El anhelo de la muerte

Bueno, siervos del horror nefando.
– ¡Si, Amo nuestro que nos eterniza el sufrimiento hasta la llegada de nuestra propia muerte!
Bravísimo. Estais mejorando. Dentro de unos años hasta infundireis algo de miedo…
Como iba diciendo, el siguiente relato es algo peculiar. Como buen norteamericano, me siento orgulloso del legado literario dejado por Edgar Allan Poe. En este caso quiero homenajearle a él, y a su consorte, pues tuvo la pérdida de su mujer muy tempranamente. El personaje del relato no es Poe. Hago ese inciso. Es en el tipo de escrito, donde intento acercarme siquiera a los talones de semejante maestro de las letras.
– Entonces seguro que la pifia, mi Amo.
Gracias por el apoyo incondicional, Harry.
Ahora llega la dedicatoria general para mis queridos compañeros, quienes tuvieron el atrevimiento de entregarme un montón de premios.
“El anhelo de la muerte” va dedicado a Thundergirl, Joan Montane, Mar, Obiwan1977, Ramón Ferrera, Marian y El Teju.
Va por ustedes, mis queridos compañ[email protected]

Cuán complicado resulta asumir la soledad eterna.
Ingrata y demoledora en los sentimientos más profundos tributados a la persona amada con quien se ha convivido durante tantísimos años plenos de felicidad y regocijo mutuo.
El hogar donde resido está marcado por la unidad invisible de mi profunda melancolía.
Me hallo apartado y distante de todo contacto externo que implique relacionarse socialmente con seres de mi misma condición humana.
En esta tesitura estoy por mi propio deseo.
Desde la marcha de la mitad de mi alma comprensiva, el dolor gélido de su ausencia más sentida se ha adueñado en su integridad bajo la coraza donde se alberga mi corazón palpitante.
Mis comidas son frugales.
Mis descansos de recuperación física, ínfimos, pues de noche apenas dormito.
De día no hago más que recorrer sumido en el pesar los incontables pasillos y corredores de mi lar, deteniéndome ante los retratos donde ambos aparecemos juntos y dichosos.
Noto zonas de la casa donde hay una fuerte impregnación de mi querida y añorada consorte. Cuando me aproximo a estas áreas, despliego los párpados y sumido en la oscuridad, la busco.
¡Te siento!
Comento en voz alta.
¡Siénteme tú!
Insisto.
Mis anhelos, parcos en palabras, son repetidas por la reflexión de las ondas sonoras de las paredes.
Está en ese instante conmigo.
Pero no me responde.
Algo la retiene…


La soledad.
Una angustia insufrible.
Hace tiempo que me deshice del servicio doméstico. Su presencia me era insoportable.
Esta casa.
Este lugar.
Pertenece a ella.
El espacio no merece ser ocupado por personas ajenas a mi devoción.
Cuando transito frente a los espejos, veo mi porte.
Cada vez transmito una imagen más enfermiza.
Lo se.
Más no me importa.
A veces sonaba alguno de los teléfonos dispuestos por la casa. En un principio, descolgaba el auricular, anhelante, esperando escuchar la voz aterciopelada y hermosa de mi querida mujer. Más eso no sucedía. Decepcionado, opté por arrancar los cables.

Silencio.
Eso es lo que busco.
Silencio.
La única manera de poder percibir alguna sílaba el día en que se atreva en replicar a mis devotas palabras donde solicito su regreso.
Las semanas discurren.
Noto debilidad.
No ingiero comida, quitando alguna pieza de fruta.
Beber, me limito al agua.
Estoy extremadamente delgado. Ahora me desplazo por los rincones de la casa apoyado en muletas.
Es cierto que cada vez camino menos. El escaso rato que reposo en mi lecho, lo sustituyo por permanecer sentado en el sillón de la sala. Contemplando fotografías ajadas donde ambos aparecemos inmortalizados hasta el fin de los tiempos.
Suspiro.
Cierro los ojos.
¡Amada mía! ¡Vuelve!,
grito.
El tiempo pasa lentamente.
Los días son similares.
Mis lágrimas, muchas.
Mis fuerzas menguan.
Ya mis piernas no se dignan en sostenerme ni con la ayuda de las muletas. Decido por tanto permanecer acostado.
Pasan más días.
No sueño.
No duermo.
Mi respiración es sutil.
La pesadez de los párpados es notoria.
Mi propio fin está cercano.
En un hilo de voz evoco su presencia por enésima vez.
¡Este sufrimiento es interminable!
¡Ven, querida mía!
Tengo las cuencas desbordadas de lágrimas dignas de compasión.
La visión es similar a estar sumergido bajo cualquier tipo de sustancia líquida transparente.
Bajo esta visibilidad borrosa, una silueta conocida se acerca al costado de mi lecho.
Con dificultad me giro para contemplarla en todo su esplendor.
Sonrió al fin.
Me emociono.
Ella me toma de las manos.
Su tacto es frío.
Pero para mí es de lo más reconfortante.
¡Por fin has vuelto!, le digo.
Ella no contesta.
Sólo me acaricia.
Mientras me dejo sosegar por su roce, cierro los ojos y relajo los labios.
Es la hora de recuperar el tiempo perdido en su ausencia.
Algo me dice que en esta ocasión la unión de ambos será para toda la eternidad.
En ello confío.
En ello creo.