Una historia irracional

Este relato es una apuesta que tuve con un compañero del trabajo. Conocía mi afición de escritor aficionado de terror, y me convino a escribirle un relato corto en mi descanso. Evidentemente, compaginándolo con mi merecido bocadillo de chorizo. Si conseguía escribir el relato, me invitaba a un café con un bollo suizo. No se creía que entre mordisco y mordisco, iba a conseguir hilvanar una historia que consiguiera petrificarle de horror. Y vaya si gané la apuesta. No es que mi colega llegara al paroxismo del miedo más profundo vivido por los dos agentes del relato, pero poco le faltó, sobre todo cuando tuvo que pagar la cuenta en la cafetería del híper, ja ja. Se podría decir que su cara era todo un poema.

El agente Simms estaba degustando su donut glaseado con sumo deleite acompañado de su café con leche servido en el vaso de plástico de una máquina expendedora de bebidas cuando todo su contenido quedó vertido sobre sus rodillas al sobresaltarle un movimiento brusco de su compañero situado al volante del coche patrulla.
– Demonios, Red. Me has puesto perdido- se quejó enfadado.
– He visto algo.
– Cómo.
– Una silueta corriendo pegada a las fachadas de los edificios de la calle. Creo que se ha metido en el callejón sin salida.
– Pues vamos a echar un vistazo.

Simms y Red se internaron en el callejón tomando todas las precauciones del mundo. Armados y con la linterna de Simms iluminando lo que pudiera avecinarse a escasos metros delante de ellos. En la callejuela abundaba la basura y todo tipo de mobiliario viejo abandonado por sus antiguos propietarios. Continuaron avanzando hasta que dieron al fondo con una persona. Simms enfocó la figura con el haz de su linterna, sacándola del anonimato de las sombras. Era un joven desaliñado y con una larga melena que le llegaba hasta los hombros. Vestía unos vaqueros desgastados y rotos por las rodillas, con el torso desnudo. Lo que les llamó poderosamente la atención fue algo que sostenía en la mano derecha. Llevaba una cabeza de varón sujetada por los cabellos.
– ¡Dios Santo! ¿Qué has hecho, cabrón? – farfulló Simms, exaltado.
– Quédese quieto y no realice ningún movimiento extraño – Red echó mano de las esposas.
El chico los miraba con la vista perdida en el vacío.
– Tienes derecho a guardar silencio. Se te procurará un abogado de oficio, si así lo deseas.
“Ahora deposita…, lo que llevas en la mano, en el suelo- Red tragaba saliva.
La cabeza estaba chorreando aún sangre. Parecía que acabara de realizarse la decapitación hacía escasos minutos.
– Alza tus brazos, chico. Te doy cinco segundos para hacerlo. Hazlo, o si no disparo – le urgió Simms con el ceño fruncido.
Entonces sucedió algo inenarrable.
Los ojos de la cabeza se removieron en sus cuencas y se quedaron mirando con fijeza a los dos policías.
Estos se quedaron sin habla.
– A qué esperas, hijo mío – emergió una voz cavernosa de los labios de la cabeza.
El joven recuperó sus cinco sentidos. Su rostro se tornó brutal. Su otra mano realizó un movimiento brusco. Entre los dedos llevaba guardado un pequeño frasco que contenía un líquido transparente. Lo arrojó sobre los rostros de los agentes de policía. Estos no tardaron en aullar de dolor, dejando caer sus armas y la linterna sobre el suelo. El contenido que los salpicó era una especie de ácido. Con las manos llevadas a las caras, la piel de la tez se les iba cayendo a tiras, quedando los músculos faciales a la vista.
El portador de la cabeza humana recogió una de las pistolas y dio por concluido sus penalidades.
Instantes después abandonaba la escena llevándose consigo a
(su padre)
la cabeza que tanto respeto le infundaba.

Cansado de la vida

Bueno, este relato lo sitúo en cabecera por lo cansado que me he quedado en estas fechas navideñas. Si quieren saber lo que es estrés laboral, no hay nada como trabajar cara al público en un centro comercial. Un cliente que te pregunta por el pasillo de los garbanzos. Otro que ha visto a un tío raro en el parking subterráneo. Una damisela que se extraña que le tienes que embolsar al vacío su colonia de Cacharel, porque se vende también dentro del híper. Dos jovenzuelos que salen con dos MP4 sin enseñar el ticket de compra. En fin. Que decididamente, el título de este escrito hace honor a mi estado físico y mental. Que lo disfruten mientras me zampo una porción de roscón de Reyes para reponerme. Si gustan.

Estaba cansado de la vida.
Su mente le daba vueltas a lo innecesario de tanta rutina. Sus manos callosas estaban curtidas de tantos años de ejercer siempre lo mismo.
– Venga, Phil. ¿A qué esperas? – le llegó la voz de Dumond desde lo alto.
Oteó el oscuro horizonte. Hilachos de nubes tenues ocultaban el haz lechoso de la luna en cuarto creciente. El viento agitaba las hojas de las ramas de los olmos.
A medio metro de él se perfilaba la silueta encogida y tensa de su compañero.
Apartó su mirada y se concentró en la tierra apisonada. Sujetó con fuerza el mango de la pala.
– ¡Date prisa! Cava, por Dios. El guarda puede dar la ronda en cualquier momento – le urgió Dumond.
Dio unas cuantas paladas, echando la tierra sobre su espalda, profundizando en la tumba.
Profanadores de tumbas.
Esa era su profesión.
Aún en pleno año 2009.
Cuando cada vez la gente era por lo general incinerada o depositada en los nichos. Su futuro como saqueadores estaba cada vez más negro. Llevaba ejerciendo esa labor los últimos quince años. Fruto del desempleo. De la necesidad de superar el día a día de gastos y facturas en la dura época de la crisis actual. Afortunadamente estaba solo, sin mujer ni hijos, pero aún así, a sus 54 años estaba cerca de seguir los pasos de un vagabundo con su botella de vino barato.
Dumond le enfocó con el haz de la linterna.
– Ya oigo la madera. No sigas sacando tierra y vete abriendo la tapa – le ordenó.
Su compañero de fechorías era diez años más joven. Trabajaba de taquillero en el canódromo de Bristol, pero el salario era ínfimo. Precisaba de un pequeño sobresueldo. Como casi todos.
Separó con las manos el resto de tierra que cubría la madera del ataúd. Dumond le tendió el mazo y el punzón para separar la tapa. Lo hizo con la costumbre de siempre. Los clavos cedieron con facilidad hasta quedar la parte superior libre de ser separada.
– Perfecto, Phil. Siempre he dicho que vales para lo que sirves- comentó Dumond con sorna.
No le prestó la menor atención. Alzó la tapa…
Como siempre, dentro del ataúd se reencontraba consigo mismo.
Su figura postrada y adormecida para toda la eternidad.
– Venga, Phil. Róbate a ti mismo.
“Quítate la cadena de oro y el reloj de cuarzo – se rió Dumond.
Se volvió cara a él.
La silueta ya no pertenecía a su colega.
De nuevo lo mismo.
No había forma de abandonar ese círculo vicioso.
Desde que muriese semanas atrás, su espíritu no había abandonado del todo su cuerpo.
Había hecho cosas tan repudiables, que le quedaba mucho tiempo de penitencia.
Colocó la tapa sobre el féretro.
Cerró los ojos…

Al abrirlos de nuevo estaba ubicado al pie de la misma tumba de siempre.
En la lápida figuraba su nombre completo, con su fecha de nacimiento y defunción.
La presencia de su amigo quedaba a su espalda. La notaba.
– Toma la pala. Toca empezar a cavar, Phil.
Se volvió para cogerla por enésima vez.
Estaba cansado de la vida.
La misma rutina…