres un poco más mayor de lo que me dijo Brian. Él me aseguró que tendrías treinta como mucho.
– Le repito que no conozco de nada a ese Brian. Es imposible que él supiera mi edad concreta.
– Ya, eso te piensas tú, chaval. Brian es un lince. Siempre da en el clavo.
Los poros se le estaban dilatando. Estaba ya en plena fase de transpiración.
La angustia.
Los nervios.
Se revisó el nudo de la corbata por enésima vez.
La señora de la limpieza escrutó su figura con un único ojo, entrecerrando el otro. Le apuntó con el mango de la escoba, como si este fuera el dedo acusador de un miembro de la inquisición española.
– Oye, Jerry. Ese traje que llevas te da mucho calor. Estás sudando demasiado.
– No hace calor, señora.
– No lo niegues, chico. Yo lo entiendo. Es tu primer día aquí. Todo el mundo, cuando se estrena en su nuevo trabajo, tiende a pasarlo mal y a ponerse algo nervioso.
“Por mí no te cortes. Si tienes calor, quítate la chaqueta y quédate en mangas de camisa. Al menos hasta que se abra el centro. Nadie te dirá nada por eso. Brian siempre lo hacía cuando tenía calor.
Sentía las pulsaciones acelerándose en ambas muñecas. Su corazón trepidaba.
Le dolían los ojos. La cabeza.
Se le aceleraba la respiración.
– Oye, Jerry. Te estás poniendo rojo como un tomate. Espero que estés bien. Aunque si ves que estás agobiado por tu primer día de trabajo, puedes salir un rato fuera a tomar el aire. Seguro que te recuperas en un periquete.
La carne debajo de las uñas de los dedos de las manos se le pusieron blanquecinas. Apretó los dientes con tanta fuerza en las mandíbulas, que los hizo rechinar.
Los dedos de los pies estaban doblados dentro de los zapatos.
– Jerry… No me cuesta nada acercarte un vaso de agua. Seguro que con un poco de bebida, te repones un en un santiamén.
Se volvió con rostro enfurecido hacia ella.
Sus ojos la contemplaron con una furia irresistible.
Concentró sus deseos en la figura de la mujer de la limpieza.
Unos deseos que finalmente fueron cumplidos.

NEW HAMPSHIRE LINES

EXTRAÑO ACCIDENTE DE TRABAJO EN EL CENTRO COMERCIAL BLP DE DOVER
(John Rogan, Dover, estado de New Hampshire, 15 de mayo de 2009)

Una trabajadora de limpieza de la empresa Cleaning 24 Hours, ha sido hallada en estado inconsciente frente al local donde estaba ejerciendo sus labores de limpieza.
B. L., de 55 años de edad, fue encontrada en las inmediaciones de una pizzería con quemaduras de avanzada gravedad. Al parecer, debió de sufrir las consecuencias de una agresión superficial por la mezcla de los componentes de dos productos de limpieza incompatibles entre si, formando una reacción química que le llegó a afectar en un noventa por ciento de alcance en el rostro, principalmente en la boca, vista y músculos faciales. Según testimonios de dos de sus compañeras de trabajo, la afectada, a resultas de los efectos del ácido, tenía los labios sellados entre sí como si fueran cera derretida, y otro tanto sucedía lo propio con los párpados y la zona de los pómulos.
Nada más llegar los servicios de emergencia, fue trasladada con carácter urgente al Hospital de Dover, para ser tratadas sus quemaduras faciales de tercer grado. Su estado en general ha sido considerado como muy grave.

Ni un día le duró el trabajo de guarda de seguridad en el centro comercial.
Estaba muy alterado.
Se puso el chándal y salió a correr por el parque. Tenía que liberar toda la frustración y la tensión acumulada en el sistema nervioso.
Porque ni siquiera el hecho de haber hecho acallar a aquella señora tan charlatana de manera definitiva le había dejado del todo satisfecho.

Desesperación

Bueno, por fin se ha marchado el trasto de Gurmesindo. Realmente, no tengo espíritu de niñera. Soy un solterón empedernido. Con mis soledades y mis egoísmos. Mis aficiones deleznables, y mi mal humor característico. Eso es lo que soy, y por algo vivo en este castillo, con la compañía de mis sirvientes.
Por cierto…
¡Harry!
Ah, ya llega mi reciente fichaje. El cuidador de las bestias. Y también mi bibliotecario personal, je je (aprovechando la época de crisis, y el desempleo abundante, le encomiendo más tareas de las que le corresponden en su contrato laboral).
– Sí, mi amo…
Te veo triste.
– Echo de menos a mi mujer, mi amo.
Ya, pero no creo que quiera recuperarte, más teniendo en cuenta tu confusión del día de San Valentín con el de Halloween.
– Ya. Bueno. No fue para tanto. Si ni siquiera la achicharré en la hoguera. Sólo fue una representación con mis colegas de los Ángeles del Infierno.
Bueno. Quien quiera ponerse al día con las desventuras de Harry, que lea el relato publicado el susodicho día de los enamorados, buf.
Veamos, Harry, mi sobrinete Gurmesindo me ha dejado mal sabor de boca al escribirme un relato, no de terror, si no de humor.
– Tiene usted un sobrino infumable. Ojalá lo atropelle un tren de alta velocidad.
Todo se andará. Deseo quitarme el regusto amargo que me ha dejado su terrible cuento, leyendo una historia más acorde con Escritos de Pesadilla. Así que acércate a la biblioteca y tráeme algo mínimamente interesante.
– Vale. Obedezco, aunque le recuerdo que soy el cuidador de los animales. Esto en teoría no forma parte de mis funciones. Por 300 euros mensuales a jornada completa, no pienso…
Calla, y haz lo que se te ordena. Si no, te despido. Hay quinientos criminales anhelando ocupar tu lugar.
Qué chico más solícito. Y rápido. Ahí viene con el relato.
– Aquí tiene, pedazo de… digo, mi amo.
Parece una historia interesante. Si me gusta, te doy la tarde libre.
– Como si quiere irse al infierno…
¿Decías algo, Harry?
– Nada, nada…

Era un llanto.
De desesperanza.
Representaba la derrota.
El fin de la demencia.
– ¿Dónde crees que vas? – le llegó la voz sibilina y repulsiva de Ácatos. – Hiciste el juramento. La firma lleva tu propia sangre. No puedes retractarte. Ni echarte atrás.
Caminaba a pasos presurosos. Por dondequiera que fuera, Ácatos le seguía.
Se alejaba de su hogar. No podía retornar a él. A su interior. A lo que en ello ahora moraba…
La gente le miraba al pasar entre tropezones por la multitud. Era de día en la gran urbe. La hora punta de la mañana en que los niños y los jóvenes iban a sus estudios y las personas mayores a sus ocupaciones laborales.
– No sufras más.
Se lo decía a sí mismo.
Sus zancadas eran amplias.
Pasó varios pasos de cebra sin preocuparse si había tráfico circulando en las inmediaciones. Recibió varios reproches de transeuntes a los que golpeaba con sus codos y sus manos.
Estaba ya desenfrenado.
– ¡Vuelve, bastardo! Sellaste el pacto – le chilló Ácatos, airado.
Era una locura.
En el momento de la pérdida de su mujer y sus dos hijitas en el accidente de autobús cuando viajaban a ver a los padres de su esposa, todas sus creencias religiosas dejaron de tener sentido. ¿De qué le servía tener un buen puesto en el equipo de redacción del periódico, si acababa de perder a lo más preciado de su vida? En un arrebato de locura, no quiso que se celebrara ningún funeral, ordenando simplemente la cremación de los restos de su familia en completa soledad.
Entonces llegó él.
En una ocasión, una compañera mejicana le dijo que él era una persona muy sensitiva, proclive a la percepción de ciertos fenómenos extrasensoriales. En aquel momento se rió con ganas. Seguro que tendría madera de un buen vidente, le dijo, sonriente. Meses después sucedió la tragedia. A los pocos días empezó a sentirse observado. Pensaba que sería algo propio del reciente duelo. Hasta que una tarde, en su dormitorio, se presentó aquella sombra profunda llamada Ácatos. No tenía forma humana ni de animal. Era informe. Le insinuó que podría hacerle recobrar vida a sus ancestros fallecidos. Todo a cambio de un contrato. La venta de su alma.
Firmó sin dudarlo. Susana. Elenita. Margarita. Su bella mujer y sus dos hijas. Las necesitaba de vuelta… Su propia sangre selló el pacto.
Pasaron las horas. Los días. Casi una semana. Ácatos no había cumplido, por tanto no le debía nada ni a él ni a su amo y señor de las sombras perpetuas…
Llegó una noche. Eran las once y media. Estaba terminando de cenar.
Fue cuando por fin regresaron.
Todos sus ancestros.
De generaciones anteriores.
En estado cadavérico y descompuesto.
Los abuelos.
Los tíos y tías.
Primos cercanos y lejanos.
Sus propios padres.
Susana.
Elenita.
Margarita.
Toda una generación de sus apellidos.

Continuaba caminando.
Entonces avistó el puente del ferrocarril. Con su pretil. Apresuró más su caminar. Se encaramó sobre el borde, dispuesto a caer al abismo. En ese instante se acercaba un tren mercancías.
– ¡Si mueres antes de tiempo, te haremos de sufrir lo inimaginable! Aún te necesitamos con vida para que hagas la misión que tenemos pensado encomendarte – le rugió Ácatos.
Pudo escuchar sus amenazas con claridad.
Poco le importaban.
Miró hacia abajo.
Calculó el instante en que pasaría la locomotora por debajo del ojo del puente, y con las pocas fuerzas que le quedaban, se impulsó hacia el frente, dejando caer su cuerpo al bendito vacío.

El conjuro

Esta madrugada se me ha ocurrido dar un breve garbeo por el ático. Simplemente acompañado de la lumbre tenue y mortecina de mi candil de mano, fui recorriendo la angosta estancia, apartando infinidad de cortinas de telarañas, y resguardando mis fosas nasales y la propia boca con un pañuelo de fino encaje para evitar estornudar y toser por el polvillo levantado. En un momento dado, di con una carpeta de tapas viejas y acartonadas. Por los bordes asomaban unos cuantos folios, y en uno de ellos, el que más me llamó la atención por el pentáculo dibujado en la parte superior derecha, un conjuro de lo más tenebroso. No es necesario decir que desde su descubrimiento, mi primer deseo era compartir su contenido con ustedes, mis fieles lectores. Y aquí se lo tiendo, para que lo lean entre susurros…

Oh, cuánta maldad aún emana de Tadeus Dorph.
Su sibilina presencia queda manifestada en el entorno de su territorio marcado por la locura implantada en su diabólica mente. Impregnando cada rincón. Cada ángulo.
“Yo no soy realmente malo” – osas murmurar con voz deteriorada y mecanizada en la cinta recogida de tu psicofonía.
¡Malvado, hijo de Satanás! Reconoce tu sino y haz que tu esencia repose definitivamente en la penitencia del averno. No comentes tu estado en presente. Fuiste una úlcera sangrante. Una enfermedad devastadora para tus semejantes. Tus allegados más directos sufrieron las consecuencias de tu iniquidad. Afortunadamente tu reinado de dolor y muerte llegó a su fin con la intervención de nuestros antepasados. La del pueblo liso y llano. La justicia fue tomada por sus manos, cierto. Pero es que tú, Tadeus Dorph, no merecías mejor final que el arrebato de la multitud al lapidar tu cuerpo con una lluvia de piedras y la contundencia de las estacas. De esto ya hace más de dos siglos, Tadeus. Tu espíritu errante está fuera de lugar en el momento presente. Has de aceptar la sepultura eterna. Y afrontar el castigo impuesto a tus crímenes.
Tus padres.
Una hermana.
Dos primas de corta edad.
Todos erradicados por la malevolencia de tus instintos animales.
Te encantaba el sabor de todos ellos.
El olor que desprendían al amparo de las llamas de la hoguera.
Tu apetito trascendía toda tolerancia cristiana.
La carne humana era tu deleite.
Aún así, te repito, Tadeus, que todo forma parte ya de tu pasado.
Te conjuro a que abandones este lugar para siempre.
Que dejes de atormentar con tu presencia a los inquilinos de esta casa.
Abandona este plano secuencial de la vida.
Es hora de reunirte con seres semejantes a tu condición.
Vete.
Ahora.
Tadeus.
Y descansa, si puedes, en el sitio que te corresponde.
Para siempre jamás.
Toda la eternidad.
Amén.